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27/12/25

Mañana es Nochebuena. El día de Nochebuena es siempre aquel día de Nochebuena de la infancia... Nos embargaba una extraña ansiedad y la miseria retrocedía como un ejército en desbandada; no es que hubiera menos miseria (o sí, durante aquella época disfrutábamos de muchos productos que desaparecían durante el resto del año), pero de alguna manera se revestía de unos ropajes y una fragancia que la hacían enormemente más llevadera (Juan Abreu)

 "Martes, 23 de diciembre de 2025

Mañana es Nochebuena. El día de Nochebuena es siempre aquel día de Nochebuena de la infancia. Este día:

Aquello era la alegría. Eso que después uno se ha pasado la vida buscando con palabras estaba ahí, de forma natural, impregnándolo todo como si fuera el alma misma de la materia con que está hecho el mundo. Se anunciaba como una brisa dulzona, desde semanas antes. En el ambiente general, en la actitud de la gente, en las risas y en las miradas. Y en el tono de la voz de los locutores de la radio, y en las canciones y en los adornos que resplandecían en las tiendas del centro de la ciudad.

Nos embargaba una extraña ansiedad y la miseria retrocedía como un ejército en desbandada; no es que hubiera menos miseria (o sí, durante aquella época disfrutábamos de muchos productos que desaparecían durante el resto del año), pero de alguna manera se revestía de unos ropajes y una fragancia que la hacían enormemente más llevadera.

Cuando al fin arribaba el día esperado, la actividad comenzaba bien temprano; yo y mis hermanos dábamos carreras de un lado a otro por encargo de mi madre: al puesto de Higinio a comprar lechugas o rábanos, o a casa de una vecina para que nos prestara una fuente. Al atardecer, nos bañábamos y acicalábamos con nuestra mejor ropa. Bien embetunados y cepillados los zapatos para disimular los desgastes. Las camisas de guinga bien planchadas y almidonadas, los pantalones con la raya impecable. Las medias sin agujeros o con los agujeros bien remendados. ¡Restriéguense bien los codos y las rodillas! Ordenaba mi madre asomando la cabeza por encima de la puerta del baño. Para terminar Mima nos entalcaba, peinaba y nos ponía un poco de agua de colonia en el pelo.

Cuando la temperatura se hacía más agradable, a las cinco o las seis, despejábamos el patio e instalábamos dos mesas unidas (la nuestra y la de algún vecino), poníamos los manteles de hule, organizábamos las sillas, los platos y metíamos las botellas de cerveza y refrescos en un tanque de metal con hielo. La llegada de mi padre constituía el gran acontecimiento. Venía cargado de turrones españoles (jijona, alicante, yema) manzanas de California, peras y melocotones enlatados, membrillo, queso blanco, botellas de vino y sidra El Gaitero, pan fresco, palitroques, dátiles, nueces, avellanas y otro montón de maravillas. Lo recibíamos a grito pelado, saltando y alborotando y nos peleábamos por ayudar a cargar los tesoros que transportaba. El reía y se le iluminaban los ojos y se hacía el enfadado: Pero que chillería es esa… vamos, vamos… Cuidado, cuidado que van a romper alguna cosa…

Mi madre reinaba en la cocina y de ella emanaban suntuosos aromas. Crujían los ajos, susurraban las cebollas, supuraban los tomates, rechinaban las patatas. Tenía que echarnos constantemente pues nuestras incursiones para robar alguna golosina, trozos de cualquier cosa que se pudiera tragar, no cesaban un instante. Todo era risa y goce caracoleante.

Un poquito de vino por aquí, una cerveza por allá, un sorbo de sidra acullá y los rostros de los mayores se acaloraban y adquirían un suculento tono atomatado. Venían las tías, los tíos y los primos, la abuela María Blanco. Los vecinos desfilaban por casa a brindar por tiempos mejores. En la radio sonaba el Benny, Blanca Rosa Gil, Vicentino Valdés, el Trío Matamoros, Barbarito Diez, María Teresa Vera, Tito Gómez, voy por la vereda tropical… y por supuesto Panchito Riset, el preferido de mi madre. ¿Qué atmósfera mágica se instalaba en nuestra miseria? ¿Qué nobleza descendía del cielo? ¿Qué sensación de dicha única encontraba refugio en nuestros corazones? Sé que en ningún otro momento de mi vida he sido más feliz, en ningún otro momento mi vida ha tenido más sentido. O mejor, no ha necesitado sentido alguno. Mi existencia no requería justificación. Yo era.

Ya alta la noche, estallaban bengalas, cohetes. La pandilla hacía explotar petardos y bombitas frente a la casa. ¡Cuidado muchachos que se van a sacar un ojo! ¡Qué niños estos virgen santísima! Gritaba mi madre. Del cielo del barrio descendía un fulgor que todo lo contaminaba, como si un dios benévolo vertiera sobre nuestras cabezas el polvo de un millón de estrellas.

Recuerdo, sobre todas las demás, una Nochebuena en la que mi padre y mi madre bailaron. Ninguna mujer sobre la tierra ha sido ni será más bella. Ningún hombre sobre la tierra ha sido jamás más elegante, más apuesto y grácil. Flotaban en la música ajenos al desconsolado futuro y a la muerte en tierras lejanas.

Nosotros, sentados en el suelo, silenciosos, sin atrevernos a mover un músculo para no romper el hechizo, los contemplábamos arrobados." 

(Juan Abreu, blog, 23/12/25)

8/8/24

La 'Elegía montañesa' de J.D. Vance

 "Este libro se escribió antes de que los blancos de clase trabajadora del Rust Belt entregaran la presidencia a Donald Trump, pero el amplio interés que ha suscitado -junto con White Trash, de Nancy Isenberg- puede deberse en parte a ese repentino recordatorio de la importancia que sigue teniendo esta clase de estadounidenses tanto tiempo despreciada.

J. Hillbilly Elegy, de J. D. Vance, llegó a alcanzar el número uno de la lista de best sellers del New York Times. Gran parte de su popularidad puede deberse a su formato de memorias personales que pueden leerse como una historia moderna de Horatio Alger: Un chico de las colinas de Kentucky supera una vida familiar caótica para llegar a la Facultad de Derecho de Yale y vivir el sueño americano. Es probable que los lectores liberales salgan del libro convencidos de la necesidad de un Plan Marshall para los Apalaches, pero el autor comprende que su propio éxito no puede ser replicado mecánicamente para otros por ninguna política gubernamental.

La vida en los Apalaches puede ser violenta. El condado del que era originaria la familia del autor recibía el apodo de «Bloody Breathitt», y las rencillas no eran infrecuentes. A los 12 años, la abuela del autor sorprendió a alguien robando la vaca familiar; cogió un rifle y le disparó en la pierna. Según la tradición familiar, sólo la oportuna llegada de su padre le impidió acabar con el hombre.

Mientras los blancos de clase media enseñan a sus hijos a no meterse en peleas, los montañeses enseñan a los suyos a pelear: «golpea con todo el cuerpo, sobre todo con las caderas; muy poca gente se da cuenta de lo poco importante que es el puño a la hora de golpear a alguien». Lo hacen porque es una necesidad práctica: Los Apalaches albergan una primitiva cultura del honor, en la que no vengar un insulto se considera una prueba de debilidad. Y la vida es muy dura con cualquier paleto que los demás consideren débil.

La violencia se traslada a la vida familiar:

    Nunca se sabía cuándo una palabra equivocada convertiría una tranquila cena en una terrible pelea, o cuándo una pequeña transgresión infantil haría volar un plato o un libro por la habitación. Era como vivir entre minas terrestres: un paso en falso y kaboom».

Investigando las costumbres populares de su pueblo, el autor descubrió una amplia literatura psicológica sobre las ACE, o «experiencias infantiles adversas». Entre ellas figuran:

    "Ser insultado, vejado o humillado por los padres; ser empujado, agarrado o que te tiren algo; sentir que la familia no se apoya mutuamente; tener padres separados o divorciados; convivir con un alcohólico o un drogadicto; vivir con alguien deprimido o que intentó suicidarse; ver cómo un ser querido era maltratado físicamente. "

Esas tensiones hacen que la adrenalina y otras hormonas inunden el cuerpo. Esto produce la clásica respuesta de lucha o huida, que a veces permite a personas corrientes realizar proezas extraordinarias, como una madre que levanta objetos pesados de encima de su hijo atrapado.

    "Por desgracia, la respuesta de lucha o huida es una compañera destructiva constante. Como señala [un psicólogo], la respuesta es estupenda «si estás en un bosque y hay un oso. El problema es cuando ese oso vuelve a casa del bar todas las noches». "

Ese estrés constante puede cambiar la química del cerebro de un niño, preparándolo para el conflicto incluso después de que éste haya pasado. Y predice ansiedad, depresión, enfermedades cardiacas, obesidad y ciertas formas de cáncer, así como la reproducción del mismo comportamiento dañino en la vida adulta: «El caos engendra caos». Todos estos problemas son mucho más comunes en los montañeses escoceses-irlandeses que en la población estadounidense en general -aunque la violencia y la despreocupación sin duda también se transmiten genéticamente.

A los Hillbillies les gusta considerarse gente trabajadora, pero muchos no lo son. El autor escribe sobre un vecino que dejó su trabajo porque estaba «harto de levantarse temprano;» más tarde culpó de sus problemas a la «economía Obama.» Otro hombre hizo el tonto en el trabajo hasta que prácticamente obligó a su jefe a despedirle; estaba indignado por haber perdido su empleo. Como ocurre a menudo con los negros, muchos montañeses pobres parecen incapaces de ver la conexión entre sus circunstancias y su propio comportamiento.

En 2009, ABC News emitió un reportaje sobre la «boca de Mountain Dew», unos dolorosos problemas dentales comunes en los niños de los Apalaches que beben demasiados refrescos azucarados. La reacción abrumadora de los propios Apalaches a este reportaje fue que los problemas dentales de sus hijos no eran de la maldita incumbencia de los periodistas. La cadena recibió un aluvión de quejas airadas, la mayoría de las cuales ignoraban la realidad que la cadena había descrito. Como informan los sociólogos, los apalaches «aprenden desde pequeños a enfrentarse a las verdades incómodas evitándolas o fingiendo que existen verdades mejores». Esto les hace resistentes, pero también les dificulta mirarse a sí mismos con honestidad.

Incluso sumidos en la pobreza y en la negación de sus problemas, los montañeses tradicionales siguen siendo independientes, autosuficientes y ferozmente leales a la familia. Los vecinos se conocen entre sí y hacen cumplir ciertas normas.

   "La familia, los amigos y los vecinos irrumpían en su casa sin previo aviso. Las madres decían a sus hijas cómo criar a sus hijos. Los padres les dirían a sus hijos cómo hacer su trabajo. Los hermanos decían a sus cuñados cómo tratar a sus esposas. La vida familiar era algo que la gente aprendía sobre la marcha con mucha ayuda de sus vecinos.

    [La gente de Hill saluda a todo el mundo, se salta sus pasatiempos favoritos para sacar el coche de un desconocido de la nieve y, sin excepción, para el coche, se baja y se pone en posición de firmes cada vez que pasa una caravana fúnebre. ¿Por qué, le preguntaba a mi abuela, se paraba todo el mundo cuando pasaba un coche fúnebre? «Porque, cariño, somos gente de monte. Y respetamos a nuestros muertos». "

Los montañeses son también de los estadounidenses más patriotas y están sobrerrepresentados en el ejército. Políticamente, tienen tradición de apoyar a los demócratas, «el partido del trabajador».

