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9/2/17

El flirteo y las relaciones que se forman en la oficina contribuyen a la idea de que todos debemos amar el trabajo, que es una idea muy esclavizante

 Moira Weigel  (Joni Sternbach)

"(...) En el libro, rechaza la noción de que los roles de la mujer como ama de casa que se encarga de la familia y el hombre que compite por el trabajo y el dinero en la esfera pública estén programados en nosotros. ¿Cómo se desarrollaron, económica e ideológicamente esos roles? 

Me hace gracia, porque mi respuesta es… Por el capitalismo. Si hubiéramos ido a una granja en 1600 y les hubiéramos dicho a los que vivian ahi: 'Bueno, lo que él hace es trabajo, pero lo que hace ella, matar a la gallina, cocinarla para cenar, tener a los hijos, criarlos y luego acompañar al marido a trabajar en el campo, eso no es trabajo', su respuesta sería: 'Menuda estupidez'. Todo forma parte del mismo proceso, del mismo esfuerzo colectivo. 

Pero al surgir el trabajo asalariado y la industrialización, nacen toda una clase de trabajos que tienen lugar fuera del hogar, reservados para hombres, y con ellos la noción de que las mujeres no trabajan. Como cuenta Silvia Federici, crece en paralelo todo un discurso filosófico que construye la idea de que los hombres y las mujeres son completamente diferentes.

 Hoy en día, nos resulta muy difícil desnaturalizar esas presunciones, que tienen siglos de vida. Es un producto de la organización del trabajo que surge con el capitalismo industrial y pervive con la sociedad de consumo del siglo XX, aunque empieza a agrietarse. Quizá ahora, con la digitalización y la precarización del trabajo, las cosas cambien. Sinceramente, no lo sé. 

Otro aspecto de esa comercialización de la vida, del que habla en el libro, es el desarrollo y socialización del gusto. ¿En qué medida tiene relación la inclinación estética con el desarrollo de las citas?

En los años 20, empiezan a surgir la moda barata y el maquillaje y toda una serie de productos que ayudan a expresar el gusto. Aparecen también las revistas de tirada nacional, lo que contribuye a establecer paradigmas estéticos de buen o mal gusto. De la mano del consumismo, surge una enorme masa de población que se observa y se atrae en la esfera pública. Y surgen también todas estas industrias, que ayudan precisamente a atraer y atraerse. 

Hoy en día, sucede algo parecido con los me gusta de las redes sociales y las aplicaciones de citas, en las que el gusto sirve para estructurar un protocolo por el que se busca gente con la que salir. Y todo esto tiene mucho que ver con la clasificación de la gente por criterios de clase, y la estratificación de clase de la sociedad. 

Si alguien dice, me encanta Wallace Stevens, o David Foster Wallace, esa persona probablemente estudió en una universidad cara y elitista, de artes liberales. Hay un montón de estudios que demuestran que la gente tiende a escoger de manera abrumadora a otra gente de su clase social en as aplicaciones de citas como Tinder, a menudo guiándose sólo por fotografías. Existe toda una semiología visual sobre cómo señalar eso. 

Si me aparece un chico musculoso y engominado, con el pelo para arriba, sabré automáticamente que pertenece a una clase social diferente a la mía. En Estados Unidos, la calidad de la dentadura es otro barómetro que sirve para determinar la clase de cada uno. De manera subconsciente, telegrafiamos y decodificamos todas esas señales sobre el origen social. Antes, en el mundo anterior a las citas, el rabino elegía a alguien de una familia como la tuya o un hombre adecuado de tu misma clase para que viniera a cortejarte. 

En ausencia de esas estructuras articuladas explícitamente para emparejar a la gente de acuerdo con su procedencia social, el gusto cobra un papel mucho más importante. Pero es obvio que el gusto no solo refleja la clase, sino también las aspiraciones de clase. 

Escribe además acerca de la erortización de la actividad comercial. ¿En qué consiste ese fenómeno, y qué efecto tuvo en la vida amorosa de la gente?

