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27/9/23

Varoufakis: El capitalismo ha muerto: viva el tecnofeudalismo... Nos han convertido a todos en siervos de la nube... sostenemos esta enorme máquina de modificación del comportamiento con nuestro trabajo gratuito: publicamos reseñas, valoramos productos, mientras amasa enormes rentas de los capitalistas que dependen de esta red de capital en la nube, normalmente el 40% del precio de venta. Eso no es capitalismo. Bienvenido al tecnofeudalismo... lo que ha matado al capitalismo es el propio capital. No el capital tal y como lo conocemos, sino una mutación del mismo surgida en las dos últimas décadas. Esta mutación -el capital en nube- ha demolido los dos pilares del capitalismo: los mercados y los beneficios... que siguen siendo omnipresentes -también lo eran bajo el feudalismo-, pero han sido desalojadas del centro de nuestro sistema económico, y expulsadas a sus márgenes. Los mercados, el medio del capitalismo, han sido suplantados por plataformas comerciales digitales que parecen mercados, pero no lo son, y que se entienden mejor como feudos. Y el beneficio, motor del capitalismo, ha sido sustituido por su predecesor feudal: la renta... En consecuencia, el poder real no reside hoy en los propietarios del capital tradicional: maquinaria, edificios, redes ferroviarias y telefónicas, robots industriales. Siguen extrayendo beneficios de los trabajadores, del trabajo asalariado, pero ya no mandan, como antes. De hecho, se han convertido en vasallos en relación con una nueva clase de señor feudal, los propietarios del capital en nube... ignoramos un peligro muy real. Máquinas como Alexa y chatbots de inteligencia artificial como ChatGPT, ejercen un poder inimaginable sobre lo que hacemos, en nombre de un pequeño grupo de humanos de carne y hueso... tenemos que hacernos colectivamente dueños del capital-nube, en lugar de someternos a unos pocos señores feudales. Será muy difícil. Pero es la única manera de que nuestros artefactos basados en la nube dejen de ser un medio de modificación del comportamiento y se conviertan en un medio de emancipación

 "Una vez oí a un anciano Friedrich von Hayek comenzar una diatriba contra la planificación socialista con una encantadora anécdota personal. "El otro día", dijo juguetonamente, "entré en una tienda. Salí con un artículo que, antes, no tenía ni idea de que quería". Como todos los defensores más inteligentes del capitalismo, pensaba en el mercado como un creador benévolo cuya labor ningún sistema creado por el hombre podría reproducir. La idea de Hayek era que nosotros mismos no sabemos lo que queremos hasta que entramos en el mercado. Entonces, ¿cómo podría un funcionario del gobierno, o de hecho cualquier persona, saber lo que quiere la sociedad?

Pensadores como von Hayek rechazan a los economistas vulgares de la corriente dominante que celebran el mercado como un mero mecanismo eficiente para encontrar el precio justo de las cosas; ellos lo ven como algo más grande, un liberador de nuestra imaginación, el cocreador de nuestras preferencias y gustos. Sostienen que interferir en los mercados, por no hablar de sustituirlos, es una idea terrible porque los sistemas centralizados son contrarios no sólo a la eficiencia, sino también al libre desarrollo de nuestras inclinaciones.

 Pero, ¿y si nuestras preferencias ya no están formadas por el mercado, como en la época de Hayek? Al año siguiente de su muerte, me esforzaba por conectar el ordenador de mi padre a la incipiente Internet cuando me hizo una pregunta asesina: "Ahora que los ordenadores hablan entre sí, ¿hará esta red que el capitalismo sea imposible de derrocar? ¿O podría revelar por fin su talón de Aquiles?". Fue un par de años después del colapso del comunismo soviético, pero también el principio del declive del centro-izquierda. La amenaza que suponía para el capitalismo una clase obrera organizada había entrado en una recesión que nunca ha terminado. ¿Podría Internet hacer al capitalismo lo que el proletariado no había conseguido?

 He tardado años en responder a la pregunta de mi padre -en forma de mi nuevo libro, Tecnofeudalismo: Lo que mató al capitalismo. En él sostengo que ahora nuestras preferencias no las determinan los mercados, sino las redes de máquinas, lo que yo llamo "capital en la nube". Alexa, de Amazon, por ejemplo, es el portal a un sistema totalitario y totalmente centralizado de creación y satisfacción de preferencias. 

En primer lugar, nos entrena para que le dictemos lo que queremos. 

En segundo lugar, nos vende directamente lo que ahora "queremos", eludiendo cualquier mercado real. 

En tercer lugar, consigue que sostengamos esta enorme máquina de modificación del comportamiento con nuestro trabajo gratuito: publicamos reseñas, valoramos productos. 

Por último, amasa enormes rentas de los capitalistas que dependen de esta red de capital en la nube, normalmente el 40% del precio de venta. Eso no es capitalismo. Bienvenido al tecnofeudalismo.

 El miedo de la humanidad a sus creaciones tecnológicas es antiguo: películas como Terminator y Matrix están impulsadas por la misma ansiedad que animó el Frankenstein de Mary Shelley y el cuento de Pandora de Hesíodo, en el que es un robot creado por Hefesto para castigarnos por el crimen de Prometeo. Todas estas historias tienen un punto de singularidad: el momento en que una máquina, o una red de máquinas, alcanza la consciencia. Por lo general, la máquina nos echa un vistazo a nosotros, sus creadores, y decide que no somos adecuados para su propósito, antes de proceder a erradicarnos o esclavizarnos, o simplemente hacernos desgraciados.

Pero mientras nos tragamos estas historias, ignoramos un peligro muy real. Máquinas como Alexa y chatbots de inteligencia artificial como ChatGPT no están ni cerca del temido punto de singularidad. Pueden pretender ser sensibles, pero no lo son. Sin embargo, no importa ni un ápice que sean apéndices descerebrados de una red de procesamiento de datos que sólo simula inteligencia. Ni que sus creadores estuvieran motivados por la curiosidad y la búsqueda de rentas, y no por un diabólico plan para subyugar a la humanidad. Lo que importa es que ejercen un poder inimaginable sobre lo que hacemos, en nombre de un pequeño grupo de humanos de carne y hueso.

 Se trata de una versión de la singularidad, aunque de forma más simple, en el sentido de que es el momento en que algo inventado por "nosotros" se vuelve independiente y más poderoso que nosotros, sometiéndonos a su control. En efecto, desde la revolución industrial original hasta nuestros días, hemos dotado a las máquinas de "vida propia"; desde las máquinas de vapor hasta los motores de búsqueda, nuestros gloriosos artefactos nos hacen sentir, en palabras de Marx, como "el hechicero, que ya no es capaz de controlar los poderes del mundo inferior a los que ha convocado con sus hechizos".

En el centro de mi tesis hay una ironía: lo que ha matado al capitalismo es el propio capital. No el capital tal y como lo conocemos desde los albores de la era industrial, sino una nueva forma de capital, una mutación del mismo surgida en las dos últimas décadas, tanto más poderosa que su predecesora que, como un virus demasiado entusiasta, ha acabado con su huésped. Esta mutación -el capital en nube- ha demolido los dos pilares del capitalismo: los mercados y los beneficios.

Por supuesto, estas dos cosas siguen siendo omnipresentes -también lo eran bajo el feudalismo-, pero han sido desalojadas del centro de nuestro sistema económico y social, expulsadas a sus márgenes y sustituidas. Los mercados, el medio del capitalismo, han sido suplantados por plataformas comerciales digitales que parecen mercados, pero no lo son, y que se entienden mejor como feudos. Y el beneficio, motor del capitalismo, ha sido sustituido por su predecesor feudal: la renta. En concreto, se trata de una forma de alquiler que debe pagarse por el acceso a esas plataformas y a la nube en general: el alquiler de la nube.

En consecuencia, el poder real no reside hoy en los propietarios del capital tradicional: maquinaria, edificios, redes ferroviarias y telefónicas, robots industriales. Siguen extrayendo beneficios de los trabajadores, del trabajo asalariado, pero ya no mandan, como antes. De hecho, se han convertido en vasallos en relación con una nueva clase de señor feudal, los propietarios del capital en nube. En cuanto al resto de nosotros, hemos vuelto a nuestra antigua condición de siervos, contribuyendo a la riqueza y al poder de la nueva clase dominante con nuestro trabajo no remunerado, además del trabajo asalariado que realizamos, cuando tenemos la oportunidad.

En un mundo tecnofeudal, el individuo liberal es ahora un papel imposible de desempeñar. Los humanos estamos enredados en una red de capital digital que nos entrena para que nos controle. La democracia social es inimaginable en un mundo en el que los proles-nube son reducidos a autómatas, mientras que casi todos los demás trabajan gratis como siervos-nube, sin darse cuenta siquiera de que su trabajo repone la forma dominante de capital. ¿Significa esto que nunca podremos recuperar nuestra autonomía, nuestra libertad? Por supuesto que no. No estamos condenados. Lo que es un hecho, sin embargo, es que, por la misma razón que no podemos des-inventar la IA, o aplastar el capital en nube en un ataque de rabia neo-ludita, no hay vuelta atrás al capitalismo. ¿Y ahora qué?

Mientras que la privatización y el capital riesgo acaparan toda la riqueza material que nos rodea, el capital nube se dedica a acaparar nuestros cerebros. Si cada uno de nosotros quiere reclamar la propiedad de su mente, tenemos que hacernos colectivamente dueños del capital-nube, en lugar de someternos a unos pocos señores feudales. Será muy difícil. Pero es la única manera de que nuestros artefactos basados en la nube dejen de ser un medio de modificación del comportamiento y se conviertan en un medio de emancipación."             

