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18/12/20

De lo que se arrepiente la gente antes de morir... "hubieran deseado ser más felices"

 "A diferencia de Edit Piaf, que decía en su famosa canción que ella no se arrepentía de nada, mucha gente parece terminar su vida con un gran arrepentimiento.    

Eso es lo que afirma Bronnie Ware, experta en cuidados paliativos y enfermos terminales, quien acaba de compilar en un libro la lista de los cinco principales arrepentimientos que tiene la gente antes de morir.

La enfermera australiana reunió en su libro las "confesiones honestas y francas de personas en sus lechos de muerte", lo que hubieran querido hacer o no hacer.

Fueron confesiones, dice, que le ayudaron a transformar su vida.

Porque según Bronnie Ware, es realmente triste llegar a la tumba pensando "ojalá lo hubiera hecho...".

"Encontré una lista grande de arrepentimientos, pero en el libro traté de centrarme en los cinco más comunes" explica la autora a la BBC.

"Y el principal arrepentimiento de mucha gente es 'ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera'", agrega.

"Otro arrepentimiento común es 'ojalá no hubiera trabajado tanto', porque eso, decían, los había hecho perder el equilibrio y como resultado habían perdido muchas cosas en su vida".

El libro, titulado "Los Cinco Arrepentimientos de los Moribundos", es un recuento de memorias sobre la vida de la autora y sus experiencias durante años de trabajo en cuidados paliativos.

Los pacientes de Ware eran personas que habían sido desahuciadas y esperaban en cualquier momento la muerte.

Esto, dice, la permitió compartir "momentos increíblemente especiales. Porque pasé con ellos las últimas tres a doce semanas de sus vidas".

Enfrentando la mortalidad

La idea del libro surgió después de que un artículo publicado en su blog, titulado "Arrepentimientos de los Moribundos", se volvió viral en internet y Ware decidió escribir algo más completo sobre esas confesiones y la forma como "transformaron su vida".

"La gente madura muchísimo cuando debe enfrentar su propia mortalidad" explica la autora.

"Cada persona experimenta una variedad de emociones, como se espera, que incluyen negación, miedo, enojo, arrepentimiento, más negación y eventualmente aceptación".

"Sin embargo, cada uno de los pacientes siempre encontró su propia paz antes de partir".

Bronnie Ware dice a la BBC que "otro arrepentimiento común entre los moribundos era que hubieran deseado tener el coraje de expresar sus sentimientos".

"Y eso se aplicaba tanto en los sentimientos positivos como negativos".

"Muchos decían: 'ojalá hubiera tenido el coraje de hablar y decir que no me gustaban esas cosas', o que hubieran tenido el coraje de hablar con personas y decirles lo que realmente sentían por ellas".

"También era muy común arrepentirse de no haber vuelto a tener contacto con viejos amigos. Mucha gente decía que le hubiera gustado volver a ver a alguien para recordar momentos de su vida, pero no habían hecho el esfuerzo de encontrarlo".

Según Ware, al final de la vida los amigos son muy importantes porque a menudo los familiares que rodean a un enfermo terminal están pasando por su propio duelo.

Una persona en su lecho de muerte a menudo extraña a esos amigos, dice, pero muchas veces, cuando se les pierde el rastro, ya es demasiado tarde para encontrarlos.

Los moribundos, dice Bronnie Ware, también "hubieran deseado ser más felices".

Algo que llama la atención es que todos estos lamentos de los moribundos son de cosas que no hicieron. La gente no parece arrepentirse de algo que sí hizo.

"Todo lo que hacemos en nuestra vida, bueno o malo, nos ayuda a aprender algo" explica Ware.

"Por eso es más común arrepentirse de algo que no hicimos".

"Pero pienso que como seres humanos debemos aprender a perdonarnos más a nosotros mismos y no ser tan duros por no haber hecho algo en el pasado. Y esto se aplica principalmente cuando una persona está enferma y no tiene ya libertad de hacer cosas porque no tiene salud".

Lo que la autora espera, dice, es que su libro "ayude a la gente a actuar hoy y no dejar las cosas para mañana, para después arrepentirse".

