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9/2/22

La humanidad primero conquistó la “ciudadanía civil” con las revoluciones americana y francesa en el siglo XVIII (libertad de expresión, derechos del hombre y del ciudadano). En el siglo siguiente se logró la “ciudadanía política” que reguló la participación ciudadana en el ejercicio del poder político... en el siglo XX, con la aparición del Estado de bienestar, se desarrolló la “ciudadanía social y económica”... frente a estos tres grandes avances aparecieron otras tantas tesis reaccionarias. Son las tesis de la perversidad, la inutilidad y la peligrosidad

 "Siguiendo al sociólogo T. H. Marshall, la humanidad primero conquistó la “ciudadanía civil” con las revoluciones americana y francesa en el siglo XVIII (libertad de expresión, derechos del hombre y del ciudadano).

 En el siglo siguiente se logró la “ciudadanía política” que reguló la participación ciudadana en el ejercicio del poder político, extendiendo el derecho de voto a grupos cada vez más amplios. En el siglo XX, con la aparición del Estado de bienestar, se desarrolló la “ciudadanía social y económica” que suponía el reconocimiento de los derechos sociales como la educación, la salud, el bienestar económico y la vivienda, básicos para la vida de un ser civilizado.

En base a este esquema, el economista Albert O. Hirschman expuso en una relevante conferencia Doscientos años de retórica reaccionaria: la tesis de la inutilidad, recogida en Vivir como iguales (1996), las duras respuestas a estas tres oleadas progresistas. Explicó cómo frente a estos tres grandes avances aparecieron otras tantas tesis reaccionarias, que desmenuza y ridiculiza con sutileza. 

Son las tesis de la perversidad, la inutilidad y la peligrosidad. 

La primera sostenía que las políticas públicas tenían un efecto contraproducente porque los programas de bienestar social crearían más y no menos pobreza. 

La tesis de la inutilidad afirmaba que todo intento de cambiar algo sería superficial y, por lo tanto, ilusorio “en la medida que las estructuras profundas de la sociedad permanecen completamente intocadas”. 

La tesis del peligro aseguraba que la ampliación de derechos que suponía el Estado de bienestar pondría en peligro las conquistas previas en libertad individual. (...)"             (Andreu Missé, El País, 07/02/22)

15/12/21

Las nuevas derechas son parte también de una decepción con la globalización tal y como la conocemos... Recuperan formas mucho menos cosmopolitas, vemos una derechas más antisistema, que capturan mucho más el inconformismo que el optimismo sobre el futuro Estas derechas parten de la idea de que la izquierda gobierna en los resortes del poder mundial, puede ser mediante Soros, el marxismo cultural, etc. Nos remiten la idea de que ellos combaten desde abajo los poderes de las élites. Y eso define mucho este tipo de derechas, que pueden ir desde Vox, a Bolsonaro o Trump.

 "¿La rebeldía se volvió de derechas? Este es el llamativo título del libro (Clave Intelectual, 2021) publicado recientemente en nuestro país por Pablo Stefanoni. Doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires (Argentina), ejerce también como periodista siendo jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad y es colaborador en diferentes medios como Le Monde Diplomatique y Ctxt. 

En su libro desgrana algunos aspectos sobre cómo el antiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuevo sentido común y por qué la izquierda está perdiendo la iniciativa, especialmente en la llamada "batalla cultural". En esta entrevista con Público profundiza en algunas de las cuestiones tratadas en la publicación. 

Autores como Steven Forti denominan a la nueva derecha como "extrema derecha 2.0". Muchos otros coinciden en señalar que el fenómeno vivido actualmente es completamente nuevo. ¿Cómo acotaría la definición de esta ultraderecha tan presente en la actualidad?

Coincido en que hay un fenómeno nuevo. Y definir lo nuevo puede ser un poco tramposo, porque alguien puede decir que hay elementos de continuidad con cosas previas. Nada es totalmente nuevo, eso es una obviedad en política. Pero sí creo que es nuevo, o que es una derecha sobre la que vale la pena indagar respecto a las derechas liberales y conservadoras que conocíamos. 

Creo que hay un quiebro sobre todo en la visión optimista de las derechas liberal-conservadoras, que después de la victoria en la Guerra Fría se potenciaron con la idea de combinar democracia liberal y economía de mercado. Había una visión optimista en eso. Casi en sentido teológico de que el viento de la historia conducía hacia un lugar donde el liberalismo económico y político iban a converger, y el futuro iba a ser mejor que el pasado. Me parece que las nuevas derechas son parte también de una decepción con la globalización tal y como la conocemos. 

Recuperan formas mucho menos cosmopolitas, aunque la visión de las antiguas derechas pudieran ser imperialistas, había una lectura cosmopolita en la idea de concebir la democracia. Eso se quebró y vemos una derechas más antisistema, que capturan mucho más el inconformismo que el optimismo sobre el futuro. 

El título del libro es de por sí provocador. Lanza una pregunta llamativa. ¿La rebeldía se ha vuelto de derechas?

Un título es una especie de pacto entre el contenido del libro o los intereses editoriales. El título intenta capturar algo del libro y generar una expectativa. Me parece que la pregunta es fiel al contenido. Más que un libro sobre extremas derechas, es sobre el vínculo del progresismo y sus dificultades para seguir capturando el inconformismo social. En ese sentido, la rebeldía, más que a ganar elecciones y demás, va hacia una actitud y una batalla cultural. Las derechas están dando esa batalla. 

El progresismo sigue ganando elecciones pero el punto para mí no es ese. Es centrar el foco en la batalla cultural que están dando esas derechas y apuntan al sentido común, algo que era muy familiar al progresismo. Las derechas piensan que están dando una batalla frente a la dictadura progresista, se escucha mucho lo de la incorreción política frente a una corrección que sería casi orwelliana. 

Eso de "la derecha sin complejos"...

Sí, sin complejos frente a un progresismo que domina el mundo. Hace poco, en la última Convención Nacional Conservadora, Marcos Rubio (senador republicano de EEUU) decía que las grandes empresas ya no eran aliadas de los conservadores y la derecha porque los grandes empresarios también se volvieron progresistas. Y que casi no había dentro gente de derechas. 

Eso, desde la izquierda se puede considera como que es una estupidez. Pero articula mucho la visión del mundo de las derechas. Se puso mucho de moda en este sentido el término woke, que habla del racismo estructural y el machismo y que las empresas se unieron a ello. Esa idea es muy común en las nuevas derechas.

 Las derechas conservadoras de los años 80 y 90 consideraban que ellos habían ganado la Guerra Fría y dominaban el mundo. Estas derechas parten de la idea de que la izquierda gobierna en los resortes del poder mundial, puede ser mediante Soros, el marxismo cultural, etc. Nos remiten la idea de que ellos combaten desde abajo los poderes de las élites. Y eso define mucho este tipo de derechas, que pueden ir desde Vox, a Bolsonaro o Trump.

En el libro apunta una idea, relacionada con esto, de que el progresismo se ha conformado con defender el 'statu quo', el sistema. Y que eso es una paradoja

Tiene que ver con la crisis de la idea de futuro para la izquierda y para el mundo. La izquierda necesitaba ideas de futuro para funcionar. Esa frase de Marx de que la revolución saca la poesía del futuro y no del pasado. La utopía de la izquierda siempre se proyectaba al futuro. Mientras que ciertas derechas sacaban las utopías del pasado. En parte, crecientemente el progresismo está pensando en épocas doradas, solo que en vez de volver al Imperio Español, volver al Estado de Bienestar de hace unos años. 

 Me parece que uno de los problemas más grandes y difíciles del progresismo es que el futuro cada vez rima más don distopía que con utopía. Si el futuro va a ser peor, eso tiende a una posición conservadora para defender lo que hay porque lo que va a venir es el despotismo de los algoritmos, la uberización del mundo o la precariedad. Es una dificultad que no es fácil de resolver para la izquierda. 

Habla también en el libro de la relación entre las nuevas derechas y las más tradicionales. ¿Hay también una pugna importante entre ellas?

"El rechazo al sistema político es un combustible para esta nueva derecha, algo que en otro momento quizás podía capturar mejor la izquierda"

Hay una crisis de la socialdemocracia, en cuanto a su rumbo e identidad y proyecto. Y en la centro derecha y derecha tradicional también tiene esa crisis. Porque también mantienen cierto optimismo en cuanto a la globalización. Hay una pugna con derechas que van surgiendo. Lo que pasó con Vox y el PP también pasa en otros lugares. Kast, en Chile, también salió de la derecha tradicional chilena y hoy se la ha comido. En Argentina no pasa eso de manera tan fuerte. 

Pero en el espacio que se articula en torno a Mauricio Macri, aunque las fuerzas situadas a su derecha son pequeñas, generan tensiones. De hecho hay una parte del PRO que representa el propio Macri que han salido a apoyar a Kast. Hay como un duelo interno entre halcones y palomas. Es la misma tensión. Algo parecido a lo que pasa con el PP aquí, derechizarse en parte para decantar ese nuevo clima. Y es una tendencia, aunque en cada país depende de las correlaciones de fuerzas.

El centro derecha pasa por dificultades para atraer el entusiasmo y es parte de la crisis de la política tradicional. La idea de la casta circula por muchos países. En Argentina la han usado como discurso, explícitamente su estratega dijo que lo había tomado de Podemos. En Chile, el candidato Franco Parisi también lo usó. El rechazo al sistema político es un combustible para esta nueva derecha, algo que en otro momento quizás podía capturar mejor la izquierda.

Ya que ha salido el asunto de Argentina, y como conocedor de su realidad, ¿quién es Javier Milei? Hemos visto una conexión en su discurso "libertario" con Isabel Díaz Ayuso y otras fuerzas similares

Díaz Ayuso y Vox son casi indistinguibles para el antiprogresismo fuera de España. Mucha gente ni siquiera distingue bien que son de partidos distintos. Porque ponen vídeos de Youtube donde se ataca al comunismo e incluso creo que no distinguen a Ayuso de Rocío Monasterio en términos de partido. Las ven como gente de derechas "sin complejos". Milei es un economista que siempre se dedicó a ello. 

Se definía como anarcocapitalistas. Cuando él saltó a la política, hace poco, tuvo que empezar a hablar de otras cosas. Él compró de manera poco dirigida todo el discurso de la alt-right. Se definió como simpatizante de Trump y participa en actos con Vox. Es un caso particular, un personaje distinto a los liberales clásicos, que eran mucho más elitistas y formales. Milei es un showman, expresa un tipo de derechas sin complejos, dice que Keynes era un hijo de puta, que el keynesianismo solo sirve para políticos ladrones, que la justicia social es una mierda, etc.

 En otros países no llegó la derecha por el lado de los libertarios de derechas o paleolibertarios. Pero él conecta con un clima global, con el antiprogresismo. Todas estas derechas están unidas bajo ese paraguas antiprogresista. Y la idea de la libertad como bandera política. Con la pandemia, ese libertarismo anti Estado se potenció en muchos lugares. Ayuso hizo campaña por la libertad contra el comunismo. Las derechas capturaron eso con la pandemia y cualquier acto de regulación lo ven como totalitario, sumado al uso reciente de la vuelta al discurso anti comunista, que parece efectivo y Milei también usa. 

