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24/7/24

Varoufakis: “Los señores tecnofeudales son la nueva clase dominante”... En este nuevo modo de extracción de valor, donde los dos pilares del capitalismo han sido marginados (el mercado es reemplazado por plataformas digitales y las ganancias por las rentas de la nube), la IA simplemente acelera el poder de los propietarios del capital de la nube

 "(...) —Yanis, ¿podrías resumir tu idea de economía tecnofeudal?

— El tecnofeudalismo fue introducido por el desarrollo de una nueva forma de capital que yo llamo “capital en la nube”. A diferencia del capital convencional (por ejemplo, redes eléctricas, tractores o robots industriales), que es un medio de producción producido, el capital en la nube es un medio producido para modificar nuestro comportamiento; por ejemplo, hacernos desear productos básicos que luego nos vende directamente (a través de Amazon o similares), evitando los mercados y, por lo tanto, permitiendo a los propietarios de este capital de la nube (por ejemplo, personas como Jess Bezos) extraer rentas gigantescas de la nube de vendedores y compradores.

— ¿Y qué papel juega en esa transformación del capitalismo específicamente la inteligencia artificial?

— En este nuevo modo de extracción de valor, donde los dos pilares del capitalismo han sido marginados (el mercado es reemplazado por plataformas digitales y las ganancias por las rentas de la nube), la IA simplemente acelera el poder de los propietarios del capital de la nube. Ellos son los señores tecnofeudales de nuestra era o, como yo los llamo, nuestra nueva clase dominante nubalista."               (Varoufakis, Other News, 08/07/24)

7/4/24

El capitalismo algorítmico... surgió tras dos décadas de acumulación de «capital algorítmico»... es decir, la captación de una «plusvalía» del trabajo, transformada en datos digitales; y en segundo lugar, la predicción, gracias a estos datos, del comportamiento de los usuarios. El «excedente conductual»... ¿Cómo ha podido nacer semejante distopía, que se estaba construyendo a la vista de todos desde hacía veinte años? Pudo surgir porque fue deseada. Y ante todo por los gobiernos... Lejos de controlar a las Gafam estadounidenses o a las BATX chinas, los gobiernos han preferido aliarse con ellas para desarrollar una nueva «gubernamentalidad algorítmica» incompatible con el ejercicio de la democracia... Los algoritmos se han introducido en casi todos los ámbitos del poder público: la policía, pero también la justicia –en Estados Unidos, los algoritmos recomiendan veredictos y los jueces determinan las penas adecuadas–, las prisiones –Taiwán está experimentando con «cárceles sin guardias»– e incluso la asignación de programas sociales según criterios opacos... una gran parte de la población mundial parece aceptar este estado de cosas

 "En su libro Minority Report, adaptado al cine por Steven Spielberg en 2002, el novelista estadounidense Philippe K. Dick imaginaba una sociedad distópica en la que los asesinos potenciales eran detenidos y juzgados antes incluso de cometer un asesinato. El secreto de esta justicia predictiva: mutantes con precognición.

A falta de tales mutantes, cada vez más fuerzas policiales de todo el mundo recurren a algoritmos que analizan conjuntos masivos de datos para identificar «cajas rojas», zonas en las que es probable que se produzcan delitos, que la policía puede evitar interviniendo con antelación. En la actualidad se detiene a jóvenes, en su mayoría mestizos y de clase trabajadora, por delitos que podrían cometer. La distopía se ha hecho realidad.

Para los economistas canadienses Jonathan Durand Folco y Jonathan Martineau, este fenómeno es sintomático del advenimiento de una «sociedad algorítmica», cuyo nacimiento y características analizan en su libro Le capital algorithmique.

El nuevo Eldorado del capitalismo

Esta sociedad surgió tras dos décadas de acumulación de «capital algorítmico». Mientras que muchos ensayos consideran las tecnologías algorítmicas como la inteligencia artificial (IA), las redes sociales, el reconocimiento facial, etc. independientemente del contexto en el que se produjeron, los dos autores nunca las disocian del sistema económico que les dio origen: el capitalismo, del que ahora son su núcleo.

Estas tecnologías se basan en un nuevo tipo de materia prima: los datos. El nuevo Eldorado del capitalismo, los datos, son a la vez un material que se puede extraer –mediante el análisis cuantitativo del comportamiento humano– y una mercancía que se puede vender. El capitalismo algorítmico se apoya en dos pilares. En primer lugar, la extracción masiva de lo que la socióloga estadounidense Shoshana Zuboff denominó, en su libro L’Âge du capitalisme de surveillance (Zulma, 2018), el «excedente conductual», es decir, la captación de una «plusvalía» del trabajo, transformada en datos digitales; y en segundo lugar, la predicción, gracias a estos datos, del comportamiento de los usuarios.

Los primeros capitalistas algorítmicos –Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft, los famosos «Gafams»– se convirtieron en adalides de esta nueva era del capitalismo tras la crisis económica de 2007-2008. Los autores del libro fechan en ese periodo la transición del neoliberalismo al capitalismo algorítmico. La década que siguió a la crisis financiera vio el ascenso al poder de los Gafam, que hoy son algunas de las empresas más cotizadas en bolsa, gracias a un sinfín de inventos (teléfonos inteligentes, ordenadores portátiles, un número cada vez mayor de sensores, etc.). Al mismo tiempo, los agentes económicos tradicionales han integrado los algoritmos en sus propios procesos de trabajo. La pandemia de Covid-19 y los sucesivos confinamientos habrán actuado como aceleradores –como un «gran salto digital»– de una tendencia global fundamental.

Sin embargo, los capitalistas algorítmicos no han construido su imperio únicamente sobre la eficacia de sus tecnologías. Al mismo tiempo que han aumentado la productividad, el trabajo se ha degradado y devaluado en todos los sectores. Trabajo asalariado disfrazado (Uber, Deliveroo, etc.), microtrabajo («granjas de clics», Mechanical Turk de Amazon, etc.), subcontratación a países del Sur global (formación de ChatGPT por trabajadores kenianos mal pagados por OpenAI) o incluso explotación del trabajo gratuito de los usuarios (las valoraciones dadas a tal o cual establecimiento en Google, Yelp, Airbnb, etc.): a las plataformas no les falta imaginación a la hora de fragmentar y coartar a los trabajadores que dan forma a sus algoritmos… y aumentar sus beneficios en consecuencia.

Una distopía deseada

¿Cómo ha podido nacer semejante distopía, que se estaba construyendo a la vista de todos desde hacía veinte años? Esta es una de las tesis más sólidas de las 22 de Jonathan Durand Folco y Jonathan Martineau: la sociedad algorítmica pudo surgir porque fue deseada. Y ante todo por los gobiernos. Lejos de controlar a las Gafam estadounidenses o a las BATX chinas (Baidu, Alibaba, Tencent y Xiaomi), los gobiernos han preferido aliarse con ellas para desarrollar una nueva «gubernamentalidad algorítmica» incompatible con el ejercicio de la democracia.

Utilizando el poder de los algoritmos para determinar y dirigir los impulsos dentro de sociedades complejas, los Estados contemporáneos están convirtiendo «la información en un instrumento de política que anima a los distintos actores a actuar de determinadas maneras en lugar de otras». Los algoritmos se han introducido en casi todos los ámbitos del poder público: la policía, pero también la justicia –en Estados Unidos, los algoritmos recomiendan veredictos y los jueces determinan las penas adecuadas–, las prisiones –Taiwán está experimentando con «cárceles sin guardias»– e incluso la asignación de programas sociales según criterios opacos, incluso a los ojos de los funcionarios públicos.

A pesar de lo aterrador de este capitalismo de la vigilancia promovido tanto por gobiernos como por multinacionales, hay que decir que una gran parte de la población mundial parece aceptar este estado de cosas. Las últimas tesis de Algorithmic Capital examinan las razones de esta ambigua aceptación social. Si tanta gente equipa su casa inteligente con un frigorífico conectado que pide leche directamente cuando se le acaba, una cama inteligente que analiza la calidad del sueño y otros artilugios tecnológicos, es porque lo ven como una forma de aliviarse de parte del trabajo doméstico… todo ello sabiendo perfectamente que están abriendo la ventana de su intimidad doméstica a estas empresas.

La explotación de la intimidad puede ir aún más lejos. Además de la plétora de juguetes sexuales y muñecas hinchables inteligentes, la industria produce ahora «errobots», generalmente chatbots, como Replika, con los que los usuarios necesitados de interacción humana pueden entablar amistad o incluso formar parejas virtuales. Se completa así el círculo: frente al vacío humano que crea, el capitalismo ofrece soluciones tecnológicas… que sólo sirven para aislar aún más a los desamparados. Surge una nueva forma de subjetividad; en la era de las redes llamadas «sociales», emerge un «yo conectado», apogeo del narcisismo social, que muestra su vida privada en público y obtiene placer de ello.

«Tecnosobrios»

A pesar de todo, parece surgir un rayo de esperanza en el sombrío panorama del mundo pintado por los dos Jonathan. En su opinión, los algoritmos no son esencialmente malos, porque todo depende de cómo se utilicen. En un enfoque que pretenden «tecnosobrio» y no «tecnofóbico», estos canadienses imaginan algoritmos arrebatados al capitalismo y puestos al servicio de la democracia, con vistas a su mejor ejercicio, en el que se automatizarían los procesos complejos más laboriosos, para reducir el tiempo de trabajo y aumentar el tiempo de ocio de sus miembros.

Teniendo en cuenta el catastrófico coste medioambiental del sector digital, que los economistas están analizando en detalle, una propuesta así está aún por demostrar a largo plazo y, sobre todo, plantea dudas sobre su pertinencia: ¿realmente necesitamos automatizar algo? ¿Debemos esperar a que los algoritmos aprendan a compartir nuestro trabajo y sus frutos de forma justa?"                  (El Viejo Topo, 07/04/24, fuente Reporterre.)

24/1/24

Las consecuencias de los monopolios intelectuales... ¿Hacia qué tipo de economía nos dirigimos? ¿Está experimentando el capitalismo una transformación cualitativa hacia un «tecnofeudalismo»?

 "¿Capitalismo a la antigua? Las consecuencias de los monopolios intelectuales

¿Hacia qué tipo de economía nos dirigimos? ¿Está experimentando el capitalismo una transformación cualitativa hacia lo que Cédric Durand ha denominado «tecnofeudalismo»? La economista Cecilia Rikap aborda estas cuestiones desde una nueva perspectiva, centrándose específicamente en las relaciones de producción en el seno de los gigantes del sector digital.

