"I) Pueblos hermanos
Se dice que rusos y ucranianos son “pueblos hermanos”, y es verdad.
Siglos de vida en común, dos lenguas bien parecidas y una geografía sin
obstáculos físicos, de llanuras surcadas por ríos mansos, que complica y
difumina todo concepto de frontera. Al mismo tiempo, el parentesco
fraternal no es incompatible con fuertes diferencias de carácter. Cuando
una abuela dice sobre sus nietos, “¡Qué diferentes son, parece mentira que sean hermanos!” está formulando un tópico familiar de los más recurrentes. Veamos algunas de esas diferencias.
Como tantos otros países, Ucrania contiene una considerable
diversidad regional entre el Oeste y el Este. Simplificando: cuanto más
hacia Rusia, más ruso se habla, mayor influencia del cristianismo
oriental adscrito al Patriarcado (ortodoxo) de Moscú y menos perceptible
se hacen las diferencias fraternales. Cuanto más al Oeste mas fuerte es
la identidad nacional ucraniana, el carácter mixto
(oriental-occidental) del cristianismo, etc., etc.
A lo largo de su historia, Ucrania vivió varios procesos de
integración, bien en la órbita rusa, bien en la polaca. Al colisionar
con el poder superior ruso, el nacionalismo burgués ucraniano se vio
condenado a colocarse bajo patronazgo extranjero. En el siglo XX sus
efímeros gobiernos se afirmaron bajo la protección militar alemana (el
del atamán Skoropadski) o polaca (Petliura). El nacionalismo popular
ucraniano fue más anti polaco y anti judío que anti ruso. Políticamente
fue frecuentemente socialista o social-revolucionario y al final, en un
contexto de grandes convulsiones como los de la guerra civil rusa, tuvo
que decantarse entre blancos y rojos en beneficio de los segundos.
El espacio ucraniano ha sido frecuente campo de batalla. En el siglo
XVII conoció la revuelta de Bogdan Jmenitski contra la unión
polaco-lituana, en el XVIII el zar Pedro I se impuso a los suecos en
Poltava, y en el siglo XX fue uno de los principales escenarios bélicos
tanto de la guerra civil rusa como de la Segunda Guerra Mundial.
El periodo 1917-1922 contiene en Ucrania un sinfín de conflictos.
Parte de los nacionalistas ucranianos lucharon junto con los alemanes y
austro-húngaros y otra parte contra ellos. La población ucraniana pro
rusa se dividió en su lucha a favor de una Rusia unida, unos con los
rojos y otros con los blancos. Otras fuerzas, como la del ejército
campesino de Nestor Majno, con un gran componente social libertario y
nacional ucraniano, lucharon tanto contra los rojos como contra los
blancos.
Para comprender el actual mapa de Ucrania es ineludible hablar de
tres regiones. En primer lugar Galitzia, zona occidental de claro
dominio de la lengua ucraniana, con influencia católica mestiza
(greco-católicos o “uniatas”), que en su mayoría nunca formó parte del
resto de Ucrania ni estuvo sometida a Rusia hasta Stalin en los años
cuarenta, después de dos siglos de sometimiento a regímenes polacos o
austro-húngaros opresivos. De Galitzia partió en el siglo XIX el más
fuerte impulso nacionalista. Ya en la época postsoviética desde allí se
ha irradiado hacia el resto del país la ideología nacionalista más
fuerte, con su particular narrativa histórica sobre la URSS: la
revolución bolchevique como asunto “ruso” o “judío” (ignorando la larga
lista de ucranianos presente en la dirección bolchevique), la mortífera
hambruna de los años treinta con varios millones de muertos como
“genocidio comunista-ruso contra el pueblo ucraniano” (ignorando que la
misma hambruna de esos años devastó igualmente zonas rusas en el Don,
Kubán,Volga, etc. y otras repúblicas como Kazajstán), todo ello aspectos
de la nueva historia adecuada a la nueva estatalidad adquirida en 1991
que debía enmendar la historia oficial soviética, igualmente repleta de
omisiones y manipulaciones.
