"El 28 de abril de 1978, hace más de cuarenta años, los comunistas lograron hacer una revolución en Afganistán. Mi amigo Tahir Alemi fue uno de esos comunistas. Era un buen tipo, generoso y amable, y quería cambiar el mundo.
Tahir era profesor de literatura pastún en la Universidad de
Kabul. Su estirpe era antigua. Su padre era un pequeño campesino que
vivía en el poblado de Nangarhar, cerca de la frontera con Pakistán. La
familia trabajaba su propia tierra y hasta tenía un aparcero, signo de
que le iba mejor que a la mayoría. – Tahir amaba a su padre, a sus
hermanos y a su madre, pero en un momento tuvo que enfrentarse a los
valores que pregonaban.
En los años 1970, Afganistán era un país feudal. El poder no estaba
del lado de los empresarios urbanos, sino de los grandes terratenientes
que vivían en las fortalezas de las zonas rurales. A veces había dos
señores en un poblado, a veces uno solo. En ciertas áreas, muchas aldeas
estaban bajo el dominio de un solo hombre. Había muchos campesinos como
el padre de Tahir, que con suerte tenían un peón, pero trabajaban su
propia tierra.
Debajo de ellos estaban los aparceros, que eran probablemente la
mitad de la población y a los que se les permitía quedarse con un tercio
de la cosecha. En el poblado de Tahir, los aparceros representaban solo
un quinto de la población porque la tierra era bastante buena. A todos
los aparceros, trabajadores y pastores se les pagaba lo justo para
comprar tres panes naan por cada dos adultos y dos por cada dos niños.
Es decir, 2.000 calorías por adulto y 1.300 por niño. No podían comprar
más comida.
A comienzos de los años 1970, viajé a Afganistán como antropólogo.
Las personas con las que me encontré habían sido nómadas con rebaños de
ovejas, pero su situación había empeorado con el tiempo. Su nivel de
vida era equivalente al de cualquier afgano pobre. Las mujeres usaban
dos vestidos en toda su vida, uno cuando llegaban a la pubertad y otro
cuando se casaban. Una familia común solo poseía una pequeña taza de té.
Comían carne con emoción una vez al año, durante la fiesta del profeta.
Para saborear mejor el pan, cocinaban una sopa con tréboles y otras
verduras de hoja que recolectaban. Dos de las tres familias más ricas de
aquel pequeño poblado de treintaitrés hogares competían entre sí
dándonos muestras de hospitalidad a mi esposa y a mí. En una ocasión
especial, una familia fritó un huevo para convidarnos. La otra nos
invitó un guiso con una pequeña papa. Nadie más lograba acceder a esos
ingredientes.
Por supuesto, sostener una explotación de esa magnitud –de dos tercios a
cuatro quintos de la cosecha quedaban en manos de los propietarios de
la tierra– implicaba prácticas crueles y violentas. Las ejercían los
señores locales junto a sus guardaespaldas y matones, siempre con apoyo
del gobierno. Mohammed Zahir Shah –rey de Kabul– y su familia, habían
consolidado su poder privilegiando en cada distrito a un señor que
actuaba como su lugarteniente. “Antes era directamente una tiranía”, me
contó Tahir una vez. “Los tipos venían y mataban a toda tu familia.
Ahora, en cambio, es una democracia. Ya no se meten con la familia: se
la agarran con uno solo y como mucho llegan a arrancarle los ojos”. Era
un chiste. Nos reímos.
Afganistán era un país pobre, conformado en gran medida por zonas
áridas, desiertos y montañas. El gobierno no tenía suficiente poder como
para cobrarles impuestos a los grandes terratenientes ni a los pequeños
campesinos. En cambio, debía contentarse con los aranceles aduaneros.
Desde 1842, los gobiernos afganos se habían apoyado en distintas formas
de subsidios extranjeros, que provenían sobre todo de Gran Bretaña.
Desde los años 1950 en adelante, Afganistán empezó a “desarrollarse”.
Durante la Guerra Fría, Rusia y Estados Unidos se hicieron cargo, en
concepto de asistencia, del 80% del presupuesto civil y de la mayor
parte del presupuesto militar del país. Los rusos cubrían casi dos
tercios de los gastos y los estadounidenses el tercio restante. La
industria y el desarrollo económico eran marginales. El dinero que
llegaba terminaba sobre todo en el ejército, en la escuelas y en la
burocracia estatal. Bastó para que miles de estudiantes empezaran a
asistir a la Universidad de Kabul y cientos de miles a las escuelas. La
vieja clase dominante de terratenientes era muy pequeña y no podía
cubrir todos los cargos docentes y estatales necesarios. Las personas
que se habían beneficiado de la nueva educación eran hombres como Tahir,
hijos de campesinos pertenecientes a cierto estrato medio. Sus padres y
abuelos siempre habían odiado silenciosamente a los grandes
terratenientes y al gobierno, y sus hijos educados continuaron la
tradición.
