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24/4/15

Bután y su modelo de desarrollo... la Felicidad Nacional Bruta

"(...) ¿qué hace a Bután diferente? La respuesta corta es que han hecho una de las apuestas más serias por un modelo de desarrollo que supere los fracasos del modelo capitalista tal y como lo conocemos. (...)

La economía de la felicidad es un moderno acuño de la economía política y las teorías del desarrollo para referirse a algunos experimentos que pretenden superar la clásica concepción del desarrollo en términos puramente monetarios. (...)

Es así que hace 40 años, cuando las modernas potencias occidentales introdujeron el desarrollo como un proceso consciente de agencia y comenzaron a intentar cuantificarlo se le preguntó a Bután: ¿cuál es el Producto Interior Bruto (PIB) de vuestro país? Lo que sucede a continuación es el punto de partida de la historia de Bután que nos interesa para este artículo.
 
ARTÍCULO RELACIONADO: Introducción al concepto de desarrollo (Juan Pérez Ventura, Enero 2015)

El que había sido recientemente coronado Rey de Bután en 1972, Jigme Singley Wanchuck, respondía a la anterior pregunta con su famosa cita: “A Bután no le importan las posesiones materiales de sus habitantes, sino lo felices que son”. Sobre la orientación que iba a dar a su modelo de desarrollo el rey de Bután concluía: “No nos importa medir el PIB, sino el FIB, la felicidad interior bruta de nuestro país”. 

En ese momento es en el que se forja el compromiso de Bután en torno a la satisfacción de los indicadores que convinieron en medir con el Índice de Felicidad Bruta o la Felicidad Nacional Bruta (FNB). Y se mantiene intacto hasta la actualidad. Este índice se ha convertido en una verdadera alternativa al PIB y constituye una apuesta firme por orientar su política económica y social hacia otros objetivos que difieren del simple progreso económico, al menos en los términos en que lo conocemos.



El índice de FNB incluye nueve áreas a las que atender para medir el desarrollo del país, aunque se suelen resumir en cuatro objetivos: bienestar económico, salud, educación y diversidad y resiliencia ecológica. En efecto, de los nueve indicadores sólo uno es el que se refiere al progreso económico, medido a través de la cuantificación de los bienes, la posesión de vivienda y el ingreso per cápita familiar. 

¿Significa esto que a Bután le preocupa poco el bienestar material de sus habitantes? La realidad es que si en algo están de acuerdo todas las teorías del desarrollo es en que la necesidad básica de bienestar material, esto es: un ingreso suficiente, una provisión de alimentación, de salud, y vivienda-descanso adecuadas, son cuestiones que van más allá de la “buena vida” y son supervivencia directa. 

Lo que Bután plantea con su índice de FNB es la necesidad de incluir en la agenda política otras cuestiones que vayan más allá del progreso en términos económicos, y que en cualquier caso busquen el equilibrio entre el progreso material y el crecimiento sostenible. Bután se haya en la búsqueda de una buena vida, de la felicidad. ¿Para qué si no se organizan los humanos como colectividad?


Las cuestiones que van más allá del progreso económico son, entre otras, el buen uso del tiempo, y especial atención a la diversidad y resiliencia ecológica. Junto a esto, Bután entiende que la felicidad se halla en la satisfacción de un tipo de necesidades inmateriales que se refieren a la libertad, la estabilidad emocional y psicológica y la identidad.

La vitalidad de la comunidad de referencia y la participación en los ritos sociales y prácticas culturales cumplen la función de dar un sentido a la trayectoria vital de los individuos. Esta búsqueda de la realización personal y social del individuo está estrechamente ligada a la concepción sobre la felicidad para los budistas (el sukha). 

Esta felicidad habrá de encontrarse en un verdadero entendimiento del mundo y el yo: en las relaciones interpersonales, y no en las posesiones materiales. En el fondo la cuestión del equilibrio entre PIB vs. FIB representa la oposición: producir vs. felicidad o desarrollo económico vs. desarrollo personal y social.

Dice al respecto Sulak Sivaraksa que: “De acuerdo con los especialistas de desarrollo occidentales, podemos aumentar la felicidad y satisfacción mediante el consumo de bienes y servicios; mientras que, de acuerdo con los budistas, nuestra felicidad y satisfacción sólo pueden aumentar reduciendo nuestro deseo de bienes materiales”. Esta profunda convicción ha orientado hasta ahora la manera de gobernar en Bután. Es lo que podemos llamar “las políticas del eco-budismo”.

Eco-budismo en el Himalaya. ¿Es posible entender Bután sin entender el budismo?

 Bután enfrenta la dificultad de combinar el rápido crecimiento económico propio de las primeras fases de desarrollo de un país, con la importancia de la conservación de sus vastos recursos naturales. 

La Constitución de Bután (aprobada en el año 2009) incluye la satisfacción de la Felicidad Nacional Bruta como objetivo político de primer orden, y específicamente incluye, en su artículo 5, apartado 3, la obligación del gobierno de asegurar el mantenimiento de un mínimo del 60% de bosque salvaje. 

Es una constitución sin precedentes al crear una protección tan específica para sus espacios naturales vírgenes. Y es que se han tomado muy en serio la satisfacción de sus objetivos de diversidad y resiliencia ecológica: de ello depende el futuro del país y su turismo, por lo que es una cuestión que merece ser tratada con especial mimo.

Abierta la nueva etapa constituyente, el país debe plantearse las soluciones posibles para enfrentar problemas ecológicos derivados del daño a la vida silvestre y los problemas de urbanización consecuencia del desarrollo. Se propone así una visión integral de la protección del medio ambiente desde la acción del Estado.

 Para ello, se crea la Comisión Nacional del Medio Ambiente, la cual enfrenta 4 problemas principales: el alto nivel de explotación de las tierras; la elevada deforestación; los problemas de erosión e inundaciones; y la degradación de la baja productividad de las tierras de cultivo, de las que depende casi totalmente su economía.

 Paralelo a ello, numerosas voces del entorno económico internacional han instado repetidamente a Bután para que explote sus vastos recursos madereros y cinéticos como vía rápida de desarrollo. En efecto, la riqueza y diversidad natural del país es un poderoso activo económico que ha llamado la atención de la industria transnacional. 

