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23/1/24

La supercrisis mundial llegará como se predijo... los dirigentes mundiales han frenado deliberadamente el desarrollo científico y tecnológico, que ya estaba perdiendo impulso, al limitarlo, en su propio interés, a un único campo, el de la información y la comunicación, es decir, las tecnologías digitales. Éstas pueden utilizarse para un fantástico lavado de cerebro y para el control de la población... La mayoría de los últimos inventos de las últimas décadas han ido por el lado del ocio y el entretenimiento, no de la producción... el desarrollo del capitalismo desde los años 60 ha sido un camino ascendente que conduce hacia abajo, no hacia el progreso sino hacia la regresión... ¿Qué significa esto en términos de conclusiones sociales y políticas? El comienzo de una nueva ola de inhumanidad de las clases altas hacia las clases bajas. Pero el hecho es que esta ola ya ha comenzado

 "La aplicación de medidas antisociales fuera del corazón del sistema capitalista ha permitido durante mucho tiempo a los gobernantes capitalistas mitigar el conflicto social dentro del corazón del sistema y ralentizar y modificar la lucha de clases. Como dijo Cecil Rhodes a finales del siglo XIX, «o te conviertes en imperialista o tienes una guerra civil». Y, efectivamente, la fase imperialista del capitalismo fue un intento de evitar la guerra civil en su propia sociedad recurriendo a la expansión exterior. Pero el hecho es que el imperialismo estaba limitado desde el principio por el tamaño del planeta, y a finales de los siglos XIX y XX, las zonas exteriores, a expensas de las cuales se podían limar los conflictos sociales en el centro, estaban agotadas, y para evitar la guerra civil, se necesitaban guerras no coloniales, sino imperialistas, es decir, entre las propias potencias imperialistas.

Esto coincidió, entre otras cosas, con el desarrollo de la segunda revolución industrial (1870-1910). La segunda revolución industrial significó la electricidad, el motor de combustión interna y, en la vida cotidiana, el teléfono, el telégrafo, el cine, el suministro de agua y los ascensores. Hay que señalar que la segunda revolución industrial duró menos que la primera. La primera revolución industrial fue la máquina de vapor y los ferrocarriles entre 1750 y 1830. La línea descendente de la dinámica económica industrial del capitalismo se demuestra de forma aún más llamativa con la tercera revolución industrial: 1970-2000. Hablamos del ordenador, el teléfono móvil, Internet y los robots.

La posmodernidad es el estado natural de la civilización occidental después de la modernidad, es decir, la era del Sturm und Drang de una sociedad industrial de masas progresiva con un sistema comercial-industrial que destruyó sucesivamente la organicidad de la jerarquía social de la Edad Media y creó gradualmente un hábitat global tecno-trónico artificial y el culto al individualismo.

Hace ya 60-70 años, algunos escritores de ficción estadounidenses dibujaban distopías en las que las cosas son casi desechables, porque es necesario mantener la industria en marcha con altos niveles de empleo y consumo, y la gente es absolutamente tolerante entre sí, por lo que en la sociedad no debe haber nadie que se eleve por encima de los demás con sus cualidades superiores, porque esto genera envidia malsana de las masas y malestar social.

Comparada con los logros de las dos primeras revoluciones industriales, la tercera palidece y duró incluso menos que la segunda. Es más, los dirigentes mundiales han frenado deliberadamente el desarrollo científico y tecnológico, que ya estaba perdiendo impulso, al limitarlo, en su propio interés, a un único campo, el de la información y la comunicación, es decir, las tecnologías digitales. Éstas pueden utilizarse para un fantástico lavado de cerebro y para el control de la población.

A finales del siglo XX, la introducción de las ciencias aplicadas en la producción real, con excepción de la militar, estaba casi completamente bloqueada, debido al control casi total del capital financiero, es decir, del capital no productivo, sobre el capital industrial, por así decirlo. La mayoría de los últimos inventos de las últimas décadas han ido por el lado del ocio y el entretenimiento, no de la producción. Pensemos en los últimos siglos del Imperio Romano, cuando la situación era más o menos la misma. La tasa de crecimiento de la productividad y del crecimiento económico en la tercera revolución industrial es inferior a la de la segunda revolución industrial, pero se trata de una tendencia. Aquí llegamos a una conclusión paradójica.