(Yanis Varoufakis, UnHerd, 25/09/23; traducción DEEPL)

22/5/23

Cómo será el trabajo bajo una inteligencia artificial... hay que distinguir entre los algoritmos productivos y los extractivos... Por una parte, está la tecnología productiva o creadora de valor, por ejemplo, robots industriales y ordenadores que permiten a los trabajadores realizar sus tareas obteniendo más con el mismo esfuerzo y tiempo... por otra, las tecnologías extractivas de valor que incrementan el poder empresarial para exprimir al trabajador toda su energía física y mental. Son tecnologías que no crean más producto, sino que la empresa obtiene más rendimiento solamente a través de que el trabajador use más energía propia... con el riesgo de deshumanizar el trabajo con determinados usos tecnológicos, (control de tiempos, selección de personal o despidos automatizados)... la introducción de ordenadores ha supuesto una reducción de la parte que obtienen los asalariados de la renta generada por la economía. Entre 1970 y 2019 la participación de los trabajadores en la renta nacional en España ha pasado del 62% al 55%. Evitar los efectos negativos de las nuevas tecnologías se ha convertido en una cuestión esencial para la democracia... “la mayor preocupación de la sociedad no debería ser que un algoritmo te quite tu trabajo, sino que te quite tu salario”

 "La reciente dimisión de Geofrey Hinton como vicepresidente de Google significó una inquietante alerta. Con su decisión, Hinton, uno de los padres de la inteligencia artificial, lanzó una clara advertencia sobre los riesgos existenciales que puede significar el desarrollo descontrolado de esta nueva herramienta tecnológica.

El Parlamento Europeo ha elaborado un proyecto de reglamento sobre el uso de la inteligencia artificial para impedir los usos perversos de las nuevas tecnologías como la manipulación de la opinión pública, los sistemas de vigilancia masiva o la discriminación de personas. El proyecto legislativo, sobre la base elaborada por la Comisión Europea en 2021, pionero en este ámbito, trata de garantizar el respeto a los derechos fundamentales y más transparencia.

Los avances tecnológicos a través de las sucesivas revoluciones industriales han propiciado un aumento de la productividad que a la larga ha beneficiado al conjunto de la población hasta ahora. Sin embargo, hay relevantes indicios de que la vertiginosa velocidad de implantación de las nuevas tecnologías solo beneficia a una parte de la sociedad.

El profesor de Derecho del trabajo de la Universidad de Valencia, Adrián Todolí Signes, ha estudiado el impacto de la inteligencia artificial en el mundo del trabajo, que desmitifica muchos tópicos. En Algoritmos productivos y extractivos, (Aranzadi) advierte lúcidamente que “la mayor preocupación de la sociedad no debería ser que un algoritmo te quite tu trabajo, sino que te quite tu salario”. Su investigación se centra no en el trabajo que desaparece sino en el que se queda. Esto es, “en cómo será el trabajo bajo una inteligencia artificial”.

 Todolí lucha contra la idea de que la tecnología es neutral. Distingue entre los algoritmos productivos y los extractivos. Por una parte, está la tecnología productiva o creadora de valor. Se refiere, por ejemplo, a los robots industriales y ordenadores, que permiten a los trabajadores realizar sus tareas obteniendo más con el mismo esfuerzo y tiempo.

Por otra parte, están las tecnologías extractivas de valor que incrementan el poder empresarial para exprimir al trabajador toda su energía física y mental. Son tecnologías que no crean más producto, sino que la empresa obtiene más rendimiento solamente a través de que el trabajador use más energía propia. El profesor puntualiza: “este esfuerzo extra, en el fondo, será un coste para sociedad a través de mayor número de accidentes de trabajo, peor salud, física o mental y más rápido envejecimiento”. Alerta sobre los riesgos de deshumanizar el trabajo con determinados usos tecnológicos, (control de tiempos, selección de personal o despidos automatizados). Señala una correlación entre el declive del Derecho del trabajo y la introducción de ordenadores que ha supuesto una reducción de la parte que obtienen los asalariados de la renta generada por la economía. Entre 1970 y 2019 la participación de los trabajadores en la renta nacional en España ha pasado del 62% al 55%. Evitar los efectos negativos de las nuevas tecnologías se ha convertido en una cuestión esencial para la democracia."                (Andreu Missé  , El País, 15/05/23)

26/4/23

ChatGPT puede ofrecerte asesoramiento jurídico gratuito. No sustituirá a un buen abogado litigante, pero sí a gran parte del sector jurídico. Lo mismo ocurre con la industria financiera, desde los asesores financieros hasta el extremo inferior y medio de la industria de gestión de fondos... ChatGPT tampoco es muy bueno en fontanería. Es probable que los países con grandes industrias manufactureras se vean menos afectados por los grandes sistemas lingüísticos que los países que han apostado su futuro a la economía de servicios, gran parte de la cual consiste en franquicias de información protegida. Como en cualquier cambio, habrá ganadores y perdedores. Los perdedores esta vez no serán los obreros de las fábricas y los mineros del carbón, sino las personas con formación universitaria que se lanzaron a las industrias de la información

 "(...) La regulación probablemente acabará con algunos focos de las actuales burbujas criptofinancieras, incluidas construcciones dudosas como las stablecoins. Pero romper una blockchain vigilada por una gran comunidad descentralizada está más allá de la capacidad de los gobiernos. El cripto, como tal, sobrevivirá y prosperará.

ChatGPT es una bestia muy diferente. Es tecnológicamente mucho más avanzado. Pero lo que tienen en común las criptomonedas y los llamados grandes modelos lingüísticos es su impacto social. Ambos amenazan franquicias establecidas, protegidas por barreras de entrada. ChatGPT amenaza específicamente la franquicia de los guardianes de la información. Ya está acabando con puestos de trabajo. El otro día oímos que una empresa había despedido a todo su departamento de marketing y lo había sustituido por ChatGPT. Basándonos en nuestras propias experiencias en el sector de los medios de comunicación, no nos sorprendería que los propietarios de periódicos hicieran algún día lo mismo con sus periodistas y mejoraran al mismo tiempo la calidad de los contenidos. ChatGPT nunca hará periodismo de investigación. No publicará documentos clasificados estadounidenses. ChatGPT constituye un peligro claro y presente para cualquiera que pretenda hacer carrera en la industria de los think tanks, o en el extremo más esponjoso del mundo académico. El análisis político es otro ámbito. El mundo está lleno de guardianes de la información.

ChatGPT u otros sistemas LLM pueden ofrecerte asesoramiento jurídico gratuito. No sustituirán a un buen abogado litigante, pero sí a gran parte del sector jurídico. Lo mismo ocurre con la industria financiera, desde los asesores financieros hasta el extremo inferior y medio de la industria de gestión de fondos. Sólo existen debido a las fricciones del sistema financiero. El poeta sin dinero, la perdición de la burguesía de generaciones anteriores, puede acabar siendo financieramente más resistente que las respetables profesiones del pasado.

ChatGPT tampoco es muy bueno en fontanería. Es probable que los países con grandes industrias manufactureras se vean menos afectados por los grandes sistemas lingüísticos que los países que han apostado su futuro a la economía de servicios, gran parte de la cual consiste en franquicias de información protegida. Como en cualquier cambio, habrá ganadores y perdedores. Aquí es donde la cosa se pone interesante. Los perdedores esta vez no serán los obreros de las fábricas y los mineros del carbón, sino las personas con formación universitaria que se lanzaron a las industrias de la información."            (Wolfgang Münchau , Eurointelligence, 18/04/23; traducción DEEPL)

23/3/23

El «árbol genealógico» del cibercomunismo y la planificación cibersocialista: La planificación también es claramente distinta y superior en términos cualitativos. Tal y como explicó Otto Neurath, gracias al cálculo en especie y la democracia directa, emerge un nuevo tipo de racionalidad aprehensiva de factores multidimensionales y centrada en la satisfacción de necesidades sociales. Hablaríamos de un sistema de control con la capacidad de decidir conscientemente qué hacer y cómo. Los planes son la expresión consciente de la voluntad popular en un determinado momento a través de objetivos y restricciones autoimpuestas

 "Al calor de la revolución digital de las últimas cuatro décadas, las tecnologías de la información y la computación han permeado nuestras sociedades hasta el punto de convertirse prácticamente en ubicuas, conectando entre sí a miles de millones de personas. El movimiento socialista no iba a ser menos, y en los últimos años han surgido varios colectivos bajo el paraguas de lo que podría denominarse cibercomunismo.

Pese a lo que pueda parecer, esto no va solo de comunistas usando ordenadores. En este artículo pretendemos argumentar que el comunismo cibernético se adjetiva así por considerar que la cibernética, como ciencia de la información y el control, complementa a la crítica de la economía política marxista de tal modo que permite vislumbrar el sustrato informacional escondido tras las realidades burguesas y compararlas con instituciones alternativas en términos de eficiencia y adaptabilidad.

Para comprender las características esenciales de este nuevo paradigma teórico es conveniente hacer un repaso histórico de los conceptos, autores y corrientes de las que se nutre. Esta será la intención última de este escrito: esbozar una suerte de «árbol genealógico» del cibercomunismo.

I

Esta es la historia de cómo dos conceptos relativamente dispares terminan confluyendo de manera coherente: comunismo y cibernética. El primero es más conocido en los círculos en los que nos encontramos. Hablamos de la expresión política del movimiento obrero desde la Primera Internacional de los Trabajadores, sistematizada, entre otros, por Karl Marx y Friedrich Engels. Teóricamente, esta partiría de la crítica de la economía política expuesta en El capital. La desnaturalización de las instituciones burguesas (mercados, dinero, precios, incentivo de la rentabilidad, etc.) y el análisis de sus leyes internas abrirían el camino para reclamar una planificación radicalmente democrática de la economía: el programa político revolucionario capaz de romper con esas leyes.

