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20/11/18

Acerca del nacionalismo

"Introducción

La palabra nacionalismo además de tener distintas acepciones, siempre ha generado diferentes sensaciones o sentimientos dependiendo de qué tipo de nacionalismo se trate y/o cuál haya sido su impronta histórica. Etimológicamente, nos remite a una especie de sentido de pertenencia de una comunidad a su patria, a sus tradiciones y costumbres, afirmando de ese modo su unidad y, a la vez, independencia respecto a otras comunidades.

Dicho movimiento político y social es un fenómeno de tipo contemporáneo, nacido al calor de las tres grandes revoluciones mundiales: la Revolución industrial, la Revolución francesa y la Revolución burguesa. Su ideología se basó desde un primer momento en el desarrollo y mantenimiento en el tiempo de una verdadera identidad nacional apoyada en valores propios de una comunidad, como lo son la religión, la cultura, la lengua, la etnia, la raza, la música, la danza y los símbolos patrios.

Falta agregar, desde luego, los objetivos políticos de dicho fenómeno, que pueden ser el simple mantenimiento de las tradiciones y costumbres, la soberanía y el autogobierno de una comunidad jurídicamente organizada, el separatismo - ya sea político-administrativo o religioso- de un grupo social respecto al Estado que los regula, o bien objetivos netamente imperialistas y expansionistas.

Las distintas variantes mundiales

Los nacionalismos han sido divididos, a veces caprichosamente, en muchísimos tipos, algunos de ellos casi contradictorios y en muchas ocasiones hasta inverosímiles. Debido a la época en el que surgieron, se dividen en primera, segunda y tercera generación. 

Algunas de las consecuencias visibles de cada uno de ellos fueron las siguientes: el nacionalismo de primera generación originó la independencia de Suiza, Bélgica y Grecia, el de segunda generación provocó la creación de Pakistán y Bangladesh, y el de tercera generación es el de comunidades que aún hoy reivindican su independencia, como por ejemplo Cataluña, Flandes, Occitania y Gales, entre otras.

Otra categorización, controvertida si la hay, es la de nacionalismo revolucionario y nacionalismo reaccionario. Algunos autores señalan al segundo, como un nacionalismo que se opone, a veces violentamente, al orden liberal, republicano y constitucionalista. Pero otros autores opinan el exacto opuesto. 

O sea que un régimen político como el fascismo italiano, es visto de una manera ambivalente, según quién lo investigue. No obstante, desde un punto de vista historiográfico ortodoxo se puede poner como ejemplo de nacionalismo reaccionario al de François Duvalier en Haití, entre otros; y como nacionalismo revolucionario al de Ahmed Ben Bella en Argelia, entre muchos casos más.

Continuando con las diferentes variantes de esta categoría ideológica, encontramos otra división, si no dudosa, como mínimo muy curiosa: nacionalismo occidental y nacionalismo oriental. Analizando fríamente ambos bloques mundiales, se puede inferir con relativa facilidad que el nacionalismo filipino se parece bastante cubano. 

El nacionalismo japonés de la era Meiji tiene semejanzas con el de la Rusia zarista, así como el hindú es claramente análogo al nacionalismo Irlandés. Esta extraña categorización de nacionalismos, fue utilizada a principios del siglo XX por dirigentes políticos asiáticos; pero el devenir histórico de la humanidad demostró que dicha afirmación no resistió el más mínimo análisis, quedando relegada en la historiografía oficial.

Hay otras cuatro formas de nacionalismos donde según algunas líneas de pensamiento, unas estarían incluidas en las otras, o al menos serían una subdivisión. Por caso, el nacionalismo romántico u orgánico sería una división del étnico, y el cultural formaría parte del nacionalismo cívico o liberal. Sin embargo, un caso que hace repensar lo expuesto, es el paradigmático nacionalismo romántico de Noruega durante el siglo XIX. 

El mismo, fue un gran movimiento cultural referido a las artes visuales, la literatura, la música, las costumbres y las tradiciones. O sea que dicho nacionalismo fue romántico y cultural por un lado, pues tendió a conservar las raíces y el patrimonio histórico de los noruegos, y por otro lado, esa conexión cultural entre los miembros de la nación y sus antepasados, nos habla de un nacionalismo étnico a la vez que liberal, ya que defiende a ultranza el valor de la identidad.

Un antagonismo muy particular se da entre el nacionalismo oligárquico (clasificación inventada por el político y escritor argentino Jorge Spilimbergo), y el nacionalismo popular. El primero encuentra entre sus fieles representantes latinoamericanos a los rancios nobles Porfirio Díaz en México, Justo Rufino Barrios en Guatemala y José Batlle y Ordóñez en Uruguay; a Nicolae Ceausescu en Rumania y a Chiang Kai-shek en China. 

