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23/3/24

“Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Por primera vez en dos siglos, se ve al capitalismo como algo destructivo e irreversible. La pérdida de la fe en la posibilidad de un futuro poscapitalista ha alimentado un pesimismo profundo... Es la falta de una visión redentora lo que sostiene, y en parte define, el pesimismo prevaleciente de hoy... Frente a una opción entre capitalismo parasitario y neofascismo emergente, el pesimismo es razonable. Pero considerando que ni el fin del mundo ni el fin del capitalismo parecen inminentes, sigue vigente el interrogante: ¿adónde vamos ahora? (Robert Skidelsky)

 "En 2023, el crítico literario Fredric Jameson observó brillantemente que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Por primera vez en dos siglos, observó, se veía al capitalismo como algo destructivo e irreversible. La pérdida de la fe en la posibilidad de un futuro poscapitalista ha alimentado un pesimismo profundo.

Esta desesperación prevaleciente evoca el ensayo de 1930 de John Maynard Keynes “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”, en el que advertía sobre los “dos errores opuestos del pesimismo”. El primero era el pesimismo “de los revolucionarios que piensan que las cosas están tan mal que nada nos puede salvar si no un cambio violento”. El segundo era el pesimismo de los reaccionarios que consideran que las estructuras económicas y sociales son “tan precarias que no debemos arriesgarnos a ningún experimento”.

En respuesta a los pesimismos de su época, Keynes ofrecía una visión alternativa que predecía que la tecnología introduciría una era de abundancia sin precedentes. En el lapso de un siglo, sostenía, el continuo progreso tecnológico elevaría los estándares de vida -al menos en el mundo “civilizado”- entre 4 y 8 veces por encima de cómo eran en los años 1920. Esto permitiría que los nietos de su generación trabajaran una fracción de las horas que habían trabajado sus ancestros.

La teoría del empleo de corto plazo por la cual Keynes es muy reconocido era parte de esta visión más amplia de la utopía tecnológica. En su opinión, administrar la economía en su capacidad máxima era la ruta más rápida para pasar de la necesidad a la libertad. Una vez que alcanzamos este objetivo, la “dentistería” económica que preocupaba a Keynes se volvería redundante. Nuestra atención luego podría virar a “nuestros problemas reales”, los de “la vida y las relaciones humanas, la creación, el comportamiento y la religión”.

Si bien para Keynes las ideas de Karl Marx eran incomprensibles, su visión de un futuro poscapitalista se asemejaba a la de Marx en La ideología alemana. Marx consideraba que el capitalismo era un medio para resolver el problema de la producción, mientras que el comunismo era visto como una manera de administrar la distribución, eliminando así la necesidad de una división de la mano de obra.

Al igual que Keynes, la visión del futuro de Marx abogaba por el aficionado cultivado, un rol tradicionalmente reservado para la aristocracia. Marx avizoraba una sociedad en la que uno pudiera “cazar por la mañana, pescar por la tarde, criar ganado por la noche” y “criticar después de cenar”, sin estar confinado al rol de cazador, pescador, pastor o crítico. Al igual que Keynes, veía al capitalismo como un calvario que la humanidad tenía que transitar para que se pudiera democratizar la buena vida.

Si bien Keynes y Marx veían al capitalismo como un mal necesario, ambos se oponían a los esfuerzos apresurados por abolirlo o por interferir demasiado enérgicamente en su mecanismo. Keynes advertía sobre el desmantelamiento prematuro del sistema capitalista a través de la redistribución de la riqueza y del ingreso, mientras que Marx creía que los intentos reformistas por humanizar al capitalismo no harían más que demorar la revolución. Estas posturas rígidas, en definitiva, resultaron ser demasiado extremas para los keynesianos y los socialistas que pretendían establecer democracias sociales keynesianas a mediados del siglo XX.

Pero, a pesar de sus visiones utópicas de un mundo poscapitalista, Keynes y Marx tenían visiones esencialmente diferentes de cómo superar al “monstruo” capitalista, producto de sus distintas interpretaciones del sistema. Para Keynes, el capitalismo era una deformación espiritual que se había propagado por la civilización occidental por el vector del puritanismo y que, naturalmente, se extinguiría una vez que dejara de ser necesario. En una era de abundancia, “al amor por el dinero como una posesión -a diferencia del amor por el dinero como un medio para los placeres y las realidades de la vida- se lo reconocería por lo que es”, una “morbilidad un tanto desagradable” que uno “entrega con un escalofrío a los especialistas en enfermedades mentales”.

Marx, por el contrario, no veía al capitalismo como una aflicción psicológica; lo veía, más bien, como un sistema político y social en el que la clase capitalista monopolizaba la propiedad y el control de la tierra y del capital. Este dominio permitía a los capitalistas extraer un valor adicional de los trabajadores, cuyo único bien vendible era su fuerza de trabajo. El capitalismo, sostenía Marx, no desaparecería así nomás; tendría que ser derrocado, pero no antes de que se hubiera alcanzado plenamente su potencial creativo.

El retrato del capitalismo de Marx como una fuerza creadora estaba arraigado en la dialéctica de Hegel e influenciado significativamente por la novela de Mary Shelley de 1818 Frankenstein o el moderno Prometeo. Otra fuente de inspiración fue Fausto de Goethe, donde Mefistófeles es caracterizado como un ejecutor diligente del plan de Dios para la redención humana.

En muchos sentidos, el pesimismo de hoy es más profundo que el que Keynes identificaba en 1930. Los revolucionarios izquierdistas todavía añoran una caída del capitalismo, pero no han sabido ofrecer una alternativa política viable desde el colapso del comunismo soviético. Por su parte, el conservadurismo ha evolucionado en la “derecha radical”, caracterizada por el resentimiento y el chauvinismo, pero que carece de una visión coherente para un futuro armonioso. Ninguna de las partes parece ofrecer una luz al final del túnel.

Es la falta de una visión redentora lo que sostiene, y en parte define, el pesimismo prevaleciente de hoy. Mientras que Keynes y Marx creían en el poder emancipador de las máquinas, la tecnología hoy es vista, en general, como una amenaza, aún si la tecnología y nuestro futuro siguen profundamente entrelazados. De la misma manera, Keynes y Marx suponían que el capitalismo caería mucho antes de que la naturaleza se rebelara en contra de su explotación; ahora enfrentamos la amenaza existencial del cambio climático, con pocas esperanzas de un esfuerzo global exitoso para combatirlo. Más alarmante aún es el hecho de que la confianza pública en la capacidad de los sistemas democráticos para ofrecer un progreso significativo se está erosionando a pasos acelerados.

Frente a una opción entre capitalismo parasitario y neofascismo emergente, el pesimismo es razonable. Pero considerando que ni el fin del mundo ni el fin del capitalismo parecen inminentes, sigue vigente el interrogante: ¿adónde vamos de ahora en más?"

