"El fundador de Human
Rights Watch, Aryeh Neier, que escapó del Berlín de 1939 siendo un niño,
decidió asumir en 1977 la defensa de los miembros del partido nazi de
Estados Unidos para que pudiesen manifestarse. El libro ‘Defendiendo a
mi enemigo’, que ahora se publica en español, recuerda su historia.
Adelantamos su prólogo.
Solo espero —se leía en una carta que recibí de un hombre
de Boston— que, si a ambos nos obligan a caminar hasta algún crematorio
algún día, sea usted quien lidere la marcha y goce entonces, en un
momento de éxtasis para usted, de la oportunidad de cantar hosannas
en alabanza a la libertad de expresión que desea para sus
torturadores”.
He recibido muchas misivas como esa.
Se redactaban ante
la provocación que suponía el empeño de la Unión Americana de Libertades Civiles
(ACLU, por sus siglas en inglés), de la que fui director general, por
garantizar el derecho a la libertad de expresión a un grupo de nazis
americanos que declararon su deseo de manifestarse en la localidad de
Skokie, situada en el estado de Illinois. De entre las notas, la más
sucinta provino de un hombre que proponía un lema para la Unión: “La
Primera Enmienda über Alles”, [en alemán] por encima de todo.
Si
dolió recibir aquellas cartas, más inquietante aún resultó el mensaje
de apoyo que nos hizo llegar una mujer: “Amo la libertad de expresión
—rezaba— más de lo que odio a los nazis”. En la misma línea que aquellos
que me acusaban, ella había llegado a la conclusión de que debía elegir
entre la defensa de la libertad de expresión o la lucha contra los
nazis, y había decidido decantarse por la primera opción.
En mi caso no hubo elección. Yo defendí el derecho de los nazis a expresarse libremente cuando quisieron manifestarse en Skokie
como una manera de luchar contra ellos. Defender al propio enemigo es
la única forma que hay de proteger a una sociedad basada en las
libertades, de quienes se oponen a la libertad. Si esto se percibe como
paradójico, albergo la esperanza de que resulte más comprensible tras la
lectura de esta obra.
Las razones que explican que odie a
los nazis son de índole tanto personal como filosófica. Podría haberle
respondido al hombre que compartió conmigo su deseo de que yo encabezara
la marcha hacia el crematorio explicándole que estuve muy a punto de
morir allí.
Soy judío, nacido en Berlín. Mis padres eran unos Ostjuden —judíos
de la Europa del Este— que dejaron a sus familias en Polonia y se
mudaron a la capital alemana en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial.
La década de los años veinte los trató bien y les permitió organizarse
una vida cómoda allí. Sin embargo, para cuando yo nací, en 1937, el
mundo de mis padres se estaba derrumbando. Con todo, y aunque muchas de
sus amistades ya se habían marchado, mi padre, Wolf Neier, que entonces
trabajaba como profesor de hebreo para la Comunidad Judía de Berlín,
decidió quedarse. Acabamos yéndonos en 1939, en la que probablemente
fuera nuestra última oportunidad para hacerlo, y huimos a Inglaterra. Mi
hermana Esther, que tenía 10 años, viajó sola. Mi padre lo hizo por su
cuenta y, aparte, mi madre y yo. Salimos de Alemania en agosto de 1939,
días antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial en Europa.
No nos reunimos inmediatamente. Los británicos se tomaban su
tiempo para identificar entre los refugiados a espías y saboteadores.
Una vez mi padre hubo pasado la criba, se vio obligado a buscar un
empleo y ganar algo de dinero para poder juntar a la familia de nuevo.
Yo pasé un año en una hospedería para niños refugiados, una experiencia
que recuerdo con nitidez: era un lugar tristísimo, y yo lo odiaba.
Al
poco de lograr reencontrarnos todos en Londres, la casa en la que
vivíamos quedó destrozada por un bombardeo, de modo que nos evacuaron y
nos trasladaron a una ciudad de las Midlands, la región central de
Inglaterra, donde, tras alojarnos durante un tiempo en el hogar de una
familia inglesa que nos acogió con generosidad y bondad, hallamos
finalmente un lugar propio que habitar.