Una vez que se le empieza a vender a la gente cosas que realmente no necesita, se hace imperativo añadir cierto atractivo erótico a esas cosas. Pero lo fascinante es cómo, poco a poco, la cultura va erotizando el trabajo en sí mismo. A partir de los años 50, las mujeres se reincorporan al mercado de trabajo. Tener una carrera se vuelve sexy. La oficina se vuelve sexy. Una se pone toda suerte de atuendos de trabajo, y empieza a flirtear.

En cierto modo, las realidades del dating, el flirteo y las relaciones que se forman en la oficina contribuyen a la idea de que todos debemos amar el trabajo, que es una idea muy esclavizante y que, irónicamente, nos deja sin tiempo para disfrutar del sexo o las relaciones de pareja. Hace poco, entrevisté a una ejecutiva de Silicon Valley para un artículo. 

Me contó que había contratado a un matchmaker al que pagaba 100.000 dólares al año por encontrarle novio, porque, según me dijo, no tenía tiempo para buscarlo ella. Me tuve que morder la lengua para no preguntarle: 'Pero, ¿tienes tiempo para una relación de pareja?' Amamos tanto el trabajo que no tenemos tiempo de hacer nada más que trabajar.

Y también tenemos que pensar en todo como si fuera trabajo. Me refiero a la manera en que la gente concibe las dietas, o el ejercicio, o ciertos proyectos como si fueran productivos. No se nos permite limitarnos a pasarlo bien. Todo tiene que quedar subsumido dentro de alguna lógica productiva.  (...)"                                                         (Entrevista a Moira Weigel, Álvaro guzmán Bastida, CTXT, 17/01/17)

18/11/16

Si no matan focas, los 'inuit' mueren

"En plena ola de frío recala en España la activista y artista inuk (plural inuit, los mal llamados esquimales) Aaju Peter. 

Recibe en su habitación de un hotel barcelonés cerca del Museo de las Culturas del Mundo, donde luego ofrecerá una charla junto a la etnóloga Michèle Therrien y ejecutará una performance ceremonial con cantos tradicionales y toque de tambor. Hoy estará en Madrid. Las sábanas en la cama deshecha sugieren las blancas extensiones heladas del Ártico.

Peter, nacida en Groenlandia en 1960, reside desde 1981 en Iqaluit en el norte (muy norte) del Canadá, en la isla de Baffin. En su ciudad están hoy a 19 grados bajo cero. Abogada, madre de cinco hijos, es una defensora de la cultura y los derechos de su pueblo —y especialmente de las mujeres—, y se ha enfrentado a los animalistas reivindicando la costumbre ancestral inuit de la caza de focas. En 2012 recibió la medalla de la Orden del Canadá.


¿A quién detesta más, al explorador Robert Peary, que se aprovechó de los inuit y los trató tan desconsideradamente, o a Brigitte Bardot? Aaju Peter arquea las cejas, entre las cuales, como en la barbilla, manos y muñecas luce tatuajes tradicionales, pero sonríe. 

“Los inuit, por costumbre, no solemos odiar, no nos lo permitimos. Los enfrentamientos los solventamos con duelos cantados. Peary era un mentiroso arrogante, aunque he de recordar que no debo decir nada malo de nadie. 

En cambio apreciamos a Matthew Henson, que aprendió nuestras técnicas. Por eso sobrevivió, mientras que Franklin, por ejemplo, murió: ¡A quién se le ocurre llevar un piano al Ártico!”.

Henson era el explorador negro que acompañó a Peary en su ataque al Polo Norte en 1909. Le llamaban Miy Paluk, querido Matthew. También él, como su jefe, tomó concubinas inuit y tuvo descendencia mestiza.

Se ha hablado mucho de la permisiva sexualidad inuit, la poligamia, la cesión de la mujer al visitante, el lesbianismo alentado por las largas ausencias de los cazadores (la palabra arnaqatiminoortoq significa “mujer a la que le gustan las mujeres” y no tiene ninguna connotación negativa). 

