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2/2/23

Por qué los optimistas son casi todos pijos... las clases con más recursos de nuestra sociedad han encontrado en el optimismo un sustitutivo secular de la fe... o sea, cuando a las clases sociales favorecidas, que gozan de recursos suficientes y que no ven su posición amenazada, se les expone una situación complicada, o se subrayan problemas reales, la respuesta "hay que ser optimista, yo soy optimista", quiere decir "no me molestes con tus problemas, pobre"... las clases altas y las medias altas son las más acostumbradas a solucionar los debates por la vía del optimismo, simplemente porque no quieren afrontar los problemas del común de la población; es normal, no son los suyos

 "El debate optimistas contra pesimistas aparece con mucha frecuencia en las conversaciones públicas, pero también en las privadas. "Hay que ser optimista, yo soy optimista", son frases que se escuchan muy a menudo. En fin, ver el vaso medio vacío o medio lleno, pensar en el futuro desde una perspectiva esperanzadora o fatalista, son elementos que salen a relucir habitualmente cuando se apela a estas ideas. Estamos demasiado acostumbrados a tomar en cuenta las esencias conceptuales y mucho menos a abordar cómo son aplicadas en la vida diaria; utilizamos en exceso el idealismo, y analizamos mucho menos de la realidad. En la confrontación entre optimismo y pesimismo, esta mirada es tan común que me genera un cansancio infinito.

El pesimismo goza de mala fama, y es natural. En una época como la nuestra, complicada y con retos serios que afrontar, ya tenemos suficientes problemas como para que nos los vengan a recordar todo el rato. Las posturas que se centran en el "va a salir mal" terminan por agotar. Pero hay una tendencia muy perniciosa, cuando se trata de debates políticos, económicos o sociales, que identifica análisis y razón con pesimismo: si se hace un diagnóstico de una realidad que no es especialmente atractiva, la manera de no afrontarla es tachar a quien lo formula de pesimista. La realidad se convierte en una cuestión de actitud personal: no se trata de que las cosas estén bien o mal, sino de que eres un pesimista. Y se acabó el diálogo.

El optimismo puede ser estupendo, pero a menudo quienes lo utilizan sufren de confusión temporal. El optimismo es sano, pero después, no antes. Si se afrontan los problemas y se trata de cambiar lo que está mal, la esperanza es muy útil. Es mucho mejor creer que las cosas van a salir bien que no al revés. Si te diagnostican una enfermedad, intentas poner los remedios necesarios para curarla, y en ese tránsito, reconforta tener confianza en que todo irá correctamente. Pero saltarse el paso necesario, y no tratar la enfermedad con el argumento de que "hay que ser optimista", implica convertirse en un iluso. Socialmente, es de eso de lo que estamos hablando: cada vez que se plantean asuntos que tensan las estructuras, que obligan a repensar las creencias o que fuerzan a introducir cambios, la respuesta suele ser "las cosas están mal, pero hay que ser optimista". 

Los nuevos dioses

Es parte de esa extraña reacción de las clases con más recursos de nuestra sociedad, que han encontrado en el optimismo un sustitutivo secular de la fe. Hay quienes, y en otros tiempos era frecuente, al serles expuestas las dificultades, contestaban "no lo pienses más, reza, ten fe y todo se solucionará". Ahora lo que está de moda es utilizar el mismo argumento, pero cambiando la fe por la confianza en el futuro. Quizá sea su forma de rezar al dios del destino, o la diosa Gaia, para que venga en su ayuda, pero como mecanismo intelectual es bastante endeble.

