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27/10/23

El colonialismo israelí, variante del colonialismo occidental... Líderes, políticos, expertos y figuras de los medios de comunicación de todo el espectro político, incluyendo la derecha, los conservadores, los liberales, el centro y buena parte de la izquierda, han prestado su apoyo al régimen israelí de colonos-colonialistas y de apartheid... El mundo occidental está lidiando con un importante «colapso mental» a raíz de la actual redistribución mundial del poder, que se está alejando de la esfera euroamericana... Esta respuesta es bastante comprensible porque renunciar a privilegios coloniales seculares y a la licencia para dominar naciones no europeas y el mundo es un reto innegable... El Occidente oficial y los medios de comunicación no sólo ignoran el sufrimiento palestino y fingen que el conflicto empezó la semana pasada, sino que desestiman su derecho a narrar y contar su propia historia... Persisten en presentar a los palestinos como los máximos culpables, violadores y terroristas, a pesar de las abundantes pruebas de lo contrario... El colapso mental del establishment occidental ha llegado a un punto en el que incluso exhibir la bandera palestina o llevar el keffiyeh palestino se considera un acto de violencia. Al igual que otras poblaciones colonizadas y esclavizadas a lo largo de la historia, los palestinos luchan por un futuro libre de la opresión colonial

 "Guerra entre Israel y Palestina: Gaza ha provocado un colapso en la mentalidad colonial de Occidente

Hoy en día es evidente en Occidente que la afiliación política de cada uno apenas marca diferencias cuando se trata de Palestina y de la lucha palestina. Líderes, políticos, expertos y figuras de los medios de comunicación de todo el espectro político, incluyendo la derecha, los conservadores, los liberales, el centro y buena parte de la izquierda, han prestado su apoyo al régimen israelí de colonos-colonialistas y de apartheid.
Para comprender realmente este hundimiento moral, es esencial situar esta respuesta colectiva occidental en un contexto más amplio.
El mundo occidental está lidiando con un importante «colapso mental» a raíz de la actual redistribución mundial del poder, que se está alejando de la esfera euroamericana. Esta respuesta es bastante comprensible porque renunciar a privilegios coloniales seculares y a la licencia para dominar naciones no europeas y el mundo es un reto innegable.
En la actualidad, la clase dirigente occidental y sus principales medios de comunicación han vuelto a los fundamentos eurocoloniales y racistas que apuntalaron la licencia para invadir, colonizar y cometer genocidio en las Américas y en otros lugares del mundo desde 1492.
Emplean una inquietante variedad de lenguaje racista y deshumanizador para vilipendiar a los palestinos y deslegitimar su lucha, etiquetándolos de «bestias», «animales», «bárbaros», «terroristas», «malvados», «salvajes», que están cometiendo un «segundo holocausto» y «otro 11-S», etc.
Este discurso refleja fielmente los mismos temas y patrones que los célebres filósofos, pensadores, figuras fundadoras y héroes liberales y de la Ilustración de Europa utilizaron para justificar la subyugación y colonización de naciones no europeas en todo el mundo durante los últimos cinco siglos.
No es de extrañar que la postura oficial occidental haya abrazado sin reservas la narrativa colonial de los colonos israelíes, que es esencialmente una imitación del discurso euro-moderno/colonial original.

El estándar colonial occidental

Muchos condenan con razón la hipocresía y la parcialidad expresadas en los principales medios de comunicación y discursos políticos occidentales.
Resulta sorprendente que los mismos medios y líderes occidentales que acusan sin reparos a Rusia de cometer crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad se hayan abstenido sistemáticamente de hacer lo mismo cuando se trata de Israel.
Han ignorado los crímenes de Israel contra Palestina desde 1948, incluidos los continuos crímenes de apartheid y limpieza étnica de palestinos, que han convertido en refugiados o desplazados internos a cerca del 80 por ciento de la población palestina.
Década tras década de castigos colectivos israelíes a los palestinos, como el bombardeo de sus infraestructuras civiles, viviendas, hospitales, lugares de culto, escuelas y universidades, así como el secuestro y la quema de sus niños hasta la muerte, el corte del suministro de electricidad y agua y muchos otros crímenes apenas han provocado la preocupación e indignación de Occidente.
Y lo que es aún más inquietante, los mismos políticos y figuras mediáticas que respaldaron la orden de detención de la Corte Penal Internacional (CPI) contra el presidente ruso han obstruido activamente la investigación de la CPI sobre los crímenes de Israel para negar a las víctimas palestinas un mínimo de justicia.
Paradójicamente, aunque esto parezca hipocresía y doble rasero, el Occidente oficial y su discurso y acciones mediáticas siguen siendo totalmente coherentes con las normas euro-modernas/coloniales, que ya determinaron que sólo los europeos son considerados plenamente humanos y, por tanto, tienen derecho a la libertad y al dominio sobre los demás.

Deshumanización

 La actual deshumanización de los palestinos, así como de otros pueblos subyugados y racializados de todo el mundo, representa una continuación de las normas y estándares coloniales europeos profundamente arraigados.

Acusar de hipocresía a los gobiernos y medios de comunicación occidentales lleva implícita una esperanza de redención. Aunque esta esperanza es ciertamente genuina, es, por desgracia, una esperanza inalcanzable.

Como observó sagazmente el pensador anticolonialista y revolucionario afrocaribeño Frantz Fanon, las víctimas del colonialismo nunca conseguirán persuadir a sus colonizadores europeos de su sufrimiento y de su profundo deseo de libertad porque, en la mentalidad eurocolonial, sólo los identificados como europeos son vistos como capaces de experimentar el verdadero sufrimiento y el anhelo de libertad.
Incluso después de un siglo de lucha inquebrantable por la libertad, el mundo occidental permanece impasible ante el sufrimiento de los palestinos por el colonialismo sionista de colonos, apoyado por los europeos. En su lugar, los dirigentes y los medios de comunicación occidentales les piden que se condenen a sí mismos y a su búsqueda de la liberación.
El Occidente oficial y los medios de comunicación no sólo ignoran el sufrimiento palestino y fingen que el conflicto empezó la semana pasada, sino que, como observó acertadamente Edward Said hace casi cuatro décadas, desestiman su derecho a narrar y contar su propia historia.
Persisten en presentar a los palestinos como los máximos culpables, violadores y terroristas, a pesar de las abundantes pruebas de lo contrario. Su sufrimiento bajo un régimen de apartheid ha sido retransmitido en directo por televisión y en las redes sociales, y documentado por numerosas investigaciones y resoluciones de la ONU, informes, comités, estadísticas, infografías, así como por la investigación académica, basada en pruebas y de archivo realizada por estimados historiadores.

Castigo colectivo

El discurso oficial occidental está diseñado para manipular a la opinión pública a favor del castigo colectivo y el asesinato de los palestinos, no sólo por parte de sus inmediatos colonizadores israelíes, sino también por parte de las potencias coloniales estadounidenses, británicas, alemanas y otras que enviaron rápidamente sus portaaviones y armamento para disciplinar y castigar a las víctimas en Gaza.
Hoy en día, somos testigos del despliegue de los mismos tropos racistas del discurso colonial europeo para deshumanizar a los palestinos y negarles el derecho a luchar por la descolonización.
Su supuesto crimen no reside en sus acciones, sino en su firme determinación de existir en su tierra, resistir y buscar la libertad.

 El crimen de los palestinos es que siguen reapareciendo, negándose a morir en silencio y finalmente rompiendo la valla de la asediada Gaza.
Independientemente de que esta lucha adopte una forma violenta o no violenta, ambas legítimas en virtud del derecho internacional, inevitablemente se califica de violenta, ya que desafía el marco de justicia establecido por los colonos euroisraelíes y sus fundamentos esencialmente violentos, injustos e inmorales.
Desde esta perspectiva colonial, la mera existencia de los palestinos se considera un acto de violencia y una transgresión. El Occidente oficial ya se ha embarcado en la criminalización y prohibición de acciones pacíficas como protestas y boicots contra el apartheid israelí, la agresión colonial de los colonos, la limpieza étnica, el castigo colectivo, los asaltos a lugares sagrados musulmanes y cristianos, la transformación de Gaza en un campo de concentración al aire libre para más de dos millones de personas (de las cuales 1,7 millones son refugiados), el control de su ingesta calórica, por mencionar sólo algunos ejemplos.

 El colapso mental del establishment occidental ha llegado a un punto en el que incluso exhibir la bandera palestina o llevar el keffiyeh palestino se considera un acto de violencia.
Al igual que otras poblaciones colonizadas y esclavizadas a lo largo de la historia, los palestinos luchan por un futuro libre de la opresión colonial. Como señaló hace más de siglo y medio el famoso abolicionista y antiguo esclavo negro de los colonos y amos europeos en Estados Unidos, Frederick Douglass, el progreso nunca se consigue sin lucha, ya que «el poder no concede nada sin una exigencia». Nunca lo hizo y nunca lo hará».
El pueblo palestino, como otras naciones colonizadas antes que él, persistirá en su lucha por la libertad, incluso cuando el peso de la opresión apenas le permita respirar."

( Emile Badarin , El Viejo topo, 24/10/23)

10/10/23

La epidemia de la desesperación... "no hay absolutamente ningún perfil para el adicto a los opiáceos. Puede ser tu amable vecino, puede ser tu abuelo mayor, puede ser un niño de once años. Conozco a varias personas que comenzaron a usarlos a esa edad"... entre 2006 y 2014 se distribuyeron en Estados Unidos más de 100 mil millones de opiáceos y otros 24 mil millones más de dosis de pastillas para el dolor altamente adictivas... a 92 millones de personas, se les prescribieron opiáceos... entre ellos, los adolescentes a los que les recetan automáticamente opiáceos al ponerles aparatos dentales... entre los menores de cincuenta años son las drogas y Estados Unidos es el país del mundo con el mayor número de fallecimientos por ese motivo. La incidencia es tal que, debido principalmente a este factor y al aumento de las muertes por alcoholismo o suicidio, la esperanza de vida se reduce cada año que pasa... Es decir, la desesperación está invirtiendo la progresión vital de una de las principales potencias económicas del planeta, un fenómeno sin parangón en el último siglo... No obstante, cabría preguntarse: ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Es decir, ¿es la adicción la que mengua el número de trabajadores o, más bien, es la falta de oportunidades aquello que los empuja a la desesperación y lo que se deriva de la misma? Los adultos sin título están literalmente muriendo de dolor y desesperación... el mayor coste de ser pobre en Estados Unidos es el coste psicológico, la falta de esperanza, la falta de respeto a sí mismos y el distanciamiento del resto de la sociedad... el 79% de los estadounidenses blancos de clase trabajadora que estuvieron de acuerdo con estas dos declaraciones votaron por Trump: «Las cosas han cambiado tanto que a menudo me siento como un extraño en mi propio país» y «el estilo de vida estadounidense debe protegerse de la influencia extranjera» (Helena Villar)

 "Jenny Roberts entra con un busto de plástico a la sala y lo coloca con delicadeza en la mesa. A continuación, abre el kit que contiene el Naxolone, la medicación necesaria para revertir una sobredosis de opiáceos. Con la pericia de una enfermera o un médico explica cómo revivir el muñeco inerte que tenemos delante. Lo hace de forma casi automática, no en vano 15 mil personas han aprendido en dos años gracias a ella.