Ahora bien, ¿qué hay de la cibernética? Hablamos de un campo de estudio interdisciplinar que dio sus primeros pasos diseñando antiaéreos para la Segunda Guerra Mundial y se consolidó proyectando innovadores enfoques en ámbitos como la neurociencia o la ecología.[1] Los seres vivos empezaron a ser conceptualizados como sistemas complejos que obtienen información de su entorno a través de los sentidos, la cual es transmitida al cerebro para que la procese y tome decisiones de manera eficiente. Un comportamiento que podía ser modelizado como un sistema de control que reacciona a ciertas señales de entrada (input), generando una señal de salida (output) y creando lo que se conoce como un bucle de realimentación (entre el individuo y su entorno).

Pues bien, la hazaña de la cibernética fue descubrir que, en realidad, este tipo de comportamientos se dan, de una forma u otra, en multitud de realidades. Norbert Wiener —al que muchos consideran el padre de disciplina— definió a la cibernética como «el campo de las teorías de control y comunicación, ya sea en la máquina o el animal”[2], explicando que dichos procesos de control no solo no quedaban confinados al mundo animal sino que podrían ser emulados, creando autómatas que también  serían capaces de adaptarse e interactuar con un entorno cambiante.

El desarrollo de dichos autómatas, en toda su complejidad, habría sido imposible de no ser por dos de los mayores desarrollos teóricos del siglo pasado: la teoría de la información de Claude Shannon[3] y la máquina de Turing de Alan Turing.[4] Shannon dotó de formalización matemática al concepto de «información», concediendo un arsenal de herramientas teóricas que permitieron el desarrollo de mecanismos para la transmisión y almacenamiento de la información mucho más eficientes que los utilizados hasta el momento. Por su parte, Turing demostró la posibilidad de codificar cualquier función matemática computable paso a paso; es decir, cualquier algoritmo, en una secuencia finita de bits conocida hoy en día como programa o aplicación. Es más, también fue capaz de demostrar que dicho código binario podía ser procesado por una máquina de Turing universal, capaz implementar cualquier otra máquina de Turing, estableciendo de este modo los fundamentos de los computadores actuales, capaces de ejecutar cualquier programa.

 Influidos por estos planteamientos, autores como William Ross Ashby demostraron ciertas relaciones entre la teoría de la información y el control de sistemas complejos. Una de las más relevantes es lo que se conoce como ley de la variedad requerida o teorema del buen regulador: todo «buen controlador» debe ser capaz de manejar la complejidad del sistema bajo control, expresada por la cantidad de posibles situaciones, teniendo una respuesta para cada ellas. En caso contrario, la reducción forzosa de la complejidad del sistema disminuye seriamente su capacidad de respuesta.[5]

Llegados a este punto el lector podría preguntar, ¿qué tiene que ver todo esto con el comunismo? Pues bien, ¿y si este análisis informacional de los sistema complejos se aplicase a la economía? ¿Es posible y fructífero? Es curioso comprobar cómo el mismo Wiener deslizó declaraciones como las siguientes:

Escribo este libro principalmente para los ciudadanos de los Estados Unidos, en cuyo ambiente las cuestiones de información serán evaluadas con el criterio normal, propio de este pueblo: una cosa vale en cuanto puede producir algo en un mercado abierto a todos. […] El destino de la información en un mundo típicamente americano consiste en venderla o comprarla. […] No es mi tarea dilucidar si esa actitud mercantilista es moral o inmoral, grosera o sutil. Pero es mi deber demostrar que conduce a que se entienda mal y se trate inadecuadamente la información y sus conceptos asociados’.[6]

Sorprendentemente anticapitalista, ¿verdad? Al menos eso fue lo que empezó a pensarse en ciertos sectores de la URSS y la RDA a partir de 1955. Wiener consideraba que las relaciones mercantiles manejan mal la información porque convierten los descubrimientos y creaciones tecnocientíficas —que son producto del esfuerzo colectivo y terminan afectando a toda la humanidad— en propiedad privada, generando opacidad social y, por ende, una gestión irresponsable de los mismos. Kitov, Sobolev y Lyapunov declararon que esto suponía «una aguda crítica a la sociedad capitalista» poco explorada hasta entonces.[7]

II

Una vez abierta esta incógnita, la aplicación de análisis cibernéticos para fines socialistas no se hizo esperar. Los mercados y las empresas capitalistas empezaron a explicarse como autómatas o sistemas de control defectuosos.

El economista polaco Oskar Lange, apoyándose en Wiener, desarrolló una novedosa comprensión de la problemática económica. En su polémica con la Escuela Austriaca, Hayek y compañía habían intentado criticar a su propuesta de «socialismo neoclásico» insinuando que los ordenadores que Lange pretendía usar para calcular los precios de los productos sin necesidad de competencia entre empresas eran una «versión digital del mercado»; que este último, en realidad, es un «sistema de telecomunicaciones» imprescindible para las sociedades industriales.[8]

 Pues bien, dándole la vuelta a este argumento, Lange argumentó que el mercado no es más que un ordenador sui generis que resuelve sistemas de ecuaciones mediante interacciones sociales a través de información meramente estadística y dinámicas de tanteo. Una afirmación congruente con los mencionados desarrollos de Turing: el mercado, al ser un «programa descentralizado», debería ser  equivalente a uno que se puede realizar en cualquier máquina de Turing universal. De esta forma, si comprendiésemos claramente su funcionamiento, podríamos reproducir un mecanismo de retroalimentación capaz de hacer lo mismo y mucho más, sin todos los inconvenientes del «mercado analógico» convencional.[9]

Al otro lado del telón de acero, el británico Stafford Beer llevó la ley de la variedad requerida de Ashby hasta sus últimas consecuencias, considerando que la economía de mercado, al tener que encorsetar la espontánea generación de necesidades e iniciativas sociales dentro de los límites de lo rentable y colapsar toda la información a las reductivistas variables monetarias, forzaba el metabolismo social a dinámicas cibernéticamente «torpes» cuyas consecuencias humanas son dramáticas.[10] Para ambos, la planificación socialista superaba claramente a los mercados al ser capaz de: tener un acceso transparente a toda la información económica, poder actuar en reacción inmediata a las nuevas necesidades ciudadanas sin la mediación de la rentabilidad y tener la capacidad previsora de hacer cálculos económicos a largo plazo.

Las concreciones histórico-políticas más destacadas de estos planteamientos fueron: 1) el OGAS de Víktor Glushkov en la URSS,[11] 2) el Cybersyn de Beer en el Chile del Frente Popular[12] y 3) los proyectos de «geografía económica» que, a la luz de las obras de Leonid Kantorovich y Nikolai Veduta, orquestó el Instituto de Novosibirsk. Los primeros se conocen más. El ultimo está mucho menos explorado, pero tiene interés por la sensibilidad ecológica que desarrollaron mientras urbanizaban la estepa siberiana.[13]

III

Tras la extensión de dictaduras neoliberales por América Latina y el posterior desmantelamiento de la URSS, todos estos proyectos fueron abortados. Sin embargo, de manera inesperada, aparecía en el Occidente de 1993 una obra que, poco a poco, resucitaría el interés de pequeños círculos por estos planteamientos: Towards a New Socialism, de los escoceses Paul Cockshott y Allin Cottrell.[14] Esta, junto a Classical Econophysics, publicada una década y media más tarde junto a  Gregory John Michaelson, Ian P. Wright y Victor Yakovenko, rescataban todas las intuiciones de los autores antes mencionados llevándolas a grados de formalización y refinamiento sin precedentes.

 Se puede decir sin rodeos que estos trabajos fundaron el actual cibercomunismo, brindando dos interesantes armas teóricas al movimiento revolucionario: la econofísica, como análisis de las economías de mercado, y la planificación cibersocialista, como propuesta política que aspira a superar los estructurales deficiencias de las formas tradicionales de planificación.

Empezando por la primera, merece una especial atención la obra de 1983, Laws of Chaos. A Probabilistic Approach to Political Economy, de Emmanuel Farjoun y Moshé Machover. Esta, reproduciendo el paso de la determinista física clásica a la física estadística, explicaría que la dinámicas de la economía política solo son expresables matemáticamente a través de la estadística, ya que el objeto de estudio es un sistema fundamentalmente caótico.[15] Las técnicas matemáticas del marxismo quedarían actualizadas, permitiendo el desarrollo de modelos más precisos capaces de captar toda la complejidad mercantil. Como había insinuado Lange, la dinámica competitiva mediante la cual se establecen precios, salarios y demás, juega con información de naturaleza meramente estadística.

 Esta tarea se profundizaría en Classical Econophysics, donde el marxismo terminaría de conjugarse con la cibernética. Así, autores como Wright explicarían que el capital, como relación social de producción, es, en términos cibernéticos, un «sistema de control» que pretende adaptarse a nuestro entorno biofísico, pero también geopolítico, mediante cierto bucle de retroalimentación: unidades sociales atomizadas compiten entre sí por ciertos nichos de consumo para rentabilizar monetariamente su actividad.[16] La ley del valor y su fórmula básica, D-M-D’,[17] actúan cómo un estándar de validación que filtra a las iniciativas no rentables como «irracionales». La conceptualización de Marx del capital como un «sujeto automático» cuya «voluntad» está por encima incluso de los capitalistas mismos no es una metáfora.[18] Los capitalistas, incentivados por la opulencia ligada a sus privilegios y atemorizados por la posibilidad de ser barridos por la competencia, en realidad, no hacen otra cosa que personificar o ejecutar las señales de salida del sistema de control al que están subsumidos.

