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5/10/22

Biden pondrá en marcha la denominada Junta de Gobierno de la Desinformación... la Unión Europea está preparando una Ley de Servicios Digitales destinada a “regular la desinformación y el comportamiento de las grandes plataformas tecnológicas”... supondrá dar licencia a redes sociales y gobiernos para censurar contenidos si los consideran dañinos, aunque esos contenidos no sean ilegales... Otra herramienta de la UE es la denominada Media Intelligence Unite, una plataforma que monitoriza hasta 6.000 medios de comunicación para analizar cómo hablan de la UE... se trata de destinar los recursos públicos de la UE a hablar en positivo de la UE... estas dos iniciativas de Estados Unidos y de la Unión Europea tiene como objetivo intentar enfrentar relatos críticos de ciudadanos europeos organizados, de países extranjeros o de gobiernos europeos díscolos... Eso solo tiene un nombre: censura

 "Algo se mueve a los dos lados del Atlántico en asuntos de medidas gubernamentales sobre la información.

El jefe del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Alejandro Mayorkas, reveló durante una audiencia en el Congreso, el 27 de abril, que el gobierno de Joe Biden pondrá en marcha la denominada Junta de Gobierno de la Desinformación. Ante la pregunta de un congresista afirmó: “Acabamos de establecer una junta de gobierno de desinformación en el Departamento de Seguridad Nacional para combatir de manera más efectiva esta amenaza, no solo para la seguridad electoral sino también para nuestra seguridad nacional”, respondió Mayorkas, y señaló que la nueva junta también se centrará en detener la propagación de desinformación en las comunidades minoritarias.

“La difusión de desinformación puede afectar a la seguridad fronteriza, la seguridad de los estadounidenses durante los desastres y la confianza pública en nuestras instituciones democráticas”, dijo el departamento en un comunicado, sin aceptar la petición de entrevista de The Associated Press.
Según AP, la nueva junta -y aquí está la clave de su creación- “también monitoreará y se preparará para las amenazas de desinformación rusas a medida que se acercan las elecciones intermedias de este año y el Kremlin continúa con una agresiva campaña de desinformación en torno a la guerra en Ucrania. Rusia ha lanzado repetidamente campañas de desinformación dirigidas a las audiencias de EE.UU.”. “Más recientemente -añade AP-, los medios de comunicación estatales rusos, las cuentas de las redes sociales y los funcionarios han utilizado Internet para llamar falsos a fotografías, informes y vídeos de cadáveres y edificios bombardeados en Ucrania”.

Basta observar quién será la directora de la Junta de Gobernanza de Desinformación. Se llama Nina Jankowicz y, aunque es estadounidense, viene de ser asesora del Ministerio de Relaciones Exteriores de Ucrania sobre comunicaciones estratégicas bajo los auspicios de una beca de política pública Fulbright-Clinton, creada por el Departamento de Estado. Anteriormente fue becaria en el Centro Wilson y supervisó los programas de Rusia y Bielorrusia en el Instituto Nacional Demócrata.

Para ser la nueva responsable de la lucha contra la desinformación, Jankowicz ya sembró un bulo apoyando la idea de que la controvertida historia de la computadora portátil del hijo de Joe Bien, -donde aparecía información y vídeos con drogas, negocios turbios y prostitutas-, formaba parte de una campaña de desinformación llevada a cabo por Rusia. Finalmente, los propios medios que acusaban a Rusia, algunos de ellos de tendencia demócrata, terminaron reconociendo la veracidad del contenido del ordenador.

ENTRE LA DESINFORMACIÓN Y LA CENSURA ATACAN A LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Mientras se cuece esto en Estados Unidos, en la Unión Europea se está preparando una Ley de Servicios Digitales destinada a “regular la desinformación y el comportamiento de las grandes plataformas tecnológicas”, que entrará en vigor en 2024.

Quizá lo más polémico es que la nueva legislación también quiere poder solicitar a las redes sociales eliminar directamente el contenido que consideren desinformante, y obligar a estas redes a permitir que sean también los usuarios los que marquen un contenido como ilegal, dañino o desinformante. Es decir, que ese señalamiento sea vinculante, de modo que las plataformas estén obligadas a eliminar este contenido. Pero, como señalaron algunos expertos a Efe, esto supondrá dar licencia a redes sociales y gobiernos para censurar contenidos si los consideran dañinos, aunque esos contenidos no sean ilegales, y han advertido de que es un ataque a la línea de flotación de la libertad de expresión en Europa.