"A mi estas confesiones me ayudaron a implementar grandes cambios en mi vida y espero que la gente que lea el libro también pueda entender que la vida está pasando hoy y que ahora es el momento de vivirla".

"Mi principal mensaje es que todos vamos a morir, y que si en este momento nos arrepentimos de algo tratemos de solucionarlo ahora".                    (BBC News, 31/01/12)

18/10/18

¿Existe un arte de morir?

"Una piedra no muere porque no cambia. No muere porque no vive. Todo aquello que cambia, que crece, muere: es decir, todo lo que vive, muere. Recuerdo estas frases sencillas y poderosas leídas en un libro infantil sobre la vida y la muerte (Brigitte Labbé y Michel Puech, Cruïlla, 2001). Se lo compré a mi hija de cinco años porque ella lo escogió después de mucho pensarlo. Fue su primer libro elegido libremente. 

Las dos dependientas quedaron consternadas, pero a mí no me pareció mal. Siempre hemos recordado aquel maravilloso libro con gratitud: en él leímos de forma razonada y sensata la necesidad de la muerte.

Pero los razonamientos sirven de poco ante una experiencia tan delicada, forzosamente traumática. No hay más que observar los esfuerzos que hacemos por mantenerla fuera de nuestro alcance, de nuestro campo de visión, para comprender las enormes dificultades que tenemos con ella. 

¿Qué es lo que no queremos ver? Porque su evidencia es demasiado grande para negarla, preferimos alejarla al máximo de nuestras vidas, ocultar sus múltiples rostros y actuar como si fuera un accidente que, aun ocurriendo demasiado a menudo, está lejos, o la sentimos lejos mientras no invada nuestro círculo más íntimo. No hay por qué sentirse culpable, cualquiera desea tenerla lo más alejada posible. Porque donde hay muerte es a costa de la vida, y la vida es nuestro único hábitat.

La lectura de Cuando el final se acerca. Cómo afrontar la muerte con sabiduría es un libro que me sugiere, sin embargo, opiniones contrarias. Comprendo muy bien la necesidad que puede sentir una médica especializada en cuidados paliativos en un hospital londinense, con una larga experiencia a sus espaldas, viendo morir a cientos de personas, de cristalizar su experiencia en un texto que aspira a desdramatizarla, integrándola en el ciclo vital.

 Nacemos y morimos y esos son los únicos días de nuestra vida que no tienen 24 horas. Los dos son igualmente trascendentes: ¿por qué, entonces, desentendernos del segundo?

La idea de su autora, Kathryn Mannix, es que late un sentimiento de pánico en nosotros que no hace más que complicar su irreversibilidad. Cuando la muerte llega, aparece el pánico: nuestro cuerpo se había olvidado tal vez de que iba a morir, o bien necesitamos otra oportunidad de vida desesperadamente porque en la vivida ha habido demasiados errores. 

Observaciones obvias, pero Mannix parte de su propia experiencia profesional y eso le da un valor añadido a la obviedad. La clave, sostendrá, es la aceptación, y a partir de ella, el diseño, en lo posible, de cómo queremos que sea ese final para que se ajuste al máximo a nuestro deseo.

Tampoco es que la autora se incline de forma militante por la eutanasia: para unos puede ser una posibilidad consoladora, mientras que para otros supone una invitación poco grata a desaparecer, y cuenta el caso de un joven padre de familia holandés, aquejado de una dolencia cuyas manifestaciones les ahorro, que huye de su país: en el hospital, mañana y tarde le estaban recordando que podía poner fin a su sufrimiento fácilmente. 

Y él, a pesar de todo, quería seguir viviendo. Así llega a la unidad de cuidados paliativos dirigida por la doctora Mannix donde médicas y enfermeras se desviven por sus pacientes terminales, les acompañan hasta el final, les ayudan a tomar la mejor decisión y colaboran para que sus familiares hagan lo mismo.

Cualquiera querría acogerse a esa humanitaria unidad: en cada box reina la máxima armonía, y las tazas de té y las galletas de jengibre extienden un benéfico manto sobre el dolor y la agonía de los enfermos terminales y sus cuidadores. 

