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26/6/23

Europa ha perdido más de 500 millones de aves en 40 años. ¿La principal causa? Pesticidas y fertilizantes... La destrucción de la biodiversidad europea no sólo afecta a las especies amenazadas, sino que acabará minando la base de la producción de alimentos

 "El goteo de estudios que advertían de que la enorme variedad de seres vivos de la Tierra está disminuyendo se ha convertido en una avalancha. La evidencia de estas pérdidas dentro de las regiones y a escala mundial es innegable. Pero los datos sobre la biodiversidad y las causas de su declive siguen siendo fragmentarios y se limitan a algunas causas, algunos lugares y algunas especies. Pero no ocurre lo mismo con las aves en Europa.

Las aves han fascinado durante mucho tiempo a científicos aficionados y profesionales, y la estrecha cooperación en toda Europa ha creado un profundo acervo de conocimientos sobre sus hábitos, necesidades y número. Algunos de los conjuntos de datos más antiguos se refieren a aves que viven al menos parte de su vida en Europa.

Estos datos dibujan un panorama desolador: se calcula que en los últimos 40 años se han perdido unos 550 millones de aves de la población total de Europa. Es una estadística estremecedora, y nos dice algo profundo sobre la relación rota de la humanidad con la naturaleza.

Los científicos saben que la biodiversidad está sometida a una presión cada vez mayor, sobre todo por los rápidos cambios en el uso de la tierra (de bosques a tierras de cultivo, por ejemplo) y el aumento de las temperaturas. Pero la forma en que las distintas especies responden a esas presiones, cuál de ellas es la más importante y cómo pueden responder los conservacionistas para aliviarlas han seguido siendo temas polémicos.

Aprovechando datos de alta calidad sobre aves, en un nuevo artículo que he escrito con investigadores franceses se analiza cómo han respondido 170 especies de aves a las presiones antropogénicas en Europa, utilizando datos recogidos en más de 20.000 puntos de seguimiento de 28 países a lo largo de 37 años, incluidos datos del Reino Unido.

Descubrimos que los productos químicos utilizados en las granjas para controlar insectos y plantas consideradas malas hierbas que podrían reducir el rendimiento de los cultivos están privando a muchas aves de su principal fuente de alimento, y que ésta es la principal causa de su declive en toda Europa.
Los factores de cambio antropogénicos

Hemos analizado cuatro grandes fuentes de presión sobre las poblaciones de aves: la intensificación de la agricultura (medida por el elevado uso de pesticidas y fertilizantes), el cambio climático y su influencia en las temperaturas, los cambios en la cubierta forestal y la urbanización.

Los métodos agrícolas modernos fueron la principal causa del declive de la mayoría de las poblaciones de aves, especialmente de las que se alimentan de insectos y otros invertebrados, como vencejos, lavanderas boyeras, papamoscas moteados, collalbas y tarabillas. La respuesta de las aves a los cambios en la cubierta forestal, la urbanización y el cambio climático fue mucho más variable y específica de cada especie.

Entre 1980 y 2016, la abundancia de aves comunes en Europa se redujo en una cuarta parte. Sin embargo, el número de aves de tierras de cultivo se redujo en más de la mitad durante este periodo. También se registraron descensos tanto en las aves de los bosques como en las urbanas, en las aves septentrionales que prefieren el frío e incluso en algunas especies de aves meridionales que prefieren el calor, aunque la tendencia general en este último grupo de aves es de crecimiento constante.

 Una de las principales conclusiones del estudio es que el uso masivo de plaguicidas y fertilizantes en las explotaciones agrícolas es el principal factor de reducción de las poblaciones de aves en toda Europa, incluido el Reino Unido. Esto no es una gran sorpresa, ya que muchos estudios han llegado a esta conclusión. Pero éste es el primer estudio que examina los factores de origen humano de una sola vez, utilizando algunos de los mejores datos disponibles y métodos estadísticos modernos. Los resultados son claros.

Las prácticas agrícolas empezaron a cambiar significativamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los países introdujeron medidas para aumentar la producción de las explotaciones. Sin embargo, estos esfuerzos por aumentar la producción, incluida la creciente dependencia de pesticidas y fertilizantes, han tenido un coste considerable para las aves y otros animales salvajes y, lo que es más importante, para la salud general del medio ambiente.

Según un reciente informe del Gobierno británico, la pérdida de biodiversidad, junto con el cambio climático, representa la mayor amenaza a medio y largo plazo para la producción nacional de alimentos. La pérdida de biodiversidad tiene consecuencias para la sociedad que van mucho más allá de las especies amenazadas.

Creemos que las aves se ven afectadas principalmente por los pesticidas y fertilizantes a través de la pérdida de alimento, aunque estos productos químicos también pueden estar afectando directamente a su salud. Los pesticidas están diseñados para matar a los insectos e invertebrados que comen las aves. Los fertilizantes cambian el tipo de plantas que crecen en un entorno, a menudo en detrimento de una gran variedad de especies. Los invertebrados necesitan esta vegetación como alimento y refugio, y las aves también la necesitan, al igual que los invertebrados.

Los invertebrados son una parte importante de la dieta de muchas especies de aves, pero son el combustible de los cohetes para el crecimiento de los polluelos, que son el motor del crecimiento de la población. Los invertebrados son especialmente importantes durante el periodo de cría para más del 80% de las aves de nuestro estudio. La dramática pérdida de insectos de la que a menudo oímos hablar parece estar teniendo un profundo impacto en las aves.
Alimentos respetuosos con la naturaleza

La cuestión es cómo reaccionar. La naturaleza tiene problemas en las tierras de cultivo, pero los agricultores pueden ser una parte importante de la solución si cuentan con el apoyo de las políticas adecuadas.

Necesitamos un mayor apoyo a las prácticas agrícolas respetuosas con la naturaleza y abandonar la agricultura dominada por los pesticidas y los fertilizantes inorgánicos. Esto sería bueno para la naturaleza, para los agricultores y la producción de alimentos, para el clima y para los consumidores, y muchos agricultores progresistas están abriendo el camino.

Nuestros resultados también muestran el poder de la ciencia ciudadana y la cooperación transfronteriza para hacer avanzar la ciencia y comprender mejor el mundo natural, y cómo cambiar las cosas.

Ahora necesitamos que los gobiernos de todo el mundo apoyen planes de gestión de la tierra que recompensen la agricultura respetuosa con la naturaleza, como comprometerse a gestionar al menos el 10% de las tierras agrícolas para la naturaleza, lo que a su vez ayudará a mantener o incluso aumentar los rendimientos agrícolas.

 Pero también necesitamos una reforma más amplia del sistema alimentario, que incluya dietas respetuosas con la naturaleza. Minoristas, proveedores y transformadores pueden contribuir a garantizar un medio ambiente sano que nos alimente y nos devuelva la naturaleza, con todos los beneficios que ello conllevará para las personas."                    

(Richard Gregory es profesor honorario de Genética, Evolución y Medio Ambiente en el University College de Londres. Brave New Europe, 05/06/23; traduccion DEEPL)

17/5/23

Apocalipsis de insectos en el antropoceno

 "[‘La pregunta es si cualquier civilización puede librar una guerra sin cuartel contra la vida sin destruirse a sí misma y sin perder el derecho a que la llamen civilizada/1.’

Han pasado seis decenios desde que Rachel Carson escribió su brillante libro Silent Spring [Primavera silenciosa], calificado a menudo de obra fundacional del movimiento medioambiental moderno. El propósito de Carson era detener la matanza de insectos, y muchas personas creyeron que su causa había triunfado cuando se puso fin al uso extendido de DDT. La victoria duró muy poco.

Cuando se publicó Silent Spring, mi familia acababa de trasladarse a una zona rural del este de Ontario. Como adolescente, no me gustó nada tener que abandonar la vida social urbana, pero quedé cautivado por visiones que jamás había percibido en la ciudad. En particular, en verano un campo cercano a la casa estaba lleno, durante el día, de mariposas monarca, y durante la noche, de luciérnagas. Estuve muchas horas contemplando el espectáculo ofrecido por los insectos.

Lis y yo seguimos viviendo en esa casa, y el campo sigue allí, asilvestrado, pero desde hace decenios ya no hemos visto ninguna monarca ni luciérnaga. La matanza incesante de estos animales de seis patas es mayor, y más dañina, que lo que podría haber imaginado Rachel Carson.]

El 3 de febrero, un informe exhaustivo mostró que el 80 % de las especies de mariposas en el Reino Unido han visto reducidas su abundancia o distribución desde la década de 1970, y la mitad de ellas están catalogadas actualmente como especies amenazadas o casi amenazadas/2. Puesto que las mariposas son de lejos los insectos cuyo seguimiento es más intenso, su declive es algo así como el proverbial canario cuyo desmayo avisaba a los mineros de carbón que estaba acumulándose el grisú. Si hay menos mariposas, es probable que también haya menos insectos de todas las especies.

En la misma fecha, científicos de la Academia de Ciencias Agrícolas de China informaron de que desde 2005 ha habido un declive constante de las 98 especies de insectos voladores que migran todos los años a través de la bahía de Bohai entre China y Corea. El número de insectos herbívoros ha disminuido un 8 % y el de insectos predadores que los comen ha caído cerca de un 20 %. Los autores dicen que los datos identifican “un declive crítico de la diversidad funcional (de los insectos) y una pérdida constante de resiliencia ecológica en todo el este de Asia/3.”

