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23/8/23

El aumento actual del suicidio es propio de una sociedad de solitarios, de hombres y mujeres en una precariedad de vínculos estables y nutrientes... A pesar de estar sumidas en continua mudanza, matrimonio y pareja contrarrestan el caos normativo de la modernidad líquida. Fuera de ellas es el desierto emocional y sexual, la soledad, la depresión y el abismo del suicidio

 "La modernidad tardía está creando dos fenómenos interrelacionados que apuntan en direcciones opuestas: el aumento de la soledad y del suicidio y el imperativo cultural de la felicidad. El primero ha llevado en Reino Unido a la creación de una secretaría de Estado. En España hay 10 suicidios diarios y el Gobierno prepara un plan para remediar cuestión tan alarmante. La escasa información solo señala que se produce entre mayores, personas sin techo y mujeres maltratadas. Pero España arroja cifras altísimas de consumo de ansiolíticos y antidepresivos en toda la población. Luego la depresión y el suicidio constituyen un horizonte posible en todo el espectro social. Vienen a la mente la crisis económica y la devastación que conlleva. Pero más allá de ella hay que analizar nuestra cultura.

 La sociología clásica —Émile Durkheim— teoriza tres tipos de suicidios. El llamado altruista era propio de sociedades tradicionales donde las normas de la comunidad tenían un peso excesivo: así, la mujer hindú se suicidaba cuando enviudaba. Los otros dos tipos, el egoísta y el anómico, interesan más aquí porque son el producto de una individuación desintegrada, y de momentos de perturbación del orden colectivo y de crisis económica, respectivamente. En ambos, los individuos pierden los lazos sociales y se hallan insertos en una cultura individualista que avanza desde los albores de la sociedad industrial.

 El aumento actual del suicidio es propio de una sociedad de solitarios, de hombres y mujeres en una precariedad de vínculos estables y nutrientes. La sociedad individualizada crea instituciones zombis, que no están ni vivas ni muertas porque permanecen, pero que han perdido sus contornos y la certeza que antaño proveían. Entre ellas destacan el matrimonio y la familia. A pesar de estar sumidas en continua mudanza, matrimonio y pareja contrarrestan el caos normativo de la modernidad líquida. Fuera de ellas es el desierto emocional y sexual, la soledad, la depresión y el abismo del suicidio. Dentro, el colchón económico en tiempos de crisis, el salvavidas afectivo, la energía emocional que nos dan los otros y que nos mantiene como seres vinculados. La literatura contemporánea muestra tal paisaje. Las novelas del último Philip Roth narran las vidas sin esperanza de ancianos rodeados de soledad, enfermedad y muerte.

 En Ampliación del campo de batalla, Houellebecq profundiza en una depresión y divide al mundo entre quienes tienen una vida sexual y quienes no. En Sumisión describe cómo un profesor universitario, expulsado de su trabajo y por ende desinstitucionalizado, se encuentra repentinamente solo. También el cine refleja la soledad contemporánea: The Visitor, La cour, Annalisa y sobre todo la excelente Her, donde un holograma encantador es la única compañía de un joven, completamente solo, que se enamora de la cálida voz de su ordenador, a falta de lazos estables. En ese futuro cercano de una sociedad tecnologizada no existen ni amigos ni familia ni pareja. La compañía del ordenador está programada para durar brevemente: el tiempo de sufrir una profunda decepción, dolor y de pensar en acabar esa vida tan miserable.

 La modernidad tardía engendra soledad en una vida más larga y con un ocio —y desempleo— que se extienden en el tiempo. Pero además ha creado un mandato cultural bifronte: el imperativo de la felicidad, de ser “positivos” a toda costa. Por una parte, ofrece un camino a seguir que da sentido a una vida secularizada. Por otra, se impone como una nueva ideología que agudiza la desdicha. El imperativo de la felicidad forma parte del credo estadounidense basado en un voluntarismo radical por el cual con esfuerzo y determinación todo se puede conseguir: éxito y bienestar. También ser feliz. El voluntarismo se une a un individualismo que proclama el valor de la independencia por encima de la interdependencia y que condena la dependencia, del Estado y del prójimo. El credo americano anida en la literatura de autoayuda desde su fundación. Desde los pasados noventa, la psicología positiva en su vertiente científica y popular es el estandarte de dicha ideología. Se difunde por la autoayuda y ha penetrado el sentido común actual con gran éxito.

 Su presupuesto es que el carácter es moldeable y ofrece el cambio del yo para conseguir la felicidad. Es un proyecto privado, propio de una cultura individualista que ha dejado atrás los colectivos, el llamado programa de emancipación. La oferta del cambio interno no es poco en una sociedad secular y desencantada. La literatura de consejos quiere construir un yo fuerte y autosuficiente e instaura un código frío con la autosuficiencia y el distanciamiento como valores centrales. La felicidad es cuestión de técnicas.

 Según el cognitivismo sociológico, el pensamiento domina la emoción: cambie su “estilo negativo” de pensar por uno “positivo” y será feliz. La voluntad ha de vencer a la necesidad, en forma de herencia genética y de circunstancias sociales: no busque reconocimiento, sea usted la fuente de su propia valía, no se compare con los demás; afirme el “aquí y el ahora” y deje de lamentarse por su pasado, no tema al futuro, aunque sea incierto; sustituya a los amigos o amores que pierda; céntrese en su interior, único ancla de seguridad. Un mercado creciente de bienestar subjetivo le espera. Y si la dicha es cuestión de método, alcanzarla depende de uno. Solo el individuo es responsable tanto de hacerse como de deshacerse a sí mismo. Vuelve el budismo light de los sesenta, ahora llamado mindfulness, que ayuda a ser feliz. A aprender a suspender el deseo, la tristeza, el yo mismo. En la respiración está la clave de su vida. Líderes morales como David Lynch o Martin Scorsese practican la meditación, que se está extendiendo en los colegios como parte de una educación para ser feliz.

 La cultura actual de la felicidad condena las emociones y actitudes “negativas” —tristeza, duda, queja— mientras que la soledad se estigmatiza. Si uno carece de lazos sociales será por su culpa, por su estilo negativo. Por carecer de flexibilidad, valor ya incontestable, y no poder adaptarse al mercado, al trabajo, a los otros. La soledad se ha convertido en la nueva cara del fracaso y ha de ocultarse, porque la depresión que puede conllevar es contagiosa y “tóxica”, según el credo positivo. La psicología popular recomienda la interacción social como un recurso, los otros renovados: redes sociales, páginas de encuentros, grupos de intereses comunes.

 Pero hay que recordar que en España carecemos de tradición asociativa, sea cívica, política o de autoayuda. Tenemos solo las redes sociales, hechas de contactos inestables y efímeros, guiados por una lógica mercantil donde todos somos intercambiables en una ilusión de infinitas opciones. La adaptación a las nuevas formas de integración social es signo de ductilidad, de “estar abiertos” a ese interior plástico y optimista. El imperativo de la felicidad hace responsables de la desdicha. El ascenso de la ideología positiva deja más solos a los que fracasan en el cambio del yo. Y con la suspensión de las causas sociales de la soledad —y del suicidio— avanza el progreso de la conciencia psicológica, el declive de las instituciones y la colonización de la moral por parte de la cultura psicoterapéutica."

(Helena Béjar es catedrática de Sociología y autora de Felicidad: la salvación moderna. Obituario... El País, 17/01/2019) 

3/8/22

Edurne Pasabán: “Me enfrentaba a la muerte en el Himalaya, pero no podía ser feliz”... La alpinista, primera mujer en subir los 14 ochomiles, habla de su depresión e intentos de suicidio y de la importancia de cuidar la salud mental

 "Hubo cimas más altas en la vida de Edurne Pasabán (Tolosa, Gipuzkoa; 48 años) que los 14 ochomiles que subió, la primera mujer en coronarlos. Después de superar una depresión que la llevó al intento de suicidio, la alpinista disfruta hoy de su hijo Max, de cinco años, y comparte su experiencia sobre el deporte de élite y la salud mental.

Pregunta. ¿Quién es hoy Edurne Pasabán?

Respuesta. Una chica que luchó por su pasión, escalar montañas, y que logró que su pasión fuera su propósito de vida. Hoy no subo ochomiles, pero la montaña sigue en mí. Lo que aprendí lo enseño a los demás.

P. ¿En qué le ha cambiado ser madre?

R. Tengo mucho más miedo. Yo he vivido muchas cosas y muy al extremo. Antes no pensaba si podía pasarme algo y ahora sí. Me encantaría ir al Himalaya dos meses al año, pero estoy en otra etapa de la vida.

P. ¿Le gustaría que su hijo fuera alpinista?

R. Egoístamente, no. Conozco el riesgo de lo que he hecho y no quiero sufrir sabiendo que mi hijo está ahí. Mis padres no conocían el volumen de lo que hacíamos nosotros, y nos dejaban ir. Pero yo lo sé y no quiero sufrir. Aunque si él quiere, le apoyaré.

P. ¿De qué está más orgullosa en su carrera?

R. De conseguir vivir de esto. Era un deporte minoritario. Dimos más visibilidad a cuatro pardillos que iban al monte.

P. ¿Ser la primera mujer con los 14 fue un deseo, un reto, un negocio…?

R. Hubo etapas. Al principio yo era una chavala de 24 años que tiene un sueño, los Himalayas. Era una historia de aventura, de amor. Luego empieza al Al filo de lo imposible, en TVE, y nos profesionalizamos. Hasta entonces me buscaba la vida para buscar dinero y viajar, sin ninguna ayuda, vendiendo camisetas y boletos de Navidad, algo que me daba la diputación del pueblo por hacer el Everest… Luego llegó un punto en que dije que eso no era un juego. O echaba para delante o para atrás. Me estaba haciendo adulta. En 2007 se crea el proyecto de los 14 ochomiles. Tenía que vender que iba a ser la primera mujer en subirlos, o no conseguía patrocinadores. Ya había más presión. La responsabilidad en la mochila fue cargándose. Empezó una competición con una italiana, una austriaca y una coreana que tenía unos recursos muy grandes. Mi expedición gastaba 130.000 euros y la suya al Annapurna costó cinco millones, con satélite, la tele en directo… Yo tenía la misma ilusión que al principio. El jamón envasado al vacío que me ponía mi madre era el mismo.