Dichas señales de salida, supuestamente, garantizan la adaptación social a nuevas circunstancias optimizando gastos monetarios en torno a cierto «equilibrio». En la práctica, tal y como demuestran Farjoun y Machover, el equilibrio es inalcanzable ya que las señales son demasiado simplistas para recoger toda la complejidad del sistema, derivando así en dinámicas de inversión y recortes impulsivas y rudimentarias. Esto no solo forzaría a la mayoría social a ciertos salarios y nivel de consumo, cierta tasa de crecimiento o, en definitiva, cierta tasa de ganancia, sino que también estaría detrás de la continua inestabilidad social y crisis periódicas que observamos en nuestros días. Por esta razón se califica a los mercados como autómatas defectuosos. Estos sobrecomplejizan el metabolismo social al generar paralelismos y opacidad, dando lugar a información algunas veces redundante y otras, directamente, inútil. Esto se traduce en sobresfuerzo y desperdicio de recursos en periodos de crecimiento, y en infrautilización de las capacidades productivas en periodos de crisis. Pensemos que cientos de empresas se lanzan diariamente a producir distintas variantes del mismo bien en cantidades que los ciudadanos no pueden ni pagar ni consumir.

Sin embargo, eso no es todo. Paradójicamente y al mismo tiempo, el mercado ignora e incluso obstruye la consideración de información de vital importancia para nuestro futuro. En algún sentido, esto es así porque el mercado, simplemente, «no detecta» como señal de entrada aquello que transcienda los estrechos limites de las variables monetarias. Pero el verdadero problema es que, incluso cuando estos son visibilizados políticamente, su consideración entra en contradicción con el imperativo de la rentabilidad, por lo que son desatendidos. Así, una infinidad de cuestiones que los especialistas no dejan de señalar como cruciales (aridificación de terrenos, escasez progresiva, estrés crónico, etc.) son incluidas dentro del cajón de sastre de las «externalidades negativas«, abandonándonos a la suerte de unas administraciones publicas que, a medio plazo, dependen tanto de la rentabilidad empresarial como las empresas mismas.[19]

 Llegados a este punto, podemos intuir cual es la conexión entre econofísica y planificación cibersocialista. La primera nos permite explicar que, frente a la economía de mercado, esta última optimiza o ajusta el uso de la información social, aumentando considerablemente nuestra capacidad de adaptación. La planificación es cibernéticamente superior cuantitativa y cualitativamente. Al quitarnos de encima información redundante, hace lo que hace el mercado (optimizar costes y distribuir trabajo entre sectores en base a la demanda) de manera más rápida y precisa. La posibilidad, abierta por TICs, de recolectar, almacenar y procesar enormes cantidades de información de manera viable nos permite prescindir de este.[20]

La planificación también es claramente distinta y superior en términos cualitativos. Tal y como explicó Otto Neurath, gracias al cálculo en especie y la democracia directa, emerge un nuevo tipo de racionalidad aprehensiva de factores multidimensionales y centrada en la satisfacción de necesidades sociales.[21] Hablaríamos de un sistema de control con la capacidad de decidir conscientemente qué hacer y cómo. Los planes son la expresión consciente de la voluntad popular en un determinado momento a través de objetivos y restricciones autoimpuestas. Esto puede concretarse tanto en expansiones como en retracciones de diferentes los sectores productivos, según se considere. ¿Por qué? Porque al barrer del mapa a la clase capitalista y centralizar los medios de producción, la reproducción social ya no depende de que cierto empresario vea expectativas de ganancia en un sector ni de los deficientes juegos monetarios, sino que, los diferentes ámbitos de la vida humana (la salud, el consumo, la ecología, etc.) se gestionarían, caso por caso, en base a estudios científicos particulares y consideraciones ético-políticas expresadas en la deliberación pública.

Para esta nueva forma de organizar el metabolismo social, la democracia —algo bien distinto del despotismo representativo del parlamentarismo burgués, postrado ante el poder del capital y cuya tarea esencial es garantizar sus condiciones generales de reproducción— no es una floritura retórica. Solo la participación popular masiva y recurrente puede garantizar una reproducción social no turbulenta en tanto que consentida.

Asimismo, el registro objetivo; es decir, expresable de manera matemática, de necesidades sociales y, por ende, la planificación misma, es imposible sin una transmisión fluida de información de abajo a arriba.[22] Algo que, afortunadamente, se ha venido reconociendo en nuestro entorno por —si se nos permite la expresión— cibercomunistas avant la lettre como Felipe Martínez Marzoa: «la integración de toda la producción en un cálculo único sólo es posible mediante la total transparencia del aparato productivo […], [lo cual] solo se logra si la información y el control constituyen un hecho de comunicación social general; pues es evidente que estas condiciones solo pueden cumplirse en una situación política de democracia sin restricciones».[23]

IV

Esperamos que con este escueto esbozo haya quedado un poco más claro a qué nos referimos con que complementamos a la crítica de la economía política mediante las modernas teorías de la información y el control. Es curioso que incluso la etimología de la palabra parece sugerirnos algo así. «Cibernética» viene del verbo griego kybernao, que significa «manejar» o «timonear» un navío.[24] Por lo que una manera visual de explicar nuestro planteamiento sería que el mercado supone dejar el barco (la sociedad) a la suerte de los vientos y mareas, mientras que la planificación cibernética permitiría tomar el timón y navegar hacia donde queramos.

En cualquier caso, y como conclusión, nos gustaría señalar que nuestra intención última es la de advertir que cualquier programa político revolucionario del siglo XXI debería tener entre sus prioridades la promoción de proyectos de investigación que ayuden a conceptualizar la socialización de los medios de producción y su gestión radicalmente democrática mediante el uso  de las tecnologías disponibles. Como tal, aun queda mucho por hacer, de ahí la importancia de los nuevos teóricos y colectivos de trabajo.[25] Tenemos camino por delante, pero la rápida proliferación de este enfoque en los últimos cinco años nos indica que sus bases son sólidas y su futuro prometedor.

 Notas

[1] El éxito de la cibernética ha sido tal que ha quedado diseminada en distintas ramas del conocimiento, siendo la más novedosa el denominado machine learning. Si la cibernética es a día de hoy “invisible” es porque está en todas partes: telecomunicaciones, ingeniería de control, biotecnología, neurología, Inteligencia Artificial, robótica, etc.

[2] Norbert Wiener. Cybernetics: Or Control and Communication in the Animal and the Machine. 1948.

[3] Claude Shannon. Una teoría matemática de la comunicación. 1948.

[4] Alan Turing. Maquinaria computacional e inteligencia. 1950.

[5] Roger C. Conant y W. Ross Ashby. Every Good regulator of a system must be a model of that System. 1970.

[6] Norbert Wiener. The Human Use of Human Beings: Cybernetics and Society. 1950.

[7] El texto que inicia todo este interés es el articulo de los mencionados soviéticos, Las principales características de la cibernética, de 1955. En el caso de la RDA, el principal promotor de esta fue Georg Klaus, sobre el cual se puede leer en: https://cosmonautmag.com/2021/07/the-introduction-of-cybernetics-in-the-gdr-by-jerome-segal/.

[8] Friedrich August von Hayek. El Uso del Conocimiento en la sociedad. 1945.

[9] Oskar Lange. La computadora y el mercado, 1966; Introduction to economic cybernetics, 1969.

[10] Staffor Beer. Brain of the Firm; Second Edition (much extended). 1981.

[11] Vasily Pikhorovich. Glushkov y sus ideas: La cibernética del futuro. 2014. Disponible en: https://cibcom.org/glushkov-y-sus-ideas-la-cibernetica-del-futuro/.

[12] Jeremey Gross. Stafford Beer: Eudemony, Viability and Autonomy. 2020. Disponible en: https://www.redwedgemagazine.com/online-issue/stafford-beer-eudemon.

[13] West, D. K. Cybernetics for the command economy: Foregrounding entropy in late Soviet planning. 2020. Disponible en: https://journals.sagepub.com/doi/full/10.1177/0952695119886520.

[14] Tenemos constancia de que Elena Veduta, hija de Nikolay Veduta, parece haber jugado un papel similar en la Rusia post-soviética, influyendo a colectivos cibercomunistas como Tsifrovoy Sotsializm (Socialismo Digital) (https://vk.com/@digital_socialism), pero, hasta hace pocos meses, nos hemos desarrollado de manera relativamente paralela.

[15]    Un buen acercamiento a estos planteamientos puede encontrarse en la reseña de I. Wright a How labor powers the global economy, el ultimo libro que Farjoun y Machover han publicado junto a  David Zachariah: https://weeklyworker.co.uk/worker/1395/understanding-capitalist-dynamics/.

[16]    I. Wright. Marx on Capital as a Real God. Disponible en: https://ianwrightsite.wordpress.com/2020/09/03/marx-on-capital-as-a-real-god-2/.

[17]    Sin entrar en muchos detalles, la formula D – M – D’ es la expresión formal de la dinámica básica de los mercados: cierto agente hace una primera inversión monetaria (D) para comprar capital y producir cierta mercancía (M) que espera poder vender a posteriori generando cierta ganancia; es decir, más dinero del que tenía en un principio (D’).

[18] K. Marx. El Capital. Crítica de la economía política. 1867. Ver fragmento en:  https://webs.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/4.htm.

[19] E, Altvater. Notes on some problems of state interventionism.1973; W. Müller and Christel Neusüss, The illusion of state socialism and the contradiction between wage labor and capital.