“Somos criaturas sexuales, es parte de la naturaleza. Y algunas de esas costumbres que cita servían para paliar la escasa diversidad genética. Pero no quiero perpetuar estereotipos. Exploradores y balleneros dejaron su semen en el Ártico”. Eso sí que es congelar esperma. Peter ríe la broma. “Pero esos hombres no se preocuparon de la responsabilidad con los hijos que tuvieron...”.

Volviendo a BB... “No la conozco personalmente. Se equivoca, como los que quieren prohibirnos cazar focas. Nosotros dependemos de la caza de focas. Toda nuestra vida, nuestra cultura, nuestra economía gira en torno a ello. Impedirnos cazarlas es una forma de genocidio cultural. 

Hay muchas mentiras e hipocresía en torno a la caza de la foca. La que cazamos mayoritariamente es una especie muy prolífica, nunca ha estado en peligro de extinción y en los últimos años incluso se ha multiplicado: hay cerca de 14 millones de individuos. Son más que nosotros”.

Peter confía en que los animalistas y la sociedad occidental entera entiendan que la caza de focas es una actividad esencial para la pervivencia de los inuit. Mientras habla acaricia el colgante de plata en forma de foca que lleva al cuello. 

“Celebramos la foca”, dice. Sus manos tatuadas y de uñas azules resultan hipnotizantes. No ha visto la película de Isabel Coixet, Nadie quiere la noche, que ficcionaliza el encuentro entre la esposa de Peary y la amante inuit del explorador, pero muestra un gran interés al hablarle de ella.

¿Porqué se aferran los inuit a ese mundo hostil? “Sabemos que en cinco minutos podemos morir. Vivir exige conocimiento y respeto. Pero es un lugar increíblemente bello”. Y, añade, de una intensa espiritualidad. “El cuerpo no es mucho, pero la mente se eleva allí como el ave en la tundra”.

¿Está buena la foca? “En realidad prefiero la ballena. Me encanta la ballena hervida. ¡Soy inuit!”.        (Entrevista a la activista inuit Aaju Peter, El País, 10/11/16)

12/4/13

El matrimonio reduce la probabilidad de la conducta criminal hasta la mitad


«En 2020, según algunos cálculos, habrá 30 millones más de hombres que de mujeres en el mercado de parejas de China, dejando quizá hasta un 15% de hombres jóvenes sin pareja. 

Los antropólogos han documentado un patrón histórico constante: cuando la tasa de sexos se inclina hacia una proporción menor de mujeres, los hombres se vuelven cada vez más competitivos, siendo cada vez más propensos a una conducta arriesgada y cortoplacista que incluye el juego, el consumo de drogas y la delincuencia. 

Este tipo de patrón encaja bien con el resto del mundo biológico. Décadas de trabajo en ecología conductual han demostrado que en las especies en las que hay una variación sustancial en el éxito de los machos para aparearse, los machos competen con especial ferocidad. 

Los detalles precisos del camino entre una tasa desequilibrada de sexos y la conducta social en los humanos no se conocen plenamente, pero un posible vínculo fisiológico es que permanecer soltero aumenta los niveles de testosterona —a veces simplemente llamada "T"—, lo que a su vez influye en la toma de decisiones y la conducta. 
¿Debería toda esta T en China ser una causa de preocupación?

Las diferencias entre las sociedades que permiten la poliginia y las que no son potencialmente ilustrativas. En las sociedades con poligamia, hay, por motivos obvios, un mayor número de hombres no casados que en las sociedades que prohíben la poligamia. 

Estos hombres no casados compiten por las mujeres que quedan sin casar, lo que incluye una mayor propensión a la violencia y a tener una conducta criminal que sus equivalentes casados. De hecho, la investigación transnacional demuestra una relación constante entre las tasas de sexos desequilibradas y las tasas de crímenes violentos. 

Cuanto mayor sea la proporción de hombres no casados en una población, mayor la frecuencia de robos, fraudes, violaciones y asesinatos. El tamaño de estos efectos no son triviales: algunos cálculos estiman que el matrimonio reduce la probabilidad de la conducta criminal hasta la mitad. 
 