Lo mismo sucede con la posibilidad que contempla la ley de adoptar «medidas especiales» en tiempos de crisis (como una amenaza para la salud o para la seguridad). Eso solo tiene un nombre: censura.

Como no conocemos todavía ningún borrador de esa iniciativa legal, podemos intentar vislumbrar su intención en base a la experiencia de la actividad institucional de la UE en cuanto al manejo de la información. Por ejemplo, hasta ahora el Parlamento Europeo busca contrarrestar las narrativas contrarias a sus instituciones lanzando información positiva sobre ellas y apoyando a periodistas y ‘fact-checkers’ para que verifiquen y desmientan los bulos lanzados por sus rivales. En un entorno en el que la realidad es cada vez más cuestionada, los esfuerzos de Bruselas se centran en promocionar sus valores y revertir el interés de potencias extranjeras en consolidarse como sistema predominante. Así lo reconoce Jesús Carmona, director de medios del Parlamento Europeo. Pero eso no es ninguna garantía de veracidad ni de pluralidad, es simplemente movilizarse para intentar que tu relato se imponga.

CONTROLAR EL RELATO DESDE LAS INSTITUCIONES

Otra herramienta de la UE es la denominada Media Intelligence Unite, una plataforma que monitoriza hasta 6.000 medios de comunicación para analizar cómo hablan de la UE. Los informes que realizan son de consumo interno y sirven para asesorar a la Comisión Europea (CE), detectar la proliferación de narrativas contrarias y actuar. “Ese rastreo de noticias nos permite hacer correcciones y hablar de la UE en positivo”, explica Paula Fernández Hervás, jefa de la unidad. “Si no estamos dejando vía libre a quienes solo mencionan lo negativo”. Bien claro lo está diciendo, no se trata de tener un ciudadano europeo mejor informado, con más pluralidad y más capacidad crítica, sino de destinar los recursos públicos de la UE a hablar en positivo de la UE.

En conclusión, todo parece indicar que estas dos últimas iniciativas de Estados Unidos y de la Unión Europea no están preocupadas por un ciudadano más y mejor informado, ni tampoco por crear mecanismos de vigilancia de la veracidad de la información. Su único objetivo es intentar enfrentar relatos críticos de ciudadanos europeos organizados, de países extranjeros o de gobiernos europeos díscolos. Pero la mentira y la desinformación puede estar en todas las posiciones políticas, en las que apoyan el relato oficial de la UE y en las que lo critican, en los países líderes de las políticas europeas, en las declaraciones de un portavoz de la Comisión Europea o del Departamento de Estado o en las de un representante de las potencias competidoras de la UE y EEUU por mercados o recursos. Y, por supuesto, pueden estar en las redes sociales y en un medio de comunicación extranjero, pero también en un medio mayoritario y “prestigioso” occidental, y hasta en el gabinete de prensa de un gobernante europeo o estadounidense.

Si las medidas legales que se están gestando y los departamentos que se crean solo piensan en la mentira foránea y del crítico es que solo traman censura y propaganda."                 (Pascual Serrano, Mundo Obrero, 17/07/22)

30/3/22

El miedo es un relato, un ideario. Si lo agitas repetidas veces, acaba percibiéndose como algo real... El miedo al otro es quizá uno de los miedos más artificiales e injustificados. Y tiene que ver con que hay una industria de la mentira y la manipulación mediática, que se lleva repitiendo desde hace años... Me llama mucho la atención que una sociedad como la española, con una de las tasas de criminalidad las más bajas del mundo, con una seguridad y una paz social muy altas, vivamos con tanto miedo... En la última década, se ha instrumentalizado el miedo, con una clara finalidad de control, sometimiento y, en definitiva, de explotación

"Reportera de la revista La Marea, se dedica fundamentalmente a cubrir historias vinculadas con derechos humanos y género. Ha escrito varios libros. Entre ellos, Nuestra guerra son las maras, en colaboración con el CEAR, sobre emigrantes procedentes de Centroamérica, que huyen de las bandas violentas. Ahora, publica “Miedo” (Editorial Debate).