Estos estudios, realizados en dos extremos opuestos del planeta, son una nueva prueba de que está produciéndose un rápido declive a escala mundial de las poblaciones de insectos. Mientras la mayoría de grupos conservacionistas ilustran sus discursos de captación de fondos con fotografías de osos panda, tigres y aves raras, el declive generalizado de insectos representa la mayor amenaza para todos los seres vivos en el antropoceno. Scott Black, director ejecutivo de Xerces Society, una organización sin ánimo de lucro que insiste en la protección de los insectos y otros invertebrados, resume el peligro en pocas palabras:

Por muy mal que tratemos el planeta, desapareceremos antes de que lo hagan los insectos. Pero lo que veremos será menos aves en el cielo, si es que veremos alguna. Si queréis aves, necesitáis insectos. Si queréis frutas y verduras, necesitáis insectos. Si queréis suelos sanos, necesitáis insectos. Si queréis comunidades vegetales diversas, necesitáis insectos/4.

Los insectos son un factor crucial en lo que Karl Marx llamó el metabolismo universal de la naturaleza, el reciclado constante de energía y materia que hace posible la vida. Los artrópodos ‒sobre todo insectos, pero también arañas, ácaros, ciempiés y miriápodos‒ polinizan el 80 % de todas las plantas, reciclan los nutrientes esenciales de la vida, crean suelos sanos y fértiles, purifican el agua y son el alimento primario de muchas aves y otros animales. Si desaparecieran en su totalidad, la biosfera colapsaría y la humanidad ya no duraría mucho.

La mayoría de peces, anfibios, aves y mamíferos acabarían de extinguirse no mucho más tarde. Después les seguirían el grueso de las plantas de flor y con ellas la estructura física de la mayoría de bosques y otros hábitats terrestres de todo el mundo. La tierra se pudriría. A medida que la vegetación muerta se acumulara y se secara, estrechando y taponando los canales de los ciclos de nutrientes, sucumbirían otras formas complejas de vegetación, y con ellas los últimos remanentes de vertebrados. Los hongos que quedaran, después de experimentar una explosión poblacional de grandes proporciones, también perecerían. Al cabo de unos pocos decenios, el mundo volvería al estado de hace mil millones de años, poblado principalmente por bacterias, algas y otras pocas plantas multicelulares muy simples/5.

Está claro que la desaparición de todos los insectos no es probable dentro de un futuro previsible: en efecto, es probable que algunos insectos sobrevivan a la humanidad. La que sí está demostrada es una combinación de extinciones totales y drásticos declives poblacionales, que algunos científicos denominan defaunación. “Si no se controla, la defaunación no solo constituirá un rasgo distintivo de la sexta extinción masiva del planeta, sino también un motor de profundas transformaciones globales en el funcionamiento de los ecosistemas/6.”

La mayoría de registros de seres vivos se centran en mamíferos, aves, peces y reptiles, pero de hecho la amplia mayoría de animales son insectos. Nadie sabe exactamente cuántos hay, pero una buena estimación los cifra en 10 trillones ‒un 10 seguido de 18 ceros‒, bastante más de mil millones de insectos por cada ser humano. Juntos pesan sustancialmente más que todos los demás tipos de animales (incluidos los humanos) sumados. Su variedad es inmensa: tan solo en EE UU hay unas 23.700 especies de escarabajos, 19.600 especies de moscas, 17.500 especies de hormigas, abejas y avispas, y 11.500 especies de polillas y mariposas. A escala mundial se han catalogado un millón de especies de insectos y se piensa que todavía no se han identificado o nombrado otros cuatro millones. Al ritmo actual, muchas de ellas desaparecerán antes incluso de que la humanidad sepa que existen.

Con poblaciones tan enormes, es difícil imaginar que todas ellas o siquiera una parte significativa pudieran estar en riesgo. Aparte de las mariposas, que son hermosas, y de las abejas melíferas, que son beneficiosas, hasta hace poco apenas se hablaba, en los informes sobre la pérdida de biodiversidad, de las amenazas que pesan sobre la vida de los insectos/7. The Sixth Extinction [La sexta extinción], el premiado libro de Elizabeth Kolbert publicado en 2014, por ejemplo, solo se refiere brevemente al declive de los insectos como una consecuencia difícil de medir de la deforestación de la Amazonia. Dodging Extinction, de Anthony Barnosky, publicado asimismo en 2014, menciona de pasada los insectos apenas dos veces, mientras que The Uninhabitable Earth [El planeta inhóspito], el éxito de ventas de David Wallace-Wells publicado en 2019, contiene nada más que tres párrafos sobre los insectos.

Estos autores no dejaron de lado arbitrariamente a nuestros parientes hexápodos: sus omisiones reflejaron un vacío arraigado en la literatura científica. Aunque los entomólogos habían publicado muchos informes sobre la biología y el comportamiento de determinadas especies, eran pocos quienes habían examinado o medido la evolución tendencial de las poblaciones de insectos en el tiempo. Incluso entre las abejas, uno de los grupos de insectos más estudiados, la Academia Nacional de Ciencias de EE UU lamentó en 2007 que “carecemos de datos poblacionales de periodos prolongados y nuestros conocimientos de su ecología básica son incompletos”/8.

En octubre de 2017 se produjo una inflexión cuando doce científicos y científicas europeas publicaron un informe pionero sobre el declive de los insectos voladores en áreas de protección de la naturaleza de Alemania. Durante cerca de tres decenios, miembros de la Sociedad Entomológica de Krefeld, compuesta por personas voluntarias, habían estado capturando y contando insectos en 63 reservas naturales con ayuda de trampas en forma de carpas. Un análisis de sus registros, publicado en la revista PLOS One, reveló una tendencia alarmante que afectaba a abejas, avispas, mariposas, moscas, escarabajos y otros insectos.

Nuestros resultados documentan un drástico declive de la biomasa media de insectos voladores del 76 % (hasta el 82 % en pleno verano) en apenas 27 años en áreas de protección de la naturaleza de Alemania. […] El declive generalizado de la biomasa de insectos es alarmante, máxime teniendo en cuenta que todas las trampas se hallaban en áreas protegidas que se supone han de preservar funciones de los ecosistemas y la biodiversidad. Mientras que el declive gradual de especies raras de insectos se conoce desde hace algún tiempo (por ejemplo, de mariposas especializadas), nuestros resultados ilustran un declive rápido y continuo de la cantidad total de insectos voladores activos en el tiempo y el espacio/9.

En 2018, otro grupo de científicos mostró que entre 2008 y 2017 había habido un declive sustancial de la diversidad de insectos, su biomasa y su abundancia en zonas de pastos y bosques de Alemania, y un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences reveló que las poblaciones de insectos en bosques tropicales de Puerto Rico habían descendido nada menos que un 98 % desde la década de 1970/10. A pesar de que hubo dudas sobre ciertas cifras y la metodología, ahora existen, como escribió el conocido ecologista británico William Kunin en la prestigiosa revista Nature, “pruebas contundentes de declives de insectos”/11.

Estos hallazgos movieron a ecologistas y entomólogas de todo el mundo a desenterrar antiguos estudios y registros, buscando datos que pudieran servir para medir las variaciones de las poblaciones de insectos. En 2019, la revista Biological Conservation publicó una reseña detallada de 73 estudios de declives de insectos publicados.

Partiendo de nuestra recopilación de informes científicos publicados calculamos que la proporción actual de especies de insectos en declive (41 %) duplica la de los vertebrados, y la velocidad de extinción de especies locales (10 %) es ocho veces mayor, lo que confirma hallazgos anteriores. Actualmente, alrededor de un tercio de todas las especies de insectos están amenazadas de extinción en los países estudiados. Además, todos los años se añaden a la lista alrededor del 1 % de todas las especies de insectos, y este descenso de la biodiversidad comporta una pérdida de biomasa en todo el mundo del 2,5 % anual/12.

Desde entonces, como ilustran los estudios citados al comienzo de este artículo, han proliferado las investigaciones sobre poblaciones de insectos. En febrero de 2023, Google halló más de 30.600 referencias de “insectos en peligro”, y Google Scholar más de 1.000 publicaciones académicas. Para una recopilación accesible de las últimas investigaciones recomiendo encarecidamente dos libros recientes, Silent Earth, de Dave Goulson, y The Insect Crisis, de Oliver Milman. Ambos están escritos por autores serios que huyen del sensacionalismo, y uno habla de “apocalipsis de insectos” y el otro califica el declive de las poblaciones de insectos de “una situación nefasta [que] apenas se puede abarcar”/13.

En The Cosmic Oasis, una historia de la biosfera publicada en 2022, dos destacados científicos especializados en el antropoceno, Mark Williams y Jan Zalasiewicz, advierten de que es imposible exagerar la amenaza que supone el declive de la vida de los insectos que ha confirmado la investigación reciente.