La fase tecnoindustrial en el desarrollo del capitalismo desde los años 60 ha sido un camino ascendente que conduce hacia abajo, no hacia el progreso sino hacia la regresión. Es más, la expansión del sistema patronal y esclavista de la época apoyó el desarrollo de este sistema a costa de destruir el entorno externo, es decir, el segundo principio de la termodinámica, al aumentar la entropía del entorno externo. Y cuando el entorno externo se agotó, comenzó la entropía del propio sistema capitalista, la fase final y terminal a la que estamos asistiendo.

Un buen ejemplo de regresión industrial y económica a partir de cierto momento del desarrollo del capitalismo es el crecimiento medio de la productividad del trabajo desde la segunda revolución industrial.

Veamos esta cifra. De 1891 a 1972, la tasa de crecimiento de la productividad del trabajo fue del 2,33; de 1972 a 1996, del 1,38; de 1996 a 2004, es decir, en 8 años, volvió a ser del 2%, debido al saqueo del antiguo campo socialista, a la reducción temporal de los gastos de guerra occidentales y a la distribución a gran escala de productos chinos baratos. Pero esto pronto llegó a su fin. De 2004 a 2012, la tasa de crecimiento de la productividad laboral fue del 1,33% y del 0,4 al 0,5% a partir de 2012. Es lo que llamamos «asíntota de Hola». Estoy de acuerdo con los economistas que piensan que no habrá más revoluciones industriales ni científicas y tecnológicas. La cuarta revolución industrial de Schwab no puede considerarse una revolución científica y tecnológica.

A finales del siglo XXI, si no se produce una catástrofe mundial, el mundo, sobre todo teniendo en cuenta la desindustrialización en curso, volverá completamente a la asíntota, a 0,2-0,4. El célebre economista Gordon, de la Northeastern University de Estados Unidos, ha mostrado muy claramente, utilizando el ejemplo de Estados Unidos, por así decirlo con los dedos de una mano, cómo se logrará el retorno a tasas de crecimiento del 0,4 e incluso del 0,2. Ha identificado 6 factores, cada uno de los cuales es un factor de crecimiento. Ha identificado 6 factores, cada uno de los cuales es capaz de garantizar el retorno a la asíntota. Ha identificado 6 factores, cada uno de los cuales reduce una parte del crecimiento económico. El primer factor. La baja demografía de la población activa, a pesar de que entre 1965 y 1990 las mujeres se incorporaron al mercado laboral como una reserva adicional que había que explotar. Hoy, este reservorio se ha agotado, los baby-boomers, la generación que traicionó a América, como se la llama, están muriendo y jubilándose. De ahí la disminución del número de horas trabajadas per cápita y la caída del 0,2% del crecimiento económico. Si restamos esta cifra del 1,8 actual, obtenemos 1,6.

Debido a la baja tasa de natalidad, Estados Unidos espera una «gran remontada» en el futuro, según ha declarado el multimillonario estadounidense Elon Musk. Así comentaba el empresario la publicación de Reuters de que las reservas del principal fondo fiduciario del sistema de seguridad social estadounidense se agotarán en 2033, un año antes de lo previsto en las previsiones del año pasado. «Se avecina un gran peaje debido a las bajas tasas de natalidad. Japón es un indicador adelantado», escribió Musk en su cuenta de Twitter. En 2022 nacieron en Japón 799.700 personas. Es la primera vez desde 1899, cuando se empezaron a llevar estas estadísticas, que la tasa de natalidad cae por debajo de los 800.000 nacimientos.

El segundo factor es que, desde la década de 1990, Estados Unidos no ha visto aumentar su nivel educativo, y el país ha descendido cada vez más en la lista de países con mayor porcentaje de personas con un título universitario. Gordon resta otro 0,2%, lo que da 1,4.

Tercero. El rápido crecimiento de la desigualdad en Estados Unidos desde la década de 1980. Tras la crisis de 2008, comenzó a crecer a un ritmo frenético. De 1993 a 2008, el crecimiento medio de la renta real en Estados Unidos fue del 1,3%, con un crecimiento del 0,75% para el 99% de la población y del 52% para el 1%. En otras palabras, el 99% tiene menos del 1% y el 1% tiene el 52%. Desde 2009, el 1% de la población estadounidense ha recibido el 93% de la renta nacional gracias a lo que se conoce como crecimiento de sustitución. Gordon resta otro 0,5% y ya tiene el 0,9%.

Cuarto. Las modernas tecnologías de la información y la globalización han tenido efectos tanto positivos como negativos en la economía estadounidense. Los centros de llamadas y otros servicios se han deslocalizado a otros países. Resta otro 0,2 y ya tiene el 0,7.

Quinto. La agenda «verde» se convierte en prioritaria, en detrimento de otras áreas de crecimiento económico, reste otro 0,2. El resultado final es 0,5.