[20]    Ver Paul Cockshott y Allin Cottrell, Hayek, information and knowledge, en “Classical Econophysics”; Contra Hayek, en “Ciber-comunismo. Planificación económica, ordenadores y democracia”.

[21] J. O’Neil. Cálculo Socialista y Valoración Ambiental: Dinero, Mercado y Ecología. 2021. Disponible en: https://cibcom.org/calculo-socialista-y-valoracion-ambiental-dinero-mercado-y-ecologia/ ; A. Benavav. Cómo fabricar un lápiz. 2020. Disponible en: https://cibcom.org/como-fabricarun-lapiz/.

[22]    Esta idea se desarrolla ampliamente en la obra de Marzoa: “solo es posible un cálculo total cuando todos los datos del sistema productivo son de tal naturaleza que pueden ser todos ellos expresados en términos rigurosamente objetivos, y esto implica la sustitución de un proceso productivo con infinidad de microoperaciones humanas contingentes por uno de carácter automático, en que las decisiones se centren en los procesos de cálculo científico-técnico” (Felipe Martínez Marzoa. La Filosofía de El Capital. 1983. Capítulo IX.).

[23] Ibíd. Capítulo X.

[24] Etimología de CIBERNÉTICA: http://etimologias.dechile.net/?ciberne.tica.

[25] Tomas Härdin, Jan Phillip Dapprich, David Zachariah, Grigory Kopanev, Spyridon Samothrakis, Nicolas D. Villarreal, etc. Son buenos ejemplos."

( , JACOBINLAT, 25/10)

22/2/23

Ciber-socialismo: democracia directa a gran escala... la única capaz de generar flujos de información con la suficiente agilidad y precisión... A mayor participación y estabilidad de las libertades políticas, más nos acercamos al «óptimo informacional»; al plan más preciso posible

 "«El primer paso de la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia». Marx, K. y Engels, F. 

Esta sentencia expresa una de las consignas más importantes del Manifiesto Comunista y, sin embargo, suele pasar desapercibida. Hay quienes piensan que se debe, simple y llanamente, a su carácter obsoleto; que Marx y Engels dijeron esto frente a las monarquías de su época, pero que la democracia ya está hoy extendida por todo el mundo. Pero, ¿de verdad los fundadores del comunismo moderno eran tan ingenuos como para considerar que en este tipo de regímenes —que ya existían en países como los Estados Unidos— los trabajadores constituían la «clase dominante»? Obviamente no. La «democracia» tenía otro significado para los socialistas de aquellos tiempos. Un significado que necesita ser recordado y repensado.

Marx concebía el futuro poscapitalista, a grandes rasgos, como una sociedad autogobernada de individuos libres e iguales. Es decir, una sociedad sin explotación, servidumbres ni opresiones de ningún tipo, donde nadie disponga de mayor capacidad de decisión que ningún otro, de modo que las decisiones y su aplicación las tomen quienes son afectados por ellas. Aunque no se atrevió a dar demasiados detalles sobre esto, sí aclaro que este proyecto requeriría de dos condiciones básicas, que se implican mutuamente:

  1. Planificación económica: como dispositivo institucional capaz de hacer operativo el principio comunista de regulación consciente y racional de la actividad productiva, superando el proceso atomizado de toma de decisiones característico de la producción mercantil, todo ello por medio de la integración del tejido agro-industrial en un plan económico general.
  2. República democrática: que es el marco jurídico-político basado en la universalidad de las decisiones colectivas, la igualdad y las libertades individuales sin restricciones.

Es fácil entender por qué estas dos condiciones institucionales se implican la una a la otra. Por un lado, sin el control consciente de la sociedad sobre el proceso económico general —un control que exige a su vez la propiedad social de los medios de producción así como la disposición colectiva del excedente— no puede haber nunca verdadera democracia ni independencia civil de los ciudadanos, sino simple sujeción de los individuos y la sociedad al poder ciego mercantil-capitalista, un poder autocrático que impone sus necesidades internas de reproducción a una escala siempre creciente sobre las necesidades de la población. Sin poder disponer de los medios necesarios para llevar a cabo sus designios —porque dichos medios son privados—, la democracia y la voluntad general son algo vacío, no resultan operativos en ningún sentido relevante y, de facto, no existen como tales.

Recordemos que la filosofía política moderna no desliga nunca la cuestión jurídica de los derechos y las libertades de las condiciones materiales para su ejercicio. Derechos y libertades son principios condicionados, pues siempre requieren recursos para ser ejercidos. Por ejemplo, aunque el derecho de expresión pudiera llegar a estar formalmente reconocido para todos, solo sería un derecho real para quienes dispongan de los medios de comunicación. En este sentido, y en tanto la democracia es el sistema de decisión pública que se deriva del derecho igual y la libertad universal, para ser operativa (al igual que sucede con cualquier derecho) exige lógicamente disponer de los medios generales de la sociedad: los medios de producción.

De la misma forma, sin democracia y plenas libertades de comunicación, reunión e información, no puede haber tampoco genuina planificación de la economía, entendida esta como proceso permanente y general de comunicación, deliberación y decisión colectivas. Si el objetivo último de esta es garantizar que el metabolismo social este conscientemente orientado a la satisfacción de necesidades ciudadanas, sin mediación de distorsiones como el dinero, los capitalistas o las ganancias, hemos de sustituir el mecanismo de retroalimentación (feedback) capitalista, el mercado, por otro en el que los trabajadores expresen sus deseos y preocupaciones directamente.

 Pues bien, los únicos mecanismos capaces de generar tales flujos de información con la suficiente agilidad y precisión son los que hoy se asocian a la denominada «democracia directa». Necesitamos de estos procedimientos y de un marco normativo que, por su propia definición, solo cabe establecerlo de un modo coherente (esto es, efectivo) en términos estrictamente universales. La libertad de comunicación es una libertad que cada uno tiene con respecto a los demás. De modo que si se le impide a X expresar su opinión (sea esta cual sea) se está violando al mismo tiempo el derecho de todos los demás a poder escucharla («si tapas una sola boca estás tapando automáticamente los oídos de todos los demás»). La calidad de los flujos de información depende de una deliberación libre en la que se contrasten opiniones y se desarrolle el pensamiento crítico. A mayor participación y estabilidad de las libertades políticas, más nos acercamos al «óptimo informacional»; al plan más preciso posible.

El programa comunista de socialización de la producción no representaría una simple opción política más (entre otras muchas), sino la condición material e institucional de la democracia misma, entendida como disolución revolucionaria de las escisiones que jerarquizan el cuerpo social: gobernantes y gobernados, trabajadores y propietarios, pueblo y ejercito profesional, etc. Solo así hablaríamos de autogobierno, de la posibilidad real y general de deliberar y hacer cosas en el ámbito público. 

La representación política en el modo de producción capitalista 

«La libre elección de los amos no suprime ni a los amos ni a los esclavos».  Marcuse, H.  

 Entonces, si no es posible la democracia desde un sistema de competencia entre productores privados, con restricciones a las libertades y a la difusión de información, ¿Qué es lo que existe actualmente? ¿Cuál es la forma política del capitalismo actual?

La burguesía naciente del siglo XVIII aborreció la democracia como mecanismo de toma de decisiones ya que, bajo el riesgo de la demagogia, defendían que era imposible que la clase obrera pudiera decidir cuáles eran los marcos jurídicos legítimos para la reproducción del capital. La mayoría de intelectuales, salvo honorables excepciones (comenzando por Marsilio de Padua y llegando a Babeuf), defendían la representación política de la nación en un organismo soberano. Es decir, buscaban crear una institución que hablase en nombre de la nación en los asuntos públicos, más allá de la producción, asumiendo que los intereses de sus miembros serían equiparables al bien del conjunto de ciudadanos, cuando en realidad únicamente serían equiparables a los de los intereses particulares de cada facción de la burguesía a la que pertenecían. La idea principal era establecer una situación de consentimiento más o menos explícito entre los gobernantes y los gobernados, aduciendo a que en el Antiguo Régimen tal consentimiento no existía. No obstante, la misma diferencia entre gobernantes y gobernados ya plasma un régimen de desigualdad, donde las decisiones colectivas son tomadas por unos pocos. [1-3]

El mecanismo para establecer el consentimiento entre gobernantes y gobernados fue el de las elecciones, que suponen de manera inherente una separación entre electores y elegidos y crea las condiciones para las cuales los elegidos sean los más privilegiados, que pueden acaparar tiempo, dinero, información y méritos para poder posicionarse como políticos. Aristóteles ya identificó las elecciones como el método ideal para la aristocracia, ya que únicamente los mejores pueden ser elegidos, mientras que el sorteo sería el mejor método para la democracia, pues no distingue entre mejores o peores ni entre gobernantes ni gobernados, sino que cualquiera puede ser elegido [4].

En este sentido, la expansión del sufragio no se puede entender propiamente como un «aumento» o un «acercamiento» a la democracia, sino meramente un mayor número de electores, lo que redunda en la posibilidad de que haya más partidos luchando por representarlos. Se reproduce así una lógica similar a la que rige en el ámbito de la producción, donde la toma de decisiones es dominio exclusivo de los propietarios de los medios de producción (primero individuos, más tarde, consejos de administración y juntas de accionistas). De la misma manera que los gobernados, los no propietarios no tienen derecho a decidir sobre qué y cómo producir, únicamente pueden influir indirectamente en ella como consumidores, de manera que cuando compran, depositan la confianza en un productor específico, de forma similar a cuando votan en unas elecciones.

La representación política en el movimiento comunista

«Los soviets de diputados obreros son la única forma posible de gobierno revolucionario». Lenin, V. I. 