En el siglo XX se produjeron dos grandes oleadas de emigración de los Apalaches a las ciudades industriales del Medio Oeste. La primera se produjo tras la Primera Guerra Mundial y terminó con la depresión; la segunda siguió a la Segunda Guerra Mundial. Los que participaron en el éxodo dicen que las tres erres que aprendieron en la escuela fueron «Readin“ Ritin” y Route 23», la «carretera de los paletos» que conducía a empleos mejor pagados en Ohio y más allá.

Los abuelos del autor, Jim y Bonnie Vance, tenían respectivamente 16 y 13 años cuando concibieron a su primer hijo. La pareja se casó rápidamente y se unió al éxodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, mintiendo en el certificado de nacimiento para mantener a Jim fuera de la cárcel y evitar que Bonnie fuera enviada de vuelta con sus padres. En la jerga de la sociobiología, los montañeses escoceses-irlandeses son blancos excepcionalmente «r-seleccionados».

Finalmente aterrizaron en Middletown, Ohio, una ciudad anodina donde Jim consiguió trabajo en una empresa siderúrgica local. Aunque el viaje de vuelta a casa, al sudeste de Kentucky, duraba 20 horas, lo hacían varias veces al año: los lazos familiares son fuertes entre los montañeses. Dos generaciones después, el autor afirma que, aunque tuvo una serie de domicilios en Middletown mientras crecía, comprendía firmemente que su hogar estaba en las colinas de Kentucky.

Los que participaron en la emigración de posguerra solían mejorar sus circunstancias, pero a menudo les costaba encajar. Un historiador ha escrito que los emigrantes de los Apalaches «compartían muchas características regionales con los negros sureños que llegaban a Detroit» y «trastocaban un amplio conjunto de suposiciones que tenían los blancos del Norte sobre cómo eran, hablaban y se comportaban los blancos».

Uno de los compañeros del Sr. Vance consiguió trabajo como cartero en Middletown. Como había aprendido a hacer en las colinas de Kentucky.

   "tenía una bandada de gallinas en el patio trasero. Todas las mañanas recogía los huevos y, cuando su población de gallinas crecía demasiado, cogía algunas de las viejas, les retorcía el cuello y las troceaba para hacer carne en su propio patio. Es fácil imaginar a un ama de casa bien educada mirando por la ventana horrorizada cómo su vecino de Kentucky mataba a las gallinas graznando a pocos metros de distancia."

La abuela de la autora simpatizaba, en su lengua vernácula, con su paisano de Kentucky: «Las putas leyes de zonificación pueden besarme el culo».

La transición de Kentucky a Ohio no fue fácil para los abuelos de la autora. Los hillbillies viven en grandes grupos de tíos, tías, abuelos y primos; en Ohio, la gente se queda en el núcleo familiar. Los nuevos vecinos de los Vance eran extraños para ellos, y en general siguieron siéndolo.

A pesar de varios abortos y muertes infantiles, la pareja tuvo tres hijos, uno de los cuales era la madre de la autora.

Los Vance

 "siempre mantuvieron un mesurado optimismo sobre el futuro de sus hijos. Eran indudablemente más ricos que los miembros de la familia que se habían quedado en Kentucky. Pensaban que si ellos habían podido pasar de una escuela de una sola aula en Jackson a una casa de dos plantas en los suburbios con las comodidades de la clase media, sus hijos y nietos no tendrían ningún problema para ir a la universidad y adquirir una parte del sueño americano. Sabían que la vida era una lucha, y aunque las probabilidades eran un poco mayores para gente como ellos, eso no era excusa para el fracaso. «Nunca seas como esos putos perdedores que creen que la baraja está en su contra», me decía a menudo mi abuela. «Tú puedes hacer lo que quieras». "

De hecho, asumían que lo que había sido suficientemente bueno para ellos no debía serlo para sus hijos. Cuando la madre de la autora se lió con un novio que se parecía demasiado a la gente de casa, la condena de Bonnie Vance fue feroz: «¡Es un puto retrasado sin dientes!».

El mismo principio se aplicaba a los trabajos. La nueva generación debía trabajar con la mente, no con las manos. Jim Vance se negó a conseguir empleo para su hijo mayor en la empresa siderúrgica donde él mismo trabajaba; el único empleo aceptable allí para la nueva generación era el de ingeniero, no el de soldador: «Para mis abuelos, el objetivo era salir de Kentucky y dar a sus hijos una ventaja. De los hijos, a su vez, se esperaba que hicieran algo con esa ventaja».

Pero la primera generación nacida fuera de los Apalaches también tuvo problemas. Aparte de los frecuentes viajes familiares a las colinas de Kentucky, crecieron sin el apoyo social que sus padres habían dado por sentado. Asistían a escuelas modernas con miles de estudiantes y se sentían aislados.

Entonces, las empresas industriales de las que dependía la modesta prosperidad de sus padres empezaron a abandonar o a cerrar, para ser sustituidas por tiendas de «dinero por oro» y prestamistas de día de pago. El empleo en la empresa siderúrgica local pasó rápidamente de no ser lo suficientemente bueno a ser inalcanzable. Los más acomodados abandonaron la ciudad; las familias más pobres se vieron atrapadas por el descenso del valor de la propiedad, incapaces de vender sus casas.

    "Ya de niño sabía que había dos tipos de costumbres y presiones sociales. Mis abuelos encarnaban un tipo: anticuados, tranquilamente fieles, autosuficientes y trabajadores. Mi madre y, cada vez más, todo el vecindario encarnaban otro: consumista, aislado, enfadado, desconfiado. "

Cuando la madre de la autora tenía diecinueve años, ya estaba divorciada y tenía que mantener a una niña: sin trabajo, sin credenciales y sin créditos universitarios. La autora era fruto del segundo matrimonio, que no duró mucho más que el primero. Le siguió un tercer matrimonio. La familia vivía a pocas manzanas de los Vances mayores, a los que la autora conocía como Papaw y Mamaw. Durante un tiempo, fue apenas tolerable.

Cuando el autor tenía unos nueve años, «las cosas empezaron a torcerse». Su familia se trasladó a otra ciudad, lejos de los abuelos. Las peleas empezaron a ser habituales. El autor describe las lecciones que sacó de esta experiencia de niño:

    "Nunca hables a un volumen razonable cuando basta con gritar; si una pelea se pone demasiado intensa, no pasa nada por dar bofetadas y puñetazos, siempre que el hombre no golpee primero; expresa siempre tu enfado de forma insultante e hiriente para tu pareja; si todo lo demás falla, llévate a los niños y al perro a un motel local, y no le digas a tu cónyuge dónde encontrarte: si sabe dónde están los niños, no se preocupará tanto y tu marcha no será tan efectiva."

Como era de esperar, los problemas familiares empezaron a afectar a sus notas:

    "Muchas noches me acostaba en la cama, incapaz de dormir por el ruido: fuertes pisotones, gritos, a veces cristales que se rompían. A la mañana siguiente me levantaba cansada y deprimida, deambulando durante la jornada escolar, pensando constantemente en lo que me esperaba en casa. Sólo quería retirarme a un lugar donde pudiera sentarme en silencio. No podía contarle a nadie lo que me pasaba, porque era demasiado embarazoso. Y aunque odiaba la escuela, odiaba más mi casa. Cuando la profesora anunciaba que sólo teníamos unos minutos para limpiar nuestros pupitres antes de que sonara el timbre, se me hundía el corazón. Me quedaba mirando el reloj como si fuera una bomba de relojería."

 La madre de la autora se vio envuelta en una relación extramatrimonial que puso fin a su matrimonio y provocó su regreso a Middletown. Pronto empezó a beber mucho y a tener una serie de novios que uno de los amigos de la autora llamaba «el sabor del mes». Su temperamento empeoró. Hubo un incidente desagradable y llamaron a la policía.

Siguió un juicio en el que mucho dependía del testimonio de la autora, de 12 años. Tenía un difícil ejercicio de equilibrismo: hacer que su vida en casa pareciera lo bastante mala como para que le dejaran escapar de ella, pero no tan mala como para que su madre fuera a la cárcel.

Lo consiguió. Ahora era libre de moverse entre la casa de su madre y la de sus abuelos, «y Mamaw me dijo que si mamá tenía algún problema con el arreglo, podía hablar con el cañón de la pistola de Mamaw».

Pero el caos de la vida de su madre seguía causando estragos:

 "Yo era un estudiante de segundo año en la escuela secundaria, y yo era miserable. Las constantes mudanzas y peleas, el aparentemente interminable carrusel de gente nueva que tenía que conocer, aprender a querer y luego olvidar... . Casi había fracasado en mi primer año de instituto, con un promedio de 2,1 puntos. No hacía los deberes, no estudiaba y mi asistencia a clase era pésima. Algunos días fingía una enfermedad y otros simplemente me negaba a ir. Junto con [estos otros problemas] llegó la experimentación con drogas, nada fuerte, sólo el alcohol que podía conseguir y un alijo de hierba que encontramos [un amigo] y yo». "

Una crisis relacionada con las drogas en la vida de la madre llevó al autor a mudarse permanentemente con su abuela (su abuelo había muerto para entonces). Esta nueva estabilidad supuso un punto de inflexión en su vida. Su rendimiento escolar mejoró casi de inmediato y perdió el interés por las drogas: «Esos tres años con Mamaw me salvaron».

Aliviado de lo peor de sus problemas personales, el autor empezó a interesarse por la vida de sus vecinos, que a menudo no era mejor que aquella de la que había escapado. Un trabajo como cajero en un supermercado local le brindó la oportunidad de hacer un poco de sociología amateur. Se dio cuenta, por ejemplo, de que muchos de los clientes más pobres, a juzgar por la ropa y el uso de cupones de alimentos, estaban animados por «un estrés frenético» y eran más propensos que otros a comprar comida precocinada o congelada.

    "Aprendí a engañar al sistema de asistencia social. Compraban dos docenas de paquetes de refrescos con cupones de alimentos y luego los vendían con descuento a cambio de dinero. Hacían los pedidos por separado, comprando comida con cupones y cerveza, vino y cigarrillos en efectivo. Nunca pude entender por qué nuestras vidas parecían una lucha mientras los que vivían de la generosidad del gobierno disfrutaban de baratijas con las que yo sólo podía soñar.

  Cada dos semanas, recibía una pequeña paga y me fijaba en la línea donde se deducían de mi salario los impuestos federales y estatales sobre la renta. Con la misma frecuencia, nuestro vecino drogadicto compraba filetes T-bone, que yo era demasiado pobre para comprarme pero que el Tío Sam me obligaba a comprar para otra persona. "

El autor empezó a sospechar que el querido «partido de los trabajadores» de sus abuelos no era todo lo que parecía:

    "Los politólogos han gastado millones de palabras tratando de explicar cómo los Apalaches y el Sur pasaron de ser incondicionalmente demócratas a ser incondicionalmente republicanos en menos de una generación. Una gran parte de la explicación [es] que muchos miembros de la clase trabajadora blanca vieron precisamente lo que yo vi»."