Podemos tener miedo de casi todo, incluso de no tenerlo ¿A qué miedos te refieres en tu libro?

El miedo es un mecanismo fundamental de supervivencia. De algún modo, gracias a él seguimos vivos como especie. Es, en fin, muy útil y eficaz. Pero ocurre que el miedo, mal entendido o instrumentalizado, lo que consigue es paralizarnos. Desde el punto de vista político y social, también es un mecanismo muy eficaz para obtener ventajas. Nos vuelve frágiles, paranoicos… Nos empuja a la competencia por pequeñas cosas, y perdemos de vista a quienes de verdad se están beneficiando de él. Me llama mucho la atención que una sociedad como la española, con una de las tasas de criminalidad las más bajas del mundo, con una seguridad y una paz social muy altas, vivamos con tanto miedo. Prueba de lo cual es, por ejemplo, la gran publicidad que se hace de las alarmas de seguridad. En la última década, se ha instrumentalizado el miedo, con una clara finalidad de control, sometimiento y, en definitiva, de explotación. 

“Miedo” apunta especialmente al miedo en la vida pública, con especial atención a fenómenos como la emigración ¿Este miedo social, colectivo, abstracto…, no es en definitiva una traslación de nuestros particulares miedos individuales?

Totalmente. Tenemos ahora una sociedad temerosa, también por nuestro individualismo. Somos suma de muchas cosas, también positivas, de resistencia y luchas; pero también miedosos. Cosa que últimamente se explica porque llevamos desde la crisis de 2008 levantándonos cada día con la sensación de que todo va a peor. Es difícil no tener miedo si, constantemente, se sufren pérdidas de condiciones laborales, de bienestar psico-social, de ruptura de relaciones, de que la vida de nuestros hijos e hijas va a ser mucho peor… Y, por añadidura, con problemáticas globales de enorme envergadura como la crisis climática, el crecimiento de la ultraderecha, la desigualdad… Algo que no es futuro, sino presente, que nos ofrece muy poco y que es una gran amenaza para los sistemas democráticos. Porque la democracia, sin esperanza, sin horizontes de mejora, sin posibilidades de participación, se vacía. 

El cualquier caso, en esto del miedo cualquier pasado no parece haber sido mejor, sino todo lo contrario…

El miedo siempre ha sido utilizado como mecanismo de control social al que han recurrido, no solo los regímenes totalitarios, sino también las democracias liberales. El propio hecho de gobernar incluye el miedo. El problema está cuando el miedo define una era, como la nuestra. Cuando yo me lanzo a escribir este libro es porque descubro, trabajando para La Marea, las crisis que provocó la pandemia de la covid. La palabra que más repetía la gente que entrevistaba era “miedo”. Y cuando indagaba sobre ello, aunque aparentemente el miedo era a contagiarse o que se contagiaran sus seres queridos, a perder el empleo… empezaban a aflorar miedos que estaban ahí de antes, y tenían mucho que ver con las sucesivas crisis que estamos viviendo: miedo a los otros, a la pobreza, a la soledad, a la muerte… Miedos antiguos, que nos han acompañado a lo largo de la historia.

¿El miedo, más que derivado de realidades, no es en muchos casos una construcción, algo figurado?

El miedo es un relato, un ideario. Si lo agitas repetidas veces, acaba percibiéndose como algo real. Es aquí donde el periodismo está llamado a indagar si se justifica, en base a hechos, o se trata de meras configuraciones ideológicas. Por ejemplo, que adolescentes no acompañados o mujeres que viajan solas sean criminalizados hasta convertirlos en una gran amenaza, es insostenible. El miedo al otro es quizá uno de los miedos más artificiales e injustificados. Y tiene que ver con que hay una industria de la mentira y la manipulación mediática, que se lleva repitiendo desde hace años. Por el contrario, el buen periodismo tiene que contribuir a ahuyentar esos fantasmas. 

¿En la industria del miedo, está siendo la distopía la factoría más productiva y espectacular?