En su rostro no hay atisbo del drama que, apenas cinco años antes, la empujó a enseñar a los demás a intentar burlar la muerte. El día en que Jenny encontró a su hermano menor Chris tendido en el salón de casa pensó que podía ser como las anteriores veces, ya eran seis años entrando y saliendo de tratamientos, pero esta vez no volvió a respirar. «Ni siquiera sabía que existía un medicamento para revertir esa situación.

Cuando me enteré, empecé a pensar en todas esas familias que iban a pasar por lo mismo, por lo que decidimos crear una fundación con el nombre de mi hermano con esta única misión: salvar vidas.» En el momento de la entrevista, al menos 86 personas habían vuelto a abrir los ojos gracias al entrenamiento impartido por Jenny, quien da el dato con un orgullo tímido, para nada triunfal.

Aún queda demasiado por hacer: «no hay absolutamente ningún perfil para el adicto a los opiáceos. Puede ser tu amable vecino, puede ser tu abuelo mayor, puede ser un niño de once años. Conozco a varias personas que comenzaron a usarlos a esa edad y no es que se despertasen un día y dijeran, oye, creo que me he vuelto adicto a los opioides. Cada camino es diferente aunque, por supuesto, de lo que más se hable sea de la medicación recetada».

Según una investigación del diario The Washington Post basado en datos federales, entre 2006 y 2014 se distribuyeron en Estados Unidos más de 100 mil millones de opiáceos y otros 24 mil millones más de dosis de pastillas para el dolor altamente adictivas. Un volumen que, además, se disparó a medida que la epidemia iba siendo más mortal, llegando al punto de cobrarse un centenar de vidas al día.

Para hacernos una idea, en 2014, cada 15 minutos nacía en el país un bebé con síndrome de abstinencia neonatal –cada 25 minutos en 2020–; según un estudio basado en la Encuesta Nacional sobre Uso de Drogas y Salud, a más de la tercera parte de los adultos, 92 millones de personas, se les prescribieron opiáceos, y en 2016 hubo más muertes por este motivo que por violencia armada.

Este tipo de medicación altamente adictiva está tan normalizada que el primer ejemplo que me puso un exdrogodependiente y activista al que entrevisté fue el enganche temprano de adolescentes a los que les recetan automáticamente opiáceos al ponerles bráckets o aparatos dentales. Así, los estupefacientes en este país son ingeridos de una manera tan masiva que no parece exagerado afirmar que el Soma[1] de la distopía de Huxley, Un mundo feliz, es una realidad en los Estados Unidos actuales. Detrás, sobre todo, seis compañías distribuidoras: McKesson Corp., Cardinal Health, Walgreens, AmerisourceBergen, CVS y Walmart, y tres fabricantes: SpecGx, una subsidiaria de Mallinckrodt; Actavis Pharma, y Par Pharmaceutical, una subsidiaria de Endo Pharmaceuticals. «Se las comen como si fueran Doritos. Haremos más», escribiría en un correo electrónico, filtrado posteriormente, Victor Borelli, gerente nacional de cuentas del mayor fabricante de opiáceos de Estados Unidos.

Pese a la ingente cantidad de pruebas y al dolor inflingido, la mayoría de los responsables resolvieron cualquier demanda con acuerdos sellados a base de millones de billetes de dólar. Tampoco fueron obligados a dejar de producir la droga. Una paradoja constante en este país, donde es más común de lo que parece pasar buena parte de tu vida en la cárcel por consumir o menudear con drogas si se es un ciudadano pobre.

La dureza del castigo penal por consumo, sin embargo, no evita lo siguiente: pese a la referencia de Jenny al perfil universal del adicto, existe una mayor incidencia entre jóvenes y adultos jóvenes. Así, la principal causa de muerte entre los menores de cincuenta años son las drogas y Estados Unidos es el país del mundo con el mayor número de fallecimientos por ese motivo según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, con una enorme ventaja sobre los siguientes de la lista. La incidencia es tal que, debido principalmente a este factor y al aumento de las muertes por alcoholismo o suicidio, la esperanza de vida se reduce cada año que pasa.

Es decir, la desesperación está invirtiendo la progresión vital de una de las principales potencias económicas del planeta, un fenómeno sin parangón en el último siglo. Estados Unidos es el único país avanzado del mundo donde la flecha de la esperanza de vida se movió en la dirección equivocada de 2014 a 2017. Si entre 1959 y 2014 aumentó de los 69,9 años a los 78,9 años, el promedio tres años más tarde era de 78,6. Aunque la tendencia logró revertirse tímidamente en años recientes, la pandemia la empujó por debajo de los setenta y ocho años, niveles inferiores a los de Líbano, Chile o Cuba, países con un PIB muy inferior.

Esto es sumamente sangrante para el orgullo de la nación que se autoerige como modelo si tenemos en cuenta que en 1960 los estadounidenses tenían la esperanza de vida más alta del mundo. «Es un problema desgarrador» y «extremadamente insólito», llegó a admitir la propia presidenta de la Reserva Federal en 2017. Janet Yellen, ahora actual secretaria del Tesoro, reconoció que el nivel de consumo de estupefacientes era tal que estaba reduciendo el número de población activa.

No obstante, cabría preguntarse: ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Es decir, ¿es la adicción la que mengua el número de trabajadores o, más bien, es la falta de oportunidades aquello que los empuja a la desesperación y lo que se deriva de la misma? Yellen, por otro lado, también destacó lo siguiente: cuando la tasa de población activa se reduce, el paro también.

Otro factor que, por lo tanto, evidencia lo expuesto anteriormente: había que mirar con lupa los en principio espectaculares datos de desempleo. Es decir, dicho problema se termina si los parados acaban en la cárcel, son drogodependientes o directamente se mueren.

En su obra Deaths of despair, Anne Case y Angus Deaton vinculan de manera magistral el papel que la clase y la educación, y, por tanto, el sistema, desempeñan en la era de la angustia a la que se ha visto abocada la otrora nación de los sueños: «para la clase trabajadora blanca, la América de hoy se ha convertido en una tierra de familias rotas y pocas perspectivas. Los adultos sin título están literalmente muriendo de dolor y desesperación». Una de las cuestiones más interesantes de su estudio es que Case y Deaton ponen el foco más allá de la desigualdad racial, situándolo en la clase trabajadora blanca y más concretamente en los hombres. En este sentido, no es que nieguen el racismo sistémico y estructural, todo lo contrario, pretenden llamar la atención sobre el hecho de que, si hay algo realmente transversal en la actualidad, es el flagelo a la clase trabajadora.

Así, si bien, tal y como apuntan los datos, las tasas de mortalidad entre los afroamericanos siguen siendo las más altas, la diferencia entre este grupo y el de los blancos ha disminuido de manera muy considerable entre 1990 y 2015. En este sentido, la brecha real se sitúa entre quienes tienen y quienes no tienen un título universitario; coincidiendo además con las respuestas a encuestas sobre sufrimiento y dolor. Volviendo al objeto principal de su análisis –los hombres blancos–, si el salario medio de los varones estadounidenses se ha estancado de forma generalizada, el poder adquisitivo en el caso de los blancos sin educación superior se redujo un 13% entre 1979 y 2017, periodo durante el cual el ingreso nacional per cápita creció un 85%.

La falta de trabajo estable o de calidad, argumentan, ha conllevado además una desintegración de las antiguas costumbres sociales de clase, como el formar una familia y tener hijos, por lo que el sujeto se ha encontrado de repente en una situación vital sin perspectiva conocida. Cualquier ávido lector podría argumentar que esto no sólo sucede en Estados Unidos, sino en buena parte del mundo occidental.

Sin embargo, elementos como los que vamos describiendo, como el poder de las grandes empresas sobre los brazos legislativos y judiciales del Estado, la ausencia de una sanidad universal y de un sistema social básico, la agonía del sindicalismo o las enormes dificultades de acceso a una educación superior son excepcionalmente definitivos en la situación de unos ciudadanos alimentados por los mitos del individualismo y la tierra de las oportunidades.

«Hay algo de ser pobre en este país que es super deprimente. Vienes aquí y vas a lugares desfavorecidos, y, por encima de todo, del crimen o de todo aquello que no tienen, está lo siguiente: la falta de esperanza, la falta de respeto a sí mismos y el distanciamiento del resto de la sociedad. Para mí, el mayor coste de ser pobre en Estados Unidos es el coste psicológico.» Carol Graham es investigadora especialista en pobreza, desigualdad y salud pública del Instituto Brookings. Tras años de estudio en América Latina, al regresar a su país se dio cuenta de que había un elemento diferencial que se le estaba escapando y decidió medir la falta de esperanza.

Empecé comparando las actitudes acerca de que si un individuo trabaja duro en este país puede subir en el escalafón social, es decir, hice la clásica pregunta basada en el sueño americano. Comparé las respuestas obtenidas en América Latina y Estados Unidos, y cómo varían entre pobres y ricos. Lo que encontré fue fascinante. En América Latina, los pobres y los ricos casi contestaban igual, con un «no», y no había diferencias estadísticas. Sin embargo, aquí, había una diferencia de casi 20 veces entre pobres y ricos.

Es decir, en Estados Unidos, aquellos que no están en los estratos más bajos creen fervientemente que es por méritos propios. O lo que es lo mismo, los ricos que siempre lo han sido creen que quienes no lo son pueden llegar a serlo mediante esfuerzo y trabajo. Dicho desprecio e incomprensión son fatales en el caso de la población blanca, a la que se presupone que debería irle bien por su condición social. Graham lo explica de este modo:

El suicidio y la depresión son menos comunes en pobres de América Latina, y, en Estados Unidos, lo son menos entre los latinos y los afroamericanos que entre los blancos, porque los primeros no tienen el estigma y, por ejemplo, sus familias los ayudan. Para los blancos, el devenir pobre en los últimos tiempos ha sido un gran shock; de hecho, siguen siendo el grupo más opuesto a las ayudas gubernamentales porque lo relacionan con las minorías.

Graham pone como ejemplo de esta disociación el programa sanitario impulsado por Barack Obama, el llamado Obamacare, asegurando que muchos beneficiarios acabaron por votar a Donald Trump, contrario al mismo. «Es increíble. Hay cosas que puedo explicar y otras cosas que no puedo explicar, pero lo que sí puedo afirmar en función de los resultados de mis estudios es que este tipo captó la frustración con promesas que no tenían que ver con la realidad. Cuando la gente está en situación de perder es mucho más fácil manipularlos.» Graham desgrana el siguiente perfil:

Aquellos hombres ahora sin trabajo o con empleos precarios que se dedicaban a oficios manuales, pesados, difíciles, como minas, factorías…, que además conllevan estilos de vida no muy sanos, con lesiones o dolores. En este contexto, además, las compañías de opiáceos empezaron a repartirlos como caramelos. Se creó la tormenta perfecta: un mercado saturado de opiáceos, altas tasas de desesperación, falta de ayuda comunal y, en muchos casos, lugares completamente aislados. Ve al Misuri rural, vas a encontrar la nada.

Es decir, el votante blanco de clase trabajadora, un tercio del total de los adultos estadounidenses y que en esas elecciones serían decisivos en la victoria de Donald Trump. Siguiendo el ejemplo del Obamacare, poco después de las elecciones en las que el republicano saldría ganador, una reportera de la publicación VOX se acercó a Kentucky a preguntar a beneficiarios de dicho programa sanitario qué los había llevado a votar en contra de sus intereses.