Con dieciséis años, el autor empezó a leer sobre los problemas sociales que afectaban a su comunidad. Uno de los libros que descubrió fue The Truly Disadvantaged, del sociólogo de Harvard William Julius Wilson, cuyo argumento resume así:

  "Cuando millones de personas emigraron al norte para trabajar en las fábricas, las comunidades que surgieron en torno a ellas eran vibrantes pero frágiles. Cuando las fábricas cerraron sus puertas, las personas que quedaron atrás se vieron atrapadas en pueblos y ciudades que ya no podían mantener a una población tan numerosa con un trabajo de calidad. Los que podían -generalmente las personas bien educadas, ricas o con buenas conexiones- se marcharon, dejando atrás comunidades de pobres. Los que quedaban eran los «verdaderamente desfavorecidos», incapaces de encontrar buenos empleos por sí mismos y rodeados de comunidades que ofrecían pocas conexiones o apoyo social."

Esto describía perfectamente a los montañeses de Middletown, pero no era la intención; Wilson escribía sobre los negros de los centros urbanos. El autor experimentó el mismo choque de reconocimiento en otro libro sobre los problemas de los negros urbanos: Losing Ground, de Charles Murray.

En una visita a su padre biológico, el autor se dio cuenta de que también faltaba algo en la vida religiosa de su comunidad:

 "La iglesia de papá ofrecía algo que la gente como yo necesitaba desesperadamente. A los alcohólicos les ofrecía una comunidad de apoyo y la sensación de que no estaban luchando solos contra la adicción. A las mujeres embarazadas les ofrecía un hogar gratuito con formación laboral y clases de crianza. Cuando alguien necesitaba un trabajo, los amigos de la iglesia podían proporcionárselo o presentárselo. Cuando papá tuvo problemas económicos, su iglesia se unió y compró un coche usado para la familia. En el mundo roto que veía a mi alrededor, la religión ofrecía ayuda tangible para mantener a los fieles en el buen camino."

La abuela del autor leía la Biblia con regularidad, pero nunca iba a la iglesia: La gente de mi pueblo era profundamente religiosa, pero sin ningún apego a una verdadera comunidad eclesiástica». En el centro del Cinturón Bíblico, la asistencia activa a la iglesia es en realidad bastante baja». Las iglesias que existen allí tienden a ser «pesadas en retórica emocional pero ligeras en el tipo de apoyo social necesario para permitir que a los niños pobres les vaya bien.»

Durante mucho tiempo, el autor quiso creer desesperadamente que los problemas de su comunidad se debían a fuerzas externas: que si se recuperaba la industria, las patologías desaparecerían. Pero vio demasiados ejemplos de personas que respondían de la peor manera posible a retos ciertamente reales. Su comunidad era

 "un mundo de comportamiento verdaderamente irracional. Gastamos hasta caer en la pobreza. Compramos televisores gigantes y iPads. Nuestros hijos visten ropa bonita gracias a tarjetas de crédito de alto interés y préstamos de día de pago. Compramos casas que no necesitamos, las refinanciamos para gastar más y nos declaramos en quiebra, a menudo dejándolas llenas de basura a nuestro paso. Nuestros hábitos alimenticios y de ejercicio parecen diseñados para enviarnos a una tumba prematura. En algunas zonas de Kentucky, la esperanza de vida es de sesenta y siete años, una década y media menos que en la cercana Virginia."

En consonancia con las elevadas exigencias a las que los montañeses someten a sus hijos, se esperaba que el autor fuera a la universidad. Pero tenía la fuerte sospecha de que, a pesar de su mejor rendimiento escolar, no estaba preparado. Un primo le aconsejó que se alistara en el Cuerpo de Marines: «Te pondrán el culo en forma a latigazos». Fue un buen consejo:

    Los Marines cambiaron las expectativas que tenía de mí mismo. En el campamento de entrenamiento, la idea de trepar por una cuerda de diez metros me aterrorizaba; al final del primer año, podía trepar por la cuerda con un solo brazo. Antes de alistarme, nunca había corrido una milla sin parar. En mi última prueba de aptitud física, corrí tres en diecinueve minutos.

El cuerpo también comprende la necesidad de compensar la falta de capital social en muchas de las comunidades de origen de sus reclutas:

"El Cuerpo de Marines asume la máxima ignorancia de sus alistados. Supone que nadie te ha enseñado nada sobre forma física, higiene personal o finanzas personales. Recibí clases obligatorias sobre cómo llevar un talonario de cheques, ahorrar e invertir. Cuando volví a casa del campo de entrenamiento con mis mil quinientos dólares depositados en un banco regional mediocre, un marine alistado superior me llevó a Navy Federal -una respetada cooperativa de crédito- y me hizo abrir una cuenta.

    En los Marines, mi jefe no solo se aseguraba de que hiciera un buen trabajo, sino también de que mantuviera limpia mi habitación, me cortara el pelo y planchara mis uniformes. Envió a un marine mayor para que me supervisara mientras compraba mi primer coche, para que acabara comprando un coche práctico y no el BMW que yo quería. Cuando estuve a punto de financiar la compra directamente en el concesionario con un préstamo al 21% de interés, mi acompañante se enfadó y me ordenó que llamara a Navy Fed para que me dieran un segundo presupuesto (el interés era menos de la mitad). No tenía ni idea de que la gente hiciera estas cosas. ¿Comparar bancos? Creía que todos eran iguales. ¿Buscar un préstamo? Me sentía tan afortunado de obtener un préstamo que estaba dispuesto a apretar el gatillo inmediatamente. El Cuerpo de Marines me exigió que pensara estratégicamente sobre estas decisiones, y luego me enseñó cómo hacerlo."

Quizá lo que lugares como Middletown necesiten aún más que la reapertura de las fábricas sean unos cuantos sargentos de la Infantería de Marina.

 "Los psicólogos [hablan de] «indefensión aprendida» cuando una persona cree, como yo durante mi juventud, que las decisiones que tomaba no tenían ningún efecto en los resultados de mi vida. El mundo de pequeñas expectativas de Middletown me había enseñado que no tenía ningún control... . Siempre que me preguntan qué es lo que más me gustaría cambiar de la clase trabajadora blanca, digo: «La sensación de que nuestras elecciones no importan». El Cuerpo de Marines extirpó esa sensación como un cirujano extirpa un tumor."

En resumen, el cuerpo fue el segundo paso esencial, después de mudarse de casa de su madre a casa de su abuela, que permitió el ascenso a lo Horatio Alger del autor. Ohio State presentaba pocos retos para un veterano de la Marina. Tenía dos trabajos fuera del campus, además de una agenda repleta de cursos, pero aun así se graduó summa cum laude en menos de dos años, con una doble licenciatura.

Al graduarse en agosto, tuvo que esperar un año para empezar la carrera de Derecho. Este último año en Middletown le hizo darse cuenta del contraste entre su optimismo sobre su propia vida y la mentalidad de la mayoría de sus contemporáneos. Sus amigos y familiares le enviaban constantemente historias sobre Obama aplicando la ley marcial para conseguir un tercer mandato, planes del gobierno para implantar microchips en los ciudadanos estadounidenses, la masacre de Newtown escenificada como preludio de la confiscación de armas, etc.

La extravagancia de estas teorías no era lo que más le preocupaba. Más bien era su constante mensaje subyacente de que estamos indefensos. Los poderosos controlan todo lo que vemos suceder, y nada de lo que hagamos cambia las cosas.

   "Aquí es donde la retórica de los conservadores modernos (y digo esto como uno de ellos) fracasa a la hora de enfrentarse a los retos reales de sus mayores electores. En lugar de fomentar el compromiso, los conservadores fomentan cada vez más el tipo de distanciamiento que ha minado la ambición de tantos de mis compañeros. El mensaje de la derecha es cada vez más: No es culpa tuya que seas un perdedor; es culpa del gobierno»."

El autor también se dio cuenta de los torpes esfuerzos de los de fuera por ayudar a la atribulada vida de su comunidad. La legislatura de Ohio debatió un proyecto de ley para ilegalizar a los prestamistas de día de pago, a quienes veían como tiburones depredadores. Pero los políticos «apreciaban poco el papel de los prestamistas de día de pago en la economía sumergida que ocupaba gente como yo». El autor describe cómo un prestamista de este tipo podría resolver importantes problemas financieros a la gente de un lugar como Middletown. «¿La lección? La gente poderosa a veces hace cosas para ayudar a gente como yo sin entender a la gente como yo.»

Algo parecido ocurría con el derecho de familia:

"A ojos de la ley, mi abuela era una cuidadora sin formación y sin licencia de acogida. Si las cosas le iban mal a mi madre en los tribunales, era tan probable que me encontrara con una familia de acogida como con mamá. La idea de separarme de todos y de todo lo que quería me aterraba. En otras palabras, los servicios sociales de nuestro país no están hechos para las familias campesinas, y a menudo empeoran los problemas."

Las experiencias del autor en la Facultad de Derecho de Yale son un estudio del choque cultural. Se queda estupefacto al enterarse de que Tony Blair viene al campus sólo para dirigirse a un pequeño grupo de estudiantes, pero descubre que todos los demás se muestran indiferentes al respecto: «Sí, habla en Yale todo el tiempo; su hijo es estudiante».

Todos los años, reclutadores de prestigiosos bufetes de abogados acuden a New Haven en busca de talentos jurídicos. Es el llamado Programa de Entrevistas de Otoño, una semana maratoniana de cenas, cócteles, visitas a las suites y entrevistas. El autor lo vive como el paleto que es:

    "Finalmente me armé de valor y respondí que sí cuando alguien me preguntó si quería vino y, en caso afirmativo, de qué tipo. «Tomaré blanco», dije, lo que pensé que zanjaría la cuestión. «¿Quiere sauvignon blanc o chardonnay?». Pensé que me estaba tomando el pelo. Pero, gracias a mi capacidad de deducción, me di cuenta de que se trataba de dos tipos distintos de vino blanco. Así que pedí un chardonnay, porque era más fácil de pronunciar."

Su puesta en escena en la mesa provoca pánico: «Miré hacia abajo y observé un número absurdo de instrumentos. ¿Nueve utensilios? ¿Por qué, me pregunté, necesitaba tres cucharas? ¿Por qué había varios cuchillos de mantequilla?». Sólo una rápida carrera hasta el servicio de caballeros y una llamada de emergencia a su novia, que no es campesina, le ayudan a superar la prueba.

Más tarde se entera de que todo el proceso se trata de:

    "pasar una prueba social: una prueba de pertenencia, de mantenerse en la sala de juntas de una empresa, de establecer contactos con posibles futuros clientes. Nuestras entrevistas no se centraban tanto en las notas o los currículos; gracias al pedigrí en Derecho de Yale, ya teníamos un pie en la puerta."

Los rocambolescos malentendidos ocultan una lección más profunda:

    "Los ricos y poderosos no son sólo ricos y poderosos, sino que siguen un conjunto diferente de normas y costumbres. Siempre había pensado que cuando necesitas un trabajo, buscas en Internet ofertas de empleo. Y luego envías una docena de currículos. El problema es que prácticamente todos los que siguen esas reglas fracasan. Esa semana de entrevistas me demostró que las personas de éxito juegan a otro juego. No inundan el mercado laboral de currículos con la esperanza de que algún empresario les conceda una entrevista. Establecen contactos. Envían correos electrónicos a los amigos de sus amigos. Piden a sus tíos que llamen a antiguos compañeros de universidad. Hacen que sus padres les digan cómo vestirse, qué decir y con quién charlar.

