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9/1/25

A Daniel el estancamiento económico de la España franquista del 36 al 1960 que le hizo pasar de ser una de las principales economías mundiales a ser una economía tercermundista, le "patina"... Luego, es fácil: cuando has quebrado una economía es fácil hacerla crecer mucho... No le vamos a pedir a Daniel que elabore una gráfica con la economía española desde el 1920 al 1936, porque lo mismo la cabeza no le da para ello... La España franquista desde el 36 hasta 1965 fue una verdadera hecatombe que convirtió a una de las principales economías mundiales en una tercermundista. Ya ni hablar de los envíos de Peron en barcos con suministros basicos (Carlos Cagigal)

Carlos Cagigal @CcagigalNeira

A Daniel el estancamiento económico de la España franquista del 36 al 1960 que le hizo pasar de ser una de las principales economías mundiales a ser una economía tercermundista, le "patina"... Luego, es fácil: cuando has quebrado una economía es fácil hacerla crecer mucho.

Cita

Crecimiento económico España democrática La democracia lo hace relativamente mal comparada con el periodo de desarrollismo franquista. La democracia española ha sufrido dos periodos de estancamiento económico, uno que duró una década (1975-1985) y otro que va para dos

No le vamos a pedir a Daniel que elabore una gráfica con la caída económica en España desde el 1920 al 1936, porque lo mismo la cabeza no le da para ello. Se nos presenta una década dirigida por catetos y zopencos "espectacular

 Retuerce los datos hasta que digan lo que tú quieres... La España franquista desde el 36 hasta 1965 fue una verdadera hecatombe que convirtió a una de las principales economías mundiales en una tercermundista. Ya ni hablar de los envíos de Peron en barcos con suministros basicos

 Que de todo esto hay datos y gráficos: pero que le vamos a contar nosotros a la nueva generación de jóvenes JDFC: jóvenes deficientemente formados y cualificados, metidos a pseudoexpertos y opinologos ... (...)

7:27 p. m. · 9 ene. 2025 1.357 Visualizaciones

9/5/23

La vacuna que el franquismo no quiso administrar y que provocó el fallecimiento de miles de niños y graves secuelas a los sobrevivientes... La dictadura ocultó el desastre, pero hoy sobreviven con las secuelas entre 40.000 y 50.000 afectados que no han sido reconocidas como víctimas del régimen

 "La nueva Ley de Memoria Democrática recoge como deber de memoria la disposición adicional undécima, como reconocimiento institucional y moral de la sociedad, a «la justa demanda de verdad que reivindican los afectados por la polio, efectos tardíos de la polio y post-polio», algo que posiblemente les extrañará a muchos.

Y es que ellos sufrieron la inacción de un régimen dictatorial que tenía el deber legal de actuación y las competencias necesarias para hacer frente a la Pandemia de la poliomelitis, lo que provocó el fallecimiento o maltrato de niños y niñas y personas sobrevivientes con graves secuelas físicas para el resto de su vida.

Mientras el resto del mundo administró la vacuna necesaria contra la grave pandemia de poliomielitis, que afectó aproximadamente a 20.000 niños entre 1950 y 1963, los gobiernos de Franco no la administraron, o lo hicieron muy tarde, sin motivo alguno, provocando así la muerte de miles de vidas inocentes y numerosísimas secuelas en gran parte de la población.

La vacuna fue descubierta en Estados Unidos y se comenzó su administración en el mundo en 1955, menos en España, que no se inició la vacunación hasta casi diez años después, en 1964. Para entonces, las consecuencias entre la población, especialmente la infantil, habían sido desastrosas.

El hambre y las precarias condiciones de vida de la posguerra unidas a una sanidad desmantelada por Franco provocó focos de polio por toda España llegando a los 2.500 por año, a partir de la década de los 50, y no descendiendo hasta los sesenta cuando se normalizó el uso de la vacuna, según las cifras recogidas en la investigación «La poliomielitis. Una negligencia del franquismo.

Una de esas niñas afectadas es Rosa Hernaz, integrante de la plataforma «Niños y niñas de la polio», formada por unas 400 personas de toda España. En una entrevista en la cadena SER, Rosa ha recordado los inicios de su enfermedad y como «en los hospitales estaban esperando a que se recuperase un niño un poquito para sacarlo del pulmón de acero y poner a otro».

La escalofriante imagen de niños y niñas en aquellas cajas metálicas que les ayudaban a respirar, los pulmones de acero, solo fue erradicada una vez se pusieron en marcha campañas de vacunación.

Rosa reclama la tardanza en la vacunación por parte del régimen franquista, por eso no entienden el rechazo que existe hoy en día, 60 años después, a una vacuna que, igual que entonces, ha salvado la vida de incontables personas.

Tal y como relata, una vez llegó la vacuna a España la llevaban a los pueblos con burros y neveras de las antiguas botellas de Coca-Cola. Cuando llegaban las vacunas estaban caducadas. Además, la dosis indicada solo se siguió el primer año. A todo esto hay que sumar que la versión que se compró en España era diferente de la original, una versión más barata.

Reclamaciones 

Los afectados denuncian las secuelas de una epidemia de la que sobreviven más de 50.000 afectados en nuestro país. Lo que se pide por encima de todo es el reconocimiento de esta generación, cuyas demandas han sido incluidas en la ley de Memoria Histórica que está por aprobar.

También piden rehabilitación muscular, ya que la falta de ello agarrota sus músculos y hace que sufran fibromialgias muy a menudo.

La dictadura ocultó el desastre, pero hoy sobreviven con las secuelas entre 40.000 y 50.000 afectados que no han sido reconocidas como víctimas del régimen."                (Luna Izquierdo, Contrainformación, 19/12/22)

18/4/23

Miedo, represión y... fiesta: las celebraciones que el franquismo no pudo apropiarse... Millán Astray se propone “rebautizar” la procesión del Cristo de la Buena Muerte, incorporando las marchas de la banda de legionarios... A cada nota musical, un puñado de silbidos. Pese a la flamante victoria del ejército sublevado, los sevillanos no negocian sus tradiciones, el malestar es evidente en las calles. El militar, indignado, abandona Sevilla y se lleva a sus músicos a la vecina Málaga

 "Sevilla. Semana Santa de 1939. José Millán Astray, célebre fundador de la Legión española, participa en los primeros desfiles tras la Guerra Civil, que acaba de zanjarse el 1 de abril. En concreto, preside la procesión del Cristo de la Buena Muerte. El silencio en las calles es una de sus marcas de identidad, pero Astray se propone “rebautizarla” incorporando las marchas de la banda de legionarios. A cada nota musical, un puñado de silbidos. Pese a la flamante victoria del ejército sublevado, los sevillanos no negocian ni sus tradiciones, ni la libertad de expresión: el malestar es evidente en las calles. El militar, indignado, abandona Sevilla y se lleva a sus músicos a la vecina Málaga. Nunca volvería.

Aquel lejano fiasco es solo un ejemplo de la táctica de la dictadura franquista de controlar, “nacionalizar” y rebautizar las fiestas populares desde el primer día de la posguerra. También, de la importancia de estos ritos como identidad del pueblo ¿Con qué objetivo? “El régimen no solo se consolidó a partir de elementos negativos como el miedo o la represión, sino también apropiándose de algo tan positivo como la afirmación de las identidades locales a través de sus fiestas”. La respuesta corresponde al profesor extremeño César Rina, quien junto a su colega granadino Claudio Hernández Burgos, acaba de publicar el libro El franquismo se fue de fiesta (Universidad de Valencia).

La obra es un compendio de artículos de autores que han investigado la actitud de la dictadura frente a las celebraciones festivas, con una conclusión común: el franquismo llevó a cabo “una labor represiva y depuradora” y, una vez en el poder “se integró en los imaginarios locales de cada lugar para hacerse pasar por un régimen benefactor, que respetaba las ideas del pueblo, la idiosincrasia del país”. Así sucedería con las Fallas, la Semana Santa o los Sanfermines, estos últimos envueltos en marcados matices.

“No fue el instrumento más efectivo de todos, pero sí una herramienta interesante”, opina Claudio Hernández. ¿Dio sus frutos? “Sí, pero parcialmente —continúa el profesor—. Lo que intentó con las fiestas populares era difícil, consistía en cambiar y reformar el contenido, nacionalizarlas, una práctica característica de los fascismos”. Los casos son incontables, aunque algunos son especialmente ilustrativos. “Desde 1939, Franco intenta construir un modelo fascista de las Fallas valencianas, nacionalcatólico y folclorista, pasado por la órbita religiosa y la censura”, profundiza César Rina. Hasta el traje de las falleras debía acomodarse a los ideales del régimen.

Fiasco con sabor a carnaval

El dictador se apropió de las patronas de ciudades y pueblos, e impulsó la celebración de fechas clave para el alzamiento, modificando así el calendario y la rutina de los españoles. Pero no todo fue una alfombra roja. No fue suficiente que el franquismo tuviese una información directa y profunda de las fiestas que gustaban al país. Hubo algunas cuyo componente crítico, satírico, se le atragantó al régimen, al punto de poner en peligro la continuidad de algo tan vivo en la actualidad como el Carnaval de Cádiz.

“El carnaval tenía difícil encaje, tradicionalmente había sido una fiesta muy subversiva y la Iglesia llevaba siglos persiguiéndolo”. Mientras la mayoría de las celebraciones del país se tintaban del deseado nacionalcatolicismo, la fiesta gaditana sería prohibida… aunque solo por un tiempo. Todo gracias a la maniobra de un alcalde de la ciudad andaluza, que aprovechó la obsesión del régimen por el despertar del turismo a partir de los años cincuenta: el regidor cambió nombre y fecha a la celebración “para que nadie se enfadara” y “vendió” el gancho del acontecimiento popular de Cádiz para salvar disfraces y chirigotas.