Algo así como dos quintas partes de las especies de insectos de todo el mundo pueden estar amenazadas de extinción en pocas décadas; están siendo exterminadas de forma generalizada tanto en medios urbanos como rurales, y diezmadas por la contaminación en entornos acuáticos. […] Dado que los insectos están profundamente integrados en el funcionamiento de los ecosistemas de la Tierra, una pérdida importante de su número y su diversidad tendría consecuencias incalculables; en efecto, es probable que causaran un colapso general de los ecosistemas, incluidos los que nos sostienen/14."             (  , Viento Sur, 12/May/2023)

30/6/22

Francisco Lloret: «En muchas zonas de la Península será problemático que los árboles puedan persistir»

 "«La disponibilidad de combustible y las condiciones climáticas propicias son condiciones necesarias para los incendios. Sin una de ellas, no hay fuego», explica Francisco Lloret en su libro La muerte de los bosques, editado por Arpa. En un desierto no hay fuego porque no hay nada que quemar. Y en un bosque tropical húmedo la llama no prende, salvo en la estación seca. Son casos extremos. La mayoría de los bosques ha vivido durante milenios en la cuerda floja pero las condiciones para recuperarse tras sufrir alguna perturbación (incendios, inundaciones, olas de calor…) eran razonablemente favorables. Este equilibrio se ha roto.

Lloret es catedrático de Ecología de la Universidad Autónoma de Barcelona y lleva décadas estudiando lo que está pasando con los bosques. Y lo que está pasando es que están colapsando. Uno de los motivos es el cambio climático: el aumento de la temperatura los está matando, literalmente, de sed. Pero no es el único factor ni está separado de otros como la explotación humana, la degradación del suelo o las plagas. Todos ellos están relacionados, se influyen de formas diferentes e interactúan entre sí. Y es precisamente esta combinación de factores, añadido al gran tiempo que los bosques necesitan para desarrollarse (en ocasiones, siglos), lo que dificulta su estudio y, sobre todo, su pronóstico. Por eso Lloret evita la asertividad. «Nuestra capacidad para predecir el futuro de los bosques con detalle es bastante limitada», admite.

Lo cierto es que no hay un plan mágico para revitalizar unos ecosistemas gravemente dañados. Por supuesto, los científicos no andan a ciegas y sí que hay unas pautas generales, pero no una solución ideal. Plantar muchos árboles, por ejemplo, es siempre la primera ocurrencia. Es sencilla y contundente. En teoría ayudaría a capturar CO2 de la atmósfera y a frenar el calentamiento global. Pero sólo en la teoría. En la práctica, el clima está cambiando a tal velocidad que esos nuevos árboles podrían plantarse en un lugar que mañana se revelara equivocado o malograrse en unos pocos años o crecer limitadamente. Y si el árbol crece poco porque hace mucho calor, el CO2 que pueda retirar de la atmósfera también será poco. Entonces el esfuerzo habrá sido demasiado para un alcance tan corto.

Lloret trabaja con todas estas incógnitas y, tras recorrer los bosques de medio mundo, ofrece en su libro un panorama completo y bastante riguroso del funcionamiento de los árboles y los bosques.

Hace unos días vivimos una situación dramática. Hubo grandes incendios en Zamora, Málaga, Navarra, Cataluña… La razón, según se dijo, estaba en el exceso de combustible y en la sequía.

Y en las altas temperaturas. Los dos condicionamientos para que haya una situación de riesgo extremo climático son la combinación de las temperaturas altas y la baja humedad relativa del aire. En un bosque tropical puede hacer mucho calor pero como hay mucha humedad una parte importante de la energía liberada por el calor se gasta en evaporar el agua. El tercer factor, este de orden meteorológico, es el viento, que es el que hace que el incendio se extienda. Y hace falta una primera ignición, claro. En Cataluña [donde se produjeron hasta 30 incendios simultáneos], por ejemplo, hubo rayos, pero probablemente también se debió en parte a la actividad humana, voluntaria o involuntariamente.

Según los informes del IPCC, los fenómenos meteorológicos extremos, como esta ola de calor que hemos vivido, serán cada vez más habituales. Pero cuando pensamos en un incendio lo hacemos deseando que sea una tragedia puntual, cruzando los dedos para que no vuelva a repetirse. ¿Nos equivocamos al pensar eso?

Totalmente. Además, ¿qué le hace pensar que podría no volver a ocurrir?

Uno, en su ingenuidad, piensa que no volverá a caer ese rayo que prenderá el fuego…

Ese rayo no, claro. Ese rayo ya ha caído. Pero el año que viene, por pura cuestión estadística, volverán a caer rayos, porque ocurre casi todos los años. Y si se dan las mismas condiciones, es decir, combustible, altas temperaturas y baja humedad relativa, pues vuelves a tener la combinación perfecta para otro incendio. Puede que estas condiciones no se repitan cada año, depende de la variabilidad. Puede, por ejemplo, que no haya combustible porque ya se ha quemado todo en un incendio anterior. Pero lo que nos dicen la experiencia, los modelos estadísticos, los estudios de mi amigo Josep Canadell, lo que nos dice todo ese conocimiento es que estas condiciones, y otras aún peores porque habrá temperaturas más elevadas, se repetirán en un futuro no muy lejano. Mire, los incendios son fenómenos complicados, más de lo que nos imaginamos. Hay que entender que el incendio forestal es, a la vez, un proceso natural y sociológico. Si no hubiera humanos también habría incendios. Pero el régimen actual de incendios que estamos viviendo está fuertemente intervenido por la sociedad humana, por el CO2 y el metano que hemos emitido a la atmósfera.

Cuando muere un árbol, ¿cuánto tarda el CO2 que almacena en volver a la atmósfera?

Lo que tarde en descomponerse. El proceso es muy rápido al principio, en los primeros años. Luego se ralentiza porque quedan restos de sustancias que son más difíciles de descomponer por los microorganismos.

 

¿Hay estudios que nos digan cómo van a ser los bosques de la Península después de estos fenómenos extremos que están viviendo?

Sí que los hay, lo que ocurre es que los bosques son sistemas muy complejos. De hecho, son resilientes, son capaces de aguantar muchas cosas. Pero sí que hay estudios que, aunque no nos aporten una certidumbre absoluta, nos dan pistas importantes. Sabemos, por ejemplo, que hay un límite de precipitaciones por debajo del cual los árboles lo tienen muy difícil. Los árboles necesitan agua y esa agua debe subir desde el suelo y llegar hasta las hojas que hacen la fotosíntesis. Si tienen poca agua, pues no podrá subir tanto. Por eso en un sistema desértico la vegetación es muy bajita, son sólo unas pocas hierbas que aparecen después de la lluvia. En España hay especies, como por ejemplo el pino carrasco, que pueden vivir con apenas 400 milímetros de lluvia al año. Pero, cuidado, eso tiene que estar combinado con una temperatura que no sea excesiva.

Porque si no esa poca agua se evaporaría.

Exacto. Y los modelos climáticos de los que disponemos para nuestro entorno mediterráneo indican que las temperaturas van a aumentar. Con las lluvias aún no está claro, pero parece que hay una cierta tendencia a disminuir. Pero aunque las lluvias se mantuvieran estables, si suben las temperaturas la demanda de agua de los árboles será mayor. Todo el mundo que tiene un jardín lo sabe: si hace más calor tienes que regar más las plantas. Les ocurre igual que a nosotros, que bebemos más cuando hace más calor. Conclusión: ya hay algunas estimaciones que indican que en muchas zonas de la Península Ibérica será problemático que los árboles, con su frondosidad actual, puedan persistir. Y esto se debe a unas condiciones climáticas que hemos producido nosotros.

Cuando se refiere a «su frondosidad actual», ¿quiere decir que quedarán más ralos o que los árboles estarán más espaciados, como en las dehesas?

Esa es una posibilidad, que los bosques tengan más claros, que los árboles estén más dispersos porque el agua disponible se la reparten entre menos ejemplares. Otra es que sigas teniendo un bosque pero que haya unas especies determinadas que se impongan, como el pino carrasco o la encina, que son capaces de sobrevivir en condiciones más áridas. En el extremo opuesto estaría el haya, que soporta bastante mal estas condiciones de poca agua y altas temperaturas. Ya estamos viendo indicios que apuntan a eso: las especies que aguantan mejor la aridez pasan a ser más abundantes. Pero hay otra posibilidad: que no tengamos árboles, sólo matorrales.

O sea, un desierto.

¡No, hombre, no! Tampoco es eso. Tienes matorrales. Hay que poner los matorrales en valor. Los matorrales están llenos de biodiversidad y cumplen funciones como la de protegernos de la erosión. El peor de los escenarios sería que no tuvieras cubierta vegetal durante un tiempo y que se produjeran episodios de lluvias torrenciales. Entonces desaparecería el suelo y sería mucho más difícil que se estableciera cualquier tipo de vegetación, a excepción de algunas hierbas de pequeño porte, tipo gramíneas. En algunas zonas del sur de la Península esto ya ha ocurrido, ya sea por incendios, por talas, por la eliminación de árboles para favorecer el pasto… En el Levante español las lluvias torrenciales son habituales y se ha producido pérdida de suelo. Y ahí sí que es muy difícil tener un tipo de vegetación no sólo arbórea sino incluso arbustiva. Hay clima mediterráneo en diversas latitudes del mundo: en el centro de California, en el centro de Chile, en el extremo sur de Sudáfrica, en Australia…

En sitios donde se hace buen vino, vamos.