( Robert Skidelsky, Revista de prensa, 22/03/24, Este artículo se publicó originalmente en Project Syndicate.)

2/2/23

Por qué los optimistas son casi todos pijos... las clases con más recursos de nuestra sociedad han encontrado en el optimismo un sustitutivo secular de la fe... o sea, cuando a las clases sociales favorecidas, que gozan de recursos suficientes y que no ven su posición amenazada, se les expone una situación complicada, o se subrayan problemas reales, la respuesta "hay que ser optimista, yo soy optimista", quiere decir "no me molestes con tus problemas, pobre"... las clases altas y las medias altas son las más acostumbradas a solucionar los debates por la vía del optimismo, simplemente porque no quieren afrontar los problemas del común de la población; es normal, no son los suyos

 "El debate optimistas contra pesimistas aparece con mucha frecuencia en las conversaciones públicas, pero también en las privadas. "Hay que ser optimista, yo soy optimista", son frases que se escuchan muy a menudo. En fin, ver el vaso medio vacío o medio lleno, pensar en el futuro desde una perspectiva esperanzadora o fatalista, son elementos que salen a relucir habitualmente cuando se apela a estas ideas. Estamos demasiado acostumbrados a tomar en cuenta las esencias conceptuales y mucho menos a abordar cómo son aplicadas en la vida diaria; utilizamos en exceso el idealismo, y analizamos mucho menos de la realidad. En la confrontación entre optimismo y pesimismo, esta mirada es tan común que me genera un cansancio infinito.

El pesimismo goza de mala fama, y es natural. En una época como la nuestra, complicada y con retos serios que afrontar, ya tenemos suficientes problemas como para que nos los vengan a recordar todo el rato. Las posturas que se centran en el "va a salir mal" terminan por agotar. Pero hay una tendencia muy perniciosa, cuando se trata de debates políticos, económicos o sociales, que identifica análisis y razón con pesimismo: si se hace un diagnóstico de una realidad que no es especialmente atractiva, la manera de no afrontarla es tachar a quien lo formula de pesimista. La realidad se convierte en una cuestión de actitud personal: no se trata de que las cosas estén bien o mal, sino de que eres un pesimista. Y se acabó el diálogo.

El optimismo puede ser estupendo, pero a menudo quienes lo utilizan sufren de confusión temporal. El optimismo es sano, pero después, no antes. Si se afrontan los problemas y se trata de cambiar lo que está mal, la esperanza es muy útil. Es mucho mejor creer que las cosas van a salir bien que no al revés. Si te diagnostican una enfermedad, intentas poner los remedios necesarios para curarla, y en ese tránsito, reconforta tener confianza en que todo irá correctamente. Pero saltarse el paso necesario, y no tratar la enfermedad con el argumento de que "hay que ser optimista", implica convertirse en un iluso. Socialmente, es de eso de lo que estamos hablando: cada vez que se plantean asuntos que tensan las estructuras, que obligan a repensar las creencias o que fuerzan a introducir cambios, la respuesta suele ser "las cosas están mal, pero hay que ser optimista". 

Los nuevos dioses

Es parte de esa extraña reacción de las clases con más recursos de nuestra sociedad, que han encontrado en el optimismo un sustitutivo secular de la fe. Hay quienes, y en otros tiempos era frecuente, al serles expuestas las dificultades, contestaban "no lo pienses más, reza, ten fe y todo se solucionará". Ahora lo que está de moda es utilizar el mismo argumento, pero cambiando la fe por la confianza en el futuro. Quizá sea su forma de rezar al dios del destino, o la diosa Gaia, para que venga en su ayuda, pero como mecanismo intelectual es bastante endeble.

No podemos obviar que este asunto tiene una deriva política muy evidente. La derecha tiende a hacer un diagnóstico negativo, a menudo catastrofista, de la situación española, en lo institucional y lo económico. La izquierda, sin embargo, suele resaltar los aspectos positivos, ve el futuro desde una buena perspectiva e insiste en que hay que generar ilusión. De modo que las acusaciones cruzadas de agoreros y mentirosos, al hilo de las posturas optimistas y pesimistas, se suceden en la vida pública. Haríamos mal en pensar que esto es una dinámica pura entre izquierdas y derechas; tiene mucho más que ver con la relación entre gobierno y oposición: el primero dice que las cosas van bien, y que, por tanto, tienen que seguir en el poder, y la segunda que van fatal y que es urgente sacar al presidente de Moncloa. Sería muy parecido si fuera al revés y la oposición estuviera gobernando. Es parte de la dinámica política.

La posición social

No obstante, en el terreno ideológico, el apuntado es un aspecto secundario. Lo curioso es que donde más ha penetrado la fe en el optimismo, y donde más utilizado resulta, es en entornos sociales constituidos por personas a las que les va bien o muy bien, y que además creen que así será de manera permanente (y a menudo con razón). Son integrantes de clases sociales favorecidas, que gozan de recursos suficientes y que no ven su posición amenazada. De modo que cuando se les expone a una situación complicada, o se subrayan problemas reales, la respuesta "hay que ser optimista, yo soy optimista" quiere decir "no me molestes con tus problemas, pobre".

 En otras épocas, los campesinos iban a solicitar al señor medidas de alivio después de la sequía y el noble los contestaba "hay que tener fe, rezad", mientras exigía el pago de los tributos. Por exagerado que parezca, algo de esta actitud permanece en la utilización del optimismo como elemento social: las clases altas y las medias altas son las más acostumbradas a solucionar los debates por la vía del optimismo, simplemente porque no quieren afrontar los problemas del común de la población; es normal, no son los suyos.

Hay ejemplos continuos de estos comportamientos, pero por citar uno menor. El Foro de Davos, es decir, la reunión de un montón de millonarios, transmitió en sus conclusiones que había razones para la esperanza: las transformaciones geopolíticas, las dificultades económicas y las tensiones crecientes dentro de los países, e incluso la guerra, estaban ahí fuera, pero había que ser optimistas. Es lógico: pese a todo, los intercambios globales funcionaban, las cuentas de resultados eran brillantes, y seguían ganando mucho dinero. No pasaba nada, en realidad, y el futuro, el suyo, no iba a ser malo. De modo que dijeron "hay que ser optimistas" y se fueron a las múltiples fiestas que habían organizado, que para eso estaban en Davos.