 ¿Qué tipo de régimen de acumulación se está configurando hoy en día? Los rasgos distintivos de la economía atlántica contemporánea -estancamiento prolongado, producción globalizada, financiarización, redistribución ascendente de la riqueza, revolución digital en curso- han dado lugar a diversas respuestas.

En Techno-feudalism, Cédric Durand sostiene que se está produciendo una mutación cualitativa del capitalismo en su frontera digital, en la que la depredación se está convirtiendo en la principal modalidad para extraer beneficios, como en el caso de las rentas o los monopolios resultantes de decisiones políticas. Ve una analogía con las relaciones feudales de expropiación, que difiere de la restricción económica de «acumular innovando» típica de la explotación capitalista.

Evgeny Morozov se ha opuesto a esta tesis formulando una serie de críticas a los intentos, tanto de derechas como de izquierdas, de entender la evolución actual, en el sector digital o más ampliamente, por referencia a la época feudal. El capitalismo», insiste, «se mueve en la dirección en la que siempre se ha movido; está aprovechando todos los recursos que es capaz de movilizar, y con mayor gusto porque son más baratos». Dado que el capital siempre se ha basado, hasta cierto punto, en métodos extraeconómicos de acumulación, no es necesario, para comprender su dinámica contemporánea, desarrollar conceptos innovadores -o incluso no tan innovadores[1].

¿Estamos asistiendo a un desplazamiento hacia formas no capitalistas, al advenimiento de un nuevo modo de producción? ¿O, como afirma Morozov, estamos sólo ante los últimos avatares del capitalismo de viejo cuño?

Nos proponemos contribuir a estos debates centrándonos en un elemento clave del paisaje contemporáneo: las nuevas relaciones de producción vigentes en el sector digital, que el economista italiano Ugo Pagano ha denominado «capitalismo monopolista intelectual»[2]. Los gigantes de la economía digital, tanto estadounidenses -Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft- como chinos -Baidu, Alibaba, Tencent, Huawei- están a la vanguardia de estos cambios, aunque puedan identificarse tendencias similares en otras industrias. A pesar del golpe asestado a sus acciones a finales de 2022 por el fin de las políticas de flexibilización cuantitativa, los gigantes tecnológicos siguen siendo actores dominantes en el escenario del siglo XXI.

De hecho, es sorprendente observar que las empresas que tanto han prosperado en 2022 -ya sean los gigantes del petróleo (Big Oil), los gigantes farmacéuticos (Big Pharma) o los gigantes tecnológicos (Big Tech)- tienen una cosa en común: ejercen un poder de monopolio sobre otras empresas. Su diferencia radica en la naturaleza de lo que controlan -de lo que privan a los demás-, lo que tiene importantes implicaciones: los que monopolizan sistemáticamente el conocimiento y los datos ejercen un poder global de exclusión que los hace aún más resistentes.

A continuación examinaremos la novedad del poder monopolístico de los gigantes tecnológicos, los factores que lo originan y los mecanismos utilizados para consolidarlo. Me centraré en particular en Microsoft, que está codo con codo con Apple y Aramco en el podio de las tres mayores empresas del mundo en términos de capitalización bursátil.

El monopolio como relación de poder

La propiedad privada es una relación entre los que tienen y los que no tienen, a los que se priva de lo que necesitan. Como tal, la propiedad privada es la forma más general de monopolización en el capitalismo. Por lo tanto, los derechos de propiedad deben entenderse, no simplemente en términos de sujeto y objeto de propiedad, sino como una relación social. Como escribe David Graeber, pueden reducirse a «acuerdos o compromisos hechos por personas sobre cosas» -por «personas» podemos entender individuos, pero también colectivos, clases o empresas. En esta relación desigual, una de las partes puede ser la inmensa mayoría de la sociedad.

Desde este punto de vista, el monopolio, como relación de poder, incluye tanto a los que se benefician como a los que se ven privados de lo monopolizado. Esta es la concepción que se encuentra en el Estatuto de Monopolios inglés de 1623,[3] que abolió la concesión de monopolios debido a los «grandes agravios e inconvenientes» que infligían a los súbditos de Jacobo I. Estos «agravios» consistían en que los monopolios no se concedían a los súbditos. Estos «agravios» consistían en restricciones a la libertad de comprar (lo que se conoce como «monopsonio») o vender (la definición convencional de «monopolio»). Como Edward Coke, fiscal general del rey Jaime, se esforzó en señalar, la capacidad de dominar la fabricación, explotación o uso de una cosa también constituía un monopolio[4].

Como ha puesto de relieve la literatura reciente sobre el tema, el poder de monopolio no puede reducirse a un fenómeno de mercado; los sistemas jurídicos desempeñan un papel crucial en este sentido[5]. Sin embargo, también es crucial destacar los efectos de la monopolización como relación de poder. Esta fue una de las principales preocupaciones de los teóricos del «capital monopolista», que en la década de 1960 describieron una nueva etapa del desarrollo capitalista caracterizada por la existencia de gigantescas corporaciones, como General Electric, con suficiente poder de mercado para fijar los precios. El capitalismo, según la definición de Paul Sweezy, se produce «mediante la constitución, por un lado, de una clase de trabajadores sin propiedad y, por otro, de una clase capitalista de propietarios»[6]. Estos son los dos polos de una relación basada en el monopolio de los medios de producción por parte de los capitalistas, verdadera condición de posibilidad de la explotación de los trabajadores y de la apropiación del valor que crean.

Los medios de producción son heterogéneos, de modo que a la del capital sobre el trabajo pueden superponerse otras relaciones definidas por el poder del monopolio. Las particularidades de ciertas industrias, en términos de tamaño mínimo de la explotación o, más generalmente, de economías de escala, son capaces de crear monopolios naturales. La monopolización también puede referirse a un recurso, como es el caso de las empresas que monopolizan los combustibles fósiles -pensemos en Aramco y Exxon Mobil- en detrimento de quienes dependen de ellos. 

Los Estados modernos también son capaces de crear formas de relaciones monopolísticas, como las basadas en los derechos de propiedad intelectual (DPI).
La especificidad de este último tipo de monopolio, que se refiere a la propiedad intelectual, es doble. En principio, es posible que varios individuos hagan uso simultáneo de un mismo conocimiento sin privar a nadie más de él -mejor aún, se trata de una forma de multiplicar sus beneficios, como en el caso de la alfabetización universal- y sin que este uso esté circunscrito espacialmente. 

De este modo, la propiedad privada, cuando se refiere al conocimiento, genera un monopolio global sobre todas las aplicaciones que de él se derivan. Se producirá entonces una diferenciación estructural en la capacidad de las empresas para absorber nuevos conocimientos y aprender de ellos, de modo que las que se encuentren en la vanguardia del conocimiento concentrarán las mejores oportunidades de innovación futura. En segundo lugar, dado que el conocimiento interviene en todos los procesos de producción, es probable que se monopolice en cualquier sector o industria de la economía. (...)"

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13/6/23

La vigilancia social, un nuevo tipo de dominación... Google continúa recopilando datos de ubicación de personas que visitan clínicas de aborto... los fiscales están haciendo todo lo posible para utilizar estos datos confidenciales como munición para arrestar incluso a las mujeres más vulnerables. Google, hambriento de ganancias, no le importa la seguridad de sus usuarios, siempre que beneficie sus resultados... Australia, Canadá, Nueva Zelandia, Gran Bretaña y los Estados Unidos forman la alianza de inteligencia Five Eyes, con capacidades para vigilar a vastas poblaciones en todo el mundo... En las Vegas, Detroit y Chicago se utiliza el sistema Intellistreets, que son faroles con micrófono y cámaras integrados capaces de grabar en secreto las conversaciones de los peatones

 "Una nueva investigación ha descubierto que Google continúa recopilando datos de ubicación de personas que visitan clínicas de aborto, a pesar de que se había comprometido a no hacerlo. Esta es una amenaza a la privacidad y la autonomía corporal de millones de personas que buscan atención de salud reproductiva en Estados Unidos donde los abortos están prohibidos o en espera de que lo estén. Las consecuencias son reales, ya que los fiscales están haciendo todo lo posible para utilizar estos datos confidenciales como munición para arrestar incluso a las mujeres más vulnerables. Google, hambriento de ganancias, no le importa la seguridad de sus usuarios, siempre que beneficie sus resultados.

Estamos entrando a un mundo en el que, por propia elección, los detalles minuciosos de nuestros cuerpos, nuestras vidas y nuestros hogares serán rastreadas y compartidos de manera rutinaria con el potencial, según se dice, de una mayor comodidad y seguridad, pero también, y principalmente, para el abuso de los piratas informáticos, los ladrones de identidad, los vendedores sofisticados y, por sobre todo, los que mantienen el poder económico y político. 

Cada vez más nuestro mundo está lleno de controles de ID, cámaras de vigilancia, escáneres corporales, base de huellas dactilares, filtros de correos electrónicos e interceptores de teléfonos móviles diseñados para asegurarse de que los rastros electrónicos no se pierdan, entre otros. Que quien observa sean las agencias de represión política, las compañías telefónicas o las corporaciones, las consecuencias son las mismas: la desaparición de la vida privada, la manipulación de nuestras conductas y el control gubernamental.

Lo que Orwell no profetizó en su famosa novela fue el hecho de cuán omnipresente sería la vigilancia, no sólo en países dictatoriales, sino también en el llamado “mundo libre”. El ejemplo lo encontramos en su propio país. En las décadas del 70 y 80 los municipios empezaron a instalar circuitos cerrados de cámaras de televisión en las calles y parques, estaciones de tránsito, estadios y centros comerciales. En los 90, debido a los ataques del Ejército Republicano Irlandés y el aumento de la delincuencia urbana, hubo una masiva proliferación de CCTV.

En las décadas siguientes se instalaron tantas cámaras que el gobierno británico perdió la cuenta. Actualmente se estima que el visitante medio de Londres es capturado en video 300 veces en un solo día. Según el sociólogo Clive Morris las cámaras se han vuelto tan omnipresentes, que todos los británicos deben asumir que su comportamiento fuera del hogar está siendo monitoreado. El autor Ziya Tong da algunos ejemplos: “A la dama con el vestido marrón”, dijo la voz de la cámara de circuito cerrado de televisión, “pelo rubio, con el hombre del traje negro, ¿podrías recoger esa taza y tirarla a la basura?”