De hecho, este es el eje del libro, la experiencia de la agonía, a partir de la revisión de numerosos casos clínicos, para concluir que nuestro temor a las horas finales puede aliviarse si pensamos que la agonía responde a un patrón: disminuir lentamente la mecánica que sostiene al individuo para que en ella pueda avanzar la muerte. Es una estrategia orgánica que invade también la mente, de modo que apenas sentiremos su llegada porque la conciencia de la misma nos habrá abandonado previamente.

El planteamiento de Mannix recuerda los libros del inolvidable Oliver Sacks: el mismo deseo de quitar hierro a la gravedad de situaciones y enfermedades, así como la alternancia de la narración de historias, alguna autobiográfica, con la reflexión. Ahora bien, el problema de Cuando el final se acerca es doble y tiene que ver con dicha alternancia: por una parte, el estilo, ingenuo y bienintencionado, rozando la cursilería y descartando en su impoluto ars moriendi lo que la muerte tiene de incertidumbre, miseria y destrucción. Porque todo eso está, cómo no, por más que la queramos una experiencia serena, y, en este sentido, su libro se halla a años luz del nervio de Sacks.

El segundo problema tiene que ver con el anhelo reflexivo: a Mannix le faltan referencias intelectuales —filosóficas, literarias, antropológicas— para que su pensamiento alcance su objetivo y no quede más cerca de un libro de autoayuda. Por ejemplo, la literatura ha nutrido con un formidable corpus de textos memorialísticos la experiencia de la muerte.

 Recordemos algunos: Esa visible oscuridad, la memoir con la que William Styron describía, en una prosa desnuda, lo cerca que estuvo del suicidio; en Paula, Isabel Allende escribe su experiencia hospitalaria en Madrid atendiendo a su hija, en coma durante un año; los dos libros seminales de Joan Didion —El año del pensamiento mágico y Días azules—, el primero sobre el infarto que desplomó a su marido cuando se hallaban a punto de cenar y el segundo sobre la muerte de su hija Quintana, tan solo unos meses después; Philip Roth dedicó un libro punzante, Patrimonio: una historia verdadera, a la decadencia de su padre, y el relato de Marcos Giralt Torrente Tiempo de vida marcó decisivamente su trayectoria literaria. 

El noruego Karl Ove Knausgard, por su parte, abría su voluminosa autobiografía, Mi lucha, con La muerte del padre y una soberbia descripción del instante en que la vida abandona el cuerpo y este pasa a pertenecer a lo muerto.

Lo mejor del libro de la doctora Mannix es sin duda la oportunidad que nos brinda de pensar en una dirección sobre la que también ha escrito Javier Gomá (La imagen de tu vida, Galaxia Gutenberg): que un día nuestra vida se detenga nos empuja a esforzarnos para conducirla de modo que nos podamos sentir razonablemente satisfechos. En otras palabras, en lugar de preguntarse ¿cómo morir?, que también, hay que preguntarse ¿cómo vivir para que la muerte me sea aceptable?"            (Anna Caballé, El País, 26/08/18)

24/3/15

Se muere como se puede... se muere como se es...

 La mano de Francisca Bonilla, fotografiada por su hija poco antes de morir

"Francisca Bonilla, Paquita para los suyos, está agonizando. A sus 71 años, un cáncer de ovarios que le fue diagnosticado hace 15 meses tras muchas idas y venidas al médico por unas molestias abdominales ha invadido sus entrañas con metástasis.

 Su organismo, llevado al límite, está al borde del colapso. Las ocho sesiones de quimioterapia, la operación de desguace en la que le extirparon todo órgano no vital del vientre, y la quimio intraperitoneal a que fue sometida en quirófano con la esperanza de atajar el tumor, solo han logrado retrasar este momento.

21 días después de su ingreso hospitalario por obstrucción intestinal, en los que su estado, complicado con una neumonía, ha empeorado drásticamente, Paquita se halla en situación de “últimos días”.

