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21/4/23

Recuerdos de Charles Simic... Lo que impulsaba a escribir al autor estadounidense de origen serbio, fallecido el día 9, era la confluencia de la banalidad y el espanto, tal vez la lección principal que había aprendido de todos los avatares de su vida

 "Alguna utilidad práctica tiene la literatura: Charles Simic ha muerto, en estado de demencia, en un asilo de ancianos, pero el fulgor y la negrura de sus recuerdos se preservan intactos en los poemas que escribió, en sus cuadernos de apuntes, en sus libros de memorias, en los que no hay ni rastro de languidez o de complacencia en el pasado, sino una voluntad testimonial concentrada en la observación de los detalles que revelan las tragedias del mundo, algunas de las cuales él presenció con sus ojos de niño. Hombre irónico y amante de los placeres de la vida, Simic detestaba todas las generalizaciones y las grandes palabras, todas las teorías, todas las utopías, todas las obsesiones de pureza. 

La risa, la comida, la pasión erótica, eran para él afirmaciones de la vida tan sustanciales como la poesía, e inseparables de ella. En uno de sus poemas más conocidos, Dos perros, Simic rememora la entrada de los soldados alemanes en Belgrado, en 1944, cuando él tenía seis años. Jordi Doce, que ha hecho más que nadie por difundir la obra de Simic en español, traduce así: “El modo en que todos nos quedamos en la acera / mirándolos con el rabillo del ojo, / el temblor de la tierra, / el paso de la muerte…”. Entonces un perrillo blanco aturdido se enreda entre las botas negras que desfilan: “Una patada lo hizo volar como si hubiera / tenido alas. Eso es lo que ahora veo”.

Lo que Simic había visto en los años de la guerra y en los del destierro que vinieron después parecía que siguiera viéndolo cuando lo rememoraba en voz alta, sonriendo, sin drama, incluso al contar hechos atroces, en un almuerzo que compartí con él y con una querida amiga editora, Drenka Willem, en Nueva York, hace más de diez años. Drenka era de origen serbio, como él, y venía de una historia personal todavía más trágica. Simic pasó la guerra en Belgrado, bajo el terror doble de los ocupantes alemanes y de los bombardeos de los presuntos liberadores aliados. 

Drenka, que vivía en Croacia, vio cómo los fascistas croatas apoyados por los alemanes perseguían a las personas de la minoría serbia con la que hasta entonces habían convivido. En aquel restaurante, festivo y ruidoso en el mediodía de Manhattan, las voces de Charles Simic y de Drenka Willem revivían para mí hechos espantosos que por mucho tiempo que hubiera transcurrido no se desdibujaban piadosamente en el pasado. Una noche, recordaba Drenka, a la hora de la cena, llamaron con urgencia a la puerta de su casa. Sentados a la mesa junto a ella estaban sus padres y su hermano mayor. Quienes llamaban eran unos vecinos croatas a los que conocían de toda la vida, y con los que habían tenido siempre un trato cordial. Ahora venían con uniformes, y armados. Se llevaron al padre y al hermano y Drenka no volvió a verlos vivos.

Quienes han sido víctimas de verdad no incurren nunca en el victimismo. Drenka y Simic, los dos con aire joven y con el pelo blanco, los dos con un acento balcánico que embellecía su inglés con un matiz de extranjería incurable, compartían la añoranza de una Yugoslavia que quizás habría sido posible, y hacia la que profesaban una especie de distante lealtad, hecha sobre todo del asco hacia los nacionalismos que habían vuelto a despedazar el país en los primeros años noventa y a sembrarlo de nuevo de verdugos y víctimas. Haberse hecho vidas plenamente americanas nos los privaba a ninguno de los dos de un desapego irónico hacia Estados Unidos, lo cual no interfería con una franca gratitud hacia el país que los había acogido cuando los dos formaban parte de la inmensidad de los desterrados que pululaban por Europa al final de la guerra. Simic, que no hablaba inglés cuando llegó a Chicago con 14 años, había sido Poeta Laureado y ganado el Pulitzer.  