La cámara que habla es una de una red de 144 dispositivos de vigilancia en la ciudad de Middlesbrogh, Inglaterra. En el país hay mas de 20 ciudades donde el Gran Hermano vigila, da órdenes y literalmente te dice qué hacer. En el norte de Londres se instalan cámaras similares en desarrollos de vivienda públicas, que son opresivas, especialmente cuando a las personas que se encuentran fuera de sus propias casas se les dice que están holgazaneando. En Mandelieu-la-Napoule, una de las ciudades más ricas de la Riviera francesa, se instalaron cámaras parlantes para reprender a las personas por infracciones que incluyen mal estacionamiento, no recoger los excrementos de perros, tirar basura y otros comportamientos antisociales. Una voz del cielo para advertirte que no te pases de la raya.

Inglaterra tiene hoy día el dudoso honor de tener la mayor cantidad de cámaras de vigilancia per cápita en Europa, con más de seis millones de CCTV, aproximadamente una por cada 10 personas, superando a China. Pero, más inquietante, en China, en la ciudad de Guiyang, la base de datos contiene una imagen digital de cada residente. Las cámaras rastrean el rostro de una persona desde su tarjeta de identificación y siguen sus movimientos a través de la ciudad durante una semana. El sistema sabe quién eres y con quién frecuentemente te juntas.

 En ciudades de Estados Unidos, dice el sociólogo e investigador William Staples, se han instalado en los autobuses públicos equipos con sofisticados sistemas de vigilancia de audio para escuchar las conversaciones de los pasajeros. En las Vegas, Detroit y Chicago se utiliza el sistema Intellistreets, que son faroles con micrófono y cámaras integrados capaces de grabar en secreto las conversaciones de los peatones. Y en los lugares de trabajo, los cubículos de las oficinas están cada vez mas invisiblemente vigilados. El sistema les dice a los gerentes cuan productivas son la personas, al analizar cuanto tiempo pasa un individuo socializando en el trabajo. 

Según el profesor Staples, las estrategias modernas de vigilancia son utilizadas tanto por las organizaciones públicas como privadas para influir en nuestras elecciones, cambiar nuestros hábitos, mantenernos en línea, monitorear nuestro desempeño, recopilar conocimiento o evidencia sobre nosotros, evaluar desviaciones y, en algunos casos, penalizar.

 

Australia, Canadá, Nueva Zelandia, Gran Bretaña y los Estados Unidos forman la alianza de inteligencia Five Eyes, con capacidades para vigilar a vastas poblaciones en todo el mundo. Todavía no tenemos la forma de saber cuanto acceso tiene a nuestras comunicaciones privadas de video y audio, pero sí sabemos que sus sistemas se vuelven más sofisticados, más expansivos y más intrusivos cada año.

Estamos siendo vigilados, adentro y afuera, en el trabajo, en la casa, en las calles, los parques y los centros comerciales. Y aunque nuestros temores tienden a dirigirse a los piratas informáticos, la observación más grande y sistemática a nuestras vidas privadas viene de ese agujero negro que son las cámaras web.

Como notaba Gilles Deleuze, lo que estamos viendo es el reemplazo de las sociedades disciplinarias por las sociedades de control. Las primeras se iniciaron en los siglos XVII y XIX y alcanzaron su apogeo en el siglo XX con el objetivo explícito de organizar vastos espacios de cierre, en donde el individuo nunca cesa de pasar de un entorno cerrado a otro, cada uno con sus propias leyes. Primero la familia, luego la escuela, en donde ya no estás en tu familia. Luego el ejército, la fábrica o la oficina y, de vez en cuando, el hospital, la prisión, la instancia preeminente del entorno cerrado. En cada uno de ellos el intento es componer una fuerza productiva dentro del espacio y el tiempo cuyo efecto será mayor que la suma de sus fuerzas componentes.

La fábrica, por ejemplo, es un cuerpo que contiene sus fuerzas internas en un nivel de equilibrio, el más alto en términos de producción, el más bajo posible en términos de salario. La corporación reemplaza hoy día en el occidente el modelo de la fábrica, que es la que constituía a los individuos como un solo cuerpo con la doble ventaja de que el patrón inspeccionaba cada elemento dentro de la masa y los sindicatos movilizaban una resistencia de masas. Pero este modelo, como reconoció Foucault, es fugaz. Sucedió al de las sociedades de soberanía cuyo objetivo y función era algo bien diferente como imponer impuestos en lugar de organizar la producción y gobernar sobre la muerte en lugar de administrar la vida. Es Napoleón el que efectuó la conversión de una sociedad a otra. Solo que esta, a su vez, también entró en crisis en beneficio de nuevas fuerzas. Las sociedades disciplinarias eran lo que fuimos y que ya empezamos a dejar de ser, cualquiera sea el periodo de su expiración.

Es en este tipo de sociedades disciplinarias que empiezan a desaparecer la firma que designa al individuo y el número o numeración administrativa indica su cargo dentro de una masa. Las disciplinas nunca vieron ninguna incompatibilidad entre uno y el otro porque el poder individualiza y masifica al mismo tiempo. Es decir, constituye a aquellos sobre quienes ejerce el poder en un cuerpo y moldea la individualidad de cada miembro de ese cuerpo. 

En las sociedades de control, en cambio, lo importante ya no es una firma o un número, sino un código, una contraseña. El lenguaje numérico de control está hecho de códigos que marcan el acceso a la información o su rechazo. Una tarjeta electrónica puede levantar una barrera determinada, pero también puede ser rechazada con la misma facilidad. Lo que cuenta no es la barrera sino la computadora que rastrea la posición de cada persona, licita o ilícitamente.

Aquí ya no nos encontramos con el binomio masa/individuo, sino que los individuos, indivisibles, la unidad más pequeña a la que puede reducirse la sociedad y poseedores de cualidades únicas, ahora se han convertidos en “dividuos”, seres con múltiples perfiles, visibles y on-line todo el tiempo. Y, a su vez, las masas se convierten en muestras, datos o “bancos”. 

La experiencia humana privada se convierte, entonces, en materia prima gratuita para traducirla en datos de comportamiento que luego se computan y empaquetan como productos de predicción y se venden en mercados de comportamientos. El funcionamiento de los mercados se transforma así en el instrumento del control social que es a corto plazo y de rápida rotación, pero también continuo y sin límite, a diferencia de la disciplina que es de larga duración, infinita y discontinua. El ciudadano ahora ya no esta encerrado, esta endeudado.

¿No indica todo esto que estamos frente a la instalación de un nuevo sistema de dominación?"                

(Nieves y Miró fuenzalida, filósofas chilenas, Observatorio de la crisis, 10/06/23)

6/6/23

Yanis Varoufakis: ¿Alguna vez existieron dudas de que los conglomerados como Amazon aprovecharían la posibilidad de identificar los lugares de trabajo donde la Inteligencia Artificial predice una mayor probabilidad de sindicalización? La IA hoy está empoderando a los conglomerados para enterrar a la única institución capaz de darles a los trabajadores una suma módica de poder en un mundo donde prácticamente no tienen nada: los sindicatos... La lucha de clases pronto enfrentará al capital basado en la nube y revestido de IA en todos los sectores con un precariado mundial libre solo para perder y volver a perder. Más allá de la política o de las aspiraciones de cada uno, debería quedar claro que esta economía es atroz e insostenible

 "La semana pasada nos trajo una buena noticia curiosa: la inteligencia artificial les permitió a los investigadores desarrollar un antibiótico capaz de matar a una superbacteria exótica que había desafiado a todos los medicamentos antimicrobianos existentes. Un algoritmo generado por IA mapeó miles de compuestos químicos en proteínas clave de Acinetobacter baumannii, una bacteria que causa neumonía e infecta las heridas de manera tan grave que la Organización Mundial de la Salud la había clasificado como una de las tres “amenazas críticas” de la humanidad.

Una vez que se realizó el mapeo, la IA procedió a inventar una droga efectiva con características novedosas en comparación con los antibióticos existentes. Sin la ayuda de la IA, el antibiótico salvavidas seguiría siendo un sueño imposible. Fue un triunfo científico histórico. 

 Pero hay una contracara desagradable. ¿Se acuerdan de Chris Smalls, el trabajador del depósito de Amazon que organizó un paro de empleados de las instalaciones de la empresa en Staten Island, Nueva York, para protestar por las condiciones de trabajo durante la pandemia? Smalls saltó a la fama cuando se supo que, al despedirlo, los directores ricos y poderosos de Amazon pasaron una extensa teleconferencia planificando apelar a la difamación para minar su causa. Aun así, un par de años después, Smalls organizó con éxito el primer (y todavía único) sindicato de empleados de Amazon formalmente reconocido en Estados Unidos. Hoy, ese tipo de triunfos está en peligro gracias a la misma tecnología de IA que produjo el antibiótico germicida.

 El sindicato de Smalls fue un revés amargo para los gerentes de Amazon, que habían sido entrenados durante años para usar cualquier medio, justo o ilegítimo, para impedir que los trabajadores se sindicalizaran. En un video de capacitación que se filtró en 2018, a los gerentes se los entrenaba para percibir señales de advertencia de alguna actividad sindical. Se los instaba a usar cámaras de vigilancia afuera de los depósitos de Amazon para detectar a empleados que daban vueltas después de su turno, intentando, potencialmente, persuadir a sus colegas de sumarse a un sindicato.

 También se los alentaba a escuchar a escondidas las conversaciones de los empleados, en busca de frases como ”salario digno” o “me siento agotado”. Poco después, un software reemplazó, o al menos mejoró, los métodos primitivos de vigilancia de los jefes. En 2020, Recode informó que Amazon había comprado la Consola Operativa GeoSPatial (SPOC por su sigla en inglés) para monitorear a los trabajadores propensos a llevar a cabo esfuerzos de sindicalización. Y Vice expuso cómo el departamento de recursos humanos de Amazon monitoreaba las listas de correos y los grupos de Facebook de los empleados para predecir trabajos a reglamento, huelgas y otra acción colectiva. 