Hace unas horas, a petición de la familia y gracias al hecho no siempre seguro de que había camas libres, la han trasladado de la habitación doble que ha ocupado esas semanas en Cirugía —y donde ha visto morir a una de sus cinco sucesivas compañeras—, a otra individual en Oncología en previsión de un desenlace inminente.

 Son las 6,40 de la mañana de un martes de invierno. A su lado, en el incómodo sillón del acompañante, su hija mayor vela el agitado sueño de la moribunda. Pese a la sedación por perfusión de benzodiacepinas y opioides prescrita por el equipo de cuidados paliativos para ayudarla en el tránsito, Francisca se halla en un estado de inquieta seminconsciencia. 

No responde a las palabras de ánimo, ni termina de abrir los ojos, ni reacciona a la presión de la mano de su hija sobre la suya. Pero cabecea, bisbisea palabras ininteligibles, se aferra a los barrotes metálicos de la cama como si se agarrara a la vida que se le escapa. A las 6.45, la hija se levanta a por el móvil para oír los informativos de la radio. Entonces, el ruido de la respiración, remarcado por el gorgoteo del oxígeno, deja de sonar. 

Sobresaltada, la hija mira a la cama. Vuelve a sonar. Deja. Vuelve. Un sonido raro, como de desinflado de un globo, un último fruncido de ceño y, después, una rara paz en el rostro y el más absoluto de los silencios. Falta una hora larga para que un médico de guardia encuentre tiempo para subir a planta y certificar el óbito, pero la hija no necesita el trámite para saber que su madre ha fallecido.

 He aquí la crónica de una muerte corriente. Sin épica ni lírica. La historia de un deceso cualquiera. Uno entre los 390.419 fallecimientos registrados en España en 2013 —últimos datos del INE—, de los que 184.624, un 47,2%, se produjeron, como el de Francisca, en un hospital. El 52, 8% restante murió en casa, en la carretera, fuera de un centro sanitario.

 La mitad de los españoles expresa su deseo de morir en su cama, rodeado de los suyos y atendido por un equipo médico domiciliario, según el Centro de Investigaciones Sociológicas. Un porcentaje que sube al 90% si se consulta a enfermos terminales, según una encuesta de la OCU.

 Sin embargo, a la hora de la verdad, por miedo o por impotencia propia o de la familia, por falta de condiciones de la casa, por ausencia de un cuidador, o por la evolución de la dolencia, muchos acaban acudiendo a expirar a los hospitales.

 La mitad de ellos no tienen acceso a un equipo de cuidados paliativos, según ha denunciado la Asociación Española Contra el Cáncer. Existen 430 unidades y harían falta 750 para cubrir todo el territorio, sostiene el doctor Álvaro Gándara, presidente de la Sociedad de Cuidados Paliativos.

 Por eso, entre otras cosas, la calidad de vida de las últimas semanas, días, u horas de un enfermo terminal, dependerá no solo de sus circunstancias personales, sino las de su entorno asistencial. De si su demarcación sanitaria dispone de asistencia paliativa a domicilio y en el hospital, de si es fin de semana, de si hay o no habitaciones individuales, de su voluntad y de la de su familia respecto a los cuidados terminales y hasta de la tolerancia de los médicos al sufrimiento ajeno.

 No hay un protocolo que se aplique por decreto. Cada moribundo es un mundo. “Se muere como se puede”, resume una enfermera de Medicina Interna en un hospital andaluz, acostumbrada a ver fallecer pacientes a diario. Hasta para morirse hay que tener suerte. La muerte de Paquita es solo una muestra de cómo se expira aquí y ahora, en el primer año en que, según las proyecciones del INE, se producirán más óbitos que nacimientos desde la Guerra Civil española.

 Morirse no es fácil. Cuesta lo suyo. El organismo lleva milenios evolucionando para sobrevivir a las amenazas externas, incluso a sí mismo. Si el corazón y los pulmones funcionan, se adapta a las dificultades que le impone la enfermedad y sigue tirando. Salvo si hablamos de un infarto, un ictus o una hemorragia fulminantes, hace falta una concatenación de factores para que se produzca el paro cardiorrespiratorio definitivo.