Desde sus orígenes a principios de siglo XX, las organizaciones
armadas del nacionalismo ucraniano en Galitzia (que entonces actuaban
contra el dominio polaco) estuvieron financiadas y teledirigidas por el
Abwehr, el espionaje alemán. Durante la Segunda Guerra Mundial los
invasores alemanes fueron recibidos como libertadores por muchos
ucranianos occidentales que habían sufrido la cruda represión
estalinista y las hambrunas. Una vez más, la invasión hitleriana dividió
a los ucranianos en dos bandos; el mayoritario que luchó con el
ejército soviético contra el fascismo, y el minoritario de nacionalistas
de Ucrania Occidental que fue utilizado por los nazis como fuerza de
choque, creó una división SS específica y actuó frecuentemente de una
forma aún más cruel que sus amos contra judíos y comunistas en los
campos de exterminio, empuñando la bandera de la liberación nacional
ucraniana.
Hay que decir que los ucranianos occidentales no fueron los únicos
“colaboracionistas”: también los rusos del ejército de Vlasov, tártaros,
chechenos, cosacos, etc. tuvieron representantes en el ejército alemán.
A los colaboracionistas de Ucrania Occidental, cuya relación con los
nazis no fue fluida e incluyó episodios de enfrentamientos armados, se
les conoce como “banderovski” por el nombre de su principal líder,
Stepan Bandera. Con la victoria soviética y la incorporación definitiva
de Galitzia a la URSS en 1945, los “banderovski” mantuvieron una
guerrilla muy brava contra el NKVD de Stalin, recibiendo apoyo de la CIA
en armas y lanzamiento de paracaidistas. Su cuartel general en Europa
estaba en Munich, donde Bandera fue eliminado por un agente de Stalin en
1959…
Esta corriente, con la que en la época de la Perestroika solo se
identificaba un sector minoritario del nacionalismo ucraniano, es
reconocida hoy por un sector mucho más amplio como símbolo de la
liberación nacional, o por lo menos como inspiradora de su principal
ideología y narrativa nacionalista. La revuelta de Maidán del invierno
de 2014 y el golpe de Estado pro occidental en que desembocó, instalaron
ese nacionalismo exclusivista del Oeste de Ucrania en el centro del
Estado.
En el sur y el Este de Ucrania, la llamada Novorossia, siempre se
rechazó con toda claridad cualquier glorificación de los fascistas
“banderovski”. Se trata de un arco que va desde Járkov, en el norte,
hasta la región de Odesa en el sur-oeste, mayoritariamente ruso parlante
y con gran población que se define como “rusa”. Ese arco no formó parte
de Ucrania hasta la guerra civil de los años veinte (era la parte más
industrial y a los bolcheviques les interesaba tener una base obrera en
el gran universo campesino que era Ucrania), conserva una fuerte memoria
soviética de la Segunda Guerra Mundial, y, al mismo tiempo, desde la
nueva independencia de 1991 tendía hacia una cierta lenta ucrainización,
o, por lo menos, a acentuar sus diferencias sutiles y difusas con
Rusia. A grandes rasgos, Novorossia (la “Rusia nueva”) fue objeto de la
reconquista imperial rusa en los siglos XVII y XVIII.
Mención especial merece la península de Crimea, tierra ancestral
rusa, poblada por rusos y ruso parlante en un 80%, por donde llegó el
primer cristianismo a la Rus de Kíev (¿el primer estado ruso fue
ucraniano, o es que el primer estado ucraniano se llamaba Rusia?, eh
aquí un interesante objeto de disputa entre besugos), reconquistada por
Catalina II a los tártaros del janato de Crimea, el último vestigio de
la Horda de Oro heredero del imperio de Chingiz Jan, que para entonces
era un satélite del Imperio Otomano. Crimea fue escenario de glorias
militares rusas y soviéticas, tanto durante la guerra de Crimea del XIX
(todos contra Rusia) como durante la Segunda Guerra Mundial, con
heroicas batallas en Sebastopol, Kerch y Odesa. La caprichosa entrega de
Crimea a Ucrania por Jruschov en 1954, desgajándola de la República
Socialista Federativa Soviética de Rusia (RSFSR) en una época en la que
las diferencias entre repúblicas era completamente irrelevante, tuvo un
carácter simbólico. A partir de la disolución de la URSS eso se
convirtió en un problema.
