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7/4/24

El capitalismo algorítmico... surgió tras dos décadas de acumulación de «capital algorítmico»... es decir, la captación de una «plusvalía» del trabajo, transformada en datos digitales; y en segundo lugar, la predicción, gracias a estos datos, del comportamiento de los usuarios. El «excedente conductual»... ¿Cómo ha podido nacer semejante distopía, que se estaba construyendo a la vista de todos desde hacía veinte años? Pudo surgir porque fue deseada. Y ante todo por los gobiernos... Lejos de controlar a las Gafam estadounidenses o a las BATX chinas, los gobiernos han preferido aliarse con ellas para desarrollar una nueva «gubernamentalidad algorítmica» incompatible con el ejercicio de la democracia... Los algoritmos se han introducido en casi todos los ámbitos del poder público: la policía, pero también la justicia –en Estados Unidos, los algoritmos recomiendan veredictos y los jueces determinan las penas adecuadas–, las prisiones –Taiwán está experimentando con «cárceles sin guardias»– e incluso la asignación de programas sociales según criterios opacos... una gran parte de la población mundial parece aceptar este estado de cosas

 "En su libro Minority Report, adaptado al cine por Steven Spielberg en 2002, el novelista estadounidense Philippe K. Dick imaginaba una sociedad distópica en la que los asesinos potenciales eran detenidos y juzgados antes incluso de cometer un asesinato. El secreto de esta justicia predictiva: mutantes con precognición.

A falta de tales mutantes, cada vez más fuerzas policiales de todo el mundo recurren a algoritmos que analizan conjuntos masivos de datos para identificar «cajas rojas», zonas en las que es probable que se produzcan delitos, que la policía puede evitar interviniendo con antelación. En la actualidad se detiene a jóvenes, en su mayoría mestizos y de clase trabajadora, por delitos que podrían cometer. La distopía se ha hecho realidad.

Para los economistas canadienses Jonathan Durand Folco y Jonathan Martineau, este fenómeno es sintomático del advenimiento de una «sociedad algorítmica», cuyo nacimiento y características analizan en su libro Le capital algorithmique.

El nuevo Eldorado del capitalismo

Esta sociedad surgió tras dos décadas de acumulación de «capital algorítmico». Mientras que muchos ensayos consideran las tecnologías algorítmicas como la inteligencia artificial (IA), las redes sociales, el reconocimiento facial, etc. independientemente del contexto en el que se produjeron, los dos autores nunca las disocian del sistema económico que les dio origen: el capitalismo, del que ahora son su núcleo.

Estas tecnologías se basan en un nuevo tipo de materia prima: los datos. El nuevo Eldorado del capitalismo, los datos, son a la vez un material que se puede extraer –mediante el análisis cuantitativo del comportamiento humano– y una mercancía que se puede vender. El capitalismo algorítmico se apoya en dos pilares. En primer lugar, la extracción masiva de lo que la socióloga estadounidense Shoshana Zuboff denominó, en su libro L’Âge du capitalisme de surveillance (Zulma, 2018), el «excedente conductual», es decir, la captación de una «plusvalía» del trabajo, transformada en datos digitales; y en segundo lugar, la predicción, gracias a estos datos, del comportamiento de los usuarios.

Los primeros capitalistas algorítmicos –Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft, los famosos «Gafams»– se convirtieron en adalides de esta nueva era del capitalismo tras la crisis económica de 2007-2008. Los autores del libro fechan en ese periodo la transición del neoliberalismo al capitalismo algorítmico. La década que siguió a la crisis financiera vio el ascenso al poder de los Gafam, que hoy son algunas de las empresas más cotizadas en bolsa, gracias a un sinfín de inventos (teléfonos inteligentes, ordenadores portátiles, un número cada vez mayor de sensores, etc.). Al mismo tiempo, los agentes económicos tradicionales han integrado los algoritmos en sus propios procesos de trabajo. La pandemia de Covid-19 y los sucesivos confinamientos habrán actuado como aceleradores –como un «gran salto digital»– de una tendencia global fundamental.

Sin embargo, los capitalistas algorítmicos no han construido su imperio únicamente sobre la eficacia de sus tecnologías. Al mismo tiempo que han aumentado la productividad, el trabajo se ha degradado y devaluado en todos los sectores. Trabajo asalariado disfrazado (Uber, Deliveroo, etc.), microtrabajo («granjas de clics», Mechanical Turk de Amazon, etc.), subcontratación a países del Sur global (formación de ChatGPT por trabajadores kenianos mal pagados por OpenAI) o incluso explotación del trabajo gratuito de los usuarios (las valoraciones dadas a tal o cual establecimiento en Google, Yelp, Airbnb, etc.): a las plataformas no les falta imaginación a la hora de fragmentar y coartar a los trabajadores que dan forma a sus algoritmos… y aumentar sus beneficios en consecuencia.

Una distopía deseada

¿Cómo ha podido nacer semejante distopía, que se estaba construyendo a la vista de todos desde hacía veinte años? Esta es una de las tesis más sólidas de las 22 de Jonathan Durand Folco y Jonathan Martineau: la sociedad algorítmica pudo surgir porque fue deseada. Y ante todo por los gobiernos. Lejos de controlar a las Gafam estadounidenses o a las BATX chinas (Baidu, Alibaba, Tencent y Xiaomi), los gobiernos han preferido aliarse con ellas para desarrollar una nueva «gubernamentalidad algorítmica» incompatible con el ejercicio de la democracia.

Utilizando el poder de los algoritmos para determinar y dirigir los impulsos dentro de sociedades complejas, los Estados contemporáneos están convirtiendo «la información en un instrumento de política que anima a los distintos actores a actuar de determinadas maneras en lugar de otras». Los algoritmos se han introducido en casi todos los ámbitos del poder público: la policía, pero también la justicia –en Estados Unidos, los algoritmos recomiendan veredictos y los jueces determinan las penas adecuadas–, las prisiones –Taiwán está experimentando con «cárceles sin guardias»– e incluso la asignación de programas sociales según criterios opacos, incluso a los ojos de los funcionarios públicos.

A pesar de lo aterrador de este capitalismo de la vigilancia promovido tanto por gobiernos como por multinacionales, hay que decir que una gran parte de la población mundial parece aceptar este estado de cosas. Las últimas tesis de Algorithmic Capital examinan las razones de esta ambigua aceptación social. Si tanta gente equipa su casa inteligente con un frigorífico conectado que pide leche directamente cuando se le acaba, una cama inteligente que analiza la calidad del sueño y otros artilugios tecnológicos, es porque lo ven como una forma de aliviarse de parte del trabajo doméstico… todo ello sabiendo perfectamente que están abriendo la ventana de su intimidad doméstica a estas empresas.

La explotación de la intimidad puede ir aún más lejos. Además de la plétora de juguetes sexuales y muñecas hinchables inteligentes, la industria produce ahora «errobots», generalmente chatbots, como Replika, con los que los usuarios necesitados de interacción humana pueden entablar amistad o incluso formar parejas virtuales. Se completa así el círculo: frente al vacío humano que crea, el capitalismo ofrece soluciones tecnológicas… que sólo sirven para aislar aún más a los desamparados. Surge una nueva forma de subjetividad; en la era de las redes llamadas «sociales», emerge un «yo conectado», apogeo del narcisismo social, que muestra su vida privada en público y obtiene placer de ello.

«Tecnosobrios»

A pesar de todo, parece surgir un rayo de esperanza en el sombrío panorama del mundo pintado por los dos Jonathan. En su opinión, los algoritmos no son esencialmente malos, porque todo depende de cómo se utilicen. En un enfoque que pretenden «tecnosobrio» y no «tecnofóbico», estos canadienses imaginan algoritmos arrebatados al capitalismo y puestos al servicio de la democracia, con vistas a su mejor ejercicio, en el que se automatizarían los procesos complejos más laboriosos, para reducir el tiempo de trabajo y aumentar el tiempo de ocio de sus miembros.

Teniendo en cuenta el catastrófico coste medioambiental del sector digital, que los economistas están analizando en detalle, una propuesta así está aún por demostrar a largo plazo y, sobre todo, plantea dudas sobre su pertinencia: ¿realmente necesitamos automatizar algo? ¿Debemos esperar a que los algoritmos aprendan a compartir nuestro trabajo y sus frutos de forma justa?"                  (El Viejo Topo, 07/04/24, fuente Reporterre.)

20/4/23

Casi nunca vemos nada sobre la naturaleza del trabajo, exactamente cómo se hace, qué efecto tiene en la mente y el cuerpo de quienes lo hacen, y por qué está organizado de una manera especial, radicalmente diferente a la mayor parte de la existencia humana... La esencia de la gestión en una economía capitalista es el control... La triste verdad es que para miles de millones de personas el trabajo es, de hecho, un tormento. ¿Y por qué? Para que los muchos hagan ricos a los pocos

 "(...) Hoy en día, leemos en los periódicos y revistas reportajes sobre los trabajadores. Cómo han tenido que hacer frente a la propagación del COVID en sus lugares de trabajo. Cómo trabajar desde casa, especialmente si eras una mujer con hijos, era agotador. Que decenas de millones de personas abandonaron sus puestos de trabajo, y cómo decenas de miles más están formando sindicatos. Pero casi nunca vemos nada sobre la naturaleza del trabajo, exactamente cómo se hace, qué efecto tiene en la mente y el cuerpo de quienes lo hacen, y por qué está organizado de una manera especial, radicalmente diferente a la mayor parte de la existencia humana.  

