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10/2/22

Tecnofeudalismo, etapa superior del capitalismo... Se instaló en el contexto del medioevo con las herramientas y servicios de la modernidad. No dio ni nos hizo dar un salto hacia el futuro en términos de acceso y representación ciudadana, sino que se replegó hacia atrás y resucitó las formas más crueles de la dominación y el sometimiento. El mito del Silicon Valley californiano se derrite ante nosotros; acumulación escandalosa de ganancias, tecno empresarios dictadores, desigualdades sociales indecorosas, desempleo crónico, millones de pobres suplementarios y un puñado de tecno oligarcas que han acumulado fortunas jamás igualadas

 "La derecha política y mediática regional repite eslóganes y prejuicios contra el Estado y su presencia en políticas públicas de inclusión social y cuidado en salud. Desconoce el debate mundial que apunta a fortalecer la presencia del Estado, ya no sólo por el papel central ocupado en la pandemia, sino para enfrentar el avance despiadado de los gigantes del mundo digital que abusan de la posición dominante de mercado y del mega flujo de datos que alimentan sus algoritmos como “armas de destrucción matemática”.

Vivimos en un feudalismo propio a los tiempos tecno digitales, muy alejado de la libertad y la equidad prometida por las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC). Bajo el manto de una retórica de democratización y acceso a la información, progreso e innovación se esconde el más puro y antiguo sistema de dominación. La implementación social y cultural de las TIC, la “inocencia de los ingenieros informáticos”, las Tecno Corporaciones y sus modelos de negocios son todo lo contrario de lo que prometen.

El ensayo publicado por el investigador Cédric Durand: «Tecno-Feudalismo, crítica de la economía digital» demuestra cómo el capitalismo se renovó hacia atrás. Se instaló en el contexto del medioevo con las herramientas y servicios de la modernidad. No dio ni nos hizo dar un salto hacia el futuro en términos de acceso y representación ciudadana, sino que se replegó hacia atrás y resucitó las formas más crueles de la dominación y el sometimiento.

El mito del Silicon Valley californiano se derrite ante nosotros; acumulación escandalosa de ganancias, tecno empresarios dictadores, desigualdades sociales indecorosas, desempleo crónico, millones de pobres suplementarios y un puñado de tecno oligarcas que han acumulado fortunas jamás igualadas. La tan cantada “nueva economía” dio lugar una economía de la dominación y la desigualdad. Politizar las TIC es una necesidad humana para vivir en el territorio digital.

Cédric Duran inicia un viaje al revés, una desconstrucción de los mitos tecnológicos: la digitalización del mundo no ha conducido al progreso humano sino a una gigantesca regresión en todos los ámbitos: restauración de los monopolios, dependencia, manipulación política, privilegios y una tarea de depredación global son la identidad verdadera de la nueva economía concentrada como nunca en la historia.

Yanis Varoufakis afirma que las transformaciones radicales que tuvieron repercusiones trascendentales como la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial, la Gran Recesión y el Largo Estancamiento posterior a 2009, no alteraron la característica principal del capitalismo: un sistema impulsado por ganancias privadas y rentas extraídas a través de algún mercado.

Ahora, en cambio, la extracción de valor se ha alejado cada vez más de los mercados y se ha trasladado a plataformas digitales, como Facebook, Google (Alphabet Inc.), Apple y Amazon que ya no operan sólo como empresas oligopólicas, sino como feudos donde los datos son el valor de sus territorios digitales.

Para Varoufakis «Las plataformas digitales han reemplazado a los mercados como el lugar de extracción de riqueza privada. Por primera vez en la historia, casi todo el mundo produce gratuitamente el capital social de las grandes corporaciones. Eso es lo que significa cargar cosas en Facebook o moverse mientras se está vinculado a Google Maps». Aclara que no es que los sectores capitalistas tradicionales hayan desaparecido puesto que las relaciones capitalistas permanecen intactas, sino que las relaciones tecno-feudalistas han comenzado a superarlas.

Lo que está en juego dentro de la economía digital es una reconfiguración de las relaciones sociales. Esta reconfiguración se manifiesta a través del resurgimiento de la figura de la dependencia, que era una figura central en el mundo feudal. La idea de la dependencia remite al principio según la cual existe una forma de adhesión de los seres humanos a un recurso.

Las corporaciones globales llevan décadas desarrollando una capacidad de expansión y acumulación de ganancias superior a muchos Estados del mundo.

La pandemia del Covid 19 visibilizó aún más el poder concentrado de las Tecno Corporaciones, a partir de la incidencia que tuvieron en el plano de la comunicación, la industria del entretenimiento y los grandes monopolios farmacéuticos, entre otras actividades. Las FinTech (corporaciones financieras) han potenciado exponencialmente sus ganancias, y además, son las principales blanqueadoras e inversionistas de dineros dudosos en sus orígenes.

Apple es una de esas corporaciones que no ha detenido su crecimiento. Se ha convertido en la primera compañía en valer US$3 billones (más que el PBI de las 3 principales economías de América Latina). Sin embargo, el poder y ramificación de las tecno corporaciones basadas en un complejo entramado de acumulación económica y paraísos fiscales; hoy condicionan a gobiernos y sus Estados ya que discuten e imponen negocios en los propios estados que le dieron vida hace varias décadas como es el caso de Estados Unidos.

De acuerdo a las cifras publicadas por el Banco Mundial la suma de los bienes y servicios producidos en Brasil en 2020 fue de US$1,43 billones, la de México se sitúa en US$1,08 millones seguido por Argentina con US$388.000 millones. La suma de estos 3 PIB asciende aproximadamente a US$2,89 billones, una cantidad menor que el valor de Apple en bolsa (BBC News Mundo).ii

Tres ideas se están debatiendo en los máximos niveles políticos de las potencias, que necesariamente deberían tener influencia en países periféricos como Argentina iii:

1. Las multinacionales contabilizan ganancias extraordinarias y, para financiar a un Estado que ha destinado muchos recursos para atender la pandemia, deben pagar un impuesto adicional.

2. La posición dominante de grandes empresas monopólicas u oligopólicas deriva en aumentos de precios excesivos y en ausencia de competencia.

3. El cada vez mayor poder de mercado y financiero de las grandes empresas está limitando la efectividad de tradicionales instrumentos de política monetaria, como la suba de la tasa de interés por parte de las bancas centrales para atender tensiones inflacionarias.

Como afirma Zaiat en la nota de referencia, los puntos enunciados surgen como la reacción de un sistema con fuerte presencia estatal que, desde su origen, estuvo aliado y fomento el desarrollo de las corporaciones digitales. Corporaciones que, a la vez, han condicionado las políticas estatales para despegar a una presencia global y que ahora se han independizando del circuito político y de control económico tradicional de los sistemas estatales.

Esta desmarcación de los contrales estatales se expresa en la utilización de guaridas fiscales para pagar poco o nada de impuestos en los países de origen; los aumentos de precios por encima del promedio luego de eliminar por absorción a la competencia; y la abundancia de recursos financieros líquidos que hace que no les importe la estrategia monetaria de las bancas centrales.

Las enormes ganancias se visibilizan en el contexto de pandemia. Por primera vez, una extraordinaria crisis económica-financiera global no afectó en forma negativa el negocio bursátil de las tecno corporaciones. Por el contrario, el índice promedio de las principales bolsas mundiales está en niveles récord, mientras las economías se derrumbaron y están tratando de recuperar lo perdido, la desocupación se ha disparado y el drama sanitario y social ha sido fulminante.

Este comportamiento divergente entre la economía real y la evolución de las cotizaciones de las Big Tech es uno –no el único- factor que refleja la nueva etapa del capitalismo. En la misma, se está desvinculando la histórica asociación entre los Estados y las corporaciones dominantes del sistema de organización y control tradicional de las fuerzas de producción y las financieras.

Las tres menciones arriba indicadas sobre las multinacionales sólo son la reacción del mundo político de las potencias, en especial las de Occidente, para tratar de no ver disminuida la capacidad de intervención e influencia de los Estados o la pretensión de no perder importancia en las relaciones de poder. La película de Netflix, “No miren arriba”, deja una clave sobre la final expresada por Randall Mindy el científico interpretado por Leonardo DiCaprio que reflexiona «La cosa es que nosotros realmente lo teníamos todo. ¿No lo creen? Quiero decir, si nos ponemos a pensar»…

En el seno del mercado hubo una monopolización, por parte del capitalismo, de los medios de producción, pero estos medios han sido plurales. Los trabajadores debían encontrar trabajo y, en cierta forma, podían elegir el puesto de trabajo. Existía una forma de circulación que daba lugar a la competencia. En esta economía digital, en este tecno feudalismo, los individuos y también las empresas adhieren a las plataformas digitales que centralizan una serie de dispositivos y elementos que les son indispensables para existir económicamente en el territorio digital.

Se trata del Big Data, de las bases de datos y de los algoritmos que posibilitan el tratamiento de os datos y la producción de conocimiento. Aquí nos encontramos ante un proceso que se potencia a si mismo: cuando más personas participamos en la vida de las plataformas digitales, cuando más servicios indispensables ofrecen, más se acentúa la dependencia. Esta situación es muy importante porque mata la idea de competencia, un valor central del capitalismo.

Esta dominación captura y fusiona a los individuos a este trasplante digital. Este tipo de relación de dependencia tiene una consecuencia: la estrategia de las plataformas que controlan esos territorios digitales es una estrategia de desarrollo económico por medio de la depredación, por medio de la conquista.

Se trata de conquistar más datos y espacios digitales. Y adquirir más y más espacios digitales significa acceder a nuevas fuentes de datos. Entramos aquí en una suerte de competición donde, a diferencia de otra etapa, no se busca producir con más eficacia, sino que se trata de conquistar más espacios.

Corporaciones que compran empresas exitosas (startups) como el caso Facebook que incorporó a WhatsApp e Instagram por más de 19 mil millones de dólares para expandir sus políticas de extractivismo de datos.

Este tipo de conquista es similar al feudalismo, es decir, la pelea entre los señores feudales por nuevos territorios, la cual no se manifestaba por la mejoría de las condiciones sino en una lucha por la conquista. Ambos elementos, o sea, la dependencia y la conquista de territorios digitales, nos acercan a la lógica del feudalismo.

Las plataformas lo controlan todo y cuando algo está fuera de su control compran a las empresas que compiten con ellas. Monopolizan todo.