El segundo, de corte netamente izquierdista, se vio reflejado en el maoísmo chino, el nasserismo egipcio y el baazismo árabe, entre muchos otros. Entre estas dos categorías si bien hay algunas similitudes a nivel de desarrollo nacional en muchos aspectos, difieren sustancialmente en el progreso económico de las clases sociales, por razones obvias, y en las políticas exteriores que llevaron a cabo.

Otra interesante -y no menos controvertida- caracterización del nacionalismo, fue el étnico-revolucionario, también llamado vanaglorioso-chauvinista o carismático. Muy emparentado con la famosa tercera posición, se autodeclaró en sus comienzos como anticomunista, anticapitalista y antimasónico. Ejemplos claros de esta ideología fueron el fascismo italiano, el strasserismo alemán y el falangismo español.

 En estos países el orgullo de los ciudadanos por su pertenencia a su nación, fue siempre exacerbado y dio lugar a ciertas discriminaciones. Dichos Estados totalitarios eran claramente anti-plurinacionales, por lo que se infiere que la etnia y/o raza de sus ciudadanos , era una cuestión fundamental y crucial. 

No obstante, es necesario afirmar que durante estos gobiernos se terminaron las mafias de todo tipo, en el sistema bancario nacional un hubo especulación financiera y la mayor fuerza del sistema se basaba en la educación y la sanidad públicas, y una economía sustentada por el trabajo y la producción.

Un tipo de nacionalismo muy difundido en el mundo, es el llamado religioso, sin ser exclusivista de ninguna religión en particular. Es una ideología en la cual el Estado toma como elemento principal de cohesión nacional a la religión. Algunos de los ejemplos más notables fueron: el franquismo en España (mitad nacional-catolicismo y mitad nacional-sindicalismo), el nacionalismo pakistaní de base islámica y el nacionalismo irlandés (comúnmente asociado al catolicismo, aunque varios de sus líderes fueron protestantes).

 Otro caso muy particular es el sionismo religioso israelí, representado políticamente por el partido Mafdal. En rigor, es una facción ortodoxa dentro del nacional-judaísmo, la cual combina el establecimiento de un estado judío en la Tierra de Israel siguiendo un estilo de vida ortodoxamente religioso. 

A comienzos del siglo XX habían surgido dos movimientos políticos europeos dignos de mención: en 1920 el nacionalismo francés representado por la Federación Nacional Católica de Edouard de Castelnau, y en 1930 el nacionalismo croata encarnado en la Ustacha, una organización político-militar un tanto violenta.

Breve reseña de algunos nacionalistas de corte socialista

Thomás Sankara (1949-1987), alias “el Che Guevara africano”, fue un militar antiimperialista burkinés que tomó el poder en 1983 luego de un golpe de Estado. Su plataforma política se basó en seis ejes fundamentales: reducción de la deuda externa, estatización de las riquezas minerales, reforma agraria, alfabetización nacional, suspensión de impuestos rurales y construcción de infraestructura de transportes. En 1987 fue derrocado por un golpe de Estado apoyado por Francia, y posteriormente asesinado junto a otros doce oficiales del ejército.

Omar Torrijos (1929-1981), fue un teniente coronel del ejército panameño que asumió el poder en 1968 luego de un golpe de Estado. Sus acciones políticas fueron la creación de nuevas escuelas, mejoramiento de la sanidad pública, reforma agraria, un gran impulso a las obras públicas, mejoramiento de las condiciones de vida de los aborígenes, ingreso a su país al Movimiento de Países no Alineados, y la negociación por la soberanía del Canal de Panamá, devenida en el famoso tratado Torrijos-Carter. 

En 1981 la avioneta presidencial que lo conducía rumbo al pueblo de Coclesito, supuestamente se estrelló contra el cerro Marta, incendiándose por completo. No obstante, testigos oculares afirmaron haber visto estallar la nave en pleno vuelo, lo que alimentó fuertemente la idea de un sabotaje supuestamente orquestado por la CIA.

Gamal Abdel Nasser (1918-1970), fue un militar y político egipcio, presidente de su país desde 1954 a 1970. Dirigió personalmente las negociaciones con el Reino Unido para la retirada de sus tropas del Canal de Suez y la posterior nacionalización del mismo, construyó la megarepresa de Asuán con el fin de producir la electricidad necesaria para la modernización de la economía y terminar con las inundaciones que ocurrían en el territorio del bajo Nilo, creó las industrias siderúrgicas de Helwan, nacionalizó los bancos, las compañías de seguros, los astilleros y varias industrias de capitales británicos y franceses, llevó a cabo dos reformas agrarias y abogó por el laicismo del Estado.