 Las últimas fases de males como el cáncer, la ELA o las demencias pueden acarrear, no obstante, mucho sufrimiento físico y psicológico. Deterioro. Dolor. Angustia. Aliviarlos, y acompañar a los enfermos en su viaje hacia el fin es el objeto de los cuidados paliativos.

 Las doctoras Natalia González y Raquel Pérez; las enfermeras Purificación García y Matilde Murillo, y la administrativa Asunción Cuadrado montaron hace siete años la Unidad de Soporte Paliativo del Hospital Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares, en Madrid.

 Todas habían trabajado con enfermos terminales y tenían vocación por ayudar a los demás a morir. Al principio, les costó obtener el respaldo total de sus colegas. Oncólogos, neumólogos, cardiólogos, cirujanos son médicos cuyo máximo objetivo es curar.

Y no siempre entienden el trabajo de quienes, asumida la imposibilidad del reto, nada más —y nada menos— eligen cuidar. La morfina, las benzodiacepinas, hasta la ketamina —útil en dolores refractarios al tratamiento como el del cáncer de pulmón con metástasis en huesos de la esposa de Pepe, un caso que llevan atendiendo dos años largos tanto en su domicilio como en sus frecuentes ingresos hospitalarios — son su arsenal de trabajo. 

Fármacos seguros, baratos y eficaces que, no obstante, despiertan las reticencias de no pocos facultativos por su supuesta capacidad de acortar la vida.

González, Pérez, García y Murillo atendieron a Paquita en sus últimos cuatro meses de vida. Desde que el cirujano que la operó la derivó a su departamento después de palpar al tacto grandes masas de metástasis en su vientre solo tres meses después de habérselo vaciado.

 Nadie pronunció la palabra. Pero tanto la madre —tan aprensiva que se negó a leer el consentimiento informado de la operación— como la hija, que la acompañaba en la visita, entendieron que estaba desahuciada.

En la consulta, la recibieron la doctora Pérez y la enfermera García. Le dijeron que estuviera tranquila. Que iban a estar con ella. Que había que ir día a día. Le dieron un dolorómetro, una especie de regleta infantil numerada y le preguntaron, de 0 a 10, cuánto le dolía. “El dolor es subjetivo. 

No hay ningún aparato que lo mida”, le explicó Pérez. Paquita, viuda desde los 65 años, madre de cuatro hijos cuarentones, abuela esclava de sus nietos y una mujer recia, acostumbrada a trabajar como una mula sin un ay más alto que otro, colocó la flecha en el 8. 

Tras el tratamiento que le prescribieron, la percepción del dolor de Paquita bajó hasta 2, 3, 6, en los peores días. Pero llegó el momento en que tenía que usar varias veces al día el “rescate” —dosis extra para picos de dolor— para soportar el zarpazo. Después llegó la obstrucción por avance del tumor. El ingreso. La neumonía. Y la situación de “últimos días”.

 “Se muere como se es”, sostiene Puri, la enfermera de paliativos de Alcalá. En el caso de Francisca así fue. Defraudada en lo más íntimo por la reaparición del tumor tras su intervención quirúrgica y su rápido empeoramiento, decidió que no quería saber nada más de nada. Pero sabía. Es más, sus hijos sabían que sabía y ella sabía que ellos sabían. Pero la matriarca, soriana, seca por fuera e hipersensible por dentro, sobria hasta el final, eligió el silencio.

 Pasó los últimos días callada. Es difícil hablar con un moribundo que solo responde con monosílabos. ¿De qué charlar en esa tesitura? No de comida, puesto que Francisca ya no ingería. No de sus nietos, a los que no vería hacerse hombres y mujeres. Ni siquiera del tiempo, porque todos eran conscientes de que no iba a salir viva.

 Aun así, antes de su propia agonía, Francisca fue testigo de otra. La de Teodora, su penúltima compañera de cuarto. En muchos hospitales públicos las habitaciones son dobles, incluso triples, en algunos centros antiguos. Muchos, como el de Alcalá, disponen de habitaciones de uso individual para moribundos.