Sucedió algo parecido con el Corpus de Granada. El profesor de la Universidad de Granada Claudio Hernández Burgos conoce de primera mano lo que ocurrió en la ciudad de la Alhambra, que también desafió a la dictadura. La celebración incluía “unas viñetas satíricas denominadas carocas, que criticaban algún aspecto de la política local”. El historiador constata que “fueron prohibidas hasta 1952” porque “el franquismo no estaba dispuesto a tolerar ninguna burla”.

Y es que al régimen no le gustaba que algo estuviese fuera de control, menos aún que ese elemento moviera a la risa o a la mofa. Un temor compartido por la propia Iglesia. Relata Hernández Burgos que el día de la Cruz —que Granada sigue celebrando el 3 de mayo— “siempre tuvo un ambiente festivo; la Iglesia intentó que estuviera marcada por la austeridad, pero nunca consiguió que la gente dejara de bailar y divertirse”. Un temor, una actitud, cambiantes en todo caso. El historiador precisa que la etapa de los cuarenta difirió sensiblemente de los sesenta. “Al principio, en los años duros, el franquismo pasó el rodillo aplastando el fervor de la gente, pero décadas después, las expresiones populares críticas comenzaron a emerger y finalmente, en los sesenta, reverdecieron”, apunta.

La lucha por la Semana Santa

Corre el año 1943. Franco y su mujer Carmen Polo se pasean por la Feria de Sevilla en un coche oportunamente engalanado. Llama la atención que, desde el inicio de la dictadura, el franquismo “supo identificar rápidamente las particularidades de cada ciudad, de sus ritos festivos”. El profesor Rina afirma sin titubeos que “se apropió de ellos convirtiéndolos en momentos de exaltación del régimen”.

Pero, por sorprendente que parezca, la pelea por apropiarse de rituales tan populares como la Semana Santa en Andalucía ya se había librado en la II República. Entonces, “la izquierda se apoyó en la celebración como elemento popular”. Cuenta César Rina que el Gobierno democrático abordó las procesiones como “una interpretación que el pueblo hacía de lo sagrado”, lejos de un acontecimiento pura y exclusivamente religioso. Sobre esa base, la República se lanzó a su conquista, “hizo suyas las procesiones y las llegó a subvencionar”, añade.

Cuando el franquismo llega al poder, el proceso se revierte. Queipo de Llano, que había sido republicano en la etapa anterior y “nunca asistió a una misa”, cambia de actitud. Los autores de la investigación narran cómo el militar “inició el golpe en Sevilla, venció y se apropió de un gran icono local, la Macarena”. Ha pasado casi un siglo de aquello y el general continúa hoy enterrado en la basílica de la Virgen sevillana. Claro que también hubo tensiones entre franquistas y clérigos. “Los cardenales sevillanos se enfrentaron a los falangistas, que saludaban los pasos alzando el brazo a la romana como si Jesús fuese su jefe”, apunta Claudio Hernández Burgos, cuando los religiosos “únicamente querían que los fieles agacharan la cabeza o se arrodillasen”.

De cualquier modo, la práctica y sus resultados no parecía desagradar a la dictadura. “Para consolidarse, el franquismo no necesitaba el BOE”, sostiene Rina. En su lugar, el general Franco dio orden de acudir “a la pulsión local, al tuétano: la manera de socializar y de crear comunidad era a través de los ritos festivos”. De hecho, y aunque no hay declaraciones concretas que lo constaten, la investigación concluye que era la Semana Santa una de las celebraciones predilectas del generalísimo.

La batalla de las autonomías

¿Qué ocurrió con las fiestas tras la dictadura? El libro El franquismo se fue de fiesta no aborda la etapa posterior al régimen, pero sus autores apuntan algunas ideas interesantes que pronto podrían dar lugar a otra investigación. Por lo pronto, destacan el proceso de turistización de las fiestas que se dio en la segunda etapa de la dictadura, cuando el ministro Fraga inauguraba un parador de turismo un día, y al otro también. Bajo esa especie de mantra —abrir España a los turistas— se produjo una especie de “todo vale”. 

Al llegar la Transición se produjo un fenómeno paralelo en el terreno festivo. “Fue una transición dulce, no tan dura como en lo político y social: lo que había entonces eran ganas de divertirse”, comenta Hernández Burgos. Su colega Rina añade otro aspecto clave: el proceso de afirmación de las comunidades. “Cada autonomía comienza a construir su hegemonía cultural a partir de las fiestas”, apunta. Un caso evidente: de nuevo, el andaluz. Décadas atrás, ya se habían reivindicado regionalismos en lo festivo, aunque no en contra del Estado, sino como parte indisociable.

Todo vale, incluso reivindicar a un republicano

Caso diferente fue el fenómeno de los Sanfermines. Antes que el franquismo, hubo un personaje que se adueñó de la fiesta navarra. Sí, el célebre Ernest Hemingway llegó a Pamplona en los años veinte cuando aún era un joven corresponsal. Fuertemente conmovido, el futuro premio Nobel comenzó a popularizar los Sanfermines al otro lado del Atlántico, hablando de una mezcla de “deporte” y “carnaval” que hacía “palidecer” todo lo visto hasta la fecha. Hemingway le echó el lazo a los encierros: “Pamplona es, por tanto, la ciudad del mundo en la que los toros se viven con mayor intensidad”. 

En El franquismo se fue de fiesta, el historiador Francisco Javier Caspistegui recoge cómo Hemingway hizo accesible la celebración navarra a través de su primera novela, The sun also rises (Fiesta). El aperturismo español de los cincuenta impulsó la llegada de jóvenes norteamericanos, que querían comprobar si lo que contaba el escritor era cierto. Para entonces, dice Caspistegui, España ya no pudo resistirse ante “un componente especialmente atractivo para el régimen: su repercusión en Estados Unidos”. Poco importaba si, por el camino, el franquismo debía homenajear —como finalmente hizo, por su labor de divulgación— al premio Nobel, un declarado defensor de la República española.

Sanfermines, Fallas, Semana Santa. Todos ejemplos que confirman, como sostiene el historiador César Rina, que quizá Unamuno “se equivocó” en su famoso vaticinio: “Venceréis, pero no convenceréis”. “Nuestro libro afirma que la intención del franquismo desde el primer instante fue de convencer, no solo de vencer. No solo en lo ideológico ni en el nacionalcatolicismo, sino también a través de una pulsión popular muy intensa en los imaginarios de cada ciudad”.               (José María Sadía, eldiario.es, 26/08/22)

6/3/23

Ángel Viñas: "Justificar la Guerra Civil por la sovietización de España es un camelo que ha calado"

 "Ángel Viñas, (Madrid, 1941) alza la voz cuando quiere precisar algo que le parece de cajón, y para señalar que no se callará cuando reciba críticas. Su posición es muy clara. Funcionario, economista, diplomático e historiador, Viñas lo sigue todo, desde Bruselas, donde vive, con sumo interés. Acaba de publicar Oro, Guerra, Diplomacia, la República española en tiempos de Stalin (Crítica), una obra que es continuación de dos anteriores, ¿Quién quiso la guerra civil?, y El gran error de la República, en la que refuerza sus tesis sobre la manipulación de la derecha, que durante años y años proclamó lo del “Oro de Moscú”, que Joan Manuel Serrat reflejó en su Temps era Temps. Viñas se explaya en esta entrevista con Letra Global para señalar que los “reletos son importantes”, pero que las investigaciones son concluyentes: “Justificar la Guerra Civil por la sovietización de España es un camelo que ha calado". Él, en todo caso, se ata a los archivos, a los "papeles". Y constata: "Más no puedo hacer".

--Pregunta: Los datos son importantes, pero, ¿qué pasa con la ideología? ¿Cómo se combate una idea instalada, que ahora Vox, periódicamente, vuelve a señalar sobre el Oro de Moscú?

--Respuesta: No sé cómo se combate la ideología, cómo se combate a Bolsonaro, a Trump, a Orbán y a tantos otros. He servido al Estado y sé cómo funcionan por dentro los estados y no me gusta comentar una polémica de rabiosa actualidad. Me jubilé hace doce años y no me interesa entrar en eso. Pero lo que digo es que un historiador debe tener en cuenta las ideologías de la época, debe saber interpretarlas, y reconstruir lo que se pueda reconstruir. Me he acostumbrado a interpretar papeles, y en ver cómo actúan los seres humanos ante circunstancias concretas. Lo que me interesa es ver cómo interactúan en ciertas estructuras. Y lo que se debe decir es que hay datos, se conoce el pasado y me interesa lo que hay detrás de los datos y las decisiones de los decisores. Necesito documentación, pero no la del ABC o de La Nación o El Debate. Me interesé por la Historia tras un encargo de Fuentes Quintana sobre Hitler y el estallido de la Guerra Civil. No me basé en diarios, sino en decisiones gubernamentales, que es una parte del todo, pero que es fundamental.

--Usted parte de los escritos de Azaña, que ya percibe que la cuestión del oro y la ayuda de la Unión Soviética será utilizada por los que protagonizan el golpe de estado.

--Sí, pero desde mayo de 1936 a febrero de 1937, Azaña no escribe diarios, o no se han encontrado. Toma notas apresuradas, apuntes sobre la marcha. Sus diarios son interesantes, porque muestran los recovecos de la acción gubernamental. Pero en el caso de la Guerra Civil da pocas pistas. Las que ofrece las publicó Santos Juliá, en las obras completas de Azaña. Yo utilizo unas cartas que Juliá añadió como anexo a las memorias.

