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19/2/24

¿Cuál cree que es la principal ventaja de la democracia frente a la dictadura? No creo que la democracia conduzca a un mayor crecimiento, menos corrupción o menos desigualdad. No hay pruebas de ninguna de estas cosas. Para decirlo quizás con demasiada fuerza, creo que la democracia no tiene ningún efecto sobre ningún fenómeno social real, pero sí permite a la gente, a nivel puramente personal, sentirse mejor al acceder a información más diversa, y expresar cualquier opción que tenga. (Nótese que esta libertad sólo se aplica a la esfera política, no al lugar de trabajo, que en las democracias capitalistas se gobierna dictatorialmente)... La libertad de “equivocarse”: la única ventaja real de la democracia... se equipara el proyecto liberal moderno con el proyecto comunista... En ambos casos, se supone que una determinada visión del mundo se basa en la comprensión científica de cómo funciona el mundo, y todos los que no lo ven de esa manera deben ser "reeducados"... La ideología liberal expansiva crea conflictos innecesarios al insistir en que en todas las cuestiones políticas y sociales importantes la gente debe compartir la misma opinión, y al denigrar a quienes no lo hacen... No debemos temer la polarización y el desacuerdo... Entre la uniformidad de opinión que se impone a través del control de los medios de comunicación (personificada por la televisión) y la pluralidad, o incluso la multitud infinita, de puntos de vista que ofrecen las cámaras de eco de los medios sociales, hay que elegir lo segundo (Branko Milanović)

 "Se juntaron varias cosas. Un amigo me envió este post de N S Lyons. Luego, de forma independiente, se produjo una breve conversación en Twitter sobre las estadísticas que muestran que los jóvenes de hoy en día obtienen casi toda su información de los medios sociales, mientras que los mayores confían (como hacían en el pasado) en la televisión. Y, por último, y quizá para este post lo más importante, mi propia reflexión reciente sobre las siguientes cuestiones: ¿Cuál cree que es la principal ventaja de la democracia frente a la dictadura?

Permítanme empezar por la número 3. Cuando pensé en ello, mi respuesta fue: la libertad de leer y escuchar lo que quiera, y de decir lo que quiera. Y creo que esto es todo. No creo que la democracia conduzca a un mayor crecimiento, menos corrupción o menos desigualdad. No hay pruebas de ninguna de estas cosas. Para decirlo quizás con demasiada fuerza, creo que la democracia no tiene ningún efecto sobre ningún fenómeno social real, pero sí permite a la gente, a nivel puramente personal, sentirse mejor al acceder a información más diversa, y expresar cualquier opción que tenga. (Nótese que esta libertad sólo se aplica a la esfera política, no al lugar de trabajo, que en las democracias capitalistas se gobierna dictatorialmente).

 Pero esa definición de la ventaja de la democracia ha sido atacada recientemente por quienes piensan que las redes sociales conducen a las "noticias falsas", la fragmentación de la opinión pública, la polarización de la política y todo tipo de fenómenos nocivos. Y luego pintan un mundo de fantasía en el que todo el mundo está de acuerdo en todas las cuestiones y defiende los valores liberales en los que cree. Para mí, esto es precisamente el debilitamiento o la destrucción de la parte más (o la única) valiosa de la democracia.

N S Lyons cita in extenso al filósofo político polaco Ryszard Legutko, que equipara el proyecto liberal moderno con el proyecto comunista. Y, en efecto, las similitudes son grandes. En ambos casos, se supone que una determinada visión del mundo se basa en la comprensión científica de cómo funciona el mundo, y todos los que no lo ven de esa manera deben ser "reeducados" o, si se aferran obstinadamente a puntos de vista erróneos, considerados moralmente defectuosos. Así pues, el desacuerdo es con las personas que son cognitiva o éticamente deficientes.

 Escribo esto como alguien que cree en la ilustración y el crecimiento económico. Pero no creo que la gente vaya a tener nunca la misma opinión sobre cuestiones clave relacionadas con la organización de las sociedades. Siempre habrá importantes diferencias de valores y antecedentes. Cualquier intento de imponer los puntos de vista de uno que no sea a través del debate (sin pensar seriamente que se tendrá éxito, véase mi post aquí), o de considerar a los demás como "moralmente desafiados" si no están de acuerdo, no sólo está destinado al fracaso. Es un error. La segmentación del espacio para el discurso público no sólo es inevitable; es, en conjunto, algo bueno. Entre la uniformidad de opinión que se impone a través del control de los medios de comunicación (personificada por la televisión) y la pluralidad, o incluso la multitud infinita, de puntos de vista que ofrecen las cámaras de eco de los medios sociales, hay que elegir lo segundo.

No debemos temer la polarización y el desacuerdo. Son mucho mejores que la unanimidad. Ahora bien, no me estoy refiriendo aquí únicamente a la unanimidad forzada que se deriva de tener un solo periódico y un solo canal de televisión (me recuerda a un viejo chiste comunista. "Acabamos de introducir el segundo canal. ¿Qué hay en el segundo canal? Un funcionario del KGB que dice: "Y a usted, camarada, parece que no le gusta el primer canal..."), sino la uniformidad que proviene del actual proyecto liberal.

 Recuerdo que en los años noventa, una amiga holandesa me señaló a mí, el pagano, las ventajas de la democracia holandesa y la calificó de "vibrante" (por oposición a la unanimidad forzada). Pero cuando aparecieron en escena los "integralistas islámicos", y luego Geert Wilders y gente como él, ya no le pareció tan "vibrante". Lo mismo, sólo que más, ocurre en Francia: de algún modo, los islamistas, Melenchon, Le Pen y les gilets jaunes, aunque todos ellos procedentes de bandos ideológicos muy diferentes, no eran compatibles con esta "vitalidad". Resulta que "vibrante" significaba que todo el mundo estaría de acuerdo con las creencias fundamentales de mi amiga y que la disputa debería centrarse en cuestiones puramente periféricas. Ella representaba la pensée unique que siguió a la caída del comunismo, cuando la visión liberal del mundo y la economía neoliberal se consideraron "normales" y de "sentido común", no una ideología.

Esto fue rudamente desafiado por el Islam (que comprensiblemente en muchos temas tiene una visión totalmente diferente), por la crisis financiera de 2008, por el Sonderweg de China, el ascenso de las democracias iliberales, la presidencia de Trump y luego 75 millones de votos, el abrazo de Rusia al euroasianismo. Es evidente que no refleja las realidades actuales.

 La ideología liberal expansiva crea conflictos innecesarios al insistir en que en todas las cuestiones políticas y sociales importantes la gente debe compartir la misma opinión, y al denigrar a quienes no lo hacen. Muy a menudo sueñan, sobre todo si son mayores, con el regreso de un mundo de tres canales de televisión estadounidenses y dos semanarios que tuvieran siempre las mismas noticias y la misma portada. Esto supuestamente creó un consenso de gente sensata. Pero lo hizo sólo porque los demás no podían opinar. Ese mundo, creo que afortunadamente, nunca volverá porque Internet lo ha hecho imposible. Pero en lugar de pensar que esto es un mal desarrollo, deberíamos abrazar la libertad de pensar lo que queramos, y de decir lo que queramos (por extraño que pueda parecer a los demás). Porque ésta es probablemente la única ventaja real de la democracia."

 (Branko Milanović, Brave New europe, 18/02/24; traducción DEEPL)

23/2/23

Michael Roberts: ¿Por qué está fracasando el capitalismo? ¿Por qué el capitalismo de la "edad de oro" de los años sesenta dio paso primero a la "estanflación" de los setenta y después a la caída del crecimiento de la productividad y a una economía rentista en las dos últimas décadas del siglo XX? El capitalismo está fracasando... Si la democracia estadounidense se derrumba, ¿qué futuro puede tener la gran idea del "gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo"?". Esa gran idea ya hace tiempo que desapareció en EEUU. Y no tiene futuro bajo el capitalismo en el siglo XXI

 "En su último libro, el columnista del FT y gurú keynesiano Martin Wolf parte de la premisa de que capitalismo y democracia van juntos como la mano en el guante.  Pero está preocupado.  "Vivimos en una época en la que los fracasos económicos han hecho tambalearse la fe en el capitalismo global. Algunos sostienen ahora que el capitalismo es mejor sin democracia; otros, que la democracia es mejor sin capitalismo".

Sin embargo, en su libro, Wolf afirma que aunque "el matrimonio entre capitalismo y democracia se ha vuelto tenso", cualquier "divorcio sería una calamidad casi inimaginable". A pesar de los pasos vacilantes del capitalismo en el siglo XXI: ralentización del crecimiento, aumento de la desigualdad, desilusión popular generalizada, el "capitalismo democrático", como él lo llama, "aunque intrínsecamente frágil, sigue siendo el mejor sistema que conocemos para el florecimiento humano".

Wolf define "democracia" como "sufragio universal, democracia representativa, elecciones libres y justas; participación activa de las personas, como ciudadanos, en la vida cívica; protección de los derechos civiles y humanos de todos los ciudadanos por igual; y un Estado de derecho que vincule a todos los ciudadanos por igual".  Por capitalismo, "entiendo una economía en la que los mercados, la competencia, la iniciativa económica privada y la propiedad privada desempeñan papeles centrales".

Wolf considera que "capitalismo y democracia son opuestos complementarios: se necesitan mutuamente para prosperar".  Y quizá tenga razón en que una autocracia fascista para sostener el capitalismo y a los propietarios del capital -una posibilidad real en la próxima década más o menos- sería la última tirada de dados para el capitalismo, ya que quedaría finalmente expuesto no como un "complemento" de la democracia, no como la madre de la democracia, sino como su opuesto y su destructor.

No es de extrañar que esté preocupado, ya que en sus libros anteriores alababa el éxito del progreso capitalista en todo el mundo.  Ahora dice que "los acontecimientos posteriores han demostrado que esta confianza se construyó sobre cimientos frágiles. Las finanzas liberalizadas demostraron ser inestables. Me di cuenta de ello durante la crisis financiera asiática, como expliqué en mi libro Por qué funciona la globalización. Pero la preocupación se hizo aún más acuciante tras la crisis financiera mundial y la Gran Recesión de 2007-09, que fueron el tema central de un libro posterior, The Shifts and the Shocks. Además, la economía mundial estaba generando desequilibrios macroeconómicos desestabilizadores".