En general, todos le contestaron que creían en la promesa de que Donald Trump mejoraría aún más su plan de salud, pese a no haber concretado cómo. Meses después, la misma periodista regresó para tantear los ánimos. Si bien se encontró con una decepción generalizada, también con justificaciones de que el presidente lo estaba haciendo muy bien en otras áreas como la inmigración, además del clásico: «Como decía mi padre, este es y será un condado republicano».

Este ejemplo sobre el terreno coincidiría con un análisis hecho por The Atlantic en el que, contrariamente a la narrativa de que solamente la pobreza o la ansiedad económica impulsaron ese voto hacia Donald Trump, fue la ansiedad cultural lo que definitivamente los empujó a decidirse por el republicano. En resumen, aquellos que aseguraban sentirse como un extraño en Estados Unidos, que apoyaban la deportación de inmigrantes o que no creían que a mayor educación su situación individual pudiera mejorar.

Así, la publicación destacó que el 79% de los estadounidenses blancos de clase trabajadora que estuvieron de acuerdo con estas dos declaraciones votaron por Trump: «Las cosas han cambiado tanto que a menudo me siento como un extraño en mi propio país» y «el estilo de vida estadounidense debe protegerse de la influencia extranjera». Además, el 87% de los estadounidenses blancos de clase trabajadora que dijeron estar a favor de una política de identificación y deportación de inmigrantes ilegales también le votaron. Finalmente, un 61% de los hombres blancos de clase trabajadora aseguraron que invertir en una carrera universitaria es «una apuesta arriesgada».

Este texto es un extracto del capítulo III (Cómo sobrevive y se sobrevive al sistema) del libro de Helena Villar “Esclavos Unidos. La otra cara del American Dream”. Editorial Akal. Colección A Fondo. Publicado con la autorización de la editorial y de la autora."

(Helena Villar , Venezuela News, 21/09/23)

18/1/23

Cousas veredes... miedo a una nueva guerra civil en Estados Unidos... el sistema se está desmoronando, la violencia política está aumentando y hay dos mitades de Estados Unidos que no es que no compartan sus ideas políticas, es que ni siquiera comparten los consensos más básicos sobre la realidad... “La definición de conflicto civil [civil strife, el paso previo], comienza con 25 muertes en un año. En Estados Unidos los extremistas antigubernamentales mataron en 2019 a 42 personas; en 2018, a 53; en 2017, a 37; en 2016, a 72; y en 2015, a 70″... “No creo que asistamos a un conflicto del todo militarizado... asistiremos a una mayor violencia racial, étnica y política e ideológica entre ciertas comunidades, sobre todo en momentos determinados, como durante las elecciones o en eventos públicos. En otras palabras, corremos el peligro de volvernos mucho más como Irlanda del Norte... no es inconcebible que podamos caer en ese tipo de violencia política duradera de bajo nivel”... tampoco es descartable que se produzca una fractura... que, de pronto, California decida independizarse. Después de todo, es una de las mayores economías del mundo... apunta la idea de una división del país, que convendría organizar pacíficamente antes de que sea tarde... "Somos más como una república federada de dos naciones: los azules [liberales] y los rojos [conservadores]. No es una metáfora; es una realidad geográfica e histórica... Tanto espacial como culturalmente, corresponde a las divisiones entre la Unión y la Confederación”. Esa división se ve claramente en niveles tan elementales como las juntas escolares, que la pandemia convirtió en verdaderos campos de batalla, y en asuntos como el aborto

 "Hay palabras que se resisten a convivir a la ligera. ‘Guerra’ y ‘civil’ son dos de esas palabras. Pero el caso es que se escuchan juntas frecuentemente estos días en Estados Unidos. Y no son las jeremiadas de cuatro extremistas: han resonado durante las seis semanas de audiencias de la comisión que investiga el ataque al Capitolio en boca de congresistas, de insurgentes que participaron en el asalto y de colaboradores de Donald Trump que se apearon en marcha del tren que iba a toda máquina hacia el golpe de Estado. También aparecen en ensayos y en artículos periodísticos y académicos, así como en discursos de políticos moderados.

Puede sonar exagerado ―y no sería raro: simplificar y exagerar son deportes nacionales en esta sociedad― pero, arguye Barbara F. Walter, profesora de Ciencia Política de la Universidad de California en San Diego, también parecía absurdo durante los meses o años previos a que estallaran conflictos en los lugares, desde Yugoslavia hasta Siria o Irak, que ella estudia para entender el modo en el que se ha desatado la violencia en las últimas tres décadas y las lecciones que cabe extraer para evitar que vuelva a suceder. “Mientras me dedicaba a ese trabajo, me di cuenta de algo inquietante: las señales de inestabilidad que identificamos en otros países son las mismas que he comenzado a ver en el mío”, explica en How Civil Wars Start (Cómo empiezan las guerras civiles, Crown, 2022).

Walter escoge con cuidado sus palabras en uno de los ensayos de la temporada. Y resulta sombríamente persuasiva, cuando, por ejemplo, argumenta que Estados Unidos cumple los dos requisitos que más se repiten en la inminencia del conflicto fratricida. El primero: el país ha caído por primera vez en los últimos años en el grupo de las que el laboratorio de ideas de Virginia llamado Center of Systemic Peace considera “anocracias”, regímenes que se sitúan en los grises que hay entre las democracias completas y las autocracias puras. Dos sistemas que, por razones diametralmente opuestas, nunca se deslizan, dice Walter, hacia la guerra civil.

El segundo factor de riesgo llega cuando los partidos políticos empiezan a organizarse a los dos lados de líneas rojas basadas en “la raza, la religión o la identidad”, rasgos que la experta observa en la guerra cultural (esa sí, ya en marcha) que libran republicanos y demócratas. Para ella, “el ataque al Capitolio y la politización del uso de las mascarillas durante la pandemia” son dos manifestaciones de algo que viene de más lejos: “En la última década, la desigualdad ha crecido y nuestras instituciones se han debilitado [están en mínimos históricos en términos de confianza de los ciudadanos, según una encuesta hecha pública esta semana por otra institución, Gallup]. Los estadounidenses están cada vez más cautivos de los demagogos, a través de sus pantallas y de sus gobiernos”. Y lo que es más preocupante a corto plazo: “Los grupos extremistas violentos, especialmente de la derecha radical, son más robustos que nunca, aunque su crecimiento pueda parecer imperceptible”.

El ensayista Stephen Marche es autor de The Next Civil War. Dispatches from the American Future (La próxima guerra civil. Despachos desde el futuro de Estados Unidos, Avid Reader Press, 2022), un libro provocador desde sus primeras frases: “Estados Unidos está llegando a su final. La pregunta es cómo”. Marche recuerda en una conversación telefónica que la revista Foreign Policy “pidió, a raíz de la elección [en 2016] de Donald Trump, a un grupo de expertos en seguridad nacional que evaluaran las posibilidades de una guerra civil en los próximos 10 a 15 años”. “El consenso se situó en el 35%”, añade. “Una encuesta de 2019 de la Universidad de Georgetown preguntó a los votantes registrados cuán cerca veían el país al borde de una guerra civil, en una escala de 0 a 100. La media de sus respuestas fue 67,23 puntos”.

Lo que sucedió entre uno y otro sondeo es, obviamente, la presidencia de Donald Trump, que empezó con él diciendo en las escaleras, precisamente, del Capitolio: “La carnicería americana debe parar inmediatamente”. Y terminó con su sucesor, Joe Biden, confesándole a un congresista, poco antes del día de las elecciones: “Ciertamente espero que esto funcione. Si no, no estoy seguro de que vayamos a tener un país”. La admonición de Biden la recogen Jonathan Martin y Alexander Burns en el recién publicado This Will Not Pass: Trump, Biden and the Battle for America’s Future (Esto no pasará: Trump, Biden y la batalla por el futuro de América, Simon & Schuster, 2022).

Un país dividido

Aunque sería injusto echarle toda la culpa a Trump, que dijo en 2017: “No he venido a dividir al país. Ya estaba profundamente partido cuando llegué”. El último despacho desde el futuro de Estados Unidos llegó esta semana a darle la razón desde Kentucky. Allí, un tipo llamado C. Wesley Morgan, que hizo su dinero con un imperio de licorerías, recibió en su mansión la visita de un asesino perturbado que mató a una de sus hijas. No le valió de nada haberse construido un búnker para “protegerse en caso de guerra civil”. Se lo mandó hacer durante la Administración de Barack Obama, un tiempo en el que se convenció de que la sociedad estaba “al borde del colapso”.

“Por supuesto, ninguna predicción está tallada en piedra, pero creo que es innegable que el sistema se está desmoronando, que la violencia política está aumentando y que hay dos mitades de Estados Unidos que no es que no compartan sus ideas políticas, es que ni siquiera comparten los consensos más básicos sobre la realidad. Alguno podría argumentar que estos episodios convulsos ya se dieron en los años sesenta y setenta”, aclara Marche, de nacionalidad canadiense. “Pero me temo que esta vez no los superaremos a golpe de hedonismo y nos veremos de repente en una nueva era disco”. El autor recuerda que cuando estaba escribiendo el libro, que empezó tras asistir a la toma de posesión de Trump, sus amigos y editores le trataban de persuadir contra su “alarmismo”. “Verás cómo llega un enemigo externo que nos unirá a todos’, me decían. Vino la pandemia, y fue peor aún. Pasado el 6 de enero, respiraron tranquilos: ‘Bueno, ya no lo publicarás, porque después de esto no queda otra que reconciliarnos como sociedad’. Tuve que esforzarme por no reírme en sus caras”, dice. Finalmente, lo lanzó hace seis meses, y desde entonces, añade, contempla cómo se amontonan más pruebas que “apuntalan” sus teorías. Las dos últimas: la matanza en un supermercado de Búfalo de 10 afroamericanos a manos de un joven intoxicado por el supremacismo blanco, y la detención de un hombre armado con intención homicida en las inmediaciones de la casa en un suburbio de Washington del juez del Supremo Brett Kavanaugh.

En un país con más armas (unos 390 millones) que habitantes (332 millones), en el que un candidato al Senado (el republicano Eric Greitens, Misuri) puede protagonizar un anuncio electoral en el que fantasea rifle en mano con matar rinos (siglas en inglés para republicanos solo de nombre), tanto Marche como Walter se ponen de acuerdo en señalar el mismo caso como paradigmático de la nueva y ominosa realidad: el arresto, en octubre de 2020, de 13 sospechosos de orquestar un complot para secuestrar a la gobernadora demócrata de Míchigan, Gretchen Whitmer. Planeaban llevarla a un lugar secreto, juzgarla por los confinamientos que había decretado durante la pandemia por traición (a la autonomía personal, se entiende) y ejecutarla. La mitad de los sospechosos estaban vinculados a una milicia local, los Wolverine Watchmen, emparentada con otros grupos de extrema derecha claves en el ataque al Capitolio, como los Proud Boys o los Oath Keepers. El líder de estos, Stewart Rhodes, declaró en una entrevista con The Atlantic publicada en noviembre de 2020, dos meses antes del asalto: “No jodamos. Ya estamos en una guerra civil”. Marche recuerda que, según las métricas del Instituto de Investigación de la Paz de Oslo, hacen falta 1.000 muertes de combatientes en un año para poder dar la razón a Rhodes. “La definición de conflicto civil [civil strife, el paso previo]”, aclara, “comienza con 25 muertes en un año. En Estados Unidos los extremistas antigubernamentales mataron en 2019 a 42 personas; en 2018, a 53; en 2017, a 37; en 2016, a 72; y en 2015, a 70″.