P. ¿Pagó algún peaje?

R. Yo me empiezo a ganar la vida con esto a los 35 años, cuando un deportista en otra disciplina a esa edad ya se ha retirado. Cuando me hago profesional, es un momento difícil para una mujer, porque a los 31 o 32 la sociedad nos hace sentir que te tienes que buscar una pareja y crear una familia. Yo, en cambio, me pasaba siete meses en el Himalaya jugándome la vida. Y no solo eso, sino que mis compañeros varones sí lo podían hacer. Ellos tenían la foto de sus hijos en el campo base. A mí eso me pesaba.

P. ¿Ahí nace su depresión?

R. Sí, fue en 2006. Todo se detona porque me deja una pareja. Y tiene que ver con compaginar una cosa que me apasiona con otra que deseaba. Caigo en un agujero y culpo a la montaña. Me decían: “Cuánto vas a la montaña, cómo vas a tener a alguien que te aguante…”. No fue que la montaña me agobiara o la presión de acabar los 14. Ese año es el único que no subo a un ochomil, mi batería se agota, desconecto. Tuve mucha ayuda en la familia y en mi gente de los ochomiles. Ellos sabían que me tenían que convencer para volver.

P. Usted hacía algo que sería un sueño para muchos…

R. Sí, pero cuando una persona cae en una depresión, aunque te digan que lo tienes todo, en ese agujero no ves nada. En 2007 me organizaron una expedición al Broad Peak, hicimos cumbre y fue muy bonita. Mis referentes han sido mis amigas de clase, de toda la vida, con las que hablaba de sus maridos, sus hijos… iba a una cena y solo se hablaba de eso. En aquel campo base me acompañaron algunas. Fue brutal. Todavía me saltan las lágrimas. Me dijeron: “Déjate de chorradas, vete ahí arriba”. Y cambié el chip.

P. ¿Cómo llega al punto de querer quitarse la vida dos veces?

R. Fueron momentos muy duros. El lunes cumplo 49 años. Me parece una brutalidad. El tiempo pasa superrápido y no quiero cumplir años. Tengo tantas cosas que quiero hacer que no me da tiempo. Me hago mayor, no puedo hacer las cosas como antes y me jode. Literalmente, me jode hacerme mayor. Pensando en esto hace unos días, volví a ese 2006 y me dije: ¿Cómo he intentado quitarme la vida diciendo que esto es una mierda, que no me merece la pena vivir? Gracias que aquello no ocurrió. Soy de las personas afortunadas para las que querer quitarme la vida no funcionó, o no fui lo suficientemente valiente. Qué suerte.

P. ¿Deseaba su muerte o acabar con el dolor?

R. Terminar con el dolor. Es tan grande que quieres quitártelo y es la única forma. Si te duele la pierna, tomas un ibuprofeno. Ese dolor del alma, dentro de ti, es muy difícil de quitar y la pelota se va haciendo más grande.

P. Llegó a buscar en internet cómo hacerlo. ¿No le asusta ahora eso?

R. Me asusta la gente, la situación que están viviendo muchas personas hoy, pasando por lo mismo que yo pasé. A mí no me asusto yo ahora mismo. La gente que hemos pasado una enfermedad mental podemos volver a tener lo mismo, pero me conozco mucho más y sé que cuando el semáforo pasa de verde a ámbar, tengo más conocimiento de mí misma y estoy más tranquila. Y esto ya me ha pasado. No voy a decir que en estos 10 últimos años no he tenido que volver a tener antidepresivos. Cuando tengo esa ansiedad o esa angustia, me lo controlo más. Aquello de intentar quitarme la vida ahora no me da miedo, pero sí todo lo que veo fuera.

P. ¿Su punto más bajo?

R. Ingresar en un hospital psiquiátrico. La depresión sigue siendo un tabú. Si me detectan un tumor, voy hoy mismo a tratarme. Pero cuando tienes una enfermedad mental y has de dar ese paso es superduro. Tu familia, tu entorno, tú, la sociedad, no lo acepta. Cuando me ingresan, mi hermano le hace parar el coche a mi padre diciendo que cómo me iban a dejar ahí dentro. Y mi madre dejó de ir a tomar café por las mañanas con las amigas para no dar explicaciones. Si yo hubiera tenido un cáncer y hubiera estado en quimioterapia, no hubiera hecho lo mismo.

P. ¿Usted podía enfrentarse a un ochomil pero no a la vida real?

R. Eso es. Todo el mundo me lo decía. Me enfrentaba a la muerte cada día en el Himalaya, había perdido a muchísimos amigos, íbamos cinco a una expedición y volvíamos cuatro, pero no podía estructurar mi vida y ser feliz. Podía ver morir a un amigo en el monte, pero no podía superar que me hubiera dejado un tío, que me dijera mi abuela que se me iba a pasar el arroz…

P. ¿El deportista ha de ser invencible?

R. Eso es, y no es así. No somos invencibles, somos reales.

P. ¿Qué mensaje quiere transmitir?

R. Pide ayuda. Ese es el gran problema de nuestros jóvenes, que no piden ayuda. Por miedo al rechazo, al no.

P. ¿Cuál es su decimoquinto ochomil?

R. El más difícil y el más importante de todos, mi hijo Max. Los otros los puedo olvidar, pero este está presente cada día. Lo que hace hoy feliz a Edurne Pasabán no son los 14 ochomiles que subió, sino Max.

En helicóptero del spa de un hotel al Everest

Las colas en el Everest y el K2 espantan a Edurne Pasabán, símbolo de una época en que en la montaña podía encontrarse la soledad. “Hoy es un negocio. Cuando veo esos atascos pienso lo afortunada que soy de haber vivido otro tiempo. No había nadie, solo una pared a la que poníamos 5.000 metros de cuerda. Hoy esas 145 personas que suben en un día al K2 están todos locos”. 
Pasabán opina sobre este alpinismo de récords y masificación: “No es la cantidad, sino la calidad, la ética. Hemos visto subir los 14 ochomiles en seis meses pero en esa película no se ve que encadenar Lhotse, Everest y Makalu es inviable si no usas un helicóptero, oxígeno y cuerda hasta arriba. A mí llegar al campo base me llevaba 10 días caminando. Ahora estás en el campo 2 del Everest, a 6.500 metros, un helicóptero te lleva al mejor hotel de cinco estrellas de Katmandú, estás en el spa por la tarde y cuando descansas cuatro días te devuelve al campo 2. Yo recuerdo estar cuatro días con una chica con la cadera rota, encima de una mesa, esperando ayuda”."   
             (Juan Morenilla , El País, 31/07/22)

25/5/22

“Tenemos que entender por qué hay niños de siete años que ya quieren suicidarse”... Tenemos que entender cómo puede ser que un chaval de esa edad se tire del tobogán de cabeza porque quiere matarse. Esto pasa y la respuesta está en la bioquímica, en las señales eléctricas dentro de su cerebro que no están funcionando correctamente. Es una enfermedad del encéfalo, no del alma, es un órgano, es biología... Y la prueba está en que yo ahora mismo puedo ponerte unos electrodos en la cabeza y hacer que sientas más o menos ansiedad, puedo medir tu estrés, puedo manipular tu corteza motora y forzarte a correr. Es electricidad y química y tenemos que hacer el esfuerzo de entenderla

 "Como todo israelí, Alon Chen tuvo que hacer tres años de servicio militar. Fue destinado a los paracaidistas en plena guerra de Líbano. “Probablemente la experiencia más fuerte fue perder a un amigo en combate. Vi que estaba herido, que se estaba muriendo. Hice todo lo que pude para salvarlo, pero fue imposible. Es algo que te deja una marca imborrable”, explica Chen.

Desde entonces, supo que quería dedicar el resto de su vida a entender qué le pasa a un cerebro que sufre una experiencia traumática. Hijo de judíos marroquíes emigrados a Israel en los años cincuenta, Chen pertenece a la primera generación de su familia que fue a la universidad. Se doctoró en neurobiología y pasó una temporada en Estados Unidos especializándose en estudiar el efecto del estrés en el cerebro a nivel molecular. En la actualidad dirige el Instituto de Ciencia Weizmann de Israel, uno de los organismos de investigación más prestigiosos del mundo, y un centro mixto que estudia enfermedades mentales relacionadas con el estrés del Weizmann y el Instituto Max Planck de Alemania.

De paso en Madrid para impartir una conferencia en la Fundación Ramón Areces, Chen mantiene en esta entrevista que nuestra sociedad actual potencia la depresión, la ansiedad, la bulimia y otras enfermedades que no entendemos bien y que llevamos tratando 50 años con los mismos fármacos, que no hacen efecto a uno de cada tres pacientes.

Pregunta. ¿Cómo estudia los efectos del estrés en el cerebro humano?

Respuesta. Lo mejor sería estudiar a humanos, claro, pero no podemos extraerle el cerebro a una persona estresada o traumatizada. Sí podemos intentar ver lo que sucede en ellos con escáneres, estudios de resonancia funcional, análisis de sangre, que nos dicen muchas cosas. También usamos cerebros de personas fallecidas. El estrés puede causar muchas patologías, como la depresión y la ansiedad y, por ejemplo, tenemos acceso a bancos de cerebros de gente que sufría depresión y se suicidó. Y además, usamos modelos animales.

P. ¿No hay un abismo entre el estrés en un animal y en una persona?

R. No tanto. La respuesta al estrés es muy parecida en diferentes especies. Los genes, proteínas y circuitos cerebrales que controlan tu respuesta al estrés son los mismos que usa un pez y todas las especies que hay entre ellos y nosotros.

