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4/8/20

¿Qué habilidades intelectuales, o virtudes cognitivas, deberían poseer los ciudadanos de una democracia moderna?

"¿Qué habilidades intelectuales –o, si se prefiere, virtudes cognitivas– deberían poseer los ciudadanos de una democracia moderna? Durante décadas, una respuesta dominante ha girado en torno a las habilidades epistémicas y cognitivas asociadas con la alfabetización científica

La evidencia científica es indispensable para la creación eficaz de políticas públicas. Y para que una sociedad que se gobierna a sí misma coseche los beneficios de la ciencia relevante para la política, sus ciudadanos deben ser capaces de reconocer la mejor evidencia posible y sus implicaciones para la acción colectiva.

Claramente, esta explicación no anda errada. Pero la emergente disciplina de la comunicación científica, que usa métodos científicos para entender cómo la gente llega a conocer lo que es conocido por la ciencia, sugiere que es incompleta.

De hecho, es peligrosamente incompleta. A menos que vaya acompañada de otro rasgo propio del raciocinio científico, las habilidades asociadas con la alfabetización científica pueden en realidad impedir el reconocimiento público de la mejor evidencia disponible y profundizar formas perniciosas de polarización cultural.

Para que la alfabetización científica no socave el autogobierno ilustrado sino que lo respalde, el rasgo complementario necesario es la curiosidad científica.

Dicho de manera sencilla, cuando los miembros ordinarios del público adquieren más conocimiento científico y se vuelven más duchos en el razonamiento científico, no convergen a la hora de detectar la mejor evidencia disponible respecto a hechos controvertidos relevantes en política. En lugar de eso, se vuelven incluso más polarizados culturalmente.

Este es uno de los hallazgos más claros asociados a la ciencia de la comunicación científica. Es una relación que se observa, por ejemplo, en las percepciones públicas de innumerables fuentes de riesgo para la sociedad –no solo el cambio climático, sino también la energía nuclear, la posesión y control de armas o el fracking, entre otros–.

Además, este mismo patrón –a mayor competencia científica, más aguda es la polarización– caracteriza múltiples formas de razonar esenciales para la comprensión de la ciencia: la polarización aumenta, no solo con la alfabetización científica, sino también con la alfabetización numérica (la capacidad para razonar correctamente con información cuantitativa) y con el razonamiento de apertura de mente activa –la tendencia a revisar las creencias propias a la luz de nueva evidencia–.

Lo mismo pasa con la reflexión cognitiva. El Test de Reflexión Cognitiva (CRT por sus siglas en inglés) mide cuánto depende la gente de dos formas de procesamiento de información: “rápida”, preconsciente, formas de raciocinio movidas por emociones, normalmente llamado “sistema 1”; o una forma consciente, deliberada, analítica, “lenta”, denominada “sistema 2”.

No hay duda de que el razonamiento científico requiere un alto grado de dominio en el procesamiento de información propio del sistema 2. Pero cuando los miembros legos del público se vuelven más competentes en este tipo de raciocinio, no piensan de forma más parecida a como lo hacen los científicos. En lugar de eso, estas personas se convierten en indicadores más fiables de qué piensa la gente que comparte sus compromisos grupales sobre riesgos culturalmente disputados y los hechos asociados a estos.

Dicha relación se hace patente de inmediato en encuestas de opinión pública (figura 1). También ha sido documentada experimentalmente. Los experimentos captan estas habilidades cognitivas “con las manos en la masa”: a los razonadores competentes se les descubre usando sus habilidades analíticas para encontrar evidencia que sustente la posición de su grupo, al tiempo que racionalizan el rechazo de la empiria cuando desautoriza las creencias de su bando.

¿Qué explica este efecto? Por contraintuitivo que pueda sonar, usar la propia razón de este modo en un ambiente de comunicación científica contaminado por el tribalismo es perfectamente racional.

Lo que una miembro ordinaria del público piensa sobre el cambio climático, por ejemplo, no tiene impacto sobre el clima. Tampoco cambia nada lo que haga como consumidora o votante; su impacto individual es demasiado pequeño para marcar la diferencia. De este modo, cuando ella actúa en cualquiera de estas capacidades, cualquier error que cometa en lo relativo a la mejor evidencia científica disponible tendrá un impacto nulo sobre ella o sobre aquellos que le importan.

Pero dado que las opiniones sobre el cambio climático ahora identifican las alianzas grupales de cada uno, adoptar la posición “incorrecta” al interactuar con sus pares podría romper vínculos de los cuales depende en gran medida su bienestar material y emocional. Bajo estas condiciones patológicas, ella usará predeciblemente su raciocinio, no para discernir la verdad, sino para formar y persistir en creencias características de su grupo, una tendencia conocida como “cognición protectora de la identidad”.

Uno no tiene que ser un premio Nobel para darse cuenta de qué opinión defiende su tribu. Pero si alguien disfruta de especial dominio en la comprensión e interpretación de evidencia empírica, es perfectamente predecible que usará esa habilidad para forjar vínculos incluso más fuertes entre lo que cree y quién cree que es, culturalmente hablando.

Ahora considere la curiosidad.