Por último, los déficits gemelos, por cuenta corriente y presupuestario, pierden 0,3. Y obtenemos el 0,2% de la tasa de crecimiento de la productividad y del crecimiento económico en Inglaterra entre 1300 y 1750.

A la luz de todo esto, Gordon predice una recesión mundial que durará para siempre.

Sabemos que nada dura para siempre, pero la economía asintótica existe desde hace 10.000 años y el mundo moderno parece estar cayendo en ella. Esto no significa que la industria vaya a desaparecer por completo. Pero sí significa que la industria será muy limitada. La verdadera industria estará destinada a la cima, mientras que el resto de nosotros tendremos un agujero para panecillos. O, como dice Schwab «elegantemente», entre comillas, en su libro, «a la mayor parte del mundo le espera la patagonización».

La Patagonia es una región de Argentina habitada por pastores, gauchos y una economía de subsistencia. Cualquiera que haya leído Los hijos del capitán Grant, de Julio Verne, recordará que los héroes también viajaron por la Patagonia. Eso demuestra lo que es la Patagonia. Según Schwab, la Patagonia representa el destino de una gran parte del mundo, es decir, la vida en una economía preindustrial. Balatsky coincide básicamente con las conclusiones de Gordon. No sé si Balatsky conoce el trabajo de Gordon, pero ambos piensan en la misma línea, por así decirlo. Según Balatsky, tras una breve pausa de 250 años, el mundo está volviendo a caer en la trampa maltusiana. Yo diría más bien el seno de la asíntota, pero da igual. Balatsky cita estadísticas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que muestran que la tasa de crecimiento de la productividad laboral, una de las medidas más importantes del rendimiento económico, cayó del 2,3% al 1% en Estados Unidos entre 2006 y 2017, y del 2,2% a medio punto porcentual en el Reino Unido. El ritmo de crecimiento económico se está ralentizando y los cálculos de Gordon sugieren que deberíamos alcanzar entre el 0,2% y el 0,4% en 2030.

E incluso Thomas Piketty ha escrito que «a principios del siglo XXI, el volumen de capital inmobiliario acumulado muestra todos los signos de un exceso de oferta». De ahí la disminución de su rentabilidad. Según este indicador, como señala Piketty, «el mundo se encuentra ahora al nivel de las dos guerras mundiales anteriores del siglo XX». de hecho, añadiría yo, estas guerras sirvieron para elevar este indicador. Y lo elevaron, por así decirlo, hasta mediados de los años 60 del siglo XX.

¿Qué significa esto en términos de conclusiones sociales y políticas? Balatsky, y estoy de acuerdo con él, predice el comienzo de una nueva ola de inhumanidad de las clases altas hacia las clases bajas. Pero el hecho es que esta ola ya ha comenzado."

( Andrei Fursov, Jaque al neoliberalismo, 13/12/23; fuente:  Euro-Synergies)

31/3/16

La crisis climática del siglo XXI fue causada por sólo 90 corporaciones, que han lanzado a la atmósfera dos tercios de los gases de efecto invernadero generados desde la era industrial

"¿Quiénes son los responsables y grandes ganadores del retraso de 24 años en la regulación y freno de las emisiones de gases con efecto invernadero (GEI), que según el consenso científico articulado por el Panel intergubernamental sobre cambio climático de la ONU, está en la base del colapso climático antropogénico (CCA) en curso?

 Estudios de Richard Heede (Climatic Change, enero, 2014); Robert Brulle (Climatic Change, enero 2013), Justin Farrell (Academia Nacional de Ciencias, mayo 2015) y Tim Gore (Oxfam, 2015) ayudan a dilucidar lo que para una abrumadora mayoría (97 por ciento) de la comunidad científica del mundo es, junto a una guerra nuclear, el riesgo mayor jamás afrontado por la humanidad y la biota global.

Heede rastrea las huellas de emisiones de dióxido de carbono (CO2) y metano (CH4) de los principales productores de combustibles fósiles y cemento en la vasta base de datos del Departamento de Energía de Estados Unidos. 

Su estudio registró emanaciones de las principales 50 firmas privadas; de 31 entes estatales y de nueve naciones productoras de petróleo, gas natural, carbón y cemento, de 1854 a 2010.

 Su emisión global acumulada de GEI fue de 914 mil millones de toneladas de CO2 equivalente (GTCO2e): 63 por ciento de la generación mundial de CO2 industrial y CH4 entre 1751 y 2010. Ese es el total de lo lanzado a la atmósfera por los 90 mayores entes fósiles.

