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30/1/24

Cuando tres presidentas de las universidades más importantes de Estados Unidos son interrogadas en una audiencia de la Cámara de Representantes y las tres son juzgadas por no haber defendido la autoridad moral de sus universidades, llega la hora de la verdad para las universidades, no solo de EE.UU. sino de todo el mundo... la universidad es un lugar de debate continuo en el aula, en el comedor, junto a la máquina de café o en el bar después del trabajo, sobre lo que es verdadero, bueno y posible. Quienes aman las universidades lo hacen porque son comunidades unidas, no en torno a una política compartida o a un consenso sobre las controversias que atormentan nuestro mundo, sino en torno a un compromiso común con los cánones de la investigación y la enseñanza científicas y académicas... Esto no condena a las universidades al equívoco moral. Pueden insistir en que sus debates sean cívicos, y deben sancionar a cualquiera que intimide a otros o utilice el miedo o la violencia para imponerse. Deben animar a sus miembros a hablar en su propio nombre. Pero dilapidan cualquier autoridad que tengan y dividen a sus propias comunidades cuando ceden a las exigencias de que digan a la sociedad lo que debe pensar, o peor aún, cuando permiten que unos políticos prepotentes pretendan imponerles en tromba las opiniones que ellos quieren que sostengan (Michel Ignatieff)

 "Cuando tres presidentas de las universidades más importantes de Estados Unidos son interrogadas en una audiencia de la Cámara de Representantes y las tres son juzgadas por no haber defendido la autoridad moral de sus universidades, llega la hora de la verdad para las universidades, no solo de EE.UU. sino de todo el mundo. 

Y a la hora de la verdad, las preguntas para las universidades, no solo allí, son cuál es su autoridad moral, cuál su deber para con sus estudiantes y profesores y cuál su deber para con la sociedad en general. En opinión de la mayoría de los observadores, incluso de los que pertenecen a sus propias universidades, las tres presidentas estadounidenses fallaron porque permitieron que los políticos las intimidaran y que una audiencia política las incriminara como unas pusilánimes cautivas de una ideología de izquierdas antisionista, políticamente correcta y a favor de la justicia social.

 Dieron respuestas de abogado a preguntas políticas que exigían respuestas directas. Deberían haber dicho: «Sí, creemos que siempre está mal instar a que se mate a los judíos, instar a que Israel deje de existir. Sí, creemos que quienes se manifiestan a favor de esto en el campus deben ser sancionados». Pero no, dijeron: «Depende del contexto». Un craso error, que le ha costado el puesto a una de ellas.

La cuestión es qué tipo de error fue. ¿Eran esclavas de la ideología progre, estaban tan comprometidas con las denuncias antisionistas de Israel como un Estado con un régimen de 'apartheid' «colonialista de asentamientos» que eran incapaces de condenar sentimientos claramente asesinos? Esto es lo que los políticos republicanos conservadores querían hacer creer a EE.UU. y al mundo. Se trata de una vieja línea de ataque. 

En las guerras culturales que han dividido la política estadounidense durante treinta años, los republicanos se han salido con la suya presentando a las universidades como bastiones de la corrección política de izquierdas. Pero eso es una fábula. Es cierto que en los campus de EE.UU. las modas izquierdistas absurdas no se acaban nunca. Pero estas instituciones son demasiado pluralistas, diversas y competitivas como para permitir que una sola ideología, especialmente una tan ridícula como la 'woke' [literalmente «despierto», un movimiento que defiende la justicia social], se apodere de ellas.

Las tres desdichadas presidentas no eran apologistas voluntarias de la corrección política sino gestoras asediadas de unas comunidades divididas. También intentaban defender principios opuestos. Pretendían equilibrar los principios de la libertad de expresión, consagrados en la Constitución de EE.UU., con el deber de la universidad de proteger a los estudiantes, especialmente a los judíos, pero también a los árabes y a los palestinos, de una retórica que fuera más allá de la ofensa y pudiera inducir a unos cuantos fanáticos a cometer actos de violencia. La retórica que permite una universidad sí depende, como dijeron las presidentas, del contexto. EE.UU., a diferencia de muchos países europeos, permite discursos tan extremos y ofensivos como la negación del Holocausto. La Constitución establece que el Congreso no deberá aprobar ninguna ley que limite la libertad de expresión. Lo establece así para salvaguardar la libertad de expresión que los padres fundadores consideraban esencial para una política libre.

El contexto que importa es si esta retórica deja de ser un discurso ofensivo pero intrascendente y se convierte en una incitación a cometer actos de odio. En ese caso, la universidad debe actuar: sancionar y, si es necesario, destituir a los responsables de que los debates conflictivos de una universidad se conviertan en un hervidero de miedo y aversión. Sería tentador creer que esos campus son un hervidero de este tipo, pero no lo son. Por el contrario, son comunidades pacíficas que polemizan vehementemente sobre la catástrofe de la guerra en Gaza. Así es como debe ser. Las universidades existen para debatir estas cuestiones y aprender de ellas.

En momentos de crisis, los políticos no pueden evitar sacar partido de las divisiones. Cualquiera con un poco de memoria histórica recordará que, en plena Guerra Fría, los conservadores del Congreso celebraron audiencias para erradicar a los comunistas de los organismos públicos y de las universidades y trataron de obligarles a instituir juramentos de lealtad. Con recuerdos así, las universidades tienen buenas razones para insistir en su derecho a gobernarse a sí mismas, establecer sus normas de disciplina y resistirse a cualquier llamamiento externo para castigar o restringir la libertad de expresión. La cuestión más amplia es qué «autoridad moral» ejercen las universidades en momentos de controversia política. Muchos, dentro y fuera de los campus, creen que estas tienen el deber sagrado de pronunciarse sobre cuestiones morales y políticas. Cuando Claudine Gay, de Harvard, tardó en denunciar las inexcusables atrocidades de Hamás el 7-O, uno de sus predecesores, Larry Summers, denunció su «abdicación moral». En otras universidades, alumnos y profesores judíos han exigido que sus instituciones «hablen claro» y denuncien a Hamás.

A las universidades les gusta presumir de su importancia moral, pero no es tan evidente que puedan hablar con una sola voz. Tampoco está claro que deban hacerlo. Cualquier universidad moderna es una comunidad pluralista, reclutada en todo el mundo, el hogar de hombres y mujeres de diferentes religiones, razas, opiniones e historias nacionales. No es una unidad política que aspire a reunir a sus partidarios en torno a la conquista del poder, y tampoco es una ONG que pretenda aglutinar apoyos en favor de un objetivo compartido. 

Es un lugar de debate continuo en el aula, en el comedor, junto a la máquina de café o en el bar después del trabajo, sobre lo que es verdadero, bueno y posible. Quienes aman las universidades lo hacen porque son comunidades unidas, no en torno a una política compartida o a un consenso sobre las controversias que atormentan nuestro mundo, sino en torno a un compromiso común con los cánones de la investigación y la enseñanza científicas y académicas. 