El otro populismo

Lo malo es que esta mentalidad acaba por trasladarse a otras clases sociales que carecen de razones para la ilusión. Les pasa como a los campesinos: muchos de ellos regresaban a casa y rezaban a Dios con más fervor para que les ayudase. Al final, el noble tenía soldados, y ya que no iban a conseguir nada, mejor negar la realidad y aumentar el tiempo dedicado a las plegarias. En nuestra sociedad ocurre algo similar, y muchas de las clases medias y populares han tomado el optimismo como algo positivo, cuando de lo que se trata, en lo político, es de borrar el debate."                 (Esteban Hernández , El Confidencial, 29/01/23)

17/11/20

El marxismo romántico de Walter Benjamin

 "Walter Benjamin ocupa un lugar singular en la historia del pensamiento marxista moderno: es el primer partidario del materialismo histórico ya que rompe radicalmente con la ideología del progreso lineal. Esta particularidad se encuentra en su capacidad para integrar elementos de la Zivilisationskritik romántica en el cuerpo teórico del marxismo. Con su crítica romántica/marxista de la civilización burguesa moderna, con su deconstrucción de la ideología del progreso -La Gran Narrativa de los tiempos modernos, tanto de los liberales como de los socialistas- los escritos de Benjamin se parecen a un bloque errático al margen de las principales corrientes de la cultura moderna.

El romanticismo no es solamente una escuela literaria del siglo XIX, o una reacción tradicionalista contra la Revolución francesa, dos proposiciones que se encuentran en un número incalculable de obras de eminentes especialistas de historia literaria o de historia de las ideas políticas. Es más bien una forma de sensibilidad que irriga todos los campos de la cultura, una visión del mundo que se extiende desde la segunda mitad del siglo XVIII (Rousseau) hasta nuestros días, un cometa cuyo “núcleo” incandescente es la rebeldía contra la civilización industrial/capitalista moderna, en nombre de algunos valores sociales o culturales del pasado. Nostálgico de un paraíso perdido -real o imaginario- el romanticismo se opone, con la energía melancólica de la desesperanza, al espíritu cuantificador del universo burgués, a la reificación mercantil, a la banalidad utilizadora y, sobre todo, al desencantamiento del mundo. 

Puede tomar formas regresivas, reaccionarias, restauradoras, que tienden a un regreso al pasado, pero también formas revolucionarias que integran las conquistas de 1789 (libertad, democracia, igualdad) y por las cuales la meta no es un regreso hacia atrás sino un rodeo por el pasado comunitario hacia un porvenir utópico. Por supuesto Walter Benjamin pertenece a esta última sensibilidad.

Desde sus primeros escritos se percibe la inflexión que da a la tradición romántica: el ataque en contra de la ideología del progreso no se hace en nombre de un conservadurismo anacrónico sino de la revolución. En particular, es el tema de su conferencia sobre “La vida de los estudiantes” (1914). Rechaza las concepciones de la historia dominante, donde sólo es importante “el ritmo, más o menos rápido, según el cual los hombres y las épocas caminan por la vía del progreso“. A esta visión “progresista“, calificada de incoherente, imprecisa y sin rigor, Benjamin opone imágenes utópicas como “el reino mesiánico o como la idea revolucionaria en el sentido de 89”.1

La primera referencia al comunismo aparece en Benjamin en 1921 en su ensayo Para una crítica de la violencia: “a los pacifistas se oponen los bolcheviques y los sindicalistas. En contra de los parlamentos actuales hicieron una crítica radical y en su conjunto pertinente“.2 Este lazo entre comunismo y anarquismo será un aspecto importante de su evolución política; su marxismo tomará, en gran medida, un tinte libertario. Pero, es a partir de 1924 cuando lee Historia y Conciencia de clase de Lukács y descubre el comunismo a través de la hermosa mirada de Asja Lacis. Gradualmente, el marxismo se vuelve un elemento fundamental en su concepción de la historia. En 1929, Benjamin se refiere de nuevo al ensayo de Lukács como uno de los escasos libros que permanecen vivos y actuales:

La obra más completa de literatura marxista. Su singularidad se funda en la certeza con la cual capta, por un lado, la situación crítica de la lucha de clases en la situación crítica de la filosofía y, por otro lado, la revolución concreta· mente madura como la precondición absoluta, incluso el cumplimiento y concretización del conocimiento teórico, La polémica publicada por las instancias del Partido Comunista, bajo la dirección de Deborin, en contra de esta obra es, de alguna manera, la prueba de su importancia.3

Este comentario ilustra la libertad de espíritu de Benjamin con respecto a la versión “oficial” del marxismo soviético, aun en un periodo durante el cual contemplaba seriamente la posibilidad de unirse al movimiento comunista. En una carta a Scholem (septiembre 1924) evoca el conflicto interior entre su “nihilismo” y la dialéctica hegeliana de Lukács; sin embargo se siente atraído por la práctica política comunista, por su “conducta que se compromete“: lo que le interesa en el libro de Lukács es la unidad entre la teoría y la práctica que constituye el núcleo central de la obra y le confiere su inmensa superioridad; cualquier otro método -le escribe a su amigo- es nada más “fraseología demagógica y burguesa“.4

Pero, el materialismo histórico no va a sustituir sus intuiciones “antiprogresistas” de inspiración romántica y mesiánica: va a articularse a éstas y, de esta forma, gana una calidad crítica que lo distingue radicalmente del marxismo “oficial” dominante de este periodo. Por su posición crítica de la ideología del progreso, Benjamin ocupa un lugar singular y único en el pensamiento marxista y en la izquierda europea del periodo de entreguerras.5

Esta articulación se manifiesta por primera vez en el libro Sentido único, escrito entre 1923 y 1926 y publicado en 1928. El cambio de su pensamiento se ilustra en la comparación entre la primera versión del manuscrito redactado en 1923 y la última de 1925. En la primera, respecto a la víctima de la miseria dice: “debe mantener sus sentidos en alerta para percibir cualquier humillación que le es impuesta y así disciplinarlos por mucho tiempo hasta que sus sufrimientos lo lleven ya no a ascender el callejón del odio sino a tomar el camino que lo lleva al rezo“. La versión “marxista” de 1925 repite casi las mismas palabras, pero la conclusión es otra: “hasta que sus sufrimientos lo lleven ya no a ascender el callejón del dolor sino a tomar el camino que lleva a la rebeldía””. En esta sola oración se encuentra plasmada la pasmosa transformación de sus ideas en el transcurso de dos años.6

Su precedente crítica del progreso, de inspiración romántica, estará marcada de un contenido marxista y revolucionario, como en el célebre pasaje “Advertencia de Incendio“:

“Si la eliminación de la burguesía no se cumple antes del momento casi calculable de la evolución técnica y económica (indicada por la inflación y la guerra química) todo estará perdido. Hay que cortar la mecha encendida antes que la chispa alcance la dinamita” ¿Será capaz el proletariado de cumplir esta tarea histórica? “La respuesta a esta pregunta decidirá la sobrevivencia o el fin de una evolución cultural tres veces milenaria.”7

Contrariamente al marxismo evolucionista vulgar -que se puede referir, desde luego, a algunos escritos de Marx y Engels-, Benjamin no concibe la revolución como el resultado “natural” o “inevitable” del progreso económico y técnico (o de la “contradicción entre fuerzas y relaciones de producción“), sino como la interrupción de una evolución que lleva a la catástrofe. Debido a que percibe este peligro catastrófico se reivindica del pesimismo en el artículo sobre el surrealismo en 1929, e intenta, otra vez, reconciliar anarquismo y marxismo. Se trata de un pesimismo revolucionario que no tiene que ver con la resignación fatalista y mucho menos con el Kulturpessimismus alemán, conservador, reaccionario y prefascista de Carl Schmitt, Oswald Spengler o Moeller van der Bruck: está aquí al servicio de la emancipación de las clases oprimidas. Su preocupación no es el “ocaso” de las élites, o de la nación, sino las amenazas que pesan sobre la humanidad por el progreso técnico y económico promovido por el capitalismo.