Mi libro, creo, es luminoso y utópico. Me parece relevante insistir en que no estamos tan mal. Que, pese a todo, hay que recordar de dónde venimos. Hemos sufrido las consecuencias del neoliberalismo de Thatcher y Reagan, pero también la gran ola feminista de 2018, la movilización juvenil de 2019 contra la crisis climática… Pese a todos los miedos que se han azuzado para enfrentarnos, también ha habido movimientos de resistencia y rebeldía. Cosa que se procura obviar, promoviendo una atmósfera derrotista, que resulta muy útil para la ultraderecha y los populismos. Pero, en definitiva, hay que tener en cuenta que, pese a todo, la democracia sigue siendo el mejor invento que nos hemos dado para construir sociedades igualitarias y con posibilidades de mejora. Reivindicar más democracia sigue siendo una utopía. 

¿Hay en la política profesionales del miedo, con nombres y apellidos?

El repliegue a nuestras parcelitas, de nostalgia por un pasado idealizado, que estamos viviendo, tiene que ver mucho con el miedo. Esa ola reaccionaria se nutre del miedo, y tiene una estrategia internacional. Cito en el libro “Cómo secuestrar un país”, de la periodista turca Ece Temelkuran, publicado por Anagrama, que explica los pasos que dan líderes populistas como Erdogan, Boris Johnson, Trump, Le Pen, Bolsonaro…, aquí Santiago Abascal… siguiendo un mismo patrón. De hecho, se reúnen como acaban de hacerlo ahora en Madrid. Saben cómo generar miedos, un ambiente de paranoia, en el que tu vecino o vecina pueden ser tus enemigos… Si queremos hacer frente a esta corriente tenemos que entender que es internacional, y que para contrarrestarla tenemos que recuperar valores fundamentales, además de los derechos humanos, como el cosmopolitismo, el internacionalismo, la solidaridad… 

Se asocian miedo y odio, pero ¿necesariamente, el primero desencadena el segundo?

El miedo es una `puerta al odio. No tienen porque estar siempre vinculados, aunque habitualmente lo están. Hay una cita al principio del libro de la poeta Isabel Bono, que hace referencia al miedo y la crueldad que, después, lo invade todo. Cuando se está borracho de miedo y se nubla la razón se pueden cometer grandes crímenes. Por eso considero importante, como trato de hacer en el libro, desbrozar los miedos, que ahora mismo están muy interrelacionados, mezclados. Hay que separarlos, conocerlos y seguir su ruta, sobre todo la del dinero ¿Quién se beneficia de los miedos? Sabiéndolo, conoceremos también quién los alienta. Me da miedo que se nos pase la vida paralizados por el miedo. 

¿Quiénes, además de las producciones literarias y audiovisuales distópicas, se llevan el gato al agua en el gran negocio del miedo?

A veces, la ficción explica mejor que el periodismo lo que nos está pasando. Pero la distopía, que parece ser ahora una gran fuente de beneficios económicos, si no se plantea bien, paraliza. Y no sé si ayuda a algo, pero en mi libro pretendo entender a los que no entiendo, a los supuestamente malos, a los victimarios…, a quienes con quien no se está en absoluto de acuerdo. Sueño con el diálogo, la pluralidad de ideas como riqueza y no como problema, la superación del sectarismo… La distopía plantea una lucha elemental, primaria, entre buenos y malos. Generalmente, jugando con miedos abstractos y, en realidad, actuando como tapaderas de los problemas reales. Como decía Zygmunt Bauman sobre la manipulación de la incertidumbre, si hay problemas muy importantes que la ciudadanía siente que no puede manejar y que la clase política no aborda, se generan algunos problemas ficticios. Y así nos distraemos, mientras proliferan los negocios del miedo, que son muchos y variados. 

¿Es quizás el conocimiento el mejor y quizás único aliado para hacer frente al miedo?