Jacobo Arbenz (1913-1971), fue un militar y político guatemalteco, siendo presidente en 1951. Su gobierno tomó las siguientes medidas: promulgó la reforma agraria (basado curiosamente en los postulados de Abraham Lincoln), lo cual afectó enormemente los intereses de la empresa bananera estadounidense United Fruit Company, construyó la carreta interoceánica CA9, inició la construcción de nuevos puertos, se incrementó notablemente la alfabetización y mejoró ostensiblemente la educación rural, primaria y secundaria. 

En 1954 la CIA llevó a cabo la Operación Washtub que culminó con el derrocamiento de Arbenz y su posterior exilio. Murió en 1971 en México a raíz de un extraño accidente doméstico.

Mohammad Mosaddeq (1882-1967), fue un político iraní que llegó a ser primer ministro de su país en 1951. Su principal movida política-económica fue la nacionalización de la empresa británica de petróleo Anglo-Iranian Oil Company. También cerró todas las instituciones bancarias inglesas, saldó la deuda externa del país, y nacionalizó la empresa telefónica y la industria pesquera, ambas en manos rusas. En 1953 la CIA y el MI6 orquestaron su derrocamiento y posterior juicio, siendo condenado inicialmente a tres años de prisión. Finalmente permaneció en arresto domiciliario el resto de su vida.

Jaime Roldós (1940-1981), fue un abogado y político ecuatoriano, presidente de su país en 1979. Durante su mandato duplicó el salario mínimo vital de los trabajadores, redujo la jornada de trabajo semanal a 40 horas, promovió el Plan Nacional de Alfabetización y el Plan Nacional de Desarrollo, creó el Banco Ecuatoriano de Desarrollo, triplicó la cantidad de líneas telefónicas, construyó nuevas escuelas y llevó a cabo una gestión nacionalista de la política petrolera.

En 1981 el avión presidencial que lo trasladaba a él y a su esposa, entre otros pasajeros, se estrelló contra una gran roca en la punta del cerro Huayrapungo, en cercanías del pueblo fronterizo de Macará. Las causas del siniestro nunca fueron debidamente aclaradas, por lo que muchos sospechan que fue un sabotaje orquestado por la CIA.

Lázaro Cárdenas (1891-1970), fue un político militar mexicano, presidente de su país en 1934. Durante su gobierno fomentó la educación a todos los niveles estableciendo una enseñanza pública, laica, gratuita y obligatoria, estimuló la formación de organizaciones sindicales, impulsó la reforma agraria y combatió el latifundismo, nacionalizó los ferrocarriles y la industria petrolera (hasta ese momento en manos británicas y estadounidenses), promulgó leyes para proteger a la población aborigen, y defendió a ultranza los recursos naturales del país y construyó nuevas carreteras.

João Goulart (1918-1976), fue un abogado y político brasileño, presidente de su país en 1961. Las reformas políticas y sociales que llevó a cabo fueron: reforma agraria, exigencia a las empresas multinacionales de reinvertir en el país, aumento del impuesto a la renta, construcción de escuelas y hospitales, creación del sueldo anual complementario para los trabajadores, y fomento de campañas de alfabetización. 

Si bien la explicación oficial de su muerte fue un simple ataque cardíaco, sus familiares y allegados siempre sospecharon de que fue asesinado por envenenamiento a manos de agentes de la Operación Cóndor.

Conclusiones provisorias

De todo lo expuesto se deduce que el viejo y conocido esquema izquierda-derecha para analizar los fenómenos todos los sistemas políticos, en especial el nacionalismo, es como mínimo insuficiente y por qué no suspicaz. 

En el medio de esos dos extremos existe una vasta gama de matices, generalmente obviada por los análisis historiográficos. Es hora entonces de evaluar el fenómeno nacionalista en el mundo contemporáneo y actual de una manera seria y objetiva, ya sea en lo cualitativo como en lo cuantitativo, alejándose de arquetipos anacrónicos o simplificaciones rayanas en el absurdo.

Finalmente, cabe destacar que en todos los países con regímenes socialistas de corte nacionalista se llevaron a cabo básicamente las mismas medidas gubernamentales: reforma agraria, nacionalización de la banca y los recursos estratégicos, desarrollo de proyectos educativos y sanitarios, construcción de autovías, ferrovías y puertos, etc. Y curiosamente la mayoría de los presidentes terminaron exiliados o asesinados."                   (Hugo N. Lilli. P olitólogo, escritor y analista internacional argentino, Rebelión, 15/11/18)

5/11/18

“Desde la Guerra Civil, una parte de España desconectó del relato nacional”

"En una época donde el nacionalismo ocupa de nuevo titulares, el periodista César Cervera (Candeleda, Ávila, 1988) ha decidido ahondar en las raíces del relato nacional. En su último libro, ‘Superhéroes del imperio’, habla de algunos de los nombres que ocupan el callejero, pero sobre todo, que articulan la historia de España. 