 Pero no siempre están libres. O, a veces, la muerte se presenta de repente y no da tiempo a cambios logísticos. Ocurrió con Teodora, una anciana que parecía que iba a remontar un ictus hasta que una tarde empeoró súbitamente y empezó un drama de media hora que acabó de la peor manera posible. En esos casos, los enfermeros corren la cortina como de ducha que separa ambos lechos. 

 Si el compañero puede moverse, quizá quiera salir de la habitación y esperar acontecimientos en el pasillo. Si no, oirá las blasfemias de los médicos, los pitidos de los aparatos, los lamentos de la familia, y, lo más difícil de olvidar, los estertores del compañero con quien ha compartido esperanza y desesperación las 24 interminables horas del día hospitalario.

Francisca Bonilla ya ni siente ni padece. Tras la firma del parte de defunción, su cuerpo permanece aún un buen rato en el cuarto. Huele a humanidad en el más literal sentido de la palabra. A sangre, a sudor, a lágrimas. Llega un par de auxiliares y le proporciona, ahora sí, el último auxilio. Se le libera del oxígeno, de las sondas, de las vías, de los yugos que le han tenido amarrada al lecho, y a la vida, reducidos a lo que son: cables, agujas, plásticos, basura hospitalaria. Se le asea. 

Se le aplica una colonia fresca tipo bebé. Se le cubre con una sábana dejando el rostro fuera. Se permite a la familia despedirse de la difunta a la vez que se la invita a recoger sus pertenencias —las zapatillas, la bata, el reloj, las gafas—y llevárselas en una bolsa de la basura.

Desde la megafonía, se pide a enfermos y visitantes que, por favor, despejen el pasillo y cierren las puertas cinco minutos. Nadie lo dice, pero todos saben que van a sacar a un fallecido. Se trata, a la vez, de preservar la intimidad del muerto y la sensibilidad de los vivos. 

La comitiva, cerrada por los deudos, enfila el último paseo hacia el ascensor de uso exclusivo del personal —aunque lo usa todo el mundo y más de un infractor se ha llevado un susto de muerte al abrirse las puertas— que marca la separación definitiva. El fallecido, al depósito. La familia, al duelo. 

En el cuarto, los celadores desinfectan el colchón y dejan la cama hecha a la espera de otro paciente. Ley de muerte. Ley de vida.

(Francisca Bonilla murió el 28 de enero de 2014 en la planta cuarta del hospital de Alcalá de Henares. La misma donde el cineasta Antonio Mercero rodó su película homónima, con un inolvidable Juan José Ballesta niño haciendo carreras en sillas de ruedas con el tierno cráneo pelado por la quimioterapia.

 La misma que la hija mayor de Francisca visitó hace más de dos décadas, estando en construcción, en una de sus primeras prácticas como periodista sin saber que allí iban a morir sus padres y a nacer sus hijas. Paquita era mi madre)."                   (   , El País,  16 MAR 2015)

23/12/14

Las risas son el mejor tributo para un payaso muerto


"Cuentan que cuando el famoso payaso Ramper, que tenía una vena depresiva, le explicó tristísimo a su colega Alady que preparaba un número sensacional y postrero, La muerte de Ramper,en el que tocaría el xilofón, haría unas bromas, se subiría al trapecio y se lanzaría desde la cúpula del circo a las gradas, Alady le contestó:
 “¡Será formidable, matándote cada noche durante 15 días seguidos te harás millonario!”. 

Los payasos tienen una forma particular de afrontar la muerte. Cuando Monti (sin la cara pintada Joan Montanyès) se estaba muriendo de cáncer acudieron al hospital a despedirse de él todos los otros grandes payasos catalanes con sus atuendos de clowns. Como para encontrártelos en el ascensor a la UCI.

Payaso y muerte, la gran carablanca, hacen una extraña y turbadora pareja. Un binomio que nos conmueve hasta los huesos. Crear un espectáculo de clowns en torno a un payaso muerto es un verdadero reto. En torno a dos ya resulta una nobilísima payasada. Eso es lo que es, en la más hermosa y generosa de las acepciones, Rhum, el gran, emotivo y divertidísmo homenaje a Monti que han orquestado un grupo de colegas. 