Estos jóvenes docentes soñaban con un Afganistán moderno y
desarrollado. Una vez, en la provincia de Helmand, Tahir y yo
presenciamos, junto a una muchedumbre de curiosos sin voz, una
manifestación de estudiantes de la escuela secundaria. Subían por turnos
a una pequeña tarima desde la que gritaban sus consignas: “Muerte a los
kanes”. Kan era la palabra con que designaba a los grandes
terratenientes. La reivindicación de los jóvenes no era abstracta. Su
programa político era matar a esos hombres en su distrito.
“¿Esto existe en Estados Unidos?”, me preguntó Tahir.
Le dije que sí, que yo había formado parte de protestas parecidas. Me
contó la historia del “tres de aqrab”: en 1965, un grupo de estudiantes
de Kabul se había manifestado fuera del parlamento y tres habían muerto
a causa de los disparos. Él había estado ahí.
Los jóvenes hombres y mujeres de esta nueva clase urbana, compuesta
sobre todo por docentes como Tahir, empezaron a ensanchar las filas de
los partidos islamistas y comunistas. La Hermandad era una organización
islamista. Jóvenes con títulos universitarios, pertenecían a la misma
clase que Tahir y terminaron dirigiendo la resistencia contra los rusos.
Los comunistas estaban divididos en dos. Una tendencia era Parcham (la
Bandera). Sus miembros estaban bien formados, pertenecían a estratos
urbanos y sostenían una política más moderada. La otra era Jalq (el
Pueblo). Sus militantes en general no habían accedido a la educación,
provenían de familias rurales y en general eran pastunes. Tahir se unió a
Parcham. En 1973 las organizaciones comunistas crecían más rápido que
la Hermandad.
Una vez acompañé a Tahir a la casa de su padre y caminamos y
recorrimos los poblados que rodeaban Nangarhar. Tahir había sido
seleccionado por la universidad para ser mi “guía” durante las primeras
etapas de mi trabajo de campo. A cambio, cobraba tres veces su salario
mensual, es decir, tres veces lo que ganaba un trabajador corriente. Yo
todavía estaba aprendiendo la lengua, así que Tahir oficiaba de
traductor. También redactaba informes regulares sobre mí, que entregaba a
la policía secreta. Ambos lo sabíamos, pero no decíamos nada.
El matrimonio de Tahir estaba arreglado. Su esposa nunca había ido a
la escuela. Había muchas cosas de las que no podía hablar con ella. Se
había casado para complacer a su familia, que había elegido una chica
del pueblo con la esperanza de mantenerlo cerca. Durante los primeros
años del matrimonio ella vivía con sus padres y él la visitaba cuando
podía. Tahir intentó desarrollar una relación real. Otras mujeres de las
ciudades y del campo iban a la escuela y a la universidad. De hecho, en
Parcham y Jalq había muchas compañeras mujeres. La liberación de las
mujeres era una parte central del sueño por un mundo mejor. Tahir
ansiaba mudarse con su mujer a Kabul. Cuando eso sucediera, me prometió,
yo la conocería, porque él jamás la obligaría a recluirse.
En 1972 hubo una sequía, efecto incipiente del cambio climático. Una
parte del norte sufrió la hambruna. Estados Unidos enviaba alimentos. El
gobierno apilaba las bolsas de granos en las plazas de las grandes
ciudades. Los soldados custodiaban la proveeduría y los funcionarios la
vendían a un precio diez veces mayor del normal. Para comprar algunos
granos, los pequeños campesinos terminaban vendiéndoles sus tierras a
los kanes feudales por casi nada. Los que no tenían tierras se sentaban a
esperar la muerte. Un periodista francés me preguntó por qué no
saqueaban las bolsas apiladas. “El rey tiene aviones”, decían, “y los
usará para bombardearnos”.
Pero el rey y su gobierno habían perdido prácticamente todo el apoyo
de la población. Mohammed Daoud, primo del rey, había sido un primer
ministro despiadado y cruel hasta 1963. Se había inclinado más hacia los
soviéticos, mientras que el rey prefería a los estadounidenses. En ese
momento, Estados Unidos estaba poniéndole fin a la asistencia a causa de
Vietnam y la mayor parte del dinero llegaba de Rusia. Entonces, Daoud
montó un golpe de Estado con apoyo soviético. No encontró ninguna
oposición. Después de la hambruna, nadie estaba dispuesto a morir por el
rey.
