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18/1/25

Robert Skidelsky: Definir una paz justa en Ucrania... Agustín no concebía una paz justa en términos jurídicos, sino como una paz que durara tanto como fuera posible en un mundo perverso... El sistema westfaliano de «equilibrio de poder» lo hizo realidad en parte... Cualquier proyecto de paz basado en la idea de que la libertad es indivisible, y que un ataque a la libertad de una sola persona es un ataque a la de todos, está destinado a quebrarse ante la diversidad de culturas y poderes... no es la universalización de nuestros valores lo que debe perseguir la política exterior, sino la armonización de lo semejante con lo diferente

 "Hay muchas razones para lamentar la resurrección de Donald Trump, pero una razón abrumadora para darle la bienvenida es que es un pacificador, no un guerrero, y que aprovechará activamente el poder de Estados Unidos para pacificar un mundo cada vez más peligroso.

Los líderes occidentales no buscan activamente la guerra con Rusia, China o Irán. Pero tampoco buscan activamente la paz. Ucrania es un buen ejemplo.

Nuestros líderes han declarado en repetidas ocasiones que corresponde a Ucrania definir los términos en los que hará las paces. Mientras tanto, seguirán suministrándole «todo lo necesario» para la victoria. Dado que el gran desequilibrio demográfico y militar entre Ucrania y Rusia impide una victoria ucraniana con el actual nivel de apoyo, esta postura sólo deja dos opciones: La derrota de Ucrania o una peligrosa escalada de consecuencias impredecibles.

Los recientes movimientos de escalada no han sido suficientes para afectar al cálculo básico. El permiso de Biden para que Ucrania utilice ATCAMS de fabricación estadounidense es lo suficientemente limitado como para evitar un conflicto directo entre la OTAN y Rusia, aunque demasiado limitado como para impedir una derrota ucraniana. En cualquier caso, sólo se mantiene durante otros dos meses. El equipo de Trump ha indicado que el nuevo presidente ejercerá una presión simultánea tanto sobre Putin como sobre Zelenskyy para poner fin a la guerra rápidamente.

 Cualquier iniciativa de paz exitosa tendrá que aceptar que este conflicto no tiene un único malo. No reconocemos la visión que tiene Putin de la OTAN como una bestia con garras envolventes. Al mismo tiempo, se puede perdonar a los rusos por pensar que la narrativa occidental no es tan defensiva como parece. «La difusión de nuestros valores nos hace más seguros», declaró Tony Blair en Chicago en 1999, justificando el bombardeo de Yugoslavia por la OTAN. Esto sienta las bases para un cambio de régimen por la fuerza cuando se presente la oportunidad. El mensaje subyacente es que la democracia es la forma pacífica y la dictadura la forma belicosa del Estado, por lo que una guerra por la democracia es necesariamente una guerra por la paz. Muchos analistas occidentales ven la guerra en Ucrania como una guerra por el cambio de régimen en Rusia, razón por la cual no pueden contemplar nada que no sea una victoria ucraniana.

La doctrina cristiana ofrece bases más seguras para negociar el fin del conflicto ucraniano. Agustín de Hipona consideraba primordiales las pretensiones de paz. Una paz perfectamente justa es inalcanzable en este mundo, pero la humanidad puede acercarse a ella. La guerra puede ser un medio para lograrlo, de modo que el pacifismo absoluto es insostenible. Pero como el bien y el mal rara vez son inequívocos, la justicia siempre es relativa y, por tanto, la guerra debe librarse con moderación y limitación (algunos analistas prefieren el término guerra «justificable» para captar la esencia del pensamiento de que ninguna guerra puede ser perfectamente justa).

 ¿Qué es una guerra justificable? El Artículo 51 del Capítulo 7 de la Carta de la ONU reconoce el «derecho inmanente de legítima defensa» si un miembro es objeto de un ataque armado. En términos de la ONU, la invasión rusa de Ucrania fue injusta e ilegal; Ucrania está librando una guerra justa en defensa propia; el Consejo de Seguridad es impotente para detener la agresión rusa ante el veto de Rusia; y Ucrania merece todo el apoyo que podamos darle.

Esto parece bastante sencillo. Sin embargo, hay dos puntos débiles en la teoría de la guerra justa: en primer lugar, en la extensión de la idea de «defensa» a la defensa de los valores más que del territorio; en segundo lugar, en el recurso a la guerra «preventiva» incluso cuando no hay ataque ni peligro inmediato de que lo haya. En tales formulaciones, defensa y ataque pierden sus referentes de sentido común. ¿La invasión de Irak liderada por Estados Unidos en 2003 fue defensiva o agresiva? Estados Unidos afirmó que estaba librando una guerra defensiva contra Sadam Husein para evitar que utilizara «armas de destrucción masiva» (que resultó no tener) en el futuro. Esta elasticidad de razonamiento invita a una inflación indefinida del significado de defensa. Rusia podría justificar, y de hecho lo hizo, su invasión de Ucrania como una medida preventiva para contrarrestar la expansión de la OTAN.

 No menos formidable es la dificultad de definir una paz justa. Agustín no concebía una paz justa en términos jurídicos, sino como una paz que durara tanto como fuera posible en un mundo perverso. Rechazó el modelo imperial (romano) de paz asegurada mediante la aniquilación del enemigo por considerarlo demasiado costoso en términos de carnicería y derramamiento de sangre - «hicieron un desierto y lo llamaron paz», dijo Tácito de los métodos imperiales romanos. Más bien adoptó la idea aristotélica de la paz como proporción ordenada. «El orden», escribió Agustín, “es el ajuste de lo semejante y lo diferente, cada uno en su lugar”. El sistema westfaliano de «equilibrio de poder» lo hizo realidad en parte, aunque el equilibrio de poderes daría una mejor idea de ello, con cada parte contribuyendo a la armonía del conjunto.

Cualquier proyecto de paz basado en la idea de que la libertad es indivisible, y que un ataque a la libertad de una sola persona es un ataque a la de todos, está destinado a quebrarse ante la diversidad de culturas y poderes. Sin embargo, esta sigue siendo la visión oficial occidental. La segunda venida de Trump, con sus instintos aislacionistas, promete romper este molde. Porque no es la universalización de nuestros valores lo que debe perseguir la política exterior, sino la armonización de lo semejante con lo diferente."

(Robert Skidelsky , en  Thomas Fazi , blog, 24/11/24, traducción DEEPL)

13/9/22

Cómo comenzó todo en Ucrania: en la década de 1990 la divisoria política real en la esfera pública se acercaba más a la clásica distinción binaria entre izquierda y derecha... El cambio a un vocabulario étnico se produjo con la revolución naranja de 2004... la rivalidad entre grupos oligárquicos que estaban detrás de las principales formaciones políticas partidarias se había vuelto más transparente e intervino en adelante de forma abierta en la lucha electoral. Fue entonces cuando las diferencias etnolingüísticas percibidas entre este y oeste se convirtieron en una división política cada vez más profunda y las identidades culturales comenzaron a absorber distinciones programáticas más convencionales... La política ucraniana paso a ser, después de la revolución naranja, un terreno de confrontación entre dos proyectos nacionalistas rivales, que se percibían a sí mismos como ucranianos étnicos y eslavos orientales

 "(...) Cómo comenzó todo

Ahora bien, a lo largo de los treinta años de independencia de Ucrania ha habido una notable diversidad en la geografía política del país y en sus identidades políticas, pero las diferencias cardinales cambiaron junto con la transformación de las luchas políticas. Contrariamente a la narrativa nacionalista que poco a poco se ha vuelto dominante, en la década de 1990 la divisoria política real en la esfera pública se acercaba más a la clásica distinción binaria entre izquierda y derecha, incluso en los términos empleados por la propia clase política y la profesión periodística.

El cambio a un vocabulario étnico se produjo con la revolución naranja de 2004, cuando el centro de gravedad en el terreno político se trasladó de la presidencia al parlamento. A resultas de este desplazamiento, la rivalidad entre grupos oligárquicos que estaban detrás de las principales formaciones políticas partidarias se había vuelto más transparente e intervino en adelante de forma abierta en la lucha electoral. Fue entonces cuando las diferencias etnolingüísticas percibidas entre este y oeste se convirtieron en una división política cada vez más profunda y las identidades culturales comenzaron a absorber distinciones programáticas más convencionales.

La política ucraniana paso a ser, después de la revolución naranja, un terreno de confrontación entre dos proyectos nacionalistas rivales, que se percibían a sí mismos como ucranianos étnicos y eslavos orientales (Shulman, 2005). Los primeros ensalzaron la lengua ucraniana y su identidad étnica asociada, se mostraba implacablemente hostil hacia Rusia, que equiparaba a la Unión Soviética, y anhelaba una integración liberal euroatlántica. Los segundos se centraron en la defensa de los derechos de la lengua rusa, la iglesia ortodoxa rusa y la memoria histórica de la victoria del pueblo soviético en la segunda guerra mundial (que veían como una victoria propia), y supuestamente favorables a Rusia.

Esta división proporcionaba a las elites una herramienta fácil para movilizar la base de votantes. Sin embargo, al mismo tiempo servía de freno de seguridad para prevenir una consolidación autoritaria del poder: todo dictador potencial apoyado por uno u otro bloque era fácilmente derribado por sus rivales, bastaba movilizar a la otra mitad del país contra él. Este pluralismo por defecto pasó a ser el rasgo distintivo del sistema político ucraniano (Way, 2015). Un pluralismo que también era un seguro frente a una consolidación neoliberal en el terreno económico: la importancia del componente populista no permitía que las elites gobernantes separaran la economía de las configuraciones sociales y políticas locales y obligaba a todas las fuerzas políticas a mantener el legado soviético de mecanismos redistributivos.

La creación de la división supuestamente identitaria sirvió por tanto de amaño útil para la reproducción social durante la década de crecimiento económico entre 2000 y 2010. No obstante, como ocurre con todos los parches político-económicos, este solo fue temporal. Varios factores contribuyeron a su desaparición a comienzos de la década de 2010. En primer lugar, al carecer de controles internos, la amplitud de la dicotomía nacionalista fue creciendo peligrosamente hasta que la polarización alcanzó niveles insostenibles.

En las elecciones legislativas de 2012, el partido (ucraniano étnico) de extrema derecha Svoboda obtuvo el 10 % de los votos. Su popularidad se vio favorecida por el presidente (eslavo oriental) Yanukovich, que pretendía a todas luces orquestar su reelección en 2015 de la misma manera que lo había hecho Jacques Chirac en 2002 frente a Le Pen, pero seguramente subestimó el nivel de tensión ya acumulada en la sociedad. Las actividades depredadoras del equipos de Yanukovich en el terreno económico irritaron tanto a los oligarcas como a los pequeños empresarios, mucho más numerosos, y a las clases medias urbanas en Kyiv y en la parte occidental del país, dando alas al voto nacionalista.

 Esto coincidió con el final del superciclo comercial que había sostenido el crecimiento de la economía ucraniana entre 1997 y 2012 (Chim, 2021). Había cada vez menos que redistribuir, especialmente debido a que en 2012 Rusia, afectada por el mismo cambio de ciclo global, lanzó un ataque económico frontal contra Ucrania, con unos precios exorbitantes del gas e incontables guerras comerciales que afectaron a los exportadores ucranianos. A partir de la segunda mitad de 2012, tras el fin del estímulo producido por los proyectos de infraestructura asociados al campeonato europeo de fútbol, Ucrania entró en recesión. La ofensiva económica rusa marcó el cierre del intersticio geopolítico que había sido vital para Ucrania: Yanukovich se vio forzado a elegir un bando a sabiendas de que cualquier elección sería desastrosa.

Todas estas contradicciones se cruzaron en la crisis política llamada Euromaidan en 2013-2014. Depuesto Yanukovich, Crimea anexionada por Rusia y el Donbás sumido en una guerra, el equilibrio interno de la política ucraniana se distorsionó irremisiblemente. Millones de votantes eslavos orientales se vieron ahora expulsados del terreno de juego y el partido ucraniano étnico pasó a ser matemáticamente dominante (D’Anieri, 2018). Este antagonismo, aunque reciente y construido, preside ahora la política nacional.

Al mismo tiempo, sin embargo, tanto la identidad ucraniana étnica como la eslava oriental que se ofertaban en el mercado político estaban muy débilmente arraigadas en la cosmovisión de la gente común. Dondequiera que viviera una persona o cualquiera que fuera la lengua que hablara con más soltura, la actitud popular dominante era un rechazo antipolítico de las disputas partidarias como tales, en vez de un firme apoyo a un bando o a otro. A resultas de esta desconexión entre la clase política y la sociedad, y empujado por la lógica de la esfera pública, Petro Poroshenko pasó su mandato presidencial virando hacia una forma cada vez más radical de nacionalismo ucraniano étnico. Al final encajó una humillante derrota en las elecciones de 2019: el 73 % de los votos favorecieron a Volodymyr Zelenskyi, que era la verdadera encarnación de la actitud antipolítica y antielitista popular.

Sin embargo, una vez elegido, Zelenskyi también comenzó a atenerse a la lógica estructural de la esfera política. En el otoño de 2020, el gobierno ruso se convenció de que Zelenskyi no iba a aceptar su versión de los acuerdos de Minsk, y el Kremlin inició los preparativos militares. En los niveles inferiores de la sociedad ucraniana, mientras tanto, persistía el mismo desapego inveterado con respecto a la política identitaria. Por ejemplo, uno de los líderes de la huelga minera de 2020 en Kryvyi Rih, la ciudad natal de Zelenskyi, fue ensalzado como un héroe de las dos batallas más duras de la guerra del Donbás. No obstante, esto no le importó mucho subjetivamente: en una polémica en torno a la huelga, dijo que nunca se había considerado un patriota (Gorbach, 2022).