 El software categorizaba los rasgos y comportamientos de los trabajadores para determinar si existía una correlación con tendencias pro-sindicales. Pero el poder predictivo del software desilusionó a Amazon, de modo que la compañía siguió dependiendo de que los gerentes regionales siguieran vigilando de cerca a los trabajadores a la antigua. Todo eso ahora ha sido eclipsado por la IA. ¿Para qué vigilar a los empleados con un ojo o un oído entrenado, o comprar software para leer sus publicaciones y páginas de Facebook, cuando un sistema de IA centralizado puede detectar frases y comportamientos amigables con los sindicatos en cada depósito de Amazon de manera automática, en tiempo real y a un costo cero? 

Un hecho desconcertante es que la IA mata-sindicatos depende exactamente de los mismos avances científicos que produjeron el germicida. Antes de la IA, los investigadores categorizaban a las moléculas como vectores que contenían o no contenían ciertos grupos de sustancias químicas. No era una práctica ni diferente, ni más eficiente, que el software SPOC de Amazon que categorizaba a los empleados en base a su supuesta inclinación por formar un sindicato.

 Los programas germicidas de IA, por el contrario, dependen de redes neuronales y modelos de aprendizaje automático capaces de explorar espacios químicos que a los investigadores humanos les llevaría décadas analizar. Luego se los entrena para analizar la estructura molecular de las proteínas de un germen e identificar compuestos con una alta probabilidad de matarlo. Los programas mata-sindicatos de IA dependen del mismo proceso.

 La única diferencia es que, en lugar de espacios químicos y moléculas, la IA explora los espacios de los depósitos para centrarse en los empleados, cuyos datos en tiempo real son cargados constantemente al programa por los dispositivos electrónicos que deben llevar a todas partes que van en el lugar de trabajo -inclusive al baño. Estos sistemas impulsados por IA aprenden a diseñar estrategias para neutralizar su objetivo programado, ya sea un conjunto de proteínas en el corazón de un germen o un grupo de trabajadores en la sala de descanso. En ambos casos, la IA categoriza a sus objetivos en vectores que, posteriormente, son utilizados para maximizar la probabilidad de eliminarlos.

 Era inevitable. La humanidad demostró ser lo suficientemente brillante como para desarrollar algoritmos de IA capaces de decodificar por completo las proteínas de una bacteria asesina -sin ningún aporte humano- y crear un antibiótico efectivo. ¿Alguna vez existieron dudas de que los conglomerados como Amazon aprovecharían esta oportunidad para identificar, y reducir, los lugares de trabajo en su cadena de suministro donde la IA predice una mayor probabilidad de sindicalización? Los economistas sinceramente profesan que las fuerzas de la oferta y la demanda funcionan de manera confiable para garantizar que el cambio tecnológico nos beneficie. 

Esta ficción les permite apartar la mirada de la lucha de clases viciosa que transcurre debajo de sus narices, arruinándole la vida a millones de personas e impidiendo, a la vez, que la macroeconomía genere (al menos sin niveles de deuda insostenibles) suficiente demanda de los productos que la tecnología puede producir. Warren Buffett, que le debe su éxito en gran medida a ignorar las ilusiones de los economistas, dijo ocurrentemente que la guerra de clases es real y que su clase la está ganando de modo indiscutible.

 Eso fue antes de que los dispositivos digitales impulsados por algoritmos reemplazaran a los supervisores en las zonas de producción, dictando el ritmo del trabajo y un régimen de vigilancia total que hizo que las fábricas de Tiempos modernos de Charlie Chaplin se parecieran a un paraíso de los trabajadores. Como si eso no bastara, la IA hoy está empoderando a los conglomerados para enterrar a la única institución capaz de darles a los trabajadores una suma módica de poder en un mundo donde prácticamente no tienen nada: los sindicatos.

 La guerra de clases que reconoció Buffett pronto enfrentará al e y revestido de IA en todos los sectores con un precariado mundial libre solo para perder y volver a perder. Más allá de la política o de las aspiraciones de cada uno, debería quedar claro que esta economía es atroz e insostenible."                   (

5/12/22

Ni vigilancia total ni problema inmediato: radiografía del crédito social chino

 "Resulta más fácil hablar de lo que no es el sistema de crédito social de China que de lo que sí es. Desde 2014, cuando China anunció su plan de seis años para construir un sistema para recompensar las acciones que generan confianza en la sociedad y penalizar lo contrario, ha sido una de las cosas más incomprendidas sobre China desde el punto de vista occidental. Pero con el nuevo proyecto de ley publicado a mediados de noviembre, existe la oportunidad de corregir ese desconocimiento.

Para la mayoría de las personas fuera de China, las palabras "sistema de crédito social" evocan una imagen instantánea: una red de tecnologías al estilo de la serie Black Mirror que califica automáticamente a todos los ciudadanos chinos según lo que hicieron bien o mal. Pero la realidad es que ese sistema aterrador no existe, y el Gobierno central tampoco parece tener muchas ganas de construirlo.

El sistema en el que el Gobierno central ha estado trabajando lentamente es más bien una combinación de intentos de regular la industria del crédito financiero, permitir que las agencias gubernamentales compartan datos entre sí y promover los valores morales sancionados por el estado, por muy indefinido que suene ese último objetivo en particular. Todavía no hay evidencia de que se haya abusado de este sistema para un control social generalizado (aunque sigue siendo posible que se pueda usar para restringir los derechos individuales).

Si bien los gobiernos locales han sido mucho más ambiciosos con sus regulaciones innovadoras, lo que ha provocado más controversias y rechazo público, el sistema de crédito social en todo el país aún tardará mucho en materializarse. China está más cerca que nunca de definir cómo será ese sistema. El 14 de noviembre, varias agencias gubernamentales más importantes publicaron colectivamente un proyecto de ley sobre el Establecimiento del Sistema de Crédito Social, el primer intento de codificar sistemáticamente los experimentos pasados sobre crédito social y, en teoría, guiar la futura implementación.

Sin embargo, este proyecto de ley dejó a los observadores con más preguntas que respuestas.

"Este borrador no refleja un gran cambio radical en absoluto", según Jeremy Daum, profesor del Centro Paul Tsai China de la Facultad de Derecho de Yale (EE UU), que ha estado siguiendo durante años el experimento de crédito social de China. No es un cambio significativo en la estrategia ni en el objetivo, opina Daum.

La ley, más bien, se mantiene cercana a las reglas locales que las ciudades chinas como Shanghái han publicado y aplicado en los últimos años en lo tocante a la recopilación de datos y a sus métodos de castigo, y se limita a darles un sello de aprobación central. No responde a las preguntas persistentes que tienen los investigadores sobre las limitaciones de las normas locales. "Incorpora en gran medida lo que ya hay, hasta el punto en el que realmente no añade mucho valor", añade Daum.

Entonces, ¿cómo es realmente el sistema actual de China? ¿La gente en realidad tiene puntos de crédito social? ¿Hay algo de verdad en la imagen de control social impulsado por inteligencia artificial (IA) que domina la imaginación occidental?

En primer lugar, ¿qué es el "crédito social"?

Cuando el Gobierno chino habla de crédito social, ese término cubre dos cosas diferentes: la solvencia financiera tradicional y la "solvencia social", que extrae datos de una variedad más amplia de sectores.

El primero es un concepto familiar en Occidente: documenta el historial financiero de personas físicas o empresas y predice su capacidad para pagar futuros préstamos. Debido a que la economía de mercado en la China moderna es mucho más joven, el país carece de un sistema fiable para consultar los registros financieros de otras personas y empresas. Construir un sistema de este tipo, destinado a ayudar a los bancos y otros actores del mercado a tomar decisiones comerciales, es una misión esencial y no muy controvertida. La mayoría de los documentos normativos chinos se refieren a este tipo de crédito con una palabra específica: "征信" (zhengxin, que algunos expertos han traducido como "informe crediticio").

La "solvencia social", es lo que más sorprende. Básicamente, el Gobierno chino indica que debe haber un mayor nivel de confianza en la sociedad y, para fomentar esa confianza, el Gobierno lucha contra la corrupción, las estafas de telecomunicaciones, la evasión de impuestos, la publicidad engañosa, el plagio académico, la falsificación de productos, la contaminación... casi contra todo. No solo los individuos y las empresas se responsabilizan de eso, sino también las instituciones jurídicas y las agencias gubernamentales.

Aquí es donde las cosas se empiezan a poner confusas. El Gobierno parece creer que todos estos problemas están de alguna manera ligados a la falta de confianza y que generar confianza requiere una solución única para todos. Así como la calificación crediticia financiera ayuda a evaluar la solvencia de una persona, la idea es que alguna forma de "crédito social" puede ayudar a las personas a evaluar la fiabilidad de los demás en otros aspectos.

Como resultado, la denominada calificación crediticia "social" a menudo se junta con la calificación crediticia financiera en los debates sobre las políticas, a pesar de que se trata de un campo mucho más joven con pocos precedentes en otras sociedades.

Lo que lo hace aún más confuso es que, en la práctica, los gobiernos locales a veces los han mezclado. Así que es posible ver una regulación que señala cómo las actividades no financieras dañarán el crédito financiero de una persona, o viceversa. (En solo un ejemplo, la provincia de Liaoning (China) dijo en agosto que estaba explorando cómo recompensar la donación de sangre en el sistema de crédito financiero).

Pero a nivel nacional, el país parece querer mantenerlos en su mayoría separados y, de hecho, el nuevo proyecto de ley los aborda con dos conjuntos diferentes de normas.

¿Ha construido el Gobierno un sistema que regula activamente estos dos tipos de crédito?

La respuesta corta es no. Al principio, en 2014, el plan era tener un sistema nacional de seguimiento de todo el "crédito social" listo para 2020. Estamos casi en 2023, y el marco legal tan esperado para el sistema se acaba de publicar en el proyecto de ley de noviembre de 2022.

 Dicho esto, el Gobierno ha definido principalmente la parte financiera. El sistema zhengxin, lanzado públicamente por primera vez en 2006 y actualizado bastante en 2020, es básicamente el equivalente chino de la calificación de las agencias de crédito estadounidenses y lo gestiona el banco central del país. Registra el historial financiero de 1.140 millones de personas chinas (y les da puntos crediticios), así como el de casi 100 millones de empresas (aunque no les da puntuaciones).