Finalizada la
contienda, mis padres fueron descubriendo qué había sido de sus
parientes: casi todos habían fallecido. Apenas se contaba con
información dispersa sobre la forma en que los habían asesinado. A la
madre de mi padre la habían matado de un disparo al principio, poco
después de que los alemanes arrasaran el pueblo de Polonia donde vivía.
Dos de los hermanos de mi madre habían sobrevivido en Bergen-Belsen
hasta el último momento, pero acabaron con ellos la víspera de la
liberación del campo. Y otros habían ido muriendo en ese tiempo.
En
Northhampton (Inglaterra), donde pasé los años inmediatos al final de
la guerra, un amigo de mis padres creó una vivienda tutelada para niños
judíos que habían sobrevivido a los campos de concentración. Mi padre y
mi hermana se convirtieron en sus maestros, de modo que yo pasaba gran
parte de mi tiempo con ellos y acabamos entablando amistad. Eran los
primeros supervivientes de los campos de la muerte que yo conocía, lo
que me permitió enterarme un poco de cómo habían conseguido evitar los
crematorios. Yosie, que cuando llegó a Inglaterra apenas tenía catorce
años y ofrecía un aspecto aún más infantil, había pasado cuatro de ellos
en el bosque, y en soledad casi todo el tiempo. Janek había salido vivo
porque entretenía a los guardas del campo cantando y tocando el
acordeón. Otro había sobrevivido —tal y como deduzco ahora por su
aspecto y por lo que los demás contaban entonces— porque los guardas lo
encontraban hermoso.
Saco a colación a mis propios antepasados para dar pistas de
por qué no deseo poner nada, ni siquiera mi amor por la libertad de
expresión, por encima de mi odio por los nazis. Con todo, muchos
habitantes de Skokie (Illinois) disponen de mejores argumentos que yo
para aborrecerlos, pues ellos sí experimentaron en carne propia los
campos de la muerte. A diferencia de mí, que solo conozco ese horror a
través de las palabras de otros, ellos vieron a los nazis matar a sus
familiares. Yo era demasiado pequeño como para siquiera conocer a
aquellos de mis parientes que habían perecido allí, y además me
encontraba a cientos de kilómetros, en Inglaterra, cuando ocurrió. No
podría haber tenido el valor de defender el derecho a la libertad de
expresión en Skokie si no creyera que hay más posibilidades de impedir
que se repita el Holocausto en una sociedad donde se planta cara a
cualquier amenaza contra la libertad. La libertad conlleva sus riesgos,
pero ahogarla, creo, aboca sin duda al desastre.
Al
describir los encontronazos de mi infancia con el terror nazi no aspiro a
atenuar la rabia del hombre que quiere verme encabezando la marcha
hacia el crematorio. No serviría de nada. La mayor parte de los judíos
conocen a otros judíos tan impregnados de odio hacia los propios judíos
que actúan como los mayores antisemitas. A mí, supongo, se me ha
asignado esa categoría en muchas de las cartas en las que tan duramente
se me denunciaba por defender la libertad de expresión de los nazis.
La
frase más repetida en los numerosos textos que recibí sobre lo ocurrido
en Skokie rezaba: “Y tú, siendo judío, ¿cómo puedes defender la
libertad para los nazis?”.
Y mientras reflexionaba sobre
la respuesta a esta pregunta durante los muchos meses en que las cartas
fueron llegando en gran número, descubrí que al hacerlo también se
fortalecía mi propia identidad judía. La conclusión a la que llegué, y
que quizás ejemplifica uno de los rasgos que suele atribuirse a los
judíos, empezaba las más de las veces por una pregunta: “Y yo, siendo
judío, ¿cómo puedo negarme a defender la libertad, aunque sea para los
nazis?”.