No podemos obviar que este asunto tiene una deriva política muy evidente. La derecha tiende a hacer un diagnóstico negativo, a menudo catastrofista, de la situación española, en lo institucional y lo económico. La izquierda, sin embargo, suele resaltar los aspectos positivos, ve el futuro desde una buena perspectiva e insiste en que hay que generar ilusión. De modo que las acusaciones cruzadas de agoreros y mentirosos, al hilo de las posturas optimistas y pesimistas, se suceden en la vida pública. Haríamos mal en pensar que esto es una dinámica pura entre izquierdas y derechas; tiene mucho más que ver con la relación entre gobierno y oposición: el primero dice que las cosas van bien, y que, por tanto, tienen que seguir en el poder, y la segunda que van fatal y que es urgente sacar al presidente de Moncloa. Sería muy parecido si fuera al revés y la oposición estuviera gobernando. Es parte de la dinámica política.

La posición social

No obstante, en el terreno ideológico, el apuntado es un aspecto secundario. Lo curioso es que donde más ha penetrado la fe en el optimismo, y donde más utilizado resulta, es en entornos sociales constituidos por personas a las que les va bien o muy bien, y que además creen que así será de manera permanente (y a menudo con razón). Son integrantes de clases sociales favorecidas, que gozan de recursos suficientes y que no ven su posición amenazada. De modo que cuando se les expone a una situación complicada, o se subrayan problemas reales, la respuesta "hay que ser optimista, yo soy optimista" quiere decir "no me molestes con tus problemas, pobre".

 En otras épocas, los campesinos iban a solicitar al señor medidas de alivio después de la sequía y el noble los contestaba "hay que tener fe, rezad", mientras exigía el pago de los tributos. Por exagerado que parezca, algo de esta actitud permanece en la utilización del optimismo como elemento social: las clases altas y las medias altas son las más acostumbradas a solucionar los debates por la vía del optimismo, simplemente porque no quieren afrontar los problemas del común de la población; es normal, no son los suyos.

Hay ejemplos continuos de estos comportamientos, pero por citar uno menor. El Foro de Davos, es decir, la reunión de un montón de millonarios, transmitió en sus conclusiones que había razones para la esperanza: las transformaciones geopolíticas, las dificultades económicas y las tensiones crecientes dentro de los países, e incluso la guerra, estaban ahí fuera, pero había que ser optimistas. Es lógico: pese a todo, los intercambios globales funcionaban, las cuentas de resultados eran brillantes, y seguían ganando mucho dinero. No pasaba nada, en realidad, y el futuro, el suyo, no iba a ser malo. De modo que dijeron "hay que ser optimistas" y se fueron a las múltiples fiestas que habían organizado, que para eso estaban en Davos.

El otro populismo

Lo malo es que esta mentalidad acaba por trasladarse a otras clases sociales que carecen de razones para la ilusión. Les pasa como a los campesinos: muchos de ellos regresaban a casa y rezaban a Dios con más fervor para que les ayudase. Al final, el noble tenía soldados, y ya que no iban a conseguir nada, mejor negar la realidad y aumentar el tiempo dedicado a las plegarias. En nuestra sociedad ocurre algo similar, y muchas de las clases medias y populares han tomado el optimismo como algo positivo, cuando de lo que se trata, en lo político, es de borrar el debate."                 (Esteban Hernández , El Confidencial, 29/01/23)

8/3/16

La ideología de la autoayuda produce desesperanza

"Ser optimista es casi una obligación para la ciudadanía occidental del siglo XXI. Expectativa de éxito, pensamiento positivo y búsqueda a ultranza de la felicidad son algunos de los elementos que conforman un nuevo paradigma psicosocial que se está instalando entre nosotros.

 Su raíz no es autóctona, se trata probablemente de la más reciente manifestación de la colonización cultural norteamericana.

 Cotidianamente nos llegan reclamos para asistir a cursos o conferencias sobre cómo lograr la felicidad, se nos insta a rechazar sentimientos como la tristeza, el desánimo o la duda y centrarnos en el llamado pensamiento positivo e incluso, en el colmo de la audacia, se llega a afirmar que el sufrimiento es una elección personal. (...)

una legión de libros de autoayuda que en diez pasos nos conducirán al Edén o al enriquecimiento económico e incluso, recientemente, aparece un nuevo puesto de trabajo en las organizaciones: responsable de la felicidad en la empresa. 