Nada le parece más irrisorio a Benjamin que el optimismo de los partidos burgueses y de la socialdemocracia cuyo programa político no es más que un “mal poema de primavera“. En contra de “este optimismo sin conciencia“, “optimismo de aficionados“, inspirado por la ideología del progreso lineal, descubre en el pesimismo un punto de convergencia efectivo entre surrealismo y comunismo.8 Cabe decir que no se trata de un sentimiento contemplativo, sino de un pesimismo activo, “organizado”, práctico, totalmente dirigido hacia el objetivo de impedir, por cualquier medio posible, el advenimiento de lo peor.

Podríamos preguntarnos a qué se puede referir el concepto de pesimismo aplicado a los comunistas. Su doctrina, que en 1928 celebra los triunfos del socialismo en la URSS y la inminente caída del capitalismo, ¿no es acaso un hermoso ejemplo de ilusión optimista? En realidad, Benjamin tomó prestado el concepto de “organización del pesimismo” de una obra que califica de excelente: La Revolución y los Intelectuales (1928) del marxista Pierre Naville. Surrealista al principio, recién afiliado al comunismo -aunque pronto prefirió la oposición trotskista-, Naville consideraba al pesimismo como “la fuente del método revolucionario de Marx” y la única forma de “escapar a las nulidades y contrariedades de una época de término medio“, Se propone, por lo tanto, “organizar el pesimismo; la organización del pesimismo es la única consigna que interrumpe el debilitamiento“.9 En el ensayo de Benjamin sobre el surrealismo, este punto de vista, resuelto a contracorriente, se manifiesta de forma muy aguda en su concepción del porvenir europeo:

Pesimismo sobre toda la línea, sí, desde luego y totalmente. Desconfianza en el destino de la literatura, desconfianza en el destino de la libertad, desconfianza en el destino del hombre europeo, pero, sobre todo, tres veces desconfianza frente a cualquier acomodamiento: entre clases, entre pueblo, entre individuos. Y, nada más, confianza ilimitada en el I. G. Farben y en el perfeccionamiento pacífico de la Luftwaffe. 10

Esta visión crítica permite a Benjamin percibir intuitivamente, pero con extraña agudeza, lo que esperaba a Europa, las catástrofes perfectamente resumidas en la irónica oración sobre “la confianza ilimitada”. Claro, ni él ni el más pesimista podía prever las destrucciones que la Luftwaffe iba a infringir a ciudades y poblaciones civiles europeas y tampoco que la I. G. Farben, poco menos de doce años después, iba a ilustrarse con la fabricación del gas Zyklon B usado para “racionalizar” el genocidio, que sus fábricas iban a emplear, por centenas de miles, mano de obra presa en los campos de concentración. Sin embargo, Benjamin fue el único, entre los pensadores y dirigentes marxistas, en tener la premonición de todos los desastres que podía parir la civilización industrial/burguesa en crisis.11

El pesimismo de Benjamin se expresa, como en Blanqui o Péguy, en una especie de “melancolía revolucionaria” que traduce un sentimiento de la recurrencia al desastre, el temor de un eterno regreso de las derrotas.12

¿Cómo lograr conciliar su compromiso con la causa de los oprimidos? La opción “proletaria” de Benjamin no es, para nada, inspirada en cualquier optimismo en el comportamiento de las “masas” o en una confianza en un brillante porvenir del socialismo. Es esencialmente una apuesta -en el sentido de Pascal– o una apuesta sobre la posibilidad de la lucha emancipadora.

El artículo de 1929 testimonia su interés por el surrealismo, lo percibe como una manifestación moderna del romanticismo revolucionario. Tal vez, podríamos definir la reflexión común a Benjamin y André Breton como una forma de “marxismo gótico“, distinto de la versión dominante con tendencia metafísica y contaminada por la ideología evolucionista del progreso.13 El adjetivo “gótico” tiene que ser entendido en su aceptación romántica: la fascinación por el encantamiento y lo maravilloso, así como por los aspectos “embrujados” de las sociedades y culturas premodernas. La novela “negra” inglesa del siglo XVIII y algunos románticos alemanes del XIX hacen referencias “góticas” que se encuentran en el corazón de la obra de Breton y Benjamin.

Común a los dos, el marxismo gótico sería, por lo tanto, un materialismo histórico, sensible a la dimensión mágica de las culturas del pasado, al momento “negro-trágico” de la rebeldía, a la iluminación que desgarra, como relámpago, el cielo de la acción revolucionaria. También, hay que entender “gótico” en el sentido literal de referencia positiva a ciertos momentos claves de la cultura profana medieval: tampoco es casualidad que Breton y Benjamin admiren el amor cortés de la Edad Media provenzal que representa, según el punto de vista de este último, una de las más puras manifestaciones de iluminación profana.14

Durante un breve periodo “experimental“, entre 1933 y 1935, época del segundo plan quinquenal, algunos textos marxistas de Benjamin parecen cercanos al “productivismo” soviético, y de una adhesión poco crítica a las promesas del progreso tecnológico.15 Sin embargo, como lo atestigua el artículo sobre Bachofen en 1935, aun, durante estos años, no había perdido totalmente su interés en la problemática romántica. De hecho, el pensamiento de Benjamin en este periodo es bastante contradictorio. Pasa a veces de un extremo a otro, incluso en un mismo texto, como en el célebre ensayo sobre la obra de arte. En estos escritos se encuentra tanto el elemento permanente de su reflexión marxista -la preocupación materialista- como una tendencia “experimental” a llevar algunos razonamientos hasta sus últimas consecuencias.

 Parece estar atraído por una tendencia soviética de la ideología del progreso, incluso aunque tenga que ser reinterpretada a su manera. Algunas lecturas marxistas de la obra de Benjamin van a privilegiar precisamente los textos más cercanos al materialismo histórico “clásico“, incluyendo los ortodoxos. Los ensayos de 1925 a 1933 y, más tarde, de 1936 a 1940 son también marxistas, pero pertenecen a una variante original y “heterodoxa” del materialismo histórico, nutrida de una cultura romántica en conflicto con los cánones dominantes en el pensamiento de la izquierda (Segunda Internacional y Tercera Internacional).