La libertad no garantiza la protección. Los
riesgos son evidentes. En efecto, si los nazis gozan de libertad para
expresarse, puede que ganen adeptos para su causa, quizá tantos que
alcancen a obtener el poder para abolir la libertad y destruirme.
Sin embargo, comparto la visión de John Milton
sobre la pervivencia de la verdad en un encuentro libre y abierto con
la falsedad. Por eso quiero que los enfrentamientos dialécticos sigan
siendo libres y abiertos, para darle así una oportunidad a la verdad.
Aun así, no puedo asumir la infalibilidad de la premisa miltoniana. En
este siglo en el que se ha visto tanta maldad, haría bien en no
depositar mi plena confianza en una hipótesis que dependa del
comportamiento humano y debería examinar cuidadosamente las opciones de
las que me es posible disponer como alternativa. Puede que mi libertad
y, en último extremo, mi vida dependan de esa elección.
Una religión aparte
La
alternativa a la libertad es el poder. Si albergara la certeza de ser
capaz de eliminar para siempre el nazismo, así como toda amenaza del
calibre a mi seguridad, a través del ejercicio del poder, entonces
quizás me sentiría tentado a optar por esa vía. Sin embargo, los judíos
ostentamos un magro poder, somos reducidos en número y se nos conoce en
el mundo como una raza aparte y como una religión aparte, además de que
solo los judíos se ven señalados, por añadidura, como un pueblo aparte.
El
resto del planeta sospecha de nosotros. Somos todos iguales y nos
apoyaremos entre nosotros, se cree. Si hace falta un chivo expiatorio,
conviene buscar entre los judíos y acusarlos a todos según la lógica que
esgrime que, si un judío participó en la Crucifixión, entonces todos
los judíos son asesinos de Cristo, o que, si el capitán Dreyfus es un
traidor, todos los judíos han de serlo. En la misma línea, si un Karl Marx
es judío —a pesar de haber recibido las aguas bautismales en su
infancia—, todos los judíos son revolucionarios o, si un judío forma
parte de un escándalo financiero, entonces todos los judíos manipulan la
economía. En efecto, si de alguien se indica que es judío, entonces su
judaísmo es lo que centra la atención. Y como hay judíos por todas
partes, se nos puede culpar de todo.
Así que,
precisamente porque los judíos somos particularmente vulnerables,
considero que apenas nos sentiremos a salvo de la persecución en una
sociedad en la que los choques se resuelvan sobre la base del poder. Por
eso, en tanto que judío y por ende preocupado tanto por mi propia
supervivencia como por la del resto de los judíos —pues ambas están
inextricablemente unidas—, mi deseo es que haya restricciones al
ejercicio del poder. En particular, las que más me importan son las que
garantizan que yo no acabe aplastado por él sin que se entere el resto
del universo. Si me encuentro en peligro, quiero poder llamar a gritos a
mis hermanos judíos y a todos aquellos a los que pueda contar entre mis
aliados. Quiero apelar al sentido de justicia del mundo. Por eso quiero
límites que impidan que quienes ostenten el poder puedan atentar contra
mi derecho a expresarme, mi derecho a publicar o mi derecho a reunirme
con otros que se encuentren asimismo amenazados. Quienes ostenten el
poder no deben poder impedirnos que nos reunamos para elevar juntos
nuestras voces de modo que se nos oiga más fuerte y asegurarnos así de
que se nos escucha. Para defenderme, debo servirme de la libertad para
poner coto al poder, incluso aunque quienes se beneficien temporalmente
de ello sean los propios enemigos de la libertad.
Tal y como afirmó Albert Camus,
“[l]a libertad concierne a los oprimidos, y sus custodios naturales han
provenido siempre de entre ellos”. Se trata de una cuestión de interés
personal. Los subyugados constituyen las víctimas del poder. Si lo que
desean es poner fin a su opresión, deben conquistar libertades o,
alternativamente, adjudicarse el poder. En efecto, muchos de entre
quienes se han visto aplastados prefieren lo segundo, de ahí que un
quinto de la población judía mundial haya optado por refugiarse en su
propio hogar, Israel, un lugar donde esperan hurtarse a la opresión
porque allí son ellos quienes dictan las reglas, quienes ostentan el
poder. Otros se han guarecido en distintos países, en comunidades
dispersas donde la mayoría de sus vecinos son asimismo judíos. En este
sentido, dado que en una localidad como Skokie gran parte de la
población es judía, lo consideran un lugar donde escapar de la opresión,
pues también allí pueden establecer las normas y ejercer el poder.