Sin embargo, lo que se ha hecho ha sido respetar y acogerse al primer principio que uno encuentra en “el manual del buen ecologista”: hacer un uso del entorno que trate de no comprometer el uso de futuras generaciones. Es así que, por ejemplo, Bután ha optado por el sector hidroeléctrico como fuente de energía renovable y actividad económica sostenible para el país. 

En la actualidad va camino de convertirse en una de las fuentes principales de ingresos de la nación. Mientras, mantiene prácticamente intactos sus recursos naturales. ¿Hasta cuándo resistirá Bután la presión desarrollista que le invita a explotar su patrimonio? ¿Está sólo en el mundo en este intento? (...)

Bután: la dictadura de la virtud 

En el empecinado intento por mantener su posición frente a la corriente de desarrollo económico y social hegemónica, Bután ha legislado activamente por la defensa de la virtud como ellos la entienden. 

Apuntaremos a continuación algunas curiosidades o datos sobre el país que nos hacen pensar en Bután como un bastión en defensa de la vida recta, pura y virtuosa. Lo llamaremos “la dictadura de la virtud”, aunque desde 2009 pasara de ser una monarquía absoluta a una constitucional. 

A estas alturas se hace especialmente importante recordar que Bután es un país muy pequeño, de pocos habitantes, y predominantemente agrario. Hasta hace medio siglo era prácticamente un desconocido y su aislamiento en la espiritualidad budista hacía que nadie prestara atención a un país que no parecía más que un mosaico de monasterios religiosos y pequeñas poblaciones rurales. 

 A continuación se detallan algunas particularidades que han de ser entendidas en este contexto, pero algunas pueden servir de ejemplo para inspirar modelos de desarrollo de países vecinos o de similares características. Reconozcamos no obstante la singularidad de Bután, en el que no todo son luces sino que esconde también algunas sombras.

En Bután no hay semáforos. Su capital, Thimbu, es una pequeña población urbana con el caótico tráfico tan propio de India o Nepal, pero que parece poder prescindir de las convencionales normas de tráfico occidentales. 

Entre 1999 y 2000 se introducen en Bután por primera vez servicios limitados de televisión e internet. Ambas tecnologías, tan asumidas por el “mundo desarrollado”, fueron objeto de recelo para el modelo de desarrollo butanés durante un tiempo. Igualmente, están prohibidas las bolsas de plástico. 

Es una medida ejemplar que muestra el compromiso del país con el respeto por la naturaleza y el uso consciente de los recursos naturales. También está prohibida la venta y distribución de tabaco y productos derivados del tabaco. El tabaquismo, como otras adicciones, es una de las mayores contradicciones de la racionalidad del individuo moderno. Así lo entienden los budistas.

El turismo en Bután es un potente activo económico, pero es estrictamente regulado por el Estado en aras de mantener la sostenibilidad de la explotación de su patrimonio natural y cultural. Sólo se puede viajar desde el extranjero mediante un paquete turístico cerrado previo pago de un importe (que en la actualidad es en torno a 200$ por día, aunque está en continúa revisión) que incluye el alojamiento, manutención y las visitas por el país.

Como última cuestión, pero quizá la más preocupante, es la de las minorías étnicas de origen indio o nepalí: los ithosampas. Esta población asentada principalmente en el sur del país fue privada del derecho de ciudadanía en 1985, lo que forzó al exilio a una buena parte de ellos durante las siguientes décadas. En 2007 se estimaron 108.000 refugiados en campamentos de Nepal, aunque se han ido reasentando la mayoría en países extranjeros. La situación sigue sin resolverse en la actualidad. "                 (  , El orden mundial s. XXI, 28 mar, 2015)

15/10/14

Extremadura tiene niveles elevados de buena vida, aún con un PIB per cápita inferior a las demás regiones

"(...) La mayoría de la gente reconoce que la buena vida no tiene que ver sólo con el dinero, que los ricos no son necesariamente más felices, y que determinadas actuaciones de las administraciones y de las empresas nos pueden facilitar o dificultar la vida. 

Por ello se hacen cada vez más necesarios nuevos indicadores que traten de medir más allá del PIB, es decir, que traten de valorar la sostenibilidad mediante índices integrados capaces de evaluar el progreso de las sociedades y, en definitiva, la felicidad de las personas. (...)

A modo de análisis preliminar, en un documento de trabajo recientemente publicado se recogen los resultados de la aplicación de dos de estos índices a las Comunidades Autónomas (CCAA) españolas, en concreto, el OECD Better Life Index y el Happy Planet Index (HPI).

 Para ello, se han incluido las variables lo más similares posible a los indicadores propuestos en estas metodologías, con el fin de que sean escalables por regiones y países. Algunos resultados previos pueden presentarse de forma resumida del siguiente modo:

- El PIB por CCAA españolas no coincide con los índices de bienestar.

- Algunas de las CCAA que presentan mayor PIB per cápita no son las que poseen mayor índice de bienestar, destacando los casos de Madrid y Catalunya, con altos niveles de PIB y bajos de bienestar.

- Navarra, País Vasco y Rioja presentan elevados valores de PIB per cápita y de bienestar.

- Extremadura es un ejemplo de lo contrario, con niveles elevados de buena vida y claramente inferiores a las demás regiones en PIB per cápita.

- Por otra parte los Índices de Buena Vida no coinciden con los indicadores de sostenibilidad ambiental representados en el HPI. En este caso destacan Canarias, C. Valenciana, Extremadura, Illes Balears, Extremadura o Andalucía, con elevados niveles de sostenibilidad (HPI), pero menores de bienestar.

- El País Vasco presenta valores relativamente altos en los dos indicadores, si bien baja en el índice HPI por su huella ecológica.

- Madrid presenta un valor muy negativo en el HPI como consecuencia de su profunda huella ecológica y de los problemas de calidad del aire que afectan a los ciudadanos.

Estas conclusiones ­(similares a las obtenidas en otros países) refuerzan la idea de que no necesariamente existe coincidencia entre los niveles de riqueza, la buena vida y la sostenibilidad ambiental. Lo cual, en su expresión más sencilla (aunque siempre matizable) nos recuerda que “la gente más feliz no es siempre la más rica, o que la buena vida no tiene que ver sólo con el dinero”. (...)"          (Fernando Prieto, Econonuestra, 12/08/2014)

10/4/14

Sobre felicidad, política y desarrollo

"Sobre felicidad, política y desarrollo (...)

Sería lógico pensar, entonces, que el objetivo último de la economía y de la política de cualquier país decente debería ser el trabajar en pro de la felicidad de sus habitantes. 