Drenka era la gran editora de la literatura europea en Estados Unidos. Compartían el amor por la literatura y por la buena vida, el júbilo tranquilo de sus almuerzos de viejos amigos, el aprecio a conciencia de un buen poema o una buena página de prosa y el de un vaso de vino tinto y una comida sabrosa: también la burla balcánica de lo demasiado serio, y esa distancia íntima hacia la vida americana que va creciendo misteriosamente y no atenuándose con el paso de los años para el europeo emigrado.

Drenka estaba orgullosa de haber hecho sitio en una buena editorial para los poemas de Simic. Fue a través de ella como yo pude conocerlo, aunque había asistido a algunas de sus lecturas, y observado de cerca su manera de decir los poemas, acentuando la simplicidad de la superficie, su aliento de misterio, sus quiebros de burla, su ir y volver permanente entre la belleza y la sordidez, entre la amnesia publicitaria y comercial del presente en América y aquella oscuridad de una historia trágica vivida en primera persona. 

La mirada de Simic es la del emigrante que hace suyo lo más irreductible y lo más peculiar del nuevo país y que por más que lo conoce nunca deja de apreciar su rareza: los neones averiados de los hoteles de última categoría, las cucarachas en la cocina, los locos callejeros y los predicadores del Juicio Final, los barrios de casas bajas y jardines en los que no se ve a nadie de noche, los titulares en letras grandes de los tabloides de supermercado que anuncian el nacimiento de un niño con dos cabezas o el aterrizaje de una nave extraterrestre, los escaparates encortinados y con luces malva de las consultas de videntes. Su simpatía está siempre con los inútiles y los enajenados, los expulsados, los que no encajan, los que sobran.

La prosa memorial o reflexiva de Charles Simic es tan afilada y tan certera como su poesía. Habiendo sobrevivido a la marea totalitaria de Europa, las nuevas formas aguadas pero eficaces de dogmatismo y censura y tiranía identitaria que empezaban a emanar de las universidades americanas, como escapes de sustancias nocivas de una planta química, desataban su instinto de rebeldía personal, de defensa irreductible de la libertad de espíritu y de la supremacía de la imaginación. Toda forma de sumisión del individuo a una comunidad abstracta merecía su desprecio: “Vinimos a este país huyendo de nuestras identidades colectivas y los multiculturalistas quieren volver a encerrarnos en ellas”. En la New York Review of Books escribía de literatura y de política con la misma vehemencia.

 La invasión de Afganistán y luego la de Irak, las torturas en Guantánamo y en Abu Ghraib, lo escandalizaban todavía más porque le hacían revivir los terrores de su infancia, la crueldad virtuosa de los que destruyen países y arrasan ciudades con la coartada de ideales nobles, con el auxilio desvergonzado de la mentira y el crimen. Además del absurdo y la belleza de lo inesperado, y lo irreductible de la alegría, lo que impulsaba a escribir a Charles Simic era la confluencia de la banalidad y el espanto, tal vez la lección principal que había aprendido de todos los avatares de su vida. Lo dice en un fragmento del que sin duda es uno de sus mejores libros, The Monster Loves His Labyrinth: “Torturadores con caras de felicidad, hacéis que un prisionero esté desnudo y de pie y atado con cables eléctricos como un árbol de Navidad mientras nosotros nos bebemos una cerveza, con un ojo en el televisor, el otro en el camarero que nos sirve otra ronda”.                  (Antonio Muñoz Molina , El País,  14/01/23)

29/1/10

El sufimiento incomprensible del enfermo paralizado

"De acuerdo con mi fase de deterioro actual, soy un tetrapléjico. Con un esfuerzo extraordinario, puedo mover un poco la mano derecha y cruzar el brazo izquierdo unos 15 centímetros a través del pecho. (...)

que tienen que discurrir formas de hacer que ese calvario sea tolerable, no sólo una noche, sino el resto de su vida.

Mi solución ha sido repasar mi vida, mis ideas, mis fantasías, mis recuerdos, mis recuerdos equivocados y otras cosas semejantes hasta dar con hechos, personas o historias que puedo utilizar para distraer mi mente del cuerpo en el que está encerrada. Estos ejercicios mentales tienen que ser suficientemente interesantes para retener mi atención y ayudarme a superar un picor insufrible en el oído o en los riñones; pero también tienen que ser suficientemente aburridos para servir de preludio y ayuda al sueño.