Además, los hombres no casados relativamente pobres se han asociado, históricamente, a otros hombres no casados, empleando la fuerza para asegurarse recursos que de otro modo serían incapaces de obtener. 

Aunque el aumento del crimen y la violencia en los países asiáticos por unas tasas de sexos desequilibradas es un motivo de preocupación por sí mismo, el problema no son solo las posibles víctimas de crímenes que podría haber a causa de la desproporción de sexos. Las evidencias indican que el excedente de jóvenes no casados tiene un impacto económico medible, reduciendo el PIB per capita. "   (en Arcadi Espada, 11/04/2013)

25/6/09

La crisis es peor para l@s segund@s espos@s

"Los abogados matrimonialistas tienen claro que la crisis ha acabado con la imparable tendencia alcista de los últimos años y que sus clientes se lo piensan ahora un poco más antes de romper. La inmensa mayoría de las rupturas (121.814) fueron divorcios, pues desde la reforma del Código Civil de 2005 es muy minoritario pasar por esa fase intermedia que es la separación.

La sentencia judicial de divorcio al uso que se dicta en España atribuye a la mujer la custodia de los hijos, una pensión de alimentos y el uso de la vivienda. Es decir, que de entrada sale beneficiada en aplicación del artículo 96 del Código Civil, que atribuye la vivienda al cónyuge custodio. O sea, a las mujeres en más del 95% de los casos.

"El año pasado tuvieron que irse de su casa más de 70.000 hombres y el 80% no tenían medios para poder pagar una nueva vivienda", explica Justo Sáenz, presidente de la Confederación Estatal de Madres y Padres Separados. En muchos casos, la pareja no se pone de acuerdo para vender el que fue su domicilio familiar y eso impide pasar página y facilitar la compra de una vivienda que se ajuste más a las nuevas necesidades. La consecuencia es que ella sigue disfrutando de la casa mientras tiene los hijos y él sigue pagando la mitad de la hipoteca de una vivienda en la que no habita, a no ser que ceda a la presión y la acabe malvendiendo para levantar cabeza.

Eso coloca a decenas de miles de hombres en una situación de asfixia económica, asegura Sáenz, al punto de que a muchos no les queda más remedio que regresar con sus padres, ir a vivir a casa de un amigo o acabar en condiciones cochambrosas. Como Jon, un bilbaíno al que denunció su ex mujer en 1992 por hechos supuestamente ocurridos cuando estaba en Madrid. "La denuncia fue archivada, pero yo tuve que salir por piernas", explica. "Un amigo me dejó una habitación, luego me metí en un piso de protección oficial, mis padres me ayudaron y así volví a empezar", recuerda.

"A la larga las mujeres acaban siendo las perjudicadas por ese trato inicialmente favorable en el divorcio", relata Sáenz. "Y es que cuando el hombre deja de pagar la hipoteca de la que fue su casa y los hijos ya se han independizado, muchos solicitan la división de la cosa común y ellas tienen que elegir entre comprar la vivienda al valor de mercado de entonces o perderla y que salga a subasta". Jon tiene claro qué es lo que va a hacer en cuanto pueda y su hijo se independice.

"Cada vez nos llegan más casos de mujeres mayores de 55 años que se divorciaron hace tiempo y que ahora no tienen dinero para comprarle a su ex la otra mitad, por lo que la casa acaba saliendo a subasta. Con lo que ella obtiene no puede meterse en un nuevo piso, ahora los bancos no les dan un préstamo y muchas no tienen derecho ni a vivienda de protección oficial por su salario", explica Sáenz. Es una situación que, según dice, se está extendiendo a todas las capas sociales.