Desde un diario inglés Suzanne Goldenberg sintetizó la sustancia del estudio así: La crisis climática del sigloXXI fue causada en gran medida por sólo 90 corporaciones, que han lanzado a la atmósfera dos tercios de los GEI generados desde el inicio de la era industrial. Las firmas van desde corporaciones como Chevron, Exxon y BP a entes de propiedad estatal.

En entrevista, Heede indicó que aunque existen miles de productores de gas, petróleo y carbón, los que toman las decisiones, los altos gerentes de las principales firmas emisoras de GEI, son pocos. Caben en uno o dos autobuses.

Enfatizó un dato de gran relevancia: que la mitad de los GEI emitidos desde la revolución industrial ¡se generaron en los últimos 25 años! es decir, desde que las corporaciones y los gobiernos ya sabían de la relación entre las emisiones de GEI y el calentamiento global con alto riesgo para centenas y miles de millones de personas. Cabe volver a recordar que en la Cumbre de la ONU en Brasil, 1992, también lo advirtió Fidel Castro.

La relevancia sociopolítica del estudio de Heede no pasó inadvertida ni por quienes van a las cumbres climáticas, ni por los funcionarios que dialogan en lo oscurito con los cabilderos de la industria fósil. 

 Importa especificar la responsabilidad histórica de grandes firmas de las sociedades de consumo: el problema no es gestado por la humanidad, ni por aumentos en la población, sino por la vasta explotación capitalista que se gestó desde la revolución industrial, con los combustible fósiles en papel de vital eje de acumulación.

 El dato duro que da Heede hace trizas la noción de que en el calentamiento global todos somos culpables, por tanto no hay responsables y evidencia que no vivimos en un antropoceno como se lee con frecuencia, sino en el capitaloceno, asunto planteado por Elmar Altvater en El Fin del capitalismo, tal y como lo conocemos, 2012.

Desde los años 70 las grandes petroleras encabezadas por Exxon fueron advertidas por sus científicos del riesgo de los GEI, según se documentó en 2015. Exxon usó ese conocimiento para sus negocios, desatendió las advertencias, apoyó al negacionismo con millones, lucró con la duda sobre la ciencia climática y gozó la cascada de ganancias que traía consigo el desborde de las emisiones de GEI registrados en los pasados 25 años gracias al bloqueo de la industria fósil a la regulación y freno vinculante de esos gases.

Estos son crímenes corporativos y/o estatales de lesa humanidad. Según el FMI (imf.org) en 2015 la industria fósil mundial gozó de subsidios por 5.3 billones (trillions) de dólares, mientras Exxon anunció antes de la COP21, cuando se habló de compromisos vinculantes que extraería petróleo sin límite y Rex Tillerson, su CEO, anunció en la CERAWeek (Houston, abril, 2015) el arribo de una transformación dramática de la escena energética gracias a tecnologías que dan acceso a la energía de las arenas bituminosas, a los fósiles en aguas profundas, al gas y petróleo de lutitas y del Ártico (sic).

 Toda una nueva era de abundancia energética hacia el caos climático con aumentos de temperatura de 4ºC a corto plazo (según estudio de Shell) hasta los 6ºC después.

Al año de lo dicho por Tillerson, Enrique Peña Nieto fue al Texas de los Bush. Premiado por la entrega del sector petroeléctrico de acá, festejó con CERA su hazaña anti-nacional para que Exxon, Shell, et al, sigan transformando al mundo como lo conocemos y ocupen los yacimientos y gasolineras del país, en medio de la mayor violencia y desastre de derechos humanos en la historia nacional. "                         (John Saxe-Fernández, La Jornada, en Jaque al neoliberalismo, 04/03/16)

10/2/16

Salvo en el Sur más rural, la vida cotidiana de todos los norteamericanos cambió hasta hacerse irreconocible entre 1870 y 1940

"En los años 60s hubo una breve ola popular de “futurismo” de libros y artículos que trataban de prever los cambios del porvenir. Una de las obras más conocidas y, desde luego, la más detallada, fue The Year 2000 (1967), de  Herman Kahn y Anthony J. Wiener, que ofrecía, entre otras cosas, una lista sistemática de innovaciones tecnológicas que Kahn y Wiener consideraban “muy probables en el último tercio del siglo XX”.

Por desgracia, los dos autores estaban en su mayor parte equivocados. No erraron demasiado a la hora de prever transformaciones que se corresponden de modo reconocible con todos los elementos principales de la revolución de la tecnología de la información, entre ellos los “smartphones” e Internet. 