Tal y como sostiene Richard Layard en su libro La felicidad: lecciones de una nueva ciencia, el progreso de la felicidad nacional debería considerarse un objetivo político, siendo estudiado y evaluado tan concienzudamente como el crecimiento del PIB. 

Haciéndose eco de esta razonable demanda, el gobierno de Bután (un pequeño país asiático localizado en las faldas del Himalaya), en un claro gesto por desmarcarse de las políticas dominantes (que, como es sabido, contemplan –erróneamente– el crecimiento de la economía como la panacea del buen gobierno), lleva tiempo tratando de evaluar la felicidad de su pueblo, anteponiendo para ello el bienestar ciudadano a la vitalidad de unos indicadores macroeconómicos que la mayoría de las veces poco o nada nos dicen sobre el sentir real de las personas. 

Bután tiene una superficie aproximada de 47 mil Km2 y una población que apenas llega a los 720 mil habitantes. Presenta un PIB per cápita cercano a los 5.200 dólares anuales y un Índice de Desarrollo Humano (IDH) (1) de tan solo 0,538; ocupando así, respectivamente, los puestos 154 y 140 del ranking mundial. Con ello, y a la vista de estos datos, cualquier economista clásico seguramente no dudaría en tildar a Bután como un país pobre y subdesarrollado. Sin embargo, y como veremos a continuación, nada más lejos de la realidad. 

Basándose en la creencia elemental que sostuviera Jeremy Bentham de que la mejor sociedad es aquella en la que sus ciudadanos son más felices, el Rey Cuarto de Bután – Jigme Singye Wangchuck – acuñó e n la década de los setenta el término de la Felicidad Nacional Bruta (FNB) bajo la convicción de que la mejor política pública es aquella que produce la mayor felicidad entre sus habitantes (y no así necesariamente la que produjese mayores niveles de ingresos y consumo). 

El concepto de la FNB fue fundado en base a las tradiciones budistas butanesas y, h oy en día, es desarrollado por el Centro de Estudios de Bután (CBS). Según éste, el concepto de la FNB está constituido por cuatro pilares básicos: la buena gobernanza, el desarrollo socioeconómico sostenible, la preservación cultural y la conservación del medio ambiente.

 Estos cuatro cimientos fundamentales –construidos a partir de más de 100 sub-indicadores y 33 indicadores– son presentados y monitoreados por el CBS a través de nueve grandes dominios que, sumados, componen el índice de la FNB: i) el bienestar psicológico , ii) la salud, iii) la educación, iv) el uso del tiempo, v) la diversidad y resiliencia cultural, vi) el buen gobierno, vii) la vitalidad de la comunidad , viii) la diversidad y resiliencia ecológica, y ix) las condiciones de vida . 

De esta forma, estos nueve dominios de la FNB ( que combinan tanto aspectos objetivos – como los ingresos familiares o los niveles de alfabetización – como aspectos subjetivos – como la satisfacción con la vida – ) vendrían a significar, más que menos, las condiciones mínimas que han de cumplirse en Bután para que sus habitantes puedan alcanzar una vida feliz. 

Con todo ello, y pese a lo que puedan mostrar los indicadores clásicos de progreso y desarrollo (como el PIB y el IDH), salta a la vista que Bután no es un país pobre o subdesarrollado, sino más bien todo lo contrario. Es un país que realmente se ha preocupado por su pueblo y que, al fin y al cabo, se ha atrevido a apostar por otro modelo civilizatorio alejado del capitalismo. Un modelo que pone el centro de atención en aquello que realmente es el fin último de nuestra existencia: la felicidad. 

Para cualquier gobierno que se considere a sí mismo íntegro y honesto, preocuparse por su pueblo debería ser sinónimo de comprometerse por la felicidad de su gente. Ante los tremendos recortes en derechos que actualmente están sufriendo muchos de los países que se hacen llamar –a ellos mismos– desarrollados (anteponiendo con este gesto, por norma general, el bienestar de la banca y de los sectores privados al bienestar de su propio pueblo), cabe preguntarse quién es aquí el subdesarrollado.   (...)  

No cabe duda de que esta propuesta –la que plantea Bután en pro de evaluar la felicidad de las personas– es un referente a seguir en aras de dibujar otro tipo de sociedades y otro tipo de prioridades políticas.

 Así, en los últimos años, el concepto y la medición de la FNB ha despertado el interés de un gran número de países e investigadores que ven en él un sendero a seguir hacia nuevos horizontes de esperanza para la especie humana y un posible sustituto, a largo plazo, del PIB y del IDH como indicadores de progreso y bienestar. (...)"           (Mateo Aguado, Rebelión, 29/03/2014)

26/9/13

La Felicidad Interna... y Bruta


"Desde que en 1972 el rey Jigme Singye de Bután propuso abandonar el PIB (Producto Interno Bruto) como medida de progreso del país, y cambiarlo por el FIB (Felicidad Interna Bruta), numerosos economistas y sicólogos han dado vueltas a este tema que ya pensó Aristóteles en los fundamentos de la civilización humana.

En abril del año pasado, al cumplirse 40 años de la idea de Singye, y en medio del turbulento ambiente económico provocado por la crisis, las Naciones Unidas organizaron una cumbre de alto nivel apoyada por 70 países para consensuar ideas en torno a lo que puede ser un necesario nuevo paradigma económico basado en la sostenibilidad y centrado en el bienestar humano. 

 Este enfoque no apunta al crecimiento del producto interno bruto, sino a las ganancias sociales de la Felicidad Interna Bruta. Es decir, abre una oportunidad única para reorientar el camino de la economía en función del desarrollo humano en un mundo que compartimos.

 En términos simples, la propuesta de la Felicidad Interna Bruta de Bután, busca combinar cuatro objetivos fundamentales: 

i) un desarrollo económico social sostenible y equitativo en donde el crecimiento implique beneficios reales para la población; 

ii) la conservación estricta del medio ambiente natural;  

iii) la preservación y promoción de la identidad butanesa; 

y iv) que el gobierno garantice estabilidad institucional y social sobre la que se basa la armonía de la vida cotidiana. 

No deja de ser un gran desafío el que ha tomado el reino de Bután. ¿Cómo orientar una economía para producir la felicidad sostenible, la combinación de bienestar material, la conservación del medio ambiente, y la resistencia cultural?