Conceptualmente, la curiosidad tiene propiedades directamente opuestas a las de la cognición protectora de la identidad. Mientras que la segunda denota una dura resistencia a explorar la evidencia que pueda disputar las propias opiniones, la primera consiste en ansiar lo inesperado, movidos por el placer anticipado de la sorpresa. En ese estado, los centinelas defensivos de la opinión existente bajan la guardia. Uno podría esperar razonablemente, entonces, que aquellos dispuestos hacia la curiosidad científica fueran más abiertos de mente y, como resultado, menos polarizados en torno a trincheras culturales.

Esto es exactamente lo que observamos cuando probamos empíricamente esta conjetura. En las encuestas generales a la población, diversos ciudadanos que puntuaron alto en la Escala de Curiosidad Científica (SCS por sus siglas en inglés) están menos divididos que sus conciudadanos con puntuaciones bajas.

De hecho, en lugar de tornarse más polarizados a medida que su alfabetización científica aumenta, aquellos que puntuaron más alto en el SCS tienden a converger en lo que la evidencia indica sobre el cambio climático, la posesión de armas, la energía nuclear y otras fuentes de riesgo.

Los datos experimentales sugieren por qué. Cuando se les da a elegir, los individuos de baja curiosidad optan por la evidencia ya conocida, consistente con lo que ya creen; los ciudadanos de curiosidad alta, en cambio, prefieren explorar nuevos hallazgos, incluso si esa información implica que la posición de su grupo es errónea (figura 2). Al consumir una dieta informacional más rica, los ciudadanos de mayor curiosidad forman, predeciblemente, menos opiniones banderizas y, por tanto, menos polarizadas.

Esta investigación empírica muestra una imagen más compleja del ciudadano democrático virtuoso cognitivamente. Por supuesto, conoce una gran parte de los métodos y descubrimientos de la ciencia. Pero de igual importancia es que se maraville y asombre –los distintivos emocionales de la curiosidad– con el conocimiento que la ciencia ofrece sobre los procesos ocultos de la naturaleza.

Los hallazgos sobre la curiosidad científica también tienen implicaciones para la práctica de la comunicación científica. La mera transmisión de información es poco probable que sea efectiva –y puede incluso empeorar las cosas– en una sociedad que ha fracasado en la inculcación de curiosidad en sus ciudadanos y que no involucra a la curiosidad cuando se comunica ciencia relevante en política.

Entonces, ¿qué deben hacer los educadores, los periodistas de ciencia y otros profesionales de la comunicación científica para adquirir los beneficios de la curiosidad científica?

La respuesta a esta pregunta en el corto plazo es clara: unir fuerzas con los investigadores empíricos para estudiar la curiosidad científica y el avance de su oficio.

El valor de tales colaboraciones fue un gran tema del reciente informe de la Academia Nacional de las Ciencias consensuado entre expertos, Communicating Science Effectively. De hecho, iniciativas que conectan el trabajo experimental y de campo como las propuestas por el informe de la Academia ya están teniendo lugar. La Escala de Curiosidad Científica es en sí misma producto de un proyecto colaborativo: por un lado, de investigadores de ciencias sociales afiliados al Proyecto de Cognición Cultural en la Facultad de Derecho de Yale y al Centro Annenberg de Políticas Públicas en la Universidad de Pensilvania (APPC); por otro, de productores de películas sobre ciencia en Tangled Bank Studios.

Los resultados de esa iniciativa, a su vez, informan una colaboración entre los científicos sociales de la APPC y los comunicadores científicos de la cadena de televisión pública KQED. Financiada por la Fundación Nacional de la Ciencia y la Fundación Templeton, esa asociación está realizando estudios de campo destinados a hacer películas de ciencia y formas de comunicación relacionadas con la ciencia que atraigan a personas curiosas de grupos culturalmente diversos, incluidos los grupos que están amargamente divididos en cuanto al cambio climático y otras cuestiones.

Por ahora, no hay protocolos probados para utilizar la curiosidad científica para ayudar a extinguir las rivalidades entre grupos que generan desacuerdos públicos sobre la ciencia pertinente a la política, en particular entre los miembros de esos grupos con mayor alfabetización científica.

Pero si la ciencia de la comunicación científica no está todavía en posición de decir a los comunicadores científicos exactamente qué hacer para aprovechar los efectos unificadores de la curiosidad, sí que les dice inequívocamente cómo averiguarlo: mediante el uso de los métodos empíricos de la propia ciencia."                

 (Dan Kahan , catedrático de derecho y psicología en la Facultad de Derecho de Yale. Sin Permiso, 13/06/20; fuente: Scientific American)

30/5/16

Así es el cerebro del futbolista

 Gareth Bale celebra la Champions que ganó el Real Madrid al Atlético el pasado 24 de mayo de 2014, en Lisboa. AP

"Lejos de ser algo tan simple como dar patadas a un balón hasta que éste se cuela en la portería, el fútbol es una compleja actividad humana en la que participa todo el cerebro. A la hora de moverse en el terreno de juego, lo más importante del futbolista es su corteza motora, una región del cerebro situada en el lóbulo frontal, su porción más anterior. 