Esos grupos centraron una de las sesiones del comité que investiga el 6 de enero, durante la que el congresista demócrata Jamie Raskin (Maryland) trató de demostrar la relación entre lo que dijo e hizo Trump en los días previos y durante la fatídica jornada, y la violencia que desataron esos milicianos que acudieron a su llamada en Washington (“Estad allí. Será salvaje”, les prometió en un tuit). Raskin, brillante orador que salpica sus discursos de referencias a la historia intelectual y política de la fundación y la reconstrucción estadounidenses, coincide con el resto de los expertos consultados en que, de producirse, la segunda guerra civil no será como la primera (1861-1865). “No creo que asistamos a un conflicto del todo militarizado”, aclara a EL PAÍS este demócrata en ascenso. “Pero sí creo que si no le pasamos la cuenta al insurreccionalismo que se organizó aquel día, asistiremos a una mayor violencia racial, étnica y política e ideológica entre ciertas comunidades, sobre todo en momentos determinados, como durante las elecciones o en eventos públicos. En otras palabras, corremos el peligro de volvernos mucho más como Irlanda del Norte”.

Ese recurso a los Troubles, nombre con el que se conoce al conflicto norirlandés, es una constante en la retórica de quienes aquí alertan sobre una guerra civil. La comparación inquieta al dublinés Fintan O´Toole, firma habitual de la revista The New York Review of Books, donde escribe sobre política estadounidense. Su último libro es una “historia personal” de su país. “Es importante recordar que el conflicto de Irlanda del Norte nunca se convirtió en una guerra civil”, apunta en un correo electrónico. “Hubo actos regulares de violencia extrema por parte de grupos paramilitares y respuestas violentas por parte del Estado, pero eso, como en España saben perfectamente, no es una guerra civil. Lo cual no significa que lo sucedido en Irlanda del Norte no fuera terrible, o que este tipo de conflicto no sea horroroso. Lo es, y no es inconcebible que Estados Unidos pueda caer en ese tipo de violencia política duradera de bajo nivel. Pero llamar a esto guerra civil no sirve, sino que alimenta la mentalidad tóxica del grupo de quienes quieren ver violencia a gran escala”.

Secesión pacífica

Agnieszka Paczynska, de la Escuela de Análisis y Resolución de Conflictos de la Universidad George Mason en Arlington, en el Estado de Virginia, no pertenece a ese grupo, pero tampoco descarta durante una conversación en un café de Washington “que se produzca una fractura, o que, de pronto, California decida independizarse. Después de todo, es una de las mayores economías del mundo”. Para ella, el problema está en un sistema que no funciona, por ejemplo, en la distribución de los votos electorales, que permite que “un lugar como Wyoming [580.000 habitantes] tenga dos senadores, los mismos que California [39 millones]”. “Para cambiar eso, habría que cambiar la Constitución, y tendrían que votar a favor los miembros del partido [republicano] que perdería con esa nueva distribución. ¿Por qué iban a hacerlo?”, se pregunta.

Esa idea de una división del país que tal vez convendría organizar pacíficamente antes de que sea tarde también resurge estos días en la conversación (“la secesión no sería un fracaso, en vista de las tensiones actuales”, opina Marche). Tal vez la unión solo haya sido un espejismo de 160 años. “En realidad, nunca hemos sido una nación. Somos más como una república federada de dos naciones: los azules [liberales] y los rojos [conservadores]. No es una metáfora; es una realidad geográfica e histórica”, escribió recientemente el analista Michael Podhorzer en su influyente newsletter electoral. “Tanto espacial como culturalmente, corresponde a las divisiones entre la Unión y la Confederación”. Esa división se ve claramente en niveles tan elementales como las juntas escolares, que la pandemia convirtió en verdaderos campos de batalla, y en asuntos como el aborto: la reciente sentencia del Tribunal Supremo que deroga el derecho federal a su acceso ha pintado, de facto, un mapa de Estados permisivos y restrictivos que recuerda al de la Guerra de Secesión.

Podhorzer coincide con otros analistas en que el problema no es tanto una posible guerra civil, como que Estados Unidos acabe en brazos del autoritarismo, y que la primera jugada de esa partida ya se ha perdido con el control del Supremo (la siguiente llegará en 2024, si los negacionistas del triunfo de Biden se hacen con el control de la maquinaria electoral). Esa deriva se teme también Paul Stanley, de la Universidad de Yale, que, en un artículo en The Guardian, considera que “el movimiento fascista estadounidense contemporáneo está liderado por intereses oligárquicos para quienes el interés público es un incordio, como los del negocio de los hidrocarburos, así como un movimiento social, político y religioso con raíces en la Confederación. Como en todos los movimientos fascistas, estas fuerzas han encontrado en la figura de Trump un líder popular no sujeto a las reglas de la democracia”.

Todas las voces en este debate están de acuerdo al menos en una cosa: ya sean de una guerra civil, de un futuro fascista o de la secesión, las premoniciones son abundantes y difíciles de ignorar. Marche se consuela pensando que “si hay algún país capaz de una reinvención política a gran escala, ese es Estados Unidos”. O’Toole prefiere recurrir a un sabio europeo, Hans Magnus Enzensberger, quien escribió en los años noventa que “no hay guerra civil útil”.

Entre tanto, el izquierdista Bernie Sanders se hizo viral esta semana con un vídeo en el que una simpatizante acudía a él (y a la altura de sus 80 años) en busca de consejo para, dadas las circunstancias, no caer en el fatalismo, en la “pérdida de toda esperanza”. “Estos son tiempos muy duros, y es importante ser honestos con eso. Pero no son los únicos tiempos difíciles por los que hemos pasado como nación. No os dejéis atrapar por el pesimismo. Las cosas cambian. Mejoran. Por eso es importante no abandonar la lucha”, respondió el viejo senador."                     (Iker Seisdedos , El País, 24/07/22)

26/9/22

En Estados Unidos las condiciones sociológicas ya no permiten el funcionamiento del sistema ‎democrático... Los rusos estiman que las ‎incomprensiones entre los estadounidenses llevarán a mediano plazo a una guerra civil... los chinos estiman, ‎al contrario, que Estados Unidos puede perdurar pero que se sumirá en una forma de anarquía ‎ya que los Estados que hoy lo componen dejarán de obedecer al Estado federal y se harán ‎autónomos... los europeos son los únicos que siguen creyendo que Estados Unidos todavía es una ‎democracia y que seguirá siéndolo

 "Durante los 6 últimos años he advertido sobre la división entre los ‎estadounidenses y denunciando el ascenso de la intolerancia en Estados Unidos. Pronostique que es posible el estallido de una guerra civil en ese país y la disolución del Estado ‎federal. ‎

En la práctica, estamos viendo cómo aparecen y se agravan nuevas formas de segregación. ‎En poco tiempo, hemos visto en Estados Unidos una elección presidencial opaca, la toma del Capitolio de Washington y un registro realizado en la residencia de un ex presidente. ¿Ha muerto ‎la democracia estadounidense? ¿Qué otros acontecimientos provocarán ese fenómeno de fondo?‎

‎LA DEMOCRACIA ESTADOUNIDENSE

‎En primer lugar, es fundamental el cambio demográfico y sociológico que se ha producido en ‎Estados Unidos. La cantidad de personas que vive allí ha pasado de 252 millones –en el ‎momento de la disolución de la URSS– a 311 millones, casi un tercio más que antes, 79 millones ‎para ser exactos. Pero, la clase media estadounidense ha sufrido una reducción constante. Al final ‎de la Segunda Guerra Mundial, el 70% de los estadounidenses eran clase media. Aunque hoy ya ‎no existe un consenso en cuanto a los criterios estadísticos, la clase media ya es sólo un 45% de ‎la población estadounidense. Pero la cantidad de multimillonarios se ha multiplicado por 6 ‎desde 1991, mientras que la riqueza media en dólares constantes ha progresado muy poco.‎

Las instituciones estadounidenses se basan en el principio de la separación de poderes, enunciado ‎por Montesquieu para equilibrar las decisiones distinguiendo el Poder Ejecutivo, el Poder ‎Legislativo y el Poder Judicial. Ese sistema funciona sólo si el conjunto de actores que toman las ‎decisiones comparte los mismos intereses. Pero eso ya no sucede desde que se inició la ‎globalización, o sea desde que comenzaron la deslocalización industrial hacia Asia y la ‎desaparición de la clase media, consecuencia de ese proceso. ‎

Debido a lo anterior, las condiciones sociológicas ya no permiten el funcionamiento del sistema ‎democrático. ‎

Los estadounidenses están conscientes de esos cambios ya que –desde el movimiento llamado ‎‎Occupy Wall Street, en 2011– son numerosos los discursos políticos que se interrogan sobre ‎el poder que ejerce el 1%, los más ricos de la sociedad, aquellos cuyos ingresos anuales son ‎‎5 veces superiores a los del estadounidense promedio. ‎

Durante la elección presidencial de 2020 se vio un problema fundamental. Al menos una tercera ‎parte de los electores piensan hoy que los resultados anunciados no reflejan la voluntad popular. ‎Ambos bandos no dejan de insultarse, basándose en cifras, pero el problema no reside en el ‎conteo de los sufragios, sino en la opacidad del proceso. Un principio fundamental de la ‎democracia es la transparencia de las elecciones. Pero hace tiempo que los ciudadanos ‎estadounidenses no participan en el conteo de los votos, que ni siquiera se realiza ya ‎en público. El conteo de los sufragios está ahora en manos de funcionarios, o de empresas ‎privadas contratadas para ello. En 2020, el conteo fue realizado por máquinas y, a menudo, ‎bajo control de funcionarios y a puertas cerradas. ‎

En cuanto al fin de la separación de poderes, lo más sorprendente fueron los procedimientos de ‎destitución (impeachments) contra el jefe del Poder Ejecutivo –el presidente–, procedimientos ‎que el Poder Legislativo inició basándose en acusaciones de traición hoy invalidadas. Pero, como ‎el fracaso de aquellos impeachments no resolvió el problema sociológico, ahora vemos que ‎se ordena un registro manu militari en la residencia del ahora ex presidente y se trata –‎otra vez– de acusarlo de traición.

Ahora es el Poder Judicial el que agita una interpretación ‎aberrante de la ley para perseguir a la persona que tenía el poder de desclasificar lo que quisiera ‎por haber olvidado desclasificar ciertos papeles personales. El resultado es que la naturaleza ‎evidentemente descabellada de todos esos “casos” no escapa al ciudadano de a pie, y lo lleva a ‎alejarse de las instituciones que alguna vez fueron democráticas. ‎

El derrumbe de la democracia estadounidense se evidenció el 6 de enero de 2021, cuando una ‎multitud irritada por la reacción policial tomó por asalto el Capitolio de Washington. Hoy ‎se sabe que los manifestantes no tenían intenciones de derrocar el Congreso sino que la policía ‎‎–comportándose como el brazo armado de una dictadura– reprimió a los ciudadanos que ‎protestaban. Sólo después que la policía provocó la muerte de un manifestante que escalaba la ‎fachada del Capitolio – haciéndolo caer de varios pisos de altura – la multitud exasperada ‎se lanzó al asalto de la sede del Congreso. ‎

‎¿CONTINUARÁ ESE FENÓMENO?