Pero la mayoría de las innovaciones predichas (“plataformas voladoras individuales”) no se habían materializado para el año 2000…y todavía están por llegar, década y media después.

La verdad es que si nos alejamos de los titulares acerca del último artilugio, se hace evidente que hemos hecho muchos menos progresos desde 1970 — y hemos experimentado una alteración mucho menor de los elementos fundamentales de la vida  — de los que casi cualquiera esperaba. ¿Por qué?

Robert J. Gordon, un distinguido macro­economista e historiador económico de la Northwestern University, lleva mucho tiempo argumentando en contra del tecno-optimismo que satura nuestra cultura, con su constante afirmación de que estamos en medio de cambios revolucionarios.

 Empezando por el auge del frenesí de las punto.com, ha apelado repetidas veces a mantener la perspectiva: las transformaciones de la tecnología de la información y la comunicación, ha insistido, no se condicen con pasados logros. 

Concretamente, ha sostenido que la revolución de la tecnología de la información es menos importante que cualquiera de las cinco Grandes Invenciones que impulsaron el crecimiento entre 1870 y 1970: la electricidad, las redes de saneamiento urbanas, los productos químicos y farmacéuticos, el motor de combustión interna y la comunicación moderna.

En The Rise and Fall of American Growth [“Ascenso y caída del crecimiento norteamericano”], Gordon hace doblete con ese tema, declarando que el tipo de rápido crecimiento económico que todavía damos por hecho y esperamos que continúe para siempre ha sido de hecho un acontecimiento de los que suceden sólo una vez. 

Primero llegaron las Grandes Invenciones, que datan casi todas de finales del siglo XIX. Luego llegó el refinamiento y la explotación de esas invenciones, proceso que llevó tiempo y que ejerció su efecto máximo sobre el crecimiento económico entre 1920 y 1970. Todo ha sido desde entonces un débil eco de esa gran ola y Gordon no espera que vayamos a ver nada semejante.

¿Está en lo cierto? Mi respuesta es un decidido tal vez. Pero acabe uno o no estando de acuerdo con la tesis de Gordon, esta tesis bien vale la pena su lectura: una combinación magistral de profunda historia tecnológica, vivos retratos de la vida cotidiana de las últimas seis generaciones y cuidados análisis económicos. 

Puede que los no economistas encuentren densos algunos de los gráficos y cuadros, pero Gordon nunca pierde de vista a la gente de verdad y a sus verdaderas vidas tras esos gráficos. Este libro pondrá en tela de juicio nuestras visiones acerca del futuro; transformará definitivamente la forma en que vemos el pasado.

Desde luego, casi la mitad del libro está dedicada a cambios que tuvieron lugar antes de la II Guerra Mundial. Otros hay que han cubierto este terreno, y muy notablemente Daniel Boorstin en The Americans: The Democratic Experience. Aun conociendo, sin embargo, esta literatura, me ha fascinado el relato que hace Gordon de los cambios forjados por las Grandes Invenciones. 

Tal como él dice, “Salvo en el Sur más rural, la vida cotidiana de todos los norteamericanos cambió hasta hacerse irreconocible entre 1870 y 1940.” La luz eléctrica substituyó a las velas y el aceite de ballena, los retretes de cisterna a las casetas con letrina, los coches y los trenes eléctricos reemplazaron a los caballos (en la década de 1880s, había partes del distrito financiero de Nueva York con más de metro y medio de estiércol).

Mientras tanto, las labores agotadoras tanto en el lugar de trabajo como en el hogar se vieron substituidas por empleos bastante menos onerosos. Se trata de un aspecto que a menudo pierden de vista los economistas, que tienden a pensar solamente en de cuanto poder adquisitivo dispone la gente, y no en lo que tienen que hacer para conseguirlo, y Gordon realiza un importante servicio al recordarnos que las condiciones en las que trabajan hombres y mujeres son tan importantes como las cantidades que les pagan.

Aparte de que se trate, sin embargo, de una historia interesante, ¿por qué tiene su importancia estudiar esta transformación? Principalmente, sugiere Gordon  — aunque estas palabras son mías, no suyas — para proporcionar un punto de referencia. 

Lo que ocurrió entre 1870 y 1940, sostiene, y yo estaría de acuerdo, es a lo que se asemeja una verdadera transformación. Cualquier declaració acerca del actual progreso se tiene que comparar con ese punto de referencia para ver hasta qué punto se condice.