Sí, pero hay, por ejemplo, antivacunas que son personas formadas. Algo que creo tiene que ver con el déficit de participación. Porque el conocimiento no es solo cosa de libros, también se adquiere participando. Existe la sensación, quizás como reflejo de la realidad, de que las decisiones se toman en instancias cada vez más alejadas. Ahí está, por ejemplo, el Parlamento Europeo, del cual no sabemos ni qué pasa, ni cómo funciona. La presunta participación mediante las redes sociales se hace desde el rencor, insultando… Y también desde los medios de comunicación dominantes, que presentan como información material tóxico, y que solo entienden la noticia como mercancía, hasta convertir los hechos en caricatura."                          (Entrevista a Patricia Simón, Peru Erroteta, elTriangle, 27/03/22)

8/10/20

Desinformación y pandemia: una historia de incertidumbre y miedo... “La desinformación triunfa porque apela a los sentimientos, y el principal sentimiento que hemos tenido durante estos meses ha sido miedo. Era una sensación compartida, no sabíamos que ocurriría, ni siquiera sabíamos qué desconocíamos, y habíamos perdido el control de nuestras vidas, lo que acrecentaba nuestra idea de incertidumbre”

 "La pandemia ha modificado todos y cada uno de los aspectos de la sociedad y, cómo no, el ámbito de la información –o la desinformación– no se ha quedado atrás, incluso en el entorno científico.

 El miedo, configurado como el gran aliado de la desinformación, ha dado paso a una “nueva realidad” en donde las empresas tecnológicas siguen sin invertir los suficientes recursos para tratar de eliminar la información tóxica de sus sitios web. Es una de las conclusiones de Raúl Magallón Rosa, que analiza lo sucedido durante los peores momentos de la crisis sanitaria en su libro Desinformación y pandemia. La nueva realidad (Pirámide, 2020), que estará a la venta este mes de octubre.

 El autor, profesor de Periodismo en la Universidad Carlos III de Madrid y doctor por la Universidad Complutense, centra sus investigaciones en la relación entre los medios de comunicación, la tecnología y la esfera pública. “La desinformación triunfa porque apela a los sentimientos, y el principal sentimiento que hemos tenido durante estos meses ha sido miedo. Era una sensación compartida, no sabíamos que ocurriría, ni siquiera sabíamos qué desconocíamos, y habíamos perdido el control de nuestras vidas, lo que acrecentaba nuestra idea de incertidumbre”, comienza a explicar el experto.

Un análisis que completa este pasaje del libro: “(…) en la fase inicial [de la pandemia], la falta de estructuras de reconocimiento de la magnitud de los hechos y el alcance de sus consecuencias hicieron que la desconfianza no solo viniera de la ciudadanía sino también de los representantes políticos”. ¿Qué ocurrió después? Que plataformas de mensajería instantánea como WhatsApp se convirtieron en una fuente de información de confianza para millones de personas alrededor del mundo: “Pero que nuestros contactos, amigos y familiares sean una fuente de confianza no significa que sean una fuente fiable”; advierte Magallón. 

Las áreas con consenso institucional y científico donde las falsedades pueden causar daños demostrables son: medios manipulados, acontecimientos trágicos, procesos cívicos (votaciones) y la salud. Esta última es la que más interesa ahora. “Al principio de la crisis sanitaria las empresas tecnológicas publicaron un comunicado asegurando que trabajarían conjuntamente para combatir la infodemia, pero hemos visto que sus medidas son del todo insuficientes, y es importante remarcarlo”, agrega el autor. Además, de cara a las próximas elecciones presidenciales de Estados Unidos, en noviembre, Magallón asegura que estas plataformas han llegado a ser un “agente fundamental de los procesos democráticos que busca actuar de forma independiente y global justo cuando se están convirtiendo en un elemento fundamental para que haya una crisis en los procesos electorales y se fragilicen”.

Alfabetización digital y económica

Desde el punto de vista del investigador, la solución está en la alfabetización digital: “Tenemos que saber qué podemos hacer en nuestro día a día para establecer una especie de barrera, de filtro. Por un lado, tenemos los números de los fact-checkers para preguntarles sobre los mensajes que nos llegan, pero también podemos utilizar las propias redes sociales como parapeto creando listas de periodistas especializados en una temática, y preguntando a los que trabajan sobre el terreno si el asunto es una cuestión más local”.