El desafío para economías periféricas como la argentina, en este mundo en transformación y de pospandemia, es no caer en las trampas de recetas tradicionales de la ortodoxia. Potenciar la presencia del Estado y encontrar espacios para el desarrollo nacional que fortalezcan políticas estatales entre las fisuras de esta nueva y compleja etapa de la globalización.

Lo que no cierra es la idea de que existe una solución individual frente a este movimiento. No somos inocentes. Hay una preocupación que se torna cada vez más visible. El desafío consiste en encontrar soluciones que pasen por la intervención política que sometan el funcionamiento de esas plataformas a la lógica de los servicios públicos y los Estados. Hay que ir hacia eso. Las plataformas desempeñan hoy un papel político enorme. No obstante, aún persiste un principio de autonomía política.

Como decía un cartel en la UNICAMP, “Es preferible un bit en 1 que un byte en 0”.

i https://motoreconomico.com.ar/las-corporaciones-son-los-nuevos-estados-del-presente-y-futuro-apple-se-convierte-en-la-primera-compania-en-valer-us3-billones-mas-que-el-pib-de-las-3-principales-economias-de-america-latina/

ii https://www.pagina12.com.ar/357029-el-capitalismo-camina-hacia-el-tecnofeudalismo"

  (Alfredo Moreno es computador científico, Ingeniero TIC en ARSAT y profesor de TIC en Universidad Nacional Moreno, Rebelión, 09/02/22)

8/2/22

El capitalismo de plataforma sigue estando inextricablemente ligados al concepto de explotación... Se caracterizan por el capital y la compra de una determinada cantidad de tiempo de trabajo suministrado por la mano de obra, los explotados. En el capitalismo de plataforma, las empresas y corporaciones siguen teniendo acceso al uso exclusivo de la energía humana (fuerza de trabajo) y del conocimiento humano... Sólo durante el capitalismo de plataforma resulta profundamente relevante comprender la nueva dinámica de la explotación en línea. Esto se debe a que las plataformas online -basadas en la publicidad y la recopilación de datos- utilizan los rasgos de subjetivación, reconocimiento, atención e identidad del trabajo para el capitalismo... la explotación a través de la atención no sólo está fuertemente asociada al capitalismo de plataforma, sino que, de hecho, lo define

 "El trabajo en plataformas digitales o en línea está configurando cada vez más la forma en que se realiza el trabajo. Con ello, también se reconfiguran, si no se reorganizan, las relaciones laborales, y tal vez incluso el modo en que funciona la explotación en el capitalismo. Pero, ¿qué tipo de explotación existe y difiere bajo el capitalismo de plataforma? En primer lugar, la mayoría de los fundamentos de la explotación capitalista no cambian en absoluto bajo el capitalismo de plataforma. El capitalismo de plataforma tiene lugar entre las plataformas capitalistas (empresas) y los trabajadores explotados (mano de obra).

La explotación también se convierte en un tema aparentemente complicado bajo el capitalismo de plataforma. Tradicionalmente, la explotación marxista se centra en la mano de obra productiva que trabaja por un salario durante un periodo de tiempo determinado. En última instancia, todas las formas de capitalismo dependen del tiempo de trabajo como medida clave.

El capitalismo de plataforma crea lo que se conoce como prosumidores. Se trata de individuos que son, al mismo tiempo, consumidores y productores que "trabajan" por la plusvalía empresarial, es decir, por los beneficios. Los prosumidores son típicos del capitalismo de plataforma. Producen contenidos como, por ejemplo, software, audiovisuales, textos, datos, etc.

Pero no son -al menos no principalmente- trabajadores productivos en el sentido clásico de producir plusvalía según Marx. Por alguna razón, la cuestión de la explotación en el capitalismo de plataforma parece recibir sólo una atención limitada entre quienes escriben sobre el capitalismo de plataforma. El capitalismo de vigilancia de Zuboff, por ejemplo, sólo menciona la "explotación" de pasada en sus 700 páginas. Sin embargo, sin explotación no hay capitalismo.

Esta falta de reconocimiento de la explotación puede tener dos razones. Por un lado, la mayoría de los escritos sobre el capitalismo de plataforma sólo mencionan muy ocasionalmente la explotación, ya que se centran en la vigilancia, la precarización, las desigualdades, etc. Por otro lado, sin embargo, la explotación sigue existiendo en el capitalismo de plataforma y no puede dejar de mencionarse mientras exista el capitalismo.

El capitalismo de plataforma rara vez se considera una etapa distinguida del capitalismo moderno. El capitalismo de plataforma suele verse como regido por determinismos tecnológicos y, lo que es peor, económicos. Sin embargo, sigue siendo indiscutible que las tecnologías -en particular Internet- desempeñan un papel importante en la transición al capitalismo digital. Pero no es, ni mucho menos, todo lo que hay en el capitalismo de plataforma.

El capitalismo de plataforma también significa que se ha producido una transformación en la organización empresarial de los procesos productivos capitalistas. Esto también sigue siendo moldeado por la regulación pro-empresarial - a menudo enmarcada como desregulación bajo la ideología prevaleciente del neoliberalismo. Simultáneamente, aparecieron nuevos modos de controlar a los trabajadores junto con algo llamado gestión algorítmica.

Hasta cierto punto, la transición hacia el capitalismo de plataforma ha cambiado, si no ha mejorado, la explotación capitalista. En última instancia, la explotación bajo el capitalismo de plataforma depende del conocimiento, a menudo no remunerado, que los prosumidores suministran a las empresas y corporaciones en línea. En la mayoría de los casos, esto implica tres tipos de explotación del trabajo de plataforma:

    1) La explotación a través de la alienación;

    2) La explotación a través de la reproducción; y por último

    3) La explotación a través de la atención.

Estas tres versiones de la explotación en línea se relacionan con diferentes modelos de negocio corporativos. Todo ello conduce a nuevos tipos de trabajo controlado por la dirección, a la explotación laboral y a las actividades productivas. Bajo las plataformas capitalistas, éstas adoptan tres versiones básicas de trabajo en línea: i) el trabajo gig (por ejemplo, el 16% de los estadounidenses), ii) los prosumidores, y iii) los propietarios de miniempresas que trabajan por cuenta propia y a menudo se autoexplotan. El trabajo gig es, por ejemplo, bien conocido a través de los trabajadores empleados por, por ejemplo, Uber. Pero también existe Freelancer y otras plataformas online.

 Es bastante obvio que esta plataformización bajo el capitalismo y la aparición del prosumo conducen a un aumento de las contradicciones entre el tiempo de trabajo y el tiempo de ocio, así como a otras contradicciones internas al trabajo bajo el capitalismo de plataforma. Por ejemplo, quienes producen y consumen contenidos, datos y atención a través de YouTube, Facebook, etc. encarnan esta tendencia. Por supuesto, el problema de Roblox, el imperio de los videojuegos construido sobre el trabajo infantil, sigue estando entre nosotros.

Pero también está el trabajo comercial realizado por los propietarios de negocios autónomos a través de plataformas en línea mediante el alquiler (por ejemplo, Airbnb) y la venta de bienes físicos (Amazon, etsy, etc.). Esto configura otra nueva tendencia en los procesos laborales capitalistas.

Por último, hay varios tipos de trabajo que se llevan a cabo detrás de las plataformas como, por ejemplo, el desarrollo interno o externalizado de software y hardware, la infraestructura de TI, los recursos humanos en línea, el marketing digital, la logística y el trabajo de almacén. Estos son relativamente nuevos en la historia del capitalismo.

Es bastante habitual dividir la historia del capitalismo en tres grandes etapas: el precapitalismo mercantil (de mediados del siglo XV a finales del siglo XVIII); el capitalismo industrial (de finales del siglo XVIII a finales del siglo XX), y el capitalismo digital, que mostró sus primeros signos a finales de la década de 1970.

Esencialmente, todas las versiones del trabajo de plataforma son representaciones de la fase actual del capitalismo digital o de plataforma y sus formas de explotación resultantes. En su esencia, la explotación capitalista es una relación socioeconómica que cumple cinco requisitos clave para hacer posible el capitalismo:

En primer lugar, los intercambios exaltados en el proceso productivo del capitalismo se generan entre al menos dos clases de actores, a saber, el explotador (el capital) que recibe recursos de quienes trabajan y los explotados, que los producen (el trabajo).

En segundo lugar, los intercambios entre el explotador y el explotado son asimétricos en relación con el valor de los bienes y servicios creados. En la dicotomía amo-esclavo de Hegel, el amo obtiene plusvalía de sus esclavos del trabajo. Esto ocurre independientemente de las representaciones subjetivas que puedan tener estos actores. En términos kantianos, uno sigue siendo un medio, una herramienta, un activo y un recurso humano que permite la obtención de beneficios para el capital.

En tercer lugar, todos los procesos productivos bajo el capitalismo están orientados a la producción de mercancías y servicios que puedan ser vendidos para obtener un beneficio. En concreto, el explotador y la dirección participan en la organización de este proceso.

En cuarto lugar, las posiciones del explotador y del explotado también siguen siendo asimétricas con respecto a la perspectiva que tienen sobre el proceso productivo, incluso cuando - aparentemente - "comparten" este proceso. La división taylorista vertical entre trabajo (abajo) y gestión (arriba) persiste en el capitalismo de plataforma. El explotador tiende a tener una visión global de todo el proceso. El papel del trabajador es diferente. Tal y como Taylor señaló en su día, el explotado -incluso en las condiciones del capitalismo de plataforma- se reduce a realizar una tarea laboral definida por la empresa o la dirección.

Finalmente, bajo el capitalismo de plataforma, estas relaciones asimétricas siguen teniendo lugar -en mayor o menor grado- incluso cuando adoptan una nueva forma de acuerdo aparentemente consensuado. Lo hacen siempre que no impliquen una violación directa de la legislación laboral sobre, por ejemplo, los límites del tiempo de trabajo.

Los cinco aspectos del capitalismo de plataforma siguen estando inextricablemente ligados al concepto de explotación de Marx. Se caracterizan por el capital y la compra de una determinada cantidad de tiempo de trabajo suministrado por la mano de obra, los explotados. En el capitalismo de plataforma, las empresas y corporaciones siguen teniendo acceso al uso exclusivo de la energía humana (fuerza de trabajo) y del conocimiento humano.