Hay que hacer algo, porque para Wolf, hay una cuenta atrás para el fin del "capitalismo democrático": "cuando miramos de cerca lo que está ocurriendo en nuestras economías y nuestras políticas, debemos reconocer la necesidad de un cambio sustancial si queremos que sobrevivan los valores occidentales fundamentales de la libertad, la democracia y la Ilustración."  Pero parece que la gente no quiere su capitalismo democrático.  "Karl Polanyi sostenía que los seres humanos no tolerarían por mucho tiempo vivir bajo un sistema de mercado verdaderamente libre. La experiencia de las últimas cuatro décadas ha reivindicado este punto de vista".

Lo que más le preocupa es la posibilidad de una revolución.  Del mismo modo que el reaccionario Edmund Burke del siglo XIX condenó la revolución francesa, ahora el objetivo debe ser evitar la revolución porque conduce a "la destrucción y el despotismo". Sólo el poder desenfrenado puede provocar un derrocamiento revolucionario del orden existente. Pero el poder desenfrenado es destructivo por naturaleza: destroza la seguridad en la que pueden basarse las relaciones humanas productivas y vivir vidas decentes".

 Wolf cree en el desarrollo benévolo del capitalismo democrático, cuando líderes iluminados transformaron las economías de la servidumbre al capitalismo y de la autocracia a la democracia. Pero la democracia nunca fue un regalo amable de los capitalistas.  Por la democracia que tenemos ahora hubo que luchar contra la enconada oposición del poder durante siglos, lucharon los muchos contra los pocos.  La gente tuvo que luchar para acabar con la esclavitud y la trata de esclavos; tuvo que luchar por el voto (los cartistas, el derecho de reunión; y para organizar sindicatos (los mártires de Tolpuddle); y por el Estado de Derecho (contra monarquías y dictadores).  El capitalismo no concedía estas cosas, había que arrancarlas de las manos del capital.  Fue la lucha de clases ("toda la historia anterior es la historia de la lucha de clases") la que consiguió incluso estas formas limitadas de democracia que algunos de nosotros "disfrutamos" ahora en el mundo.  Democracia y capitalismo no van de la mano.  De hecho, cuando el capitalismo se convirtió en imperialismo a finales del siglo XIX, no hubo democracia para los miles de millones de personas del mundo colonial (sólo represión despiadada: Irlanda, India, Vietnam, etc.).

Wolf no quiere revoluciones, pero fue sólo a través de las revoluciones que la gente ganó derechos de la mano muerta del capital.  La Guerra de Independencia estadounidense liberó a los colonos del control autocrático del Estado británico.  Puede que la revolución francesa fuera sangrienta y acabara en dictadura (Napoleón), pero también acabó con la monarquía absoluta, los derechos feudales y estableció alguna forma de asamblea nacional y el Estado de derecho.  ¿Habría ocurrido eso mediante algún proceso de cambio gradual por parte de comerciantes y capitalistas benévolos?

Los mismos contrafácticos pueden aplicarse a las revoluciones rusa y china.  Si no hubiera tenido lugar, ¿habría habido finalmente democracia en Rusia o en su lugar la continuación del zarismo absolutista o alguna autocracia oligárquica corrupta (que Rusia tiene ahora)?  Sin la revolución, ¿habría China salido pacíficamente de la ocupación japonesa, del control imperialista extranjero y del "caudillismo" hacia un gobierno democrático basado en el capitalismo que sacara a los chinos de la pobreza?  ¿O para ello era necesario un Estado chino que aboliera el capitalismo y planificara la economía?

Se supone que el capitalismo estadounidense es la epítome del capitalismo democrático; ciertamente Wolf lo sostendría para el siglo XX.  Y sin embargo, el capital estadounidense ha luchado contra los derechos civiles, los sindicatos y la fiscalidad de los ricos, la igualdad ante la ley, y todo ello en la edad de oro del "capitalismo democrático".  Wolf está ahora preocupado por el auge del trumpismo y el populismo que amenazan la democracia.  Pero no tiene nada que decir sobre el 'bushismo' anterior.  Logró el capitalismo estadounidense la democracia en su invasión de Irak y Afganistán?  Y cuando hubo un gobierno socialista elegido democráticamente en Chile en la década de 1970, ¿el capitalismo aceptó tranquilamente la democracia allí o organizó y apoyó un brutal golpe militar que abolió todos los criterios democráticos de Wolf?  ¿Apoyó el capital mundial la lucha de décadas contra el régimen del apartheid de Sudáfrica o, por el contrario, secundó el encarcelamiento y las ejecuciones de los líderes negros que luchaban por la democracia?  ¿Condena el capitalismo democrático la pesadilla del régimen absolutista saudí de jeques no elegidos que están librando una guerra espantosa en Yemen; o apoya con armas a este régimen asesino de los medios de comunicación?

Según Wolf, la expansión del capitalismo y de la economía de mercado en todo el mundo ha ido de la mano del auge de las democracias en todo el mundo.

Y aquí cita a Marx y Engels del Manifiesto Comunista como predictores del éxito del capitalismo a mediados del siglo XIX.  "Karl Marx y Friedrich Engels lo entendieron. En el Manifiesto Comunista, uno de los documentos más importantes del siglo XIX, describieron brillantemente la emergente economía capitalista."  Creo que esta es la razón por la que, en el lanzamiento de su libro en la LSE, Wolf aparentemente dijo que: "No se puede ser un científico social inteligente a menos que se sea marxista".

Por supuesto, estaba ignorando deliberadamente la otra cara de la moneda capitalista que explicaba el Manifiesto.  Con la acumulación y el crecimiento capitalistas llegó la intensa explotación del trabajo humano. El capitalismo surgió a partir de modos de producción anteriores, no a través de una expansión benigna de la democracia, sino a través de la destrucción de la tierra comunal y de los cercamientos que obligaban a la gente a trabajar asalariadamente para el capital, y de la supresión de los pueblos indígenas que los conducían a la esclavitud y la subyugación.  El capitalismo no surgió como un "opuesto complementario" de la democracia, sino que se construyó sobre la acumulación de capital facilitada por la esclavitud: "la esclavitud velada de los trabajadores asalariados en Europa necesitaba, para su pedestal, la esclavitud pura y simple en el nuevo mundo. ... el capital llega chorreando de pies a cabeza, por todos los poros, sangre y suciedad". (Marx, El Capital).

 La posición de Wolf es ingenua o simplemente hipócrita.  Ignora las contradicciones en sus "opuestos complementarios" del capitalismo democrático liberal.  En cambio, subraya que el verdadero enemigo de la democracia no es sólo el trumpismo, sino "el ascenso de la autocracia en todo el mundo y, sobre todo, por el aparente éxito del capitalismo despótico de China."

Y aquí viene el alegato casi desesperado de Wolf.  Mientras que en la década de 1990, estaba convencido abrumadoramente del futuro como uno de capitalismo democrático liberal y respaldó la (in)famosa declaración de Francis Fukuyama de que, con el colapso de la Unión Soviética, era el "fin de la historia" "es decir, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano." Pero ahora todo se ha torcido.

¿Por qué ha salido todo mal?  Es la economía, ¡estúpido!  Parece que la economía capitalista no es tan exitosa después de todo: "la decepción económica es una de las principales explicaciones del auge del populismo de izquierdas y de derechas en las democracias de altos ingresos".  Ahora "muchas personas de los países de renta alta condenan al capitalismo global de las últimas tres o cuatro décadas por estos resultados decepcionantes. En lugar de proporcionar prosperidad y progreso constante, ha generado un aumento de la desigualdad, empleos sin futuro e inestabilidad macroeconómica".

 ¿Por qué está fracasando el capitalismo?  Wolf admite en primer lugar que el periodo de la Edad de Oro de la llamada "economía mixta" keynesiana, en la que el mercado podía "gestionarse" mediante sabias políticas gubernamentales para evitar las crisis económicas y los excesos del mercado, no duró.  Quedó desacreditada por "la combinación de alta inflación con alto desempleo" y la interferencia gubernamental sólo empeoró las cosas al reducir la rentabilidad de las empresas y frenar la productividad.

Luego, en el periodo neoliberal a partir de la década de 1980, la desigualdad de ingresos y riqueza aumentó bruscamente y el sector financiero empezó a tomar el control, lo que provocó una caída de la inversión productiva y, por tanto, del crecimiento de la productividad y el auge de lo que Wolf denomina "capitalismo rentista".  Así pues, todo es culpa del paso del capital industrial productivo progresivo al capital financiero frágil e improductivo: "la fragilidad macroeconómica que azota a los países de renta alta se debió en gran medida a la dependencia del sistema financiero para generar demanda".

Este capitalismo rentista tiene muchos aspectos: "financiarización, (mal)gobierno corporativo, mercados en los que el ganador se lo lleva todo, rentas de la aglomeración, debilidades de la competencia, elusión y evasión fiscal, búsqueda de rentas y erosión de las normas éticas". Wolf nos ofrece una serie de gráficos reveladores sobre el aumento de la desigualdad, la caída del crecimiento de la productividad, el auge del sector financiero, el fin de la expansión del comercio mundial, etc., lo que el FMI denomina Slowbalization.

Este malestar quedó especialmente expuesto tras la Gran Recesión de 2008-9 y los diez años posteriores antes de la caída pandémica - el período que yo llamo la Larga Depresión.  "Las economías del mundo occidental son más pobres de lo que imaginaban hace diez años. Deben esperar un largo periodo de contracción".  Oh, vaya.

Pero esto son síntomas, no una explicación.  ¿Por qué el capitalismo de la "edad de oro" de los años sesenta dio paso primero a la "estanflación" de los setenta y después a la caída del crecimiento de la productividad y a una economía rentista en las dos últimas décadas del siglo XX?  Wolf sólo insinúa que este "malestar es en parte el resultado de fuerzas profundas e ineludibles, especialmente la ralentización del crecimiento de la productividad, el impacto desequilibrado de las nuevas tecnologías, los cambios demográficos y el ascenso de los países emergentes, especialmente China".  Wolf no ofrece ninguna explicación adecuada: la rentabilidad del capital productivo no se tiene en cuenta.