La organización del golpe estuvo a cargo de los jóvenes oficiales
comunistas, especialmente los de la tendencia Jalq. Como los docentes,
los oficiales provenían de las capas medias del campesinado y
pertenecían a la primera generación de sus familias que accedía a la
educación. En general habían sido entrenados por la Unión Soviética.
El golpe no cambió nada importante. Aunque la retórica de Daoud era
de izquierda, el poder permaneció en manos de los grandes
terratenientes. Pero la universidad y las escuelas primarias y
secundarias se convirtieron en lugares de gran efervescencia política,
especialmente en los pueblos más grandes y en las ciudades. Algunos
docentes hacían proselitismo por la Hermandad, otros por Jalq y otros
por Parcham. Los estudiantes debatían. Parcham sostenía que había que
colaborar con la dictadura de Daoud. Jalq apostaba a una revolución
completa.
Los comunistas eran cada vez más. En abril de 1978, Daoud ordenó el
asesinato de Mir Akbar Kyber, dirigente comunista. Ambas tendencias de
partido confluyeron en una gran protesta durante el funeral en Kabul.
Daoud detuvo a todos los dirigentes de ambas organizaciones y ellos
sabían que sus vidas pendían de un hilo. Entonces, un dirigente llamado
Amin logró iniciar un golpe de Estado bien organizado. Los mismos
oficiales del ejército y de la fuerza aérea que lo habían llevado al
poder, mataron a Daoud y a toda su familia. Como sucedió con el rey,
nadie estaba dispuesto a luchar por Daoud y los comunistas triunfaron.
Los comunistas anunciaron la revolución, a la que bautizaron como la “gran revolución de abril”, siguiendo el modelo de la Revolución de Octubre.
Aprobaron dos leyes con el objetivo de convertir el golpe en una
revolución. La primera fue la reforma agraria: repartirían la tierra de
los grandes propietarios entre los aparceros. Había muchas zonas en las
que el gobierno no tenía ningún medio de garantizar la reforma agraria,
pero en Helman, donde los jóvenes gritaban “Muerte a los kanes”, los
comunistas empezaron a tomar las tierras y a redistribuirlas.
El segundo fue la abolición del excrex, las donaciones que hace el
marido a la familia de su novia a cambio de su mano. Eran sumas de
dinero bastante grandes, que a veces representaban dos o tres años de
ingresos de una familia promedio. Pero más importante era todavía el
lugar simbólico que ocupaba esta práctica, considerada por muchos como
el signo más evidente de la opresión de las mujeres.
Las relaciones entre los hombres y las mujeres no eran la caricatura
sexista a la que nos tiene acostumbrados la propaganda islamofóbica. Es
cierto que en algunos poblados había familias que mantenían recluidas a
sus mujeres y solo les permitían salir vestidas con la burka. Pero como
mucho cuatro o cinco, de un total de doscientas. En la mayoría de los
hogares pobres, las mujeres tenían que trabajar en el campo junto a los
hombres. Como sea, al igual que en otros países, la opresión era real.
Los comunistas estaban decididos a transformar las cosas. La ley sobre
el excrex se mantuvo en un plano formal, aunque en algunas áreas las
mujeres empezaron a bailar en público.
Las medidas sobre la distribución de la tierra y el matrimonio
precipitaron una rebelión dirigida por los mulás. Los mulás no eran como
los islamistas de la Hermandad, que solían ser hombres formados,
ingenieros y teólogos. Los mulás eran campesinos pobres, con una
educación que apenas alcanzaba para leer farsi y recitar el Corán en
árabe. Las capas más acomodadas de la sociedad los trataban con
desprecio. Pero tenían una larga historia de resistencia popular.
En efecto, Afganistán nunca había sido conquistada. Los británicos la
invadieron en 1838-1842 y de nuevo en 1878-1880. En ambas oportunidades,
los sectores más acomodados aceptaron el oro de los invasores
–entregado, literalmente, en grandes bolsas– y no ofrecieron
resistencia. Pero las dos veces los mulás predicaron con pasión en las
aldeas y en los poblados hasta desatar las yihad, revueltas populares
que expulsaron a los británicos. Durante los años 1920, un nuevo
gobierno reformista a cargo del rey Amanullah intentó “modernizar” el
país siguiendo el modelo de Ataturk en Turquía y Reza Shah en Irán.