Hay dos asuntos concretos que trata en profundidad en el libro. Uno de ellos es el "homonacionalismo". Esa reivindicación que hacen algunas de estas nuevas derechas de la homosexualidad

En Francia es mucho más claro que aquí. Porque hay figuras de extrema derecha homosexuales más fuertes. Y en Holanda u otros países del norte. Hay un punto que es la laicidad frente al Islam que usan algunas extremas derechas. Marine Le Pen o la extrema derecha holandesa es un ejemplo. Ahí hay una clara diferencia con Vox, que aparece como una derecha conservadora más parecida a la de Polonia o Hungría, tradicionalista. 

La cuestión del Islam facilita a la extrema derecha presentarse como defensora real de los derechos de los homosexuales porque, según su discurso, la izquierda abre fronteras y eso islamiza sociedades. Ese es su argumento. Ojo porque Vox lo empieza a usar. Hay algún tuit de Hermann Tertsch diciendo que en Hungría los gays están más seguros que en Alemania o Francia. Ese es el discurso, que ellos van a proteger más a los homosexuales que los progresistas y que en Hungría, como cierra fronteras, van a estar más seguros que en Madrid.

El otro asunto es el acercamiento de la extrema derecha al ecologismo. ¿Qué supone?

Muchas veces el ecologismo progresista piensa que la lucha contra el cambio climático debe ser solidaria y global porque todos estamos en la nave tierra. Me interesaba presentar otra idea, que es lo que algunos llaman la filosofía del bote salvavidas. El que está en el bote tiene que tratar de evitar que otros suban porque sino se va a hundir. Empieza a haber discursos en algunos países que articulan la defensa del medio ambiente con posiciones reaccionarias, como por ejemplo antiinmigración. 

 Hay una frase, que se reprodujo en las redes, que decía: "salvar árboles, no refugiados". Una idea que articula la lucha por el planeta diciendo que los que defienden la tierra son los del propio lugar, los originarios de cada sitio. Y no los inmigrantes. Es una cuestión anti globalista y reaccionaria de defensa de lo local. Hay que estar preparado para esas discusiones porque van a venir en algún momento y ya se están dando en algunos lugares. 

Usted, como periodista, ¿qué piensa sobre el papel de los medios de comunicación en el surgimiento de estos fenómenos de la nueva derecha? ¿qué se puede hacer para contrarrestarlos?

Es un debate difícil. Hay que tratar de entender más lo que hay detrás de estas derechas. Muchas veces creo que el discurso progresista está desenfocado y los acusa de cosas que aparentemente no son. Y puede ser contraproducente. De hecho, el discurso antifascista lo está siendo, no termina de funcionar muchas veces. Y les da cierto aire de victimización. Hay que ver sus debilidades y posicionamientos. 

Por otro lado, desde el progresismo se cree a veces que ellos son los que les dan voz a la gente. Y las nuevas derechas crecen sin depender de los medios grandes, con sus propios mecanismos. De todos modos, los medios grandes tienen un papel. Zemmour en Francia es un producto clásicos de los medios, igual que Milei. 

Los medios sí tienen una responsabilidad. Es difícil decir que hay que quitarles el micrófono pero sí hay que pensar cómo fortalecer la cultura democrática, potenciar la conversación pública. Muchas veces, como se depende tanto de los clicks, se usan a estas figuras para obtener visitas. Hay que mirar bien eso. Los medios deberían tener un papel en evitar que ciertas posiciones reaccionarias se asienten. Pero no tengo como la gran respuesta a este tema. "      (Entrevista a Pablo Stefanoni, Miguel Muñoz, Público,  05/12/21)

18/10/21

Los rojipardos: ¿mito o realidad? Son extrema derecha, e incluso fascistas, con una retórica de izquierda... el parasitismo ideológico de la nueva ultraderecha

 "«Valores de derecha, ideas de izquierda»: con lemas como este, algunos intelectuales vienen actualizando, en estos años, la tradición «rojiparda», que recubre adscripciones de extrema derecha, e incluso fascistas, con una retórica de izquierda. Si bien se trata de grupos minoritarios, la actual confusión ideológica en las izquierdas, junto con la atracción del soberanismo, les da a estos discursos una circulación que no hay que exagerar, pero tampoco subestimar.

 Desde hace algún tiempo ha reaparecido en el debate público el término «rojipardo». Supuestamente se trataría de la convergencia de sectores de extrema derecha y extrema izquierda que se unirían o, como mínimo, se aliarían en contra del globalismo neoliberal. En medios izquierdistas, sobre todo en Italia o Francia, no faltan artículos que avisan de este peligro. «Cuidado», vienen a decir, «el fantasma rojipardo no ha desaparecido». Los liberales lo utilizan para remachar en lo de siempre: «los extremos se tocan» es su interpretación, «fascismo y comunismo fueron las dos facetas del totalitarismo en el siglo xx y sus epígonos posmodernos siguen en las andadas». Por lo general, los interesados niegan con insistencia esta adscripción –cuando tienen a sus espaldas una militancia de izquierdas– o juegan con esta excelente visibilidad que les brindan los medios –cuando vienen del neofascismo o la ultraderecha–, intentando enturbiar aún más si cabe unas aguas de por sí ya bastante turbias. Ahora bien, ¿el rojipardismo es un peligro? ¿Existe una amenaza rojiparda? ¿De qué estamos hablando en realidad? ¿La clase trabajadora vota a la ultraderecha?

Hay una serie de cuestiones de fondo. La primera se conecta directamente con una pregunta: ¿la nueva ultraderecha ha conquistado votantes de izquierda? O, mejor dicho, ¿las clases trabajadoras votan a los ultraderechistas? Se está debatiendo mucho al respecto. Las posiciones entre sociológos y politólogos están en algunos casos en las antípodas. La victoria de Donald Trump de 2016 se ha explicado sobre todo por el apoyo de la clase obrera del Medio Oeste abandonada por los demócratas. Este análisis suele solaparse con el concepto del angry white man que por razones tanto económicas como culturales habría votado mayoritariamente por el tycoon neoyorquino1. No cabe duda de que una parte de la clase trabajadora blanca votó por Trump; sin embargo, más que la clase social, han pesado cuestiones como la brecha educativa, el gerrymandering –es decir, la manipulación de las circunscripciones electorales en muchos estados controlados por los republicanos–, la utilización de dosis descomunales de fake news difundidas aún más a través de las nuevas tecnologías –incluida la perfilación de datos de forma ilegal– o el hecho de que la mayoría de los votantes republicanos apoyó a Trump aunque les podía desagradar como candidato2.

De forma similar, en Reino Unido, Francia, Italia y España se ha debatido mucho si la ultraderecha ha mordido en el electorado de izquierdas3. A menudo, la cuestión se ha mezclado con las posturas de las formaciones de izquierdas hacia el euro y la Unión Europea. «Hace falta una izquierda que reivindique la patria y la nación y que no sea euroyonki», han clamado algunos intelectuales y periodistas. No se puede subestimar esta cuestión, pero tampoco se la debe magnificar. En España, por ejemplo, Vox ha pescado casi solamente entre ex-votantes del Partido Popular (pp) o Ciudadanos, mientras que en Italia la Liga de Matteo Salvini ha conseguido atraer esencialmente a ex-votantes de la Forza Italia de Silvio Berlusconi o del Movimiento 5 Estrellas (M5E), además de a unos cuantos abstencionistas4.

El problema es que, por un lado, se suele olvidar que también en las décadas pasadas había sectores no desdeñables de la clase trabajadora que escogían las papeletas de los partidos de derecha. Había obreros que votaban al gaullismo, la Democracia Cristiana y luego Berlusconi o el pp de José María Aznar y o Mariano Rajoy. Por otro lado, no se puede razonar como si la geografía de un país fuese una foto inmutable en la que sigue habiendo ciudades o regiones obreras como hace 30 o 50 años. Esto se debe no solo al evidente proceso de desindustrialización, sino a que en muchos casos los hijos o los nietos de aquellos obreros han podido estudiar y obtener un título universitario. Ya no son clase trabajadora, o por lo menos no trabajan en la línea de producción de una fábrica como sus padres o abuelos: son y, sobre todo, se perciben como clase media, aunque sean trabajadores precarios y en la última década hayan vivido un proceso de empobrecimiento por la Gran Recesión y la aplicación de políticas de austeridad. Este no es un tema baladí.

¿Qué es y qué propone la extrema derecha 2.0?

La segunda cuestión de fondo se relaciona directamente con lo que es y lo que propone la nueva ultraderecha representada por Trump, Marine Le Pen, Salvini, Jair Bolsonaro, Viktor Orbán, Santiago Abascal, Geert Wilders, Heinz-Christian Strache y un largo etcétera. En la última década, el debate sobre cómo llamar este fenómeno ha sido interminable: ¿populismo de derecha radical, nacionalpopulismo, extrema derecha, posfascismo o fascismo a secas? No se trata tan solo de una cuestión terminológica y académica: de ella depende en buena medida también su interpretación. Es necesario considerar que: 

a) el populismo no es una ideología, sino un estilo, un lenguaje o una estrategia política; 

b) el fascismo fue un movimiento político y una ideología que concluyó con la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial; y 

c) las formaciones que representan los antes mencionados líderes son algo completamente distinto de lo que era no solo el fascismo de entreguerras, sino también el neofascismo de la época de la Guerra Fría.

Por todo esto, he propuesto la definición de extrema derecha 2.05. 

 Este concepto es útil por al menos cuatro razones: 

a) ejemplifica claramente la novedad de este fenómeno, poniendo de relieve la ruptura respecto al pasado, sin perder de vista las líneas de continuidad: esta nueva ultraderecha ha conseguido «desguetizarse», ha dejado las esvásticas y los saludos romanos y se ha puesto una americana y una corbata, haciéndose más presentable; 

b) evita el blanqueamiento de estas formaciones a través del velo de Maya del populismo; 

c) pone de manifiesto la utilidad de una macrocategoría que incluya todas estas experiencias; 

d) subraya la importancia de las nuevas tecnologías para su avance. 

 En cada país, esta extrema derecha 2.0 tiene características peculiares, pero existen unos mínimos comunes denominadores que comparten todas estas formaciones: un marcado nacionalismo, la voluntad de recuperar la «soberanía nacional» (que en Europa se solapa con el euroescepticismo), la negación del rol de los organismos multilaterales, el antiislamismo, la lucha contra la inmigración y la guerra abierta contra lo que definen como la «dictadura de la corrección política», representada por una serie de valores que parecían asumidos ya por las sociedades abiertas, como el respeto de las minorías y un conjunto de derechos civiles (igualdad de género, aborto legal, etc.).