En su ensayo, los datos históricos se entremezclan con medias verdades, mentiras o exageraciones, un cóctel que destapa cómo se construyen los héroes de la nación española: sacrificando a la persona para esculpir un personaje que le sobreviva.

Este autor tiene la capacidad de sumergir al lector veterano en la corte de toda una saga monárquica, como hizo en su anterior libro ‘Los Austrias: el Imperio de los chiflados’, o acercar a los adolescentes a la alcoba de Diego García de Paredes, como ocurre en ‘Superhéroes del imperio’ (Esfera, 2018).

En el 12 de octubre, día de la Fiesta Nacional de España o del genocidio americano, según quien salga a la calle, nos sentamos con este periodista a charlar sobre cómo se crean los mitos que sostienen las naciones, el resurgir del nacionalismo o los mecanismos para explicar esa “novela” en la que los cronistas y divulgadores convierten la Historia. 

— García de Paredes, Pizarro, la Monja Alférez… En tu libro narras cómo se construye un héroe nacional, ¿cuáles son los ingredientes? 

— En el periodo que trata el libro, del siglo XVI al XIX nos encontramos con un país que tiene unas necesidades militares muy importantes, donde todo lo militar estaba especialmente reverenciado. Pasaba lo mismo con los exploradores o los funcionarios de la Corona. También ocurría con los pintores, poetas… Es una fascinación que corresponde únicamente a la época a la que viven. Los niños entonces querían ser militares para salir de la pobreza.

— ¿Cuáles son los héroes actuales y cómo se construyen?

— Las personas a las que admiramos en la actualidad tienen en común algunas cosas con la época en la que se centra el libro. Primero, que cumplen una función pública importante en la estructura social, como por ejemplo, un bombero, que arriesga su vida por los demás, o un científico, que está contribuyendo con sus avances a mejorar la sociedad. Hoy la humanidad también cree ciegamente en el arte y la tecnología.

—¿Qué función tiene un superhéroe?

— Los héroes siempre son figuras que se exponen como una especie de ciudadano modélico, son lo que el Estado o la sociedad quieren exponer como el gran ejemplo. A esos personajes, que realmente existen, como los militares o exploradores, se les mitifica para que puedan sobrevivir a lo largo del tiempo. 

Es un mecanismo que permite que la leyenda trascienda al humano que hay detrás. En definitiva, sirven para que perduren determinados modelos sociales. En las crónicas del siglo XVI, se exagera la figura de García de Paredes, se le convierte en un gigante con fuerza sobrehumana para que la gente conozca su historia y más personas quieran ser como él. Son los protagonistas del relato nacional.

— ¿Seguimos creando héroes y mitificando personajes?

— Sí, aunque tiene que pasar un poco de tiempo. A cualquier hecho histórico, según pasan los años, le empiezan a rodear una serie de mitos, leyendas urbanas, datos falsos o información que se sobreentiende  sobre ese hecho y que sería muy fácil de desacreditar. 

— ¿La Transición y Adolfo Suárez podrían ser un buen ejemplo de proceso de mitificación contemporánea?

— Sí, Adolfo Suárez acabó con unos índices de popularidad bajos y con los medios de comunicación en contra. Con el tiempo, la prensa se ha reconciliado con él, le tiene como un héroe y ha escondido algunos hechos más incómodos de su currículum, como que fue secretario general del Movimiento. No era un cargo técnico, sino político. 

La gente quiere creer que la Transición se produjo sin violencia y sin sobresaltos, pero fue un proceso mucho más complicado. En cualquier caso, si conoces el siglo XIX y XX español te das cuenta de que la estabilidad institucional realmente es una anomalía en la historia de España y por eso merece elogios lo que se logró con la Transición. La mitificación es una forma de blindar el hecho histórico para que siga recordándose en términos muy elogiosos.

— ¿Entonces la mitificación exige un consenso social?

— Sobre todo, las ganas de una sociedad de creer en algo. Todos los mitos suelen estructurar un relato nacional más grande. Cuando quieres simplificar la historia, la intentas contar como una gran novela, en la que después del malvado Franco viene el amanecer democrático. Los procesos suelen ser más complejos, sobre todo, porque las dinámicas españolas suelen ir con las del resto de Europa. 