Felicidad y comportamiento económico

 A continuación cuelgo dos charlas cuyo tema es la felicidad. La primera es de Dan Gilbert, quien en su libro Tropezando con la Felicidad desafía las ideas convencionales de que somos infelices si no tenemos lo que queremos. Gilbert sostiene que nuestro sistema inmuno-psicológico nos hace sentirnos felices incluso cuando las cosas no salen como fueron planeadas.



“Nada puede preferirse con tanto ardor apasionado que nos haga violar las reglas de la prudencia o la justicia, o corromper la futura tranquilidad de nuestras mentes”, sentencia Gilbert citando a Adam Smith, y cuestionando los errores y mezquindades de la ambición ilimitada que lleva a saltarse las reglas o hacer que estas desaparezcan. 

En la siguiente charla Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía 2002 y fundador de la economía conductual por su trabajo pionero en la Economía del Comportamiento, nos indica por qué las personas toman decisiones equivocadas y actúan irracionalmente. 

Kahneman señala la diferencia entre el yo que vive la experiencia y el yo que recuerda la experiencia. La coexistencia de estos dos “yo” tiene importantes implicancias para las políticas públicas, como la educación, la salud y el medioambiente.


Kahnenan además señala que aquello de que “el ingreso hace la felicidad” es cierto sólo hasta cierto punto. Alcanzando determinado límite que sitúa en torno a los 60 mil dólares anuales, las personas no son “más felices”. Es decir que la acumulación de riquezas o el gasto excesivo es una decisión irracional. Pero quienes están en la miseria o han perdido su trabajo están lejos de la “felicidad” .

Basados en esta idea de Kahneman presento el gráfico que ilustra este post en el cual en el eje de las absisas apuntamos el nivel de ingreso y en el de las ordenadas la felicidad. A medida que aumenta el ingreso también aumenta la felicidad, pero en una tasa decreciente. Esto indica que a determinado nivel de ingreso (lo que Kahneman estima en 60 mil dólares anuales) se alcanza la felicidad plena. 

Si esto es así, podemos ver que una transferencia de ingreso desde los más ricos a los más pobres no altera su nivel de felicidad, pero en cambio logra aumentar notoriamente el nivel de felicidad de los más pobres. Es algo a tener en cuenta en el diseño de las políticas públicas. Y esto pasa por el necesario cambio hacia un paradigma económico basado en la sostenibilidad y centrado en el bienestar humano."           (El blog salmón, 22/09/2013)

10/7/13

El 77% de la felicidad humana viene explicada por seis cualidades: la prosperidad material; la seguridad; la libertad; la igualdad; la hermandad y la justicia

"A la hora de abordar la evaluación del bienestar humano es importante establecer una nítida distinción entre sus dos posibles dimensiones: la objetiva y la subjetiva. Mientras la primera de ellas se centra fundamentalmente en los aspectos materiales, la segunda captura la evaluación que los individuos tienen sobre sus propias circunstancias (es decir, lo que piensan y sienten). 

La mayor parte de las mediciones de progreso germinadas durante las últimas décadas han ignorado de forma tradicional el aspecto subjetivo del bienestar humano, centrándose de forma casi exclusiva en su dimensión objetiva (y más concretamente en su dimensión económica y material). 

Los dos casos más conocidos en este sentido son el PIB per cápita (que reduce la concepción de progreso y bienestar de una nación a su nivel medio de ingresos) y, más recientemente, el Índice de Desarrollo Humano (IDH), que trata de evaluar el “ desarrollo humano ” de los países por medio de tres componentes: la salud (medida a través de la esperanza de vida al nacer), la educación (medida mediante los años de escolarización para personas adultas mayores de 25 años y los años de escolarización previstos para niños y niñas en edad escolar) y –de nuevo– el desarrollo económico, medido a través del ingreso nacional bruto per cápita. 

Existen numerosos ejemplos de indicadores que han tratado de ir más allá del IDH en su propósito de evaluar el ambiguo concepto del bienestar humano, incorporando para ello en su estructura novedosos aspectos de lo que –según los diversos autores– debería contemplarse dentro de la noción de calidad de vida humana (aspectos como el tiempo de ocio, la seguridad, la equidad, el desempleo o la degradación ambiental).

 Aun así, lo cierto es que todas estas iniciativas no han logrado hasta ahora construir una sólida base para la medición del bienestar humano que sea unánimemente aceptada por la comunidad científica y la sociedad en general. 

Por ello, a la hora de evaluar el bienestar humano, numerosos autores han comenzado a defender la necesidad de incorporar una visión subjetiva del mismo capaz de complementar los indicadores objetivos que hasta ahora han sido dominantes.(...)
 
Veenhoven, en los trabajos anteriormente citados, llegó a la conclusión de que el 77% de la felicidad humana viene explicada por seis cualidades societales: la prosperidad material; la seguridad; la libertad; la igualdad; la hermandad y la justicia. 

Las políticas dominantes, sin embargo, se han centrado hasta la fecha y de forma mayoritaria en tan sólo una de estas seis cualidades: “la prosperidad material”; un aspecto que, como bien es sabido, no es el más importante de todos para alcanzar una vida buena.

 Las cualidades que según Veenhoven son más importantes y que deberían centrar los esfuerzos de todas aquellas políticas encaminadas a construir bienestar humano son la libertad y la justicia , que explican por sí solas la mayoría de las mejoras que en esta materia pueden lograrse. 

En este sentido, los gobiernos de varios países han comenzado a incorporar en sus agendas políticas iniciativas encaminadas a explorar estrategias alternativas o complementarias al PIB para tratar de medir el bienestar humano y el progreso social de sus naciones (7). 

No obstante, aspirar a resumir algo tan complejo y multidimensional como el bienestar humano en un solo indicador numérico tal vez sea una misión imposible, a la par de absurda. Establecer umbrales de satisfacción en lugar de tratar de ceñirse a un determinado valor numérico, así como no limitarse a utilizar un solo indicador sintético – por muy polifacético que este sea – sino utilizar un conjunto de ellos (combinando los cuantitativos y los cualitativos así como los objetivos y los subjetivos) podría aportar flexibilidad a la hora de afrontar esta ardua e importante tarea que supone evaluar el bienestar humano.
 
Tan sencillo como preguntar

Bajo la tácita suposición de que no hay forma fiable de valorar el bienestar subjetivo de las personas, los círculos políticos han antepuesto de forma tradicional las medidas objetivas del bienestar humano a las medidas subjetivas. Sin embargo , la larga carrera de los indicadores objetivos de bienestar no parece haber logrado asentar unas bases definitivas en cuanto a su medición. 