Y es que convertir la vivienda en moneda de cambio tiene sus riesgos. La situación de paro en la que están quedando muchos hombres les está llevando a dejar de pagar la mitad de la hipoteca de aquella casa. "Como ella no puede hacer frente a toda la cuota, se dan casos en que le acaba perdonando la pensión de alimentos de los hijos a cambio de que pague su parte para no perder la casa", relata Sáenz." (El País, ed. Galicia, 23/06/2009, p. 28/9)

8/1/09

Poligamia a la española


Sonia Sampayo


Kiné, Pap Ndiaye (el marido), Fama (la segunda esposa), y Sonia

"Pap suele ir a Senegal una o dos veces al año. Pasa meses. Yo le acompaño. Me encanta Senegal, y Louga, su ciudad. La primera ocasión, ya casados, fue en 1999. Resultó muy duro para mí. Coincidió con el bautizo del primer hijo de Fama. Ella lo pasó fatal con mi boda; fue un mes después de la suya. Entre eso, el parto complicado y que yo llegaba... Pero yo me sentía aún peor. Me quedé ocho semanas. Ni bailar pude. Porque si voy y bailo, como hago siempre ahora, lo demás se anula; para mí bailar es una necesidad física, me salva de la locura. Pap no se daba cuenta de nada. Ni se planteó que tuviera que ayudarme a adaptarme. Nada. Hizo su vida, y punto. Ellos son así... Ya me he acostumbrado. Y él ha aprendido. Hoy, si me ve cabizbaja, se acerca a socorrerme. Pero entonces no. Uf, no había nadie en quien confiar. (...)

Pap y yo tenemos la implicación sentimental, claro, pero sin la profesional no seríamos nada. ¿Qué he ganado con la película? De algún modo he querido reivindicar mi libertad, la de elegir.

Pap dice que conmigo él lo tenía claro desde el principio; había intentado ligar con otras, sí; aquí están solitos, lo intentan siempre... Como una hormiguita, me conquistó. La verdad, yo no pensaba que la cosa llegaría a tanto. Me limité a vivirlo. Un día me preguntó si quería casarme. Por dos razones: papeles y religión, por tranquilidad; no ven bien el sexo sin matrimonio. Dudé, pero me dije: 'Vale, si no voy a modificar mi vida, qué más da'. Ellos, además, tienen esa concepción tan seria de las relaciones, del sexo, ese respeto a los padres... Eso a mí me gusta; nosotros hemos perdido aquí ya mucho esos valores.

En mis visitas a Louga no tengo derecho a dormir con Pap. Es la norma. Ya le tengo en Madrid. Y no resido en la misma casa que Kiné y Fama. Nunca lo hice, nunca lo hago. No quiero. No podría soportar oírle decir 'buenas noches' y que se fuera con otra. Si estoy lejos, lo aguanto; sino, no. Por el día lo paso bien; por la noche, fatal. Él viene a verme, sí, pero no se queda. Kiné y Fama son rivales, sí, pero su relación es fraternal. Están juntas siempre; se cuidan los hijos. Las tres tenemos celos, claro. Pero Pap no permite malos rollos. Y en Senegal no hay esas vueltas de aquí, esa maldad. Y si existe, queda entre mujeres. (...)

Yo no soy rival para ellas: piensan que Pap, al no tener yo hijos, nunca se quedará conmigo; regresará. Yo no podría vivir en Louga, ni en Dakar. ¿Y si Pap deja España? Pues, adiós. Pero aún no va a irse, debe sacar adelante a sus hijos, se marchará cuando envejezca.

Cómo viven ellas los celos no lo sé. Sólo puedo hablar de mí. Lo peor es la imaginación. Tan dañina. Lo que hace dos días con una, dos días con la otra. En habitaciones contiguas. Visualizarlo es brutal. Lo evito. Intento pensar en lo que compartimos, estar activa. Si viviera con ellas me desesperaría. Un día me decían: 'Si ya estás aquí, ¿por qué tenemos que cocinar nosotras?'. Y yo: '¿Pero no os acostáis con él? ¡Pues haced-

le la comida!'. Se reían. Pero aún más al hablar de sexo, lo hablan mucho, en grupo, con pelos y señales... ¡Ríete de la liberación sexual! En ese primer viaje me montaron una encerrona. Para impresionarme. Me mostraban su ritual con el marido ('Debes hacerlo así y así'), qué ropa usar, los gestos, el perfume... Yo no me corté: 'Ah, no, pero mirad, yo no lo hago así'. Me inventaba posturas. Se morían de risa. (...)