La periodista Bárbara Ehrenreich denunció hace ya unos años las consecuencias negativas del hecho de hacer a las personas responsables únicas de sentirse bien, además de mostrar los enormes beneficios económicos que la nueva industria de la felicidad otorgaba a sus promotores.

 Posteriormente, rigurosos estudios desde la Psicología han mostrado que el optimismo, o tendencia a pensar que el futuro será positivo, tiene tanta racionalidad (o irracionalidad) como el pesimismo, y no siempre tiene un valor adaptativo y protector del bienestar, sino que, en ocasiones, puede provocar desajustes en la percepción de la realidad que conllevan consecuencias negativas. 

José César Perales ha sido uno de los científicos que ha descrito algunos de los peligros que pueden acechar al optimista, como “la ilusión de control” o la llamada “falacia de la planificación” al sobrevalorar sus posibilidades de éxito.

Sin embargo, el principal peligro de la ideología de la felicidad es el olvido clamoroso que supone de las condiciones socioeconómicas de la sociedad, de carácter estructural, y del impacto que tienen sobre el bienestar, o malestar, de las vidas humanas. La premisa del “si quieres, puedes”, tan atractiva a nuestros oídos, conduce a pensar que, si alguien no ha podido, es porque no se ha esforzado lo suficiente. 

En el mismo sentido, el mandato de no rendirse jamás puede ser una trampa que hipoteque el futuro de muchas personas. De este modo, las víctimas de una sociedad desigual e injusta son doblemente victimizadas y culpadas, además, de su propio sufrimiento. 

Una muestra de ello es la propuesta del gobierno británico de ofrecer terapia cognitiva a las personas en paro como forma de afrontar el desempleo, lo que ha provocado una fuerte polémica.

En un país como el nuestro con una tasa de paro del 20%, casi una tercera parte de familias en riesgo de pobreza, con desigualdades crecientes en educación, salud y servicios de todo tipo, ¿cómo puede atreverse alguien a afirmar que el sufrimiento se elige? 

Hace décadas que conocemos los estragos del paro y la precariedad en las vidas de las personas y, por supuesto, en su estado de ánimo: los análisis longitudinales realizados a personas que han perdido su puesto de trabajo en diversos países europeos han mostrado elevados niveles de ansiedad, trastornos del sueño, depresión, mayor posibilidad de adicciones, desmotivación y, sobre todo, una profunda desesperanza.

La tendencia a considerar que todo se basa en la libre elección tiene, por otra parte, otras consecuencias que también conocemos: la dejación de las administraciones en sus responsabilidades sociales y la disminución de políticas públicas que corrijan las desigualdades socioeconómicas que cada vez son mayores.

 Por otra parte, desincentiva la solidaridad y los movimientos colectivos y cooperativos al ser la persona y su trabajo interior la principal fórmula para alcanzar el éxito.

La filósofa ilustrada Mary Wallstonecraft decía, refiriéndose a las mujeres, que en ocasiones parecían más interesadas en sacar brillo a sus cadenas que en liberarse de ellas. Este pensamiento podría extenderse a nuestra sociedad cuando acepta de forma mayoritariamente acrítica modelos que no van a tratar de cambiar las condiciones estructurales de desigualdad sino, en todo caso, a perpetuarlas. Sabemos que la confusión intelectual interesada es el terreno donde mejor se abona la pasividad y la discriminación; tal vez valga la pena estar alerta."              ( , El País ,1 MAR 2016)

9/2/15

En los 80, Reagan ordenó un ataque simulado con armas nucleares contra los rusos, sin previo aviso... estamos vivos de milagro

"(...) -Se le ve sonriente. ¿Todavía encuentra razones para ser optimista?