Sin embargo, en cuanto la parte social, las regulaciones han sido irregulares y vagas. Hasta la fecha, el Gobierno nacional ha construido solo un sistema centrado en empresas, no en personas físicas, que agrega datos sobre el cumplimiento de la regulación corporativa de diferentes agencias gubernamentales. La jefa de Investigación de Políticas Tecnológicas de la consultora Trivium China, Kendra Schaefer, con sede en Beijing (China), lo describió en un informe para la Comisión de Revisión Económica y de Seguridad entre EE UU y China del Gobierno de EE UU como "más o menos equivalente al IRS, FBI, EPA, USDA, FDA, HHS, HUD, el Departamento de Energía, el Departamento de Educación y todos los juzgados, comisarías y las principales empresas de servicios públicos de EE UU que comparten registros normativos en una sola plataforma". Cualquier ciudadano chino puede buscar abiertamente el resultado en el sitio web creado recientemente llamado Credit China.

Pero también hay algunos datos sobre personas físicas y otros tipos de organizaciones. El mismo sitio web también sirve como portal central para más de tres docenas de bases de datos (a veces muy específicas), incluidas las listas de personas que no cumplieron con un fallo judicial, universidades chinas que son legítimas, empresas aprobadas para construir robots y hospitales que se descubrió que habían realizado fraude de seguros. Pero, la selección parece tan aleatoria que es difícil ver cómo la gente podría usar el portal como una fuente de datos coherente o completa.

¿Cómo afectará el sistema de crédito social la vida cotidiana de los chinos?

La idea es a la vez premiar y castigar. Por lo tanto, una persona o empresa con un buen historial crediticio en todas las áreas regulatorias debe recibir un trato preferencial con el Gobierno, como estar en una lista prioritaria para recibir subsidios. Al mismo tiempo, las personas o empresas con malos antecedentes crediticios serán sancionadas con la exhibición pública de su información y se les prohibirá participar en licitaciones gubernamentales, consumir productos de lujo y salir del país.

 El Gobierno publicó el año pasado una lista completa que detalla las medidas de castigo permitidas. Algunas medidas son más controvertidas; por ejemplo, a las personas que no han pagado una remuneración decidida por un juzgado se les restringe viajar en avión o enviar a sus hijos a costosos colegios privados, con el argumento de que eso constituye un consumo de lujo. El nuevo proyecto de ley mantiene el compromiso de que esta lista se actualizará periódicamente.

Entonces, ¿hay una puntuación de crédito social centralizada calculada para cada ciudadano chino?

No. Contrariamente a la creencia popular, no existe puntuación de crédito social central para las personas. La verdad es que el Gobierno central chino nunca ha hablado de crear uno.

Pero ¿por qué la gente, particularmente en Occidente, piensa que sí?

Bueno, dado que el Gobierno central ha dado pocas directrices sobre cómo construir un sistema de crédito social que funcione en áreas no financieras, ni siquiera en el último proyecto de ley, eso ha abierto la puerta para que las ciudades e incluso los pueblos pequeños experimenten con sus propias soluciones.

Como resultado, muchos gobiernos locales están introduciendo programas piloto que buscan definir cómo sería la regulación del crédito social, y algunos se han vuelto muy polémicos.

El mejor ejemplo de eso es Rongcheng (China), una pequeña ciudad con solo medio millón de habitantes que ha implementado probablemente el sistema de puntuación de crédito social más famoso del mundo. En 2013, la ciudad comenzó a dar a cada residente una puntuación de crédito personal base que constaba de 1.000 puntos que cambian dependiendo de sus buenas y malas acciones. Por ejemplo, en una normativa de 2016 que ha sido renovada desde entonces, la ciudad decidió que "difundir información dañina en WeChat, foros y blogs" significaba quitar 50 puntos, mientras que "ganar una competición deportiva o cultural a nivel nacional" significaba agregar 40 puntos. En un caso extremo, un residente perdió 950 puntos en el período de tres semanas por distribuir repetidamente cartas online sobre una disputa médica.

 Dichos sistemas de puntuación han tenido un impacto muy limitado en China, ya que nunca se han elevado a niveles provinciales o nacionales. Pero cuando la noticia de los programas piloto como el de Rongcheng se extendió a Occidente, comprensiblemente alarmó los grupos activistas y los medios de comunicación, algunos de los cuales lo confundieron como aplicable a toda la población. Algunas personas conocidas como George Soros y Mike Pence amplificaron aún más esa idea falsa.

¿Cómo sabemos que esos programas piloto no se convertirán en normas oficiales para todo el país?

Nadie puede estar 100% seguro de eso, pero vale la pena recordar que el Gobierno central chino en realidad ha estado rechazando las acciones inapropiadas de los gobiernos locales en lo que respecta a las regulaciones de crédito social.

En diciembre de 2020, el Consejo de Estado de China publicó una orientación normativa en respuesta a los informes de que los gobiernos locales usaban el sistema de crédito social como justificación para castigar incluso acciones triviales como cruzar la calle de forma imprudente, reciclar incorrectamente y no usar mascarillas. La guía pide a los gobiernos locales que castiguen solo los comportamientos que ya son ilegales según el sistema legislativo actual de China y que no se extiendan más allá de eso.

"Cuando [muchos gobiernos locales] encontraron problemas difíciles de regular a través de las regulaciones comerciales, esperaban obtener apoyo de las soluciones que involucraban los créditos", afirmó el funcionario de la principal institución de planificación económica de China Lian Weiliang, en una rueda de prensa el 25 de diciembre 2020. "Estas medidas no solo son incompatibles con el estado de derecho, sino también con la necesidad de construir solvencia a largo plazo".

El rechazo del Gobierno central parece haber funcionado. En el caso de Rongcheng, la ciudad actualizó su regulación local sobre los puntos de crédito social y permitió a los residentes optar por no participar en el programa de puntuación; también eliminó algunos criterios controvertidos para los cambios de puntuación.

¿Hay alguna tecnología avanzada, como inteligencia artificial, involucrada en el sistema?

En su mayor parte, no. Este es otro mito común sobre el sistema de crédito social de China: la gente imagina que para realizar un seguimiento de los comportamientos sociales de más de mil millones de personas, debe haber un poderoso algoritmo central capaz de recopilar y procesar los datos.

Pero eso no es cierto. Dado que no hay un sistema central que puntúe a todos, ni siquiera se necesita ese tipo de algoritmo tan poderoso. Los expertos en el sistema de crédito social de China aseguran que toda la infraestructura es sorprendentemente de baja tecnología. Si bien los funcionarios chinos a veces mencionan tecnologías como blockchain e inteligencia artificial cuando hablan sobre el sistema, nunca dan detalles sobre cómo se podrían utilizar estas tecnologías. Si consultan el sitio web de Credit China, no es más que una biblioteca digitalizada de bases de datos separadas.

 "No se conoce ningún caso en el que la recopilación de datos automatizada conduzca a la aplicación automática de sanciones sin la intervención de reguladores humanos", escribió Schaefer en el informe. A veces, la intervención humana puede ser especialmente primitiva, como los "recolectores de información" en Rongcheng, que pasean por la villa y escriben con bolígrafo las buenas acciones de los vecinos.

Sin embargo, a medida que se construye el sistema nacional, parece que existe la necesidad de algún elemento tecnológico, principalmente para agrupar los datos entre las distintas agencias gubernamentales. Si Beijing quiere permitir que todas las agencias gubernamentales tomen decisiones de cumplimiento de normas basadas en los registros recopilados por otras agencias gubernamentales, eso requiere construir una infraestructura masiva para almacenar, intercambiar y procesar los datos.

Con este fin, el último proyecto de ley habla sobre la necesidad de utilizar "diversos métodos, como los estadísticos, el modelado y certificación de campo" para realizar evaluaciones crediticias y combinar los datos de diferentes agencias gubernamentales. "Solo da una pista mínima de que el sistema será un poco más tecnológico", resalta Daum.

¿Cómo están involucradas las empresas tecnológicas chinas en este sistema?

Como el sistema es de tan baja tecnología, la participación de las empresas tecnológicas chinas ha sido periférica. "Las grandes empresas de tecnología y las pequeñas empresas tecnológicas... tienen roles muy diferentes y adoptan estrategias muy distintas", señala Shazeda Ahmed, investigadora postdoctoral de la Universidad de Princeton (EE UU), quien pasó varios años en China estudiando cómo las empresas tecnológicas estaban involucradas en el sistema de crédito social.

Empresas más pequeñas, contratadas por gobiernos municipales o provinciales, construyeron en gran medida la infraestructura tecnológica del sistema, como las bases de datos y los centros de datos. Por otro lado, las grandes empresas tecnológicas, en particular las plataformas sociales, han ayudado al sistema a difundir su mensaje. Alibaba, por ejemplo, ayuda a los tribunales a dictar sentencias a través de las direcciones de entrega que recopila a través de su plataforma masiva de comercio electrónico. Douyin, la versión china de TikTok, se asoció con un tribunal local en China para avergonzar públicamente a las personas que incumplieron las sentencias judiciales. Pero estos gigantes tecnológicos no están realmente involucrados en las funciones básicas, como contribuir con los datos o reunir evaluaciones de crédito.

"Lo vieron casi como una responsabilidad cívica o una responsabilidad social corporativa: si alguien infringe la ley de esta manera, tomaremos estos datos del Tribunal Popular Supremo y lo castigaremos en nuestra plataforma", indica Ahmed.

También hay empresas chinas, como el brazo fintech de Alibaba, Ant Group, que han creado productos de calificación crediticia financiera privada. Pero el resultado, como Sesame Credit de Alibaba, se parece más a un programa de recompensas por lealtad, según varios investigadores. Dado que la puntuación de Sesame Credit se calcula principalmente sobre la base del historial de compras de los usuarios y las actividades de préstamo en las propias plataformas de Alibaba, esa puntuación no es suficientemente fiable para ser utilizada por otras instituciones financieras externas y tiene un efecto muy limitado en las personas.

Con todo esto, ¿deberíamos seguir preocupados por las implicaciones de la creación de un sistema de crédito social en China?

Sí. Aunque no existe un algoritmo aterrador que califique a todos los ciudadanos, el sistema de crédito social aún puede ser problemático.

 El Gobierno chino enfatizó que todos los castigos relacionados con el crédito social deben cumplir con las leyes existentes, pero las leyes mismas pueden ser injustas para empezar. "Decir que el sistema es una extensión de la ley solo significa que no es ni mejor ni peor que las leyes que tiene que cumplir. A medida que China se enfoca cada vez más en la vida social y cultural de las personas, regulando aún más el contenido del entretenimiento, la educación y el discurso, esas reglas también estarán sujetas a la aplicación del crédito", escribió Daum en un artículo de 2021.