(...) el trabajo en la sociedad moderna es un tormento, una aflicción derivada de la naturaleza del sistema económico, que no podría ser más antitético a la forma en que trabajamos durante más del 95% de los 200.000 años de existencia del Homo Sapiens. Nuestro trabajo se ha convertido en una mercancía, algo que se compra y se vende en el mercado, como cualquier otra mercancía, no diferente en principio de las materias primas, los equipos y los edificios que albergan nuestros lugares de trabajo. Y al igual que estas mercancías no humanas son propiedad de quienes las poseen, también lo es nuestra capacidad de trabajo. Cuando trabajamos, en efecto, pertenecemos a nuestros empleadores. Los materiales y las máquinas deben ser puestos en producción de forma controlada, y nosotros también. La esencia de la gestión en una economía capitalista es el control.

Desde el punto de vista del empresario, el control sobre los trabajadores es el tipo de mando más crítico porque los que trabajan son los únicos elementos activos en todas las empresas, ya sean privadas o públicas, siendo estas últimas, en la mayoría de los casos, un complemento de las primeras. No sólo somos indispensables para que todas las empresas obtengan beneficios y crezcan -los impulsos imperativos de todas las empresas privadas- sino que también somos la única mercancía que puede interrumpir la producción y detener el flujo de beneficios que hace posible el crecimiento. Los trabajadores siempre han protestado contra su condición de mercancía, organizando disturbios, formando sindicatos, creando organizaciones políticas e incluso fomentando la revolución.

Dada la disparidad de circunstancias entre los que ofrecen y los que demandan mano de obra (los que ofrecen son mucho más numerosos que los que demandan), los trabajadores siempre temen que no se les contrate o, si se les contrata, que se les despida, se les degrade, se les transfiera o se les destituya. Este miedo ejerce lo que podríamos llamar una forma interna de control. Obedecemos las órdenes de la dirección porque no hacerlo podría ser catastrófico. Tenemos que trabajar, y no solemos tener suficiente dinero y otros activos líquidos para estar ociosos, incluso durante un corto periodo. Con el tiempo, la mayoría de nosotros nos acostumbramos a nuestras circunstancias, considerándolas inevitables. Estamos destinados a trabajar, así que lo mejor es acostumbrarse.

Pero como este control interno no ha resultado suficiente para frenar la resistencia de los empleados, los empresarios han cultivado y desarrollado otras técnicas para asegurarse de que el proceso laboral, es decir, la forma en que se realiza el trabajo, garantice un flujo de producción constante y predecible. Las empresas presionan a los gobiernos para que aprueben leyes y utilizan su poder policial para mantener a los trabajadores a raya. A veces, las empresas han tenido sus propias fuerzas policiales para hacer lo mismo. La historia de todos los países capitalistas del mundo está repleta de ejemplos, muchos de ellos espantosos, de violencia perpetrada contra los trabajadores que han tenido la temeridad de desafiar el control de la patronal. Para elegir sólo uno, entre 1971 y 2018, 3.280 sindicalistas fueron asesinados en Colombia.

En todos los lugares de trabajo se han puesto en marcha mecanismos de control de la dirección, cuyo resultado ha sido el estrés, las lesiones, la depresión y un profundo sentimiento de alienación, consecuencia de vivir bajo el control de otros. Los trabajadores fueron primero agrupados en lugares centrales -fábricas- donde podían ser disciplinados por el silbato y el reloj de la fábrica y donde podían ser constantemente observados. Pronto, los supervisores se dieron cuenta de que el trabajo artesanal solía dividir sus tareas en detalles discretos, para poder cumplir un pedido más rápidamente. Por ejemplo, una vez completado el patrón para un embudo de metal, con una tarea de 100 embudos, un herrero realizaba cada parte del proceso de producción de forma secuencial -disposición del patrón en una hoja de metal, corte, conformación, unión y pulido- 100 veces. Entonces, ¿por qué no asignar a las mujeres y a los niños, a menudo huérfanos, el trabajo de detalle, haciendo una subtarea de forma repetitiva, cada día, reduciendo enormemente los costes y haciendo que la mayoría de los trabajadores sean piezas intercambiables? Las máquinas pronto mecanizaron algunos de estos detalles, y luego las máquinas interconectadas nos dieron la cadena de montaje, con los trabajadores convertidos en apéndices de su ritmo incesante. Frederick Taylor racionalizó los mecanismos de control de su época, inventando la "gestión científica", según la cual toda la conceptualización de los procesos de trabajo es monopolizada por el empleador, y los trabajadores se limitan a cumplir órdenes previamente planificadas. Los departamentos de personal (recursos humanos) aplicaron enfoques de palo y zanahoria para forzar el cumplimiento de la nueva dispensación, con la compañía de motores de Henry Ford como ejemplo principal.

Desde Taylor, los gurús de la gestión, liderados por la Corporación Toyota, idearon la "producción ajustada", con su contratación sistemática, equipos de trabajo, formación cruzada, inventarios justo a tiempo y kaizen. Este último, que en japonés significa "mejora constante", es una forma insidiosa de aceleración continua. La dirección pone en tensión el sistema de producción -por ejemplo, retirando a un miembro del equipo o acelerando una línea de montaje- y presiona a los equipos de trabajo para que la producción siga funcionando sin problemas. El trabajador del sector del automóvil Ben Hamper, autor de Rivethead, describió las fábricas modernas de automóviles como gulags. Y no es de extrañar. Los trabajadores deben trabajar 57 segundos de cada minuto.

La producción ajustada también ha supuesto una supervisión de los trabajadores que supera con creces todo lo que Taylor y su banda de ingenieros industriales podrían haber imaginado. Una tienda de comestibles Whole Foods tendrá tantas cámaras y escáneres manuales que los empleados tendrán que buscar en la tienda un lugar seguro para hablar. Los algoritmos abundan. Las empresas siempre están inventando nuevas formas de vigilar a sus trabajadores, tanto si trabajan en casa como fuera de ella. Los clientes suelen participar en esta vigilancia. ¿Qué otra cosa podemos llamar a las omnipresentes evaluaciones de los estudiantes sobre los cada vez más inseguros profesores universitarios adjuntos sino mecanismos de control de los trabajadores? O a las reseñas de clientes de Yelp y TripAdvisor. Los lugares de trabajo de hoy en día se parecen mucho al panóptico de Jeremy Bentham, en el que las prisiones debían diseñarse de manera que los prisioneros pudieran ser vigilados en cualquier momento, pero sin saber nunca cuándo estaban siendo observados. Bentham pensaba que esto podía aplicarse a toda la sociedad y que la gente se comportaría mejor en beneficio de todos.

La mayoría de nosotros sabemos poco sobre el trabajo que realiza la mayoría de la gente. Un vistazo a la publicación de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) Perspectivas Sociales y del Empleo en el Mundo desengañará rápidamente al lector de cualquier idea romántica sobre el trabajo. Hay más de 800 millones de trabajadores agrícolas en todo el mundo, que producen cuerpos dañados mientras producen nuestros alimentos. En 2020, la OIT estimó que el 45% de los 3.250 millones de personas empleadas en todo el mundo tenían un "empleo vulnerable", trabajando por "cuenta propia", al margen de las leyes laborales y de bienestar social, como los estatutos de salud y seguridad y la compensación por desempleo o por trabajo, y sin beneficios adicionales. Hombres, mujeres y niños rebuscando en los vertederos, empujando o tirando de rickshaws, haciendo repartos, vendiendo baratijas, comida o billetes de lotería en las calles, buscando chatarra en gigantescos escoriales.

La triste verdad es que para miles de millones de personas el trabajo es, de hecho, un tormento. Para decirlo sin rodeos, los empresarios quieren nuestros cuerpos y nuestras mentes. Nos desgastan, nos descartan y contratan a otros nuevos. ¿Y por qué? Para que los muchos hagan ricos a los pocos.

¿Hay una solución? No dentro de este sistema. Ningún tipo de organización sindical o legislación progresista alterará la naturaleza del trabajo en él. Sólo un cambio radical en cómo se realiza el trabajo y quién lo controla puede hacer que el trabajo vuelva a ser una parte integral de la vida, a través de la cual podamos desarrollar plenamente nuestras capacidades como seres humanos pensantes y actuantes. Las cooperativas y las comunas, organizadas y controladas localmente, son dos vías a seguir. Producir bienes, especialmente alimentos, y servicios para su uso sin ánimo de lucro. Pero sea lo que sea, debe ser radicalmente democrático, y lo que se produzca debe ser socialmente útil, ecológicamente regenerativo y distribuido de la forma más equitativa posible. Esto puede sonar utópico. Pero, ¿cómo nos está yendo con lo que hemos estado haciendo?"             


(Michael D. Yates es el director de Monthly Review Press en Nueva York, Brave New Europe, 09/08/22; traducción DEEPL)

30/5/22

Europol prepara su Gran Hermano digital: podrá procesar datos de cualquier ciudadano, aunque no esté presuntamente implicados en delitos

 "La Unión Europea ha decidido ampliar notablemente los poderes de Europol, su agencia policial. El Consejo de la UE, en el que se sientan los ministros de Interior de los 27, aprobó el martes una reforma de la agencia que introduce dos grandes novedades. 