P. ¿Y cómo es esa respuesta?

R. Es un mecanismo básico de supervivencia. Imagina que ahora mismo entra un león en la habitación. Los dos sentimos una amenaza y en nuestro cerebro se activa la llamada respuesta centralizada al estrés. Esto activa una reacción en cadena por todo tu cuerpo. Aumenta tu ritmo cardiaco, te sube la tensión arterial, se acelera el ritmo de tu respiración. Tus niveles de glucosa en sangre se disparan. Todo porque has visto un león o porque has recibido una llamada telefónica que te ha preocupado enormemente; cualquier forma de estrés psicológico que puedas pensar.

P. ¿Y por qué sucede todo eso?

R. Porque tu cerebro prepara al resto del cuerpo para escapar de esa amenaza. Aumenta la glucosa porque necesitas energía para correr. Tus niveles de cortisol suben porque esta hormona tiene muchos efectos en el sistema nervioso. Dentro de tu cerebro hay cambios radicales, tu memoria, tu razonamiento, quedan marcados por la amenaza. Nunca la olvidarás. Pierdes el apetito y olvidas por completo el sexo. Prácticamente todas las áreas del cerebro quedan afectadas. Todos estos sistemas básicamente se desequilibran. Es algo normal, una respuesta sana. Si sobrevivimos a la amenaza, o nos damos cuenta de que el león era de mentira, el sistema debe desactivarse y volver al equilibrio. Lo más importante de esta respuesta al estrés no es activarse, sino apagarse a tiempo. Y hay mucha gente que no controla bien este proceso. Ellos son los que pueden desarrollar enfermedades relacionadas con el estrés.

 P. ¿Qué enfermedades son?

R. Muchas; no solo psiquiátricas, como la depresión, la ansiedad o los trastornos alimentarios, sino también otras del metabolismo, como la diabetes, la obesidad o dolencias del sistema inmune. Sabemos bastante bien por qué el estrés puede provocar trastornos psiquiátricos, pero se nos escapa por qué puede afectar a la diabetes o la obesidad. Y aquí es importante preguntarse por qué hay gente cuyo trabajo les produce estrés crónico o por qué hay personas que viven un trauma como una explosión, la guerra o una violación y desarrollan trastornos, mientras que otras viven lo mismo y están sanas. Los científicos llevamos 100 años preguntándonos por qué la gente está enferma. Ya es hora de preguntarnos por qué la mayoría de la población está sana. ¿Cómo lo aguantan, cómo hacen para resistir el estrés?

P. ¿Han averiguado ustedes ya algo sobre cómo lo hacen?

R. Estamos viendo que no es una imagen especular. Hay genes y mecanismos moleculares que te protegen y que son muy diferentes de los otros que te predisponen a caer enfermo. Si podemos identificar unos y otros, tal vez podremos reproducirlos y ayudar a curar a los enfermos.

P. ¿La predisposición a enfermar por estrés es genética?

R. Sabemos que hay un componente genético que pasa de padres a hijos en las familias. Cada uno de nosotros tenemos predisposición genética a sufrir alguna enfermedad, sea depresión, alzhéimer o cáncer. La esquizofrenia, por ejemplo, es genética hasta en un 75%. No es tu culpa, son los genes que heredaste de tus padres. La depresión tal vez sea genética en un 50%. ¿Quién decide si la sufres o no? El ambiente. Lo que bebes, lo que fumas, lo que comes, lo que respiras y tu nivel de estrés. Y dentro del ambiente, el factor de riesgo más importante es sin duda el estrés.

P. ¿Podría poner un ejemplo?

R. Imagine que tiene un gemelo idéntico. Tienen las mismas predisposiciones genéticas. Pero usted crece en un barrio acomodado de Madrid y él en una zona de guerra. La probabilidad de que él sufra depresión es mucho más alta. El ambiente puede disparar una enfermedad en diferentes momentos de la vida. Puede pasarte de adulto, pero también de adolescente o incluso de niño, de bebé, hasta cuando eres un embrión en el vientre de tu madre. Si tu progenitora sufre estrés, te puede transmitir señales moleculares que te harán más susceptible de sufrir un trastorno a lo largo de tu vida.

 P. ¿Es más peligroso sufrir estrés en las etapas iniciales de la vida?

R. Sí. Luego el mecanismo adquirido se puede activar en cualquier momento. Puedes tener una infancia y juventud completamente normales y de repente caes en depresión o sufres ansiedad por algo que te ha pasado. Puede ser una violación, puede ser la pérdida de un ser querido, un accidente, la guerra. Ese evento activará el interruptor genético que tenías desde que eras un embrión.

P. ¿Pueden ya identificar esas marcas genéticas?

R. Estamos mejorando mucho a la hora de reconocer estas marcas, estas predisposiciones. Podemos intentar medirlas a edades tempranas. En realidad no son marcas genéticas, no están en las letras de tu ADN. Es lo que llamamos epigenética, modificaciones químicas que están sobre tu ADN. El ambiente crea estas marcas y estas modifican el funcionamiento de tus genes. Ahora ya podemos leer tanto el genoma, hecho de ADN, como el epigenoma.

P. ¿Pueden ya identificar qué gente tiene más riesgo de padecer enfermedades relacionadas con el estrés?

R. Aún no. Hay mutaciones genéticas que multiplican el riesgo de sufrir cáncer de mama y esas las conocemos muy bien. En depresión, ansiedad o esquizofrenia, tenemos unos cuantos marcadores, pero no bastan para explicar la mayoría de casos. Lo mismo pasa con el autismo. Estamos trabajando en ello. Posiblemente en el futuro podremos secuenciar el genoma de la gente, por ejemplo de los soldados, y saber cuáles no pueden combatir porque tienen un riesgo alto de quedar traumatizados.

P. Usted cuenta a menudo que los fármacos actuales contra la depresión o la ansiedad son los mismos que hace 50 años...

R. Así es. La mayoría son drogas basadas en mecanismos descubiertos hace medio siglo. El problema no es que sean antiguos, sino que están dejando de funcionar. Son los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina, como el Prozac y otros. Hay hasta un 35% de pacientes a los que no les hacen efecto. El tratamiento además tarda entre cinco y ocho semanas en empezar a dar resultados. E incluso cuando el fármaco funciona conlleva efectos secundarios muy graves, como migraña o disfunción sexual; cosas con las que no quieres vivir. Necesitamos nuevos tratamientos. Y la única forma de conseguirlos es entender mejor el cerebro. Necesitamos comprender el funcionamiento de un cerebro sano y de otro enfermo.

P. ¿Cómo de cerca estamos de poder imitar esos mecanismos genéticos de resistencia al estrés?

R. Es difícil decirlo. Hemos hecho mucho progreso en los últimos 10 años. Pero hay que entender que hablamos de enfermedades en las que hay involucrados muchos genes a la vez. Además, nos queda mucho para medir bien el efecto nocivo del ambiente. Las combinaciones son casi infinitas. Su depresión y la mía pueden darnos los mismos síntomas, pero pueden ser completamente diferentes a nivel genético y ambiental, los mecanismos son distintos. Es posible que haya 100 tipos de depresión diferentes. Así que lo primero es hacer mejores diagnósticos.

 P. ¿Cómo pueden mejorarse?

R. Ahora mismo los psiquiatras se basan en lo que les dice el paciente. Tú me cuentas lo que te pasa, yo estudio tu comportamiento, acudo al manual de enfermedades mentales, el DSM5, y decido que estás deprimido. Sin un análisis de sangre ni un escáner de tu cerebro ni otras técnicas. No tengo ninguna forma cuantitativa de estudiar tu caso. Es brutal si lo comparas con el cáncer, donde puedo hacerle una biopsia a tu tumor, secuenciar tu genoma y el de tu cáncer, seleccionar la mejor terapia para tu perfil. Con la depresión es lo mismo para todos. La depresión y la ansiedad son unas tres veces más frecuentes en mujeres que en hombres, ¿por qué entonces les tratamos igual? Necesitamos personalizar el cuidado y para ello hay que reclasificar las enfermedades mentales e introducir métodos de diagnóstico cuantitativo y nuevos tratamientos en función del paciente.

P. ¿El ambiente del mundo desarrollado hace que cada vez más gente esté estresada y acabe sufriendo depresión o ansiedad?

R. Los números hablan solos. Esta pandemia ha sido un gran ejemplo. Se ha hablado mucho de su impacto físico, pero no tanto de las cicatrices psicológicas que ha dejado. Cuando acabe, vamos a pasar años viendo gente con síntomas postraumáticos, depresión, ansiedad, debido a ella. Los hospitales psiquiátricos están desbordados. La cantidad de adultos, jóvenes e incluso niños con trastornos psiquiátricos es abrumadora. El paro, el cierre de negocios, la muerte de seres queridos, la simple preocupación por tus familiares o tus hijos. El impacto de la pandemia en la salud mental es descomunal y no se habla suficiente. Los gobiernos no invierten mucho en salud mental, no hay suficientes camas, psiquiatras, psicólogos clínicos.

 P. ¿La psicología puede ayudar en este campo?

R. Si estás deprimido y vas a un psicólogo, la posibilidad de que mejores es un 67%, exactamente la misma tasa de éxito que el tratamiento farmacológico. ¿Por qué no lo combinamos con los fármacos? Depende de cada país, pero en la mayoría es simplemente más cómodo darle la droga al paciente y olvidarte. Una cita con un psicólogo clínico puede tardar ocho meses, dependiendo del país o del seguro médico que tengas.

P. ¿Y eso explica el crecimiento de consumo de antidepresivos y opiáceos?

R. Claro. Es mucho más fácil, barato y rápido conseguir el fármaco que el tratamiento. Para algunos funciona, pero para otros no. Para salir de este círculo vicioso debemos entender bien lo que está pasando en el cerebro, los diferentes circuitos y procesos moleculares en juego, para poder modificarlos en un futuro.