Ahora bien, estas formaciones tienen también importantes divergencias: hay quien es ultraconservador en temas de derechos civiles, como las extremas derechas del sur y del este de Europa o de Brasil, países católicos u ortodoxos, y quien es un poco más abierto en estos temas, como las formaciones del norte de Europa que llegan a defender en algunos casos el matrimonio homosexual, como es el caso del Partido por la Libertad holandés. Hay también diferencias geopolíticas: Salvini y Le Pen admiran a Vladímir Putin, a quien consideran un modelo y un aliado, además de un posible financiador; para los españoles de Vox o los portugueses de Chega!, el atlantismo es un pilar indiscutible; mientras que en Polonia y los Países Bálticos, Rusia es el principal enemigo, sea quien fuere quien gobierna en Moscú. Finalmente, existen posiciones contrapuestas en los programas económicos: hay quien defiende políticas ultraliberales, como Vox, Chega! o Bolsonaro; quien brega por una suerte de Welfare chauvinism, como Le Pen; y quien se sitúa, a veces con evidentes contradicciones, en una posición intermedia, mezclando políticas neoliberales con otras más proteccionistas o sociales. El caso de Trump es paradigmático, así como el del Partido de la Libertad austríaco o el de la Liga de Salvini en Italia, que estando en el gobierno junto al M5E, defendió al mismo tiempo la aplicación del impuesto plano que beneficiaba a los ricos y una reforma de las pensiones para permitir la jubilación cinco años antes respecto a lo establecido durante el gobierno técnico de Mario Monti. Una de cal y otra de arena. Por esto, hay quien, como la investigadora Clara Ramas, ha hablado de dos corrientes dentro de la nueva ultraderecha: los social-identitarios y los neoliberales autoritarios6.

Por último, hay dos características por tener en cuenta de la extrema derecha 2.0. Por un lado, el tacticismo, a veces exacerbado, que la lleva a cambiar de posición en poco tiempo sobre temas cruciales sin entrar aparentemente en contradicción. Piénsese en el giro de la Liga del secesionismo padano en tiempos de su fundador, Umberto Bossi, al nacionalismo italiano con Salvini, o en el cambio de postura por parte de Le Pen y el mismo Salvini de la defensa de la salida del euro a una aceptación de la moneda única y la voluntad de reformar la ue. O, en el ámbito económico, el mismo giro vivido por el Frente Nacional, que ha pasado de políticas reaganianas en tiempos de Jean-Marie Le Pen al ya citado chovinismo de bienestar con su hija Marine, preocupada además por «desdiabolizar» su formación en pos de llegar al gobierno del país7.

Por otro lado, está el tema de la utilización constante de la propaganda que, entre tantos bulos, dificulta mucho la posibilidad de discernir lo real de lo falso. Un ejemplo: cuando era ministro del Interior, Salvini repitió tropecientas veces que había cerrado los puertos italianos para evitar la llegada de migrantes y refugiados. En realidad, aunque se criminalizó a las ong y se aprobaron leyes que complicaban sobremanera la entrada y regularización de extranjeros, los puertos jamás fueron cerrados. Esto no quita que tanto los medios como la mayoría de la población estuviesen convencidos de que Italia había cerrado a cal y canto sus puertos. Algo similar se puede decir del caso de Trump, quien recuerda incesantemente que su preocupación es la de mejorar el nivel de vida de la clase media y trabajadora estadounidense, pero aprobó una reforma fiscal que ha llevado por primera vez en la historia a que los ricos paguen menos impuestos que el resto de los ciudadanos8.

El parasitismo ideológico de la extrema derecha 2.0

Todo esto no excluye que haya un sector de la nueva ultraderecha que se apropia de un discurso de izquierdas para intentar ocupar el vacío dejado por los partidos progresistas en las últimas tres décadas. Salvini, Le Pen y también Trump hablan a los llamados «perdedores de la globalización» y a los «olvidados de la izquierda». El caso del líder de la Liga es emblemático: además de ser hiperactivo en la propaganda en línea –es el político europeo con más seguidores en Facebook–, a menudo con posteos sobre su día a día con el objetivo de mostrarse como «alguien del pueblo», Salvini pisa constantemente las periferias y los pueblos en mítines y fiestas populares, donde se deja ver comiendo salchichas y papas fritas. Asimismo, utiliza un lenguaje popular y sencillo contrapuesto a los intelectuales y a la jerga de la política.

 Es indudable que de fondo se encuentra una triple cuestión: la crisis de los partidos tradicionales, la de la izquierda y la de las ideologías. Por un lado, la forma partido que habíamos conocido en el siglo xx en el mundo occidental se ha convertido en una especie de antigualla. Hoy en día los partidos son más bien marcas: no están arraigados en el territorio, no tienen secciones, militantes o grandes debates internos. Piénsese en el m5e, Ciudadanos o La República en Marcha de Emmanuel Macron. Los partidos no son ya correas de transmisión de las demandas de los ciudadanos hacia las instituciones: nuestras sociedades se han deshilachado aún más. Se ha acelerado consecuentemente ese sentimiento de desarraigo definido como síndrome del forgotten man, en referencia a quienes «se sienten olvidados»: por su situación material y la percepción de haber caído fuera del relato colectivo, buscan frenéticamente a alguien «que pueda representar su inseguridad». No extraña pues que la desconfianza hacia las instituciones –excepto la Policía y el Ejército– haya aumentado exponencialmente en la mayoría de los países en los últimos años9.

Por otro lado, la izquierda ha sufrido una mezcla de desfiguración paulatina, con el giro centrista de la socialdemocracia a partir de la década de 1990 –que con el blairismo asumió una parte del modelo neoliberal–, y de crisis existencial, con la incapacidad de la izquierda radical, al menos en Europa, de encontrar un nuevo lugar tras el fin del socialismo real. Finalmente, existe una profunda confusión ideológica que, si bien poco tiene que ver con el «fin de la Historia» planteado al final de la Guerra Fría por Francis Fukuyama, permite la difusión de planteamientos que aparentemente mezclan ideologías contrapuestas o se proponen superar la dicotomía izquierda-derecha. Lo que explica también, en fin, por qué nos encontramos en una época populista.

Aquí cabe introducir un elemento clave que nos lleva al meollo del tema del rojipardismo: el parasitismo ideológico de la nueva ultraderecha10. En realidad, no se trata de algo nuevo. En primer lugar, no olvidemos que los fascismos de entreguerras prestaron mucha atención a la cuestión social y a buscar el consenso entre las clases trabajadoras. No cabe duda de que esto se hizo también con la violencia y la represión, pero el encuadramiento de la sociedad en grandes organizaciones de masas fue un elemento crucial. El fascismo italiano gastó muchas energías –sobre todo en el terreno propagandístico– en el proyecto corporativo. La retórica «proletaria» no fue secundaria para un político como Benito Mussolini, que provenía del socialismo revolucionario. Y tampoco lo fue para el llamado «fascismo de izquierda» italiano, los sectores cercanos a Gregor Strasser en el caso del nazismo o el Partido Popular Francés. Como bien explicó el historiador George L. Mosse, el fascismo fue un «organismo saprófago» que intentó apropiarse de todo lo que había fascinado a la gente entre los siglos xix y xx: romanticismo, liberalismo, socialismo, darwinismo, tecnología moderna… ¿No está pasando algo similar con la extrema derecha 2.0?

 No debe olvidarse, además, la capacidad que tuvieron los fascismos de cooptar a ex-dirigentes de partidos de izquierdas, como demuestran, entre otros, los casos de los ex-comunistas Nicola Bombacci, Jacques Doriot, Paul Marion y Óscar Pérez Solís. Mayoritariamente no se trató de oportunismo, sino de una sincera conversión ideológica: según Bombacci, el fascismo mussoliniano era la verdadera realización del socialismo11. En el fondo, aquí encontramos una vexata quaestio, que es la compleja relación entre las categorías de clase y nación que ha marcado la historia política contemporánea. ¿Reivindicar la nación es de derechas? ¿El internacionalismo impide ser patriotas? ¿Clase y nación son identidades antinómicas o emparejables? Es una cuestión que se vuelve a presentar en la actualidad.

En segundo lugar, tenemos la reflexión desarrollada por el filósofo francés Alain de Benoist a partir de finales de la década de 1960. Al calor de las luchas del largo 1968, el fundador del Grupo de Investigación y Estudios para la Civilización Europea (grece, por sus siglas en francés) abogaba por que el neofascismo se centrase en la batalla cultural, creando una alternativa a la cultura positivista y progresista liberal y marxista. Se debía aprender de la izquierda para convertirse en hegemónicos, introduciendo en los discursos del adversario temáticas de derechas o apropiándose de sugestiones de izquierdas para reelaborarlas. Así, la Nouvelle Droite [Nueva Derecha], influenciada por el tradicionalismo anti-Ilustración y el neopaganismo de Julius Evola, abogó por abandonar el racismo biológico –inutilizable tras Auschwitz– y por construir una antropología antiigualitarista basada en conceptos como el diferencialismo identitario y el etnopluralismo, que podían además encontrar puntos de contacto con el antimundialismo compartido por parte de la izquierda. Hay que recordar que el cofundador del grece junto a De Benoist, Guillaume Faye, fue autor en 1981 del libro-manifiesto del antimundialismo, Le système à tuer les peuples [El sistema para matar a los pueblos]12. De Benoist había leído a Antonio Gramsci: de la guerra de posiciones planteada por el intelectual sardo surge en buena medida la propuesta metapolítica del francés que permitió una paulatina renovación de la ultraderecha. El llamado gramscismo de derechas de De Benoist es pues un Gramsci demarxistizado13.

La Nueva Derecha tuvo influencia más allá del Hexágono: piénsese en la Neue Rechte de Heinning Eichberg en Alemania y la Nuova Destra italiana o la estrategia entrista de militantes neofascistas y neonazis en la primera Liga Norte de Bossi, como Mario Borghezio, Gianluca Savoini o Gilberto Oneto, que la dotó de la simbología identitaria padana. Marco Tarchi, el intelectual de referencia de la nueva derecha italiana, abogaba ya a finales de los años 70 por «nuevas síntesis» que rompiesen la contraposición entre derecha e izquierda14. El fin del mundo bipolar y la descomposición de la Unión Soviética dieron alas a esta interpretación que se saldó con la propuesta eurasianista de Alexander Dugin15.

 

Nacionalbolcheviques y rojipardos en la historia

Ahora bien, si damos un vistazo al último siglo, encontramos diferentes experiencias de rojipardismo en momentos de tensiones o rupturas geopolíticas. Las primeras muestras de nacionalbolchevismo se dieron de hecho en Alemania en 1919, alrededor de la firma del Tratado de Versalles, tras la derrota en la Gran Guerra. Según Erich Müller, quien en 1932 dedicó un libro a este fenómeno, en los años de la República de Weimar hubo tres tipologías de nacionalbolchevismo: el táctico, representado por las corrientes rusófilas de la política prusiana y alemana; el político, encarnado por algunos grupúsculos cercanos a figuras como la de Ernst Niekisch; y uno coincidente con el filón nacional del Partido Comunista Alemán (kpd, por sus siglas en alemán). De hecho, el término nacionalbolchevismo –o bolchevismo nacional– se empezó a utilizar entre 1919 y 1920 cuando el dirigente de la Internacional Comunista, Karl Radek, y el mismo Lenin criticaron duramente la posición expresada por dos cuadros del kpd de Hamburgo, Heinrich Laufenberg y Friedrich Wolffheim, quienes con el objetivo de reabrir el conflicto y derrotar al capitalismo internacional defendían la transformación de la lucha de clases en guerra entre naciones. Si excluimos la rusofilia de sectores políticos e intelectuales germanos y la corriente nacional del kpd, el nacionalbolchevismo tout court se presentó como un magma heterogéneo de grupúsculos, siempre divididos entre sí, que no llegaron a sumar 5.000 militantes en el ocaso de la República de Weimar16.