El final de esta tentativa de acercamiento al marxismo soviético parece coincidir con los procesos de Moscú de 1936 que Benjamin recibió con perplejidad. En el transcurso de los años 1937-40 se vuelve más crítico de la política soviética. En sus Tesis de 1940 hay un ajuste de cuentas con el marxismo de factura estalinista. A partir de 1936 se cierra esa manera de paréntesis. Cada vez más, Benjamin reintegrará el momento romántico a su crítica marxista sui generis de las formas capitalistas de la alienación/enajenación.

Por ejemplo, en sus escritos de los años 1936-38 sobre Baudelaire retoma la idea típicamente romántica -sugerida en un ensayo de 1930 sobre E. T. A. Hoffmann-16 de la oposición radical entre la vida y el autómata, en el contexto de un análisis de inspiración marxista de la transformación del proletario en autómata: los movimientos repetitivos, vacíos de sentido y mecánicos de los trabajadores sujetados a la máquina -aquí Benjamin se refiere directamente a algunos pasajes de El Capital de Marx son similares a las actitudes de autómatas que tienen los transeúntes en las masas descritas por Poe y Hoffmann: ambos, víctimas de la civilización urbana e industrial, ya no conocen la experiencia auténtica (Erfahrung) -fundada en la memoria de una tradición cultural e histórica- sino sólo lo vivido inmediato (Erlebnis), y en particular el Chockerlebnis que provoca en ellos un comportamiento reactivo de autómatas “que han liquidado por completo su memoria“.17

La protesta romántica en contra de la modernidad capitalista siempre se hace en nombre de un pasado idealizado, real o mítico. ¿Cuál es el pasado que sirve de referencia al marxista Walter Benjamin en su crítica de la civilización burguesa y de las ilusiones del progreso? Si en los escritos teológicos de su juventud menciona a menudo un paraíso perdido, en los años treinta el comunismo primitivo toma este lugar como en Marx y Engels, lectores atentos de la antropología romántica de Maurer y Bachofen y de los trabajos de Morgan.

La reseña sobre Bachofen, escrita por Benjamin en 1935, es una de las claves más importantes para entender su método de construcción de una nueva filosofía de la historia a partir del marxismo y el romanticismo. Escribe que la obra de Bachofen, la cual se alimenta en las fuentes románticas, ha fascinado a marxistas y anarquistas (como Elisée Reclus) por su “evocación de una sociedad comunista en el alba de la historia“. Benjamin refuta las interpretaciones conservadoras (Klages) y fascistas (Bäumler). Subraya que Bachofen “había buscado en una profundidad inexplorada los orígenes que, a través de los tiempos, alimentaron el ideal libertario del cual se reclamaba Reclus“·. También llamaron el interés de Engels y Paul Lafargue los tratados de Bachofen sobre las sociedades matriarcales en las cuales hubiera existido un alto nivel de democracia e igualdad cívica, así como formas de comunismo primitivo que implicaban un verdadero “trastorno del concepto de autoridad“.18

En los ensayos sobre Baudelaire están esbozadas ideas análogas: Benjamin interpreta “la vida anterior”, evocada por el poeta, como una referencia a una edad primitiva y edénica donde aún existía una experiencia auténtica y donde las ceremonias de culto y las festividades permitían la fusión del pasado individual y el pasado colectivo. Por lo tanto, el Erfahrung nutre el juego de correspondencias en Baudelaire e inspira su rechazo de la catástrofe moderna: “Lo esencial es que las correspondencias contienen una concepción de la experiencia que deja sitio a elementos culturales“. 

Baudelaire tuvo que apropiarse de estos elementos para poder dar la medida de lo que significaba en realidad la catástrofe, de la cual él mismo, como hombre moderno, era testigo. Estos “elementos culturales” remiten a un pasado lejano, análogo a las sociedades estudiadas por Bachofen: “Las ‘Correspondencias’ son las bases de la rememoración: no las bases de la historia sino de la prehistoria. Lo que hace la magnitud y la importancia de los días de fiesta, es permitir el encuentro con una ‘vida anterior’ “. Rolf Tiedemann observa muy pertinentemente que, para Benjamin: “La idea de las correspondencias es la utopía por la cual un paraíso perdido aparece proyectado en el porvenir”. 19

En los diferentes textos de los años 1936-40 Benjamin particularmente va a desarrollar su visión del marxismo, apartándose de manera cada vez más radical de “las ilusiones del progreso“, tan hegemónicas en el seno del pensamiento de izquierda alemán y europeo. En un largo ensayo publicado en 1937 en Zeitschrift für Sozialforschung, la revista de la Escuela de Frankfurt (ya desde el exilio en Estados Unidos), consagrado a la obra del historiador y coleccionista Eduard Fuchs, ataca al marxismo socialdemócrata, mezcla de positivismo, evolucionismo darwiniano y de culto al progreso: “En el desarrollo de la técnica, nada más supo discernir los progresos de las ciencias de la naturaleza y no los retrocesos de la sociedad […]. Más allá de este umbral, las energías que la técnica desarrolló son destructivas. Alimentan, principalmente, la técnica de la guerra y su periodística preparación”.

Entre los ejemplos más patentes de este positivismo de corto alcance, cita al socialista italiano Enrico Ferri quien quería reducir “no solamente los principios sino también la táctica de la socialdemocracia a las leyes de la naturaleza” y quien atribuía las tendencias anarquistas dentro del movimiento obrero “a la falta de conocimientos en geología y en biología”.20

El objetivo de Benjamin consiste en profundizar y radicalizar la oposición entre el marxismo y las filosofías burguesas de la historia, agudizar su potencial revolucionario y acrecentar su contenido crítico. Con esta intención define de forma radical la ambición del proyecto de Pasajes Parisinos: “también se puede considerar metodológicamente, como meta proseguida en este trabajo, la posibilidad de un materialismo histórico que hubiera aniquilado en sí mismo la idea de progreso. Es justamente en la oposición a las costumbres del pensamiento burgués donde el materialismo histórico encuentra sus fuentes”.21 Tal programa no implicaba cualquier “revisionismo“, más bien, en la forma que Karl Korsch lo había intentado hacer en su propio libro -una de las principales referencias de Benjamin– era un regreso a Marx.