Por otra parte, Magallón incide en lo que denomina “alfabetización económica”, un concepto que ejemplifica así: “Parece que Google es uno de los gigantes que más indemne sale socialmente en cuanto a las críticas sobre desinformación cuando, realmente, es el principal motor que alimenta todas las demás webs hiperpartidistas que funcionan como herramientas de propaganda, con unos ingresos notables. El público debe saber quién está detrás de cada web y si, junto con ella, hay otras páginas que forman un grupo, y cuál es su razón social”.

¿Por qué los periodos de crisis van acompañados de menor independencia periodística? “Es una pregunta aún por responder, pero tan solo hay que fijarse en lo que sucedió en 2008, cuando hubo muchísimos ERE y cierres, sobre todo en los medios locales, que son los que cumple una función de anclaje dentro de la comunidad. Si no podemos acceder a esas fuentes cercanas porque simplemente no existen, solo nos quedan las redes sociales y los medios nacionales, cuya función está mucho más orientada a polarizar y dividir todo en bloques estancos. Habrá que ver si la buena noticia de que suban las suscripciones a los medios digitales no se convierte en una brecha informativa entre quienes pueden permitirse ese acceso y los que no”, contesta Magallón.

Los fact-checkers, actores esenciales

La diferencia entre comunicación pública e información pública es otro de los aspectos que el profesor de Periodismo trata en la monografía. “El debate se centra en cómo separar el discurso de los hechos. Si nos enfrentamos a un acontecimiento global, no es suficiente una comunicación proactiva por parte de los gobiernos nacionales, sino que deben ir más allá y hacer un ejercicio de transparencia. Controlar las cifras, los datos, es una forma de controlar el relato, un aspecto muy importante para que la gente entienda realmente qué está sucediendo y la envergadura de las consecuencias, así como para que empiecen a buscar soluciones dentro de su esquema mental”, agrega Magallón.

Respecto al papel cada vez más importante que juegan los fact-checkers a la hora de auditar una información, el experto asegura que se les ha redimensionado de una forma injusta, porque “no dejan de ser proyectos periodísticos con unas redacciones limitadas”. Asimismo, un análisis más global de la situación hace pensar al investigador que “estos nuevos actores incomodan, sobre todo en países donde las democracias no están tan consolidadas. La respuesta al por qué se encuentra relacionada con una idea desarrollada durante la última década por los actores políticos, que encontraron una forma muy simple de llegar al público sin tener que pasar por el filtro de los medios de comunicación, como se hacía habitualmente, y que surjan intermediarios como los fact-checkers, no les ayuda en su estrategia. Se estima que estas entidades, desde que empezaron a desarrollarse, han desmentido 9.000 informaciones en todo el mundo, una cifra que podría parecer baja, pero yo me pregunto qué habría ocurrido si no hubieran existido, porque seguramente la cifra de bulos hubiera sido sensiblemente mayor a la actual”.

Retorcer algunos conceptos es parte de la desinformación

De esta forma, el lenguaje sale a la palestra como un territorio de batalla. Ganar el relato es ganar la realidad. “En la medida en que somos capaces de escribir algo también somos capaces de limitarlo. El lenguaje forma parte de la ocultación y simulación, además de como una estrategia de manipulación y persuasión, en el peor sentido de la palabra”, advierte Magallón. Por eso, desde su perspectiva, existen una serie de conceptos importantes en los que se debería establecer un consenso, no solo desde el plano de la emisión sino también desde la recepción; un contrato en el que se entiendan que ciertas palabras no pueden ser retorcidas, y que si eso sucede conllevará alguna penalización social. “Palabras como libertad, igualdad, palabras a las que se retuerce su significado, pero también conceptos como identidad o nación, que se utilizan de forma excluyente, son ejemplos de algunas ideas cuyo significado tendríamos que tener bien asentado para desconfiar de cualquier persona que no las utilice de forma correcta”, completa el profesor universitario.

De esta forma, el experto asegura en su libro que vendrán “ataques dirigidos para desacreditar objetivos concretos” y se crearán “tormentas perfectas de desinformación”; tormentas que no estarán orquestadas por nada ni por nadie, sino que se harán valer de un caldo de cultivo plagado de incertidumbre que dé pie para que ciertos actores se puedan aprovechar de la situación, parafraseando al escritor.