El momento actual

¿Qué ocurrió cuando Rusia finalizó sus preparativos bélicos y envió sus tropas a Ucrania? Kryvyi Rih, un bastión de la elite supuestamente eslava oriental, es un ejemplo ilustrativo. El alcalde de la ciudad, Yuriy Vilkul, fue elegido en 2010, tras la victoria presidencial de Yanukovich. El hijo del alcalde, Oleksandr, era director general de dos grandes empresas industriales de la ciudad en el momento crucial de su polémica transferencia a Rinat Ajmétov, el hombre más rico de Ucrania y patrocinador tradicional de los proyectos políticos eslavos orientales. La consolidación del poder político de esta familia en la ciudad vino acompañada de su patrocinio de la construcción de numerosas iglesias ortodoxas rusas y otros proyectos religiosos, así como de monumentos que refuerzan la versión sovietista de la memoria histórica de la segunda guerra mundial.

Activistas nacionalistas y liberales locales estaban convencidos de que la elite dirigente cambiarían de bando nada más asomar las tropas rusas. Sin embargo, Oleksandr Vilkul fue nombrado jefe de la administración militar local. Poco después de la invasión, escribió: “Queridos amigos, cada generación tiene su propia fortaleza de Brest, su propia Stalingrado. No cederemos ni un metro de nuestra tierra natal a los ocupantes. Kryvbas está a nuestras espaldas, no tenemos dónde retirarnos. Tras nuestras espaldas están nuestras familias y las tumbas de nuestras familias… El enemigo será derrotado.”

Estas cuatro frases contienen nada menos que cinco alusiones a los discursos de Stalin en tiempos de guerra. La identidad eslava oriental, durante mucho tiempo percibida como prorrusa, se convirtió en una herramienta de movilización en contra de la invasión rusa. La sociedad civil local, ucraniana étnica, se sintió molesta y desorientada ante este giro de los acontecimientos, pero al margen de lo que puedan pensar de ello, el hecho es que la resistencia a la invasión rusa se organiza de modo eficiente bajo el lema del antifascismo soviético y de la fe ortodoxa. El dirigente político que durante años se opuso al etnonacionalismo ucraniano y combatió la descomunización del espacio urbano después del Euromaidan, recibe ahora visitas amistosas de las cabezas visibles del nacionalismo ucraniano y se ha puesto a renombrar todos los topónimos que tienen alguna cosa que ver con Rusia (que implica cambios más amplios que la eliminación de nombres comunistas).

¿Qué decir de la clase trabajadora? Ninguno de mis informadores antes apolíticos o eslavos orientales de Kryvyi Rih parecen albergar dudas con respecto a la invasión. El abanico de reacciones va de los exabruptos emocionales patrióticos en los grupos de chat a la implicación personal en el esfuerzo de guerra. Un dirigente sindical ha pedido el envío de armas a compañeros extranjeros que querían enviar ayuda humanitaria; un minero desplazado de Donetsk ha abandonado su escepticismo con respecto a la política y ha participado con entusiasmo en la defensa de la ciudad. Abundan los ejemplos.

¿El final de la ambigüedad?

Durante décadas, la relación de la clase obrera ucraniana con la política fue distante, por no decir activamente antagonista. La política en todas sus variantes y colores se percibía como el dominio de la corrupción y las mentiras. ¿Qué ha cambiado? Probablemente no gran cosa. La reacción unívoca a la invasión rusa es tan fuerte precisamente por su carácter no político: la experiencia de la guerra y la respuesta a ella son viscerales, no mediatizadas por ideologías corruptoras y politiqueos. Contrariamente a anteriores acontecimientos políticos, este se se siente real. Afecta al tejido mismo de la vida cotidiana y no se basa en reflexiones abstractas mediatizadas por una clase intelectual. De ahí el nivel sorprendente de implicación personal.

 Volodimir Artiuj plantea algo similar cuando compara las narrativas oficiales rusa y ucraniana que acompañaron este año a las conmemoraciones de la segunda guerra mundial: “Mientras que el lado ucraniano desecha signos icónicos y apela a la experiencia física visceral, en el lado ruso se emplean casi exclusivamente símbolos carentes de toda relación con la experiencia vivida” (Artiuj, 2022). Ambas estrategias discursivas excluyen la posibilidad de construir un movimiento político sostenible desde abajo, pero mientras el simbolismo ruso es desmovilizador, la apelación ucraniana a la realidad vivida moviliza generando una potente lealtad emocional con el acontecimiento. Oleg Zhuravlev y Volodimir Ishchenko han estudiado una política inmediata similar en el caso del Euromaidan; una enorme movilización que no tenía ninguna agenda verbalizada, basándose en su lugar en vínculos emocionales entre los participantes en el movimiento, y entre ellos y su objeto político (Zhuravlev & Ishchenko, 2020).

¿Se estabilizará este vínculo lo suficiente para crear un sentido común compartido, construyendo de este modo, finalmente, una nación ucraniana efectiva, no dividida, en respuesta a la guerra? Resulta tentador anticipar la aparición de una síntesis hegeliana a partir de dos ideologías antitéticas, cuya coexistencia hacía que Ucrania fuera un tanto deficiente en muchas narrativas. Sin embargo, incluso si se hace realidad un proyecto como este, ¿cuáles serían sus características? O bien podría deslizarse de nuevo hacia un etnonacionalismo estrecho, o bien convertirsde en un proyecto nacional inclusivo, basado en la experiencia compartida de la guerra, en la aspiración a ingresar en la Unión Europea y en un programa redistributivo. Puede quedarse en un estadio prenacional (después de todo, ¿qué es el nacionalismo si no una negación romántica de la racionalidad de la Ilustración?) o transformarse en un programa político más fácil de leer.

Poca cosa se puede prever con certeza en un momento en que todo –incluida la futura realidad geográfica de Ucrania– depende del resultado de la guerra. Sin embargo, es importante reconocer que la guerra tampoco es una variable independiente; su trayectoria la estructura la acción política contradictoria de la gente que habita el país."                   (  , Viento Sur, 24 junio 2022)

5/9/22

La visión de Gorbachov de una Rusia europeizada representaba una amenaza para la hegemonía estadounidense (militar y económica), ya que prometía unir a Europa Occidental y a Rusia en una causa común. Eso hacía que la visión de Gorbachov fuera estratégicamente subversiva... Rusia y Europa Occidental constituyen un matrimonio económico perfecto. Rusia tiene recursos naturales y necesita capital. Europa tiene capital y necesita recursos naturales. Ambos tienen conocimientos científicos y poblaciones educadas... la expansión de la OTAN hacia el este ha creado un caballo de Troya estadounidense que promete desestabilizar Europa en el siglo XXI... porque los nuevos Estados miembros son más leales a Estados Unidos que a Europa Occidental... La culpa del fracaso de Europa recae principalmente en Francia y Alemania, que son los líderes de Europa y han fracasado en el desarrollo de un proyecto geopolítico europeo independiente

 "Mijaíl Gorbachov murió el 30 de agosto de 2022. Desde entonces, los líderes occidentales se deshacen en elogios. Esas alabanzas ocultan cómo Occidente traicionó a Gorbachov tras su caída del poder, y cómo esa traición sembró el conflicto de Ucrania.

La historia es complicada porque la caída de Gorbachov fue provocada por los partidarios de la línea dura del Partido Comunista, por lo que los problemas que sufrió Rusia a partir de entonces también se deben en gran medida a las acciones rusas. Dicho esto, Gorbachov buscó una asociación para la paz, la prosperidad y la democracia. Después de su caída, Occidente renunció al acuerdo refrendado con un apretón de manos. 

Un homenaje a la inspiradora visión de Gorbachov

Antes de pasar a los detalles de esa traición, se justifica un homenaje a Gorbachov. Gorbachov pretendía transformar la Unión Soviética de un sistema represivo cerrado en un sistema socialista consultivo abierto que formara parte de la familia europea. Esa aspiración se describió como glasnost (apertura) y se impulsó a través del movimiento de reforma de la Perestroika.

Su aspiración quedó plasmada en su histórico discurso de 1989 ante el Consejo de Europa. En él, invitó a Europa Occidental a unirse a la Unión Soviética en la creación de una Europa abierta, fraternal y próspera que pusiera fin a las animosidades de la Guerra Fría. Su discurso termina con un llamamiento a la inclusión de la Unión Soviética en una Europa armoniosa:

"Estamos convencidos de que lo que necesitan es una Europa, pacífica y democrática, una Europa que mantenga toda su diversidad y sus ideas humanistas comunes, una Europa próspera que extienda sus manos al resto del mundo. Una Europa que avance con confianza hacia el futuro. Es en esa Europa donde visualizamos nuestro propio futuro".

Trágicamente, su visión no se hizo realidad. Por el contrario, fue deshecha por la espiral de acontecimientos desencadenados por el golpe de Estado de la línea dura de 1991, la hostilidad de Estados Unidos y la ingenuidad de los líderes de Europa Occidental.

El golpe comunista de 1991

El desmoronamiento de la visión de Gorbachov comenzó con el golpe de Estado del 19 de agosto de 1991, en el que los partidarios de la línea dura del Partido Comunista intentaron derrocarlo y cerrar el proceso de reforma de la Perestroika. Aunque el golpe fracasó, desencadenó fuerzas que desgarraron la Unión Soviética y provocaron la desaparición política de Gorbachov.

La República Socialista Soviética de Ucrania anunció su intención de independizarse el 24 de agosto, seguida por una declaración similar de la República de Bielorrusia el 25 de agosto. El 27 de agosto, el Soviet Supremo de Moldavia declaró su independencia; el 30 de agosto, el Soviet Supremo de Azerbaiyán se separó; y el 31 de agosto, el Soviet de Kirguistán se separó. Había quince repúblicas soviéticas. En noviembre, sólo tres (Rusia, Kazajstán y Uzbekistán) no habían declarado su independencia. En efecto, ya no había una Unión Soviética que presidir, y Gorbachov dimitió como presidente el 25 de diciembre de 1991. Al día siguiente, el Sóviet Supremo votó su propia desaparición y la de la Unión Soviética.

En retrospectiva, el fallido golpe de Estado de la línea dura dio el pistoletazo de salida a la disolución de la Unión Soviética, ya que los jefes de la República Comunista se apresuraron a hacerse con el poder que les daría la ventaja en el saqueo que se avecinaba. En Rusia, la carrera la ganó Boris Yeltsin, que era presidente de la República Soviética Rusa.

La expansión de la OTAN hacia el este

Incluso después de la disolución de la Unión Soviética, el desastre de la terapia de choque económica y el saqueo de Rusia, la visión de Gorbachov podría haberse hecho realidad. Sin embargo, la expansión de la OTAN hacia el este la ha impedido de forma decisiva.

Como ha documentado el embajador Jack Matlock Jr., el último embajador de Estados Unidos en la Unión Soviética, un elemento crítico para que Gorbachov pusiera fin a la Guerra Fría fue el acuerdo de que no hubiera una expansión de la OTAN hacia el este más allá de la inclusión de Alemania Oriental. Ese acuerdo de apretón de manos fue esencial para la tranquilidad de la seguridad nacional rusa.

Sin embargo, tras la desintegración de la Unión Soviética, Occidente aprovechó la debilidad de Rusia para ampliar la OTAN hasta sus fronteras. El resultado fue la destrucción de la base de la confianza y la creación de una razón duradera para los temores militares rusos.

La OTAN se estableció como una alianza defensiva de la Guerra Fría. Es comprensible que continuara, pero la expansión hacia el este fue un acto inequívocamente agresivo que sólo ha empeorado la seguridad de los estados miembros originales de la OTAN. Los nuevos miembros contaban con activos militares insignificantes, pero todos aportaban un enorme riesgo de conflicto. Casi todos tenían tradiciones democráticas inexistentes, largas historias de intolerancia política, historias de conflicto con Rusia y eran intolerantes con los rusos étnicos dentro de sus fronteras. Su ingreso en la OTAN significaba que los Estados miembros originales se comprometían a defender a los países que podían provocar un conflicto con Rusia.

La hostilidad de EEUU

Dicho esto, la expansión de la OTAN hacia el este siempre ha tenido sentido desde el punto de vista de EEUU. En primer lugar, Estados Unidos se adhiere a la doctrina neocon que sostiene que Estados Unidos debe ser hegemónico a nivel mundial. Eso significa que ningún país debería poder desafiar a EE.UU. como lo hizo en su día la Unión Soviética. Rusia todavía tiene ese poder, lo que la convierte en una amenaza continua a los ojos de los neoconservadores.

En segundo lugar, Estados Unidos está protegido por los océanos Atlántico y Pacífico. En consecuencia, nunca sufre el daño directo o el retroceso de los conflictos que inicia. Por ello, la expansión de la OTAN hacia el este fue prácticamente gratuita para Estados Unidos.

En tercer lugar, la visión de Gorbachov de una Rusia europeizada representaba una amenaza fundamental para la hegemonía estadounidense (militar y económica), ya que prometía unir a Europa Occidental y a Rusia en una causa común. Eso hacía que la visión de Gorbachov fuera estratégicamente subversiva.

La ingenuidad europea

En el otro lado de la balanza, Europa ha perdido mucho con el fracaso de la visión de Gorbachov. En primer lugar, Europa sufre los daños directos y el retroceso de los conflictos. Así lo han demostrado los conflictos de Bosnia, Serbia, Irak, Libia, Siria y Afganistán, y lo está demostrando de nuevo el conflicto de Ucrania.

En segundo lugar, Europa ha perdido una enorme oportunidad económica al seguir el liderazgo estratégico de Estados Unidos. Rusia y Europa Occidental constituyen un matrimonio económico hecho en el cielo. Rusia tiene recursos naturales y necesita capital. Europa tiene capital y necesita recursos naturales. Ambos tienen conocimientos científicos y poblaciones educadas.

En tercer lugar, la expansión de la OTAN hacia el este ha creado un caballo de Troya estadounidense que promete desestabilizar Europa en el siglo XXI. Los nuevos Estados miembros son más leales a Estados Unidos que a Europa Occidental. Esto ha sido ilustrado repetidamente por Polonia. Ha comprado aviones militares y civiles estadounidenses en lugar de aviones europeos, y ahora ha establecido una base militar estadounidense autónoma a gran escala dentro de Polonia.