Estos cánones son algo más que criterios para la buena ciencia y la buena investigación. Son una disciplina moral que exige que nos preocupemos por los hechos, que descartemos una hipótesis cuando no se ajuste a las pruebas, que escuchemos las críticas, que modifiquemos las ideas cuando se insinúen otras mejores y que iluminemos el camino hacia el conocimiento, a la luz de la verdad y no con el falso resplandor de la ideología. Ninguno de nosotros estará nunca plenamente a la altura de este ideal, pero la autoridad moral de una universidad reside en su devoción a la verdad, no en su capacidad como institución para respaldar posiciones moralistas. No puede hablar con una sola voz si de verdad desea respetar la pluralidad de voces que hay entre sus muros. 

 Esto no condena a las universidades al equívoco moral. Pueden insistir en que sus debates sean cívicos, y deben sancionar a cualquiera que intimide a otros o utilice el miedo o la violencia para imponerse. Deben animar a sus miembros a hablar en su propio nombre. Pero dilapidan cualquier autoridad que tengan y dividen a sus propias comunidades cuando ceden a las exigencias de que digan a la sociedad lo que debe pensar, o peor aún, cuando permiten que unos políticos prepotentes pretendan imponerles en tromba las opiniones que ellos quieren que sostengan."

(Michel Ignatieff, profesor de Historia en la Universidad Central Europea de Viena,  Revista de prensa, 17/12/23; fuente:  ABC)

22/2/21

El grito terrorista de Hasel "¡Merece que explote el coche de Patxi López!" cabe dentro de la libertad de expresión, pero es puro fascismo. El canto de Lorenzo Pérez "La diputada Montero/ expareja del 'coleta'/ Ya no está en el candelero/Por una inquieta bragueta/ Va con Tania al gallinero"...es un insulto, nunca fascismo

J.Coscu @jcoscu

 Nuestra obligación como sociedad es defender y garantizar la libertad de expresión de
@PabloHasel Aunque él no tenga ninguna autoridad moral para exigirla, porque lleva muchos años atacando la libertad de expresión de sus conciudadanos.

2:58 p. m. · 19 feb. 2021
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 "Una joven ha perdido un ojo. “Estallido del globo ocular”. Es una pérdida muy seria, no es como pasar una noche en comisaría o como si te sisan la cartera y has de hacer todas las fastidiosas gestiones para que te den otro carnet de identidad y otra tarjeta de crédito. Es irreparable.

La política es un teatrillo, una tontería, pero de repente se fuerza la máquina, se calcula mal, y alguien pierde un ojo, y esto ya sí que es real.  

Probablemente esa joven piense que ha perdido el ojo luchando por la libertad de expresión y que la dignidad de esa causa honra esa pérdida, como un sacrificio involuntario pero valioso, en algún balance metafísico. Si esa idea le consuela, mejor. Otros pensarán que le ha pasado por apoyar de forma equivocada a un bocazas de versos aberrantes, a un despreciable difusor de odio. Y otros dirán que es cosa de mala suerte.

De momento, en el equilibrio causa-efecto, yo creo que sale mejor parado Hasél, con dos años de cárcel, si llega a cumplirlos, que esa hasta ahora anónima mujer, que se ha quedado tuerta para siempre.

El hecho sucedió en los violentos disturbios de la Vía Augusta, entre Diagonal y Travesera; pero cómo es posible, si por ahí pasaba yo cada día, al anochecer, camino a la piscina, en la más absoluta impunidad.

¿Quién sabe? A lo mejor estas algaradas, y este ojo que se ha perdido, servirán para acelerar un cambio legislativo para que no se repitan los largos calvarios como el que sufrieron el cantautor Javier Krahe, por meter un crucifijo en un horno y dar a los televidentes las instrucciones culinarias para “cocinar a un Cristo” (en una performance francamente graciosa, por lo menos para mí). Y el artista Eugenio Merino, por meter un muñeco de Franco en una nevera o la cabeza del dictador en un punching-ball. (Por cierto que el mismo Merino años más tarde expuso en Arco una efigie del Rey y luego la hizo arder, sin consecuencias). Y el jubilado Lorenzo Pérez San Francisco, por publicar en una revista una copla satírica sobre el vicepresidente y la ministra: "La diputada Montero/ expareja del 'coleta'/ Ya no está en el candelero/Por una inquieta bragueta/ Va con Tania al gallinero".

Gente inocente, y más o menos graciosa. Por suerte, sensatamente, Krahe, Merino y San Francisco fueron exonerados, pero hasta la sentencia exculpatoria final tuvieron que recurrir y apelar contra sentencias de jueces abusivos o disparatados, lo pasaron mal y gastaron tiempo y dinero.

Estaría muy bien que casos como esos no se repitiesen. Pero esto, y los momentos de exaltación y adrenalina de los enfrentamientos con la policía en la Vía Augusta, de los que sin duda, tras las algaradas e incendios, muchos revoltosos volvieron a cenar a casa felices y contentos de su justiciera machada, ¿compensará a esa mujer por su ojo?

Le queda otro. Seguramente intentará exigir en los tribunales una gran indemnización. Con pocos argumentos, visto lo que pasó, pero ¿quién se resigna de entrada a una pérdida así…?

Durante todos estos años los listillos de la dirigencia se han hecho ricos, mientras la clase de tropa corre y enreda y grita consignas y se manifiesta cuando se lo dicen, y algún policía queda parapléjico y algún manifestante pierde un ojo de la cara.

Los revolucionarios vivales conducen Porsche y lucen bolso de Michael Kors y compran mansiones, mientras la clase de tropa va de aquí para allá balando consignas indignadas, montando bronca y arriesgando la vista por algún taradito que creen que les representa, todo en nombre de la libertad, la justicia, la libertad de expresión y demás bellas palabras.

Y algunos se quedan tuertos."                   (Ignacio Vidal-Folch , Crónica global, 19/02/21) 

También la apología fascista de Hásel cabe dentro del libertad de expresión, rapear : "¡Merece que explote el coche de Patxi López!", no debe ser delito... es terrorismo intelectural... y un insulto a la dignidad democrática.     

22/12/20

Defender a los nazis estadounidennses siendo judío... para que pudiesen manifestarse

 "El fundador de Human Rights Watch, Aryeh Neier, que escapó del Berlín de 1939 siendo un niño, decidió asumir en 1977 la defensa de los miembros del partido nazi de Estados Unidos para que pudiesen manifestarse. El libro ‘Defendiendo a mi enemigo’, que ahora se publica en español, recuerda su historia. Adelantamos su prólogo.