Los millones de neuronas que contiene esa región se organizan en diferentes zonas con funciones sucesivas y subordinadas, una para planificar los movimientos que requiere cada jugada, otra para organizar las secuencias correctas de los mismos y otra finalmente para hacer llegar a los músculos las órdenes necesarias para ejecutar esos movimientos.

 El cerebelo, otra importante parte del cerebro situada en su parte posterior, ayuda a que los movimientos a realizar por el futbolista estén bien coordinados y sean precisos.

Pero la corteza motora no planifica los movimientos a ciegas, pues se basa para ello en las cortezas posteriores del cerebro, la parietal, la occipital y la temporal, que permanentemente le envían información sobre el estado del cuerpo y sus miembros, y sobre la visión y los sonidos del terreno de juego, los demás futbolistas, el entrenador y el público. 

Esa información permite a la corteza motora corregir permanentemente los movimientos del futbolista en cada jugada cuando estos son erróneos o poco certeros. Además, la corteza motora no decide por su cuenta los movimientos a realizar, pues para ello recibe continuamente instrucciones de la corteza prefrontal, la parte más evolucionada y anterior del cerebro humano, encargada de dirigir el pensamiento, resolver conflictos, tomar decisiones y planificar el futuro. Es en esta otra parte del cerebro donde el jugador decide la jugada a realizar y prevé las siguientes.

En general, cuando aprendemos un hábito o actividad motora, es la corteza cerebral quien más trabaja, pero cuando hemos practicado mucho y dominamos ese tipo de comportamiento la corteza cerebral deja de ser imprescindible y toman el control de la situación otros circuitos de neuronas que se encuentran bajo ella, en el interior del cerebro. 

Son los llamados ganglios basales: el pálido, el putamen, el caudado, la sustancia negra, además del cerebelo, que sigue siendo importante. Es por eso que cuando una misma jugada o regate se ha hecho muchas veces deja de ser una conducta dirigida por el pensamiento y la voluntad y pasa a ser una conducta refleja u automática, controlada por esos núcleos y estructuras subcorticales.

 ¿Qué hace de un individuo un buen futbolista?

En la calidad de un jugador intervienen muchos factores, algunos innatos y otros adquiridos con la experiencia. La herencia biológica puede proporcionar a un jugador facultades perceptivas y de ejecución motora que le permitan coordinar sus movimientos mejor que lo hacen otros. Esas mismas cualidades mejoran también con la práctica.

 También es posible que algunos jugadores tengan más capacidad que otros para mejorar con la práctica sus habilidades innatas. Ni que decir tiene por otro lado, que en la calidad de un jugador interviene también la inteligencia general del mismo, y sus inteligencias práctica, creativa y emocional, basadas todas ellas en factores tanto heredados como aprendidos.

La inteligencia de todo tipo puede hacer que algunos jugadores sean más capaces que otros para intuir la mejor jugada a realizar o para averiguar las intenciones del contrario, en cada situación del juego. Todo ello sin olvidar la motivación que tenga el jugador por el fútbol y el éxito en el mismo, lo que a su vez está muy condicionado por sus experiencias y su educación tempranas. Los genios del fútbol, como los de otras profesiones, resultan siempre de predisposiciones genéticamente heredadas que el ambiente adecuado y una práctica intensiva acaban desarrollando.

¿Qué factores afectan al rendimiento?

Aparte del indiscutible estado físico, la ejecución y el rendimiento en el fútbol requieren un determinado estado cerebral. Muy poca activación es malo y mucha activación también. Lo ideal es un estado intermedio de activación emocional, ni pocos ni demasiados nervios. El público interviene siempre modificando el estado emocional del futbolista. Nada de público o de ánimos es malo. Excesiva presión también. Pero todo eso depende mucho de cada jugador, de su propia reactividad emocional y de su personalidad.

Algunos jugadores se desmoralizarán por un gol en contra y eso disminuirá su rendimiento. Otros, con más inteligencia emocional, pueden utilizar el fracaso para reanimarse analizando enseguida las causas del mismo y las maneras de cambiar el comportamiento inmediato para obtener mejores resultados.

 El estado de ánimo, además, se contagia mucho y es muy importante para el éxito. Cuando ves a los demás preocupados intuyes que hay razones para ello, al igual que si los ves contentos. Sin olvidar tampoco la motivación añadida que pueden causar las primas y el percibir o imaginar las consecuencias futuras de una victoria o una derrota.


Asegurado un buen estado físico y suficiente motivación para ganar, lo más importante para la victoria es la percepción que los jugadores tienen de su rival. Cuando éste se percibe cómo invencible o muy difícil de vencer disminuye considerablemente su rendimiento. Cuando el rival se percibe como inferior, igual o superable el rendimiento se incrementa. 

Todo aquello, incluyendo los ánimos de la afición, que contribuya a que los jugadores sientan que pueden ganar es psicológicamente muy importante. En definitiva, una percepción positiva de la situación mejora la motivación de los jugadores y proporciona activación a sus cerebros para rendir más. Todo esto por lo que se refiere al cerebro del jugador. Otro día podríamos hablar también del cerebro de los seguidores y aficionados."                (Ignacio Morgado Bernal, El País, 27/05/16)

29/10/15

¿Qué hará la inteligencia artificial médica? ¿Se determinará por un relato que quiere salvar vidas, o que quiere ahorrar dinero?