La culpa del fracaso de Europa recae principalmente en Francia y Alemania, que son los líderes de Europa y han fracasado en el desarrollo de un proyecto geopolítico europeo independiente. Ese fracaso también puede reflejar la captura por parte de Estados Unidos del liderazgo europeo -un tipo de efecto "Candidato de Manchuria"- que se hace evidente en las trayectorias profesionales y el currículo de los líderes.

Epitafio

Mijaíl Gorbachov no quería la disolución de la Unión Soviética ni el fin del socialismo. Quería un nuevo capítulo para Rusia que pasara la página de los horrores del siglo XX. Se montó en el tigre con la esperanza de lograr un cambio social noble, pero el tigre le tiró.

Incluso después de ser descartado y de la desaparición de la Unión Soviética, su visión de una Rusia integrada en una Europa pacífica y democrática podría haber sido posible. Sin embargo, para ello se necesitaba la buena voluntad de Estados Unidos y un liderazgo europeo inteligente, dos elementos de los que se carecía (y se carece).

Esto hace que los elogios de los líderes estadounidenses y europeos sean huecos. Dichos líderes representan a los establecimientos políticos que, en última instancia, traicionaron la visión de Gorbachov, y esa traición explica por qué ahora es un hombre rechazado en su país."

(Thomas Pailey, Brave New Europe, 01/09/22; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

2/8/22

En el Donbás pro-ruso

 "A medida que va transcurriendo nuestra entrevista, la onda expansiva desatada por las explosiones hace temblar las ventanas. “No se preocupen, está lejos”, asegura Dimitri Chevchenko. Con una sonrisa, añade: “Y hoy está la cosa tranquila”. Nuestro interlocutor es el responsable a cargo de la gestión administrativa de la ciudad de Yasinovátaya. Una especie de alcalde, aunque él mismo reconoce que no fue electo. “Me nombraron en el puesto hace tres años, y voy contado los días porque hay que tener mucha suerte para seguir viniendo a trabajar aquí”.

Situada en el este de Ucrania, la ciudad de Yasinovátaya es ciertamente un lugar poco seguro. El municipio es parte de la República Popular de Donetsk (RPD), entidad secesionista nacida después del golpe de estado de 2014, en Kiev. Durante ocho años, la ciudad ha sido uno de los territorios más golpeados por el conflicto. “Aquí vivían 25.000 personas antes del Maidán, ahora hay menos de 10.000”, asegura Dimitri. En aquella época, la ofensiva la llevaba el ejército ucraniano, a través de su “operación antiterrorista”, que tenía como objetivo aniquilar el movimiento separatista nacido en el oriente del país. Durante varias semanas de intensos combates, las dos partes se disputaron el control de la ciudad. La ocupaban unos, después la ocupaban los otros, hasta que al final la bandera negra, azul y roja de Donetsk acabó ondeando. Y se quedó. Sin embargo, la guerra nunca terminó. Situada a apenas unos pocos kilómetros, en los alrededores de la localidad de Avdéyevka, la línea del frente ha sido zona de intercambios de disparos sin interrupción. “Los nuestros han ido avanzando, —añade el dirigente— el frente ya solo queda a 4 kilómetros, estaba más cerca antes”.

En una de las calles de Yasinovátaya, dos barrenderas toman un descanso, sentadas en un banco. Trabajan a pesar de los disparos que se siguen oyendo. En ciertas partes se ven agujeros en el asfalto, muestra de que aquí también caen misiles. “¿Qué? ¿Qué os parece el sitio? ¡Ocho años aguantando esto!”, nos grita una mujer, saliendo de su casa. De pequeña altura, pelo corto y con una sonrisa de cortesía, la señora, llamada Lilia, viene a desahogarse. “¡No nos ayuda nadie! ¡El Pushilin(1) no hace nada! ¡No tengo miedo a decirlo! ¡Es un incompetente!”. Con cabreo, apunta con el dedo las diferentes fachadas de los edificios que nos rodean para señalarnos las marcas dejadas por las explosiones. “Solo queremos paz, ojalá esta intervención rusa la traiga ¡es lo único que queremos!”, concluye Lilia, secándose las lágrimas. 

 “Lo cierto es que la operación rusa ha intensificado el conflicto, pero no había otra opción”, asegura Dimitri. Lanzada el 24 de febrero de 2022, la invasión rusa del territorio ucraniano —denominada “operación militar especial” por el Estado ruso— ha provocado una crisis internacional al mismo tiempo que provocó un terremoto a nivel mediático. Sus objetivos anunciados son varios: “proteger la gente del Donbás de un ‘genocidio’”, “desnazificar” y “desmilitarizar” el Estado ucraniano y “ajusticiar” a quienes hayan cometido crímenes contra civiles ucranianos y rusos. Esa brutal intervención del Kremlin llegó después de varios años de inmovilidad a nivel diplomático.

Los Acuerdos de Minsk (firmados en 2014 y 2015), que tenían como objetivo darle una salida política a la guerra, nunca se implementaron y el este del país siguió desangrándose. Actores extranjeros se entremetieron en el conflicto, guiados por sus intereses económico y geoestratégico, OTAN por un lado, Moscú por el otro. Los ingredientes del conflicto fueron combustiendo hasta explotar. Tras iniciar una primera fase ofensiva a lo largo de prácticamente todo el territorio de Ucrania, incluso la capital, Rusia se ha volcado en una segunda fase centrada en el este y sur del país. “La batalla del Donbás”, como muchos la denominan, involucra en realidad a varios actores locales. Beneficiándose de la llegada del poderoso vecino ruso, las tropas de las repúblicas de Donetsk y Lugansk se han lanzado, simultáneamente, a la conquista de lo que consideran sus territorios “ocupados” por el enemigo ucraniano.

 La batalla de Mariúpol es sin duda una de las que más atención mediática ha recibido. Puerto y ciudad de casi medio millón de habitantes antes de la invasión, situada en el sur de Ucrania, la ciudad de Mariúpol es hoy un campo de ruinas a cielo abierto. En sus calles y entrañas se enfrentaron sobretodo los miembros del (famoso) Regimiento Azov y las tropas rusas, apoyadas por las unidades de la RPD. Pocas personas siguen viviendo allí, debido a la ausencia de luz y agua corriente. Por las avenidas, los pocos vehículos que vemos son militares o de ayuda humanitaria (procedente de Rusia). Encima de ellos, la letra Z, convertida hoy en día en un símbolo de apoyo al ataque ruso. Su origen es incierto, pero la mayoría de las fuentes apuntan a que fue, en su origen, una simple identificación militar para ciertas unidades que participaban en la invasión.

 A unos pocos kilómetros de Mariúpol, llegamos a la localidad de Volodarskaye. Anteriormente denominada Nikolaskoye, ésta retomó su nombre soviético después de ser tomada por las fuerzas separatistas. Durante los eventos de 2014, en la ciudad se había organizado un referéndum para valorar la posibilidad de unirse a la república secesionista de Donetsk, donde también había habido una consulta popular. “Esto lo organizamos nosotros mismos, los habitantes”, dice Valentina Dorojolskaya, una pensionista, militante del Partido Comunista de Ucrania. “Se votaba en las calles, o en coches de particulares pues el municipio no autorizó que se usarán las escuelas u otros edificios como centro de votación”.

Según los organizadores de entonces, cerca de 8.600 personas consiguieron participar en la consulta a nivel regional (la región tiene más de 20.000 habitantes) y, dentro de ello, ganó la opción independentista con 6.500 votos a favor. Legítimo o no, la idea de un referéndum no pudo contrarrestar el peso del conflicto en aquellos años, y la región se quedó bajo bandera ucraniana. “Hoy nos sentimos liberados”, sostiene Vladimir Chebanov, ciudadano de Volodorskaye. El hombre es un antiguo minero, de 75 años, con bigote negro y ojos azules. También es militante del Partido Comunista. Como muchas personas aquí, apoya la “operación especial”. “Después de 2014, no se podía celebrar el 9 de mayo ni podíamos sacar la bandera roja —recuerda Vladimir— tampoco se podía salir a manifestarse”. A partir de 2015, el Partido Comunista de Ucrania vio prohibida su participación en las elecciones y sus militantes han sufrido acoso por parte de los grupos ucranianos más nacionalistas. Varios ciudadanos nos comentan que durante los ocho años de gobierno post-Maidán era obligatorio hablar ucraniano en los espacios públicos oficiales, en las escuelas o a nivel la administración estatal ; “pero en la calle se seguía hablando ruso”.

 A diferencia de Mariúpol u otras ciudades medianas de la región, Volodorskaye no sufrió combates. La retirada de las fuerzas ucranianas fue sin resistencia frente al avance ruso y del ejército de la RPD. El sentimiento de pertenencia al pasado común soviético ha ciertamente facilitado, al menos dentro de las generaciones de más edad, la acogida a las tropas invasoras. La política de comunicación del Kremlin consistió en resaltar los paralelismos existentes entre la Gran Guerra Patria y el conflicto actual, asimilando el enemigo ucraniano al régimen de Hitler. La cuestión de los símbolos es parte esencial de la identificación y de la guerra mediática. En todas partes se puede ver la bandera de la Victoria del Ejército Rojo contra la Alemania nazi. Roja, con hoz y martillo, casi siempre va junto a la bandera de la Federación Rusa, por muy paradójica que pueda ser dicha unión. Pero este elemento catalizador tiene sus límites, especialmente respecto a parte de la juventud que no se siente heredera de este pasado. “Yo no tengo opinión sobre la guerra, solo me gusta pasear con mis amigos”, dice Masha, 13 años, rodeada por su pandilla. “Es que a los jóvenes les preguntas quién es Lenin y te contestan que es una avenida”, lamenta Valentina.

Lentamente, el humo negro se eleva hacia el cielo por encima de los edificios. A lo lejos, resuenan las sirenas de los bomberos. La ciudad de Donetsk acaba de ser golpeada duramente por la artillería ucraniana. Como si nada hubiera sucedido, el resto de la ciudad sigue con su actividad normal. Las autobuses (marshutkas) siguen recorriendo las avenidas mientras la gente acude a su puesto de trabajo. “Tampoco vamos a darles el gusto de estar llorando y asustadas todos los días”, dice con una gran sonrisa Katya. Habitante de Donetsk, la joven muchacha de 26 años es militante de izquierda y miembro de un club feminista llamado Aurora, que fue fundado en la ciudad en 2016. Con su amiga Svetlana, nos guían por el barrio Kievski, en el norte de Donetsk, muy cercano a las líneas ucranianas. “La gente se fue yendo poco a poco”, comentan recorriendo las calles casi vacías. Las dos siguen viviendo en este distrito, “por no abandonar a los abuelos, y los padres”, que a su vez se niegan a irse.

 “Esta guerra empezó con Maidán para nosotras —explica Svetlana— pero las raíces son incluso más profundas, el nacionalismo ucraniano, históricamente ligado a la parte oeste del país, se ha ido fortaleciendo a lo largo de los pasados años, sobretodo con los sucesos de 2004”. Ese año, la llamada “Revolución Naranja” sacudía la capital ucraniana después de que los resultados de las elecciones presidenciales daban por ganador al candidato Viktor Yanukóvich, cercano a Moscú. Miles de personas acudieron a manifestaciones, con un lazo de color naranja como simbolo de protesta, denunciando un fraude electoral y apoyando al candidato opositor, Víktor Yúshchenko, partidario de un acercamiento a la Unión Europea. El resultado fue la anulación de las elecciones y la convocatoria de un nuevo sufragio el 26 de diciembre de 2004, del cual salió vencedor el señor Yúshchenko.

Considerada un preludio de las protestas que fue “Maidán”, la Revolución Naranja también es parte, a su vez, de una serie de “revoluciones de colores” en el espacio post-soviético impulsadas por la administración de estadounidense a lo largo de los primeros años de la década 2000. El objetivo de esta política desestabilizadora era debilitar a Rusia arrebatándole gobiernos aliados. “A partir de este periodo, se incrementó un discurso discriminante hacia la gente de aquí”, dice Svetlana, “una especia de Donbasofobia”. A diferencia de movimientos ultranacionalistas contemporáneos, que alimentaban sobretodo el antisemitismo, el nacionalismo ucraniano se constituyó en torno a otro enemigo: Rusia. La zona oriental de Ucrania fue entonces percibida como poblada por “rusos” y gente que formaba parte de una especia de “quinta columna” traidora.

 “El nacionalismo ucraniano nace en el siglo XIX”, afirma Dimitri Yevguenevich al tiempo que contempla los cristales rotos de su ventana. La escuela número 5 de la ciudad, situada en frente de su casa, ha sido bombardeada esta misma mañana, dejando secuelas en toda la calle. Por suerte, ningún niño estaba dentro, pero tres empleados murieron. “Déjeme contarle una anécdota”, continúa este antiguo profesor de historia y cultura de la Universidad de Donetsk, “En 1991, cuando todavía vivíamos en la URSS, viajé al oeste de Ucrania, cerca de Leópolis (Lviv). Me perdí y le pregunté a un señor que por favor me indicara el camino. Al decirle yo que venía de Donetsk, me contestó ‘Ah, un moskal’ (manera despectiva de llamar los Rusos) y me indicó la dirección contraria”.

La invasión rusa del territorio ucraniano no se puede analizar sin tener en cuenta la división previa de la nación ucraniana. Gran parte del Donbás ya se había separado de Kiev y acumulaba rencores y odios. Otra parte, aunque vivía en el Estado ucraniano, no llegó a sentirse parte de él, sino que incluso fue marginada por su carácter político o su pertenencia cultural. Semejante situación también explica el avance ruso cuyas victorias, en la parte oriental, no solamente se deben a su superioridad militar. Pero al mismo tiempo, la intervención militar rusa probablemente refuerce el nacionalismo ucraniano y la división del país. Crea y creará fracturas de las cuales nacerán deseos de venganza, con el riesgo de alejar cada vez más la paz del Donbás."                     (Loïc Ramirez  , El Salto, 30/07/22)

12/7/22

El andamiaje de democráticos, que se sostenía en la libertad de expresión y de comercio, en las políticas contra el cambio climático, en el compromiso por la no proliferación de armas y en la ayuda a los refugiados, se ha venido abajo en cuanto se oyeron los primeros cañonazos en el este sin ni siquiera tener en cuenta lo dictado por las leyes ni consultar al ciudadano

 "No quiero que se malinterprete mi libro, no pretendo defender ni a Putin ni a Rusia, casi no los menciono; en  este libro analizo el lío en el que nos hemos metido por la respuesta occidental a la acción emprendida por Rusia contra Ucrania, que evidentemente rompe la legislación internacional”.