-Bueno, algunas hay. Aunque no faltan tampoco para ser pesimista. La Humanidad tendrá que decidir, y no a largo plazo, si quiere sobrevivir u olvidar dos enormes e inminentes amenazas: una es las catástrofes medioambientales, la otra es la guerra nuclear. 

El Boletín de los Científicos Atómicos, que ha sido el principal monitor de cuestiones nucleares y estratégicas durante muchos años, publica un famoso reloj del “Juicio Final”. 

Determina la distancia a la que las manecillas del reloj deberían estar de la medianoche. Y acaban de adelantarlo a tres minutos del final. Es lo más cerca que hemos estado desde la Crisis de los Misiles de Cuba. La amenaza nuclear sigue aumentando; siempre ha sido significativa, y es casi un milagro que escapáramos de ella. 

En este momento, EEUU está dedicando un billón de dólares a modernizar y poner al día su arsenal nuclear. El Tratado de No Proliferación Nuclear nos obliga a comprometernos a eliminar estas armas, a mostrar signos de querer eliminarlas. No hay nada de eso. Rusia sigue su carrera, y algunas potencias menores también.

-Pero casi nadie habla de ello.

-No se habla mucho, salvo algunos analistas estratégicos, expertos económicos y otra gente preocupada por estas cuestiones. Pero hay amenazas muy serias. Una es el conflicto en Ucrania. Uno confía en que las potencias se frenarán, pero viendo los antecedentes no es en absoluto seguro. 

Sólo un ejemplo: a principios de los años 80, la Administración Reagan decidió sondear las defensas rusas. Así que simularon ataques por tierra y aire, incluyendo armas nucleares. No dijeron a los rusos lo que estaban haciendo porque querían provocar no un simulacro sino una alerta real. Fue un momento de extrema tensión. 

 Reagan acababa de anunciar iniciativas estratégicas de defensa como la guerra de las galaxias, pero los analistas de ambos bandos lo interpretaron como un arma de primer ataque. No es un misil defensivo, si en algún momento llega a funcionar, sino una garantía para lanzar el primer ataque.

 Ahora, conforme los archivos rusos se han ido haciendo públicos, la Inteligencia de EEUU ha reconocido que la amenaza fue extremadamente seria. De hecho, un informe reciente asegura que casi estalla la guerra.

-Así que estamos vivos de milagro.

-Vuelvo a su pregunta inicial… ¿Optimismo? Es siempre la misma historia. Siempre, no importa cómo juzgues lo que está pasando en el mundo, tienes, básicamente, dos opciones. Puedes decidir ser pesimista, decir que no hay esperanza y abandonar todo esfuerzo, en cuyo caso contribuyes a asegurar que suceda lo peor.

 O puedes agarrarte a cualquier esperanza –siempre hay alguna– e intentar hacer lo que puedas –y quizás así seas capaz de evitar un desastre, o incluso, de abrir el camino a un mundo mejor.  (...)"     (Entrevista a Noam Chomsky, Miguel Mora , Ctxt, en Rebelión, 09/02/2015)

1/8/13

¿Es posible todavía defender que el optimismo es más razonable que su contrario y no parecer bobo?

"Uno de los misterios más insondables de nuestra profesión de filósofos no es la pregunta por el ser, si existe el mundo exterior o si somos realmente libres, sino algo mucho más irritante: que la gente nos aprecia tanto más cuanto más tristes somos.

¿Por qué parecemos más profundos cuando somos más negativos? ¿A qué se debe el prestigio del pesimismo? ¿Por qué, si un filósofo quiere que le tomen en serio, tiene que ser un cenizo?

Cualquiera puede comprobar esta valoración pública y sus posibles variantes: tiene más prestigio intelectual el pesimista que el optimista; es más íntegro quien denuncia que quien aprueba; un diagnóstico es más profundo cuanto más negativo; un intelectual contento o es un impostor o es poco inteligente.  (...)