Solo espero —se leía en una carta que recibí de un hombre de Boston— que, si a ambos nos obligan a caminar hasta algún crematorio algún día, sea usted quien lidere la marcha y goce entonces, en un momento de éxtasis para usted, de la oportunidad de cantar hosannas en alabanza a la libertad de expresión que desea para sus torturadores”.
He recibido muchas misivas como esa. 

Se redactaban ante la provocación que suponía el empeño de la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés), de la que fui director general, por garantizar el derecho a la libertad de expresión a un grupo de nazis americanos que declararon su deseo de manifestarse en la localidad de Skokie, situada en el estado de Illinois. De entre las notas, la más sucinta provino de un hombre que proponía un lema para la Unión: “La Primera Enmienda über Alles”, [en alemán] por encima de todo.

Si dolió recibir aquellas cartas, más inquietante aún resultó el mensaje de apoyo que nos hizo llegar una mujer: “Amo la libertad de expresión —rezaba— más de lo que odio a los nazis”. En la misma línea que aquellos que me acusaban, ella había llegado a la conclusión de que debía elegir entre la defensa de la libertad de expresión o la lucha contra los nazis, y había decidido decantarse por la primera opción.

En mi caso no hubo elección. Yo defendí el derecho de los nazis a expresarse libremente cuando quisieron manifestarse en Skokie como una manera de luchar contra ellos. Defender al propio enemigo es la única forma que hay de proteger a una sociedad basada en las libertades, de quienes se oponen a la libertad. Si esto se percibe como paradójico, albergo la esperanza de que resulte más comprensible tras la lectura de esta obra.

Las razones que explican que odie a los nazis son de índole tanto personal como filosófica. Podría haberle respondido al hombre que compartió conmigo su deseo de que yo encabezara la marcha hacia el crematorio explicándole que estuve muy a punto de morir allí.

Soy judío, nacido en Berlín. Mis padres eran unos Ostjuden —judíos de la Europa del Este— que dejaron a sus familias en Polonia y se mudaron a la capital alemana en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial. La década de los años veinte los trató bien y les permitió organizarse una vida cómoda allí. Sin embargo, para cuando yo nací, en 1937, el mundo de mis padres se estaba derrumbando. Con todo, y aunque muchas de sus amistades ya se habían marchado, mi padre, Wolf Neier, que entonces trabajaba como profesor de hebreo para la Comunidad Judía de Berlín, decidió quedarse. Acabamos yéndonos en 1939, en la que probablemente fuera nuestra última oportunidad para hacerlo, y huimos a Inglaterra. Mi hermana Esther, que tenía 10 años, viajó sola. Mi padre lo hizo por su cuenta y, aparte, mi madre y yo. Salimos de Alemania en agosto de 1939, días antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial en Europa.

 

No nos reunimos inmediatamente. Los británicos se tomaban su tiempo para identificar entre los refugiados a espías y saboteadores. Una vez mi padre hubo pasado la criba, se vio obligado a buscar un empleo y ganar algo de dinero para poder juntar a la familia de nuevo. Yo pasé un año en una hospedería para niños refugiados, una experiencia que recuerdo con nitidez: era un lugar tristísimo, y yo lo odiaba.

Al poco de lograr reencontrarnos todos en Londres, la casa en la que vivíamos quedó destrozada por un bombardeo, de modo que nos evacuaron y nos trasladaron a una ciudad de las Midlands, la región central de Inglaterra, donde, tras alojarnos durante un tiempo en el hogar de una familia inglesa que nos acogió con generosidad y bondad, hallamos finalmente un lugar propio que habitar.

Finalizada la contienda, mis padres fueron descubriendo qué había sido de sus parientes: casi todos habían fallecido. Apenas se contaba con información dispersa sobre la forma en que los habían asesinado. A la madre de mi padre la habían matado de un disparo al principio, poco después de que los alemanes arrasaran el pueblo de Polonia donde vivía. Dos de los hermanos de mi madre habían sobrevivido en Bergen-Belsen hasta el último momento, pero acabaron con ellos la víspera de la liberación del campo. Y otros habían ido muriendo en ese tiempo.

En Northhampton (Inglaterra), donde pasé los años inmediatos al final de la guerra, un amigo de mis padres creó una vivienda tutelada para niños judíos que habían sobrevivido a los campos de concentración. Mi padre y mi hermana se convirtieron en sus maestros, de modo que yo pasaba gran parte de mi tiempo con ellos y acabamos entablando amistad. Eran los primeros supervivientes de los campos de la muerte que yo conocía, lo que me permitió enterarme un poco de cómo habían conseguido evitar los crematorios. Yosie, que cuando llegó a Inglaterra apenas tenía catorce años y ofrecía un aspecto aún más infantil, había pasado cuatro de ellos en el bosque, y en soledad casi todo el tiempo. Janek había salido vivo porque entretenía a los guardas del campo cantando y tocando el acordeón. Otro había sobrevivido —tal y como deduzco ahora por su aspecto y por lo que los demás contaban entonces— porque los guardas lo encontraban hermoso.

 

Saco a colación a mis propios antepasados para dar pistas de por qué no deseo poner nada, ni siquiera mi amor por la libertad de expresión, por encima de mi odio por los nazis. Con todo, muchos habitantes de Skokie (Illinois) disponen de mejores argumentos que yo para aborrecerlos, pues ellos sí experimentaron en carne propia los campos de la muerte. A diferencia de mí, que solo conozco ese horror a través de las palabras de otros, ellos vieron a los nazis matar a sus familiares. Yo era demasiado pequeño como para siquiera conocer a aquellos de mis parientes que habían perecido allí, y además me encontraba a cientos de kilómetros, en Inglaterra, cuando ocurrió. No podría haber tenido el valor de defender el derecho a la libertad de expresión en Skokie si no creyera que hay más posibilidades de impedir que se repita el Holocausto en una sociedad donde se planta cara a cualquier amenaza contra la libertad. La libertad conlleva sus riesgos, pero ahogarla, creo, aboca sin duda al desastre.

Al describir los encontronazos de mi infancia con el terror nazi no aspiro a atenuar la rabia del hombre que quiere verme encabezando la marcha hacia el crematorio. No serviría de nada. La mayor parte de los judíos conocen a otros judíos tan impregnados de odio hacia los propios judíos que actúan como los mayores antisemitas. A mí, supongo, se me ha asignado esa categoría en muchas de las cartas en las que tan duramente se me denunciaba por defender la libertad de expresión de los nazis.

La frase más repetida en los numerosos textos que recibí sobre lo ocurrido en Skokie rezaba: “Y tú, siendo judío, ¿cómo puedes defender la libertad para los nazis?”.

Y mientras reflexionaba sobre la respuesta a esta pregunta durante los muchos meses en que las cartas fueron llegando en gran número, descubrí que al hacerlo también se fortalecía mi propia identidad judía. La conclusión a la que llegué, y que quizás ejemplifica uno de los rasgos que suele atribuirse a los judíos, empezaba las más de las veces por una pregunta: “Y yo, siendo judío, ¿cómo puedo negarme a defender la libertad, aunque sea para los nazis?”.