Skokie, en ese sentido, es un reflejo en miniatura de Israel. Constituye
un entorno donde los judíos sienten que podrían defenderse de una
potencial invasión.
El beneficio de la ley
En
esa línea de pensamiento, son los esfuerzos heroicos los que han
permitido a Israel hacer frente a la invasión y sobrevivir a los embates
de vecinos hostiles en busca del poder. Incluso quienes muestran una
mayor disposición a emplear las demostraciones de fuerza para
reivindicar los intereses israelíes saben seguramente que llegará un
momento en que tales medios no bastarán para proteger al país de la
destrucción. Lo que Israel necesita es limitar el poder de sus vecinos
antes de que sea demasiado tarde, dado que la fuerza de la espada no
bastará para garantizar su pervivencia.
Existen otros
refugios para los judíos, como Skokie, que cuentan con muchas menos
posibilidades de salir airosos en duelos basados exclusivamente en el
ejercicio del poder, porque, al estar regida por las leyes y las
costumbres del estado de Illinois y de los Estados Unidos de América,
Skokie no puede considerarse una nación independiente: 70 000 personas,
que van y vuelven a Chicago cada día para trabajar, no pueden erigir un
muro a su alrededor para bloquear las ideas que supongan una amenaza. El
tipo de protección que Skokie necesita es distinto, pues, aunque cabe
que los judíos y sus amigos alcancen allí el poder, no lo han hecho ni
lo harán jamás en el resto del país. De modo que lo que les hace falta a
los judíos de Skokie es establecer límites al poder por mor de su
protección. De nada servirá impedir a un puñado de nazis salir a las
calles del pueblo si eso debilita el derecho a expresarse, a publicar o a
reunirse libremente en cualquier lugar de los Estados Unidos.
En la obra de teatro de Robert Bolt Un hombre para la eternidad, sir Tomás Moro
pregunta a Roper: “¿Y usted qué haría? ¿Se saltaría una ley para
atrapar al diablo?”. Y Roper responde: “Acabaría con cualquier ley de
Inglaterra para lograrlo”. “¿De veras? —replica Moro—, y cuando hubiera
acabado con todas y el diablo se volviera contra usted, ¿dónde se
escondería, Roper, sin ley que lo amparara? [...] ¿De verdad cree que
podría mantenerse firme contra el viento que soplaría entonces? Yo sí.
Por mi propia seguridad, yo le ofrecería al diablo el beneficio de la
ley”.
Los judíos no pueden esconderse de los nazis en Skokie, sino
que, por su propia seguridad, deben ofrecerle al diablo —los nazis— el
beneficio de la ley. Es peligroso cederles la palabra, pero aniquilar
las leyes que niegan a cualquiera el poder de silenciar a los judíos si
estos llegaran a necesitar gritar pidiendo auxilio a sus hermanos y al
mundo lo es mucho más. Los judíos ya han sufrido persecuciones
demasiadas veces a lo largo de la historia como para que pueda afirmarse
que sus sufrimientos han acabado para siempre, de modo que cuando
llegue el momento en que deban hablar, publicar o manifestarse por su
propia seguridad, no debe permitírsele ni a Illinois ni a los Estados
Unidos que se lo impidan. Los nazis, y con esto respondo a quienes
preguntan cómo puedo defender la libertad para ellos siendo judío, deben
poder expresarse libremente porque los judíos deben gozar del mismo
derecho y porque yo, a mi vez, debo poder ejercerlo.