"¿Qué hacen realmente las máquinas que piensan? Analizar datos, comprender sentimientos, producir nuevas máquinas o tomar decisiones sin la intervención humana. A fin de reflexionar sobre las máquinas que piensan, deberíamos poder partir de la experiencia. He aquí un ejemplo.

El lunes 17 de octubre de 1987, se produjo una ola de ventas en el mercado de valores, con origen en Hong-Kong, que cruzó Europa y alcanzó Nueva York, haciendo que el Dow Jones cayera un 22%. El Lunes Negro fue una de las mayores crisis en la historia de los mercados financieros, y tenía una particularidad. 

Por primera vez, según la mayoría de los expertos, hubo que culpar a los ordenadores de la crisis financiera: los algoritmos decidían cuándo y cuánto comprar y vender en el mercado de valores. Se supone que las computadoras ayudaban a los comerciantes a minimizar los riesgos, pero lo cierto es que todas se movían en la misma dirección, aumentando los riesgos. Se discutió mucho sobre poner fin al comercio automatizado, pero no se hizo.

Al contrario: tras la crisis de las puntocom de marzo de 2000, se han utilizado cada vez más las máquinas para tomar decisiones complejas en el mercado financiero. Las máquinas calculan ahora todos los tipos de correlaciones entre cantidades increíbles de datos: analizan las emociones que expresa la gente en internet a través de la comprensión del significado de sus palabras, detectan pautas y predicen conductas, pueden elegir transacciones de manera autónoma y crean nuevas máquinas -el software llamado derivado- que ningún ser humano razonable podría entender.

Una inteligencia artificial coordina todos los esfuerzos de una especie de inteligencia colectiva, operando miles de veces más rápido que el cerebro humano, con muchas consecuencias para la vida humana. Los primeros indicios de la última crisis se produjeron en América en agosto de 2007, y ha tenido unas consecuencias terribles afectando a las vidas de la gente en Europa y otras partes. 

Fueron personas reales las que sufrieron enormemente por esas decisiones. Andrew Ross Sorkin demuestra en su libro Too Big to Fail cómo ni siquiera los banqueros más poderosos tuvieron algún poder en medio de la crisis. Ningún cerebro humano pareció ser capaz de controlar y cambiar el curso de los acontecimientos para evitar la crisis que se iba a producir.

¿Podemos utilizar este ejemplo para aprender a pensar sobre las máquinas que piensan?
Estas máquinas son en realidad muy autónomas a la hora de comprender su contexto y tomar decisiones. Y controlan vastas dimensiones de la vida humana. ¿Es esto el principio de una era posthumana? 

No: estas máquinas son muy humanas. Están hechas por diseñadores, programadores y matemáticos, y algunos economistas y gestores. ¿Pero son solo otra herramienta para que los humanos la utilicen, para bien o para mal? No: en realidad esas personas tienen pocas opciones; hacen esas máquinas sin pensar en las consecuencias, solo están sirviendo a una narrativa. Esas máquinas están moldeadas en realidad por un relato que cuestionan muy pocas personas.

Según ese relato, el mercado es la mejor manera de asignar recursos, ninguna decisión política podría mejorar la situación y se puede controlar el riesgo mientras los beneficios crezcan sin límites y se debería dejar que los bancos hicieran lo que quisiesen. Solo hay un objetivo y una medida del éxito: beneficios.

Las máquinas no inventaron las crisis financieras, como nos recuerda la crisis bursátil de 1929. Sin máquinas, nadie podría abordar la complejidad de los mercados financieros modernos. Las mejores inteligencias artificiales son aquellas que se hacen gracias a las mayores inversiones de las mejores cabezas. No las controla una sola persona, no están diseñadas por una sola persona responsable: están moldeadas por el relato y lo hacen más efectivo. Y este relato concreto es muy cerrado.

Si solo cuentan los beneficios, entonces no cuentan las externalidades: las externalidades culturales, sociales y ambientales no son el problema de las instituciones financieras. Las inteligencias artificiales que son moldeadas por este relato crearán un contexto en el que las personas ya no se sentirán responsables. 

Un riesgo que está surgiendo es que ese tipo de máquinas sean tan poderosas y encajen tan bien en el relato que reduzcan la probabilidad de cuestionar la perspectiva general, que nos haga menos propensos a mirar las cosas desde un ángulo distinto... Es decir, hasta la próxima crisis.

Este tipo de relato se aplicará fácilmente a otras materias. La medicina, el comercio electrónico, la política, la publicidad, la seguridad nacional e internacional, e incluso salir con alguien y compartir cosas son territorios en los que está empezando a funcionar el mismo género de inteligencia artificial: son moldeados según una narrativa en general muy focalizada, tienden a reducir la responsabilidad humana y a soslayar las externalidades. Refuerzan el relato predominante. 

¿Qué hará la inteligencia artificial médica? ¿Se determinará por un relato que quiere salvar vidas, o que quiere ahorrar dinero?

¿Qué aprendemos de ello? Que la inteligencia artificial es humana y no posthumana, y que los humanos pueden arruinarse a sí mismos y a su planeta de muchas maneras, y la inteligencia artificial no es la más perversa.