Un segundo momento es el del largo 1968, cuando sectores neofascistas intentaron adaptarse a los nuevos tiempos en sintonía en buena medida con la reflexión hecha por De Benoist. Ahí encontramos al grupo de Lotta di Popolo en Italia –que sumó algunos centenares de militantes entre 1969 y 1973–, que se presentó como la continuación de la experiencia de la Joven Europa, el movimiento creado por el ex-socialista y ex-ss Jean-François Thiriart. Los nazi-maoístas –así se les tachó– clamaban por la unidad del pueblo y una Europa unida, defendían las luchas de liberación nacional en África y Asia, y se definían como una organización revolucionaria antisistema «ni de derechas ni de izquierdas». En realidad, como apunta Nicolas Lebourg, más que nazi-maoístas eran un movimiento tradicionalista revolucionario que recuperaba la idea de socialismo «europeo» y «viril» de los colaboracionistas franceses Marcel Déat y Pierre Drieu La Rochelle17. Según Alfredo Villano, Lotta di Popolo tenía los rasgos antiburgueses y anticapitalistas del fascismo de izquierda injertados en las ideas de Thiriart y las experiencias de autogestión del movimiento estudiantil18. Experimentos similares se dieron también en Francia y Alemania. La Causa del Pueblo/Organización Revolucionaria Nacional (nrao-sdv, por sus siglas en alemán) –unos 400 militantes a mediados de la década de 1970– defendía una revolución nacional, ecológica y socialista e intentó –sin conseguirlo– entrar en Los Verdes. En los años posteriores se dieron otros casos que siguieron el mismo patrón, como el grupo de Tercera Posición en Italia –cuyo eslogan era «Ni Frente Rojo ni reacción»–, fundado por Roberto Fiore y Gabriele Adinolfi, quienes unas décadas más tarde se convertirán en los líderes de las dos principales organizaciones del neofascismo transalpino, Forza Nuova y CasaPound Italia.

Finalmente, el tercer momento es el del final de la Guerra Fría, cuando se juntaron las nuevas formulaciones hijas de los años 70 –el grupo de la revista Orion de Claudio Mutti y Maurizio Murelli, Nouvelle Résistance de Christian Bouchet, el Movimiento Social Republicano de Juan Antonio Llopart, etc.– con el euriasianismo de Dugin. El mundo postsoviético se convirtió en el verdadero laboratorio que los nacionalistas revolucionarios occidentales miraban con interés: en 1993 se fundó en Rusia el Partido Nacional-Bolchevique (pnb), liderado por Eduard Limónov acompañado hasta 1998 por el mismo Dugin. El pnb adobaba de fraseología aparentemente marxista-leninista su propuesta, que se fundaba en tres ideas: un Estado fuerte y militar, la mitización del pueblo ruso y el resentimiento contra Occidente y los judíos. Todo bajo la interpretación geopolítica e histórica del eurasianismo que, más que una tercera vía entre capitalismo y comunismo es, en la acertada definición de Marlene Laurelle, la versión rusa de la extrema derecha europea. Y es justamente durante esta coyuntura cuando se acuña el concepto de rojipardismo: por un lado, en 1992 Boris Yeltsin tacha de rojipardo al Frente de Salvación Nacional impulsado por el comunista Guennadi Ziugánov, al cual se sumó también el pnb de Limónov19. Por otro lado, en julio de 1993, se publica en Francia un llamamiento de diferentes intelectuales de izquierda en contra de la tentación nacional-comunista y el peligro de una deriva rojiparda. Se hacía referencia especialmente al escándalo que se montó por la invitación que el Instituto de Estudios Marxistas, vinculado al Partido Comunista Francés (pcf), había hecho a De Benoist para participar en algunas conferencias20.

La galaxia rojiparda en la actualidad

Como se puede ver, el rojipardismo reaparece de vez en cuando como un río cárstico, sobre todo en momentos de tensiones geopolíticas y «confusión» ideológica. No es casualidad, pues, que en los últimos años hayamos tenido nuevas muestras de ello. Al fracaso del proyecto de Nuevo Orden Mundial estadounidense, el creciente protagonismo de China, las tensiones en la ue por la salida del Reino Unido, la ola populista global y ahora la crisis por la pandemia de covid-19, se suman además los cambios en el mundo del trabajo por la cuarta Revolución Industrial y una profunda crisis cultural en Occidente.

En buena medida, y sin entrar en un mapeo de todas las experiencias que podríamos etiquetar de rojipardas, se trata de grupúsculos de extrema derecha o claramente neofascistas que asumen un discurso y lemas de izquierda. En la estela de De Benoist, consideran la derecha y la izquierda como dos ideologías superadas: ahora el enemigo es el «mundialismo» representado por figuras como Georges Soros y Bill Gates. Dicen defender la soberanía nacional y al pueblo, proponen políticas proteccionistas y de gasto social en el ámbito económico, son profundamente antiestadounidenses y antiimperialistas, consideran la ue y el euro como una jaula y reivindican a figuras heterodoxas que no encajan en el clásico panteón neofascista (el Che Guevara, Hugo Chávez, Evo Morales…). Suelen ser muy conservadores en temas de derechos civiles: defienden la familia tradicional, un tema que se conecta directamente con el comunitarismo de Thiriart, y se oponen a la inmigración declinando «marxísticamente» teorías xenófobas al definir a los migrantes como un «ejército industrial de reserva». Así, critican duramente la que definen, en la expresión del filósofo rojipardo italiano Diego Fusaro, la «izquierda fucsia» o «arcoiris», que sería globalista y favorable a la acogida de los migrantes. Son muy provocadores y claman contra la dictadura de la corrección política que impediría, según ellos, la libertad de expresión. Podríamos decir, pues, que el rojipardismo de la década de 2010 es en buena medida la versión 3.0 del que se había dado entre los años 70 y 80. No es casualidad que en un número no desdeñable de casos estén las mismas personas provenientes de círculos neofascistas de esos años.

Ahora bien, si no cabe duda de que los rojipardos siguen siendo ultraminoritarios como en las décadas pasadas, también es cierto que directa o indirectamente sus ideas tienen una difusión nada desdeñable en medios y redes. Además, parte de la extrema derecha 2.0 –que se ha convertido respecto al pasado en hegemónica en distintos países– compra su discurso, y algún que otro dirigente de izquierda muestra interés por su propuesta (o, al menos, parte de ella). Por esto creo que la imagen más correcta para entender el rojipardismo en la actualidad es la de una galaxia: alrededor de un sol extremadamente pequeño, formado por los grupúsculos, periódicos, editoriales y páginas web rojipardas –es decir, neofascistas con una fraseología izquierdista–, gira una serie de planetas y satélites que rodean a su vez a esos planetas. Pero sobre todo, vemos las irradiaciones de esa estrella en lugares más o menos lejanos.

Así, en el corazón de esta galaxia en España encontramos la última creación de Llopart, la revista La Emboscadura o el periódico digital El Manifiesto, mientras en Italia, que es sin duda alguna un verdadero laboratorio político en este sentido, tenemos pequeños periódicos online como L’Intellettuale Dissidente, L’Antidiplomatico y La Via Culturale, o movimientos como Vox Italiae –cuyo lema es «valores de derecha, ideas de izquierda»–, fundado por Fusaro, quien aunque se define como filósofo marxista colabora con Il Primato Nazionale, la revista de los autodenominados «fascistas del tercer milenio» de CasaPound Italia, se codea con Dugin, defiende el comunitarismo y considera a De Benoist su referente21.

Luego, entre los planetas más o menos lejanos, encontramos a sectores de izquierdas que abogan, por táctica o convicción, por una posición más rígida en el tema de la inmigración, valores más conservadores y la defensa de la soberanía nacional. En estos temas pueden tener puntos de contacto con la nueva ultraderecha. No extraña pues que hacia 2017 se hablara de un posible eje entre Le Pen y Jean-Luc Mélenchon contra el liberal Macron, o que en el país galo se lancen proyectos como Front Populaire, la revista del filósofo izquierdista Michel Onfray, que se propone unir a los soberanistas de ambas orillas22. En 2019, en Reino Unido, el politólogo Maurice Glasman creó Blue Labour (Laborismo Azul), un grupo de presión dentro del Partido Laborista cuyo lema era «trabajo, familia, comunidad» y que se planteó dialogar con los neofascistas de la Liga de Defensa Inglesa de Tommy Robinson23. En Alemania, en 2018, Sahra Wagenacht fundó Aufstehen (Levántate) con posiciones muy críticas hacia las políticas de fronteras abiertas. En Italia tenemos el pequeño grupo Nuova Direzione, con el periodista Carlo Formenti –con un pasado en Autonomia Operaia–, y Patria e Costituzione, la asociación política fundada por el ex-dirigente del Partido Democrático Stefano Fassina. En España, finalmente, hemos visto en el último bienio a figuras sui géneris de Podemos –como Jorge Vestrynge, con un pasado en la posfranquista Alianza Popular, o Manolo Monereo, proveniente del Partido Comunista de España (pce) y estrecho colaborador de Julio Anguita– defender posiciones similares. Monereo, por ejemplo, apadrinó en la península ibérica a Fusaro, alabó las medidas sociales del gobierno italiano de Salvini-Di Maio y se dejó entrevistar por La Emboscadura defendiendo una izquierda claramente soberanista.

¿Una opción con futuro?

Como se puede ver, es realmente complicado trazar un mapeo de todas las experiencias que podrían acabar de una forma u otra bajo la etiqueta de rojipardismo. Quizás tampoco tiene demasiado sentido hacerlo: el riesgo es el de ver nacionalbolcheviques por todos lados y crear un fantasma que se pasea por nuestras ciudades. También en estos tiempos gaseosos, el rojipardismo tout court sigue siendo formado por sectores ultraminoritarios del nacionalismo revolucionario que utilizan una fraseología izquierdista para camuflarse. Como apunta David Bernardini, desde su nacimiento en la República de Weimar el rojipardismo es «una corriente en la derecha radical que busca de distintas maneras combinar los dos polos movilizadores del siglo xx, la clase y la nación, el socialismo y el nacionalismo, para definir un proyecto soberanista, autoritario e identitario, a menudo proyectado en una dimensión euroasiática»24.

Ahora bien, tampoco debemos subestimar la influencia que esta corriente tiene en la opinión pública y sobre todo en algunos sectores de izquierdas, aunque sean aún minoritarios al día de hoy. Sin duda, hay gradaciones y matices entre quienes desde el mundo progresista acaban consciente o inconscientemente influenciados por estas ideas. Pero no cabe duda de que respecto al pasado las izquierdas parecen más permeables a estos discursos. La razón se encuentra en la desorientación general y en la profunda crisis de identidad que están viviendo los proyectos progresistas. Es a partir de ahí, pues, de donde se debe empezar: de la reformulación por parte de las izquierdas de un proyecto esperanzador e incluyente y de volver a dar la batalla cultural. Y, por otro lado, llamando las cosas por su nombre: los ultraderechistas que defienden políticas sociales (solo para nativos) son ultraderechistas, no son ni populistas ni una «nueva izquierda», como les gusta repetir a algunos de ellos. De esta forma, el peligro rojipardo, aunque no desaparecerá, seguirá siendo un fenómeno minoritario."                   (Steven Forti ,  NUSO Nº 288 / Julio - Agosto 2020)

18/3/21

“No estamos entendiendo que la batalla cultural la está ganando la extrema derecha»

 "Ayuso no diría la barbaridad sobre el fascismo y el lado bueno de la historia si no fuese porque la extrema derecha está ganando este relato. Y no lo estamos entendiendo”, explica el periodista especializado en ultraderecha y colaborador de lamarea.com Miquel Ramos. 

