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29/8/22

La Unión Europea se construyó sobre un rechazo a la democracia... Es una «tiranía de la minoría» que domina a través de formas de liberalismo autoritario... La gestión de las crisis recientes por parte de la UE demuestra su falta de respeto por la democracia... resultado de un proyecto de décadas para sustraer las decisiones económicas del control popular... una de las razones del surgimiento de la construcción política antidemocrática de la UE en la posguerra fue el miedo a la democracia tras las experiencias del antifascismo y los sueños y expectativas de otro mundo más democrático que suscitó

"La gestión de la Unión Europea de las crisis de la deuda soberana de la última década puso en evidencia sus aspectos antidemocráticos. Incluso allí donde se eligieron gobiernos que prometían acabar con el dolor de la austeridad, como en Grecia en 2015, los líderes de las instituciones europeas que carecían de mandato popular se aferraron a sus propios dogmas. La pandemia trajo otra ola de intervenciones, no siempre con la misma retórica, pero de nuevo con poco proceso democrático real. ¿Son los aspectos antidemocráticos de la UE un resultado de las crisis, con sus mecanismos de respuesta codificados en sus instituciones? ¿O estos elementos siempre han estado ahí? 

Estas son preguntas que Michael Wilkinson aborda en su importante estudio Authoritarian Liberalism and the Transformation of Modern Europe [El liberalismo autoritario y la transformación de la Europa moderna], en el que sostiene que el dogma ordoliberal fue la referencia ideológica clave de la UE desde su concepción en el Siglo de Oro. Deconstruyendo los relatos neoliberales idealizados que ven a la Unión Europea como el faro de los valores occidentales, muestra su composición política real, mucho menos admirable. Desde Jacobin conversamos con Wilkinson sobre su estudio.

GS :¿Por qué decidió escribir Authoritarian Liberalism and the Transformation of Modern Europe? ¿En qué medida se aleja de sus escritos anteriores? 

MW : Decidí escribir el libro a lo largo de varios años, empezando por el momento álgido de la crisis del euro en 2012, cuando el término «liberalismo autoritario» surgió por primera vez en mi mente. El término pretende captar la combinación de autoritarismo político y liberalismo de mercado que impulsó la Troika —el Banco Central Europeo (BCE), el Fondo Monetario Internacional y la Comisión Europea—, el Eurogrupo de ministros de Economía y los poderosos Estados miembros.

Sus acciones se caracterizaron por una impronta particularmente autoritaria tras la elección de Syriza en Grecia en 2015, que había ofrecido la primera oposición política seria a la austeridad, antes de ser aplastada decisivamente. Escribí varios artículos en los que intentaba situar estos fenómenos excepcionales en la historia de la integración europea remontándome al periodo de entreguerras, cuando el «liberalismo autoritario» fue acuñado por primera vez por el socialdemócrata y teórico constitucional alemán Hermann Heller para describir los gabinetes presidenciales que gobernaban a finales de Weimar antes de la toma del poder por los nazis.

Pero cuando comencé a esbozar estas impresiones iniciales en un lienzo más amplio, para contar la historia más larga, empecé a darme cuenta de que necesitaba hacer más trabajo histórico sobre las condiciones de fondo del liberalismo autoritario para dar sentido a cómo pudo tener éxito. En otras palabras, necesitaba alejarme de un marco de norma/excepción y acercarme a una narración histórica más completa. Así que el libro se apartó de mis escritos anteriores en el sentido de que era menos especulativo y más concreto. Analicé las condiciones materiales e ideológicas del liberalismo autoritario y la aparente falta de alternativas, así como el modo en que se generaron estas condiciones a lo largo de varios periodos, empezando por la coyuntura de entreguerras, continuando con el acuerdo de posguerra y la era posterior a Maastricht, y finalmente madurando a través de la propia crisis del euro. Esto me dio la estructura cronológica en cuatro partes del libro, pero también lo convirtió en un proyecto mucho más largo.

GS: ¿La Unión Europea ha sido antidemocrática desde su fundación? 

MW :El déficit democrático fue un elemento básico de los estudios políticos y jurídicos sobre la Unión Europea en la década posterior [al Tratado fundacional de la UE de Maastricht de 1992]. Muchos estudiosos habían expuesto los aspectos estructurales del déficit, relacionados con el proceso consensuado y opaco de elaboración de leyes, la autoridad que la legislación de la UE reclamaba sobre la legislación nacional y el desequilibrio constitucional del tratado a favor de las libertades de mercado y en contra de la solidaridad social. Igualmente importante, se ha demostrado que la mejor manera de entender este déficit es como una característica clave de la escena política nacional. La integración europea no fue algo impuesto «desde arriba», sino que fue un proceso de transformación del Estado que contribuyó al vaciamiento de la democracia al desconectar aún más a las élites políticas del pueblo y afianzar formas de liberalismo de mercado.

Una vez más, al investigar más a fondo, resultó que esta desconexión democrática era un fenómeno mucho más profundo. En los años cincuenta y sesenta, una serie de comentaristas vagamente asociados a la Escuela de Frankfurt, como Franz Neumann y Otto Kirchheimer, habían diagnosticado una profunda alienación política en los pueblos de Europa. Esta se plasmaba en el eclipse de la libertad política, el declive de la autoridad parlamentaria y el debilitamiento de la representación tradicional de la clase trabajadora. Era más evidente en Alemania Occidental, pero tenía ramificaciones mucho más amplias y podía identificarse en otros Estados miembros fundadores «centrales», como Francia e Italia.

Lo que me pareció especialmente preocupante de esta desconexión fue que parecía estar legitimada por un mito, la percepción de que la democracia necesitaba ser restringida tras su exceso de entreguerras, de ser capturada por la llamada «tiranía de la mayoría», cuando en realidad la democracia había sido profundamente recortada.

Era una «tiranía de la minoría» la que dominaba, a través de formas de liberalismo autoritario así como de la violencia del fascismo y el nazismo. Esto apuntaba al hecho de que el «déficit democrático» no era solo una limitación institucional o una construcción accidental, sino un fenómeno ideológico, arraigado en el imaginario constitucional de la posguerra y consolidado a lo largo del tiempo. 

GS : Otro de los argumentos que sustenta su estudio, siguiendo a Chris Bickerton, es que la Unión Europea desempeñó un papel activo en la construcción del Estado en la posguerra. ¿Podría explicar este argumento? 

MW : Maastricht fue una especie de momento decisivo, por la forma en que amplió y profundizó el déficit democrático estructural de la Unión Europea. Pero los pilares ya se habían puesto en marcha, empezando por el Tratado de Roma y la jurisprudencia del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas a principios de los años sesenta, que sentaron las bases para la «constitucionalización» del tratado y la «integración furtiva» que le siguió.

La integración europea se caracterizó en esta época por proceder con el respaldo de un «consenso permisivo»: no hubo una movilización popular activa de los ciudadanos hacia el proyecto, pero tampoco hubo una oposición notable. Era un proyecto impulsado por las élites nacionales, en particular por las redes de políticos y juristas democristianos. Los abogados desempeñaron un papel clave, «escondidos en el ducado de Luxemburgo», y esta es una parte fundamental de la historia que cuento en el libro, bastante conocida por los estudiosos del derecho de la UE. Pero he querido ofrecer un relato más amplio, incorporando los cambios en las relaciones entre el Estado y la sociedad que facilitaron este proceso o, al menos, permitieron que se desarrollara sin una oposición significativa. 

GS:Usted comienza la narración de su libro desde el periodo de entreguerras. ¿Qué análisis teórico se produjo entonces que pueda ayudarnos a entender lo que ocurrió después de 1945, en términos de construcción de la lógica política de la UE?

MW :No hay un solo autor, sino una variedad de fuentes que me ayudaron a reconstruir el complejo panorama de la coyuntura de entreguerras y su significado para la Europa de posguerra. Mencioné a Heller en respuesta a la primera pregunta: su trabajo a lo largo de los años 20 y hasta principios de los 30, junto —y en oposición— al de Carl Schmitt, fue crucial para ofrecer una visión teórica y política del colapso de la República de Weimar. La obra de Karl Polanyi La gran transformación demostró que la combinación de autoritarismo y liberalismo que surgió en vísperas del colapso de Weimar no era ni mucho menos única; de hecho, fue una estrategia global de la burguesía como reacción a la amenaza de los movimientos de la clase obrera y otras respuestas socialistas a la crisis económica y la dura desigualdad.