 Pero ahora, esto ocurre a través de la aplicación del trabajo en línea durante un período determinado. El tiempo de trabajo en línea puede ser fijo o flexible, largo o corto. Sin embargo, esto no importa mientras tenga lugar dentro de un proceso que acabe con beneficios para el capital.

En el capitalismo, las empresas y corporaciones aportan los medios de producción mientras que los bienes y servicios producidos por el trabajo son, por definición, propiedad del capitalista. Para el trabajo, esto significa alienación. Para el capital, esto ocurre bajo las leyes de la propiedad privada. Y esto se camufla cuando la regulación estatal permite la existencia del capitalismo a pesar de la desregulación neoliberal y la ideología antiestatal.

Como consecuencia, las energías y el conocimiento del trabajo permanecen objetivados en los bienes y servicios producidos. Incluso bajo el capitalismo de plataforma, los capitalistas realizan esto como una mercancía a través de la venta y, lo que es más importante, a través de la obtención de plusvalía. Una novedad en el capitalismo de plataforma es que la explotación también puede producirse a través de la reproducción o simplemente de la copia.

Esto se refiere a la situación en la que el explotador (una empresa o corporación) reproduce el conocimiento que ha sido creado por el explotado (el trabajo). Este conocimiento -a veces, simplemente mediante la copia- pasa a ser propiedad del explotador capitalista, debido a las líneas pro-capitalistas trazadas por el derecho empresarial en forma de ley de propiedad intelectual como, por ejemplo, las patentes, los derechos de autor, las marcas registradas y otras.

Y lo que es peor, aunque el explotado siga poseyendo estos conocimientos, el trabajo puede ser despedido y, en algunos casos, incluso se le prohíbe utilizar los conocimientos que ahora pertenecen a una empresa o corporación en línea. Pero también existe la explotación a través de la atención.

En ella, la información digital puede ser inyectada explotando la subjetividad de un actor en beneficio de una corporación online. Esto se basa en el hecho de que, en el capitalismo de plataforma, una avalancha de información resulta simplemente de la atención humana.

En consecuencia, la atención humana se monetiza especialmente porque su coste tiende a ser cero. El actor explotador (una corporación online) parece que regala algo. Pero, en realidad, el capital obtiene algo más valioso y lo consigue de forma gratuita: la atención humana y la posibilidad de colocar anuncios comerciales aprovechando al mismo tiempo las redes socioemocionales de los actores explotados.

La explotación a través de la atención difiere de la noción habitual de explotación. Por supuesto, su rasgo distintivo es que la dirección en la que fluye el conocimiento se invierte. En el capitalismo de plataforma, el capital busca introducir el conocimiento en línea en los sujetos explotados. Se beneficia de la venta de la atención prestada libremente por los explotados. Curiosamente, gran parte de esto tiene lugar durante el tiempo de ocio. Sin embargo, el prosumidor explotado sigue siendo ajeno a las empresas que se benefician de él.

Curiosamente, los intercambios monetarios directos entre el trabajo y el capital no suelen estar implicados en esta relación. De hecho, el trabajo que realiza el explotado puede o no llamarse trabajo. En resumen, la concepción tradicional del trabajo está cambiando. En el capitalismo de plataforma, el trabajo ya no es una condición esencial para que se produzca la explotación. Esta es la clave para entender el papel del trabajo y la explotación en el capitalismo de plataforma.

Sin embargo, los explotados bajo el capitalismo de plataforma y a través de la atención se perciben a sí mismos como involucrados en un proceso de consumo aparentemente ocioso. Este es un hecho totalmente nuevo, pero fundamental, del capitalismo de plataforma. El capitalismo de plataforma es un proceso "capitalista" y, al mismo tiempo, sigue teniendo explotación: explota a las personas. Pero puede que ya no haya trabajo y explotación en el sentido tradicional de nuestra comprensión.

La parte crucial de gran parte de esto, es que la explotación siempre implica la existencia de un proceso productivo orientado al beneficio. Sin embargo, el capitalismo de plataforma ya no depende -y ciertamente no necesariamente- de un proceso laboral.

Sólo durante el capitalismo de plataforma resulta profundamente relevante comprender la nueva dinámica de la explotación en línea. Esto se debe, en parte, a que las plataformas online -basadas en la publicidad y la recopilación de datos- utilizan los rasgos de subjetivación, reconocimiento, atención e identidad del trabajo para el capitalismo.

A primera vista, esto puede convertir a los trabajadores en empresarios aparentemente autodirigidos que, en la mayoría de los casos, no son más que individuos que buscan atención. Son especialmente aptos para ser explotados mediante el uso de su atención en una esfera conocida como reproducción. Por ello, la explotación a través de la atención no sólo está fuertemente asociada al capitalismo de plataforma, sino que, de hecho, define el capitalismo de plataforma."   
               

(Thomas Klikauer, Meg Young, Brave New Europe, 04/02/22 ; traducción DEEPL)

19/1/22

Jorge Dioni: De cómo el conflicto taxis-Uber explica todo, desde Trump hasta el Brexit

 "La puesta en escena está muy clara: lo viejo contra lo nuevo; mejor dicho, lo viejo, lo analógico, que se resiste a morir, contra lo nuevo, lo digital, a lo que no dejan nacer. Un mundo esclerotizado y burocrático, los taxis, frente al dinamismo y la agilidad de Uber; la lucha espiritual del Fary contra Steve Jobs. 19 preguntas para entender toda la guerra Nación Taxi-Uber-Cabify. Qué es la 'uberización' de la economía y cómo utilizar esta expresión correctamente. La estrategia de Uber para que le perdones todos sus pecados. ¿Diremos adiós a Uber y Cabify en cuatro años?

 El mundo del taxi es viejo y cerrado, gremio es una palabra pertinente, y todas las pegas que queramos ponerle encajan. Sin embargo, conviene no olvidar que son un servicio público y, por tanto, regulado por el Estado: horarios, capacitación y condiciones de uso. Las licencias en las que basan su actividad, aunque sean objeto posterior de especulación, son visadas por instituciones públicas, que las cobraron en el momento de su expedición. El Estado recauda, con matices, como todo en el mundo del taxi, el impuesto de plusvalía en caso de traspaso y también cobra las tasas del examen del permiso, así cómo los impuestos de la actividad, los directos y los indirectos.

Parece obvio, pero el pago de impuestos y el cumplimiento de la ley son dos de los elementos claves en el pacto institucional que sirve de base a nuestro mundo. Los taxistas, como el resto de ciudadanos de la época industrial, aceptan que haya un ente, el Estado, que les imponga todas las cuestiones anteriores. A cambio de esa legitimidad, el Estado protege a esos grupos con actuaciones que van desde la protección a través de las diversas policías, la persecución de la competencia desleal, al asfaltado de las vías o la redistribución de la riqueza para aumentar la demanda.

 Sin embargo, el actual modelo, concretado en el consenso de Washington (1989), rompe ese pacto. Desde los años 80, los Estados han ido reduciendo la protección de los grupos sociales que pagan impuestos, cumplen la ley y, en definitiva, le otorgan su legitimidad. Al no haber contrapesos, modelos alternativos o peligro de rebeliones, los Estados se han puesto al servicio de un grupo muy reducido de actores, una élite empresarial y financiera, con el que ya tenían un frecuente contacto previo a través de los lobbies, la vida social compartida o las dinámicas de la corrupción.

 Por ejemplo, Uber, o Cabify, o cualquier otra empresa de transporte de viajeros. El Estado, que no deja de recaudar el dinero del gremio del taxi y de regularlo, abre la puerta sin problemas a esos nuevos modelos, cuyas exigencias son mínimas. No son un servicio público, luego no hay licencia institucional, ni apenas regulación y lo más importante: las empresas son multinacionales que apenas* tributan en los países donde operan. Las exigencias, cuando se plantean, se centran en el trabajador ocasional de esas empresas, a quien sí se le exige capacitación o el pago de impuestos localizado.

Todos los países occidentales han facilitado el desarrollo de empresas-mundo que actúan como metrópoli colonizadora, destruyendo así su tejido productivo. Por ejemplo, a través de la promoción de los paraísos fiscales o de la deslocalización a través de los acuerdos de servidumbre, habitualmente llamados de libre comercio. La palabra libertad ha sido una buena excusa para desregularizarlo todo en la parte alta de la sociedad, esa élite.

 Para el resto de la sociedad, las derivaciones de la palabra libertad, libre mercado, libre elección de centro en educación y sanidad, liberalización de horarios o del mercado de trabajo, han implicado habitualmente una subversión del significado de la palabra: «facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos». Para tener esa facultad, es preciso poder disponer los territorios socioeconómicos para ejercerla, como dinero, seguridad, tiempo, espacios o educación, todos acaparados por la élite.

 La próxima palabra en ser abducida, la que está permitiendo la implantación de este sistema de servidumbre, es colaboración. Su definición, trabajar con otra u otras personas en la realización de una obra, no tiene nada que ver con la economía colaborativa, ni con conceptos como colaboración público-privada, puesto en circulación para evitar una palabra que perdió su encanto: privatización.

Colaboración implica un sistema tendente a la horizontalidad, una red distribuida, en la que todos los actores aportan y recogen con un fin común. Incluso, podría usarse la palabra en una red descentralizada, en la que algunos miembros asumiesen el papel de coordinador o nodo, con cierta preponderancia incluso ganancial. El modelo Uber, donde millones de elementos sin capacidad de decisión, salvo negarse, trabajan para un centro, que concentra capacidad y plusvalía, no tiene nada que ver con la colaboración.

 La puesta en escena, los campos semanticos (coñac, torreznos y radio a toda hostia frente a té verde, muffins e iPhone), nos impiden ver el cambio socioeconómico que hay detrás: la sustitución de un modelo laboral industrial, regulado, previsible y tendente al equilibrio, por otro que se parece demasiado a la servidumbre agraria, una red centralizada que promueve precaridad, desregulación y sumisión. Sin el envoltorio tecnológico, Uber proporciona peonadas; peonadas por iPhone, pero peonadas.

 El modelo taxis-Uber es replicable es cualquier sector. Zapatos Martí, de Manises, sometida a la regulación de las diferentes administraciones, compite desde hace años con el calzado que llega en contenedores al puerto de Valencia que, gracias a las leyes de libre comercio, ha sido elaborado por empresas y personas no sometidas a la misma regulación. No fue un suceso meteorológico, sino una decisión política tomada por el Estado al que los propietarios y los trabajadores de Zapatos Martí llevan legitimando décadas.