 El capitalismo está fracasando. ¿Qué hacer entonces?  Pues salvar el capitalismo con una serie de reformas.  Al fin y al cabo, como sostiene Branko Milanovic, ex funcionario del Banco Mundial, el capitalismo está "solo": ha ganado. "No existe ahora ningún otro sistema creíble para organizar la producción y el intercambio en una economía moderna compleja".

La alternativa del socialismo democrático con una economía planificada dirigida por organizaciones de trabajadores es a la vez un disparate, no es posible y es francamente peligrosa. "Casi nadie sigue argumentando a favor de una economía planificada centralmente sin al menos cierta dependencia de las fuerzas del mercado y de la propiedad privada de los activos productivos."  El socialismo democrático no es una alternativa: o es el "capitalismo liberal democrático" de Occidente o el "capitalismo político autocrático" de Oriente. Esa es la única opción en el menú para la humanidad.

Los que "aspiran nada menos que a la revolución anticapitalista" no tienen ninguna posibilidad de llegar al poder. Y menos mal.  Porque tal transformación "sólo podría ser llevada a cabo por una dictadura, y una dictadura global. Ningún régimen de este tipo está (felizmente) en perspectiva. En el mejor de los casos, se trata de una utopía irreal. En el peor de los casos, es una más en la larga sucesión de llamamientos "progresistas" a la tiranía".  Para Wolf, la idea de una democracia socialista es "una quimera".  Tal combinación de poder económico y político acabará, tarde o temprano, como la Venezuela de Hugo Chávez y Nicolás Maduro o el Estado soviético. Incluso en China, "el poder arbitrario del Estado hace insegura toda propiedad privada y amenaza así la economía de mercado".  Verán, "el socialismo total es inherentemente antidemocrático y anticompetitivo. Esto se debe a que, en el fondo, es otro sistema en el que se fusionan el poder político y el control sobre recursos valiosos" - a diferencia del capitalismo, por supuesto.

Habiendo descartado la revolución y el socialismo como respuesta al fracaso del capitalismo democrático liberal, Wolf vuelve, como era de esperar, a un New Deal de estilo keynesiano.  En este 'nuevo' New Deal, "lo que necesitamos son sociedades que sirvan a todos, ofreciendo oportunidades, seguridad y prosperidad". Esto no es lo que tienen ahora muchas democracias de altos ingresos". ¡Ya lo creo!  "Pero el requisito clave es estar preparado para ser bastante radical (! MR), al tiempo que se piensa de forma sistemática, rigurosa y realista. Esto es ingeniería social fragmentaria en la práctica".  Ahí lo tenemos: ingeniería social radical... pero realista... poco a poco.

¿En qué consiste? "Tenemos que hacer más fuertes nuestras democracias, reforzando el patriotismo cívico, mejorando la gobernanza, descentralizando el gobierno y disminuyendo el papel del dinero en la política. Debemos hacer que el gobierno sea más responsable. Debemos tener unos medios de comunicación que apoyen la democracia en lugar de destruirla. Sólo con estas reformas hay alguna esperanza de devolver la vida vigorosa a esa delicada flor que es el capitalismo democrático". Todo esto me parece tan utópico como las afirmaciones de Wolf de que el socialismo democrático lo es; y claramente inadecuado para aumentar el crecimiento de la productividad, reducir la desigualdad y aumentar los ingresos de la población mundial.

Aunque la democracia liberal se ve amenazada por una serie de Estados autocráticos (al parecer, no es al revés: es decir, el "capitalismo democrático" de Estados Unidos y sus aliados amenaza a los "Estados autocráticos" resistentes), deberíamos evitar la guerra con países como China y Rusia (perdón por esto último). "La relación con China debe ser de cooperación, competencia, coexistencia y confrontación, pero no, debemos esperar, de conflicto abierto, y mucho menos de conflicto armado. Eso sería una catástrofe".  Que se lo digan a los estrategas del capitalismo democrático en América y Europa.

Wolf termina su largo ensayo con una dosis de pesimismo sobre las perspectivas de su New Deal sucediendo.  "Desgraciadamente, mientras escribo estos últimos párrafos en el invierno de 2022, me encuentro dudando de si EEUU seguirá siendo una democracia que funcione a finales de la década. Si la democracia estadounidense se derrumba, ¿qué futuro puede tener la gran idea del "gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo"?"  Esa gran idea ya hace tiempo que desapareció en EEUU. Y no tiene futuro bajo el capitalismo en el siglo XXI."   
               (Michael Roberts, Brave New europe, 16/02/23; traducción DEEPL)

24/11/22

Erik Olin Wright: El capitalismo no es libre ni democrático... Bajo el capitalismo, las decisiones que dan forma a la sociedad son tomadas por aquellos que poseen la riqueza, y el resto de nosotros tenemos que trabajar para ellos para sobrevivir. Eso no es ni libertad ni democracia

 "En su libro Capitalismo y libertad, Milton Friedman sostenía que el capitalismo era una condición necesaria tanto para la libertad como para la democracia. Es cierto que la aparición y difusión del capitalismo trajo consigo una enorme expansión de las libertades individuales y, finalmente, las luchas populares por formas más democráticas de organización política. La afirmación de que el capitalismo obstruye fundamentalmente tanto la libertad como la democracia sonará entonces extraña para muchos.

Decir que el capitalismo restringe el florecimiento de estos valores no es argumentar que el capitalismo ha ido en contra de la libertad y la democracia en todos los casos. Más bien, a través del funcionamiento de sus procesos más básicos, el capitalismo genera graves déficits tanto de libertad como de democracia que nunca podrá remediar. El capitalismo ha promovido la aparición de ciertas formas limitadas de libertad y democracia, pero impone un techo bajo a su realización posterior.

El núcleo de estos valores es la autodeterminación: la creencia de que las personas deben poder decidir las condiciones de su propia vida en la mayor medida posible.

Cuando una acción de una persona afecta solo a esa persona, entonces debería poder realizar esa actividad sin pedir permiso a nadie más. Este es el contexto de la libertad. Pero cuando una acción afecta a la vida de otras personas, éstas deben poder opinar sobre la actividad. Este es el contexto de la democracia. En ambos casos, la principal preocupación es que las personas conserven el mayor control posible sobre la forma que tomarán sus vidas.

 En la práctica, básicamente todas las decisiones que tome una persona tendrán algún efecto sobre los demás. Es imposible que todo el mundo contribuya a todas las decisiones que le conciernen, y cualquier sistema social que insistiera en una participación democrática tan amplia impondría una carga insoportable a las personas. Lo que necesitamos, por tanto, es un conjunto de reglas para distinguir entre las cuestiones de libertad y las de democracia. En nuestra sociedad, esta distinción suele hacerse con referencia a la frontera entre las esferas privada y pública.

Esta línea entre lo privado y lo público no tiene nada de natural ni de espontáneo, sino que es forjada y mantenida por los procesos sociales. Las tareas que conllevan estos procesos son complejas y a menudo controvertidas. El Estado impone enérgicamente algunos límites entre lo público y lo privado y deja que otros se mantengan o se disuelvan como normas sociales. A menudo, la frontera entre lo público y lo privado sigue siendo difusa. En una sociedad plenamente democrática, la propia frontera está sujeta a la deliberación democrática.

El capitalismo construye la frontera entre las esferas pública y privada de una manera que limita la realización de la verdadera libertad individual y reduce el alcance de una democracia significativa. Hay cinco formas en las que esto es evidente.

1) «Trabajar o morir de hambre» no es libertad

El capitalismo se basa en la acumulación privada de riqueza y la búsqueda de ingresos a través del mercado. Las desigualdades económicas que resultan de estas actividades «privadas» son intrínsecas al capitalismo y crean desigualdades en lo que el filósofo Philippe van Parijs llama «libertad real».

 Independientemente de lo que entendamos por libertad, ésta debe incluir la capacidad de decir «no». Una persona rica puede decidir libremente no trabajar a cambio de un salario; una persona pobre sin medios de subsistencia independientes no puede hacerlo tan fácilmente.

Pero el valor de la libertad va más allá. Es también la capacidad de actuar positivamente en los propios planes de vida: elegir no solo una respuesta, sino la propia cuestión. Los hijos de padres ricos pueden hacer prácticas no remuneradas para avanzar en sus carreras; los hijos de padres pobres, no.

El capitalismo priva a muchas personas de una verdadera libertad en este sentido. La pobreza en medio de la abundancia existe debido a una ecuación directa entre los recursos materiales y los recursos necesarios para la autodeterminación.

2) Los capitalistas deciden

La forma en que se traza la frontera entre las esferas pública y privada en el capitalismo excluye del control democrático las decisiones cruciales, que afectan a un gran número de personas. Quizás el derecho más fundamental que acompaña a la propiedad privada del capital es el derecho a decidir invertir y desinvertir estrictamente en función del interés propio.

La decisión de una empresa de trasladar la producción de un lugar a otro es un asunto privado, aunque tenga un impacto radical en la vida de todos los habitantes de ambos lugares. Incluso si se argumenta que esta concentración de poder en manos privadas es necesaria para la asignación eficiente de los recursos, la exclusión de este tipo de decisiones del control democrático diezma inequívocamente la capacidad de autodeterminación de todos, excepto de los propietarios del capital.

3) La jornada de nueve a cinco es una tiranía

Las empresas capitalistas pueden organizarse como dictaduras laborales. Un componente esencial del poder del empresario es el derecho a decir a los empleados lo que tienen que hacer. Esa es la base del contrato de trabajo: el trabajador se compromete a seguir las órdenes del empresario a cambio de un salario.

Por supuesto, el empresario también es libre de conceder a los trabajadores una autonomía considerable, y en algunas situaciones es la forma de organizar el trabajo que más beneficios reporta. Pero esa autonomía se da o se retiene a voluntad del empresario. Ninguna concepción sólida de la autodeterminación permitiría que la autonomía dependiera de las preferencias privadas de las élites.