Benjamin era consciente que esta lectura del marxismo hundía sus raíces en la crítica romántica de la civilización industrial: pero tenía el convencimiento que Marx, también, había hallado su inspiración en esta fuente. Encuentra un apoyo a esta interpretación herética de los orígenes del marxismo en el Karl Marx (1938) de Korsch. Muy precisamente, y no sin recordar a Maistre y Bonald, Korsch dice: “así, también hay una parte de ‘desilusión’ en la teoría del movimiento obrero moderno que, después de la gran Revolución francesa, fue proclamada por los primeros teóricos de la contrarrevolución y después por los románticos alemanes y que, gracias a Hegel, tuvo una fuerte influencia sobre Marx”.22

Es evidente que el marxismo de Benjamin, en particular a partir de los años 1936-37, tenía poco en común con el diamat soviético que Stalin iba a decodificar en un capítulo de la muy oficial Historia del PC bolchevique de la URSS. Señala esta disidencia la elección de Karl Korsch como referente filosófico, un marxista heterodoxo -cercano a la corriente “consejista”- excluido del PC Alemán en los años veinte y radicalmente opuesto a los cánones teóricos, tanto de la socialdemocracia como del comunismo estalinista.

El interés por Trotsky es otro ejemplo de su autonomía en relación con el estalinismo, no necesariamente ligada a la cuestión del romanticismo. En una carta dirigida a Gretel Adorno (1932) escribía sobre la autobiografía del fundador del Ejército Rojo. “En muchos años, no había leído nada que tuviera “tal tensión a dejar patitieso“. Jean Selz, quien lo conociera en Ibiza en 1932 testimonió que era partidario “de un marxismo abiertamente antiestalinista; manifestaba una gran admiración por Trotsky“.23 En el transcurso de los años 1933-35 parece adherir de manera poco crítica al modelo soviético -quizá como reacción al triunfo del fascismo hitleriano en Alemania-en los procesos de Moscú manifiesta sobre todo perplejidad (“no comprendo nada de una cosa“, escribió a Horkheimer el 31 de agosto de 1936 24), Ya partir de 1937-38 toma claramente distancia con la forma estalinista del comunismo.

Una nota de este periodo sobre Brecht atestigua esta evolución, en parte bajo la influencia de Heinrich Blücher (el esposo de Hannah Arendt), partidario de la oposición comunista alemana dirigida por H. Brandler.25 Trata de “las prácticas de la Guépéou“, “forma de comportamiento que comparten los elementos más despojados de escrúpulos del Nacional-socialismo con los peores miembros del Partido Comunista“. Aunque Benjamin cuestiona su propio comentario sobre Brecht, ya que lo califica de “piadosa falsificación“,26 critica a Brecht porque, en algunos poemas del Manual para habitantes de las ciudades había “transfigurado poéticamente los peligrosos extravíos (llenos de consecuencias) por donde la Guépéou llevaba al movimiento obrero“.

A pesar de la crítica despiadada que no duda en comparar las prácticas de la policía estalinista con las de los nazis, le queda una última esperanza: que la URSS se mantenga aliada con los antifascistas. En una carta fechada el 3 de agosto de 1938, dirigida a Max Horkheimer, manifiesta “con muchas reservas“, la esperanza, “por lo menos por el momento” que es posible tener en el régimen soviético, al cual describe, sin disfraz, como una “dictadura personal con todo su terror” y “el vínculo de nuestros intereses en una guerra futura“. Agrega que se trata de un vínculo que “cuesta el precio más alto que uno pueda imaginarse, debido a que hay que pagarlo con sacrificios que desgastan, sobre todo, los intereses que no son cercanos como productores“, expresión que, seguramente, se refiere a la emancipación de los trabajadores y al socialismo. 27

El pacto Molotov-Ribbentrop va a perjudicar esta última ilusión. Bajo este enfoque, en 1940, Benjamin redacta su testamento filosófico, su último escrito: la tesis Sobre el concepto de la Historia. Este texto capital contiene, seguramente, la formulación más radical de su interpretación antievolucionista del materialismo histórico y de su crítica de la ideología del progreso lineal.

Es imposible, en el contexto de este artículo, analizar en detalle este documento denso y a menudo enigmático. 28 Nada más recordemos en la tesis IX la célebre alegoría del ángel de la historia; el progreso es la tempestad que sopla desde el paraíso, responsable de una “catástrofe sin tregua” y de un amontonamiento de ruinas que sube hasta el cielo. Esta tempestad evoca, probablemente, el pecado y la expulsión del jardín del Edén.

En estos términos lo interpretaron Adorno y Horkheimer en un pasaje de la Dialéctica del Iluminismo que retoma la imagen y la idea de Benjamin ¡sin citarlo!: “el ángel con espada en llamas, que corrió del paraíso a los seres humanos hacia el camino del progreso técnico es, en sí mismo, la imagen sensible de este progreso”.29 ¿Cuál es el equivalente profano de este paraíso perdido del cual el progreso nos aleja cada vez más? Varios indicios sugieren que, para Benjamin, se trata de la sociedad primitiva sin clases.

 En el artículo ya mencionado sobre Bachofen (1935) evoca, en cuanto a las comunidades matriarcales antiguas, “una sociedad comunista en el alba de la historia“, profundamente democrática e igualitaria. Y en el ensayo París capital del siglo XIX regresa sobre esta idea: las experiencias de la sociedad sin clases de la prehistoria, depositadas en el inconsciente colectivo, “en relación recíproca con lo nuevo, dan luz a la utopía“.30 Estamos en el centro de la dialéctica romántica entre el pasado y el porvenir, que participa con Walter Benjamin de la invención de un marxismo de la melancolía."                   (Michael Löwy  , Sin Permiso, 27/09/2020)

8/3/19

La muerte del nieto de Lula desata los monstruos del odio

"Sabíamos que en Brasil, mayoritariamente solidario, sensible al dolor ajeno y que ama a sus pequeños, existían monstruos de odio. Confieso, sin embargo, que ignoraba que fueran tantos y con tanta carga de sadismo. Lo demuestran los comentarios sórdidos y hasta blasfemos que invocan a Dios con motivo de la muerte de Arthur, de siete años, nieto inocente de Lula, condenado y encarcelado por corrupción.

Un niño aún no tiene tiempo de conocer hasta qué abismos de ceguera puede conducir la política como ideología. Y cae sobre nuestras conciencias de adultos la infamia de convertir en bromas baratas, ironía y sarcasmo en las redes sociales, el dolor de un abuelo por la pérdida de su nieto. Lula, aún condenado y en la cárcel, no ha perdido ni su dignidad como persona, ni el pedazo de historia positiva que dejó escrita en este país.

Quienes llegan a alegrarse de la pérdida del nieto de Lula como un castigo de Dios por haber apoyado como presidente a Gobiernos como el de Venezuela —que hoy mata de hambre a sus niños, como he leído en este diario— están revelando hasta qué pozo de ceguera y de insensibilidad humana puede llegar el soberbio Homo sapiens.