 En el combate espiritual del Fary contra Steve Jobs, el primero tiene una mano atada a la espalda y los pantalones bajados. Quizá, por decisiones propias, como el voto, la indiferencia o la ausencia de inversión, todas relacionadas con el conformismo. Se lo merecen, se lee, han sido egoístas y la historia les está pasando por encima. Conviene guardarse la superioridad moral y el deseo de estar en el carro de los vencedores. Reducir el foco y pensar sólo en la bajada de la tarifa o en lo baratos que están esas deportivas es absurdo. En este nuevo modelo, nada es sólo demanda. Todo es también oferta.

Para el Estado, como concepto, debería ser un suicidio dejar de trabajar para los grupos sociales que lo legitiman, pero ya no hay modelos alternativos y los taxistas, como los ciudadanos, son inofensivos a pesar de ser muchos (o quizá por eso mismo).Uber es una y puede persuadir en los lugares adecuados con la gente adecuada (Neelie Kroes, ex comisaria de Competencia de la UE o Ray Lahood, secretario de Transportes con Obama trabajan para Uber).

En enero de este año, Uber completó una nueva ronda de financiación y su capitalización en bolsa era de 62.500 millones de dólares** . Ahí, hay fondos de inversión, de pensiones, bancos, etc. Comienza a ser muy grande para caer. Los taxistas, no. Mueven más dinero, sí, pero no circula por los canales adecuados. Pese a lo que pueda parecer, en esa lucha espiritual, ‘papá-estado’ no está del lado del Fary.

El conflicto taxis-Uber no tiene nada que ver con lo nuevo y lo viejo, ni con la libertad, ni siquiera con la tecnología. Internet puede facilitar modelos de red distributiva, sistemas comunales de propiedad y consumo o modelos muy parecidos a los falansterios. En el transporte privado, se podría facilitar la conversión del sector en un modelo cooperativo, pero las élites, con ayuda de los Estados, promueven otro modelo que, como suele suceder en la historia, es vertical y extractivo. Es lógico que las élites lo intenten, pero no lo es tanto que los Estados, con la indiferencia de los ciudadanos, lo faciliten.

 Los Estados no han perdido legitimidad por la crisis, sino por la gestión de la misma. No han respetado la bidireccionalidad del flujo: piden más ofreciendo mucho menos. La ruptura de ese pacto social, base del funcionamiento de nuestro modelo, es la que provoca las convulsiones de los sistemas políticos. Fenómenos políticos o sociales basados en la indignación o, incluso, la desconexión (el voto del cabreo del Brexit, Trump, Sanders, Le Pen, Corbyn o el Movimiento Cinco Estrellas de Italia ) tienen su origen en esa ruptura del pacto social. Se vota, se actúa, contra esa élite, sin saber muy bien cómo. También, la integración en otras organizaciones pseudoestatales, como cárteles de la droga o grupos religiosos fanáticos. Si no hay Estado, se buscan otros pactos.

El Estado no sólo desampara a los que lo financian y cumplen su ley (los ciudadanos), sino que ampara a los que no lo financian y no cumplen su ley (esa élite empresarial y financiera). En 2008, los estados decidieron rescatar a la segunda a costa de los primeros y no se han revertido ni atenuado las consecuencias. No es una situación excepcional, sino un modelo. El sistema actual, la nueva servidumbre, es el modelo. Esto es lo que había después de la crisis.


*ACTUALIZADO (13-07-2016, 13:00) Tras ser contactados por la agencia de comunicación de Cabify en España para explicarnos las razones por las que tienen su sede en Delawere (EE UU), hemos decidido incluir este link a una pieza de Voz Populi donde la propia empresa explica su modelo de fiscalidad.

**ACTUALIZADO (24-01-2019, 09:00) Según el Wall Street Journal, Uber prepara su salida a bolsa este año. La compañía está valorada actualmente en 76.000 millones de dólares, pero sus asesores informan que podría salir a la bolsa de valores con una capitalización de mercado de hasta 120.000 millones de dólares."                                      (Jorge Dioni,  GQ, 04/07/16)

30/12/20

La falacia de los precios baratos: los errores que cometemos con las grandes tecnológicas

 "Zephyr Teachout es abogada y profesora de Derecho en la Universidad de Fordham y fue candidata a la fiscalía de Nueva York en 2018. Ha publicado este año un recomendable libro, 'Break ‘em up', muy crítico con los monopolios. 

Dedica buena parte de él a los gigantes tecnológicos como Facebook, Google y Amazon, aunque inicia su ensayo con un sector en teoría alejado de la acción de las ‘big tech’, el de las granjas de pollos. Es difícil encontrar, sin embargo, un arranque más apropiado: no se puede entender el horizonte hacia el que nos dirigimos sin comprender el presente, y este queda dibujado en las formas organizativas desde las que se expande.

1.El punto de partida

Teachout describe cómo tres grandes empresas, Tyson, Pilgrim’s Pride y Perdue, dominan el mercado estadounidense de la carne de pollo. Son firmas procesadoras: son las que matan los pollos, los envasan y los envían a tiendas y restaurantes. Hay 25.000 empresas, casi todas familiares, que crían los pollos que se envían a las tres firmas. Teachout incide en la relación que se establece entre unos y otras: ya que las tres grandes empresas parecen coordinadas para no competir, cada productor solo puede vender, en realidad, a una de ellas, lo que los convierte mucho más en empleados que en operadores independientes.

Esa posición de inferioridad tiene consecuencias serias. En el contrato que firman, los productores quedan sujetos a situaciones muy lesivas. Teachout se centra en el caso de una de ellas, Tyson, que obliga a sus productores a mantener en secreto cualquier disputa que tengan con ella. Tampoco, como norma, pueden hablar con otros productores (aunque sean sus vecinos) acerca de cuánto cobran, lo que tiene su importancia, porque el pago es variable: Tyson tiene un sistema que llama “torneo”, según el cual abonarán más a aquellos productores cuyos pollos tengan más carne y menos al resto; pero como nadie sabe ni el peso de los pollos ni la cantidad que perciben otros productores (es información completamente confidencial), tampoco saben si el pago ha sido justo. Viven en un mundo opaco.

 Los productores, además, deben construir sus gallineros según las especificaciones exactas que les indica Tyson. Deben utilizar el programa de alimentación y de iluminación que esta les indica y emplear los medicamentos que se les ordenan. Si Tyson quiere experimentar con un nuevo alimento, puede obligar a un 10 % de sus productores a que lo empleen, aunque ninguno de ellos sabrá que forma parte de un experimento y, que si sale mal, habrán de correr con los perjuicios. Y por supuesto, están obligados a ceder sus datos a Tyson. 

 Según Teachout, la empresa procesadora ha puesto en marcha una estructura panóptica, esa en la que, como señalaba Bentham, el carcelero puede ver a todos los reclusos, pero los reclusos no pueden verse entre sí. Con un añadido: como los productores son los propietarios de sus medios de producción, deben invertir, y a menudo endeudarse, para realizar su trabajo; la deuda suele operar como una soga que los ata a Tyson.

El resultado final es previsible: hay muchos productores que sobreviven en un nivel muy cercano a la pobreza, suele haber bancarrotas y los suicidios no son infrecuentes. No es extraño, su vida no es buena: saben que un mal movimiento los arruina, carecen de capacidad para negociar, no pueden establecer relaciones de ayuda mutua con otros productores, ya que ni siquiera pueden hablar con ellos, y “viven en un estado de paranoia deliberada”. Pueden decir lo que quieran sobre los escándalos del país o sobre las guerras comerciales, pero sus voces no cuentan en lo que tiene que ver con su propio sustento. Dicen que esta es la gente que se enfada y vota a Trump; pero lo raro no es eso, sino que no voten a alguien que prometa el exterminio de la humanidad.

2. El cambio de eje

Teachout comienza su texto con la descripción de un sector concentrado en lugar de con los peligros de las tecnológicas precisamente para que entendamos bien el fondo del asunto: está hablando del poder y de las inevitables consecuencias que provoca su concentración en muy pocas manos. Los monopolios se construyen y se consagran para gozar de esta clase de poder, y no por otras razones. Este esquema de relaciones muy desiguales es el que se repite en la economía del contenedor, con muchos franquiciados: con Uber y, por supuesto y en otro nivel, con Facebook, Google y Amazon.

En EEUU saben bien los peligros latentes de esta disparidad de poder, porque vivieron sus excesos a finales del siglo XIX. Y la normativa 'antitrust' que pusieron en marcha, que solo fue aplicada de manera contundente a partir del segundo Roosevelt, estaba orientada en la dirección correcta: su premisa era que si se deseaba que el capitalismo funcionara, en lugar de dividir la sociedad en señores y vasallos, debía fomentarse la democracia económica; es decir, debía existir un reparto adecuado de los recursos que permitiera que el poder no recayese en muy pocas manos. Eso fue también el New Deal.

Desde esta perspectiva parte la obra de Teachout, y también lo hacen otras muy recomendables, como 'Liberty of all masters', de Barry Lynn, 'Monopolized', de David Dayen y 'Goliath', de Matt Stoller, que han sido publicadas en los últimos tiempos y que constituyen una fuente de primera magnitud para entender con precisión nuestra época.

 Sin embargo, los tiempos no han sido propicios últimamente a esta visión del poder repartido. Más al contrario, los legisladores y los jueces dejaron de tomar en cuenta esta dimensión y comenzaron a dictar sus decisiones en función de conceptos mucho más extraños al derecho, como la economía y la eficiencia. Olvidarse de lo justo, del equilibrio de poder y del castigo a los abusos abrió la puerta a una reconfiguración completa en materia antitrust que puso, de una manera muy llamativa, al consumidor en el centro de sus decisiones.

Ese cambio de eje facilitó aprobar nuevas normativas y nuevas fusiones. El argumento nuclear fue que si una mayor concentración producía ventajas para el consumidor, por ejemplo generando precios más baratos, y era más eficiente para las firmas, debía autorizarse y, lo que es peor, apoyarse. El otro límite que solía establecerse, el de unas barreras altas de entrada, se convirtió también en superfluo: quizá Google fuera un monopolio, pero como cualquier chaval en un garaje con la suficiente inventiva podía idear un sistema nuevo, se entendía que las barreras de entrada eran casi inexistentes. Estas cosas se afirmaban sin rubor alguno.