Y es difícil no estar de acuerdo con él en que no ha sucedido nada desde entonces que sea ni remotamente. La vida urbana en Norteamérica en vísperas de la II Guerra Mundial ya era reconociblemente moderna; usted o yo podíamos caminar hasta un apartamento de los años 40, con su instalación de fontanería, hornillos de gas, luz eléctrica, nevera y teléfono, y lo encontraríamos básicamente funcional. Nos disgustaría la falta de television y de Internet, pero no nos sentiríamos horrorizados o indignados.

Por contraposición, los urbanitas norteamericanos de 1940 que entraran en alojamientos al modo de 1870 — cosa que podían hacer todavía en el Sur más rural— se sentían desde luego horrorizados e indignados. La vida progresó de manera fundamental entre 1870 y 1940 de un modo como no ha vuelto a suceder desde entonces.

Ahora bien, en 1940 muchos norteamericanos vivían ya en lo que era reconociblemente el mundo modern, pero muchos otros, no. Lo que sucedió en los siguientes treinta años fue que una mayor maduración de las Grandes Invenciones que llevó a ingresos rápidamente en ascenso y a la difusión de esa forma de vida moderna al conjunto del país.

 Pero luego todo se volvió más lento. Y sostiene Gordon que es probable que la ralentización sea permanente: la gran era del progreso ha quedado detrás de nosotros.  

Pero ¿es sólo que Gordon viene de la generación equivocada, incapaz de apreciar las maravillas de la ultimísima tecnología? Sospecho que cosas como las redes sociales suponen una diferencia positiva en la vida de la gente mayor de lo que él reconoce. Pero hace dos observaciones realmente magníficas que arrojan mucha agua fría sobre las afirmaciones de los tecno-optimistas.

En primer lugar, apunta que que las innovaciones auténticamente de envergadura traen normalmente grandes cambios en las prácticas comerciales, en la apariencia de los lugares de trabajo y en cómo funcionan. 

Y hubo algunos cambios de acuerdo con esas líneas entre mediados de los 90 y mediados de la primera década del 2000, pero no gran cosa desde entonces, lo que es evidencia de la afirmación de Gordon de que el principal impacto de la revolución tecnológica ya ha tenido lugar.

En segundo lugar, uno de los argumentos principales de los tecno-optimistas es que las estimaciones oficiales del crecimiento restan importancia al alcance real del progreso, porque no dan plenamente cuenta de las ventajas de bienes verdaderamente nuevos. Gordon reconoce este extremo, pero advierte que fue siempre así y que el sobreentendido que da por sabido el progreso fue  probablemente mayor durante la gran transformación de preguerra de lo que es hoy.

Así pues, ¿qué nos dice esto acerca del futuro? Gordon sugiere que el futuro va a verse caracterizado con suma probabilidad por niveles de vida estancados para la mayoría de los norteamericanos, porque los efectos de ralentizar el progreso tecnológico se verán reforzados por un conjunto de “vientos de cara”: creciente desigualdad, parón en los niveles educativos, población envejecida y más cosas.

Resulta una predicción estremecedora para una sociedad cuya imagen de sí misma, y se puede decir que su misma identidad, está ligada a la expectativa de progreso constante. Y hay que preguntarse acerca de las consecuencias sociales y políticas de otra generación de estancamiento y de declive en los ingresos de la clase trabajadora.

Por supuesto, Gordon podría estar equivocado: tal vez estemos en el umbral de un cambio transformador, digamos, de la inteligencia artificiall o de un progreso radical en la biología (lo que plantearía sus riesgos). Pero argumenta su postura de forma sólida. Quizás es que el futuro ya no es lo que solía ser."

 Robert Gordon - The Rise and Fall of American Growth - The U.S. Standard of Living Since the Civil War [ “Ascenso y caída del crecimiento norteamericano – El nivel de vida norteamericano desde la Guerra Civil” ], Princeton University Press, 2015.    (Paul Krugman , Sin Permiso, 31/01/2016)

14/6/13

La Tercera Revolución Industrial: Desempleo, Exclusión y Precarización

"Entrevista a Robert Kurz (2 de septiembre de 2012) (...)

Los desastres de la tercera revolución industrial 

 

Como en el caso de las otras revoluciones precedentes, la brillante ilusión posmoderna que despertó la Tercera Revolución Industrial respecto a unas nuevas formas de "trabajo inmaterial" en una nueva “sociedad de la información” basada en unas nuevas relaciones entre el capital y el trabajo, con una mayor "autodeterminación" de los trabajadores,..., se acabó traduciendo, como era de esperar en capitalismo, en una oscura realidad de desempleo masivo, subempleo, auto-explotación y precaridad generalizada.