Estos autores fueron útiles para ayudar a desacreditar la narrativa liberal, tan dominante en la teoría constitucional estadounidense y europea dominante, de que fueron los excesos democráticos los que llevaron al colapso democrático. Como he señalado anteriormente, fue, por el contrario, la supresión de la democracia la causa próxima de su desaparición. Heller es una figura fundamental en este sentido, sobre todo porque fue su propia creencia en el Estado social progresista la que le llevó a defender una política de «tolerancia» hacia las élites autoritarias que gobernaban a finales de Weimar, una estrategia basada en su «mal menor» en comparación con los nazis. Esta estrategia resultó fatal al debilitar el vínculo entre la izquierda política y la clase obrera, una debilidad exacerbada por el servilismo del KPD [Partido Comunista Alemán] a Moscú.

Pero quizás, aunque de forma más sutil, fueron las «Tesis sobre la filosofía de la historia» de Walter Benjamin (que figura simbólicamente en la portada del libro) las que resultaron clave, al ofrecer un ángulo que faltaba: el sentido de que era erróneo creer en el progreso inevitable del tiempo histórico, una característica de gran parte del pensamiento socialdemócrata —equivocado— de entreguerras y de posguerra. Este enigmático texto ofrecía un correctivo crucial al economicismo y al determinismo mecánico que hundió a la izquierda de entreguerras; en cambio, ofrece, en la poderosa interpretación de Michael Löwy, una fusión de romanticismo revolucionario y materialismo histórico.

GS : Usted sostiene que una de las razones del surgimiento de la construcción política antidemocrática de la UE en la posguerra fue el miedo a la democracia tras las experiencias del antifascismo y los sueños y expectativas de otro mundo más democrático que suscitó. Pero, ¿cómo limitó el proyecto europeo las aspiraciones democráticas en el momento de la posguerra? 

MW : Esto se desprende muy bien de la pregunta anterior. Se culpó a una democracia excesivamente politizada —erróneamente, en mi opinión— del colapso de la sociedad de entreguerras. En la posguerra, los liberales, los democristianos y los socialdemócratas alcanzaron un consenso político en torno a un capitalismo domesticado, así como a una democracia restringida (como ha relatado Jan-Werner Müller) y se unieron en torno a un compromiso centrista, que incluía una negociación social entre el trabajo y el capital.

La integración europea proporcionó un marco para una «democracia constreñida en general»; no fue la raíz de lo que yo llamo un «liberalismo autoritario pasivo», pero lo consolidó, presentando varios puntos de veto institucionales contra el ejercicio del poder democrático. Más tarde hizo casi imposible desviarse de él, afianzando las estructuras institucionales y la cultura constitucional del liberalismo autoritario en un marco de tratados endurecido, así como en una ideología de integración europea. Esta fue en gran medida pasiva, al menos hasta la crisis del euro, en el sentido de que dependía más de un repliegue de la esfera política y de un abandono de la clase trabajadora que de dictados y decretos; se construyó en torno a una hegemonía suave más que a la coerción.

La posición de la izquierda radical en la posguerra es más compleja. Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los que luchaban contra el nazismo y el fascismo alcanzaron posiciones de considerable prestigio (sobre todo en los movimientos de la Resistencia y los partidos comunistas de Francia e Italia), hubo un breve momento de optimismo por una política más radical. Pero se disolvió rápidamente. La desradicalización adoptó formas específicas a lo largo de varias décadas y fue el resultado de acontecimientos tanto nacionales como internacionales, entre los que destaca la creciente hegemonía de Estados Unidos.

Aquí tendríamos que ofrecer relatos más granulares y específicos de cada país, para los que no hay espacio para relatar con detalle. Baste decir que el apego al proyecto de integración europea se convirtió en una trampa fatal para la izquierda: la creencia, ejemplificada quizás sobre todo en Italia, de que el socialismo se alcanzaría a través de Europa o no se alcanzaría, la dejó quieta cuando se trató de la Unión Europea. La izquierda quedó paralizada entre el aparente «mal menor» de la UE en relación con el sentimiento nacionalista y el lujo del optimismo intelectual sobre las perspectivas de progreso supranacional.

GS : ¿Hasta qué punto el Tratado de Maastricht es una continuación del autoritarismo pasivo del proyecto europeo en los años de posguerra? ¿Cuáles son las diferencias entre ambos momentos? 

MW : Los cambios efectuados por Maastricht son significativos y multifacéticos. En primer lugar, en el plano estructural-constitucional, sentó las bases de la Unión Económica y Monetaria Europea (UEM) y de la moneda única, que pondría una camisa de fuerza adicional a la economía política de los Estados miembros, elevando una constitución macroeconómica para los países de la zona euro al privarles de autonomía monetaria. En segundo lugar, alteró drásticamente el alcance geopolítico del proyecto, ya que la ampliación de la UE en combinación con la reunificación alemana cambió el equilibrio de poder franco-alemán a favor de Alemania y hacia una economía política más neoliberal. Este proceso se aceleró con la adhesión de los países de Europa Central y del Este y su rápida y brutal transición a las economías de mercado sin una sólida construcción de la democracia. Estos dos fenómenos —la profundización y la ampliación del liberalismo de mercado— crearon conjuntamente una estructura que sería mucho más impermeable al cambio, pero también muy frágil en términos de su débil apoyo democrático.

Así que, además, y de forma reveladora, Maastricht también puso de manifiesto el fin del «consenso permisivo» sobre la integración, con la agitación del resentimiento popular contra unas élites cada vez más desconectadas, notable en la reacción francesa a Maastricht y el «petit oui» en su referéndum (cuando los franceses apenas lo aceptaron por un 51% contra un 49%). De manera crucial, esta desconexión sería explotada más por la derecha política que por la izquierda, aferrándose ésta a un europeísmo ideológico a pesar de la creciente evidencia de la deriva neoliberal de la UE.

En esta época, el movimiento académico (sobre todo bajo la influencia de Jürgen Habermas) se orientó hacia conceptos como «postsoberanía», «posnacionalismo» e implícitamente «posdemocracia», con la teoría del discurso y su horizonte de acuerdo futuro sustituyendo el análisis material y la política de clases. La derecha, por otro lado, se beneficiaría retórica y electoralmente de convertir a la UE en un chivo expiatorio, pero no tenía ningún plan, ni necesidad, de poner la salida sobre la mesa, ya que podía perseguir sus objetivos desde dentro de la UE e incluso remodelar Europa a su imagen, como por ejemplo en la reciente adopción del discurso populista por parte de las élites políticas europeas, como la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el francés Emmanuel Macron.

GS :Usted sostiene que el dogma ordoliberal se fundió con la constitución política de la Unión Europea. ¿Cómo ocurrió esto, y cuáles fueron las implicaciones?

MW : El grado de influencia del ordoliberalismo en la Unión Europea y en las economías políticas internas de la UE es muy discutido, entre otras cosas porque hay diferencias dentro de la tradición ordoliberal. Desde mi punto de vista, el ordoliberalismo es muy instructivo en cuanto a su privilegio de la estabilidad económica sobre la política democrática, su defensa de una constitución económica para evitar la interferencia «irracional» en la economía y su visión altamente ideológica y moralista del homo economicus.

El vínculo entre los ordoliberales y Carl Schmitt es tenue pero real, como ha documentado Werner Bonefeld; hay una teología política y un autoritarismo decisionista en juego para ambos; en el caso de los ordoliberales, una decisión a favor de la despolitización de la economía y en contra de la planificación socialista. La posición de Schmitt es más compleja, abstracta y cambiante, pero en el punto de su discurso de 1932 a la Langnam-Verein hay claras afinidades con los ordoliberales y los neoliberales al identificar el socialismo democrático como la amenaza clave para el orden constitucional y económico.

El ordoliberalismo, como digo, es instructivo como forma de liberalismo autoritario. Pero sería un error pensar que el ordoliberalismo se aplicó de forma mecánica, tanto a nivel nacional como en Europa. Desde sus inicios, los ordoliberales se reunieron con pensadores asociados al liberalismo clásico y al neoliberalismo y con otros centristas variados, como se representó en la reunión del Coloquio Walter Lippmann en 1938; estos pensadores estaban unidos en su escepticismo y miedo a la democracia y pretendían lograr la hegemonía para una restauración del orden liberal, pero por lo demás eran muy diversos en sus programas específicos.