‎No hay razón para que se interrumpa ese fenómeno si se mantiene la actual composición ‎sociológica de Estados Unidos. Los escándalos de corrupción demuestran que, al contrario, el ‎fenómeno va a amplificarse. El problema es que ya no se trata de altos funcionarios que abusan ‎de su poder sino que quienes acaparan poderes más importantes que los de un senador son ‎individuos no electos y ni siquiera nombrados por el poder. ‎(...)

 EL DEBILITAMIENTO DEL ESTADO FEDERAL ESTADOUNIDENSE

En las diferentes regiones del mundo el debilitamiento de Estados Unidos se ve de diferentes ‎maneras.

Los rusos, que han vivido varias revoluciones y la disolución de la URSS, estiman que las ‎incomprensiones entre los estadounidenses llevarán a mediano plazo a una guerra civil, que ‎a su vez conducirá a una división de Estados Unidos en países independientes más o menos ‎étnicamente homogéneos. ‎

Los chinos, que han pasado por periodos de debilitamiento de su propia nación, estiman, ‎al contrario, que Estados Unidos puede perdurar pero que se sumirá en una forma de anarquía ‎ya que los Estados que hoy lo componen dejarán de obedecer al Estado federal y se harán ‎autónomos. ‎

En todo caso, los europeos son los únicos que siguen creyendo que Estados Unidos todavía es una ‎democracia y que seguirá siéndolo. ‎"                    (THIERRY MEYSSAN, Observatorio de la crisis, 07/09/22)

13/9/22

El imperio se rompe por dentro... La lógica «amigo y enemigo», constitutiva de las relaciones entre comunidades políticas distintas, está ganando terreno como forma de dirimir las diferencias al interior de la comunidad política estadounidense... Trump logró erigirse en la figura que expresa el sentido común de una parte de la llamada Deep America, en la que el descontento blanco ya no se vehiculiza mediante búsqueda de consensos sino de rupturas radicales. El primer presidente negro, dentro de esa subjetividad, desde luego no podía ser un estadounidense legítimo Estados Unidos entra hoy a la fase de desintegración interna probablemente más peligrosa de su historia desde la guerra civil de 1861 a 1865 ¿Se evitará la guerra civil? Existen observadores que afirman que, aunque en forma de guerra de baja intensidad, esa conflagración ya comenzó. El mundo se juega mucho en cómo los estadounidenses logren procesar su conflictividad interna sin desintegrarse.

 "Las recientes decisiones de la Corte Suprema de Estados Unidos sobre temas como el aborto, protección medioambiental, derecho al voto de minorías y porte de armas se inscriben en una disputa de tipo existencial que está teniendo lugar al interior de la sociedad estadounidense.

Eventos como la elección de un presidente negro, la irrupción de minorías raciales en el Congreso federal y el avance de movimientos subalternos como el BLM (siglas de Black Lives Matter) han hecho creer a una parte importante de los estadounidenses blancos que su marco identitario esencial está amenazado. A ello se le suma un progresivo proceso de debilitamiento de las instituciones públicas como resultado de décadas de implantación de políticas neoliberales en el país.

La presencia de jueces ultraderechistas, las recurrentes masacres en manos de supremacistas blancos, la violencia policial selectiva y la imparable lógica política trumpista son los emergentes más visibles de un proceso subterráneo que ha ido transformando lentamente el imaginario social. Para comprender estos cambios en toda su dimensión, entonces, debemos analizarlos en un doble plano: por un lado, el de la disputa existencial; por otro, el de la debilidad institucional. 

La disputa existencial estadounidense 

Para evitar la guerra o la descomposición interna, las disputas dentro de una comunidad política deben procesarse en términos de adversarios legítimos y no de enemigos irreconciliables. A su vez, los miembros de esa comunidad de alguna forma deben asumirse parte de lo que Carl Schmitt (2009) denominaba una «igualdad sustancial», lo que implica reconocer la existencia de un marco histórico común que fundamenta un presente y un futuro compartido.

Así, las instituciones formales funcionan como el mecanismo mediante el cual los actores sociales procesan sus diferencias; para ello, dicho marco institucionalidad debe gozar de legitimidad en el sentido weberiano, esto es, aceptación interna. Que las personas interpreten esas instituciones en un registro positivo porque en ellas ven la materialización de ciertos ideales nucleares del grupo como lo son la patria, la identidad, el bienestar colectivo, etc. De este modo, las instituciones son legítimas en tanto proyecten, y en cierta medida materialicen, un ideal de lo que es común a todos.

Cuando las diferencias dominantes no se pueden procesar en términos de adversarios, en cambio, esa comunidad política ha pasado a la lógica de amigo y enemigo. La cual, citando nuevamente a Schmitt, concierne no a la política interna sino a la externa. El enemigo no puede ser parte de la comunidad porque la existencia de este implica un exterior constitutivo en el sentido derridiano. Es decir, es ese otro externo cuya presencia da forma al nosotros interno.

Toda identidad colectiva, sostienen Laclau y Mouffe (2015), implica «lógicas de frontera». De modo que no hay identidad que adquiera el rango de política —en el sentido schmtiano de que agrupe en términos de «ellos» y «nosotros» a un grupo grande, como una nación— que no se establezca a partir de dinámicas fronterizas y exteriores constitutivos. Somos un «nosotros» en la medida que no somos «ellos».

Mantener, pues, las diferencias internas fuera de la lógica amigo y enemigo permite que las discrepancias entre los diversos actores de la comunidad política no socaven la legitimidad que entre adversarios deben reconocerse. Ello da estabilidad al orden institucional al tiempo que posibilita el mencionado marco de proyecto común.

Una vez que el «ellos» y el «nosotros» emergen internamente no es posible procesarlos institucionalmente, ya que significa que una parte de la comunidad política desconoce la legitimidad de la otra. Las instituciones se interpretan en registros opuestos según el lugar de cada grupo en disputa. En tales contextos, la historia es clara: lo que sobreviene es la guerra civil. Sin un marco legítimo donde entre grupos amplios y diferentes de una comunidad resuelvan sus querellas y equilibren sus aspiraciones, lo que queda es la violencia. Y, con ello, la descomposición interna. Tal es el escenario que, en nuestra opinión, se está configurando actualmente en los Estados Unidos.

 «Ellos o nosotros» 

Para un amplio sector de los estadounidenses blancos hay una parte de su sociedad que constituye un «ellos» antagónico a su «nosotros» esencial. O, lo que es lo mismo, un enemigo al cual se debe derrotar con todos los medios que sean necesarios —incluyendo la eliminación física, como creyó el genocida de Búfalo hace poco—.

Ese «otro» dejó de ser un adversario con el que, aunque se sepa que nunca se coincidirá en lo fundamental, se puede establecer un marco de legitimidad compartida. Así era cuando entre demócratas y republicanos luchaban políticamente dentro de claves institucionales: ganara quien ganara, cada cuatro años lo fundamental del país seguía igual. Y ello porque la comunidad política estadounidense, a nivel interno, se gestionaba fuera de la lógica de la disputa existencial. Ya no es el caso.

La «nación existencial» (Villacañas, 2014) es la que establece relaciones de amigo y enemigo. Esta forma de nación está siempre latente dentro de toda comunidad política. Aparece de tiempo en tiempo. Y le compete a cada orden institucional mantenerla contenida mediante mecanismos adecuados.

En Estados Unidos sucede que hoy día ese tipo de nación, encarnada en buena parte de su mayoría blanca, ha irrumpido con una fuerza e ímpetu significativos (en un país con una historia de violencia racial constitutiva). El trumpismo es un significante vacío que agrupa diversas demandas de buena parte de los estadounidenses blancos descontentos.

La lógica política trumpista es un elemento estructurante que da unidad y conducción para que sus idearios obtengan resultados políticos concretos. Y el Partido Republicano, en tanto tomado totalmente por el trumpismo (según encuestas, más del 90% de votantes republicanos es favorable a Trump), está trasladando a las instituciones —Congreso, Corte Suprema, tribunales federales y otras— esa lógica de disputa existencial. He ahí, pues, la clave fundamental desde la que entender la radicalidad de los jueces supremos.

Cuando Barack Obama llegó a la presidencia cambiaron muchas cosas. Visto en retrospectiva, sin embargo, podemos decir que ese fue el momento en que la lógica existencial de los blancos tomó su impulso decisivo. No es fortuito que al primer presidente negro le sustituyera en la Casa Blanca el primer presidente de ultraderecha.

Donald Trump, multimillonario devenido en mesías del populismo reaccionario, se hizo políticamente relevante cuando encabezó aquella rocambolesca campaña que sostenía que Obama no era estadounidense sino africano. En la perspectiva demócrata, anclada en la lógica del «votante medio», aquello se interpretó como una locura sin más. Incluso hubo una ocasión en la que el presidente Obama, en un evento social, se mofó frente al propio Trump de ese bulo.

Pero se equivocaron —ellos y casi todos nosotros— al minimizar esa narrativa, puesto que la misma contenía algo más profundo. Algo estaba cambiando en el «votante medio», y una parte significativa de los estadounidenses blancos se estaba radicalizando, estaba pasando a una lógica existencial en la que las cosas no se miden en términos de veracidad ni de hechos sino de percepciones guiadas por factores emocionales. Lo cual proyecta a la lucha política hacia planos que superan los clivajes tradicionales de «demócratas versus republicanos» o «liberales (en el sentido norteamericano) contra conservadores».

Desde ese entonces, Trump logró erigirse en la figura que expresa el sentido común de una parte de la llamada Deep America, en la que el descontento blanco ya no se vehiculiza mediante búsqueda de consensos sino de rupturas radicales. El primer presidente negro, dentro de esa subjetividad, desde luego no podía ser un estadounidense legítimo. Trump, el varón blanco nacionalista y agresivo que rompe los moldes de la conducta institucional, fue el justiciero que volvió a poner cada cosa en su sitio, a retrotraer las cosas a la «América grande» donde mandan los blancos y, por tanto, las personas negras y otros «ellos» están en su lugar correspondiente.

 Moral, libertad y raza

 El trumpismo se convirtió en una lógica política hegemónica, esto es, capaz de articular demandas diversas y de establecer fronteras antagónicas frente a otras hegemonías (en este caso, ante la hegemonía centrista tradicional). Movió las coordenadas del conflicto político estadounidense hacia superficies de disputa existencial. De ahí la elección de jueces de ultraderecha —y evidentemente supremacistas— a la Corte Suprema bajo su presidencia, rompiendo abiertamente con el hasta entonces hegemónico consenso de la moderación centrista.

En tal contexto, los senadores republicanos, que otrora se inscribían en dicho consenso, tenían dos opciones: o apoyaban a los jueces propuestos por el mesías de su partido radicalizado existencialmente o simplemente no volvían a ganar una elección en sus estados. Aun en el contexto de lógicas políticas existenciales, el pragmatismo electoral pesa.