La primera es que Europol gana la facultad para solicitar datos sobre ciudadanos a empresas privadas, principalmente a operadoras y plataformas de internet, que podrá cotejar para identificar qué Estados miembros podrían abrir investigaciones contra delitos relacionados. Hasta ahora se nutría exclusivamente de información aportada por las fuerzas de seguridad y otras autoridades públicas. La segunda, la que más inquieta a los activistas en favor de la privacidad, es que podrá solicitar datos sobre personas que no caigan en alguna de las cinco categorías permitidas hasta ahora: presuntos autores de un delito, presuntos cómplices, personas previamente condenadas, testigos o víctimas.

La reforma llega apenas cuatro meses después de que el Supervisor Europeo de Protección de Datos (EDPS por sus siglas inglesas), la oficina independiente que vela por los derechos digitales de los ciudadanos de la UE, conminara a Europol a borrar la información de sus bases de datos acerca de ciudadanos inocentes. Tras dos años de investigación, el EDPS resolvió que era desproporcionado mantener de forma indefinida datos sensibles sobre personas de las que no se había podido demostrar vinculación con delitos.

El mandato reforzado aprobado esta semana no solo deja sin efectos esta petición, sino que legaliza este tipo de prácticas. El borrador de normativa, cuya redacción y negociación ha dirigido el eurodiputado español Javier Zarzalejos (Partido Popular Europeo), fue aprobado con una mayoría holgada hace tres semanas en la Eurocámara. El martes recibió el visto bueno del Consejo de la UE, el último trámite legal que quedaba por formalizar. El texto entrará en vigor en junio.

Con todo, la reforma suscita grandes reparos. También dentro del propio entramado institucional comunitario. El Supervisor Europeo de Protección de Datos manifestó en febrero sus reservas respecto del proyecto que ha acabado saliendo adelante. “El procesamiento de grandes bases de datos será permitido sin proveer suficientes garantías para limitar su impacto sobre los afectados y sin que el EDPS pueda evaluarlo”, dijo entonces el titular de la oficina, Wojciech Wiewiórowski.

 El polaco se queja de que no se tenga en cuenta su recomendación: circunscribir ese procesamiento de datos a “ciertas excepciones limitadas”, en vez de convertirlo en norma general. “Observo con sorpresa que la extensión de poderes de Europol no viene acompañada de un aumento del escrutinio de sus acciones”, remarca el euro burócrata, que ya reprendió a Europol a principios de año.

Zarzalejos opina, sin embargo, que la reforma sí cuenta con las necesarias salvaguardas para garantizar los estándares europeos de privacidad. “La ventaja de Europol es que está sometida a un control muy estrecho por parte del Supervisor Europeo de Protección de Datos”, explica a EL PAÍS quien fuera en 1999 uno de los emisarios del expresidente José María Aznar para entablar conversaciones con ETA. El texto de la reforma prevé además que la agencia cree un nuevo puesto, el de responsable de derechos fundamentales, que deberá velar por que la recolección de datos no sea desproporcionada.

El supervisor europeo de datos no lo considera una medida suficiente. A la pregunta de este periódico de si tomarán medidas al respecto, un portavoz de la oficina de Wiewiórowski señala que “actuarán en función de la regulación una vez esta entre en vigor”.

En cuanto a la nueva capacidad de Europol de solicitar datos a empresas privadas, el nuevo mandato lo limita a “situaciones de crisis online”, esto es, cuando haya difusión masiva de contenidos terroristas o de contenidos de abuso sexual infantil.

Investigaciones del siglo XXI

En 2020, las policías francesa y holandesa hackearon un sistema de mensajería encriptado, EncroChat, que funcionaba en teléfonos modificados (EncroPhones) y que era muy popular entre narcotraficantes y otras organizaciones criminales. La operación, que posibilitó decenas de detenciones, fue el fruto de al menos tres años de trabajo y del análisis de al menos 100 millones de mensajes de 60.000 usuarios. El caso mandó un aviso: las fuerzas de seguridad necesitaban ponerse las pilas en el terreno tecnológico.

La Comisión considera que el 80% de las investigaciones policiales exigen algún tipo de apoyo digital, normalmente información sobre el uso de teléfonos móviles u ordenadores. “Hoy lo que exige la cooperación policial es manejar y procesar cantidades ingentes de datos. El crimen organizado está usando cada vez más los medios técnicos, tanto con procesos sofisticados de blanqueo como con comunicaciones en clave”, sostiene Zarzalejos. Esos datos incluyen prácticamente cualquier cosa que se pueda digitalizar: contenidos de mensajes, ubicación, metadatos sobre horas y lugares de conexión, números de IP (identificadores) de los dispositivos, fotos, vídeos, datos biométricos…

 Europol es una red de cooperación de las fuerzas de seguridad de la UE. No puede iniciar investigaciones: básicamente sirve para que las policías de los Estados miembros compartan información que les ayude a resolver casos. Entre sus cometidos principales está ayudar a luchar contra el terrorismo, el cibercrimen y el crimen organizado. “Europol no tiene poderes ejecutivos, pero con la reforma gana la capacidad de reclamar y recibir datos, y eso está en el límite de lo que dicen los tratados”, objeta Chlóe Bérthélemy, analista de seguridad de European Digital Rights (EDRi), una ONG con sede en Bruselas muy activa en la defensa de los derechos digitales.

Otra de las novedades que introduce la reforma es que Europol podrá usar todos esos datos para entrenar algoritmos de inteligencia artificial (IA) que permitan desarrollar “herramientas que para combatir el crimen”. Un elemento que, a priori, choca con la declaración del Parlamento Europeo de retirar la IA de las actividades policiales. Esta tecnología se usó, por ejemplo, para analizar los 100 millones de comunicaciones de EncroChat.

“Necesitamos IA para desarrollar nuevas herramientas de investigación. Y la calidad de la IA es directamente proporcional a la cantidad y calidad de datos de que se disponga para alimentar los algoritmos”, señala Zarzalejos. “La novedad es que Europol, bajo determinadas circunstancias, va a poder utilizar datos personales debidamente anonimizados para poder entrenar esos algoritmos y hacerlos más eficaces”.

Para Bérthélemy, estas prácticas son un paso decisivo en la construcción de un Gran Hermano europeo. “La reforma promueve un modelo peligroso de vigilancia policial en el que la recolección masiva de datos y las herramientas predictivas parece que se convertirán en el estándar. Incluso si eres totalmente inocente y no tienes nada que ocultar, tus datos pueden acabar en la Europol. Y una vez entren en el sistema, ya no salen de ahí”."                  (Miguel G. Pascual, El País, 27/05/22)

29/4/21

“¿Qué ven cuando nos miran? ¿Cómo ven a nuestros hijos?” Se refiere a la mirada blanca de la policía sobre el sujeto negro que acaba tantas veces perdiendo la vida en sus manos

 "En el centro de una gran sala en penumbra y atestada de gente reposa el féretro con el cuerpo inerte de Daunte Wright. 

Lo han colocado frente al escenario, por donde van circulando allegados y personalidades que le rinden tributo: algunos músicos, un artista que pincela el rostro del fallecido en el lienzo que allí permanecerá toda la ceremonia, los familiares más cercanos y un abogado por los derechos civiles, Ben Crump, que pregunta incisivo: “¿Qué ven cuando nos miran? ¿Cómo ven a nuestros hijos?” Se refiere a la mirada blanca de la policía sobre el sujeto negro que acaba tantas veces perdiendo la vida en sus manos.

Daunte Wright tenía veinte años cuando el pasado 11 de abril fue asesinado por las fuerzas del orden en un control de tráfico. Lo habían parado por llevar un ambientador colgado del espejo retrovisor; él mismo llamó a su madre para contárselo minutos antes de que la agente Kim Potter le disparara, según su versión, por error, pues ella creía que estaba usando una pistola eléctrica. 

En el funeral de Wright se encontraba el novio de Breonna Taylor, una chica también veinteañera fenecida en una redada antidrogas; en este caso, la bala policial la recibió en su casa, donde no hallaron rastro de las sustancias ilegales que buscaban. 

En la capilla ardiente de Wright estaba presente asimismo la madre de Philando Castile, muerto a los treinta y dos años delante de su novia y su hija de cuatro, igualmente inocente, a sangre fría, víctima otra vez de la violencia policial, de nuevo en una parada rutinaria en la carretera. Finalmente, al entierro acudieron familiares de George Floyd, cuyo verdugo, el oficial Derek Chauvin, fue declarado culpable por asesinato recientemente en un juicio que ha dado la vuelta al mundo como la dio el vídeo donde el hombre perecía asfixiado bajo la rodilla de Chauvin.

Los casos se cuentan por miles: Trayvon Martin, Eric Garner, Adam Toledo… son algunos de los más populares gracias a la tecnología que ha permitido grabar los sucesos y una respuesta masiva en las redes sociales que exige responsabilidades políticas y reformas que no llegan. 

De tanta como es la frecuencia, muchos otros pasan desapercibidos, bien porque no existe prueba visual inmediata o porque la capacidad del público para reaccionar ante tantísima brutalidad se agota: deja de ser noticia, se convierte en costumbre al igual que los tiroteos masivos –perpetrados en su mayoría por blancos– excepto para quien lo sufre. 