Un defensor del capitalismo podría responder que un trabajador al que no le guste el gobierno del jefe siempre puede renunciar. Pero como los trabajadores carecen por definición de un medio de vida independiente, si renuncian tendrán que buscar un nuevo empleo y, en la medida en que el empleo disponible sea en empresas capitalistas, seguirán estando sujetos a los dictados del jefe.

4) Los gobiernos tienen que servir a los intereses de los capitalistas

El control privado sobre las principales decisiones de inversión crea una presión constante sobre las autoridades públicas para que promulguen normas favorables a los intereses de los capitalistas. La amenaza de la desinversión y de la movilidad del capital está siempre en el trasfondo de los debates sobre política pública, y así los políticos, sea cual sea su orientación ideológica, se ven obligados a preocuparse por mantener un «buen clima empresarial».

Los valores democráticos son huecos mientras una clase de ciudadanos tenga prioridad sobre todas las demás.

5) Las élites controlan el sistema político

Por último, las personas ricas tienen mayor acceso que otras al poder político. Este es el caso en todas las democracias capitalistas, aunque la desigualdad del poder político basada en la riqueza es mucho mayor en algunos países que en otros.

Los mecanismos específicos de este mayor acceso son muy variados: contribuciones a las campañas políticas; financiación de los esfuerzos de los grupos de presión; redes sociales de élite de diversos tipos; y sobornos directos y otras formas de corrupción.

Características, no defectos

Estas consecuencias son endémicas del capitalismo como sistema económico. Esto no significa que a veces no puedan mitigarse en las sociedades capitalistas. En diferentes épocas y lugares se han erigido muchas políticas para compensar la deformación de la libertad y la democracia del capitalismo.

Se pueden imponer restricciones públicas a la inversión privada de forma que se erosione la rígida frontera entre lo público y lo privado; un sector público fuerte y formas activas de inversión estatal pueden debilitar la amenaza de la movilidad del capital; las restricciones al uso de la riqueza privada en las elecciones y la financiación pública de las campañas políticas pueden reducir el acceso privilegiado de los ricos al poder político; la legislación laboral puede reforzar el poder colectivo de los trabajadores tanto en la arena política como en el lugar de trabajo; y una amplia variedad de políticas de bienestar pueden aumentar la libertad real de quienes no tienen acceso a la riqueza privada.

Cuando las condiciones políticas son adecuadas, los rasgos antidemocráticos y de restricción de la libertad del capitalismo pueden paliarse, pero no pueden eliminarse. Domar el capitalismo de esta manera ha sido el objetivo central de las políticas defendidas por muchos socialistas en las economías capitalistas de todo el mundo.

Pero para que la libertad y la democracia se realicen plenamente, el capitalismo no solo debe ser domesticado. Debe ser superado.

 El artículo que sigue es un extracto de The ABCs of Socialism, editado por Jacobin (Verso, 2016)."                                         ( , JACOBINLAT, 14/11/22)

9/9/22

Branko Milanovic: La agenda de la paleoizquierda, en mi opinión, tiene cuatro pilares fundamentales: está a favor del crecimiento, de la igualdad, de la libertad de expresión y de asociación, y de la igualdad internacional... La reducción de las desigualdades de renta y de riqueza es a la vez un objetivo en sí mismo y un instrumento para lograr algo más: la igualdad política relativa... Esa igualdad se ve socavada en las sociedades avanzadas actuales no, como se afirma, por un "populismo" mal definido, sino por un peligro muy opuesto: el de la plutocracia... El hecho de que los ricos financien las campañas, paguen a los políticos (lo que no es más que una forma más sutil de soborno) y controlen la mayor parte de los medios de comunicación, hace que la igualdad política sea una burla

 "Cuando recientemente tuve una discusión con Alex Hochuli y Philip Cunliffe en su podcast (puedes escucharlo aquí), mencionaron uno de mis artículos sobre lo que llamé la paleoizquierda. En el podcast, repasé las principales características de la paleoizquierda, y creo que puede ser útil volver a ponerlas por escrito. Y espero mostrar que se pueden convertir fácilmente en políticas factibles y que no son sólo un conjunto de palabras bonitas encadenadas.

La agenda de la paleoizquierda, en mi opinión, tiene cuatro pilares fundamentales: está a favor del crecimiento, de la igualdad, de la libertad de expresión y de asociación, y de la igualdad internacional. Permítanme explicar cada uno de ellos.

Estar a favor del crecimiento significa que la paleoizquierda reconoce que los ingresos y la riqueza son condiciones indispensables para la autorrealización y la libertad humanas. No podemos alcanzar nuestro potencial, ni disfrutar de otras actividades no pecuniarias a menos que tengamos suficientes ingresos para no preocuparnos de dónde viene la próxima comida o dónde vamos a dormir la noche siguiente. 

La paleoizquierda está en contra de la denigración constante del crecimiento porque reconoce que para una persona corriente la mejora de las condiciones materiales de vida abre el "reino de la libertad": no queremos hogares donde las madres tengan que lavar la ropa en el arroyo cercano o en la bañera; queremos hogares con lavadoras. (Por supuesto, para la gente que ya tiene lavadoras esto puede parecer una demanda trivial. Pero para la mitad del mundo que no la tiene no es trivial en absoluto).

El crecimiento como tal, sin tener en cuenta quién se beneficia de él, no es éticamente aceptable ni políticamente sostenible. Ahí es donde entra el segundo pilar: la igualdad económica. El crecimiento no puede ser ciego, ni puede ser tal que la mayor parte del mismo, como en EE.UU. en el periodo 1986-2007 (véase el gráfico de abajo) sea recogida por los ricos. Debe ser favorable a los pobres, lo que significa que los ingresos de los grupos más bajos deben aumentar, en términos porcentuales, al menos tanto como los ingresos de los grupos más ricos. 

¿Cómo conseguirlo? No sólo mediante impuestos directos o indirectos sobre las actividades y los bienes que consumen los ricos (este último es un ámbito que, en mi opinión, está infrautilizado). Puede lograrse mediante impuestos elevados sobre las herencias que garanticen una posición de partida razonablemente igual, independientemente de la riqueza de los padres, mediante una educación y una sanidad públicas casi gratuitas o totalmente gratuitas, y mediante un apoyo especial a los jóvenes, en torno a su primer empleo. Los jóvenes son ahora, en las sociedades occidentales desarrolladas, un grupo que necesita tanto apoyo como el que consiguieron políticamente las personas actualmente mayores en los años sesenta y setenta. 

La reducción de las desigualdades de renta y de riqueza es a la vez un objetivo en sí mismo y un instrumento para lograr algo más: la igualdad política relativa. Esa igualdad se ve socavada en las sociedades avanzadas actuales no, como se afirma, por un "populismo" mal definido, sino por un peligro muy opuesto: el de la plutocracia. El hecho de que los ricos financien las campañas, paguen a los políticos (lo que no es más que una forma más sutil de soborno) y controlen la mayor parte de los medios de comunicación, hace que la igualdad política sea una burla.

La paleoizquierda debería, en mi opinión, evitar esos términos que el discurso neoliberal ha capturado y convertido en algo sin sentido, como democracia. Tenemos que reconocer que el término "democracia" ha sido secuestrado por la plutocracia neoliberal de la misma manera que el término "pueblo" fue secuestrado por las autoridades comunistas en Europa del Este. Ambos términos se utilizan para encubrir la realidad.

En cambio, la paleoizquierda debería centrarse en algo mucho más real y medible: la igualdad política aproximada. Esto último implica la financiación pública de las campañas políticas, la limitación (o prohibición) del control de los medios de comunicación de masas por parte de los ricos (nada de que el "Washington Post" sea propiedad de Jeff Bezos), y la participación igualitaria en el proceso electoral, lo que a su vez significa facilitar la participación en las elecciones a la gente trabajadora. 

Las elecciones actuales en EE.UU. se programan intencionadamente para un día laborable, y no es una sorpresa, ni un anuncio de la "democracia", que incluso en las elecciones más importantes la mitad del electorado simplemente no participe.

La paleoizquierda también reconoce que las libertades de expresión y asociación carecen en gran medida de sentido mientras no exista una igualdad política aproximada. Los individuos pueden pasar horas y días quejándose en Twitter, pero su influencia política será nula en comparación con los bien pagados y organizados grupos de reflexión y otras instituciones cuyo objetivo es afectar directamente a la política. Es en ese ámbito donde el uso vago del término "democracia" oculta en realidad una gran desigualdad en el acceso al poder político.

El último punto es el internacionalismo. Este es, por supuesto, un viejo eslogan de la izquierda, y no debería verse como algo que se añade al resto de la agenda nacional. Es una parte constitutiva del programa general. La paleoizquierda acepta que diferentes países y culturas pueden tener diferentes formas de elegir a sus gobiernos o de definir la legitimidad política. 

La paleoizquierda no es ideológicamente hegemónica. La paleoizquierda puede creer (y debe creer) que su propio enfoque es el mejor, y tiene derecho a defenderlo, pero el argumento debe ser siempre en el plano de las ideas, debe evitar las burdas injerencias en los asuntos internos de otros países y, obviamente, nunca debe utilizar la violencia. La paleoizquierda debe deshacerse de la nociva idea de un "orden mundial liberal" que, o bien carece de sentido (ya que cambia según lo que convenga políticamente a sus defensores), o bien es una invitación directa a hacer guerras. Lo sustituye por el respeto del derecho internacional definido por las Naciones Unidas y por otras instituciones que incluyen a todos los pueblos. El proselitismo de la paleoizquierda se hace sólo por medios no violentos, y con respeto a otras culturas y estados, y sin coacción de ningún tipo.