Preguntado por las herramientas que tenemos a nuestro alcance para combatir la desinformación, Magallón responde claro: “Si dudas, no compartas. Comprueba, verifica y pregunta. A nivel institucional tiene que establecerse una rama de alfabetización digital, imprescindible desde el punto de vista de la calidad democrática. También debemos perder el miedo a debatir sobre una posible regulación que no coarte la libertad de expresión y que primero ataje los vectores en los que ya se ha demostrado que mediante ellos suele viajar la desinformación, como por ejemplo reflejando fehacientemente que un contenido es patrocinado”.

Según concluye, “será difícil encontrar otro momento global compartido en el que la desinformación pueda encontrar narrativas, tipos y elementos de actualidad tan compartidos como este, que hizo que la sensación de falta de control fuera tan unánime”, reflexiona el autor en este libro que estará disponible a la venta a partir de este octubre de 2020."              (Entrevista a Raúl Magallón Rosa, Guillermo Martínez, La Marea, 01/10/20)

30/1/18

En menos de 25 años, hemos pasado de la utopía del Internet libertario a una red privatizada y diseñada para beneficiar a un puñado de grandes tecnológicas. El resultado es que ahora la información se halla más centralizada que nunca

"Un estudio reciente del Reuters Institute for the Study of Journalism de la Universidad de Oxford llegaba a una sorprendente y reveladora conclusión sobre la configuración de la opinión y los flujos de información en la esfera pública de 2017. 

Más de la mitad de la ciudadanía se informa ya a través de redes sociales. Y de esa mitad, más del 50% no recuerda correctamente las fuentes de la información (el estudio se titula I saw the news on Facebook). En otras palabras, pierden relevancia y autoridad las fuentes al tiempo que se aplanan las jerarquías. 

En la esfera pública ultrarápida y con más información que nunca —que no mejor informada— del siglo XXI, para muchos, una noticia pescada al vuelo en una red social tiene la misma legitimidad que el trabajo serio de una investigación periodística rigurosa.  (...)

Tres procesos políticos recientes no se podrían entender sin analizar el papel de estas nuevas dinámicas en la esfera pública: el Brexit, la elección de Donald Trump y el procés en Cataluña. Tres procesos de naturaleza política muy distinta que comparten el desfondamiento de la esfera pública como espacio de discusión racional y entendimiento colectivo. 

O, como lo resumió atinadamente Máriam Martínez-Bascuñán en estas páginas: “Lo que se ha roto es la conversación pública…, los bandos en liza habitan en realidades paralelas… encerrados en una verdad tiránica”.

(...)  la adopción extendida de las tecnologías de la información y los servicios derivados de estas en la última década y media han acelerado claramente la tendencia (como diría Enric Juliana: “Fabricar solemnidad en tiempos de Internet no es fácil”).

Para constatarlo solo hace falta analizar el testimonio que ofrecieron en noviembre pasado tres grandes tecnológicas —Twitter, Facebook y Google— al comité de inteligencia del Congreso estadounidense. Facebook reconoció por primera vez que a lo largo de la elección presidencial de 2016, 126 millones de personas (más de un tercio de la población estadounidense) estuvieron expuestas a las fake news diseminadas mayoritariamente por intereses rusos. 

La compañía dio a conocer también por vez primera los contenidos de algunos de los miles de anuncios electorales producidos por la agencia paraestatal de propaganda rusa Internet Research Agency. Un nuevo tipo de publicidad electoral solo accesible por emisor y receptor que elude todas las regulaciones, estándares de transparencia y mecanismos de rendición de cuentas electorales. 

Publicidades diseñadas para manipular segmentos clave de la opinión pública y taladrar mensajes tipo los 350 millones de libras semanales que supuestamente se ahorraría Reino Unido si ganaba la campaña del Leave en el referéndum o el “no saldremos de la Unión Europea” de los independentistas catalanes.  (...)

Lo que nos lleva a un aspecto fundamental del cambio de modelo de esfera pública: la privatización —y comercialización— de la conversación. En menos de 25 años hemos pasado de la utopía del Internet libertario de los años noventa y la primera década del nuevo siglo a una red privatizada y diseñada como escaparate comercial para beneficiar los intereses de un puñado de grandes tecnológicas. 