Esa ausencia de empatía y de decoro ha contagiado a políticos con grandes responsabilidades como al hijo del presidente Bolsonaro, el diputado federal Eduardo, que todo lo que supo escribir en la red sobre la triste muerte del nieto de Lula es que el expresidente debía estar “en una cárcel común, como un preso común”. Lo escribió sin una sola palabra de piedad o, por lo menos, de respeto por su enemigo político.

Le respondió Fernando Lula Negrao, quien apuntó que las palabras del hijo del presidente eran propias "de la falta de misericordia, de los odios, de las angustias y de la falta de amor que es típica de los psicópatas, de los asesinos seriales y de los cobardes…” . Un juicio duro que millones de brasileños que no han perdido la capacidad de solidarizarse con el dolor ajeno aplauden.

También, Alexandre Braga, seguramente otro de los millones de brasileños sanos, no envenenados por la ideología, le respondió con sensatez: “[Eduardo Bolsonaro] perdió la oportunidad de callarse. Lula ya está acabado y preso. Respete el dolor del abuelo. Basta de ese odio malvado y vamos a pensar en Brasil”.

Intenté recordar tiempos oscuros de la historia en los que el ser humano llegó a degradarse hasta el punto de no solo no respetar la inocencia de la infancia, sino de hacer de ella carne de infamia. Solo me vinieron a la memoria aquellos campos de concentración nazi donde los niños eran quemados vivos porque “no servían para trabajar”. Fue en uno de aquellos campos donde uno de los responsables dedicaba la poca agua que había para regar las flores de su jardín dejando morir de sed a los niños.

Para alguien como yo que ha dedicado tantas columnas a contar lo positivo del alma brasileña (que tanto me ha enseñado y reconfortado en los momentos en que no es difícil perder la confianza en el ser humano), el hecho de leer comentarios sin alma, sin empatía, cargados de odio, sarcasmo e incluso regocijándose de la muerte de un inocente, solo por el odio a Lula, hace que prefiera no haber vivido este día.

Soy de los periodistas que criticaron, en su momento, el hecho de que Lula, que llegó con la esperanza de renovar la política, hubiese acabado contagiado por los halagos de los poderosos y por la política fácil de la corrupción. Hoy, sin embargo, ante esos camiones de basura que las redes sociales están vomitando contra él y hasta contra el nieto inocente que ha perdido, me atrevo a pedirle perdón en nombre de esos millones de brasileños que aún no se han vendido al odio fácil y saben aún mantener su dignidad ante la muerte de un niño.

Hubo quien escribió que, después de los campos de concentración del nazismo, no era posible seguir creyendo en Dios. ¿Y después de esos odios y sucios insultos lanzados contra Lula tras haber perdido a su nieto, es posible seguir creyendo en Brasil? El Brasil de las cloacas, que hoy han manchado gratuitamente el alma de un niño, terminará como le sucedió al nazismo.

El otro Brasil, el anónimo, el que hoy se ha horrorizado viendo desfilar a los monstruos sueltos en las redes sociales, el mayoritario, acabará (¿o será solo mi esperanza?) dominando a los monstruos que hoy nos asustan para dar paso a los ángeles de la paz."                    (Juan Arias, El País, 02/03/19)

9/2/15

En los 80, Reagan ordenó un ataque simulado con armas nucleares contra los rusos, sin previo aviso... estamos vivos de milagro

"(...) -Se le ve sonriente. ¿Todavía encuentra razones para ser optimista?

-Bueno, algunas hay. Aunque no faltan tampoco para ser pesimista. La Humanidad tendrá que decidir, y no a largo plazo, si quiere sobrevivir u olvidar dos enormes e inminentes amenazas: una es las catástrofes medioambientales, la otra es la guerra nuclear. 

El Boletín de los Científicos Atómicos, que ha sido el principal monitor de cuestiones nucleares y estratégicas durante muchos años, publica un famoso reloj del “Juicio Final”. 

Determina la distancia a la que las manecillas del reloj deberían estar de la medianoche. Y acaban de adelantarlo a tres minutos del final. Es lo más cerca que hemos estado desde la Crisis de los Misiles de Cuba. La amenaza nuclear sigue aumentando; siempre ha sido significativa, y es casi un milagro que escapáramos de ella. 

En este momento, EEUU está dedicando un billón de dólares a modernizar y poner al día su arsenal nuclear. El Tratado de No Proliferación Nuclear nos obliga a comprometernos a eliminar estas armas, a mostrar signos de querer eliminarlas. No hay nada de eso. Rusia sigue su carrera, y algunas potencias menores también.

-Pero casi nadie habla de ello.

-No se habla mucho, salvo algunos analistas estratégicos, expertos económicos y otra gente preocupada por estas cuestiones. Pero hay amenazas muy serias. Una es el conflicto en Ucrania. Uno confía en que las potencias se frenarán, pero viendo los antecedentes no es en absoluto seguro. 

Sólo un ejemplo: a principios de los años 80, la Administración Reagan decidió sondear las defensas rusas. Así que simularon ataques por tierra y aire, incluyendo armas nucleares. No dijeron a los rusos lo que estaban haciendo porque querían provocar no un simulacro sino una alerta real. Fue un momento de extrema tensión. 

 Reagan acababa de anunciar iniciativas estratégicas de defensa como la guerra de las galaxias, pero los analistas de ambos bandos lo interpretaron como un arma de primer ataque. No es un misil defensivo, si en algún momento llega a funcionar, sino una garantía para lanzar el primer ataque.

 Ahora, conforme los archivos rusos se han ido haciendo públicos, la Inteligencia de EEUU ha reconocido que la amenaza fue extremadamente seria. De hecho, un informe reciente asegura que casi estalla la guerra.

-Así que estamos vivos de milagro.

-Vuelvo a su pregunta inicial… ¿Optimismo? Es siempre la misma historia. Siempre, no importa cómo juzgues lo que está pasando en el mundo, tienes, básicamente, dos opciones. Puedes decidir ser pesimista, decir que no hay esperanza y abandonar todo esfuerzo, en cuyo caso contribuyes a asegurar que suceda lo peor.

 O puedes agarrarte a cualquier esperanza –siempre hay alguna– e intentar hacer lo que puedas –y quizás así seas capaz de evitar un desastre, o incluso, de abrir el camino a un mundo mejor.  (...)"     (Entrevista a Noam Chomsky, Miguel Mora , Ctxt, en Rebelión, 09/02/2015)

29/4/13

El fatalismo político

"Pues bien, en el contexto social y relacionado con la percepción o la ausencia de control, se encuentra el "fatalismo", que fue un término inicialmente acuñado por Martín Baró (1987), para hacer referencia al tipo de relación que se establece entre las personas y un entorno que perciben como incontrolable. 

En cierto sentido, este concepto de fatalismo entronca con el concepto de indefensión aprendida (IA), anteriormente descrito.