Otra diferencia entre rusos y ucranianos tiene que ver con su
tradición política, con las formas, símbolos y héroes en los que unos y
otros se sienten identificados. Aquí el contraste entre los hermanos es
importante. Ucrania fue un país situado geográficamente en el límite y
la confluencia de grandes imperios (turcos, polacos, rusos). Su propio
nombre, “U-kraine”, significa algo así como “junto al límite”, “en la
frontera”, un espacio al que la autoridad imperial de unos y otros, y
sus relaciones de servidumbre, apenas llegan o se perciben como algo
lejano y difuminado. Esa posición determinó cierta holgura y libertad,
un “arréglatelas tu mismo como puedas y sin gobierno” que asociamos al
espíritu de frontera del “Far West”.
Los héroes de esa tradición política son líderes cosacos “libres” que
luchan; ahora contra los turcos, ahora contra los polacos o contra los
rusos, absorbiendo rasgos de unos y otros (Maidán -plaza- es una palabra
turca). Todo eso es muy diferente de la tradición rusa, que es una
galería llena de cuadros de grandes zares y caudillos absolutistas tanto
más grandes cuanto más Estado e Imperio construyen.
Esa diferencia ha influido en la diferente evolución que ha tenido la
formación de los estados postcomunistas pese a su común régimen
oligárquico.
Mientras en Rusia tras una época turbulenta se recuperó la “vertical
de poder” con su vector tradicional autocrático con considerable
facilidad (eso es lo que representa Putin), en Ucrania el Estado ha sido
mucho más débil. Eso ha hecho que la sociedad haya sido mucho más
suelta, incontrolada e independiente hacia el poder que en Rusia, lo que
ha tenido ciertas ventajas para la autonomía social y también serios
inconvenientes para estabilizar un gobierno efectivo independiente de
intereses externos…
Dicho todo esto y situados ya un poco ante el mapa, hay que decir que
por más que esas semejanzas y diferencias sean importantes para
comprender el universo ruso-ucraniano y para entender la diversidad
interna de Ucrania, apenas aportan una explicación concreta a lo que
tenemos hoy encima de la mesa: una verdadera fractura que explota en una
guerra civil. ¿Cómo ha podido podrirse tanto la situación para que los
hermanos se tiroteen y bombardeen?
Para comprender eso, no hay más remedio que fijarse en los regímenes políticos -igualmente emparentados- de Rusia y Ucrania.
II) Privatización y regímenes
En los años noventa, Rusia y Ucrania sufrieron el mismo proceso de
saqueo de su economía, sus recursos, su patrimonio material nacional, a
manos del mismo estrato administrativo-burocrático-oligárquico del
antiguo régimen comunistoide, la Estadocracia (según el término
del profesor Marat Cheskov). Eso que se conoce como “privatización” dio
lugar al mismo tipo de sistema de capitalismo oligárquico. La
diferencia con Rusia ha sido “el factor Putin”.
Si en Rusia con el cambio de siglo acabó emergiendo un poder político
que restableció la vertical de poder y sometió a los magnates de la
privatización a unas reglas de juego en las que era obligatorio
reconocer la primacía del Estado, en Ucrania eso no ocurrió. Después de
los años noventa, la política ucraniana continuó siendo la lucha entre,
fundamentalmente, dos grupos de magnates. Unos vinculados
industrialmente a Rusia y por tanto que tendían geopolíticamente hacia
ella, y otros mucho más en la órbita occidental.
Esos grupos apenas se diferenciaban internamente en su programa
socio-económico, maltrataban exactamente igual la aparición de cualquier
manifestación social o de izquierda, y mantenían una cruda lucha
subterránea por el poder. Ambos grupos se disputaron ese poder y
alternaron en él, con incidentes pero sin llegar a un enfrentamiento
abierto y militar como el de octubre de 1993 en Moscú.
Cada uno de los dos bandos de este sistema clánico-oligárquico con
fuertes anclajes en la descrita diversidad regional ucraniana, era
demasiado débil para imponerse definitivamente a sus adversarios. Esa
debilidad hizo que cada uno de ellos aumentara la conexión y dependencia
clientelista hacia el elemento geopolítico exterior. Los intereses de
los grandes vecinos se mezclaron cada vez más en una amalgama, junto con
los intereses económicos, industriales e ideológicos, “orientales” u
“occidentales” de cada bando. Sobre esa lógica de poder actuaron tanto
subvenciones rusas al suministro de gas, como la compra y financiación
de ONG, medios de comunicación e instituciones con los 5000 millones de
dólares reconocidos por la señora Victoria Nuland, vicesecretaria de
Estado norteamericana, o por su vector correspondiente alemán, polaco y
europeo en general.