3. ¿Mejor una dictadura?

En realidad, los consumidores tienen muy poco que ver con el asunto de fondo, por dos razones tan evidentes que se hace extraña la obligación de insistir en ellas. La primera se aprecia bien si recurrimos al símil político. Utilizando los mismos términos que se emplean para autorizar las concentraciones se podrían justificar muy sencillamente toda clase de dictaduras. 

Es evidente que las democracias son más caras, ya que cuestan más al ciudadano porque hay que sufragar los gastos que implican los parlamentos, los partidos políticos, los diputados; son también más lentas, porque hay que debatir las leyes, en muchas ocasiones con representantes que no se ponen de acuerdo y tardan más de lo debido en dictar resoluciones, mientras en las dictaduras hay poca dilación, se dictan las medidas y basta; y los regímenes autoritarios son también más eficientes a la hora de llevar a la práctica las decisiones que se toman, porque si hay dilaciones o ejecuciones imperfectas se acaba en la cárcel o ante el pelotón de fusilamiento, lo que suele ser un elemento de convicción suficiente. 

De modo que, siguiendo por ese camino, con las dictaduras el ciudadano tendría un régimen más barato, más rápido y más eficiente, justo aquello con lo que se justifican las concentraciones, y en especial las tecnológicas.

 Por algún motivo, lo que se percibe como muy negativo en lo político, se entiende muy positivo en lo económico, y por las mismas razones. Se hace extraño que existan ideologías políticas, apoyadas por muchas personas, que perciban con hostilidad la concentración de poder político y sin embargo inciten de continuo a la concentración de poder económico. El peligro de estas posiciones es obvio, porque su divergencia puede ser únicamente temporal, de modo que en un tiempo terminen confluyendo. En el fondo se basan en la misma justificación: reducción de costes, eficacia y eficiencia.

 4. Así compite cualquiera

La segunda cuestión es la justificación por su política de precios más baratos y condiciones más eficientes para el consumidor. Es obvio que el poder concentrado supone cambios, a menudo ligados a la rebaja de precios finales, que suelen conseguirse a partir del descenso de salarios y de peores condiciones para los proveedores, lo que constituye un problema bastante serio. Sin embargo, esta parte suele pasarse por alto, ya que el comprador sale beneficiado. Lo que no suele subrayarse es que esa mejora es eventual, solo hasta que se expulsa a la competencia: una vez que los monopolios o los oligopolios se han asentado, los consumidores quedan cautivos y, a partir de ese momento, los precios suben. Es únicamente una maniobra táctica, cuyo carácter se desvela en cuanto el poder de mercado se concentra.

Pero, además, debemos ser muy conscientes de cómo se consiguen estas rebajas, por lo que tienen de injustas y de socialmente perjudiciales. Cuando un pequeño puñado de grandes empresas pueden pagar sus impuestos en paraísos fiscales, imponer normas lesivas a sus empleados y proveedores e ignorar las regulaciones, no tienen ningún problema en bajar los precios: les es posible hacerlo porque no respetan las normas a las que sí están sujetos sus competidores. Con condiciones muy favorables es muy fácil competir, especialmente si la ley mira hacia otra parte y permite formas de actuación que no permite a la gran mayoría de las empresas.

5. Leyes, no buena voluntad

En este escenario, se suele poner el acento en la responsabilidad de los consumidores, que de alguna manera deberían tomar consciencia de la situación, optar por una compra responsable y ayudar a las tiendas de barrio, al comercio de proximidad, a las pequeñas librerías y demás elementos retóricos que siempre aparecen en estas discusiones. Pero eso es poner el acento nuevamente en el lado equivocado. Es probable que si alguien se dedica a robar productos y venderlos después, los ofrezca a un precio bastante más barato y siempre encontrará gente dispuesta a adquirirlos.

 Pero de lo que se trata no es de que exista gente más o menos responsable, sino de que la sociedad tiene normas y deben cumplirse. Si robasen en las casas de Zuckerberg, Serguéi Brin, Larry Page o Jeff Bezos y vendieran lo sustraído a la quinta parte de su precio, los magnates no apelarían a la responsabilidad del consumidor, sino que llamarían a su servicio de seguridad y a la policía para que metieran en la cárcel a los ladrones y a los receptadores. Pues eso mismo.

Las cosas están cambiando, sin embargo, y hay una sensibilidad creciente respecto del poder de las tecnológicas. Sería conveniente que no se quedara ahí y sirviera para tejer una normativa fibrosa alrededor de la concentración de poder en general y no solo respecto de la tecnología. Por más problemas que puedan percibirse para desarrollar acciones contundentes, lo cierto es que el humor de los tiempos está cambiando y es positivo que así sea. Sin embargo, resulta llamativo que muchas de las personas que alababan las concentraciones tecnológicas sean ahora las que lancen la voz de alarma.

 La gente puede cambiar de opinión o darse cuenta de los errores que comete (por suerte), pero sería conveniente que los especialistas institucionales que lideren la reacción sean diferentes de aquellos que se equivocaron, de quienes celebraron alegremente los beneficios de las tecnológicas y ahora señalan que quizá se haya ido demasiado lejos. Por simple prevención, no vaya a ser que nos ocurra igual que con las crisis económicas, que los economistas que crearon con sus ideas los escenarios que llevaron a las recesiones fueron los mismos que lideraron la recuperación. Sería interesante aprender algo de los errores del pasado."                    (Esteban Hernández, El Confidencial, 27/12/20)

18/3/20

La situación de la clase obrera española: La situación laboral de los jóvenes trabajadores es, lisa y llanamente, catastrófica... 1.7 millones (un 20%) ha emigrado... y la brecha salarial entre mujeres y hombres sigue creciendo

"José Daniel Lacalle, ingeniero aeronáutico, miembro del Consejo de la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM), su trabajo en el campo de la sociología se ha centrado en la sociología de la ciencia, las profesiones, las clases sociales y la clase obrera. 

En este siglo XXI se ha centrado en la situación específica de la clase obrera y el mercado laboral: “La clase obrera en España. Continuidades, transformaciones, cambios” (El Viejo Topo-FIM, Barcelona, 2006), “Trabajadores precarios, trabajadores sin derechos” (El Viejo Topo, Barcelona, 2009), “Conflictividad y crisis. España 2008-2013” (El Viejo Topo-FIM, Barcelona, 2015); también ha contribuido a la publicación colectiva, “Dígaselo con Marx” (Ediciones GPS, Madrid, 2018). Desde 2008 dirige y coordina la publicación digital “Indicadores Económicos y Sociales” en la FIM.


Me gustaría preguntarte sobre una ponencia que has presentado en la Escuela del PCE de Madrid que se celebró en Cercedilla el pasado 19 julio de 2019. Recuerdo el título a los lectores: “¿Cómo es la clase obrera de hoy?”. Te apoyas en Edward P. Thomson, y comentas que “una clase social no debe verse como un componente de una estructura sino como una relación entre componentes de una estructura”.  ¿Nos puedes explicar con algo más de detalle esta definición? ¿No valdría entonces aquella definición de que la clase obrera incluye a todos los ciudadanos asalariados no propietarios ni directivos de los medios de producción, servicios y finanzas?

Sobre a la clase obrera, yo siempre me he apoyado en los marxistas anglosajones, no solo en Edward 

P. Thomson, sino en Ralph Milliband y sobre todo en Eric J. Hobsbawn. Pero el concepto de clase como relación está en el mismo “Manifiesto Comunista”, en donde la burguesía y el proletariado solo existen la una en función del otro, y viceversa, es decir, solo existen en su relación, que se concreta en la lucha de clases.


En cuanto a la definición de la clase obrera como todos los asalariados no propietarios ni directivos no es una buena herramienta para acercarse a la enorme complejidad que supone el conjunto de la clase obrera dentro del capitalismo globalizado (falsos autónomos, falsos cooperativistas, y otras figuras).


¿Ser asalariado o asalariado no es lo mismo que ser obrero/a?


Evidentemente ser asalariado/a no es lo mismo que ser obrero/a; la inmensa mayoría de los asalariados pertenecen a la clase obrera, por las mismas razones que las indicadas en la respuesta anterior.


Te cito de nuevo: “Para acercarnos a la situación de la clase obrera en España y en la Comunidad de Madrid utilizaremos la encuesta de población activa (EPA) del Instituto Nacional de Estadística, a principios de 2019, completándola con otra serie de datos a partir de estadísticas oficiales, como encuestas salariales, de accidentes laborales, de conflictividad laboral, etc.”. ¿No hay aquí riesgo de confiar en exceso de los datos oficiales, de la documentación institucional? Pienso, por ejemplo, en las estadísticas sobre accidentes de trabajo y no son siempre datos “neutros”, “objetivos”.


Sobre la validez de los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) y del Instituto Nacional de Empleo (INEM), y me refiero a los de la Encuesta de Población Activa (EPA), Accidentes de Trabajo, Encuestas de Salarios, Datos de Huelgas y Paros laborales, son lo más fiable que puede obtenerse, y son los que aceptan en Eurostat como válidos.


En el apartado “nación de asalariados”, hablas de la importancia de la “economía sumergida” en España. ¿Por qué sigue siendo tan importante en nuestro país ese tipo de economía? ¿Qué trabajadores y trabajadoras se ven abocados a ella?


Sobre la economía sumergida, en 2019 en nuestro país, está calculada en el 25% del Producto Interior Bruto; España dobla la media de la Unión Europea y el que se mantenga alrededor de esa cifra es debido, fundamentalmente, a la falta de recursos de todo tipo (materiales y humanos) que se dedican a su persecución. Los trabajadores abocados a ella son los inmigrantes sin papeles, pero también aquellos que tienen los trabajos más precarizados.


Hablas también en este apartado de los falsos autónomos de la mal llamada economía ‘colaborativa’. ¿Qué dimensión tiene esa economía antiobrera en estos momentos en España? ¿Cómo ves el futuro de esa economía de agresión en nuestro país?