 P. ¿Hay algo que la gente pueda hacer para ser menos vulnerable al estrés?

R. El tratamiento más científicamente probado es el ejercicio físico. Es la mejor manera de superar la depresión y la ansiedad. No hace falta correr una maratón o ser un ironman. Es solo hacer más actividad física. Una vez, tras una conferencia en la que dije exactamente esto, una mujer se me acercó y me dijo: “Yo estoy deprimida, no me apetece salir a correr, no puedo hacerlo”. Es verdad. Esta solución solo sirve para la gente que puede sobreponerse a sí misma. Hay una gradación y en el extremo tenemos personas que no quieren salir de la cama: lo único que quieren es morirse. Con ellos esto no funciona. Pero en la mayoría de los casos de depresión, sí. Yo tengo una vida estresante. Me gusta el mar y remo en un kayak. Me levanto a las cinco de la mañana, hago 10 kilómetros y esta actividad en el exterior, en el agua, me ayuda mucho. Otro tratamiento: la socialización. Somos una especie social, nos gusta tocarnos, besarnos, abrazarnos, tener pareja. No tener estas cosas nos afecta. Así que al final, cuanto más puedas enriquecer tu vida leyendo, conociendo a otra gente, aprendiendo cosas nuevas, incluso meditando, te ayudará. La meditación es otra práctica de eficacia probada científicamente. Si metes a una persona meditando en un escáner ves cómo la actividad de su cerebro se apaga, se calma. No funciona con todo el mundo, pero con muchos sí.

P. ¿Y cómo se puede ayudar al resto de gente?

R. Claro, como sociedad tenemos que recordar siempre a ese grupo de personas. Pensemos en esos niños de 10 años o incluso de 7 que solo piensan en suicidarse. Tenemos que entender cómo puede ser que un chaval de esa edad se tire del tobogán de cabeza porque quiere matarse. Esto pasa y la respuesta está en la bioquímica, en las señales eléctricas dentro de su cerebro que no están funcionando correctamente. Es una enfermedad del encéfalo, no del alma, es un órgano, es biología. Y la prueba está en que yo ahora mismo puedo ponerte unos electrodos en la cabeza y hacer que sientas más o menos ansiedad, puedo medir tu estrés, puedo manipular tu corteza motora y forzarte a correr. Es electricidad y química y tenemos que hacer el esfuerzo de entenderla. Y también como sociedad hay que entender que es una enfermedad igual que el cáncer o el alzhéimer y está bien hablar de ella.

 P. Ha mencionado la soledad. ¿Es este otro factor que está empeorando la salud mental?

R. Nosotros hemos hecho un estudio con 20.000 personas en Israel justo después de la primera ola de la pandemia. Acabamos de publicarlo. Nos sorprendió que los más afectados psicológicamente no eran los más mayores, sino los adultos de entre 20 y 30 años. La gente acostumbrada a una vida activa y muy social. La soledad tiene un impacto tremendo y lleva hacia la depresión.

P. ¿Vieron diferencias por sexos?

R. Sí, las mujeres resultaron mucho más vulnerables desde el punto emocional y del estrés. Y había un tercer factor: el estatus económico. Los más pobres fueron los más afectados. Hay muchos otros estudios similares. En toda Europa se está viendo un aumento considerable de los suicidios y de los ingresos en hospitales psiquiátricos. Nos importa mucho cuánta gente muere cada día por covid, pero no se habla de que tantos otros se suicidan por depresión o soledad.

 P. Israel lleva casi toda su historia en conflicto son sus vecinos. ¿Cómo les ha afectado esto en la salud mental?

R. En este estudio también analizamos el nivel de estrés respecto a la situación del conflicto palestino-israelí, que cada pocos años la cosa estalla y hay combates y enfrentamientos. Y es sorprendente porque no vimos diferencias. Esto significa que existe cierta resistencia entre la población. Y creo que esta es una de las razones por las que Israel lo ha hecho muy bien en la pandemia. Fuimos líderes en vacunación. Es porque el sistema está organizado para funcionar en emergencias.

P. También tenían el dinero.

R. Sí, pero no es eso solo. España no tiene menos dinero. Es tomar decisiones correctas pronto. Creer en el Ministerio de Salud, en lo que dicen los científicos. Fuimos los primeros en dar la tercera dosis. Por cierto, los científicos del Instituto Weizmann han hecho un gran trabajo demostrando la eficacia de ese tercer pinchazo y han contribuido a convencer al mundo de que era necesario. Nosotros lo hicimos antes que Estados Unidos y parte de Europa. Y creo que es porque la sociedad israelí respeta mucho la ciencia, tanto la población como los políticos.

P. A veces desde Europa ha existido la sensación de que Israel tenía pactos opacos con Pfizer que le permitieron tener antes la vacuna, y a cambio Israel fue muy activo promoviendo la tercera dosis. ¿Existen esos pactos?

R. No soy político, desconozco si existen esos pactos, pero no lo creo. En realidad fue una decisión profesional basada en la ciencia. Y de hecho puedes ver todos esos datos publicados en revistas de impacto. Ahora mismo se ha publicado en New England Journal of Medicine un estudio sobre el primer millón de israelíes que recibieron la tercera dosis y el efecto era imposible de negar. La gente que lo recibió tenía una tasa de enfermedad grave de casi cero. No creo que haya pactos, solo hay datos y salud pública."                    (Nuño domínguez, El País, 29/11/21)

7/12/21

Marcos Gómez, psiquiatra: "La depresión es la pandemia postpandémica, especialmente en niños y adolescentes"

  "La COVID-19 está teniendo efectos evidentes en la salud mental de la población. Se trata de una realidad que se pone de relieve tanto por profesionales de este ámbito como, últimamente, en el debate político, mediático y social. Así lo admite Marcos Gómez, psiquiatra del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, en una entrevista para elDiario.es con motivo de su participación en una jornada sobre la depresión vista desde diferentes perspectivas, que organizó la pasada semana este hospital.

"La depresión es la pandemia postpandémica", sostiene este especialista, quien hace hincapié en un determinado grupo de edad particularmente afectado por este problema: los niños y adolescentes. "El aumento de casos es sumamente llamativo y común en todo el territorio nacional", subraya. "Tenemos cifras más altas de visitas a Urgencias, de hospitalizaciones y, por desgracia, también de tentativas de suicidio", remarca, tras hacer un repaso sobre las características de esta enfermedad. 

 Como profesional de la salud pública, ¿cómo definiría la depresión?

No es una pregunta sencilla. La depresión se puede definir desde la clave de los pacientes, de los familiares o de los profesionales. Desde la clave del paciente, uno tiene la sensación de que la depresión es estar viviendo una pesadilla despierto, pero también dormido. Es una especie de nube negra que a uno le acompaña permanentemente y que te establece un diálogo. Es como tener un enemigo dentro de ti mismo.

 Un enemigo que te susurra al oído todos tus miedos, todas tus vergüenzas, todas tus inseguridades, que subraya lo negativo y que hace que todo lo positivo que pueda haber en tu vida no tenga ninguna importancia. Si uno va a todas partes acompañado de su enemigo y ese enemigo mantiene este discurso, eso puede resultar agotador. Por eso, estas personas, mucho más allá de ese estado de ánimo de tristeza que nos podemos imaginar de forma permanente, habitualmente están agotadas físicamente.

 Tener muy pocas fuerzas implica que es muy complicado movilizarse y tener iniciativas. Esas iniciativas, además, están muy cercenadas por la idea de que no van a ser capaces de llevarlas a cabo. Lo que uno normalmente disfruta y le hace sentirse bien directamente no lo va a experimentar y ni siquiera inicia la acción para ello. Todo esto muchas veces se asocia a otros problemas que tienen que ver con cuestiones puramente físicas además del cansancio.

 Se altera el sueño, lo que priva de tener un descanso adecuado, por lo que perpetua el círculo vicioso: se levantan cansados, el apetito suele estar apagado, y no hay fuerzas porque la alimentación no es adecuada. Se abandonan a ellos mismos, de una forma involuntaria y manipulados por esa voz que es la depresión, una enfermedad que es terrible.

Puede haber días que nos encontremos mejor y otros más tristes o con estado de ánimo más bajo... ¿Cómo sabe una persona que padece depresión?

Claro, esto es lógico, todos tenemos días buenos y malos. Cuando se concatenan varias de las características que te he hablado y además adquieren una intensidad y duración importantes se produce una depresión. Las depresiones tienen una causa biopsicosocial. Hay varios elementos que van a conspirar a la hora de originar una depresión.

 Es difícil que uno pueda tener una depresión si no hay un componente biológico, es decir, una cierta heredabilidad, una parte genética. Se trata de un sustrato que hace que la persona sea vulnerable a que ante ciertas agresiones de la vida, su sistema nervioso vaya a reaccionar con un cuadro depresivo. Es muy importante entender la intensidad y la duración. Yo puedo estar triste hoy porque ha perdido mi equipo de fútbol y eso no significa que esté deprimido. Esto es mucho más que tristeza. La depresión provoca una importante incapacidad en estos pacientes que afecta al trabajo, a las relaciones familiares, sociales o de pareja, e incluso está relacionada con cuestiones existenciales o vocacionales. Lamentablemente, la depresión se convierte en tu vida.

¿Y para las personas del entorno es fácil identificarlo? ¿Es importante que estén atentos a determinadas señales de alarma?

Sí, esto es muy importante. Hay gente que lo entiende mejor y gente que peor. A la hora de identificarlo seguramente todos lo hacemos un poco mejor de lo que pensamos. Siempre es preferible identificar de más que de menos. Nadie elige estar triste. La depresión te elige a ti, nunca somos nosotros las que la elegimos. Es una especie de visitante incómoda, esa vecina que viene a visitarnos en un momento incómodo aunque luego se vaya. Creo que la gente cada vez tiene más herramientas para identificarlo, cada vez nuestros pacientes están teniendo más voz y cada vez los problemas de salud mental están teniendo más repercusión en los medios.