No obstante, si la muerte alcanza notoriedad, si es pública, vale la pena volver sobre la pregunta de Crump: ¿qué ven cuando nos miran? O, ¿qué vemos los demás cuando compartimos la huella de un dolor ya convertido en contenido audiovisual? Y, ¿qué vemos cuando aún están vivos? Una alusión a la miniserie dirigida por Ava DuVernay, When they see us (2019), donde se ficcionaliza el caso real de cinco adolescentes negros condenados por un crimen que no cometieron, lo esclareció durante la ceremonia: criminales.

 Respecto a George Floyd, podemos remitirnos al abogado defensor del homicida, quien alegó que Floyd murió por problemas cardíacos anteriores y su adicción a los opiáceos; es decir, en esta ocasión vieron a un drogadicto.

 Hace poco, mi pareja y yo vimos el reverso de las mismas circunstancias que dan con los huesos de tantos en el cementerio. Llegó a casa aliviado, dispuesto a contarme la historia que aún recordamos cada vez que leemos sobre otro caso de racismo mortal: notando que había un hueco libre en una zona donde normalmente escasea el aparcamiento, se saltó un stop para llegar más rápido. 

La policía lo paró de inmediato: ¿adonde vas? Mire usted, lo siento mucho –se excusó, intentado explicar que a menudo le costaba horas dando vueltas encontrar parking. No sólo le permitieron marchar sin multarlo, sino que, además, consiguió dejar el coche donde tenía previsto. ¿Qué ves, cariño? –le pregunté cuando terminó su relato. A lo que respondió: que soy blanco.

No es baladí la pregunta. Mirar es un acto voluntario, lo hacemos porque algo nos llama la atención, movidos por el interés, la sorpresa o, algunos, incluso el odio, pero ver implica una concatenación de funciones biológicas y factores susceptibles de escapar a nuestras intenciones. Una vez que algo es visto, es difícil saltar a la siguiente fase, que desde un punto de vista moral deseable sería la empatía. 

Sin embargo, como afirmó Naisha Wright, la tía del joven fallecido: “La gente puede ver el dolor, pero no sentirlo”. En efecto, yo no sé lo que es perder a un familiar agujereado a balazos por la policía, la mayoría de los lectores tampoco habrán experimentado ese desgarro. 

Siguiendo el argumento de Pau Luque en su último libro, Las cosas como son (Anagrama, 2020), es imposible ponernos en la piel de quien carga con tanto sufrimiento. Podemos imaginarlo, posar los ojos en la víctima e intentar comprender su situación; tenemos, me atrevería a decir, un deber cívico que ejercer para que las mismas injusticias dejen de perpetuarse, pero no podemos ni remotamente sentir lo mismo. "                     (Azahara Palomeque , La Marea, 28/04/21)

12/8/20

La conjura contra Jean Seberg: cómo el FBI arruinó la vida de la actriz que llevó la modernidad a Hollywood

"Murió a los 40 años, en circunstancia sórdidas y no del todo aclaradas. Su cuerpo apareció en el asiento trasero de su coche, aparcado en una callejuela solitaria de París. 

Envuelta en una manta, con una breve (y ambigua) nota de suicidio en el regazo y un frasco de barbitúricos junto a los pies, yacía Jean Seberg (Iowa, 1938-París, 1979), actriz estadounidense pero popular, sobre todo, por su papel de primera musa de la nueva ola francesa. Los policías que la encontraron dijeron que su cadáver despedía “un hedor indescriptible” tras pasar varios días “cociéndose al sol” de ese tórrido mes de agosto de 1979. Llevaba más de una semana desaparecida.

Pocos días después, uno de sus exmaridos, el escritor francés Romain Gary, ofreció una virulenta rueda de prensa en la que, sin cuestionar de manera frontal que la muerte de Seberg hubiese sido un suicidio, señalaba un culpable: el FBI. 

Según el relato de Gary, la agencia federal había “espiado, intimidado, hostigado y calumniado” a Seberg durante una década, entre principios de 1969 y el día de su muerte, destruyendo en el proceso su confianza en sí misma y causándole “una aguda paranoia y brotes psicóticos” que ella intentó paliar con el consumo inmoderado de alcohol y sedantes.

La prensa quiso tratar aquello como el delirio de un viudo afligido. Sin embargo, muy poco tiempo después, en un giro de los acontecimientos que dejó al mundo atónito, fuentes del FBI reconocieron que Seberg había sido, en efecto, objeto de escuchas telefónicas e incluso una campaña de desprestigio basada en difundir rumores falsos sobre ella. Una gloria nacional, una actriz de fama y prestigio, había sido tratada como un enemigo público.

 ¿Su delito? Relacionarse con movimientos sociales que el FBI consideraba extremistas y desestabilizadores, como los Black Panthers. Tras enterarse del trato inmisericorde que había recibido su hija, el padre de Jean dejó caer una frase dolorosa: “Yo siempre he tenido una bandera americana en el patio de mi casa, pero no creo que vuelva a izarla nunca”.

Más que un juguete roto (que también), Seberg fue el daño colateral de una guerra entre las cloacas del estado y el radicalismo negro. Mintieron sobre ella, la desestabilizaron psicológicamente e incluso fueron responsables indirectos del parto prematuro y la muerte a los pocos días de su hija Nina, una desgracia que se produjo hace 50 años, el 25 de agosto de 1970, y de la que Seberg no se recuperaría nunca por completo.

La actriz que mejor supo fracasar

El suyo es uno de los más estimulantes fracasos de la historia del cine. Para la crítica y profesora María Adell, que dedicó su tesis doctoral a Jean Seberg, la actriz de Iowa trajo a Estados Unidos y a Europa un “nuevo arquetipo cinematográfico, el de la mujer moderna”. Pero lo hizo “demasiado pronto”, cuando el mundo no estaba aún preparado para recibirla. Adell considera que en el Nuevo Hollywood de los primeros setenta se hubieran entendido mucho mejor “su naturalidad, su modernidad y su economía de recursos expresivos” y hubiese podido tener una carrera “como las de Jane Fonda, Julie Christie o Faye Dunaway, de las que fue una notable precursora”.

Diez años antes, entre finales de los cincuenta y los primeros sesenta, Seberg tuvo que conformase con el papel de icono pop y moda efímera. Fue la musa del Preminger tardío y del primer Godard, la Patricia Franchini de Al final de la escapada (1959), la mujer que vendía diarios estadounidenses por las calles de un París efervescente, de fábula. Fue, qué duda cabe, un soplo de aire fresco y una inolvidable presencia cinematográfica. Pero no consiguió que se reconociese su talento como actriz y no pudo imponer con la contundencia que merecía la originalidad radical de su imagen y de su estilo interpretativo. “Yo la veo como una actriz en tránsito”, explica Adell, “atrapada entre Hollywood y las vanguardias modernas europeas, entre el clasicismo y la modernidad, entre dos maneras distintas de ser actriz y de ser mujer”. De ahí su fracaso. Y de ahí también que su carrera, un tanto errática y hasta cierto punto fallida, resulte hoy tan estimulante y tan digna de recuerdo.

Una película protagonizada por Kristen Stewart, Seberg: Más allá del cine, rinde homenaje en Filmin (su estreno en salas ha acabado desestimándose en España por la pandemia) a la actriz que se adelantó a su época y pagó por ello un injusto peaje. En concreto, repasa en profundidad el episodio más escandaloso y controvertido: los años que estuvo en la diana de la unidad de infiltración y espionaje del FBI, el infame Cointelpro. Es la historia de cómo una red de intimidación y mentiras interesadas urdida por unas autoridades sin escrúpulos puede destruir completamente a un ser humano.

Un compromiso sincero

Seberg había sido activista antes que actriz. También en eso fue una pionera. Sus vecinos de Marshalltown, la pequeña ciudad del estado de Iowa en que nació y creció, la recuerdan con apenas 14 años manifestándose en contra de la segregación racial. Eran los años de la presidencia de Eisenhower y la joven Jean (nacida en 1938, hija de maestra y farmacéutico) simpatizaba con el incipiente movimiento de los derechos civiles

Años después, cuando empezó a relacionarse con los Black Panthers, en 1969, la actriz fue acusada por una parte de la prensa de Hollywood de frivolidad, estupidez y postureo, de prestar su imagen a un movimiento radical por simple afán de notoriedad e ignorancia narcisista. Pero lo cierto es que su compromiso con la causa afroamericana venía de muy atrás y siempre fue genuino, tal y como reivindicaba ella en una entrevista con Variety en 1974: “Yo estaba dispuesta a ofrecerles mi tiempo y ellos querían, sobre todo, mi fama y mi dinero, cosa que en el fondo es lógica. Quise implicarme especialmente en su programa de desayunos gratuitos para los niños de los barrios negros, pero supongo que fui mejor donante que activista y portavoz”. La actriz reconocía también en aquella entrevista no tener la “fortaleza psicológica” que exige el verdadero activismo revolucionario: “Al final, llegué a la misma conclusión que Groucho Marx: yo no debería formar parte de un movimiento que admita a gente como yo”.

En total, la plena implicación de Seberg en las actividades de los Black Panthers duró apenas unos meses, de la primavera de 1969 al invierno de 1970. En ese periodo tuvo relaciones sexuales esporádicas con Hakim Jamal, primo de Malcolm X, pantera negra con fama de seductor, notorio sobre todo por sus romances con mujeres blancas como la editora británica Diana Athill o la modelo Gale Benson. Jamal fue quien la introdujo en la célula californiana de la organización y le presentó a líderes como Huey Newton, el hombre que había reclutado para la causa a Marlon Brando y Jane Fonda.