Hay muchas otras cuestiones que no pueden ser cubiertas directamente por estas simples reglas. Tienen que ver con la migración, la igualdad de género y racial, las relaciones entre la Iglesia y el Estado, etc., pero creo que pueden deducirse con relativa facilidad de estos cuatro principios generales."   
          (Branko Milanovic, Brave New Europe, 07/09/22)

31/5/22

Esta división entre facciones enfrentadas, que atacan a quienes no aceptan de manera decidida y firme sus argumentarios, aunque sean de los suyos, es un problema enorme de Occidente, que será cada vez mayor. Se conforma una esfera pública dividida en posturas irracionales... Es una pelea entre enemigos de la razón. Pero eso devalúa las democracias, porque lo que se proscribe es justo aquello que da fortaleza al sistema, la capacidad de pensar, de analizar, de ser críticos, incluso con quienes se coincide... son proyectos antiilustrados que pelean por hacerse con la hegemonía. Quizá EEUU sea el ejemplo más evidente, con el país dividido en dos, pero en España no nos quedamos atrás, como en buena parte de Europa... Si seguimos cayendo en el pozo de la ineficiencia mediante la expulsión de la razón, abriremos aún más la puerta a la decadencia en un momento de grandes dificultades

 "Las democracias son superiores a los regímenes autoritarios porque permiten un nivel de crítica, que las hace más eficientes. A corto plazo los sistemas verticales funcionan mejor, porque todos están alineados en la misma dirección y cuando una decisión se toma, se ejecuta más rápido y más eficazmente. Las democracias son lentas, tardan en reaccionar, hay que generar acuerdos, las discusiones se prolongan, y cuando las órdenes se ponen en marcha parecen llegar a destiempo.

Esa es, al menos, la percepción que se ha instalado en nuestras sociedades, que entiende que el éxito de países como China tiene que ver con su capacidad de ejecución veloz, mientras que nosotros tardamos en arrancar, lo que tiene un coste.

 Sin embargo, a medio plazo, esa clase de regímenes se corrompe, ya que las decisiones de sus líderes no se ponen en discusión y la obediencia impera, lo que impide que los errores se corrijan. En la medida en que todo el mundo se acostumbra a ejecutar órdenes, no hay capacidad de pensamiento diferente ni innovador, y todo se anquilosa. Al no tolerarse la crítica, la evolución no es posible, por lo que se cae en la ineficiencia de modo irremediable. Las democracias son más resistentes, ya que poseen una capacidad de cuestionarse a sí mismas que las hace más fuertes.

Las instituciones democráticas permiten regímenes más estables y, por lo tanto, más sólidos, puesto que permiten disentir. Unas instituciones que no tolerasen voces diferentes no serían más que la coagulación del sistema, porque se convertirían en una mera transmisión vertical de órdenes bajo la apariencia de una democracia. Los regímenes iliberales son exactamente esto. Por suerte, ese no es nuestro sistema. Es muy diferente: la libertad impera, la crítica es posible, las ideas diferentes tienen su espacio.

Las ideas de los tuyos

Claro que, si miramos más de cerca, quizá esa fortaleza de nuestro sistema no sea tan sólida como parece. Disentir implica la posibilidad de explicar razonadamente una posición, no la simple negación de una afirmación ajena. Supone la posibilidad de ser escuchado, y de no ser atacado personalmente por mantener una postura determinada: en la medida en que se utilizan términos racionales en la expresión, la refutación de la refutación debe utilizar esos mismos cauces. Las ideas diferentes necesitan de la capacidad de transmisión, de forma que la crítica sea recibida; actuar de otro modo es 'ghosting' político.

 Tienen que ver también con la capacidad de modificar las ideas establecidas, en tanto en cuanto las objeciones racionales se prueben sensatas o útiles. Presuponen un sistema que sea lo suficientemente maduro como para modificar sus posiciones cuando sea preciso. Eso es la democracia, tanto como la existencia de un Parlamento elegido por sufragio universal, la separación de poderes o la libertad de prensa.

Sin embargo, poco de esto está presente en nuestra época. No porque no se puedan expresar opiniones diferentes, sino porque la diferencia se ha hecho muy rígida. Se pueden expresar ideas distintas, pero siempre que encajen en tu grupo de referencia. Se puede estar a favor o en contra, pero no introducir matices. Se puede ser de izquierdas o de derechas, pero con la condición de ser enormemente hostiles entre sí.

Puedes ser woke o antiwoke, proimpuestos o antiimpuestos, pro-EEUU o anti-EEUU, pero no introducir términos medios, ambivalencias o reflexiones diferentes. Si se toma partido decididamente por una opción, el grupo de referencia lo jaleará y el contrario lo atacará, pero si se prefiere razonar y matizar unas posturas u otras, ambos lados atizarán al insensato. Se pueden tener opiniones diferentes, siempre que encajen dentro de sus respectivas ortodoxias, pero no se puede ser heterodoxo.

Los enemigos de la razón

Esta división entre facciones enfrentadas, que atacan a quienes no aceptan de manera decidida y firme sus argumentarios, aunque sean de los suyos, es un problema enorme de Occidente, que será cada vez mayor. Se conforma una esfera pública dividida en posturas irracionales, en un mundo en blanco y negro, en un enfrentamiento entre estupideces de distinto signo.

Llamamos libertad de expresión a la posibilidad de expresar posturas ortodoxas contrapuestas, pero prohibimos la heterodoxia

Es una pelea entre enemigos de la razón. Pero eso devalúa las democracias, porque lo que se proscribe es justo aquello que da fortaleza al sistema, la capacidad de pensar, de analizar, de ser críticos, incluso con quienes se coincide. Esta tendencia recibe el nombre de polarización, pero es mucho peor, son proyectos antiilustrados que pelean por hacerse con la hegemonía. Quizá EEUU sea el ejemplo más evidente, con el país dividido en dos, pero en España no nos quedamos atrás, como en buena parte de Europa.

Deberíamos tomarnos en serio este problema, porque nos jugamos el futuro. Nos hemos acostumbrado a llamar libertad de expresión a la posibilidad de expresar posturas ortodoxas contrapuestas, pero eso es como llamar libertad religiosa la posibilidad de que en un país discutan radicalismos religiosos de distinto signo.

En la medida en que las posturas racionales, es decir, las expresadas mediante argumentos, cuyo propósito es analizar y entender las situaciones, las que plantean preguntas, que introducen dudas y matices, que proponen cosas diferentes, se quedan sin espacio, la democracia comienza a ser mucho más ineficaz. Sin esta capacidad crítica, Occidente perderá la partida, porque se convertirá en mucho más débil. Las armas, el dinero y la cohesión social son factores esenciales, pero siempre que se sepan utilizar: en caso contrario, servirán para dispararse en el pie. 

 Y esa es la esencia de un sistema fuerte. Si seguimos cayendo en el pozo de la ineficiencia mediante la expulsión de la razón, abriremos aún más la puerta a la decadencia en un momento de grandes dificultades. Si empezamos por corregir este factor, las soluciones irán apareciendo mucho más fácilmente."                    (Esteban Hernández, El Confidencial, 28/05/22)

18/5/22

La Constitución no solo obliga a la solidaridad entre autonomías, también entre personas y sectores sociales... permite su reforma, con condiciones pero sin límites. Si VOX quiere acabar con las autonomías puede plantearlo. De la misma manera que puede promoverse el reconocimiento de la independencia de una parte del territorio español... Esos cambios en la medida que supondrían una ruptura del pacto constituyente tienen unos procedimientos muy tasados y exigentes. Mientras eso no se produce el pacto constituyente de 1978 obliga a todos, también a VOX aunque su constitucionalismo a tiempo parcial lo ignore

J.Coscu @jcoscu

 1/7 El pacto constituyente de 1978, que vincula a toda la ciudadanía no solo a las generaciones que lo subscribieron, se consigue a base de muchas renuncias y no pocos equilibrios. Uno de los más complicados es el del artículo 2 de CE. que contiene un triple equilibrio

Pedro Vallín @pvallin

Edmundo Bal dice que "nacionalidad" es una palabra "ambivalente". "No nos encontrarán ahí", añade. Entiendo que por "ahí" se refiere a la Constitución.

11:09 a. m. · 17 may. 2022
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Hugo Martínez Abarca @hugomabarca
En respuesta a @pvallin y @jcoscu

Algo de razón tiene. "Nacionalidad" referido a un territorio fue un invento del constituyente: todos sabían que quería decir "nación" pero con ese eufemismo superaron el veto de los franquistas. Pero lo que le valía a los franquistas en el 78 no le vale a la derecha de hoy.

12:26 p. m. · 17 may. 2022
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2/7 El primer equilibrio entre “la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles” y “el reconocimiento de la autonomía de nacionalidades y regiones”

3/7 Un segundo equilibrio expresa la voluntad de aplicar una doble velocidad e intensidad en la autonomía, al distinguir entre nacionalidades y las regiones. No se quiso usar el término nación aunque tampoco se definió que y cuáles eran las nacionalidades y cuáles las regiones

4/7 Un tercer equilibrio, que suele olvidarse, es el que se establece entre el reconocimiento de la autonomía política y la obligada solidaridad entre ellas. Ojo que la CE no solo obliga a la solidaridad entre autonomías, también entre personas y sectores sociales

5/7 El art 1 sitúa la igualdad como uno de los valores superiores del ordenamiento jurídico del Estado SOCIAL y democrático de derecho en que se CONSTITUYE España. El art 9.2 obliga a los poderes públicos a promover la igualdad real y efectiva de individuos y grupos sociales

6/7 Afortunadamente nuestra CE no es “militante” y permite su reforma, con condiciones pero sin límites. Si VOX quiere acabar con las autonomías puede plantearlo. De la misma manera que puede promoverse el reconocimiento de la independencia de una parte del territorio español

7/7 Esos cambios en la medida que supondrían una ruptura del pacto constituyente tienen unos procedimientos muy tasados y exigentes. Mientras eso no se produce el pacto constituyente de 1978 obliga a todos, también a VOX aunque su constitucionalismo a tiempo parcial lo ignore.