La Tercera Revolución Industrial, por la naturaleza de su alta mecanización y robotización, significa que una proporción cada vez mayor de la población va resultando excluida del proceso de producción, mientras que los que se quedan trabajando, aceptan una remuneración cada vez menor ante el temor de resultar también ellos excluidos.

 La Tercera Revolución Industrial ha generado una progresiva irrelevancia del costo de mano de obra en los costos finales de producción (un iPad de primera generación de 500 $  incluye solamente cerca de  33 $ de mano de obra de fabricación, de los cuales el ensamblaje final en China representó sólo  8 $).

Al igual que las fábricas de algodón aplastaron a los telares manuales y el Modelo Ford T dejó sin trabajo a todo el sector de transporte de tiro animal, las tecnologías digitales han sacudido el sector de medios de comunicación, han liquidado los negocios de intermediación y de venta al por menor, han vaciado de administrativos las oficinas y diezmado las fábricas, generando desempleo y exclusión por doquier. (...)

Sin embargo, las tecno-utopías y el ilusionismo posmoderno de la 3r Revolución Industrial no parece que pierdan fuelle: “Las fábricas del futuro ya no van a estar llenas de máquinas y trabajadores con mono azul. Muchas serán absolutamente limpias y permanecerán casi desiertas. Como ocurre ya en muchos casos (plantas hidroeléctricas, ...) la mayoría de los puestos de trabajo ya no estarán en la planta de la fábrica, sino en las oficinas cercanas, que estará llenas de diseñadores, ingenieros, informáticos, expertos en logística, personal de marketing y otros profesionales. Los trabajos de fabricación del futuro requerirán más habilidades. Muchas de las tareas repetitivas aburridas quedarán obsoletas.”

Estos brillantes análisis huyen de una contradicción interna cada vez más evidente para todos. Si la entrada de mano de obra humana es cada vez menos significativa en la producción de mercancías, y los salarios representan cantidades cada vez más pequeñas de capitales destinados a la producción (la amenaza de exclusión fuerza los salarios a la baja, incluidos los de los famosos “diseñadores, ingenieros, informáticos, expertos en logística, personal de marketing,...”), ¿quién exactamente va a comprar estos productos y con qué salario? ¿Cómo va la gente a subsistir en un capitalismo sin trabajo?

Los tecno-utópicos también tienen la respuesta para esto. La situación del capitalismo actual es susceptible de reconducirse:

Internet ha propiciado la desintermediación comercial y la aparición de redes sociales de distribución. Ello, combinado con el perfeccionamiento de la impresión 3D y la posibilidad de la libre fabricación modular, ¿podría representar una oportunidad para los excluidos a partir de un retorno a las formas de la pequeña producción mercantil y el trabajo artesanal, donde los trabajadores volverían a poseer los medios de producción?

 ¿Una manufacturación modular, peer-to-peer, de código abierto y fácilmente replicable, de sólidos, que se producirían en base local y en respuesta a las necesidades de una comunidad específica, y que podría extenderse a otras muchas otras áreas como la fabricación de automóviles, de muebles o de ropa? Con la propagación de estas nuevas tecnologías modulares los empleos deslocalizados volverían al suelo patrio.

 Pero en estas disertaciones hay un factor clave y determinante que nunca aparece: los monopolios, criaturas que ganan peso con las revoluciones industriales y sobre todo con las crisis de sobreproducción que aquellas generan. 

La Tercera Revolución Industrial y sus crisis asociadas, han propiciado la transnacionalización y la hipertrofia monopolista, de forma que apenas queda ningún resquicio que pueda escapar a su penetración y control. A diferencia de las computadoras, el "reinicio" no funciona para el capitalismo.

Como ha ocurrido con la producción y comercialización de alimentos orgánico-ecológicos alternativos (las grandes superficies monopolistas ya tienen operativas sus respectivas secciones para capturar este particular segmento del mercado global), en capitalismo, lo más probable es que estas tecno-utopías, acaben conformando un nuevo sistema de subcontratación y auto-explotación, tipo “putting out system” (como en el caso del género de punto en el área de Módena), bajo el control de alguna corporación monopolista multinacional.  (...)

La hiper-concentración monopolista global significa que el capitalismo ha alcanzado una barrera sistémica interna que ya no puede traspasar. Sin crecimiento, los excluidos por la 3ª revolución industrial ya no van a ser reabsorbidos. La mayoría de la población quedará progresivamente excluida y definitivamente marginada, sin acceso a los revolucionarios logros de la técnica y la productividad.