Sí pero, ojo, ¡en Alemania también están muy orgullosos de su vino! En realidad, nadie tiene la exclusividad de nada. Pero, sí, es cierto que a la vid le va muy bien el clima mediterráneo. ¿Y qué vegetación es común a todos estos sitios? Los matorrales. En esas zonas, si llueve más, como ocurre al desplazarnos al norte de California o al sur de Chile, pues tienes bosques imponentes. Pero si llueve menos, como en el sudeste español, pues tienes una vegetación arbustiva muy rala, con plantas muy separadas e incluso laderas desprovistas de cualquier vegetación. Ese es el peor de los escenarios. Pero no toda España es así. La Península es una extensión muy grande y muy heterogénea, climática y topográficamente hablando. Habrá lugares donde, sin duda, se conservarán los bosques. Pero las condiciones aquí van a ser más inhóspitas para los bosques en términos generales. Los bosques no van a desaparecer. Lo que va a ocurrir es que no van a ser como los que hemos visto habitualmente en nuestros entornos. Porque el clima va a cambiar.

Usted dice en su libro que la diversidad de especies aumenta la resiliencia de los bosques a las perturbaciones. ¿Cómo sería el bosque mediterráneo ideal desde ese punto de vista? ¿Qué especies tendrían que combinarse?

El ideal no existe en la naturaleza. Intentamos trasladar nuestros conceptos culturales a la naturaleza y eso no nos permite entenderla bien. Pensamos que la naturaleza funciona como nosotros y es al revés, nosotros funcionamos como la naturaleza. La naturaleza no tiene voluntad y se hace con lo que puede y con lo que tiene. Su ideal es sobrevivir. Teniendo esto claro es muy fácil entender por qué la biodiversidad es importante: si combinas especies que aguantan mejor la aridez con otras que quizás crecen más rápido, si una de ellas falla pues la otra se desarrolla más. No sé si el símil es adecuado, pero ahí va: en la bolsa de valores te recomiendan lo mismo, una cartera de acciones variada porque unas suben y otras bajan.

¿Pero estas especies diferentes llegan a protegerse entre sí?

Las dos cosas, compiten y se protegen. En eso se parecen a nosotros. Unas veces nos ayudamos y otras nos hacemos la puñeta. La relación entre las plantas es apasionante. Se ha podido comprobar que la sombra de las plantas establecidas favorece que germinen y que crezcan otras especies que no podrían hacerlo sin esa cubierta vegetal. Recibirían demasiada radiación y no podrían sobrevivir. Pero una vez que se han establecido y crecen, pueden llegar a hacer sombra a la primera. De esa forma se ayudan y compiten. Y si un año llueve mucho, no compiten por el agua. Pero otros años que son más secos sí que lo hacen. La naturaleza es muy variada y muy divertida.

¿Y pueden ayudarse cuando los árboles son atacados por plagas como la del barrenillo?

Sí, porque el barrenillo, cuando ya es un escarabajo adulto, se desplaza poco, apenas unas decenas de metros. Si tienes un bosque muy homogéneo encontrará rápidamente otro pino en el que meterse. Si el bosque es más variado pues lo tendrá un poco más difícil. Al final, estadísticamente, la progresión de la plaga de un árbol a partir de otro será más lenta y, por lo tanto, menos traumática.

A mucha gente le impresionó, con razón, la oleada de incendios que vivimos recientemente. Pero algunos no sabíamos que otros árboles, a cientos de kilómetros del fuego, también empezaron a morir por la ola de calor. ¿Es así?

Es posible, pero no podemos afirmarlo con total seguridad. Los episodios de mortalidad surgen por la combinación de varios factores. Se han detectado olas de calor capaces de matar por sí solas una población de árboles, pero esos casos tan fulminantes no son habituales. Lo que es indudable es que la ola de calor que hemos vivido es un toque de atención. Estamos viendo que estos episodios de sequía asociados al calor acaban por matar árboles en bosques de todo el mundo. No de forma inmediata, normalmente es un proceso que puede llevar algunos años. Y también depende de que interaccionen, por ejemplo, con plagas o con una situación topográfica inadecuada. Pero, sin duda, es una señal más de que la nueva situación climática va a tener consecuencias. Como dice Pep Canadell, lo que estamos viendo es «una ventana al futuro». Él vive en Australia y allí se han vivido incendios devastadores en los últimos años. Y me decía eso: «Esto es lo que se nos viene encima».

Según la Agencia Estatal de Meteorología, hemos vivido la ola de calor más temprana desde que hay registros y el déficit hídrico alcanza el 25% desde el pasado mes de octubre. Cuando usted tome la muestra de un tronco, dentro de unos años, ¿podrá ver en los anillos la ola de calor de junio de 2022?

El mes no. Hay estudiosos que afinan bastante, pero no llegan a esa precisión. Los anillos registran el momento en el que un árbol para de crecer. En nuestro entorno eso suele ocurrir en el invierno o en el verano. Si hay una ola de calor que afecte al crecimiento, eso también quedará marcado de alguna manera. Y a partir de esos patrones proporcionados por muestras de varios árboles se puede reconstruir el clima del pasado. Es una especialidad [llamada dendrocronología] muy divertida porque esos patrones, a veces, se hallan en sitios inesperados, no sólo en los troncos de los árboles. Se han podido encontrar, por ejemplo, en la viga de una iglesia antigua. Cuando estos patrones se identifican y se encadenan, tenemos una historia climática en la que podemos remontarnos cientos de años, a épocas y lugares en los que no había registros. Hay quien ha llegado a abarcar hasta un milenio.

Usted explica en su libro cómo las temperaturas extremas afectan al desarrollo del árbol. En pocas palabras: si hace mucho calor no van a crecer. Sabiendo esto, ¿tiene sentido invertir tantos esfuerzos en la reforestación con vistas a que sean sumideros de carbono y frenar así el cambio climático? Recuerdo que Mariano Rajoy prometió en su día plantar 500 millones de árboles…

Bueno, hay toda una política europea a favor de la reforestación. Es importante saber que el cambio climático se revelará de forma diferente en lugares diferentes. Las condiciones no serán iguales en todas partes. En nuestro entorno serán más áridas, pero en los bosques boreales no hará tanto frío y las condiciones serán mejores. La gestión de los bosques que hagamos ahora tiene que pensarse teniendo en cuenta en qué condiciones vivirán los árboles en los próximos decenios. Habrá zonas o especies que lo tendrán muy crudo y otras que tendrán un panorama más favorable. No tiene mucho sentido considerar si reforestamos o no sino cómo reforestamos para que esos bosques sean viables. Hacerlo pensando que los bosques serán iguales a los que hemos visto es un error. El conocimiento científico ya nos ha avisado de eso. Y una cosa que hemos aprendido de la gestión de la naturaleza es que las acciones masivas suelen salir mal. No sabemos construir un ecosistema ex novo. Un ecosistema es algo muy complejo y no tenemos todas las piezas. Es mejor acercarse a los bosques y entender cómo funcionan para ir ayudándolos a hacer esa transición hacia un nuevo entorno climático que, insisto, hemos provocado nosotros.

Usted pone el ejemplo de la reforestación de los alrededores de Trieste, que visto con perspectiva fue un éxito puntual: duró cien años pero ahora pasa por problemas muy serios por culpa de las plagas.

Ahora puede no parecer un éxito, pero esto se debe a que hemos cambiado nosotros. El bosque ha cambiado pero lo que la sociedad espera de la naturaleza también cambia. Hace un momento hablábamos de cómo construir el bosque ideal. En la naturaleza no existe nada ideal, todo es subóptimo. Los bosques nos proporcionan muchas cosas aparte de madera. Nos proporcionan unos valores culturales, actúan como sumideros de carbono, protegen los suelos… Nos dan muchos servicios a la vez. Intentar conseguir una sola cosa de ellos a través de una plantación monoespecífica, por ejemplo de pinos o de eucaliptos, puede que te proporcione madera durante un tiempo pero pierdes otros beneficios por el camino. Por eso todavía no sabemos replicar un ecosistema tan complejo. Y tengo mis dudas de que sepamos hacerlo algún día, porque cuando lo construyamos el medio habrá cambiado y los bosques habrán introducido nuevos elementos. Siempre iremos un pasito por detrás de ellos. Y la sociedad, además, también incorpora nuevos valores y nuevas necesidades.

En Alemania ha surgido una corriente que dice que lo mejor que podemos hacer con los bosques es dejarlos en paz. Hay un aristócrata [el príncipe Zu Salm-Salm] que posee cientos de hectáreas forestales y que apoya esta política antiintervencionista. Y también lo hace Peter Wohlleben, el autor de La vida secreta de los bosques.

Bueno, es una alternativa. Si dejamos los bosques en paz ellos seguirán su camino, eso es verdad. Lo que pasa es que en Europa los bosques están configurados a través de la historia de los humanos. Los hemos transformado profundamente durante siglos. Dejarlos a su aire, sin duda, plantearía algunos problemas. En la Península podríamos hacerlo con algunos, pero hay otros bosques que tienen propietarios que los explotan comercialmente y no les parecería una buena idea. También puede ocurrir que los dejáramos en paz y que se incendiaran, con el problema añadido de que tienen muchas casas cerca y se pondría a la gente en peligro. Estoy seguro de que ese mensaje de «dejar los bosques en paz» es bienintencionado, pero hay que matizarlo. Se puede hacer con algunos y para eso están las reservas y los parques naturales. ¿Pero es esa la receta para todos los bosques? Creo que ya hemos incidido lo suficiente sobre ese punto: no hay una receta universal.