En esta gran novela hay personajes, héroes y villanos. Es esa historia oficial con la que la gente se suele quedan. Todos conocen al Cid Campeador, pero pocos saben más sobre la Edad Media.Suele calar mucho más la ficción y la realidad novelada.

—En época de inmediatez, donde todos los errores quedan registrados en Google y las redes sociales lo aceleran todo, ¿pueden sobrevivir los iconos actuales a lo largo del tiempo? 

— Sí, y creo que las redes sociales contribuyen mucho a que se acelere el proceso de mitificación. Lo convierten todo en algo más intenso. El problema de Twitter es que todos los días parece que ha sucedido algo trascendental, pero la Historia nos demuestra que lo trascendental ocurre cada 10 años, al menos, los acontecimientos que serán recordados dentro de un siglo. Por eso acelera los procesos de mitificación. En una semana se puede mitificar un hecho.

— ¿Y ayudan a derribar mitos también?

— Eso es más complicado porque las redes sociales contribuyen mucho a la desinformación. Lo más importante para un mito no es que aparezcan diez artículos diferentes, sino que se destaque el que verdaderamente explica las cosas bien. La prueba es el efecto llamada de la migración. Es un mito que se repite, a pesar de que hay decenas de artículos que lo desmienten, pero Twitter no va a contribuir a destruirlo. La información veraz está ahí, pero mezclada con otras tóxicas y a veces no es fácil distinguirlas.

— Macron proponiendo una “mili cívica”, Trump reforzando los aranceles… Parecía que con la globalización la nación pasaba a un segundo plano, ¿veremos en los próximos años un renacimiento de la utilidad de la nación?

— Creo que lo estamos viendo ya. Pensar que los argumentos de la globalización o del relato europeísta podía sustituir a los de la nación era ser un poco crédulo. En España, a partir de la Transición se plantea que se abandone un relato basado en sentimientos en el que se movía el nacionalismo tradicional y se empieza a confeccionar otro basado en la identidad europea, la modernidad y en la idea de dejar atrás el pasado. 

Por tanto, el país se plantea en la Transición abandonar ese relato nacional que considera casposo y que una parte de España no acepta. Alemania hizo lo mismo tras darse cuenta de que cada vez que se ha despertado el nacionalismo alemán ha sido muy agresivo y no ha tenido buenas consecuencias. Al final esos proyectos europeístas o constitucionalistas han resultado un relato endeble cuando lo enfrentas a otros grupos populistas o interesados en despertar el relato nacionalista. El nacionalismo es durísimo y tiene una fuerza de atracción tremenda.

Lo mismo ocurre con Catalunya. Estamos hablando de que hay que confrontar el relato de los sentimientos catalanes con el argumento de que tienen que permanecer en España para permanecer en Europa. Es muy endeble. Son argumentos técnicos que pretenden contrarrestar argumentos sentimentales. El relato europeo es un poco frío. Te dicen ‘si no te sientes europeo, no importa, mira el dinero y la prosperidad’. El relato de los nacionalismos, tanto de Catalunya como en otras zonas, dice precisamente que lo importante es la libertad y la tierra, cosas abstractas pero muy poderosas.

—¿Entonces el relato europeo que nos transmitieron no estaba bien cimentado?

— No es que no esté bien cimentado, es que es David contra Goliat. El relato nacional ha funcionado para cohesionar la sociedad en los últimos siglos. Pensar que no resurgiría el nacionalismo era ser bastante crédulo.

— Viendo el último siglo de historia, ¿puede la izquierda española construir un relato con el concepto de nación como centro?

— La historia demuestra que lo que pasa en Europa pasa en España, aunque a diferentes ritmos  y salvo excepciones. En el siglo XIX se plantea cómo estructurar las naciones. Se crean escuelas, ferrocarriles, un ejército profesional… todo lo que cohesiona el país y, junto a ello, se va confeccionando el relato nacional. 

En esa ‘novela’, las fuerzas progresistas y las conservadoras estaban de acuerdo en muchos postulados. Cada uno se lo llevaba a su terreno. Los conservadores decían que España era católica en esencia y los progresistas destacaban su perfil democrático, incluso en la Edad Media. Por ejemplo, los comuneros dijeron que en Castilla, antes de los Austrias, había estructuras predemocráticas.

Llegó la Guerra de Cuba y España se plantea que el relato que estaba contando ya no era válido. Estaban narrando una historia de éxito y acababan de perder un imperio, así que lo reinventaron. En el siglo XX se intenta relanzar el relato y pasa algo anómalo: una Guerra Civil lo interrumpe y uno de los bandos trata de imponer un relato nacional absoluto y propio al otro. El franquismo barrió todo origen republicano y destacó el carácter católico de España sobre todas las demás cosas. También resaltaba hechos como la expulsión de los musulmanes, mientras que en el siglo XIX sí se valoraba la herencia cultural musulmana como un factor romántico. 