Debes blindarte para no sucumbir al desaliento. ¡Y hay tantos códigos culturales que lo hacen todo tan difícil! En la manera en que satisfacen a las mujeres, por ejemplo: allí es dándoles dinero; aquí yo me mantengo, sólo le pido atención, cariño, que cubra necesidades afectivas. Con Pap he aprendido algo: a pedir. De él no salía dar. No tenía ese registro. No ve lo que me pasa si no le cuento. Porque las mujeres allí les ocultan sus cambios emocionales. Aquí somos más cómplices. Ellas al hombre lo cuidan, hacen de madres... Yo eso lo dejé claro el primer día: no estoy aquí para servirle. Él lo sabía. Se adapta. (...)

Lo de la poligamia como tal me importó al principio. Pero, tras pensarlo y asumirlo, quedó superado. Luego ya ni lo ves raro. Piensa que me casé en 1997. Entonces lo africano sí era raro. Ahora casarse con ellos es más habitual. (...)

Sí, he tenido y tengo muchos ratos de desesperación, de tristeza, de rebeldía, pero nunca dudas del amor que siento. Todo se me pasa al ver a mi marido. Siento que hay una conexión, que lo que tenemos que aprender el uno del otro no ha terminado. Cuando eso suceda nos separaremos, y no tendrá que ver con sus mujeres, sino con nosotros. ¿Podría tener yo otros maridos? Uf, le chincho con eso y se pone malo. ¿Y qué pasaría si él tomara esa cuarta esposa que su religión le permite? Uf, aquí tampoco tengo dudas. Una cosa es aceptar su pasado, y otra, que elija y quiera a alguien después de mí, para el futuro. Pasaríamos entonces a otro nivel. Con todo el dolor de mi corazón, seríamos sólo amigos". (El País Semanal, 30/11/2008, p. 31/4)

29/7/08

La oxitocina es la base de la ¿química social?, o de la ¿sociedad química?

“Amor de madre, ¿sólo química?. Las hormonas mandan en el cariño que las parturientas tienen por sus hijos, pero factores sociales como la pobreza extrema pueden alterar ese proceso biológico.

Las madres quieren a sus hijos. Pero ¿por qué a veces resulta que ese absoluto no lo es tanto, como demuestra el fenómeno, universal y atemporal, de los abandonos? ¿De qué está hecho el vínculo madre-hijo? Los científicos le prestan cada vez más atención. Están averiguando cómo se establece, qué papel juega en el desarrollo y si deja huellas en el futuro adulto. Y ¿qué pasa con los padres? De fondo está el debate eterno de cuánto en nuestro comportamiento es biológico y cuánto cultural. La respuesta es: mucho más de lo que creemos -y esto vale para lo biológico y para lo cultural-.

El amor, ya se sabe, es pura química. O pura biología. Los neurobiólogos conocen ya varios ingredientes, como la hormona oxitocina y los opiáceos, que intervienen en lo que ellos llaman apego, y saben en qué áreas cerebrales actúan. Por ejemplo en los circuitos de recompensa, que nos hacen querer más de lo que nos da placer. La cosa es simple hasta el punto de que sin estas hormonas no hay amor. Ni amor materno, ni de pareja. El cóctel químico cambia más o menos en cada caso, pero siempre está ahí. La conducta humana, incluso en rasgos tan personales como la generosidad, la confianza o la capacidad de amar, depende de unas cuantas moléculas.

La mencionada oxitocina, en concreto, parece ser una auténtica bomba de emociones positivas. En los últimos años se ha demostrado su importancia en la sociedad y la familia, tanto en animales como en humanos. (…)

Es decir, que "la oxitocina es el pegamento de la sociedad, tan simple y tan profundo", ha declarado Zek, cuyo trabajo ha publicado Nature. Los opiáceos, por su parte, son los encargados de mantener la conducta y de hacernos en cierto modo adictos al afecto. (…)

¿en qué momento producimos las personas más oxitocina? No es difícil adivinarlo: en el orgasmo, en las interacciones sociales placenteras y durante el parto y la lactancia. (…)