En la pasada COP26 de Glasgow los líderes mundiales se comprometieron a acabar con la deforestación antes de 2030. ¿Cómo recibe usted este tipo de mensajes por parte de la clase política? ¿Con esperanza? ¿Con escepticismo?

Siempre con escepticismo. ¡Los científicos somos escépticos por naturaleza! [Risas]. Lo que diga un político, independientemente de su ideología, hay que recibirlo con escepticismo. No necesariamente por que tenga mala intención. Lo que ocurre, simplemente, es que tienen un trabajo muy complicado. Deben contentarnos a todos y eso es muy difícil porque cada uno de nosotros pensamos de forma diferente. Como le dije antes, siempre hay que pensar en situaciones subóptimas. El panorama actual es francamente malo, pero tampoco quiero trasladar un mensaje pesimista. Ya tenemos suficientes mensajes catastrofistas y me gusta pensar que, históricamente, hemos sido capaces de revertir algunas situaciones complicadas. Y ante el problema del calentamiento global tampoco es que estemos de brazos cruzados, aunque es cierto que la reacción está siendo mucho más lenta de la que sería necesaria. Hay países que, por su situación social y económica, no pueden hacer los mismos esfuerzos frente al cambio climático. Pero la Unión Europea sí. Por supuesto, lo que está haciendo es claramente insuficiente, pero es algo. Si no fuéramos capaces de hacer absolutamente nada sólo nos quedaría tirar la toalla. No digo que lo estemos haciendo bien, pero hay cosas que están en el buen camino. Podemos hacerlo. Ese es el mensaje. Vamos lentos. Y vamos mal. Pero podemos hacerlo. Ese es el mensaje positivo que debemos dar a las nuevas generaciones.

 ¿El cortoplacismo, tan presente en la política actual, es lo peor que le puede pasar a los bosques?

No sé si es lo peor, no me gustan los rankings, pero desde luego no les ayuda. Los bosques tienen un desarrollo lento porque van acumulando estructura y energía. Por eso los incendios son tan devastadores, porque en poco tiempo liberan toda esa energía que han ido acumulando durante decenios, durante siglos, en forma de hidratos de carbono. Ellos son lentos. No es fácil levantarse por encima del suelo, hacia arriba, contra la gravedad. Esto cuesta. Un bosque necesita tiempo para desarrollarse. Las políticas que no entiendan esa dimensión temporal diferente no van a facilitar su recuperación. Los ingenieros forestales, cuando hacen sus planes de ordenación, no trabajan con días ni con semanas. Trabajan con décadas. Ellos están pensando en el bosque a 50 años vista. Desgraciadamente, la opinión pública muchas veces piensa que hay que hacerlo todo superrápido. Pero un poquito de reflexión siempre va bien. Ahora hay un debate surgido a raíz de la ola de incendios que habla de cortar árboles para reducir el combustible. Gestionar bosques es mucho más que cortar árboles. Es mantener esa biodiversidad que los hace más resilientes. Es facilitar su acceso para que sean ese bien cultural que necesitamos. Es procurar que ese carbono que se ha almacenado permanezca allí el mayor tiempo posible. La gestión de los bosques debe contemplar todas estas funciones y hacerlo con una escala temporal muy amplia.

Entre esas funciones está el bienestar y la felicidad que aportan los bosques. Pero, claro, eso no se puede cuantificar.

Hay académicos que lo hacen, aunque de forma imperfecta. Uno de los problemas que tienen los bosques radica, precisamente, en el carácter inmaterial de algunos de los beneficios que aporta. Todo lo que no se pueda cuantificar, especialmente desde el punto de vista económico, queda fuera de los datos oficiales. En el colegio nos decían que no se pueden sumar huevos y castañas. Pero en este caso habría que hacerlo porque, de otra manera, estaríamos negando la realidad. Y el bienestar y la felicidad que nos transmiten los bosques es bien real."                         (Manuel Ligero  , La Marea, 28/06/22)

24/3/22

La reforestación de árboles puede empeorar los problemas que pretende resolver... la siembra de árboles que cubren grandes superficies con especies comerciales no autóctonas en nombre de la lucha contra el cambio climático ayuda poco a las redes de vida que antes prosperaban en esas zonas... “En esencia, se crea un paisaje estéril”... En la meseta de Batéké, República del Congo, una especie de acacia procedente de Australia, destinada a la tala selectiva, cubrirá una gran superficie... Estos proyectos pueden devastar la biodiversidad, amenazar el suministro de agua e incluso aumentar las temperaturas porque, en algunos casos, los árboles absorben el calor que los pastizales habrían reflejado... muchas empresas y gobiernos lo ven como una salida fácil. No tienen que esforzarse tanto para reducir sus emisiones porque pueden decir simplemente: ‘Ah, lo compensamos plantando árboles'

 "Por cada camiseta comprada se planta un árbol; por cada botella de vino; por cada vez que deslices tu tarjeta de crédito. Los países plantan árboles para cumplir sus compromisos globales y las empresas para reforzar su historial de sustentabilidad.

El Times  Una selección semanal de historias en español que no encontrarás en ningún otro sitio, con eñes y acentos. 
 
A medida que la crisis climática se agrava, las empresas y los consumidores se unen a las organizaciones sin fines de lucro y a los gobiernos en un auge mundial de reforestación. El año pasado se plantaron miles de millones de árboles en decenas de países de todo el mundo. Estos esfuerzos pueden suponer una triple victoria, ya que proporcionan medios de subsistencia, absorben y bloquean el dióxido de carbono que calienta el planeta y mejoran la salud de los ecosistemas.

Pero cuando los proyectos se hacen mal, pueden empeorar los mismos problemas que pretenden resolver. Plantar los árboles equivocados en el lugar equivocado puede reducir la biodiversidad y acelerar la extinción de los ecosistemas, haciéndolos mucho menos resistentes.

 Hacer frente a la pérdida de biodiversidad, que ya es una crisis mundial similar a la del cambio climático, cada vez es más urgente. Las tasas de extinción están aumentando. Se calcula que un millón de especies corre el riesgo de desaparecer, muchas de estas en cuestión de décadas. Y el colapso de los ecosistemas no solo amenaza a los animales y las plantas, sino que pone en peligro el suministro de alimentos y agua del que dependen los seres humanos.

En medio de esta crisis cada vez más grave, las empresas y los países invierten cada vez más en la siembra de árboles que cubren grandes superficies con especies comerciales no autóctonas en nombre de la lucha contra el cambio climático. Estos árboles absorben el carbono, pero ayudan poco a las redes de vida que antes prosperaban en esas zonas.

“En esencia, se crea un paisaje estéril”, comentó Paul Smith, quien dirige Botanic Gardens Conservation International, un grupo de organizaciones que trabaja para prevenir la extinción de plantas. “Si la gente quiere plantar árboles, hagamos que también sea positivo para la biodiversidad”.

En el mundo de la reforestación hay una regla de oro: se debe plantar “el árbol adecuado en el lugar adecuado”. Algunos añaden: “por la razón correcta”.

Pero, según las entrevistas realizadas a diversos actores —científicos, expertos en políticas públicas, empresas de silvicultura y organizaciones de reforestación—, la gente no suele estar de acuerdo con lo que significa “adecuado”. Para algunos, se trata de grandes viveros para el almacenamiento de carbono y la madera. Para otros, se trata de proporcionar árboles frutales a pequeños agricultores. Para otros, es permitir la regeneración de las especies endémicas.

Según los expertos en restauración, los mejores esfuerzos tratan de satisfacer una serie de necesidades, pero puede ser difícil conciliar intereses contrarios.

“Es una especie del Viejo Oeste”, dijo Forrest Fleischman, profesor de Política Medioambiental de la Universidad de Minnesota.

La Tierra no tiene suficiente terreno para hacer frente al cambio climático solo con árboles, pero en combinación con recortes drásticos de los combustibles fósiles, los árboles pueden ser una importante solución natural. Absorben el dióxido de carbono a través de los poros de sus hojas y lo almacenan en sus ramas y troncos (aunque los árboles también liberan carbono cuando se queman o se pudren). Esa capacidad de recoger CO2 es la razón por la que a menudo se llama a los bosques sumideros de carbono.

En África Central, TotalEnergies, el gigante francés del petróleo y el gas, anunció planes para sembrar árboles en 40.000 hectáreas en la República del Congo. El proyecto, ubicado en la meseta de Batéké, un mosaico ondulante de pastos y sabanas arboladas con parches de bosques más densos, captaría más de diez millones de toneladas de dióxido de carbono en 20 años, según la empresa.

“Total se compromete a desarrollar sumideros naturales de carbono en África”, declaró Nicolas Terraz, entonces vicepresidente sénior de Total para África, exploración y producción, en un comunicado de prensa de la empresa sobre el proyecto en 2021. “Estas actividades se basan en las iniciativas prioritarias adoptadas por el grupo para evitar y reducir las emisiones, en consonancia con su ambición de llegar a una neutralidad en carbono en 2050”.

A fin de alcanzar esa meta, las empresas deben eliminar del aire al menos la misma cantidad de carbono que liberan. Muchas, como TotalEnergies, recurren a los árboles para conseguirlo. En la meseta de Batéké, una especie de acacia procedente de Australia, destinada a la tala selectiva, cubrirá una gran superficie.