En la Europa de la posguerra, el ordoliberalismo fue recibido a través de diversas tradiciones nacionales de economía política y desarrollo constitucional material. Y, de hecho, una de las líneas argumentales que desarrollé en las últimas etapas del libro fue que la confluencia del ordoliberalismo con la estrategia de crecimiento impulsada por las exportaciones de Alemania fue lo que lo hizo altamente disfuncional para la Unión Europea en su conjunto, especialmente cuando se produjo la crisis del euro.

En ese momento, el ordoliberalismo pasó a tener una influencia tanto ideológica como práctica, justificando las políticas asociadas a la austeridad, pero en formas que también requerían intervenciones dramáticas y acciones discrecionales. Estas eran anatema para algunos ordoliberales por la forma en que requerían romper el «manual» de la constitución macroeconómica así como la agenda doméstica para mantener el espectáculo en marcha: financiación del banco central, rescates, etc. Esto dio lugar a una serie de recursos legales ante el Tribunal Constitucional alemán contra las intervenciones, especialmente las del BCE.

Sin embargo, en cada etapa, el objetivo de estos desafíos era tratar de apoyar y sostener el telos del liberalismo de mercado: garantizar la condicionalidad, proscribir las condonaciones de deuda, proteger contra el «riesgo moral». Las implicaciones para la constitución política de la UE fueron graves, como señaló Wolfgang Streeck: los conflictos nacionales sustituyeron al conflicto de clases, los países del Sur quedaron económicamente devastados con un desempleo masivo, sobre todo para las generaciones más jóvenes, y Europa quedó más desunida de lo que había estado en medio siglo.

GS ; ¿Qué procesos históricos llevaron a la completa neoliberalización de la UE? ¿Y cuál fue el papel específico de Alemania? 

MW : No estoy seguro de que sea útil pensar en la neoliberalización completa de la UE, dado que el proceso de integración siempre está condicionado por los Estados miembro y depende de los acontecimientos. No cabe duda de que existe una lógica neoliberal de despolitización de la economía integrada en el proyecto. Y la UEM fue crucial para reducir la autonomía política de los Estados miembros. Pero el peso relativo de la economía política alemana también cambió el equilibrio de poder entre los Estados europeos en la década de 1990, como ya indicaba el giro del presidente François Mitterrand hacia un programa socialista en Francia a principios de la década de 1980.

Lo que quizás fue más significativo fue el giro de los partidos de centroizquierda y socialdemócratas hacia el neoliberalismo a finales de los años 90 (especialmente el triunvirato de Tony Blair, Gerhard Schröder y Lionel Jospin), de modo que incluso cuando había una clara mayoría de partidos de centro-izquierda entre los gobiernos europeos, apenas se desviaba del dogma neoliberal.

Esta neoliberalización de los partidos socialdemócratas fue un aspecto clave en el vaciamiento de la democracia occidental, aumentando la desconexión entre la clase trabajadora y sus representantes políticos. La integración europea contribuyó a este estrechamiento de los horizontes políticos, y lo consolidó, pero no fue la causa de ello como tal. Es crucial tener esto en cuenta porque también sugiere que una salida del liberalismo autoritario tiene que ser dirigida desde abajo, desde el propio demos. Para invertir el lema de gran parte de la izquierda europea, el socialismo será alcanzado por los Estados miembro o no será alcanzado, en el proceso de alcanzar un verdadero internacionalismo democrático.

GS : ¿Cómo afectó la transformación neoliberal de los años 80 en adelante a las decisiones que tomó la UE sobre la gestión de la crisis del euro?

MW :La transformación neoliberal de la UE a partir de la década de 1980 creó un conjunto de estructuras constitucionales y un consenso ideológico que parecían limitar fuertemente las posibilidades de hacer frente a la crisis del euro. Pero esta apariencia era muy engañosa en un aspecto importante. Cuando existía la voluntad política, se encontraban formas de eludir las limitaciones constitucionales. Lo que significaba esto era que las decisiones estarían dirigidas por la élite y se tomarían de una manera casi totalmente democrática sin rendir cuentas, impulsadas por la Troika (especialmente el BCE), el Eurogrupo y los poderosos Estados miembros.

El resultado sería lo que Mark Blyth denominó el mayor cebo y cambio de la historia, con una crisis bancaria convertida en una crisis de la deuda soberana para justificar una política de austeridad basada en la clase. Esto condujo a una serie de revueltas parciales y al crecimiento de los movimientos antisistémicos a medida que la gente despertaba a la realidad de la situación y generaba un cierto impulso hacia el cambio político e incluso una revuelta abierta contra el sistema.

Aunque no logró sus objetivos, reveló con cierta claridad la naturaleza del problema. Y también expuso la falta de alternativas a la integración europea en la izquierda, capturada como lo estaba por un discurso de postsoberanía y globalización que había abandonado efectivamente el dominio de la soberanía política y la política de clases.

GS : ¿Y la experiencia griega? ¿Cómo conectarías los argumentos clave de tu libro con la forma en que la UE trató el ascenso de Syriza en la primera mitad de 2015?

MW : El movimiento antisistémico más significativo de la crisis del euro surgió en Grecia con la elección de Syriza sobre una plataforma antiausteridad en enero de 2015, dando un breve parpadeo de esperanza a toda la izquierda europea. La reacción de las élites de la UE fue dura pero no sorprendente. Hay que entender que desde la perspectiva del capital, en particular del alemán, había una cierta racionalidad en la austeridad. Y había un deseo político de castigar a cualquiera que se atreviera a cuestionar el statu quo desde la izquierda, como incluso Habermas señaló con respecto a Grecia.

Sin embargo, en el análisis final sostengo que considerar solo cómo la UE trató a Syriza es perder el punto: sí, las élites políticas de todo el continente estaban dispuestas a sacrificar a Grecia; pero lo que la crisis del euro reveló sobre todo fue que la izquierda debe estar dispuesta y ser capaz de sancionar una ruptura del sistema europeo, lo que significa, en última instancia, que debe estar dispuesta a buscar una salida de la UE."

(Entrevista a Michael Wilkinson, profesor asociado de Derecho en la London School of Economics, George Souvlis, JACOBINLAT, 28/08/22)

11/8/22

A menudo me preguntan por qué Europa nos permitió a los griegos entrar primero en el mercado común y después en el euro. La respuesta correcta suena hoy improbable: porque, en 1979 el Estado griego tenía uno de los niveles de deuda pública más bajos de Europa y sus ciudadanos casi ninguno. Sí, éramos un pueblo pobre, pero nos las arreglábamos con nuestros modestos medios... Incluso en 1999, justo antes de ser admitidos en el euro, apenas ningún griego tenía una hipoteca, y mucho menos una tarjeta de crédito... Sin embargo, para entrar en Europa tuvimos que reducir nuestras barreras comerciales y, más tarde, desmantelar todos los controles de capital... Inmediatamente, un tsunami de importaciones, dinero y préstamos salió del norte de Europa hacia Grecia. No es que nos resistiéramos a ello, hambrientos como estábamos de los adornos materiales de la modernidad. Antes de que nos diéramos cuenta, nuestras fábricas se cerraron (y se convirtieron en almacenes para las lavadoras y los frigoríficos importados que antes se fabricaban aquí)... Era sólo cuestión de tiempo que la burbuja bancaria y de la deuda mundial estallara... los que habían insistido en que tomáramos prestadas montañas de su dinero -para que pudiéramos comprar sus coches, lavadoras y alta costura- no dudaron en llamarnos con todo tipo de nombres que no son dignos de publicarse aquí... nuestra dignidad y nuestra filotimia se desgarraron... así que respondemos a las estúpidas preguntas de las encuestas con un falso orgullo. Por supuesto, sabemos que es falso, pero, de nuevo, el orgullo falso es el último recurso para aquellos que han perdido el verdadero

 "Los griegos tenemos fama de ser nacionalistas insufribles, la mayoría de los cuales cree sinceramente que la cultura griega es superior a la de otras naciones y pueblos. En una reciente encuesta de Pew, incluso se nos ha calificado como los europeos más chovinistas desde el punto de vista cultural. A riesgo de confirmar ese estereotipo, lo achacaré a... los extranjeros, con su inmoderada alabanza de la cultura griega y su superficial lectura de sus propias y tontas encuestas. (...)