Se denominan falsos autónomos los que tienen una facturación que está monopolizada por una sola empresa, los casos de Globo, Deliveroo, Uber, Cabify, Mapfre y las corporaciones locales son los más conocidos. Se calculan, según la UATAE que son 225.000 personas en 2019, con un crecimiento de 15.000 en este último año y que la cifra continúa creciendo. El futuro de este colectivo depende de la derogación de las últimas reformas laborales y la aprobación de un Estatuto de los Trabajadores que le tenga en cuenta.


Se habla en ocasiones, tú también lo haces, de que una de las consecuencias básicas de la globalización es la diversificación y fragmentación de la clases obrera. ¿De qué diversificación y fragmentación hablamos? ¿Qué novedades generan en las clases trabajadoras esta diversificación y fragmentación?


Como ya he planteado en otras ocasiones, y perdón por la autocita: “la globalización ha incrementado las diferencias dentro de la clase, tanto a nivel internacional como dentro del capitalismo avanzado o global. La existencia de un mercado de trabajo dual entre trabajadores precarios, la mayoría, y no precarios, la minoría, que enlaza con la existencia de lo que Lenin calificó como ‘aristocracia del trabajo’; nos lleva a un mercado laboral con múltiples diferencias internas, salariales, de derechos y condiciones de trabajo, de género, de edad, por nivel de educación, por tipo de contratación” (J.D. Lacalle, “Las clases sociales en ¿El Manifiesto Comunista”, en el libro colectivo “Dígaselo con Marx”, referenciado más arriba).


Señalas también un segundo error en las previsiones de Marx y Engels. ¿Qué segundo error es ese?… Y por cierto, ¿cuál fue el primer error?


Sobre los errores de previsión en “El Manifiesto” son, en primer lugar, la desaparición de los grupos intermedios, pequeños industriales y comerciantes, artesanos y labriegos, que plantean que proceden del feudalismo, y en segundo lugar que el incremento cuantitativo de la clase obrera iba acompañado por su homogeneización. Es evidente que ninguna de las dos se ha cumplido.


Hablando de la diversidad en las condiciones de trabajo haces referencia a los trabajadores precarios. ¿Qué sería para ti un trabajador precario? Tal como estás las cosas tras las últimas contrarreformas laborales, ¿no lo seríamos todos?


Sobre el precariado, en primer lugar, un trabajo precario es aquél que no permite unas condiciones de vida y trabajo dignas. Desde luego, tras las últimas contrarreformas laborales es aplicable a la gran mayoría de los trabajadores dependientes, o de la clase obrera.


El precariado, algunos sociólogos de renombre usan esta expresión, ¿sería una nueva clase social desde tu punto de vista?


Desde mi punto de vista y aún a sabiendas de que el precariado es considerado como una nueva clase social, esto no es así. La clase obrera, a lo largo de la historia del capitalismo, nunca ha sido un grupo social homogéneo, el que esta falta de homogeneidad se haya agudizado con la globalización capitalista no nos debería llevar a inventarnos una nueva clase social.


Hablas a continuación de la importancia de la división de género. ¿Por qué es tan importante esta división?


Su importancia está en que en principio afecta a más de la mitad de la población. En el mercado laboral las mujeres están hiperresentadas (con tasas de feminización superiores al peso de las mujeres en la población en edad de trabajar) en el trabajo a tiempo parcial, el paro, el paro de larga duración y la inactividad, y prácticamente equilibradas en la contratación temporal; infrarrepresentadas lo están en la actividad, ocupación, y salarización.


¿Sigue pasando que las tareas domésticas están realizadas básicamente por mujeres?


Aunque ha habido avances en la participación masculina en las tareas domésticas, estas siguen siendo realizadas mayoritariamente por las mujeres.


La brecha salarial entre mujeres y hombres, ¿ha aumentado o ha disminuido estos últimos años?


Utilizando el trabajo de Marta Hernández para “El Mundo” de 12/2/18 a partir de los datos de GESTHA en su informe “Brecha salarial y techo de cristal”, la brecha salarial estaría creciendo; como media las mujeres cobran 4.745 euros menos anuales que los varones, un 30% menos, y en el caso de las pensiones la diferencia sube al 37% menos.


¿Cómo describirías brevemente la situación de las mujeres trabajadoras en España?


A partir de los datos de la EPA, la mayor precariedad del trabajo de las mujeres está recogida en una pregunta anterior, la que me hacías sobre la división de género.


En cuanto a la edad, ¿no ha sido siempre así? Si pienso en mi vida laboral, por ejemplo, cuando empecé a trabajar a los 14 años mis condiciones eran malas, francamente malas, mucho peores que las de mis compañeros de mayor edad.


La situación laboral de los jóvenes trabajadores es, lisa y llanamente, catastrófica en los menores de 30 años, como se deduce de los análisis de la EPA para ese grupo de edad. Con una tasa de actividad 4’5 puntos porcentuales por debajo de la del total de la población, una tasa de ocupación casi 11 puntos porcentuales por debajo, apenas por encima del 75, una tasa de temporalidad por encima del 55%, casi 29 puntos porcentuales por encima de la media, en el trabajo a tiempo parcial están contratados algo más de 1 de cada cuatro jóvenes, más de 11 puntos porcentuales por encima de la media, desempleados están casi 1 de cada cuatro jóvenes y más del 59% ni encuentran trabajo ni lo buscan.


Al referirte al nuevo salario mínimo haces referencia a las dificultades para su implantación y a su cuantía. ¿Dónde residen las dificultades para su implantación? La ley está aprobada desde hace meses. ¿Cuál sería una cuantía justa, desde tu punto de vista, para el salario mínimo en la España actual?


El problema está en lo difícil que es el seguimiento de una ley dentro de la maraña de pequeñas empresas y comercios que conforman el modelo productivo en nuestro país. La cuantía debería estar marcada por conseguir un trabajo digno.


¿Por qué es tan importante el sector servicios en la estructura económica española (¡nada menos que el 75,5% de los asalariados!)? ¿Qué consecuencias podemos extraer de ese dato?


En el capitalismo avanzado el grueso de la ocupación está en el sector servicios, de todos modos esta es una situación ficticia, puesto que el sector servicios es una especie de cajón de sastre en el que todo cabe. Hay que distinguir entre los servicios con trabajadores de elevada cualificación, como son la enseñanza y la sanidad, los servicios con alto contenido tecnológico, y el resto. En España, por desgracia, los servicios, en su mayoría, son de valor añadido bajo. Con esto quiero decir que el peso del 75% en el empleo en el sector servicios no dice nada, a priori, es un porcentaje normal.


¿Qué trabajadores españoles ganan más? ¿Los de la industria, los de la construcción, los de servicios? ¿Por qué?


En España, los salarios son mayores en la industria, un 14’7% por encima de la media, unos 4.000 euros anuales más, seguido de los servicios, la construcción es la que tiene salarios más bajos, (datos de 2017). La razón está en la productividad del trabajo en los distintos sectores.


¿Son muy importantes las diferencias salariales en las comunidades españolas? ¿Pueden ser causa esas diferencias de migraciones internas en busca de una mejor remuneración? ¿Los trabajadores de las comunidades ricas (las de mayor renta per capita) viven mejor que los de las comunidades más pobres? ¿Sus clases dominantes son más generosas?


Las Comunidades más ricas tienen salarios más altos, debido al valor añadido producido. Eso no tiene nada que ver con la generosidad o no de las clases dominantes. Además esas Comunidades tienen menor tasa de paro, que es, probablemente, la principal causa de migraciones internas.


¿Qué futuro tiene nuestro país, y sus clases trabajadoras, partiendo de la descripción que haces (que pone los pelos de punta) de la situación de los jóvenes trabajadores?


Evidentemente, la situación laboral de los jóvenes es prácticamente insostenible, como hemos mostrado en una respuesta anterior. Esto ha producido una emigración al exterior. En 2007 había en nuestro país 8,38 millones de jóvenes entre 16 y 30 años, en 2019 son solamente 6’68 millones, 1.7 millones (un 20%)  menos; la única explicación de esta caída es la emigración.


Afirmas que en España el conflicto laboral es, esencialmente, un conflicto industrial. ¿Por qué? Por lo demás, ¿no siempre ha sido así?


Hace un tiempo se generalizó la propuesta de que el conflicto laboral estaba perdiendo fuerza frente al conflicto social. Esto afirmación es la que me llevó a hacer, desde la FIM, una investigación sobre el conflicto laboral, que se publicó en 2015 y se ha ido completando en los “Indicadores económicos y laborales”. El resultado de esa investigación, que cubre desde 2007 a 2018 es que el número de huelgas diarias estrictamente laborales ha oscilado entre 2’5 y 3 en los datos del Ministerio de Empleo.


Teniendo en cuenta datos e interpretación, ¿la clase obrera es, hoy por hoy, un sector social en lucha?


La clase obrera sigue siendo el principal sector social en la lucha frente a la globalización capitalista.


Los sindicatos de clase, ¿están a día de hoy a la altura de las circunstancias? ¿Pueden hacer más de lo que hacen?


Los sindicatos de clase hacen lo que pueden, hay que recordar que un conflicto laboral registrado es generalmente llevado a cabo por uno o más sindicatos.


¿Por qué sigue habiendo tan baja afiliación sindical en España?


La afiliación sindical en España siempre ha sido muy baja, con la crisis y la recuperación macroeconómica el porcentaje de afiliación ha bajado, del 17’1% en 2008 al 13’9% en 2015. Hay que tomar en consideración que en la negociación colectiva, que llevan a cabo los sindicatos es aplicable a todo el colectivo, estén o no sindicados.


Hablan los sociólogos de la desaparición de las clases medias, de su proletarización creciente. ¿Es así? La crisis económica en la que seguimos inmersos, ¿les golpeó con más dureza?


La desaparición de las clases medias y la progresiva proletarización de las mismas. A lo largo de la historia el capitalismo ha jugado con la existencia de los grupos intermedios con el fin de encontrar una barrera que evitan la existencia de un enfrentamiento entre las dos clases principales. Es cierto que la globalización ha incrementado las diferencias de ingresos y modos de vida, ahora bien, volver a plantearse la progresiva proletarización hasta la desaparición no creo que se vaya a producir                   


Mil gracias por tu tiempo y tus documentadas respuestas."                   