 Pascual Serrano, ante la situación delicada que ahora vivimos, prefiere aclarar sus intenciones, no vaya a ser que sus palabras y su texto sean malinterpretados y le acusen de blanquear al Gobierno de Putin, cosa que desde luego no hace en su publicación: Prohibido dudar. Las 10 semanas en que Ucrania cambió el mundo. Lo que evidencia Pascual, periodista y ensayista, es cómo “el andamiaje de democráticos”, que se sostenía en la libertad de expresión y de comercio, en las políticas contra el cambio climático, en el compromiso por la no proliferación de armas y en la ayuda a los refugiados, “se ha venido abajo en cuanto se oyeron los primeros cañonazos en el este sin ni siquiera tener en cuenta lo dictado por las leyes ni consultar al ciudadano”.

Pascual Serrano es uno de los periodistas que más esfuerzos ha invertido en destapar al público la relación existente entre el conglomerado de medios de comunicación y el poder institucional. “En algunos temas se permiten ligeras discrepancias, se da espacio para el debate, pero con el tema de Ucrania no se permite ningún tipo de confrontación y quien hace preguntas o cuestiona la oficialidad recibe el apelativo de ‘negacionista’”.

Pascual tan solo pide paciencia y una investigación internacional independiente antes de endosar a cualquiera de los dos bandos los cargos de crímenes de guerra. Sin embargo, la realidad informativa viola la presunción de inocencia de Rusia y la sitúa en el epicentro de todas las críticas. “Ocurrió en anteriores ocasiones, hemos olvidado las armas nucleares de Irak (que no existían) o las masacres perpetradas por los afines a Gadafi (que no se produjeron). Cuestionar la versión de la OTAN es como atacar las realidades científicas, decir que una investigación internacional independiente debe tener la última palabra es como defender que la tierra es plana”, lamenta el periodista.

El primer ataque lo recibió la libertad de expresión, “una de las pocas cosas de las que creíamos estar orgullosos en Europa”. Sputnik y Russia Today, dos medios de comunicación rusos vinculados al Kremlin, dejaron de emitirse en la televisión y sus páginas digitales fueron cerradas de igual modo que sus cuentas en las redes sociales fueron bloqueadas.  La Comisión Europea, un órgano no electo, tomó esta decisión a los pocos días de comenzar las hostilidades. “Es  tremendo que los gobiernos hayan permitido esto, que incluso contenido de hace 5 o 6 años haya desaparecido de la red al ser tachado de propaganda; pero lo más serio de todo es que el resto de periodistas no hayan movido un dedo para impedirlo”. Pascual recuerda que no existe ni un solo reportaje publicado que muestre las mentiras de los medios rusos y que, en cambio, las empresas de verificación no dejan de desmentir bulos provenientes de los medios occidentales. “No veo normal que en Occidente tengamos que recurrir a trucos informáticos para poder leer a los medios rusos y mientras tanto un periodista, Pablo González, está preso en Polonia por hacer su trabajo y nadie dice nada. ¿Sabes la que se hubiera montado si la cárcel hubiera sido rusa?”, muestra su indignación.

 Esta guerra nos ha servido para darnos cuenta “que la libertad en las redes no iba a durar para siempre”. Cuando se hicieron populares, personas inquietas vieron en  estas herramientas una alternativa para informar e informarse sin tener que seguir los dictados de las grandes corporaciones comunicativas. “Sin embargo, también se han puesto al servicio del poder”. Según Pascual, “lo han hecho con mucha inteligencia”. El primer censurado fue Donald Trump, un loco que sumió a Estados Unidos en su crisis interna más reciente. “La progresía aplaudió este acto sin comprender que sembraba precedente gravísimo; dieron autoridad a empresas privadas para decidir qué se puede y qué no se puede decir”, advierte Serrano. “No solo han cancelado las cuentas de Russia Today o Sputnik, sino que también han cerrado cuentas rusas sin el debido requerimiento judicial”.

Por otro lado, desde los medios de comunicación convencionales es recurrente encontrar análisis comparativos de los dos líderes protagonistas de la guerra; los perfiles no se caracterizan por su profusa documentación y su análisis claro, pues con una simple lecturas se aprecia que ninguno de los dos presidentes, ni Zelenski ni Putin, son retratados con claroscuros: directamente Putin es un loco homicida al que Occidente debe derrotar para, de una vez por todas, respirar tranquilos, y Zelenski es el adalid de la libertad y de todos los valores que representan a las democracias occidentales que vencieron en la Segunda Guerra Mundial. “Intuyo que la sociedad ucraniana ha confundido la ficción con la realidad”, asegura Pascual Serrano, que agrega: “A esa confusión Zelenski supo sacarle rentabilidad para llegar al poder, pero una vez en él, ha caído preso de unas determinadas fuerzas, que le instan a desangrar Rusia. No sé hasta qué punto es libre para salir del atolladero”. Occidente tiene muy poca memoria o no ha llegado a ver el daño que el humorista ha hecho a la democracia ucraniana: “Prohibió partidos políticos, durante su mandato mediadores del conflicto en el Donbás de su bando han sido asesinados, su nombre está en los papeles de Pandora, lo que significa que parte de su dinero se encuentra en paraísos fiscales; y ahora ha sumido a su pueblo en una locura belicista, que seguramente haya escapado a su control, como suele suceder en estos casos”, aclara el periodista.

Pascual Serrano ve la guerra como un claro enredo de Estados Unidos para debilitar a su némesis: “En Ucrania, el lado oeste se caracterizaba por su rusofobia, mientras el este tendía hacia Moscú; cuando Zelenski se decantó por uno de los dos bandos, estalló la caja de los cañones”. Con esto, Serrano también quiere demostrar “que las relaciones internacionales son de todo menos libres”. El periodista recuerda que en 1962 la Unión Soviética retiró los misiles de Cuba por las presiones de EE.UU. y que a la Habana no se le permitió elegir si quería que esos misiles se estacionaran en su suelo.

 En su libro, el también colaborador de Público hace una dura crítica a nuestro actual presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, quien “sigue los dictámenes históricos de Estados Unidos, el auténtico ministro de Exteriores español”. La OTAN, considera Serrano, no  marca tanto el orden militar, como sí las directrices económicas y políticas, directrices que la mayoría de las veces atentan contra los intereses de España. “El 90% de los problemas económicos que tenemos ahora nos los habríamos ahorrado si no nos hubiéramos implicado en la batería de sanciones lanzadas contra Moscú; ahora el mercado mundial se ve afectado por la falta de gas y materias primas”. La OTAN ha intentado eliminar del mapa internacional a las dos potencias que pueden hacer frente a EE.UU.: Rusia y China.

De hecho, las sanciones no solo están dañando la economía europea, también repercuten en la política interna de los países. En el caso español, la guerra ha sumado un desencuentro más en el seno del Gobierno de coalición; dos bandos claramente marcados y dos maneras de ver el conflicto intentan imponerse a golpe de retórica en el parlamento español. Aunque, protesta el periodista y escritor, “esto no supone ningún mérito, cualquier cosa provoca un desmembramiento en la izquierda, de la política de fronteras autonómicas al veganismo”. En la respuesta de los parlamentarios de izquierda al discurso dado por Zelenski en el congreso “se aprecia el ejemplo más patético de las contradicciones de la izquierda; unos diputados de Unidas Podemos se levantan y aplauden, otros aplauden sentados y los otros ni se molestan en acudir a la sesión para demostrar su descontento con el envío de armas”. Para Pascual, “la izquierda española se ha dejado gran parte de su decencia y dignidad en el camino”.

La crítica de Pascual Serrano también va dirigida a las medidas contra los oligarcas (designación que la parece desproporcionada), por su nefasta organización. No hay una acción estratégica clara, “se ataca a todos los sectores que puedan dar algo de oxígeno a Rusia, aunque estos sean diputados del Partido Comunista ruso porque, supuestamente, podrían apoyar a Putin en la Duma”. Todos los Estados tienen a su alrededor un enjambre de multimillonarios dispuestos a sacar néctar en forma de beneficios, pero resulta “que somos incapaces de actuar contra nuestros propios oligarcas y a los rusos en menos de 24 horas les quitamos el yate, que ya me dirán para qué lo queremos”. Sin embargo, lo verdaderamente preocupante de esta situación no es que un oligarca ruso haga una pataleta porque el vecino le ha quitado su juguetito valorado en varios millones: “Con estas acciones, los Gobiernos se van a dar cuenta de lo peligroso que es tener divisas o dinero en los bancos occidentales, la mínima muestra de descontento se puede traducir en un sanción”. De ahí que Arabia Saudí, un aliado de Occidente, vaya a comenzar a pagar sus transferencias internacionales en yuanes, en vez de en dólares. “La polarización económica ya está en marcha. Hemos expulsado a Rusia del SWIFT y está desarrollando una estructura económica a espaldas de los países atlantistas. Rusia funciona con tarjetas chinas”, comenta Pascual, quien entiende que esta guerra supone un punto de inflexión en la confianza de las empresas y repercutirá “en la inseguridad económica internacional”. “Se criticaba a los países del tercer mundo por su inseguridad financiera, pero resulta que ahora la república bananera donde la legislación se incumple recibe el nombre de Occidente”.

 Otro fenómeno cada vez más extendido en las democracias liberales europeas es la rusofobia, fenómeno que ya viene de antes: “En un mes no consigues que una sociedad entera compre el discurso de miedo y odio hacia un pueblo, ha sido un proceso de satanización, de hacernos creer que los rusos son bárbaros”. Pascual nos recuerda que algo similar sucedió con Sadam Hussein y Gadafi; “se les estigmatizó y cuando fueron asesinados nadie derramó una lágrima por ellos”. Hay que estigmatizar a los rusos al igual que a los chinos “porque en algún momento nos van a enfrentar a ellos, y eso que en el caso de China, cuentan con una tradición internacional impecable de no agresión”.

El colmo del delirio es el daño que se está causando al arte ruso. “Los ucranianos han asegurado que van a retirar de las librerías los libros en ruso para dejar de pagar derechos de autor. Es alucinante como juegan con nuestras emociones, cómo nos inhiben cualquier capacidad de razonamiento. Da igual que expliques la historia de Europa del Este con datos, fuentes y de manera rigurosa, con decir ‘qué malos son los rusos’ ya están todos dispuestos a cambiar de nombre a la ensaladilla rusa. Si se hubiera recurrido al raciocinio en vez de a las emociones, las grandes guerras no se hubieran producido”, sentencia Pascual Serrano, que tampoco ve con buenos ojos que el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, haya dicho que “la guerra tendrá que decidirse en el campo de batalla”.

Luego, otro tema candente es el doble rasero con el que se trata a los refugiados. “Es insultante, hemos pasado de hacer devoluciones en caliente y sin cumplir los requisitos a abrir las puertas a millones de refugiados ucranianos. Que conste que ellos no tienen la culpa de nada, pero no se puede tolerar que en el mismo día unos refugiados procedentes de África mueran en el océano intentando alcanzar las Islas Canarias, mientras un avión trae a la isla de Fuerteventura un grupo de refugiados ucranianos; entre Ucrania y las Canarias hay 4000 km, del continente africano solo nos separan 100 km”, crítica Pascual.

De hecho, el absurdo de la situación responde a la geoestrategia que los países europeos mantienen para deslegitimar a Rusia: “Es una manera de darle coherencia al discurso, no puedes afirmar que los ucranianos son unas víctimas y luego cerrarles las puertas. De todos modos, bien que olvidan los medios de mostrar las cifras de ucranianos prorrusos que han sido acogidos por Moscú”.

“¿Qué a dónde nos conduce esta guerra? Lo desconozco. Si la guerra se prolonga, creo que es más fácil que se produzcan sublevaciones ciudadanas en los países europeos, es decir, que la estrategia que iba dirigida a derrocar al Gobierno de Putin se nos vuelva en contra. Es más, sindicatos y organizaciones alemanas han firmado manifiestos defendiendo que la situación es insostenible."         (Entrevista a Pascual Serrano, david Valiente, Librújula, 06/07/22)

8/4/22

Mujeres ucranianas: de "úteros de alquiler" a carne de cañón... el gobierno, profundamente corrupto y machista de Kiev,ha conseguido convertir a Ucrania en la "fábrica de bebés del mundo". La imagen de decenas de recién nacidos apilados en un hotel de Kiev, que no podían ser recogidos por sus compradores debido al cierre de las fronteras por la pandemia, conmovió el mundo: estaban allí tirados, privados del tacto humano, de oír una nana para dormir. Aunque el propósito del propietario de estos bebés, la clínica reproductiva Biotexcom (que en su publicidad habla de los bebés como un "producto de alta calidad"), fue presionar a otros estados para que autorizasen el viaje de sus clientes para recoger a los pequeños, un tráfico industrial de recién nacidos.... El "turismo de fertilidad", legal en Ucrania desde 2002, tuvo su auge en 2015 cuando India y Tailandia prohibieron esta práctica para los traficantes extranjeros de bebés. Ahora hay alrededor de 60 clínicas de fertilidad en el país, que han vendido un promedio de 2.500 niños al año y a un precios tirado... De esta cantidad, la madre gestante recibirá un promedio del 20% y eso solo en caso de que consiga dar a luz un bebé perfecto, que lo hará casi siempre por cesárea, para que los contratantes extranjeros puedan asistir

 "En las últimas semanas hemos visto, por los medios de comunicación europeos, escenas dramáticas, algunas innecesariamente sensacionalistas, de la guerra que tiene lugar entre la OTAN y Rusia. 