Pero pregúntenos a nosotros, los griegos, sobre la cultura griega moderna y obtendrá una respuesta muy diferente. Por supuesto, tenemos nuestra cuota de ultranacionalistas chiflados, algunos de los cuales creen que el darwinismo se aplica a todos los humanos excepto a los griegos, que provienen de algún gen divino extraterrestre. Sin embargo, la gran mayoría de mis compatriotas piensa muy poco en nuestra cultura, formas y comportamientos contemporáneos. La última década, sobre todo desde nuestra bancarrota total, nos ha dejado tambaleantes, inseguros y rozando el autodesprecio.

Sí, todavía apreciamos los brillantes éxitos de los griegos que abandonaron Grecia en busca de una vida mejor en otro lugar. Sí, celebramos alguna que otra victoria deportiva y apreciamos la belleza de la tierra, el mar y el medio ambiente de Grecia. Sí, mantenemos cierto orgullo por conceptos exclusivamente griegos como la filotimia, una inclinación a actuar de forma digna simplemente porque sí. Pero al mismo tiempo, tememos que estas cualidades, naturales y espirituales, se hayan diluido terriblemente en las últimas décadas; en parte porque las hemos descuidado y canibalizado (nuestra monstruosa inversión en turismo, por ejemplo), y en parte por una Unión Europea que nos ha ayudado a perder el rumbo. (...)

Cuando Giscard d'Estaing pronunció su discurso de 1979, un año antes de que el norte de Europa nos admitiera formalmente en la UE, la mayoría de los griegos se alegraron. Por desgracia, pronto nos dimos cuenta de que la pérdida general de dignidad era el alto precio que acabaríamos pagando por ese privilegio. A menudo me preguntan por qué Europa nos permitió a los griegos entrar primero en el mercado común y después en el euro. La respuesta correcta suena hoy improbable: porque, en 1979, cuando Giscard se explayaba sobre la civilización griega, el Estado griego tenía uno de los niveles de deuda pública más bajos de Europa y sus ciudadanos casi ninguno. Sí, éramos un pueblo pobre, pero nos las arreglábamos con nuestros modestos medios, viviendo y respirando paradigmas de parsimonia. Eso es lo que aportamos a la UE: un bajo nivel de deuda y altos niveles de propiedad de la vivienda, una combinación que era el sueño húmedo de los banqueros occidentales.

Incluso en 1999, justo antes de ser admitidos en el euro, apenas ningún griego tenía una hipoteca, y mucho menos una tarjeta de crédito. Sin embargo, para entrar en Europa tuvimos que reducir nuestras barreras comerciales y, más tarde, desmantelar todos los controles de capital. Inmediatamente, un tsunami de importaciones, dinero y préstamos salió del norte de Europa hacia Grecia. No es que nos resistiéramos a ello, hambrientos como estábamos de los adornos materiales de la modernidad. Antes de que nos diéramos cuenta, nuestras fábricas se cerraron (y se convirtieron en almacenes para las lavadoras y los frigoríficos importados que antes se fabricaban aquí); nuestras cuentas bancarias pasaron de estar en negro a estar en rojo intenso; nuestra dignidad y nuestra filotimia se desgarraron.

Era sólo cuestión de tiempo que la burbuja bancaria y de la deuda mundial estallara, antes de que los mismos europeos y estadounidenses que una vez nos elogiaron como los pilares de la civilización occidental se volvieran contra nosotros. Ignorando convenientemente que habían insistido en que tomáramos prestadas montañas de su dinero -para que pudiéramos comprar sus coches, lavadoras y alta costura- no dudaron en llamarnos con todo tipo de nombres que no son dignos de publicarse aquí.

Peor aún, en voz baja, nos llamamos a nosotros mismos con nombres similares. Cuando hablamos entre nosotros, no tenemos reparos en ser muy autocríticos, a menudo rozando el odio a nosotros mismos. Ningún griego que conozca estaría, por ejemplo, en desacuerdo con David Holden, el periodista del Times que en 1972 describió a Grecia como "rica en talento y pobre en recursos, desarrollada en sus gustos y subdesarrollada en sus capacidades". Y así, en parte por una falsa dedicación a no decepcionar a los que hablan de la civilización griega, y en parte por nuestro enfado con nosotros mismos y con una Europa que nos llevó por el mal camino antes de tratarnos como ganado que perdió su precio en el mercado, respondemos a las estúpidas preguntas de las encuestas con un falso orgullo. Por supuesto, sabemos que es falso - pero, de nuevo, el orgullo falso es el último recurso para aquellos que han perdido el verdadero."    
             (Yanis Varoufakis, UnHerd, 05/08/22)

19/8/20

¿Estuvo la Unión Europea en peligro por la pandemia? Sí, claramente corrió peligro. Tras la gran recesión, la crisis del euro y la crisis refugio podría llegar otra. La ausencia de solidaridad hacia Italia, que buscó otras alianzas fuera de la UE, los cierres de fronteras y la prohibición de compartir material médico marcaron un punto de inflexión hacia una nueva crisis

 "David Perejil (Madrid, 1976) es periodista y analista de Relaciones Internacionales, así como activista de Derechos Humanos. Perejil es editor del libro Europa frente a Europa. Mapa de crisis y vías de escape (Lengua de Trapo, 2020) de reciente publicación.

 Un recorrido desde múltiples perspectivas y autores por la encrucijada en la que se encuentra la Unión Europea en este momento tan especial. Escriben en él Pablo Bustinduy, Santiago Alba Rico, Gabriel Flores, Emma Rose Álvarez Cronin, Itiziar Ruiz-Giménez Arrieta, Javier Martín y Tica Font. Perejil también editó y escribió ¿Qué queda de las revueltas árabes? (La Catarata, 2015). Responde a las preguntas de cuartopoder.

-En la presentación del libro, hace referencia a cómo de enrevesada es la política europea y el lenguaje que la rodea. ¿Por qué después de 27 años de Unión Europea sigue resultando tan lejana a las ciudadanías?

-La Unión Europea es un híbrido complejo entre una estructura supranacional y la coordinación de políticas estatales. Desde sus comienzos, hay graves déficits democráticos, como el limitado papel de un Parlamento Europeo que no tiene las mismas funciones de los parlamentos de cada país. Este déficit se convirtió en una crisis con la austeridad y los recortes sociales a Grecia, Italia y España en la anterior crisis económica. 

Cada país tiene su propia relación con la Unión Europea. En el nuestro, ha estado unida a la modernización económica y a nuestra propia historia, que tras una dictadura quería ser Europa. Y por eso hay una elevada aceptación, que no es para siempre como se ha visto en las recientes crisis.

 Más allá de la necesidad de conocer la importancia de la Unión Europea en las normas, empleos o alimentos en nuestra vida cotidiana, es necesario dotarnos de análisis y acciones para poder actuar con posiciones políticas diferentes. Urge conocer las diferentes crisis económica, social, política, de valores, derechos humanos, política exterior, relación con el mundo árabo-musulmán y de seguridad que atraviesa la UE. 

Por esa razón, nos empeñamos en publicar Europa frente a Europa (Lengua de Trapo, 2020). Queríamos huir de las explicaciones que adjetivan la palabra “euro” para ofrecer explicaciones a fondo, en muchas ocasiones enraizadas en la historia de Europa más allá de la estructura comunitaria; señalar problemas, separarlos de los aspectos positivos e indicar alguna vía de escape. Como editor, pretendía que cada lector o lectora que se acerque a las páginas del libro pueda tener un mapa para orientarse en el debate público y, ojalá, para actuar. 

-El libro estaba a punto de publicarse cuando estalló la pandemia de la covid-19. En un primer momento, vimos la debilidad europea, estados enfrentándose por recursos sanitarios, incapacidad de una directriz común para afrontar la tragedia. ¿Estuvo la Unión Europea en peligro?