 --Y lo que se constata en su libro es que España caminaba hacia las democracias parlamentarias europeas

--Totalmente, no me cabe ninguna duda. Este libro viene a ser el tercero de una obra amplia, --¿Quién quiso la guerra civil?, y El gran error de la República-- que parte de una primera cuestión: Quién quiso la guerra. Porque hubo condiciones necesarias, pero no suficientes. Entre las primeras, las ya conocidas como el atraso económico, las oligarquías, el atraso social o la situación del campesinado. Todo el mundo está de acuerdo en eso, pero, ¿era todo ello condición suficiente? No, alguien quiso la guerra. Hay que analizar la situación. ¿Y si el presidente de la República no hubiera retirado su confianza en Azaña, y se hubiera evitado la convocatoria de elecciones? ¿Y si las izquierdas no hubieran ido por separado, que era un suicidio si se pensaba en la ley electoral que ellas mismas había impulsado? Hubieran ganado las elecciones, pero no ganaron. Ganaron las derechas de la CEDA, que se acababa de constituir. Después, no quisieron gobernar y lo hicieron los radicales. No sabemos cómo hubiera evolucionado la República, sin la revuelta obrera de Asturias. Algunos siguen señalando que el estallido de la Guerra Civil se debe a la revuelta de Asturias, pero no se quiere entender que esa revuelta fue impulsada por el Gobierno para darle un palo a la izquierda. La revuelta que pretendía Largo Caballero solo tuvo efecto en Asturias. En Barcelona se liquida en nada, con dinero a raudales hacia la CNT, que se calla. En Asturias sucede porque los mineros disponen de una cosa, la dinamita. Pero todo dura quince días y muestra que contra el Gobierno y el ejército no hay revolución posible, no se puede hacer nada y con ello no hace falta que comente nada sobre la situación actual en España.

--¿Entonces?

--Sobre las condiciones necesarias, hay que recordar el escándalo del estraperlo, con Lerroux, que debe dimitir. Gil Robles se postula, pero Alcalá Zamora no confía en él y se convocan nuevas elecciones, que las gana el Frente Popular. Esas elecciones las podría haber ganado la derecha y no hubiera habido Guerra Civil. La izquierda no se hubiera sublevado. O Alcalá Zamora podría haber avalado un alzamiento a la austriaca, al estilo Dollfuss. Eran condiciones, en todo caso, que no se tenían por qué cumplir. La constante, en cambio, es que desde 1932 las derechas monárquicas y carlistas apoyan una sublevación contra la República para sustituirla por el modelo austriaco. En los diarios de la época no hay información, no ven venir la conspiración, que se desarrolla con la ayuda fascista.

 --En todo caso, y eso queda claro en el libro, con los hechos en la mano, es que España recibe el apoyo de la Unión Soviética dos meses después de que Italia y Alemania apoyen a los sublevados, no antes.

--Sí, y es Italia la madre del cordero, con la idea de una restauración monárquica, de tipo fascista. Lo que se desea es Gibraltrar, para cerrar el penón. Lo viril, lo fascista, después de Abisinia, como un pulso a las democracias, lo exhibe Italia y para ese proyecto España es fundamental. Se juntan el hambre con las ganas de comer. El apoyo a los alfonsinos, a los monárquicos, no es por amor al arte. Mussolini apuesta por eso, se deja caer a Austria, y se alinea con Alemania.

--Podía haber sido distinto, ¿con otras reacciones del Gobierno?

--En el segundo libro, previo a este, sobre esa idea que le decía en torno a la Guerra Civil y a las condiciones necesarias pero no suficientes, lo que señalo es que hubo un aparato de información sobre la subversión. Encontré la documentación en Ávila, y elaboré una serie de hipótesis. El Gobierno republicano, aunque estuvo al tanto de la subversión, no hizo nada, porque se fio demasiado de la experiencia de la Sanjurjada. A Azaña se le engañó como a un bebé, como se explica en las cartas de Gonzalo Rodríguez Lafora, que publicó Santos Juliá. La República, que conocía la ayuda fascista, la ligazón fascista de Calvo Sotelo, se olvida en 1936. Lo que es cierto que no podía saber es que en octubre de 1935 Antonio Goicoechea va a ver a Mussolini y le explica que si las izquierdas ganan, intentarán una sublevación. Con eso se explica todo lo que viene después, con algaradas fascistas y carlistas en la primavera de 1936, para crear la sensación de un estado fallido, creando un clima muy mal interpretado por la derecha, que criticó a la izquierda de esa atmósfera, que se asimila a la de 1934.

--La influencia soviética, por tanto, es, como mínimo, ¿escasa?

--La Comintern manipulaba lo que podía, al Partido Comunista, como han señalado Rafael Cruz o Fernando Hernández Sánchez, que han precisado que el PCE no estaba a favor de protagonizar ninguna sublevación. Lo que se quiere desde la Comintern es un frente antifascista, con todos los partidos, incluso con los anarquistas.

 --¿Stalin defiende para España una democracia liberal?

--Se ha mal interpretado a Stalin, porque la derecha que se subleva debía justificar el golpe de estado y qué mejor que hacerlo responsabilizando a las izquierdas vencidas. Se ve muy claro en el dictamen de Serrano Súñer en 1938, con figuras preeminentes de la propia conspiración. Lo que se defiende, repito, es un frente contra el fascismo.

--La cuestión es que se mantiene el mito del oro de Moscú, a partir de una constatación, y es que la República debe pagar lo que pide al contado, mientras que los sublevados pagarán a crédito.

--Es eso, pero todavía Vox sigue con el mito y el PP, ¡qué quieres que te diga!

--¿Pesa, por tanto, la ideología?

--Pesa la ideología y los intereses, confesables en unos casos e incofesables en otros.

--En todo caso, ¿cómo explicar la historia a nuevas generaciones, con mitos que se mantienen, y que tienen acceso, por primera vez, a las investigaciones que se han publicado, como las suyas?

--El relato importa, y mucho, y mucho más ahora que los medios están al alcance de todos. Eso tiene ventajas e inconvenientes, con cuestiones que se manipulan. Sucede en todas partes. Hay un relato político adaptado y otra cosa es el pasado y su interpretación a partir de datos fiables. Lo que yo ofrezco es un relato documentado, y mi deber es aprovechar la documentación disponible. Yo soy de la generación del 41, y traté de evadirme del franquismo. Ya leía, antes de la universidad, los libros de Historia de Espasa Calpe, que eran para los primeros cursos universitarios. Y mi investigación ha sido siempre a partir de archivos.

--Los tecnócratas del franquismo mantienen la versión franquista del oro de Moscú.

--¡Es que los tecnócratas del franquismo eran franquistas! Navarro Rubio, Castiella, Martín-Artajo…

--¿Se ha idealizado su contribución a la economía de España con la idea de que salvaron el país?

--Se han idealizado sí, salvaron al país y al franquismo. Fueron muy conscientes de ello.

--Pero significaron una ruptura con lo anterior, abriendo la economía, con reformas.

--Hasta cierto punto. El cambio fue lento. Ya se empezó a otear en 1951, con Manuel Arburúa al frente de Comercio, que era franquista, pero no idiota. Vio que las políticas comerciales existentes no iban a ninguna parte. Y con la irrupción del Opus Dei se juntaron los altos funcionaros y los economistas. Tenían claro que con la autarquía no se podía seguir.

--¿La prioridad era salvar la economía o salvar el franquismo?

--Salvar la economía, aunque eso comportara también salvar el régimen. Hay una importancia decisiva de hombres como Manuel Varela, el secretario general técnico de Comercio, un puesto clave, con el Instituto Español de Moneda Extranjera, el IEME. Me contó que nunca se refirió a Franco como Generalísimo. Sólo como “ese señor”. Pero a partir de 1962, como si le hubiera llegado el espíritu santo, ya decía “he ido a ver al Generalísimo”. ¡Había visto la luz! Es un síntoma de que se comenzaba a cambiar algo. Ahora bien, yo que he repasado los discursos de Franco, los que daba en Navidad, recuerdo el de 1959, y no hay grandes elogios a los Planes de Estabilización. Funcionaron por encima de sus expectativas, porque Franco no creía mucho en ellos. La potencialidad era evidente en la economía española, pero no podía manifestarse sin esas reformas. Y hubo muchos catalanes interesados en esos planes, que los impulsaron, con Sardà Dexeus, López Rodó, Fabià Estapé…Estaba claro que la industria catalana estaba yugulada, y los naranjeros valencianos también, con una tasa de cambio dólar-peseta que los arruinaba.

--¿Cómo se utilizó, en todo caso, ese oro de la República?

--No se conocían las reflexiones soviéticas sobre el oro de la República, y teníamos las cartas de Negrín, que se entregan a Franco en 1956. Creí relevante hablar de ello en el libro. Pero mi interpretación no ha variado mucho desde mis primeras investigaciones. El oro se envía a Francia, para ponerlo a salvo y para convertirlo en divisas, porque había oro en lingotes y, principalmente, en monedas. Con eso no puedes pagar nada, ni armas ni otras necesidades. Las transacciones se pagaban en libras esterlinas o en francos. Cuando Negrín llega a Hacienda ve que hay una operación, pero pequeña y fuerza las ventas, para poner el oro a buen recaudo, antes de que llegue Franco. La banca internacional pone muchas dificultades para las transferencias, para adquirir armas y productos y el oro se considera que puede estar seguro en Moscú. Tenía todo el control del mundo. Los rusos cumplían las órdenes de venta que dictaba Negrín, con comisiones, claro. No eran relaciones de amigos. Eso es lo que pasa.

--¿Y qué ocurre con Inglaterra?

--De Inglaterra se pueden decir cosas malas y muy malas, pero defiende sus intereses. Siempre lo ha hecho, y una guerra es una guerra. Lo que veía era el peligro nazi, como algo inminente. Y a Moscú no se le podía pedir que ayudara gratis a la República. Enviaba divisas, que se necesitaban imperiosamente. La España de Franco, posteriormente, nunca dio su posición en divisas, y solo lo hizo a partir de 1959 exigida por la OCDE y por el FMI. Hasta entonces la posición de divisas de España era un secreto de estado.

--¿No quedaba otra, por tanto, que esa relación con Moscú, dada era relación compleja con Inglaterra?