1:29 p. m. · 17 may. 2022
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11/3/22

Cuando se dispuso de la oportunidad de convertir a Rusia en una democracia, no la subvirtieron Putin ni su entorno cleptocrático, sino Occidente... No se trata de una contingencia histórica trivial. Si Rusia se hubiera convertido en una democracia, no habría sido necesario hablar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y de su expansión hacia el Este, ni habría habido invasión de Ucrania... la terapia de choque desencadenó trastornos sociales y económicos tan graves y repentinos que puso a la opinión pública en contra de las reformas y de los reformistas. El Soviet Supremo se negó a ampliar los poderes extraordinarios de Yeltsin y lo que ocurrió a continuación acabó sentando las bases para el ascenso del presidencialismo autoritario en Rusia... Yeltsin procedió a asumir el poder unilateralmente, al tiempo que convocaba un referéndum para legitimar la medida. Pero el Tribunal Constitucional y el Parlamento se negaron a ceder y se produjo una profunda crisis política. Al final, el enfrentamiento lo resolvieron los tanques, a los que llamó Yeltsin para disolver el parlamento ruso en octubre de 1993, dejando un balance de 147 muertos... se aprobó una Constitución que consagraba a un poderoso presidente con fuertes poderes de decreto y veto, y sin ningún tipo de controles y equilibrios serios... Yeltsin fue "reelegido" en 1996 mediante un proceso manipulado que había sido planificado en Davos y orquestado por los oligarcas rusos de nuevo cuño. Tres años después, Yeltsin nombró a Putin primer ministro y lo ungió como sucesor suyo.

 "Mientras los tanques rusos combaten en Ucrania a las órdenes de un presidente autoritario, cabe señalar que los ucranianos no son los únicos que ansían democracia. También los rusos han salido a la calle -con gran riesgo personal- para protestar contra el indignante acto de agresión de Vladimir Putin. Pero están librando una batalla cuesta arriba en un país al que nunca se le ha dado la oportunidad de ser democrático.

Cuando se dispuso de esa oportunidad, no la subvirtieron Putin ni su entorno cleptocrático, sino Occidente. Tras el derrumbe de la Unión Soviética hace treinta años, los asesores económicos estadounidenses convencieron a los dirigentes rusos de que se centraran en las reformas económicas y relegaran la democracia a un segundo plano, donde Putin pudo sofocarla fácilmente cuando llegó el momento.

No se trata de una contingencia histórica trivial. Si Rusia se hubiera convertido en una democracia, no habría sido necesario hablar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y de su expansión hacia el Este, ni habría habido invasión de Ucrania, ni debates sobre si le debe Occidente un mayor respeto a la civilización rusa (como alemana, me retraigo ante esta última proposición, que tiene claros ecos de Adolf Hitler y su autoproclamado liderazgo sobre una "civilización").

Poderes extraordinarios

Hagamos recuento de la secuencia de los acontecimientos. En noviembre de 1991, el Soviet Supremo (parlamento) ruso otorgó al entonces presidente ruso, Boris Yeltsin, poderes extraordinarios y un mandato de trece meses para lanzar las reformas. Luego, en diciembre de 1991, la Unión Soviética se disolvió oficialmente mediante los acuerdos de Belovezh, que crearon la Comunidad de Estados Independientes. Rusia, Bielorrusia y Ucrania declararon su respeto por la independencia de cada uno.

Rodeado por un pequeño grupo de reformistas rusos y asesores occidentales, Yeltsin aprovechó este momento histórico único para lanzar un programa de "terapia de choque" económica sin precedentes. Se  liberalizaron los precios, se abrieron las fronteras y se iniciaron rápidas privatizaciones, todo ello por decreto presidencial.

Nadie en el círculo de Yeltsin se molestó en preguntar si era esto lo que querían los ciudadanos de Rusia. Y nadie se detuvo a considerar si podían desear los rusos primero una oportunidad para desarrollar una base constitucional sólida para su país, o para expresar a través de unas elecciones su preferencia sobre quién debería gobernarlos.

Los reformistas y sus asesores occidentales decidieron sencillamente -e insistieron luego- en que las reformas de mercado debían preceder a las reformas constitucionales. Las sutilezas democráticas retrasarían o  socavarían incluso la elaboración de la política económica. Sólo actuando con rapidez -cortando el rabo del perro de un golpe de hacha- se pondría a Rusia en la senda de la prosperidad económica y se mantendría a los comunistas fuera del poder para siempre. Con las reformas radicales del mercado, el pueblo ruso vería beneficios tangibles y se prendaría automáticamente de la democracia.

Desastre sin paliativos

No iba a ser así. La presidencia de Yeltsin resultó ser un desastre sin paliativos: económica, social, jurídica y políticamente. Resultó imposible reformar una economía de planificación centralizada al estilo soviético en el espacio de sólo trece meses. La liberalización de los precios y el comercio no creó mercados por sí sola. Eso habría requerido instituciones legales, pero no hubo tiempo para establecerlas.

Sí, desapareció la escasez extrema y surgieron mercados callejeros por doquier. Pero eso dista mucho de alimentar el tipo de mercados necesarios para facilitar la asignación de recursos de la que dependen empresas y hogares.

Además, la terapia de choque desencadenó trastornos sociales y económicos tan graves y repentinos que puso a la opinión pública en contra de las reformas y de los reformistas. El Soviet Supremo se negó a ampliar los poderes extraordinarios de Yeltsin y lo que ocurrió a continuación acabó sentando las bases para el ascenso del presidencialismo autoritario en Rusia.

Yeltsin y sus aliados se negaron a rendirse. Declararon ilegítima la Constitución rusa existente, de 1977, y Yeltsin procedió a asumir el poder unilateralmente, al tiempo que convocaba un referéndum para legitimar la medida. Pero el Tribunal Constitucional y el Parlamento se negaron a ceder y se produjo una profunda crisis política. Al final, el enfrentamiento lo resolvieron los tanques, a los que llamó Yeltsin para disolver el parlamento ruso en octubre de 1993, dejando un balance de 147 muertos.

A buen seguro, muchos miembros del Parlamento se oponían a Yeltsin y a su equipo y querían acaso volver atrás. Pero fue Yeltsin quien sentó un nuevo y peligroso precedente sobre cómo se resolverían las disputas sobre el futuro del país. Los tanques, no los votos, decidirían. Y Yeltsin y su equipo no se detuvieron ahí. También aprobaron una Constitución que consagraba a un poderoso presidente con fuertes poderes de decreto y veto, y sin ningún tipo de controles y equilibrios serios.

Una conversación reveladora

Todavía recuerdo una reveladora conversación que, como estudiosa de las reformas rusas de la época, mantuve con Dmitry Vasiliev, un alto miembro del equipo de privatización de Yeltsin. Cuando le señalé las deficiencias del proyecto de constitución, me dijo que simplemente lo arreglarían si la persona equivocada ascendía al poder. Nunca hicieron tal cosa, por supuesto, ni podrían haberlo hecho. La declaración de Vasiliev resumía plenamente la idea que los reformistas económicos tenían de la democracia constitucional.

En diciembre de 1993 se aprobó la nueva Constitución mediante un referéndum que se celebró conjuntamente con las elecciones al nuevo Parlamento. Los candidatos de Yeltsin sufrieron una estrepitosa derrota, pero con los nuevos poderes constitucionales del presidente ya asegurados, las reformas económicas continuaron. Yeltsin fue "reelegido" en 1996 mediante un proceso manipulado que había sido planificado en Davos y orquestado por los oligarcas rusos de nuevo cuño. Tres años después, Yeltsin nombró a Putin primer ministro y lo ungió como sucesor suyo.

Puede que democratizar Rusia haya sido siempre una posibilidad remota, teniendo en cuenta la historia de poder centralizado del país. Pero habría valido la pena intentarlo. La desacertada priorización de los objetivos económicos por encima de los procesos democráticos alberga lecciones que van más allá de Rusia. Al optar por el capitalismo en lugar de la democracia como base del mundo posterior a Guerra Fría, Occidente puso en peligro la estabilidad, la prosperidad y, como vemos ahora de nuevo en Ucrania, la paz y la democracia, y no sólo en Europa del Este."                   

 (Katharina Pistor  , profesora de Derecho comparado de la Universidad de Columbia, Sin Permiso, 06/03/22; Fuente: Social Europe, 28 de febrero de 2022)

5/10/21

¿Quién paga por las ideas políticas? El papel de la filantropía y el dinero privado en el activismo en Estados Unidos...

 "He hablado alguna vez sobre el pequeño submundo de los capitolios en Estados Unidos. Antes y durante el periodo de sesiones, existe alrededor de los legisladores un enjambre de lobistas, ONGs, activistas, organizaciones sociales y demás agitadores pidiendo montones y montones de cosas. Tenemos grupos de interés buscando bloquear leyes que les perjudican, empresas en crisis cazando subvenciones, activistas pidiendo más dinero o nuevas regulaciones sobre algo que les preocupan, y así sucesivamente.

El origen de estos grupos es a veces bastante evidente. Cuando la NRA (National Restaurant Association, que son los lobistas que más miedo dan) tiene un equipo de lobistas organizando reuniones con representantes o senadores, no es un misterio saber de dónde sale el dinero. Los dueños de restaurantes tienen una asociación y pagan su cuota, y las empresas que controlan cadenas nacionales ponen cantidades ingentes de dinero para pagarlas. No es un gran misterio.

Lo que es un poco más difícil de seguir es de dónde viene el dinero para pagar a los white hat lobbyists, los activistas que están en el capitolio pidiendo más dinero para educación infantil, regulaciones sobre pesca del salmón, reformas en los departamentos de policía, subir los impuestos a los ricos o eliminar tasas bancarias abusivas para gente con pocos ingresos. Estos grupos, aunque acostumbran a tener menos dinero y lobistas que la gente de la NRA y entidades similares, son bastante numerosos, y a menudo tienen suficiente poder e influencia como para no ya marcar la agenda, sino conseguir cambios substantivos en muchas políticas públicas. ¿Qué hacen para financiar sus operaciones?

Fundaciones y lobistas

Este es un tema que conozco de primera mano; llevo en este mundillo, directa o indirectamente, desde hace trece años. En empleos pasados (por fortuna, donde estoy ahora no me toca hacer demasiado en este lado) parte de mi día a día era conseguir dinero para financiar la ONG donde trabajaba. Aunque es un tema bien conocido para la gente que vive dentro de este mundillo, es algo que se discute muy poco fuera de este, y que, hasta donde sé, hay poquísima investigación académica.