Este prestigio de lo negativo se debe a que contrasta con la banalidad de las buenas noticias, de cierto “pensamiento positivo” cuyo concepto más sofisticado es el de los “brotes verdes”. Pero no nos deberíamos medir con las versiones más flojas de aquello a los que nos oponemos sino con sus mejores argumentos.

¿Es posible todavía defender que el optimismo es más razonable que su contrario y no parecer bobo? 

La razón más profunda para no rendirse es que nunca podemos estar seguros de que las cosas vayan a ir necesariamente a peor y que si claudicáramos nadie nos garantiza que tal vez nos estemos perdiendo así lo mejor.

Hay una brevísima fábula de Esopo que siempre he considerado la mejor ilustración de este optimismo por exclusión, la refutación más poderosa de la idea de que no pensar en nada es el mejor remedio contra la desesperación y la muerte. “Un anciano cortó en cierta ocasión leña, cargó con ella y emprendió un largo trecho. El camino le agotaba. Arrojó la carga y llamó a la muerte. Ésta apareció al instante y preguntó por qué le había llamado. El anciano contestó: Para que me coloques de nuevo la carga encima”.

El anciano había perdido la fuerza y la esperanza, por lo que debió parecerle que era el momento de poner punto final a aquel esfuerzo. Al caer en la cuenta de que había sacado demasiadas conclusiones de su cansancio, retiró su precipitada desesperación y se puso de nuevo en camino.

Concluir es siempre una decisión precipitada; mientras hay vida hay esperanza, suele decirse. Yo preferiría formularlo así: mientras la vida no se haya terminado, no está todo perdido. 

¿Y quién sabe si, frente a todas las evidencias, nos queda algo positivo por vivir?
Fernando Pessoa entendió muy bien hasta qué punto concluir es una decisión precipitada: “¡No me vengáis con conclusiones! La única conclusión es morir”.

La pregunta por el optimismo o el pesimismo parece referirse a una expectativa, pero en realidad es un balance y, como tal, algo que cierra y concluye. Por eso lo más razonable es resistirse a dar al presente el carácter de lo definitivo, posponer la respuesta, dejarla abierta.

Siempre es demasiado pronto para concluir; esta es la justificación racional del optimismo. Lo malo es lo definitivo, la provisionalidad actúa siempre en nuestro favor.

Mientras el tiempo dure hay posibilidad de ser perdonado, de aprender, de cambiar, de que haya alivios, pausas, de que el sufrimiento se interrumpa en algún momento o la injusticia sea reparada.

Lo mejor de nuestra condición humana es que estamos rodeados de posibilidades y que entre ellas tal vez haya alguna mejor que aquella que se ha hecho realidad. 

No se trata tanto de que el nuestro sea el mejor de los mundos posibles, según la célebre formulación de Leibniz, como de que es uno entre los posibles, que no es el único y que hay otras posibilidades. (...)

Que haya mundos posibles es la mejor garantía de que el optimismo no es algo injustificado.

¿Quién sabe si justamente nosotros somos los que estamos capacitados para posibilitar algo mejor? ¿Quién está en condiciones de asegurarnos, por el contrario, de que lo mejor se encuentra fuera de nuestro alcance? ¿Cómo lo sabe?

Un pesimista es, en el mejor de los casos, un desmemoriado; en el peor, un reaccionario que tiende a olvidar los males del pasado e idealiza un tiempo anterior incontestablemente mejor que nuestro presente.

Un pesimista es generalmente más dogmático que un optimista y como yo dudo mucho suelo ser mas bien optimista. Los optimistas lo solemos ser por defecto, más que por virtud ."              (Daniel Innerarity (www.globernance.org). Fuente: El País, EnPositivo)

29/4/13

El fatalismo político

"Pues bien, en el contexto social y relacionado con la percepción o la ausencia de control, se encuentra el "fatalismo", que fue un término inicialmente acuñado por Martín Baró (1987), para hacer referencia al tipo de relación que se establece entre las personas y un entorno que perciben como incontrolable. 