Seberg nunca fue para los Black Panthers un fichaje VIP del calibre de Brando o Fonda, a pesar de que, en principio, estaba mucho más predispuesta que ellos a comprometerse. Hizo varias donaciones (por un importe total, según los archivos del FBI, inferior a los 20.000 dólares), participó en algún que otro acto de perfil bajo y fue embajadora informal de la sección de propaganda y asuntos exteriores, pero sus compañeros de lucha nunca dejaron de verla como una diletante, una simple “turista” no del todo digna de confianza. Aunque en años posteriores seguiría expresando en público su simpatía por el movimiento, lo cierto es que se distanció de él en cuanto la esposa de Jamal le hizo saber que estaba informada de su relación con su marido. También la postura contraria al radicalismo afroamericano del por entonces esposo de Seberg, el citado Romain Gary, escritor, diplomático y antiguo héroe de la resistencia francesa 24 años mayor que ella, pudo influir en ese distanciamiento.

Mentiras que destruyeron una reputación y una carrera

Pero era demasiado tarde. El radicalismo político y las amistades peligrosas de Seberg ya habían despertado la atención del FBI. En concreto, la del Cointelpro, departamento de contrainsurgencia creado en 1956 por el director de la agencia, J. Edgar Hoover. Una policía patriótica de funcionamiento muy opaco, que nunca respondió a ninguna autoridad superior a la del propio Hoover y que intentó filtrarse en todo tipo de movimientos políticos “disruptivos y desestabilizadores”, de los partidos socialista y comunista a las asociaciones universitarias, los grupos de supremacistas blancos y, a partir de 1967, el activismo afroamericano.

El expediente confidencial dedicado a Seberg y sus actividades “antiamericanas” se inició en primavera de 1969. Al principio incluía sobre todo fotografías y recortes de prensa sobre la “sospechosa” relación entre la actriz y los Black Panthers, pero muy pronto se instalaron micrófonos en su residencia en Los Ángeles y empezaron a espiarse sus comunicaciones de manera sistemática.

Una noche de principios de 1970, los agentes de Hoover grabaron una conversación entre Seberg y una de las líderes de los Black Panthers, la activista, cantante y escritora Elaine Brown. En ella, Seberg le confiaba a Brown en tono distendido que se había quedado embarazada y que lo más probable es que el bebé no fuese de Romain, su marido. Los agentes dedujeron, sin apenas fundamento, que el padre podía ser Raymond ‘Masai’ Hewitt, otro miembro del grupo, presente al parecer en el domicilio de Brown durante la charla telefónica.

En realidad, Seberg creía estar embarazada del estudiante universitario mexicano Carlos Ornelas, al que había conocido semanas antes durante el rodaje en México del wéstern fronterizo Macho Callahan (Bernard L. Kowalski, 1970), pero eso apenas importó al FBI, que vio en la historia un pretexto ideal para destruir la reputación de la actriz. La agencia filtró la historia a Los Angeles Times dando por supuesto que Seberg iba a ser madre de un niño negro, fruto de una relación extraconyugal con un peligroso extremista. Así lo publicó la columnista de sociedad Joyce Haber, en un artículo de tono francamente hostil que el actual jefe de redacción del diario, Norman Pearlstine, describe hoy, 50 años después, como “un ejemplo de mal periodismo, irresponsable y malicioso, una espina clavada y motivo de vergüenza aún ahora para los que trabajamos en el Times”.

Pearlstine concluye que la falsa historia fue filtrada con la intención de “incomodar a Seberg y degradar su imagen pública”. Hizo mucho más que eso. También la desquició y convirtió su vida en un infierno. Consciente por vez primera de que estaba siendo espiada y de que el FBI se había propuesto perjudicarla, la actriz empezó a sufrir ataques de ansiedad que acabarían derivando en una severa depresión y un parto prematuro. Su hija, Nina, murió en el hospital dos días después de nacer. Seberg decidió no cubrir el féretro durante el velatorio de la niña para que la prensa y los agentes del FBI pudiesen comprobar que era de piel blanca.

El talento de la princesa de hielo

En Seberg: Más allá del cine, no se incide apenas en la pérdida de Nina. La película dirigida por Benedict Andrews, discreta en lo cinematográfico, pero bastante fidedigna y ecuánime en su manera de narrar los hechos, se centra más bien en el impacto que la campaña del FBI tuvo sobre la estabilidad mental de Seberg y sobre su relación con Gary. Para María Adell, resulta un acierto que la protagonice Kristen Stewart, “una actriz de vida bastante menos trágica que la de Seberg”, pero con notables paralelismos con ella: “Ambas protagonizaron grandes producciones de Hollywood, siendo muy jóvenes: Seberg entre los 18 y los 20 años en Santa Juana y Buenos días, tristeza, a las órdenes de Otto Preminger, y Kristen Stewart en la saga Crepúsculo. Las dos fueron maltratadas e incluso ridiculizadas por la crítica tras sus primeros papeles, pero demostraron después verdadero compromiso con su profesión y se fueron a trabajar a Francia, en películas de autor europeas”.

Es más, la Kristen Stewart de Viaje a Sils Marie y Personal Shopper ha sido objeto de adoración cinematográfica por parte de su director, Olivier Assayas, casi en la medida en que, según Adell, “Seberg fue adorada por Godard en Al final de la escapada, en un intento de convertirla en cruce arquetípico entre mujer niña y mujer fatal al que la propia Seberg, con su personalidad y su forma intransferible de estar ante la cámara, se resistió casi sin darse cuenta”. De la fértil tensión creativa entre el (genial) director debutante y la veinteañera recién llegada de Hollywood que no entendía muy bien lo que estaba ocurriendo a su alrededor nacen algunas de las mejores escenas de esa obra maestra rupturista que es Al final de la escapada.

Para María Adell, Seberg consiguió después llevar a Estados Unidos, a películas como la estupenda Lilith (1964), de Robert Rossen “parte de la modernidad europea que había absorbido a las órdenes de Godard”. Luego su carrera se diluiría en proyectos, como La leyenda de la ciudad sin nombre (1969), Aeropuerto (1970) o la citada Macho Callahan, que no supieron sacar partido de su talento ni de su imagen. Aunque se mantuvo más o menos activa hasta poco antes de morir e incluso dirigió una película, su gran testamento cinematográfico tal vez sea Les hautes solitudes (1974), de Philippe Garrel, el último director francés que supo adorarla y explotar a conciencia su fotogenia rotunda y poderosa.

“A una parte de la crítica de su época, Jean le parecía una actriz de registro muy limitado, fría y poco expresiva”, explica Adell, “cuando ella tenía en realidad ese talento tan moderno que consiste en expresar desde la contención, en convertirse, cuando conviene, en una presencia enigmática, en un lienzo ambiguo en que el espectador puede proyectar sus propias emociones”. Basta con repasar su filmografía sin prejuicios para comprobar hasta qué punto Jean Seberg fue una estupenda actriz, además de una víctima de las circunstancias y el daño colateral de una guerra sucia."           (Miquel Echarri, ICON, 10/08/20)

5/8/20

Trump y el Estado fascista. El andamiaje legal diseñado tras el 11S para oprimir con total impunidad a los extranjeros sirve ahora a los propósitos despóticos del presidente... Portland ha permanecido varias semanas tomada por fuerzas paramilitares que han estado aterrorizando a la ciudadanía y actuando, por orden presidencial, contra la voluntad de las autoridades locales. Portland ha servido como “laboratorio de nuevas políticas represivas” propulsadas desde el Despacho Oval. La militarización de la calle, en enclaves generalmente multirraciales y de tendencia progresista, se efectúa a tres meses de las elecciones. la Operación LeGend autoriza la incursión policial en cualquier urbe por motivos relacionados con la seguridad nacional y aunque no existan protestas ni disturbios.

"Agentes sin placa identificativa golpeando a manifestantes pacíficos, rociándolos con gas lacrimógeno, o introduciéndolos en furgonetas sin identificar en mitad de la noche y sin orden de arresto. Las imágenes de las protestas en Portland y los abusos cometidos por un cuerpo policial indeterminado han puesto de manifiesto los peligros de una serie de prácticas autoritarias instigadas desde la Casa Blanca. 

Si la presidencia de Trump ya parecía haber alcanzado su punto más bajo debido a la nefasta gestión de una pandemia descontrolada que acumula más de 150.000 muertos, las brutales incursiones de agentes federales en la ciudad de Oregón, replicadas más tarde en Nueva York o en Seattle, nos muestran otra cara de la polifacética violencia institucional aupada por el mandatario.

Portland ha permanecido varias semanas tomada por fuerzas paramilitares que han estado aterrorizando a la ciudadanía y actuando, por orden presidencial, contra la voluntad de las autoridades locales. Tanto el alcalde como la gobernadora del estado dejaron claro su desacuerdo con la presencia de los federales, y hasta la fiscal general de Oregón llevó el caso a los tribunales alegando la violación de derechos constitucionales. 

Aunque Trump anunció recientemente que retirará a los oficiales cuando los representantes locales “controlen” la ciudad, sigue vigente su plan de enviar más agentes a ciudades de mayoría demócrata, comenzando por Chicago y Albuquerque, y siguiendo con Cleveland, Milwaukee y Detroit, entre otras.