 Históricamente, el movimiento comunista ha tenido predilección por una forma concreta de organización política de la sociedad posrevolucionaria: los consejos obreros (o soviets) frente a la habitual defensa de la representación parlamentaria por parte de la socialdemocracia [5-6]. ¿Es esta realmente la manera que corresponde a una sociedad de productores libres para tomar sus decisiones colectivas? ¿Es el sistema de consejos realmente democrático?

La principal innovación teórica de los consejos frente al parlamentarismo está en que se basan en el mandato imperativo, es decir, en la rendición de cuentas constante a sus electores, lo que también supone la revocación de los delegados que no cumplan con su mandato. Los soviets serian asambleas de fideicomisarios en estrecho contacto con su comuna de base que, por esa misma condición, dispondrían de una autonomía muy limitada y recibirían un salario igual al de los camaradas que le dieron su confianza. De esta forma, se conservaba cierta forma de delegación política (asumida como necesaria) a la vez que se prescindía de las campañas electorales, procesos hipercorrompibles en los que la intromisión de poderes fácticos es inevitable. La política dejaría de ser una «carrera profesional».

A partir de aquí, el principal debate dentro del movimiento comunista ha girado en torno a si la organización de los consejos (u órganos, etc.) debía ser dirigida por el partido bajo el supuesto lema del centralismo democrático —como defiende el marxismo-leninismo y se aplicó en los países del llamado socialismo real— o debía ser independiente de un partido comunista único, como defendían los consejistas y tal como se edificó, por poco tiempo, en algunas revoluciones, como la española de 1936, la húngara o la de Baviera en 1919.

En última instancia, no obstante, ambas corrientes defienden la existencia de una pirámide de consejos, desde la base de órganos locales hasta una asamblea para toda la nación, que es, curiosamente y pese a las supuestas diferencias, como estaba estructurada la Unión Soviética. La patente falta de democracia en el país vendría dada, según los consejistas, por el férreo control del partido sobre los candidatos, lo que impedía un pluralismo de opiniones y concentraba el poder en una élite burocrática [7-8]. Algunos defensores de la planificación económica han continuado con la corriente consejista para elaborar sus propuestas de organización consciente de la sociedad futura [9-10].

El consejismo acierta en su crítica en un punto. El centralismo democrático se basó de facto en una dictadura de los miembros del partido, ya que pese a que existían políticos no partidistas, eran una minoría cuya capacidad de acción fue cooptada cuando no seguían las directrices del partido, además de que, evidentemente, no podían aspirar a cargos en órganos superiores, solo de base. El resultado obvio de esto fue que la ciudadanía soviética era indiferente a las elecciones y las estadísticas oficiales se falsificaban sistemáticamente [11].

Sin embargo, nada garantiza que el consejismo apartidista vaya a suponer una mayor participación y un nivel más democrático que el socialismo real, ya que cae en la misma lógica de la representación política. En los consejos se elegirían a los mejores líderes, que la población vería como superiores a los demás por ciertas cualidades; a su vez, estos líderes elegirían a otros que también considerarían mejores, y etcétera, dependiendo de los niveles que tenga la pirámide de los consejos. Esto supone dos problemas fundamentales: primero, que sigue existiendo diferencia entre gobernantes y gobernados; y segundo, que la representación, al escalonarse en varios niveles, puede hacer que la capacidad de influir en la decisión final por parte del electorado de base sea todavía menor y más indirecta que en la representación parlamentaria [12-14].

 Ciertos anarquistas piensan que reducir los consejos a un nivel local podría ser una alternativa más democrática que el consejismo comunista. Sin embargo, restringir la soberanía de los ciudadanos a su concreto encuadre territorial, atomizando el metabolismo social, implica negar el poder de decisión de estos sobre cuestiones que claramente les afecta, pues la producción y distribución de bienes y servicios se encuentra hoy esparcida e interconectada a escala nacional y supranacional. Resulta imposible planificar de manera democrática y eficiente a través de decisiones particulares de miles de pequeños consejos, ya que sus decisiones pueden ser contradictorias y el resultado no necesariamente podría ser el elegido por la población en su conjunto. Lo mismo sucede cuando la actividad económica se delega en cooperativas independientes: su interacción (re)genera la competencia mercantil, tal y como ocurrió en la antigua Yugoslavia. En última instancia, se trata de un problema de escala y agregación [15].

La democracia socialista frente a la representación política

«Lo que a todos atañe, todos deben aprobarlo».  Brocardo romano.

 Entonces, si los consejos están lejos de suponer automáticamente democracia, ¿qué mecanismos creemos que garantizarán una toma de decisiones colectiva universal e igualitaria? El referéndum y el sorteo, los medios principales de la democracia clásica.

El referéndum, también llamado democracia directa, supone de manera evidente la forma más directa de toma de decisiones colectiva. Sin embargo, muchos pueden ser escépticos a esta por considerarla ineficiente o imposible, por lo que cabe enfrentarse a ambos argumentos. En primer lugar, el marqués de Condorcet logró probar que, en una votación por mayoría (si asumimos que las personas son capaces de comparar dos o más opciones), conforme el número de electores sea mayor, será casi seguro que se elija la opción que todos crean más beneficiosa. Este teorema —que, en última instancia, no es sino una aplicación de la ley de los grandes números— es fundamental para entender que la democracia directa es, en muchos casos, el mejor mecanismo para tomar decisiones colectivas que nos afectan a todos [16-17]. Es posible discutir que con más de dos opciones el resultado óptimo no es tan obvio, pero existen muchos métodos para manejar esta situación, como hacer la media o una aproximación vectorial [18-19].

Algunos podrán pensar que el referéndum no se puede aplicar de manera masiva, ya sea por motivos técnicos o porque no creen que la sociedad pueda coordinarse así. La primera es bastante naif, ya que el acceso prácticamente universal a internet y el desarrollo de las tecnologías de ciberseguridad permite establecer una votación universal segura y secreta, siendo incluso más eficiente que los comicios actuales. La segunda merece ser tomada en cuenta, pero cabe asumir que en una sociedad donde la información sea también universalmente accesible, el tiempo libre esté garantizado y la mayoría de individuos acepte su papel en la organización consciente de la sociedad, se dan muchos más incentivos a la participación que en los actuales referéndums en algunos países, cuya difusión y realización es muy limitada [14] [20].

En este sentido, podemos destacar dos cuestiones fundamentales que asumimos al hablar de la democracia directa: 1) No es necesario realizar votaciones sobre todas las decisiones públicas, solo las que afecten de manera importante al conjunto de la población y cuyos detalles no sean relevantes. La democracia directa también puede ejercerse en grupos de población específicos siempre y cuando sus decisiones no afecten de manera relevante al resto. 2) Las cuestiones más específicas y técnicas que afecten al conjunto de la población (por ejemplo, proponer soluciones al cambio climático) no pueden ser tratadas mediante referéndum, ya que no todos los individuos son capaces de especializarse en estas. Es razonable defender en estos casos un mecanismo alternativo e igualmente democrático: el sorteo.

El sorteo garantiza la igualdad de todos porque los seleccionados son elegidos de manera aleatoria, sin tener en cuenta sus cualidades, al contrario que en las elecciones. La formación de comités más o menos extensos de personas elegidas por sorteo es relevante para cuestiones técnicas, ya que suponen una muestra representativa de la sociedad, al contrario que un comité de técnicos o un consejo elegido por votación, y también garantiza la deliberación entre sus miembros, ya que tendrán que formarse en común para tratar el tema que tengan que debatir, lo que ha probado buenos resultados en las pocas ocasiones en la que se ha implementado [14] [20].

Alguien podría argumentar que el sorteo es también una forma de representación, solo que más injusta, porque no se elige a los representantes… nada más lejos de la realidad. En primer lugar, si el sorteo es realmente aleatorio y se repite con frecuencia y a diferentes escalas, siguiendo de nuevo la ley de los grandes números, lo más probable es que las decisiones colectivas tomadas en ellos se aproxime a la media de la opinión general. Esto no está garantizado por las elecciones, ya que estás no producen una representación aleatoria de la sociedad, sino sesgada hacia individuos con ciertas cualidades, por lo que el resultado de estas coincidirá con la media de las opiniones de la selección de estos individuos y no de toda la población.

En definitiva, no creemos que la sociedad poscapitalista será un paraíso donde todo esté perfectamente automatizado o donde todas las personas estén siempre de acuerdo, pero cualquiera que se tome en serio el socialismo debería tener claro que no existirá «el dominio del hombre sobre el hombre», por lo que no tenemos más remedio que pensar en este tipo de mecanismos democráticos para la toma de decisiones colectiva. En definitiva, creemos que la suspicacia con la que

muchos izquierdistas ven nuestras sugerencias para la democracia directa nos hace sospechar que, en su imaginación, se ven a sí mismos como parte de una futura clase política. Aunque en realidad es políticamente impotente, este consuelo imaginario les aleja de la democracia directa. Camarada, es mejor admitir que nunca serás un comisario y que los grupúsculos izquierdistas nunca serán partidos gobernantes como el PCUS. Olvida tu desconfianza hacia la gente, ¡olvida estas ambiciones de gobernar! [21]"
 ( , JACOBINLAT, 09/02/23)

27/1/23

Hacer las cuentas... Un día en la oficina de planificación socialista... Bienvenidos a la oficina de planificación central, el organismo encargado de organizar la producción de una economía socialista. En ausencia de un mercado que determine los costes de los bienes de consumo, debemos recurrir a las matemáticas, la informática y las telecomunicaciones para asignar a cada producto un valor o coste... se han realizado una serie de avances algorítmicos y tecnológicos que permiten la optimización de la economía de un país entero, por ejemplo la de Suecia (Hagberg & Zachariah, 2022)

"Bienvenidos y bienvenidas a la oficina de planificación central, el organismo encargado de organizar la producción de una economía socialista. En ausencia de un mercado que determine los costes de los bienes de consumo, debemos recurrir a las matemáticas, la informática y las telecomunicaciones para asignar a cada producto un valor o coste. En oposición al mercado, caótico y coordinado por medio de la competencia, las decisiones de una economía planificada son conscientes, tomadas democráticamente por los trabajadores y trabajadoras a través de diferentes organismos, como consejos, organizaciones de consumo o referendos.