Sistemas expresamente diseñados para lucrar con la llamada “economía de la atención” a través de una selección sesgada que intencionalmente apela a los extremos del discurso político. Una conversación “pública” irónicamente mantenida dentro y reglada por plataformas tecnológicas privadas (uwalled gardens se les llama en el mundo del software). El famoso “el medio es el mensaje” (1964), de McLuhan, llevado a su apoteosis.

Según el Interactive Advertising Bureau, en 2016 el 99% del crecimiento de la publicidad digital se lo repartieron Facebook y Google en exclusiva. Dejando solo migajas para los medios propiamente informativos. La celebrada desintermediación de la información de hace una década convertida hoy en esfera pública intervenida, más centralizada que nunca.

 La punta del iceberg de un fenómeno que algunos analistas llaman surveillance capitalism (capitalismo de la vigilancia). La articulación de un sistema económico basado en la vigilancia pormenorizada de cada clic, movimiento físico, padecimiento, influencia ideológica, amistad, etcétera. Todo monitorizado al instante y al servicio de los intereses comerciales de este nuevo ecosistema digital.

En un artículo reciente para Vox.com, David Roberts, el primero en utilizar el término posverdad (en 2010, en el contexto de los diferentes intentos por desacreditar investigaciones científicas sobre el cambio climático), llegaba a la conclusión de que entramos en la era de las “epistemologías tribales”. 

Realidades cognitivas e informativas paralelas que no se comunican entre sí y que intervienen en el debate político motivadas por su propia versión de los hechos. Es decir, la antítesis de ese espacio de conversación y entendimiento colectivo llamado esfera pública que homologaba la realidad y que resulta imprescindible para sostener el edificio democrático."                  

(Diego Beas es analista político. Es autor del libro La reinvención de la política (Península). El País, 23/01/18)

11/5/09

El miedo lo originan quiénes tienen miedo, y los que quieren que tengamos miedo

"El comportamiento de un individuo sometido a ciertas dosis de estrés puede acabar contagiando, como advertía el sociólogo Gutiérrez Brito, al vecino. Y eso, entre otros motivos, porque "las emociones negativas son más impactantes que las positivas", dice el psicoterapeuta y psicólogo social Luis Muiño, autor del libro Perder el miedo al miedo (Espasa). "Por razones adaptativas uno necesita saber qué va mal, por eso el miedo es la emoción más creída. Las emociones positivas tienen menos impacto, porque son más difusas, más tibias. Es lo que se llama ley de asimetría hedónica. Lo negativo te lleva a la alerta".

El papel de la información en la generación de la alarma también tiene mucho que ver, según Muiño. "La emoción vende; los datos, no. Y el miedo vende más que la tranquilidad. Tan difícil como desmentir un rumor resulta infundir confianza en una situación de pánico; de hecho, estas historias no se resuelven, se disuelven. Dentro de dos meses nadie se acordará de esto, como hoy nadie se acuerda de la amenaza del ántrax". También hay una manipulación política del mecanismo del miedo, como bien podría ser el caso de decisiones precipitadas como la suspensión de vuelos con México o el veto a productos porcinos españoles en Rusia.

"La existencia de las armas de destrucción masiva en Irak fue el último ejemplo al respecto", recuerda Muiño. Pero el miedo a su vez también funciona como mecanismo de manipulación, "en la política e incluso en la pareja; esto es algo que existe desde siempre".

La ciudadanía revive atavismos, y se cree cercada por una peste de resonancias medievales. La aprensión llueve además sobre mojado: con o sin gripe, el miedo es el sentimiento humano más extendido, según un estudio del centro italiano de investigaciones sociológicas Censis. Dicha encuesta, realizada en las diez mayores ciudades del mundo, revela entre el 80% y el 90% de los habitantes de las mismas siente miedo; que éste es intenso en el 40% o 50% de las personas, y que llega a condicionar la conducta habitual del 10%. Uno de cada cuatro urbanitas considera su sensación vital como "de incertidumbre"; el miedo acucia más a las mujeres, a los más desfavorecidos, a los mayores y a los menos instruidos, según este informe." (El País, ed. Galicia, 09/05/2009, p. 32/3)