La libertad no garantiza la protección. Los riesgos son evidentes. En efecto, si los nazis gozan de libertad para expresarse, puede que ganen adeptos para su causa, quizá tantos que alcancen a obtener el poder para abolir la libertad y destruirme.

Sin embargo, comparto la visión de John Milton sobre la pervivencia de la verdad en un encuentro libre y abierto con la falsedad. Por eso quiero que los enfrentamientos dialécticos sigan siendo libres y abiertos, para darle así una oportunidad a la verdad. Aun así, no puedo asumir la infalibilidad de la premisa miltoniana. En este siglo en el que se ha visto tanta maldad, haría bien en no depositar mi plena confianza en una hipótesis que dependa del comportamiento humano y debería examinar cuidadosamente las opciones de las que me es posible disponer como alternativa. Puede que mi libertad y, en último extremo, mi vida dependan de esa elección.

Una religión aparte

La alternativa a la libertad es el poder. Si albergara la certeza de ser capaz de eliminar para siempre el nazismo, así como toda amenaza del calibre a mi seguridad, a través del ejercicio del poder, entonces quizás me sentiría tentado a optar por esa vía. Sin embargo, los judíos ostentamos un magro poder, somos reducidos en número y se nos conoce en el mundo como una raza aparte y como una religión aparte, además de que solo los judíos se ven señalados, por añadidura, como un pueblo aparte.

El resto del planeta sospecha de nosotros. Somos todos iguales y nos apoyaremos entre nosotros, se cree. Si hace falta un chivo expiatorio, conviene buscar entre los judíos y acusarlos a todos según la lógica que esgrime que, si un judío participó en la Crucifixión, entonces todos los judíos son asesinos de Cristo, o que, si el capitán Dreyfus es un traidor, todos los judíos han de serlo. En la misma línea, si un Karl Marx es judío —a pesar de haber recibido las aguas bautismales en su infancia—, todos los judíos son revolucionarios o, si un judío forma parte de un escándalo financiero, entonces todos los judíos manipulan la economía. En efecto, si de alguien se indica que es judío, entonces su judaísmo es lo que centra la atención. Y como hay judíos por todas partes, se nos puede culpar de todo.

Así que, precisamente porque los judíos somos particularmente vulnerables, considero que apenas nos sentiremos a salvo de la persecución en una sociedad en la que los choques se resuelvan sobre la base del poder. Por eso, en tanto que judío y por ende preocupado tanto por mi propia supervivencia como por la del resto de los judíos —pues ambas están inextricablemente unidas—, mi deseo es que haya restricciones al ejercicio del poder. En particular, las que más me importan son las que garantizan que yo no acabe aplastado por él sin que se entere el resto del universo. Si me encuentro en peligro, quiero poder llamar a gritos a mis hermanos judíos y a todos aquellos a los que pueda contar entre mis aliados. Quiero apelar al sentido de justicia del mundo. Por eso quiero límites que impidan que quienes ostenten el poder puedan atentar contra mi derecho a expresarme, mi derecho a publicar o mi derecho a reunirme con otros que se encuentren asimismo amenazados. Quienes ostenten el poder no deben poder impedirnos que nos reunamos para elevar juntos nuestras voces de modo que se nos oiga más fuerte y asegurarnos así de que se nos escucha. Para defenderme, debo servirme de la libertad para poner coto al poder, incluso aunque quienes se beneficien temporalmente de ello sean los propios enemigos de la libertad.

Tal y como afirmó Albert Camus, “[l]a libertad concierne a los oprimidos, y sus custodios naturales han provenido siempre de entre ellos”. Se trata de una cuestión de interés personal. Los subyugados constituyen las víctimas del poder. Si lo que desean es poner fin a su opresión, deben conquistar libertades o, alternativamente, adjudicarse el poder. En efecto, muchos de entre quienes se han visto aplastados prefieren lo segundo, de ahí que un quinto de la población judía mundial haya optado por refugiarse en su propio hogar, Israel, un lugar donde esperan hurtarse a la opresión porque allí son ellos quienes dictan las reglas, quienes ostentan el poder. Otros se han guarecido en distintos países, en comunidades dispersas donde la mayoría de sus vecinos son asimismo judíos. En este sentido, dado que en una localidad como Skokie gran parte de la población es judía, lo consideran un lugar donde escapar de la opresión, pues también allí pueden establecer las normas y ejercer el poder. Skokie, en ese sentido, es un reflejo en miniatura de Israel. Constituye un entorno donde los judíos sienten que podrían defenderse de una potencial invasión.

El beneficio de la ley

En esa línea de pensamiento, son los esfuerzos heroicos los que han permitido a Israel hacer frente a la invasión y sobrevivir a los embates de vecinos hostiles en busca del poder. Incluso quienes muestran una mayor disposición a emplear las demostraciones de fuerza para reivindicar los intereses israelíes saben seguramente que llegará un momento en que tales medios no bastarán para proteger al país de la destrucción. Lo que Israel necesita es limitar el poder de sus vecinos antes de que sea demasiado tarde, dado que la fuerza de la espada no bastará para garantizar su pervivencia.

Existen otros refugios para los judíos, como Skokie, que cuentan con muchas menos posibilidades de salir airosos en duelos basados exclusivamente en el ejercicio del poder, porque, al estar regida por las leyes y las costumbres del estado de Illinois y de los Estados Unidos de América, Skokie no puede considerarse una nación independiente: 70 000 personas, que van y vuelven a Chicago cada día para trabajar, no pueden erigir un muro a su alrededor para bloquear las ideas que supongan una amenaza. El tipo de protección que Skokie necesita es distinto, pues, aunque cabe que los judíos y sus amigos alcancen allí el poder, no lo han hecho ni lo harán jamás en el resto del país. De modo que lo que les hace falta a los judíos de Skokie es establecer límites al poder por mor de su protección. De nada servirá impedir a un puñado de nazis salir a las calles del pueblo si eso debilita el derecho a expresarse, a publicar o a reunirse libremente en cualquier lugar de los Estados Unidos.

En la obra de teatro de Robert Bolt Un hombre para la eternidad, sir Tomás Moro pregunta a Roper: “¿Y usted qué haría? ¿Se saltaría una ley para atrapar al diablo?”. Y Roper responde: “Acabaría con cualquier ley de Inglaterra para lograrlo”. “¿De veras? —replica Moro—, y cuando hubiera acabado con todas y el diablo se volviera contra usted, ¿dónde se escondería, Roper, sin ley que lo amparara? [...] ¿De verdad cree que podría mantenerse firme contra el viento que soplaría entonces? Yo sí. Por mi propia seguridad, yo le ofrecería al diablo el beneficio de la ley”.