Esta batalla cultural que trata de ganar –o que ya “está ganando”–  la derecha radical es uno de los factores analizados en el estudio De los Neocon a los Neonazis: la extrema derecha en el Estado español llevado a cabo por la Fundación Rosa Luxemburgo y coordinado por Ramos.

En el extenso informe, los diferentes autores y autoras que han participado en su elaboración destripan la ofensiva reaccionaria que se viene fraguando en España desde hace décadas: “El Estado español no es un territorio ajeno y para la oficina en Madrid de la Fundación era importante empezar por hacer un mapeo que identificara los tentáculos de la ultraderecha española”, explican desde la organización.

Para Ramos, históricamente se ha prestado poca atención a la extrema derecha en España antes de la irrupción de Vox en el panorama político: “Hoy en día parece que se ha puesto de moda pero el análisis se centra demasiado en Vox y no miran a lo que hay a su alrededor”, defiende. Así, el trabajo realiza “una descripción minuciosa de todo el cosmos” de la derecha radical en España.

 Para entender el momento actual, viran el foco hacia al pasado, hacia la revuelta neoconservadora iniciada después de que el Partido Popular perdiese las elecciones del año 2004. Fue a partir de ese momento cuando la maquinaria compuesta por medios de comunicación, think tanks y lobbies ultraconservadores comienza esta batalla cultural contra el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, sirviendo las teorías conspiranoicas de 11-M como elemento vehiculador. Una situación y unas estrategias con muchas similitudes a las utilizadas tras el inicio de la pandemia de la COVID-19.

A pesar de la apertura del objetivo, no dejan de lado a la formación de Santiago Abascal, a la que dedican diferentes capítulos, “porque es Vox quien siembra una normalización de fascismo de la que se aprovecha el resto de la extrema derecha española”, ha subrayado Miquel Ramos durante la presentación de informe. Es por ello que analizan su ideología, su estrategia de comunicación, su relación con las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, su vinculación con organizaciones neonazis, sus relaciones internacionales…

A partir de ahí, tanto Ramos como la abogada Nora Rodríguez, coautura del informe, destripan también a la ultraderecha extraparlamentaria y a aquellos grupos y organizaciones sociales que sin presentarse a las elecciones creen que “es importante conocer”. Una extensa radiografía en la que se incluye la presencia de esta ideología en determinados ambientes como el deporte –“principalmente el fútbol”– o en la “subucultura musical del odio”.

¿Una internacional reaccionaria?

Autores como Robert Paxton sostienen la dificultad de la creación de una “internacional fascista”, ya que el fascismo “no es para la exportación: cada movimiento guarda celosamente su propia receta para el resurgir nacional y los dirigentes fascistas parecen sentir poco parentesco, o ninguno, con sus primos extranjeros”, explica en Anatomía del fascismo.

 Para la Fundación Rosa Luxemburgo, vinculada al partido alemán Die Linke, sí que existe un elemento que vertebra a la extrema derecha universal: las guerras de género. “Es el pilar básico. Aunque haya varias extremas derechas, algunas con una vertiente más ultracatólica y ultraconservadora y otras que utilizan los derechos de las mujeres blancas para esconder una agenda islamófoba, lo que las une a todas es la lucha contra las cuestiones de género”, explican.

Por ello, también dedican algunos capítulos a la batalla de la ultraderecha contra el feminismo y a determinadas conexiones internacionales de la derecha radical española, principalmente con países del Este de Europa como Rusia y Ucrania.

La abogada Nora Rodríguez hace hincapié en la parte judicial de la lucha contra este tipo de ideología, centrándose en el terrorismo de extrema derecha y en los delitos de odio: “No es que haya habido muchas operaciones policiales en este Estado contra la ultraderecha, pero sí es interesante ver que nunca se les ha juzgado por terrorismo. Cuando son condenados es por tenencia de armas, organización criminal, etc, pero con penas muy bajas. A nivel policial a veces sí que se hace un buen trabajo pero a nivel judicial queda en nada”, asegura."                      (Dani Rodriguez, La Marea, 16/03/21)

8/1/21

Hay una diferencia importante entre la izquierda y derecha radical en Occidente. Mientras la izquierda radical se modera cuando crece y cuando alcanza las instituciones,la derecha radical se envalentona y radicaliza conforme crece

Pedro Fresco @PedroFresco

 Hay una diferencia importante entre la izquierda y derecha radical en Occidente. Mientras la izquierda radical se modera cuando crece y cuando alcanza las instituciones,la derecha radical se envalentona y radicaliza conforme crece. Esto tiene explicaciones políticas (HILO)

2/Las ideas de izquierda radical tienen una base socioeconómica clara, en favor de los desfavorecidos. Cuando quieren crecer, forzosamente necesitan atraer a personas q disfrutan de cierto bienestar relativo, tienen cierto capital o patrimonio, etc. Para hacerlo, deben moderar la

3/parte más radical d su programa económico inicial, dejando lo aceptable para mayorías. En el terreno cultural, como la izquierda radical defiende a las minorías,sus cambios tienden a generar posturas más aceptables a las mayorías. Pero la derecha radical es totalmente distinta.

4/La derecha radical no se nuclea en cuestiones socioeconómicas, su base son los sentimientos primarios, el miedo social, el odio y el desprecio por los cambios sociales. Ellos agitan la semilla del odio y el miedo q todos llevamos dentro potencialmente, y la riegan con mentiras

5/agitando fantasmas, fabricando amenazas, etc. Su estrategia consiste en "empujar" a la sociedad hacia esa mentalidad q quieren implantar, anulando el juicio y la razón en base a miedos y sentimientos primarios. Por eso no se moderan cuando crecen, al revés, se radicalizan más..

6/conforme su mensaje está más presente, crean nuevos enemigos a los q atacar, nuevas categorías a las q odiar. En vez de moderarse para crecer, se "sueltan" más, y dan rienda suelta a su odio de manera más evidente, pq el crecimiento lo interpretan como una validación social de

7/ese odio. Por eso, en nuestro contexto social, político y económico, la derecha radical es muchísimo más peligrosa q la izquierda radical, y cualquier equidistancia es una irresponsabilidad que no debe ser tolerada ni aceptada. 

10:00 a. m. · 7 ene. 2021
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Alfred@AlfredLiberal
En respuesta a @PedroFresco

 No es tan sencillo en el caso de EEUU, Pedro. Aquí la percepción es que la "izquierda" es una "elite" urbanita adinerada (y en muchos casos así es). No quita eso de lo que has comentado, pero sí contextualiza las cosas.

2:37 p. m. · 7 ene. 2021·Twitter Web App

Pedro Fresco @PedroFresco
En respuesta a @AlfredLiberal

 Esa percepción también la quiere crear la extrema derecha en Europa ¿no pretende Le Pen erigirse contra la élite francesa? O lo q hacen aquí con Podemos, hablando del "marques de Galapagar" y cosas así. También lo hacían los fascistas de los años 30, por cierto.

Marga Mediavilla @MediavillaMarga
En respuesta a @PedroFresco 

Pero es que se llama izquierda radical a cualquier cosa: a partidos que defienden un keynesianismo más bien tímido. El equivalente de Vox por la izquierda sería el anarquismo, por ejemplo, y ni está en el Congreso ni en el Gobierno.

Pedro Fresco @PedroFresco

 Como he comentado antes, para evitar subjetividades me he basado en el espectro político vigente. El anarquismo y el comunismo no existen ya.

1/12/20

¿Por qué es tan importante llamarlo fascismo? Porque si nosotros, como norteamericanos, reconocemos abiertamente esa terrible verdad, podremos encontrar un modo de impedir que este régimen fascista consolide su poder, antes de que sea demasiado tarde

 "No me enteré de que mi madre y Anne Frank habían sido amigas en la infancia hasta que, estando en séptimo curso, lleve el Diario de Anne Frank a casa. Aquél día mi madre me enseñó una fotografía en la que estaba con su prima y Anne y Margot Frank.

Fue una mirada excepcional al pasado de mi madre. Ella nunca hablaba de su infancia en Alemania y en la Holanda ocupada, de la guerra, de vivir escondidos o del Holocausto. Se negaba a hablar alemán incluso con nosotros, sus dos hijos.

Posteriormente averigüé que en 1960 mi madre fue la primera persona de su generación en demandar al gobierno alemán y exigirle reparaciones. El abogado de mi madre fue Robert Kempner, que sobrevivió a un campo de concentración nazi y llegó a ser ayudante del abogado en jefe estadounidense en el tribunal militar internacional de Núremberg. El juicio se prolongó durante catorce años antes de ser desestimado por falta de fondo legal. Solo después de su muerte vi las transcripciones que describían sus cicatrices físicas y psicológicas y empecé a entender por qué nunca salía de casa, ni siquiera cuando me galardonaron en el instituto.

Algunas personas sostienen que los alemanes no sabían o no entendían lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Puede que sea verdad, aunque las señales estaban ahí desde el principio.  Básicamente, existía un rechazo a ver lo que estaba pasando delante de sus narices y una falta de liderazgo moral en los momentos clave, cuando aún se hubiera podido detener al régimen. Las diferentes facciones políticas –comunistas, socialistas, Jewish Bund, movimiento sindical– no lograron unirse para detener el programa “Make Germany Whole Again” (“Logremos una Alemania Completa de Nuevo”) a pesar de que todos ellos, hasta cierto punto, reconocían el peligro. No se dieron cuenta de que llegaría un momento en que la puerta se cerraría de golpe y no habría más oportunidades para oponerse.

Hoy presenciamos la misma espiral de acontecimientos con el programa de odio e intolerancia de Donald Trump “Make America Graet Again” (Hagamos a América Grande de Nuevo”) que destruye las normas y el principio de legalidad al permitir que una niñas como Darlyn Cristabel Cordova-Valle mueran en campos de concentración en la frontera o que una autoproclamada milicia de nacionalistas blancos asesine a manifestantes en las calles de Kenosha, Wisconsin. Todo se ha precipitado en los últimos meses: Trump se niega a reconocer la pandemia  en la que han muerto más de 180.000 estadounidenses; tropas federales paramilitares sin identificación persiguen a manifestantes en vehículos civiles y fuerzas similares surgen ahora en otras ciudades; claras maniobras para socavar o cancelar el núcleo de la democracia: las elecciones.

Algunos comentaristas andan ahora debatiendo si Trump es fascista, si lo que estamos presenciando es fascismo, si ya es hora de utilizar la maldita palabra. Los expertos en política sostienen que Trump se está comportando como un fascista, usando tácticas fascistas, actuando como un dictador o representando un show para su base electoral, pero siguen negándose a afirmar abiertamente que Trump es un fascista o a llamar fascista al régimen que preside. Algunos defienden que no es fascismo porque todavía tenemos un Estado bipartidista; porque la Gestapo no está llamando a las puertas de todo el mundo; porque aún existe cierta apariencia de libertad; porque Trump no ha comenzado una nueva guerra a pesar de sus belicosas amenazas.