Del mismo modo que no nos enseñan las imágenes de los ataques de la coalición de EEUU-Arabia Saudí a los yemeníes (siendo esta la guerra más silenciada del último siglo), o de Israel a los palestinos, podemos deducir que sin duda recibimos una información sesgada y seleccionada, intercalada con noticias falsas como parte del mecanismo de manipulación de la opinión pública: es así que hay ciudadanos que desde la solidaridad cogen su coche para ir a Ucrania y traer a familias refugiadas ucranianas mientras miran para otro lado cuando las autoridades españolas golpean, detienen y deportan ilegalmente a los refugiados africanos de las guerras de EEUU y sus socios que intentan entrar en España, tras pasar años de calvario en el camino de la huida del infierno.

La única verdad absoluta y el denominador común de todas estas situaciones es el indecible sufrimiento de los civiles en los conflictos armados y la irreparable destrucción que dejan a su paso.

En este contexto, la imagen que reflejaban los medios de masas de la mujer ucraniana, hasta hace unas semanas, estaba enfocada en dos puntos:

1) Ofrecer a los hombres fracasados la posibilidad de poner en su vida una belleza ucraniana de la clase trabajadora que buscaba una oportunidad en la emigración para progresar, a cambio de pagar miles de euros o dólares a las agencias de citas, nombre "ético" de las mafias de trata de personas.

2) Diseccionar el cuerpo de las eslavas más pobres, alquilando sus "úteros" a los ricos sin escrúpulo del mundo que no habían podido tener hijos y así podrían disponer de un bebé a la carta. ¿Fue Descartes quien pensó que la mente y el cuerpo, en este caso de las mujeres, eran entidades separadas?¿Por qué secuestrar un recién nacido en México o en Bolivia si con esta fórmula legal se puede quedar impune cometiendo el mismo delito?

Este crimen organizado, protegido por el gobierno capitalista, profundamente corrupto y machista de Kiev (que ha consolidado los estereotipos más rancios de género),ha conseguido convertir a Ucrania en la "fábrica de bebés del mundo". La imagen de decenas de recién nacidos apilados en un hotel de Kiev, que no podían ser recogidos por sus compradores debido al cierre de las fronteras por la pandemia, conmovió el mundo: estaban allí tirados, privados del tacto humano, de oír una nana para dormir.

Aunque el propósito del propietario de estos bebés, la clínica reproductiva Biotexcom (que en su publicidad habla de los bebés como un "producto de alta calidad"), fue presionar a otros estados para que autorizasen el viaje de sus clientes para recoger a los pequeños, también pretendía demostrar al mundo lo "bien cuidados" que estaban, y sin querer dio pistas sobre la punta de iceberg de lo más aberrante que ha llegado a hacer el ser humano: tráfico industrial de recién nacidos. No nos iban a enseñar las clínicas y las granjas de bebés que funcionan no solo en el país sino también en extranjero: concretamente, en la República Turca del Norte de Chipre, donde estos laboratorios pueden saltar las dos prohibiciones imperantes en Ucrania: dar bebés a las personas homosexuales, y dejar que los demandantes eligiesen su sexo. 

Ahora, visualicen cómo lo que hacen: trasladan a las madres gestantes a este país (y poco importa que el personal solo hable turco), luego las devuelven a Ucrania para después de nueves meses obligarlas a hacer el mismo viaje para dar a luz en Chipre, entregar sus bebés a unos extraños y volver enseguida a su país: que sufra una hemorragia, o una depresión posparto, sentimientos de culpa o que los vecinos le llamen "prostituta" y "vende- bebés", no es asunto de estos "empresarios", ni de sus clientes. El caso de una pareja italiana que en 2011 salió de Ucrania con un niño sin ningún vínculo genético con ellos revela el tráfico de la cría humana nacida de experimentos que dan lugar a embarazos múltiples, y también la altura moral y la clase de "padres" pagadores, que se niegan a quedarse con el gemelo de su "hijo" al no estar en sus planes.

El "turismo de fertilidad", legal en Ucrania desde 2002, tuvo su auge en 2015 cuando India y Tailandia prohibieron esta práctica para los traficantes extranjeros de bebés. Ahora hay alrededor de 60 clínicas de fertilidad en el país, que han vendido un promedio de 2.500 niños al año y a un precios tirado (unos 10.000 dólares en comparación con los casi 40.000 que habría que desembolsar en EEUU), en parte porque "dos tercios del mercado de subrogación en Ucrania es ilegal", señala el jurista ucraniano Sergi Antonov.

De esta cantidad, la madre gestante recibirá un promedio del 20% y eso solo en caso de que consiga dar a luz un bebé perfecto, que lo hará casi siempre por cesárea, para que los contratantes extranjeros puedan asistir. Mientras, muchas de ellas, estarán confinadas durante un año en pisos dirigidos con diciplina militar, en los que a veces obligan a dos embarazadas compartir una misma cama (en cumplimiento del lema del capitalismo: minimizar los costes para maximizar los beneficios), y les multas por infringir las normas establecidas para cuidar al feto-mercancía. ¿Quién dijo que ellas se someten a tal barbarie, lo hacen desde la "libertad y el derecho que tienen sobre su cuerpo"? Ellas son como Fantine, el personaje de Los Miserables, forzada a prostituirse, vender su pelo y hasta sus dientes para dar de comer a su hija Cosette. La pobreza es incompatible con la libertad.

Si durante el embarazo, el feto presenta malformaciones o los clientes deciden que ya no lo quieren, ellas deben abortar, y si se niega tendrá que devolver el dinero. En caso de que estos bebés lleguen a nacer, el cliente tiene derecho a devolver el producto "defectuoso", quien acabará en uno de los orfanatos ucranianos que ya acoge a cerca de 100.000 pequeños. Ni siquiera entonces, las gestantes pueden quedárselos: no tiene ningún derecho sobre ellos, aunque llevan su sangre: pues, el intercambio de células entre una mujer embarazada y el feto es un hecho.

Y ahora a matar y morir. ¿Para qué?

Es justamente este trasfondo, de ser considerada mujer-esposa-incubadora, que explica otras dos acciones del gobierno de Kiev durante estos días de la guerra:

1. Organizar la salida de cerca de millón y medio de mujeres y niños de las ciudades bajo el ataque de Rusia y del ejército ucraniano –algo inaudito en otros conflictos bélicos-, se basa en la idea de que la guerra, al igual que la política, es cosa de hombres, mientras las mujeres deben cuidar de los hijos. Durante la guerra civil española, algunas de las mujeres republicanas enviaron a sus hijos a la Unión Soviética para salvarlos, pero ellas permanecieron en el país para luchar contra el fascismo.

2. Entrenar militarmente a aquellas mujeres que han decidido quedarse para defender "su patria". ¿Tienen patria los desposeídos y los despojados de todos los recursos -robados por la "élite compatriota"? Convertir a las mujeres en nueva carne de cañón de los intereses infames de la industria militar mundial y las entidades más belicistas, y la apología de la guerra "de las mujeres bellas y valientes", por la prensa es una manifestación de la incapacidad de las fuerzas antimilitaristas de impedir el envío de los hombres a las guerras. Obviamente, estos medios no animan a las mujeres yemeníes a que se convirtiesen en partisanas para derrotar a la coalición dirigida por EEUU-Arabia Saudí que desde 2015 está bombardeando esta tierra, matando a cientos de miles de civiles. Y son los mismos que llaman "terroristas" a las guerrilleras palestinas que con las manos vacías combaten al poderoso ejército de ocupación israelí, que desde hace décadas masacra con total impunidad a los civiles palestinos."                       (Nazanín Armanian, Público, 08/03/22)

25/3/22

El oscuro negocio de los vientres de alquiler en Ucrania... es legal, hablan de ello y les gusta promoverlo. No te dicen los problemas, claro, las consecuencias psicológicas. Pero están orgullosos. Eso sí, es un negocio con los principios del negocio, lo que significa que el cliente siempre tiene la razón. Y las donantes y madres subrogadas no son la prioridad

 "Sofi Oksanen no es solo una voz única en la literatura europea, consagrada por premios relevantes y traducida a decenas de idiomas, sino también una conciencia andante de la identidad de los países del Este que fueron soviéticos y que han clamado sin cesar contra los abusos, la miseria, la explotación y el totalitarismo soviético redivivo estos días en Ucrania.

Finlandesa de madre estonia, 45 años, se ha movilizado activamente contra las dictaduras que perviven en Bielorrusia y Rusia y ahora demuestra su punto visionario al publicar una nueva novela escrita y trabajada obviamente antes de la invasión de Ucrania y situada en todos los territorios que estos días se han vuelto —por desgracia— familiares.

Dnipró, Mariupol, Odesa, Mikolaiev o Kiev no son escenarios de bombardeos en las páginas de El parque de los perros (Salamandra), sino de una guerra diferente que ha dejado víctimas diferentes: el negocio de la fertilidad, del que Ucrania es un máximo exponente con el peregrinaje de cientos de familias que han buscado ahí madres de alquiler. Oksanen ha bebido de las tragedias que generó la guerra iniciada en 2014 (cuando Putin anexionó Crimea a Rusia e invadió el Donbás) y de ellas ha tomado prestados los personajes de esta trama en la que los sueños van rebotando de más a menos como una pelota perdida.

 Son las chicas que quisieron ser modelos para huir de la guerra y la miseria, que luego se apuntaron a agencias matrimoniales para ver si había suerte y que acabaron vendiendo sus óvulos y procreando criaturas para parejas que las eligen por catálogo. En esa cadena, la pérdida del bebé concebido y albergado es el último estadio de esa pelota fallida.

“Ucrania nos resulta muy próxima a los estonios y no estoy hablando de geografía”, cuenta Oksanen. “Estamos a dos horas de avión, hay muchísimos ucranios en Estonia y casi todos los estonios han viajado allí incluso en excursiones de colegio”. Pero en esa cercanía que ella misma ha vivido hubo un asunto que la desconcertó, y fue ese negocio de la fertilidad en el que no hay ni límites de edad. “Si quieres ser padre a los 70 u 80 años o elegir el sexo del bebé, ¡no es problema!”.

 Por ello eligió ese trasfondo para conformar una historia de regreso, de vuelta a casa. “El género del regreso es universal, para los americanos es la vuelta de Vietnam y para los alemanes, de la II Guerra Mundial, pero para los países del Este la guerra mundial solo acabó en los noventa, cuando las tropas soviéticas se fueron. Por eso nuestra perspectiva es diferente y quería escribir una historia de regreso desde el punto de vista de Europa del Este”.

—¿Qué piensa personalmente de la venta de óvulos? ¿Le parece ético?

—Hay una enorme zona gris en el negocio y no hay suficientes normas éticas, ni datos, ni estadísticas. Yo pude investigar allí porque, aunque para los nórdicos o los españoles eso sea extraño, allí es legal, hablan de ello y les gusta promoverlo. No te dicen los problemas, claro, las consecuencias psicológicas. Pero están orgullosos. Eso sí, es un negocio con los principios del negocio, lo que significa que el cliente siempre tiene la razón. Y las donantes y madres subrogadas no son la prioridad.

Esta entrevista se iba a hacer en su casa en Helsinki, pero estalló la guerra y las amenazas directas de Rusia a Finlandia hicieron más conveniente esperar un mejor momento para el viaje y conformarnos con una conexión vía Zoom. Y algunos correos.

—¿Tiene miedo de Putin? ¿De un ataque?

—No uso la palabra miedo. Prefiero la palabra “consciente”. Hemos vivido al lado de Rusia durante siglos. Mi abuelo finlandés fue un veterano de la Guerra de Invierno [el ataque de Rusia a Finlandia en 1939]. Su hermano gemelo murió a tiros, a su lado, a manos del Ejército soviético. Mi abuelo estonio fue miembro de los Hermanos del Bosque [la resistencia contra la ocupación soviética]. Mi tío abuelo fue un autor al que dejaron de publicar cuando se negó a someterse a Lenin. Mis otros tíos abuelos murieron como integrantes de Hermanos del Bosque en Estonia o fueron deportados. Así que el miedo no está en mi ADN. La resistencia a la dictadura, sí.

Aunque finlandesa, Oksanen suele volver a esa historia soviética que ha marcado a su familia y que va quedando reflejada en su literatura. Purga (2008), su novela más galardonada, se fijaba en el tráfico de mujeres rusas. Norma (2015) también aborda las redes mafiosas. Y Cuando las palomas cayeron del cielo (2012) viaja a esos tiempos aciagos en torno a la ocupación nazi y la II Guerra Mundial. ¿Y todo eso por qué? “Porque Europa no sabe lo suficiente sobre ello y ahora vemos el resultado”, afirma.

Oksanen reprocha a Occidente que no haya considerado a los países del Este como iguales e importantes, que no se haya interesado por su cultura, sus autores, su historia. “La historia es eurocéntrica y se han desarrollado buenas relaciones comerciales, pero no una relación de iguales”, afirma. “Hemos necesitado tener a los tanques en las casas de la gente para que Occidente se diera cuenta y empezara a pensar: ‘¡Oh, tenemos un problema!”, ironiza. “No se les ha tomado en serio. Han confiado en sus propios expertos sobre Putin, por ejemplo; espero que ahora cambie y empiecen a confiar en los de aquí”.

Está tan segura de que Putin no se va a arredrar ni dar marcha atrás que considera que deberíamos estar pensando en el régimen pos-Putin. “Está conformándose mientras estamos hablando. El régimen pos-Putin incluye su legado, que es dividir Europa y un nuevo orden mundial. La división de Europa no va a terminar simplemente porque se instale otro señor en el Kremlin. Ucrania es solo parte del gran juego de Putin”. Ese juego empezó, dice, cuando llegó al poder, comenzó a controlar los medios y los convirtió en su herramienta para extender su narrativa. “La rehabilitación de Stalin ha sido crucial en su proyecto porque al hacerlo convirtió en aceptable que un dictador mate a millones de personas. Putin quiere ser un nuevo Stalin, en compañía de Stalin, Iván el Terrible, esos líderes que gobernaron con terror y asesinatos en masa”.