 

Los judíos no pueden esconderse de los nazis en Skokie, sino que, por su propia seguridad, deben ofrecerle al diablo —los nazis— el beneficio de la ley. Es peligroso cederles la palabra, pero aniquilar las leyes que niegan a cualquiera el poder de silenciar a los judíos si estos llegaran a necesitar gritar pidiendo auxilio a sus hermanos y al mundo lo es mucho más. Los judíos ya han sufrido persecuciones demasiadas veces a lo largo de la historia como para que pueda afirmarse que sus sufrimientos han acabado para siempre, de modo que cuando llegue el momento en que deban hablar, publicar o manifestarse por su propia seguridad, no debe permitírsele ni a Illinois ni a los Estados Unidos que se lo impidan. Los nazis, y con esto respondo a quienes preguntan cómo puedo defender la libertad para ellos siendo judío, deben poder expresarse libremente porque los judíos deben gozar del mismo derecho y porque yo, a mi vez, debo poder ejercerlo.

Recibí muchos miles de cartas de denuncia, mientras que hubo apenas unos cientos de ellas que contuvieran muestras de apoyo. Y, como en el caso de la mujer que valora la libertad de expresión más de lo que odia a los nazis, no todos los mensajes de sostén llegaron a reconfortarme plenamente, a pesar de lo cual parte de aquel respaldo logró compensar los ataques más feroces. Una de mis misivas favoritas provenía de un médico de Nueva York que manifestaba su profundo compromiso con la defensa del derecho a la libertad de expresión de los nazis así: “Defiendo el derecho a expresar cualquier y toda opinión impopular —afirmaba—, aunque, como diría mi abuelo, esas opiniones solo deberían caer en saco roto”.

Los nazis nunca llegaron a manifestarse en Skokie. Anunciaron la movilización en un fructífero intento por mantener su visibilidad en un periodo en el que se les impedía congregarse en Marquette Park, el barrio de Chicago donde se ubica su sede y donde cuentan con el mayor número de seguidores. Ese litigio contra las restricciones a la libertad de expresión se desarrolló discretamente al mismo tiempo que se lidiaba la batalla por lo de Skokie con enorme notoriedad. Escasos días antes de la fecha en que estaba prevista la manifestación allí, en junio de 1978, desaparecieron los impedimentos legales para congregarse en Marquette Park, por lo que, alcanzado su objetivo primero, los nazis cancelaron la concentración de Skokie. A sus ojos era evidente que, de seguir adelante con ella, habrían ofrecido un espectáculo ridículo, pues habrían acudido veinte o treinta personas frente a las cincuenta mil que se esperaba que participaran en la marcha alternativa organizada por los líderes de la comunidad local de supervivientes de los campos de concentración.

Con todo, y a pesar de que allí nunca se produjera la manifestación nazi, Skokie ha pasado a la historia como el campo de batalla simbólico. Durante los quince meses que transcurrieron entre el primer anuncio de los nazis sobre su intención de congregarse públicamente en el pueblo y el momento en que anularon la convocatoria tras la confirmación legal de su derecho a celebrar manifestaciones, el tema generó un importante debate público, que continúa. Casi todos los periódicos locales del país publicaron editoriales al respecto. Con contadas excepciones, la prensa tomó partido por la defensa de la libertad de expresión, sumándose así a la postura de la Unión Americana de Libertades Civiles. Los textos de la sección de cartas al director, en cambio, se alinearon con el bando contrario, mientras que los columnistas autónomos se dividieron aparentemente a partes iguales. Igualmente, Skokie se ha convertido en un asunto candente en cientos de llamadas que entran en los programas radiofónicos a lo largo y ancho del país, así como en un tema recurrente en los sermones de iglesias y sinagogas. Los senadores estadounidenses han declarado sus puntos de vista al respecto a través del diario de sesiones Congressional Record, a la vez que, en escuelas, despachos, centros cívicos, residencias de la tercera edad, restaurantes, cuartos de estar y allá donde se haya reunido la gente, ha elevado el tono de las conversaciones. En estas discusiones, me cuentan, casi todo el mundo se decantaba por la libertad de expresión.

Las cuestiones que provocaban mayor disenso se centraban más en si los nazis americanos habían perdido su derecho a expresarse al identificarse con una ideología que condujo al Holocausto, o en si, dado que se les permitía hablar, ¿no cabía al menos prohibirles hacerlo en una ciudad considerada un puerto seguro para las víctimas del nazismo? Las charlas que escuché rara vez discurrieron en un tono moderado, sino más bien dominadas por intensos estallidos emocionales. En algunos casos incluso daba la impresión de que la agresividad que se traslucía dañaría para siempre las relaciones entre las personas.

Skokie como símbolo

¿Por qué Skokie se ha convertido en un símbolo y en un lugar que invita a manifestarse? El conato nazi de hacerlo allí inspiró en realidad preguntas jurídicas manidas, con razonamientos a favor y en contra de la libertad de expresión idénticos a los ya esgrimidos en cientos de juicios anteriores. Lamentablemente, tampoco hay nada nuevo en la estampa ofrecida por un grupo de americanos que decidieron pavonearse ataviados con uniformes propios de las tropas de asalto y que lucían brazaletes con esvásticas. En las últimas dos décadas, imágenes como esa se han convertido en parte habitual del escenario urbano, aunque hoy los nazis no cuentan con más adeptos ni representan una amenaza política mayor que entonces. Tampoco extraña el amago nazi por congregarse en un lugar donde su mera presencia constituye una calculada ofensa a la memoria de las víctimas del nazismo. Como cualquier otro grupo disidente, este es conscientemente provocativo con la esperanzada intención de atraer la atención y de generar reacciones vituperables y poco dignas por parte de sus enemigos.

Aun así, Skokie se eleva como un hito clave para las libertades americanas y figura ya como un caso clásico en los anales del Derecho. Su fama se debe en parte al contexto temporal, pues se produjo en un momento en el que los judíos americanos temían ser traicionados —ellos e Israel— por las democracias occidentales: ¿se antepondrían la necesidad del petróleo árabe y los petrodólares a los intereses judíos? Por eso simboliza el resurgir de la amenaza definitiva a la existencia hebrea. El mundo ya contempló impávido cómo los nazis aniquilaban a los judíos, de modo que podría ocurrir otra vez.

Lo de Skokie también ocurrió en un periodo de especial fragilidad para la incómoda entente entre la gente primeramente comprometida con las políticas de izquierda más aquella leal a la defensa de las libertades civiles, una alianza forjada por el movimiento pro derechos civiles que caracterizó la década de los años sesenta, y la movilización antibelicista y de oposición a Richard Nixon. Esos pactos pertenecen al pasado: Skokie y otros casos afines los hicieron tambalear y caer.