El montaje (que ganó el martes pasado el premio Zirkòlika al mejor espectáculo de clowns) hace temporada estas navidades en un lugar tan proclive a las maravillas (“y alguna cagadita”, bromean en escena los payasos) como el Teatre Lliure de Gràcia.

 A Monti le atraía —sin saber que prefiguraba la suya propia— la escena de la despedida de Rhum en el cementerio parisino de Saint Ouen, con todos los grandes payasos de la época en colorida grand parade junto a la fosa. Rhum, el espectáculo, iba a ser un homenaje al Rhum payaso y al oficio, pero resultó evidente que Monti no lo podría protagonizar.

 Convertidos en Rhum & Cia, cinco payasos bajo la dirección de Martí Torras decidieron sacar el proyecto de Monti adelante reconvirtiéndolo además en una celebración del propio colega, que falleció en 2013.

El nuevo Rhum, que se pudo ver tres días en el festival Grec, coproductor, y está desde anoche en el Lliure de Gràcia hasta el 4 de enero, huye de sentimentalismos fáciles y ofrece un festivo rosario de números desopilantes, incluidos algunos tan clásicos como el del espejo roto o el tiro a la diana y otros destinados a los nuevos gustos como el de los cinco payasos convertidos en risibles bañistas de un ballet acuático mientras uno de ellos canta un rap.

 Las risas son sin duda el mejor tributo para un payaso muerto. (“Mi risa está hecha de lágrimas”, decía el gran Grock —cuyo padre por cierto dejó a la familia para unirse a un circo ambulante: a ver si no es para entristecerse—). Y sin embargo, una enorme vena poética y lírica recorre como un río subterráneo el espectáculo. Ya desde que a la entrada de la sala te encuentras un maniquí con la ropa de Monti. 

O en el preámbulo de la función, con el augusto anunciando —en tono tan sublime como Plutarco la muerte de Pan— “Rhum é morto” y portando una cajita con el almita del payaso. “No es un espectáculo para nada triste, el 90 % es de reír mucho, con un par de momentos emotivos”, recalca el director. (...)

El momento más emotivo es cuando el reticente augusto Martines, convertido en Rhum-Monti, dialoga con una grabación de la voz del propio Monti, el payaso muerto transformado en algo así como el espectro del padre de Hamlet. ¡No está mal para ser un espectáculo de payasos!. 

En lo que podía ser la apoteosis de la trascendencia salta la frase que nos devuelve a la pista: “Tanto Monti Monti tanto”. A subrayar que entre las cosas que dice Monti en off está que los payasos de verdad no tienen nada que ver con los políticos, aunque estos se crucen la palabra como descalificación. (...)

El final, con la sombra de Monti, inconfundible con su sombrerito, tras una cortina tocando el saxofón a coro con el resto de los payasos es simplemente inolvidable. Más aún si sabes que el que pone el cuerpo es el maquinista del Lliure Sergi Martínez, primo de Monti. 

De nuevo —no nos vamos a ir a la calle con el corazón encogido y ¡que viva el circo!—, se deja paso a un epílogo humorístico en el que los clowns hacen música con infinitud de objetos, incluidos dos pollos de goma. Risas, risas. Con la nariz roja puesta. Así viven y mueren los payasos."              ( ,  El País,  18 DIC 2014)

24/9/09

Ante la muerte, se olvidan las mentiras

"En 1982 sobrevivió a un accidente de aviación al regresar de un encuentro académico en Moscú. Murieron 14 personas. En estos momentos realiza un documental basado en los testimonios de los cinco psicólogos cubanos que sobrevivieron a la catástrofe. "En las situaciones límite se muestra lo esencial, no hay espacio para la mentira, puede surgir lo mejor y lo peor de cada cual". (Carolina de la Torre: "Cuba teme más la riqueza de pocos que la pobreza de todos". El País, ed. Galicia, última, 23/09/2009)