Si ese es el criterio para catalogar a un régimen de fascista, tampoco los nazis eran fascistas cuando llegaron al poder. Sin embargo lo eran. No se juzga si un régimen es fascista por sus contratiempos o por lo que todavía no ha hecho. Basta con ver lo que Trump ha hecho. Basta con ver lo que ha dicho y lo que promete hacer. Basta observar los propósitos de su régimen y la dirección por la que nos está llevando.

Poco antes de morir, la Fundación Shoah de Steven Spielberg hizo una entrevista a mi madre. En ella describía cómo fue sucediendo todo: un cambio en la ley o un edicto aquí y allá… y de repente ya no podía comprar en su panadería favorita. Luego presenció cómo dispararon al director de su escuela por negarse a izar la bandera nazi. Y al final llegó el día en que no pudo ver más a su amiga Anne Frank.

Pienso en que mi madre y Anne Frank podrían haber celebrado los éxitos de sus nietos en una comida familiar si el pueblo alemán hubiera expulsado a los nazis cuando todavía estaban a tiempo de hacerlo.

¿Por qué es tan importante llamarlo fascismo? Porque si nosotros, como pueblo, reconocemos abiertamente esa terrible verdad, podremos encontrar un modo de impedir que este régimen fascista consolide su poder, antes de que sea demasiado tarde. Si el pueblo alemán hubiera sabido lo que nosotros sabemos y hubiera tenido la oportunidad de echar a Hitler y al partido nazi con protestas continuas no violentas, ¿no la habrían aprovechado? ¿No se habrían negado a aceptar lo que ya estaba pasando?

Esa es la pregunta a la que nos enfrentamos ahora. Si no llegamos aceptamos la cruda realidad no hay debate posible y estaremos contribuyendo a un engaño masivo. ¿Cuántos Anne Frank, Darlyn Cristabel, o Joseph Rosenbaum vamos a consentir? ¿Cuántas vidas vamos a sacrificar si no rompemos ya el engaño?

(Scott Gilbert es un médico que trabaja en el área de Boston y es portavoz regional de la organización RefuseFascism.org. en Rebelión, 24/09/20; fuente: Counterpunch)

6/7/20

«La extrema derecha violenta y el yihadismo comparten una misma cosmovisión»... comparten lecturas reaccionarias de las religiones en las que se sustentan, se alimentan del descontento popular, de la incertidumbre dominante en nuestro tiempo, de la precariedad, de una melancolía por un supuesto pasado heroico al que habría que volver… y sobre todo, son dos fenómenos que se retroalimentan

"Moussa Bourekba, investigador experto en procesos de radicalización, extremismo violento en Europa y en el Norte de África, así como en Islam en los países occidentales, analiza en esta entrevista la relación simbiótica entre la extrema derecha y el yihadismo.

Hace apenas cuatro meses, antes de que la pandemia y sus consecuencias lo ocupasen y englobasen todo, ya vivíamos uno de los momentos históricos más convulsos y violentos: decenas de países aplacaban sin contemplaciones revueltas de su ciudadanía descontenta, los efectos de la crisis climática se hacían acuciantes, el auge de la extrema derecha se materializaba en cada vez gobiernos y parlamentos más autoritarios y el terrorismo yihadista seguía expandiéndose. 

Paradójicamente, la extrema derecha y el yihadismo se presentan y, a menudo así son descritos en los medios de comunicación, como fenómenos contrarios. Los partidos y líderes neofascistas se promocionan como antítesis y antídoto del fundamentalismo islamista, cuando son las manifestaciones más evidentes de la ola involucionista que vive el mundo.  

 Ambas propuestas comparten  lecturas reaccionarias de las religiones en las que se sustentan, se alimentan del descontento popular, de la incertidumbre dominante en nuestro tiempo, de la precariedad, de una melancolía por un supuesto pasado heroico al que habría que volver…  Y, sobre todo, son dos fenómenos que se retroalimentan: cuanto más crece uno, más lo hace el otro, aumentando la polarización de nuestras sociedades.

Sobre esta íntima relación entre la extrema derecha y el yihadismo conversamos con Moussa Bourekba, investigador francés del think tank CIDOB (Centro de Asuntos Internacionales de Barcelona) y profesor asociado de la Universidad Ramon Llull, de la misma ciudad. Experto en los procesos de radicalización, en el extremismo violento en Europa y en el Norte de África, así como en Islam en los países occidentales, es una de las voces más autorizadas para desentrañar este interesado binomio. 

¿Por qué la opinión pública generalista sigue percibiendo la extrema derecha y el yihadismo como fenómenos contrarios cuando son fenómenos simbióticos que responden a la misma lógica involucionista? 

Porque la lectura que se hace es como si de una guerra se tratase. La extrema derecha violenta sostiene, según una lectura huntingtoniana del mundo [la que dio lugar a la teoría del Choque de Civilizaciones], que Occidente está en guerra contra el Islam. Los yihadistas responden que, efectivamente, Occidente ha declarado la guerra a esta religión y que toca defenderse. Y ambos coinciden en presentar ambos bloques como homogéneos. 

En 2015 tienen lugar los atentados de Charlie Hebdo, el 7 de enero, y de París, el 13 de noviembre. Para entonces, la sociedad francesa ya estaba muy polarizada y una parte de la extrema derecha no violenta, que se identifica con Marine Le Pen, explicó estos atentados como la prueba definitiva de la naturaleza violenta del Islam y de su proyecto de conquista e islamización de Occidente. Por su parte, el yihadismo defiende la idea de que Occidente declaró la guerra a los musulmanes a través de la injerencia en Libia, Irak, Palestina, Afganistán y, como la extrema derecha, sostiene que musulmanes y occidentales no pueden convivir.

La extrema derecha violenta considera que el pueblo blanco constituye una entidad homogénea en vía de extinción, por lo que toca salvaguardarla. Y los yihadistas que un musulmán no puede vivir en una tierra donde no rige la ley islámica. Al final, la extrema derecha violenta y el yihadismo comparten una misma cosmovisión en la que oponen dos bloques monolíticos. 

Ha hablado de la extrema derecha no violenta, pero la violenta ya comete más atentados en el mundo que el yihadismo, aunque su número de víctimas sigue siendo menor. ¿Qué métodos comparten estos dos movimientos terroristas? 

Hay un aumento espectacular de atentados de la extrema derecha desde 2015, precisamente cuando la organización Estado Islámico lanzó su campaña internacional de atentados. Hay una similitud sorprendente en las técnicas de propaganda que utilizan ambos para el reclutamiento. Al igual que las organizaciones yihadistas, la extrema derecha violenta también recluta por las redes sociales, así como en foros y plataformas de videojuegos.

También comparten códigos de comunicación: apología de la violencia, convertir en héroes a los que se ‘sacrifican’ para cometer atentados… Incluso hemos visto materiales de la extrema derecha violenta que muestran a yihadistas, por ejemplo, para aprender a elaborar TATP, la sustancia que iban a utilizar los terroristas de Ripoll y Barcelona. O declaraciones en las que dicen seguir como ejemplo a los yihadistas porque comunican y reclutan bien, porque no tienen miedo a la muerte y porque hay un tema de masculinidad tremendo: entienden que castigan como ha de castigarse a las mujeres, que las devuelven a su sitio natural, a los roles tradicionales y nada de feminazis ni igualdad de género… 

Ahora estoy investigando si el escenario ucraniano será para la extrema derecha violenta lo que fue y sigue siendo Afganistán o Siria para los yihadistas. Es decir, un escenario de guerra en el que tenemos a los llamados combatientes extranjeros: en este caso, muchos neonazis de países europeos que se han unido a la lucha en Ucrania, lo que significa que saben manejar armamento, producir explosivos…

Y también estamos viendo una transnacionalización de los grupos de extrema derecha, cuando tradicionalmente eran muy nacionales. El ejemplo es el atentado de marzo de 2019 en Nueva Zelanda, en el que un señor de Australia atentó en nombre de un manifiesto inspirado por un escritor francés. Ya no podemos entender la extrema derecha violenta en términos nacionales.  

¿Qué semejanzas encuentra en el uso que hacen estos grupos de las redes sociales?

Es preocupante porque estamos viendo con la extrema derecha violenta lo que ocurría con el yihadismo hasta 2015-2016, momento en el que las plataformas de redes sociales y los proveedores de Internet empezaron a preocuparse por la divulgación de su propaganda. Es decir, en la actualidad, la extrema derecha está siguiendo las lógicas algorítmicas por las que te puedes radicalizar mirando vídeos de Youtube. Si pones en su buscador “La gran sustitución” [la teoría del escritor ultraderechista Renaud Camus] es muy probable que en cinco vídeos estés viendo llamadas a masacrar a los no blancos.

Luego están sus propios códigos, por ejemplo, los memes de The Frog: recurrir al humor para reclutar a gente. Y también el reclutamiento presencial, en protestas como las que se están dando ahora del movimiento White Lives Matter como repulsa al de Black Lives Matter, o las manifestaciones contra los refugiados… Una táctica que no puede darse en el caso del yihadismo porque no hay manifestaciones a favor de Bin Laden convocadas con el consentimiento de las autoridades.

¿Y el yihadismo está copiando algo de la extrema derecha violenta? 

No lo sé, pero es cierto que, aunque la extrema derecha violenta es más antigua, en términos de experiencia sobre el terreno, de lucha de guerrilla, de sobrevivir en condiciones duras, tiene que aprenderlo todo del yihadismo. De hecho, en muchos foros online donde se juntan neonazis encuentras documentos del yihadismo, como el de referencia Gestión del salvajismo, en el que se da pautas de cómo intervenir en lugares donde el Estado está ausente o por qué usar las decapitaciones. Es fascinante ver a gente de extrema derecha decir que hay que inspirarse en esa gente a la que detestan y odian profundamente.

Si bien es cierto que la extrema derecha violenta no tiene tanta experiencia militar, es cierto que en los últimos años ha aumentado mucho su presencia en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad de Francia, de Alemania, y parece que ahora también en España. Esto significa que tenemos a gente con formación militar y policial que, llegado el caso, podrían organizarse en grupos paramilitares de extrema derecha. ¿Cómo ha sido este fenómeno en Francia? 

Es difícil de cuantificar, pero hay encuestas y sondeos que reflejaban que más de la mitad de los policías franceses votan por la extrema derecha. Es habitual que se desmantelen grupos en Facebook de agentes que llaman a masacrar a los árabes. En Estados Unidos hemos visto que soldados, a su retorno de Irak o Afganistán, se unían a grupos de extrema derecha violenta, y ahora lo estamos viendo en Francia. 

El año pasado se desmanteló una célula terrorista con veteranos militares y policías que planeaban atentar en Francia. Y en Alemania parte de la extrema derecha violenta creó una lista de personalidades públicas que matar para la que fue necesaria la colaboración de policías. Es un fenómeno muy preocupante porque son personas familiarizadas con técnicas de combate o incluso que han podido estar destinados en escenarios bélicos. Frente a la preocupación que hay por los combatientes extranjeros que retornan de Irak o Siria, no hay una atención equivalente a cómo miembros de nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado pueden estar amenazando nuestra seguridad. 

