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29/10/21

Angélica Liddell: “Todo lo considero desde la perspectiva de mi muerte. No sé vivir, no sé”

 "Angélica Liddell rompe su silencio. Después de casi cinco años sin conceder entrevistas, la creadora teatral española de mayor proyección internacional accede a hablar sobre su trabajo, sus proyectos y su forma de entender el arte y la vida en una conversación por correo electrónico con EL PAÍS.

Autora, directora e intérprete de sus propios textos, ganadora del Premio Nacional de Literatura Dramática en 2012 y del León de Plata de la Bienal de Teatro de Venecia en 2013, Liddell (Figueres, 55 años) se halla inmersa en la escritura del tercer volumen de su Trilogía del luto, en los próximos meses verá la luz su poemario Veo una vara de almendro, veo una olla que hierve y prepara dos nuevas piezas teatrales: Liebestod y Terebrante.

 “El alma de Liebestod es el torero Juan Belmonte, a quien descubrí tras leer la biografía de Chaves Nogales, y pertenece a Historias del Teatro III, un proyecto de Milo Rau producido por el Teatro Nacional de Gante. Y Terebrante es una seguiriya a los pies de Manuel Agujetas producida por el festival Temporada Alta de Girona y el Centro Dramático Nacional de Orleans, donde me acaban de hacer artista residente”, adelanta.

Pregunta. ¿Su vida ha cambiado mucho por la pandemia?

 Respuesta. Yo vivía exactamente como quería vivir, en un avión, de hotel en hotel, trabajando sin parar, exhausta. No necesitaba una pandemia para ponerme a leer, pensar en mí misma, pintar, reflexionar, ni descansar. El confinamiento empezó justo cuando me iba a Oporto, y poco a poco se canceló la gira entera. Ahora mismo no debería estar en mi casa. Cuento los días que quedan para marcharme a Bélgica a ensayar como quien hace muescas en la pared de una prisión.

P. ¿Qué significa para usted trabajar y vivir?

R. Para mí trabajar no es producir, trabajar es consagrarse, es hacer del suicidio una fiesta. Yo hago teatro como Belmonte toreaba. Él decía que se torea como se es y como se ama. Trabajar es “ser”, es “amar”, es entregarse a algo mayor que tú, es estar al servicio de algo que trasciende a tus propias intenciones y a tus propias fuerzas. En cambio, vivir no significa nada para mí. Todo lo considero desde la perspectiva de mi muerte. No sé vivir, no sé. Emocionalmente, en la vida, solo me identifico con los tarados, con los inadaptados, con los enfermos, con los rechazados, con los retrasados. Soy demasiado frágil para desenvolverme en un mundo de fieras, de adultos, de traiciones, de engaños, de fiesta, alcohol y diversión. Mi alma es de niña. Así que me aíslo. Cada vez que me asomo me dan una hostia, y vuelvo otra vez a la cueva. Necesito escribirlo todo, todo. Eso no es vivir.

P. Dice que fuera del escenario se siente imposibilitada para la vida. Ahora que no hay escenario, ¿puede suplirlo de algún modo?

 R. Ahora mismo solo encuentro alivio en la escritura, es una bendición para mí. Necesito mucha disciplina. Escribo todos los días. Pero nada sustituye al perímetro ritual de un escenario, al trance, la invocación, la transfiguración, a ese entusiasmo, a esa iluminación, ese cuadro de tarantismo, esa picadura de araña que te obliga a un movimiento perpetuo.

P. ¿Qué sensación tiene respecto a textos antiguos como Mi relación con la comida?

R. No me gustan. He retirado los derechos de casi todas mis obras.

 P. ¿Cuál considera que es su aportación?

R. Ninguna. En el teatro solo cuenta el instante. Esa epifanía fugaz. Ese cruce de voluntades entre el creador y el público, esa ceremonia. El resto no importa nada.

P. Afirma que cuenta con la hostilidad de la familia teatral española desde hace 30 años. ¿Por qué?

R. Es la historia de una antipatía mutua. Ya nos hemos hecho viejos así. Me produce risa. Por otra parte, yo no soy de familias, soy una descastada. El teatro para mí es como estar dentro de un cuerpo que no me pertenece. Detesto a los actores y su mundo, me da fatiga el artisteo, ese lodazal de egos, vanidad, ansias de destacar y de ser especiales. Aborrezco ese mundillo sediento de halagos. Los actores son ruidosos, tontos, a Beckett tampoco le gustaban. Yo carezco de ese sentimiento de pertenencia a la comunidad teatral, al grupo. Esto creo que ha sido fundamental en el desencuentro con la familia, pero no deja de ser una rencilla de patio de butacas o de vecinos, de corrillo cervecero. Es una pena que sea todo tan cutre, porque las disputas estéticas deberían solucionarse a tiros, como hicieron Rimbaud y Verlaine.

 P. ¿Tiene fe en las próximas generaciones?

R. Este verano vi el cine Doré [en Madrid] lleno de jóvenes que iban a ver Saló de Pasolini. Gente rara, muy especial, no eran los guapitos, no tenían encendido el teléfono. No hubo ni una burla, ni una carcajada, iban con un respeto que me conmovió. Me devolvió la fe en las generaciones que vienen, pero en los muy, muy, muy jóvenes. Supongo que en algún momento reventará esta bulimia de egocentrismo, todo este fango socialtotalitario de los instagramers en busca de protagonismo y halagos, esta ansia de éxito a cualquier precio y a cambio de cualquier cosa, carne de Netflix, una sociedad antagónica a la humildad y al servicio, prepotente, empachados de derechos a toda costa. Un derecho del que no emana un deber no es un derecho. Es lamentable.