El parque de los perros es una oportuna novela para entender Ucrania. La que había cuando la escribió y la que hay cuando Putin la bombardea. Y la coloca en donde ella quiere estar: “Soy una autora poscolonial. Y la literatura poscolonial es mi contexto”. Un poscolonialismo, como vemos, que Putin intenta cada día desafiar."

(Berna González Harbour , El País, 22/03/22)

11/3/22

Cuando se dispuso de la oportunidad de convertir a Rusia en una democracia, no la subvirtieron Putin ni su entorno cleptocrático, sino Occidente... No se trata de una contingencia histórica trivial. Si Rusia se hubiera convertido en una democracia, no habría sido necesario hablar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y de su expansión hacia el Este, ni habría habido invasión de Ucrania... la terapia de choque desencadenó trastornos sociales y económicos tan graves y repentinos que puso a la opinión pública en contra de las reformas y de los reformistas. El Soviet Supremo se negó a ampliar los poderes extraordinarios de Yeltsin y lo que ocurrió a continuación acabó sentando las bases para el ascenso del presidencialismo autoritario en Rusia... Yeltsin procedió a asumir el poder unilateralmente, al tiempo que convocaba un referéndum para legitimar la medida. Pero el Tribunal Constitucional y el Parlamento se negaron a ceder y se produjo una profunda crisis política. Al final, el enfrentamiento lo resolvieron los tanques, a los que llamó Yeltsin para disolver el parlamento ruso en octubre de 1993, dejando un balance de 147 muertos... se aprobó una Constitución que consagraba a un poderoso presidente con fuertes poderes de decreto y veto, y sin ningún tipo de controles y equilibrios serios... Yeltsin fue "reelegido" en 1996 mediante un proceso manipulado que había sido planificado en Davos y orquestado por los oligarcas rusos de nuevo cuño. Tres años después, Yeltsin nombró a Putin primer ministro y lo ungió como sucesor suyo.

 "Mientras los tanques rusos combaten en Ucrania a las órdenes de un presidente autoritario, cabe señalar que los ucranianos no son los únicos que ansían democracia. También los rusos han salido a la calle -con gran riesgo personal- para protestar contra el indignante acto de agresión de Vladimir Putin. Pero están librando una batalla cuesta arriba en un país al que nunca se le ha dado la oportunidad de ser democrático.

Cuando se dispuso de esa oportunidad, no la subvirtieron Putin ni su entorno cleptocrático, sino Occidente. Tras el derrumbe de la Unión Soviética hace treinta años, los asesores económicos estadounidenses convencieron a los dirigentes rusos de que se centraran en las reformas económicas y relegaran la democracia a un segundo plano, donde Putin pudo sofocarla fácilmente cuando llegó el momento.

No se trata de una contingencia histórica trivial. Si Rusia se hubiera convertido en una democracia, no habría sido necesario hablar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y de su expansión hacia el Este, ni habría habido invasión de Ucrania, ni debates sobre si le debe Occidente un mayor respeto a la civilización rusa (como alemana, me retraigo ante esta última proposición, que tiene claros ecos de Adolf Hitler y su autoproclamado liderazgo sobre una "civilización").

Poderes extraordinarios

Hagamos recuento de la secuencia de los acontecimientos. En noviembre de 1991, el Soviet Supremo (parlamento) ruso otorgó al entonces presidente ruso, Boris Yeltsin, poderes extraordinarios y un mandato de trece meses para lanzar las reformas. Luego, en diciembre de 1991, la Unión Soviética se disolvió oficialmente mediante los acuerdos de Belovezh, que crearon la Comunidad de Estados Independientes. Rusia, Bielorrusia y Ucrania declararon su respeto por la independencia de cada uno.

Rodeado por un pequeño grupo de reformistas rusos y asesores occidentales, Yeltsin aprovechó este momento histórico único para lanzar un programa de "terapia de choque" económica sin precedentes. Se  liberalizaron los precios, se abrieron las fronteras y se iniciaron rápidas privatizaciones, todo ello por decreto presidencial.

Nadie en el círculo de Yeltsin se molestó en preguntar si era esto lo que querían los ciudadanos de Rusia. Y nadie se detuvo a considerar si podían desear los rusos primero una oportunidad para desarrollar una base constitucional sólida para su país, o para expresar a través de unas elecciones su preferencia sobre quién debería gobernarlos.

Los reformistas y sus asesores occidentales decidieron sencillamente -e insistieron luego- en que las reformas de mercado debían preceder a las reformas constitucionales. Las sutilezas democráticas retrasarían o  socavarían incluso la elaboración de la política económica. Sólo actuando con rapidez -cortando el rabo del perro de un golpe de hacha- se pondría a Rusia en la senda de la prosperidad económica y se mantendría a los comunistas fuera del poder para siempre. Con las reformas radicales del mercado, el pueblo ruso vería beneficios tangibles y se prendaría automáticamente de la democracia.

Desastre sin paliativos

No iba a ser así. La presidencia de Yeltsin resultó ser un desastre sin paliativos: económica, social, jurídica y políticamente. Resultó imposible reformar una economía de planificación centralizada al estilo soviético en el espacio de sólo trece meses. La liberalización de los precios y el comercio no creó mercados por sí sola. Eso habría requerido instituciones legales, pero no hubo tiempo para establecerlas.

Sí, desapareció la escasez extrema y surgieron mercados callejeros por doquier. Pero eso dista mucho de alimentar el tipo de mercados necesarios para facilitar la asignación de recursos de la que dependen empresas y hogares.

Además, la terapia de choque desencadenó trastornos sociales y económicos tan graves y repentinos que puso a la opinión pública en contra de las reformas y de los reformistas. El Soviet Supremo se negó a ampliar los poderes extraordinarios de Yeltsin y lo que ocurrió a continuación acabó sentando las bases para el ascenso del presidencialismo autoritario en Rusia.

Yeltsin y sus aliados se negaron a rendirse. Declararon ilegítima la Constitución rusa existente, de 1977, y Yeltsin procedió a asumir el poder unilateralmente, al tiempo que convocaba un referéndum para legitimar la medida. Pero el Tribunal Constitucional y el Parlamento se negaron a ceder y se produjo una profunda crisis política. Al final, el enfrentamiento lo resolvieron los tanques, a los que llamó Yeltsin para disolver el parlamento ruso en octubre de 1993, dejando un balance de 147 muertos.

A buen seguro, muchos miembros del Parlamento se oponían a Yeltsin y a su equipo y querían acaso volver atrás. Pero fue Yeltsin quien sentó un nuevo y peligroso precedente sobre cómo se resolverían las disputas sobre el futuro del país. Los tanques, no los votos, decidirían. Y Yeltsin y su equipo no se detuvieron ahí. También aprobaron una Constitución que consagraba a un poderoso presidente con fuertes poderes de decreto y veto, y sin ningún tipo de controles y equilibrios serios.

Una conversación reveladora

Todavía recuerdo una reveladora conversación que, como estudiosa de las reformas rusas de la época, mantuve con Dmitry Vasiliev, un alto miembro del equipo de privatización de Yeltsin. Cuando le señalé las deficiencias del proyecto de constitución, me dijo que simplemente lo arreglarían si la persona equivocada ascendía al poder. Nunca hicieron tal cosa, por supuesto, ni podrían haberlo hecho. La declaración de Vasiliev resumía plenamente la idea que los reformistas económicos tenían de la democracia constitucional.

En diciembre de 1993 se aprobó la nueva Constitución mediante un referéndum que se celebró conjuntamente con las elecciones al nuevo Parlamento. Los candidatos de Yeltsin sufrieron una estrepitosa derrota, pero con los nuevos poderes constitucionales del presidente ya asegurados, las reformas económicas continuaron. Yeltsin fue "reelegido" en 1996 mediante un proceso manipulado que había sido planificado en Davos y orquestado por los oligarcas rusos de nuevo cuño. Tres años después, Yeltsin nombró a Putin primer ministro y lo ungió como sucesor suyo.

Puede que democratizar Rusia haya sido siempre una posibilidad remota, teniendo en cuenta la historia de poder centralizado del país. Pero habría valido la pena intentarlo. La desacertada priorización de los objetivos económicos por encima de los procesos democráticos alberga lecciones que van más allá de Rusia. Al optar por el capitalismo en lugar de la democracia como base del mundo posterior a Guerra Fría, Occidente puso en peligro la estabilidad, la prosperidad y, como vemos ahora de nuevo en Ucrania, la paz y la democracia, y no sólo en Europa del Este."                   

 (Katharina Pistor  , profesora de Derecho comparado de la Universidad de Columbia, Sin Permiso, 06/03/22; Fuente: Social Europe, 28 de febrero de 2022)

7/2/22

Rafael Poch: Reventando el polvorín ucraniano... La OTAN justifica su vigencia en la necesidad de afrontar problemas por ella creados... Un repaso a una crisis de treinta años.

 "I) Pueblos hermanos

Se dice que rusos y ucranianos son “pueblos hermanos”, y es verdad. Siglos de vida en común, dos lenguas bien parecidas y una geografía sin obstáculos físicos, de llanuras surcadas por ríos mansos, que complica y difumina todo concepto de frontera. Al mismo tiempo, el parentesco fraternal no es incompatible con fuertes diferencias de carácter. Cuando una abuela dice sobre sus nietos, “¡Qué diferentes son, parece mentira que sean hermanos!” está formulando un tópico familiar de los más recurrentes. Veamos algunas de esas diferencias.

Como tantos otros países, Ucrania contiene una considerable diversidad regional entre el Oeste y el Este. Simplificando: cuanto más hacia Rusia, más ruso se habla, mayor influencia del cristianismo oriental adscrito al Patriarcado (ortodoxo) de Moscú y menos perceptible se hacen las diferencias fraternales. Cuanto más al Oeste mas fuerte es la identidad nacional ucraniana, el carácter mixto (oriental-occidental) del cristianismo, etc., etc.

A lo largo de su historia, Ucrania vivió varios procesos de integración, bien en la órbita rusa, bien en la polaca. Al colisionar con el poder superior ruso, el nacionalismo burgués ucraniano se vio condenado a colocarse bajo patronazgo extranjero. En el siglo XX sus efímeros gobiernos se afirmaron bajo la protección militar alemana (el del atamán Skoropadski) o polaca (Petliura). El nacionalismo popular ucraniano fue más anti polaco y anti judío que anti ruso. Políticamente fue frecuentemente socialista o social-revolucionario y al final, en un contexto de grandes convulsiones como los de la guerra civil rusa, tuvo que decantarse entre blancos y rojos en beneficio de los segundos.

El espacio ucraniano ha sido frecuente campo de batalla. En el siglo XVII conoció la revuelta de Bogdan Jmenitski contra la unión polaco-lituana, en el XVIII el zar Pedro I se impuso a los suecos en Poltava, y en el siglo XX fue uno de los principales escenarios bélicos tanto de la guerra civil rusa como de la Segunda Guerra Mundial.

El periodo 1917-1922 contiene en Ucrania un sinfín de conflictos. Parte de los nacionalistas ucranianos lucharon junto con los alemanes y austro-húngaros y otra parte contra ellos. La población ucraniana pro rusa se dividió en su lucha a favor de una Rusia unida, unos con los rojos y otros con los blancos. Otras fuerzas, como la del ejército campesino de Nestor Majno, con un gran componente social libertario y nacional ucraniano, lucharon tanto contra los rojos como contra los blancos.

Para comprender el actual mapa de Ucrania es ineludible hablar de tres regiones. En primer lugar Galitzia, zona occidental de claro dominio de la lengua ucraniana, con influencia católica mestiza (greco-católicos o “uniatas”), que en su mayoría nunca formó parte del resto de Ucrania ni estuvo sometida a Rusia hasta Stalin en los años cuarenta, después de dos siglos de sometimiento a regímenes polacos o austro-húngaros opresivos. De Galitzia partió en el siglo XIX el más fuerte impulso nacionalista. Ya en la época postsoviética desde allí se ha irradiado hacia el resto del país la ideología nacionalista más fuerte, con su particular narrativa histórica sobre la URSS: la revolución bolchevique como asunto “ruso” o “judío” (ignorando la larga lista de ucranianos presente en la dirección bolchevique), la mortífera hambruna de los años treinta con varios millones de muertos como “genocidio comunista-ruso contra el pueblo ucraniano” (ignorando que la misma hambruna de esos años devastó igualmente zonas rusas en el Don, Kubán,Volga, etc. y otras repúblicas como Kazajstán), todo ello aspectos de la nueva historia adecuada a la nueva estatalidad adquirida en 1991 que debía enmendar la historia oficial soviética, igualmente repleta de omisiones y manipulaciones.

Desde sus orígenes a principios de siglo XX, las organizaciones armadas del nacionalismo ucraniano en Galitzia (que entonces actuaban contra el dominio polaco) estuvieron financiadas y teledirigidas por el Abwehr, el espionaje alemán. Durante la Segunda Guerra Mundial los invasores alemanes fueron recibidos como libertadores por muchos ucranianos occidentales que habían sufrido la cruda represión estalinista y las hambrunas. Una vez más, la invasión hitleriana dividió a los ucranianos en dos bandos; el mayoritario que luchó con el ejército soviético contra el fascismo, y el minoritario de nacionalistas de Ucrania Occidental que fue utilizado por los nazis como fuerza de choque, creó una división SS específica y actuó frecuentemente de una forma aún más cruel que sus amos contra judíos y comunistas en los campos de exterminio, empuñando la bandera de la liberación nacional ucraniana.

Hay que decir que los ucranianos occidentales no fueron los únicos “colaboracionistas”: también los rusos del ejército de Vlasov, tártaros, chechenos, cosacos, etc. tuvieron representantes en el ejército alemán.