A partir de la Guerra Civil, una parte de España desconecta del relato nacional y desde entonces la izquierda no ha sentido España como propia. Considera que los símbolos como el himno o la bandera son ajenos a ella y no los acepta. Es la interrupción de una tendencia histórica. Es muy difícil que la izquierda aprecie esos símbolos.

— ¿Y la Transición no fue capaz de soldar de nuevo ese relato roto?

— No, y además las fuerzas conservadoras tuvieron cierta responsabilidad. No han intentado implicar al resto en ese concepto de España. Tanto izquierda como derecha han echado un velo sobre el relato nacional y han preferido centrarse en el relato europeísta, moderno, autonómico. Han preferido olvidar su historia y engrandecer la Transición.

— Usted escribe mucho sobre el Imperio español, una referencia que utiliza para la derecha, ¿dónde están las referencias de la izquierda antes de 1936?

— A la izquierda le cuesta mucho asumir los héroes militares y también rechaza el concepto de imperio español después de que Franco se erigiera heredero de él. Pero no tiene ningún problema con los héroes culturales, ese sí que es un consenso que crea relato nacional. Cervantes, Velázquez o Picasso son reconocidos por todos y forman un espacio común para izquierda y derecha. Sin embargo, hay que exigirle a la izquierda que entienda a estos héroes en todo su contexto. Cervantes era militar, no solo escritor.

— Menciona a dos episodios referencia para la izquierda: los comuneros y el levantamiento de Riego.

— En el caso de las fuerzas progresistas tienen muchos episodios donde España ha sido pionera y de los que pueden sentirse orgullosas si se esfuerzan en conocer lo que ha sido nuestra historia. Por ejemplo, León es la cuna del parlamentarismo, tal y como ha reconocido la UNESCO. El episodio de los comuneros también es paradójico. Ellos le venían a recordar a Carlos V que España no era como las monarquías europeas, que no le daban ningún papel al pueblo. Ellos creían que el Rey tenía que obedecer a las Cortes. 

El propio relato nacional reconocía la expulsión de los judíos como un error porque se consideraba que su cultura también era parte de España. También se puede destacar que Salamanca fue la cuna de las leyes internacionales. Desde su universidad se plantearon cuestiones y se reflexionó sobre si unos países tenían derecho a conquistar a otros. Eso nadie lo había planteado hasta ese momento porque las tierras se conquistaba por derecho divino."                      (Entrevista a César Cervera, Sara Montero, Cuarto Poder, 12/10/18)

17/11/16

La Roja, concepto progresista traído por Luis Aragonés. Una resignificación de los símbolos nacionales que eliminó las connotaciones ultraderechistas de 'la furia', que formaba parte de la nomenclatura franquista

"Si el nacimiento del fenómeno del fútbol fue casi contemporáneo con la construcción del Estado-Nación, en la actualidad el deporte rey tiene una gran capacidad para reforzar el sentido de comunidad y hacer Patria.

 En tiempos de neoliberalismo todos somos mercancía y el fútbol se ha convertido en uno de los pocos espacios comunitarios que sirven para que las clases populares se agrupen en torno a un ideario social imaginario.

El fútbol es en un terreno privilegiado de afirmación y formación de identidades sociales y comunidades imaginadas y simbólicas. Vázquez Montalbán decía que el fútbol era la religión diseñada más extendida del planeta y que le interesaba porque era la que había hecho menos daño.

Nada más hacerse cargo de la Selección Española en 2004, el entrenador Luis Aragonés en tono castizo soltó una frase cargada de simbolismo, que pasó desapercibida hasta que llegaron los éxitos en el fútbol, las camisetas a las calles y las banderas a los balcones: "Me gustaría que la selección tuviera un nombre, una identidad. Igual que Brasil es la canarinha o Argentina la albiceleste, me gustaría que España fuera La Roja".

La Roja se convirtió en un sujeto integrador para animar a España sin nombrarla. En lugar de La Roja podría haberse denominado La Rojigualda, de todos los colores de la bandera actual y de los vencedores de la Guerra Civil, o los rojos como les bleus en Francia y con reminiscencia al bando republicano.

 Pero sin embargo fue La Roja: un eslogan femenino, corto y pegadizo que el poder mediático vio con buenos ojos. Una resignificación de los símbolos nacionales que despojó connotaciones ultraderechistas.