Diferencia fundamental entre esos dos vectores externos era que si
Moscú era desde el principio consciente de la diversidad interna de
Ucrania y de la imposibilidad de imponer por completo sus intereses allá
sin romper el país, en Washington, Bruselas y Berlín se buscaba, cada
vez más, una victoria total y definitiva, ignorando los peligros de una
fractura.
Ese sentido común acerca de la necesidad de cierto equilibrio interno
había regido la política ucraniana de los dos bandos oligárquicos
enfrentados desde 1991 hasta 2014. Siempre que uno u otro bando llegaba
al poder en Kíev, ambos gobernando sobre el mismo fondo de corrupción y
parasitismo (muy superior al de Rusia), había conciencia de que el país
sería ingobernable y se rompería si se ignoraban por completo los
intereses del otro. La propia población, socialmente muy descontenta con
el poder tanto en el Este como en el Oeste del país, dependía de la
apertura y el acceso a los grandes vecinos orientales y occidentales. De
los 45 millones de ucranianos, unos seis millones respondieron a la
pobreza emigrando a trabajar en el extranjero, unos 3 millones hacia
Rusia (ucranianos de Novorossia) y otros tres hacia Polonia y la Unión
Europea, mayormente ucranianos occidentales.
III) La revuelta del Maidán y su secuestro.
En este contexto de debilidad del poder ucraniano que acentúa el
recurso de los dos grupos oligárquicos enfrentados a padrinazgos
geopolíticos exteriores, apareció la provocativa y desestabilizadora
oferta de la Unión Europea de un acuerdo de “Asociación oriental” con
Ucrania. Hay que decir que a diferencia de la Unión Aduanera propuesta
por Moscú, esa oferta europea se planteó desde el principio como
excluyente, no compatible y no negociable con cualquier interés
ucraniano vinculado a Rusia. Dada la permeabilidad existente entre los
mercados ruso y ucraniano, abrir el segundo a la UE significaba
perjudicar directamente la economía rusa. En materia de seguridad, la
Unión Europea dejaba claro en aquel tratado que Ucrania debía ponerse en
sintonía con “Europa” en su política exterior y de seguridad,
fundamentalmente adversa a la de Moscú.
Mientras Moscú y Kíev pedían a la Unión Europea una negociación a
tres bandas para solucionar el entuerto, la canciller Merkel se negó
rotundamente a admitir a Rusia en cualquier negociación con Ucrania. Eso
hizo que la jugada de la adhesión a “Europa” se convirtiera en una
bomba desestabilizadora que transformaba equilibrios y diferencias,
territoriales y de intereses, hasta ahora gobernables en una verdadera
fractura.
Esa circunstancia, unida a las improvisadas contraofertas y fuertes
presiones de Moscú, alimentó las más que razonables vacilaciones del
Presidente Viktor Yanukovich. El no de Yanukovich al tratado con la UE
hizo estallar el descontento social contra la corrupción, la oligarquía,
contra el gobierno inefectivo, opaco y socialmente injusto, aspectos
que el polo popular occidentalista ucraniano asocia con el modelo ruso.
El primer Maidán fue un movimiento surgido de un impulso genuinamente
popular que expresaba elementales deseos de regeneración democrática,
civil y nacional. Pero a diferencia de, digamos, el 15-M, tenía detrás a
uno de los dos bandos oligárquicos y a los socios exteriores americanos
y europeos (particularmente polacos y alemanes), con apoyo de medios de
comunicación locales e internacionales, por lo que desde el principio
estaba bien cargado de ambigüedad social y geopolítica.
El gobierno de Yanukovich respondió a ese desafío con gran
inseguridad, represión y juego sucio: movilizando bandas de lumpen que
apalizaban a activistas, etc., lo que aún indignó más a la gente.
Por sí solo, el sujeto que formaba la infantería de este Maidan (la intelligentsia
creativa, los grandes y pequeños hombres de negocios del sector
servicios, estudiantes, profesiones liberales y funcionarios apoyados
por los clanes oligárquicos “alternativos”), no era capaz de tomar el
poder y tumbar al desprestigiado régimen -por otra parte electo y
completamente legítimo desde el punto de vista formal. Para derribarlo
se necesitaba una fuerza de choque, disciplinada, y dispuesta a jugarse
el físico. Una caballería pesada. Esa fuerza fue la extrema derecha
armada con la ideología nacionalista de tradición “banderovski”,
apoyada por los oligarcas y los padrinos geopolíticos occidentales. Si
la trama subterránea de complicidades, financiación, asesoramientos y
adiestramiento de servicios secretos occidentales (americanos, polacos y
alemanes) apenas ha trascendido, cuarenta políticos occidentales de
primera fila, entre ellos primeras figuras de Estados Unidos y los
ministros de exteriores de Alemania, Polonia, países bálticos, etc.
