"Jenny Roberts entra con un busto de
plástico a la sala y lo coloca con delicadeza en la mesa. A
continuación, abre el kit que contiene el Naxolone, la medicación
necesaria para revertir una sobredosis de opiáceos. Con la pericia de
una enfermera o un médico explica cómo revivir el muñeco inerte que
tenemos delante. Lo hace de forma casi automática, no en vano 15 mil
personas han aprendido en dos años gracias a ella.
En su rostro no hay atisbo del drama
que, apenas cinco años antes, la empujó a enseñar a los demás a intentar
burlar la muerte. El día en que Jenny encontró a su hermano menor Chris
tendido en el salón de casa pensó que podía ser como las anteriores
veces, ya eran seis años entrando y saliendo de tratamientos, pero esta
vez no volvió a respirar. «Ni siquiera sabía que existía un medicamento
para revertir esa situación.
Cuando me enteré, empecé a pensar en
todas esas familias que iban a pasar por lo mismo, por lo que decidimos
crear una fundación con el nombre de mi hermano con esta única misión:
salvar vidas.» En el momento de la entrevista, al menos 86 personas
habían vuelto a abrir los ojos gracias al entrenamiento impartido por
Jenny, quien da el dato con un orgullo tímido, para nada triunfal.
Aún queda demasiado por hacer: «no hay
absolutamente ningún perfil para el adicto a los opiáceos. Puede ser tu
amable vecino, puede ser tu abuelo mayor, puede ser un niño de once
años. Conozco a varias personas que comenzaron a usarlos a esa edad y no
es que se despertasen un día y dijeran, oye, creo que me he vuelto
adicto a los opioides. Cada camino es diferente aunque, por supuesto, de
lo que más se hable sea de la medicación recetada».
Según una investigación del diario The
Washington Post basado en datos federales, entre 2006 y 2014 se
distribuyeron en Estados Unidos más de 100 mil millones de opiáceos y
otros 24 mil millones más de dosis de pastillas para el dolor altamente
adictivas. Un volumen que, además, se disparó a medida que la epidemia
iba siendo más mortal, llegando al punto de cobrarse un centenar de
vidas al día.
Para hacernos una idea, en 2014, cada 15
minutos nacía en el país un bebé con síndrome de abstinencia neonatal
–cada 25 minutos en 2020–; según un estudio basado en la Encuesta
Nacional sobre Uso de Drogas y Salud, a más de la tercera parte de los
adultos, 92 millones de personas, se les prescribieron opiáceos, y en
2016 hubo más muertes por este motivo que por violencia armada.
Este tipo de medicación altamente
adictiva está tan normalizada que el primer ejemplo que me puso un
exdrogodependiente y activista al que entrevisté fue el enganche
temprano de adolescentes a los que les recetan automáticamente opiáceos
al ponerles bráckets o aparatos dentales. Así, los estupefacientes en
este país son ingeridos de una manera tan masiva que no parece exagerado
afirmar que el Soma[1]
de la distopía de Huxley, Un mundo feliz, es una realidad en los
Estados Unidos actuales. Detrás, sobre todo, seis compañías
distribuidoras: McKesson Corp., Cardinal Health, Walgreens,
AmerisourceBergen, CVS y Walmart, y tres fabricantes: SpecGx, una
subsidiaria de Mallinckrodt; Actavis Pharma, y Par Pharmaceutical, una
subsidiaria de Endo Pharmaceuticals. «Se las comen como si fueran
Doritos. Haremos más», escribiría en un correo electrónico, filtrado
posteriormente, Victor Borelli, gerente nacional de cuentas del mayor
fabricante de opiáceos de Estados Unidos.
Pese a la ingente cantidad de pruebas y
al dolor inflingido, la mayoría de los responsables resolvieron
cualquier demanda con acuerdos sellados a base de millones de billetes
de dólar. Tampoco fueron obligados a dejar de producir la droga. Una
paradoja constante en este país, donde es más común de lo que parece
pasar buena parte de tu vida en la cárcel por consumir o menudear con
drogas si se es un ciudadano pobre.
La dureza del castigo penal por consumo,
sin embargo, no evita lo siguiente: pese a la referencia de Jenny al
perfil universal del adicto, existe una mayor incidencia entre jóvenes y
adultos jóvenes. Así, la principal causa de muerte entre los menores de
cincuenta años son las drogas y Estados Unidos es el país del mundo con
el mayor número de fallecimientos por ese motivo según la Oficina de
las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, con una enorme ventaja
sobre los siguientes de la lista. La incidencia es tal que, debido
principalmente a este factor y al aumento de las muertes por alcoholismo
o suicidio, la esperanza de vida se reduce cada año que pasa.
Es decir, la desesperación está
invirtiendo la progresión vital de una de las principales potencias
económicas del planeta, un fenómeno sin parangón en el último siglo.