Me ha costado cierto tiempo ver que este proceso era una buena alternativa al insomnio y la incomodidad física, y no es infalible, ni mucho menos. Pero de vez en cuando me asombra, al pensar en ello, con qué facilidad parezco estar soportando, noche tras noche, semana tras semana, mes tras mes, lo que antes era una tortura nocturna casi insoportable. Me despierto exactamente en la misma postura, el mismo estado de ánimo y la misma desesperación suspendida con los que me acosté, lo cual, dadas las circunstancias, puede considerarse un triunfo importante.

El efecto acumulativo de esta existencia de cucaracha resulta insufrible, aunque encuentre la manera de superar una noche concreta. "Cucaracha", desde luego, es una alusión a La metamorfosis de Kafka, en la que el protagonista se despierta una mañana y descubre que se ha convertido en un insecto. El tema fundamental de la historia consiste tanto en las reacciones y la incomprensión de su familia como en el relato de sus propias sensaciones, y es difícil resistirse a la idea de que hasta el amigo o el familiar más generoso y cariñoso es incapaz de comprender la sensación de aislamiento y encierro que impone esta enfermedad a sus víctimas.

La impotencia es humillante incluso en una crisis pasajera; imagínense o recuerden alguna ocasión en la que se han caído o han necesitado ayuda física de desconocidos. Ahora piensen en la reacción de la mente al saber que la impotencia especialmente humillante de la ELA es una condena perpetua (en relación con estas situaciones, hablamos alegremente de condenas a muerte, pero la verdad es que la muerte sería un alivio).

La mañana trae cierto respiro, aunque el hecho de que la perspectiva de cambiarse a una silla de ruedas para pasar el resto del día le eleve a uno el ánimo dice bastante del solitario viaje de la noche. Tener algo que hacer, en mi caso algo puramente cerebral y verbal, es una distracción saludable, aunque sólo sea en el sentido casi literal de que ofrece una oportunidad de comunicarme con el mundo exterior y expresar en palabras, a menudo airadas, las irritaciones y frustraciones acumuladas que me produce la debilidad física.

La mejor forma de sobrevivir a la noche sería tratarla como el día. Si yo pudiera encontrar a alguien que no tuviera nada mejor que hacer que hablar conmigo toda la noche sobre algo lo bastante distraído como para mantenernos despiertos a los dos, lo buscaría. Pero, en esta enfermedad, uno es también consciente, en todo momento, de la necesaria normalidad que tienen las vidas de los demás: su necesidad de ejercicio, entretenimiento y sueño. Así que mis noches, a primera vista, se parecen a las de otras personas. Me preparo para acostarme; me acuesto; me levanto (o, mejor dicho, me levantan). Las horas que transcurren en medio son, como la propia enfermedad, incomunicables.

Supongo que debería estar al menos un poco satisfecho de haber encontrado dentro de mí mismo un mecanismo de supervivencia de ésos sobre los que la mayoría de la gente normal sólo puede leer en historias sobre catástrofes naturales o celdas de aislamiento. Y es verdad que esta enfermedad tiene una dimensión enriquecedora: gracias a mi imposibilidad de tomar notas o prepararlas, mi memoria -que ya era bastante buena- ha mejorado considerablemente, con la ayuda de técnicas adaptadas del "palacio de la memoria" descrito de forma tan intrigante por Jonathan Spence. Pero es bien sabido que las pequeñas satisfacciones que compensan por algo son pasajeras.

No tiene nada de bueno estar encerrado en un traje de hierro, frío e implacable. Los placeres de la agilidad mental están sobrevalorados, como es inevitable -me parece ahora-, por quienes no dependen exclusivamente de ellos. Lo mismo se puede decir, en gran parte, de las palabras de ánimo bienintencionadas que sugieren que encontremos compensaciones no físicas cuando lo físico falla. Es inútil. Una pérdida es una pérdida, y no se gana nada llamándola con un nombre más bonito. Mis noches son interesantes; pero podría vivir muy bien sin ellas." (Tony Judt: Noche. el País, Domingo, 17/01/2010, p. 2/3)