Así las cosas, los jueces electos por el trumpismo emprenden desde las cortes una lucha contra el enemigo existencial de la «América auténtica». En el plano moral-religioso se trata de desmontar leyes a favor del aborto y de matrimonios LGBTQ+ y racialmente mixtos que, en el contexto de correlaciones políticas anteriores, sectores subalternos lograron se aprobasen. En el plano de la libertad (significante político constitutivo de este país) implica acabar con todos los límites que, en los mismos términos anteriormente señalados, se han venido imponiendo en las últimas décadas respecto al porte de armas y el uso indiscriminado de dinero para financiar campañas políticas. Y, en cuanto a lo racial, significa eliminar prohibiciones como las que dictaminaron varios tribunales estatales en lo que respecta a la manipulación distritos electorales (gerrymandering) para evitar que, aun siendo mayoría, los negros siguieran casi sin representación en varios congresos locales.

He aquí tres aspectos centrales: moral, libertad y raza. La concepción de mundo blanco-anglosajona estadounidense se construyó históricamente, en lo fundamental, sobre esos tres pilares. Y ello fue lo que, como sostiene Howard Zinn (2003), utilizaron las élites de principios del siglo XIX para fomentar el racismo del blanco pobre contra el negro en momentos en que entre estos dos grupos comenzaban a tejerse relaciones de hermandad y solidaridad a resultas de la creciente desigualdad que sufrían. El trumpismo en su versión judicial, desde la Corte Suprema, trabaja directamente para recomponer el país en claves del siglo XIX.

El presidente Joe Biden, tras conocerse la decisión que anuló el precedente de casi 50 años de Roe vs Wade en relación al derecho al aborto, dijo que esta era una Corte «extrema». La otrora sacrosanta Corte Suprema, que simbolizaba imperio de la ley y solemnidad republicana, es ahora tratada como un ente partidista más. Con el agravante de que se la ubica en el extremo del espectro político; esto es, no se le reconoce legitimidad. Como vimos, una vez las instituciones pierden legitimidad entendida como aceptación el conflicto político-social pasa a otros ámbitos. Lo que hace que la idea del «todos» como horizonte común al interior de la comunidad política se derruya.

Para los demócratas, tanto del ala centrista-neoliberal como de la izquierdista-socialista, esta Corte Suprema no forma parte del «nosotros». La expresión institucional del trumpismo condujo a los demócratas a inscribirse, en forma de reacción, en una dinámica también existencial. Las luchas electorales que se avecinan, en tal contexto, no estarán inscritas solo en política contingente, sino que —y esto es lo decisivo— estarán signadas por la pugna entre dos Estados Unidos que no se reconocen legitimidad el uno al otro.

De ahí que entre demócratas y republicanos actualmente no se pueden poner de acuerdo en casi nada. La lógica amigo y enemigo, constitutiva de las relaciones entre comunidades políticas distintas, está operando al interior de la comunidad política estadounidense. Lo cual no hace sino evidenciar que Estados Unidos es un país roto por dentro. 

El neoliberalismo contra el bien común 

En los últimos cuarenta años, Estados Unidos ha vivido bajo un sistemático ataque neoliberal contra lo público (Brown, 2016; Harvey, 2007; Zuboff, 2020) que ha debilitado considerablemente la capacidad de respuesta de las instituciones para atender las causas de la disputa existencial actual. Ahora bien, este avance neoliberal debe entenderse en dos planos: la estructura cultural-ideológica sobre la que se asentó y su cristalización en el nivel de políticas concretas.

En primer lugar, el neoliberalismo estadounidense vino de la mano de lo que George Lakoff (2007) caracteriza como la articulación entre el Partido Republicano y ciertas élites económicas para desmontar a nivel de los «marcos mentales» del ciudadano medio el consenso del New Deal. Para ello se sirvieron del aparato conceptual-discusivo que les proveyeron autores como Hayek, Rothbard y Friedman en su versión más propagandística. Las ideas (y elucubraciones) de estos referentes neoliberales fundamentaron los marcos mediáticos que fueron colocándose en la opinión pública.

Lo público y el Estado eran presentados como «enemigos de la libertad» y, por consiguiente, contrarios a la creación de riqueza. Esa convergencia entre libertarismo y conservadurismo estadounidenses dio lugar al «paleolibertarismo», marco de análisis político, social, económico y cultural en el que se formaron diversas figuras que luego pasaron a ocupar cargos de dirección en administraciones republicanas desde Reagan y demócratas con Clinton (Zuboff, 2020).

Esa sistemática operación mediática —vehiculizada mediante el incentivo de marcos mentales que vincularan valores morales y costumbres preexistentes con idearios neoliberales (Lakoff, 2007)— dio como resultado que millones de estadounidenses de clase media y baja asumieran la narrativa antiestatal y antirregulación, que en los hechos solo es favorable a los ricos. Tal identificación construyó un sentido común tendencialmente mayoritario que naturalizó el neoliberalismo, instalando así una hegemónica y ubicua matriz subjetiva neoliberal.

A partir de ese punto, lo que se inició con Reagan fue un amplio proceso de desregulación financiera, desmonte de protecciones medioambientales, baja de impuestos a las rentas altas y ganancias de capital, etcétera, que continuó indemne en las administraciones subsiguientes de ambos partidos. Esta «neoliberalización de la sociedad estadounidense», a nivel subjetivo y estructural, debilitó decisivamente el marco institucional surgido del New Deal que, entre 1945 y 1975 (la época de mayor prosperidad de la historia norteamericana y occidental) había asegurado la existencia de una sociedad cohesionada en base a clases medias fuertes, derechos sociales garantizados y separación entre intereses corporativos e intereses de Estado. 

Desintegración 

Estados Unidos entra hoy a la fase de desintegración interna probablemente más peligrosa de su historia desde la guerra civil de 1861 a 1865. Y lo hace en medio del auge de un sentido común de época neoliberalizado, individualista y extremadamente poco solidario.

Pareciera que las preocupaciones del conservador Samuel Huntington contenidas en su libro Who are we? cristalizan hoy en el trumpismo. Pero, a diferencia de lo que afirmaba allí el autor, lo que amenaza a la sociedad estadounidense no es el reto demográfico hispano sino la respuesta de una parte de la mayoría blanca ante las identidades no blancas (racial y culturalmente) y subalternas (feministas, LGBTQ+, antirracistas, socialistas) que emergen frente al orden anglosajón históricamente hegemónico.

La disputa existencial que en los Estados Unidos de hoy se afirma como tendencia dominante para la resolución de conflictos políticos, entraña una peligrosidad inédita. Porque el enemigo contra el que lucha el trumpismo no es un «ellos» homogéneo. Es algo mucho más grande, que ya está respondiendo, y que el Partido Demócrata y sectores liberales no logran canalizar institucionalmente. 

¿Se evitará la guerra civil? Existen observadores que afirman que, aunque en forma de guerra de baja intensidad, esa conflagración ya comenzó. El mundo se juega mucho en cómo los estadounidenses logren procesar su conflictividad interna sin desintegrarse."          

( , Politólogo dominicano residente en Ecuador. Magíster en Teoría Política por la Universidad Complutense de Madrid, es investigador y especialista en teoría de la democracia y en análisis del neoliberalismo y los populismos , JACOBIN América Latina, 26/07/22)

24/1/22

Descripción del siglo norteamericano, nacimiento, apogeo y decadencia... del neoliberalismo... Ahora el peligro es que, para perpetuar su hegemonía, Washington no tiene más remedio que hacer la guerra contra un enemigo exterior para recuperar la cohesión interna. ¿Qué mejor candidato podría haber que una China que, mientras Washington perdía cada vez más terreno, acumulaba suficiente poder económico, político, tecnológico y militar como para ser candidata al papel de nueva nación hegemónica?

 "Para quienes quieran profundizar en las razones que desencadenaron la Guerra Fría entre Estados Unidos y China, un reciente ensayo de Giacomo Gabellini (Krisis. Génesis, formación y colapso del orden económico estadounidense, publicado por Mimesis) es, como mínimo, una lectura inestimable.  (...)

Se trata de una obra de peso, acompañada de una gran cantidad de análisis, información y noticias de carácter histórico, económico y geopolítico que abarca un abundante siglo de historia -desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la actualidad- para describir el ascenso, la consolidación y la crisis de la hegemonía estadounidense.  (...)

I. Historia de un ciclo hegemónico

El paradigma teórico que inspira el ensayo de Gabellini es el trazado por el historiador Fernand Braudel (y enriquecido por el economista Giovanni Arrighi). Braudel, recuerda Gabellini, creía que las fases de expansión financiera son un síntoma que anuncia el fin de un ciclo hegemónico y la consiguiente reconfiguración del marco geopolítico mundial.

Lo que desencadena la crisis es la intensificación de la competencia intercapitalista que conduce a una disminución de las tasas de beneficio. En tales condiciones, la inversión productiva se vuelve arriesgada, por lo que las empresas del centro dominante tienden a mantener sus ingresos en forma líquida, con efectos devastadores para el empleo, la productividad, la desigualdad social, los ingresos fiscales y el crecimiento económico.

 En este punto, el ciclo sólo puede continuar alimentándose artificialmente (ganando tiempo, en palabras de Wolfgang Streeck), es decir, explotando las finanzas como instrumento de estabilización. Pero a largo plazo, la disminución de la inversión productiva socava la innovación tecnológica, fomentando la salida de la liquidez acumulada en el centro hacia las naciones emergentes que ofrecen mayores rendimientos. Como veremos más adelante, esta "fase terminal" ya comenzó a finales de los años sesenta y setenta 

(...) pero antes de llegar a ella veamos las etapas anteriores.

En la segunda mitad del siglo XIX estaban madurando las condiciones que en pocas décadas harían perder a Gran Bretaña su papel de centro hegemónico. Como el saqueo de las colonias (en primer lugar la India) acentuó las connotaciones comerciales y financieras del capitalismo británico, desincentivando la inversión en innovación tecnológica, Gran Bretaña perdió el autobús de la Segunda Revolución Industrial, en el que viajaban Alemania y Estados Unidos.

 La Primera Guerra Mundial iba a decidir cuál de las dos posibles nuevas naciones hegemónicas se haría con el poder. Alemania parecía tener la sartén por el mango, pero como su creciente poderío económico y militar amenazaba la hegemonía naval de Estados Unidos y Gran Bretaña y la telúrica de Francia y Rusia, se encontró con que tenía que enfrentarse a las cuatro potencias al mismo tiempo y salió con los huesos rotos.

Por otra parte, Estados Unidos salió triunfante del conflicto, tanto porque había acumulado enormes créditos con sus aliados como porque la guerra había dado un fuerte impulso a su ya poderoso aparato industrial. La utopía "pacifista" del presidente Woodward Wilson, que pretendía dar a su país el papel de gran mediador/coordinador de un nuevo orden económico mundial, fracasó debido a la oposición del Congreso, que no quiso renunciar a sus créditos de guerra (y más aún de los aliados europeos, que hicieron recaer la carga sobre Alemania, ignorando las advertencias de Keynes). 

El modelo económico de la potencia emergente se basa en gigantescos trusts verticales con gestión burocrática, esos barones ladrones que, habiendo heredado la vocación especulativa de las empresas que en el siglo XIX habían construido la red ferroviaria entre los dos océanos, acabarán creando las condiciones de la Gran Crisis de 1929.