La misma "destrucción creativa" ha dejado de funcionar.  En las otras revoluciones industriales, las crisis de sobrecapacidad forzaban la desaparición de los menos competitivos, dejando el campo libre para las iniciativas más productivas, modernas y agresivas. Una especie de rejuvenecimiento que favorecía una ulterior expansión del sistema.

En la actualidad, la "destrucción" necesaria para el rejuvenecimiento del sistema ya no tiene lugar. Cuando en un determinado sector está repartido entre dos corporaciones (duopolio), no existen firmas marginales susceptibles de destrucción. Cuando ruge la recesión, el duopolio sencillamente deja de invertir, despide obreros y mantiene la sobrecapacidad esperando tiempos mejores.

Además, la sobrecapacidad constituye la mejor barrera de entrada para mantener sus cuotas de mercado. WalMart mantiene abiertas y operativas, en ciertas zonas estratégicas, grandes superficies comerciales deficitarias, para disuadir posibles contrincantes.

Los monopolios son criaturas que sobreviven, e incluso prosperan, durante  las primeras fases de la depresión. Son capaces de mantener, e incluso subir, los precios en plena recesión. Aunque pierden clientes (excluidos), compensan su cifra de negocio con la subida de precio para los que aún siguen conectados. Los capitales que no invierten los utilizan para especular o concentrar aún más el negocio.

En estas condiciones, cualquier atisbo de recuperación choca con una infranqueable barrera interna puesto que "todo" está ya globalizado. La globalización significa que la expansión ulterior del sistema ya no es posible. (...)

Los carteles “se vende” o “se alquila” se eternizarán, para siempre, en la mayoría de los espacios urbanos y polígonos industriales del planeta. Todo aumento de la productividad, todo invento o avance para reducir el trabajo necesario, se convierte en un peligro para la humanidad. La “destrucción creativa” se ha convertido de hecho en “creación destructiva”. (...)

En realidad, la “era de la información” conlleva el desempleo en masa, el subempleo y a la precariedad de las relaciones laborales. La supuesta “autodeterminación” ha conducido a una compulsiva “autoexplotación” en la más pura tradición del “putting out system” (Bimbo convirtiendo a sus transportistas en “empresarios” autónomos). 

 Los supuestos “nuevos emprendedores”, “empresarios autónomos de su fuerza de trabajo”, o “gestores de su propio capital humano”, son en realidad agresivas formas de flexi-explotación que dejan a los trabajadores completamente a merced de las condiciones del capitalismo en crisis.

La esperanza ludópata de la mayoría de los “nuevos emprendedores” es la de descubrir o desarrollar algún recóndito nuevo "nicho de valor”, para venderlo cuanto antes, por una buena tajada, al monopolista de turno y retirarse de por vida.  (...)

En realidad lo que se está imponiendo en el primer mundo es la conocida terciarización de la miseria, habitual en el Tercer Mundo. Un puñado de ejecutivos high-tech, viviendo en barriadas exclusivas, montando en autos y yates de última generación, rodeados de multitudes de sirvientes, guardaespaldas, abogados, cocineros, sastres y criados aduladores.

 Los trabajadores expulsados del sector industrial y agrícola, han de buscarse la vida en otros sectores cada vez más precarizados o renunciar, sucumbiendo en la exclusión. La polarización social genera una extensa gama de sub-empleos precarios en los que los expulsados pasan a “servir” a los ricos o a los que aún mantienen sus precarios puestos de trabajo; precarios sirviendo a precarios (criados, chicas de servicio, chóferes, camareros/as, damas de compañía, prostitutos/as, camellos, siervos domésticos, …), según el modelo de la terciarización tercermundista. 

Los apóstoles de la terciarización plantean que estos servicios terciarios son portadores del futuro crecimiento del sistema. Pero, en la práctica, la demanda de consumo que puedan pagar estos servicios es cada vez más pequeña, ya que en la 3ª revolución industrial está acabando con la clase media. 

Las multitudes que fracasan, son excluidas del sistema por los apropiadores cada vez más exclusivos de las ganancias de la productividad. Para miles de millones de seres humanos ya no existe ningún futuro capitalista.  (...)

Sin embargo, en la actualidad, con el extraordinario nivel alcanzado por la productividad, la terciarización constituye la única estructuración socioeconómica factible para la mayoría de la población,.

La posibilidad de una futura sociedad terciaria, necesita de una nueva visión del mundo social, frente a un sistema irracional, cuyo absurdo reduccionismo orgánico y mecánico conducen inexorablemente a la catástrofe social y ecológica."         (Cáncer capitalista, 08/06/2013)