 Todo ello contribuye a que la gente esté perdiendo el miedo a consultar al médico, al psiquiatra y al psicólogo preocupándose por su salud psíquica. Eso afecta no solo a las depresiones, sino al conjunto de la salud mental, y es una buena noticia. Es el camino que tenemos que seguir para poder ayudar a los pacientes.

¿Cuáles son las causas más comunes de una depresión?

La depresión, y el conjunto de los problemas de salud mental, responden a un enfoque biopsicosocioal, es decir, biológico, psicológico y social. Son las tres patas en las que se origina. La contribución de cada una de ellas a cada caso va a ser diferente porque cada caso es distinto. ¿A qué me refiero? A que dos personas expuestas a la misma situación van a reaccionar de una manera diferente.

 ¿De qué depende que una persona sometida a una situación concreta de estrés vaya a acabar desarrollando una depresión? Ahí va a importar cómo de vulnerable sea biológicamente, es decir, de elementos que tienen que ver con la genética y con el desarrollo madurativo cerebral que comienzan desde el propio útero materno y que se van desarrollando en un sentido o en otro a lo largo de toda nuestra infancia y adolescencia, pasando a veces por la desgracia de haber experimentado adversidades y situaciones traumáticas. En ocasiones no es tan importante la parte social porque no identificamos situaciones de estrés que precipiten el episodio. Por eso distinguimos dos grandes grupos de depresiones: endógenas y exógenas. 

Es poco frecuente que encontremos depresiones puramente endógenas en las que no haya algún tipo de precipitante, un último gatillo que haya puesto a ese paciente al borde del precipicio. Toda depresión debe llevar incluida un abordaje psicoterapeútico y aquellas depresiones de una intensidad moderada-grave deben ir aparejadas también de tratamientos biológicos y farmacológicos disponibles.

Un macroestudio que hemos conocido hace poco reveló que la pandemia causó depresión y ansiedad a 129 millones de personas. ¿Se ha notado un incremento de pacientes por esta causa?

Sin duda, sí, lo estamos viviendo. Ahora podríamos decir que la depresión, y el conjunto de las enfermedades de salud mental, se están convirtiendo en la pandemia postpandémica. Lo anunciamos desde los distintos foros de Psiquiatría cuando se desencadenó la pandemia porque ya hemos tenido la experiencia de otras epidemias, sobre todo en el sudeste asiático, que provocaron cifras más altas de depresión, de suicidios, de ansiedad, de problemas relacionados con el sueño… 

Y eso lo vivimos ahora en el día a día en nuestras urgencias, hospitalizaciones y consultas de salud mental. Y la situación es especialmente cruda en la edad infanto-juvenil. Es algo sumamente llamativo y común en todo el territorio nacional. Tenemos cifras más altas de visitas a Urgencias, de hospitalizaciones y, por desgracia, también de tentativas de suicidio. Un aumento bestial.

Y en edades un poco más adultas, ¿las dificultades de la población joven para acceder a una vivienda y a un empleo con salario digno y estable tiene alguna incidencia?

En esas edades de inicio de la edad adulta también se ha visto un aumento, pero no es tan llamativo como en la población infanto-juvenil. Es un incremento parecido al que hemos visto en otras edades. Evidentemente, las condiciones socioeconómicas son muy importantes a la hora de procurarnos una calidad de vida y una estabilidad, y si tenemos más estabilidad es probable que tengamos menos estrés. Pero ahora mismo, lo que hay que analizar y en lo que hay que profundizar es en qué está pasando con los niños y adolescentes.

¿Y a su juicio por qué ha aumentado tanto ese sector de la población?

Los niños y adolescentes han vivido una situación de reclusión y de confinamiento muy duro. Este aumento de los casos lo hemos vivido más en los últimos meses cuando ya llevamos un año desde que acabó el confinamiento. Y es que nos hemos encontrado sometidos a una disciplina muy importante en cuanto a normas y a privación de hacer las cosas que normalmente hacen los jóvenes, y no me refiero al botellón, sino a poder explorar su libertad, viajar e interactuar entre ellos.

 Entonces se ha producido un aislamiento y se ha deshilachado parte del tejido social de estos jóvenes. Mucha soledad es lo que estamos viendo en gente tan joven, que es una de las emociones que peor lleva el ser humano como seres sociales que somos. Y el hecho de que se esté prolongando este proceso de constricción para ellos ha supuesto mucho malestar y mucha sobrecarga. 

Han tenido que seguir con sus responsabilidades académicas o laborales sin tener opciones para cuidarse en cuanto a su salud física y mental, practicando sus deportes, socializando con amigos y visitando a seres queridos, que son importantes para ellos. Además, ha habido un aumento bestial en cuanto al uso de redes sociales en los niños y adolescentes, y lamentablemente algunas de estas redes sociales establecen ciertos modelos que generan mucha frustración, sobre todo modelos de imagen y de éxito. Instagram tiene sus propios informes en los que habla de que es una red social que debería ser utilizada con cierta precaución por parte de los adolescentes y ya no te digo de los niños. 

Muchas veces los modelos que se transmiten ahí conducen al establecimiento de estándares difícilmente alcanzables para niños, lo que conlleva mucha frustración, malestar y soledad. Las redes sociales yo no sé si nos acercan, a mí me da la sensación de que nos alejan incluso cuando estamos con otra gente, a veces nos separan.

Comentaba antes que ahora está más implantado en la sociedad y en el debate político el tema de la salud mental. No obstante, siempre se habla de que no son suficientes los recursos que se destinan a ella. ¿Comparte esta visión?

Sí, sin duda esto es así. Tristemente la inversión en salud mental en España es significativamente inferior a la que nos encontramos en Europa. Dos puntos por debajo de la media europea. Vamos a la zaga. Hasta ahora, hasta cierto punto, hemos sido capaces de sobrellevar parte de este malestar en base a algunas cosas buenas que tenemos en nuestro país, como por ejemplo las estructuras familiares. Somos un país muy acogedor, muy social y muy sociable. 

Hay una serie de factores culturales que han contribuido a amortiguar los daños, pero la pandemia ha venido para sacar a la luz las carencias que hay en un sistema raquítico en cuanto a la dotación de profesionales. Y es que en salud mental no necesitamos aparatos, no necesitamos máquinas, no necesitamos grandes herramientas diagnósticas. El capital es capital humano, y eso es lo que hace falta. Psiquiatras, psicólogos, enfermeros especializados… La dotación es fundamentalmente humana y en eso los números cantan, y no llega el tratamiento adecuado a nuestros pacientes porque estamos desabastecidos."             (Rubén Alonso, eldiario.es, 05/12/21)

19/10/21

"Mi principal ocupación era estudiar el plano de Santiago para buscar el mejor viaducto desde el que tirarme"

 "No podemos normalizar que tantas personas necesiten pastillas para poder dormir o para levantarse y vivir. No podemos normalizar que el trabajo produzca ansiedad ni que el sufrimiento se viva en soledad. Debemos dar respuesta inmediata a quienes tienen problemas de salud mental y abrir un gran debate social". Así se ha pronunciado el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante el acto institucional Salud Mental y covid 19. Plan de Acción celebrado en el Palacio de la Moncloa este sábado con motivo de la celebración este domingo del Día Mundial de la Salud Mental. Junto al líder del Ejecutivo, también estuvieron presentes la ministra de Sanidad, Carolina Darias, el escritor Anxo Lugilde, el periodista Quique Peinado y la deportista Victoria Cid, que han relatado en unas breves intervenciones sus experiencias con la ansiedad o la depresión.

Durante este acto, Sánchez ha anunciado el plan de acción 2021-2024 de salud mental que estará dotado con 100 millones de euros. "La salud mental es una prioridad para este Gobierno. Desde el año 2009 no se renueva la estrategia de salud mental, es una hoja de ruta que pretende avanzar con pasos afianzados hacia la mejora de la salud mental", ha señalado. El líder del Ejecutivo ha resaltado que, entre otras medidas, este proyecto impulsará la formación sanitaria en salud mental, lanzará una campaña para visibilizar los problemas de salud mental y se creará un teléfono 24 horas para ofrecer atención y apoyo ante la conducta suicida. Asimismo, ha anunciado que van a incorporar la especialidad de psiquiatría infantil y de adolescentes a la formación sanitaria especializada, sumando estas plazas a las ya ofertadas anteriormente.

Previamente a este anuncio, durante el coloquio inicial, Quique Peinado ha asegurado que la salud mental se ha convertido durante el último año en "el elefante en la habitación". No obstante, ha recordado que lo que ocurre con la salud mental tiene que ver "sobre todo con el tabú y el estigma". El periodista, que escribe semanalmente una columna en infoLibre, ha reconocido durante su intervención que a él lo que le sirvió es "ir a terapia". 

"No he tenido una gran depresión porque tuve la suerte de ir a terapia. Primero porque me lo pude permitir y segundo porque en mi entorno se había hablado de este tema", ha explicado Peinado durante su intervención. "Ahora no es tanto que me traten en terapia, sino que yo sé lo que me pasa y cuando empiezo a identificar eso, sé cómo tengo que actuar", ha admitido. 

Anxo Lugilde, por su parte, ha reconocido que llama a la depresión su "vieja compañera" que le diagnosticaron hace 30 años. Sin paños calientes, en el inicio de su turno de palabra, el escritor ha reconocido que hace un año, en el inicio de las pandemia y por las restricciones, su ocupación principal era "estudiar el plano de Santiago de Compostela para buscar el mejor viaducto desde el que precipitarme y morir". "Tuve la suerte de tener un entorno familiar que me sacó del pozo", ha asegurado, aunque ha recordado que hace cuatro meses estaba ingresado en la unidad de psiquiatría del Hospital del Mar de Barcelona y este sábado se encontraba en "el Palacio de la Moncloa". 