La militarización de la calle, en enclaves generalmente multirraciales y de tendencia progresista, se efectúa a tres meses escasos de unas elecciones en que las encuestas estiman una victoria de Biden --Trump, conocedor del dato, ha intentado aplazarlas argumentando un posible fraude debido al voto por correo. Su postergación es legalmente imposible--. Se trata, como han señalado analistas de varios medios, de una estrategia electoralista basada en “La Ley y el Orden”, dos conceptos de los que el presidente no ha parado de vanagloriarse en las redes y en sus apariciones públicas. 

Sin embargo, más que el orden, Trump está imponiendo el caos; más que defender la ley, el presidente está efectuando un uso torticero de esta para obtener réditos políticos mientras viola sistemáticamente los derechos de la ciudadanía y dinamita los principios fundamentales del federalismo.

Operación LeGend

29 de junio de 2020. Un niño de cuatro años duerme plácidamente en su cama cuando, de repente, una bala procedente de la calle atraviesa su cuerpo y, poco después, muere. A pesar de la magnitud de la tragedia, el caso del pequeño LeGend Taliferro, hijo único de una familia negra radicada en Kansas City (Missouri) habría pasado prácticamente desapercibido, en un país en el que mueren cuatro menores cada día por impacto de bala, de no ser por la rentabilidad simbólica que la Casa Blanca está obteniendo de su muerte.

En mitad de las reivindicaciones sociales erigidas por el movimiento Black Lives Matter, muy crítico con Trump, el dramático final de LeGend sólo comenzó a popularizarse a partir del 8 de julio, cuando el Departamento de Justicia anunció un plan especial “para combatir el auge repentino de crimen violento” que asola las ciudades estadounidenses: la llamada Operación LeGend, en honor al fallecido. Con esto se inició el despliegue de agentes federales en Kansas City, una ciudad que el presidente no era capaz de ubicar en el mapa hasta hace poco. El 22 de julio Trump dio a conocer la  ampliación de la Operación LeGend –o “leyenda”, según suena en inglés–. Confirmaba así las amenazas del envío de un número indeterminado de  policías a múltiples urbes del país.

El anuncio se produjo en paralelo a la polémica en torno a los abusos policiales perpetrados en Portland. Así, como afirma Sebastiaan Faber, Portland ha servido como “laboratorio de nuevas políticas represivas” propulsadas desde el Despacho Oval.

Si la presencia de agentes federales se escudaba en la contención de unas manifestaciones que comenzaron tras el asesinato de George Floyd y llevan activas unos dos meses, la Operación LeGend autoriza la incursión policial en cualquier urbe por motivos relacionados con la seguridad nacional y aunque no existan protestas ni disturbios.

La intervención en Kansas City, en Portland, y en el resto de ciudades, obedece a una deriva dictatorial de la administración de Trump que ya ha sido denunciada por los representantes de distintos enclaves urbanos. En una carta enviada al fiscal general, William Barr, y al secretario en funciones del Departamento de Seguridad Nacional (DHS, en sus siglas en inglés), Chad Wolf, catorce alcaldes de todo el país han manifestado su repulsa al despliegue de estas fuerzas policiales, que consideran un ataque contra las garantías constitucionales y los principios del federalismo, puesto que la autoridad presidencial choca de lleno con el poder de los estados. 

En la misiva, denuncian tácticas propias de un “régimen autoritario” e instan al Congreso a investigar las acciones de un presidente que, afirman, ha incrementado el nivel de violencia sufrida por los ciudadanos.

Pese a la urgencia de la situación y el clamor popular que urge a ponerle freno, no estamos, sin embargo, ante un fenómeno nuevo, puesto que con la ocupación militar de cuanto territorio nacional considere oportuno Trump no ha hecho más que servirse de unas herramientas legales ya disponibles para continuar un tendencia despótica cuyos antecedentes históricos pueden trazarse fácilmente.

El terror en casa

1 de junio de 2020. El Premio Nobel Paul Krugman advierte de que el presidente está conduciendo al país al borde de una guerra civil. La nota se publica justo después de que Trump anunciase una posible movilización del ejército como respuesta a las mayores manifestaciones de la historia estadounidense desde las luchas por los Derechos Civiles. Para ello, invocaba la Ley de Insurrección de 1807, que sólo ha sido aplicada en contadas ocasiones. 

 Gracias en parte a la oposición del secretario de Defensa, Mark Esper, la amenaza no llegó a materializarse, pero sí lo hizo una intencionalidad que es hoy evidente en la Operación LeGend y planea fantasmagóricamente sobre las próximas elecciones.

Algunos medios se han referido a la posibilidad de que, en caso de no salir reelegido, Trump insista en negar los resultados de los comicios y utilice al ejército para imponerse. 

Lo que sería un atentado contra la democracia –como ya lo es el despliegue de agentes federales– constituye, sin embargo, una anomalía histórica. Desde sus orígenes, Estados Unidos ha evitado la invasión militar del territorio doméstico por razones que tienen que ver con la aversión a la tiranía de los llamados padres fundadores, lo que a su vez determinó el reparto de poderes entre los estados y el gobierno federal. Sólo en circunstancias excepcionales, por ejemplo, cuando los mandatarios locales lo requieren –como en los disturbios raciales ocurridos en Los Ángeles en 1992–, o si se trata de implementar garantías asociadas a los Derechos Civiles, el ejército ha intervenido en las ciudades.

A principios de junio Trump pareció darse cuenta de la impopularidad que le habría granjeado activar las disposiciones de la Ley de 1807, pero no desistió, sin embargo, de poner en marcha las tácticas autoritarias que conforman su agenda política.

No fue necesario recurrir al ejército para disolver, a base de gas lacrimógeno y balas de goma, a los manifestantes concentrados en esos mismos primeros días de junio en la conocida Plaza Lafayette de Washington, una acción que ha sido duramente criticada por hacer uso efectivo de agentes federales con la connivencia del fiscal general William Barr.

Por otra parte, la erradicación de toda protesta civil mediante mecanismos desproporcionados quedó clara en la reciente aprobación de una orden ejecutiva destinada a proteger monumentos y estatuas que penará con diez años de cárcel cualquier acto vandálico.

Lo que tienen en común la ocupación federal de Portland y otras ciudades, la represión en Lafayette y la orden ejecutiva sobre las estatuas es que el cuerpo policial encargado de reprimir a la ciudadanía procede del DHS, mayoritariamente de las agencias que gestionan la seguridad fronteriza (CBP), y aduanas e inmigración (ICE), creadas, como el Departamento al que pertenecen, como respuesta al atentado de las Torres Gemelas. La legislación aprobada entonces, así como los organismos constituidos, tenían como fin último evitar futuros ataques terroristas. Sin embargo, estas herramientas legales y gubernamentales están siendo utilizadas para promover una guerra al terror en casa, sin que existan amenazas foráneas aparentes.

Destacan, además, una serie de irregularidades en el funcionamiento del DHS, comenzando por su liderazgo. Como informaba la CNN, durante su mandato Trump ha despedido a múltiples altos cargos del Departamento, sustituyéndolos por personal que no debe rendir cuentas al Congreso, sino al presidente directamente, como el secretario en funciones Chad Wolf. La asignación de puestos a dedo, no confirmados por el Senado, es otra de las estrategias dictatoriales de las que Trump se está valiendo para imponer su voluntad.

Un Estado fascista

Predominio de la ley marcial, prácticas autoritarias, ejercicio dictatorial del poder... Son expresiones que pueblan los medios y las redes, y proceden tanto de una ciudadanía aterrorizada como de los representantes políticos que contemplan, anonadados, una represión inaudita contra los propios estadounidenses. La disposición de agentes federales para la elaboración de un ejército a la carta proveniente de distintas agencias ha llevado al alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, a referirse abiertamente a la “policía secreta” de Trump, mientras que activistas como Tom Hastings la comparan con las SA hitlerianas. Así, cada vez son más los que se atreven a calificar lo que está ocurriendo en términos de régimen fascista.

En un país donde el lenguaje centrista y de la izquierda suele estar sometido a los dictámenes de lo políticamente correcto, sorprende la naturalidad con que van surgiendo públicamente alusiones a los nazis para referirse al gobierno actual. Más allá de la analogía histórica, estos epítetos alertan sobre el miedo y la impotencia que sentimos quienes estamos del lado democrático, pero también informan de un giro totalitario que las comunidades inmigrantes llevan años denunciando.

Sería ingenuo no reconocer que el andamiaje legal diseñado tras el 11S para oprimir con total impunidad a los extranjeros sirve ahora a los propósitos despóticos del presidente. Si, como argumentaba la abogada de Derechos Humanos Alka Pradhan, “las políticas migratorias de Estados Unidos tienen sus raíces en Guantánamo”, los mecanismos cuasi-coloniales de dominación y control de la población autóctona beben de esas políticas migratorias. En un régimen totalitario, ya lo dijo Hannah Arendt, el enemigo se actualiza. Nadie está salvo si todos no lo estamos."            

 (Azahara Palomeque, escritora, periodista y poeta. Exiliada de la crisis, ha vivido en Lisboa, São Paulo, y Austin, TX. CTXT, 03/08/20)

27/1/20

La orwelliana compañía de reconocimiento facial que pondrá fin a la privacidad

 "La policía de Londres se dispone a usar las polémicas cámaras de reconocimiento facial.