Estados Unidos es el único país avanzado del mundo donde la flecha de la
esperanza de vida se movió en la dirección equivocada de 2014 a 2017.
Si entre 1959 y 2014 aumentó de los 69,9 años a los 78,9 años, el
promedio tres años más tarde era de 78,6. Aunque la tendencia logró
revertirse tímidamente en años recientes, la pandemia la empujó por
debajo de los setenta y ocho años, niveles inferiores a los de Líbano,
Chile o Cuba, países con un PIB muy inferior.
Esto es sumamente sangrante para el
orgullo de la nación que se autoerige como modelo si tenemos en cuenta
que en 1960 los estadounidenses tenían la esperanza de vida más alta del
mundo. «Es un problema desgarrador» y «extremadamente insólito», llegó a
admitir la propia presidenta de la Reserva Federal en 2017. Janet
Yellen, ahora actual secretaria del Tesoro, reconoció que el nivel de
consumo de estupefacientes era tal que estaba reduciendo el número de
población activa.
No obstante, cabría preguntarse: ¿Qué
fue antes, el huevo o la gallina? Es decir, ¿es la adicción la que
mengua el número de trabajadores o, más bien, es la falta de
oportunidades aquello que los empuja a la desesperación y lo que se
deriva de la misma? Yellen, por otro lado, también destacó lo siguiente:
cuando la tasa de población activa se reduce, el paro también.
Otro factor que, por lo tanto, evidencia
lo expuesto anteriormente: había que mirar con lupa los en principio
espectaculares datos de desempleo. Es decir, dicho problema se termina
si los parados acaban en la cárcel, son drogodependientes o directamente
se mueren.
En su obra Deaths of despair, Anne Case y
Angus Deaton vinculan de manera magistral el papel que la clase y la
educación, y, por tanto, el sistema, desempeñan en la era de la angustia
a la que se ha visto abocada la otrora nación de los sueños: «para la
clase trabajadora blanca, la América de hoy se ha convertido en una
tierra de familias rotas y pocas perspectivas. Los adultos sin título
están literalmente muriendo de dolor y desesperación». Una de las
cuestiones más interesantes de su estudio es que Case y Deaton ponen el
foco más allá de la desigualdad racial, situándolo en la clase
trabajadora blanca y más concretamente en los hombres. En este sentido,
no es que nieguen el racismo sistémico y estructural, todo lo contrario,
pretenden llamar la atención sobre el hecho de que, si hay algo
realmente transversal en la actualidad, es el flagelo a la clase
trabajadora.
Así, si bien, tal y como apuntan los
datos, las tasas de mortalidad entre los afroamericanos siguen siendo
las más altas, la diferencia entre este grupo y el de los blancos ha
disminuido de manera muy considerable entre 1990 y 2015. En este
sentido, la brecha real se sitúa entre quienes tienen y quienes no
tienen un título universitario; coincidiendo además con las respuestas a
encuestas sobre sufrimiento y dolor. Volviendo al objeto principal de
su análisis –los hombres blancos–, si el salario medio de los varones
estadounidenses se ha estancado de forma generalizada, el poder
adquisitivo en el caso de los blancos sin educación superior se redujo
un 13% entre 1979 y 2017, periodo durante el cual el ingreso nacional
per cápita creció un 85%.
La falta de trabajo estable o de
calidad, argumentan, ha conllevado además una desintegración de las
antiguas costumbres sociales de clase, como el formar una familia y
tener hijos, por lo que el sujeto se ha encontrado de repente en una
situación vital sin perspectiva conocida. Cualquier ávido lector podría
argumentar que esto no sólo sucede en Estados Unidos, sino en buena
parte del mundo occidental.
Sin embargo, elementos como los que
vamos describiendo, como el poder de las grandes empresas sobre los
brazos legislativos y judiciales del Estado, la ausencia de una sanidad
universal y de un sistema social básico, la agonía del sindicalismo o
las enormes dificultades de acceso a una educación superior son
excepcionalmente definitivos en la situación de unos ciudadanos
alimentados por los mitos del individualismo y la tierra de las
oportunidades.
«Hay algo de ser pobre en este país que
es super deprimente. Vienes aquí y vas a lugares desfavorecidos, y, por
encima de todo, del crimen o de todo aquello que no tienen, está lo
siguiente: la falta de esperanza, la falta de respeto a sí mismos y el
distanciamiento del resto de la sociedad. Para mí, el mayor coste de ser
pobre en Estados Unidos es el coste psicológico.» Carol Graham es
investigadora especialista en pobreza, desigualdad y salud pública del
Instituto Brookings. Tras años de estudio en América Latina, al regresar
a su país se dio cuenta de que había un elemento diferencial que se le
estaba escapando y decidió medir la falta de esperanza.