 El giro del New Deal hacia el estatismo y la autosuficiencia, inspirado por el temor a que la inmiseración de las masas alimentara la tentación de imitar la Revolución Rusa de 1917, amortiguó la crisis pero no la resolvió: En 1939, Estados Unidos producía más medios de transporte, acero, aluminio y petróleo que todas las demás potencias juntas, por lo que se convirtió en el proveedor de los beligerantes incluso antes de que éstos entraran en acción (Arrighi sostiene que los años que van de 1914 a 1945 deben considerarse como una única gran guerra, asociada a una crisis económica ininterrumpida que sólo se resolvió con la Segunda Guerra Mundial).

El alcance del traspaso entre Gran Bretaña (agotada por el conflicto, como las demás naciones europeas) y Estados Unidos (que, por otra parte, reabsorbió los diez millones de parados generados por la Gran Depresión y distribuyó sustanciales aumentos salariales, recompactando la sociedad, como demuestran las compras masivas de bonos del Estado para financiar la guerra) se mide por el contenido de los acuerdos de Bretton Woods. 

Mientras Keynes proponía la introducción del bancor, una moneda internacional que serviría como unidad de cuenta y medio de pago, pero no como depósito de valor, EE.UU. impuso un régimen que vinculaba el dólar al oro (35 dólares la onza) y ataba la moneda estadounidense a las demás según tipos de cambio fijos.

 Al mismo tiempo, los acuerdos del GATT crearon las condiciones de un nuevo mercado mundial sin protección aduanera y arancelaria, ofreciendo a las empresas estadounidenses la oportunidad de aumentar sus exportaciones e importar materias primas baratas del Tercer Mundo (que estaba experimentando una rápida descolonización bajo la presión de Estados Unidos, que se preparaba para "desmantelar" el Imperio Británico e integrarlo en su esfera de influencia).

 Finalmente, bajo las presidencias de Truman y Eisenhower, se inició la Guerra Fría contra el antiguo aliado soviético, presentado ahora como el mal absoluto y cuyo poder militar e intenciones agresivas se exageraron arteramente (una historia que se repite hoy ante nuestros ojos), un contexto que actúa como caldo de cultivo para la construcción de ese poderoso complejo militar industrial (con generales, gestores y políticos intercambiando papeles en un juego de "puertas giratorias") que aún ocupa la cúpula del gran gobierno. 

Mientras tanto, el sistema de "ayuda" a los países europeos y del Tercer Mundo (gestionado respectivamente a través del Plan Marshall y del FMI) creó las condiciones para esa "economía de la deuda" que iba a servir como arma estratégica para mantener la hegemonía absoluta sobre amigos y aliados.

Fue la guerra de Vietnam la que inició la fase en la que las contradicciones del modelo de acumulación centrado en la hegemonía estadounidense se hicieron más acuciantes, y no es casualidad que el "vientre" del libro de Gabellini se centre en esta fase: doscientas páginas llenas de análisis detallados de las distintas ramas en las que se articula la crisis. A partir de aquí, dado el limitado espacio disponible para una larga reseña, me veré obligado a dejar de lado muchos temas y a centrarme sólo en algunas cuestiones. 

La peor consecuencia del desastroso resultado de la guerra fue, además de la pérdida de prestigio político y militar, el asombroso aumento del déficit público y el desequilibrio de la balanza de pagos, que provocó una salida masiva de oro hacia Europa y Japón. La administración Nixon reaccionó ante el primer reto explotando el conflicto entre China y Rusia, es decir, reconociendo a Pekín para intensificar las maniobras de asedio/encierro contra Moscú (que culminarían diez años después con el apoyo a los muyahidines contra el gobierno afgano prosoviético); se enfrentó al segundo reto descargando los costes de la guerra sobre Japón y Europa. 

Pero, sobre todo, para evitar el riesgo de que el creciente desequilibrio de la balanza de pagos indujera a algunos bancos centrales a exigir a Washington la conversión en oro de sus reservas de divisas preciosas, se adelantó al repudiar unilateralmente los acuerdos de Bretton Woods.

 El fin del patrón oro permitirá a Estados Unidos realizar inversiones ilimitadas en el extranjero sin pagar el precio. Estados Unidos adquiere el poder de imprimir dólares ilimitados hasta el punto de poder transformar su deuda nacional en reservas de divisas de otros países, evitando así la necesidad de acumular ahorros en casa. Al mismo tiempo, el nuevo sistema monetario internacional crea las condiciones para una orgía especulativa de proporciones colosales, para la invención de nuevos instrumentos financieros de alto riesgo y para el debilitamiento de la capacidad de los Estados capitalistas para controlar la regulación del dinero mundial.

El segundo acto de esta marcha hacia una completa financiarización de la economía coincide con la forma en que Estados Unidos gestionó la crisis del petróleo de la década de 1970. La montaña de petrodólares recaudada por los países productores se canalizó hacia los países deficitarios a través de los bancos de Wall Street, mientras las compañías petroleras norteamericanas obtenían beneficios suficientes para desarrollar nuevas técnicas de perforación.

Hemos llegado al umbral de la contrarrevolución neoliberal que se inició a principios de los años 80 a raíz de las crisis del petróleo. Fueron los años del giro monetarista hacia la estabilidad de precios y la contención salarial a través de altas tasas de desempleo. Se dejó de lado el principio del equilibrio de las cuentas exteriores y se retiraron las políticas expansivas, por no hablar de la bajada de impuestos a las rentas altas y a las empresas.

 La desregulación, la externalización y el traslado de la producción al Tercer Mundo avanzan: las empresas estadounidenses se centran en su actividad principal y subcontratan todo lo demás. El resultado fue un rápido proceso de desindustrialización, que aumentó el cinturón de óxido en los estados centrales, generando una desertización urbana y un aumento de la delincuencia y la drogadicción. 

Fueron también los años en que la Trilateral publicó su informe sobre los límites de la democracia, reconociendo la plena legitimidad del proyecto oligárquico que el gurú del neoliberalismo von Hayek ya había previsto en la época de la Primera Guerra Mundial. Mientras tanto, se anima a los ciudadanos estadounidenses a endeudarse para comprar casas, coches, electrodomésticos y otros bienes de consumo.

Gabellini también analiza el impacto del colapso soviético en esta globalización a la americana, aunque aquí me limitaré a mencionar un aspecto específico de esta fase inicial de la transición a un mundo unipolar (destinada, a pesar de los deseos de Fukuyama, a ser efímera): a saber, la superación de la lógica bipolar de la Guerra Fría, que significa que los aliados políticos y militares de Estados Unidos son ahora sus rivales económicos. 

Los estadounidenses reaccionaron a la penetración de europeos y japoneses en sus mercados (facilitada por el proceso de desindustrialización) con ataques especulativos. El primero en sufrirlo es Japón: cuando el Banco Central nipón pone en marcha una contracción del crédito para evitar el recalentamiento de la economía, Wall Street lanza un ataque especulativo que empuja al país asiático a una espiral deflacionista que provocará un estancamiento de diez años. Luego le tocó el turno a Europa: la ofensiva contra la pyme eligió como principal objetivo el débil eslabón italiano, para dejar claro que no se tolerarían las ambiciones de sustituir el dólar por el euro como moneda reina.

Pasaré por alto el análisis de Gabellini sobre los efectos de la nueva crisis del petróleo asociada a la segunda guerra del Golfo para llegar a la tercera -y decisiva- etapa del proceso, caracterizada por la revolución digital y la utopía de la Nueva Economía. Las nuevas tecnologías tienen el efecto de un potente multiplicador de todos los procesos expuestos hasta ahora.

 Las redes informáticas están integrando los mercados financieros del mundo y aumentando la velocidad de las transacciones hasta niveles increíbles, mientras que la inteligencia artificial está automatizando las elecciones y las decisiones y desarrollando modelos de evaluación de riesgos que fomentan las ilusiones de omnipotencia (además de repartir inmerecidos premios Nobel de economía).

 Los mitos de Silicon Valley prometen una riqueza ilimitada para todos (una promesa que sólo se hace realidad para un puñado de directivos del sector), y garantizan el triunfo del capital sobre todos los límites espacio-temporales. Así, las multinacionales (y no sólo las informáticas) reniegan de la lógica territorial a la que se había anclado durante mucho tiempo el poder de la nación norteamericana y extienden sus cadenas de suministro por todo el mundo en busca de mejores ventajas comparativas, emigrando a Asia, pero sobre todo a China, que en pocos años se convirtió en la "fábrica del mundo", mientras Estados Unidos completaba su transformación en una economía desindustrializada basada en la acumulación financiera.

Mientras la izquierda posobrera se deslumbra con la "desmaterialización" del trabajo y sueña con los magníficos destinos y progresiones de los trabajadores del conocimiento (para lo que les remito a algunos de mis trabajos), la realidad es la del empobrecimiento de grandes masas de ciudadanos, el empobrecimiento del aparato productivo del país, cada vez más dependiente de los proveedores extranjeros (también para componentes cruciales desde el punto de vista militar) y el asombroso aumento de la desigualdad (la relación entre los salarios de los directivos y los trabajadores en 1998 es de 419: 1).

 El precio de la desindustrialización asociado a la apuesta por la imbricación de las finanzas y la revolución digital salió a la luz cuando, tras alcanzar el pico de euforia en 1999, el NASDAQ se desplomó de forma desastrosa a principios de 2000. Pero la burbuja financiera no se desinfló hasta 2007/2008, cuando estalló la burbuja inmobiliaria, alimentada por la deuda privada asociada a los títulos de alto riesgo.

Ninguno de los responsables pagará porque, mientras tanto, la desregulación ha fomentado un proceso masivo de concentración bancaria, dando lugar a conglomerados "demasiado grandes para caer", sobre los que el gobierno dejará caer una lluvia de billones para permitir que sobreviva un modelo de acumulación en decadencia.

Durante décadas, escribe Gabanelli al resumir su reconstrucción, el mecanismo ha funcionado gracias a la repetición de los "ciclos del dólar", es decir, la alternancia de fases prolongadas de debilidad de la moneda con intervalos más cortos de fortalecimiento de la misma, una estrategia que ha permitido a Estados Unidos regular sus cuentas exteriores a voluntad, inundando y privando de capital a los países extranjeros mediante la manipulación del tipo de interés. 

Todo ello ha ido acompañado de la constante expansión del presupuesto del Pentágono, la proliferación de "operaciones policiales" internacionales y otros despliegues musculares para obligar a los países en desarrollo y a otras naciones industrializadas a acumular reservas de dólares y a invertir en los circuitos de Wall Street y en los bonos del Tesoro de Estados Unidos (un mecanismo típicamente mafioso, por el que, bromea Gabellini, "los que ofrecen protección son los propios autores de la amenaza, que exigen el pago del dinero de la protección para perpetuar su función parasitaria"). Sin embargo, el sistema se rompe cuando las turbulencias generadas por una estructura lastrada por la hipertrofia financiera hacen inmanejable este instrumento de destrucción de las economías rivales. 

Así, Estados Unidos se encuentra transformado en una especie de "estructura feudal moderna", en el centro de un proceso de polarización entre una plutocracia de súper ricos y una plebe empobrecida y debilitada que expresa su ira, primero votando a Trump, y luego asaltando el Capitolio el 6 de enero de 2021.