En cierto sentido, este concepto de fatalismo entronca con el concepto de indefensión aprendida (IA), anteriormente descrito.

No obstante, según el propio Martín Baró, la indefensión que se experimenta a nivel social no constituye solamente una consecuencia tanto de discursos o prácticas de socialización que fomentan la inacción política sino que, más bien, tanto la indefensión como el fatalismo subsecuente a la misma, serían el resultado de una experiencia reiterada de fracaso en los esfuerzos dirigidos a controlar el entorno.

Según De la Corte, Blanco y Sabucedo, en sus trabajos en el área de la Psicología Política, el fatalismo sería, por tanto, una actitud que tendría un enorme poder a la hora de favorecer la desmovilización política y, por tanto, para el mantenimiento de la situación actual o statu quo.

Así, los factores claves que definen el fatalismo, según ellos, serían: en primer lugar, el conformismo y la sumisión; en segundo lugar, una tendencia a no realizar esfuerzos y a mostrarse pasivo y, en tercer lugar, una excesiva focalización en el presente a la que denominan presentismo. 

Este último implicaría, además, una falta de memoria del pasado y una ausencia de planificación del futuro. El fatalismo sería además, una actitud que vendría acompañada de una sensación de que todo va a seguir igual.

Por este motivo, una vez constatado el fatalismo en un sector de la población más o menos amplio, la labor de los movimientos sociales y, por ende, de los partidos políticos, mediante sus propuestas y conductas, sería la de romper el círculo vicioso que refuerza estas creencias en los individuos. Tarea, por otro lado, difícil ya que la corrupción férreamente instalada en los dos principales partidos de nuestra arena política, dificultan el cambio de las actitudes fatalistas.

Es decir, deberían fomentar aquello que Paulo Freire llamaba "concientización" --la toma de conciencia personal en su dimensión social y política-- y que Martín Baró llamó más tarde "empoderamiento", el cual consistía en devolver a los ciudadanos la creencia de que sus acciones podrían modificar la realidad social.

 Un ejemplo práctico sería adoptar iniciativas concretas para devolver la voz a la ciudadanía, a través de procesos consultivos más democráticos (referéndum).   (...)

A lo largo del tiempo la indefensión aprendida se ha denominado de distintas maneras: desesperanza, indefensión e incluso pereza aprendida, arrojando esta última una sombra de culpa sobre la víctima. Hoy el término indefensión está en boca de todo el mundo relacionado con las consecuencias más duras de la crisis económica: desempleo, desahucios y pobreza. 

También con los efectos de las políticas adoptadas por los gobiernos para hacer frente a la crisis caracterizados por sucesivos recortes de sueldo, de prestaciones y de derechos que recaen sobre los ciudadanos que nada han tenido que ver con sus causas, y que no entienden lo que ocurre. Recortes que, al parecer, no podremos evitar por mucho que hagamos huelgas o nos manifestemos. 

Y además, se ha comenzado a castigar a muchos de los que protestan mediante detenciones poco justificadas y prisiones preventivas de dudosa compatibilidad con derechos humanos fundamentales.  (...)

Podemos inferir que, mediante el poder actual de los medios de propaganda, es factible inducir este estado depresivo en buena parte de la población, para mantenerla en la pasividad.

La indefensión aprendida se puede observar en numerosos ambientes y sociedades represivas, con poblaciones sumamente empobrecidas en contraste con el derroche y despilfarro económico ejercido por su clase dirigente. El poder lo viene haciendo históricamente de muy diversas formas, haciéndonos creer que somos los únicos culpables de nuestros males; por ejemplo en España hoy en día resulta un ejemplo familiar es el famoso mensaje "hemos vivido por encima de nuestras posibilidades", (cuando la realidad era que las posibilidades, para los de abajo, más bien eran inferiores a los estándares de una vida digna) y en Argentina en tiempos pasados el mensaje "Todos somos culpables".