Por último, Skokie sucede en un momento de profundo declive del liberalismo. Cada vez cuesta más dar con un candidato político que quiera identificarse como liberal, ya sea hombre o mujer. Uno de los argumentos que se escuchan sobre este asunto es la definición de un conservador como “un liberal al que han robado”. La defensa del derecho a la libre expresión para los nazis allí es, según opinan muchas voces, un claro ejemplo de la ingenuidad propia de los liberales, casi comparable con invitar a un ladrón a casa a cenar. Sí, mejor no defender al enemigo.

Sean cuales fueran las razones, Skokie ha supuesto un impacto para muchas instituciones americanas. Las organizaciones judías y otros grupos que han intentado mantenerse firmes en su tradicional compromiso con la libertad de expresión se han visto desacompasados del sentir de sus comunidades. Algunas se han cobijado en el silencio mientras que otras han considerado que las circunstancias de Skokie eran especiales y que por ello lo convertían en un caso distinto a cualquier otro en el que haya grupos que buscan mostrar su visión en un espacio donde sus doctrinas son vistas como un anatema. Incluso la organización que lidera la defensa de la libertad de expresión en el país, la Unión Americana de Libertades Civiles, ha visto cómo una parte significativa de su parroquia se alejaba notablemente enfadada por defender los derechos de los nazis que quieren desfilar por Skokie.

Esta obra narra la historia de lo que ocurrió allí, así como otros ejemplos recientes en los que los enemigos de la libertad han reclamado para sí los derechos que niegan a los demás, y describe las raíces históricas que los explican. En ella me esfuerzo por trasladar tan bien como puedo los razonamientos de aquellos que limitarían el derecho de grupos como los nazis o el Ku Klux Klan a expresarse. Y trato, asimismo, de rebatirlos. Por último, el libro explora el impacto que Skokie tuvo en la gente y en las instituciones que contribuyeron a la formulación del caso a la vez que se vieron, a cambio, influidas por él."                 (Aryeh Neier, El País, 08/12/20)

7/1/20

“La ofensa al veganismo no es tan grave como a la raza o a la sexualidad”. En el “primer mundo” se comete el error de que los seguidores de diferentes estilos de vida tienden a arrogarse un privilegio...

"Para cualquier filósofo sin conocimientos sobre derecho es complicado pronunciarse sobre la sentencia del juez de Norwich que ayer consideró que el veganismo es “una creencia filosófica” y dictaminó que merece gozar del amparo de la Ley de Igualdad, aprobada en 2010 en Reino Unido para evitar que religiones y creencias sean objeto de cualquier forma de discriminación.

 “Podemos llegar al absurdo de que cualquier forma de vida se reivindique como un derecho; pero es un terreno peligroso. La ofensa al veganismo no es tan grave como a la raza, la sexualidad o la religión”, considera Germán Cano, profesor de Filosofía Contemporánea de la Universidad de Alcalá de Henares.

A su juicio, el problema es que en las sociedades avanzadas del “primer mundo” se comete el error de que los seguidores de diferentes estilos de vida tienden a arrogarse un privilegio. Cano sitúa la raíz de esa distorsión en la secularización de la sociedad y la progresiva pérdida de peso de la religión.

“Se da la circunstancia de que uno piensa que su estilo de vida, independientemente del que sea, se debe equiparar al peso que han tenido las religiones, y por eso buscan el encaje de su ideología en el ámbito del derecho”. 

A falta de que el tribunal se pronuncie sobre si el despido de Jordi Casamitjana, ciudadano británico de origen catalán que demandó a su empresa por despedirle como consecuencia de sus “declaradas convicciones veganas”, fue o no procedente, Cano cree que su argumentario de que se le discriminó por ser vegano es una “justificación extemporánea” que carece de sentido.

Jorge Rlechman, profesor de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid, recuerda que los ordenamientos jurídicos incorporan creencias filosóficas, una realidad que puede conducir a algunos ciudadanos a equívoco en cuanto a sus exigencias morales. “La declaración de derechos humanos de 1948, por ejemplo, tiene muchos principios filosóficos detrás, pero es complicado adaptar las diferentes creencias en un marco jurídico”.

Para Javier Morales, autor del libro El día que dejé de comer animales, más que una creencia filosófica, el veganismo es un movimiento político. “Si hablamos del marco regulatorio, lo que tendría sentido es que los gobernantes se preocupen por ofrecer opciones a los veganos en servicios públicos como los comedores de los hospitales o de los centros educativos”. En su opinión, esta corriente no se puede considerar una religión, sino una revolución con una fuerza similar a la del feminismo. “Luchamos para visibilizar a los animales y para erradicar las prácticas deplorables a las que los sometemos; los seres humanos no somos el centro del universo”.                   (Ana Torres, 04/01/20)

31/1/11

La libertad... en El Cairo

"El humo y el gas lacrimógeno componen una mezcla tóxica. Pero el sábado de madrugada, en El Cairo, esa mezcla venenosa olía a libertad. Libertad en bruto, en dosis tan altas que embriagaban. Tras una jornada de batallas callejeras y de violencia indiscriminada, la policía desapareció.

Decenas de miles de personas comprobaron que el toque de queda era una orden vacía y que la autoridad se había evaporado. Cualquiera podía hacer lo que le diera la gana. Saquear el museo egipcio, por ejemplo. Uno de los mayores tesoros del mundo se salvó porque hubo gente que decidió protegerlo de los afanes predatorios de otra gente. (...)

El saqueo de la sede del partido de Mubarak estimuló ciertos apetitos. Era facilísimo saltar desde el patio trasero de la sede al patio trasero del museo, un edificio bajo, accesible, sin especiales medidas de seguridad, repleto de joyas, momias y objetos arqueológicos de valor incalculable. ¿Cuánto podría valer la máscara de oro de Tutankamon?

Un número indeterminado de personas intentó penetrar en el museo. Los asaltantes no consiguieron su objetivo porque otras personas formaron una cadena humana en torno al edificio para protegerlo. "No debemos arruinar esta revolución, no debemos mostrarnos al mundo como ladrones, solo queremos libertad", insistía uno de ellos.

Más allá, en la plaza Tahrir, una última trinchera policial defendía el Ministerio del Interior. Tras una línea de tanques sin otra misión aparente que impedir el paso de vehículos, los policías lanzaban todavía algunos botes de humo, balas de goma y ocasionales ráfagas de fuego real.

Avanzada la madrugada, esa última línea se introdujo en el ministerio y bloqueó las puertas. La plaza emblemática de la revolución, el lugar donde el martes comenzó un proceso vertiginoso, se rindió de forma definitiva a los cairotas.

Hubo saqueos en algunos comercios del centro. El mobiliario urbano (ruinoso desde siempre) fue destruido o incendiado, al igual que numerosos automóviles. El paisaje era el que cabía esperar tras una batalla cruenta en la que el bando vencedor se descubría sin enemigos, sin jefes, sin límites. Podía ocurrir cualquier cosa.