--Las relaciones con Inglaterra en los primeros cuatro años de la República no son malas. Y en gran medida se debe a las buenas dotes del embajador británico, que trabajaba en España desde 1927. Era conservador, pero entendía a España. En el verano de 1935 se jubila, y su sustituto es un auténtico desastre, es la oveja negra que, de vez en cuando, surge dentro de una diplomacia británica que siempre ha sido de alta calidad. Lo que se difunde es que España se acerca a Rusia, y hay una gran preocupación por ello. ¡La revolución roja se acerca! Pero el director general del Foreign Office tenía claro que lo que les decían sus equipos del sur de Europa no estaba bien encaminado. Y es que Stalin no estaba interesado en transformar España en un soviet. Stalin concentra sus esfuerzos en el este, frente a Japón. Las armas que envía son ridículas. Tiene claro que solo entrará en la batalla frente a los nazis si lo hacen Francia e Inglaterra y esos dos estados no dan el paso. Él tampoco lo dará. Los investigadores hemos visto los archivos, y es verdad que no podemos dar un certificado de buena conducta a Stalin, pero justificar la Guerra Civil por la sovietización de España es un camelo, un camelo que ha calado en la sociedad. La idea de que se hace la guerra para prevenir ese peligro es un camelo, es una proyección que consiste en atribuir al adversario comportamientos propios porque no son favorables a la causa franquista. Eso es lo cierto. Y también lo es la importancia de los relatos, como se apuntaba antes."                  (Manel Manchón 

27/6/22

De 'West Side Story' a custodiar a Camilo Sesto: la historia de los Ojos Negros, la banda callejera del Madrid de la posguerra. Eran jóvenes, soñadores, autodestructivos. Pertenecían a una de las pandillas callejeras que durante los 60, como si de una película americana se tratara, convirtieron la periferia de Madrid en un campo de batalla

"La imagen es demoledora. West Side Story, que se ha estrenado en Madrid en el céntrico cine Paz, se convierte en un éxito taquillero y empieza a proyectarse por el resto de barrios de la ciudad, hasta llegar a la periferia. La película, protagonizada por unos muchachos neoyorquinos guapísimos que bailan, se hostian y juran lealtad a sus bandas, prende como un fósforo sobre un fardo de paja. Estamos en la primavera de 1964. Se oye barullo en el interior del Real Cinema Torre de Madrid. De repente, se abren las puertas. Una marabunta de chavales se derrama sobre las calles. Están felices, excitados. Descontrolados. Sus gritos cruzan el aire como pájaros enloquecidos. Algunos se cogen de los hombros y hacen girar las navajas con la mano. Otros suben a los capós de los coches y mueven las piernas al son de guitarras imaginarias. También los hay que insultan o empujan a los transeúntes. Nadie entiende lo que está pasando. Son como una marea que lo arrasa todo a su paso.

Las hazañas de los Jets y los Sharks han calado hondo en los cuerpos de esos veinte críos. Dando brincos, van regresando al extrarradio, de donde proceden la mayoría. Una cuadrilla de amigos cegados por la luz de la ficción. Una tropa de adolescentes a los que se les ha negado el futuro creyéndose que el mundo es suyo. De verdad.

"Parece una locura, es cierto, pero en realidad no lo es. Lo traducen a su entorno, al suburbio en pie de guerra, y eso fue lo que sucede entonces, cuando lo imitan oleadas de chavales, hipnotizados ante lo que muestra la película, el tipo de violencia extremadamente masculina y sexual, las luchas callejeras con sabor a rock and roll [...] Es la locura. Es la guerra total", escribe Servando Rocha en un documento de Word. Ese texto acabará siendo un libro.

Rocha es el autor de Todo el odio que tenía dentro (La Felguera, 2021), monumental novela de no ficción que recorre las vidas no menos monumentales de aquellos chicos. Se centra sobre todo en uno de ellos, Dum Dum Pacheco, que acabará alcanzando la fama como boxeador, pero persigue un objetivo más grande: contar la historia jamás contada de la España franquista. Hallar la grieta por la que se accede a ese sótano oscuro de nuestro pasado. Palizas brutales, cuarteles policiales, silencios cómplices, billetes manchados. Lo que muchos pretendieron dejar atrás.

Para lograrlo, el escritor tiene un país demacrado por una guerra, una dictadura que apesta a pólvora y un grupo de gamberros surgidos de los arrabales madrileños con ganas de marcha: les llaman los Ojos Negros.

También tiene poco tiempo.

"Cuando tus protagonistas son personas que a principios de los 60 tenían 17 o 18 años, existe el riesgo de que fallezcan de un momento a otro. A medida que me iba demorando en la escritura, lo que me encontraba era un recuento de muertos", explica Rocha a Público sobre el laborioso proceso de documentación de su obra. Los pocos miembros de la banda a los que la mala vida, un tiroteo o la cárcel no habían quitado de en medio, corrían el riesgo de marcharse en cualquier instante. "Mi intención era que el libro reconstruyese una memoria mutilada. Había que escribirla en el último minuto, antes de que se esfumara para siempre". Servando Rocha: "En el extrarradio había mucha más libertad entonces que ahora. La policía no aparecía por ahí, salvo que fueran delitos políticos"

Relatar el viaje errante de los Ojos Negros, esos chavales que comenzaron idolatrando a rockeros del cine y acabaron huyendo de los maderos en moto después de atracar una farmacia, o repartiendo a diestro y siniestro en inenarrables batallas campales, es regresar a una España comida por el polvo y las tinieblas, en la que el régimen ignora a los más necesitados y las abandona a su suerte. A finales de los 50, Franco y el Instituto Nacional de la Vivienda inician el plan de deschabolización franquista, que se propone reemplazar los asentamientos de casuchas que rodean el centro de Madrid por enormes bloques de edificios. Al dictador le preocupa qué imagen proyecta el país en el exterior, con una Europa que simula galopar hacia la modernidad. Es solo fachada: cambian los paisajes, se enquista la pobreza. Así nacen los suburbios. La fisonomía del sur de la capital se transforma. Y en medio de las grúas y los descampados, emergen también las primeras pandillas callejeras. Muchos de sus componentes provienen de familias humildes, obreras, que tratan de salir adelante honradamente tras la profunda crisis económica que ha traído la posguerra. Algunos de sus hijos, sin embargo, eligen un camino distinto. No están dispuestos a que esa humareda y ese ambiente deprimido liquiden sus ansias de divertirse. Irán demasiado lejos.

La lista de nombres dibuja una trama de ciencia ficción. Los Cascabeles, los Dean, los Látigos, los Campanos. Parece una película, pero no lo es. Bandas de jóvenes que defienden sus barrios "a golpe de navaja y estilete", y que pronto darán el salto a la delincuencia. Nada los frena. Nadie les para los pies. "Cuando hacía entrevistas", cuenta Rocha, "la mayoría de gente me repetía que en el extrarradio había mucha más libertad entonces que ahora. La policía no aparecía por ahí, salvo que fueran delitos políticos". Entre todos los clanes, hay uno que da más miedo que el resto. No son pocos los que le aseguran al escritor que durante aquellos años se les consideraba los reyes absolutos de la calle. "Los amos indiscutibles". Salían vencedores de todas las peleas con las otras pandillas. Eran bravos, habilidosos. Estaban curtidos, se notaba en cada golpe. Pegaban con cadenas, barras de hierro, tuberías arrancadas. Lo que encontraran. Escondían cuchillas de afeitar en los pliegues de la ropa. Si algún despistado no los reconocía y retaba a uno a un pulso, o lo miraba mal, estaba sentenciado. Eran los Ojos Negros.

En otros países europeos, en ese momento, están brotando fenómenos similares. Los teddy boys se abren paso en Inglaterra. Los blouson noirs crecen en Francia. Los nozems hacen de las suyas en Holanda y los halbstarken en Alemania, Austria o Suiza. Ningún gobierno ni medio de comunicación sabe cómo tratar a esa juventud agitada que se está escabullendo del molde. Hay incomprensión. Hay pánico. Hay olvido. Todos se creen a salvo. Todos descuidan la vida en los márgenes de sus ciudades. Hasta que el problema les estalla en la cara.

En Madrid, "la policía y los secretas hacen la vista gorda. A su manera, sueñan con lo que dice la prensa: que terminen matándose entre sí", escribe Rocha. El gamberro no ha existido hasta entonces y se desconoce qué es lo que busca. Un prestigioso doctor llega a afirmar en una conferencia que "un buen porcentaje de gamberros son psicópatas y, por tanto, no perciben más que el presente [...] El gamberro tiende a constituirse en bandas; un grupo aventurero antisocial frente a la monotonía de su vida laboral y sentimental, basado en la actuación violenta".

Mientras tanto, los Ojos Negros, versos libres que florecen en el páramo, siguen su camino. Llevan el pelo largo, despeinado. Se cubren con chaquetas negras. Botines altos, ideales para bailar o para patear al enemigo. Mirada desafiante. Suelen ir juntos. También hay chicas, que tienen su propia facción en el grupo. Odian a la pasma. Odian a los pijos. Odian a los curas. Odian, sobre todo, a los chivatos. La mayoría no ha cumplido aún los veinte años, pero ya tiene más historias que contar que esos cincuentones barrigudos a los que no les piensan suplicar por ningún trabajo. La banda posee sus propios medios para prosperar. La madrugada madrileña, en plena efervescencia, es su sitio. Se montan conciertos de rock, de jazz o bailes en toda clase de lugares. En naves apartadas, en clubes y bares más concurridos. El Nikka's. Los Boys. El Shine. Siempre los verás merodeando por ahí. En muchas ocasiones, los propietarios de los negocios los contratan para que no se desmadre la fiesta y el local no acabe destrozado. La maniobra obedece a una lógica macabra: si no puedes con el enemigo, únete a él.
Los guardaespaldas de Camilo Sesto

Rocha dice que la primera vez que dio con ellos fue leyendo las memorias de Camilo Sesto. A principios de los 60, cuando el cantante todavía soñaba con convertirse en una estrella del pop, se encontró con la pandilla en una discoteca de Usera. Al principio le llamaron la atención sus pintas "estrafalarias" y que fueran "unos bailones formidables". Pero hay que suponer que poco a poco fue descubriendo de lo que eran capaces. De hecho, durante cinco o seis años, los Ojos Negros ejercieron de guardaespaldas del artista, al que protegían de los diablos de la noche y le conseguían conciertos a partir de esos empresarios con los que trataban o directamente extorsionaban. A la par que cada vez se metían en líos más gordos, protagonizando robos o trifulcas con la policía, entrando y saliendo de los penales franquistas, lograban trepar hacia esferas más elevadas

Los Ojos Negros apuntaban alto. A la par que cada vez se metían en líos más gordos, protagonizando robos o trifulcas con la policía, entrando y saliendo de los penales franquistas, lograban trepar hacia esferas más elevadas. "Sin embargo, su estructura era tremendamente informal", apunta Rocha. "Nunca he llegado a saber cuántos eran, por ejemplo. Cuando he preguntado por el número de integrantes, me he encontrado con respuestas dispares. Unos me decían que eran diez. Otros que, cuando se reunían para pelear, podían llegar a ser cuarenta".