Empecé comparando las actitudes acerca
de que si un individuo trabaja duro en este país puede subir en el
escalafón social, es decir, hice la clásica pregunta basada en el sueño
americano. Comparé las respuestas obtenidas en América Latina y Estados
Unidos, y cómo varían entre pobres y ricos. Lo que encontré fue
fascinante. En América Latina, los pobres y los ricos casi contestaban
igual, con un «no», y no había diferencias estadísticas. Sin embargo,
aquí, había una diferencia de casi 20 veces entre pobres y ricos.
Es decir, en Estados Unidos, aquellos
que no están en los estratos más bajos creen fervientemente que es por
méritos propios. O lo que es lo mismo, los ricos que siempre lo han sido
creen que quienes no lo son pueden llegar a serlo mediante esfuerzo y
trabajo. Dicho desprecio e incomprensión son fatales en el caso de la
población blanca, a la que se presupone que debería irle bien por su
condición social. Graham lo explica de este modo:
El suicidio y la depresión son menos
comunes en pobres de América Latina, y, en Estados Unidos, lo son menos
entre los latinos y los afroamericanos que entre los blancos, porque los
primeros no tienen el estigma y, por ejemplo, sus familias los ayudan.
Para los blancos, el devenir pobre en los últimos tiempos ha sido un
gran shock; de hecho, siguen siendo el grupo más opuesto a las ayudas
gubernamentales porque lo relacionan con las minorías.
Graham pone como ejemplo de esta
disociación el programa sanitario impulsado por Barack Obama, el llamado
Obamacare, asegurando que muchos beneficiarios acabaron por votar a
Donald Trump, contrario al mismo. «Es increíble. Hay cosas que puedo
explicar y otras cosas que no puedo explicar, pero lo que sí puedo
afirmar en función de los resultados de mis estudios es que este tipo
captó la frustración con promesas que no tenían que ver con la realidad.
Cuando la gente está en situación de perder es mucho más fácil
manipularlos.» Graham desgrana el siguiente perfil:
Aquellos hombres ahora sin trabajo o con
empleos precarios que se dedicaban a oficios manuales, pesados,
difíciles, como minas, factorías…, que además conllevan estilos de vida
no muy sanos, con lesiones o dolores. En este contexto, además, las
compañías de opiáceos empezaron a repartirlos como caramelos. Se creó la
tormenta perfecta: un mercado saturado de opiáceos, altas tasas de
desesperación, falta de ayuda comunal y, en muchos casos, lugares
completamente aislados. Ve al Misuri rural, vas a encontrar la nada.
Es decir, el votante blanco de clase
trabajadora, un tercio del total de los adultos estadounidenses y que en
esas elecciones serían decisivos en la victoria de Donald Trump.
Siguiendo el ejemplo del Obamacare, poco después de las elecciones en
las que el republicano saldría ganador, una reportera de la publicación
VOX se acercó a Kentucky a preguntar a beneficiarios de dicho programa
sanitario qué los había llevado a votar en contra de sus intereses.
En general, todos le contestaron que
creían en la promesa de que Donald Trump mejoraría aún más su plan de
salud, pese a no haber concretado cómo. Meses después, la misma
periodista regresó para tantear los ánimos. Si bien se encontró con una
decepción generalizada, también con justificaciones de que el presidente
lo estaba haciendo muy bien en otras áreas como la inmigración, además
del clásico: «Como decía mi padre, este es y será un condado
republicano».
Este ejemplo sobre el terreno
coincidiría con un análisis hecho por The Atlantic en el que,
contrariamente a la narrativa de que solamente la pobreza o la ansiedad
económica impulsaron ese voto hacia Donald Trump, fue la ansiedad
cultural lo que definitivamente los empujó a decidirse por el
republicano. En resumen, aquellos que aseguraban sentirse como un
extraño en Estados Unidos, que apoyaban la deportación de inmigrantes o
que no creían que a mayor educación su situación individual pudiera
mejorar.
Así, la publicación destacó que el 79%
de los estadounidenses blancos de clase trabajadora que estuvieron de
acuerdo con estas dos declaraciones votaron por Trump: «Las cosas han
cambiado tanto que a menudo me siento como un extraño en mi propio país»
y «el estilo de vida estadounidense debe protegerse de la influencia
extranjera». Además, el 87% de los estadounidenses blancos de clase
trabajadora que dijeron estar a favor de una política de identificación y
deportación de inmigrantes ilegales también le votaron. Finalmente, un
61% de los hombres blancos de clase trabajadora aseguraron que invertir
en una carrera universitaria es «una apuesta arriesgada».
Este texto es un extracto del capítulo III (Cómo sobrevive y se sobrevive al sistema) del libro de Helena Villar
“Esclavos Unidos. La otra cara del American Dream”. Editorial Akal.
Colección A Fondo. Publicado con la autorización de la editorial y de la
autora."
(Helena Villar , Venezuela News, 21/09/23)