Lo que ocurrió en ese momento inicial de la victoria fue, en realidad, relativamente moderado. Gracias, de nuevo, a las personas de ámbitos muy diversos que procuraron calmar los ánimos, sofocar la rabia exultante y mantener un mínimo orden en una situación volcánica. Eran las mismas personas que a la mañana siguiente intentaban limpiar la plaza Tahrir. Esas personas simbolizaban la anarquía en su sentido más puro y noble.

Se hace difícil describir el ambiente de esos momentos. Orgullo, adrenalina, felicidad, ansiedad, vacío. Era como si miles de futbolistas acabaran de ganar una imaginaria Copa del Mundo y permanecieran sobre el césped de un estadio gigantesco: unos se tumbaban en el suelo y lloraban, otros se abrazaban, otros caminaban sin rumbo fijo.

Habían ganado. Con una peculiaridad: la policía se había ido, podían sentirse libres, pero Mubarak seguía en su puesto y seguía abierta la posibilidad de que la final de la Copa del Mundo volviera a comenzar al día siguiente. La amenaza de un baño de sangre permanecía en el aire." (El País, internacional, 30/01/2011, p. 3)

18/12/09

Libertad subjetiva, autoritarismo coactivo, libertad, ética... extravagantes masificados...

"hoy, todo poder -incluido el democrático- corre el riesgo de perder su legitimidad si, además de en la ley, no se basa en la ejemplaridad. (...)

- Autoridad sin autoritarismo. "Ha saltado por los aires el principio de autoridad, que era un elemento vertebrador de la sociedad. Hasta el siglo XVIII un individuo tenía una esfera de libertad muy pequeña y un concepto de sí mismo al servicio de (el rey o el gremio de zapateros). Además tenía creencias colectivas fuertes (patriotismo, religión) y costumbres extremadamente moldeadoras (la tradición). Y todo en una sociedad muy jerárquica con una minoría poderosa que se proponía a sí misma como modelo. Esa combinación rompía cualquier individualidad. Ahora vivimos la ausencia de todo eso unida al lenguaje de la liberación subjetiva.

Disturbios como los de septiembre en Pozuelo y la polémica sobre la autoridad de los maestros demuestran que los chicos viven en sociedad, pero no están socializados. Hay que volver a valorar las conquistas de la libertad: el derecho a la intimidad, a la reunión, al propio nombre, cosas que hasta hace poco se negaban. Los jóvenes de hoy no saben cuánto costó esa liberación porque el precio no lo pagaron ellos sino sus padres".

- Fascinante confusión. "Me considero un hijo gozoso de mi época. Tenemos la responsabilidad de dar contenido a un proyecto civilizatorio que es contingente, precario y sin precedentes que sirvan de modelo. Fascinante. Los que nos dedicamos a la reflexión debemos ayudar a moldear la que será la imagen natural del mundo en el futuro para que sea compatible con la convivencia colectiva y favorable al proyecto democrático, secularizado e igualitario".

- Demasiada vida privada. "La libertad es el presupuesto de la ética pero no la ética misma. Claro que hay violaciones a la libertad, infinitas, pero ya nadie las considera legítimas. El liberalismo ha convertido la libertad en un dogma. Cualquier insinuación sobre uso cívico y social de tu libertad produce alergia bajo el nombre de vida privada. Hemos olvidado que cuando se inventó el Estado coactivo se inventó también la vida privada como un terreno inviolable. No puedo estar más de acuerdo en términos jurídicos (la defensa frente a la autoridad), pero la socialización y la ética son otra cosa".

- Más ejemplos y menos leyes. "Siempre existirán autoridades coactivas -tu padre o el Ministerio de Hacienda-, pero las que pretendan ser legítimas tendrán que basarse en la ejemplaridad. Antes, ser padre era un hecho biológico del que se derivaba un arsenal de poderes sobre tu mujer y tus hijos. Hoy es un hecho moral que te tienes que ganar con una conducta ejemplar. El problema de la política es que hay sobreabundancia de leyes y falta de conductas ejemplares. Es un círculo vicioso: el ejemplo negativo de los políticos desmoraliza a la sociedad, se generaliza la vulgaridad en la conducta y los propios políticos reaccionan con más leyes". (JAVIER GOMÁ: "Sobran leyes y faltan conductas ejemplares". El País, ed. Galicia, cultura, 14/12/2009, p. 40)

21/10/09

La libertad, de un día para otro... en la caída del Muro de Berlín

"Empecé a trabajar como ayudante de dirección en la Volksbühne de la plaza Rosa Luxemburgo. Pasaba el día en Berlín Este, en el teatro, y por la noche volvía a Berlín Oeste. A veces me quedaba a dormir en el Este.

Cada vez que salía del metro y subía las escaleras exclamaba asombrada: "¡Vaya, también ha nevado aquí, en el Oeste! ¡Vaya, también ha llovido aquí!". Cuando llamaba por teléfono desde el Este a mis amigos del barrio de Wedding preguntaba: "Klaus, ¿también hace sol ahí?".

Durante los dos años que trabajé en la Volksbühne, jamás fui capaz de pensar en las dos partes de la ciudad como en una unidad. Tan pronto como estaba en una de las dos mitades olvidaba inmediatamente la otra. Era como si estuvieran separadas por un inmenso mar. Imaginárselas unidas era tan imposible como pensar en Freddy Quinn y Mozart reunidos en un mismo disco. Para mí, el muro no era de piedra, sino de tiempo. Pasar de un lado a otro suponía adentrarse en un tiempo diferente. (...)

Me fui a casa de Yakup y llamé al timbre. Me abrió la puerta y al verme exclamó riendo: "¿Habéis echado abajo el muro vosotros dos, pareja de anarquistas turcos?".

"¿Qué muro?".

"¡Pero bueno, el muro ha caído! ¿Es que no os habéis dado cuenta?".

"No", dije. "Estuvimos en el Berliner Ensemble y en el Museo Pergamon, y luego fuimos a comer al Hotel Forum. No hemos notado nada. Y los camareros, tampoco".

"El muro ha caído", repetía Yakup una y otra vez.

Me cogió de la mano y me llevó a la habitación donde estaba encendido el televisor. Pasamos dos horas allí sentados. (...)

Bebimos vino y yo les hablé de gente que se había largado del Este. Una vez, un hombre trató de huir a Occidente disfrazado de cisne. Construyó una cabeza de cisne, se la colocó encima y empezó a nadar por el Spree. Los cisnes auténticos fueron hacia él, picotearon la cabeza artificial y le acompañaron nadando hasta Occidente. Así es como me lo han contado.

A la mañana siguiente, mi amigo volvió en avión a Turquía.