De hecho, Francia lleva desde 2015 combatiendo el yihadismo en el Sahel con la operación Barkhane. ¿Se está atendiendo a qué pasa con estos soldados cuando vuelven? ¿Si pueden haberse radicalizado y unirse a grupos de extrema derecha violenta? 

No es un tema que se está abordando. Pero es más. Hay combatientes franceses que se unieron a los kurdos en el conflicto sirio, que han retornado y que no han tenido que pasar un examen psicológico, ni han sido juzgados ni han tenido que dar explicaciones. Recuerdo el caso de un joven que contó ante las cámaras en prime time que había sido francotirador durante dos años con los kurdos, que echaba de menos su arma porque era adictivo lo que hacía… Y no parece que se hayan tomado medidas para juzgarlo o encarcelarlo. 

Hemos hablado sobre los factores que tienen en común ambos fenómenos. En el caso de sus públicos objetivos, de los colectivos que reclutar, ¿tienen algo en común también?

Estoy muy de acuerdo con el profesor de Psicología José María Rodríguez cuando sostiene que “hay tres tipos de mentiras: las grandes, las pequeñas y los perfiles de radicalizados”. 
En el caso de la extrema derecha violenta no tengo conocimiento de estudios que demuestren que existe un perfil de radicalizado de extrema derecha. Se trata, en general, de hombres jóvenes, blancos, que enganchan con la narrativa de que el pueblo blanco está amenazado por la extinción, por las olas migratorias, por la presencia musulmana y por los atentados terroristas. 

En el caso del yihadismo, en Francia hubo un estudio en el que se analizaba el perfil de 137 personas que se fueron a combatir a Siria e Irak. Revelaba que no se diferencian mucho del perfil de los detenidos por delincuencia o crimen en Francia: pobres, que proceden de suburbios, cuyas familias son de origen magrebí, que han vivido con un sentimiento de humillación y frustración… 

¿Qué políticas está desarrollando el Gobierno francés para frenar ambos fenómenos?.

En cuanto a los yihadistas, desde 2014 se han adoptado cuatro planes de lucha antiterrorista, que han pasado de un paradigma centrado en las medidas represivas a otro más preventivo que consiste en: actuar antes de que la amenaza aparezca. 

El problema es que el Estado francés tiene un carácter extremadamente centralizado, cuando sabemos que este tipo de políticas son mucho más eficaces si se desarrollan a escala local. En cuanto a la amenaza de la extrema derecha, ni Francia ni la mayoría de los países europeos están dándole la prioridad política y securitaria que merece. 

En 2016, le preguntaron a Patrick Calvar, número uno de la Dirección General de la Seguridad Interior (el CNI francés) por la mayor amenaza a la que se enfrentaba Francia. No contestó el yihadismo, sino el peligro de que estallase una guerra civil por la retroalimentación constante entre el yihadismo y la extrema derecha violenta. Advirtió de la expansión de la esta última en un país donde hay campamentos de verano en los que te puedes formar militarmente. Las autoridades son conscientes de esto,  pero es como si estuviésemos ciegos ante algo tan gordo.

Cuando la extrema derecha violenta comete atentados en Francia, Reino Unido o Canadá, se habla de desequilibrados, de locura transitoria y problemas psiquiátricos. El año pasado, un hombre intentó incendiar la mezquita de Bayona para matar a quienes estaban en su interior y disparó a dos personas. Lo trataron como un desequilibrado y no hubo reacción gubernamental. El verano pasado, un imam muy famoso y seguido en Francia fue acribillado con cuatro disparos ante su mezquita y tampoco hubo respuesta oficial. Esto sería impensable si hubiese sido un rabino o un cura.

Me preocupa que se suela politizar la violencia, a veces apolítica, de algunos individuos porque son musulmanes, mientras se despolitiza otros actos de violencia claramente política cometida por individuos blancos. Es un problema ante el que hay que reflexionar. 

Ambos fenómenos también comparten en su origen un conflicto con el concepto de la libertad. En el caso de la extrema derecha, se aprovecha de que la libertad, como pilar fundamental de nuestras sociedades, ha desembocado en parte de la población en la incertidumbre de no saber qué significa realmente frente a una especie de dictadura de los mercados y de la precariedad. Un contexto que ha desembocado en una tendencia a la frustración por no cubrir las expectativas de unas vidas en las que se nos vendía que todo lo que deseáramos era posible. En el caso del yihadismo, la libertad se plantea como un concepto occidental que degenera las sociedades. Y al mismo tiempo, que en los países europeos la libertad está restringida a los blancos, mientras los musulmanes son oprimidos económica, social y religiosamente. ¿Cómo podría revertirse esas lecturas conflictivas de la libertad?

Es una pregunta eminentemente filosófica. El uso de la libertad es bastante distinto según el tipo de extremismo violento. En el de las extrema derecha violenta y no violenta, me preocupa que nos hayamos acogido al pretexto de la libertad de pensamiento y del pluralismo para mover las fronteras de lo aceptable. Es decir, hace diez o veinte años no creo que fuese aceptable tener un discurso supremacista blanco. Es preocupante que ahora lo sea. El proceso de presentar esta deriva ideológica como aceptable ha sido sencillo en Europa.

 Aquí cada vez se habla menos de inmigrantes bengalíes, pakistaníes, turcos o argelinos, y más de musulmanes. La extrema derecha se acogió a esta excusa de la libertad para decir “nosotros no somos racistas porque no tenemos problema con su origen o color de piel, sino que su religión y sus valores son incompatibles con los nuestros”. Así, la extrema derecha ha conseguido que puedas tener un discurso, aceptable para la ley, racista y lleno de odio porque ha trasladado el conflicto del ellos versus nosotros al terreno de los valores. 

La mejor demostración de este giro del discurso islamófobo es que la inmensa mayoría de las víctimas son las mujeres, porque llevan el velo y, por tanto, son más visibles, porque el velo ‘constituye una separación entre hombres y mujeres’… La extrema derecha violenta defiende que hay que luchar contra lo políticamente correcto y el ‘buen pensamiento’ que, según ellos, es la fachada más visible de una conspiración de los gobiernos y las élites corruptas que nos están escondiendo la verdad. Cosas como que en las hospitales materno-infantiles nacen diez musulmanes frente a un blanco.

En el caso del yihadismo, el concepto de libertad es muy interesante porque por una parte sostiene que es occidental, pero, por otro, que la libertad no es eso, sino que se recupera cuando te sometes a su ideología. Durante años hemos pensado que las mujeres que se fueron a Siria e Irak eran víctimas de esta ideología, una lectura profundamente machista porque se basa en que las mujeres no tienen autonomía intelectual. 

Sin embargo, hemos visto que algunas de ellas aprueban completamente una separación estricta entre hombres y mujeres, de tareas asignadas según el género, y que rechazan el modelo occidental de igualdad. Los recientes estudios sobre las motivaciones de esta mujeres revelan que fueron seducidas por un discurso que denuncia la falsa libertad occidental y que organizaciones como Estado Islámico les ofrecen una verdadera emancipación, concebida como el retorno a los roles tradicionales de hombres y mujeres.

Para revertir esta lectura de la libertad, en el caso de la extrema derecha tenemos que pensar en los límites de lo aceptable. ¿A qué nos da derecho la libertad? Dos de las personas que figuran en el manifiesto al que se acogió Brenton Tarrant, el autor de la matanza de Nueva Zelanda, Eric Zemmour y Renaud Camus, están diariamente en los medios de comunicación franceses. Esta gente que promociona una dicotomía entre el ellos versus nosotros, que denuncian la llamada gran sustitución, ¿hasta qué punto se les puede dejar seguir sembrando la semilla del odio? 

En el caso de la organización Estado Islámico, para revertir este concepto de libertad hay que enseñar lo que hacen en el día a día. Y ahí te metes en un campo, muy extenso y aún verde, que es el de las contranarrativas y narrativas alternativas. Es decir, dentro del mito del Estado Islámico ¿qué hay realmente? Así encontrarán cosas que les lleven a plantearse su concepción de libertad.

¿Cree que es posible la desradicalización?

Me cuesta pensar que tengamos la solución para hacer cambiar unas profundas convicciones ideológicas de una persona que cree en la extrema derecha violenta o en el yihadismo. La inmensa mayoría de las experiencias que se presentan como exitosas no cuentan con evidencias científicas. La radicalización engloba dos conceptos: adoptar una ideología radical y actuar de forma violenta.

 Una cosa es que alguien pueda pensar que el Califato es la mejor forma de vivir y que lo que hace Estado Islámico en Irak es legítimo. Otra es que se vaya allí a luchar o que haga promoción de esas ideas. Creo que tenemos más posibilidades de hacer que renuncien al uso de la violencia que de desradicalizarlos. 

En Alemania existe la política de llevar exneonazis a las escuelas y a las cárceles para hablar con grupos ya radicalizados. Y se ve que funciona. En Dinamarca, muchos daneses se fueron de la ciudad de Aarhus a combatir en Siria o Irak. Algunos de ellos volvieron traumatizados porque vieron que los yihadistas eran violentos, racistas, porque no defendían a sus hermanos sirios de los ataques de Assad… Volvieron y lo que las autoridades les dijeron fue que tenían derecho a soñar con el Califato, a considerar que la sharia es el mejor modo de gobernanza, pero que estaban en Dinamarca y que allí no podían emplear la violencia. Desarrollaron programas de acompañamiento psicológico, económico y social para reinsertarles en la sociedad. 

Creo que se puede conseguir desactivar las ganas de pasar al acto violento, pero no una ideología profundamente anclada en la mente de un individuo. 

En una entrevista que le hice a José Luis Gordillo, profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad de Barcelona, cuestionaba que hubiera formaciones dirigidas a prevenir la radicalización porque  “¿cómo previenes la radicalización sin controlar la ideología de la gente?”. Considera que son propuestas liberticidas. ¿Qué opina usted?

En los cursos en los que yo participo lo que intento es que se entienda la ideología, que no es un factor determinante para la radicalización, pero que sirve para entender el fenómeno. También es fundamental distinguir la radicalización cognitiva, el hecho de adoptar ideas radicales, de la radicalización conductual, es decir adoptar un comportamiento violento. La ley condena sólo el segundo tipo de radicalización, y esto es clave para evitar lo que llamas “propuestas liberticidas”.

 Primero hay que entender por qué la gente se radicaliza: la ideología sólo es uno de los posibles motivos. En segundo lugar, hay que recordar que la adopción de ideas radicales no lleva automáticamente a la adopción de un comportamiento violento.  Ha habido una explosión de cursos sobre la radicalización en la que no siempre intervienen expertos con las titulaciones adecuadas. A veces, llegan al extremo de dar a entender que la radicalización nace de una práctica demasiado intensa del Islam. Dan una serie de indicadores, supuestamente para detectar la radicalización, que no se sustentan en ningún tipo de evidencia científica. 

Como el protocolo catalán contra la radicalización que establecía como un indicio que un niño dejase de beber Coca-Cola… 

Exacto. O que deje de ir a clase el viernes para rezar, o que las mujeres se tapen un poco más que antes, o que dejen de ir al cine o de escuchar música. Existe un verdadero negocio de la radicalización, del que se aprovechan decenas de consultorías y asociaciones y hay que ser consciente de esta realidad. En realidad lo que buscan es detectar la radicalización y no prevenirla, como las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que lo que querrían sería un kit en el que se les dijese A más B igual a radical. 