Además, "siempre se trató de hacer que las personas fueran honestas con el Gobierno, y no necesariamente entre sí", señala Ahmed. Cuando las cuestiones morales como la honestidad se convierten en cuestiones legales, el estado acaba teniendo la autoridad exclusiva para decidir quién es digno de confianza. Una táctica que los tribunales chinos han utilizado para responsabilizar a las "personas desacreditadas" es alentar a sus amigos y familiares a informar sobre sus activos a cambio de recompensas. "¿Está haciendo que la sociedad sea más confiable al delatar al vecino? ¿O está generando desconfianza en su propia comunidad local?" se pregunta Ahmed.

Pero al fin y al cabo, el sistema de crédito social no ejemplifica (todavía) el abuso de las tecnologías avanzadas como la inteligencia artificial, y es importante evaluarlo en los hechos. Actualmente, el Gobierno de China está buscando durante un mes las reacciones de la sociedad sobre el borrador del proyecto de ley de este noviembre, aunque no hay una fecha prevista sobre cuándo se aprobará y se convertirá en ley. Todavía podrían pasar años antes de ver el producto final de un sistema de crédito social a nivel nacional."                        (Zeyi Yang, MITT Technology Review, 30/11/22)

1/12/22

Varoufakis: El tecnofeudalismo, o por qué Musk se encaprichó con Twitter... porque ni sus logros ni su riqueza le daban acceso a la nueva clase gobernante formada por quienes gozan de los poderes que confiere el capital basado en la nube. Twitter ofrece a Musk una oportunidad de remediarlo... Incluso allí donde un mercado está dominado por una sola empresa o persona, la gente puede interactuar con un grado razonable de libertad. Por el contrario, cuando uno entra a una plataforma como Amazon, el algoritmo lo aísla de los demás compradores y sólo le entrega la información que los dueños quieren que tenga... Los compradores no pueden comunicarse, formar asociaciones ni organizarse en modo alguno para obligar al vendedor a reducir el precio o mejorar la calidad... Todo lo intermedia no la desinteresada mano invisible del mercado, sino un algoritmo invisible que trabaja para una sola persona, o para una sola empresa, en lo que en esencia es un feudo en la nube... Tal vez Musk fuera el único tecnoseñor que venía observando impotente, desde un costado, la marcha triunfal de este nuevo tecnofeudalismo... en un tuit muy revelador, confesó su ambición de convertir a Twitter en una «aplicación universal»... o sea, una vía de acceso al capital‑nube, que permite a su propietario modificar la conducta de los consumidores, extraer trabajo gratuito de los usuarios devenidos siervos de la nube y (sobre todo) cobrar a los vendedores una suerte de alquiler de la nube a cambio de vender sus mercancías. Hasta ahora, Musk no tenía nada de eso... ahora conectará Twitter con la red de macrodatos de sus otras empresas, sin dejar de enriquecerla con la información reunida por los autos Tesla que surcan las rutas de la Tierra y los incontables satélites que surcan sus cielos... Musk señaló acertadamente que publicidad no pertinente es spam y publicidad pertinente es contenido.  En tiempos tecnofeudales, quiere decir que los mensajes que no pueden modificar conductas son spam; mientras que los que influyen en lo que piensa y hace la gente son el único contenido que importa: poder real. Como feudo privado, Twitter jamás podrá ser el ágora del mundo... Lo único importante es que le dé a su nuevo dueño un lugar asegurado en la nueva clase tecnofeudal gobernante

 "Razones no le faltaban a Elon Musk para sentirse tan insatisfecho que pagó 44 000 millones de dólares por la compra de Twitter. Fue pionero de los pagos en línea, revolucionó la industria automotriz y la espacial; hizo experimentos con ambiciosas interfaces cerebro‑computadora. Sus hazañas de tecnología avanzada lo convirtieron en el emprendedor más rico del mundo. Pero ni sus logros ni su riqueza le daban acceso a la formada por quienes gozan de los poderes que confiere el capital basado en la nube. Twitter ofrece a Musk una oportunidad de remediarlo. 

 Desde los albores del capitalismo, el poder deriva de la posesión de bienes de capital: máquinas de vapor, hornos de Bessemer, robots industriales, etcétera. Hoy, es el capital basado en la nube, o capital‑nube para abreviar, lo que confiere a sus poseedores acceso a poderes antes inimaginables. Tomemos el caso de Amazon, con su red de software, hardware y almacenes de datos; y con su dispositivo Alexa, una interfaz directa con la gente en la intimidad de sus hogares. Es un sistema basado en la nube, con capacidad para sondear nuestras emociones más allá de lo que haya podido cualquier publicista del pasado.

 Nos ofrece experiencias personalizadas, que usan nuestros sesgos para inducir respuestas, a las que a su vez responde; luego nosotros volvemos a responder, y al hacerlo entrenamos los algoritmos de aprendizaje por refuerzo, que activan otra oleada de respuestas. A diferencia del capital analógico o físico a la vieja usanza, que es un medio producido para la fabricación de cosas deseadas por los consumidores, el capital‑nube actúa como un medio producido para la modificación de nuestra ciberconducta según los intereses de sus propietarios. 

Un único algoritmo que se ejecuta en un único laberinto de granjas de servidores, cables de fibra óptica y torres de telefonía móvil realiza una multiplicidad de milagros simultáneos. El primer milagro del capital‑nube es conseguir que trabajemos gratis para renovarlo y hacerlo más productivo, con cada texto, reseña, foto o video que creamos y subimos a la red mediante sus interfaces. Así el capital‑nube ha convertido a cientos de millones de personas en siervos de la nube: productores no remunerados, que cultivan las parcelas digitales de los señores, creyendo, como los campesinos bajo el feudalismo, que esa labor (crear y compartir fotos y opiniones) es parte de su personalidad. 

 El segundo milagro es la capacidad del capital‑nube para vendernos aquello que nos enseña a desear. Para un ojo no entrenado, Amazon, Alibaba y sus muchos imitadores en todo el mundo pueden parecer mercados monopólicos; pero en realidad no son mercados, ni siquiera mercados digitales hipercapitalistas. Incluso allí donde un mercado está dominado por una sola empresa o persona, la gente puede interactuar con un grado razonable de libertad. Por el contrario, cuando uno entra a una plataforma como Amazon, el algoritmo lo aísla de los demás compradores y sólo le entrega la información que los dueños quieren que tenga. 

 Los compradores no pueden comunicarse, formar asociaciones ni organizarse en modo alguno para obligar al vendedor a reducir el precio o mejorar la calidad. 

Los vendedores también ingresan a una relación excluyente con el algoritmo, y deben pagar a su propietario para completar cada transacción. Todo lo intermedia no la desinteresada mano invisible del mercado, sino un algoritmo invisible que trabaja para una sola persona, o para una sola empresa, en lo que en esencia es un feudo en la nube. 

 Tal vez Musk fuera el único tecnoseñor que venía observando impotente, desde un costado, la marcha triunfal de este nuevo tecnofeudalismo. Su empresa de autos Tesla usa hábilmente la nube para convertir sus autos en una red digital que genera macrodatos y vincula a los conductores con los sistemas de Musk. Al tiempo que SpaceX, inundando la periferia del planeta con su bandada de satélites de baja altura, hace un aporte nada menor al desarrollo del capital‑nube de otros magnates. ¿Y Musk? Para frustración del enfant terrible del mundo empresarial, le faltaba una vía de acceso a las inmensas recompensas que puede ofrecer el capital‑nube. Pero ahora puede que Twitter sea esa puerta que no tenía.

 Inmediatamente después de adueñarse de la empresa y proclamarse su tuitero en jefe, Musk afirmó su compromiso con asegurar que Twitter siga siendo un «ágora» en la que no hay nada que no pueda discutirse. Fue una táctica inteligente, que consiguió desviar la atención pública hacia un debate global interminable respecto de si está bien que el mundo le confíe su principal foro de mensajes abreviados a un magnate con antecedentes de no tenerle mucho respeto a la verdad en ese mismo foro. Los comentaristas liberales protestan contra la rehabilitación de Donald Trump. La izquierda se estremece ante el ascenso de una versión tecnologizada de Rupert Murdoch. Gente decente de cualquier ideología deplora el maltrato a los empleados de Twitter. ¿Y Musk? Al parecer no pierde de vista el objetivo: en un tuit muy revelador, confesó su ambición de convertir a Twitter en una «aplicación universal».

 Según mi definición, una «aplicación universal» es una vía de acceso al capital‑nube, que permite a su propietario modificar la conducta de los consumidores, extraer trabajo gratuito de los usuarios devenidos siervos de la nube y (sobre todo) cobrar a los vendedores una suerte de alquiler de la nube a cambio de vender sus mercancías. Hasta ahora, Musk no tenía nada que pudiera convertirse en «aplicación universal», ni modo de crear una desde cero. Porque mientras estaba atareado buscando el modo de promocionar autos eléctricos de producción en masa y lucrar con la conquista del espacio exterior, Amazon, Google, Alibaba, Facebook y WeChat (de Tencent) se aseguraban el dominio de las plataformas e interfaces con potencial de convertirse en «aplicación universal». (Y de esas interfaces, sólo había una en venta.)

 El desafío para Musk ahora es mejorar el capital‑nube de Twitter y conectarlo con la red de macrodatos de sus otras empresas, sin dejar de enriquecerla con la información reunida por los autos Tesla que surcan las rutas de la Tierra y los incontables satélites que surcan sus cielos. Suponiendo que pueda calmar los nervios de los empleados que aún siguen en Twitter, la próxima tarea para Musk será limpiar la red de bots y trolls, para que el Nuevo Twitter sepa (y posea) las identidades de sus usuarios. En una carta a los anunciantes, Musk señaló acertadamente que publicidad no pertinente es spam y publicidad pertinente es contenido. 

En tiempos tecnofeudales, quiere decir que los mensajes que no pueden modificar conductas son spam; mientras que los que influyen en lo que piensa y hace la gente son el único contenido que importa: poder real. Como feudo privado, Twitter jamás podrá ser el ágora del mundo. Pero nunca se trató de eso. Lo único que importaba era que le diera a su nuevo dueño un lugar asegurado en la nueva clase tecnofeudal gobernante."                    (

24/2/22

Varoufakis: el dinero de los bancos centrales ha sustituido a los beneficios capitalistas como combustible del sistema y las plataformas digitales de las grandes tecnologías han sustituido a los mercados como mecanismo de extracción de valor... eso es el tecnofeudalismo

 "(...) Profesor distinguido y autor prolífico, Varoufakis teoriza que el capitalismo tradicional ha sido sustituido por un sistema económico que él denomina "tecnofeudalismo".