(Entrevista a José Daniel Lacalle, Salvador López Arnal , Rebelión, 24/02/20. Fuente: El Viejo Topo, enero de 2020)

16/12/19

A Martino Correggiari lo desconectaron de Deliveroo en 2017. Junto a otros cuatro compañeros, fundó La Pájara Ciclomensajería en 2018. La cooperativa ha logrado fidelizar a una pequeña clientela (500 usuarios de su aplicación) y a un puñado de restaurantes... La herramienta digital puede ser utilizada por cualquier cooperativa de reparto en bicicleta. Es de uso libre y está en constante desarrollo gracias a las aportaciones de todos sus copropietarios...

"Dejemos algunas cosas claras desde el principio, ¿vale? No trabajas para nosotros, trabajas con nosotros (…) No vas a tener salario sino ingresos (…)  Eres dueño de tu destino, Ricky, ¿serás capaz?”. 

A los miembros de la ciclomensajería La Pájara, las palabras que escucha Ricky, el personaje principal de la recién estrenada película de Ken Loach, Sorry We Missed You, les suenan familiares. En la primera escena de la película de Loach, el encargado de almacén de una plataforma de reparto a domicilio entrevista al atribulado Ricky (Kris Hitchen), que asiste a la reunión empujado por su desesperada situación laboral, que no para de empeorar desde la crisis financiera de 2008. 

“Esto (el dispositivo con la aplicación de la plataforma) decide quién vive y quién muere (…) Haz que esté contento”, le aconseja el encargado. En un cine del centro de Madrid, Kike “el flamenco”, Martino “el búho”, Antonio “la garza” y Joaquín “águila calva”, los miembros de La Pájara, posan junto al cartel de la película de Loach. Han sido invitados a una proyección-coloquio y deciden hacerse una foto para que la distribuidora se la haga llegar al director británico.

 La imagen de los riders de La Pájara, sonrientes junto a sus bicicletas, representa esa luz de esperanza que no asoma en la tormentosa historia hilvanada por Loach y su inseparable guionista, Paul Laverty. Sorry We Missed You es un fogonazo de realidad sin anestesia que pone al descubierto los atributos de una mal llamada economía colaborativa: precariedad, explotación soterrada, fomento de una competitividad descarnada, desprotección laboral, el mantra de la “flexibilidad”, etc. 

Características que en la era de la globalización se replican en todas partes casi con idéntico patrón. Las cuitas de un obrero precarizado de la economía digital son hoy similares en Newcastle (donde está ambientada la película), Madrid o Sao Paulo. 

Pero esa demoledora realidad es capaz también de generar movimientos de resistencia por parte de aquellos que la sufren; experiencias alternativas que, valiéndose también de las nuevas tecnologías, pero aplicándolas con un sentido ético, emergen como pequeños destellos en el horizonte de las relaciones laborales del siglo XXI. Y en ese camino, algunos riders corren que vuelan.

 Como si se tratara de un personaje de ciencia-ficción, a Martino Correggiari lo desconectaron de Deliveroo en agosto de 2017. Había empezado a trabajar en febrero de ese año para esta plataforma de reparto de comida fundada hace seis años en Reino Unido por William Shu y Greg Orlowski, e instalada en España desde 2015. Amante de la bicicleta, este italiano de 33 años se había propuesto vivir como repartidor.

Pero no tardó en darse cuenta de que no le iba a ser fácil llegar a fin de mes con los ingresos que obtenía realizando pedidos para Deliveroo. Junto a Kike Medina y otros cuatro compañeros, fundó La Pájara Ciclomensajería en septiembre de 2018. Los cuatro integrantes actuales de la cooperativa han logrado en este año fidelizar a una pequeña clientela (cuentan con unos 500 usuarios de su aplicación) y a un puñado de restaurantes (muchos de ellos veganos) comprometidos con el consumo responsable y el comercio de proximidad.  

 “Nosotros surgimos del conflicto que hubo con las grandes plataformas –explica Kike en un bar cercano al cine donde se va a proyectar la película de Loach–. Venimos de esa lucha. Comenzamos a auto-organizarnos en 2018. Queríamos construir un proyecto nuevo basado en derechos laborales dignos con la pretensión de generar en un futuro una oferta de empleo digna y así profesionalizar el sector (del reparto de comida y la mensajería). Ahora se vulneran mucho los derechos de los trabajadores en ese sector porque hay una alta temporalidad”.

 En septiembre del año pasado las aves urbanas ya estaban pedaleando bajo el impulso de Mares Madrid, un programa del Ayuntamiento madrileño, con apoyo de la Unión Europea, que promueve proyectos relacionados con la economía social. Gracias a ImpulsaCoop, una suerte de incubadora de cooperativas, han estado un año testando si su idea es viable. Y hace un par de semanas se establecieron ya definitivamente como cooperativa sin fines de lucro. 

“Aunque todavía tenemos unos ingresos precarios, trabajamos por y para nosotros sin tener a una persona del monopolio encima. Y somos los dueños de nuestras herramientas digitales. Eso es una gran diferencia”, explica este licenciado en Bellas Artes de 33 años que ha abrazado también la subcultura rider. La herramienta a la que se refiere se llama CoopCycle. Y no hace falta mantenerla “contenta”. 

Al contrario que las aplicaciones utilizadas por las grandes plataformas como Deliveroo o Glovo, en las que se penaliza a los riders que no cumplen con determinadas expectativas de entrega o la aceptación de pedidos por medio de unos diabólicos algoritmos, quién sabe si con el concurso de alguna aviesa mano, CoopCycle es una aplicación de código abierto creada por una federación de ciclomensajería francesa que mantiene una filosofía del trabajo similar a la de La Pájara.

 La herramienta digital puede ser utilizada por cualquier cooperativa de reparto en bicicleta. Es de uso libre y está en constante desarrollo gracias a las aportaciones de todos sus copropietarios.

Uberización del empleo

Martino ha llegado con traje de faena al local de la Plaza de l@s Comunes, en el madrileño barrio de la Arganzuela, donde la organización Paz y Dignidad ha organizado una charla-debate sobre la “uberización” del empleo, el nuevo rostro digital del capitalismo. Aparca su estrambótica bicicleta de carga enfrente del local y se apresta a escuchar a los ponentes, entre ellos a su compañero Felipe Corredor, un exrepartidor colombiano de Deliveroo, doctor en Investigación Social por la Universidad Autónoma de Barcelona y miembro del colectivo Riders X Derechos, azote de las grandes plataformas. 

Felipe también sufrió una “desconexión” por parte de Deliveroo. El eufemismo se las trae. La economía digital está resignificando los conceptos clásicos de las relaciones laborales. En un futuro próximo, la palabra “despido” podría desaparecer de nuestro vocabulario laboral. Y con ella la palabra “indemnización”, la palabra “protección”, la palabra “huelga”… La cuarta revolución industrial ha generado un robot con alma medieval. 

Corredor lo sintetiza así: “Lo que se nos vende como algo nuevo es la sofisticación de la explotación. Ahora ya no se ve al jefe físicamente, antes sí, y ya no hay contacto cara a cara con los compañeros (en plataformas como Deliveroo). Aflora el individualismo, la competitividad interna, se pierden derechos y se dinamitan los vínculos sociales por la alta rotación en los trabajos y la movilidad constante”. Para Corredor, la narrativa impuesta por la economía digital que representan Deliveroo, Glovo, Uber Eats y otras plataformas de reparto va calando en la conciencia de los trabajadores. Flexibilidad es uno de los términos favoritos de ese glosario digital. 

Lo primero que le dijeron a Felipe en la charla de formación de Deliveroo fue, como al resto de interesados, que podría elegir sus propios horarios. Para estimular a los no iniciados, nada mejor que recordarles la historia de éxito de Shu y Orlowski, dos espíritus emprendedores, otra expresión de obligada asimilación. Porque la cuarta revolución industrial adiestra ya a un ejército de emprendedores. Seremos, por fin, dueños de nuestro destino (¿serás capaz, Ricky?). Y, a la vez, esclavos de una despiadada aplicación digital. “La nueva disciplina funciona mejor que el látigo –reflexiona Felipe–; ahora, el látigo que impone el rendimiento laboral lo lleva encima el propio trabajador”.  

Martino comenzó a trabajar en Deliveroo en febrero de 2017, dos meses después de llegar a España. Antes había hecho algunos trabajos relacionados con su profesión –arquitectura–, en los que también se sentía explotado: “No quería quedarme horas y horas en casa frente al ordenador y vi que era fácil entrar en esa plataforma. Te dan una charlita, te hablan de que tú escoges las horas, te das de alta como autónomo y ya está. Después me di cuenta de que era muy difícil escoger horas para que se convirtiera en un trabajo rentable, no ya seguro, porque es un trabajo de alto riesgo. 

Llegó mayo (de 2017) y veía que trabajaba unas 25 horas semanales y no me daba para vivir, así que tuve que compaginarlo con el trabajo para otras ciclomensajerías. En junio me llegaron dos correos de Deliveroo en los que me informaban de que habían cambiado las condiciones del contrato. 

Proponían dos nuevos tipos: uno de ellos el TRADE (trabajador autónomo económicamente dependiente) y otro que cambiaba algunas condiciones del contrato mercantil que yo había firmado en su momento con una duración de dos años. La empresa eliminaba ahora el pago asegurado de dos pedidos por hora y comenzaba a pagar solo por pedido realizado. Decidí no firmar”.

Después llegó la huelga de repartidores de julio de 2017 organizada por Riders X Derechos. Martino fue parte activa de esa protesta de éxito dispar: “A comienzos de agosto, recibí una comunicación. Deliveroo prescindía de mis servicios”. Junto a otros dos compañeros, interpuso una demanda individual contra la compañía y la justicia obligó después a Deliveroo a indemnizarlos. Los juzgados se han llenado en los últimos tiempos de denuncias relacionadas con los riders.

 La cuestión de fondo es la categorización laboral. Para las empresas, los riders son trabajadores autónomos. Para la Inspección de Trabajo de la Seguridad Social, se trata de falsos autónomos que tienen una relación laboral con esas empresas: Deliveroo, Glovo, Uber Eats, Stuart, etc. 

Un juzgado de Madrid entendió en julio pasado que esa era la premisa que prevalecía en el macroproceso que sentó en el banquillo a Deliveroo frente a la Seguridad Social. A falta de una legislación más clara, los jueces están dando la razón en algunas ocasiones a los trabajadores (en demandas colectivas, sobre todo) y en otras, a las empresas (ante reclamos individuales, principalmente).  