Así lo refleja el creciente interés académico por el estudio del bienestar humano subjetivo; un interés que ha experimentado en los últimos años un auge sin precedentes protagonizado por los notables trabajos que han venido apareciendo sobre la satisfacción subjetiva con la vida . 

Según el sociólogo Ruut Veenhoven la satisfacción subjetiva con la vida es el grado en que una persona percibe que se cumplen sus aspiracione s, comparando cognitivamente la vida que uno tiene con la que, según él, debería tener. 

El imaginario humano de felicidad , bienestar o vida buena es algo que –en mayor o menor medida– tenemos en la mente, y que, por consiguiente, puede ser medido haciendo preguntas. Evaluar de esta forma la felicidad de las personas es, más que menos, un modo de aproximarse subjetivamente al bienestar humano. 

Una dificultad que suele argumentarse en torno a la aproximación subjetiva del bienestar humano se encuentra en el posible inconveniente que ésta conlleva de ser perturbada por las experiencias vividas más recientemente. Sin embargo, las pruebas empíricas de numerosos trabajos demuestran lo contrario (3).

Al ser la satisfacción subjetiva con la vid a (según la definición de Veenhoven) el “grado con que una persona juzga favorablemente la calidad global de su propia vida como un todo” (es decir, lo que a uno le gusta la vida que uno lleva) resulta lógico pensar que dicha valoración no varíe demasiado con el tiempo; si bien es cierto que normalmente esta valoración global depende del flujo continuo de satisfacciones instantáneas. (...)"          (Mateo Aguado, Rebelión, 02/07/2013)

25/4/13

Bután: el país donde la felicidad cotiza en Bolsa

"¿Cómo es Bután? Difícil respuesta. (...)

La mayoría de la población de Bután, y el territorio por el que están autorizados a moverse los visitantes, es más parecido a las tierras medias de Suiza. Valles verdes y fértiles encajados entre montañas de no más de 4.000 metros de altura tapizadas por densos bosques de coníferas.

 Y todo punteado por casitas y granjas diseminadas por doquier, todas con la estructura típica de la casa butanesa de muros de adobe y carpintería de madera ricamente pintada (está prohibido construir de otra manera). (...)

¿Dónde radica entonces la magia de este pequeño y misterioso país? 

 En su gente. Y en el experimento social que aquí se desarrolla. Bután es también la Suiza del Himalaya en cuestiones sociales y de organización del Estado. Cuando llegas aquí procedente del tremendo caos de Nepal -como es mi caso- o desde el caos del Tibet o desde el caos aún más terrorífico de la India, Bután se asemeja a un oasis de paz, armonía y serenidad.

 La esencia de un país budista llevado a sus últimas consecuencias. En eso se manifiesta su belleza. Y esa es la razón de que ya me haya enamorado de este singular reino, pese a los poco días que llevo viajando por él. 

 Por eso y porque en Bután no importa el índice de riqueza. Lo que cotiza es el índice de Felicidad Nacional Bruta. 

El concepto fue acuñado por el cuarto rey de la dinastía actual, Jigme Senge Wangchuk, en la década de los 70. Fue él, artífice del Bután moderno que hoy conocemos, quien proclamó que en un país como el suyo, aislado entre montañas, cerrado a los extranjeros hasta 1974, profundamente agrícola y rural, el concepto de PIB (producto interior bruto) occidental no tenía sentido.

 Que él y su gobierno lucharían por incrementar la felicidad de sus súbditos por lo que decretaba instaurado el índice de Felicidad Nacional Bruta. 

En contra de lo que muchos creen -y otros muchos han escrito erróneamente-, no se trata de ningún índice oficial ni un patrón mensurable ni va más allá de un concepto. No es el índice de bienestar que publica anualmente la OCDE. 

Es una forma de buen gobierno que tiene su máxima expresión en la Comisión de la Felicidad Nacional Bruta, un organismo del gobierno butanés que vela porque todas las leyes, acciones e inversiones de la administración pública estén encaminadas a aumentar la felicidad de los súbditos. ¡Casi nada! 

¿Cómo se materializa este concepto? De una manera tan sencilla como poco común en el resto del mundo: gobernando pensando en los ciudadanos. Los butaneses tienen gratis el agua, la electricidad, la educación, la sanidad… cuentan con buenas carreteras, puentes, presas y diques, instituciones que funcionan, una democracia estable…

 ¡Hasta las semillas que plantan los agricultores (el 90% de la población vive de la agricultura y la ganadería) las proporciona gratuitamente el gobierno, que se encarga de mejorarlas cada año para aumentar la producción nacional!. 

¿Es eso la felicidad? No lo sé, pero se le debe parecer bastante.

Quizá para un europeo la idea de un estado que devuelve tus impuestos en forma de servicios gratuitos (educación, sanidad, infraestructuras) no sea tan raro. Pero hay que poner a Bután en su contexto geopolítico: dentro del área geográfica en la que se sitúa el país, todos esos avances sociales son sencillamente ciencia ficción.  (...)

 ¿Son los butaneses realmente felices? A todo el que le he preguntado me responde que sí, extrañado por la obviedad de la pregunta. Pero sería muy atrevido por mi parte afirmarlo tajantemente con los pocos días que llevo aquí. No he penetrado lo suficiente en la sociedad butanesa como para saberlo.

 Aparentemente sí lo son. Y cuando conduces por sus carreteras (manejan pausados y sin estrés), cuando caminas por la noche por la capital, Timphu, con total sensación de seguridad, cuando hablas con ellos, cuando entras a un monasterio y te ofrecen agua bendita… estás casi convencido de que sí. 

De lo que sí estoy seguro es de que es un país sin malicia. Que no es poco."         (Paco Nadal, El País, 24/04/2013)

3/12/10

Midiendo la felicidad

"La frase celebrada de la cantante francesa Mistinguette es que el dinero no da la felicidad pero aplaca los nervios. Para Rafael Sánchez Ferlosio, el dicho parece más oportuno en su reverso: el dinero sí da la felicidad, pero destroza los nervios.(...)

Francia también ha cuestionado "la religión del número", en palabras de su presidente, Nicolas Sarkozy, y ha planteado un cambio en los indicadores económicos tras haber encargado a Joseph Stiglitz un informe sobre el progreso económico social.