Lo que siempre estuvo claro fue su jerarquía.

La historia maldita de los Ojos Negros pivota sobre dos nombres: Ángel Luis Telo y Mariano Revilla.

El primero, el líder incuestionable. De su mirada indescriptible, "era como una taladradora", proviene el nombre de la pandilla. Cuentan que aquellos ojos, "muy fríos y secos", dejaban paralizado a cualquiera. Aunque la verdad es que todo su aspecto intimida. Su rostro hiela la sangre. Expresión ruda, rasgos marcados, cabellera oscura. Un cherokee perdido en la gran ciudad. Como el resto de sus súbditos, las drogas, que todavía no han penetrado en el ambiente, no justifican su atroz temperamento. Ángel Luis pocas veces bebe alcohol. Acostumbra a quedarse acodado en la barra con un vaso de leche en la mano. Hasta que vuela la primera hostia y ocupa su posición en el frente. Trabaja de extra en algunos westerns de la época, "porque tenía una pinta muy amenazante y una cara que parece de indio". No hay fotos suyas en Google. Rocha conserva dos, y asegura que solo con verlas entiendes por qué nadie osaba enfrentarle. Si está solo, se le va la cabeza a la mínima. Si le acompañan los suyos, emerge la bestia implacable. Nada puede salir mal cuando está así. Por algo el trayecto de los Ojos Negros, que sube hacia arriba y luego cae en picado, está íntimamente ligado a su suerte, que irremediablemente le condenará a un final miserable.

Mariano Revilla, por su parte, es el número dos. Su aspecto no es tan salvaje, pero se hace respetar por su corpulencia. Un bicho de 1,90 que se atreve con todo. Una noche le parte la boca a un agente, lo detienen y le cae un consejo de guerra. Conoce la cárcel, sabe qué pasa si te pillan y te meten en la Dirección General de Seguridad del régimen para interrogarte, "un cuento de terror", "un agujero negro", donde lo más suave que recibes son bofetones con la mano abierta. Le han disparado tres veces. Le han apuñalado otras cinco. Ha sobrevivido a todas. Cuando Rocha trabaja a contrarreloj en su manuscrito, es de los pocos que siguen resistiendo. Acude a él. Revilla le lanza una advertencia: "Hablaré contigo, pero solo sobre lo que tenga que ver conmigo. De los muertos no diré una sola palabra".
"Lealtad de los bajos fondos"

El aviso no sorprende al escritor. Le ha ocurrido algo muy similar con otras fuentes. Hay algo que las empuja al silencio. Fueron fieles a la banda, por la que aseguran que lo hubiesen hecho todo, y lo siguen siendo. Pueden haber transcurrido décadas. Pueden estar arrepentidos de aquella sed de violencia que marcó su juventud. Da igual. Hay límites que no se cruzan. Rocha lo interpreta como una suerte de "lealtad de los bajos fondos". Ese rechazo a hablar mal de los que ya no están, después de todo, también muestra el miedo que se tenían los unos a los otros. Quién les asegura que no van a encontrarse en otra vida.

Lo que sí que le aclara Revilla al autor es cómo fue el final de Ángel Luis. Esa tarde del 20 de junio de 1985, cuando el cabecilla, que durante todo este tiempo jamás ha corregido su rumbo, acude a un barrio a reclamar un dinero que alguien le debe y le acaban descerrajando cinco tiros a quemarropa. Acto seguido, con el asesino huido, los vecinos lo suben a un coche. A los pocos minutos, dejan su cadáver enfrente del hospital 12 de Octubre. Esa muerte, dos décadas después de que todo comenzara, supone también la conclusión del infausto periplo de los Ojos Negros. Sin líder, ya no hay banda que valga.

Se lee en la magnífica novela Todo el odio que tenía dentro: "Esto ya no es una peli de polis y ladrones, sino la crónica de un naufragio".

Se tiende a asociar cualquier hecho delictivo perpetrado por un joven nacido en una zona humilde de una gran ciudad española durante el franquismo o la transición con la famosa y mediatizada saga de los quinquis. Pero los Ojos Negros no pertenecen a ese relato. Como mucho, fueron sus precursores. "No eran quinquis", subraya Rocha. "De hecho, se llegaron a enfrentar a ellos a tiros. Es verdad que, en el mundo donde se movían, en los poblados marginales, se cruzaban con los quincalleros. Pero no pertenecían a lo mismo. Los Ojos Negros están más cerca de la subcultura anglosajona que del Lute, el Vaquilla o el Torete". Son la historia antes de la Historia. Cuando a partir de los 70 algunos quinquis empiezan a aparecer en la prensa por sus sonados atracos y se funda el mito, aquellos chavales de las chaquetas negras responden con indiferencia. Hay una frase de Dum Dum Pacheco en el libro de Rocha que fulmina de un guantazo tanto idealización y coloca las cosas en su sitio. Cuando el boxeador es informado de que han detenido a varios de esos tipos por robar decenas de coches y bolsos, reacciona sin sorpresa: "Nosotros inventamos eso".         (Marcel Beltran  , Público, 25/06/22)

1/6/22

¿Que diablos ocurre con la historia en España? ¿Qué ha fallado en la enseñanza de la historia desde, digamos, 1976 en adelante para que se haya llegado a esta situación de banalización de un pasado nada glorioso, con las imprescindibles muestras de inculpación a otros por los desastres del pasado? Que en España las variopintas derechas tienen miedo, mucho miedo, a la historia

 "Este título simplemente refleja mi creciente perplejidad. Por los círculos universitarios madrileños -y quizá incluso fuera de ellos- circula en busca de adhesiones un texto de queja al Defensor del Universitario de la UCM.

Me llegó la semana pasada. Precisamente cuando, después de dos años y tres meses de encierro riguroso en Bruselas a causa de la pandemia, me disponía a tomar unas cortas vacaciones para ver a mi hija en su nuevo domicilio en Reino Unido. Cuando este post se publique estaré allí y alejado de mis papeles y libros. Por vez primera en tal lapso de tiempo.

No sorprenderá que apenas si tardase treinta segundos en adherirme después de leer el texto en cuestión. No sabía nada al respecto y no tengo conocimiento directo o indirecto si los hechos narrados sucedieron como en él se describen o no. Tampoco me parece que se trate de una broma pesada. En cualquier caso, si lo fuera no se tardaría en descubrir la superchería.

Para mí llueve sobre mojado. Hace algunos meses denuncié la orientación del contenido de la petición de VOX, elevada a la mesa del Congreso de los Diputados el pasado mes de septiembre por la portavoz adjunta de este partido, la Excma. Señora Doña Macarena Olona. Solicitaba la retirada del proyecto de ley de Memoria Democrática. Que yo sepa, nadie se hizo eco del caso. El “sabroso” texto de la petición tampoco se hizo público. No lo ha exhibido, que yo sepa, VOX ni tampoco ningún órgano de prensa de los que suelen aparecer digitalmente en mi bien baqueteado ordenador. Sí leí  la noticia de que tal petición había sido desestimada. Escribí un par de artículos sobre el caso en InfoLibre, para darles mayor publicidad que la modesta de que goza mi blog, y me he permitido hacer una referencia en un próximo libro, CASTIGAR A LOS ROJOS, en el que colaboro. Se publica el 15 de junio y haré alusión a él en varias ocasiones en el futuro.

Se trata de una puesta a punto de las bases conceptuales, filosóficas, históricas y jurídicas que sirvieron de pauta a los sublevados del 18 de julio para realizar un sinfín de actos de puro terrorismo que duró a lo largo de la guerra e incluso después. Y, como es lógico, nos basamos en evidencias primarias relevantes de época. Las que, por cierto, jamás ha utilizado el profesor Stanley G. Payne a quien un medio digital ha sacado recientemente de la oscuridad.

Innecesario es decir que personalmente me relamo de gusto anticipando las reacciones, si las hubiera, de VOX y del PP y de los historiadores detrás de ellos. Ya han dado muestras de lo que valen, en mi opinión, en el curso del debate sobre si el ingeniero e inventor Juan de la Cierva estaba o no compinchado con la sublevación.

Pues bien, si las concepciones de la historia de España que tienen puerta abierta en los medios de la derecha sobre la República, la guerra civil y el franquismo me son familiares, no había prestado suficiente atención al debate sobre los orígenes de España. Lo que había leído al respecto había sido obra de, con todo respeto, aficionados o periodistas. Unos los sitúan en tiempos de los romanos, otros lo hacen en la época de los visigodos y no faltan quienes los ponen en los comienzos de la “cruzada” contra los moros invasores. La fecha mítica es el año 711.

No soy tan lerdo como para ignorar que fuera de España (aunque menos aquí en Bélgica) existen debates similares. Quizá porque en este país en que vivo la fecha de fundación del Estado belga está fuera de toda duda. Pero en el caso español la fecha 711 suscita connotaciones muy parecidas a las que vienen arbolando en Francia Mme Le Pen y el distinguido “historietógrafo” (tomo la expresión prestada al profesor Albert Reig) Mr Zemmour. ¿Será que, como en el pasado, todo lo bueno -para unos- y lo malo -para otros- sigue viniendo de Francia? Había leído que el trumpismo tiene grandes adherentes en la España democrática, pero quizá la patología norteamericana en temas de historia esté demasiado alejada de nuestras latitudes.