El proyecto, que forma parte de un programa del gobierno congolés para ampliar la cubierta forestal y aumentar el almacenamiento de carbono, creará puestos de trabajo, según la empresa y, en última instancia, aumentará la biodiversidad del ecosistema al permitir que las especies locales crezcan durante décadas.

Pero los científicos advierten que el plan puede ser un ejemplo de uno de los peores tipos de esfuerzos de forestación: plantar árboles donde no se darían de manera natural. Estos proyectos pueden devastar la biodiversidad, amenazar el suministro de agua e incluso aumentar las temperaturas porque, en algunos casos, los árboles absorben el calor que los pastizales —o, en otras partes del mundo, la nieve— habrían reflejado.

“No queremos ocasionar daños con la excusa de hacer el bien”, dijo Bethanie Walder, directora ejecutiva de la Sociedad para la Restauración Ecológica, una organización mundial sin fines de lucro.

La meseta de Batéké es uno de los ecosistemas menos estudiados de África, según Paula Nieto Quintano, científica medioambiental que se ha centrado en la región. “Su importancia para los medios de vida locales, su ecología y las funciones del ecosistema son poco conocidas”, dijo Nieto.

Los que estudian la conservación forestal insisten en que los árboles no son una panacea.

“Me temo que muchas empresas y gobiernos lo ven como una salida fácil”, dijo Robin Chazdon, profesor de Restauración de Bosques Tropicales en la Universidad de Sunshine Coast, en Australia. “No tienen que esforzarse tanto para reducir sus emisiones porque pueden decir simplemente: ‘Ah, lo compensamos plantando árboles’”.

Todos los árboles almacenan carbono; sin embargo, sus demás beneficios varían mucho en función de la especie y del lugar donde se planten.

Por ejemplo, el eucalipto crece rápido y recto, lo que lo convierte en un producto maderero lucrativo. Originario de Australia y algunas islas del norte, sus hojas alimentan a los koalas, que han evolucionado para tolerar un potente veneno que contienen. Pero en África y Sudamérica —donde se cultivan estos árboles para obtener madera, combustible y, cada vez más, para el almacenamiento de carbono— tienen mucho menos valor para la vida silvestre. También se sabe que son causantes del agotamiento del agua y del agravamiento de los incendios forestales.

Los expertos reconocen que la restauración de los bosques y el almacenamiento de carbono son complejos, y que las especies comerciales desempeñan un papel importante. La gente necesita madera, un producto renovable con menor huella de carbono que el hormigón o el acero, además de papel y combustible para cocinar.

En ocasiones, sembrar especies de rápido crecimiento para la cosecha puede ayudar a conservar los bosques endémicos circundantes. Y, al añadir estratégicamente especies autóctonas, los viveros pueden ayudar a la biodiversidad al crear corredores de vida silvestre para unir zonas de hábitat desconectadas.

“Este movimiento de restauración no puede producirse sin el sector privado”, dijo Michael Becker, responsable de comunicación de 1t.org, un grupo creado por el Foro Económico Mundial para impulsar la conservación y el crecimiento de un billón de árboles con ayuda de la inversión privada. “Históricamente, ha habido malos actores, pero tenemos que hacer que se sumen y hagan lo correcto”.

Uno de los desafíos es que ayudar a la biodiversidad no ofrece el rendimiento financiero del almacenamiento de carbono o de los mercados de la madera.

Muchos gobiernos han establecido normas para la reforestación, pero a menudo ofrecen un amplio margen de maniobra.

En Gales, uno de los países más deforestados de Europa, el gobierno ofrece incentivos para reforestación. Pero quienes hacen esta tarea solo tienen que incluir un 25 por ciento de especies endémicas para poder recibir las subvenciones del gobierno. En Kenia y Brasil, las hileras de eucaliptos crecen en terrenos que antes eran bosques y sabanas de gran riqueza ecológica. En Perú, una empresa llamada Reforesta Perú está sembrando árboles en tierras amazónicas degradadas, pero está utilizando cada vez más eucaliptos y teca clonados, destinados a la exportación.

Los inversores los prefieren porque tienen mejores precios, dice Enrique Toledo, gerente general de Reforesta Perú. “Son especies muy conocidas internacionalmente y hay una demanda de madera insatisfecha”.

Cuando investigadores del University College de Londres y de la Universidad de Edimburgo evaluaron los compromisos nacionales en materia de reforestación y restauración, descubrieron que el 45 por ciento involucraba “la plantación de vastos monocultivos de árboles como empresas rentables”.

Cuando las empresas prometen plantar un árbol por cada compra de un determinado producto, suelen hacerlo a través de organizaciones sin fines de lucro que trabajan con comunidades de todo el mundo. Este apoyo puede consistir en la reforestación posterior a incendios forestales o proporcionar árboles frutales y de frutos secos a los agricultores. Pero incluso estos proyectos pueden comprometer la biodiversidad.

El planeta alberga casi 60.000 especies de árboles. Según un informe reciente, un tercio de ellas está en peligro de extinción, sobre todo a causa de la agricultura, el pastoreo y la explotación. Pero en todo el mundo solo se planta una mínima parte de las especies, según los grupos de plantación de árboles y los científicos.

“Se plantan las mismas especies en todo el mundo”, dijo Meredith Martin, profesora adjunta de Silvicultura de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, quien descubrió que las iniciativas de siembra de árboles sin fines de lucro en los trópicos tienden a dar prioridad a las necesidades de subsistencia de las personas por encima de la biodiversidad o el almacenamiento de carbono. Con el tiempo, dijo, estos esfuerzos corren el riesgo de reducir la biodiversidad en los bosques.

Los grupos de plantación de árboles sin fines de lucro suelen decir que plantan especies no autóctonas porque las comunidades locales se lo piden. Pero un compromiso más profundo puede dar lugar a una historia diferente, dijo Susan Chomba, quien supervisa la restauración y conservación de los bosques en África para el Instituto de Recursos Mundiales, un grupo global de investigación sin ánimo de lucro. Cuando se les da la oportunidad de considerar lo que quieren conseguir en sus tierras, los agricultores recuerdan, por ejemplo, que cuando tenían más árboles, también tenían arroyos, dijo. Quieren recuperar el agua.

“Entonces dices: ‘Según tus conocimientos tradicionales y locales, ¿qué tipo de especies de árboles son adecuadas para devolver el agua al ecosistema?’”, continuó Chomba. “Te darán toda una serie de especies arbóreas autóctonas”.

Un obstáculo importante es la falta de oferta en los bancos de semillas locales, que suelen estar dominados por especies comerciales populares. Algunos grupos superan este problema pagando a personas para que recojan semillas de los bosques cercanos.

Los expertos afirman que otra solución es dejar que los bosques vuelvan a crecer por sí solos. Si la zona está apenas degradada o se encuentra cerca de un bosque existente, el método conocido como regeneración natural puede ser más barato y eficaz. Basta cercar ciertas zonas para impedir el pastoreo, lo que a menudo permite que los árboles vuelvan a crecer, con el consiguiente secuestro de carbono y biodiversidad.

“La naturaleza sabe mucho más que nosotros”, dijo Chazdon."

(, The New York Times, 21/03/22)

17/2/22

Cuando el tiempo engaña a los almendros Este árbol “enciende todas las alarmas” de los expertos en cambio climático, ya que adelanta su floración año a año por los inviernos cálidos y eso conlleva la pérdida de cosechas y una menor producción y calidad

 "Un paseante curioso se detiene el 1 de febrero ante unos almendros del Retiro en Madrid y se pregunta si es normal que ya estén en flor. No, es pronto, según las fechas medias del departamento de fenología ―que estudia comportamientos de animales y plantas que se producen al compás del clima― de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet). En gran parte de España la floración de este árbol frutal también está siendo temprana, con adelantos de hasta un mes sobre lo que se considera normal, un fenómeno que se repite año a año en las últimas décadas. Las causas, según los expertos, están claras: los inviernos suaves que propicia el cambio climático. Las consecuencias son desastrosas.

“El tiempo engaña a los almendros”, resume Javier Cano, jefe de la Oficina Meteorológica de Defensa de Getafe, que lleva 40 años anotando en los mismos puntos de la capital la fecha de la eclosión del Prunus dulcis, un árbol de la familia de las rosáceas introducido hace 2.500 años y que anuncia la primavera al ser uno de los primeros en despuntar.

“Este año, las primeras flores se observaron el 29 de enero, nueve días antes de lo normal. El pasado, 11 días, a pesar de Filomena”, detalla Cano. “La tendencia de 1981-2022 muestra un ligero adelantamiento”, concluye, gráfica en mano. De los últimos 12 años, en cinco ha sido muy temprana, con adelantos de hasta 22 días, y en otros dos, temprana.

También en Madrid, el ingeniero agrónomo Gilberto Segovia, que cuida los ejemplares de La Quinta de Los Molinos, está convencido de que, de tener cifras, apuntarían “a una tendencia al adelanto en los últimos 50 años”. “Este año es de un par de semanas, una barbaridad, porque el invierno ha sido de risa”, constata. Segovia nota una floración más pobre, con un tamaño más pequeño, lo que hará que la producción de polen sea más escasa.