 No debemos caer en la trampa de pensar que “la culpa de esta crisis la tenemos nosotros”. Autores como Vicenç Navarro han señalado que ha sido precisamente la falta de recursos entre las clases populares la que ha sido causante del endeudamiento, y no al revés.

Cómo diría Susan George “España se ha convertido en una "una rata de laboratorio”. La cuestión es ¿cuánto tiempo toleraremos el castigo y la culpa sin rebelarnos? Como hemos expuesto, un elemento fundamental en el fenómeno de la indefensión aprendida es la culpa y, por tanto, el miedo. (...)

El ser humano tiene una incuestionable necesidad de justificar sus acciones, esto hace que ante los demás (y ante nosotros mismos) necesitemos sentir que somos coherentes, que guardamos equilibrio entre lo que pensamos, decimos y hacemos. 

Cuando ello no ocurre hay una tendencia o predisposición interna a disminuir la tensión, aunque sea mínima, que estas incoherencias nos puedan generar para no sentir dicha incomodidad.

Este mecanismo viene descrito en la teoría de la Disonancia Cognitiva. Dicha teoría considera además que existen pensamientos, creencias, ideas, cogniciones consonantes (es decir, coherentes o consecuentes entre sí). El ejemplo más recurrido es el del tabaco --“sé que fumar es perjudicial y no fumo”-- y cogniciones disonantes --"sé que fumar es perjudicial y sin embargo fumo"--.

Nos centramos en la disonancia o tensión generada por las situaciones de incongruencia entre actitudes y conductas, es decir, pensamos una cosa y hacemos otra.

Para reducir la disonancia entre cogniciones podemos utilizar varias opciones:
1. Cambiar uno de los dos elementos disonantes: o la actitud (“fumar no es tan malo”) o la conducta (no fumar).
2. Agregar una cognición para justificar o racionalizar la incongruencia entre las dos cogniciones. Ej. “hay fumadores que son longevos”.

Trasladando y ejemplificando dicha teoría a la práctica insertada en el contexto sociopolítico actual en España:

Primero la actitud, luego la conducta y, nuevamente, la actitud: confío en que el PP “salvará” España, creará empleo, etc. (actitud); por lo que voto al PP (conducta), con el tiempo constato el desastre de su política (disonancia) y resuelvo la tensión que me produce en una nueva actitud: "todos son iguales".

Lo expuesto explica por qué todos tendemos a justificar las conductas por una disposición o tendencia a resolver las incongruencias propias. La idea del cambio nos provoca tal incomodidad que cualquier orden existente nos hace sentir más seguros.

 El sesgo de justificación del sistema es investigado desde la psicología social, que nos deja algunos detalles reveladores acerca de la lentitud del cambio, del porqué parecen perpetuarse los problemas socio-políticos de nuestros tiempos. Según esta perspectiva, en ciertas condiciones sociales, nos resistimos al cambio social y justificamos y protegemos el sistema social existente. 

Así nos encontramos con las frases tan recurridas: todos son iguales y por tanto mi conducta no fue errónea), o no estoy de acuerdo con lo que está pasando, pero no queda más remedio (disminuye mi sensación de incomodidad porque hay causas externas que yo no puedo controlar)."       (Diagonal Global, 22/04/2013)

3/12/09

El Poder... nos hace culpables

"Al final de su vida, herido ya por la enfermedad y por el desánimo, Sciascia dijo, como si resumiera así su sentimiento o su resumen de lo que veía: "Todos somos culpables, pero el poder es el culpable principal".

Y sobre su pesimismo dijo: "Estoy más pesimista que nunca, o tan pesimista como siempre, porque no queda razón alguna para el optimismo". Fumaba aún ("es una última venganza") y tenía el aspecto de un caballero siciliano que aun en las horas más bajas, y cuando ya la voz no le acompañaba, mostraba la elegancia de su dignidad." (Leonardo Sciascia, pasión española. El País, ed. Galicia, cultura, 20/11/2009, p. 35)