En cualquier caso, el escrito que he firmado denuncia el intento de ocupación de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM el 1º de abril (sin duda la fecha no es una casualidad:  es cuando el invicto general Francisco Franco firmó su famoso parte final de guerra en 1939). Según dicho escrito para tan solemne fecha se había solicitado una reserva de sala para que una -para mi desconocida- “Plataforma 711 para la Reconquista Cultural” pudiera celebrar un acto. A la vez, en las redes sociales se anunciaba, al parecer, la “toma” de la Facultad.

Obvio es señalar que la fecha de 711 tiene unas connotaciones zemmourianas y lepenistas. El término “Reconquista” no solo se refiere a una división, más o menos arbitraria, en la historia española sino también a movimientos perfectamente definibles y definidos en el país vecino. Incluso copia el nombre del partido de Mr Zemmour. Una casualidad.

El escrito al Defensor del Universitario cita un programa de una hora de duración (https://www.youtube.com/watch?v=iku5eDrV8no) en el que un chaval actúa como locutor que explica el acto no autorizado y sus vicisitudes en una mezcla de estupideces y de ejemplos de proyección. Esta es una de las características más acusadas de la “teología” e “historietografía” franquistas: acusar al adversario del tipo de comportamientos propios y que no se reconocen como tales.

Leyendo algo de lo que se publica hoy en España sobre la República, la guerra civil y la dictadura no veo una gran solución de continuidad. Y me pregunto: ¿qué ha fallado en la enseñanza de la historia desde, digamos, 1976 en adelante para que se haya llegado a esta situación de banalización de un pasado nada glorioso, con las imprescindibles muestras de inculpación a otros por los desastres del pasado?

Para mí está resultando obvio que la labor callada, silenciosa, de los historiadores que vamos a archivos, que buscamos evidencias que permitan sustentar -o rechazar- unas u otras interpretaciones, es una condición necesaria para acercarnos a un pasado tumultuoso. Pero no es una condición suficiente.

Personalmente no tengo tiempo de seguir la política actual y dos años largos de ausencia total de España no me permiten tomar el pulso de la calle ni de los colegas. Volcado en la dura tarea de interpretar el pasado, no tengo tiempo de pensar demasiado en el presente. Por eso, quizá me sea permitido diseñar un futuro que, para mí, no es deseable en absoluto.

Si las controversias que más o menos he seguido de cerca continúan sin dar frutos, dicho futuro no me parece nada halagüeño. En tanto que historiador lo que me ha preocupado y me preocupa son los siguientes temas:

*¿Cómo dotar de recursos materiales a los archivos de titularidad pública? Su situación es con frecuencia lamentable. Para terminar el libro que he enviado a la editorial hace un mes tuve que esperar más de ocho meses a que pudieran reunirse los materiales necesarios al efecto, Todavía no pueden hacerse fotografías de los documentos. Hay que atravesar por un largo y lento proceso de petición a los funcionarios -pocos y sobrecargados de trabajo- para que se pongan en pdf. El proceso de pago dilata aun más el tiempo que transcurre hasta recibirlos.  Menos mal que por ordenador. Me pregunto: ¿por qué en una multitud de archivos extranjeros hace años que pueden fotografiarse sin limitación alguna los documentos consultables? La última vez que estuve en los Archivos Nacionales británicos pude hacer una media de 800 fotografías diarias.

*La apertura, silenciosa y en general silenciada, de ciertos archivos no se ha visto acompañada de un incremento en las dotaciones de personal. ¿Acaso el Estado sigue en situación de amenaza de quiebra financiera? Porque el tema dura ya muchos años. En 1983 mi añorado amigo y compañero Julio Aróstegui y servidor fuimos a ver a un elevado personaje para rogarle que dotara de medios al Archivo de la Guerra Civil en Salamanca, ya abierto a la curiosidad de cualquier investigador (no como en la época de la dictadura). No olvidaré su respuesta: “pedidme que se construya otro edificio. No que se aumenten los gastos de personal”. En mi próximo libro en un largo prólogo alabo la profesionalidad y el espíritu de servicio de los funcionarios y empleados públicos que sirven en los archivos. ¿Hasta cuándo el orgulloso Estado español continuará dejando de lado el abordaje de los problemas estructurales de sus archivos?

*¿Y qué pasará en el Congreso de los Diputados con la Ley de Memoria Democrática, si no se aprueba y se blinda en esta legislatura? Porque si, como avisan observadores del acontecer político español, un futuro Gobierno que fuese de signo contrario, es de suponer que PP, Vox y tal vez de los residuos que quedan de Ciudadanos, no se apresurará a hacerla avanzar. La experiencia muestra que, por desgracia, en España las variopintas derechas tienen miedo, mucho miedo, a la historia.

No es de extrañar que haya dado comienzo a mis vacaciones lleno, muy a mi pesar, de preocupaciones."             

(Ángel Viñas . Historiador, economista, diplomático. Es catedrático emérito de la UCM. Rebelión, 31/05/22)

10/1/22

Simone de Beauvoir: Madrid en 1945... Las calles de Alcalá y la Gran Vía están llenas de deslumbrantes y lujosas tiendas... No recuerdo que los comercios de Faubourg-St-Honoré fueran más brillantes en el momento de su esplendor. En los bares, cafés y grandes pastelerías, el café con leche y el chocolate fluyen rápidamente. En teoría, el azúcar y el pan están racionados, pero la famosa frase «Si no tienen pan, déjalos comer pasteles», se aplica exactamente aquí. La clase alta rica fácilmente lo hace sin pan; en lugar de eso, comen pequeños panecillos hechos con leche que llaman «suizos», croissants, pasteles rellenos de crema… Y los cafés y pastelerías pueden suministrar azúcar a su discreción... si uno va a 20 metros a la derecha o a la izquierda, se encuentra en el corazón de una región extraña que ya no es una ciudad... No se encuentra ni una sola tienda. Los niños caminan descalzos y, a menudo, se visten con harapos, con la espalda descubierta... las mujeres tienen un aire acosado a su alrededor. Están vestidas de negro, prematuramente viejas y feas debido a la preocupación. Los hombres parecen menos sombríos; sienten la dureza de su condición, pero no son aplastados por ella. Por eso, la miseria en Madrid, por más profunda que sea, no es sórdida. Los niños juegan, las jóvenes se ríen, los hombres hablan entre ellos con voces alegres. La pobreza no los ha convertido en ganado resignado; siguen siendo hombres vivos, hombres que se rebelan y tienen esperanza... Torturan. Como cerca de la calle Lauriston en París durante el reinado de la Gestapo, hay barrios donde los gritos de las víctimas durante la noche impiden que la gente duerma... Y, sin embargo, los españoles no han perdido nada de su vida y su ardor. Sienten la opresión y la injusticia. Ellos quieren vivir, aman la vida ¿Debe ser que, una vez más, en nombre de esta voluntad y este amor, estarán obligados a elegir la muerte?

 "A las diez de la mañana hemos dejado atrás la oscura masa de El Escorial, que fue devastado por la guerra civil, y con las casas aún en ruinas. Ahora el tren está cruzando una meseta rocosa cubierta de escarcha blanca. Y de pronto, sin suburbios para anunciarlo, surge Madrid. Mirando a través de la puerta, veo las secciones de un gran edificio destripado a la izquierda, sobre la estación de tren. Es la residencia universitaria más remota.

«¡Taxi!» Una sola palabra, e instantáneamente hice un salto en el tiempo. Me transportan a una gran ciudad de antes de la guerra. Junto a la carretera llena de taxis y automóviles, masas de peatones, atestados de personas. Las aceras están oscuras entre la gente.

Las calles de Alcalá y la Gran Vía están llenas de deslumbrantes y lujosas tiendas: hay zapatillas, bolsos de cuero, medias de seda, vestidos, corbatas, impermeables, relojes, joyas, cestas de frutas confitadas, cajas de chocolate, ropa, trajes, camisas, etc. No recuerdo que los comercios de Faubourg-St-Honoré fueran más brillantes en el momento de su esplendor. En los bares, cafés y grandes pastelerías, el café con leche y el chocolate fluyen rápidamente. En teoría, el azúcar y el pan están racionados, pero la famosa frase «Si no tienen pan, déjalos comer pasteles», se aplica exactamente aquí. La clase alta rica fácilmente lo hace sin pan; en lugar de eso, comen pequeños panecillos hechos con leche que llaman «suizos», croissants, pasteles rellenos de crema… Y los cafés y pastelerías pueden suministrar azúcar a su discreción. En teoría, en los restaurantes están regulados, pero en realidad todos los restaurantes, a la vista de todos, sirven a cada cliente lo que él desee pedir.

La nueva neutralidad

Aturdida y deslumbrada, con los ojos parpadeando, subo hacia la Puerta del Sol. En el camino, veo una ventana dedicada a la propaganda alemana. Enormes fotografías muestran a una mujer alemana en el trabajo y al Volksturm, sonriendo ampliamente, apiñándose en las oficinas de reclutamiento. Las frases heroicas prometen la victoria con letras grandes y negras. No lejos de allí, también hay una oficina de propaganda en inglés. Todo el mundo sabe que esta simetría es una mentira y conoce la ayuda que España aún brinda a Alemania. Pero lo que aprendo aquí es cuánto ha reinado la Gestapo en Madrid; como una amante. Por ejemplo, ha exigido y obtenido la expulsión de un obispo polaco de 80 años y de otras figuras polacas destacadas. Por otro lado, sus esfuerzos para crear un antisemitismo español, a través de campañas de prensa y todo tipo de propaganda, han sido en vano. No hay judíos en España, ya que fueron expulsados en el siglo XVI, y la colonia creada por los refugiados en el Este está protegida por los habitantes de esta península como españoles, no como judíos. Incluso se siente una gran ternura por ellos porque han conservado intactas las tradiciones españolas más antiguas. Ahora, los simpatizantes alemanes más obstinados admiten cínicamente que ha llegado el momento de «voltear sus abrigos» y en los periódicos que he visto se observa una estricta neutralidad.