-Sí, claramente corrió peligro. Podía llegar una nueva crisis a una estructura que en la última década ha sufrido la gran recesión, la crisis del euro y la crisis refugio. La ausencia de solidaridad hacia Italia, que buscó otras alianzas fuera de la Unión Europea, los cierres de fronteras y la prohibición de compartir material médico marcaron un punto de inflexión hacia una nueva crisis. Sin embargo, a partir de esas semanas, la Unión Europea reaccionó con rapidez para los tiempos a los que nos tiene acostumbrados. En primer lugar, desde el BCE y la Comisión Europea, seguidos de un fuerte apoyo del Parlamento Europeo y, en último lugar, con la negociación entre estados de los últimos Consejos Europeos.

Es curioso, porque la actuación de la Unión Europea se suele analizar desde posturas muy apriorísticas. Por un lado, como un espacio de deseos más que de realidades concretas sobre las que actuar, en función de las competencias de cada institución y de diferentes opciones políticas a veces poco explicitadas. 

En este sentido, ante la magnitud de la pandemia, muchas personas de los países más afectados deseaban más presencia porque sentían que era el momento para una organización como la Unión Europea. Y desde algunos ámbitos cercanos a Bruselas se llegó a justificar la inacción porque las competencias sanitarias son básicamente estatales como una exculpación de la Comisión Europea. Eso es real, pero choca con la rapidez con que cambian las reglas del juego cuando hay acuerdo político y con la necesidad de de actuación.

En esa línea, deberíamos estar alertas ante la idea mágica de que las crisis crean Unión Europea, pues la Unión Europea avanza, pero también retrocede con las crisis y en su actuación cotidiana. ¿Pero avanzan en posibilidades de otras políticas económicas, sociales o de derechos? Las crisis no dejan de ser un punto en un camino en el que, en función del peso de cada país, dirigente, empresa o lobby siguen abiertas todas las opciones. Por esa razón decía antes que necesitamos análisis diferentes que nos den paso a actuaciones, en clave de izquierdas frente a derechas o reacción y progreso, como personas, partidos políticos, movimientos sociales o gobiernos. 

-¿Qué valoración hace del acuerdo del mes de julio sobre los fondos de reconstrucción europeos para los estados?

-En línea con lo que comentaba, ha sido muy positivo porque ha cambiado el marco de la austeridad y recortes por el de cierta mutualización con transferencias de partidas, aunque limitadas y repartidas de manera desigual tras las negociaciones en el Consejo Europeo, pero es algo que ha sucedido cuando parecía que era imposible vistas las actuaciones durante la crisis del euro.

 El montante del Fondo de Reconstrucción Europea de 750.000 millones (repartidos entre 390.000 millones en transferencias y 360.000 millones en préstamos) supera el pírrico presupuesto común, pero incluso con el resto de créditos, ampliación del MEDE y mecanismos para apoyar empresas y empleo, es insuficiente si lo que se trata es realizar cambios profundos.

Además, deja muchos de los aspectos más positivos con poco presupuesto, como el Fondo para una Transición Ecológica Justa o partidas de investigaciones, o abiertas a futuras negociaciones, como los impuestos europeos. En este sentido, o se consolida la suspensión del Pacto de Estabilidad y Crecimiento o hay puerta abierta a la exigencia de recortes, como ya declararon los gobiernos que ven la Unión Europea como un intercambio comercial favorable a sus intereses. También hay que presionar para no solo salvar economías sino por cambios de modelo económico, transición energética y laboral. Y trabajar por cambios profundos para evitar los desequilibrios económicos entre países, el papel del BCE y acabar con los paraísos fiscales.

En el libro, hay tres mensajes económicos que son claves para entender el trasfondo del acuerdo. El primero lo escribe con su habitual claridad Pablo Bustinduy en el prólogo: necesitamos que se abra paso la economía política. Nadie puede discutir que ahora, con la pandemia, no solo hacen falta otras políticas económicas sino que se pueden realizar porque ya se han hecho tímidamente. En este sentido, nos toca señalar que hacen falta cambios en la estructura económica neoliberal heredada del Pacto de Maastricht en 1993.

El segundo lo ofrece el economista Gabriel Flores: hay espacio para realizar otras políticas económicas, incluso dentro de los márgenes europeos en temas bancarios, fiscales y de solidaridad. Y el tercero está en el capítulo de Emma Álvarez Cronín: la verdadera identidad europea son los derechos sociales. Desde la experiencia del estado del bienestar de cada país, debemos trabajar por un nuevo contrato social que no permita la dualización que crece en nuestros países, entre empleos antiguos protegidos y absoluta precariedad para el resto porque además puede crecer sobre los cuidados, el feminismo y la ecología.


-¿El Brexit marca una tendencia: el regreso al estado-nación como unidad política de primer orden?

- El Brexit marca muchas cosas. La posibilidad ya real de que un país abandone la UE, la dificultad para separar economías plenamente imbricadas y el cambio radical de su sistema político cabalgado por las opciones más excluyentes. No creo que el estado se haya ido nunca pero, como pone de manifiesto la crisis de la covid-19, es más necesario que nunca. Lo necesitamos para afrontar en común problemas sanitarios, reordenar la economía y atender fragilidades. Eso es algo que no puede ni quiere hacer el mercado y que ahora hay que exigir que sea en beneficio de todos y todas, no como salvación de empresas sin personas.

En ese sentido, tampoco creo que las naciones se hayan ido, sino que en tiempos de excepción económica se reconstruyen de manera dual, ellos o nosotros, en beneficio de unos pocos y contra otras muchas. Cuando nuestras necesidades como personas están más atendidas, podemos gestionar las identidades nacionales como otra marca más de lo que nos define como personas y es más fácil gestionar soluciones basadas en la convivencia y derechos. 

Volviendo a Gran Bretaña, nos encontramos con que su historia marcó una siempre difícil relación con la Unión Europea, pero que tiene poco que ver con las promesas de la campaña del “Leave”. El país tiene la opción real de ensayar otras políticas económicas o exteriores, pero hasta ahora solo zozobra con un peso inferior al anterior, ya que apuesta por exacerbar sus relaciones financieras para configurarse como una especie de Singapur y en el plano internacional. Ha perdido peso, como demuestra su relación con China.

-Santiago Alba Rico habla en el libro de la crisis de valores en Europa. ¿Qué destacaría de este capítulo?

- Alba Rico aborda un asunto crucial para poder entender qué sucede en Europa y en el mundo. Su texto disecciona los grandes logros que han sucedido en territorio europeo, especialmente el surgimiento y consolidación de los derechos humanos, frente al expolio colonial y políticas de rapiña de muchos países europeos, a veces incluso en nombre de esos propios derechos que decían proclamar. 

Santiago cree que la historia de Europa es el cruce entre una guerra civil, entre fuerzas, que yo llamaría conservadoras y en favor de la emancipación, y una guerra expansiva, con políticas de depredación exterior. Como siempre, aporta una mirada nítida y contundente sobre debates de hace siglos necesarios hoy, sobre si esos derechos eran solo propios de los europeos, luego deberían exportarse o imponerse en su versión más cruda, o eran de todo el planeta si se daban unas condiciones para que pudieran emerger y consolidarse.

Es fundamental hacer estas distinciones para poder conservar y construir desde el logro, atacado y parcial pero más que necesario, de los Derechos Humanos. Y para que, desde una aproximación horizontal, se puedan apropiar personas y pueblos de todo el mundo. Si no, corremos el riesgo de que con las necesarias críticas eliminen todo el conjunto de precarios derechos sobre el que podamos exigir dignidad. Y, además, también nos abre camino a alianzas dentro y fuera de Europa entre diferentes opciones de cambio.


-Itziar Ruiz-Giménez escribe sobre la crisis de Derechos Humanos. Hemos visto estas semanas cómo ultraderechistas queman campamentos de personas refugiadas en Grecia. Algo similar ha ocurrido en Lepe con los temporeros. Malos momentos para los derechos humanos. ¿Cómo combatir esta deriva ultraderechista?

-Ruiz-Giménez hace un exhaustivo análisis de la historia de los derechos humanos desde la Segunda Guerra Mundial, de su aplicación real, de los obstáculos para entender toda su dimensión política, pero también económica y social. Y de cómo las narrativas que diferenciaban el poder de una Venus europea de un Marte estadounidense ocultaban graves violaciones de derechos humanos en un sistema distinto al de Estados Unidos pero profundamente desigual y depredador. 