pasaron por la plaza de Kíev repartiendo solidaridades y pastelitos. Fue
ese segundo Maidán el que ejecutó el cambio de régimen en las jornadas
de febrero en un contexto de batallas campales con incendio y toma de
sedes ministeriales en medio de una masacre indiscriminada de
manifestantes y policías (en total un centenar, además de más de una
decena de policías) a cargo de tiradores de precisión el 20 de febrero,
lo que precipitó la caída del gobierno y la huida del presidente.
El estudio académico mas convincente sobre aquella masacre, obra del
profesor Ivan Katchanovski, de la School of Political Studies de la
Universidad de Otawa concluyó lo siguiente:
“La evidencia indica que una alianza de elementos de la oposición
de Maidan y la extrema derecha estuvo involucrada en el asesinato en
masa tanto de los manifestantes como de la policía, mientras que la
participación de las unidades especiales de la policía en los asesinatos
de algunos de los manifestantes no se puede descartar por completo en
base a la evidencia disponible. El nuevo gobierno que llegó al poder en
gran parte como resultado de la masacre falsificó su investigación,
mientras que los medios de comunicación ucranianos contribuyeron a
tergiversar la matanza masiva de manifestantes y policías. La evidencia
indica que la extrema derecha desempeñó un papel clave en el
derrocamiento violento del gobierno en Ucrania”
A la misma conclusión llega Richard Sakwa, de la Universidad de Kent,
autor del mejor libro sobre el Maidan publicado hasta la fecha (Frontline Ukraine).
En febrero de 2014, estuve metido de lleno en la crónica periodística del Maidán en Kíev y escribí lo siguiente:
“Hasta el más iluso activista de cualquier movimiento social europeo comprende ahora el misterio de lo que se está viendo estos días en Kíev:si
la causa es “justa”, se puede ocupar más de media docena de edificios y
sedes ministeriales en el centro de la capital, varias sedes regionales
del gobierno, organizar escuadras paramilitares, presentar una fuerte
resistencia física ante los antidisturbios, matar agentes y ganarse el
aplauso de la Unión Europea. Las batallas campales son aquí “valientes
y pacíficas manifestaciones”. Las autoridades, y no los ciudadanos,
“deben renunciar a la violencia” y derogar “las leyes que limitan las
libertades y derechos” y sus reivindicaciones deben ser escuchadas,
Merkel et Bruselam dixit. ¿Comienza una nueva época? ¿Veremos a
políticos rusos, bielorrusos y ucranianos llamando a la huelga general
en Atenas, coreando el “no nos representan” en la Puerta del Sol o
aplaudiendo a quienes lanzan botellas incendiarias a la policía en el
Ocupy Frankfurt?”
Obviamente si todo aquello hubiera ocurrido con los vectores y
escenarios invertidos -un gobierno favorable a los intereses
occidentales, en México o Canadá, con políticos rusos, chinos y
venezolanos de primera fila repartiendo pastelitos entre los
manifestantes- no se habría celebrado como progreso democrático, sino
como escandaloso y sangriento golpe de estado, terrorismo y demás…
El cambio de régimen en Kíev precipitó la revuelta del Este de
Ucrania con padrinazgo ruso. Primero en Crimea, donde las declaración de
soberanía y el posterior ingreso del territorio en Rusia, fue fácil por
el amplio apoyo de la población y la presencia de la flota rusa, y
luego en todo el arco de Novorossia. Todas esas regiones, temerosas de
las primeras disposiciones de un gobierno con participación de
“banderovski” en materia de lengua, etc., y ante la evidencia de que sus
derechos e intereses iban a ser atropellados, pidieron federalismo en
pequeños antimaidanes pro rusos, sin el menor apoyo de
oligarcas locales (todos se pasaron a Kíev), que expresaban el mismo
genuino descontento social y temor popular que el de Kíev desde un
vector identitario y geopolítico distinto. En Odesa, ciudad rusofila y
rusoparlante, presencié aquel febrero manifestaciones de decenas de
miles de ciudadanos contra el nuevo gobierno de Kíev salido del Maidán y
contra el nacionalismo ucraniano antiruso. Aquella protesta se aplastó
con otra masacre, la de la Casa de los Sindicatos del 2 de mayo a cargo
de la extrema derecha y los hinchas de futbol venidos de todo el país a
poner orden en la ciudad, con el resultado de 46 muertos y 214 heridos,
muchos de ellos abrasados en el edificio de cinco plantas incendiado con
cócteles molotov ante la pasividad de la policía. En otras regiones
rusófilas el miedo, la debilidad de la protesta o la pasividad de los
disconformes con lo que sucedía decidió la situación. No fue así en el
Este del país, donde se organizó una fuerte resistencia popular armada
mezclada con intervención camuflada rusa. La respuesta del nuevo
gobierno de Kíev fue el envío del ejército en misión antiterrorista -lo
que el presidente Yanukovich no se había atrevido a hacer- y que dio
paso a la militarización y al actual escenario de guerra civil con
14.000 muertos y centenares de miles de refugiados y desplazados.