La abundancia aparente

Paso por las empalizadas de madera usadas para esconder los escombros de dos grandes edificios pulverizados durante la guerra civil, y salgo de Alcalá con alivio. Esta mañana hacía mucho frío, pero ahora el sol golpea la ancha avenida que está llena de un lujo que me hace sentir incómoda. Por la calle Mayor, entro en las calles estrechas y sombrías que son el corazón densamente poblado de Madrid. Aquí también hay una abundancia asombrosa. Las calles están ruidosas con la gente. Grupos de gente, jóvenes y niños, se aferran a la parte posterior y lateral de los tranvías que se sacuden. Las tiendas están llenas de ropa y comida: vendedores de frutas con sus enormes racimos de plátanos y canastas de naranjas y mandarinas; pescaderías donde se cortan gambas rosadas y atún con sangre; en las grandes barras se encuentran colgados jamones, salchichas, cordero con piel y también corderitos con lana negra rizada; cochinillos cortados por la mitad se muestran en platos grandes; hay enormes quesos redondos, huevos, mazapanes, mermeladas de membrillo, chocolates y pasas.

Bajo el arco de la alcaldía de la Plaza Mayor y alrededor de la Plaza de Cascorro, hay vendedores ambulantes de aceitunas, almendras, suizos, caramelos, tijeras de azúcar rosa, cañas de azúcar rojas, tortas para asar, rosquillas de todo tipo: planas, infladas, redondas, retorcidas. También caminan alrededor con cestas llenas de cigarrillos y pequeñas hogazas de pan. El pan y los cigarrillos están racionados, pero se venden ilegalmente a plena vista, sin tomar precauciones.

 Un poco más abajo, al final de la Plaza de Cascorro y en las calles vecinas, se establece una especie de mercadillo en el que se vende de todo: telas, sabanas, fonógrafos, relojes de alarma, sartenes, chalecos taurinos, chales, tenedores y novelas populares con portadas de colores vibrantes. Y alrededor de la plaza, a lo largo de las calles, hay tabernas oscuras y frescas, decoradas con azulejos, abiertas para los comercios. En la oscuridad se pueden ver enormes barriles llenos de vino, con otros suspendidos del techo, y en el mostrador hay platos de gambas, langostinos, patatas fritas y aceitunas.

Tres días de trabajo por una comida

Así que la primera impresión al llegar a Madrid es un sentimiento de abundancia extraordinaria, una vida generosa y fácil; pero la percepción cambia tan pronto como se ve el precio de las cosas. Un trabajador no cualificado o una criada ganan aproximadamente 9 pesetas por día, y un trabajador cualificado gana de 12 a 15 pesetas. Pero en la zona de Alcalá, una comida sencilla cuesta 15 pesetas, una comida decente 25 y una buena comida cuesta entre 40 y 50 pesetas. Un café con leche cuesta 1,5 pesetas, un suizo 1 peseta y un pedazo de pastel 2 pesetas.

Comparando estos precios con los del mercado negro en Francia, se puede afirmar que la relación entre los precios y los salarios de la clase trabajadora es aproximadamente la misma. En ambos casos, una buena comida en un restaurante representa un trabajo de dos a tres días y un hojaldre de crema supone la sexta parte del salario diario de un trabajador. La diferencia es que la comida es mejor y más variada en Madrid, y los pasteles más fáciles de encontrar. El lujo no es clandestino; se muestra, pero esto es una ventaja sólo para los ricos.

Lo que es mucho más importante tener en cuenta es que no sólo la mercancía vendida en la Gran Vía, sino que incluso la de la Calle Mayor son prácticamente inaccesibles para la clase trabajadora. Los suministros más necesarios están racionados. En cuanto al pan, se permiten 100, 150 o 200 gramos por día, según un ingreso mayor o menor. Si se le permite a un trabajador 200 gramos por día, debe comprar cualquier pan adicional a un precio más alto que el del impuesto. Las patatas y los garbanzos, que son la base de la comida española, se distribuyen en cantidades ridículamente insuficientes. En el mercado negro, un kilogramo de garbanzos puede alcanzar las 10 pesetas. En cuanto a los alimentos no racionados, un huevo cuesta 1 peseta, un kilogramo de carne 20, los tomates y los plátanos cuestan 1,6 pesetas. Así que la clase trabajadora no come huevos, ni leche, ni carne, ni verduras, ni frutas. Le pregunté a un amigo: «¿qué comen?» Y me respondió: «se comen la punta de los dedos», y agregó: «vete a caminar por Tetuán y Vallecas. Eso te informará mejor que cualquier cosa».

Miseria suburbana

Tomé el metro y me dirigí a Vallecas. El metro es lo único que no es caro en Madrid. El precio de un billete varía entre 0,10 y 0,20, por lo que incluso para los pobres, el transporte tiene un precio razonable y es conveniente. Al día siguiente, fui a dar un paseo por el barrio de Tetuán, en el extremo norte de Madrid. Tetuán está construido sobre colinas frente a la Sierra Nevada. Al sureste de la ciudad, Vallecas es más industrial, rodeada por un paisaje de ferrocarriles y fábricas. Pero hay profundas similitudes entre estos dos barrios. El recorrido por ambos es a lo largo de una avenida larga, recta y ancha, donde se pueden encontrar tiendas, tabernas y cines, con grandes edificios nuevos pintados en colores suaves que se alzan aquí y allá. Pero si uno va a 20 metros a la derecha o a la izquierda, se encuentra en el corazón de una región extraña que ya no es una ciudad, sino una zona, y donde caminar por ella sólo un instante es suficiente para entender que, aunque el régimen ha prohibido el reclutamiento en Madrid, no ha disminuido la miseria al hacerlo. Ya no hay calles, sino caminos de tierra recortada bordeados de casas con techos de tejas rojas. No se encuentra ni una sola tienda. Los niños caminan descalzos y, a menudo, se visten con harapos, con la espalda descubierta. Hombres y mujeres usan alpargatas o zapatillas, y nunca zapatos. Padres, niños, cabras y gallinas se amontonan dentro de las minúsculas chozas cuyos interiores oscuros se pueden ver a través de las puertas abiertas. En los días fríos y lluviosos (y el invierno es duro en Madrid, y las lluvias son fuertes), debe ser terrible vivir en estas casas y caminar por la tierra empapada. En los días soleados, viven fuera.

 En los umbrales, las mujeres bañan a sus hijos, frotan su ropa y hacen sus reparaciones. Hacen una tremenda cantidad de lavado y se pueden ver trapos remendados y descoloridos en todas partes, secándose al sol entre los pollos y las cabras, ya que la menor cantidad de tela es terriblemente costosa. Deben usar su ropa hasta que se caiga en pedazos. La vida es muy dura para las mujeres. No hay agua en las casas y se puede ver a las niñas muy pequeñas que traen agua de la fuente en cubos que son demasiado pesados para ellas. No hay combustible, y para tener un poco de carbón hay que permanecer en una larga fila. Así que las mujeres tienen un aire acosado a su alrededor. Están vestidas de negro, prematuramente viejas y feas debido a la preocupación. Los hombres parecen menos sombríos; sienten la dureza de su condición, pero no son aplastados por ella. Por eso, la miseria en Madrid, por más profunda que sea, no es sórdida. Los niños juegan, las jóvenes se ríen, los hombres hablan entre ellos con voces alegres. La pobreza no los ha convertido en ganado resignado; siguen siendo hombres vivos, hombres que se rebelan y tienen esperanza.

Muriendo por vivir

Al salir de Tetuán, recorrí el lugar que solía ser el campus universitario. En el centro de la ciudad, quedan algunos vestigios de la guerra civil: un edificio destruido en Alcalá, algunos escombros cerca del Palacio Real y la estación de trenes del Norte. Pero el campus universitario, pulverizado por bombas y carcasas, aún está lejos de ser reconstruido. En este inmenso páramo — desnudo, agrietado y desigual— se pueden ver secciones de casas, partes de paredes, edificios decapitados y vastas ruinas de ladrillos secos, sazonados como los antiguos baños termales romanos. Se están construyendo nuevos edificios. Ya hay edificios grandes y brillantes que se alzan a lo largo del campus. Pero las pequeñas villas al norte de las tierras baldías están destruidas, casi demolidas. Incluso en el campus, explotan los restos de las casas y las paredes en ruinas; la guerra todavía está muy cerca.

¿Cerca del pasado o cerca del futuro? Dos días antes de mi llegada a Madrid, tres bombas explotaron en la sede de un sindicato de la Falange, y dos falangistas murieron. Una multitud de trabajadores, empleados y estudiantes se reunieron en una manifestación grandiosa en su funeral, a la que debían asistir para evitar sanciones graves. Diecisiete comunistas fueron fusilados oficialmente en represalia, y ¿quién sabe cuántos en secreto? Ellos disparan mucho en Madrid. Torturan. Como cerca de la calle Lauriston en París durante el reinado de la Gestapo, hay barrios donde los gritos de las víctimas durante la noche impiden que la gente duerma.

 Un breve paso por Madrid es suficiente para sentir cuán inestable es el orden y el equilibrio actuales. Sin libertad, el menor esfuerzo hacia la justicia no se ve aquí. Y, sin embargo, los españoles no han perdido nada de su vida y su ardor. Sienten la opresión y la injusticia. Ellos quieren vivir, aman la vida ¿Debe ser que, una vez más, en nombre de esta voluntad y este amor, estarán obligados a elegir la muerte?"                        

(Simone de Beauvoir  , El Viejo topo, 09/01/22; Fuente: Quatre jours à Madrid, publicado en el número de Combat Magazine del domingo 15 y lunes 16 de abril de 1945)

4/12/20

¿Cuándo se jodió la izquierda en España? Cuándo tras el juicio de Burgos, los terroristas pasaron a ser héroes y los cindicalistas, los Marcelino Camacho, los trabajadores en huelga, pasaron a ser currantes aburridos

 "“El proceso de Burgos favoreció al antifranquismo, pero también impulsó a ETA”. 