Luis Aragonés luchó por la creación de un estilo contra el estereotipo vigente e interiorizó en un grupo de artistas atrevidos la necesidad de ganar sabiendo no perder y jugando bien. Más tarde Del Bosque se hizo cargo del equipo y cuando ganó el Balón de Oro reivindicó un estilo modélico: “Se puede fallar delante de la portería, donde no se puede fallar es en el comportamiento”.

Se construyó un gran relato como sublimación simbólica que convirtió la historia del fatalismo y la leyenda negra de las frustraciones deportivas en pasado. Se presentó una imagen inclusiva, moderna y victoriosa de la nación que dejó obsoleto el universo simbólico de La Furia. La Furia había formado parte de la nomenclatura del régimen franquista como maquinaria propagandística. Franco veía bien que el fútbol fuera concebido como un campo de batalla, una expresión de teórica esencia de la nacionalidad española.

Los procesos de pensamiento humano son en gran medida metafóricos. Pensamos en función de marcos de estructuras de pensamientos que conforman nuestro modo de ver el mundo. Y una España representada por un estilo y una manera abierta y sofisticada de interpretar el fútbol suponía el inicio sobre lo que construir un nuevo gran relato a partir de un rasgo identitario y estético diferente a la antigualla de La Furia.

Si seguimos la teoría de Lakoff en No pienses como un elefante, la dicotomía padre estricto (valor de la autoridad, la disciplina, la fortaleza y la lucha en un mundo competitivo) está muy ligada a La Furia, y el padre protector (dialogante, que apoya y escucha) remite a La Roja. 

Desde el punto de vista de Dante Panzeri en Fútbol dinámica de lo impensado podemos agregar la dicotomía juego-alegría, un ente cooperativo en el que todos hacen de todo por placer y la seriedad-angustia en el que priman los valores atléticos. 

Y en el lenguaje de signos para el fútbol que promulgó Pasolini diferenciamos un fútbol-prosa (La Furia) que crece en el orden a través de sintaxis y un fútbol-poesía (La Roja) que trata de ser poético con un discurso de belleza que destroza el orden de forma creativa.

Escribió Galeano que el estilo de juego era un modo de ser, que revelaba el perfil propio de cada comunidad y afirmaba su derecho a la diferencia. La Roja se fraguó como nuestro modo de ser a partir de valores progresistas.

 La Roja se convirtió en símbolo de innovación y diversidad en un país de países y en el desahogo de una ciudadanía indignada. El fútbol no fue utilizado como arma arrojadiza sino como motivo de orgullo. Pienso como Panzeri que si se difunden los valores mediante los futbolistas como únicos héroes de la nación es porque nos hemos quedado sin valores. 

Y que nada funciona en un país si sólo se recrean identidades, narrativas y se llega a acuerdos por el éxito deportivo, ya que estos acuerdos no valdrán cuando se pierda. Pero me parece de una superioridad moral inadmisible negar a los excluidos el derecho a festejar el fútbol, que es el único rincón de consuelo en el que son aceptados y pueden sacar una bandera sin ser acusados por nada. Además el fútbol no desgasta energías para las protestas sino que las puede acrecentar y ser herramienta de cambio."                 (Fonsi Loaiza

10/3/11

¿Disponemos de “base probatoria” para ubicar en el espacio de la izquierda al nacionalismo vasco?

"Al primar al adjetivo de la díada que forman “izquierda” y “abertzale”, la segunda respuesta –que hacemos nuestra– apunta justamente en la dirección opuesta. Sostiene, resumiendo, que el gran mito movilizador del nacionalismo radical es la formación de una gran Euskal Herria integrada por los siete territorios (zazpiak bat) y agrupada bajo un marco jurídico- administrativo común como única terapia para no ver irreversiblemente diluida la identidad vasca en los Estados español y francés y, de este modo, ver desaparecer para siempre su ancestral idiosincrasia diferencial.

Se trata, por lo demás, de la interpretación que se trasluce de definiciones del propio nacionalismo radical, como cuando el MLNV se autodefinía a finales de la década de 1980 como “la o las forma(s) de expresión, la corriente social y política de amplios sectores del Pueblo Trabajador Vasco que persiguen, como objetivo final, la consecución de la Soberanía Nacional Plena para el conjunto de Euskal Herria”.

Será ocioso notar que esta declaración de objetivos denota una apropiación parcial de la terminología marxista, que en nada de su esencia, por cuanto se coloca a un actor colectivo, al pueblo trabajador vasco, al servicio exclusivo de una causa, la independencia, sin mención alguna a esa emancipación social que Marx y sus epígonos priorizaron en sus escritos y en su praxis.