Y la Comisión Europea puso en marcha este verano tres grupos de trabajo relacionados: uno que complemente el PIB; otro que aborde los efectos medioambientales y otro que trabaje en la medición de la calidad de vida de los europeos atendiendo a ocho variables (salud, educación, seguridad, entre otros) con el objetivo, a largo plazo, de lograr un indicador objetivo agregado. (...)

"El PIB como compás que guía a una nación ha quedado obsoleto. Y cuando un país ya no es una economía emergente, cuando ya ha alcanzado cierto nivel de desarrollo económico, hay que empezar a valorar más datos: renta por habitante, desigualdades sociales, algún ratio que mida los recursos naturales gastados en generar producción para ver si somos cada vez más eficientes... es que se ha instalado la idea de que, si el PIB va bien, todo va bien, y en un país desarrollado hay que ir a crecimientos más cualitativos", explica Aniol Esteban, el jefe de economía ambiental de la New Economics Foundation (NEF).

Es una conclusión en línea con el informe que el Nobel Stiglitz elaboró para Francia, que puso de relieve que el PIB no depuraba la actividad económica que, no solo no genera felicidad, sino que es fruto de la incomodidad: como el gasto en analgésicos para el dolor cabeza o el gasto de gasolina en un atasco. (...)

La idea de hacer indicadores alternativos, homologables e internacionales, no obstante, está plagada de peros. Porque lo que uno considera medida de la felicidad puede convertirse en barra libre: Reino Unido medirá las tasas de reciclaje, según una información publicada recientemente por The Guardian, y Bután, ese pequeño país asiático que ha cobrado fama por ser el único con una tasa anual de felicidad interior bruta (FIB), pone su atención en aspectos como el número de veces que se reza al día, entre otros aspectos, claro, como la salud, el tiempo libre o la cultura.

Fernando Esteve, profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), ha estudiado con profundidad la Economía de la Felicidad y es consciente de sus inconvenientes. "No se puede medir la felicidad, se pueden hacer aproximaciones, porque los enfoques son muy criticables", apunta.

La economía de la felicidad entiende que el desarrollo económico no es un fin en sí mismo, sino que debe traducirse en bienestar, "pero esto tiene pegas, porque las preguntas que plantean son muy abstractas, como ¿cuánto es usted de feliz del 1 al 10?, por ejemplo. Y en toda encuesta al respecto [existe] el sesgo de que la gente dice que está bien, que es feliz, porque lo contrario causa una sensación de fracaso personal, de derrotismo, muy mal visto", reflexiona Esteve. Unos métodos atienden al bienestar objetivo, otros al subjetivo, y otros los combinan.

En general, se toma una cesta de valores que influye en esa felicidad (el nivel de paro, la salud, las horas que se duerme al día...), se le da un peso a cada una y se evalúa la felicidad y esas variables se han escogido previamente en encuestas que ayudan a saber qué aspectos influyen en la felicidad de la gente.

La fundación NEF elabora un Índice del Planeta Feliz (en el que cruza la esperanza de vida, los recursos empleados y la satisfacción) y unas Cuentas Nacionales de Bienestar, que se basan en las preguntas de la Encuesta Social Europa y cruza el bienestar social (donde se pregunta sobre la relación con la familia, los amigos, los vecinos o los compañeros de trabajo) con el bienestar personal (que lanza cuestiones como ¿has aprendido algo la última semana? Del 0 al 10, ¿qué nivel de satisfacción has alcanzado?). (...)

La cuestión de fondo que emerge de todas estas preguntas es ¿es el crecimiento económico sinónimo perfecto del bienestar para un país? O, en conversación de café, ¿da el dinero la felicidad? Pues hay una respuesta y es que sí.

Pero hasta cierto punto. Sin adentrarse en el jardín filosófico que supone abordar el asunto, la literatura académica ha analizado el interrogante en varias ocasiones y ha certificado que, cuanto mayor es la renta per cápita de un país, mayor es el nivel de bienestar de los ciudadanos, pero esta correlación entre riqueza y felicidad pierde fuerza cuanto más rico es un país.

Es decir, que a partir de un nivel de desarrollo el crecimiento de la riqueza ya no es proporcional al del bienestar de sus ciudadanos. ¿Por qué? Por dos motivos: el habituamiento y la relatividad. "El ser humano se acostumbra muy rápido a sus nuevos niveles de vida, con lo que el gozo por alcanzar una posición social tiene una duración limitada, hasta que uno se acostumbra a ello y lo asume como normalidad.

Por otra parte, está la rivalidad, y es que nos comparamos continuamente con los demás. En resumen, que a más dinero, más bienestar, pero hasta cierto punto", reflexiona Esteve.

¿Y cuál es ese punto? El profesor Manel Baucells, de la Universidad Pompeu Fabra, es uno de los expertos que se ha dedicado a analizar la cuestión en varios informes. Uno que elaboró en 2006 cuando estaba en la escuela de negocios IESE y la Universidad de California cifraba en 15.000 dólares per cápita los ingresos mínimos de un país para ser feliz, a partir de los cuales el poder adquisitivo y la dicha ya no suben al mismo ritmo.

"Más que una cifra concreta, como el ciudadano se compara, el nivel al que uno empieza a ser feliz llega cuando gana, cuando se encuentra por encima de la media de sus referentes más cercanos", matiza Baucells.

Su informe recoge ejemplos reveladores. Tras la unificación de Alemania, los niveles de satisfacción que manifestaban los habitantes del Este bajaron considerablemente respecto a la etapa anterior porque comenzaron a compararse con los de la zona occidental. (...)

Otro estudio que cita (de los investigadores Brickman, Coates y Janojj-Bullman) se atreve a señalar incluso el periodo de tiempo que dura la alegría de que te toque la lotería: un año. Los años consecutivos, el premiado ya se ha acostumbrado a su nuevo nivel de vida y sus referentes son los vecinos de su nuevo barrio, los coches que conducen...

"La habituación al dinero mata esa felicidad nueva generada por el crecimiento económico. Tú te puedes obsesionar por el PIB y si preguntas dentro de 100 años tu población puede no ser mucho más feliz", apunta Baucells.

Esto es lo que ocurre también con los países, en global. "Cuando ya has alcanzado ciertas cosas materiales, te empiezas a preguntas por otras. Así que, si este mecanismo mental ocurre en las personas, de forma individual, ¿por qué no va a suceder en un país en global?", se pregunta el profesor Esteve. Por eso a Cameron y a Sarkozy les ha dado por preguntar a sus ciudadanos qué tal lo llevan. (...)