Para combatir la extrema derecha es especialmente importante lo que Itziar destaca en su capítulo siguiendo a Bauman. No podemos concebir a la ultraderecha como un monstruo, una excepción o una desviación, debemos mirar qué políticas estructurales le dejan campo de acción, qué de esos monstruos habitan en nuestras vidas cotidianas y qué necesitamos cambiar también en nosotros y nosotras.

Cada país europeo tiene una historia particular que marca mucho el camino contra esta deriva extremista, pero sí sabemos claramente que si en estos momentos de miedo al futuro, o incluso al presente, hay políticas de protección y cuidados basadas en derechos sociales, empleo, salarios dignos, igualdad entre mujeres y hombres, las extremas derechas tienen menos campo de actuación. 

Es la lección que nos dejan los cambios producidos tras la crisis económica de 2008. También, que si no defendemos el cumplimiento de los derechos conquistados a lo largo de la historia, si no incluimos los derechos de más y más personas, como sucedió con las conquistas del movimiento obrero o el voto de las mujeres, ese sistema frágil puede hundirse con todos. Es lo que ahora señalan las demandas del feminismo, de las personas con diferentes orígenes, las personas refugiadas, migrantes y las grandes desigualdades sociales.

-Sobre inmigración, la política europea está externalizando las fronteras. Desplazándolas al Sahel donde los controles de derechos humanos son más precarios todavía.

-Es una política que en nuestro país conocemos bien, pues la ha usado en su frontera sur durante años, pero que ahora está en plena expansión en Turquía, Libia o el Sahel. Es una política basada en la securitización, como analiza Tica Font en su capítulo de Europa frente a Europa. 

En vez de apostar por el desarrollo y los intereses mutuos, por políticas de cultura de paz que pudieran cerrar las brechas económicas entre la UE, el Magreb y el Sahel, desde el 11S se han acelerado las políticas de vigilancia frente a cada vez más “enemigos” externos e internos. En vez de pensar en políticas no extractivas para que cada país pueda tener su desarrollo y ordenar los flujos de personas en movimiento, el mensaje es que, frente al miedo, vale apostar por zonas de excepción.

Esto no solo es contradictorio e hipócrita con los principios de la UE, sino que es una mirada muy corta. Pensemos en los beneficios mutuos que podríamos tener con un Magreb sin conflictos, con más desarrollo económico y que respetara los derechos de sus personas. Como escribe en el libro Javier Martín, periodista que conoce muy bien las dimensiones estructurales del mundo árabo-musulmán, en determinadas zonas debemos abordar cambios de largo plazo que suponen revisar relaciones de siglos para evitar falsas tolerancias, mutuas desconfianzas y alianzas de extremismos de uno y otro signo que nos hacen presos y nos llevan al choque de las mayorías de uno y otro lado del Mediterráneo. 

Cambios que se podrían combinar con otras políticas más cercanas de ayuda mutua para acabar con los graves conflictos que sufren muchos países, como los del Sahel, y que pueden tener un componente militar, siempre que se cumpla el Derecho Internacional y los derechos humanos, y siempre que sean un complemento de otras políticas y no la única solución.

- En el “nuevo teatro geopolítico”, ¿qué papel puede jugar la Unión Europea ante la escalada de la rivalidad entre Estados Unidos y China y, también, aunque a menor escala, Rusia?

- Como sucede en otros ámbitos, en geopolítica, llevamos recibiendo signos de cambio de era durante muchos años. Estas mutaciones no suponen una destrucción radical del sistema que hemos vivido, sino que por el momento conviven todas juntas. Nos encontramos con un mundo que ha dejado de ser unipolar, pero no acaba de ser multipolar; en el que Estados Unidos está perdiendo peso aunque siga siendo el hegemón mundial, pero en el que otros países están avanzando y reclamando presencia, especialmente China, por su desarrollo económico y tamaño de país, o Rusia, que por su empuje militar ha pasado de actuar en su antigua zona de acción soviética a extenderse y confrontar en Oriente Medio y África.

Por otra parte, el sistema multilateral y de Derecho Internacional no solo está cuestionado, sino que los principales países y agentes tratan de deslegitimarlo y olvidarlo. Prueba de ello son los últimos vetos o asuntos que no se discuten en el Consejo de Seguridad; la creciente irrelevancia de la OMC y la impunidad con que se violan las reglas más básicas de la humanidad en los nuevos y viejos conflictos. Existen amplías zonas mundiales que son gigantescos agujeros negros de impunidad en las que solo rige la confrontación de intereses, las guerras intermediadas, la destrucción, expulsión de personas y la violencia sexual.

Ahora percibimos de forma clara la rivalidad entre Estados Unidos y China, que encadena acciones y reacciones en el cierre de consulados, en la extensión de la nueva red 5G, en aranceles a productos o en Hong Kong y Taiwán. Como cita Ivan Krastev, Donald Trump ha decidido romper los consensos liberales para acelerar políticas por la fuerza en su propio beneficio. 

En este sentido, aún es pronto para tener una perspectiva histórica, pero la administración Trump puede marcar una etapa, como la marcó Ronald Reagan como protagonista que aceleró la revolución política neoliberal y conservadora. De momento, sabemos que ha actuado con una mezcla de aislacionismo, poder militar, presión comercial y diplomática contra países supuestamente aliados para que acepten nuevas reglas económicas y con alianzas aún más  descarnadas con líderes autoritarios y países donde se violan los derechos humanos.

Con este panorama, que analizo yo mismo en el capítulo de política exterior del libro, hay que ver si la Unión Europea es capaz de cumplir lo que ha escrito en sus análisis estratégicos exteriores de una política que es básicamente de coordinación de sus estados miembros. Es decir, si es capaz de tener políticas independientes en política exterior que pasen por cumplir sus propios principios comerciales, en disputa por una parte de la sociedad que exige que no sean meros tratados depredadores de derechos laborales y medioambientales, y sus criterios de derechos humanos. 

Para cumplirlo, debería ser capaz de tener una postura propia frente a Washington, lo que necesariamente le obligaría a repensar sus políticas de defensa, y frente a China, en la que debería ser capaz de poder combinar relaciones comerciales y respeto a los derechos humanos. Lo mismo debería suceder con Rusia, con quién debería tener una relación matizada, porque es un país vecino, propia y basada no solo en la economía sino también en el respeto de los derechos humanos. Si no lo hace, Europa corre el grave riesgo de convertirse en objeto de las políticas de otros países y de sus intereses.


Como en todo, en Europa frente a Europa también recordamos que esos riesgos no son solo para estados o líderes, sino para todas las personas que habitamos este continente. Si no somos capaces de analizar y actuar con nuestras demandas en política exterior en beneficio de todos, con un cambio de modelo económico para evitar un desastre ecológico y profundamente igualitarias, corremos el riesgo de vernos aún más arrastrados por los interés de otros. Necesitamos un nuevo internacionalismo popular que pueda demandar y actuar con las instituciones. Por justicia con la gente que sufre en el mundo y por nuestro propio interés en mantener el mundo en que vivimos, necesitamos presionar para que la UE tenga una política exterior que combine independencia, geopolítica y derechos humanos. Y trabajar para cambiar un modelo insostenible y profundamente desigual."                

 (Entrevista a David Perejil. Periodista y analista de Relaciones Internacionales, autor de 'Europa frente a Europa'. Sato Díaz, Cuarto Poder, 18/08/20)

3/6/20

Convergencias mediterráneas... Soberanía popular, soberanía nacional y cambio social (Grecia, Italia y España)

"(...) “Un proyecto de liberación. República, soberanía, socialismo ”, un libro de Manolo Monereo y Héctor Illueca. (...)

Los escritos contenidos en este volumen nos ayudan a comprender hasta qué punto los desafíos que enfrentan los españoles hoy en día se parecen a aquellos con los que los italianos también tenemos que lidiar. Pero, sobre todo, nos ayudan a entender que, para enfrentarlos, tendremos que deshacernos de lo que Monereo e Illueca llaman "ideas zombis", refiriéndose a conceptos como la globalización, el europeísmo, un mundo sin barreras y fronteras, ideas "imposibles de matar porque la imaginación social continúa permanecer anclados al pasado ".