    Eso no significa que la solidez de tu currículum o tu rendimiento en la entrevista sean irrelevantes. Esas cosas importan. Pero hay un enorme valor en lo que los economistas llaman capital social. Es un término de catedrático, pero el concepto es bastante sencillo: Las redes de personas e instituciones que nos rodean tienen un valor económico real. Nos ponen en contacto con las personas adecuadas, nos garantizan oportunidades e imparten información valiosa. Sin ellas, vamos por libre."

 El autor descubrió que sólo aprendiendo a hacer las preguntas adecuadas a las personas adecuadas podían evitarse costosos errores y descubrirse valiosas oportunidades.

Al autor le esperaba otro tipo de choque cultural cuando visitó a la familia de su prometida para cenar:

    "Me sorprendió la falta de dramatismo. La madre [de mi prometida] no se quejaba de su padre a sus espaldas. No hubo insinuaciones de que buenos amigos de la familia fueran mentirosos o traidores, ni intercambios airados entre la mujer y la hermana del hombre. Cuando le pregunté a su padre por un familiar relativamente distanciado, esperaba oír una perorata sobre defectos de carácter. Lo que oí en cambio fue simpatía y un poco de tristeza."

El autor también luchó por desaprender la cultura del honor de los paletos. Durante los primeros 18 años de su vida, no aceptar un insulto le habría valido un latigazo verbal por ser un «maricón» o un «pelele». En el prestigioso bufete de abogados en el que trabaja ahora, obedecer a su impulso de responder a los desaires percibidos con los puños le haría parecer más un lunático que un tipo duro. Como él mismo dice, los paletos «sufren una peculiar crisis de masculinidad en la que algunos de los rasgos que nuestra cultura inculca dificultan el éxito en un mundo cambiante».

El choque cultural se produjo en ambos sentidos; el autor se sorprendió al verse convertido en objeto de interés para sus nuevos conocidos.

     "Muy poca gente en la Facultad de Derecho de Yale es como yo. Puede que se parezcan a mí, pero a pesar de toda la obsesión de la Ivy League por la diversidad, prácticamente todos -negros, blancos, judíos, musulmanes, lo que sea- proceden de familias intactas que nunca se preocupan por el dinero. Profesores y compañeros parecían realmente interesados en lo que a mí me parecía una historia aburrida: Fui a un instituto público mediocre, mis padres no fueron a la universidad, [etc.] En Yale, muchos de mis amigos nunca habían pasado tiempo con un veterano de las guerras más recientes de Estados Unidos."

Todo el mundo en Yale cree teóricamente en la importancia de la movilidad social, pero muchos se quedan perplejos cuando ésta se produce realmente y da lugar a que conozcan a alguien como el autor. Incluso oyó por casualidad a uno de sus profesores sugerir que la facultad de Derecho de Yale no debería aceptar aspirantes de escuelas estatales no prestigiosas. Y concluye: «Una forma en que nuestra clase alta puede promover la movilidad ascendente es abriendo sus corazones y mentes a los recién llegados que no acaban de pertenecer».

 Hillbilly Elegy es un libro extraordinario de un hombre que, a una edad comparativamente temprana (31 años en el momento de su publicación), ha alcanzado una verdadera percepción del significado social más profundo de su propia vida. Pero, ¿tiene el libro lecciones para nosotros? El planteamiento del autor es más sociológico que biológico; en todo caso, su paso por Yale ha reforzado su ortodoxia racial. Ciertamente, el libro puede leerse como un cuento con moraleja contra cualquier sentido de complacencia basado en la raza que puedan tener los estadounidenses blancos frente a la disfunción negra; hace comprender al lector lo vulnerables que son muchos blancos a los mismos problemas. Como he escrito en otras ocasiones, los blancos no son inmunes a una especie de «reafricanización» en circunstancias sociales desfavorables.

Los admiradores de Sam Francis también apreciarán el relato del autor sobre la mentalidad fatalista de los blancos más pobres, su pérdida de cualquier sentido de agencia personal. Esta mentalidad puede constituir no tanto un fracaso como un éxito del actual régimen estadounidense. Como escribió Francis en 1992:

     "La inculcación de la pasividad por parte del sistema empresarial y su élite es una base esencial de su poder, no sólo en el plano político, sino también en los planos social, económico y cultural. Toda la estructura del sistema depende de la manipulación de sus miembros para que crean (o no desafíen la suposición) de que no son capaces de realizar las simples funciones sociales que todas las sociedades humanas de la historia han realizado de forma rutinaria. Los propagandistas del sistema nos enseñan constantemente que no somos capaces de educar a nuestros propios hijos, de cuidar de ellos sin maltratarlos, de cuidar de nuestra salud o de nuestra vejez, de hacer cumplir nuestras propias leyes, de defender nuestros hogares y barrios o de ganarnos la vida. No somos capaces de pensar por nosotros mismos sin omnipresentes y autoproclamados expertos que nos expliquen lo que vemos y oímos, ni de formarnos nuestros propios gustos y opiniones sin el consejo de expertos, ni siquiera de decidir cuándo reírnos cuando vemos la televisión."

 Esta es una descripción bastante buena del tipo de mentalidad que nuestras instituciones -aparte, quizá, del Cuerpo de Marines- están diseñadas para fomentar. Y el progreso económico de los escoceses-irlandeses del Rust Belt no es el único cambio positivo que tales hábitos mentales pueden obstaculizar. Muchos miembros de la derecha pro-blanca son vulnerables al mismo estilo de conspiración que los frustrados ciudadanos de Middletown. Al margen de la veracidad o falsedad de cualquier teoría concreta, suelen transmitir un subtexto de impotencia: Los poderosos lo tienen todo bajo control. Aunque los que ofrecen semejante consejo de desesperación pueden creerse más sofisticados que los patanes que creen lo que oyen en Fox News, en realidad pueden ser los productos más perfectos del adoctrinamiento del gerencialismo en la pasividad y la impotencia.

Los poderosos nunca tienen todo bajo control. Hoy en día, sienten pánico ante la idea de que a un disidente racial se le permita hablar en un campus universitario. Si un paleto de un hogar desestructurado puede recuperar su sentido natural de la agencia para cambiar su propia vida, podemos derrotar a los representantes corruptos de una ideología raída."               

( , The Unz Review, 28/04/17, traducción DEEPL)

8/5/23

El candidato a la alcaldía de Santander que se ha tatuado el Quijote... llama la atención que apueste por una dimensión mucho más amplia de la cultura... pero es que son precisamente las clases trabajadoras las que no se pueden permitir la separación de la cultura. Las clases con más recursos, que cada vez le dan menor importancia, y que ya ni siquiera la utilizan como marcador social, pueden dedicar su tiempo a otras actividades ociosas. Pero los estratos menos favorecidos no pueden darse ese lujo, ya que reduce sus perspectivas vitales: "En lugar de que tu campo de visión se estreche lo máximo posible, se trata de poder acceder a ese terreno que amplía la libertad, que es el valor político supremo. La cultura forma parte de la expresión humana más fundamental y nos da la posibilidad de elevarnos a una categoría civil superior". Y, en este orden, "el movimiento obrero siempre entendió que era fundamental que los trabajadores participaran, que generaran sus propias pautas y expresiones" (Esteban Hernández)

 "Hay momentos en los que se condensa toda una vida. En ellos se toman decisiones que son percibidas como producto de un ímpetu irreflexivo, pero que, desde una perspectiva larga, están tejidos por una rocosa coherencia. Uno de esos instantes vivió Keruin P. Martínez (Puerto Plata, República Dominicana, 1989) en un autobús del que decidió apearse. Martínez llegó a España con 12 años y se instaló con su familia en Galicia. A los 17 se marchó a Santander. Era un joven con inquietudes, por lo que sus profesores insistieron en que continuase formándose después de la ESO. 

Martínez tenía escasos recursos, provenía de la clase trabajadora, y la educación suponía un camino de salida obvio. Se matriculó en formación profesional, en el área informática, ya que se trataba de un sector que prometía muchas posibilidades laborales. "El cuarto día de curso", explica Martínez, "iba hacia clase, dándole vueltas a la cabeza. Me bajé del autobús y fui directo a matricularme en Historia".

En términos objetivos, parecía una mala decisión: implicaba cambiar un sector en auge por otro en declive; optar por un futuro laboralmente improbable en lugar de por uno ventajoso. Este es uno de los reproches que suelen formularse por los economistas a las poblaciones: eligen carreras sin recorrido en el mercado en lugar de formarse en aquello que se cotiza. Así se explica que no haya clases medias: muchos de sus hijos prefieren cursar humanidades y se condenan a la precariedad, en lugar de estudiar matemáticas o tecnología y alcanzar el éxito.

El impulso de Keruin Martínez iba más allá de ese determinismo económico. Quizá le condenase a una vida materialmente más precaria (su sustento ha sido la hostelería), pero era difícil resistirse a "un gran deseo de conocer que me ha llevado a formarme continuamente". Y más difícil todavía resultaba evitar el impulso ético. Su decisión vinculaba su vida con la cultura, con aquello "que ha posibilitado al ser humano dar un salto desde las necesidades básicas de la supervivencia a un escalón superior, y que nos permitía acumular, transmitir y generar experiencias". No se trataba únicamente de estudiar una materia que pudiera ser útil a la hora de buscar trabajo, sino de conocer y entender una sociedad de la que se forma parte. Algo a lo que hemos renunciado, porque creemos que las humanidades no son más que una vía de descenso social.

Lo que los trabajadores no se pueden permitir

Martínez lo analiza justo en sentido contrario, y por eso lo lleva al terreno político. Son precisamente las clases trabajadoras las que no se pueden permitir la separación de la cultura. Las clases con más recursos, que cada vez le dan menor importancia, y que ya ni siquiera la utilizan como marcador social, pueden dedicar su tiempo a otras actividades ociosas. Pero los estratos menos favorecidos no pueden darse ese lujo, ya que reduce sus perspectivas vitales: "En lugar de que tu campo de visión se estreche lo máximo posible, se trata de poder acceder a ese terreno que amplía la libertad, que es el valor político supremo. La cultura forma parte de la expresión humana más fundamental y nos da la posibilidad de elevarnos a una categoría civil superior". Y, en este orden, "el movimiento obrero siempre entendió que era fundamental que los trabajadores participaran, que generaran sus propias pautas y expresiones".

Martínez, que se declara humanista en el sentido clásico, "nada de lo humano me es ajeno", siente un especial aprecio por la figura de don Quijote: "Formo parte de la civilización hispánica, o si quieres, latina, que es el sustrato general y mestizo en el que nos hemos formado todos. Ahora parece normal que asumamos elementos propios de lo anglosajón y nos resulta extraño algo que proviene de España. Pero el Quijote es un símbolo que condensa mucho de lo mejor de nuestra idiosincrasia, y siempre ha estado presente en mi vida".