Amanullah insistió en poner fin a la reclusión de las mujeres ricas y
quiso garantizarles el derecho de usar vestidos occidentales. Después
intentó aplicar un impuesto sobre los grandes terratenientes y los
pequeños campesinos del sudeste, pero todo esto provocó una nueva
revuelta de los mulás. Más tarde, Habidullah, un trabajador devenido
bandido, dirigió una insurrección popular en Kabul. Con apoyo británico,
la familia real logró sofocar la revuelta, pero el experimento social
de Amanullah había llegado a su fin.
Después de los años 1930, los mulás siguieron presentándose como los
guardianes de la ortodoxia, aun cuando el islam de los afganos siempre
había sido más bien flexible y para nada ortodoxo. Los mulás predicaban
un islam conservador y se oponían a la liberación de las mujeres en la
misma medida que al imperialismo cristiano de Gran Bretaña y Estados
Unidos y al ateísmo de la Unión Soviética. Para la mayoría de los
afganos, hombres y mujeres, el islam ocupaba el centro moral de sus
vidas.
Después de la Revolución de Saur, los mulás comenzaron a organizar la
resistencia al gobierno. Como lo habían hecho contra los británicos y
contra Amanullah, convocaron a la población a oponerse a la dominación
extranjera. La revuelta comenzó en las montañas y en las fronteras,
donde el gobierno siempre había sido más débil, y se propagó hacia los
valles y las ciudades. La resistencia les planteaba un problema terrible
a los comunistas. Como no contaban con el apoyo de la mayoría, tuvieron
que recurrir a la violencia.
Es cierto que la Revolución de Saur había surgido de un golpe
dirigido por una camada de oficiales jóvenes. Pero el ejército de
Afganistán estaba formado por reclutas provenientes de todos los
rincones del país, sobre todo de las familias de pequeños campesinos y
aparceros. Esos soldados seguían órdenes, pero no estaban convencidos en
términos políticos. El proceso no había logrado generar ninguna
revuelta urbana ni luchas campesinas por la tierra. En ese sentido, la
Revolución de Saur fue un golpe conducido desde arriba con escaso apoyo
de la población.
Es verdad que los comunistas despertaban cierta simpatía en las
ciudades. En las elecciones libres de 1973, previas a la toma del poder
de Daoud, habían ganado la mayoría del parlamento en Kabul. En las
grandes ciudades contaban con bastante apoyo en las escuelas, en las
universidades, entre los funcionarios estatales y en sectores afines.
Pero en un país prácticamente rural eso no era suficiente. Confrontado a
la prédica pasional y a los levantamientos rurales, el nuevo gobierno
comunista solo atinó a enviar a sus soldados a detener a todo el mundo.
Eso provocó más disturbios y entonces empezaron a torturar a la gente,
lo que a su vez contribuyó a fortalecer la revuelta. Durante veinte
meses, los comunistas y su ejército perdieron el control en casi todo el
país. En diciembre de 1979 solo gobernaban tres provincias de un total
de treinta y cuatro. En veintiocho provincias, el ejército controlaba
solo las ciudades y los poblados más grandes, pero los insurgentes
controlaban las zonas rurales. En tres provincias los insurgentes habían
tomado el poder incluso en las ciudades.
La presión dividió a los comunistas en tres bandos. El grupo Parcham,
dirigido por Baback Karmal, sostenía que había que tejer una alianza
con todas las fuerzas progresistas del país. En la práctica, esto
implicaba plegarse a la religiosidad musulmana, callarse la boca frente
al excrex y la opresión de las mujeres y detener la reforma agraria.
Esta política se adecuaba al consejo de la KGB y de los generales
soviéticos, que consideraban que la revolución social era una idea
insensata y prematura. El problema con este enfoque era que los mulás –y
el resto de la población afgana– no eran estúpidos.
Para los militantes más radicales del grupo Jalq, la táctica de sus
oponentes implicaba también traicionar el sueño compartido de una
Afganistán moderna, sin sexismo ni pobreza. Pasaron pocos meses hasta
que el partido purgó a los parchamíes. Unos pocos, como Karmal, lograron
exiliarse en la Unión Soviética y en Europa del Este. Los jalquis
apresaron al resto.