Una vez más: si cambiamos las fichas, toda esta utilización de
aviación y artillería contra ciudades habría sido valorado en Occidente
como intolerable crimen contra la humanidad, etc., etc.
Dicho esto, se impone la evidencia de que todo lo que hubo y hay de
genuinamente popular y liberador, tanto en el primer Maidán de Kiev como
en la revuelta de Novorossia, importa muy poco a fin de cuentas en este
conflicto en el que lo determinante es su dimensión geopolítica. Nada
se entiende sin poner el zoom de nuestra observación en posición de gran
angular.
IV) El Imperio del caos y la “arquitectura de la seguridad europea”.
La propaganda occidental achaca el conflicto de Ucrania a la maldad
de Putin, al nuevo expansionismo ruso y propone cronologías tan
descaradas como la película que comienza con la invasión rusa de Crimea.
Vaya por delante que el régimen oligárquico ruso tiene intereses
correspondientes (aunque mucho más legítimos, desde el punto de vista de
la historia y de la geografía) a los occidentales por: 1- Mantener su
control y acceso a buena parte de los recursos naturales e industriales
de Ucrania, 2- Ampliar su influencia geopolítica y 3- Por consolidar el
régimen autocrático de Putin y la unión autoritaria de burócratas y
magnates que lo sustenta, con medidas de tanta carga patriótica como el
regreso de Crimea a Rusia.
Desde ese punto de vista, tal como decía el profesor Mijaíl Buzgalin,
la recuperación de Crimea es tan “progresista” como el intento de los
militares de Argentina por hacerse con las Islas Malvinas ante
Inglaterra.
Todo esto hay que tenerlo en cuenta -sobre todo a efectos de la
imprevisible evolución interna de Rusia en los próximos años- pero es
bastante secundario e irrelevante al lado del hecho principal: por
primera vez en un cuarto de siglo una gran potencia regional, como es
Rusia ahora, paró los pies a la superpotencia hegemónica del
conglomerado imperial Estados Unidos-OTAN-Unión Europea. Es este desafío
que crea un precedente, lo que es visto como intolerable y es
contestado con sanciones y escenarios de nueva guerra fría.
La situación lanza señales a la correlación de fuerzas global y a la
recomposición de las alianzas del mundo multipolar en formación. El
siempre interesante Pepe Escobar se lanza a la piscina y ya anuncia un
eje euroasiático Pekín-Moscú-Berlín para dentro de 20 o 30 años.
Personalmente soy bastante escéptico no ya en este tipo de
construcciones, sino sobre algo mucho más básico: sobre la mera
posibilidad de pronosticar cualquier cosa de esa envergadura a 20 años
vista en el actual mundo revuelto. Por eso, antes que perderse en
inciertas proyecciones futuras más vale repasar la película que ha
conducido hasta el conflicto ucraniano.
Durante la Perestroika, el pacto que Gorbachov acabó ofreciendo a
Occidente fue el de cancelar la guerra fría a cambio de una arquitectura
europea de seguridad integrada. Esa fue la oferta implícita de Moscú a
Alemania y así fue entendida y aceptada por todos los actores. A nivel
contractual todo eso quedó reflejado en la Carta de París de la OSCE
para una nueva Europa, firmada en el Elíseo en noviembre de 1990, es
decir aún en vida de la URSS. Las implicaciones de tal esquema eran
enormes. La integración soviética en Europa habría dado lugar a un gran
conglomerado político-económico, con un gran mercado, una enorme
potencia energética y cierto eje político París-Berlín-Moscú. Por mal
que se jugase, aquella partida acababa con la hegemonía de Estados
Unidos en Europa, a todas luces innecesaria una vez disuelto el enemigo.