En una época de "pesadumbre ideológica, en la que muchos elementos clave del universo cultural de la izquierda estaban siendo puestos en cuestión", decidió realizar un acto simbólico: se tatuó la figura de don Quijote que dibujó Picasso. "Es un personaje trágico, a veces patético, en el que vive un idealismo necesario", que le resultaba idóneo para entender cuál era su lugar, y para asumir que "da igual lo cansados que estemos y lo oxidadas que estén nuestras armas, porque la pelea sigue ahí. Era el momento de coger la adarga, subir al rocín, hacerse acompañar por un perro flaco y tirarse a los caminos".

Las preguntas que nos formula

Más allá de su posicionamiento en un ámbito ideológico concreto, la historia de Keruin Martínez nos interpela desde varios puntos de vista. El olvido, cuando no el desprecio, por elementos reflexivos y creativos de nuestra sociedad está tomando cuerpo de una manera insistente. Las experiencias históricas pueden ser iluminadoras respecto del presente, de los retos que afrontamos hoy, y de los caminos que podemos seguir en el futuro, pero las consideramos simple materia para series y novelas. 

 Las ciencias sociales se han convertido en una medición continua de variables que nos ofrecen una foto acerca de lo que la gente dice de sí misma, pero que, a menudo, no nos permiten conocer en profundidad los elementos políticos y sociales que atraviesan nuestra sociedad, y menos aún anticipar las tendencias que conformarán los años próximos. La creación cultural es mucho más un instrumento de generación de recursos, y de elementos distintivos entre clases progresistas, que una forma de conocimiento y de conexión con las constantes humanas y de creación de nuevas expresiones. Todo aquello que tiene que ver con el conocimiento y con la creación parece fácilmente reemplazable por sistemas mecanizados y sistematizados que últimamente llaman inteligencia artificial.

Esa misma perspectiva, además, toma cuerpo en las profesiones: las disciplinas salidas del humanismo son consideradas un residuo del pasado que carecen de validez para ganarse la vida, de modo que lo mejor que se puede hacer es relegarlas a aficiones para tiempo de ocio. Es una forma de pensar que está deteriorando nuestra sociedad, porque nos impide pensar sobre ella, entender causas y efectos, y, por tanto, elegir las mejores soluciones.

En esto coinciden, además, la derecha y la izquierda. Unos porque la reducen a formas de ocio, ya poco distinguidas, los otros porque la perciben como un instrumento de atracción de la atención de los jóvenes y de generación de opinión política: su idea de la cultura es que Jorge Javier o Ibai les den su apoyo en las elecciones, quizá porque "confunden la herramienta con el mensaje y se vuelven instrumentalistas y constructivistas".

Por eso llama la atención que Keruin Martínez, candidato a la alcaldía de Santander por Izquierda Unidas-Podemos, apueste por una dimensión mucho más amplia de la cultura, que lo haga de una manera decididamente anclada en nuestra herencia histórica, y que entienda y defienda todo aquello que nos aporta, individualmente y como sociedad."                       (Esteban Hernández, El Confidencial, 06/05/23)

28/10/22

Lean a Mike Davis

 "Mike Davis, geógrafo e historiador estadounidense, falleció este martes 25 de octubre. No hubo mejor escritor socialista en las últimas cuatro décadas. 

 En 2017 o 2018, finalmente recogí la copia de El monstruo llama a nuestra puerta de Mike Davis de los estantes en los que había estado durante unos años y la leí. Davis había acertado en tantas cosas —el auge del Estado carcelario y la vigilancia omnipresente, los desastres ecológicos que se apoderarían de la California suburbana, el auge de los «paraísos del mal» despiadadamente protegidos y patrullados con vistas a los barrios marginales, por nombrar un puñado al azar— que me sentí honestamente aliviado de que se equivocara en cuanto a que una desastrosa pandemia de gripe aviar se apoderaría de las ciudades del mundo en las décadas de 2000 y 2010. 

El libro era excelente, como siempre, en su relato del modo en que la agricultura industrial y los patógenos naturales se combinaban para crear nuevos virus que podían ser fácilmente transmitidos por los humanos, pero… no ocurrió, ¿verdad? Por fin, pensé, Mike Davis estaba equivocado en algo, y volví a poner el libro en la estantería. Y aquí estamos, en el otoño de 2022, al final de tres años de una pandemia desastrosa y evitable, resultado de un nuevo virus que surgió en gran medida de la manera descrita en El monstruo llama a nuestra puerta. Y ahora, nos quedamos sin Mike Davis.

Habrá mucha gente que llore a Mike Davis, y en todo esto es importante recordar, mientras las anécdotas se suceden, lo jodidamente bueno que era como escritor. No ha habido casi nadie con sus dotes en las cuatro décadas —1980, 1990, 2000, 2010— en las que publicó prolíficamente. Su talento para pasar repentinamente de lo panorámico a lo minuciosamente particular, para obligarse a mirar lo peor de las «cosas nuevas y malas» sin abandonar la búsqueda de las semillas de un cambio positivo y socialista, la oscuridad de su humor, la amplitud de su lectura, el ímpetu crepitante y sin jerga pero denso y contundente de su prosa: en todo ello no tuvo rival.

Vale la pena detenerse a recordar estos libros, leerlos y volver a leerlos. Cuando lo hagan, descubrirán que tienen una sutileza que desmiente el fácil retrato de Davis como un profeta de la fatalidad unidimensional. Empecemos, por ejemplo, con su primer libro (un libro atípico, ya que es uno de los pocos que no es en cierto sentido una obra de geografía), Prisioners of the American Dream, publicado en 1986. 

Allí Davis interviene en el interminable debate sobre por qué Estados Unidos, a pesar de la fuerza que tuvo en su día el movimiento obrero, nunca ha producido un partido socialista de masas de ningún tipo. Su respuesta es esencialmente una palabra —racismo—, pero argumenta a través de los diversos momentos en los que parecía que podría haber sido diferente, especialmente las enormes olas de huelgas de los años 30 que culminaron en la creación de la federación sindical CIO como alternativa de lucha a la profundamente racista y conservadora AFL; pero la CIO fue derrotada en su intento de organizar el Sur, y ambas se fusionaron en los McCarthyianos años 50.

Es popular en algunos círculos el argumento de que los fracasos históricos de la izquierda estadounidense para desafiar el racismo y el imperialismo condenan al movimiento obrero estadounidense de forma permanente en una versión maoísta del pecado original; pero ese no era el argumento de Davis. Hace unos años, argumentó, respondiendo a una frase demasiado citada de Raymond Williams, que «la esperanza no es una categoría científica. Tampoco es una obligación necesaria en la escritura polémica». 

Pero si «esperanza» no es la palabra adecuada, su obra, incluso en sus momentos más oscuros, siempre ha buscado posibilidades y formas de intervenir en el presente, y en Prisioners la encontró, hasta cierto punto, en la «coalición arco iris» de activistas sindicales, de derechos civiles y de la izquierda en torno a la campaña presidencial de Jesse Jackson, antes de que fuera hundida tanto por la maquinaria del Partido Demócrata como por los propios fallos manifiestos de su figura.

Esta insistencia en analizar lo que está sucediendo, sin importar lo sombrío que sea, significa que algunos de los libros son excepcionalmente oscuros. Un gran número de teóricos del urbanismo han encontrado que la expansión de los asentamientos autoconstruidos en los márgenes de las ciudades del Sur Global es «super interesante», ejemplos fascinantes de una arquitectura sin arquitectos, un ejemplo inspirador de autoayuda a la antigua. Planeta de ciudades miseria no lo hace. En su lugar, pinta un cuadro espantoso de la pobreza victoriana, con la «esperanza» canalizada principalmente en iglesias evangélicas ferozmente reaccionarias. 

La escalofriante antología Evil Paradises (editada con Daniel Bertrand-Monk), por su parte, trata de los enclaves construidos por los ricos desde los Emiratos Árabes Unidos hasta Shangai, pasando por Johannesburgo y Budapest; y esos «paraísos» no han hecho más que proliferar desde que se publicó ese libro (pensemos en la ciudad lineal de «pisos de lujo» que se extiende a lo largo del Támesis desde la central eléctrica de Battersea hasta el Arsenal de Woolwich). 

La otra obra de Davis, Los holocaustos de la era victoriana tardía, describe con gran detalle cómo los fenómenos meteorológicos y la destrucción por parte de las potencias imperiales occidentales de los sistemas de ayuda a la hambruna crearon varias oleadas de muertes masivas evitables en el mundo colonizado, especialmente en la India, entre las décadas de 1870 y 1890; una catástrofe sistemáticamente ocultada a la escala de los desastres más conocidos del siglo XX. Estos libros no están impulsados por la desesperación, sino por la rabia.

Ciudad de Cuarzo es el clásico por excelencia, el que «si tienes que leer solo uno», debes leer. Hablando por mí, es el libro que, por encima de todos los demás, hizo que me interesara por el choque entre la geografía y la política, y lo releo cada pocos años. Su descripción de Los Ángeles como la monstruosa ciudad del futuro, una fábrica de sueños protegida por un cuerpo de policía casi fascista, se desarrolla junto a la historia de una LA en la sombra, una ciudad industrial y multicultural de experimentos socialistas, revueltas por los derechos civiles y erupciones justas. 

Uno de ellos, los disturbios de Los Ángeles de 1992, se produciría tan pronto después de la publicación del libro que inició la percepción, no del todo inexacta, de Davis como una especie de vidente, aunque él habría señalado con razón que trazar el desarrollo de una ciudad capitalista y mantener el oído en el suelo no es ninguna profecía. 

El reverso de la apocalíptica LA de Ciudad de Cuarzo y Ecology of Fear es la nueva ciudad americana que emerge en Urbanismo mágico, un libro sobre la hispanización de las áreas urbanas de Norteamérica, y cómo eso ha creado un nivel de politización y (para robar una frase de Paul Gilroy) una «cultura convivencial» en contraste con los nuevos mundos privatizados, paranoicos y brutalmente vigilados descritos en los libros anteriores. 

Davis tenía reservas justificadas sobre el socialismo electoral, pero sin duda se alegró por el hecho de que el reciente resurgimiento del socialismo democrático en Estados Unidos fuera especialmente fuerte en el sur de California y Nevada.

Pero hay dos textos tardíos en los que me he encontrado pensando más en los últimos años, en medio de otro ciclo de vertiginosa esperanza y miserable derrota, en una situación en la que simplemente no podemos permitirnos como especie que la izquierda desaparezca de nuevo, como lo hizo de Europa y Norteamérica en las décadas de 1990 y 2000. Uno de ellos es el ensayo, incluido en Old Gods, New Enigmas, «Who Will Build the Ark?». Dentro de este ensayo sobre la necesidad del ecosocialismo hay un pasaje sobre las formas que podría adoptar el arca, una clara afirmación de un modernismo socialista que a menudo se echa de menos en los escritos de Davis.