El mito, u la imagen que las organizaciones a menudo proyectan hacia el exterior, es que organizaciones como la Early Childhood Alliance, Indivisible, o cualquier otra ONG de este estilo se financian gracias a las donaciones de cientos o miles de miembros, y que una parte importante de su trabajo es realizado por voluntarios. Esto quizás sea cierto para algunas organizaciones muy de masas, pero dista bastante de ser cierto en la inmensa mayoría de los casos. En realidad, muchas de estas organizaciones dependen de donaciones, a veces millonarias, de grandes fundaciones privadas, a menudo controladas por las grandes fortunas del país.

Esto puede parecer una premisa para miles de conspiraciones sobre cómo un grupo de capitalistas controla a casi toda la izquierda americana, pero creedme, no es así.

¿Quién piensa en los niños?

Tenemos, por ejemplo, a la Annie E. Casey Foundation (AECF), una enorme organización nacional con casi 3.000 millones de dólares en fondos propios. Casey fue fundada en 1948 por la familia que controla UPS, y da más de 170 millones de dólares en subvenciones a organizaciones por todo el país, incluyendo dos ONGs en las que he trabajado (CAHS y CT Voices for Children). Aunque estas cifras pueden parecer un dineral, AECF no está ni siquiera en el top-25 de las fundaciones privadas más ricas del país; es grande, sin duda, pero no colosal.

 Casey empezó como trabajando sobre todo en adopciones, pero en las últimas décadas se ha concentrado en temas de infancia y juventud. Su programa estrella es Kids Count, una red de decenas de ONGs desperdigadas por todo el país dedicadas a apoyar legislación de bienestar infantil a nivel estatal. No estoy seguro cuánto dinero da AECF a cada organización ahora; hace unos años, cuando me tocaba pedirles dinero y enviarles copiosos informes sobre cómo lo gastábamos, rondaba los $150.000 al año, suficiente para pagar el sueldo a un par de lobistas/expertos. El dinero de AECF era complementado con donaciones de varias fundaciones locales más pequeñas (léase con fondos de decenas o cientos de millones, no miles) para financiar la organización y hacer nuestro trabajo. Sí, también hay pequeños donantes, pero el grueso de la financiación, para muchas, muchas organizaciones, viene de grandes donantes.

Lidiando con quien paga las facturas

La relación entre los activistas que trabajan en una ONG y las grandes fundaciones que les pagan el sueldo no es entre iguales, pero en mi experiencia, no es especialmente tensa. AECF nunca nos daba órdenes sobre qué leyes podíamos o no podíamos defender, o nos imponía una agenda legislativa. Aparte de la (inevitable) exigencia de que usáramos UPS cuando les enviábamos papeleo, nunca nos pidieron que en nuestros ratos libres nos opusiéramos a legislación que perjudicaría a empresas de mensajería, ni nada parecido. El objetivo de la fundación era que Connecticut aprobara programas chulos sobre educación infantil, y eso era lo que intentábamos hacer.

 Cada materia tiene 2-3 fundaciones enormes a escala nacional que dominan la filantropía en ese campo. Por lo que conozco de primera mano (me he movido en dos o tres temas) la inmensa mayoría de estas instituciones son bienintencionadas, están genuinamente interesadas en mejorar las vidas de la gente, y no reflejan en absoluto los intereses de la dinastías o empresas que las financian.

Esto no quiere decir, sin embargo, que estas fundaciones y filántropos no tengan un peso considerable en el activismo por todo el país, y, por ende, en la agenda política de Estados Unidos.

Aunque nuestro radio de acción para escoger prioridades era amplio, sin embargo, eso no quería decir que fuera infinito. AECF habla de niños, pero tienen también sus expertos, investigadores, y ejecutivos que tienen sus ideas sobre qué clase de medidas funcionan mejor. Durante una temporada, por ejemplo, Casey estuvo obsesionada con mejorar el nivel de lectura infantil en todo el país; otros años hablaban mucho de guarderías y educación entre cero y tres años; en otra época, programas bigeneracionales. En todos los casos, estaban hablando de niños, y en todos los casos, que se fijaran en estos temas tenía base empírica, ya que son cosas importantes. Para los que escribíamos las propuestas cada año para pedirles dinero, a su vez, implicaba que teníamos que pensar en cómo acomodar nuestro trabajo a las prioridades de AECF si queríamos recibir más dinero. Esta clase de cambios, y esta clase de relaciones, se reproducen en casi cualquier tema de la agenda política en Estados Unidos.

 En un sitio como Connecticut, en un periodo de sesiones normal, había entre cinco y siete organizaciones con lobistas en el capitolio hablando de materias de educación infantil, muchas de ellas receptoras de fondos de AECF. Esta coalición algunos años hablaba de lectura, otros de guardería, otros de programas de dos generaciones, dependiendo del humor de Casey; los legisladores escuchaban propuestas diferentes, y las leyes aprobadas por todo el país a menudo acaban por seguir los ritmos que marcaba AECF. Las fundaciones, además, son proclives a “estar a la moda” y se enamoran de la última propuesta innovadora salida del gurú de turno sobre el tema, así que no es inusual que todos los donantes acaben hablando y financiando cosas parecidas.

Esto puede significar que en algún momento se aburran de algún tema que les apasionaba, y que por ejemplo decidan que quieren centrarse en educación en niños de entre 12 y 14 años en vez de 0 a 3. Cosa que acaba de hacer AECF, dejando a decenas de ONGs por todo el país repentinamente descubriendo la crucial importancia de la primera adolescencia para mejorar la trayectoria vital de una persona. El año que viene en Connecticut habrá muchos más lobistas hablando sobre delincuencia juvenil y escuelas y muchos menos hablando sobre guarderías, simplemente porque una gran fundación ha cambiado sus prioridades.

No sé hasta qué punto esta dinámica se repite en otros sectores del activismo ahí fuera, pero por lo que tengo visto, la educación no es para nada inusual. Muchos temas de políticas públicas han visto bandazos considerables en años recientes (por ejemplo, los ecologistas han pasado de hablar de impuestos sobre el carbono a límites de emisiones), y a menudo es difícil saber si el cambio es el resultado de nueva evidencia empírica, un consenso emergente entre qué es políticamente viable entre activistas, o que un puñado de donantes han cambiado de opinión. Las fundaciones a veces siguen a los activistas para decidir sobre qué se preocupan (léase el año pasado al hablar de racismo y policía), pero los activistas, sin duda alguna, siguen a las fundaciones con devoción.

Un sistema por explorar

Todo este batiburrillo de donantes, activistas, investigadores, políticos, y voluntarios, por supuesto, no es único de temas de izquierda (aunque es el mundo que yo conozco); el movimiento conservador, hasta donde yo sé, tiene una dinámica parecida. En ambos casos, no podemos hablar de un sistema coherente; hay decenas, sino cientos, de fundaciones nacionales y miles de regionales, y no hacen demasiado por coordinarse. Todo el tinglado es una forma la mar de ineficiente de meter temas en política, y la cacofonía de voces resultante es más una subasta que un debate coherente. Lo que es innegable es que esta clase de filantropía tiene un papel relativamente importante metiendo temas en la agenda en la política americana, a veces incluso sacando legislación adelante.

 Es un tema fascinante, y creo que es casi invisible para aquellos fuera de este mundillo. No conozco apenas investigación académica al respecto (aunque disto mucho de ser un experto en esta literatura); mi sensación es que este es un tema mucho más importante de lo que parece, pero casi nadie le presta atención. Es algo que ni siquiera se habla demasiado entre activistas, por cierto, y no estoy seguro de que las fundaciones sean demasiado conscientes de su papel.

Aquí hay un programa de investigación académica estupendo esperando ser explotado."            (Roger Senserrich , blog, 07/003/21)

17/8/21

Lo que convirtió a Trump en una verdadera amenaza para la democracia no fueron sus inclinaciones personales, sino la respuesta del partido republicano hacia él. En lugar de condenarlo, le permitieron ser cada vez más descarado. Con el tiempo, el propio partido se volvió cada vez más antiliberal y antidemocrático durante su mandato. Los republicanos intentan limitar el acceso al voto y politizar la administración y la supervisión electoral. Si se promulgan estas "reformas", la naturaleza no partidista de las elecciones estadounidenses se vería drásticamente, quizás fatalmente, disminuida. Estados Unidos podría dejar de ser una democracia en cualquier sentido real de la palabra

 "El 1 de junio, más de un centenar de estudiosos de la democracia publicaron una "Declaración de Preocupación" sobre las amenazas a la democracia estadounidense. Aunque las advertencias sobre los problemas de la democracia estadounidense no son nuevas, ésta declaraba que Estados Unidos se encontraba en un punto de inflexión: afirmaba que el "futuro de la democracia estadounidense" estaba "fundamentalmente en juego".

Para los que no son de la zona, esta afirmación puede parecer exagerada -incluso apocalíptica-, sobre todo teniendo en cuenta que ahora Joe Biden, en lugar de Donald Trump, es el presidente. Pero los estudiantes de política europea deberían prestar atención a esta declaración, y al debate sobre la democracia que ha reavivado en Estados Unidos. Su nefasta advertencia estaba motivada por el tipo de corrosión de las normas e instituciones democráticas que representa la más grave amenaza para la democracia en Europa y en otras partes del mundo en la actualidad.
Alarmas encendidas

Los estudiosos de la presidencia de Trump -incluidos muchos de los que firmaron la declaración- hicieron saltar las alarmas sobre la amenaza que representaba para la democracia estadounidense. Como es lógico, los republicanos las desestimaron, y algunos de ellos, a su vez, afirmaron que los demócratas representaban la verdadera amenaza para la democracia y la libertad, ya que defendían un "socialismo al estilo venezolano" y una "corrección política desbocada". 

Tal vez sea más sorprendente que algunos comentaristas aparentemente de izquierdas desestimaran también tales afirmaciones, insistiendo en que, más que Trump, las verdaderas amenazas a la democracia provenían del capitalismo desenfrenado, las grandes empresas, el imperialismo estadounidense, etc.