Las máquinas que piensan son moldeadas al modo de pensar de los humanos, y por algo en que los humanos no piensan muchas veces a fondo: todos los relatos iluminan algo y olvidan otras cosas. Las máquinas reaccionan y encuentran respuestas en un contexto, reforzando el marco. Pero hacer las preguntas fundamentales sigue siendo una función humana. Y los humanos nunca dejan de hacer preguntas. Incluso aunque esas preguntas no sean coherentes con el relato predominante.

Las máquinas que piensan son probablemente indispensables en un mundo cada vez más complejo. Pero siempre habrá una pluralidad de relatos para moldearlas. Como en los ecosistemas naturales, donde una monocultura es una solución frágil pero eficiente, también en los ecosistemas culturales una sola línea de pensamiento generará relaciones frágiles pero eficientes entre los humanos y su entorno, al margen de las inteligencias artificiales que puedan construir.

 La diversidad en los ecosistemas y la pluralidad en las dimensiones de la historia humana son las fuentes de esos problemas y preguntas diferentes que generan resultados más valiosos.

Pensar sobre las máquinas que piensan significa pensar en los relatos que los moldean: y si los nuevos relatos que están surgiendo van a provenir de un enfoque abierto y ecológico, podrán crecer en una red neutral, y moldearán también a la siguiente generación de inteligencias artificiales de manera plural y diversa, ayudando a los humanos a comprender las externalidades. La inteligencia artificial no va a desafiar a los humanos como especie: desafiará a sus civilizaciones."                 (Luca de Biase , Edge.org, en Arcadi Espada, El Mundo, 28/10/15; Traducción: Verónica Puertollano)

15/1/13

Talento y despilfarro

"Durante décadas Cuba, la Unión Soviética y sus países satélites aplicaron las palabras de Marina entrenando a las mentes más privilegiadas en unas escuelas segregadas con el fin de que ocupasen los puestos dirigentes de la política y la Administración al tiempo que a los superdotados estadounidenses se les formaba —y se les forma— en escuelas privadas para liderar el mundo de las finanzas. 

Mientras, la equitativa Europa, convencida de la necesidad de ofrecer una educación igual para todos sin caer en elitismos, ha estado mirando para otro lado. Hoy Barack Obama reclama que estas cabezas brillantes se centren también en otros campos como la ciencia o la medicina y en el Viejo Continente se plantean, en plena debacle económica, si se está malgastando materia gris sin saberlo. (...)

“Siempre se había creído que los niños que poseen sobredotación no nos necesitan, y hemos volcado toda nuestra atención en los niños discapacitados. El pediatra, como la sociedad en general, con una economía de servicios y nuevas tecnologías, debe ayudarles y no malgastar todo ese potencial humano”, reclama Gabriel Galdó Muñoz, catedrático de Pediatría Social y de la Adolescencia en la Universidad de Granada, en su artículo Superdotados I (2007). 

El Estado también se ha preocupado por los nacidos en familias desfavorecidas, pero no ha visto como un problema la sobredotación, y eso que entre el 30% y el 50% de esos chicos tienen un bajo rendimiento escolar. Descubrir superdotados entre los alumnos brillantes académicamente no es tan complicado como entre los fracasados. (...)

¿No habla la OMS de un 2,3% de la población por encima de la media intelectual? Por tanto, un profesor que se jubila debería haber descubierto entre 20 y 30 superdotados a lo largo de sus décadas de docencia. Sin embargo, raro es el educador que dice haber reconocido a más de uno.

 Y En España, con 47 millones de habitantes, 1.081.000 personas tendrían altas capacidades. Cuidado: tener una alta capacidad no significa ser un pequeño Mozart o Stephen Hawking. Esos casos tan extraordinarios son habas contadas. Hay diferentes grados de superdotación, muy pocos podrían protagonizar El pequeño Tate o El indomable Will Hunting

Se distinguen por ser unos niños observadores, sensibles, críticos, creativos, capaces de llevar varios proyectos a la vez y precoces en la madurez intelectual (que no psicológica y afectiva) y con preocupaciones sorprendentes para su edad. Por eso se sienten más cómodos entre mayores. Pero, en lo negativo, son también poco capacitados físicamente y con escasas habilidades para sociabilizar, apenas duermen y no gozan de mucho sentido del humor.

 “Son niños que mientras el resto se deja las espinillas jugando al fútbol en el patio, se dedican a leer y solo sintonizan con los que tienen sus mismas inquietudes”, explica el psicólogo Ricardo Sanmartin, presidente de la Asociación Española de Niños Superdotados, con sedes en Zaragoza y Madrid. (...)

Para no ser tachados de bichos raros muchos tratan de ocultar su superdotación. “En especial las chicas, que dan más importancia que los hombres a la parte afectiva, social. Por eso el 80% de los superdotados que se someten a nuestros test son chicos. Lo que no significa que ellos sean más listos”, continúa Sanmartín. El pediatra Galdó Muñoz comparte esta idea en su artículo:

 “Las chicas son más imaginativas, intuitivas, y conceden mucha importancia a las relaciones interpersonales. Aprecian poco la atmósfera de competición y de individualismo. Dan prueba de un nivel de reflexión y de curiosidad intelectual igual al de los niños y, a pesar de ello, temen la aceleración del aprendizaje y las situaciones de competición, prefieren las relaciones interpersonales. Se interesan menos en su instrucción en la adolescencia, o incluso sufren regresión intelectual en la edad adulta”.