La sentencia del macrojuicio de Madrid emitida por el Juzgado de lo Social número 19 da la razón a la Inspección de Trabajo de la Seguridad Social y considera falsos autónomos, y por tanto asalariados, a 537 exrepartidores de Deliveroo. “Cabe concluir que en la prestación de servicios de los repartidores afectados por el proceso (…) prevalecieron las condiciones propias de la laboralidad”, subraya una sentencia que ya ha sido recurrida por la plataforma ante el Tribunal Superior de Justicia de Madrid. 

Aunque Deliveroo argumentó que los trabajadores son dueños de sus bicicletas y teléfonos móviles, el juez consideró más relevantes aspectos como la organización del trabajo a cargo de la empresa o la formación que reciben los repartidores. Pero, además, para la justicia hay un factor determinante que demostraría la condición de falsos autónomos de los riders: la aplicación digital, propiedad de la compañía y utilizada por los repartidores. El timón de los “dueños de su destino” estaría así en manos de un ente ajeno, ya sea digital o de piel humana. 

Un ente que “decide quién vive y quién muere”. La polémica sobre la relación laboral de los repartidores viene de lejos. La sentencia del juzgado de lo Social de Madrid se apoya en parte en un fallo del Tribunal Supremo de febrero de 1986 en el que se daba la razón a los motoristas de una compañía de mensajería y se reconocía que había una “ajenidad patente” en su trabajo. 

El reclamo de la “flexibilidad”

En el informe El trabajo de las plataformas digitales de reparto, publicado en septiembre por el Servicio de Estudios de UGT, se detalla cómo es el sistema de trabajo en las plataformas digitales de reparto: “Después de registrarse en la web y reservar una sesión formativa en las oficinas de la plataforma o en un coworking, el trabajador debe acudir a una sesión formativa. 

En esta reunión, es donde se le invita a formar parte del equipo que está revolucionando el mundo con un nuevo concepto. Se comienza por un vídeo corto donde, como píldoras, van introduciendo la idea de trabajar cuando quieras, de ser libre a la hora de elegir los horarios, el reclamo de la ‘flexibilidad’, cómo convertir en dinero tu tiempo libre…. Cuando las luces se vuelven a encender y el formador toma la palabra, empieza el proceso real de seleccionar aquellos que necesitan ese trabajo. El formador se muestra entonces agresivo, quiere gente que venga a ganar dinero y habla de repartidores que han hecho muchos pedidos y que han ganado mucho dinero. Aunque, también, advierte que hay que trabajar mucho. Por último, insiste en una idea constante: lo poco que cuesta ser autónomo”.


Una vez hecha la primera criba, aquellos que deciden continuar tendrán que adelantar dinero para equiparse con una bolsa térmica, prendas con la imagen de la empresa, una batería externa y un soporte para sujetar el teléfono móvil al manillar del vehículo. Se adquieren en forma de fianza a descontar de la primera factura. 

El último paso es conocer las funciones de la aplicación que establece los parámetros con los que cada trabajador obtendrá una puntuación en función de la cual el algoritmo le distribuirá más o menos trabajo en mejores o peores horarios y zonas. Los más lentos o aquellos que no aceptan determinados pedidos serán penalizados por el sistema. 

Adigital, la patronal de las compañías de la economía digital, estimó en 14.337 el número de trabajadores de las plataformas de reparto en 2017. De acuerdo a esta cifra, los técnicos de UGT llegaron a la conclusión de que estas compañías (Deliveroo, Glovo, Ubereats, Stuart) se ahorran cada año 168 millones de euros (unos 92 millones en salarios no ajustados a convenio y otros 76 millones en cotizaciones que no pagan a la Seguridad Social al considerar a los repartidores como autónomos). 

Para la elaboración del estudio, el sindicato realizó una encuesta a medio centenar de riders y examinó actas de la Inspección de Trabajo. “Las plataformas digitales de reparto –subraya el informe– pretenden favorecerse de un supuesto vacío legislativo para generar situaciones de explotación laboral intolerables que crecen al ritmo que se extiende este tipo de negocio”.

Integrada hoy como sección en la Intersindical Alternativa de Cataluña, Riders X Derechos fue la respuesta de los repartidores a ese “sistema de explotación” al que también se refiere Felipe Corredor. El germen fue el intercambio de opiniones y experiencias entre los trabajadores, que en un principio podían relacionarse fugazmente en los centroides (puntos de control de Deliveroo donde los riders coincidían).

 “Era un lugar para vernos las caras, socializar y organizar la resistencia”, explica Felipe. Pero el primer pliego de peticiones presentado a Deliveroo (sobre antigüedad, horas de trabajo semanal, seguros, pluses por lluvia, etc.), obtuvo el silencio por respuesta y Riders X Derechos (de cuyo riñón surgieron después La Pájara en Madrid y Mensakas en Barcelona) convocó a una huelga. La compañía “desconectó” a los promotores de la protesta y cerró los centroides. Se acabó la socialización de los trabajadores, esa rémora heredada del fordismo que la economía digital se ha empeñado en enterrar. 

La empresa perdió una demanda posterior –la primera colectiva– presentada por una decena de trabajadores despedidos en Barcelona y tuvo que indemnizarlos y readmitirlos (salvo en un caso de cese voluntario). “Lo que hicimos fue un paso en la lucha en contra de la uberización de la economía. Hoy estamos en medio de un casino judicial, esperando alguna decisión del Tribunal Supremo al respecto”, recuerda Felipe.      

¿Dueños de su destino?

No todos los riders están descontentos con su situación laboral. Asoriders, una asociación sin ánimo de lucro, firmó el año pasado un acuerdo con Deliveroo para mejorar las condiciones de trabajo de sus asociados: extensión del seguro de baja laboral de 30 a 60 días, descuentos en los materiales de Deliveroo o preferencia en la franja para la selección de turnos de trabajo al regreso de las vacaciones. Héctor Merino preside esta asociación creada en 2018: “Nosotros agrupamos a más de 700 repartidores y defendemos el trabajo autónomo.

 Tenemos flexibilidad, podemos escoger las horas de trabajo dentro de unos horarios y seleccionar las zonas donde queremos trabajar”. Este venezolano de 53 años, asentado en España desde 2016, aboga por una legislación que les arrope y considera que si la Inspección de Trabajo sigue ganando juicios, los principales perjudicados serán ellos. “Se gana más como autónomo que como contratado –asegura Merino por teléfono–. Estamos defendiendo nuestros ingresos. A mí me rinde más así”.  

De parecida opinión es la Asociación Autónoma de Riders (AAR). En un artículo publicado hace unos días en el diario La Razón, su presidente, el marroquí Badr Eddine, defendía la condición de autónomos de los riders para adaptarse a un nuevo paradigma, “en el que la economía y la sociedad evolucionan de forma imparable hacia modelos de trabajo económicamente más rentables, más versátiles y más innovadores, como es el caso más evidente de las plataformas digitales de reparto”.


Desde Riders X Derechos no han tardado en responder a esa visión de las relaciones laborales: “¿Qué idea de rentabilidad persiguen cuando la realidad es que hay que pasar el día entero en la calle para conseguir un sueldo digno? ¿Versatilidad? no es otra cosa que (el hecho de que) la empresa pueda organizarse sin compromiso con sus empleados y dar una respuesta a un mercado ‘casualmente’ muy versátil. 

E innovación es aprovecharse de la precariedad de miles de riders, muchos de ellos inmigrantes que no pueden permitirse reclamar unos derechos porque lo que está en juego es la subsistencia de toda su familia. No hay nada innovador en volver a formas de trabajo con tintes decimonónicos y darles una apariencia tecnológica y sofisticada”, denuncia el colectivo en un comunicado.

Para José Luis Zimmermann, director general de Adigital, lo más acuciante es la regulación por ley del trabajo autónomo. El espejo donde se mira la patronal es Francia, que ya introdujo hace años la figura del denominado auto-entrepreneur y propone ahora una “carta social” con una serie de derechos para estos trabajadores (cobertura por accidentes, indemnización por cese de actividad, etc.) y de salvaguardas para las empresas (mayor seguridad jurídica). Adigital propone una reforma de la ley 20/2017 que regula el trabajo autónomo en España y una adaptación de la figura del TRADE al entorno digital. 

“Los jueces –afirma Zimmermann por teléfono– están dando la razón a unos y a otros. Los riders son la punta del iceberg de este fenómeno. Como mínimo debería haber un debate, un diálogo. Hoy no hay una respuesta normativa a la figura del trabajador independiente que puede prestar servicios a varias plataformas, ni tampoco sobre quién es el empleador. Las plataformas ponen en contacto oferta y demanda, plantean este tipo de figuras, y es hora de discutir sobre nuevas figuras que lo que hacen es complementar rentas”. 

En su informe La contribución económica de las plataformas de delivery, Adigital cuantifica la aportación a la economía española de estas plataformas digitales en 643 millones de euros en 2017, un 0,1% del Producto Interior Bruto. Mucho más modesta es la aportación al PIB de la ciclomensajería La Pájara. Sus integrantes defienden, ante todo, la promoción de una verdadera economía colaborativa. 

“Queremos cuidar al cliente y al trabajador, pero usando las nuevas herramientas digitales –subraya Kike–. Es algo muy sencillo; es volver a lo que se hacía antes pero con las herramientas de ahora”. Para seguir financiándose, acaban de lanzar una campaña de micromecenazgo. Kike compara su experiencia con una carrera de fondo, “con muchos sacrificios, pero una carrera que va a merecer la pena”. “Es un estilo de vida –remarca–, hay mucha sensibilización detrás, impartimos charlas para parados, participamos en coloquios sobre el tema…”.


Se trata, en definitiva, de darle la vuelta al algoritmo. Reprogramarlo para que la competitividad, el individualismo, la falsa flexibilidad, puntúen bajo mínimos y el comercio responsable, la ética laboral y el cooperativismo social ponderen al alza. Kike y Martino sueñan con que dentro de unos años haya muchas “aves” en todas partes, distintas y hermanadas a la vez. ¿Representa su experiencia y otras similares una alternativa a las grandes plataformas digitales de reparto? Martino tiene una respuesta esclarecedora: “Son opciones más que alternativas. Es una forma de resistencia”.            (César G. Calero, CTXT, 11/12/19)