Parte de la razón por la que muchos observadores pudieron desestimar la amenaza de Trump es que durante su presidencia no se tomó ninguna medida dramática o inequívoca para derrocar la democracia, en la línea, por ejemplo, de los golpes de Estado que típicamente derrocaron la democracia en el pasado o que, más recientemente, pusieron fin a la apertura democrática en Myanmar. 

Pero los estudiosos de la democracia entienden que las amenazas a la democracia pueden ser tanto sutiles como dramáticas, tanto ambiguas como inequívocas, y que tales amenazas se han hecho aún más claras desde que Trump dejó el cargo, quizás de forma contraintuitiva.

Aunque el antiliberalismo, la corrupción, la mentira y el racismo de Trump recibieron una atención constante por parte de los comentaristas durante su estancia en la Casa Blanca, lo que le convirtió en una verdadera amenaza para la democracia no fueron sus inclinaciones personales, sino las respuestas de otros actores políticos, en particular del partido republicano, hacia él.

 Los republicanos no sólo consintieron a Trump, en lugar de condenarlo o limitarlo, permitiéndole ser cada vez más descarado con el tiempo. El propio partido se volvió cada vez más antiliberal y antidemocrático durante su mandato.

El resultado es que, aunque Trump haya perdido las elecciones, la política estadounidense no ha vuelto a la "normalidad". De hecho, la destitución de Trump ha puesto de manifiesto la naturaleza y la gravedad de la amenaza a la democracia estadounidense. Ahora tenemos un sistema bipartidista en el que uno de los dos partidos prioriza el partidismo sobre la democracia y, en consecuencia, está dispuesto a promover políticas que perjudicarían seriamente, si no fatalmente, el funcionamiento y la legitimidad del fundamento central de la democracia: elecciones libres y justas.

Falsas denuncias de fraude

Motivados por las falsas denuncias de fraude electoral en 2020, los republicanos intentan limitar el acceso al voto y politizar la administración y la supervisión electoral.

Aunque ciertamente es posible mantener conversaciones de buena fe sobre las condiciones en las que se distribuyen y cuentan los votos por correo y en ausencia, sobre si debe exigirse una identificación para votar (y, en ese caso, de qué tipo), etc., los esfuerzos republicanos por restringir el acceso al voto no están motivados por un deseo general de mejorar la calidad de las elecciones estadounidenses. En cambio, Trump y sus partidarios republicanos afirman que el voto por correo y en ausencia y la falta de requisitos estrictos de identificación de los votantes permitieron que los votos se emitieran ilegalmente y se contaran mal.

Dado que no hay pruebas para tales afirmaciones, está claro que los intentos de los republicanos de restringir el acceso al voto están motivados por el deseo de aumentar la dificultad de votar para los grupos considerados más propensos a apoyar a los demócratas. Dada la larga historia de nuestro país de intentos de restringir la capacidad de voto de los afroamericanos, estos esfuerzos de los republicanos son particularmente destructivos y divisivos.

Pero aún más peligrosos que estos intentos de restringir el acceso al voto -aunque sólo sea porque no está clara la eficacia de tales esfuerzos para disminuir sustancialmente la participación de los votantes- son los intentos republicanos de aumentar el control partidista sobre la administración y la supervisión electoral. Las legislaturas controladas por los republicanos se están dando a sí mismas el poder de anular los resultados electorales, permitir que los funcionarios republicanos se hagan cargo de las juntas electorales locales, afianzar la redistribución partidista de los distritos y mucho más.

Si se promulgan estas "reformas", la naturaleza no partidista de las elecciones estadounidenses se vería drásticamente, quizás fatalmente, disminuida. Por ejemplo, es muy posible que, si estas reformas estuvieran en vigor antes de noviembre de 2020, los intentos de Trump de anular los resultados electorales en los estados clave del campo de batalla hubieran tenido éxito. Si eso hubiera ocurrido, por supuesto, Estados Unidos habría dejado de ser una democracia en cualquier sentido real de la palabra.

Advertencia a los demócratas

Independientemente de lo que se piense de las políticas aplicadas por Biden, ni él ni el partido demócrata amenazan los fundamentos de la democracia estadounidense; el partido republicano sí lo hace actualmente. La insistencia del partido en el fraude electoral y las políticas que ha tratado de justificar en respuesta son una amenaza para la salud de la democracia estadounidense. Sin un acuerdo sobre los hechos básicos y unas elecciones libres y justas, la democracia no puede sobrevivir.

Lo que está ocurriendo en Estados Unidos debería ser una advertencia para los pequeños demócratas de todo el mundo. Especialmente en las democracias de larga duración, como en Europa occidental y Estados Unidos, los golpes de Estado o los ataques directos no representan la amenaza más importante para la democracia. La verdadera amenaza proviene de la corrosión gradual del compromiso con las normas e instituciones democráticas.

Si los estadounidenses en general, y los republicanos en particular, no empiezan a dar prioridad a la democracia por encima de los objetivos partidistas y reconocen lo frágil que es su salud en la actualidad, nuestro país puede encontrarse en una pendiente resbaladiza hacia la disfunción y la decadencia a largo plazo."         
        ( , Social Europe, 7/June /2021)

10/12/20

Para que sigan encendidas las luces de las democracias: Carta abierta de investigadores académicos inquietos por el autoritarismo

 "Independientemente del resultado de las elecciones de los Estados Unidos, la democracia, tal como la conocemos, se encuentra en peligro. Sin embargo, no es demasiado tarde para revertir la marea.

Ya sea que Donald J. Trump es un fascista, un populista post-fascista, un autócrata, o simplemente un torpe oportunista, el peligro para la democracia no llegó con su presidencia y va bastante más allá del 3 de noviembre de 2020.

Si bien pareció que florecía la democracia en los años posteriores al final de la Guerra Fría, hoy parece estar marchitándose o en un descalabro a gran escala, globalmente hablando. Como investigadores académicos del populismo autoritario, el fascismo y el extremismo político del siglo XX, creemos que a menos que se tomen acciones de inmediato, la democracia tal como la conocemos proseguirá su pavorosa regresión, quienquiera que sea que se haga con la presidencia norteamericana a principios de noviembre.

Por contraposición a las vacuas proclamaciones del “inevitable” triunfo del liberalismo político y económico sobre el autoritarismo en todas sus reiteraciones, estudiar el pasado demuestra que la democracia es extremadamente frágil y potencialmente temporal, y exige vigilancia y protección.

Los investigadores académicos de la raza, el colonialismo y el imperialismo han ahondado aun más nuestras perspectivas recordándonos de qué modo los mitos de la “grandeza nacional” se escribieron y siguen escribiéndose sobre las espaldas de “otros” en buena medida silenciados, marginados y a menudo esclavizados o nada libres.

Nosotros estudiamos las condiciones que han acompañado históricamente el ascenso del autoritarismo y los regímenes fascistas. En casi todos los casos, hemos observado cuán hondamente han conmovido la confianza de la gente en la capacidad de la democracia de responder adecuadamente a sus aprietos, o de proporcionar incluso formas básicas de seguridad a largo plazo, las perturbaciones sociales, políticas y económicas, entre ellas los estragos de los conflictos militares, las depresiones y las enormes presiones provocadas por la globalización.

Hemos visto todos estos patrones en nuestro estudio del pasado y reconocemos también las señales de la crisis de la democracia en el mundo de hoy. La pandemia de la Covid-19 ha puesto de manifiesto profundas desigualdades de clase a lo largo del globo. Tal como han demostrado los últimos cuatro años, la tentación de buscar refugio en una figura de arrogante fortaleza es hoy mayor que nunca.

Para afrontar este desafío, hay varias cosas que debemos hacer.

Tenemos que salvaguardar de formar audaz y sin concesiones el pensamiento crítico basado en la evidencia. En ello va incluido demostrar las virtudes de un amplio abanico de posiciones y perspectivas, y apoyar, tanto de palabra como de hecho, el periodismo de investigación, la ciencia y las humanidades, y la libertad de prensa. Necesitamos compromisos raudos y tangibles de organizaciones mediáticas empresariales y gobiernos para abordar los peligros de la desinformación y la concentración de medios de comunicación. Debemos alentar coaliciones organizadas que traspasen las diferencias de clase, género, religión y casta, a la vez que respetamos las perspectivas y experiencias de otros. Tenemos que revelar y denunciar todas y cada una de las conexiones de quienes están en el poder con las fuerzas de justicieros y paramilitares que recurren a la violencia política para desestabilizar nuestras democracias. De forma muy semejante a los activos movimientos democráticos en todo el globo, de Nigeria a la India, de Bielorrusia a Hong Kong, tenemos que estar preparados para defender el pluralismo y la democracia en contra de los crecientes peligros de la violencia comunitaria y el autoritarismo en las urnas, pero también, si fuera necesario, por medio de la protesta no violenta en las calles.

Debemos defender la integridad del proceso electoral y garantizar la más amplia participación posible de votantes, no sólo en estas elecciones sino en cualquiera de las elecciones grandes y pequeñas de todas nuestras ciudades. Y debemos volver a comprometernos en un diálogo global sobre al apoyo a instituciones, leyes y practicas democráticas tanto dentro de nuestros respectivos países como entre ellos. Y en ello se cuenta enfrentarse directamente a la codicia sin restricciones que impulsa la desigualdad global, que ha desatado las rivalidades geográficas por el acceso a los recursos, las migraciones internacionales y el desplome de la soberanía estatal por todo el mundo.

Tenemos que apartarnos del gobierno de las élites atrincheradas y volver al imperio de la ley. Debemos substituir la política de los “enemigos internos” por una política de adversarios en un mercado de las ideas sano, democrático. Y por encima de todo lo demás, tenemos que trabajar juntos para hacer que siga brillando la luz de la democracia en nuestros respectivos países y en todo el mundo. Porque si no lo hacemos, desde luego que en adelante afrontaremos días obscuros.

Firman esta carta más de doscientos profesores y especialistas académicos de Historia y otras ciencias sociales, entre ellos Federico Finchelstein, Nancy Fraser, Martin Jay, Michael Löwy, Xosé M. Núñez Seixas, Robert O. Paxton, Enzo Traverso, Fabian Virchow o Eli Zaretsky."               (AAVV , Sin Permiso, 06/12/2020)