9/2/17
El flirteo y las relaciones que se forman en la oficina contribuyen a la idea de que todos debemos amar el trabajo, que es una idea muy esclavizante
18/11/16
Si no matan focas, los 'inuit' mueren
12/4/13
El matrimonio reduce la probabilidad de la conducta criminal hasta la mitad
25/6/09
La crisis es peor para l@s segund@s espos@s
La sentencia judicial de divorcio al uso que se dicta en España atribuye a la mujer la custodia de los hijos, una pensión de alimentos y el uso de la vivienda. Es decir, que de entrada sale beneficiada en aplicación del artículo 96 del Código Civil, que atribuye la vivienda al cónyuge custodio. O sea, a las mujeres en más del 95% de los casos.
"El año pasado tuvieron que irse de su casa más de 70.000 hombres y el 80% no tenían medios para poder pagar una nueva vivienda", explica Justo Sáenz, presidente de la Confederación Estatal de Madres y Padres Separados. En muchos casos, la pareja no se pone de acuerdo para vender el que fue su domicilio familiar y eso impide pasar página y facilitar la compra de una vivienda que se ajuste más a las nuevas necesidades. La consecuencia es que ella sigue disfrutando de la casa mientras tiene los hijos y él sigue pagando la mitad de la hipoteca de una vivienda en la que no habita, a no ser que ceda a la presión y la acabe malvendiendo para levantar cabeza.
Eso coloca a decenas de miles de hombres en una situación de asfixia económica, asegura Sáenz, al punto de que a muchos no les queda más remedio que regresar con sus padres, ir a vivir a casa de un amigo o acabar en condiciones cochambrosas. Como Jon, un bilbaíno al que denunció su ex mujer en 1992 por hechos supuestamente ocurridos cuando estaba en Madrid. "La denuncia fue archivada, pero yo tuve que salir por piernas", explica. "Un amigo me dejó una habitación, luego me metí en un piso de protección oficial, mis padres me ayudaron y así volví a empezar", recuerda.
"A la larga las mujeres acaban siendo las perjudicadas por ese trato inicialmente favorable en el divorcio", relata Sáenz. "Y es que cuando el hombre deja de pagar la hipoteca de la que fue su casa y los hijos ya se han independizado, muchos solicitan la división de la cosa común y ellas tienen que elegir entre comprar la vivienda al valor de mercado de entonces o perderla y que salga a subasta". Jon tiene claro qué es lo que va a hacer en cuanto pueda y su hijo se independice.
"Cada vez nos llegan más casos de mujeres mayores de 55 años que se divorciaron hace tiempo y que ahora no tienen dinero para comprarle a su ex la otra mitad, por lo que la casa acaba saliendo a subasta. Con lo que ella obtiene no puede meterse en un nuevo piso, ahora los bancos no les dan un préstamo y muchas no tienen derecho ni a vivienda de protección oficial por su salario", explica Sáenz. Es una situación que, según dice, se está extendiendo a todas las capas sociales.
Y es que convertir la vivienda en moneda de cambio tiene sus riesgos. La situación de paro en la que están quedando muchos hombres les está llevando a dejar de pagar la mitad de la hipoteca de aquella casa. "Como ella no puede hacer frente a toda la cuota, se dan casos en que le acaba perdonando la pensión de alimentos de los hijos a cambio de que pague su parte para no perder la casa", relata Sáenz." (El País, ed. Galicia, 23/06/2009, p. 28/9)
8/1/09
Poligamia a la española

Kiné, Pap Ndiaye (el marido), Fama (la segunda esposa), y Sonia
Pap y yo tenemos la implicación sentimental, claro, pero sin la profesional no seríamos nada. ¿Qué he ganado con la película? De algún modo he querido reivindicar mi libertad, la de elegir.
Pap dice que conmigo él lo tenía claro desde el principio; había intentado ligar con otras, sí; aquí están solitos, lo intentan siempre... Como una hormiguita, me conquistó. La verdad, yo no pensaba que la cosa llegaría a tanto. Me limité a vivirlo. Un día me preguntó si quería casarme. Por dos razones: papeles y religión, por tranquilidad; no ven bien el sexo sin matrimonio. Dudé, pero me dije: 'Vale, si no voy a modificar mi vida, qué más da'. Ellos, además, tienen esa concepción tan seria de las relaciones, del sexo, ese respeto a los padres... Eso a mí me gusta; nosotros hemos perdido aquí ya mucho esos valores.