"Un elemento central de la tesis de que el tecnofeudalismo es distinto del capitalismo es la observación de que, tras 2008, el auge de las plataformas digitales y, más recientemente, la pandemia, los dos principales motores del capitalismo han dejado de ser centrales en el sistema económico: los beneficios y los mercados.

"La búsqueda de beneficios, por supuesto, sigue impulsando a la mayoría de la gente. Y los mercados están en todas partes. Sin embargo, el amplio sistema en el que vivimos ya no está impulsado por los beneficios privados. Tampoco es, hoy en día, el mercado el principal mecanismo de extracción o creación de riqueza.

"¿Qué ha sustituido a los beneficios y a los mercados? La respuesta corta es: el dinero de los bancos centrales ha sustituido a los beneficios capitalistas como combustible del sistema y las plataformas digitales de las grandes tecnologías han sustituido a los mercados como mecanismo de extracción de valor.

"El dinero de los bancos centrales ha sustituido a los beneficios como motor del sistema: la rentabilidad ya no impulsa el sistema, aunque siga siendo el todo para los empresarios individuales. La evidencia indiscutible de que es el dinero del banco central, y no los beneficios, el que impulsa el sistema económico, está en todas partes.

"Un gran ejemplo es lo que ocurrió en Londres el 12 de agosto de 2020. Fue el día en que los mercados se enteraron de que la economía británica se había contraído de forma desastrosa, y mucho más de lo que los analistas esperaban (se había perdido más del 20% de la renta nacional en los primeros siete meses de 2020). Al conocer la sombría noticia, los financieros pensaron: "¡Genial! El Banco de Inglaterra, presa del pánico, imprimirá aún más libras y las canalizará para que compremos acciones. Es hora de comprar acciones".

"Esta es sólo una de las innumerables manifestaciones de una nueva realidad mundial: en Estados Unidos y en todo Occidente, los bancos centrales imprimen dinero que los financieros prestan a las empresas, que luego lo utilizan para recomprar sus acciones, cuyos precios se desvinculan así de los beneficios. Los nuevos barones, como resultado, expanden sus feudos, cortesía del dinero del Estado, ¡aunque nunca ganen un centavo de beneficio!

"Además, dictan las condiciones al supuesto soberano: los bancos centrales que los mantienen "líquidos". Mientras que la Fed, por ejemplo, se enorgullece de su poder e independencia, hoy es totalmente impotente para detener lo que comenzó en 2008: imprimir dinero en nombre de los banqueros y las corporaciones. Incluso si la Fed sospecha que, al mantener la liquidez de los barones corporativos, está precipitando la inflación, sabe que poner fin a la impresión de dinero hará caer la casa.

"El terror a provocar una avalancha de deudas incobrables y quiebras convierte a la Fed en rehén de su propia decisión de imprimir y le asegura que seguirá imprimiendo para mantener a los barones en liquidez.

"Esto no ha ocurrido nunca antes. Los poderosos bancos centrales, que hoy mantienen el sistema sin ayuda, nunca han tenido tan poco poder. Sólo en el feudalismo el soberano se sentía tan subordinado a sus barones, sin dejar de ser responsable de mantener todo el edificio.

"Las plataformas digitales están sustituyendo a los mercados: durante el siglo XX y hasta el día de hoy, los trabajadores de las grandes empresas oligopólicas capitalistas (como General Electric, Exxon-Mobil o General Motors) recibían aproximadamente el 80% de los ingresos de la empresa. Los trabajadores de las grandes empresas tecnológicas ni siquiera cobran el 1% de los ingresos de su empleador. Esto se debe a que la mano de obra asalariada realiza sólo una parte del trabajo del que se benefician las grandes tecnológicas. ¿Quién realiza la mayor parte del trabajo? La mayoría de los demás.

"Por primera vez en la historia, casi todo el mundo produce gratuitamente (a menudo con entusiasmo) el capital social de las grandes tecnológicas (eso es lo que significa subir cosas a Facebook o moverse mientras se está conectado a Google Maps). Eso nunca ha ocurrido bajo el capitalismo.

"La clave para entender nuestro nuevo sistema es darse cuenta de que las plataformas digitales no son una nueva forma de mercado. Que cuando uno entra en Facebook como usuario o en Google como empleado, sale del mercado y entra en un nuevo feudo tecnológico".

Curiosamente, Varoufakis ha propuesto recientemente una renta básica universal (UBI) financiada a través de las aportaciones generadas por los usuarios de los motores de búsqueda y las redes sociales. Como con cualquier sugerencia de UBI, dos cuestiones clave que surgen son si esto causaría inflación y si proporcionar a cada individuo un ingreso independientemente de sus circunstancias económicas puede ser realmente más justo que uno concebido sobre una base de comprobación de recursos.

"Que sea inflacionista y justo dependerá de cómo se financie. A diferencia de otros defensores del UBI, me opongo a la idea de pagarlo mediante impuestos. Si se les dice a los obreros que trabajan duro, o a los conductores de Deliveroo, que se les va a quitar una parte de sus escasos ingresos para pagar a los vagabundos y a los ricos, se reirán en su cara, como es lógico.

Del mismo modo, un UBI de este tipo puede resultar inflacionario. Sin embargo, si se financia, como propongo, mediante una combinación de redistribución de acciones (es decir, rendimientos del capital) y dinero del banco central, el UBI no será ni divisivo ni inflacionario.

"Déjenme explicarles. En primer lugar, la redistribución de las acciones. El capital siempre fue producido socialmente y sus rendimientos privatizados por la clase capitalista. Hoy en día, esto es mucho, mucho más, ya que toda la sociedad está produciendo el capital de las grandes tecnologías (con cada publicación en Facebook, cada búsqueda en Google, etc.), mientras que los rendimientos de todo ese capital son monopolizados por los capitalistas.

"Ya es hora de que exijamos que una parte, digamos el 10% para empezar, de las acciones de las empresas se transfiera a un fondo de capital social. Entonces los dividendos acumulados pueden ser uno de los dos flujos de ingresos que financien una renta básica.

"En segundo lugar, la financiación de los bancos centrales. Desde 2008, los bancos centrales han estado imprimiendo montañas de efectivo en nombre de los financieros. En otras palabras, el árbol del dinero se arranca a diario, pero el dinero que produce se desperdicia por completo (ya que se convierte en inflación de los precios de las acciones y de la vivienda). He aquí una idea: en lugar de financiar a los financieros para que hagan un daño incalculable, utilizar el árbol del dinero para financiar parte de la renta básica de todos.

Para ver por qué este tipo de UBI, que prefiero llamar "dividendo básico", no es ni inflacionario ni injusto, considere lo siguiente: sí, todo el mundo lo cobra sin la ignominia de la comprobación de recursos. Pero, nada nos impide gravar a final de año la renta básica de los que superan una determinada renta a un tipo muy elevado.

"Además, el hecho de que la renta básica no haga subir los precios como respuesta al aumento del IVA o de los impuestos personales para financiarla, significa que no será inflacionaria per se. Sin embargo, si necesitamos mantener la inflación bajo control, el banco central puede reducir su uso del árbol monetario (es decir, imprimir menos dinero en efectivo) al tiempo que aumenta el porcentaje de acciones que las empresas deben aportar al fondo de capital social (es decir, socializar una mayor parte del capital)."

En cuanto a los consejos positivos y prácticos para los activistas, los defensores y los partidarios de la izquierda y el movimiento obrero en general de cara al futuro, Varoufakis reflexionó:

"No tengo palabras de gran sabiduría que ofrecer a los "irracionales" que quieren cambiar el mundo.

"Hablando por mí mismo, la vida simplemente no es divertida sin intentar constantemente civilizar un mundo enormemente irracional y, para colmo, sin instar constantemente a nuestros compañeros a tener cuidado con el poder concentrado (incluso dentro de nuestros propios movimientos y organizaciones)".

(Entrevista a Yanis Varoufakis , Daniel Powell, Brave New europe, 16/01/22; fuente: Morning Star; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

21/2/22

Juegos Olímpicos de inverno en Beijing y el debate sobre el control social

 "Los Juegos Olímpicos que estos días están llevándose a cabo bien podrían ser una diapositiva de lo que nos espera. Miras a China y ves las políticas del presente y su relación con su cultura milenaria. 

Y es muy preocupante la deriva autoritaria que puede tener el uso intensivo de la tecnología en manos del Estado o de grandes conglomerados privados. En China y, atentos, en cualquier otro país del mundo.

 No soy de los que piensa que nos están escuchando todo el día. Por mi trabajo sé que el monitoreo que sufrimos todos se basa en el que y no tanto en el quien. A las grandes plataformas les interesa que hacemos y no quienes somos. El problema es que es muy fácil modificar eso. Es muy sencillo saber quien es el que hace algo concreto y como.

Os recomiendo leer el libro ‘Red Mirror: ¿qué futuro se escribe en China?’ del periodista italiano Simone Pieranni, donde se explica que el desarrollo tecnológico de China es un elemento clave en el crecimiento de la economía de las últimas dos décadas, pero también un formidable aparato de control social. Lo detalla asegurando que los teléfonos inteligentes hacen la vida más fácil, pero permiten hacer un seguimiento minucioso de la actividad de los ciudadanos; los puntos que se asignan según el cumplimiento de las leyes, aseguran un mayor apego a las normas y automáticamente generan listas negras, personas marcadas y señaladas; las ciudades inteligentes son una proeza de la planificación y el bienestar, y tienen implícito un sistema de vigilancia y castigo. De momento parece que es imposible el progreso sin que eso no conlleve una mayor intromisión del Estado la esfera privada.

Sin alarmar a nadie, sí me gustaría que este vídeo fuera un toque de atención. Si miramos a China podemos identificar lo que no queremos. Si nos miramos con detalle nosotros podemos identificar el embrión de cosas que allí ya pasan. Hoy te voy a describir algunas de las tecnologías que allí se están utilizando bajo la excusa vírica pero que conllevan derivadas peligrosas. La tecnología es lo mejor que tenemos, la herramienta que nos mejora la vida de un modo más intenso, la defiendo desde que tengo uso sociológico de razón, pero por eso, también sé que, su mal uso, su uso desleal puede ser todo lo contrario. El fino espacio entre la libertad que proporciona tener más conocimiento gracias a la digitalización y la prisión que supone el control de tus datos, es lo que debemos limitar bien.