La Policía Metropolitana de Londres (Scotland Yard) ha anunciado este viernes que comenzará a usar en el plazo de un mes el polémico sistema de cámaras de reconocimiento facial en vivo (LFR, en sus siglas en inglés) para identificar a delincuentes en las calles de la ciudad. 

El comisario Nick Ephgrave, responsable de supervisar el sistema, ha anunciado que las cámaras se situarán en zonas concretas donde la investigación previa ha señalado que pueden localizarse los delincuentes más peligrosos. No se grabará aleatoriamente, ha explicado, sino que se introducirá en el sistema una serie de imágenes de los sospechosos más buscados, procedentes de una base de datos, para iniciar un proceso de identificación. Se señalizará claramente la localización de las cámaras, y habrá una distribución previa de información a los vecinos. Son circuitos cerrados de televisión, ha explicado la policía, que no estarán conectados a otros ya existentes en carreteras o zonas públicas.

La decisión se produce en medio de un gran debate global sobre el uso de este sistema de vigilancia, ampliamente utilizado en China, que ya ha sido probado en el Reino Unido por la policía de Gales del Sur. En Estados Unidos, de acuerdo con un grupo de investigadores de la Universidad de Georgetown, ciudades como Nueva York, Chicago, Detroit y Washington tienen al menos programas piloto para implementarlo. Otras, como San Francisco, han decidido prohibir esta tecnología. (...)

El uso de estos sistemas de reconocimiento facial en las calles de las ciudades está rodeado de polémica. Uno de los debates es, precisamente, que no funcione suficientemente bien y que acabe implicando a una persona inocente que se parece a un delincuente. El otro foco del debate es que la tecnología funcione demasiado bien y comprometa la privacidad de las personas que han sido identificadas por reconocimiento facial. (...)

Pero el país que está a la cabeza tanto en desarrollo como en implementación de este tipo de tecnología es China. Allí, los sistemas de reconocimiento facial sirven para amonestar a quienes cruzan la calle en rojo, dispensar papel higiénico y hacer el check-in en el aeropuerto. Los infractores no pueden escapar porque China cuenta con una completa base facial de sus ciudadanos y de quienes visitan el país. El Gobierno puede dar con cualquier persona utilizando los 200 millones de cámaras que tiene instaladas por todo su territorio."                     (Rafa de Miguel, El País, 24/01/20)
 

"Hasta hace poco, el éxito más grande de Hoan Ton-That era una aplicación que permite que los usuarios le pongan el distintivo cabello amarillo de Donald Trump a sus fotografías.
Después, Ton-That —un empresario australiano del rubro tecnológico— hizo algo trascendental: inventó una herramienta que podría acabar con los días en los que caminabas por la calle de manera anónima. Y luego le proporcionó esa creación a cientos de agencias que vigilan el orden público, desde policías locales en Florida hasta el FBI y el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos.

Clearview AI, su pequeña compañía, ideó una aplicación de reconocimiento facial innovadora. Tomas la fotografía de una persona, la cargas y puedes ver fotografías públicas de esa persona con enlaces que te llevan a los sitios donde aparecieron esas fotos. El sistema —que depende de una base de datos de más de 3000 millones de imágenes que, según Clearview, fueron extraídas de Facebook, YouTube, Venmo y millones de sitios web más— va mucho más allá de cualquier otra cosa que hayan creado el gobierno estadounidense o los gigantes de Silicon Valley.

Algunos agentes de la policía federal y estatal de Estados Unidos dijeron que, aunque solo tenían información limitada sobre la manera en que funciona Clearview y de quienes la crearon, habían usado la aplicación para ayudar a resolver casos de hurto en tiendas, robo de identidad, fraude con tarjetas de crédito, asesinato y explotación sexual infantil.
Hasta ahora, las tecnologías que identifican de inmediato a las personas a partir de su rostro han sido tabú a consecuencia de la erosión radical que provocan en la privacidad.

Sin embargo, al margen del escrutinio público, más de 600 agencias del orden público han comenzado a usar Clearview el año pasado, de acuerdo con la compañía, que rechazó proporcionar una lista. El código informático en el que se basa su aplicación, el cual fue analizado por The New York Times, incluye lenguaje de programación que permite combinarlo con visores de realidad aumentada; los usuarios posiblemente serían capaces de identificar a todas las personas que vieran. La herramienta podría identificar a activistas en una protesta o a una persona atractiva que vemos en el metro, revelaría no solo sus nombres, sino también en dónde viven, qué hacen y con qué personas se relacionan.

Clearview también ha autorizado el uso de la aplicación a por lo menos un puñado de empresas por motivos de seguridad.

“Las posibilidades de convertirla en un arma son infinitas”, dijo Eric Goldman, codirector del High Tech Law Institute en la Universidad de Santa Clara. “Imaginemos a un agente de policía deshonesto que quiere acosar a posibles parejas románticas o a un gobierno extranjero que la usa para revelar secretos sobre personas que después podrá chantajear o enviar a la cárcel”.

Clearview se ha rodeado de hermetismo para evitar el debate sobre su tecnología, que difumina los límites establecidos de privacidad. Cuando comencé a investigar a la compañía en noviembre, su sitio web era una página austera que refería a una dirección falsa en Manhattan como su oficina. El único empleado de la compañía que puede consultarse en LinkedIn, un gerente de ventas llamado “John Good”, resultó ser el propio Ton-That, pero con un nombre falso. Durante un mes, las personas afiliadas a la empresa no respondieron mis correos electrónicos ni mis llamadas telefónicas.

Aunque la empresa me estaba evadiendo, también me estaba monitoreando. Después de que así lo solicité, algunos policías cargaron mi fotografía en la aplicación de Clearview. Poco después, recibieron llamadas de representantes de la compañía que les preguntaron si estaban hablando con los medios, una señal de que Clearview tiene la capacidad y, en este caso, el apetito de monitorear a las personas que la policía está buscando.

La tecnología de reconocimiento facial siempre ha sido controvertida. La aplicación de Clearview conlleva riesgos adicionales porque las agencias del orden público están cargando fotografías confidenciales a los servidores de una empresa cuya capacidad de proteger sus datos no ha sido puesta a prueba por organismos expertos independientes.

La compañía terminó por responder mis preguntas y señaló que su silencio previo era típico en una empresa emergente que comienza bajo el radar. Ton-That reconoció haber diseñado un prototipo para su uso con visores de realidad aumentada, pero dijo que la empresa no tenía planeado lanzarlo. Además, dijo que mi fotografía había sonado la alarma porque la aplicación “identifica posibles comportamientos anómalos de búsqueda” con el fin de evitar que los usuarios lleven a cabo lo que describió como “búsquedas inapropiadas”.

Además de Ton-That, Clearview fue fundada por Richard Schwartz —quien fue asesor de Rudolph W. Giuliani cuando fue alcalde de Nueva York— y respaldada financieramente por Peter Thiel, el inversor de capital de riesgo detrás de Facebook y Palantir.

Otro primer inversionista es una pequeña firma llamada Kirenaga Partners. David Slazo, su fundador, rechazó las preocupaciones acerca de que Clearview está haciendo que se pueda buscar a las personas por su rostro en internet y dijo que es una herramienta valiosa para resolver delitos.

“He llegado a la conclusión de que, debido a que la información aumenta constantemente, jamás habrá privacidad”, comentó Scalzo. “Las leyes deben determinar lo que es legal, pero no puedes prohibir la tecnología. Aunque, claro, podría llevarnos a un futuro distópico o algo así, pero no puedes prohibirla”.

Adictos a la inteligencia artificial

Ton-That, de 31 años, creció muy lejos de Silicon Valley, en Australia, su país de origen. En 2007, abandonó la universidad y se mudó a San Francisco. El iPhone acababa de lanzarse y su objetivo era incursionar de manera temprana en lo que, según esperaba, sería un vibrante mercado de aplicaciones de redes sociales.

En 2015, creó Trump Hair, una aplicación que agregaba el peinado distintivo del presidente de Estados Unidos a las personas que aparecían en una fotografía y un programa de intercambio de imágenes. Ambos fracasaron.

Desanimado, Ton-That se mudó a Nueva York en 2016. Alto y delgado, con el pelo largo y negro, consideró dedicarse al modelaje, dijo. Pero después de una sesión de fotografías volvió a su intento de descubrir la próxima gran novedad en el mundo de la tecnología. Comenzó a leer artículos académicos sobre inteligencia artificial, reconocimiento de imágenes y aprendizaje automático.

Schwartz y Ton-That se conocieron en 2016 en un evento de libros en el Instituto Manhattan, un centro de pensamiento conservador. Schwartz, ahora de 61 años, había reunido un número impresionante de contactos cuando trabajó para Giuliani en la década de los noventa. Poco después, ambos decidieron incursionar juntos en el negocio del reconocimiento facial: Ton-That construiría la aplicación y Schwartz utilizaría sus contactos para activar el interés comercial.

Los departamentos de policía han tenido acceso a las herramientas de reconocimiento facial durante casi veinte años, pero históricamente se han limitado a buscar imágenes proporcionadas por el gobierno, como fotografías de prontuario y de licencias de conducir.