Victoria Cid, deportista de élite, tenía diagnosticada una depresión, pero aun así, tras decirle los médicos que "con esta enfermedad la gente se coge una baja", quiso prepararse para los Juegos Olímpicos aunque posteriormente fue consciente de que "este demonio coge muchísima fuerza y no puedes controlarlo". "El año pasado fue el peor de mis 24 de vida", ha reconocido tras afirmar que "lo primero que pensaba al abrir los ojos por la mañana era: muérete porque no sirves para nada". Asimismo, también ha contado que llegó a preguntarle a su psiquiatra si tenía alzhéimer porque "se me olvidaban las cosas": "Tuvo que explicarme que era por la depresión".  

 Sobre este desconocimiento acerca de la salud mental también ha incidido Sánchez durante su discurso, recogido por Europa Press, al tiempo que ha puesto el foco en que la normalización de los problemas de salud mental puede "acarrear problemas mayores y más grandes". "Hay que pasar del silencio al debate y del debate a la acción", ha afirmado, y ha señalado la "necesidad urgente" de un sistema sólido de prevención, promoción y atención de la enfermedad mental. "Nadie está a salvo, necesitamos una sociedad que facilite, alivie las vidas de estas personas y de los que les rodean, con un compromiso sanitario y político donde podamos afrontar este gran reto que tenemos por delante", ha admitido el presidente del Gobierno. 

Sánchez también ha alertado de que los datos sobre la salud mental "son muy crudos" y "esto dice mucho del problema que tenemos en nuestra sociedad con la salud mental, no podemos normalizarlo. Debemos dar respuesta a este asunto y analizar las causas y el origen". Citando cifras de la Organización Mundial de la Salud, Sánchez ha recordado que actualmente más de 300 millones de personas viven con algún tipo de depresión y que en el año 2030 los problemas de salud mental serán la principal causa de discapacidad en el mundo.

Sólo en España, ha insistido Sánchez, "el 5,8% de la población confiesa sentir ansiedad y casi el mismo sufre depresión". Asimismo, ha recordado que "entre niños de 4 a 14 años, el 13,2% corre riesgo de sufrir algún tipo de salud mental y el porcentaje es cinco puntos mayor en niños que en niñas". Tampoco ha pasado por alto que el 10,8% de los españoles han consumido tranquilizantes, relajantes o pastillas para dormir.

 Con respecto a los suicidios, Sánchez ha recordado que en 2019 murieron un total de 3.671 personas en España. "Debemos hablar de él, visibilizarlo y actuar en consecuencia. Con la pandemia muy probablemente estos datos sean aún peores, pero todavía resulta complejo diagnosticar el impacto del covid en el bienestar de la salud española", ha apuntado.

Mejorar la salud mental en hospitales y en atención primaria

El presidente del Gobierno también ha subrayado la necesidad de mejorar la atención a la salud mental, que "debe ser de calidad tanto en atención hospitalaria como atención primaria". Y en cuanto a la promoción del bienestar emocional, ha explicado que van a poner el foco en la infancia y en la adolescencia y que se van a centrar en los grupos sociales más vulnerables: "Tenemos que analizar los problemas, hacerles frente con el apoyo de las sociedades científicas y el apoyo de la sociedad civil".

 Por su parte, Carolina Darias ha subrayado que ahora hay "más incidencia" en la depresión y en la ansiedad y que han identificado un aumento del consumo de fármacos hipnosedantes, con mayor intensidad en las mujeres. Igualmente, ha explicado que las personas vulnerables y el personal sanitario han sido los que "han sufrido más" las consecuencias del covid en la salud mental."             (Alba Precedo, InfoLibre, 09/10/21)

 

24/9/21

"A depresión é unha enfermidade totalitaria e con vocación asasina, domínate e tenta conducirte á morte"

 "O xornalista, politólogo e doutor en Historia Contemporánea Anxo Lugilde (Lugo, 1970) é un dos cronistas políticos galegos de referencia dende hai máis de dúas décadas. No outono de 2020 decidiu "saír do armario" da depresión para contar que levaba "máis de dous terzos" da súa vida sufrindo os efectos da "vella compañeira", alcume que Xosé Manuel Beiras puxo á enfermidade cando a padeceu. Lugilde agradece que o veterano político lle prestase a expresión para titular A vella compañeira ao libro que este 22 de setembro chegou ás librarías en galego (Luzes), castelán (Península) e catalán (Columna Edicions).

A vella compañeira sae do prelo tras recaídas depresivas que, ilustra Lugilde, comparativamente converteron as súas depresións da adolescencia en episodios "case de xoguete". O "becho invisible" exerce un "poder absoluto" que deriva en "cadros de auténtico terror" aos que se engade a "estigmatización social", o "círculo vicioso" no que a culpa, explica, semella acabar sendo do propio doente ata conducilo ao "desastre".

 A loita contra o estigma é, precisamente, un dos piares dun libro inzado de referencias políticas e históricas, unha obra que é tamén unha viaxe entre Galicia e Catalunya, as dúas patrias de Lugilde. No texto, o relato descarnado de episodios de enorme sufrimento entrelázase co ritmo dunha novela de viaxes e os detalles máis íntimos e duros da batalla contra a vella compañeira combínanse con doses esenciais de retranca: "Cando estaba no psiquiátrico dicíalles que se me fora a man co traballo de campo" para escribir un libro, lembra.

Lugilde sinala tres influencias fundamentais para A vella compañeira: Se isto é un home, de Primo Levi -"non porque eu aspire a compararme con el", matiza decontado-, o enfoque bélico e retranqueiro de El mejor peor momento de mi vida, do "inesquecible compañeiro" Nacho Mirás, e a técnica da escrita de Stefan Zweig n'O mundo de onte. Todo, para construír un libro que chega no que semella recta final da pandemia da COVID-19, "unha proba tremenda para a saúde mental" cuxos efectos, advirte, aínda "aparecen agora", pero moitas persoas, coma el mesmo, xa os sufrisen. As máis das veces, en silencio.

Durante a pandemia acostumámonos a preguntarnos máis habitualmente como está a xente. Dis no libro que, se cadra, “no planeta infectado” hai máis sensibilidade, cando menos nalgures. Así que a primeira pregunta é xustamente esa, que tal estás?

Para contestar politoloxicamente, en transición. Dende a idea de que esta é unha enfermidade totalitaria, tratando de pasar a un estado democrático no que non exista ou estea acantoada. Hai os que din que o máximo que podo conseguir é unha transición á española, de tela metida como un verme ata que volva saír, pero eu loito por deixala atrás. A transición é un proceso complicado, con días de disturbios, mortes e destrucións e outros de conquistas de parcelas de liberdade e avances. Estes días, coa saída do libro, estou máis en avances que en retrocesos.

Dis que a depresión é unha enfermidade totalitaria e dilo nun libro no que abondan as metáforas bélicas e políticas. Por que escolliches ese recurso?

É unha mestura de xornalismo, politoloxía e historia porque o autor son eu [ri]. Se o fixese outro, se cadra as metáforas serían do ¡Hola!... É totalitaria porque cando chega esa fase na que a somatización te ataca ao cerebro, o dominio sobre ti é total. É como na Guerra das Galaxias, cando chega ao punto de que a Estrela da Morte é vulnerable. Ataca o centro de control do corpo. Na diferenza clásica entre autoritario e totalitario, o autoritario sería un estadio inferior de réxime ditatorial, terriblemente lamentable, pero cun mínimo espazo para a diferenza, polo menos dentro do grupo dominante. No totalitario, como nalgunhas fases do franquismo, na Alemaña nazi ou en Camboxa, por exemplo, non hai nada máis. E iso é o que fai a depresión cando se desprega totalmente, anúlate. Son réximes exterminadores e a depresión en si mesma, nos estadios avanzados, ten vocación asasina, téntate conducir a unha morte provocada por ti mesmo.

Presentas o libro como un “exorcismo xornalístico” pero tamén cunha intención, a de bater nun “muro de censura” a respecto da saúde mental en xeral e da depresión en particular. Por que?

Si. Hai xente que di que falo demasiado pouco da saúde mental en xeral e teñen razón. Pero obedece a que non sei moito. Falo da depresión como usuario e nunca quixen ter moitos coñecementos teóricos sobre a cuestión. É algo que condicionou tanto a miña vida... Como para dedicarlle máis tempo. Estas son enfermidades de partes do corpo humano, que teñen unhas características especiais porque afectan ao cerebro, pero non deixan de ser como a cabeza o xeonllo ou o corazón. E esa é unha das razóns polas que este libro é unha vergoña individual e colectiva. Individual, no sentido de que un tipo pasa máis de trinta anos con esta enfermidade, comete erros que están contados no libro pero que en xeral é un paciente disciplinado e que aínda así se lle agrava o mal porque entre outras cousas, se sabe moi pouco del. E no plano colectivo é unha vergoña que sexa noticia ou teña interese que alguén saia do armario e explique como é unha depresión dende dentro. Porque hai xente que descoñece, por exemplo, que a depresión non é que esteas triste ou que ten efectos físicos... E de aí á estigmatización, que é un círculo vicioso moi negativo: o doente, pechado na escuridade do armario no que cre que se meteu el cando en realidade o meteron, vaise sentindo cada vez máis culpable e autodestrúese mentalmente. É tempo de bater na porta e dicir que xa abonda. 

É moi gráfica a expresión da “mente que se volve contra ti”, que empregas no libro, ata pensar recorrentemente na morte. Será esa a última fronteira para falarmos de depresión con naturalidade? Ata hai ben pouco, era algo do que directamente non se falaba, cando menos na esfera pública...

Recordo un tempo dun conselleiro de Fraga que, para xustificar a censura da informacións sobre os incendios, dicía que eran como os suicidios: canto menos se falase deles, menos habería. Eu creo que si hai un paralelismo cos incendios, pero ao revés: a cuestión non é que se fale, é como se fala. E o problema é que antes se falaba moi mal. Eu conto no libro que, nos anos 90, lin publicado un texto sobre os mellores sitios para suicidarse en Lugo que chegaba a dicir que o grao de efectividade nunha ponte era altísimo. Iso é unha barbaridade, un exemplo da información sobre o suicidio que non se debe publicar. Pero si creo que se debe falar do suicidio dun punto de vista preventivo. En Galicia hai instancias que consideran que non se poden previr. Como adoitamos ter a maior taxa do Estado, é a forma de dicir: "a min, que me rexistren". Pero claro que se poden previr e prevense freando á vella compañeira.