A los colaboracionistas de Ucrania Occidental, cuya relación con los nazis no fue fluida e incluyó episodios de enfrentamientos armados, se les conoce como “banderovski” por el nombre de su principal líder, Stepan Bandera. Con la victoria soviética y la incorporación definitiva de Galitzia a la URSS en 1945, los “banderovski” mantuvieron una guerrilla muy brava contra el NKVD de Stalin, recibiendo apoyo de la CIA en armas y lanzamiento de paracaidistas. Su cuartel general en Europa estaba en Munich, donde Bandera fue eliminado por un agente de Stalin en 1959…

Esta corriente, con la que en la época de la Perestroika solo se identificaba un sector minoritario del nacionalismo ucraniano, es reconocida hoy por un sector mucho más amplio como símbolo de la liberación nacional, o por lo menos como inspiradora de su principal ideología y narrativa nacionalista. La revuelta de Maidán del invierno de 2014 y el golpe de Estado pro occidental en que desembocó, instalaron ese nacionalismo exclusivista del Oeste de Ucrania en el centro del Estado.

En el sur y el Este de Ucrania, la llamada Novorossia, siempre se rechazó con toda claridad cualquier glorificación de los fascistas “banderovski”. Se trata de un arco que va desde Járkov, en el norte, hasta la región de Odesa en el sur-oeste, mayoritariamente ruso parlante y con gran población que se define como “rusa”. Ese arco no formó parte de Ucrania hasta la guerra civil de los años veinte (era la parte más industrial y a los bolcheviques les interesaba tener una base obrera en el gran universo campesino que era Ucrania), conserva una fuerte memoria soviética de la Segunda Guerra Mundial, y, al mismo tiempo, desde la nueva independencia de 1991 tendía hacia una cierta lenta ucrainización, o, por lo menos, a acentuar sus diferencias sutiles y difusas con Rusia. A grandes rasgos, Novorossia (la “Rusia nueva”) fue objeto de la reconquista imperial rusa en los siglos XVII y XVIII.

Mención especial merece la península de Crimea, tierra ancestral rusa, poblada por rusos y ruso parlante en un 80%, por donde llegó el primer cristianismo a la Rus de Kíev (¿el primer estado ruso fue ucraniano, o es que el primer estado ucraniano se llamaba Rusia?, eh aquí un interesante objeto de disputa entre besugos), reconquistada por Catalina II a los tártaros del janato de Crimea, el último vestigio de la Horda de Oro heredero del imperio de Chingiz Jan, que para entonces era un satélite del Imperio Otomano. Crimea fue escenario de glorias militares rusas y soviéticas, tanto durante la guerra de Crimea del XIX (todos contra Rusia) como durante la Segunda Guerra Mundial, con heroicas batallas en Sebastopol, Kerch y Odesa. La caprichosa entrega de Crimea a Ucrania por Jruschov en 1954, desgajándola de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia (RSFSR) en una época en la que las diferencias entre repúblicas era completamente irrelevante, tuvo un carácter simbólico. A partir de la disolución de la URSS eso se convirtió en un problema.

Otra diferencia entre rusos y ucranianos tiene que ver con su tradición política, con las formas, símbolos y héroes en los que unos y otros se sienten identificados. Aquí el contraste entre los hermanos es importante. Ucrania fue un país situado geográficamente en el límite y la confluencia de grandes imperios (turcos, polacos, rusos). Su propio nombre, “U-kraine”, significa algo así como “junto al límite”, “en la frontera”, un espacio al que la autoridad imperial de unos y otros, y sus relaciones de servidumbre, apenas llegan o se perciben como algo lejano y difuminado. Esa posición determinó cierta holgura y libertad, un “arréglatelas tu mismo como puedas y sin gobierno” que asociamos al espíritu de frontera del “Far West”.

Los héroes de esa tradición política son líderes cosacos “libres” que luchan; ahora contra los turcos, ahora contra los polacos o contra los rusos, absorbiendo rasgos de unos y otros (Maidán -plaza- es una palabra turca). Todo eso es muy diferente de la tradición rusa, que es una galería llena de cuadros de grandes zares y caudillos absolutistas tanto más grandes cuanto más Estado e Imperio construyen.

Esa diferencia ha influido en la diferente evolución que ha tenido la formación de los estados postcomunistas pese a su común régimen oligárquico.

Mientras en Rusia tras una época turbulenta se recuperó la “vertical de poder” con su vector tradicional autocrático con considerable facilidad (eso es lo que representa Putin), en Ucrania el Estado ha sido mucho más débil. Eso ha hecho que la sociedad haya sido mucho más suelta, incontrolada e independiente hacia el poder que en Rusia, lo que ha tenido ciertas ventajas para la autonomía social y también serios inconvenientes para estabilizar un gobierno efectivo independiente de intereses externos…

Dicho todo esto y situados ya un poco ante el mapa, hay que decir que por más que esas semejanzas y diferencias sean importantes para comprender el universo ruso-ucraniano y para entender la diversidad interna de Ucrania, apenas aportan una explicación concreta a lo que tenemos hoy encima de la mesa: una verdadera fractura que explota en una guerra civil. ¿Cómo ha podido podrirse tanto la situación para que los hermanos se tiroteen y bombardeen?

Para comprender eso, no hay más remedio que fijarse en los regímenes políticos -igualmente emparentados- de Rusia y Ucrania.

II) Privatización y regímenes

En los años noventa, Rusia y Ucrania sufrieron el mismo proceso de saqueo de su economía, sus recursos, su patrimonio material nacional, a manos del mismo estrato administrativo-burocrático-oligárquico del antiguo régimen comunistoide, la Estadocracia (según el término del profesor Marat Cheskov). Eso que se conoce como “privatización” dio lugar al mismo tipo de sistema de capitalismo oligárquico. La diferencia con Rusia ha sido “el factor Putin”.

Si en Rusia con el cambio de siglo acabó emergiendo un poder político que restableció la vertical de poder y sometió a los magnates de la privatización a unas reglas de juego en las que era obligatorio reconocer la primacía del Estado, en Ucrania eso no ocurrió. Después de los años noventa, la política ucraniana continuó siendo la lucha entre, fundamentalmente, dos grupos de magnates. Unos vinculados industrialmente a Rusia y por tanto que tendían geopolíticamente hacia ella, y otros mucho más en la órbita occidental.

Esos grupos apenas se diferenciaban internamente en su programa socio-económico, maltrataban exactamente igual la aparición de cualquier manifestación social o de izquierda, y mantenían una cruda lucha subterránea por el poder. Ambos grupos se disputaron ese poder y alternaron en él, con incidentes pero sin llegar a un enfrentamiento abierto y militar como el de octubre de 1993 en Moscú.

Cada uno de los dos bandos de este sistema clánico-oligárquico con fuertes anclajes en la descrita diversidad regional ucraniana, era demasiado débil para imponerse definitivamente a sus adversarios. Esa debilidad hizo que cada uno de ellos aumentara la conexión y dependencia clientelista hacia el elemento geopolítico exterior. Los intereses de los grandes vecinos se mezclaron cada vez más en una amalgama, junto con los intereses económicos, industriales e ideológicos, “orientales” u “occidentales” de cada bando. Sobre esa lógica de poder actuaron tanto subvenciones rusas al suministro de gas, como la compra y financiación de ONG, medios de comunicación e instituciones con los 5000 millones de dólares reconocidos por la señora Victoria Nuland, vicesecretaria de Estado norteamericana, o por su vector correspondiente alemán, polaco y europeo en general.

Diferencia fundamental entre esos dos vectores externos era que si Moscú era desde el principio consciente de la diversidad interna de Ucrania y de la imposibilidad de imponer por completo sus intereses allá sin romper el país, en Washington, Bruselas y Berlín se buscaba, cada vez más, una victoria total y definitiva, ignorando los peligros de una fractura.

Ese sentido común acerca de la necesidad de cierto equilibrio interno había regido la política ucraniana de los dos bandos oligárquicos enfrentados desde 1991 hasta 2014. Siempre que uno u otro bando llegaba al poder en Kíev, ambos gobernando sobre el mismo fondo de corrupción y parasitismo (muy superior al de Rusia), había conciencia de que el país sería ingobernable y se rompería si se ignoraban por completo los intereses del otro. La propia población, socialmente muy descontenta con el poder tanto en el Este como en el Oeste del país, dependía de la apertura y el acceso a los grandes vecinos orientales y occidentales. De los 45 millones de ucranianos, unos seis millones respondieron a la pobreza emigrando a trabajar en el extranjero, unos 3 millones hacia Rusia (ucranianos de Novorossia) y otros tres hacia Polonia y la Unión Europea, mayormente ucranianos occidentales.

III) La revuelta del Maidán y su secuestro.

En este contexto de debilidad del poder ucraniano que acentúa el recurso de los dos grupos oligárquicos enfrentados a padrinazgos geopolíticos exteriores, apareció la provocativa y desestabilizadora oferta de la Unión Europea de un acuerdo de “Asociación oriental” con Ucrania. Hay que decir que a diferencia de la Unión Aduanera propuesta por Moscú, esa oferta europea se planteó desde el principio como excluyente, no compatible y no negociable con cualquier interés ucraniano vinculado a Rusia. Dada la permeabilidad existente entre los mercados ruso y ucraniano, abrir el segundo a la UE significaba perjudicar directamente la economía rusa. En materia de seguridad, la Unión Europea dejaba claro en aquel tratado que Ucrania debía ponerse en sintonía con “Europa” en su política exterior y de seguridad, fundamentalmente adversa a la de Moscú.

Mientras Moscú y Kíev pedían a la Unión Europea una negociación a tres bandas para solucionar el entuerto, la canciller Merkel se negó rotundamente a admitir a Rusia en cualquier negociación con Ucrania. Eso hizo que la jugada de la adhesión a “Europa” se convirtiera en una bomba desestabilizadora que transformaba equilibrios y diferencias, territoriales y de intereses, hasta ahora gobernables en una verdadera fractura.

Esa circunstancia, unida a las improvisadas contraofertas y fuertes presiones de Moscú, alimentó las más que razonables vacilaciones del Presidente Viktor Yanukovich. El no de Yanukovich al tratado con la UE hizo estallar el descontento social contra la corrupción, la oligarquía, contra el gobierno inefectivo, opaco y socialmente injusto, aspectos que el polo popular occidentalista ucraniano asocia con el modelo ruso.

El primer Maidán fue un movimiento surgido de un impulso genuinamente popular que expresaba elementales deseos de regeneración democrática, civil y nacional. Pero a diferencia de, digamos, el 15-M, tenía detrás a uno de los dos bandos oligárquicos y a los socios exteriores americanos y europeos (particularmente polacos y alemanes), con apoyo de medios de comunicación locales e internacionales, por lo que desde el principio estaba bien cargado de ambigüedad social y geopolítica.

El gobierno de Yanukovich respondió a ese desafío con gran inseguridad, represión y juego sucio: movilizando bandas de lumpen que apalizaban a activistas, etc., lo que aún indignó más a la gente.

Por sí solo, el sujeto que formaba la infantería de este Maidan (la intelligentsia creativa, los grandes y pequeños hombres de negocios del sector servicios, estudiantes, profesiones liberales y funcionarios apoyados por los clanes oligárquicos “alternativos”), no era capaz de tomar el poder y tumbar al desprestigiado régimen -por otra parte electo y completamente legítimo desde el punto de vista formal. Para derribarlo se necesitaba una fuerza de choque, disciplinada, y dispuesta a jugarse el físico. Una caballería pesada. Esa fuerza fue la extrema derecha armada con la ideología nacionalista de tradición “banderovski”, apoyada por los oligarcas y los padrinos geopolíticos occidentales. Si la trama subterránea de complicidades, financiación, asesoramientos y adiestramiento de servicios secretos occidentales (americanos, polacos y alemanes) apenas ha trascendido, cuarenta políticos occidentales de primera fila, entre ellos primeras figuras de Estados Unidos y los ministros de exteriores de Alemania, Polonia, países bálticos, etc. pasaron por la plaza de Kíev repartiendo solidaridades y pastelitos. Fue ese segundo Maidán el que ejecutó el cambio de régimen en las jornadas de febrero en un contexto de batallas campales con incendio y toma de sedes ministeriales en medio de una masacre indiscriminada de manifestantes y policías (en total un centenar, además de más de una decena de policías) a cargo de tiradores de precisión el 20 de febrero, lo que precipitó la caída del gobierno y la huida del presidente.

El estudio académico mas convincente sobre aquella masacre, obra del profesor Ivan Katchanovski, de la School of Political Studies de la Universidad de Otawa concluyó lo siguiente:

“La evidencia indica que una alianza de elementos de la oposición de Maidan y la extrema derecha estuvo involucrada en el asesinato en masa tanto de los manifestantes como de la policía, mientras que la participación de las unidades especiales de la policía en los asesinatos de algunos de los manifestantes no se puede descartar por completo en base a la evidencia disponible. El nuevo gobierno que llegó al poder en gran parte como resultado de la masacre falsificó su investigación, mientras que los medios de comunicación ucranianos contribuyeron a tergiversar la matanza masiva de manifestantes y policías. La evidencia indica que la extrema derecha desempeñó un papel clave en el derrocamiento violento del gobierno en Ucrania”

A la misma conclusión llega Richard Sakwa, de la Universidad de Kent, autor del mejor libro sobre el Maidan publicado hasta la fecha (Frontline Ukraine).

En febrero de 2014, estuve metido de lleno en la crónica periodística del Maidán en Kíev y escribí lo siguiente:

“Hasta el más iluso activista de cualquier movimiento social europeo comprende ahora el misterio de lo que se está viendo estos días en Kíev:si la causa es “justa”, se puede ocupar más de media docena de edificios y sedes ministeriales en el centro de la capital, varias sedes regionales del gobierno, organizar escuadras paramilitares, presentar una fuerte resistencia física ante los antidisturbios, matar agentes y ganarse el aplauso de la Unión Europea. Las batallas campales son aquí “valientes y pacíficas manifestaciones”. Las autoridades, y no los ciudadanos, “deben renunciar a la violencia” y derogar “las leyes que limitan las libertades y derechos” y sus reivindicaciones deben ser escuchadas, Merkel et Bruselam dixit. ¿Comienza una nueva época? ¿Veremos a políticos rusos, bielorrusos y ucranianos llamando a la huelga general en Atenas, coreando el “no nos representan” en la Puerta del Sol o aplaudiendo a quienes lanzan botellas incendiarias a la policía en el Ocupy Frankfurt?”