Uno de estos órganos es la oficina de planificación central, que tendremos la oportunidad de recorrer para hacernos una idea de las herramientas técnicas y la coordinación entre los diferentes organismos que hacen posible una economía planificada. En oposición al capitalismo depredador encontramos aquí una simbiosis en la que los conocimientos e información son compartidos para avanzar la sociedad hacia una mejor gestión de los recursos naturales, del tiempo de trabajo y una mayor calidad de vida. 

Los planes económicos 

Una de las tareas fundamentales de la oficina de planificación es elaborar los planes económicos para los años futuros, que se pueden dividir en tres categorías generales: planes estratégicos, planes macroeconómicos y planes detallados (Cockshott & Cottrell, 1993). Los planes estratégicos, más generales, se proponen a los trabajadores mediante referéndum y se ejecutan según sus preferencias. Aquí se eligen, por ejemplo, la cantidad de impuestos destinados a servicios públicos, la proporción de bienes de consumo y de producción a fabricar, la inversión en infraestructuras, los efectos sobre el ambiente, etc.

En base a estos planes estratégicos, la oficina de planificación elabora planes macroeconómicos —que detallarán el balance entre producción y consumo, ahorro y crédito, impuestos y gasto público, etc.— y planes detallados, donde se estiman las unidades de los diferentes productos que deben fabricarse en base a las preferencias de los trabajadores y los propios límites ecológicos y de recursos del planeta. Estos planes no son algo burocrático, impuesto desde arriba; por el contrario, en su elaboración participan los ciudadanos a través de diferentes organismos, como agrupaciones de consumidores, consejos especializados o institutos de investigación.

Por ejemplo: si según el plan estratégico se quiere incrementar el uso del transporte público en un 10%, el plan detallado deberá responder qué significa especificando cuántos autobuses, trenes y tranvías de cada modelo haría falta producir, cuántas ruedas y motores se necesitan y, para esos motores, cuántos tornillos, tuercas y cilindros… y así sucesivamente. Mientras tanto, el plan macroeconómico se ocupará de asegurar el presupuesto necesario para hacer factible el objetivo.

Método de Leóntief 

Además de elaborar los planes generales, la oficina de planificación puede resolver diferentes problemas a petición de los trabajadores, consejos, etc., en tanto es un organismo más al servicio (y no por encima) de los trabajadores. Sobre las 9 de la mañana nos llega el primer encargo del día, desde uno de los centros de innovación tecnológica: «Los agricultores de la unión de cooperativas agrarias requieren planificar la producción de cereal para el año venidero. Tras varias pruebas con diferentes procesos industriales, los investigadores del centro de innovación tecnológica proponen dos nuevos procesos muy eficientes para aprovechar el grano: uno para producir harina y otro para cerveza. Los aspectos técnicos de estos procesos se detallan de forma precisa a continuación».

Seguimos leyendo y la primera información clave que nos encontramos son los coeficientes técnicos para cada proceso industrial [1]. Estos coeficientes nos indican la cantidad de cada material que necesitamos para producir una unidad de producto final, y se recogen en una tabla insumo-producto. Allí podemos leer, en vertical, las unidades de insumos que necesitamos para cada unidad de producto final. En nuestro caso tenemos tres insumos —cereal, electricidad y agua— y tres productos (cereal, cerveza y harina). Para producir cereales necesitamos semillas, agua y electricidad para la maquinaria agrícola; para producir cerveza necesitamos agua, cereal y electricidad para tostar la malta y cocer el mosto y, finalmente, producir harina demanda cereal y electricidad (para limpiar y moler el grano).

Cuando queremos planificar una economía real tenemos que recoger en estas tablas todos los productos e industrias disponibles. Estos datos son los que se recogían en la oficina de Wassily Leóntief el siglo pasado [2], reunidos en pósteres de varios metros de ancho y largo. Hoy en día podemos almacenar estas tablas de miles de millones de productos en un pequeño ordenador. De hecho, es común que los gobiernos publiquen este tipo de tablas (aunque a nivel agregado) y se pueden usar para visualizar las relaciones entre los diferentes sectores de la economía con un grafo.

Es aquí donde entra en escena el método desarrollado por Leóntief [3] que, dadas unas cantidades de producto final que queremos elaborar de acuerdo con lo estimado por el plan, nos permite calcular a través de la tabla insumo-producto la cantidad total de bienes iniciales que necesitamos. El hecho de que las materias primas estén interrelacionadas —incluso con ellas mismas— nos obliga a resolver un sistema de ecuaciones lineales para encontrar estos insumos [4]. El desarrollo de este método supuso a Leóntief el Premio en Ciencias Económicas en honor a Alfred Nobel en 1973.

Una vez que sabemos las unidades de cada producto que debemos elaborar, podemos usar el tiempo promedio que se tarda en producir este y cada uno de sus componentes para calcular el tiempo total que tardan los trabajadores en elaborar una unidad de este producto final. Por tanto, este tiempo de trabajo encarnado en cada producto incluye tanto el tiempo indirecto necesario para fabricar las máquinas, electricidad, materias primas, etc., como el tiempo directo tomado en fabricar propiamente el artículo. Este tiempo se conoce como coste laboral integrado y será una cantidad central en el cálculo económico socialista. 

Algoritmo de ajuste 

Existen diversas propuestas para tasar los productos disponibles en las tiendas para los trabajadores, aunque por simplicidad nos centraremos en la propuesta de horas de trabajo expuesta en Cockshott & Cottrell, 1993 y soslayada por Marx [5]. En general, los costes de los productos vendrán determinados por estos costes laborales integrados, es decir, las horas de trabajo requeridas para elaborar dicho producto. Para lograr un balance entre producción y consumo, cada trabajador recibirá como compensación las horas que haya trabajado (los servicios públicos se descuentan de la compensación vía impuestos).

Sin embargo, estos costes laborales serían tan solo una primera aproximación al precio. Nunca se podrá predecir exactamente cuántas unidades de sandía se van a comer en el verano siguiente, puesto que depende de decisiones individuales y factores externos imposibles de controlar. Es por ello que necesitamos un sistema de control de inventario que retroalimente [6] a los planificadores sobre qué están consumiendo los trabajadores y qué no [7]. Esta información se utilizará tanto en futuros planes como para corregir los precios de los productos. Por ejemplo, si solo se ha vendido un 80% del stock de sandías se podrá bajar el precio para que se consuman antes de que se desperdicien. De forma similar, si tenemos un producto con una alta demanda, se puede modificar el plan futuro para producir una mayor cantidad. 

Optimización 

Seguimos en nuestra oficina de planificación. Son las 12 del mediodía, y llega otro encargo. En el último plebiscito se decidió que se debería planificar cómo se aprovechan las tierras del campo de Murcia para cultivar sus dos productos estrella: los limones y la uva para hacer el vino de Jumilla. Es responsabilidad de la oficina diseñar un plan de producción de acuerdo con lo acordado. Disponemos de los fértiles valles de la vega del Segura, que producen un rendimiento de 25 toneladas de limones por hectárea o de 18 toneladas de uva por hectárea, y los terrenos más montañosos del Altiplano de Jumilla, cuyo rendimiento es de 11 toneladas de limones y 35 toneladas de uva por hectárea.

Para cultivar limoneros necesitamos un trabajador por hectárea y un tractor por cada 200 hectáreas de tierra cultivada, mientras que para cultivar viñedos se necesitan un trabajador y un tractor por cada 20 hectáreas. Se tienen que producir limones y uva en proporciones más o menos parecidas y se dispone de 1050 tractores y 10500 trabajadores ¿cuál sería la distribución de tierras de cultivo óptima?

Este tipo de problema se modela fácilmente mediante programación lineal. Resolviendo con el paquete SciPy [8], en 0.006 segundos es posible concluir que se deberían usar 9500 hectáreas del campo de la vega del Segura para cultivar limones y 5 para cultivar viñedos, mientras que se deberían usar la totalidad de los campos de jumilla para cultivar viñedos. Esto ha sido un resultado poco obvio a simple vista, ¿verdad? Bueno, es una de las ventajas de la planificación: una vez que existan estos flujos de información libre y no se oculten los secretos de la producción, no hace falta el thymos [9] de un empresario para que se pueda hacer un proyecto, sino que consciente y democráticamente se pueden elegir las soluciones óptimas a los problemas que afronta nuestra sociedad [10].

Aunque herramientas como estas nos ayuden a organizar la producción, no siempre se puede dar con la solución adecuada en todos los aspectos. En una democracia socialista, los principales problemas deberían resolverse mediante referéndum después de un debate prolongado y abierto. Por ejemplo, si se propone un plan hidroeléctrico que inundase un valle que es a la vez un lugar de belleza y un hábitat único, no tiene sentido buscar una fórmula económica que decida si el proyecto debe seguir adelante. El problema es político, no económico. Es una decisión que requiere un juicio deliberado de prioridades y no puede reducirse a una comparación de simples números (Cockshott & Cottrell, 1993). 