Na lectura do libro un queda coa sensación de estar a medio camiño entre un libro de aventuras e un diario moi íntimo. É, se cadra, ir un paso máis alá da saída do armario depresivo do outono de 2020? Achegas moito contexto da depresión, antecedentes... E con isto, detalles moi persoais.

O do libro de aventuras gústame moito que mo digas [ri], porque non estaba entre as miñas influencias, cando menos non conscientemente. Cando fixen a saída do armario e estaba preparando o libro, houbo xente que coñecía ou non, relacionada coa vella compañeira... Camaradas, digamos, que me demandaban que explicase os antecedentes. Non é que atendese ás peticións do público, pero considerei que eran lóxicas. Eu non podo dar consellos, pero si digo como foi a miña experiencia. E hai unha cousa que no libro non acabei de contar ben pero pesa moito: os que te queren amolar son os que máis saben o que che pasa e os que máis o utilizan. No fondo, é unha parvada ocultalo, porque lles estás facendo o xogo e ao tempo, impedindo que quen non o sabe e te pode axudar, poida facelo. Para min, houbo un día decisivo, en xuño de 2018 no hotel Palacio do Carme [Santiago], no que o presidente da Xunta chorou porque no podía ir a Madrid. Cando estaba colocando as miñas cousas -eu debín ser o primeiro en chegar-, escoitei algo como “ahí está Lugilde, a ver si se toma la pastilla”. A min sentoume como unha auténtica patada; tamén tiven unha agresión verbal dunha persoa que despois se desculpou, pero esta parte que só escoitei eu, pareceume terrible. Iso son cousas que te van empurrando a saír do armario e isto é completar o proceso.

Cres que pode servir tamén, ata certo punto, como manual de instrucións ante a enfermidade? Falas de síntomas, de sentimentos, de recaídas, de esperanza e desesperanza... Pero tamén de cuestións máis pragmáticas... Dende o encaixe cos profesionais médicos ata a burocracia, por exemplo.

Non teño nin idea, pero oxalá lle sirva á xente. Creo moito na teoría do lector modelo de Umberto Eco, iso de que cadaquén entende un libro ou unha película dunha maneira e que se a volve ver, pode parecerlle algo totalmente diferente en función das súas circunstancias. Hai moitos libros de testemuñas de doentes, pero a particularidade que pode ter o meu é a amplitude das experiencias, dende as depresións xuvenís e ás somatizacións musculares ás recaídas, as recuperacións, as somatizacións fortes de lagoas cerebrais, intentos de suicidio, experiencias na psiquiatría psicodélica -que é algo moi recente e pouco habitual-, ingresos psiquiátricos... Afortunadamente, non pasei polo electroshock.

Escribes de tratamentos médicos, pero tamén persoas. Ti falas de “activistas” que xogaron da túa parte na batalla contra a vella compañeira. Que peso ten esa contorna máis cercana?

Creo que iso de activistas está tomado de Nacho [Mirás], que tivo unha influencia moi importante no libro, aínda que o del foi moito máis duro, un cancro cerebral no que os procesos polos que tiña que pasar eran moi duros... Eses activistas tiveron un peso fundamental, son os que te manteñen vivo. Sobre todo, os máis próximos, que fan que cando a vella compañeira che di que deas o saltiño, non o deas. 

Aínda que no propio libro evidencias o teu  afastamento da actualidade política por prescrición facultativa, a política atravésao. Como obxecto de estudo, como traballo, e tamén como pano de fondo da enfermidade...

Si, e ademais o proceso está relacionado con ela. Non hai ningún político que teña a culpa de que eu teña depresión, aínda que estar na lista negra de xornalistas da Xunta e saber que tes o Goberno do teu país en contra cando ti ademais cres firmemente no autogoberno é moi duro. Despois están os dous mundos das empresas ante a depresión: o mundo de La Vanguardia, que é prodixioso como me axuda e me axudou; nas sucesivas recaídas eu pensaba que non poderían aguantar máis e eles, todo o contrario, cada vez me axudaban e axudan máis. E despois está o modelo TVG, onde quedei en branco por primeira vez na miña vida durante un programa, o 5 de decembro de 2016, non houbo ningún cargo que me ofrecese axuda e a única que me chamou a posteriori foi unha amiga miña que traballaba de perruqueira. Utilizaron o estigma social para liquidarme, porque sendo a depresión, sabían que eu non ía dicir que a tiña. Tamén é público e notorio que todos os líderes dos partidos se solidarizaron comigo cando saín do armario agás o presidente da Xunta; recibín moitos apoios do PP en privado, que agradezo, pero que sexan en privado xa é unha excusatio non petita. Pero non é un libro de política, non vai dirixido a un colectivo concreto nin me gustaría que se utilizase politicamente. Tentei darlle o menor peso posible, pero ten un peso, no sentido do difícil que se me foron poñendo as cousas.

Non facemos spoilers se adiantamos que, contra o final, deixas tamén unha reflexión sobre a necesidade de coidarse, a un mesmo e aos demais. Que importancia ten?

Si, moita. Sobre todo, que o faga eu [ri]. Vouno ter que repasar a ver se me queda claro. Na pandemia vese a importancia da saúde en todos os aspectos. Eu son algo escéptico, tamén algo condicionado polo meu psiquiatra, que é un doutor de referencia no Estado na depresión maior e cando o leu, díxome: "vas vender moitísimo, o que me preocupa é que vai ser durante moitos anos", no sentido da vergoña. Non sigo a actualidade, pero si me comentaron que algunha atleta ou algunha alcaldesa tamén saíron do armario da depresión. Son pouquísimas; e todas mulleres, por certo. É moi rechamante que sexa unha noticia e por iso non creo que se estea producindo un cambio, pero si abrindo un camiño.

Todo isto podémolo ler nun libro que sae en tres linguas e en seis formatos: tres libros de papel en tres linguas [galego, castelán e catalán], dous e-books [castelán e catalán] e un audiolibro [castelán]...

As ausencias [do galego] non son achacables nin ao autor nin á editorial da versión galega, Luzes, un selo indepenente que fixo un gran esforzo. O problema co e-book é que non hai un desenvolvemento en galego, paréceme escandaloso. Por exemplo, o Sempre en Galiza non está dispoñible en e-book! E co audio-libro, o mesmo, nótase o desleixo do tecido institucional da cultura galega e a redución de orzamentos nun eido fundamental. Esa é a situación hoxe, pero nada impide que saia o e-book nun futuro. "                  (David Lombao, Praza Pública, 23/09/21)

8/3/21

Nueve millones de ingleses no se relacionan con nadie. Pueden pasar un mes sin hablar con otra persona... el 36% de los estadounidenses padece “soledad severa”... solución, pues Ministerios de la Soledad... no es broma

 "En Japón muere tanta gente sola que existe una palabra para cuando uno fallece desamparado y su cadáver se encuentra tiempo después: kodokushi. Además, durante la pandemia se dispararon los suicidios por primera vez en 11 años. 

Más de 20.000 japoneses se quitaron la vida, el triple de los fallecidos por coronavirus. La solución que ha puesto el Gobierno ha sido crear un Ministerio de Soledad. (...)

El Reino Unido fue el primer país en darle a la soledad categoría ministerial en 2018. Un informe parlamentario concluyó entonces que nueve millones de británicos sufrían porque no se relacionaban con nadie. Podían pasar un mes sin hablar con otra persona. Ese aislamiento, dijeron los expertos, era peor para la salud que fumar 15 cigarrillos al día. (...)

Como dijo el brillante cómico estadounidense Stephen Colbert, “los británicos han definido el problema más inefable del ser humano y le han dado la solución más fría y burocrática”.

El diagnóstico está claro: la soledad no deseada es un problema que viene de lejos y con la covid-19 ha aumentado. En EE UU, una investigación de Harvard del pasado octubre constató que el 36% de los estadounidenses padece “soledad severa”. 

Son mujeres y hombres de todas las edades y nivel adquisitivo, aunque en mayor medida los parados, los trabajadores precarios, los residentes en lugares remotos y aquellos sin red familiar. De media, 700.000 estadounidenses mueren cada año alcoholizados o adictos a opiáceos. Son muertes prematuras por desesperación, como apuntaron Anne Case y Angus Deaton.

Estamos más conectados por internet y al mismo tiempo más disgregados que nunca. Ahora bien, ¿se necesita un ministerio? (...)

Querer combatir la soledad sin sufragar aquello que la alivia sirve de poco."             (Ana Fuentes, El País, 06/03/21)

30/6/20

Un país de suicidas

"É unha doenza que se pode atallar cun bo sistema de asistencia e prevención. Galicia lidera a taxa de pacientes diagnosticados, case o dobre da media estatal, pero carece de profesionais na sanidade pública para atender os casos que se veñen disparando nos últimos anos.

A depresión é unha enfermidade que chega acompañada dun profundo sentimento de tristeza, dun desasosego intenso e unha preocupación constante que incluso pode ter manifestacións somáticas. Está catalogada pola Organización Mundial da Saúde (OMS) como unha das principais causas de discapacidade no mundo.

 Dentro do territorio estatal, Galicia leva anos á cabeza da lista de pacientes, vivindo ademais un aumento da taxa: mentres que en España afecta a preto dun 7% de cada 100.000 habitantes, aquí achégase ao 13%, segundo o Instituto Nacional de Estatística. Trátase dunha doenza multifactorial, que nos casos máis graves remata en suicidio. Os profesionais da saúde mental advirten que cun bo sistema de prevención e asistencia se podería atallar; en cambio, Galicia está lonxe de acadar os recursos que fan falta.