Obviamente si todo aquello hubiera ocurrido con los vectores y escenarios invertidos -un gobierno favorable a los intereses occidentales, en México o Canadá, con políticos rusos, chinos y venezolanos de primera fila repartiendo pastelitos entre los manifestantes- no se habría celebrado como progreso democrático, sino como escandaloso y sangriento golpe de estado, terrorismo y demás…

El cambio de régimen en Kíev precipitó la revuelta del Este de Ucrania con padrinazgo ruso. Primero en Crimea, donde las declaración de soberanía y el posterior ingreso del territorio en Rusia, fue fácil por el amplio apoyo de la población y la presencia de la flota rusa, y luego en todo el arco de Novorossia. Todas esas regiones, temerosas de las primeras disposiciones de un gobierno con participación de “banderovski” en materia de lengua, etc., y ante la evidencia de que sus derechos e intereses iban a ser atropellados, pidieron federalismo en pequeños antimaidanes pro rusos, sin el menor apoyo de oligarcas locales (todos se pasaron a Kíev), que expresaban el mismo genuino descontento social y temor popular que el de Kíev desde un vector identitario y geopolítico distinto. En Odesa, ciudad rusofila y rusoparlante, presencié aquel febrero manifestaciones de decenas de miles de ciudadanos contra el nuevo gobierno de Kíev salido del Maidán y contra el nacionalismo ucraniano antiruso. Aquella protesta se aplastó con otra masacre, la de la Casa de los Sindicatos del 2 de mayo a cargo de la extrema derecha y los hinchas de futbol venidos de todo el país a poner orden en la ciudad, con el resultado de 46 muertos y 214 heridos, muchos de ellos abrasados en el edificio de cinco plantas incendiado con cócteles molotov ante la pasividad de la policía. En otras regiones rusófilas el miedo, la debilidad de la protesta o la pasividad de los disconformes con lo que sucedía decidió la situación. No fue así en el Este del país, donde se organizó una fuerte resistencia popular armada mezclada con intervención camuflada rusa. La respuesta del nuevo gobierno de Kíev fue el envío del ejército en misión antiterrorista -lo que el presidente Yanukovich no se había atrevido a hacer- y que dio paso a la militarización y al actual escenario de guerra civil con 14.000 muertos y centenares de miles de refugiados y desplazados.

Una vez más: si cambiamos las fichas, toda esta utilización de aviación y artillería contra ciudades habría sido valorado en Occidente como intolerable crimen contra la humanidad, etc., etc.

Dicho esto, se impone la evidencia de que todo lo que hubo y hay de genuinamente popular y liberador, tanto en el primer Maidán de Kiev como en la revuelta de Novorossia, importa muy poco a fin de cuentas en este conflicto en el que lo determinante es su dimensión geopolítica. Nada se entiende sin poner el zoom de nuestra observación en posición de gran angular.

IV) El Imperio del caos y la “arquitectura de la seguridad europea”.

La propaganda occidental achaca el conflicto de Ucrania a la maldad de Putin, al nuevo expansionismo ruso y propone cronologías tan descaradas como la película que comienza con la invasión rusa de Crimea. Vaya por delante que el régimen oligárquico ruso tiene intereses correspondientes (aunque mucho más legítimos, desde el punto de vista de la historia y de la geografía) a los occidentales por: 1- Mantener su control y acceso a buena parte de los recursos naturales e industriales de Ucrania, 2- Ampliar su influencia geopolítica y 3- Por consolidar el régimen autocrático de Putin y la unión autoritaria de burócratas y magnates que lo sustenta, con medidas de tanta carga patriótica como el regreso de Crimea a Rusia.

Desde ese punto de vista, tal como decía el profesor Mijaíl Buzgalin, la recuperación de Crimea es tan “progresista” como el intento de los militares de Argentina por hacerse con las Islas Malvinas ante Inglaterra.

Todo esto hay que tenerlo en cuenta -sobre todo a efectos de la imprevisible evolución interna de Rusia en los próximos años- pero es bastante secundario e irrelevante al lado del hecho principal: por primera vez en un cuarto de siglo una gran potencia regional, como es Rusia ahora, paró los pies a la superpotencia hegemónica del conglomerado imperial Estados Unidos-OTAN-Unión Europea. Es este desafío que crea un precedente, lo que es visto como intolerable y es contestado con sanciones y escenarios de nueva guerra fría.

La situación lanza señales a la correlación de fuerzas global y a la recomposición de las alianzas del mundo multipolar en formación. El siempre interesante Pepe Escobar se lanza a la piscina y ya anuncia un eje euroasiático Pekín-Moscú-Berlín para dentro de 20 o 30 años. Personalmente soy bastante escéptico no ya en este tipo de construcciones, sino sobre algo mucho más básico: sobre la mera posibilidad de pronosticar cualquier cosa de esa envergadura a 20 años vista en el actual mundo revuelto. Por eso, antes que perderse en inciertas proyecciones futuras más vale repasar la película que ha conducido hasta el conflicto ucraniano.

Durante la Perestroika, el pacto que Gorbachov acabó ofreciendo a Occidente fue el de cancelar la guerra fría a cambio de una arquitectura europea de seguridad integrada. Esa fue la oferta implícita de Moscú a Alemania y así fue entendida y aceptada por todos los actores. A nivel contractual todo eso quedó reflejado en la Carta de París de la OSCE para una nueva Europa, firmada en el Elíseo en noviembre de 1990, es decir aún en vida de la URSS. Las implicaciones de tal esquema eran enormes. La integración soviética en Europa habría dado lugar a un gran conglomerado político-económico, con un gran mercado, una enorme potencia energética y cierto eje político París-Berlín-Moscú. Por mal que se jugase, aquella partida acababa con la hegemonía de Estados Unidos en Europa, a todas luces innecesaria una vez disuelto el enemigo. Todo esto no funcionó por varias razones.

Sin duda Washington lo percibió enseguida como una amenaza a sus intereses generales y actuó en consecuencia. Gorbachov pecó también de ingenuidad al no amarrar aquellos pactos en acuerdos y contratos sólidos, confiándose en acuerdos entre caballeros. Pero en Moscú sucedieron también cosas que facilitaron mucho que este escenario fracasara.

En agosto de 1991 se produjo el golpe de estado de quienes consideraron que se había ido demasiado lejos. El golpe fracasó, porque sus autores no dispararon contra la gente, como luego haría en octubre de 1993 Boris Yeltsin con el aplauso de Occidente, y sobre todo porque la estadocracia ya estaba muy metida en la perspectiva de una entrada en el mercado global con privatización etc. Con todo, el proyecto de Gorbachov para Europa, lo que llamaba la “Casa común europea”, podría haber sobrevivido a aquello. Pero en diciembre la emancipación y degeneración de la estadocracia rusa liderada por Yeltsin, disolvió la URSS. Ya sin Gorbachov siguieron diez años de juerga en la que las energías de los dirigentes de Moscú se centraron en el saqueo del patrimonio nacional (privatización), renunciando a toda política exterior autónoma. Eso hizo que Occidente le perdiera por completo el respeto a Rusia y se convenciera de que podía tratar con ella como con un vasallo. En cualquier caso, Rusia ya no daba miedo: recordemos que era la época en la que 5000 guerrilleros chechenos batían al ejército ruso en el Cáucaso del Norte.

En ese contexto las actitudes cambiaron radicalmente. Si Rusia era tan débil podía hacerse con ella cualquier cosa. Zbigniew Brzezinski, un conocido estratega americano -luego asustado por lo que se ha visto en Ucrania y partidario de la “finlandización” de ese país- propuso en aquella época desmembrar Rusia en cuatro o cinco estados, con una república de Extremo Oriente, otra siberiana, una Rusia europea, una confederación caucásica, etc., etc. Su libro, de 1997, fue muy leído en Moscú.

Esa fiesta se acabó cuando, una vez concluido el asalto al supermercado, en Moscú decidieron poner orden. Putin ha sido eso: el restablecedor de un orden elemental y el hombre que quiere impedir la desmembración de Rusia proyectada por el Deep State de Estados Unidos, una convicción profundamente arraigada en la mentalidad de Putin y en los medios de los servicios secretos rusos que tan importante papel juegan en el Kremlin.

En 2001, mientras los americanos se deshacían de algunos de los acuerdos de desarme más importantes de la guerra fría (por ejemplo el acuerdo antimisiles, ABM) y descafeinaban otros, y mientras tras la caída de Milosevic en una de esas revoluciones de colores el Washington Post editorializaba anunciando que la siguiente jugada sería en Bielorusia y Ucrania, Putin propuso su colaboración a Bush en el esfuerzo “antiterrorista” posterior al 11-S. Cedió acceso a Afganistán por la puerta trasera de Asia Central ex soviética y cooperó en logística e inteligencia todo lo que pudo. Todo eso no sirvió para nada. En Europa las cosas siguieron igual.

Mientras las bombas calientes de la OTAN caían sobre Yugoslavia, Javier Solana venía a Moscú a mediados de los noventa a convencer a los rusos de que la ampliación hacia el Este del bloque occidental, rompiendo todas las promesas, no tenía nada que ver con seguridad ni confrontación: “ya no estamos en los pulsos militares de la guerra fría”, decía, “las zonas de influencia son cosa del Siglo XIX”. Evidentemente nadie le tomaba en serio. Fue así como, a partir de mediados de los noventa, se decide ampliar la OTAN.

En la primera etapa ingresaron, en 1999, República Checa, Polonia y Hungría. En la segunda, (2004) Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia. Este proceso se hizo paralelamente a las intervenciones en Yugoslavia (1995 Bosnia, 1999 Kosovo), cuya lectura externa era anular el único espacio no sometido a la nueva disciplina continental tras la guerra fría, y entre sucesivas advertencias rusas sobre “líneas rojas” (avances del bloque que serían considerados inadmisibles en Moscú) que fueron ignoradas. En la cumbre de abril de 2008 en Bucarest la OTAN ya se planteó el ingreso de Ucrania y Georgia, con la oposición de Francia y Alemania, lo que no impidió reflejar la promesa de tal ingreso en el comunicado final de la reunión. Sigue en agosto el ataque de Georgia a Osetia del Sur y la respuesta militar rusa. Pese a aquella señal, la OTAN sigue sin renunciar a la integración de ambos países y prosiguió su ampliación, en 2009, con Albania y Croacia.

A lo largo de 30 años, mientras se le iba avasallando, Moscú no ha dejado de insistir en el esquema de Gorbachov: reclamando un esquema de seguridad continental integrado. Entre 2008 y 2013 seguí esa situación desde la Conferencia de Seguridad de Munich, el foro atlantista más importante al que se invita a Rusia. El discurso ruso siempre fue muy claro en ese foro. (Véase: https://blogs.lavanguardia.com/berlin-poch/munich-el-occidente-autista)

En 2007 Putin denunció directamente el juego sin reglas en el que se había convertido el intervencionismo occidental. Dijo, “el hermano lobo no pide permiso a nadie y come donde quiere”. En 2008 advirtió que “si Ucrania ingresa en la OTAN dejará de existir” porque se partirá”. En 2009 el Presidente Dmitri Medvedev propuso celebrar en Berlín, “una cumbre paneuropea, abierta a Estados Unidos” (fíjense en el detalle) para “preparar un acuerdo sobre seguridad europea jurídicamente vinculante” que ponga fin a las actuales tensiones. En lugar de globalizar la OTAN, usurpando el papel de la ONU, Europa debe recrear la Organización de Seguridad y Cooperación en Europa (aquella OSCE de la Carta de París de 1990), dijo. Todo eso se ha venido repitiendo hasta la saciedad pero nunca fue motivo de titular de prensa o de telediario en Europa Occidental. En la visión que se nos ofrecía, el “problema de Rusia” no era su exclusión, manifiesta y provocadora, del sistema europeo, sino la esquizofrenia de sus “percepciones de amenaza”, se nos decía en los raros momentos en que alguien se interesaba.

Con Ucrania toda esta arrolladora serie acumulada a lo largo de 30 años ha explotado y los motivos son claros. En Europa se ha creado un enredo fenomenal sobre el que muchos advertíamos en los años noventa. Estaba claro desde el principio de que no habría estabilidad continental a largo plazo en un esquema de seguridad que no implicara a Rusia y menos aún que se planteara contra Rusia. A Estados Unidos ese desastre no le venía mal, porque era la garantía de que podría continuar manteniendo su tutela sobre el viejo continente, sin la cual su estatuto de superpotencia se vería mermado. La historia nos advertía que el miedo de los países del Este a Rusia era perfectamente razonable, pero ¿qué decir del miedo de Rusia, dos veces invadida por Occidente desde 1812 hasta Moscú, la última de ellas con el resultado de 27 millones de muertos? Si hubiera que resumir la situación en una frase, diríamos que la OTAN justifica hoy su vigencia en la necesidad de afrontar los riesgos creados por su propia existencia y ampliación al Este del continente. ¿Será la Unión Europea capaz de reconocer su error y dar marcha atrás?

En nuestro siglo, acuciados por problemas existenciales imposibles de resolver sin una intensa concertación internacional, no tenemos mucho tiempo que perder. En la hipótesis más optimista, el resultado del conflicto de Ucrania podría retrasar unos cuantos años más la integración de Rusia en un esquema europeo de seguridad. En la más pesimista, una guerra en Ucrania consolidaría y anticiparía el escenario de un conflicto global de grandes proporciones.

(*) Este artículo sigue las notas del curso impartido en noviembre de 2014 en el seminario para profesorado de Historia de IES. Universidad Pompeu Fabra de Barcelona."

(Rafael Poch de Feliu, blog,  02/02/22)