(…) las conversaciones de finales del siglo XIX y principios del XX sobre la «ciudad socialista» proporcionan puntos de partida inestimables para pensar en la crisis actual. Consideremos, por ejemplo, a los constructivistas. El Lissitzky, Melnikov, Leonidov, Golosov, los hermanos Vesnin y otros brillantes diseñadores socialistas —limitados como estaban por la temprana miseria urbana soviética y la drástica escasez de inversión pública— propusieron aliviar la congestionada vida en los apartamentos con clubes obreros, teatros populares y complejos deportivos espléndidamente diseñados. Dieron prioridad urgente a la emancipación de las mujeres proletarias mediante la organización de cocinas comunales, guarderías, baños públicos y cooperativas de todo tipo. Aunque preveían que los clubes de trabajadores y los centros sociales, vinculados a las grandes fábricas fordistas y a los eventuales rascacielos, serían los «condensadores sociales» de una nueva civilización proletaria, también estaban elaborando una estrategia práctica para mejorar el nivel de vida de los trabajadores urbanos pobres en circunstancias por lo demás austeras.
En el contexto de la emergencia medioambiental global, este proyecto constructivista podría traducirse en la propuesta de que los aspectos igualitarios de la vida en la ciudad proporcionan sistemáticamente los mejores soportes sociológicos y físicos para la conservación de los recursos y la mitigación del carbono. De hecho, hay pocas esperanzas de mitigar las emisiones de efecto invernadero o de adaptar los hábitats humanos al Antropoceno, a menos que el movimiento para controlar el calentamiento global converja con la lucha por elevar el nivel de vida y abolir la pobreza mundial. Y en la vida real, más allá de los escenarios simplistas del IPCC, esto significa participar en la lucha por el control democrático del espacio urbano, los flujos de capital, las cuencas de recursos y los medios de producción a gran escala.
La crisis interna de la política medioambiental actual es precisamente la falta de conceptos audaces que aborden los retos de la pobreza, la energía, la biodiversidad y el cambio climático dentro de una visión integrada del progreso humano.

Demasiado largo para un banner o un tuit, pero si tengo un credo, es éste. El otro está en su último libro, escrito con Jon Wiener, Set the Night on Fire. L.A. In the Sixties. El libro trata de cómo esta ciudad brutalmente segregada, plagada de clases y razas, produjo la proliferación de una nueva cultura de movimientos socialistas y de liberación, y cómo estos fueron finalmente aplastados. Al final del libro, Davis y Wiener destacan ese doblegamiento y los horrores del sur y el este de Los Ángeles en las décadas de 1980 y 1990 que resultaron de la derrota.

Desde esta perspectiva se podría concluir que todo el sueño, la pasión y el sacrificio de aquella época no sirvieron para nada. Pero la mejor manera de concebir los años sesenta en Los Ángeles es como una siembra cuyas semillas crecieron hasta convertirse en tradiciones vivas de resistencia. Los movimientos surgieron y cayeron, pero los compromisos individuales con el cambio social fueron duraderos y heredables. Miles de personas siguieron llevando vidas activistas como organizadores de sindicatos, médicos y abogados progresistas, maestros de escuela, defensores de la comunidad, empleados de la ciudad y, quizás lo más importante, como padres.

Pocos escritores han sembrado tanto como Mike Davis."                 ( , JACOBINLAT, 27/10/22)

29/4/22

Pasolini quiso retratar especialmente la maniobra social y destructora que la sociedad de consumo -es decir, la producción de bienes en masa-, habría llevado a cabo transformando la sociedad con una envoltura de falso progresismo y tolerancia... Por encima de ello, caracterizó a la sociedad de consumo -entendida como entidad unificadora universal- como la más represiva de los totalitarismos... Este carácter destructor de la sociedad lo sufren primeramente los jóvenes. ‘El poder […] ha destruido toda cultura anterior para crear una cultura propia, hecha de pura producción y consumo y, por consiguiente, de falsa felicidad.’ Continúa después: Vuestras pocas élites cultas -socialistas, o radicales, o católicas avanzadas- quedan ahogadas por una parte por el conformismo y de otra por la desesperación. Los únicos que todavía se baten por una cultura y en nombre de la cultura son los jóvenes comunistas... apuesta por una ruptura frontal y sin diálogo de convivencia con la sociedad de consumo... Los valores preconsumistas: el honor, la confianza, la amistad, el homoerotismo, la virilidad o la dignidad, han sido sustituidos, las relaciones interpersonales completamente debilitadas, y la mujer, humillada

 "Imagínese una reunión entre Pier Paolo Pasolini y algún directivo de Netflix. La multinacional le explica que para hacer un guión llamativo, este ha de ser, por fuerza, inclusivo. La fuerza del guión se basaría en esto y no al contrario ¿Se acerca esto a la realidad actual tanto en Occidente como en Asia? Probablemente Pasolini se levantase de un portazo dando la respuesta. En 2022 se cumplen 100 años del director Pier Paolo Pasolini: homosexual, comunista, y contrario a la mediocridad que el capitalismo ha dirigido durante el siglo XX.

Además, fue, y es elogiado por ciertos sectores de la Iglesia Católica. La acepción por parte de la potestad eclesiástica le fue concedida por ‘El evangelio según San Mateo’ (1964). Se decía que tuvo que venir un ateo a rodar la mejor película sobre la vida de Jesucristo. Probablemente la clave de que gustara tanto es que el director viera la historia de Jesucristo como un ejemplo -de modernización social- opuesto a la modernidad. Algo así como una versión antropológica fuera de los estigmas de poder narrados en el cine de Hollywood. Jesucristo ríe, se enoja y duda.

 Es humano, a fin de cuentas. En definitiva, Pasolini recreaba entornos emocionales inclusivos sin ser este su foco de mira principal. Este modo de librepensamiento le hizo granjearse enemigos en todos los entornos que él consideraba dogmáticos en la sociedad italiana. Por encima de ello, caracterizó a la sociedad de consumo -entendida como entidad unificadora universal- como la más represiva de los totalitarismos.

Para el cine de corte social y realista, las condiciones materiales son cruciales para que la cinta funcione, es decir: retratar el momento preciso de la manera más concreta. Como en el ejemplo anterior, Pasolini viajó durante un año por los alrededores de Palestina e Israel para grabar El evangelio según San Mateo, y hasta contrató a un actor <virgen> -cinematográficamente hablando- (Enrique Irazoqui) delante de las cámaras para que la pureza del personaje fuera más real y evidente. Hasta cinco instituciones bancarias denegaron la financiación del proyecto por miedo a la censura.

El neorrealismo italiano supo retratar mejor que nadie la diferencia de clases y la crudeza de la pobreza que vivió Italia -especialmente en el sur- después de la segunda gran guerra. El cine italiano era impactante y demoledor, y también uno de los géneros más puros y cercanos a la realidad, donde todavía a día de hoy, no nos hemos acercado tanto a la realidad en términos de <reflejo social>. Pasolini quiso retratar especialmente la maniobra social y destructora que la sociedad de consumo -es decir, la producción de bienes en masa-, habría llevado a cabo transformando la sociedad con una envoltura de falso progresismo y tolerancia. Idea que, entre otros, desarrollaría Zizek en su obra En defensa de la intolerancia (1998). A lo largo de la historia, el concepto de tolerancia no ha actuado como idea positiva, donde Pasolini la cita exclusivamente con carácter nominal: es decir, como papel mojado. Sí lo ha hecho sin embargo la intolerancia (por ejemplo, podemos decir que los romanos no toleraban a los cristianos). Este carácter destructor de la sociedad lo sufren primeramente los jóvenes. ‘El poder […] ha destruido toda cultura anterior para crear una cultura propia, hecha de pura producción y consumo y, por consiguiente, de falsa felicidad.’ Continúa después: Vuestras pocas élites cultas -socialistas, o radicales, o católicas avanzadas- quedan ahogadas por una parte por el conformismo y de otra por la desesperación. Los únicos que todavía se baten por una cultura y en nombre de la cultura son los jóvenes comunistas.

Pasolini apuesta por una ruptura frontal y sin diálogo de convivencia con la sociedad de consumo. Sobre esta interpretación de la realidad, tanto el PSI como el PCI habrían caído en las mismas garras que la socialdemocracia cristiana: la aceptación de este desarrollo consumista con total identificación tanto en lo teórico como en lo práctico, y erráticos a la hora de interpretar la realidad. Quedarían siendo sin más sendos partidos en meros sustitutos de la socialdemocracia cristiana, donde no se podría hacer política, sino moral. Dentro de esta situación, la auto identificación con la etiqueta de <antifascista> estaría vacía, anulada de contenido.

Por otro lado, a Iglesia no sería más que una institución financiera y una potencia extranjera, ya que queda anulada -al disminuir drásticamente el activismo católico- a la hora de proporcionar los principios y valores cristianos entre un número mínimo de feligreses.

Utilizando términos como <conformidad> o <desesperación>, Pasolini circula entre la corriente existencialista característica de finales del XIX y principios del XX. Estas dos características citadas serían consecuencia de un cambio generacional más profundo que el que dio mundo en las épocas paleo industrial y preindustrial. Los valores preconsumistas: el honor, la confianza, la amistad, el homoerotismo, la virilidad o la dignidad, han sido sustituidos, las relaciones interpersonales completamente debilitadas, y la mujer, humillada.

La indistinción entre los conceptos de diversidad e igualdad que vemos hoy en día en las apelaciones a las políticas identitarias están presentes en el autor a través de la crítica de ambos: la diversidad, como culpa de ser diferente, y la igualdad, de por sí sola retratada en Italia. De nuevo cito al autor: lo que ha cambiado […] no es el lenguaje de las cosas: lo que ha cambiado son las cosas mismas. Y han cambiado de un modo radical. Es pues, conclusivamente, la sociedad de consumo donde ha de hacerse la crítica política para una transformación radical de la realidad.

En una sociedad donde impera la elección del consumidor a modo de elige-tu-propia-aventura, sobran las ideas y faltan ideólogos. El espectador elige cómo (además de cuánto) va a ser el impacto de su elección. Realmente esta libertad de elección debería ser magnificadora, pero lo cierto es que nos mueve lentamente a una realidad artificial y adulterada, más cerca de la ficción que de la propia realidad. Curioso que ya lo defendiera Oscar Wilde hablando en este caso de la literatura: Decir a las gentes lo que deben leer es generalmente inútil o perjudicial […] pero decir a las gentes lo que no deben leer es cosa muy distinta y me atrevo a recomendar este tema a la comisión del proyecto de extensión universitaria’.

Dentro de esta perspectiva, Bong Joo-Ho nos muestra en Parasite (estrenada en 2019) una Corea del Sur sumida en la diferencia de clases. Podríamos suponer que La lucha de clases es cuestionable o creíble, pero la diferencia de clases es innegable. Hay un elemento clave que hace que esta diferencia social de clases (actualmente sumergida en el posmodernismo) funcione: A la clase obrera lo que le preocupa constantemente es la falta de dinero; a la alta burguesía, el tiempo.

La violencia no solamente se muestra de manera física. Vemos una familia trabajando desde casa en una cadena de montaje preocupada por no tener una conexión wifi decente; otra, preocupada por no sacar adelante el ingenio artístico del portentoso hijo pequeño de la familia por medio de clases particulares privadas (mal llamado aburrimiento, algo, por otro lado, que la ‘clase media’ no ha llevado nunca muy bien).

Una clase retroalimenta a la otra: donde lo que importa para unos es el tiempo, concepto que es subjetivo y relativista, para otros, es el dinero, concepto más objetivo y materialista. En resumidas cuentas, lo que debería preocupar a uno lo tiene el otro, y viceversa. En esta mezcolanza de atributos, el capitalismo defendería que esta diferencia social es natural y además es solventada por el intercambio de bienes comunes y materiales.