Es decir, que para el entramado nacionalista al que nos venimos refiriendo, el pueblo vasco se
erige en el sujeto tractor del cambio en el status quo de las fronteras, sustrayéndose de la definición algo fundamental para todo proyecto que se declare tributario del marxismo y de su
impulso transformador, a saber:

el “para qué” de los rayones de trazo grueso en el mapa redefinido, si es para construir una sociedad sobre unos nuevos cimientos en los que la solidaridad, la justicia social y la igualdad desempeñen un papel bien diferente al que juegan en la sociedad capitalista que se busca trascender o, por el contrario, para reproducir a escala menor los desajustes de la sociedad de la que se quiere desgajar. (...)

“El objetivo de la izquierda abertzale es la constitución de un Estado propio, al considerar que es la única forma de garantizar totalmente la supervivencia y el desarrollo pleno del Pueblo Vasco, en armonía y solidaridad con el resto de pueblos de Europa y del mundo”.

La impronta nacionalista en el enunciado es in mediata, pero, más allá de referencias a la fraternidad con otros pueblos del mundo (nótese que no con clases, mucho me nos personas), ¿dónde se deja ver la huella izquierdista? Se trata del Documento de Alsasua, que pretende recoger la propuesta de “paz” del jingoísmo abertzale. (...)

Si el izquierdismo fuese el mejor descriptor del nacionalismo radical, esto es, si las sucesivas formaciones políticas que des de la transición española a la democracia han representado ese espacio político hasta su proscripción definitiva fuesen per cibidas por la población en general, y
por su seguidores en particular, como vanguardias comunistas empeñadas en emancipar a las “clases populares”, nos encontraríamos ante una verdadera anomalía en las leyes de la sociología
electoral en las democracias liberales de los siglos pasado y presente, a saber: que habitantes de medios rurales y semirurales depositen su voto libre y de forma reiterada a formaciones con un programa revolucionario de izquierdas que, entre otras medidas, y a fuerza de ser consecuente, habría de poner los medios de producción, tierras incluidas, al servicio de las necesidades de toda la sociedad. (...)

El reto explicativo de esta excep cionalidad sería doble: electoral, por un lado, pero también generacional. Votan al “comunismo” los nietos y biznietos de los que no hace tanto tiempo se sumaban de grado al requeté. Algún agudo analista habló de carlismo-leninismo para referirse a este trasvase de adhesiones tan sui generis… y no le faltaba razón.

En fin, que se puede ser campesino propietario y vo tar a una opción marxista-leninista, pero se
admitirá que no es del todo habitual en los tiempos que corren. (...)

Es difícil concretar, en los mensajes del MLNV, las preocupaciones de justicia social que defiende la izquierda.

No tengo noticia ni de una sola manifestación multitudinaria al hilo de reivindicaciones universales ligadas de un modo u otro con la izquierda, porque las manifestaciones rituales del 1 de mayo convocadas por el sindicato abertzale LAB nunca han alcanzado la escala de movilización de esas manifestaciones “nacionales”, además de que la suele realizar de forma conjunta con el sindicato nacionalista ELA y otros sindicatos menores, por lo que no resulta tarea sencilla calibrar su aportación al conjunto.

¿Se puede, entonces, salir ritualmente a la calle y dejarse en casa las reivindicaciones sociales? (...)

A partir de las declaraciones públicas de sus líderes y de los mensajes transmitidos mediante su política de calle, ningún ciudadano o ciudadana medianamente informado tendrá dificultades
en resumir el proyecto del MLNV acerca de la territorialidad, el euskera o el estatus de Euskal Herria vis à vis España y Francia.

Ahora bien: caso bien distinto es si se le inquiere sobre aquellas cuestiones que ayer, hoy y siempre serán preocupaciones de la izquierda, siempre en aras de una mayor justicia social e igualdad, a saber: política fiscal, inmigración, globalización, laicismo, política de vivienda, mercado laboral, aborto, violencia de género o educación (neutralizando la propuesta sobre qué idioma ha de primar, claro está), por mencionar algunos de los temas más relevantes.

¿Podemos legítimamente utilizar la etiqueta de “izquierda abertzale” para referirnos a un espacio sociopolítico del que ignoramos, también antes de su ilegalización, qué posicionamiento adopta sobre todos estos y otros temas? A mi juicio, insisto, sólo si renunciamos a tamizarla por el cedazo de la crítica. (...)

En suma, pues, no nos dejemos atrapar por una terminología equívoca cuando lo que queremos es referirnos a un actor político del que sólo cabe una certeza: su naturaleza ultranacionalista. " (Jesús Casquete: Abertzale sí pero, ¿quién dijo que de izquierdas?. El Viejo Topo, , nº 268, mayo, 2010, p. 15 ss.)