Yo fui directamente desde el aeropuerto al Ku’Damm. Había gente del Este por todas partes. Su vestimenta no encajaba con Berlín Oeste, sus ropas parecían muy gastadas en medio de un decorado tan elegante. Como si fueran actores de una obra de Máximo Gorki que hubieran perdido su escenario y hubieran ido a parar a otro diferente en el que se estaba representando una obra completamente distinta.

Las papeleras de las calles estaban llenas de pieles de plátano. Un vagabundo con pinta de intelectual se encaminó hacia una de ellas, contempló los montones de pieles de plátano e hizo un gesto de desprecio como en una película de cine mudo. Puso una piel de plátano bajo su zapato e hizo como si resbalara como Charlie Chaplin.

Después cogí un autobús que subía por el Ku’Damm; llevaba un abrigo de piel. Una gruesa mujer del Este se sentó a mi lado, encima del abrigo. Al darse cuenta, se levantó inmediatamente y exclamó: "¡Perdone que me haya sentado sobre su visón!".

"No es un visón", respondí.

"¡Gracias a Dios!", exclamó. "Sería una pena por el visón".

La mujer miraba por la ventana. Levantó la cabeza y contempló asombrada el cielo de Berlín Oeste al tiempo que decía para sí en voz alta: "Qué sol tan espléndido hace aquí". (Emine Sevgi Özdamar: ¡Vaya, aquí tembién ha nevado!. El País Semanal, 18/10/2009, p. 18/22)

"La caída del muro en sí me la perdí...

El día siguiente, por la tarde, fui a Berlín Oeste. Para ello tuve que cruzar un paso fronterizo. Aunque me dijeron que el muro había caído, en realidad seguía estando allí. Sencillamente, todos los pasos fronterizos estaban abiertos. Decenas de miles de personas querían pasar al otro lado, querían ver lo que no habían podido ver en todo ese tiempo: el Oeste. Los berlineses occidentales nos recibieron con júbilo y plátanos. A los pasos fronterizos llegaban camiones desde los que se repartía café, barritas de chocolate y, como he dicho, plátanos. Una empresa llamada Schering repartía mapas de la ciudad, lo que me pareció muy práctico. Nunca había oído hablar de dicha empresa, y le pregunté a una señora que me dio un mapa de la ciudad si Schering era una aseguradora. “Una empresa farmacéutica”, me contestó.

Como la muchedumbre era increíblemente numerosa, me metí por las callejuelas para hacerme una idea del “Oeste normal”. Llegué a calles que, por lo que ahora sé, son las más anodinas y menos interesantes que ofrece Berlín Oeste: explanadas industriales en las que las plazas con chatarra se alternan con naves de almacenamiento y de expedición. Lo que enseguida me llamó la atención del Oeste fueron los enormes carteles de publicidad, tan grandes como una pantalla de cine. En uno de estos carteles había un anuncio de comida para perros: un bote y, al lado, un platito con el contenido del bote. Me quedé mirando el cartel y entonces ocurrió: la comida para perros me recordó al gulash y se me hizo la boca agua. Ése fue el momento en que el Oeste quedó desmitificado para mí. Cuando te despiertan el apetito con comida para perros, están yendo demasiado lejos, me dije. (...)

El primer año de libertad fue asimismo el más bonito. Lo bonito fue que constituyó una experiencia entre muchas: pude compartir mis sentimientos con muchas personas. Precisamente al principio, muchas personas (incluido yo) utilizaron la libertad para vivir o de alguna forma llevar a la práctica la imagen que tenían de sí mismos. La libertad de ser aquello que siempre habías querido ser le dio a ese año un esplendor incomparable. El que se sentía llamado por la política pasaba a ser miembro de uno de los muchos movimientos que surgieron o, aún mejor, fundaba su propio partido (y, de hecho, fue ese primer año precisamente el que produjo tantos rostros nuevos e interesantes). El que sentía pasión por el dinero se hacía tarjetas de visita en las que, junto al nombre, estaba escrito “director” y comerciaba con coches o antigüedades. El que siempre había querido tener un bar podía abrir uno sin ningún esfuerzo (y en la mayoría de los casos se arruinaba). (...)

Sin embargo, ¿cuánta RDA, cuánto comunismo sigo llevando dentro? Para mí es una pregunta (o una suposición) normal que un alemán oriental en Alemania se tiene que plantear, ya que con la unidad alemana los alemanes orientales no sólo recibimos el bonito marco alemán, sino también a los alemanes occidentales, que presumían de saber cómo funciona la libertad.

La verdad es que la unidad alemana es la cuestión dominante y omnipresente de los últimos 20 años, por lo menos para los alemanes orientales. Tengo la sensación de que el este de Alemania, es decir, aquellos que viven “en libertad” desde hace 20 años, no pueden reflexionar acerca de su libertad, porque el proceso de adaptación a la sociedad alemana occidental, con todas sus leyes, autoridades y disposiciones, todos los rituales para presentar solicitudes, requiere mucho tiempo. Aunque todo tuviera la etiqueta de “libertad”, lo que estaba escrito en letra pequeña era simplemente demasiado.

He aprendido algo sobre la libertad. Por ejemplo, que un Estado que garantiza las libertades civiles (libertad de prensa, libertad de opinión, etcétera) no produce automáticamente personas libres. No eres una persona libre sólo porque vivas en una sociedad libre, en un país libre. Ser una persona libre es tarea de todo individuo, día a día. Está claro que puedes ser libre si cierras los ojos y cantas. Pero si tienes dinero, es más fácil ser libre. La libertad es un ideal importante y tentador y, al mismo tiempo, una promesa por la que es fácil dejarse engañar. Por tanto, es posible que el concepto de libertad sea el concepto más malinterpretado de nuestros tiempos, no sólo en discursos políticos o en la publicidad, sino también debido al hecho de que se suele confundir con un sinónimo de falta de respeto o irresponsabilidad. No obstante, el tono solemne de la libertad no se ve afectado por eso, lo que demuestra lo poderosas que son las sensaciones que la palabra libertad despierta en nosotros. Es un milagro que el tono solemne de la libertad sea aún más fuerte que la ridiculización de dicho tono.

Y una de las alteraciones más profundas de la imagen que tengo de la humanidad fue descubrir hace unos años que no todas las personas quieren la libertad, que no para todas las personas la libertad es un regalo. Algunos se sienten atemorizados, abrumados. Hay personas que necesitaban la RDA. John Irving exponía en su primera novela, Libertad para los osos, una parábola sobre la libertad fácil de retener. Habla de dos estudiantes que planean un complot para liberar a los animales del zoo de Viena y al final lo llevan a cabo. Entre los animales que todavía están encerrados se desata el caos y bastantes pagan el precio de la libertad con su vida. Para estos animales, el breve momento de la libertad termina de una forma igual de cruel que para otros era el estar encerrados." (Thomas Brussig: Cúanto comunismo llevamos dentro. El País Semanal, 18/10/2009, p. 72/78)