Todo esto no funcionó por varias razones.
Sin duda Washington lo percibió enseguida como una amenaza a sus
intereses generales y actuó en consecuencia. Gorbachov pecó también de
ingenuidad al no amarrar aquellos pactos en acuerdos y contratos
sólidos, confiándose en acuerdos entre caballeros. Pero en Moscú
sucedieron también cosas que facilitaron mucho que este escenario
fracasara.
En agosto de 1991 se produjo el golpe de estado de quienes
consideraron que se había ido demasiado lejos. El golpe fracasó, porque
sus autores no dispararon contra la gente, como luego haría en octubre
de 1993 Boris Yeltsin con el aplauso de Occidente, y sobre todo porque
la estadocracia ya estaba muy metida en la perspectiva de una entrada en
el mercado global con privatización etc. Con todo, el proyecto de
Gorbachov para Europa, lo que llamaba la “Casa común europea”, podría
haber sobrevivido a aquello. Pero en diciembre la emancipación y
degeneración de la estadocracia rusa liderada por Yeltsin, disolvió la
URSS. Ya sin Gorbachov siguieron diez años de juerga en la que las
energías de los dirigentes de Moscú se centraron en el saqueo del
patrimonio nacional (privatización), renunciando a toda política
exterior autónoma. Eso hizo que Occidente le perdiera por completo el
respeto a Rusia y se convenciera de que podía tratar con ella como con
un vasallo. En cualquier caso, Rusia ya no daba miedo: recordemos que
era la época en la que 5000 guerrilleros chechenos batían al ejército
ruso en el Cáucaso del Norte.
En ese contexto las actitudes cambiaron radicalmente. Si Rusia era
tan débil podía hacerse con ella cualquier cosa. Zbigniew Brzezinski, un
conocido estratega americano -luego asustado por lo que se ha visto en
Ucrania y partidario de la “finlandización” de ese país- propuso en
aquella época desmembrar Rusia en cuatro o cinco estados, con una
república de Extremo Oriente, otra siberiana, una Rusia europea, una
confederación caucásica, etc., etc. Su libro, de 1997, fue muy leído en
Moscú.
Esa fiesta se acabó cuando, una vez concluido el asalto al
supermercado, en Moscú decidieron poner orden. Putin ha sido eso: el
restablecedor de un orden elemental y el hombre que quiere impedir la
desmembración de Rusia proyectada por el Deep State de Estados
Unidos, una convicción profundamente arraigada en la mentalidad de Putin
y en los medios de los servicios secretos rusos que tan importante
papel juegan en el Kremlin.
En 2001, mientras los americanos se deshacían de algunos de los
acuerdos de desarme más importantes de la guerra fría (por ejemplo el
acuerdo antimisiles, ABM) y descafeinaban otros, y mientras tras la
caída de Milosevic en una de esas revoluciones de colores el Washington Post
editorializaba anunciando que la siguiente jugada sería en Bielorusia y
Ucrania, Putin propuso su colaboración a Bush en el esfuerzo
“antiterrorista” posterior al 11-S. Cedió acceso a Afganistán por la
puerta trasera de Asia Central ex soviética y cooperó en logística e
inteligencia todo lo que pudo. Todo eso no sirvió para nada. En Europa
las cosas siguieron igual.
Mientras las bombas calientes de la OTAN caían sobre Yugoslavia,
Javier Solana venía a Moscú a mediados de los noventa a convencer a los
rusos de que la ampliación hacia el Este del bloque occidental,
rompiendo todas las promesas, no tenía nada que ver con seguridad ni
confrontación: “ya no estamos en los pulsos militares de la guerra
fría”, decía, “las zonas de influencia son cosa del Siglo XIX”.
Evidentemente nadie le tomaba en serio. Fue así como, a partir de
mediados de los noventa, se decide ampliar la OTAN.