Pero la resistencia seguía creciendo en las ciudades. Fue entonces
que el grupo Jalq se dividió en dos. Taraki, novelista proveniente de un
clan de pastores y nómades y a la vez el dirigente más experimentado,
no encontraba más solución que convocar a las tropas soviéticas a
reprimir la resistencia. Por su parte, fiel a su nacionalismo, Mohammed
Amin, dirigente más joven proveniente de un área rural de las afueras de
Kabul que había estudiado Ciencias de la Educación en la Universidad de
Columbia, jamás consentiría la invasión de las tropas soviéticas.
Entonces, la KGB le sugirió a Taraki que matara a Amin. Taraki
intentó pero fracasó, porque la mayoría de los jalquis más radicalizados
también se oponían a las tropas rusas. Finalmente, fue Amin el que mató
a Taraki.
Mientras tanto, la resistencia rural seguía creciendo. Amin se
comunicó con Estados Unidos para pedir apoyo contra los soviéticos. Los
estadounidenses se negaron. El gobierno soviético, temiendo que Amin
lograra aliarse con los Estados Unidos o dirigir una rebelión,
fortaleció su voluntad de asesinarlo. Pero ningún comunista afgano
estaba dispuesto a hacerlo. Frente a los ataques violentos de los que
era objeto, Amin se volvió cada vez más cruel y multiplicó las
detenciones, las torturas y las ejecuciones.
Los tanques soviéticos llegaron a la frontera el 24 de diciembre de 1979.
La Revolución de Saur había terminado. Los soviéticos ejecutaron a Amin
y lo pusieron en su lugar a Babrak Karmal, recién llegado de su exilio
moscovita. Las cárceles se llenaron de Jalquis. Lo más triste era que
todo lo que decían los mulás y los islamistas educados sobre los
comunistas, a los que concebían como instrumentos del ateísmo
extranjero, parecía volverse realidad.
En la primavera de 1980, las protestas nocturnas de la ciudad occidental
de Herat se propagaron rápidamente hacia Kandahar y luego a Kabul. Los
funcionarios de Kabul, uno de los bastiones comunistas más importantes,
hicieron huelga contra la ocupación rusa. Las estudiantes de las
escuelas de mujeres de Kabul, que habían sido fieles partidarias de la
liberación de las mujeres y del comunismo, se reunieron en el patio y
empezaron a gritarles a los hombres afganos para que se levantarán
contra el invasor.
La ocupación rusa duró ocho años y se consolidó con tanques en las
ciudades y con bombardeos aéreos en las zonas rurales. De una población
total de veinte millones de afganos, un millón fue asesinado, otro
millón sufrió alguna amputación a causa de los ataques y seis millones
se exiliaron. Cuando todo terminó
y los tanques soviéticos abandonaron el país, los caudillos islamistas
tomaron el poder. El sueño del feminismo y del socialismo había muerto.
– Todas las ideas sobre la liberación de las mujeres fueron envueltas por un manto de sospecha.
Es cierto que entre los militantes hubo algunos que eran realmente
crueles. Pero la mayoría eran como Tahir, personas dignas que soñaban
con un mundo mejor. Cuando se tomó la decisión de imponer el socialismo
contra la oposición de la mayoría, todas las batallas estaban perdidas.
Muchos militantes radicalizados en los años 1960 y 1970 aceptaban la
idea de que el comunismo y el socialismo requerían una dictadura
comandada por una minoría. A fin de cuentas, Karmal había aprendido
política en las cárceles de Kabul, Tarki en Bombay y Amin en Nueva York.
Los comunistas afganos solo hicieron lo que la izquierda global pensaba
que había que hacer para cambiar el mundo. Por más terrible que haya
sido, su tragedia no deja de ser la misma que se repitió en otros
lugares.
Cuando conocí a Tahir, sus ojos se llenaban de lágrimas al hablar de
la ignorancia y del sufrimiento de los campesinos con los que nos
cruzábamos. Los comprendía y los amaba, y sabía perfectamente por qué
era tan difícil convencerlos. Hace unos años estaba tomando una cerveza
en Londres con un amigo afgano. Le pregunté si de casualidad conocía a
Tahir. Sí, me dijo, un buen tipo, muy amable.
“Un parchamí”, agregó.
“Sí”, le dije, “un parchamí”.
Resulta que durante el otoño de 1978, justo antes de la invasión
soviética, mi amigo había estado preso con Tahir en Jalalabad. Él logró
salir, pero Tahir no. Mi amigo no tenía la certeza, pero estaba bastante
seguro de que Tahir había sido ejecutado.
Espero que se haya equivocado. Pero sé que no." (Jonathan Neale, CTXT, 23/08/2021;Este texto se publicó originalmente en Jacobin. )