En mis visitas a Louga no tengo derecho a dormir con Pap. Es la norma. Ya le tengo en Madrid. Y no resido en la misma casa que Kiné y Fama. Nunca lo hice, nunca lo hago. No quiero. No podría soportar oírle decir 'buenas noches' y que se fuera con otra. Si estoy lejos, lo aguanto; sino, no. Por el día lo paso bien; por la noche, fatal. Él viene a verme, sí, pero no se queda. Kiné y Fama son rivales, sí, pero su relación es fraternal. Están juntas siempre; se cuidan los hijos. Las tres tenemos celos, claro. Pero Pap no permite malos rollos. Y en Senegal no hay esas vueltas de aquí, esa maldad. Y si existe, queda entre mujeres. (...)Yo no soy rival para ellas: piensan que Pap, al no tener yo hijos, nunca se quedará conmigo; regresará. Yo no podría vivir en Louga, ni en Dakar. ¿Y si Pap deja España? Pues, adiós. Pero aún no va a irse, debe sacar adelante a sus hijos, se marchará cuando envejezca.
Cómo viven ellas los celos no lo sé. Sólo puedo hablar de mí. Lo peor es la imaginación. Tan dañina. Lo que hace dos días con una, dos días con la otra. En habitaciones contiguas. Visualizarlo es brutal. Lo evito. Intento pensar en lo que compartimos, estar activa. Si viviera con ellas me desesperaría. Un día me decían: 'Si ya estás aquí, ¿por qué tenemos que cocinar nosotras?'. Y yo: '¿Pero no os acostáis con él? ¡Pues haced-
le la comida!'. Se reían. Pero aún más al hablar de sexo, lo hablan mucho, en grupo, con pelos y señales... ¡Ríete de la liberación sexual! En ese primer viaje me montaron una encerrona. Para impresionarme. Me mostraban su ritual con el marido ('Debes hacerlo así y así'), qué ropa usar, los gestos, el perfume... Yo no me corté: 'Ah, no, pero mirad, yo no lo hago así'. Me inventaba posturas. Se morían de risa. (...)Debes blindarte para no sucumbir al desaliento. ¡Y hay tantos códigos culturales que lo hacen todo tan difícil! En la manera en que satisfacen a las mujeres, por ejemplo: allí es dándoles dinero; aquí yo me mantengo, sólo le pido atención, cariño, que cubra necesidades afectivas. Con Pap he aprendido algo: a pedir. De él no salía dar. No tenía ese registro. No ve lo que me pasa si no le cuento. Porque las mujeres allí les ocultan sus cambios emocionales. Aquí somos más cómplices. Ellas al hombre lo cuidan, hacen de madres... Yo eso lo dejé claro el primer día: no estoy aquí para servirle. Él lo sabía. Se adapta. (...)
Lo de la poligamia como tal me importó al principio. Pero, tras pensarlo y asumirlo, quedó superado. Luego ya ni lo ves raro. Piensa que me casé en 1997. Entonces lo africano sí era raro. Ahora casarse con ellos es más habitual. (...)
Sí, he tenido y tengo muchos ratos de desesperación, de tristeza, de rebeldía, pero nunca dudas del amor que siento. Todo se me pasa al ver a mi marido. Siento que hay una conexión, que lo que tenemos que aprender el uno del otro no ha terminado. Cuando eso suceda nos separaremos, y no tendrá que ver con sus mujeres, sino con nosotros. ¿Podría tener yo otros maridos? Uf, le chincho con eso y se pone malo. ¿Y qué pasaría si él tomara esa cuarta esposa que su religión le permite? Uf, aquí tampoco tengo dudas. Una cosa es aceptar su pasado, y otra, que elija y quiera a alguien después de mí, para el futuro. Pasaríamos entonces a otro nivel. Con todo el dolor de mi corazón, seríamos sólo amigos". (El País Semanal, 30/11/2008, p. 31/4)
29/7/08
La oxitocina es la base de la ¿química social?, o de la ¿sociedad química?
“Amor de madre, ¿sólo química?. Las hormonas mandan en el cariño que las parturientas tienen por sus hijos, pero factores sociales como la pobreza extrema pueden alterar ese proceso biológico.
Las madres quieren a sus hijos. Pero ¿por qué a veces resulta que ese absoluto no lo es tanto, como demuestra el fenómeno, universal y atemporal, de los abandonos? ¿De qué está hecho el vínculo madre-hijo? Los científicos le prestan cada vez más atención. Están averiguando cómo se establece, qué papel juega en el desarrollo y si deja huellas en el futuro adulto. Y ¿qué pasa con los padres? De fondo está el debate eterno de cuánto en nuestro comportamiento es biológico y cuánto cultural. La respuesta es: mucho más de lo que creemos -y esto vale para lo biológico y para lo cultural-.