 (...) la economía del siglo XXI se ve increíblemente similar a la del siglo XIX. Concentración aterradora de riqueza, progresión geométrica de desigualdades entre clases, grupos étnicos, pueblos y géneros; sobreproducción y bajo consumo, economía de deuda privada (financiarización de la vida cotidiana); reducción drástica del gasto público, desmantelamiento del bienestar y desregulación del mercado laboral (la capacidad contractual del proletariado occidental se disuelve cuando cualquier intento de limitar los beneficios a las empresas y defender los niveles de protección social hace que la producción se mueva hacia lugares más acogedores para la capital); Una crisis ecológica cada vez más dramática que amenaza las mismas condiciones de convivencia entre la especie humana y el planeta. Antes de analizar las reacciones de la sociedad civil ante la catástrofe, de lo que podríamos definir como un nuevo "momento de Polanyi", debemos recordar la forma en que Monereo e Illueca aplican su modelo interpretativo al caso europeo.

 II La UE como paradigma de la relación centro-periferia

Para comprender qué forma específica ha tomado la globalización neoliberal en Europa, deben aclararse dos cosas. El primero: en los años setenta, el proceso de descolonización de los países del Tercer Mundo parecía completo, pero, como explica Samir Amin [iii], el colonialismo no está terminado, simplemente abandonó la forma clásica de ocupación territorial para asumir la de expropiación sistemática de recursos de los países del norte del mundo a los del sur; un dispositivo basado en la economía de la deuda pública gobernada por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial y en la esclavitud de las burguesías nacionales que, desde la guía de las luchas de liberación, gradualmente se convierten en agentes al servicio del imperialismo occidental. Un destino del que solo dos grandes potencias emergentes como China e India pueden escapar. 

El segundo: la relación centro-periferia descrita por los teóricos de la dependencia[iv] no solo se aplica a las relaciones entre los países occidentales y el Tercer Mundo, sino que también se aplica dentro del territorio europeo. 

Ya el nazismo, como lo aclaró Domenico Losurdo [v] y, como lo recuerdan Monereo e Illueca, había intentado colonizar los otros países europeos, a partir de los del Este, para aprovechar sus recursos y esclavizar sus fuerzas. trabajo, proponiendo, de hecho, la continuación de la política colonial occidental en territorio europeo. Otros dos ejemplos de colonización dentro del área europea son los de la unificación italiana de 1861 [vi] y la alemana de 1990, dos procesos que tomaron el carácter de anexiones reales de las regiones débiles de los dos países por las regiones dominantes. económica y políticamente
Por eso, escriben Monereo e Illueca, "El aparato conceptual de la teoría de la dependencia es esencial para comprender la naturaleza auténtica del proyecto europeo", en la medida en que el proceso de construcción de la UE presenta características muy similares a las del subordinación de los antiguos países coloniales a las nuevas potencias imperiales. 

Como ha demostrado dramáticamente el caso de Grecia, la "ayuda" a los países endeudados garantizados por dispositivos como el MEDE, desempeñan exactamente el mismo papel que los procedimientos del FMI que sirven para imponer la ley de la economía de la deuda, mientras que las burguesías de los países periféricos Europa oriental y meridional desempeñan exactamente el mismo papel para la nación hegemónica, Alemania, que las burguesías compradoras de los antiguos países coloniales.

 En la terminología de Gramscia, escriben Monereo e Illueca, se podría decir que las clases dominantes de los países periféricos, incluida la derecha, la izquierda y los propios sindicatos, son una "oligarquía lumpen" que se comporta "como el partido del extranjero que garantiza la subordinación económica y subyugación al poder hegemónico en el área europea ".  (...)

Pero la hegemonía alemana no es el resultado de una imposición, sino de la renuncia espontánea de los países periféricos a su soberanía, en la medida en que "Alemania hace el trabajo sucio que ninguna burguesía del sur de Europa podría hacer sola, a cambio El dominio económico y la supremacía política están garantizados ”.

 Independientemente de la peculiaridad europea del proceso de globalización neoliberal, sus efectos son idénticos a los que todos los ciudadanos occidentales experimentan en su piel: la frontera entre trabajadores precarios, desempleados y permanentes se atenúa; Los trabajadores permanentes, los pensionistas y los funcionarios públicos se perciben a sí mismos como privilegiados, poseedores de un "privilegio" que parece, sin embargo, amenazado por futuras reformas laborales, por la inseguridad social generalizada, por el miedo ambiental, por la desconfianza. El futuro ya no es predecible, mucho menos controlable. Por lo tanto, todas las condiciones de un nuevo momento de Polanyi están ampliamente presentes.

III. Del populismo a la construcción de un nuevo sujeto político de transformación.

Hoy en todo el mundo estamos presenciando una "insurrección plebeya y nacional-popular" contra la globalización que toma diferentes formas, progresivas o reaccionarias, según las circunstancias: por un lado tenemos las revoluciones bolivarianas en América Latina, grandes levantamientos espontáneos como las primaveras árabes, Occupy Wall Street, el 15M, los chalecos amarillos, el voto británico sobre Brexit, el voto italiano en contra de las reformas constitucionales propuestas por Renzi y el nacimiento de proyectos políticos inéditos como Podemos, France Insoumise, el movimiento 5Stelle que toman distancias de las izquierdas tradicionales, cada vez más comprometidas en la gestión de las políticas neoliberales y antipopulares.

 Por otro lado, las reacciones nacionalistas y xenófobas al globalismo están creciendo, encarnadas por líderes políticos como Salvini y Marine Le Pen. Esta ola "populista", contra la cual las élites políticas, económicas y mediáticas buscan construir frentes comunes de los partidos tradicionales de derecha, centro e izquierda contra una supuesta amenaza totalitaria [vii] a ese sistema democrático que ellos mismos han contribuido a destruir, surge de una demanda generalizada de protección de los perdedores en el juego de la globalización (precarios, desempleados, trabajadores pobres, clases medias proletarizadas, artesanos, pequeños y medianos empresarios, funcionarios públicos amenazados por privatizaciones y recortes en el gasto social, etc.) que solicitan seguridad social y niveles de ingresos que pueden garantizar una vida digna. 

El hecho de que hoy las formaciones derechistas sobre todo representen políticamente esta cuestión, argumentan Monereo e Illueca, se debe a la mutación de los socialdemócratas y radicales de izquierda que, después de convertirse al liberalismo y trasladar su atención y su compromiso de las clases subordinadas a las clases medias altas y a las minorías de todo tipo, parecen desprovistas de cualquier proyecto alternativo y portadores de una cultura elitista y cosmopolita que desprecia a la gente. 

Si el populismo representa la forma que adopta la lucha de clases en una era en la que las clases subordinadas, después de años de guerra de clases desde arriba [viii], aparecen divididas, individualizadas, desorganizadas tanto en el plano sindical como político, desprovistos de identidad cultural y apenas conscientes de sus intereses comunes [ix], entonces sus versiones "izquierdas" tienen el papel de ocupar un vacío cada vez mayor de representación y de construir alternativas en una fase en la que esto no parecería factible, negando la decisión de Margareth Tatcher ("No hay alternativa"). Sin embargo, el riesgo es interpretar esta tarea en términos de una alternativa electoral banal. (...)

 Monereo e Illueca ofrecen horizontes más ambiciosos: la alianza entre Podemos e Izquierda Unida ha dado lugar a una coalición electoral que ha logrado resultados importantes, pero su influencia se ha limitado en gran medida al campo de opinión. Carece de la capacidad y la voluntad de arraigarse en el territorio, de crear comités unitarios básicos capaces de estimular a los ciudadanos a participar en la lucha social y electoral más allá de los partidos organizados en la coalición. (...)

De esta última reflexión crítica queda claro a dónde apuntan los dos autores: el objetivo real no es construir una coalición electoral sino una nueva entidad política. Por esta razón, es necesario "pensar en grande", proyectar más allá de la coalición electoral y seguir la lección de Gramsci, quien nos invita a razonar en términos de construir un bloque social. 

Para esto se necesita mucho más que lanzar campañas de opinión efectivas: es necesario construir una fuerza política con voluntad de hegemonía, capaz de producir su propio discurso y un vocabulario que lo haga explícito, que arraiga en la mente de la mayoría hasta que tenga sentido común. Solo de esta manera será posible construir una esperanza consciente y realista [x], porque "pasar de la resignación a la esperanza requiere la capacidad de soñar y entusiasmarse con propuestas capaces de construir nuevos imaginarios para grandes mayorías". Finalmente, es necesario construir una imagen muy clara del enemigo, porque la política no puede existir sin un enemigo [xi].