Pero se trata de un proceso fundamentalmente íntimo, que pasa en la mente de una persona y que no sigue un patrón inamovible de explicaciones. 

Para prevenir la radicalización tenemos que conocer las ideologías para entender por qué atraen a gente de tan distintos perfiles. La cuestión no es saber cuánto conocía del Corán tal terrorista de Ripoll, sino por qué el discurso de que los españoles son unos infieles que hay que matar ha tenido resonancia en esta persona. Si ha sido solo fruto de la manipulación del imán, o porque vive en un contexto social que le lleva a creer que hay una guerra global, en la que tiene que defender a los hermanos sirios, a los que no conoce y cuya lengua no habla, de sus vecinos, a los que sí conoce. 

Es un proceso tan complejo que merece más la pena explicar a la gente que trabaja en el terreno y a los políticos lo que no es radicalización antes de cómo prevenirla. Con eso estaría un 80% del trabajo hecho. 

Ha explicado que la mayoría de las personas que sufren ataques islamófobos son mujeres, entre otras cuestiones porque son más visibles por el velo. Siendo francés, ¿qué opinión tiene sobre el debate entre laicismo, el velo u otros símbolos religiosos como la cruz cristiana o el velo de las monjas? 

La laïcité, es decir, el respeto por la ley es lo que los musulmanes quieren. Los que no están contentos son los que quieren cambiar la ley, que no dice que haya que guardar los símbolos religiosos en el ámbito privado, sino que no tienen cabida en el espacio en el que se expresa la fuerza pública. Por la calle puedo llevar una cruz o a ponerme lo que sea. Otra cosa es que sea diputado o que represente al Estado siendo alcalde, doctor en un hospital público… 

Como explicaba Raphaël Liogier en su magnífico libro El mito de la islamización. Ensayo sobre una obsesión colectiva,  la laïcité es “como el castillo de Versalles, un patrimonio del que los franceses se sienten orgullosos pero en el que ya no vivimos”. 

Se ha pasado de una concepción extremadamente práctica del laicismo, por la que no se hacía ninguna distinción entre nadie, a la “laïcarde”, como se llama en francés: una visión muy restrictiva que intenta borrar cualquier símbolo del religioso del espacio público en general. Y eso es liberticida. 

El objetivo de la laicidad era la igualdad, que todo el mundo pudiera pensar e interactuar independientemente de su fe. Pero si lo que hacemos es restringir el derecho en nombre de la emancipación y la libertad, lo que estamos haciendo es dictaminar una cierta concepción de la libertad.  

Para mí, el laicismo es dejar que una mujer lleve lo que quiera, la ley no tiene que imponer nada en ese sentido. No hay nadie más laico ahora que el Frente Nacional, un partido de tradición católica que ha trasladado el discurso racista del color de piel o de la raza a un tema religioso. Han convertido el laicismo es una nueva herramienta para recordar que no todos somos iguales y que hay un problema de incompatibilidad entre un grupo de la población: los musulmanes y la mayoría. 

Hay otro factor fundamental en el origen y motor del yihadismo y la extrema derecha: el miedo. Ese miedo a la incertidumbre, pero también al otro, al subalterno, a ese enemigo que se ha construido el uno del otro. ¿Dónde está el origen de ese miedo recíproco? ¿Cómo combatirlo? ¿Qué miedos comparten ambos procesos?

Hay un miedo muy práctico que es la supervivencia de sus organizaciones: tener finanzas, simpatizantes, cobertura mediática, seguir reclutando. La periodista italiana Loretta Napoleoni desarrolló muy bien esta tesis comparando Al Qaeda e ISIS con grandes empresas. Y esto se puede aplicar perfectamente a la extrema derecha violenta. 

El segundo miedo, y puede sonar hippy, es que un acto terrorista sea respondido con la fraternidad y no con el odio o el miedo al otro. Un atentado no es un fin, sino un medio de la organización para comunicarse con el Estado, para amenazarlo, aterrorizar a la población y que la respuesta estatal se radicalice. Una respuesta desproporcionada como el estado de alerta francés tras los atentados de París o la Patriot Act en Estados Unidos puede acabar afectando a gente que no tiene nada que ver con el terrorismo y radicalizándola. También hace subir a los partidos de extrema derecha. Otro de sus temores es que sus atentandos no tengan la suficiente repercusión en los medios.

Entonces, ¿cómo se debería informar en los medios de comunicación de esos atentados?

Lo primero que deben hacer es plantearse su responsabilidad, su rol social. Hemos visto como con la pandemia han tenido que hacerse un planteamiento ético: si debían dar más miedo, solo informar o amplificar sus consecuencias. En el caso de los atentados de índole yihadista, vemos que reciben mucha más atención que los de la extrema derecha violenta y que siempre se menciona el origen de la persona que atenta. 

Si no es un elemento relevante, ¿para qué sirve? Cuando se explican los motivos de un atentado, se reproduce la explicación del terrorista, pero el periodista tiene que investigar y contrastarlos. Explicar quién es esta persona, su contexto. Hay que desideologizar nuestra aproximación a los atentados y recordar que es una táctica de guerra con unos objetivos determinados. 

En los casos de atentados de la extrema derecha violenta, dejemos de hablar de locos. En una investigación noruega se comprobó cómo en los 800 primeros artículos publicados tras la masacre cometida por Anders Breivik en 2011 no se mencionó la palabra terrorista: siempre era un loco. Él reivindicó que no lo estaba, que sabía perfectamente lo que hacía. 
En contraposición, cuando dos narcotraficantes se matan en Bélgica, inmediatamente se baraja la posibilidad de que sean terroristas porque son musulmanes.

El reto de los medios está en el relato. Un atentado es un medio de comunicación en sí mismo. Y la eficiencia, la amplitud del mensaje depende de los medios de comunicación. Sin cobertura mediática, un grupo terrorista pierde su audiencia, finanzas, simpatizantes… 

En uno de sus últimos artículos ha abordado el peligro de que las medidas excepcionales adoptadas para frenar la pandemia de la COVID-19 se mantengan una vez acabe o se controle. Y lo ejemplifica con todas aquellas normativas antiterroristas que se pusieron en marcha tras los atentados de Charlie Hebdo y del Bataclán, y que se mantuvieron en Francia durante tres años de estado de excepción hasta que se incluyeron en el derecho común. ¿Qué otras lecciones podemos aprender de la pérdida de derechos que se ha justificado por la lucha antiterrorista?

Va a ser muy difícil evitar que todas las medidas excepcionales que se han creado para frenar la pandemia se incorporen a la ley común. La justificación va a ser la de evitar rebrotes. ¿Cuánta gente habría aceptado hace cuatro meses instalarse una aplicación esponsorizada por el gobierno que puede rastrear tus contactos durante los últimos quince días? Da igual que sean datos desagregados. Esta aceptación generalizada es resultado del discurso de que es por el imperativo mayor de la salud de todos. 

Me preocupa el uso de nuestros datos. Hemos visto cómo todos los gobiernos de las sociedades democráticas han mantenido conversaciones con corporaciones como Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft, que tienen una cantidad gigante de datos personales nuestros para compartirlos y no sabemos casi nada de esos encuentros. Quiero saber qué datos tienen sobre mí y no me vale la excusa que ponen algunos de que no tienen nada que ocultar. Tengo derecho a la privacidad, a determinar qué quiero que sepan de mí, y con esta pandemia también se ha cedido en ese límite. 

Otro límite que se sobrepasó con los atentados fue la videovigilancia. Más del 98% de la información que ha permitido impedir atentados en Europa ha sido de fuentes humanas. Las cámaras son inútiles para prevenir el crimen. Y, sin embargo, se han seguido implantando y desarrollando el reconocimiento facial. En la ciudad de Niza se puso en marcha un programa piloto de videovigilancia tras los atentados del verano 2016 que se extenderá al resto de Francia en los próximos años.

En definitiva, la cuestión es cómo un Estado democrático utiliza el miedo para mover las fronteras de lo aceptable. ¿Por qué se tiene que plantear todo en términos del dilema seguridad versus privacidad? Yo quiero ambas, a menos que me demuestren que es imposible. 

La lucha va a depender de la ciudadanía porque no se puede olvidar que se trata de un negocio de miles de millones de euros entre gobiernos y corporaciones. Superan todo lo imaginable, por lo que ya hay un lobby muy fuerte para ir hacia este tipo de sociedad. El caso chino nos ofrece un buen ejemplo de lo que nos podría pasar con medidas como el crédito social, el uso de la vigilancia con la minoría uigur –que luego se extendió a toda la población–… Me preocupa como muchos aplaudieron el modelo chino en el principio de la pandemia. 

¿De dónde viene su interés por investigar a estos grupos y personas violentos?

No me interesa investigar a las personas, sino el perfil o las pautas que puedes encontrar en los procesos de radicalización. Mi perspectiva no consiste en decir los terroristas son malos o están locos, por que no lo están. Lo que me apasiona es que los terroristas son el reflejo de lo que está pasando en nuestras sociedades y en el mundo. Paradójicamente, tenemos que humanizar al terrorista, no deshumanizarlo, para entender, que no es justificar. Me interesa mucho entender las dinámicas sociales, políticas y económicas que hacen que una persona se convierta en terrorista, porque nadie nace siendo terrorista, ni se levanta una mañana y dice voy a coger un kalashnikov.

Lo que despertó mi interés en estos temas es que tras los atentados de Charlie Hebdo y de Bataclán, cuando yo trabajaba otros asuntos, iba a un seminario en Europa y me preguntaban “¿por qué se radicalizan los marroquíes?”. Y cuando iba a El Cairo o Estambul, la pregunta era “¿por qué más de 5.000 europeos se han ido a combatir a Siria o Irak?, ¿Qué está tan mal en Europa para que esto pase?”. Al final ves que es un reflejo de la sociedad que no queremos ver.

 El terrorista siempre es el Otro en una sociedad determinada. Por eso, cuando se habla de un atentado yihadista, conviene hablar de un individuo de origen marroquí para evitar decir que se radicalizó aquí. O si es de extrema derecha, que es un loco porque no interesa entender que nosotros hemos producido esto. Son los monstruos de nuestra sociedad, y para prevenir necesitamos entender lo que está ocurriendo.  

Las imágenes de un exlegionario simulando una ejecución de miembros del Gobierno nos ha recordado episodios como el asesinato de la diputada laborista inglesa Jo Cox a manos de un terrorista de extrema derecha. ¿Somos conscientes del riesgo que entraña informar sobre estos individuos? 

Mi perfil es distinto porque como investigador no tengo una gran audiencia para el público general. Es diferente si sales en la tele o tienes una gran presencia mediática. Aunque los periodistas hacen un favor a estos grupos al hablar de ellos, les hacen publicidad. En los comentarios de muchos vídeos de Youtube de la extrema derecha ves que varias personas preguntan cuántos han llegado al mismo tras leer un artículo de un medio. Y por las respuestas ves que son muchos."                   

(Entrevista a Moussa Bourekba, investigador experto en procesos de radicalización, Patricia Simón, 03/07/20)