 P. En su libro Guerra Interior (La Uña Rota, 2020) dice: “Reunimos a los espectadores para que aplaudan nuestro deceso. No queremos morir solos”, mientras el personaje de Loubna descarga contra sus fans. ¿Por qué?

R. Una cosa es el público, el encuentro trágico, y otra cosa los fans. Loubna no arremete contra los fans, sencillamente los describe tal y como son. No hay nada que me irrite más que ver a cuatro histéricas que me están esperando a la puerta de los teatros cuando yo de lo único que tengo ganas es de encerrarme en mi habitación o estar con personas a las que amo. El rito acaba en el escenario. El fan se apropia de tu intimidad. Son los primeros en perderte el respeto. Si además de fans son actores (que suelen serlo), entonces ya me repugna. Hay gente a la que le gusta la posfunción, la copita, los halagos, toda esa basura, incluso se follan a los fans y los fans se follan al artista. No me va. Me produce un tedio insuperable.

P. En sus obras habla del miedo. ¿Cuál es su mayor temor?

R. Querer y no ser querida. Me aterroriza y me incapacita. Todos mis temores con respecto al amor se han cumplido con creces, me han roto el corazón, ya te digo que mi alma es de niña, soy muy ingenua, una cría, mi necesidad de cariño ha sido siempre brutal, de huérfana. Ahora solo quiero seguir trabajando y envejecer. Mi mayor miedo es la demencia, morirme sola y loca. Mediante la escritura intento transformar los miedos en algo bello, los arranco de mis entrañas y así puedo sobrevivir a ellos.

 P. Si se dejara dirigir como actriz, ¿con quién sería?

R. No soy una actriz, de manera que no podría trabajar como actriz. Siempre que me lo han ofrecido he dicho que no. Pero sí aceptaría trabajar como esclava. En 2013 le dije a mi ayudante de dirección que quería que Israel Galván me rompiera todos los huesos del cuerpo taconeando encima de mí. Llegamos incluso a escribirle. En el cine, trabajar como esclava de Albert Serra me haría muy feliz.

P. ¿Qué artistas contemporáneos le remueven por dentro?

R. No busco lo contemporáneo, sino lo eterno. En mi testamento le he dejado mis escasos bienes a una pintura del Museo del Prado, Cristo sostenido por un ángel, de Antonello de Messina, así que imagínate. No distingo lo contemporáneo como tal, todo lo que me rodea en el tiempo es contemporáneo y eterno a la vez, incluido un caravaggio o una entrevista de Rafael de Paula. Todo lo que fue rabioso en su tiempo lo sigue siendo ahora si lo escoges como contemporáneo. Me siento muy alejada de lo que se suele entender por contemporáneo. No me interesa. Pero por dar una respuesta más concreta, tengo entradas para escuchar a Trifonov. Ver interpretar a este hombre me rompe, me emociona, me ayuda a morir."                  (Entrevista a Angélica Liddell, Almudena Ávalos, El País, 13/03/21)

8/3/11

"En Europa pintas porque la vida no basta. En África sí basta, por eso te preguntas qué sentido tiene pintar"


Manguel, delante de uno de los retratos que le ha hecho Barceló

" "En África la muerte está muy cerca y el remedio, muy lejos. Lo contrario que aquí. En Europa pintas porque la vida no basta. En África sí basta, por eso te preguntas qué sentido tiene pintar". (...)

Miquel Barceló. La muerte de la pintura se decretó hace más de 200 años. La pintura es como Drácula, nunca muere. La invención de la fotografía iba a matar la pintura, y ahora es una técnica pictórica más. Ha dejado de ser un documento de lo real.

Alberto Manguel. Tus nuevos retratos tienen algo de fotográfico.

M. B. Cuando se ponía una pintura sobre un cadáver era como hacer que no estuviera muerto de verdad.

A. M. Porque exorciza la muerte.

M. B. Y funciona. Cuando vas al Prado nunca piensas: esta gente está muerta. En cambio, como dice Susan Sontag, ante una fotografía es imposible no pensar en que el retratado está muerto, o que lo estará. (...)

P. ¿La pintura sigue más cerca de su origen que la literatura?

A. M. La palabra viene mucho después, claro. Quizás sea porque la imaginación se debilita con el tiempo. Cuando las imágenes no bastan necesitamos aclararlas a través del lenguaje, que en el fondo es un instrumento muchísimo más débil. Al tratar de ser más preciso es menos ambiguo y, por tanto, menos rico.

Se reduce lo que podemos ver porque tenemos el ansia de la interpretación. No podemos simplemente mirar una pintura, inmediatamente tenemos que contarle una historia. Por eso me gusta que Miquel quiera pintar algo donde hay un eco de Chauvet. Con un pequeño intervalo de 32.000 años.

M. B. En pintura, 32.000 años no son nada."

A. M. Desde la eternidad serán contemporáneos.

M. B. Toda pintura es contemporánea. Y al leer el Quijote ves que toda la literatura también lo es. Las diferencias de lenguaje son menos importantes que aquello que tenemos en común. En 32.000 años nadie ha inventado nada mejor que el carbón para dibujar." (Barceló: "La pintura, como Drácula, nunca muere". El País, 07/03/2011, p. 35)