En la primera etapa ingresaron, en 1999, República Checa, Polonia y
Hungría. En la segunda, (2004) Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania,
Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia. Este proceso se hizo paralelamente a
las intervenciones en Yugoslavia (1995 Bosnia, 1999 Kosovo), cuya
lectura externa era anular el único espacio no sometido a la nueva
disciplina continental tras la guerra fría, y entre sucesivas
advertencias rusas sobre “líneas rojas” (avances del bloque que serían
considerados inadmisibles en Moscú) que fueron ignoradas. En la cumbre
de abril de 2008 en Bucarest la OTAN ya se planteó el ingreso de Ucrania
y Georgia, con la oposición de Francia y Alemania, lo que no impidió
reflejar la promesa de tal ingreso en el comunicado final de la reunión.
Sigue en agosto el ataque de Georgia a Osetia del Sur y la respuesta
militar rusa. Pese a aquella señal, la OTAN sigue sin renunciar a la
integración de ambos países y prosiguió su ampliación, en 2009, con
Albania y Croacia.
A lo largo de 30 años, mientras se le iba avasallando, Moscú no ha
dejado de insistir en el esquema de Gorbachov: reclamando un esquema de
seguridad continental integrado. Entre 2008 y 2013 seguí esa situación
desde la Conferencia de Seguridad de Munich, el foro atlantista más
importante al que se invita a Rusia. El discurso ruso siempre fue muy
claro en ese foro. (Véase: https://blogs.lavanguardia.com/berlin-poch/munich-el-occidente-autista)
En 2007 Putin denunció directamente el juego sin reglas en el que se
había convertido el intervencionismo occidental. Dijo, “el hermano lobo
no pide permiso a nadie y come donde quiere”. En 2008 advirtió que “si
Ucrania ingresa en la OTAN dejará de existir” porque se partirá”. En
2009 el Presidente Dmitri Medvedev propuso celebrar en Berlín, “una
cumbre paneuropea, abierta a Estados Unidos” (fíjense en el detalle)
para “preparar un acuerdo sobre seguridad europea jurídicamente
vinculante” que ponga fin a las actuales tensiones. En lugar de
globalizar la OTAN, usurpando el papel de la ONU, Europa debe recrear la
Organización de Seguridad y Cooperación en Europa (aquella OSCE de la
Carta de París de 1990), dijo. Todo eso se ha venido repitiendo hasta la
saciedad pero nunca fue motivo de titular de prensa o de telediario en
Europa Occidental. En la visión que se nos ofrecía, el “problema de
Rusia” no era su exclusión, manifiesta y provocadora, del sistema
europeo, sino la esquizofrenia de sus “percepciones de amenaza”, se nos
decía en los raros momentos en que alguien se interesaba.
Con Ucrania toda esta arrolladora serie acumulada a lo largo de 30
años ha explotado y los motivos son claros. En Europa se ha creado un
enredo fenomenal sobre el que muchos advertíamos en los años noventa.
Estaba claro desde el principio de que no habría estabilidad continental
a largo plazo en un esquema de seguridad que no implicara a Rusia y
menos aún que se planteara contra Rusia. A Estados Unidos ese desastre
no le venía mal, porque era la garantía de que podría continuar
manteniendo su tutela sobre el viejo continente, sin la cual su estatuto
de superpotencia se vería mermado. La historia nos advertía que el
miedo de los países del Este a Rusia era perfectamente razonable, pero
¿qué decir del miedo de Rusia, dos veces invadida por Occidente desde
1812 hasta Moscú, la última de ellas con el resultado de 27 millones de
muertos? Si hubiera que resumir la situación en una frase, diríamos que
la OTAN justifica hoy su vigencia en la necesidad de afrontar los
riesgos creados por su propia existencia y ampliación al Este del
continente. ¿Será la Unión Europea capaz de reconocer su error y dar
marcha atrás?
En nuestro siglo, acuciados por problemas existenciales imposibles de
resolver sin una intensa concertación internacional, no tenemos mucho
tiempo que perder. En la hipótesis más optimista, el resultado del
conflicto de Ucrania podría retrasar unos cuantos años más la
integración de Rusia en un esquema europeo de seguridad. En la más
pesimista, una guerra en Ucrania consolidaría y anticiparía el escenario
de un conflicto global de grandes proporciones.
(*) Este artículo sigue las notas del curso impartido en
noviembre de 2014 en el seminario para profesorado de Historia de IES.
Universidad Pompeu Fabra de Barcelona."
(Rafael Poch de Feliu, blog, 02/02/22)