Una “regresión intelectual” de los superdotados que muchas veces, coinciden los expertos, pasa inadvertida para su profesorado. “Se les confunde porque se desconocen sus ritmos de aprendizaje. Eso les provoca frustración, falta de atención, hiperactividad, dolencias somáticas.

 Así que muchas veces son tratados por los síntomas, y no por la verdadera raíz que lo produce: su alta capacidad”, denuncia Alicia Rodríguez, presidenta de la Asociación Española para Superdotados y con Talento. Rodríguez, madre de un superdotado, se queja de que no se valoren los diagnósticos privados, ni de la Asociación Mundial para la Salud Mental Infantil. “Es donde acudimos los padres ante los problemas que manifiestan nuestros hijos”, dice.

La incomprensión de las Administraciones provoca que los superdotados con recursos económicos opten por estudiar en países en los que no hay obstáculos para entrar en la universidad antes de tiempo, en especial Estados Unidos. (...)

Parece complicado conseguir resultados positivos con estos niños que se aburren en clase cuando el ratio de alumnos por aula sube y baja el número de orientadores en los centros por los recortes en el sector. 

“Si entre ESO, Bachillerato y FP hay 1.000 alumnos y dos orientadores es imposible que estos conozcan bien los casos individuales”, alerta Regadera, que incide en la importancia de la labor de los profesores. Para ayudarles a diagnosticar y tratar casos de superdotación él, licenciado en Pedagogía, organizó unos cursos que en su día fueron presenciales y hasta el año pasado se impartían online

“Este año no se han programado”, explica sin entrar en conjeturas. “El problema es que los profesores se interesan en un momento determinado para ocuparse de un niño en clase, pero cuando pasa de curso lo dejan. Ocurre igual con los padres. Están muy motivados en las primeras etapas educativas y luego lo abandonan”, explica el autor de La delgada línea azul de la inteligencia (Brief, 2011)."       (El País, 01/01/2013)

19/11/10

Una sociedad democrática de intérpretes... de la información

"Jugando a profetizar, Ray Kurz-weil aseguraba que en 2048 nuestro buzón recibirá un millón de mails cada día, pero un asistente virtual los gestionará sin que tengamos que preocuparnos. Sería incluso posible que unos nanorreceptores-transmisores conectaran directamente nuestras sinapsis con unas supermáquinas que nos harían capaces de pensar un millón de veces más rápido.

El problema es qué querrá decir "pensar" en tales condiciones. Contra la reducción de la inteligencia a una lectura de datos o a la aceptación de formas predefinidas, es necesario subrayar que elsaber requiere libre acceso a la información, pero también capacidad de eliminar el "ruido" de lo insignificante.

Más que almacenar, lo decisivo es interpretar la información. El problema no es la disponibilidad, sino la valoración de la información (su grado de fiabilidad, pertinencia, significación, el uso que de ella puede hacerse).

El conocimiento que se atiene a lo concreto más que a lo general tiene una fuerte dimensión intuitiva. Desde el imperialismo de las ciencias de la universalidad, la intuición interpretativa ha sido presentada como una forma menor de conocimiento, cuando no algo completamente irracional.

Pero la experiencia nos muestra que no es sensato prescindir de estos modos de conocimiento, especialmente en contextos de gran complejidad. Si pensamos en casos como la crisis provocada en buena medida por la matematización de la economía o en los desequilibrios ecológicos que implican ciertas tecnologías, lo que tenemos es un cuadro muy contrario: las pretensiones de exactitud han dado lugar a decisiones irracionales y solo las culturas de interpretación (esos entornos críticos en los que se interroga por la inserción social de las tecnologías, se discuten sus aplicaciones sociales, se hacen valer criterios éticos y políticos) han conseguido corregir su inexactitud social.

La intuición interpretativa que practican las humanidades tiene un enorme valor epistemológico, heurístico y prudencial en espacios de gran incertidumbre (como son los de las sociedades contemporáneas).

Cuando las certezas son escasas, hacerse una idea general es más importante que la acumulación de datos o el examen pormenorizado de un sector de la realidad. Las interpretaciones generalistas orientan mejor que el saber especializado. Esta es la razón por la cual lo más demandado es adivinar el futuro.

Las preguntas más inquietantes que nos planteamos tienen que ver con el posible devenir de las cosas (¿cuándo saldremos de la crisis?, ¿cómo va a evolucionar el terrorismo?, ¿de qué manera se comportarán los electores?).

El saber de mayor utilidad no es el que se refiere a una utilidad inmediata o sectorial, sino el que permite hacernos una idea general de lo que va a suceder y gracias a lo cual podemos poner en marcha operaciones tan importantes como anticipar, prevenir, favorecer o asegurar.

La interpretación tiene además un especial valor en contextos dominados por la rapidez y el automatismo. Vivimos en unas sociedades en las que los flujos comunicativos nos atraviesan permanentemente. Pues bien, esa sociedad de flujos requiere filtros para evitar ser arrollado por la información sin sentido o el cliché banal.