En cuanto a la madre, para ella el bebé es una máquina de producir sonidos, caricias y olores que disparan su neuroquímica del amor. Basta que el bebé chupe los pezones para que ella produzca oxitocina y prolactina. (…)

Eso que muchos niños con secuelas deben superar es la muesca cerebral de la indiferencia. Un estudio hace tres años descubrió que niños que habían pasado sus primeros años en orfanatos de la Rumania de Ceausescu respondían con menos oxitocina de lo normal a sus madres adoptivas. También se ha visto que los niños que no han podido establecer vínculo alguno con un cuidador tienen a menudo síntomas propios del autismo. Y es que hoy se sabe que la explosión bioquímica del apego moldea el cerebro y deja su firma en la vida adulta.

"En la última década el estudio del desarrollo del cerebro ha dado evidencias incuestionables sobre la importancia de los afectos y la formación del vínculo del recién nacido", explicó la neurobióloga chilena Eugenia Moneta en una reciente charla en el hospital del Niño Jesús, en Madrid. "El desarrollo del cerebro depende de interacciones externas, en particular las relaciones de afecto con los cuidadores. Estos aspectos afectivos moldean las redes neuronales". Pero esta experta recuerda también que, al margen de cuándo empiece, el apego se construye toda la vida.

Hasta aquí, el inmenso poder de la biología. Pero entonces, ¿por qué a veces falla? (…)

"La maternidad entraña una decisión, no es exclusivamente biológica. Empieza con una aceptación, un deseo, de cuidar un niño", ha dicho otra antropóloga, Nancy Scheper-Hughes, que estudió una localidad brasileña muy pobre donde las madres dejaban morir a algunos de sus hijos.

Antropólogos, trabajadores sociales e historiadores identifican elementos comunes en los abandonos: falta de recursos y, sobre todo, de apoyo del entorno social o familiar. ¿Va a resultar al final que el entorno social gana la partida a la biología? Blaffer Hrdy no se resigna a ello, y compara a los humanos con los tamarinos. En estos primates los machos son indispensables para cuidar la prole, hasta el punto de que cuando no están disponibles la madre puede abandonar las crías. Lo social, entonces, se integra en la biología: la madre sabe que si trata de cuidar sola a las crías ella misma morirá, algo fatal para la evolución, que no selecciona esa conducta.” (El País, ed. Galicia, Sociedad, 13/07/2008, p. 40/1)

“Ellos también paren. O casi.

En el año 2000 se descubrió que en los hombres que conviven con mujeres embarazadas también aumentan hormonas como la oxitocina y la prolactina a medida que progresa el embarazo hasta alcanzar un 20% de media en las semanas anteriores al parto. Es más, da igual si él no es el padre de la criatura: también le pasará. Las hormonas ayudan al hombre a querer al bebé, lo que casa muy bien con lo que los expertos ven en la clínica. "Ellos se apegan prácticamente igual a los bebés", dice Ibone Olza. "Hay cosas, como la lactancia, que sólo la madre puede hacer, pero los papás también segregan oxitocina cuando se ponen encima a los bebés, y su cerebro también cambia. Hay que animar a los papás a que cojan y acaricien a los bebés". (El País, ed. Galicia, Sociedad, 13/07/2008, p. 41)

6/5/08

Amor en el matrimonio

“ (André Gorz: La Carta a D) "Recién acabas de cumplir 82 años. Y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace 58 que vivimos juntos y te amo más que nunca. Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más y llevo de nuevo en mí un vacío devorador que sólo sacia tu cuerpo apretado contra el mío. Por la noche veo la silueta de un hombre que, en una carretera vacía y en un paisaje desierto, camina detrás de un coche fúnebre. Es a ti a quien lleva esa carroza. No quiero asistir a tu incineración; no quiero recibir un frasco con tus cenizas. Oigo la voz de Kathleen Ferrier que canta Die Welt ist leer, Ich will nicht leben mehr [El mundo está vacío, no quiero vivir más] y me despierto. Espío tu respiración, mi mano te acaricia. A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos". (El País, ed. Galicia, Cultura, 29/04/2008, p. 46)