Ahora el peligro es que, para perpetuar su hegemonía, Washington no tiene más remedio que hacer la guerra contra un enemigo exterior para recuperar la cohesión interna. ¿Qué mejor candidato podría haber que una China que, mientras Washington perdía cada vez más terreno, acumulaba suficiente poder económico, político, tecnológico y militar como para ser candidata al papel de nueva nación hegemónica? (...)"                (Carlo Formenti, Sinistrainrete, 2o/01/22; traducción DEEPL)

24/11/21

El capitalismo estadounidense era el más exitoso del mundo hasta hace poco... evitó dos trampas clave. En primer lugar, encontró una forma notable de gestionar la lucha de clases, y en segundo lugar, también encontró una manera de organizar su dominio imperial sin el colonialismo abierto demasiado costoso... Pero en las últimas décadas, ya no logró gestionar sus luchas de clase ni invertir el declive de su imperialismo informal... Los dirigentes chinos han aprendido, implícita o explícitamente, de cómo el capitalismo estadounidense perdió esas capacidades. Así, China organizó de manera diferente tanto sus relaciones empleador-empleado como sus vínculos internacionales... Al hacerlo, la economía china está ascendiendo mientras que la de Estados Unidos está descendiendo... China aprendió de Estados Unidos cómo superar al capitalismo estadounidense... China puede ser, por tanto, el lugar donde el sistema capitalista alcanza el máximo potencial de sus diversas formas y prepara así el camino para una transición más allá del capitalismo

 "El capitalismo estadounidense era, en ciertos aspectos, el más exitoso del mundo hasta hace poco. Mejor que los sistemas capitalistas de Gran Bretaña, Alemania y Japón, el capitalismo estadounidense evitó dos trampas clave. En primer lugar, encontró una forma notable de gestionar la lucha de clases entre capitalistas y trabajadores durante mucho tiempo antes de perder esa capacidad. 

Estados Unidos también encontró una manera de organizar su dominio imperial sin el colonialismo abierto que provocó una resistencia creciente que finalmente se volvió demasiado costosa e inmanejable para Gran Bretaña, Alemania, Japón y otras potencias coloniales. Pero en las últimas décadas, el capitalismo estadounidense no logró gestionar sus luchas de clase ni invertir el declive de su imperialismo informal.

Los dirigentes chinos han aprendido, implícita o explícitamente, de cómo el capitalismo estadounidense perdió esas capacidades. Así, China organizó de manera diferente tanto sus relaciones empleador-empleado como sus vínculos internacionales. Al hacerlo, la economía china está ascendiendo mientras que la de Estados Unidos está descendiendo. El proceso es, por supuesto, desigual; las diferencias entre Estados Unidos y China varían. Pero el patrón general y la dirección siguen siendo los mismos: China sube y Estados Unidos baja.

Desde 1820 hasta la década de 1970, el capitalismo estadounidense empleó a un número creciente de trabajadores y les pagó un salario real que crecía cada década hasta la década de 1970. Ese notable rendimiento permitió, validó y se combinó con una cultura que enfatizaba el consumo (lo positivo) como compensación del trabajo (lo negativo). La combinación embotó los llamamientos de los disidentes, radicales, socialistas y otros críticos del capitalismo hasta la década de 1930. La productividad creció a lo largo de los 150 años incluso más rápido que los salarios reales e impulsó los beneficios rápidamente. Estados Unidos superó a otros capitalismos tanto en los beneficios que obtenía la clase empresarial como en los salarios reales que percibía la clase trabajadora.

El crack bursátil de 1929 y la Gran Depresión de 1930 fueron las excepciones que confirmaron la regla. El capitalismo estadounidense se derrumbó entonces, al igual que sus promesas de prosperidad y crecimiento. Temerosa de un colapso, la clase patronal estadounidense -a través del Partido Demócrata del ex presidente Franklin Delano Roosevelt- ofreció un trato, que era una especie de alianza con la clase asalariada.

 El acuerdo fue negociado por los principales críticos del capitalismo de entonces: el Congreso de Organizaciones Industriales (CIO) más dos partidos socialistas y uno comunista. Juntos, empleadores y empleados produjeron el New Deal, y un bandazo político hacia la izquierda deshizo buena parte de las desigualdades económicas acumuladas en Estados Unidos antes de 1929. Fue un "gran restablecimiento" que, con la Segunda Guerra Mundial, permitió reanudar el arco ascendente del capitalismo estadounidense. Además, ese arco adquirió una dimensión imperial añadida cuando la Segunda Guerra Mundial socavó los viejos imperios coloniales formales, lo que permitió al Estado estadounidense avanzar rápidamente para sustituirlos de manera informal.

Pero la clase patronal estadounidense cometió un enorme error estratégico tras el final de la era Roosevelt y la Segunda Guerra Mundial. No reconoció cómo la fuerza de la izquierda en los años 30 había salvado inadvertidamente al capitalismo estadounidense mediante el "gran reseteo". El New Deal fue en gran parte un estímulo keynesiano de "goteo", a diferencia de las políticas económicas tradicionales de "goteo" de los gobiernos estadounidenses, pasados y presentes. Sacó a Estados Unidos de la Gran Depresión y redujo la desigualdad de ingresos y riqueza, a diferencia de las décadas anteriores y posteriores. 

Pero cegada por el miedo y la rabia a pagar impuestos para financiar el New Deal y otras reformas similares, el ascenso de una fuerte izquierda estadounidense y la alianza de Estados Unidos con la URSS en la Segunda Guerra Mundial, la clase patronal se empeñó en hacer retroceder todo eso después de 1945. Principalmente a través de su ala del Partido Republicano, la clase patronal se propuso deshacer el New Deal destruyendo la coalición que lo creó (CIO más socialistas y comunistas). La clase patronal logró destruir esa coalición y cada uno de sus componentes. Sin embargo, ese naufragio también reorientó al capitalismo estadounidense hacia una trayectoria que puso fin a sus 150 años de ascendencia.

 En la década de 1970, el restablecimiento se estancó. Los empresarios estadounidenses habían vencido tanto a los trabajadores y a la izquierda que aprovecharon las oportunidades para aumentar los beneficios sin temer ni preocuparse mucho por las reacciones de los empleados. Muchos empresarios estadounidenses trasladaron su producción al extranjero, donde los salarios eran mucho más bajos, lo que hizo que los beneficios de las empresas estadounidenses fueran mucho mayores. Muchos más empresarios de Estados Unidos emprendieron una rápida automatización. Se aplicaron nuevas políticas de inmigración. Los buenos empleos proletarios dieron paso al precariado que las generaciones más jóvenes de hoy dan por sentado con amargura. En lugar de ganancias salariales reales a lo largo de cada década desde 1820 hasta 1970, en los últimos 50 años los salarios reales se estancaron junto con una creciente deuda de los hogares.

Así, los ciclos del siglo XXI han sido progresivamente mayores y más duros, rivalizando con el de la década de 1930. Sin embargo, no se ha producido ningún cambio político comparable en la izquierda, ni el resurgimiento de un movimiento en la línea de la Coalición del Nuevo Trato. Esta vez, una crisis profunda no produce ningún componente político de "goteo" masivo. Las desigualdades de renta y riqueza siguen empeorando. No se está produciendo ningún restablecimiento liderado por la izquierda para salvar al capitalismo estadounidense de hundirse en conflictos económicos, sociales y culturales cada vez más profundos.

Mientras tanto, muchos responsables políticos de China han extraído lecciones de la experiencia estadounidense: qué políticas replicar y qué políticas descartar. China vio que los capitalistas estadounidenses habían trabajado a menudo en estrecha colaboración con el Estado estadounidense con éxito para emprender grandes proyectos coordinando y movilizando recursos públicos y privados. 

Entre ellos, la lucha de un siglo de guerras para subordinar, desalojar o exterminar a la población indígena, las guerras de independencia de Gran Bretaña en 1776 y 1812, el fin de una economía esclavista competitiva en el sur de Estados Unidos mediante la guerra civil, la realización de las infraestructuras que los capitalistas necesitaban para crecer (como los canales y los ferrocarriles), el fomento de los intereses de los capitalistas estadounidenses en la Primera y Segunda Guerras Mundiales y su posterior recuperación, y la sustitución de los antiguos sistemas de colonialismo después de 1945 y la sustitución del dominio militar, económico y político mundial de Estados Unidos.

 En China, los responsables de la política económica también han tomado nota de cuando las debilidades y los retrocesos afectaron al capitalismo estadounidense. El capitalismo relativamente desregulado después de la Primera Guerra Mundial desembocó en el crack de 1929. Del mismo modo, el capitalismo desregulado ("neoliberal" o "globalizado") después de la década de 1970 desembocó en la crisis de 2008. Rechazar el seguro de salud nacional permitió que un complejo médico-industrial privado cobrara en exceso y que el capitalismo estadounidense se beneficiara de su exceso de rentabilidad. Además, no preparó a Estados Unidos para la pandemia de COVID-19 con resultados catastróficos.

En términos más generales, China concluyó que en Estados Unidos la consecución de los objetivos sociales prioritarios se producía más cuando los recursos públicos y privados se coordinaban y concentraban para ello. China también observó que las guerras y las crisis económicas a menudo producían esta coordinación y concentración en los Estados Unidos. La inferencia lógica de los observadores económicos en China fue considerar que un programa continuo de coordinación y concentración podría superar de forma más general lo que los Estados Unidos habían logrado con su programa meramente ocasional.

Esta conclusión también encaja perfectamente en la concepción china del socialismo con características chinas. En esa concepción, un Partido Comunista fuerte y el Estado que controla garantizan el programa continuo de coordinación y enfoque de un sistema que mezcla empresas privadas y públicas. 

Los líderes económicos de China atribuyen a ese programa continuo un impresionante récord de tasa de crecimiento anual del PIB. De 1977 a 2020, la tasa media de crecimiento anual del PIB de China (9,2%) fue bastante más de tres veces superior al récord de Estados Unidos (2,6%). El salario medio real en China también ha aumentado considerablemente en los últimos años, lo que el país señala como otro éxito de su sistema económico. En cambio, los salarios reales estadounidenses se han estancado recientemente. La superioridad del reciente historial chino sobre el de Estados Unidos es una prueba convincente para que China continúe con su política. China aprendió de Estados Unidos cómo superar al capitalismo estadounidense.

 Karl Marx escribió una vez que ningún sistema económico desaparece hasta que ha agotado todas sus formas posibles. Si uno entiende los sistemas económicos, con Marx, como formas particulares de organizar las relaciones humanas de producción, entonces el capitalismo es esa forma que yuxtapone a los empleadores contra los empleados. El Reino Unido, pero sobre todo los Estados Unidos, desarrollaron ese sistema económico con un fuerte énfasis en sus formas de empresa privada. La URSS desarrolló ese sistema con un fuerte énfasis en sus formas de empresa pública. China, por su parte, desarrolló ese sistema económico mezclando formas de empresa privada y pública (como también hicieron Escandinavia y Europa Occidental), pero haciendo hincapié en un fuerte control central para coordinar y movilizar tanto a las empresas privadas como a las públicas para lograr objetivos sociales prioritarios.

 China puede ser, por tanto, el lugar donde el sistema capitalista alcanza el máximo potencial de sus diversas formas -las agota en ese sentido- y prepara así el camino para una transición más allá del capitalismo."                 ( , Brave New Europe, 19/11/21; traduccion DEEPL)