Baucells advierte: "La riqueza decepciona precisamente porque uno se acostumbra a ella más rápido de lo que cree. Lo que no sabe la gente es que del mismo modo que se acostumbra a vivir con más dinero, también se acostumbra a vivir peor y a cambiar sus referentes".

Eso sí, aunque haya estudios que aseguren que el gozo porque le toque a uno la lotería solo dura un año, no hay economista alguno que considere hacerse rico una idea del todo disparatada. Aunque, como acertaba a pensar Ferlosio, como cuenta el profesor Esteve cuando les habla de la economía y de la felicidad a sus alumnos, y como, en efecto, algunos piensan cuando hojean las revistas de peluquería: a muchos les debe destrozar los nervios." (El País, 28/11/2010, p. 34/5)

15/11/10

"Los ciudadanos me llaman al móvil a cualquier hora"

"Jigme Thinley, traje de corte perfecto, botines lustrosos, es un hombre feliz y un primer ministro único. Encabezó el Gobierno cuando Bután aún era un reino y lo dirige ahora que es la democracia más joven del mundo.

Su trabajo es distinto. "Antes rendía cuentas directamente al rey, que siempre ha sido más servidor que gobernante. Ahora la gente [700.000 habitantes] es más crítica con mis acciones, perdona menos, tiene más expectativas".

Los ciudadanos de este pequeño país encajonado entre China e India no le paran por la calle. ¡Le telefonean al móvil! "Mi número es público. Me llaman a cualquier hora y estoy obligado a responder, como todos los ministros. Es nuestra responsabilidad". Dice que no todas las peticiones son razonables. Recuerda la de aquel que tenía problemas con la ley. "Creía que yo podía arreglarlo, pero no puedo". (...)

Felicidad en butanés se dice gakí, con acento en la i. Un concepto esencial en este país cuyas autoridades han logrado que les presten atención -más aun, que les tomen en serio- cuando defienden por todo el mundo que la felicidad interior bruta (FIB), que calcula cuán felices son los ciudadanos, mide mejor el progreso que el clásico PIB, que indica si la economía crece o cae. Aunque el 97% de los butaneses se declaró en 2008 feliz o muy feliz, asegura convencido que hay margen para mejorar. La clave de todo esto no es el budismo, es "ser humano".

El primer ministro cree que es más feliz que sus padres. "Porque las condiciones de vida han mejorado mucho desde que, en 1961, decidimos abrir las puertas al resto del mundo, salir de nuestro aislamiento deliberado.

Entonces se empezó a construir la primera carretera". ¿Y comparado con sus hijos? "Me gustaría que fueran tan felices como somos mi mujer y yo". Y que sintieran que su familia siempre está a mano.

Este orgulloso abuelo de dos nietas y un nieto destaca que la familia extensa, la de relaciones estrechas con abuelos, tíos, primos, etcétera, es una de las fortalezas de muchas sociedades tradicionales.

Bután prefiere "esta red natural de apoyo social y económico a los artificiales sistemas de bienestar gestionados por los Gobiernos, sistemas que antes o después colapsarán".

Por eso combaten la nuclearización familiar. Bután se prepara para medir la felicidad nacional por segunda vez. Ha reclutado a investigadores extranjeros para lograr un sistema de medición "más sencillo, más práctico, más fiable y más preciso". (JIGME THINLEY: "Los ciudadanos me llaman al móvil a cualquier hora". El País, 10/11/2010, última)

8/3/10

La Felicidad Interior Bruta... butanesa...

"El 2 de junio de 1974, en su discurso de coronación, Jigme Singye Wangchuck dijo: "La felicidad interior bruta es mucho más importante que el producto interior bruto". Tenía 18 años y se convertía, tras la repentina muerte de su padre, en el monarca más joven del mundo.

No fue un mero eslogan. Desde aquel día, la filosofía de la felicidad interior bruta (FIB) ha guiado la política de Bután y su modelo de desarrollo. La idea es que el modo de medir el progreso no debe basarse estrictamente en el flujo de dinero. El verdadero desarrollo de una sociedad, defienden, tiene lugar cuando los avances en lo material y en lo espiritual se complementan y se refuerzan uno a otro. Cada paso de una sociedad debe valorarse en función no sólo de su rendimiento económico, sino de si conduce o no a la felicidad.

Dos factores pueden explicar que esta especie de tercera vía de desarrollo se haya llevado a la práctica precisamente aquí, en este aislado reino del Himalaya. Por un lado, está su profunda raigambre en la filosofía budista. Y por otro, el proverbial retraso de Bután en su apertura al mundo. El lama reencarnado Mynak Trulku explica el primer factor: "La felicidad interior bruta se basa en dos principios budistas. Uno es que todas las criaturas vivas persiguen la felicidad. El budismo habla de una felicidad individual. En un plano nacional, corresponde al Gobierno crear un entorno que facilite a los ciudadanos individuales encontrar esa felicidad. El otro es el principio budista del camino intermedio". Y esto enlaza con el segundo factor, que explica Lyonpo Thinley Gyamtso, ex ministro del Interior y de Educación: "Están los países modernos, y luego está lo que era Bután hasta los años setenta. Medieval, sin carreteras, sin escuelas, con la religión como única guía. Son dos extremos, y la FIB busca el camino intermedio". (...)

El concepto butanés de la felicidad interior bruta se sostiene sobre cuatro pilares, que deben inspirar cada política del Gobierno. Los pilares son: 1. Un desarrollo socioeconómico sostenible y equitativo. 2. La preservación y promoción de la cultura. 3. La conservación del medio ambiente. 4. El buen gobierno. Para llevarlo a la práctica, el cuarto rey creó en 2008 una nueva estructura institucional al servicio de esta filosofía, con una comisión nacional de FIB y una serie de comités a nivel local.

Lo que medimos afecta a lo que hacemos. Si nuestros indicadores sólo miden cuánto producimos, nuestras acciones tenderán sólo a producir más. Por eso había que convertir la FIB de una filosofía a un sistema métrico. Y eso es lo que encomendó el cuarto rey al Centro de Estudios Butaneses, que años después ha dado con un índice para medir la felicidad.