Conclusiones y perspectivas de futuro 

Esperamos que hayáis disfrutado de este breve recorrido. Como hemos visto, la planificación socialista no solo se lleva a cabo desde el lado técnico, haciendo uso del método de Leóntief y la optimización, sino también institucional, gracias a los diferentes organismos democráticos a través de los cuales los trabajadores pueden organizar la producción y distribución de los bienes que desean producir. Los planes económicos no son por tanto un sistema algocrático, manejado por una inteligencia artificial más allá de la consciencia de los seres humanos, sino una herramienta para llevar a cabo la planificación consciente y democrática de la economía. No somos engranajes en el plan y no somos peones en las maquinaciones de los complejos industriales, sino que toda la clase trabajadora es diseñadora, directora y ejecutora del plan.

Aun así, el programa cibersocialista sigue lejos de estar completo y la planificación económica es un área de creciente investigación. En el campo del análisis insumo-producto, Cockshott, Härdin y Zachariah están refinando el modelo original propuesto por Leóntief hace más de 70 años. Han introducido, por ejemplo, las tablas supply-use. En el campo de la programación lineal, concebido a mediados de la era soviética, se han realizado una serie de avances algorítmicos y tecnológicos que permiten la optimización de la economía de un país entero, por ejemplo la de Suecia (Hagberg & Zachariah, 2022). Además, Cockshott, Cottrell y Dapprich están preparando un nuevo libro sobre la planificación económica en la era del cambio climático, donde hacen uso del método insumo-producto y la programación lineal para atajar el problema ecológico. 

Los comunistas del siglo XXI deben prestar especial atención al desarrollo de estas ideas para explorar las posibilidades que tiene el socialismo con las condiciones tecnológicas actuales y tener un buen norte de hacia dónde dirigirnos. Mucho más temprano que tarde, deberemos hacer las cuentas si queremos responder a las cuestiones de qué queremos producir y cómo lo queremos producir."                          (CibCom , JACOBINLAT, 11/12/22)

20/1/23

Mariana Mazzucato: La Inteligencia Artificial al servicio del bien común

 "El mundo tecnológico generó abundantes noticias de portada en 2022. En octubre, Elon Musk compró Twitter (una de las principales plataformas de comunicación pública de periodistas, académicos, empresas y gobiernos) y procedió a despedir a la mayor parte del personal de moderación de contenido, indicando al hacerlo que la empresa iba a usar inteligencia artificial en su reemplazo.

Luego, en noviembre, un grupo de empleados de Meta reveló que habían diseñado un programa de IA capaz de vencer a la mayoría de los humanos en el juego de estrategia Diplomacy. En Shenzhen (China), el gobierno está usando la tecnología de «gemelos digitales» con miles de dispositivos móviles conectados a 5G para monitorear y gestionar los flujos de personas y automóviles y el consumo de energía en tiempo real.

Y con la última versión del modelo lingüístico predictivo ChatGPT, muchos han declarado el fin de la tesis estudiantil. En síntesis, fue un año en el que inquietudes serias respecto del diseño y el uso de las tecnologías se profundizaron para dar lugar a dudas aun más urgentes. ¿Quién tiene el control? ¿Quién debería tenerlo? Se necesitan políticas e instituciones públicas que velen por que las innovaciones impliquen mejoras para el mundo; pero hoy, muchas tecnologías se desarrollan en un vacío. Necesitamos estructuras de gobernanza con sentido de misión inclusivas y centradas en un auténtico bien común.

 Gobiernos provistos de las capacidades necesarias pueden guiar esta revolución tecnológica para que sirva al interés público. Tomemos el caso de la IA, que el Diccionario de la Real Academia Española define así: «Disciplina científica que se ocupa de crear programas informáticos que ejecutan operaciones comparables a las que realiza la mente humana, como el aprendizaje o el razonamiento lógico». La IA puede traernos numerosos beneficios; por ejemplo mejorar la producción y la gestión de los alimentos aumentando la eficiencia de la agricultura y la seguridad de los productos alimentarios, o ayudarnos a fortalecer la resiliencia frente a desastres naturales, diseñar edificios con eficiencia energética, mejorar el almacenamiento de energía y optimizar el despliegue de las fuentes de energía renovables. Y puede incrementar la exactitud de los diagnósticos médicos (cuando se la combina con la opinión profesional). Estas aplicaciones prometen una variedad de beneficios. Pero sin reglas efectivas, hay riesgo de que la IA cree nuevas desigualdades y amplíe las ya existentes.

 No hace falta buscar mucho para encontrar ejemplos de sistemas basados en IA que reproducen sesgos sociales injustos. En un experimento reciente, robots manejados por un algoritmo de aprendizaje automático mostraron un comportamiento abiertamente racista y sexista. Sin la debida supervisión, puede ocurrir que algoritmos supuestamente diseñados para ayudar al sector público a gestionar prestaciones sociales terminen discriminando a familias realmente necesitadas. 

Otro ejemplo igual de preocupante es que en algunos países, las autoridades públicas ya usan tecnologías de reconocimiento facial basadas en IA para controlar a disidentes políticos y someter a la ciudadanía a regímenes de vigilancia masiva. Otro problema importante es la concentración de mercados. Unos pocos actores poderosos geográficamente concentrados dominan el desarrollo de la IA (y el control de los datos subyacentes). Entre 2013 y 2021, el 80% de la inversión mundial privada en IA se hizo en China y en Estados Unidos. Ya hay un enorme desequilibrio de poder entre los dueños privados de estas tecnologías y el resto de la gente.

Pero la IA también recibe una enorme cantidad de financiación pública, y esos fondos deberían estar al servicio del bien común y no de unos pocos. Necesitamos una arquitectura digital que distribuya en forma más equitativa los beneficios de la creación colectiva de valor. Ya no se puede tener una postura no intervencionista basada en la autorregulación. 

Dar vía libre al fundamentalismo de mercado es condenar al Estado y a los contribuyentes a reparar más tarde los destrozos (como hemos visto en el contexto de la crisis financiera de 2008 y de la pandemia de COVID‑19), no sin grandes costos financieros y cicatrices sociales duraderas. En el caso de la IA es todavía peor, porque ni siquiera sabemos si una intervención ex post será suficiente. Como señaló hace poco The Economist, es común que hasta los desarrolladores de IA se sorprendan por el poder de sus creaciones. Felizmente, ya sabemos cómo evitar que el laissez faire vuelva a provocar una crisis. 

Necesitamos una misión para crear una IA que sea «ética por diseño», sobre la base de normativas sólidas y de la labor de gobiernos provistos de las capacidades necesarias para guiar esta revolución tecnológica en dirección al bien común y no sólo en beneficio de los accionistas. Una vez plantados estos pilares, el sector privado podrá y querrá unirse al esfuerzo más amplio en pos de crear tecnologías más seguras y justas. Se necesita una supervisión pública eficaz para que la digitalización y la IA generen oportunidades para la creación de valor público.

 Este principio es un componente esencial de la Recomendación sobre la Ética de la IA, un marco normativo propuesto por la UNESCO y aprobado por 193 estados miembros en noviembre de 2021. Además, actores clave han comenzado a asumir la responsabilidad de reformular el debate; en los Estados Unidos, el gobierno del presidente Joe Biden ha propuesto una Carta de Derechos para la IA, y la Unión Europea está desarrollando un marco holístico para la gobernanza de la IA. Pero el uso público de la IA también debe estar asentado en una sólida base ética. Frente al avance de esta tecnología como herramienta auxiliar para la toma de decisiones, es importante evitar un uso de los sistemas de IA que sea contrario a la democracia o a los derechos humanos. 

 También hay que resolver la falta de inversión en las capacidades de innovación y gobernanza del sector público, que (como puso de manifiesto la COVID‑19) tienen que ser mucho más dinámicas. Si, por ejemplo, no se fijan términos y condiciones claros para las alianzas público‑privadas, existe el riesgo de que las empresas se adueñen de la agenda. Pero el problema es que la subcontratación (externalización) de funciones del Estado se ha convertido en un importante obstáculo a la creación de capacidades en el sector público. 

Para mantener el control sobre productos importantes y garantizar el respeto de normas éticas, los gobiernos deben tener capacidad de desarrollar la IA sin depender del sector privado para la provisión de sistemas de carácter delicado. También tienen que poder sostener un uso compartido de la información y la interoperabilidad de protocolos y métricas entre los diversos departamentos y ministerios. Todo esto demandará inversión pública en las capacidades del Estado, según un enfoque basado en la idea de misión. 

En vista de la concentración de conocimiento y experiencia que hay en el sector privado, la creación de sinergias entre los sectores público y privado es a la vez inevitable y deseable. El sentido de misión tiene que ver con seleccionar actores dispuestos a colaborar, mediante la inversión conjunta con socios que reconozcan el potencial de las misiones lideradas por el Estado. La clave está en darle al Estado la capacidad de gestionar el despliegue y el uso de los sistemas de IA, en vez de estar siempre corriendo detrás de los acontecimientos. 

Un modo de asegurar una correcta distribución de los riesgos y beneficios de la inversión pública es que los gobiernos pongan condiciones para la provisión de fondos públicos. También pueden, y deben, exigir más apertura y transparencia  a las grandes empresas tecnológicas. El futuro de nuestras sociedades está en juego. No sólo debemos corregir los problemas y controlar los riesgos de la IA, sino también influir en el rumbo general de la transformación digital y de la innovación tecnológica. ¿Qué mejor momento que el comienzo de un nuevo año para empezar a sentar las bases de un proceso de innovaciones ilimitadas al servicio de toda la humanidad?"                 

(Gabriela Ramos, Assistant Director-General for Social and Human Sciences at UNESCO. Mariana Mazzucato, Professor in the Economics of Innovation and Public Value at University College London, Project Syndicate, 26/12/22)