La verdadera soberanía epistemológica consiste en interrumpir, no reaccionar mecánicamente, no responder rápidamente al mail, resistir contra la aceleración, escapar del esquema estímulo-respuesta, no contribuir ni al pánico ni a la euforia, establecer una distancia, una dilación, posponer la respuesta y posibilitar incluso algo nuevo e imprevisible. La inteligencia y la libertad subjetivas necesitan constituirse, especialmente hoy, como centro de indeterminación e imprevisibilidad. (...)

Si concebimos nuestras sociedades democráticas como sociedades que se interpretan a sí mismas, entonces tenemos mayores posibilidades de escapar del paradigma dominante que entiende la sociedad del conocimiento como el encuentro vertical entre los expertos y las masas.

Puede entenderse la democracia como aquel sistema político que parte del presupuesto de que todos somos intérpretes. La sociedad es la puesta en común, frágil y conflictiva, de nuestras interpretaciones, algo más democratizador que la sumisión a unos datos supuestamente objetivos.

Contra el automatismo de los lectores, la idea de una sociedad de los intérpretes es más discontinua, compleja y conflictiva. A una sociedad así entendida no le corresponde una política entendida a partir del modelo de la mera gestión. Una política de la interpretación supone siempre abandonar los lugares comunes, reconsiderar nuestras prioridades, describir las cosas de otra manera, formular otras preguntas...

Frente a esta indeterminación democrática, todos los sedicentes realistas han apelado siempre a los datos para impedir la exploración de las posibilidades. Pero sabemos que esto no es sino una forma sutil de poder que consiste en insistir en los datos sin cuestionar las prácticas hegemónicas a partir de las cuales se obtienen precisamente esos datos y no otros.

Esa dimensión crítica de la interpretación la hemos aprendido en el cultivo de eso que llamamos humanidades, que son, por cierto, la mejor educación para la ciudadanía." (El País, opinión, 16/11/2010, p. 27/8)

25/10/10

El mundo de los matemáticos es como cualquier mundo...


La secuencia muestra tres imágenes de Perelman en el metro, abstraído

"Perelman vivía en su propio mundo, ignorando la realidad del mundo exterior, que creía que era justo y que funcionaba como debía, siguiendo reglas claras. Nunca se interesó por la política, tampoco por las chicas, ni se enteró de que la sociedad soviética era antisemita. Su madre, sus profesores y entrenadores se preocuparon de protegerle de esa realidad exterior, de solucionar sus problemas y de garantizar que pudiera dedicarse exclusivamente al mundo de las matemáticas. Fue gracias a ellos -Rukshín, Kuksa, Rízhik, Alexandr Abrámov en el colegio y las competiciones; Víktor Zalgaller, Alexandr Alexándrov y Yuri Burago después- como Perelman pudo terminar la facultad, obtener su doctorado, ganar becas en el extranjero, dar charlas y enseñar.

A los 29 años, estando en EE UU, la Universidad de Princeton mostró interés por contratarlo como profesor asistente, pero él se negó a presentar un currículo; dijo que si lo querían, que le dieran un puesto de profesor titular. No lo hicieron y lo lamentarían. (...)

Todo apunta a que empezó a irritarle la idea de que otra persona pudiera juzgar su trabajo, cuando él se consideraba ya el mejor del mundo. Además vivía bajo una enorme autoexigencia, que le llevaba a considerar que no era merecedor del premio en cuestión, entre otros motivos, porque no había completado su trabajo todavía.

Esta conciencia de su superioridad unida a su rigidez moral -modelada en torno a la figura ideal de Alexándrov, con la exigencia de decir siempre la verdad y solo la verdad- es lo que, según quienes le conocieron, le lleva a rechazar ese premio y otros posteriores. (...)

Algunos matemáticos acometieron la tarea de explicar los trabajos de Perelman y su demostración de las conjeturas de Poincaré y Geometrización, pero también hubo otros que trataron de robarle los laureles y se autoproclamaron como los verdaderos artífices de la solución. Al final tuvieron que dar marcha atrás y reconocer el mérito a Grisha, pero todo esto, así como la demora del Instituto Clay en reconocer la prueba, unida a la indiferencia de sus colegas rusos -que no salieron en su defensa cuando trataron de robarle su logro- debieron abrir una herida profunda en Grisha.

La desilusión en el mundo de los matemáticos, que él creía perfecto y puro, fue creciendo a su regreso de EE UU, al tiempo que aumentó su autoaislamiento. Hasta que en diciembre de 2005 renunció al puesto en el Instituto Steklov, donde trabajaba. Cuando lo hizo, anunció que abandonaba las matemáticas.

Al año siguiente, Perelman recibió un correo electrónico del comité encargado del programa del congreso mundial en el que deberían entregarle la Medalla Fields, invitándole a dar una conferencia con motivo de esta entrega. Pero ni siquiera respondió. Y cuando el director del Steklov habló con Grisha, este le dijo que no había contestado porque los nombres de los miembros del comité eran secretos y él no participaba en conspiraciones.