Cerca de 3000 atletas, además de miles de participantes más, incluidos entrenadores, personal y medios de comunicación, estarán dentro de una burbuja olímpica. El nombre ya tiene su que. Los Juegos mostrarán innovaciones de alta tecnología en todas las escalas, desde inteligencia artificial hasta infraestructura de Internet e incluso una nueva forma de mantener el hielo fresco . También servirán como sede para el lanzamiento oficial de la moneda digital de China, e-CNY, que será uno de los únicos mecanismos de pago aceptables en la Villa Olímpica de Invierno de Zhangjiakou.

Aquí hay cinco tecnologías que no solo impulsarán los Juegos Olímpicos de Beijing, sino que prometen transformar la vida en el país mucho después de que terminen los Juegos.

1. Robots por todas partes

La Villa Olímpica está poblada con cientos de robots que ayudan a mantener la distancia entre los atletas y el personal local haciendo de todo, desde entregar paquetes hasta preparar hamburguesas. 

Los robots ayudan con la atención médica de los atletas, recolectan basura e incluso dispensarán desinfectante para las manos. Los robots itinerantes escanean el aire en busca de partículas y desinfectan las habitaciones. Una flota de 120 robots de catering está disponible para servir comida las 24 horas del día, los 7 días de la semana en el comedor del área de medios. 

Fuera de la burbuja olímpica, han desplegado robots en las calles de las ciudades y los campus universitarios para entregar paquetes y, dentro de los lugares de eventos y hoteles , para brindar servicios a los invitados. Los gigantes del comercio electrónico y la entrega de alimentos Alibaba, Meituan y JD.com se han comprometido a poner miles de robots de mensajería en las carreteras para reducir costos.

2. Una app que vigila a todo el mundo

Todos los que se encuentran dentro del circuito cerrado de los Juegos Olímpicos (atletas, medios de comunicación y espectadores por igual) deben usar la aplicación My 2022 especialmente desarrollada dos semanas antes de ingresar al área sellada. Una vez dentro de la Villa Olímpica, los participantes también se someten a pruebas PCR diarias. La aplicación rastrea los datos de salud de los participantes, como la información de vacunación, así como los resultados de las pruebas diarias. 

Para poder salir de sus habitaciones y viajar entre las instalaciones, todas las personas dentro del circuito deben recibir una señal verde que indica resultados negativos de PCR dentro de las 24 horas anteriores al escanear sus pases. El sistema de semáforos se asemeja al sistema de códigos QR que los residentes chinos han utilizado para moverse por el país durante la pandemia.

Aunque proteger la privacidad de los ciudadanos y frenar la recopilación de información innecesaria ha sido una prioridad política importante de los reguladores de Internet de China, especialmente con la aprobación de la Ley de Protección de Información Personal el año pasado, una investigación realizada por Citizen Lab descubrió que la aplicación My 2022 recopila información del usuario y la comparte con terceros: algunas de las compañías tecnológicas más grandes de China, incluidas Huawei, Xiaomi, Tencent e iFlytek. 

La política de privacidad de la aplicación especifica que puede compartir información del usuario sin consentimiento en circunstancias relacionadas con la seguridad nacional y la salud pública. La aplicación también contiene una lista de palabras clave que se pueden censurar.

3. Todos monitorizados con camas inteligentes

Los apartamentos de los atletas han sido equipados con colchones de espuma viscoelástica que controlan la respiración y el ritmo cardíaco. Estas camas inteligentes están diseñadas para capturar la ‘firma corporal’ de cada atleta e incluso pueden enviar informes a sus entrenadores sobre cambios en los signos vitales.

Si bien las camas de alta tecnología podrían ayudar a algunos de los mejores atletas del mundo a dormir más profundamente, muchos de los usuarios de estas camas no han encontrado tan cómoda esa implementación de tecnología de seguimiento de sus signos vitales. Esto es algo que ha empezado a ser norma en algunas empresas chinas por cierto.

Algo que, cuando los empleados de una empresa de tecnología con sede en Hangzhou recibieron cojines para sillas de oficina que podían monitorear de manera similar sus signos vitales, como la frecuencia cardíaca y los niveles de alerta física, descubrieron que sus supervisores también estaban usando la tecnología para realizar un seguimiento de sus descansos y horas de trabajo. Dicen que tienen la sensación de estar constantemente vigilado en el trabajo.

4. Tecnología 5G constante.

¿Recuerdas cuándo los funcionarios estadounidenses y europeos se preocuparon por la seguridad de la tecnología 5G china? En estos Juegos, no hay más remedio que usarla. No hay otra opción. Esta tecnología es la columna vertebral de las comunicaciones dentro de un circuito cerrado, alimentándolo todo, desde un tren de alta velocidad entre Beijing y la Villa Olímpica hasta los minibuses autónomos que circulan libremente por todas partes. 

Para justificar el uso del 5G, el tren está equipado con un estudio de transmisión de la CCTV en alta definición brindando acceso constante a Internet, incluso mientras viaja a través de túneles a 350 kilómetros por hora. Dentro de la Villa Olímpica, el 5G hace que Internet sea más rápido para los atletas, a quienes, según se les informa, se les permite acceder libremente a sus redes sociales, algo que normalmente está bloqueado en China. Aun así, el comité Olímpico de EE.UU. advirtió que es probable que se vigile la actividad en línea de todos ellos. 

y 5. Una moneda digital que controla el capital.

Según los organizadores chinos, en la burbuja olímpica, no habrá una "expansión desordenada del capital. Los Juegos serán la primera oportunidad a gran escala para que los visitantes de fuera de China utilicen la nueva moneda digital del país. La moneda digital del banco central permitirá a las autoridades chinas rastrear cómo se mueve el dinero a través del país y se pretende que sea tan fácil de usar como las populares plataformas de pago digital WeChat Pay y Alipay. 

Dentro de la burbuja olímpica, las únicas formas de pago aceptables serán el efectivo, las tarjetas Visa y la moneda digital e-CNY. El yuan digital ya se acepta dentro de China a través de WeChat, JD.com y Alipay, y los funcionarios informan que al menos 140 millones de personas ya se habían registrado hasta el pasado noviembre. Los atletas y entrenadores visitantes podrán pagar con pulseras portátiles que pueden agitar para pagar con e-CNY dentro de la Villa Olímpica.

Esta lista de implementaciones tecnológicas en los Juegos Olímpicos de China podrían parecer anécdotas puntuales pero, desde mi punto de vista, debería ser un espejo en el que no deberíamos vernos reflejados en el futuro. La distancia entre el uso inteligente y nutritivo socialmente de la tecnología y el control absoluto a partir de ella, es muy corta.

La aplicación WeChat se puede utilizar para realizar cualquier actividad de la vida diaria en China. Es impresionante como está involucrada en toda la vida social y pública de las personas, por lo que es realmente difícil prescindir de esa aplicación. El riesgo es replicar según que cosas. Mira, recientemente WhatsApp lanzó en Brasil un proyecto piloto para permitir a los usuarios pagar mediante la aplicación, que es lo que hace WeChat. Esto se vincula con un modelo de negocio que consiste en ganar dinero con las transacciones, cosa que por el momento Facebook, Instagram y Whatsapp no hacen. Pero que sin duda el algo que protagoniza los sueños más húmedos de Mark Zuckerberg.

Nos paramos en esa aplicación. En China WeChat es sinónimo de teléfono móvil. Imaginemos que encendemos el móvil y en lugar de la pantalla que conocemos ahora, encontramos una especie de página de inicio desde la que se accede a la mensajería, redes sociales, Instagram, cuentas bancarias, compras, reservaciones, etc. Una especie de sistema operativo de aplicaciones: todos los otros sistemas tendrían que «correr» dentro del suyo. Eso es lo que hace WeChat. Y eso significa dinero, pero sobre todo una enorme cantidad de datos. Y precisamente, por razones tecnológicas, políticas y demográficas, China se está convirtiendo en la gran potencia del big data.

Pero, si esto te preocupa, y atendiendo a los desarrollos que se usan en la burbuja olímpica, ojo a esto. Los sistemas de puntuación social (los social score) serían una especie de cualificación del ‘buen ciudadano’. Este sistema de crédito social nació con una doble función: se trata de una forma de regulación económica para las empresas, y de control a las personas por otro lado. No existe todavía un sistema unificado y nacional de crédito social, sino muchos experimentos. Pero ya se puede ver que se trata de asignar un puntaje a cada persona en función de su confiabilidad en términos administrativos, penales y cívicos. Por supuesto, en un Estado de partido único, los criterios para juzgar a una persona pueden ser problemáticos. Pero por el momento, aunque existen también en China intentos de reflexión sobre la protección de la privacidad y el uso de los datos, la idea del crédito social está aceptada por casi todos allí porque la población china lo percibe como un sistema realmente capaz de garantizar una mayor seguridad y armonía social. Vaya… lo de desayunar cloroformo es muy peligroso.

 No sé a ti, pero a mi me parece inquietante llegar a ese nivel, pero igual no estamos tan lejos. Piensa en todas las veces en que somos evaluados y calificados. Cuantas veces lo hacemos nosotros incluso hacia los demás con sistemas de valoración en múltiples plataformas. La diferencia es que en Occidente, nos evaluamos entre ciudadanos; en China, es un proceso que viene de arriba. En este canal encontrarás videos sobre la cadena de bloques, criptomonedas y, especialmente sobre la Web3, ese mundo digital descentralizado donde los intermediarios desparecerán y donde podremos relacionarnos los individuos sin el control de plataformas o gobiernos. Por lo menos eso dicen…

En todo caso, como defensor de la tecnología, como impulsor de la misma, espero que no la fastidiemos otra vez. Que el futuro sea simplemente un escenario de control por culpa de esos desarrollo o que por el contrario nos ayude a construir una humanidad tecnológicamente más humana, al final dependerá de nosotros. Exijamos a nuestros dirigentes que se instruyan en lo que eso significa y que planteen y expliquen su hoja de ruta al respecto. ¿cuantos ministros, diputados, secretarios de estado o funcionarios de alto nivel podrían definir correctamente que es ‘blockchain’, un sistema experto, web3 o diferenciar entre machine learning y deep learning? Pues eso… que seguramente el desconocimiento es el mayor riesgo." (Marc Vidal, blog, 16/02/22)