Recibí
muchos miles de cartas de denuncia, mientras que hubo apenas unos
cientos de ellas que contuvieran muestras de apoyo. Y, como en el caso
de la mujer que valora la libertad de expresión más de lo que odia a los
nazis, no todos los mensajes de sostén llegaron a reconfortarme
plenamente, a pesar de lo cual parte de aquel respaldo logró compensar
los ataques más feroces. Una de mis misivas favoritas provenía de un
médico de Nueva York que manifestaba su profundo compromiso con la
defensa del derecho a la libertad de expresión de los nazis así:
“Defiendo el derecho a expresar cualquier y toda opinión impopular
—afirmaba—, aunque, como diría mi abuelo, esas opiniones solo deberían
caer en saco roto”.
Los nazis nunca llegaron a
manifestarse en Skokie. Anunciaron la movilización en un fructífero
intento por mantener su visibilidad en un periodo en el que se les
impedía congregarse en Marquette Park, el barrio de Chicago donde se
ubica su sede y donde cuentan con el mayor número de seguidores. Ese
litigio contra las restricciones a la libertad de expresión se
desarrolló discretamente al mismo tiempo que se lidiaba la batalla por
lo de Skokie con enorme notoriedad. Escasos días antes de la fecha en
que estaba prevista la manifestación allí, en junio de 1978,
desaparecieron los impedimentos legales para congregarse en Marquette
Park, por lo que, alcanzado su objetivo primero, los nazis cancelaron la
concentración de Skokie. A sus ojos era evidente que, de seguir
adelante con ella, habrían ofrecido un espectáculo ridículo, pues
habrían acudido veinte o treinta personas frente a las cincuenta mil que
se esperaba que participaran en la marcha alternativa organizada por
los líderes de la comunidad local de supervivientes de los campos de
concentración.
Con todo, y a pesar de que allí nunca se produjera la
manifestación nazi, Skokie ha pasado a la historia como el campo de
batalla simbólico. Durante los quince meses que transcurrieron entre el
primer anuncio de los nazis sobre su intención de congregarse
públicamente en el pueblo y el momento en que anularon la convocatoria
tras la confirmación legal de su derecho a celebrar manifestaciones, el
tema generó un importante debate público, que continúa. Casi todos los
periódicos locales del país publicaron editoriales al respecto. Con
contadas excepciones, la prensa tomó partido por la defensa de la
libertad de expresión, sumándose así a la postura de la Unión Americana
de Libertades Civiles. Los textos de la sección de cartas al director,
en cambio, se alinearon con el bando contrario, mientras que los
columnistas autónomos se dividieron aparentemente a partes iguales.
Igualmente, Skokie se ha convertido en un asunto candente en cientos de
llamadas que entran en los programas radiofónicos a lo largo y ancho del
país, así como en un tema recurrente en los sermones de iglesias y
sinagogas. Los senadores estadounidenses han declarado sus puntos de
vista al respecto a través del diario de sesiones Congressional Record,
a la vez que, en escuelas, despachos, centros cívicos, residencias de
la tercera edad, restaurantes, cuartos de estar y allá donde se haya
reunido la gente, ha elevado el tono de las conversaciones. En estas
discusiones, me cuentan, casi todo el mundo se decantaba por la libertad
de expresión.
Las cuestiones que provocaban mayor
disenso se centraban más en si los nazis americanos habían perdido su
derecho a expresarse al identificarse con una ideología que condujo al
Holocausto, o en si, dado que se les permitía hablar, ¿no cabía al menos
prohibirles hacerlo en una ciudad considerada un puerto seguro para las
víctimas del nazismo? Las charlas que escuché rara vez discurrieron en
un tono moderado, sino más bien dominadas por intensos estallidos
emocionales. En algunos casos incluso daba la impresión de que la
agresividad que se traslucía dañaría para siempre las relaciones entre
las personas.