Más datos. La red Fenocat del Servicio Meteorológico de Cataluña tiene en este árbol una de sus dianas, con 25 puntos de recogida de datos desde 2013. Xavier de Yzaguirre, técnico de Fenocat, aclara que, de momento, no tienen conclusiones, ya que son necesarias series de 30 años. Sí pueden aportar evidencias en un punto, Tivissa (Serra d’Almos, Tarragona), donde el observador Josep Borrel lleva desde 1971 recopilando datos de su huerto. Allí, la temperatura media ha aumentado 1,7º y la serie revela que la variedad largueta anticipa su floración de manera constante ―15 días en 50 años―, mientras que la ferragnes acumulaba cuatro días por década, pero los últimos cinco se ha estancado. De Yzaguirre advierte de que depende mucho de la variedad ―temprana o tardía― y de la ubicación.

A grandes rasgos, cuanto más al sur y al este, antes florece. Así, en Baleares y Levante la fecha habitual es entre mediados y finales de enero; en la meseta sur, a mitad de febrero; mientras que en zonas más frías, como Aragón y Castilla y León, se va a marzo; y en la cordillera Cantábrica, a primeros de abril.

Los expertos apuntan a que las temperaturas y el solsticio son determinantes. En otoño, cierra sus estomas (poros), se aísla para defenderse del invierno y entra en un estado de somnolencia. “Lo que despierta su reloj biológico es un flash frío y, para que se produzca un normal desarrollo de las partes femenina y masculina, tiene que acumular un determinado frío primero ―entre 100-500 horas por debajo de los 7º dependiendo de la variedad―, y calor después”, detalla Enrique Salvo, botánico y profesor de Ciencias Ambientales en la Universidad de Málaga.

Un invierno caluroso

El almendro, ajeno a los calendarios, eclosiona porque ya ha sumado todo el frío y el calor que necesita tras un invierno suave. “En diciembre, las máximas fueron 1,9º más altas, mientras que en enero fueron las más altas desde que hay registros, un 2,1º por encima. También ha habido mucho contraste térmico, de nuevo el mayor de la historia, porque las mínimas fueron frías, 0,7º por debajo de la media. Febrero sigue esta tónica, con un arranque con valores de abril y estos días, de mayo”, detalla Rubén del Campo, portavoz de Aemet. El meteorólogo destaca la progresiva primaverización de los inviernos, “una clara consecuencia del calentamiento global”. De los últimos seis, solo uno ha sido frío, y el resto, cálidos —tres muy cálidos y uno extremadamente cálido—.

 Los expertos en cambio climático la consideran una especie “semáforo”, ya que estas “alteraciones significativas en su fenología hacen que se enciendan las alarmas”, en palabras de Salvo. “Lo que le está ocurriendo no es normal. Es el indicador de cambio climático más cercano, inmediato y que mejor podemos observar”, asegura. Este botánico lo estudia en los valles del Guadalhorce y Guadalmedina, la sierra de las Nieves, la Axarquía, Sevilla y Córdoba. Su conclusión es que “se está produciendo un adelanto muy significativo y constante”. Este año en Guadalmedina florecieron a finales de diciembre, “casi un mes antes en una década”. “En los cinco biomas con clima mediterráneo está pasado lo mismo”, alerta.

En Baleares, “la percepción es de adelanto”, aunque nadie lo está monitorizando, cuenta Jeroni Galmés, catedrático de Fisiología Vegetal. Galmés tampoco tiene ninguna duda de que “se enmarca en los efectos del cambio climático, que altera las condiciones ambientales y hace que el árbol cambie su patrón hormonal”. No le ocurre, ni mucho menos, solo al almendro: en el olivo se han documentado adelantos de 20 días en dos décadas, destaca el biólogo. “Hay modelos que intentan predecir su impacto en cada biorregión y apuntan a que se moverá hacia el norte en busca de zonas climáticamente idóneas”, ya que en el sur no hará bastante frío, advierte Galmés.

España es el máximo productor de la UE con más de 718.000 hectáreas, de las que 638.000 son de secano, con Andalucía, Castilla- La Mancha, Aragón y Cataluña como bastiones. Ahora, el gran temor es que el fruto se pierda por heladas tardías, que pueden producirse incluso en mayo. Para atajar estos problemas se están haciendo investigaciones genéticas con el fin de lograr variedades que florezcan en mayo y que sean capaces de adaptarse a temperaturas cada vez más altas.

 Otro efecto pernicioso es la falta de sincronía con los polinizadores, por lo que la producción puede verse reducida. “A las abejas las pilla envejecidas en lugar de en el momento en el que están más activas y son más eficientes, y este árbol necesita polinización cruzada, individuos fuertes y jóvenes que puedan cargar con el polen y viajar a cierta distancia”, indica Salvo. También puede afectar a la calidad del fruto y de su cubierta, que se vende como pellet y que “está perdiendo grosor”, lo que le resta propiedades energéticas y expone al fruto a inclemencias, hongos y bacterias. La xylella fastidiosa ha producido una “mortandad masiva” en el este y centro de Mallorca, lamenta Galmés. Destacan también las consecuencias de la sequía, que afecta a la capacidad de producir azúcar y de transportarla a las almendras.

“Es la versión moderna del truco del almendruco. Durante la Semana Santa, en la que no se podía beber leche de vaca, se tomaba de almendra. Si caía pronto, lo que se recogía era almendruco, con una alta concentración de amigdalina, que le da un gran amargor, por lo que se le tenía que echar miel. Ahora, la fase del almendruco se amplía, el fruto no madura lo que debe”, alerta el profesor de Málaga. “Es un desastre para los agricultores”, afirma. Según la Mesa Nacional de Frutos Secos, el año pasado ―con un invierno a 0,7º por encima de la media y brotación temprana― la producción cayó un 12%, donde más en Baleares, la mitad. “Hubo heladas en el puente de San José y se llevaron muchos almendros. Este año, todo depende de las dos o tres semanas siguientes”, reza José Ugarrio, técnico de Asaja.

“Parece haber una tendencia clara hacia el adelanto de las floraciones en todo el mundo ―el año pasado los cerezos de Japón experimentaron su eclosión más temprana en 1.200 años― y que es consecuencia del calentamiento global, pero hacen falta mayores estudios de sus causas y consecuencias”, concluye el meteorólogo José Miguel Viñas."                        (Victoria Torres Benayas, El País, 17/02/22)

2/10/19

“La pérdida de las aves refleja el declive de todo el entorno natural”... El campo español se está quedando sin pájaros...

 "En los últimos 20 años, han desaparecido 95 millones de pájaros de los cielos españoles. 

La gran mayoría de las pérdidas se han producido en un campo cada vez más inhóspito. Las pérdidas se han visto compensadas por dos procesos paralelos también provocados por los humanos: la reforestación por el abandono del agro y el avance de las ciudades. En estas sin embargo, las especies de siempre, como los gorriones, están de retirada ante la colonización de especies venidas de fuera.

La calandria común es un pajarillo de tonos terrosos con los que se mimetiza con su hábitat preferido, los cultivos de cereales y pastizales. Desde 1998, la población de calandrias de España se ha reducido en un 47,1%, quedando hoy cuatro millones menos, según datos de SEO/Birdlife. Pérdidas similares han tenido especies como el alcaudón común (un -53,8%), la golondrina común, con 15 millones menos (un -51,4%) o la codorniz, que ha perdido 640.000 de los 860.000 individuos que tenía hace 20 años (un -73,9%).

Es la tendencia general entre las aves más comunes observada ya en otras regiones del planeta. En otras especies, tales pérdidas no pasarían tan desapercibidas ocultas tras los millones de pájaros que aún quedan. ¿Qué importa que haya 30 millones de gorriones menos si aún quedan otros 130 millones? Pero que falte hasta la mitad de una ingente infantería de pajarillos podría tener consecuencias catastróficas.

De las algo más de 500 especies de aves que se pueden ver en los cielos españoles, unas 280 son de las llamadas residentes. Y de estas, dejando aparte a las más singulares (águilas, buitres, búhos...) hay 110 de las consideradas comunes. Se trata en general de aves de pequeño tamaño, los pajarillos o pajaricos, que se cuentan o contaban por millones. De ellas, hay 40 especies en declive, 44 en aumento y 26 estables o con tendencia incierta. De las primeras, hay ahora 95 millones menos. De las segundas, 110 millones más.

"El balance total es positivo, cerca de quince millones, pero no deberíamos perder esos 95 millones de las especies en declive porque, si siguen así, en unas décadas se habrán extinguido", destaca Juan Carlos del Moral, coordinador del programa de ciencia ciudadana de SEO/Birdlife, del que salen la mayor parte de los datos sobre la avifauna en España.

Más allá de los millones de subida o descenso, el terremoto está en dónde se pierden o ganan esos millones. Dejando a un lado el caso de los gorriones, la inmensa mayoría de los pájaros han desaparecido de los campos. Y la mayoría de las ganancias han tenido lugar en las zonas forestales de bosque o matorral. También en las ciudades han aumentado los pájaros, pero la historia aquí es muy diferente.

"La desaparición de los pájaros del campo es una tendencia que se viene observando desde hace tiempo", recuerda el investigador del grupo de ecología terrestre de la Universidad Autónoma de Madrid, Manuel B. Morales. Junto a su colega de grupo Juan Traba, este profesor ha estado buscando las causas del declive en los cambios que ha sufrido la agricultura en las últimas décadas. Una de ellas, como publicaron recientemente en Scientific Reports, sería el barbecho, su desaparición.