Cando se fala de estatísticas, a depresión ten faciana de muller. Son máis do dobre do total de persoas afectadas. Por riba dos 80 anos, a cifra dispárase. Pero cando se baixa aos casos concretos, a enfermidade atravesa xeración e xéneros. No caso de Sabela –nome ficticio para protexer a súa identidade– ten 46 anos e unha verborrea vivaz. Pasou por dous procesos depresivos diferentes. 

O primeiro, hai 20 anos, xurdiu no que se supoñía un dos momentos máis felices da súa vida: a chegada do seu único fillo. «Deime conta de que estaba a pasarme algo porque pasei de ser unha persoa que sempre estaba a rir a sentirme moi triste, non paraba de chorar, e para a miña contorna só tiña un laio constante: se estaban comigo, porque estaban; se non estaban, tamén era malo», recorda. Acudiu ao médico, quen lle diagnosticou unha depresión posparto. A OMS calcula que unha de cada dez mulleres que dan a luz pasa por este estado; pola contra, as unidades médicas non realizan un traballo preventivo ou informativo, como recomendan os profesionais sanitarios.

Para Sabela o estigma da depresión duplicouse: «Imaxina o impacto, que che digan iso hai vinte anos e por ter un neno, que ademais xa tiña dous anos. Eu pedinlle unha segunda opinión ao médico». Foi derivada ao especialista, onde recibiu un tratamento farmacolóxico e tamén apoio terapéutico. «Pero moi precario e moi lento», recorda. Cre que as citas espalladas e o pouco tempo de consulta puideron prolongar a duración da doenza. Sabela asegura que os mesmos médicos se escusan pola mala atención e sempre se exceden nos minutos establecidos por paciente.

O Movemento Galego de Saúde Mental (MGSM) naceu en 2014 como un resorte contra as eivas que existen neste tipo de asistencia sanitaria. Rosa Cerqueiro, portavoz da asociación e psicóloga clínica, relata que a crise económica e a aplicación dos recortes deixou «paralizada» á sociedade e, «dalgunha maneira, tamén aos profesionais». Nese período asumiron que non era posible mellorar o Estado de Benestar, pero cando ademais se comezou a reverter co que consideraban casos graves de falta asistencial, formaron este  grupo interdisciplinar.

As primeiras reivindicacións apuntaron contra os peches estivais de camas en unidades psiquiátricas, que nalgúns casos supoñían anular a existencia deste servizo. «Chegamos a puntos que nunca antes pasaran: había altas precoces nos hospitais, listas de espera… tiñamos a sensación de que as cousas ían mal e que non podiamos quedar calados. Había que paralo», recorda Cerqueiro.

O MGSM pediu á Consellería de Sanidade que levara a cabo un reconto das dotacións e recursos existentes e que iniciase as accións necesarias que garantisen unha boa asistencia. O anterior Plan Galego de Saúde Mental expirara en 2011 e en 2017 anunciouse a composición dun grupo de traballo que confeccionaría o novo, pero a asociación denuncia que aínda non existe. 

Neste tempo, eles mesmos redactaron un informe no que recollen as propias recomendación da Xunta dos anos 1987 e 1997, así como as ferramentas coas que se conta hoxe: número de profesionais, unidades de atención, etc. O resultado, «Recursos en saúde mental en Galicia», visualiza un déficit do 12% dos auxiliares de enfermaría, do 32% de psiquiatras, do 49% en psicoloxía clínica e enfermaría, do 68% en terapia ocupacional e do 73% en traballo social. Con esta falta de recursos humanos a vocal da organización subliña a imposibilidade de prestar un servizo digno.

A carga asistencial que soportan os profesionais por culpa destas carencias provoca que as pautas recomendadas para os tratamentos non se sigan correctamente e que os prazos sexan en moitos casos insoportables para os pacientes. Cando Sabela atravesou unha segunda depresión, a máis forte segundo describe, xa non acudiu ao seu médico de cabeceira pola urxencia que tiña.

 «Sabes que poden pasar dous meses ata que te tratan, e mentres danche unhas pastillas, que igual nin che sentan ben, pero non o saben; meus pais estaban moi preocupados e leváronme directamente a un psicólogo de pago». Diso hai oito anos. En xuño de 2018 8094 galegos estaban á espera da primeira cita nos servizos de psiquiatría do Sergas.

O detonante da segunda depresión de Sabela foi a separación da súa parella pero, como indica o psiquiatra Cipriano Luís Jiménez, non sempre existe unha circunstancia ambiental: «Hai unha depresión que podemos chamar de tipo endóxeno, na que o metabolismo pode influír como factor para que se produza un estado depresivo; tamén sabemos que toda unha serie de circunstancias reactivas poden intervir, e nese caso sempre son máis tratables dende o punto de vista da terapia que de tratamentos químicos».

A Axencia Española do Medicamento sinala que o consumo de ansiolíticos aumentou entre 2000 e 2013 un 57,4% e no caso dos antidepresivos un 200%. Os expertos, que cualifican este incremento de «excepcional», apuntan que á subida dos casos diagnosticados se engaden outros factores como a falta de prevención e de tempo para as terapias. Cerqueiro insiste na importancia de traballar dende a atención primaria para reducir os tratamentos farmacolóxicos e tamén a cronicidade da enfermidade, porque «un bo traballo a tempo reduce as patoloxías e as consecuencias na calidade de vida» e recorda que isto tamén repercute na carga económica que supón para o Estado.

Sabela tivo que medicarse, non só pola depresión, senón porque a tensión mental á que estaba sometida traspasouse ao seu corpo e acabou empeorando unha enfermidade crónica que padece. «Estaba triste, pero sobre todo moi enfadada, e esas sensacións fixeron que me doese continuamente o lombo», describe. Pero o que lle resultou máis medicinal foi a terapia, por iso defende a necesidade de contar con este recurso na sanidade pública.

 «Igual que se che doe algo vas ao médico de cabeceira, se cando estás angustiado podes acudir rápido a unha sesión estou segura de que moitas destas cousas non acabarían en depresión». Agora atópase novamente esperando unha cita médica na sanidade pública, neste caso para un familiar que sofre ataques de ansiedade. Ata dentro de mes e medio non será avaliado. «Mentres, pastillas», anota.

Jiménez coincide en que só co feito de verbalizar os sentimentos negativos nun entorno que acubille á persoa xa se aforraría moito sufrimento. Se ben matiza que a familia non pode exercer de psicóloga, subliña que si cumpre cunha función de apoio moi relevante e en moitos casos debe ser quen anime o enfermo a acudir a un profesional. Pola contra, explica que na actualidade a actitude máis común cando se coñecen «as debilidades» dun ser querido é evitar o tema. «Hai unha especie de complicidade co entorno que fai que se peche calquera tipo de comunicación, o que é un mecanismo psicolóxico moi curioso», describe.

O psiquiatra lamenta que vivamos nunha sociedade reticente a expresar emocións como a tristeza, pois provoca que a saúde mental sexa «un tabú». Isto non está presente noutros países, coma nos americanos ou os de Centroeuropa, que comparten a asistencia e a terapia «como se fora algo que están facendo con valor positivo», apunta. Adoptar esta postura e normalizar as enfermidades mentais suporía ter unha sociedade máis san pois, como indica Cerqueiro, estes casos son «o termómetro» do benestar e a saúde dunha sociedade.

Un país de suicidas 

Detrás dun suicido non sempre hai unha enfermidade de saúde mental, pois os factores que inflúen neste acto son moitos e moi diversos, pero Jiménez sinala que un dos primeiros elementos a ter en conta na depresión é que leva consigo a ruminación de acabar coa vida. «Ás veces as persoas verbalízano, os enfermos din cousas como ‘eu non pinto nada’, o que non quere dicir que vaia suceder», advirte o psiquiatra. 

Case cada día morre unha persoa por suicido en Galicia, unha cifra que se vén mantendo nos últimos anos. Segundo o Imelga, en 2017 quitáronse a vida concretamente 324 persoas. O MGSM denuncia que non se cumpren os requisitos básicos de prevención que estipula a OMS no que é xa a principal causa de morte externa, é dicir, que non se produce por causas naturais. Galicia, xunto a Asturias, tamén ostenta aquí a maior taxa de España: 12 suicidios por cada 100.000 habitantes, catro puntos por riba da media nacional.

Para analizar os suicidios en Galicia débense ter en conta algúns factores moi significativos como o envellecemento da poboación, a súa dispersión, o clima e incluso cuestións etnográficas. Ademais dos casos en áreas urbanas, Jiménez recorda que «non cabe dúbida de que a Galicia rural é unha sociedade totalmente desartellada» e que este é «un elemento importantísimo» para que se poida producir un suicidio e incluso un acto de criminalidade.

 As imaxes que propician algunhas zonas son de outrora: «Hai centos, por non dicir miles, de parroquias que están nunha situación tráxica; entras alí e non ves a ninguén, de vez en cando aparece unha persoa de oitenta e moitos anos, como unha especia de superviventes, cunha ou dúas vacas». Este illamento social provoca que moitas persoas queden «descolgadas» do sistema e, en consecuencia, esquecidas por este.

Aínda que a depresión se ceba maioritariamente coas mulleres, son os homes os que cometen máis actos de suicidio. Elas sofren máis cargas no día a día, polo machismo que as asoballa coa organización da casa, o coidado dos familiares e a subordinación no traballo. Iso provoca, á súa vez e segundo o psiquiatra, que teñan máis «defensas» á hora de afrontar as desgrazas ou a soidade e así logran fuxir dunha situación extrema como rematar coa vida. 

En cambio, o home está falto desa axilidade emocional, pois a sociedade imponlles o mantemento dunha imaxe de fortaleza. Por este motivo, ocultan o seu malestar e a depresión moitas veces só se manifesta nun enfado perpetuo que se interpreta como un mal carácter. Acaban optando por quitarse a vida en lugar de pedir axuda."                     (Andrea Nogueira, Luzes, 29/06/20)