Ton-That quería ir más allá de eso. Comenzó en 2016 con el reclutamiento de un par de ingenieros. Uno ayudó a diseñar un programa que puede recolectar automáticamente imágenes del rostro de la gente en internet, a través de sitios de empleo y redes sociales, por ejemplo. Los representantes de esas compañías dijeron que sus políticas prohíben ese tipo de recolección de datos y Twitter anunció la prohibición explícita del uso de sus datos en tecnología de reconocimiento facial.

Contrataron a otro ingeniero para perfeccionar un algoritmo de reconocimiento facial que se creó a partir de artículos académicos. El resultado: un sistema que usa lo que Ton-That describe como una “red neuronal de vanguardia” para convertir todas las imágenes en fórmulas matemáticas —o vectores— con base en la geometría facial, con datos como la distancia que hay entre los ojos de una persona, por ejemplo. Clearview creó un gran directorio que agrupaba todas las fotografías con vectores similares en “vecindarios”. Cuando un usuario carga la fotografía de un rostro en el sistema de Clearview, este convierte el rostro en un vector y después muestra todas las fotos extraídas y almacenadas en el vecindario de ese vector, junto con los enlaces a los sitios de donde provienen esas imágenes.

Clearview es una compañía diminuta incluso después de haber recaudado 7 millones de dólares de inversionistas, según Pitchbook, un sitio web que da seguimiento a las inversiones de las empresas emergentes. La compañía rechazó confirmar la cantidad.

Un éxito viral

En febrero, la policía estatal de Indiana comenzó a experimentar con Clearview. Resolvieron un caso a los veinte minutos de comenzar a usar la aplicación. Dos hombres se habían peleado en un parque y el conflicto terminó cuando uno le disparó al otro en el estómago. Un transeúnte grabó el delito con su celular, así que la policía tenía una imagen del rostro del atacante, la cual pudieron cargar en la aplicación de Clearview.

De inmediato encontraron una coincidencia: el hombre aparecía en un video que alguien había publicado en redes sociales y su nombre estaba incluido en la información que acompaña al video. “No tenía licencia de conducir ni había sido arrestado de adulto, así que no estaba en las bases de datos del gobierno”, dijo Chuck Cohen, capitán de la Policía Estatal de Indiana en ese momento.

El hombre fue arrestado y acusado; Cohen dijo que quizá no lo habrían identificado sin la capacidad de buscar su rostro en las redes sociales. La Policía Estatal de Indiana se convirtió en el primer cliente comercial de Clearview, de acuerdo con la compañía. (La policía rechazó hacer comentarios más allá de señalar que habían probado la aplicación de Clearview).

La técnica de ventas más eficaz de la empresa fue ofrecer periodos de prueba de 30 días a los oficiales. Ton-That por fin tuvo su primer éxito viral.

Las fuerzas de seguridad federales, incluyendo al FBI y al Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, la están probando, al igual que autoridades de la policía canadiense, de acuerdo con la compañía y con funcionarios de gobierno.

“Todos estamos arruinados”

Ton-That dijo que la herramienta no siempre funciona. La mayoría de las fotografías en la base de datos de Clearview se toman al nivel de los ojos y gran parte del material que la policía carga está a nivel aéreo, proviene de cámaras de vigilancia montadas en techos o en lo alto de los muros.

“Pusieron cámaras de vigilancia demasiado altas”, se lamentó Ton-That. “El ángulo no es el mejor para un buen reconocimiento facial”.

A pesar de eso, señaló la compañía, su herramienta encuentra coincidencias hasta en el 75 por ciento de los casos. Pero no está claro con qué frecuencia la herramienta ofrece coincidencias falsas, porque no ha sido probada por instancias expertas independientes, como el Instituto Nacional de Estándares y Tecnología, una agencia federal estadounidense que califica el rendimiento de los algoritmos de reconocimiento facial.

 “No tenemos datos que sugieran que esta aplicación sea precisa”, dijo Clare Garvie, investigadora del Centro de Privacidad y Tecnología de la Universidad de Georgetown, quien ha estudiado el uso del reconocimiento facial por parte del gobierno. “Cuanto más grande sea la base de datos, mayor es el riesgo de identificación errónea por el efecto doppelgänger. Están hablando de una base de datos masiva de personas aleatorias que han encontrado en internet”.
Pero funcionarios policiales retirados y en activo han dicho que la aplicación es efectiva. “Para nosotros, la prueba fue si funcionó o no”, dijo Cohen, el excapitán de la Policía Estatal de Indiana.

Una razón por la que Clearview está teniendo éxito es que su servicio es único. Eso se debe a que Facebook y otras redes sociales prohíben que las personas extraigan las imágenes de los usuarios. Al hacerlo, Clearview está violando los términos de servicio de estas plataformas.

“Mucha gente lo está haciendo”, dijo Ton-That mientras se encogía de hombros. “Facebook lo sabe”.

Jay Nancarrow, un portavoz de Facebook, dijo que la compañía estaba conversando la situación con Clearview y que tomarán “las medidas apropiadas si descubrimos que están violando nuestras reglas”.

Algunos agentes de las fuerzas de seguridad dijeron que no se dieron cuenta de que las fotografías que cargaron se habían enviado y almacenado en los servidores de Clearview. La compañía trata de anticiparse a estas preocupaciones con un documento que incluye preguntas frecuentes, el cual proporciona a los posibles clientes y en el que señala que sus empleados de atención a clientes no ven las fotografías que carga la policía.

Clearview contrató a Paul Clement, fiscal general de Estados Unidos durante el gobierno de George W. Bush, para disipar preocupaciones sobre la legalidad de la aplicación.

En un memorando de agosto que Clearview proporcionó a sus posibles clientes, incluyendo al Departamento de Policía de Atlanta y la Oficina del Alguacil del Condado de Pinellas en Florida, Clement dijo que las agencias del orden público “no violan la constitución o las leyes relevantes y vigentes de biométrica y privacidad cuando usan Clearview como se debe”.

Clement, ahora socio de Kirkland & Ellis, escribió que las autoridades no tienen que decirles a los acusados que fueron identificados a través de Clearview siempre y cuando no sea la única razón por la que obtuvieron una orden para arrestarlos. Clement no respondió a varias solicitudes para hacer comentarios.

El memorando pareció ser eficaz; la policía de Atlanta y la Oficina del Alguacil del Condado de Pinellas comenzaron a usar Clearview poco después.

Dado que la policía sube fotos de personas que intenta identificar, Clearview posee una base de datos cada vez mayor de personas que han atraído la atención de las autoridades. La compañía también tiene la capacidad de manipular los resultados que ve la policía. Después de que la compañía se dio cuenta de que yo le solicité a oficiales que subieran mi foto a la aplicación, los sistemas de Clearview no mostraron coincidencias de mi rostro por un buen tiempo. Cuando Ton-That fue cuestionado por esto, se echó a reír y lo llamó un “error de software”.

“Es espeluznante lo que están haciendo. Y creo que habrá muchas más de estas empresas. No hay monopolio en las matemáticas”, dijo Al Gidari, profesor de privacidad en la Facultad de Derecho de Stanford. “En ausencia de una ley federal de privacidad fuerte, todos estamos arruinados”.

Woodrow Hartzog, profesor de Derecho e Informática en la Universidad Northeastern en Boston, considera que Clearview es la prueba más reciente de que debe prohibirse el reconocimiento facial en Estados Unidos.

“Hemos dependido de los esfuerzos de la industria para autovigilarse y no adoptar una tecnología tan riesgosa, pero ahora esos controles se están desintegrando porque hay mucho dinero sobre la mesa”, dijo Hartzog. “No veo un futuro en el que aprovechemos los beneficios de la tecnología de reconocimiento facial sin el abuso paralizante de la vigilancia que implica. La única manera de frenarla es prohibirla”.

El lugar en donde todos saben tu nombre

Durante una entrevista reciente en las oficinas de Clearview —en un espacio de WeWork en Chelsea en Manhattan—, Ton-That hizo una prueba de la aplicación con una foto suya. Se tomó una selfi y la subió. La aplicación sacó 23 fotos de él. En una de esas fotos aparece sin camisa, con un cigarrillo en la boca y está cubierto en lo que parece sangre.

Ton-That luego tomó mi foto y la subió a la aplicación. El “error de software” se había solucionado y ahora mi foto arrojó muchos resultados, algunos que tienen más de una década, incluidas fotos que no había visto antes. Después volví a sacarme una foto en la que me tapé la nariz y la parte inferior de mi cara y aún así la aplicación dio siete coincidencias correctas.

Los oficiales de policía y los inversionistas de Clearview predicen que la aplicación eventualmente estará disponible para el público.

Pero Ton-That dijo que estaba renuente a eso. “Siempre hay una comunidad de personas malas que querrán usarla de manera incorrecta”, dijo.

Incluso si Clearview no pone a disposición del público general la aplicación, alguna otra empresa podría hacerlo ahora que el tabú está roto. Buscar a una persona por su rostro podría ser tan fácil como buscar un nombre en Google. Los extraños podrían escuchar conversaciones delicadas, tomar fotos de quienes participan y conocer secretos personales. Alguien caminando por la calle sería identificable inmediatamente y la dirección de su casa estaría a solo unos clics de distancia. Sería el fin del anonimato público.

Cuando Ton-That fue cuestionado sobre las implicaciones de traer tal poder al mundo, el empresario pareció desconcertado.

“Tengo que pensar en eso”, dijo. “Creemos que este es el mejor uso de la tecnología”.