Sin embargo, Bong Joo-Ho recurre a la resolución del conflicto por medio de la violencia, donde la burguesía y el proletariado (en ausencia de una clase media que parece desmantelada) son sujetos incapaces de entenderse entre sí. Resulta evidente que la familia pobre de la película parasita a la rica, pero la idea es darse cuenta totalmente de lo contrario. La edulcoración de estos opuestos hace cada vez menos visible las luchas simbióticas entre clases, y en resumen, que importe menos al espectador de clase media, quien se encuentra según su juicio ‘teóricamente’ igual de alejado de ambas clases, en un especie de centro no muy bien definido.

A medida que se discute sobre la lealtad del asunto de la lucha de clases, el tercer punto de la tríada en la industria audiovisual lo aporta de manera muy inteligente lo que anteriormente definía Pasolini como la sociedad de consumo. Pasolini pensaba que la sociedad de consumo llegaría al más extremo de los totalitarismos, pues lo tiene fácil: A diferencia de lo que ambas clases sociales aspiran a alcanzar, ésta lo tiene todo a su mano. Tanto el dinero como el tiempo. La sociedad de consumo: testifica a los espectadores (por ejemplo, cancelando series a destiempo), modifica la estética visual en aras de producir mayor ingresos en cuanto a merchandising (Star Wars vs Lego), alarga obras literarias cerradas añadiendo fantasía y excesiva duración a las adaptaciones (The Hobbit), hace que las plataformas digitales sean accesibles 24 horas, y pasados los años y las décadas,  reanuda remakes y continuaciones sin sentido alguno.

Como el ángel seductor que recorre Teorema, tanto la burguesía como el proletariado serán perjudicadas por la sociedad de consumo, y las únicas entidades ganadoras dentro del posmodernismo audiovisual, serán las multinacionales y las grandes compañías."                   (Adolfo M. Rodríguez, El Papel)

9/11/21

El atolladero de Pasolini y el nuestro... el consumismo, con su fuerza de homologación, alcanza las capas más profundas del ser humano, produciendo lo que Pasolini llama “mutación antropológica”. La felicidad aún era posible en la pobreza, pero la revolución antropológica del consumo extiende la depresión por todos lados: somos infelices viviendo bajo un modelo ajeno... La marcha hacia adelante (el progreso) es una catástrofe y la marcha hacia atrás (el conservadurismo) es imposible, concluye Pasolini. De ahí la desesperación que impregna sus últimos escritos

 "El poeta y cineasta Pier Paolo Pasolini fue asesinado el 2 de noviembre de 1975, hace 46 años. Pocos días antes, intervino en una charla en la ciudad de Lecce con profesores y estudiantes de instituto sobre culturas y lenguas minoritarias en Italia. En ella repite una y otra vez que las posiciones críticas y revolucionarias están en un verdadero atolladero. ¿Cuál sería? Habitar entre “una cultura que no se acepta y una cultura que se ha extinguido”.

La cultura que no se acepta, para el Pasolini de los Escritos corsarios o las Cartas luteranas, es el consumismo, cuyos vehículos van desde las nuevas infraestructuras de transporte hasta la televisión y la misma escuela. La cultura que se ha extinguido, que él conoce bien por la vía directa de lo sensible, son los mundos del lumpenproletariado juvenil, el campesinado pre-industrial, los modos de vida populares.

Hay dos maneras de reducir todo aquello que no se somete: la violencia y la asimilación. El fascismo, que se había apoyado sobre todo en la primera, apenas rozó las subjetividades tradicionales. Pero el consumo, con su fuerza de homologación, alcanza las capas más profundas del ser humano, produciendo lo que Pasolini llama “mutación antropológica”. La felicidad aún era posible en la pobreza, pero la revolución antropológica del consumo extiende la depresión por todos lados: somos infelices viviendo bajo un modelo ajeno.

 Entre medias de lo que no se acepta y de lo que se ha extinguido, Pasolini no encuentra nada (ni nadie) en lo que apoyarse. El progresismo, del que él mismo formó parte, es incauto ante la fuerza destructiva del consumismo de masas, porque imagina aún que el verdadero enemigo es un poder de tipo clerical-fascista. El conservadurismo por su lado se limita a una labor arqueológica o museística: proteger formas de vida que son ya meras “supervivencias”, sin dinamismo o vitalidad interior.

La marcha hacia adelante (el progreso) es una catástrofe y la marcha hacia atrás (el conservadurismo) es imposible, concluye Pasolini. De ahí la desesperación que impregna sus últimos escritos, sus últimas películas, sus últimas intervenciones críticas: no hay salida.  

Del consumo a la comunicación

El atolladero de Pasolini, cincuenta años más tarde, no nos resulta para nada ajeno. La cultura de masas se ha convertido en imperio de la “comunicación” dentro y fuera de internet. Sus presupuestos son igualmente destructivos: el tiempo instantáneo de la comunicación erosiona la memoria y la historicidad, la obligación de transparencia reduce las complejidades del sentido, el lenguaje estandarizado arrasa con la pluralidad de los modos de habla, el hechizo de las pantallas suprime los intervalos donde puede crecer la imaginación creadora.

El progresismo se fascina ante el poder de la comunicación y la convierte en solución para todo: los problemas educativos se resuelven con más digitalización, los problemas de pareja se arreglan “aprendiendo a comunicar”, las tensiones entre empresarios y trabajadores mediante la mediación, la desafección política fichando a gurús de la comunicación tipo Iván Redondo, etc. El progresismo no se atreve a pensar las complejidades, los claroscuros y las sombras de lo humano; se limita a recetar más tecnología, más digitalización, más virtualización. Modernizar es comunicar.  (...)

Walter Benjamin al rescate

Entre el presente sin pasado (de la comunicación) y el pasado sin presente (de la melancolía), ¿cómo escapar? ¿Cómo salir del atolladero de Pasolini?

Podemos pedir ayuda a otro clásico: el filósofo alemán de origen judío Walter Benjamin. Con él es posible pensar otra relación con el tiempo histórico, otra historicidad.

Benjamin critica, como Pasolini, el progresismo de su época: la confianza en que la Historia nos dará la razón de manera automática. Para Benjamin, el progreso es más bien la historia de los vencedores, avanza mediante la guerra y va dejando restos a sus espaldas que él quisiera salvar. “El Ángel de la historia bien quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado”, dice. Pero, ¿en qué consiste exactamente esa “salvación” del pasado?

 No en la preservación, ese es el punto decisivo, sino en la reactualización. Progreso y reacción son dos caras de lo mismo, la melancolía de izquierdas sólo es la cara b de la modernización capitalista. El desafío no puede ser conservar (menos aún lamentar), sino reelaborar, reinterpretar, regenerar, renovar. Mientras que el “conformismo de la tradición” se limita a evocar y repetir, el pasado se rescata haciendo pasar de nuevo sus energías mediante formas nuevas.

 Recordar (re-cordis) significa volver a pasar por el corazón. Es decir, el pasado se reaviva desde el presente, es una chispa en el presente (pregunta, búsqueda, lucha) lo que rescata el pasado del peligro de desaparición, una “instancia de presente” dice Benjamin. Justo ese presente que se pierde de vista tanto en el progresismo (que mira hacia adelante) como en el conservadurismo (que mira hacia atrás).

Benjamin se inspira en el mesianismo judío para concebir otra temporalidad, como explica el historiador Stéphane Moses. En ella el presente fecunda al pasado y el pasado recupera en el corazón del presente una actualidad nueva. Así el pasado no deja de pasar, el presente se renueva a cada instante y el futuro está aconteciendo siempre.

La tradición de los oprimidos, dice Benjamin, no teme las rupturas temporales, las fracturas entre épocas, el vacío entre padres e hijos, sino que los implica como su condición misma. Las intermitencias, las pérdidas, los saltos –todo lo que se deplora como “fallos en la transmisión”– son justamente las ocasiones propicias para la reactualización, sus mismos efectos, porque no se devuelve a la vida lo mismo, sino algo a la vez igual y diferente.

La fidelidad no es repetir, sino recrear. Y podríamos empezar con el mismo Pasolini. En lugar de decir lo mismo que él dijo hace 50 años, convirtiéndolo en pieza de museo o supervivencia, se trataría de hacer lo mismo que él hizo. Prestar oído a las “vulgares lenguas” de hoy, a las hablas comunes, a los modos propios de decir y decirse, a las fugas del lenguaje estandarizado de la comunicación. Dar valor y visibilidad a los mundos –a los fragmentos de mundo al menos– que se esbozan aquí y allá, a las formas de vida que tienden a la autonomía y la independencia. Hacer de nuevo lo mismo que él hizo, hacerlo nuevamente.

Reinterpretar es la única manera de resucitar la materia muerta, de arrancar un fragmento del pasado del olvido y la museificación. Es también el único modo de desmentir a los asesinos de Pasolini y devolverlo a la vida.

 Referencias: 

Pier Paolo Pasolini, Vulgar Lengua, Ediciones El Salmón, 2018.
Walter Benjamin., Tesis sobre la historia y otros fragmentos, Contrahistorias, 2005.
Stéphane Moses, El Ángel de la Historia, Cátedra, 1997. "     
            (Amador Fernández Sabater, CTXT, 06/11/21)

3/11/21

Pasolini: No importa que los hijos sean buenos, inocentes y piadosos: si sus padres han pecado deben ser castigados... la culap de los padres: la idea de que el peor de los males del mundo es la pobreza, y que por tanto la cultura de las clases pobres debe ser sustituida por la cultura de las clases dominantes

 "Uno de los temas más misteriosos del teatro griego clásico es que los hijos estén predestinados a pagar las culpas de los padres.

No importa que los hijos sean buenos, inocentes y piadosos: si sus padres han pecado deben ser castigados.

Quien se declara depositario de esta verdad es el coro —un coro democrático—; y la enuncia sin preámbulos ni ilustraciones, de natural que le parece.

Confieso que yo siempre había considerado este tema del teatro griego como algo extraño a mi saber: como algo «de otro lugar» y «de otro tiempo». No sin cierta ingenuidad escolar, el tema siempre me había parecido absurdo y, a la vez, ingenuo, «antropológicamente» ingenuo. Pero finalmente ha llegado un momento de mi vida en que he tenido que admitir que pertenezco, sin escapatoria posible, a la generación de los padres. Sin escapatoria porque los hijos no sólo han nacido y han crecido, sino que han alcanzado la edad de la razón y, por tanto, su destino empieza a ser, inevitablemente, el que debe ser, convirtiéndoles en adultos.

Durante estos últimos años he observado largamente a estos hijos. Al final, mi juicio, pese a que incluso a mí mismo me parezca injusto y despiadado, es condenatorio. He procurado seriamente comprender, fingir no comprender, tener en cuenta las excepciones, esperar algún cambio, considerar históricamente, o sea, al margen de los juicios subjetivos de bien y de mal, su realidad. Pero ha sido inútil. Mi sentimiento es de condena. Y no es posible cambiar los sentimientos. Son históricos. Lo que se siente es real (pese a todas las insinceridades que podamos tener con nosotros mismos). Finalmente —o sea hoy, a primeros del año 1975— mi sentimiento, repito, es de condena. Pero dado que tal vez condena sea una palabra equivocada (quizá dictada por la referencia inicial al contexto lingüístico del teatro griego) tendré que precisarla: más que de condena, mi sentimiento es en realidad de «cese de amor»; un cese de amor que, justamente, no da lugar a «odio», sino a «condena».