La materia prima es un cuestionario que responderán los ciudadanos butaneses cada dos años. La primera encuesta se realizó entre diciembre de 2007 y marzo de 2008. Un total de 950 ciudadanos de todo el país respondieron a un cuestionario con 180 preguntas agrupadas en nueve dimensiones:

1. Bienestar psicológico. 2. Uso del tiempo.

3. Vitalidad de la comunidad. 4. Cultura.

5. Salud. 6. Educación. 7. Diversidad medioambiental. 8. Nivel de vida. 9. Gobierno.

Éstas son algunas preguntas del cuestionario: "Definiría su vida como: a) Muy estresante, b) Algo estresante, c) Nada estresante, d) No lo sé". "¿Ha perdido mucho sueño por sus preocupaciones?". "¿Ha percibido cambios en el último año en el diseño arquitectónico de las casas de Bután?". "¿En su opinión, cómo de independientes son nuestros tribunales?". "¿En el último mes, con qué frecuencia socializó con sus vecinos?". "¿Cuenta usted cuentos tradicionales a sus hijos?".

Una vez procesada la información de las encuestas, se determina en qué medida cada hogar ha alcanzado la suficiencia en cada una de las nueve dimensiones, estableciendo unos valores de corte. A cada indicador en el que un hogar ha alcanzado o superado el valor de corte se le atribuye un cero. Cuando el encuestado no ha llegado al valor de corte en un indicador, se le resta el resultado al valor de corte y se divide la resta por el propio valor de corte. Por ejemplo, si el límite de la pobreza es 8 y el encuestado ha alcanzado 6, el resultado es (8-6) / 8 = 0,25.

Entonces, ¿cómo se determina quién es feliz? Es feliz aquella persona que ha alcanzado el nivel de suficiencia en cada una de las nueve dimensiones (0). ¿Y cómo se determina la felicidad interior bruta? FIB = 1 - (la media del cuadrado de las distancias respecto a los valores de corte).

Ya tenemos, pues, el valor de la felicidad. Pero es sólo eso, un número. El siguiente paso es comparar la FIB de los diferentes distritos. Compararla a lo largo del tiempo. Descomponer el índice por dimensiones, por géneros, por ocupaciones, grupos de edades, etcétera. Y así, la FIB puede utilizarse como un instrumento para orientar políticas.

La determinación por medir la felicidad nacida de aquel discurso de coronación del cuarto rey de Bután puede verse como un caso pintoresco o enternecedoramente naïf desde las potentes economías occidentales. Pero la misma inquietud empieza a ocupar las agendas de influyentes mandatarios y eminencias de la economía a nivel mundial. En febrero de 2008, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, creó la Comisión Internacional para la Medición del Desempeño Económico y el Progreso Social, debido, en palabras de su director, el profesor de la Universidad de Columbia y premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz, "a su insatisfacción, y la de muchos otros, con el estado actual de la información estadística sobre la economía y la sociedad" (EL PAÍS, Negocios, 20 de septiembre de 2009). "El gran interrogante", proseguía Stiglitz, "implica saber si el PIB ofrece una buena medición de los niveles de vida". Y los resultados de la comisión, presentados el pasado mes de septiembre, confirmaron las sospechas de Sarkozy: el PIB se utiliza de forma errónea cuando aparece como medida del bienestar. Pero también hay quien advierte de los riesgos de ampliar la variedad de estadísticas económicas, que podría permitir a los Gobiernos agarrarse a unas u otras a su antojo, en detrimento de la objetividad. (...)

Pero en 2007 Bután fue la segunda economía que más rápido creció en el mundo. La educación, gratuita y en inglés, llega hoy a casi todos los rincones del país. En un estudio realizado en 2005, el 45% de los butaneses declaró sentirse "muy feliz", el 52% reportó sentirse "feliz" y sólo el 3% dijo no ser feliz. En el Mapamundi de la Felicidad, una investigación dirigida por el profesor Adrian White en la Universidad de Leicester (Reino Unido) en 2006, Bután resultó ser el octavo más feliz de los 178 países estudiados (por detrás de Dinamarca, Suiza, Austria, Islandia, Bahamas, Finlandia y Suecia). Y era el único entre los 10 primeros con un PIB per cápita muy bajo (5.312 dólares en 2008, seis veces menor que el español). (...)

Lo habitual en la historia es que la democracia sea una conquista del pueblo, producto a menudo de sangrientas luchas y revoluciones. Pero en el caso de Bután la democracia llegó por el empeño del cuarto rey, en contra de la voluntad de la mayoría de sus súbditos.

En diciembre de 2005, Jigme Singye Wangchuck anunció que abdicaría a favor de su primogénito y que se celebrarían elecciones. "La democracia no entró de la noche a la mañana", explica Lyonpo Sonam Tobgye, con la espada asomando por debajo de su kabney naranja. "Fue un proceso largo. Cuando su majestad dijo que había que hacer una Constitución, la idea no fue aceptada en absoluto por el pueblo. No queríamos una Constitución. Estábamos muy a gusto con nuestro pasado. Teníamos desarrollo, seguridad, habíamos progresado. Aun así, su majestad insistió en que era importante que tuviéramos una Constitución. Y el pueblo aceptó sus palabras, porque nos fiamos de él".

El comité estudió "unas cien" constituciones extranjeras. Después se quedaron con una veintena. Entre ellas, una les inspiró especialmente: la española. "La leímos una y otra vez", recuerda. "Es una muy buena constitución. Es muy progresista. Y ustedes tienen, como nosotros, una monarquía constitucional. Le confesaré una cosa: la leímos un poco tarde. De haberla visto antes, quizá no habríamos estudiado tantas otras".

Entregaron un borrador después de 10 meses, que se colgó en Internet para que lo vieran los ciudadanos y el mundo exterior. "Recibimos unos 400 comentarios de todo el mundo: intelectuales, universidades, organizaciones de derechos humanos. Estudiamos todo eso, hicimos otro borrador y éste se distribuyó al pueblo".

Los reyes, padre e hijo, recorrieron entonces todo el país, hasta las aldeas más remotas, y celebraban reuniones en los pueblos para explicar y discutir el borrador de la Constitución. El 18 de julio de 2008 se aprobó una carta magna sin pena de muerte para un país cuyo delito más común es el expolio del patrimonio artístico y cuyo artículo 9.2 establece: "El Estado se esforzará en promover las condiciones que permitan la consecución de la felicidad interior bruta". (El País Semanal, 29/11/2009, p. 54/64)