Si puede haber cierta lógica en el rechazo al premio de la Sociedad Europea -no consideraba completado su trabajo- y en el de la Medalla Fields, que es un estímulo a los ma-, es más difícil comprender su renuncia al millón de dólares del Instituto Clay, que se entrega por solucionar un problema determinado.

Rukshín sostiene que el rechazo al dinero se debió principalmente a la profunda desilusión que sufrió al ver la injusticia de la comunidad matemática y lo que él consideraba deshonestidad, como se lo explicó a John Ball, presidente de la Unión Internacional de Matemáticas, cuando renunció a la Medalla Fields.

Lo que lo desconcertó, lo perturbó, según su maestro, no fue que el mundo fuera imperfecto, sino que el mundo de los matemáticos lo fuera también. Precisamente el mundo que se ocupa de la ciencia más exacta, donde algo o es verdad o es mentira, y donde no hay posición intermedia entre uno y otro extremo, entre correcto o incorrecto. Grisha, según sus allegados, creía que en este universo había un espacio perfecto, el altar de la matemática; él se consagró precisamente a ello y se inventó un paraíso. Y eso también falló. En esto consiste la catástrofe, y aquí, afirma Rukshín, está también la diferencia con Bobby Fischer, que no podía comunicarse con el mundo. Perelman puede: todos sus vecinos atestiguan que se comporta normalmente con ellos, que es sociable y gentil.

Rukshín explica así los sentimientos que llevaron a Grisha a renunciar al millón: "Para comprender a Perelman, imagínese que el teorema es como su hijo, que en la infancia pasó por una enfermedad grave, durante la cual no sabía si sobreviviría o no. Mientras no has demostrado el teorema, mientras continúa siendo una conjetura, es como tu hijo enfermo. Y Grisha estuvo junto a la cabecera de ese hijo nueve o 10 años, luchando por su vida y cuidándolo día y noche. Por fin, el niño sanó, creció, es fuerte y hermoso; pero te lo quieren robar y te lo secuestran. Para Grisha fue como un secuestro cuando trataron de apropiarse del resultado de su trabajo. No pudo aceptar que un teorema pudiera ser comprado, vendido o robado". (El País, Domingo, 03/10/2010, p. 2/4)

15/1/10

Inteligencia social... computación social... la de las hormigas...

"Las abejas y las hormigas -que evolucionaron a partir de las avispas- inventaron la inteligencia social 100 millones de años antes que nosotros, en pleno cretácico. Las colonias de hormigas son capaces de resolver problemas geométricos. Por ejemplo, calculan a la perfección el punto del hormiguero que está más lejos de todas sus bocas de entrada. No lo hacen por exhibicionismo, sino para depositar allí a las hormigas muertas.

Estas capacidades son tan notables que los ingenieros han tenido que copiar la idea, y usan desde hace unos años varios tipos de hormigueros virtuales para resolver computaciones. La nueva publicación científica Swarm Intelligence (http://www.springerlink.com/content/1935- 3812) está dedicada por entero a este tipo de sistemas. Computación con hormigas. La inteligencia del enjambre.

Loizos Michael, de la escuela de ingeniería de la Universidad de Harvard, ha mostrado que la computación con hormigas, o ant computing, no es ninguna metáfora. Las hormigas, virtuales en este caso, se pueden organizar como puertas lógicas (OR, AND y demás) con una desconcertante facilidad. Un flujo de hormigas va por el camino A y, en vez de tirar por B, sale por el output. Si de pronto entra otro flujo de hormigas (el input) por el camino B, sus feromonas atraen a las primeras, que por tanto dejan de salir por el output.

Esto es exactamente la puerta lógica más simple: NOT, que responde justo lo contrario de lo que recibe. Y Michael, que es hijo de un ingeniero electrónico, ha demostrado que esa simple puerta lógica basta para construir todas las demás puertas lógicas posibles (or, nor, and, nand, etc), y con ellas cualquier tipo de circuito integrado. Las hormigas de Michael son verdaderamente tontas -sólo responden al nivel local de feromonas-, pero pueden computar cualquier cosa computable, como un ordenador de pleno derecho.

La computación por hormigas de Michael tiene unos requisitos tan minimalistas que hace inevitable una pregunta: ¿Por qué la inteligencia no surge espontáneamente de Internet?

"Tal vez está ahí y no la vemos", responde el científico de Harvard. "Tal vez los paquetes de información viajen por Internet como las hormigas en un circuito, y tal vez el efecto combinado de esos flujos sea, en efecto, algún tipo de computación. ¿Quién sabe?". Nadie, porque nadie está mirando a los paquetes. Como dice el matemático chileno Servet Martínez, "vemos fractales en la naturaleza por todas partes, pero sólo desde que las inventó Cantor. ¡Antes no las veía nadie!".

La complejidad no emerge de cualquier conjunto de cosas. Hay unos requisitos mínimos que deben cumplir los individuos, sean hormigas o personas. "Pero con un entorno lo bastante estructurado", dice Michael, "y con los incentivos adecuados yo creo que se podría persuadir a los humanos para actuar como las hormigas". Yo también." (JAVIER SAMPEDRO OPINIÓN: El enjambre. El País, Domingo, 03/01/2010, p. 19 )