El juicio de 1970 generó una movilización de repulsa internacional contra el régimen que la organización terrorista capitalizó con alistamientos y mayor radicalidad. Medio siglo después, historiadores y protagonistas reflexionan sobre el hito.

 “El proceso de Burgos marcó un hito en la lucha antifranquista. Generó una inédita movilización en Euskadi, en España y a escala internacional. Unió a toda la oposición, profundizó en las grietas del régimen y reforzó el sentimiento antifranquista”, resume el historiador Luis Castells, en vísperas del 50º aniversario del inicio del juicio —fue el 3 de diciembre de 1970— por un tribunal militar en Burgos a 16 jóvenes militantes de ETA por el asesinato de Melitón Manzanas, jefe de la Brigada Político-Social de San Sebastián, la policía política del régimen.

 El juicio tuvo tintes dramáticos porque el fiscal militar pedía la pena de muerte a seis: Eduardo Uriarte, José María Dorronsoro, Mario Onaindia, Jokin Gorostidi, Francisco Javier Izko y Javier Larena. El tribunal militar pretendía un juicio ejemplarizante contra una organización armada incipiente, pero se le volvió en contra al régimen.

 El informe de 1970 del Gobierno civil de Gipuzkoa, conocido hoy, expresa la conmoción que el proceso supuso al régimen: ”Los incidentes y actuaciones subversivas han sido más violentas y más graves en número e importancia que los años precedentes pudiendo afirmarse que desde la Guerra de Liberación no se había creado una situación tan difícil y preocupante”. 

El informe precisa cómo los días de la vista del juicio la huelga fue general en Gipuzkoa y Bizkaia y destaca la extensión y combatividad inéditas de las manifestaciones. Proliferaron las barricadas y el lanzamiento de objetos a la policía que utilizó armas de fuego. Mató a un joven en Eibar, Roberto Pérez Jáuregui, e hirió de bala a otros tres. El régimen declaró inicialmente el estado de excepción en Gipuzkoa y Bizkaia, y luego lo amplió a España entera.

Las huelgas y manifestaciones se extendieron especialmente en Galicia, Asturias, Madrid, Sevilla y Cataluña. Sectores profesionales, como el Consejo de la Abogacía, criticaron la ausencia de garantías del juicio. La Conferencia Episcopal y el Vaticano exigieron que no se ejecutaran las penas de muerte. La movilización se extendió a Francia, con manifestaciones en ocho grandes ciudades; Alemania —Berlín. Munich y Bonn—; Suiza, Inglaterra, Bélgica, Dinamarca, Suecia e Italia; Nueva York y países latinoamericanos. Intelectuales y políticos europeos se manifestaron contra el régimen como Jean Paul Sartre, Olof Palme, Simone de Beauvoir, Pablo Picasso y Gisele Halimi, que estuvo en el juicio. El informe del Gobierno Civil de Gipuzkoa resalta la resonancia de los medios de comunicación franceses, que califica de “ataque reiterado y violento” al régimen.

“Las movilizaciones fueron contra la represión franquista. No a favor de ETA. Participó toda la oposición. Pero fueron Comisiones Obreras, el PCE y la extrema izquierda (ORT, PCI y Komunistak, luego MC) quienes protagonizaron las huelgas y manifestaciones. ETA no jugó ningún papel. El PCE influyó decisivamente en la repercusión internacional. Los comunistas sufrieron la mayor represión”, precisa Castells. José María Castañares, dirigente del PCE y Comisiones Obreras, señalaba tiempo después: “Defendimos a los de ETA desde posiciones humanistas porque les iban a matar y ese humanismo me costó tres años de cárcel”.

La pluralidad de la protesta se manifestó en las distintas ideologías y procedencias de los abogados. Junto a letrados vascos experimentados en juicios a militantes de ETA, como Juan María Bandrés, Miguel Castells o José Antonio Etxebarrieta, había socialistas como Juan Moreno; democristianos como Gregorio Peces-Barba; republicanos como Juan Antonio Castro; comunistas como Josep Solé Barberá y nacionalistas como Ibón Navascués y Elías Ruiz Ceberio. “Actuaron por solidaridad antifranquista con los procesados y les ayudaron a desarrollar un juicio de ruptura con el régimen”, añade Castells.

El impacto social y mediático fue extraordinario, pese a la censura franquista. Castells lo explica: “La vista se celebró en sesión pública y hubo una excelente escenificación de la defensa que evidenció la inconsistencia jurídica del tribunal militar que la prensa internacional denunció así como una actuación cohesionada de los procesados, con una denuncia muy potente de la dictadura que permitió a los medios presentarles como víctimas. La pretensión de los ultras de un juicio ejemplarizante a la oposición, con penas de muerte, revirtió en un juicio al régimen dónde los acusadores pasaron a ser los acusados”.

Tortura y destierros

Había también un clima propicio para que la movilización estallase, recuerda Eugenio del Río, uno de sus líderes, entonces dirigente de Komunistak, escisión de ETA. En agosto de 1968, tras el asesinato de Manzanas, el Gobierno declaró el estado de excepción en Gipuzkoa y Bizkaia, que prorrogó en noviembre y enero, extendiéndolo a España entera tras el asesinato policial del estudiante Enrique Ruano en Madrid. Hubo centenares de detenciones, especialmente en Euskadi, dónde proliferó la tortura, y destierros. Hubo también dos juicios militares a militantes de ETA con peticiones de muerte, en 1968 y 1969, saldadas con indultos de Franco.

“En los años sesenta, con el desarrollo industrial, cambió la sociedad española y aumentaron las movilizaciones obreras. Surge una clase trabajadora rejuvenecida, que carece de los temores de sus padres por la Guerra Civil, que se curte en la lucha sindical, que sufre la represión y por ello se identifica con los procesados de Burgos”, explica Del Río.

Eduardo Uriarte, condenado a muerte en el juicio e indultado (como el resto de los sentenciados), confirma que “la gran movilización la dirigió Comisiones Obreras. ETA estaba muy acosada policialmente y dividida”. “En la cárcel cambiamos. El nacionalismo presente en ETA se dejó seducir por el discurso marxista y antiimperialista, de moda tras el 68. Durante el juicio abogamos por la solidaridad internacionalista y algunos nos declaramos marxistas leninistas. La rama nacionalista del exterior eligió como portavoz a Telesforo Monzón, consejero del Gobierno vasco en la Guerra Civil y exiliado en el sur de Francia. Sus intervenciones tuvieron mucho eco internacional y dieron al proceso un sesgo nacionalista”, explica.

La rama etarra del exterior secuestró durante el juicio al cónsul alemán en San Sebastián, Eugene Beilh, lo que disgustó a los procesados porque interfería en el proceso. Pero le liberó antes de conocerse la sentencia. Los procesados expresaron sus diferencias con el exterior en una carta que enviaron desde la cárcel de Burgos en la que abogaban por una organización socialista y no por un frente nacional, recuerda Uriarte.

“Nos daba vergüenza matar”

Los procesados no hicieron apología de la violencia en el juicio. Uriarte subraya que eran distintos a la ETA posterior: “La decisión de matar a Manzanas se tomó en nuestro entorno. Pero nunca quisimos saber quién fue el autor. Es el secreto mejor guardado. Nos daba vergüenza matar porque no lo teníamos asumido y porque aquella organización todavía repudiaba el asesinato. El asesinato de Manzanas no fue el resultado de una estrategia. Tras matar la Guardia Civil a Etxebarrieta —primer líder de ETA muerto—, necesitamos responder para demostrar que ETA no estaba acabada”. Castells lo ratifica: “La ETA juzgada en Burgos apenas guarda similitudes con la posterior, nacionalista y progresivamente militarista que en 1974 asesina a 19 personas y comete la matanza indiscriminada de la calle Correo de Madrid. De los 16 de Burgos, solo uno reingresó en ETA”.

La consecuencia inmediata del juicio fue el alistamiento de muchos jóvenes en ETA. “Entre 1971 y 1972, ETA se relanza con varios centenares, procedentes de las juventudes del PNV. El eco mediático nacional e internacional del proceso de Burgos favoreció al antifranquismo, pero en Euskadi impulsó la versión nacionalista y violenta de ETA”, señala Castells. Del Río lo explica: “La movilización fue dirigida por la izquierda, pero la gente tuvo como referente los militantes de ETA condenados a muerte”. Uriarte lo reconoce: “El movimiento obrero había sido el referente en la lucha antifranquista, pero el proceso de Burgos abrió paso al nacionalismo. Lo capitalizó la ETA más primitiva y Monzón jugó un papel muy importante en la nacionalización del antifranquismo en Euskadi”.

Del Río admite como consecuencia negativa del proceso “la legitimación de la violencia de ETA”. Pero contempla como parte positiva, “el reforzamiento de la lucha antifranquista hasta el fin de la dictadura”. Uriarte incide en la positividad: “Marcó el principio del fin de la dictadura que vivía una contradicción insalvable entre un liberalismo económico y un régimen autoritario que aquellos días recuperó el discurso más fascista de la posguerra. Europa descubrió que la España franquista era una asignatura pendiente tras la victoria aliada contra el fascismo”.

Castells concede mucha importancia al eco mediático internacional: “Su repercusión europea provocó un daño terrible al régimen dividido, que perdió la batalla informativa”. El historiador asegura que las presiones de los gobiernos europeos y del sector liberal del Gobierno, que miraba a Europa, fueron decisivas para que Franco indultara a los condenados a muerte.

Castells destaca que el proceso de Burgos “consolidó el sentimiento antifranquista y abrió una nueva etapa”. En esa nueva etapa jugará un papel importante el distanciamiento del régimen de uno de sus pilares, la Iglesia. Fue también la Iglesia, el Monasterio de Montserrat, la que acogió durante el proceso a representantes de toda la oposición política de Cataluña para firmar un manifiesto contra el régimen. Fue el embrión del primer organismo unitario contra el franquismo, la Asamblea de Cataluña. Tres años después se constituirían a nivel nacional la Junta Democrática y la Plataforma de Organismos Democráticos."                   (Luis R. Aizpeolea, El País, 28/11/20)