Skokie como símbolo
¿Por
qué Skokie se ha convertido en un símbolo y en un lugar que invita a
manifestarse? El conato nazi de hacerlo allí inspiró en realidad
preguntas jurídicas manidas, con razonamientos a favor y en contra de la
libertad de expresión idénticos a los ya esgrimidos en cientos de
juicios anteriores. Lamentablemente, tampoco hay nada nuevo en la
estampa ofrecida por un grupo de americanos que decidieron pavonearse
ataviados con uniformes propios de las tropas de asalto y que lucían
brazaletes con esvásticas. En las últimas dos décadas, imágenes como esa
se han convertido en parte habitual del escenario urbano, aunque hoy
los nazis no cuentan con más adeptos ni representan una amenaza política
mayor que entonces. Tampoco extraña el amago nazi por congregarse en un
lugar donde su mera presencia constituye una calculada ofensa a la
memoria de las víctimas del nazismo. Como cualquier otro grupo
disidente, este es conscientemente provocativo con la esperanzada
intención de atraer la atención y de generar reacciones vituperables y
poco dignas por parte de sus enemigos.
Aun así, Skokie se eleva como un hito clave para las
libertades americanas y figura ya como un caso clásico en los anales del
Derecho. Su fama se debe en parte al contexto temporal, pues se produjo
en un momento en el que los judíos americanos temían ser traicionados
—ellos e Israel— por las democracias occidentales: ¿se antepondrían la
necesidad del petróleo árabe y los petrodólares a los intereses judíos?
Por eso simboliza el resurgir de la amenaza definitiva a la existencia
hebrea. El mundo ya contempló impávido cómo los nazis aniquilaban a los
judíos, de modo que podría ocurrir otra vez.
Lo de Skokie
también ocurrió en un periodo de especial fragilidad para la incómoda
entente entre la gente primeramente comprometida con las políticas de
izquierda más aquella leal a la defensa de las libertades civiles, una
alianza forjada por el movimiento pro derechos civiles que caracterizó
la década de los años sesenta, y la movilización antibelicista y de
oposición a Richard Nixon. Esos pactos pertenecen al pasado: Skokie y
otros casos afines los hicieron tambalear y caer.
Por
último, Skokie sucede en un momento de profundo declive del liberalismo.
Cada vez cuesta más dar con un candidato político que quiera
identificarse como liberal, ya sea hombre o mujer. Uno de los argumentos
que se escuchan sobre este asunto es la definición de un conservador
como “un liberal al que han robado”. La defensa del derecho a la libre
expresión para los nazis allí es, según opinan muchas voces, un claro
ejemplo de la ingenuidad propia de los liberales, casi comparable con
invitar a un ladrón a casa a cenar. Sí, mejor no defender al enemigo.
Sean
cuales fueran las razones, Skokie ha supuesto un impacto para muchas
instituciones americanas. Las organizaciones judías y otros grupos que
han intentado mantenerse firmes en su tradicional compromiso con la
libertad de expresión se han visto desacompasados del sentir de sus
comunidades. Algunas se han cobijado en el silencio mientras que otras
han considerado que las circunstancias de Skokie eran especiales y que
por ello lo convertían en un caso distinto a cualquier otro en el que
haya grupos que buscan mostrar su visión en un espacio donde sus
doctrinas son vistas como un anatema. Incluso la organización que lidera
la defensa de la libertad de expresión en el país, la Unión Americana
de Libertades Civiles, ha visto cómo una parte significativa de su
parroquia se alejaba notablemente enfadada por defender los derechos de
los nazis que quieren desfilar por Skokie.
Esta obra
narra la historia de lo que ocurrió allí, así como otros ejemplos
recientes en los que los enemigos de la libertad han reclamado para sí
los derechos que niegan a los demás, y describe las raíces históricas
que los explican. En ella me esfuerzo por trasladar tan bien como puedo
los razonamientos de aquellos que limitarían el derecho de grupos como
los nazis o el Ku Klux Klan a expresarse. Y trato, asimismo, de
rebatirlos. Por último, el libro explora el impacto que Skokie tuvo en
la gente y en las instituciones que contribuyeron a la formulación del
caso a la vez que se vieron, a cambio, influidas por él." (Aryeh Neier, El País, 08/12/20)