Lo que tengo que reprocharles a los hijos es algo general, inmenso, oscuro. Algo que se queda más acá de lo verbal; que se manifiesta irracionalmente en el existir, en el «experimentar sentimientos». Ahora bien: puesto que yo —padre ideal, padre histórico— condeno a los hijos, es natural que en consecuencia acepte de algún modo la idea de que hay que castigarles.

Por primera vez en mi vida consigo así liberar en mi consciencia, a través de un mecanismo íntimo y personal, esa fatalidad abstracta y terrible del coro ateniense que considera natural el «castigo de los hijos».

Sólo que el coro, dotado de una sabiduría inmemorial y profunda, añadía que aquello por lo que eran castigados los hijos era «la culpa de los padres».

Pues bien: no vacilo ni un momento en admitirlo. Esto es: no dudo en aceptar personalmente esa culpa. Aunque condeno a los hijos (a causa de un cese del amor hacia ellos) y por tanto presupongo su castigo, no me cabe la menor duda de que todo es por culpa mía. En tanto que padre. En tanto que uno de los padres. Uno de los padres que se han hecho responsables, primero, del fascismo; después, de un régimen clerical-fascista fingidamente democrático; y que, por último, han aceptado la nueva forma del poder, el poder del consumismo, la última de las ruinas, la ruina de las ruinas.

La culpa de los padres que deben pagar los hijos ¿es pues el «fascismo», ya en sus formas arcaicas o en sus formas absolutamente nuevas,  nuevas sin equivalente posible en el pasado?

Me resulta difícil admitir que la «culpa» sea ésta. Quizá también por razones privadas y subjetivas. Yo, personalmente, siempre he sido antifascista; y tampoco he aceptado jamás el nuevo poder, del que en realidad Marx hablaba proféticamente en el Manifiesto cuando creía hablar del capitalismo de su tiempo. Me parece que al identificar así la culpa se es algo conformista y excesivamente lógico, o sea, no histórico.

Ya siento a mi alrededor el «escándalo de los pedantes» —seguido de su chantaje— a propósito de lo que voy a decir. Ya oigo sus argumentos: es un retrógrado, un reaccionario, un enemigo del pueblo quien no sabe comprender los elementos de novedad, por dramáticos que sean, que hay en los hijos; quien no sabe comprender que comoquiera que sea ellos son la vida. Pues bien: yo pienso, en cambio, que también yo tengo derecho a la vida, porque pese a ser padre no por esto dejo de ser hijo. Además para mí la vida se puede manifestar de modo insigne, por ejemplo, en el valor de revelar a los nuevos hijos lo que yo siento realmente por ellos. La vida consiste ante todo en el ejercicio imperturbable de la razón; no, ciertamente, en el prejuicio, y menos aun en los prejuicios de la vida, que es qualunquismo puro. Mejor ser enemigos del pueblo que enemigos de la realidad.

Los hijos que nos rodean, en especial los más jóvenes, los adolescentes, son casi todos unos monstruos. Su aspecto físico casi es terrorífico, y cuando no es aterrador resulta lastimosamente infeliz. Melenas horribles, peinados caricaturescos, semblantes pálidos y ojos apagados. Son máscaras de algún rito iniciático bárbaro, miserablemente bárbaro. O bien máscaras de una integración diligente e inconsciente, que no suscita la menor piedad.

Tras haber alzado contra los padres barreras tendentes a encerrarlos en un gueto, han acabado encontrándose ellos mismos en el gueto contrario. En los casos mejores se mantienen agarrados a los alambres de espino de ese gueto, mirando hacia nosotros, que todavía somos hombres, como mendigos desesperados, que piden algo sólo con la mirada porque carecen del valor y acaso de la capacidad de hablar.

En los casos que no son ni los mejores ni los peores (hay millones) carecen de expresión: son la ambigüedad hecha carne. Su mirada huye; sus pensamientos están perpetuamente en otra parte; tienen demasiado respeto o demasiado desprecio a la vez, demasiada paciencia o demasiada impaciencia. En comparación con sus coetáneos de hace diez o veinte años han aprendido algo más, pero no lo bastante. La integración ya no es un problema moral y la revuelta ha sido codificada.

En los casos peores son auténticos criminales. ¿Cuántos de éstos hay? En realidad casi todos podrían serlo. No se encuentra por la calle un grupo de muchachos que no pueda ser un grupo de criminales. No hay el menor destello en sus ojos; sus facciones imitan las facciones de los autómatas sin que les caracterice desde dentro nada personal. El estereotipo hace que no sean de fiar. Su silencio puede preludiar una temerosa petición de ayuda (¿qué ayuda?) o un navajazo. Ya han perdido el dominio de sus actos y se diría que hasta el de sus músculos. No saben bien qué distancia media entre causa y efecto. Han retrocedido —bajo el aspecto externo de una mayor educación escolar y de mejores condiciones de vida— a una barbarie primitiva.

Aunque por una parte hablan mejor —es decir, han asimilado el degradante italiano medio—, por otra son casi afásicos: hablan viejos dialectos incomprensibles, o incluso callan, soltando de vez en cuando aullidos guturales e interjecciones de carácter siempre obsceno. No saben sonreír ni reír. Sólo saben soltar risotadas y pullas.

En esta masa enorme (típica sobre todo ¡una vez más! del inerme Centro-Sur) hay élites nobles, a las que naturalmente pertenecen los hijos de mis lectores. Pero estos lectores míos no pretenderán sostener que sus hijos son muchachos felices (desinhibidos e independientes, como creen y repiten ciertos periodistas imbéciles, que se comportan como comisionados fascistas en un campo de concentración). La falsa tolerancia ha vuelto significativas, en medio de la masa de los machos, también a las muchachas. Éstas, por lo general, son mejores como personas; en realidad viven un momento de tensión, de liberación, de conquista (aunque sea de un modo ilusorio). Pero en el cuadro general su función acaba siendo regresiva. Pues una libertad «regalada» no puede hacerlas superar, como es natural, la adaptación secular a las codificaciones.

Ciertamente, los grupos de jóvenes cultos (desde hace algún tiempo bastante más numerosos, por lo demás) son adorables porque resultan conmovedores. A causa de circunstancias que para las grandes masas por el momento son sólo negativas, e incluso atrozmente negativas, éstos son más avanzados, refinados e informados que los grupos análogos de hace diez o veinte años. Pero ¿qué pueden hacer con su finura y con su cultura?

Por consiguiente, los hijos que vemos a nuestro alrededor son hijos «castigados»: «castigados», de momento, con su infelicidad, y, más adelante, en el futuro, quién sabe cómo, quién sabe con qué catástrofes (tal es nuestro ineliminable sentimiento).

Pero son hijos «castigados» por nuestras culpas, esto es, por las culpas de los padres. ¿Es esto justo? En realidad ésta era, para un lector moderno, la pregunta, sin respuesta, del tema dominante del teatro griego.

Pues bien: sí; es justo. El lector moderno ha vivido efectivamente una experiencia que le vuelve, final y trágicamente, capaz de comprender la afirmación —que parecía tan ciegamente irracional y cruel— del coro democrático de la antigua Atenas: que los hijos deben pagar las culpas de los padres. Pues los hijos que no se liberan de las culpas de los padres son infelices, y no hay signo más decisivo e imperdonable de la culpa que la infelicidad. Sería demasiado fácil, e inmoral en sentido histórico y político, que los hijos quedaran justificados —en lo que hay en ellos de sucio, de repugnante y de inhumano— por el hecho de que sus padres se hayan equivocado. Una mitad de cada uno de ellos puede estar justificada por la negativa herencia paterna, pero de la otra mitad son responsables ellos mismos. No hay hijos inocentes. Tiestes es culpable, pero sus hijos también lo son. Y es justo que se les castigue por esa mitad de culpa ajena de la que no han sido capaces de liberarse.

Queda aún en pie el problema de cuál es, en realidad, esa «culpa» de los padres.

A fin de cuentas, lo que aquí importa sustancialmente es esto. E importa tanto más cuanto que, al haber provocado en los hijos una condición tan atroz, y por consiguiente un castigo tan atroz, debe de tratarse de una culpa gravísima. Acaso la culpa más grave cometida por los padres en toda la historia humana. Y estos padres somos nosotros. Lo cual nos parece increíble.

Como he apuntado ya, entre tanto, debemos librarnos de la idea de que esa culpa se identifica con el viejo o nuevo fascismo, esto es, con el efectivo poder del capitalismo. Los hijos que son tan cruelmente castigados en su modo de ser (y, en el futuro, con algo más objetivo y más terrible) son también hijos de antifascistas y de comunistas.

Por consiguiente fascistas y antifascistas, patrones y revolucionarios, tienen una culpa en común. Pues todos nosotros, hasta hoy, con inconsciente racismo, cuando hemos hablado específicamente de padres y de hijos siempre hemos dado por supuesto que hablábamos de padres e hijos burgueses.

La historia era su historia.

Para nosotros, el pueblo tenía su propia historia aparte; una historia arcaica, en la que los hijos, simplemente, como enseña la antropología acerca de las viejas culturas, reencarnaban y repetían a sus padres.

Hoy todo ha cambiado: cuando hablamos de padres y de hijos, aunque por padres sigamos entendiendo siempre padres burgueses, por hijos entendemos tanto hijos burgueses como hijos proletarios. El cuadro apocalíptico, relativo a los hijos, que he esbozado anteriormente, incluye a la burguesía y al pueblo llano.

Las dos historias, pues, se han unido; y es la primera vez que esto sucede en la historia del hombre.

Esta unificación se ha producido bajo el signo y por la voluntad de la civilización del consumo, del «desarrollo». No se puede decir que los antifascistas en general y los comunistas en particular se hayan opuesto realmente a una unificación así, cuya naturaleza es totalitaria – por vez primera auténticamente totalitaria – aunque su carácter represivo no sea arcaicamente policiaco (y aunque recurra incluso a una falsa permisividad).

La culpa de los padres, por tanto, no es sólo la violencia del poder; no es sólo el fascismo. Pues es también: en primer lugar, la eliminación de la consciencia, por nuestra parte, por parte de los antifascistas, del viejo fascismo; el habernos liberado cómodamente de nuestra profunda intimidad (Pannella) con él (el haber considerado a los fascistas “nuestros hermanos estúpidos”, como dice una frase de Sforza recordada por Fortini); en segundo lugar, y sobre todo, es la aceptación —tanto más culpable cuanto más inconsciente— de la violencia degradante y de los auténticos e inmensos genocidios del nuevo fascismo.

¿Por qué esa complicidad con el viejo fascismo, y por qué esa aceptación del fascismo nuevo?

Porque hay —y ésta es la cuestión— una idea conductora sincera o insinceramente común a todos: la idea de que el peor de los males del mundo es la pobreza, y que por tanto la cultura de las clases pobres debe ser sustituida por la cultura de las clases dominantes.

En otras palabras: nuestra culpa de padres consiste en creer que la historia no es ni puede ser más que la historia burguesa.

Fuente: Cartas luteranas, 1976. Traducción publicada en la revista En pie de paz, 1994, pàgs. 34-37."                 (Pier Paolo Pasolini , El viejo Topo, 02/11/21)