 Aunque la lógica populista parece cruda y simplificadora, es difícil no reconocer el mérito [xii] de ser particularmente eficaz para llevar a cabo esta tarea, en la medida en que, en todos los contextos en los que ha estructurado la ira popular contra la globalización, ha permitido identificar al enemigo en la oligarquía, concebido como el mecanismo que unifica, centraliza y organiza los tres grandes poderes económicos, políticos y mediáticos.

 En Italia, el término casta se utilizó para identificar a este enemigo. Al principio esto también sucedió en España, pero luego preferimos usar el tejido (una metáfora "textil" que se refiere al denso entrelazamiento de intereses entre las tres grandes potencias que acabamos de mencionar). El concepto de casta, argumentan los dos autores, a menudo se asocia con la corrupción de los líderes políticos tradicionales, pero esto conlleva el riesgo de que terminemos eliminando el hecho de que no solo están los corruptos, sino también los corruptores, y que a dominar se dedican especialmente los  últimos, que controlan las palancas de los grandes poderes económicos. 

 Si la atención se centra exclusivamente en los primeros, esto puede alimentar la ilusión de que para cambiar las cosas, simplemente se envíen políticos honestos al gobierno, una visión moralista que elimina la necesidad de un cambio radical del sistema. Lo que está en juego en el choque consiste en la construcción de una patria que, escriben los nuestros, "no es una comunidad o nacionalismo imaginado, sino res publica, un futuro que se construirá colectivamente, una sociedad de hombres y mujeres libres que luchan por el autogobierno del ciudadanía, soberanía popular e independencia nacional ". Así llegamos al nodo crucial de la relación entre soberanía popular, soberanía nacional y revolución social.

 IV. Soberanía popular, soberanía nacional y cambio social. Convergencias mediterráneas (Grecia, Italia y España)

 Si la globalización ha despolitizado la economía, mercantilizado los bienes comunes y las relaciones sociales, desmocratizado el estado y las instituciones, la tarea de cualquier fuerza política que proponga construir una alternativa real al sistema liberal debe ser repolitizar, desmercantilizar , para volver a democratizar. Sin embargo, para lograr estos objetivos, ir al gobierno es una condición necesaria pero no suficiente: es necesario reconstruir el estado sobre nuevas bases, dándole un poder capaz de regular la economía, de garantizar el pleno empleo, de redistribuir los ingresos y los derechos sociales.

 Para restablecer la democracia mediante la restauración del poder constituyente del pueblo, es necesario iniciar un proceso constituyente que dará vida a un nuevo proyecto de un país justo, solidario y democrático. (...)

Para apoyar el empleo, defender los salarios y el estado del bienestar, de hecho es necesario desconectarse de una Europa liderada por Alemania que no permite a España (pero lo mismo ocurre con todos los demás países mediterráneos) desarrollar una industria fuerte, diversificada y técnicamente avanzado, ni garantizar a sus ciudadanos el pleno disfrute de los derechos sociales y sindicales y un estatus social digno.

 La posición de los europeístas "críticos", que sueñan con lograr estos objetivos mediante la democratización de la UE, es puramente ilusoria. Si es cierto que los conflictos sociales continúan teniendo a los estados nacionales en el centro, que la democracia continúa basándose en una igualdad legal basada en la ciudadanía y la pertenencia a una comunidad de iguales, se deduce que la soberanía popular no puede desconectarse por el estado y por la democracia entendida como el autogobierno de las poblaciones y quien piensa que es simplemente una cuestión de transferir la tarea de realizar estas condiciones de los estados miembros individuales de la UE a los Estados Unidos imaginarios de Europa no ha entendido que no existe un estado nación europeo ni existe ni hay posibilidad de que se pueda crear en el futuro, porque la Unión Europea no nació para esto, sino solo para construir ese sistema monetario y esa red de tratados y acuerdos intergubernamentales que garantizan la hegemonía de Alemania y el estricto respeto de los principios ordinoliberales.  (...)

Ciertamente Syriza no lo entendió. Analizando el resultado catastrófico de la crisis de la deuda griega, que culminó en los dictados de la troika que impusieron al pueblo griego un régimen de austeridad feroz que los ciudadanos de ese país han pagado, y aún continúan pagando, a un precio muy alto, señalan los autores Las raíces de esa mezcla de reformismo socialdemócrata y europeísmo que inspiraron las elecciones políticas de Tsipras, quien, en ningún momento de la crisis que lo arrasó, nunca ha contemplado ni remotamente la posibilidad de que Grecia realmente pudiera salir del euro.  (...)

No menos interesantes son las consideraciones sobre Italia contenidas en los artículos recopilados en el quinto y último capítulo.  

(...)  sostienen que ese gobierno "populista y soberano" había dado voz al sentimiento antiglobalista de dos bloques sociales diferentes y contradictorios: por un lado, la Liga, una expresión de pequeñas y medianas empresas en el Norte (apoyada por las capas media y alta de la fuerza laboral) amenazado por la invasión de capitales y bienes extranjeros, por otro lado el M5S, expresión de las clases subordinadas y las clases medias empobrecidas del Centro-Sur. 

Esa composición social, escriben los autores, significa que, aunque no representa un proyecto progresivo, esa coalición se vio obligada a aceptar, aunque de forma limitada, algunas afirmaciones de los estratos sociales más bajos, pero sobre todo demostró la existencia de uno espacio político ocupado por un tercer polo, alternativa a la bipolaridad entre derecha e izquierda y su alternancia ritual en la gestión de los intereses de las élites neoliberales.

 (...) el juicio de Monereo sobre el gobierno amarillo verdoso había causado escándalo, ya que se refería al trabajo de una coalición entre el M5S y el "fascista" Salvini. Pero esta asimilación de todos los partidos de derecha al fascismo, que se basa sobre todo en su ideología xenófoba y sexista, elimina cuáles fueron las características históricas específicas del fenómeno nazi-fascista (a partir del nacionalismo belicoso y expansionista), es un peligro ". trivialización "del fascismo (" cuando todo es fascismo, nada es fascismo ") lo que nos impide entender cómo en Europa no hay un choque entre el fascismo y el europeísmo liberal y cosmopolita, sino entre dos nacionalismos: el económico alemán y el reactivo de otros países .

 Un malentendido que conduce a peligrosos errores tácticos y estratégicos, confunde las ideas sobre quién es el enemigo y, sobre todo, impide comprender que "la soberanía ha llegado para quedarse, y la verdadera pregunta es quién organizará las fuerzas sociales que piden protección, seguridad e identidad ". Mientras la actitud de los izquierdistas siga siendo la descrita, la respuesta es muy clara: la hegemonía seguirá estando en la derecha.

Para aquellos que invitan a las personas a luchar por la soberanía nacional como condición previa necesaria para la restauración de la soberanía popular y la democracia, y el derecho a promover políticas sociales en favor de las clases subordinadas, los pro-europeos "críticos" responden rápidamente que la globalización es un proceso "objetivo". e irreversible, a lo que es imposible oponerse. 

Pero este tema parece vaciarse de la tendencia evidente en curso de renacionalizar la política, la reaparición de prácticas proteccionistas y la intensificación del choque entre las potencias locales, regionales y globales en un contexto geopolítico cada vez más conflictivo y caótico. 

La globalización pierde cada vez más su aura "neutral" del proceso económico y se revela por lo que es: es decir, el esfuerzo de los Estados Unidos por mantener una hegemonía que ha perdido gradualmente la legitimidad para transformarse en un dominio basado exclusivamente en el poder militar. . Un esfuerzo peligroso por la paz mundial, ya que Estados Unidos no está dispuesto a renunciar pacíficamente a su posición dominante al aceptar la gigantesca transferencia de poder que tiene lugar de oeste a este.

 En este contexto, los países del sur de Europa tendrán que elegir si permanecer en el campo de un Occidente en crisis, alimentar las ambiciones europeas de establecerse en el tercer polo imperialista o mirar ese paradigma político basado en el papel del Estado como el centro de una estrategia de Desarrollo nacional que aspira a integrar las clases populares que emerge, aunque no sin contradicciones, de la experiencia de los Brics. La opción que los autores de este libro nos invitan a elegir es clara."                       (Carlo Formenti, Sinistra in Rete, 31/05/20)