"El barbecho tradicional, con el descanso de la tierra al ritmo de un año y vez, ofrecía alimento, refugio ante los depredadores y dónde anidar en las parcelas en descanso", recuerda Morales. "Con la intensificación de la agricultura, el barbecho moderno, en el que la tierra se rotura y se usan herbicidas para que no crezcan las malas hierbas, cumple su función agronómica pero ya no la ecológica", añade.

Los pájaros no son los únicos que salen perdiendo. Pierden todos los demás miembros del ecosistema, agricultores incluidos. Entre los servicios ecológicos que ofrecían están la polinización, el transporte de semillas de un lugar a otro, controlar las plagas de insectos y hasta las malas hierbas. Muchas especies son además herbicidas naturales. Estudios en Francia han mostrado cómo la desaparición de la alondra común en Europa Occidental, donde se contaba por millones, ha favorecido la emergencia de las plantas arvenses, la maleza, de cuyas semillas se alimentaba. La consecuencia ha sido el aumento del uso de herbicidas químicos.

En paralelo al declive de los pájaros del campo, se ha producido un aumento de las especies de ámbitos forestales. En algunos casos, como el del mosquitero papialbo (+132,5%), el trepador azul (+147,1%) o el de la curruca capirotada, que ha pasado de 5 millones de ejemplares a más de 13 millones desde 1998, las poblaciones se han doblado y más. De nuevo las acciones humanas parecen estar detrás. Al tiempo que la intensificación de la agricultura ha segado la base de las aves de pastizal, el abandono de las tierras menos productivas y la retirada de la ganadería extensiva ha conllevado la matorralización, cuando no el avance del bosque, en muchas zonas ganadas para las especies forestales.

 Algo más compleja es la realidad de las ciudades. Los entornos urbanos han visto crecer su población de pájaros en las últimas décadas hasta en un 12%. Pero es un aumento con trampa. La mayor parte de ese incremento se debe a especies antes rurales, como la paloma torcaz, que han encontrado en la ciudad un territorio libre de depredadores y repleto de la comida que desechan los humanos. Pero el crecimiento explosivo se ha dado en un pequeño grupo de especies invasoras como la cotorra argentina, la de Kramer o la tórtola turca. Al mismo tiempo, las poblaciones de vencejo común, golondrinas y, en especial, gorriones, han mermado por millones.

"El urbanismo actual es cada vez más estéril, con menos arboledas, menor espacio entre los edificios y con sus superficies cada vez más lisas, lo que hace de las ciudades un entorno menos favorable para estas especies", comenta el investigador de la Estación Biológica de Doñana y especialista en fauna urbana Álvaro Luna.

Se plantea entonces la pregunta de si es un error centrar los esfuerzos conservacionistas en unas pocas especies singulares como buitres o águilas. "No es un error porque también lo necesitan, pero es insuficiente. Centrar los esfuerzos en las especies icónicas da lugar al juego político de aparentar que las cosas van bien, cuando en general van mal", opina Juan Carlos del Moral, de SEO/Birdlife, que añade: "Nos estamos engañando a nosotros mismos al decir que el águila imperial y el lince están evolucionando positivamente. El ecosistema es mucho más amplio y no se deberían de estar perdiendo los millones de ejemplares de aves que se están perdiendo. Son un indicador de calidad de vida"."                     (M. Ángel Criado, El País, 29/09/19)


"Una de las cosas que más me gustan de España es ver las aves que antes eran comunes en Reino Unido”, cuenta el ornitólogo británico Tim Birkhead (Leeds, 1950) desde la azotea de un hotel en Barcelona.

 “Me encanta despertar y oír el trino de mil gorriones; eso ha desaparecido en prácticamente todo el Reino Unido”. El catedrático de la Universidad de Sheffield y miembro de la Royal Society británica está de paso en la ciudad por la publicación en castellano de su libro Los sentidos de las aves: Qué se siente al ser un pájaro (editado por Capitán Swing), pero ya lleva una semana en España, participando en el Festival Internacional de Ornitología del Delta del Ebro.

“Rara vez he visto tantas aves”, dice sobre su estancia allí: “Flamencos, moritos, ostreros… ha sido espectacular, es un lugar muy especial”. A pesar de su entusiasmo, la conversación es agridulce. Birkhead afirma sentir una “desesperanza monumental” por el estado del entorno natural. Todavía perduran santuarios para la fauna como el Delta del Ebro, pero las cifras no engañan: este mes, un análisis en la revista Science anunciaba la pérdida de 3.000 millones de pájaros norteamericanos desde 1970, un tercio de toda la avifauna de la región. Es el síntoma de una tendencia mundial, y la pérdida no afecta solo a especies amenazadas, sino también a aquellas consideradas comunes, como los gorriones que Birkhead echa de menos en su país.

Para el ornitólogo, pesimista confeso, las manifestaciones por el clima de los últimos meses son “lo más esperanzador que ha pasado en mucho tiempo”. “Nos deslizamos hacia un mundo empobrecido”, dice sobre la crisis de biodiversidad. “La pérdida de aves es solo uno de los aspectos más evidentes, pero refleja el declive de todo lo demás que alberga la naturaleza. Las aves deberían ser la alarma para empezar a implementar políticas que salven el entorno natural”.

Los pájaros fueron la obsesión de Birkhead mucho antes de convertirse en su profesión. “Mi padre era pajarero y me lo inculcó. Luego me empecé a saltar días de colegio para ir a ver aves, y él se comenzó a frustrar”, relata. A pesar de las advertencias de su familia, que le aseguraba que no conseguiría trabajo así, Birkhead acabó labrándose una carrera académica como ornitólogo. Además de haber viajado por todo el planeta para sus investigaciones, ha dedicado casi medio siglo al estudio de los araos, unas aves marinas longevas y muy sociables, de aspecto similar a un pingüino, pero capaces de volar. Cada año, Birkhead visita las colonias de araos que anidan en Skomer, una pequeña isla de Gales que para él es “uno de los sitios más preciosos del mundo”.



Allí surgió la idea para su libro: un día observó a un arao hembra realizar el ritual de bienvenida para su pareja (son monógamos) cuando el macho se aproximaba volando desde el mar, todavía una mota casi imperceptible en el horizonte. “Las dos aves pasaron a saludarse mutuamente con evidente entusiasmo. Apenas podía creer que el ave que estaba incubando pareciese haber visto —y reconocido— a su pareja a varios cientos de metros en mar abierto”, escribe el investigador en un capítulo del libro dedicado al sentido de la vista.

Sin caer en la trampa de retratar a los animales como personas, Birkhead describe cómo los cinco sentidos humanos han servido a los biólogos de punto de partida para comprender la percepción del resto de animales. Pero también explica cómo ha sido necesario abandonar esta visión antropocéntrica para descubrir, por ejemplo, que algunas aves pueden ver la luz ultravioleta o que otras perciben el campo magnético de la Tierra.

Dedica el último capítulo a las emociones, argumentando que los pájaros viven muchas experiencias sociales de manera similar a las personas. “Siento que se subestima el universo cognitivo y sensorial que ocupan las aves”, justifica Birkhead. “Quiero concienciar a la gente de que las aves son más listas de lo que se cree, y de que sienten de forma compleja. Siento que si convenzo a la gente de lo que ocurre en el cerebro de las aves, se valorará más a estos animales y eso ayudará a los esfuerzos de conservación”.

Ética y filosofía

Aunque Birkhead está más cómodo divulgando sobre anatomía y comportamiento animal, no huye de la ética y la filosofía: “Supe cuando empecé a escribir que tendría que hablar de temas como la consciencia y el sufrimiento. Lo he intentado hacer de forma empática pero científica”, explica. Intentar ponerse en el lugar de otro ser, armado solo con información sobre el funcionamiento de su cuerpo, es un auténtico reto —además de un polvorín ético y científico—, pero Birkhead sostiene que la ciencia proporciona herramientas para la empatía.

“De pequeño leí en algún sitio que los perros solo ven en blanco y negro, y se lo conté a mi madre. Ella me dijo que no fuera ridículo, que no podemos ver por los ojos de un perro”, recuerda. “Pero lo bonito de la ciencia es que nos motiva y nos entrena para encontrar las formas de responder justamente a esas preguntas. Nunca sabré exactamente cómo es ser un pájaro, pero sí podemos progresar mucho más de lo que mi madre y otra gente pensaba”. Investigando para su libro, Birkhead encontró, por ejemplo, estudios que constatan el sufrimiento de las gallinas enjauladas en batería y su capacidad para sentir dolor cuando se las corta el pico. “Me alegró leer todo eso, averiguar que se está tomando conciencia de ello para implementar cambios”, dice.

A través de sus publicaciones, de sus clases en la universidad y de su trabajo de divulgación en los medios de comunicación (ha colaborado con el eminente presentador británico David Attenborough), Birkhead trata de contagiar su entusiasmo por el mundo silvestre para salvarlo. También lleva 30 años visitando Andalucía para ver pájaros. “Si vas a Tarifa cuando migran las aves por el Estrecho de Gibraltar, en otoño o en primavera, verás cantidades ingentes de abejarucos, de vencejos, de golondrinas, de cigüeñas y cigüeñas negras, de águilas perdiceras, de águilas calzadas, de halcones… Es maravilloso”, afirma sonriente. “No hay mejor espectáculo pajarero en el mundo”.