No obstante, según el propio Martín Baró, la indefensión que se experimenta a nivel social no constituye solamente una consecuencia tanto de discursos o prácticas de socialización que fomentan la inacción política sino que, más bien, tanto la indefensión como el fatalismo subsecuente a la misma, serían el resultado de una experiencia reiterada de fracaso en los esfuerzos dirigidos a controlar el entorno.

Según De la Corte, Blanco y Sabucedo, en sus trabajos en el área de la Psicología Política, el fatalismo sería, por tanto, una actitud que tendría un enorme poder a la hora de favorecer la desmovilización política y, por tanto, para el mantenimiento de la situación actual o statu quo.

Así, los factores claves que definen el fatalismo, según ellos, serían: en primer lugar, el conformismo y la sumisión; en segundo lugar, una tendencia a no realizar esfuerzos y a mostrarse pasivo y, en tercer lugar, una excesiva focalización en el presente a la que denominan presentismo. 

Este último implicaría, además, una falta de memoria del pasado y una ausencia de planificación del futuro. El fatalismo sería además, una actitud que vendría acompañada de una sensación de que todo va a seguir igual.

Por este motivo, una vez constatado el fatalismo en un sector de la población más o menos amplio, la labor de los movimientos sociales y, por ende, de los partidos políticos, mediante sus propuestas y conductas, sería la de romper el círculo vicioso que refuerza estas creencias en los individuos. Tarea, por otro lado, difícil ya que la corrupción férreamente instalada en los dos principales partidos de nuestra arena política, dificultan el cambio de las actitudes fatalistas.

Es decir, deberían fomentar aquello que Paulo Freire llamaba "concientización" --la toma de conciencia personal en su dimensión social y política-- y que Martín Baró llamó más tarde "empoderamiento", el cual consistía en devolver a los ciudadanos la creencia de que sus acciones podrían modificar la realidad social.

 Un ejemplo práctico sería adoptar iniciativas concretas para devolver la voz a la ciudadanía, a través de procesos consultivos más democráticos (referéndum).   (...)

A lo largo del tiempo la indefensión aprendida se ha denominado de distintas maneras: desesperanza, indefensión e incluso pereza aprendida, arrojando esta última una sombra de culpa sobre la víctima. Hoy el término indefensión está en boca de todo el mundo relacionado con las consecuencias más duras de la crisis económica: desempleo, desahucios y pobreza. 

También con los efectos de las políticas adoptadas por los gobiernos para hacer frente a la crisis caracterizados por sucesivos recortes de sueldo, de prestaciones y de derechos que recaen sobre los ciudadanos que nada han tenido que ver con sus causas, y que no entienden lo que ocurre. Recortes que, al parecer, no podremos evitar por mucho que hagamos huelgas o nos manifestemos. 

Y además, se ha comenzado a castigar a muchos de los que protestan mediante detenciones poco justificadas y prisiones preventivas de dudosa compatibilidad con derechos humanos fundamentales.  (...)

Podemos inferir que, mediante el poder actual de los medios de propaganda, es factible inducir este estado depresivo en buena parte de la población, para mantenerla en la pasividad.

La indefensión aprendida se puede observar en numerosos ambientes y sociedades represivas, con poblaciones sumamente empobrecidas en contraste con el derroche y despilfarro económico ejercido por su clase dirigente. El poder lo viene haciendo históricamente de muy diversas formas, haciéndonos creer que somos los únicos culpables de nuestros males; por ejemplo en España hoy en día resulta un ejemplo familiar es el famoso mensaje "hemos vivido por encima de nuestras posibilidades", (cuando la realidad era que las posibilidades, para los de abajo, más bien eran inferiores a los estándares de una vida digna) y en Argentina en tiempos pasados el mensaje "Todos somos culpables".

 No debemos caer en la trampa de pensar que “la culpa de esta crisis la tenemos nosotros”. Autores como Vicenç Navarro han señalado que ha sido precisamente la falta de recursos entre las clases populares la que ha sido causante del endeudamiento, y no al revés.

Cómo diría Susan George “España se ha convertido en una "una rata de laboratorio”. La cuestión es ¿cuánto tiempo toleraremos el castigo y la culpa sin rebelarnos? Como hemos expuesto, un elemento fundamental en el fenómeno de la indefensión aprendida es la culpa y, por tanto, el miedo. (...)

El ser humano tiene una incuestionable necesidad de justificar sus acciones, esto hace que ante los demás (y ante nosotros mismos) necesitemos sentir que somos coherentes, que guardamos equilibrio entre lo que pensamos, decimos y hacemos. 

Cuando ello no ocurre hay una tendencia o predisposición interna a disminuir la tensión, aunque sea mínima, que estas incoherencias nos puedan generar para no sentir dicha incomodidad.

Este mecanismo viene descrito en la teoría de la Disonancia Cognitiva. Dicha teoría considera además que existen pensamientos, creencias, ideas, cogniciones consonantes (es decir, coherentes o consecuentes entre sí). El ejemplo más recurrido es el del tabaco --“sé que fumar es perjudicial y no fumo”-- y cogniciones disonantes --"sé que fumar es perjudicial y sin embargo fumo"--.

Nos centramos en la disonancia o tensión generada por las situaciones de incongruencia entre actitudes y conductas, es decir, pensamos una cosa y hacemos otra.

Para reducir la disonancia entre cogniciones podemos utilizar varias opciones:
1. Cambiar uno de los dos elementos disonantes: o la actitud (“fumar no es tan malo”) o la conducta (no fumar).
2. Agregar una cognición para justificar o racionalizar la incongruencia entre las dos cogniciones. Ej. “hay fumadores que son longevos”.

Trasladando y ejemplificando dicha teoría a la práctica insertada en el contexto sociopolítico actual en España:

Primero la actitud, luego la conducta y, nuevamente, la actitud: confío en que el PP “salvará” España, creará empleo, etc. (actitud); por lo que voto al PP (conducta), con el tiempo constato el desastre de su política (disonancia) y resuelvo la tensión que me produce en una nueva actitud: "todos son iguales".

Lo expuesto explica por qué todos tendemos a justificar las conductas por una disposición o tendencia a resolver las incongruencias propias. La idea del cambio nos provoca tal incomodidad que cualquier orden existente nos hace sentir más seguros.

 El sesgo de justificación del sistema es investigado desde la psicología social, que nos deja algunos detalles reveladores acerca de la lentitud del cambio, del porqué parecen perpetuarse los problemas socio-políticos de nuestros tiempos. Según esta perspectiva, en ciertas condiciones sociales, nos resistimos al cambio social y justificamos y protegemos el sistema social existente. 

Así nos encontramos con las frases tan recurridas: todos son iguales y por tanto mi conducta no fue errónea), o no estoy de acuerdo con lo que está pasando, pero no queda más remedio (disminuye mi sensación de incomodidad porque hay causas externas que yo no puedo controlar)."       (Diagonal Global, 22/04/2013)