El amor, ya se sabe, es pura química. O pura biología. Los neurobiólogos conocen ya varios ingredientes, como la hormona oxitocina y los opiáceos, que intervienen en lo que ellos llaman apego, y saben en qué áreas cerebrales actúan. Por ejemplo en los circuitos de recompensa, que nos hacen querer más de lo que nos da placer. La cosa es simple hasta el punto de que sin estas hormonas no hay amor. Ni amor materno, ni de pareja. El cóctel químico cambia más o menos en cada caso, pero siempre está ahí. La conducta humana, incluso en rasgos tan personales como la generosidad, la confianza o la capacidad de amar, depende de unas cuantas moléculas.
La mencionada oxitocina, en concreto, parece ser una auténtica bomba de emociones positivas. En los últimos años se ha demostrado su importancia en la sociedad y la familia, tanto en animales como en humanos. (…)
Es decir, que "la oxitocina es el pegamento de la sociedad, tan simple y tan profundo", ha declarado Zek, cuyo trabajo ha publicado Nature. Los opiáceos, por su parte, son los encargados de mantener la conducta y de hacernos en cierto modo adictos al afecto. (…)
¿en qué momento producimos las personas más oxitocina? No es difícil adivinarlo: en el orgasmo, en las interacciones sociales placenteras y durante el parto y la lactancia. (…)
En cuanto a la madre, para ella el bebé es una máquina de producir sonidos, caricias y olores que disparan su neuroquímica del amor. Basta que el bebé chupe los pezones para que ella produzca oxitocina y prolactina. (…)
Eso que muchos niños con secuelas deben superar es la muesca cerebral de la indiferencia. Un estudio hace tres años descubrió que niños que habían pasado sus primeros años en orfanatos de
"En la última década el estudio del desarrollo del cerebro ha dado evidencias incuestionables sobre la importancia de los afectos y la formación del vínculo del recién nacido", explicó la neurobióloga chilena Eugenia Moneta en una reciente charla en el hospital del Niño Jesús, en Madrid. "El desarrollo del cerebro depende de interacciones externas, en particular las relaciones de afecto con los cuidadores. Estos aspectos afectivos moldean las redes neuronales". Pero esta experta recuerda también que, al margen de cuándo empiece, el apego se construye toda la vida.
Hasta aquí, el inmenso poder de la biología. Pero entonces, ¿por qué a veces falla? (…)
"La maternidad entraña una decisión, no es exclusivamente biológica. Empieza con una aceptación, un deseo, de cuidar un niño", ha dicho otra antropóloga, Nancy Scheper-Hughes, que estudió una localidad brasileña muy pobre donde las madres dejaban morir a algunos de sus hijos.
Antropólogos, trabajadores sociales e historiadores identifican elementos comunes en los abandonos: falta de recursos y, sobre todo, de apoyo del entorno social o familiar. ¿Va a resultar al final que el entorno social gana la partida a la biología? Blaffer Hrdy no se resigna a ello, y compara a los humanos con los tamarinos. En estos primates los machos son indispensables para cuidar la prole, hasta el punto de que cuando no están disponibles la madre puede abandonar las crías. Lo social, entonces, se integra en la biología: la madre sabe que si trata de cuidar sola a las crías ella misma morirá, algo fatal para la evolución, que no selecciona esa conducta.” (El País, ed. Galicia, Sociedad, 13/07/2008, p. 40/1)
“Ellos también paren. O casi.
En el año 2000 se descubrió que en los hombres que conviven con mujeres embarazadas también aumentan hormonas como la oxitocina y la prolactina a medida que progresa el embarazo hasta alcanzar un 20% de media en las semanas anteriores al parto. Es más, da igual si él no es el padre de la criatura: también le pasará. Las hormonas ayudan al hombre a querer al bebé, lo que casa muy bien con lo que los expertos ven en la clínica. "Ellos se apegan prácticamente igual a los bebés", dice Ibone Olza. "Hay cosas, como la lactancia, que sólo la madre puede hacer, pero los papás también segregan oxitocina cuando se ponen encima a los bebés, y su cerebro también cambia. Hay que animar a los papás a que cojan y acaricien a los bebés". (El País, ed. Galicia, Sociedad, 13/07/2008, p. 41)
6/5/08
Amor en el matrimonio
“ (André Gorz:

