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15/9/22

Fukuyama se defiende y defiende el liberalismo... pero el mundo liberal real era éste: unos cuantos países y algunas clases sociales dentro de ellos haciéndose ricos, mientras las clases medias y las trabajadoras veían menguar sus recursos... "China se hizo muy rica haciendo cosas baratas. Rusia se hizo muy rica vendiendo gas barato a Europa, y Alemania se hizo muy rica vendiendo cosas caras producidas con gas barato". Estados Unidos, mientras tanto, "se hizo muy rico con el Quantitative Easing. Pero la posibilidad para el QE provino del régimen de 'baja inflación' que permitían las exportaciones baratas provenientes de Rusia y China"... la época tiene un color muy distinto, que exige nuevas perspectivas y nuevas soluciones... Ya no estamos en la era Fukuyama, y nos vendría bien tomar consciencia

 "El éxito de la ideología que ha gobernado Occidente durante las últimas décadas, y por extensión el mundo, no es responsabilidad de Francis Fukuyama, aunque lo cierto es que su contribución fue relevante: el politólogo estadounidense ideó una tesis, la del fin de la historia, sobre la que se basó el sistema que ha dominado el panorama político y económico. Ese hecho no le convierte en culpable de todo lo que se hizo con sus tesis, pero Fukuyama sí es responsable de intentar mantenerla vigente, incluso cuando las señales del presente nos muestran su irrealidad.

Esa idea de que el mundo se iba a organizar alrededor de una serie de valores sostenidos por la hegemonía estadounidense, de que los principios liberales se extenderían universalmente y que ese entramado de instituciones internacionales, relaciones comerciales y resolución jurídica de conflictos terminaría con los grandes enfrentamientos nacionales retrata escasamente nuestra realidad. Los efectos de esa idea han sido, además, particularmente perjudiciales: la confianza alemana y europea en que ese tejido institucional iba a perdurar durante mucho tiempo ha conseguido que Europa haya externalizado todo lo que le es necesario para competir en el nuevo mundo y que sea especialmente dependiente del exterior, y no solo en la energía. La debilidad europea actual proviene de esa convicción ilusa, que estuvo mucho tiempo operativa.

Fukuyama, del mismo modo que antes fue comúnmente alabado, se ha convertido ahora, en los malos momentos, en el politólogo más criticado del mundo. Ya sea para defenderse de los reproches o por convicción, acaba de publicar 'El liberalismo y sus desencantados' (Ed. Deusto) una obra con la que intenta rescatar los restos del naufragio para mantener viva su visión.

Uno de sus argumentos suena curioso, y no porque le falte razón, sino porque es aplicable prácticamente a todo. Es posible que las disfunciones que el liberalismo global ha creado no sean intrínsecas al liberalismo y que deberíamos separar la idea de su aplicación. Sin embargo, si se utiliza este razonamiento, tiene que aceptarse que se prolongue respecto de todo tipo de ideologías: el comunismo era bueno y que su puesta en práctica contuviera muchos errores no invalida la pertinencia de sus ideas; y así sucesivamente.

En segunda instancia, Fukuyama hace algo muy común entre quienes están acostumbrados a ser tenidos en cuenta. Incorpora a su discurso, ya que los entiende pertinentes, aspectos como la identidad, los valores socialdemócratas o la mayor participación del Estado en la economía; sin embargo, esos mismos elementos eran el objeto de sus críticas, aquello que combatió. Podría suponer una rectificación, el reconocimiento de un error y, si así fuera, resultaría positivo. Pero no hay nada de eso en el texto, que se despliega como si sus críticas no hubieran sido emitidas y como si las disfunciones hubieran sido causadas por fuerzas exteriores y ajenas, y no por sus propias ideas.

 Actúa de la misma manera que esa gente que alababa a Merkel y al modelo alemán y ahora los censura amargamente, como si ellos no hubieran formado parte del coro. Esa capacidad de estar siempre en el lado correcto de la historia resulta extraña, pero así parecen funcionar las cosas: quienes advirtieron de los problemas fueron excluidos, y ahí siguen, y quienes los ignoraron o fomentaron continúan en los lugares más prestigiosos. La habilidad para que tus errores no te manchen y que tus aciertos brillen es típica de los buscavidas de nuestro tiempo, y hay muchos.

El texto incurre también en algún argumento retorcido, como cuando, para alabar la vivacidad, la creatividad y la innovación que producen las sociedades liberales recurre a la Atenas de Pericles. Aquella Atenas era democrática, pero distaba mucho de ser liberal en el sentido que Fukuyama estableció en su teoría. De hecho, era sustancialmente distinta: fue producto de una presencia de las instituciones públicas incomparablemente mayor de la que el pensador estadounidense promovía; contaba con un liderazgo (resultado de la lucha contra la oligarquía) al que hoy se tilda frecuentemente de populista; y suponía un ejemplo de equilibrio económico entre los ciudadanos mucho más acentuado de lo que Fukuyama jamás propuso. La cita a Pericles no es significativa, pero sí simbólica: si tienes que atribuirte logros de otros sistemas para justificar tus posiciones, es que no son demasiado sólidas.

La idea de Fukuyama con el nuevo texto es noble: defender el liberalismo y sus instituciones en tiempos en lo que la cohesión social está rompiéndose y la polarización se desata. Es un propósito difícil de rebatir, pero sus propuestas no suenan especialmente pragmáticas. Y no lo son porque pone el acento en la derecha nacionalista populista y en la izquierda progresista obsesionada con las diferencias culturales como los grandes problemas del liberalismo. Con ese diagnóstico, la solución aparece de forma evidente: hay que combatir a los enemigos y todo aparece limpio de nuevo.

 Esto es hacerse trampas: señala como grandes obstáculos a fenómenos políticos que han crecido precisamente a causa de las fallas profundas del liberalismo que gente como él promovía; los defectos de su sistema han producido el tipo de clima social que favorece las posiciones iliberales. De manera que insistir en las mismas fórmulas que han causado los problemas y proponerlas como solución, además de añadir moderación y templanza, como propone, simplemente conseguirá que el liberalismo ahonde en su decadencia.

Si bien los propósitos de Fukuyama pueden ser ampliamente compartidos, su perspectiva es extemporánea. Ya no estamos en el momento del fin de la historia, sino en otro muy diferente. Según aseguraba a sus clientes Zoltan Pozsar, analista de Credit Suisse, "China se hizo muy rica haciendo cosas baratas. Rusia se hizo muy rica vendiendo gas barato a Europa, y Alemania se hizo muy rica vendiendo cosas caras producidas con gas barato". Estados Unidos, mientras tanto, "se hizo muy rico con el Quantitative Easing. Pero la posibilidad para el QE provino del régimen de 'baja inflación' que permitían las exportaciones baratas provenientes de Rusia y China". En esencia, este era el mundo liberal real, unos cuantos países y algunas clases sociales dentro de ellos haciéndose ricos, mientras las clases medias y las trabajadoras veían menguar sus recursos. El enredo geopolítico tiene también que ver con esto.

Ahora, como subraya Rana Foroohar en un artículo de 'Financial Times', en el que recoge el diagnóstico de Pozsar, la época tiene un color muy distinto: "Estamos en guerra, guerra significa industria y una industria en crecimiento significa inflación". Y esto, señala Foroohar, implica un modelo completamente distinto de aquel en el que hemos vivido en las últimas décadas, que exige nuevas perspectivas y nuevas soluciones. Algunas de ellas se han puesto ya en marcha, llegarán otras, pero es complicado comprender cómo se puede afrontar este nuevo momento regresando a las prácticas que dominaron las décadas anteriores. Se quiere combatir los problemas actuales con soluciones que ya no responden a las necesidades del momento político, ni al geopolítico ni a las prioridades económicas. Ya no estamos en la era Fukuyama, y nos vendría bien tomar consciencia. "         (Esteban Hernández, El Confidencial, 11/09/22)

17/8/22

Branko Milanović: El socialismo con características chinas en el libro de Xi Jinping... El éxito se define en términos de mejora del bienestar y la felicidad de las personas... ¿cómo lograr el buen gobierno? Obviamente, teniendo gobernantes morales... En todos los casos de un buen gobierno, se hace hincapié en las características individuales de los gobernantes... lo que se busca es el gobierno de la virtud, y por la virtud... Podría haber un procedimiento justo de selección de gobernantes, digamos, por elección, pero no necesariamente una regla virtuosa. Esto último sólo puede asegurarse mediante la educación de los gobernantes... La pregunta clave, sin respuesta en el libro, se convierte entonces en: ¿es posible lograr un "rejuvenecimiento" educativo y moral en las actuales condiciones "normales" del capitalismo, en las que la mayoría de la población considera que ganar dinero es el objetivo más elevado que revela también la propia valía individual? Xi está luchando contra el espíritu de los tiempos, y aunque su lucha puede estar impulsada por un genuino deseo de crear una China moralmente superior, las probabilidades de tener éxito en este empeño no son, me temo, especialmente altas

 "Hace varios años, la Editorial Popular del Estado chino introdujo la traducción al inglés de extractos de los discursos de Xi Jinping y, en algunos casos, de sus escritos bajo el título de "Anécdotas y dichos de Xi Jinping". El original se publicó en chino en 2017. El enlace al libro está disponible aquí.  (...)

El libro consta de dos partes. La primera está dirigida al lector chino, trata temas chinos (pero también hasta cierto punto globales), y utiliza sobre todo los ejemplos, proyectados como metáforas, de la milenaria historia china, los casos de individuos extraordinarios de la época maoísta, e incluso algunos del período contemporáneo de construcción del "socialismo con características chinas." La segunda parte (mucho menos interesante) es una recopilación de varios discursos pronunciados por Xi en ocasiones de reuniones internacionales (las conversaciones con Obama figuran allí dos veces, pero no está Putin). Se supone que la segunda parte muestra la interacción benévola de China con el resto del mundo, pero su carácter programático la hace mucho menos interesante. La única excepción es cuando Xi habla de fútbol, al que es realmente aficionado, y donde sus opiniones son interesantes.

El énfasis indiscutible en la parte "china" del libro está en los asuntos de gobierno. Dando numerosos ejemplos de la historia china de gobernantes y sus ayudantes que se preocupaban por el bienestar de la gente, vivían modestamente ("Uno debe ser el primero cuando se ocupa de los asuntos del Estado, el último cuando se ocupa de los asuntos personales"), se esforzaban por mejorar moral y educativamente, Xi propone una teoría de la gobernanza que se basa en la virtud de los gobernantes y en los resultados obtenidos, no en el procedimiento. Mientras que las teorías occidentales hacen hincapié en el aspecto procedimental (cómo se selecciona a un gobernante, si es mediante un proceso democrático bien establecido o no), la preocupación de Xi son los resultados. La premisa tácita no es discutir cómo se selecciona a alguien para gobernar -y esto se aplica no sólo a los altos cargos, sino a todos los puestos, desde el nivel más bajo del condado hasta el jefe del CPC- sino el éxito que tienen en el cumplimiento de sus funciones. El éxito se define en términos de mejora del bienestar y la felicidad de las personas a las que gobiernan.

El buen gobierno en sí, como en una historia de la antigua China contada por Xi, no tiene por qué ser estructuralmente el mismo. Tres gobernantes diferentes, escribe Xi, impusieron el gobierno justo mediante mecanismos distintos: uno por su atención a los detalles y por el control de todos los gastos del gobierno partida por partida; otro por su buen carácter; y el tercero por los castigos severos. La corrupción se erradicó bajo cada uno de los tres gobernantes, pero por una razón diferente: bajo el primero, la gente no podía hacer trampas; bajo el segundo, se avergonzaba de hacerlas; bajo el tercero, se les castigaba si hacían trampas. Xi, que contó esa historia en 2004, no revela cuál de las tres formas prefiere.

En todos los casos de un buen gobierno, se hace hincapié en las características individuales de los gobernantes. Como mencionan los editores, si en la China feudal existían muchos gobernantes y funcionarios virtuosos y concienzudos, ¿no sería aún más probable que los comunistas más conscientes de la ideología y orientados al pueblo se preocuparan por sus conciudadanos? Lo que se necesita, escriben, es "moralidad por dentro y virtud por fuera"; lo que se busca es el gobierno de la virtud, y por la virtud.

Pero, ¿cómo lograr ese gobierno? Obviamente, teniendo gobernantes morales. De ahí -el lector empieza a darse cuenta- la campaña ideológica de Xi: si se desprecia la ideología confuciana-comunista y todo se valora simplemente en términos de dinero y éxito económico, no puede haber un gobierno moral y virtuoso. Citando a Confucio, como hacen los editores, "si uno se permite seguir el beneficio en su comportamiento, habrá muchos con motivo de queja". Podría haber un procedimiento justo de selección de gobernantes, digamos, por elección, pero no necesariamente una regla virtuosa. Esto último sólo puede asegurarse mediante la educación de los gobernantes.

La pregunta clave, sin respuesta en el libro, se convierte entonces en: ¿es posible lograr un "rejuvenecimiento" educativo y moral en las actuales condiciones "normales" del capitalismo, en las que la mayoría de la población considera que ganar dinero es el objetivo más elevado que revela también la propia valía individual? ¿Pueden los ejemplos traídos de la era revolucionaria, del foro de Yen'an, del primer Mao, etc. ser relevantes para una nueva generación criada en el mundo de la comercialización implacable? Se puede dudar. Esto no hace que la campaña ideológica llevada a cabo por Xi (incluyendo probablemente este libro) sea menos relevante, sino que la hace más. Sin embargo, la probabilidad de éxito de esa campaña no es muy alta. Xi está luchando contra el espíritu de los tiempos, y aunque su lucha puede estar impulsada por un genuino deseo de crear una China moralmente superior, las probabilidades de tener éxito en este empeño no son, me temo, especialmente altas.

Pero, quizás, Xi podría responder con la historia, contada por Mao en 1942, del viejo loco que intenta mover dos montañas. En la versión de Mao, las dos montañas eran el feudalismo y el colonialismo. Fueron eliminadas. En la versión de Xi, podrían ser la codicia y la indiferencia."                (Branko Milanović,  Brave New Europe, 14/08/22; traducción DEEPL)

19/10/21

Boaventura de Sousa Santos: Quince tesis sobre el partido-movimiento... el partido-movimiento debe construirse a través de procesos no representativos, sino más bien participativos. Consiste en aplicar a la vida interna de los partidos la misma idea de complementariedad entre democracia participativa / deliberativa y democracia representativa que debe orientar la gestión del sistema político

 "El neoliberalismo logró conjugar el fin supuestamente pacífico de la historia con la idea de crisis permanente (por ejemplo, la crisis financiera). Esta es la razón por la que vivimos hoy en el dominio del corto plazo.

1. No hay ciudadanos despolitizados; hay ciudadanos que no se dejan politizar por las formas dominantes de politización, sean partidos o movimientos de la sociedad civil organizada.

Los ciudadanos y las ciudadanas no están hartos de la política, sino de esta política; la inmensa mayoría de la ciudadanía no se moviliza políticamente ni sale a la calle a manifestarse, pero está llena de rabia en casa y simpatiza con los que se manifiestan; en general, no se afilian a partidos ni participan en movimientos sociales ni están interesados en hacerlo, pero cuando salen a la calle solo sorprenden a las élites políticas que han perdido el contacto con “las bases”.

2. No hay democracia sin partidos, pero hay partidos sin democracia.

Una de las antinomias de la democracia liberal en nuestro tiempo es que se basa cada vez más en los partidos como forma exclusiva de agencia política, mientras que los partidos son internamente cada vez menos democráticos. Como la democracia liberal, la forma tradicional de partido ha agotado su tiempo histórico. Los sistemas políticos democráticos del futuro deben combinar la democracia representativa con la democracia participativa en todos los niveles de gobierno. La participación ciudadana debe ser multiforme y multicanal. Los propios partidos deben estar constituidos internamente por mecanismos de democracia participativa.

3. Estar a la izquierda es un punto de llegada y no un punto de partida y, por lo tanto, se demuestra en los hechos.

La izquierda tiene que volver a sus orígenes, a los grupos sociales excluidos que ha olvidado durante mucho tiempo. La izquierda dejó de hablar o de saber hablar con las periferias, con los más excluidos. Quien habla hoy con las periferias y con los más excluidos son las iglesias evangélicas pentecostales o los agitadores fascistas. Hoy en día, el activismo de izquierda parece limitarse a participar en una reunión del partido para hacer un análisis de la situación (casi siempre escuchar a los que están haciendo). Los partidos de izquierda, tal como existen hoy, no pueden hablar con las voces silenciadas de las periferias en términos que estas entiendan. Las izquierdas deben reinventarse.

4. No hay democracia, hay democratización.

La responsabilidad de la izquierda radica en que es la única que realmente sirve a la democracia. No la limita al espacio-tiempo de la ciudadanía (democracia liberal). Por el contrario, lucha por ella en el espacio de la familia, la comunidad, la producción, las relaciones sociales, la escuela, las relaciones con la naturaleza y las relaciones internacionales. Cada espacio-tiempo exige un tipo específico de democracia. Solo democratizando todos los espacios-tiempos se podrá democratizar el espacio-tiempo de la ciudadanía y la democracia liberal representativa.

5. El partido-movimiento es el partido que contiene en sí a su contrario.

Para ser un pilar fundamental de la democracia representativa, el partido-movimiento debe construirse a través de procesos no representativos, sino más bien participativos y deliberativos. Esta es la transición de la forma tradicional de partido a la forma de partido-movimiento. Consiste en aplicar a la vida interna de los partidos la misma idea de complementariedad entre democracia participativa / deliberativa y democracia representativa que debe orientar la gestión del sistema político en general. La participación / deliberación concierne a todos los dominios del partido-movimiento, desde la organización interna hasta la definición del programa político, desde la elección de los candidatos a las elecciones hasta la aprobación de líneas de acción en la situación actual.

6. Ser miembro de la clase política es siempre transitorio.

Tal calidad no permite ganar más que el salario medio en el país; los parlamentarios electos no inventan temas ni toman posiciones: transmiten los que surgen de las discusiones en las estructuras de base. La política de partidos debe tener rostros, pero no está hecha de rostros; idealmente, existen mandatos colectivos que permiten la rotación regular de representantes durante la misma legislatura; la transparencia y la rendición de cuentas deben ser completas; el partido es un servicio ciudadano a los ciudadanos y por lo tanto debe ser financiado por ellos y no por empresas interesadas en capturar el Estado y vaciar la democracia.

7. El partido-movimiento es una contracorriente contra dos fundamentalismos.

Los partidos convencionales sufren de un fundamentalismo antimovimiento social. Consideran que tienen el monopolio de la representación política y que este monopolio es legítimo precisamente porque los movimientos sociales no son representativos. A su vez, los movimientos adolecen de un fundamentalismo antipartido. Consideran que cualquier colaboración o articulación con las partes, comprometen su autonomía y diversidad y siempre acaba en un intento de cooptación.

Mientras la democracia representativa esté monopolizada por partidos antimovimiento y la democracia participativa por movimientos o asociaciones sociales antipartidos, no será posible la vinculación entre democracia representativa y participativa, en detrimento de ambas. Es necesario vencer a los dos.

8.El partido-movimiento combina la acción institucional con la acción extrainstitucional

Los partidos tradicionales favorecen la acción institucional, dentro de los marcos legales y con la movilización de instituciones como el Parlamento, los tribunales, la Administración pública. Por el contrario, los movimientos sociales, aunque también utilizan la acción institucional, suelen recurrir a la acción directa, las protestas y manifestaciones en calles y plazas, las sentadas, la difusión de agendas a través del arte (artivismo). En vista de esto, la complementariedad no es fácil y debe construirse con paciencia.

Hay condiciones políticas en las que las clases que están en el poder son demasiado represivas, demasiado monolíticas; hay otras en las que son más abiertas, menos monolíticas y hay mucha competencia entre ellas. A mayor competencia entre las élites, se abren más brechas para que el movimiento popular y la democracia participativa ingresen a través de ellas. Lo importante es identificar las oportunidades y no desperdiciarlas. Con frecuencia se desperdician por razones de sectarismo, dogmatismo, arribismo.

La práctica de los movimientos a menudo tiene que oscilar entre lo legal y lo ilegal. En algunos contextos, la criminalización de la impugnación social está reduciendo la posibilidad tanto de lucha institucional como de lucha legal extrainstitucional. En tales contextos, la acción colectiva pacífica puede tener que enfrentar las consecuencias de la ilegalidad. Sabemos que las clases dominantes siempre han utilizado la legalidad y la ilegalidad a su conveniencia. No ser clase dominante radica precisamente en tener que afrontar las consecuencias de la dialéctica entre legalidad e ilegalidad y protegerse al máximo.

9. La revolución de la información electrónica y las redes sociales no son, en sí mismas, un instrumento incondicionalmente favorable al desarrollo de la democracia participativa.

Por el contrario, pueden contribuir a manipular la opinión pública hasta tal punto que el proceso democrático puede quedar fatalmente desfigurado. El ejercicio de la democracia participativa requiere hoy más que nunca encuentros presenciales y discusiones presenciales. Hay que reinventar la tradición de células partidarias, círculos ciudadanos, círculos culturales, comunidades eclesiásticas de base. No hay democracia participativa sin una estrecha interacción.

10. El movimiento de partidos se basa en la pluralidad no polarizada y el reconocimiento de competencias concretas.

Una pluralidad no polarizada es aquella que permite distinguir entre lo que separa y lo que une a las organizaciones y promueve articulaciones entre ellas a partir de lo que las une, sin perder la identidad de lo que las separa. Lo que las separa solo se suspende por razones pragmáticas.

El partido-movimiento debe saber combinar cuestiones generales con cuestiones sectoriales. Los partidos tienden a homogeneizar sus bases sociales y a enfocarse en temas que abarcan a todos o a grandes sectores. Por el contrario, los movimientos sociales tienden a centrarse en temas más específicos, como el derecho a la vivienda, la inmigración, la violencia policial, la diversidad cultural, la diferencia sexual, el territorio, la economía popular, etc. Trabajan con lenguajes y conceptos distintos a los utilizados por los partidos.

Los partidos pueden sostener una agenda política más permanente que los movimientos. El problema con muchos movimientos sociales radica en la naturaleza de su estallido social y mediático. En un momento tienen una gran actividad, están en la prensa todos los días, y al mes siguiente están ausentes o entran en reflujo y la gente no va a reuniones o asambleas. La sostenibilidad de la movilización es un problema muy grave porque, para lograr una cierta continuidad en la participación política, se necesita una articulación política más amplia que involucre a los partidos. A su vez, los partidos están sujetos a transformar la continuidad de la presencia pública en una condición para la supervivencia de cuadros burocráticos.

11. El partido-movimiento prospera en una lucha constante contra la inercia.

Se pueden generar dos inercias: por un lado, la inercia y reflujo de los movimientos sociales que no logran multiplicar y densificar la lucha y, por otro, los partidos que no modifican en absoluto sus políticas y quedan sujetos al estancamiento burocrático. Superar estas inercias es el mayor desafío para la construcción del partido-movimiento.

Trabajando con experiencias concretas, se advierte que los partidos que tienen vocación de poder suelen afrontar bien el tema de los desequilibrios en el espacio público. Pero como compiten por el poder, no quieren transformarlo, quieren tomarlo. Los movimientos sociales, por el contrario, saben que las formas de opresión provienen tanto del Estado como de actores económicos y sociales muy fuertes. En algunas situaciones, la distinción entre opresión pública y privada no es demasiado importante. Los sindicatos, por ejemplo, tienen una experiencia notable en la lucha contra los actores privados: jefes y empresas. Tanto los movimientos sociales como los sindicatos están hoy marcados por una experiencia muy negativa: los partidos de izquierda nunca dejaron de cumplir sus promesas electorales al llegar al poder tanto como lo han hecho últimamente. Este incumplimiento provoca que la descalificación de partidos sea cada vez mayor en más países. Esta pérdida de control sobre la agenda política solo puede recuperarse a través de los movimientos sociales en la medida en que se articulan con los nuevos partidos-movimiento.

12.La educación política popular es la clave para sostener el partido-movimiento.

Las diferencias entre partidos y movimientos son superables. Para ello es necesario promover el conocimiento mutuo a través de nuevas formas de educación política popular: círculos de conversación, ecologías de saberes, talleres de la Universidad Popular de Movimientos Sociales; discusión de posibles prácticas de articulación entre partidos y movimientos (presupuestos participativos, plebiscitos o consultas populares, consejos sociales o gestión de políticas públicas). Hasta ahora, las experiencias son principalmente a escala local. Debe desarrollarse la complementariedad a escala nacional y mundial.

13.El partido-movimiento va más allá de la articulación entre partido y movimiento social.

Después de más de cuarenta años de capitalismo neoliberal, de colonialismo y de un patriarcado siempre renovado, con una concentración escandalosa de la riqueza y destrucción de la naturaleza, las clases populares, el pueblo trabajador, cuando estalla o irrumpe indignado, tiende a hacerlo fuera de los partidos y los movimientos sociales. Ambos tienden a sorprenderse e ir tras la movilización. Además de los partidos y los movimientos sociales, es necesario contar con los movimientos espontáneos, con su presencia colectiva en las plazas públicas. El partido-movimiento debe ser consciente de estos estallidos y solidarizarse con ellos sin intentar dirigirlos o cooptarlos.

14. Vivimos en un período de luchas defensivas. Corresponde al partido-movimiento ser freno sin perder de vista las luchas ofensivas.

La ideología de que no hay alternativa al capitalismo —que, de hecho, es una tríada: capitalismo, colonialismo (racismo) y patriarcado (sexismo) — acabó siendo interiorizada por gran parte del pensamiento de izquierda. El neoliberalismo logró conjugar el fin supuestamente pacífico de la historia con la idea de crisis permanente (por ejemplo, la crisis financiera). Esta es la razón por la que vivimos hoy en el dominio del corto plazo. Sus demandas deben ser satisfechas porque quienes tienen hambre o son víctimas de violencia de género, no pueden esperar a que llegue el socialismo para comer o ser liberados.

Pero no se puede perder de vista el debate civilizador que plantea la cuestión de las luchas ofensivas y de medio plazo. La pandemia, si bien hizo del corto plazo una máxima urgencia, generó la oportunidad de pensar que hay alternativas de vida y que si no queremos entrar en un período de pandemia intermitente, debemos prestar atención a las advertencias que nos está dando la naturaleza. Si no cambiamos nuestras formas de producir, consumir y vivir, nos dirigiremos hacia un infierno pandémico.

15. Solo el partido-movimiento puede defender la democracia liberal como punto de partida y no como punto final.

En un momento en que los fascistas están cada vez más cerca del poder -cuando no lo han alcanzado ya-, una de las luchas defensivas más importantes es la defensa de la democracia. La democracia liberal es de baja intensidad porque es poca. Acepta ser una isla relativamente democrática en un archipiélago de despotismo social, económico y cultural. Hoy en día, la democracia liberal es un buen punto de partida, pero no un punto de llegada. El punto de llegada debe ser una articulación profunda entre democracia liberal, representativa y democracia participativa, deliberativa. En este momento de luchas defensivas, es importante defender la democracia liberal representativa para neutralizar a los fascistas y radicalizar desde ella la democratización de la sociedad y la política. Solo el partido-movimiento puede librar esta lucha."

Boaventura de Sousa Santos es académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Rebelión, 17/06/21; fuente: OtherNews)

20/3/19

Vamos desde sistemas políticos donde se manejaba con cierto equilibrio la relación entre representantes y representados, hacia construcciones donde las normas se llevan a cabo a través de mecanismos burocráticos

"(...) --¿Por qué se ha deteriorado lo que se ha denominado como constitucionalismo, y no sólo en España?

--El constitucionalismo es una ideología y una técnica en las que se dan encuentro el principio liberal y el principio democrático. Por un lado, ha habido un largo proceso de menoscabo de la idea de derecho, entendido como premisa para limitar las decisiones del poder. 

 Es algo poco estudiado, me parece, y resulta fundamental para comprender qué nos pasa. En mi opinión se ha impuesto la tesis crítica de que el Estado de derecho es el cómplice de la mayor parte de los males que nos aquejan: crisis económica, deterioro de la cohesión social y desigualdades crecientes. 

No puedo estar de acuerdo con una explicación tan reduccionista. En cuanto a la democracia, efectivamente, los procesos de globalización han limitado la capacidad de los parlamentos para tomar decisiones. El manejo del conflicto político entre clases, por ejemplo, se traslada a un esquema organizativo, el de la Unión Europea, donde no se pueden reproducir con la misma densidad los presupuestos que presidían nuestras democracias.

 Sin duda, estamos en un momento maquiavélico en el sentido de que vamos desde sistemas políticos donde se manejaba con cierto equilibrio la relación entre representantes y representados, hacia construcciones donde las normas se llevan a cabo a través de mecanismos burocráticos y autorregulados.

 De ahí, en cierto modo, la reacción decisionista (en el sentido de tratar de recuperar el control del destino) que suponen tanto el Brexit como el mismo procés catalán. (...)"               (Entrevista a Miguel bárcena, Manel Manchón, Crónica Global, 03/03/19)

15/2/18

Las teorías de la conspiración eran de derechas... ya no

"Una inquietante encuesta publicada por Le point a principios de enero revelaba que casi ocho de cada diez franceses (el 79%) cree en al menos una “teoría conspiratoria”. El así llamado complotismo es algo más que un fenómeno anecdótico o extravagante. 

Una mayoría, por ejemplo, está convencida de que existe un acuerdo entre el Ministerio de Sanidad y la industria farmacéutica para ocultar el carácter nocivo de las vacunas, que la CIA (Agencia Central de Inteligencia) estuvo implicada en el asesinato de Kennedy o que el virus del SIDA fue creado en un laboratorio. 

Más pintoresco: el 16% de los franceses no se cree que los astronautas estadounidenses pusieran un pie en la luna y hasta un 9% está persuadido de que ¡la tierra es plana!  (...)

¿Qué es, en realidad, el complotismo? Una tentativa de reprimir el azar, de introducir una voluntad en medio del caos, de imponer una regla mental a una niebla cuántica sin patrones ni dirección. Los humanos preferimos un orden malo a un desorden ingobernable; queremos creer que alguien sabe lo que se trae entre manos, aunque sea para perjudicarnos; que alguien piensa en nosotros, aunque sea para matarnos; que –en definitiva– el mundo está bajo control, aunque se trate de un control adverso y tenebroso.  

El complotismo tranquiliza por un doble motivo: porque restablece la idea de un orden premeditado y porque, situándolo fuera de nuestro alcance, nos exime de intervenir. Y por un tercer motivo: en un mundo donde sólo la ingenuidad se considera locura o estupidez, el complotista –que parece saber más que nadie– parece más cuerdo y más inteligente que los demás. Por su propio impulso autoprotector, el complotista se vuelve indefectiblemente fanático y bravucón. Es un nihilista agarrado a un dogma ardiendo.

Ahora bien, ¿qué tiene que ocurrir para que tantos humanos al mismo tiempo depositen su necesidad de orden en los reversos tenebrosos? Dejemos para más tarde la condición misma: el hecho indubitable de que existen las conspiraciones. Lo cierto es que el complotismo no es una consecuencia de la ignorancia o la religión, como lo demuestra el hecho de que millones de franceses laicos que no creen en los ángeles y reivindican los progresos de la ciencia, sucumban al mismo tiempo a delirantes supersticiones informativas. 

Si el complotismo –hemos dicho– responde a la necesidad de localizar un orden deliberado en el caos sin fronteras, su creciente difusión es la consecuencia de un aumento del caos colectivo o de su percepción general. Es decir: creemos tanto más en conjuras extraterrestres cuanto menos claro, menos próximo y menos nuestro nos parece el poder terrestre. 

Es una obviedad. ¿Qué expresa esta epidemia de complotismo que, de peldaño en peldaño, nos lleva a la planitud de la Tierra? Que no confiamos en nuestros gobiernos ni en nuestras instituciones ni en nuestros medios de comunicación.

Hay dos lugares del mundo donde el complotismo ha sido atávico y endémico: uno los Estados Unidos, cuya fundación misma está asociada a una radical desconfianza individualista y teológica frente al Estado; el otro el mundo árabe, donde la saturación imperialista y el control dictatorial de toda expresión política determinó un fatalismo, religioso o laico, cuyo único consuelo era y sigue siendo la delectación paranoica.

 Entre el individualismo teológico y la delectación paranoica, Europa se suma ahora, de manera elocuente, a este complotismo que revela el rápido desplome institucional al tiempo que franquea el camino, a modo de ansiolítico, a los mensajeros destropopulistas de la posverdad y los “hechos alternativos”.

 La victoria de Donald Trump, no lo olvidemos, tiene mucho que ver con la convicción, compartida por millones de ciudadanos, de que el chiflado plutócrata era víctima de un complot por parte de los poderes tradicionales del Estado.

Históricamente el complotismo ha sido de derechas: de la derecha estadounidense y del antisemitismo y el anticomunismo occidentales. Hoy ya no. Tras la derrota de la URSS en la Guerra Fría, su impotencia misma, su aislamiento respecto de la población, su renuncia a alcanzar el poder y su nostalgia de un pasado de certezas ideológicas, ha llevado a la izquierda a buscar reposo en el mal y con fatalismo narcisista: todo en el mundo se organiza, una y otra vez y sin interrupción, contra nosotros. 

Ejemplos elocuentes son las revoluciones árabes y el caso de Siria, donde una parte de la izquierda, a la zaga de la realidad, ha querido ver complots inexistentes contra antiimperialistas también inexistentes.

Queda en pie el hecho de que las conspiraciones realmente existen. En el contexto capitalista, hay sin duda una colusión estructural entre los ministerios de Sanidad y las empresas farmacéuticas, pero es un disparate deducir de ahí que las vacunas son nocivas. Son, junto a la rueda, el amor y la división de poderes, uno de los grandes descubrimientos de la humanidad. 

Lo mismo pasa con la CIA. Su misión es conspirar; lo hace desde 1947 y lo sigue haciendo; pero es un disparate deducir de eso que la CIA está implicada en la muerte de Manolete o que todos los que relativizamos su actual poder somos de la CIA. 

En un marco geopolítico multipolar e interimperialista, con la hegemonía estadounidense muy erosionada, ordenar las tinieblas en torno al imperialismo de Washington significa renunciar a hacer luz sobre todas las otras conspiraciones, promiscuas y enrevesadas, que configuran el “nuevo desorden global”. El complotismo es, por así decirlo, monoteísta; le aterrorizan tanto el desorden como la complejidad. De ahí que en un mundo complejo, en ausencia de gobiernos, instituciones y medios de comunicación creíbles, el complotismo tranquiliza porque garantiza, además de reglas e inacción, simplicidad.

El complotismo, en efecto, es inversamente proporcional al trabajo mental y a la actividad política: se resigna con deleite frente a poderes tan siniestros y poderosos que sólo cabe nombrarlos –pero no pensarlos– y a los que no se puede vencer. El problema de los complotistas es que no complotan: son las víctimas jerárquicamente superiores, esas que, al contrario que el resto de las víctimas, al menos conocen el nombre del mal. Esa es la razón de que el complotismo sea tan apetecible y satisfactorio en tiempos de crisis general.

Pero por eso mismo el complotismo, fruto del desplome institucional, sólo puede curarse mediante la convergencia de los complotistas en una conspiración común: mediante esa conspiración buena que llamamos política, y ello a partir de la conciencia de que, mientras el neoliberalismo conspira contra la sanidad pública, miles de médicas y enfermeras conspiran en su favor; y mientras el mercado y la guerra conspiran contra la enseñanza pública, miles de enseñantes, a veces entre las ruinas, conspiran para salvarla; y mientras la desdemocratización rampante socava la seguridad jurídica del Estado de Derecho, algunos jueces y abogados conspiran para sostener la democracia; y mientras la gran empresa y el Código Penal minan la libertad de expresión y el derecho a la información, miles de periodistas conspiran en su defensa. Vemos que no es suficiente.  

Una institución es una conspiración colectiva; una movilización también. No hay otra alternativa y no vamos ganando; entre otras razones, porque el complotismo es efecto y función de la despolitización inducida por décadas de neoliberalismo. Si no dejamos a un lado las teorías de la conspiración y nos unimos, de un modo u otro, a los conspiradores buenos nunca podremos pensar la complejidad del mundo, reconocer y rechazar las conspiraciones reales y arrinconar el complotismo anecdótico en ese margen de locura y extravagancia, sin efectos políticos, que la humanidad conservará siempre para protegernos del peligro del optimismo; si no disolvemos el complotismo –es decir– en instituciones transparentes y democráticas, millones de complotistas impotentes en todo el mundo, como ya está ocurriendo, pondrán el poder en manos de dirigentes que prometan combatir las “verdaderas” conspiraciones: la del Ministerio de Sanidad, la del Derecho, la de la función pública, la de los inmigrantes y la del islam.

 La historia no se repite, los humanos sí: huimos del azar, unas veces –pocas– hacia la justicia, y otras –las más– hacia el complot y sus placeres sin puertas ni ventanas. El peligro del optimismo es el único que de momento vamos conjurando."                 (Santiago Alba Rico, El cuarto poder, 30/01/18)

25/3/15

Las reglas del juego en los medios: el mensaje emocional a través del infoentretenimiento... osea, con el escándalo

"El sociólogo Manuel Castells tiene claro que en la política contemporánea el poder se consigue y se ejerce a través de la comunicación (...) 

Las reglas del juego en los medios: el mensaje emocional a través del infoentretenimiento

Existe pues una relación inseparable entre la política y los medios. En este sentido, Castells afirma que “las reglas del juego político en los medios de comunicación dependerán de sus modelos de negocio concretos y de su relación con los actores políticos y la audiencia”.

Medios y política se retroalimentan: los políticos necesitan a los medios para trasladar su mensaje a los votantes, como ya se ha dicho. Pero por otro lado, los medios necesitan a los políticos para que les abran las puertas para acceder a una audiencia controlada emocionalmente por ellos, y acceder así a ese segmento y poder desarrollar su negocio en él. 

Esto último es así porque los medios “se dirigen a audiencias específicas, interesadas en confirmar sus opiniones más que en informarse en otras fuentes”, asegura Castells, que en este sentido recuerda que para los medios “no se trata simplemente de conseguir una cuota de audiencia, sino de conseguir la audiencia objetivo. Ésta es la lógica fundamental del modelo de comunicación partidista”.

Dada la necesidad recíproca entre los medios y la política la alianza entre ambos es constante: “La política mediática no se limita a las campañas electorales”, escribe Catells. “Es una dimensión constante y fundamental de la política, practicada por los gobiernos, partidos, líderes y actores sociales no gubernamentales por igual”, es decir, todos los actores que necesitan lanzar constantemente mensajes para existir.

Sin embargo, existe un problema práctico: la política resulta demasiado compleja como para resultar interesante de manera habitual para una gran audiencia y por lo tanto rentable para los medios de comunicación. Por ello el mensaje político debe adecuarse a las necesidades de los medios. 

 Castells explica que “la mayoría de las noticias políticas son ajenas a las preocupaciones de la vida diaria y frecuentemente resultan demasiado complejas para que los ciudadanos las sigan con el interés necesario para procesarlas y mucho menos para recordarlas. 

Sin embargo, cuando las noticias se presentan como infoentretenimiento, lo que incluye su personalización en una figura política concreta de forma que conecte las emociones e intereses del receptor, se procesan más fácilmente y se conservan en la memoria”. 

Infoentretenimiento: Castells afirma que “el denominador común es que lo que resulta atractivo para el público aumenta la audiencia, la influencia, los ingresos y los logros profesionales de los periodistas y presentadores. Si trasladamos esto al ámbito político, significa que la información de más éxito es aquella que maximiza los efectos de entretenimiento que corresponden a la cultura de consumismo de marca que se ha hecho predominante en nuestras sociedades”. 

No se trata de informar a los ciudadanos para que puedan tomar una decisión madura a la hora de elegir a la opción política que mejor se ciñe a sus intereses, sino de confirmar discursos políticos entre una audiencia tipo, y de hacerlo de manera que el espectador se sienta atraído y entretenido. Con ello los medios hacen negocio y los políticos trasladan su mensaje. La alianza se vuelve provechosa para ambas partes a costa de eliminar el debate político.

Para que encaje en el infoentretenimiento, ese mensaje debe ir dirigido a las emociones y no a la razón, ya que, como insiste Castells, “a muchos ciudadanos les puede resultar difícil comprender asuntos políticos complicados mientras que la mayoría confía en su capacidad para juzgar el carácter, lo que es una respuesta emocional al comportamiento de las personas encarnado en las narraciones políticas. Así pues, la política mediática es una política personalizada”. 

El medio más importante sigue siendo la televisión, según Castells: “A pesar de la creciente importancia de Internet, la televisión y la radio siguen siendo la fuente de información de noticias políticas que inspira más confianza. (…) si se ve, debe ser verdad”. 

Y la televisión es también el medio más eficaz ya que, como afirma el sociólogo: “Una audiencia masiva requiere un mensaje simple. El mensaje más simple es una imagen, y la imagen más simple con la que la gente más se identifica es un rostro humano”.

La televisión es, sobre todo, la que hace posible trasladar el mensaje político como un mensaje emocional e influir así en los votantes, porque “su formato atrae al espectador medio por lo que influyen a la hora de establecer la conexión entre las predisposiciones de la gente y su valoración de los asuntos de los que trata la vida política”, escribe Castells.

Infoentretenimiento y crisis de legitimación política

La necesidad de alimentar el infoentretenimiento obliga o facilita adoptar determinadas tácticas en la lucha política. La más destructiva y también la más utilizada es la política del escándalo, de tal manera que para Castells “es inseparable de la política mediática”.
Según el sociólogo el escándalo “es una característica fundamental a la hora de determinar las relaciones de poder y el cambio institucional. (…)

 La política del escándalo es una forma de lucha por el poder más enraizada y típica que el desarrollo ordenado de la competencia política de acuerdo con las leyes del estado”. Es por ello que se sigue utilizando sin cuartel.

Como ya se ha explicado, “la política mediática se organiza alrededor de la personalización de la política”. Por lo tanto, “los mensajes más eficaces son los mensajes negativos y puesto que la difamación es la forma definitiva de negatividad, la destrucción de un líder político (…) es el objetivo último de la política del escándalo”. 

Es decir, mientras el mensaje político se centra fundamentalmente en la personalidad del político y en despertar emociones que deriven en la creación de apoyos, los rivales tratan de contrarrestar ese mensaje atacando con las mismas armas emocionales para restar apoyos.

Los medios de comunicación son fundamentales en este juego. Castells subraya que “una cuestión clave es el papel que desempeñan los medios de comunicación en aumentar el impacto de los escándalos. 

Es cierto que sin medios de comunicación no hay escándalo”. Se trata de un círculo vicioso que se retroalimenta: los medios necesitan entretener a sus audiencias y el mensaje político necesita despertar emociones entre el electorado. Ambas partes se necesitan.

Sin embargo, el uso indiscriminado de esta táctica tiene sus riesgos, ya que “la omnipresente cobertura mediática de un escándalo puede llevar a la ‘banalización de la corrupción’ y a la ´fatiga por los escándalos’ entre la audiencia”. Y se puede jugar con fuego. Castells avisa:

 “Dada la generalización de la política del escándalo, (…), el panorama político se ha transformado en todas partes porque la asociación de los políticos con conductas escandalosas contribuye a la desafección de los ciudadanos hacia las instituciones y la clase política, lo que provoca una crisis mundial de legitimación política”.             (Michael Neudecker  , Ssociólogos, enero 27, 2015)

4/2/13

Hablando de equidad y justicia


  • ¿Cabe examinar las decisiones económicas a la luz de la filosofía moral? Sin duda
  • ¿Sería justo acaso que la generación que pagó el retiro de sus mayores no vea su esfuerzo y solidaridad recompensados cuando llegue el momento?
 "¿Cabe examinar las decisiones económicas a la luz de la filosofía moral? Sin duda. A fin de cuentas, los diferentes conceptos de lo que consideramos justo o injusto iluminan los procesos de toma de decisiones de la economía, al ofrecernos una guía sobre la que decidir la distribución de recursos, el acceso a los mismos, y su uso en el tiempo.

 Este examen es aún más perentorio en el caso de las sociedades democráticas, donde, como ciudadanos y no como súbditos, tomamos en nuestras manos la responsabilidad de decidir cómo organizar nuestra vida social. (...)

John Rawls, en la que probablemente ha sido la interpretación hegemónica de la idea de justicia en los últimos 30 años, formuló su principio de justicia liberal atendiendo a criterios de imparcialidad y neutralidad. La pregunta que se hace Rawls es: ¿cómo repartiríamos una tarta si no supiéramos qué trozo nos va a tocar de la misma?. 

Lamentablemente, esas condiciones de laboratorio se dan en muy pocas ocasiones y lo normal es que los que reparten el pastel saben de antemano qué les va a tocar a ellos, manipulando de esta manera los resultados, generalmente a su favor. Como individuos racionales que son, intentan maximizar sus beneficios. Ya se sabe que el que parte y reparte se queda la mejor parte.

Acemoglu y Robinson, en su libro “Economic Origins of Dictatorship and Democracy profundizaron en el “reparto de la tarta” y llegaron a la conclusión de que en las democracias existe una tensión dialéctica entre las masas y las élites, en la que el reparto de la tarta supone un equilibrio dinámico que evita que la élite se quede con toda la tarta al tiempo que la masa se compromete a no coger el pastel y el cuchillo y rebanar algunos cuellos para solventar el dilema.  (...)

Justificar decisiones de hondo calado económico en condiciones de laboratorio (por qué un profesor que trabaja mucho y es muy bueno tiene que cobrar lo mismo que un profesor que trabaja poco y es muy malo) no deja de ser un ejercicio de barra de bar, que resiste mal las condiciones de una casuística que puede ser ilimitada (por qué hablamos de profesores y no de bomberos o de policías), y que, además, en muchos casos, no se corresponde con la realidad (en la realidad, un profesor universitario con investigación y docencia de calidad gana, en España, más que uno que no las tiene, a través de los sexenios y complementos de investigación, mientras que un policía o un bombero no tiene, ni de lejos, incentivos similares). 

Examinar la justicia en nuestro particular laboratorio de las ideas nos permite, por ejemplo, delimitar nuestro campo de reflexión a nuestro antojo. Hablar de equidad intergeneracional sin tener en cuenta las trayectorias de las generaciones nos lleva a afirmaciones discutibles, como la que cuestiona por qué los más jóvenes deben pagar el retiro de los mayores, sin atender al hecho de que estos mayores fueron jóvenes un día y aquél día también tuvieron que pagar el retiro de sus mayores. 

 ¿Sería justo acaso que la generación que pagó las pensiones de sus mayores no vea su esfuerzo y solidaridad recompensados cuando llegue el momento? Extraer a los sujetos del contexto social nos lleva a considerar injusto, por ejemplo, que un mal estudiante reciba el mismo apoyo público que un buen estudiante, pero la evidencia empírica demuestra que el rendimiento escolar es muy superior en los barrios y distritos más ricos de las ciudades. ¿No sería injusto obviar esas condiciones de partida a la hora de distribuir el gasto público en educación?  (...)

Utilizar el copago farmacéutico porque hay gente que abusa del gasto sanitario, o bajar las prestaciones por desempleo para incentivar la búsqueda de trabajo –en un país con cerca de seis millones de parados- son recursos de mal decisor, que quieren hacernos pasar por justas decisiones que no lo son bajo ningún punto de vista. 

Hay preguntas cómodas e incómodas, pero sobre todo, hay buenas o malas preguntas. El éxito de Europa en relación a otros modelos sociales, se basa en que hemos estructurado nuestros estados sociales sobre los cimientos de los derechos de ciudadanía: universales, indivisibles e inalienables, y no en una u otra concepción sobre los supuestos méritos de cada individuo. 

Si lo que queremos es preguntarnos cómo y de qué manera podemos garantizar una auténtica igualdad de oportunidades, con justicia y equidad, en nuestras sociedades de economía de mercado, mejor que hacernos preguntas de laboratorio sobre lo que es justo o injusto, deberíamos preguntarnos qué funciona y qué no funciona a la hora de promover esa igualdad de oportunidades y el ejercicio de esos derechos.

Y, desde esa pregunta, planteo tres evidencias empíricas, que sólo apunto porque han sido tratadas hasta la saciedad en este mismo blog, por autores mucho más autorizados que quien subscribe estas líneas:

 la primera, que uno de los mejores indicadores de igualdad de oportunidades que tenemos, que es el grado de movilidad social intergeneracional, es directamente proporcional al gasto público que se invierta en garantizarla.

 La segunda, que los sistemas de prestaciones sociales universales, basado en derechos de ciudadanía, son mucho más eficaces en la lucha contra la desigualdad y por la equidad que los sistemas asistenciales.

 La tercera, que desde que se inició la crisis fiscal en 2010, España ha realizado un esfuerzo de recorte en gasto público cercano al 5% de su PIB, al tiempo que la desigualdad económica nos ha situado en la premier league de los países más desiguales del continente, y con un fuerte incremento de la pobreza y la exclusión, sin que nuestro exiguo gasto social (sustancialmente inferior al de la media de la Unión Europea, como ya hemos analizado en este mismo blog) haya sido capaz de corregir mínimamente esa tendencia.

Apelar a la equidad para limitar derechos sociales, considerando “privilegiados” a quienes disfrutan de los mismos, en vez de garantizar su auténtica universalización, es una buena manera de fracturar una sociedad.

 La prueba no es de laboratorio, sino real: hoy España es un país más desigual, con menos oportunidades de movilidad social, con mayores tasas de pobreza y de exclusión. 

Porque cabe preguntarse –¡cómo no!- sí es más o menos justo dedicar el dinero a las pensiones de los mayores o a las escuelas infantiles, pero, como ejercicio previo, deberíamos preguntarnos si es más o menos justo dedicar el dinero público, que podría utilizarse alternativamente para los mayores o para escuelas infantiles, en una consolidación fiscal cuya bondad ya ha sido puesta en duda en demasiadas ocasiones."             ( José Moisés Martín Carretero,  Economía frente a la crisis, 25/01/2013)

30/1/13

Estado social, Estado providencia y Estado del bienestar

"El término “Estado social" tiene varias genealogías. Fue con este nombre que Marcello Caetano [1] intentó rebautizar el Estado Novo [2]. Durante el tránsito del siglo XIX al XX fue la designación utilizada por los socialistas para referirse a la forma política del Estado que acompañaría la transición al socialismo. También es este el nombre que consta en la Constitución portuguesa de 1976. 

En las ciencias sociales, y en función de las filiaciones teóricas, las denominaciones más comunes han sido Estado providencia o Estado del bienestar. Es teniendo en cuenta estas últimas designaciones que hablo del Estado social, un tipo de Estado cuya mejor concreción tuvo lugar en los países europeos más desarrollados después de la Segunda Guerra Mundial. 

El Estado social es el resultado de un compromiso histórico entre las clases trabajadoras y los dueños del capital. Este compromiso fue la respuesta a una dolorosa historia reciente de guerras destructivas, violentas luchas sociales y graves crisis económicas. 

En virtud de este compromiso o pacto, los capitalistas renuncian a parte de su autonomía en cuanto propietarios de los factores de producción (aceptan negociar con los trabajadores temas que antes les pertenecían exclusivamente) y a algunos de sus beneficios a corto plazo (aceptan pagar más impuestos), mientras que los trabajadores renuncian a sus reivindicaciones más radicales de subversión de la economía capitalista (el socialismo y, para lograrlo, la agitación social sin condiciones contra la injusticia de la explotación del hombre por el hombre).

Esta doble renuncia es administrada por el Estado, lo que le confiere cierta autonomía respecto a los contradictorios intereses en juego. El Estado tutela la negociación colectiva entre el capital y el trabajo (el diálogo social) y transforma los recursos financieros que provienen de la tributación del capital privado y de los rendimientos salariales en "capital social", es decir, en una amplia gama de políticas públicas y sociales. 

Las políticas públicas se traducen en un fuerte intervencionismo estatal en la producción de bienes y servicios que aumentan a medio plazo la productividad del trabajo y la rentabilidad del capital (formación profesional, investigación científica, aeropuertos y puertos, carreteras, política industrial y de desarrollo regional, parques industriales, telecomunicaciones, etc.).

Las políticas sociales son políticas públicas derivadas de los derechos económicos y sociales de los trabajadores y de los ciudadanos en general (población activa efectiva, niños, jóvenes, desempleados, ancianos, jubilados, trabajadoras domésticas, productores autónomos). 

Se traducen en inversiones en bienes y servicios consumidos por los ciudadanos gratuitamente o a precios subsidiados: educación, salud, servicios sociales, vivienda, transportes urbanos, actividades culturales, actividades de ocio.

Algunas de las políticas sociales implican transferencias de pagos de diversa naturaleza financiados por contribuciones de los trabajadores o por impuestos en el ámbito de la Seguridad Social (becas, subsidios familiares, renta de inserción social, pensiones, prestaciones por enfermedad y desempleo). 

Las transferencias se producen a través de la solidaridad social institucionalizada por el Estado, de los más ricos a los más pobres, de los empleados a los desempleados, de la generación adulta y activa a las generaciones futuras y a los jubilados, de las personas sanas a las enfermas.

El conjunto de las políticas públicas y sociales tiene una triple función. 

En primer lugar, crea condiciones para el aumento de la productividad que, por su naturaleza o volumen, no pueden ser realizadas por las empresas individuales, abriendo así el camino a la socialización de los costes de la acumulación capitalista, razón por la cual la reducción de los beneficios a corto plazo redundará, a medio plazo, en la expansión de los beneficios. 

En segundo lugar, aumenta los gastos en capital social buscando internamente bienes y servicios mediante inversiones y consumos individuales y colectivos. Y en tercero, garantiza una expectativa de armonía social porque se asienta en la institucionalización (es decir, normalización, desradicalización) de los conflictos entre el capital y el trabajo, y porque proporciona una redistribución de rendimientos a favor de las clases trabajadoras (salarios indirectos) y de la población necesitada, fomentando el crecimiento de las clases medias, creando en todos un interés en el mantenimiento del sistema de relaciones políticas, sociales y económicas que hace posible esa redistribución. 

Como gestor global de este sistema, el Estado asume una gran complejidad porque debe garantizar la articulación estable entre los tres principios de regulación del Estado moderno (proclives a tensiones entre sí): el Estado, el mercado y la comunidad. La estabilidad exige que el Estado tenga cierta primacía sin asfixiar al mercado o a la comunidad. 

Si por un lado el Estado garantiza la consolidación del sistema capitalista, por otro obliga a los principales actores del sistema a alterar su cálculo estratégico: los empresarios son orientados a cambiar el corto plazo por el medio plazo y los trabajadores a cambiar un futuro luminoso, pero muy distante e incierto, por un presente y un futuro próximo con alguna dignidad. 

El Estado social se basa, así, en la idea de compatibilidad (y hasta complementariedad) entre desarrollo económico y protección social, entre acumulación de capital y legitimidad social y política de quien la garantiza; en suma, entre capitalismo y democracia. 

Este modelo de Estado y de capitalismo comenzó a ser atacado desde los años setenta hasta su cúspide en los años noventa por un modelo alternativo, denominado neoliberalismo, que se funda en la sustitución de la primacía del Estado por la del mercado en la regulación social. 

Es un ataque ideológico, aunque disfrazado de una nueva racionalidad económica. Hay muchas razones para la creciente agresividad de este ataque, pero todas tienen en común el ser factores que favorecen la transformación de la ideología en una pretendida racionalidad. 

Veamos algunas de esas razones: el modelo neoliberal está centrado en el predominio del capital financiero (sobre el capital productivo) y para él sólo hay corto plazo; o el medio plazo es, cuando mucho, algunos minutos más; con el tiempo, los trabajadores y sus aliados transformaron la opción socialista, incierta y distante, en una opción olvidada, y pasaron a aceptar como victorias pérdidas menores, que solo son menores porque van siendo seguidas por otras mayores; el trabajo asalariado se alteró profundamente y se transformó en un recurso global, sin que se haya creado un mercado globalmente regulado de trabajo; el “compromiso histórico” gestionado por el Estado nacional se transforma en un anacronismo cuando el propio Estado pasa a ser administrado por el capital global. 

El Estado social portugués nació en un contraciclo, tras la revolución del 25 de abril de 1974. En parte por eso nunca pasó de ser un Estado muy poco ambicioso (en comparación con otros Estados europeos), un semi-Estado providencia, como lo designé en los años 1990, y nunca dejó de depender de una fuerte sociedad-providencia. Sin embargo, incluso así, fue esencial en la creación y consolidación de la democracia portuguesa de la Tercera República.

Este es el sentido de su consagración constitucional. Y porque entre nosotros la democracia y el Estado social nacieron juntos, no es posible asegurar la sobrevivencia de uno sin el otro."       (Boaventura de Sousa Santos, Carta Maior, Rebelión, 24/01/2013)

2/7/12

Programas audaces para una izquierda radical... bajo tres ideas centrales: (i) la socialización de la propiedad de los monopolios, (ii) la des-financialización del manejo de la economía, (iii) des-globalización de las relaciones internacionales

"Programas audaces para una izquierda radical
Voy a organizar los siguientes planteamientos bajo tres ideas centrales: (i) la socialización de la propiedad de los monopolios, (ii) la des-financialización del manejo de la economía, (iii) des-globalización de las relaciones internacionales.
(1)  Socialización de la propiedad de los monopolios
 La abolición de la propiedad privada de los monopolios debe tener lugar a través de su nacionalización. Este primer paso legal es inevitable. Pero la audacia implica en este punto ir más allá de este paso legal para proponerse la socialización de la gestión de los monopolios nacionalizados y la promoción de las luchas sociales democráticas articuladas en este proceso.
Daré un ejemplo concreto que podría incluirse en estos planes de socialización.
Tanto los propietarios de tierra 'capitalistas' (aquellos de los países desarrollados) como los propietarios 'campesinos' (mayormente del Sur) son prisioneros tanto de los monopolios que proveen inputs[1] y créditos, como de los que dependen del proceso de transporte y comercialización de sus productos. 

Pero ninguno de los dos grupos tiene autonomía real en la toma de decisiones. A esto se suma que la productividad alcanzada es apropiada por los monopolios que reducen a los productores al status de "subcontratistas". Frente a esto, ¿cuál es la alternativa posible?
Los monopolios deberían ser substituidos por instituciones públicas que trabajen dentro de un marco legal como parte de su forma de gobernar. Estas instituciones deberían ser constituidas por representantes de: (i) campesinos (los principales interesados), (ii) unidades ascendentes (manufactura de inputs, bancos) y descendentes (industria alimentaria, cadenas comerciales), (iii) consumidores, (iv) autoridades locales comprometidas con el medio ambiente y la sociedad (escuelas, hospitales, planificación urbana, vivienda, transporte), (v) el Estado (los ciudadanos). 

Estos representantes deberían ser seleccionados de acuerdo a procedimientos correspondientes a su propia manera de gestión social, como por ejemplo unidades de producción de inputs gestionadas por consejos de administración conformados por trabajadores directamente empleados por las unidades concernientes así como por quienes están empleados por unidades de subcontrato.

 Estas estructuras deberían estar diseñadas de tal manera que asocien la gestión del personal con cada uno de estos niveles, así como con centros de investigación que busquen una investigación independiente, y tecnología apropiada. Podríamos hasta concebir una representación de los proveedores de capital ("pequeños accionistas") heredados de la nacionalización, si es que lo consideramos útil.
Estamos hablando por tanto de aproximaciones institucionales que son más complejas que las reformas de autogestión o cooperativas conocidas hasta el momento. Es necesario inventar los caminos de este proceso de tal manera que promuevan el ejercicio de una democracia verdadera en el manejo de la economía, ejercicio basado en negociaciones abiertas entre todos las partes interesadas. 

Se requiere una formula que vincule sistemáticamente la democratización de la sociedad con el progreso social, en contraste con la realidad del capitalismo que disocia la democracia, reduciéndola al manejo formal de la política, con las condiciones sociales abandonadas al "mercado" dominado por lo que produce el monopolio del capital. Ahí y solo ahí podremos hablar de una verdadera transparencia de los mercados, cuando estos sean regulados bajo formas institucionalizadas de gestión socializada. (...)

(2)  De-financialización: un mundo sin Wall Street
 La nacionalización/ socialización de los monopolios debería abolir el principio de "valor de las acciones" impuesto por la estrategia de acumulación al servicio de la renta monopólica. El objetivo es esencial para cualquier agenda que quiera escapar del anquilosamiento bajo el cual nos tiene enfangados el actual manejo de la economía.

 La implementación de un proceso de nacionalización trastoca la financialización del manejo de la economía. Pero ¿estaríamos regresando a la famosa "eutanasia de la renta" acuñada por Keynes en su época? No necesariamente, y desde luego no completamente. Se puede fomentar el ahorro, pero bajo la condición de que su origen (ahorros de los trabajadores, negocios, comunidades) y las condiciones de las ganancias, sean bien definidas.   (...)

La nacionalización en el sentido más clásico se refiere únicamente a la substitución de consejos de administración conformados por accionistas privados por otros definidos por el Estado. Esto permitiría en principio, la implementación de políticas de crédito formuladas desde el Estado, lo cual no es poco. Pero no es suficiente si consideramos que la socialización requiere de la participación de accionistas sociales relevantes en la gestión del banco. 

Aquí la gestión de los bancos por sus propios trabajadores no sería lo más apropiado. El personal afectado debe ser incorporado en las decisiones sobre sus propias condiciones laborales, pero poco más, debido a que no le corresponde determinar las políticas de crédito que deben ser implementadas.
 Si los consejos de administración deben lidiar con el conflicto de intereses entre quienes proveen préstamos (los bancos) y aquellos que los reciben (las "empresas"), la fórmula para la composición de los consejos de administración debe ser diseñada tomando en cuenta cuáles son estas empresas y que es lo que necesitan.  (...)

Este es un argumento fuerte que justifica la reconstrucción de la especialización bancaria en función de los requerimientos de los beneficiarios de los créditos, así como de su propia función económica (provisión de liquidez a corto plazo, contribuir a la financiación de inversiones en el mediano y largo plazo). 

Deberíamos entonces por ejemplo, crear un " banco agrícola" (o un conjunto coordinado de bancos agrícolas) entre cuya clientela se incluyan no solo pequeños propietarios de tierra y campesinos sino también a todos los involucrados en las diferentes entidades de la agricultura descritas arriba. 

El consejo de administración del banco podría incorporar por un lado a los “bancarios" (personal del banco, los que han sido reclutados por el consejo de administración) y otros clientes (pequeños propietarios de tierra o campesinos, y otras entidades.
Podemos imaginar también otros tipos de sistemas articulados de bancos, adecuados para diferentes sectores industriales, en donde los consejos de administración podrían incluir clientes industriales, así como centros de investigación, tecnología y servicios, para asegurar el control del impacto ecológico de la industria, y de esta manera garantizar el mínimo riesgo (reconociendo claro está que ninguna acción humana está completamente libre de riesgos), y vincularlo a un debate transparente y democrático.
La des-financialización de la gestión económica requiere asimismo de dos tipos de legislación. La primera referente a la autoridad de un Estado soberano para prohibir que fondos especulativos (fondos de cobertura) operen en su propio territorio. La segunda es la referida a los fondos de pensiones, los cuales se han convertido actualmente en los mayores operadores en la financialización del sistema económico.

Estos fondos fueron designados, en Estados Unidos en primer lugar por supuesto, para transferir a los trabajadores los riesgos normalmente asumidos por el capital, y que constituyen las razones a las que se suele apelar para justificar la remuneración del capital! Esto constituye un arreglo escandaloso, en clara contradicción incluso con la defensa ideológica del capitalismo! Pero esta "invención" es un instrumento ideal para las estrategias de acumulación dominadas por los monopolios.
La abolición de los fondos de pensiones es necesaria para el beneficio de sistemas redistributivos de pensiones, los cuales por su propia naturaleza, requieren de un debate democrático para determinar las cantidades y periodos de contribución así como la relación entre las cantidades de las pensiones y los pagos. En una democracia que respeta derechos sociales, los sistemas de pensiones son universalmente accesibles para todos los trabajadores.
Todas las medidas de de-financialización sugeridas aquí nos llevan a una conclusión obvia: Un mundo sin Wall Street, tomando prestado el título de un libro de François Morin, es posible y deseable. (...)

Des-financialización no significa en cualquier caso la abolición de la política macroeconómica y en particular la gestión macro del crédito. Por el contrario, restaura su eficiencia al liberándola de la subyugación a estrategias que buscan la maximización de las rentas de los monopolios. (...)

(3)  En el nivel internacional: desconexión
 En este punto voy a utilizar el término “desconexión” que propuse hace medio siglo, un concepto que el discurso contemporáneo aparentemente ha sustituido por el sinónimo "des-globalización". Nunca he conceptualizado desconexión como una forma autárquica de refugio, sino como un cambio estratégico de cara tanto a las fuerzas internas como externas en respuesta a los requerimientos inevitables del desarrollo autodeterminado.

La desconexión promueve la reconstrucción de una globalización basada en la negociación, en vez de una subordinación a los intereses exclusivos de los monopolios imperialistas. La desconexión hace también posible la reducción de las desigualdades internacionales.  (...)

El imperialismo, bajo la forma adoptó hasta justo después de la Segunda Guerra Mundial, generó un fuerte contraste entre centros imperialistas industrializados y periferias dominadas donde la industria fue prohibida. Las victorias de los movimientos de liberación nacional iniciaron el proceso de industrialización de las periferias, mediante la implementación de políticas de desconexión necesarias para alcanzar el desarrollo endógeno.

 Asociadas con reformas sociales, que para aquellos tiempos eran reformas radicales, estas desconexiones crearon las condiciones para un eventual "surgimiento" de los países que más lejos habían llegado en esa dirección – obviamente con China a la cabeza de este bloque de países.
 Pero el imperialismo del actual momento histórico, el imperialismo de la Triada, está forzado a renegociar y "ajustarse” a las condiciones de este nuevo momento, y por lo tanto a reconstruirse bajo nuevas bases, basadas en "ventajas" mediante las cuales se busca mantener el privilegio de la exclusividad que he clasificado en cinco categorías. Estas se refieren al control de:
· tecnología
· acceso a recursos naturales del planeta
· integración global de los sistemas monetarios y financieros
· sistemas de comunicación e información
· armas de destrucción masiva.
Actualmente, la principal forma de desconexión es aquella definida precisamente por estos cinco privilegios del imperialismo contemporáneo. Los países emergentes están destinados a la desconexión de estos cinco privilegios, con distintos grados de control y auto determinación.   (...)

El conflicto entre los poderes imperialistas de la Triada y los países emergentes ya es visible, y se espera que empeore. Si quieren avanzar, las sociedades de los países emergentes se verán forzadas a avanzar hacia modelos de desarrollo autosuficientes mediante planes nacionales y a través del fortalecimiento de la cooperación Sur-Sur.
La audacia, en estas circunstancias, incluye un compromiso vigoroso y coherente hasta el final, que vincule las medidas requeridas de desconexión con los avances deseados en el progreso social.
El objetivo de esta radicalización implica: la democratización de la sociedad; el consecuente progreso social asociado; y la toma de posiciones antiimperialistas. Un compromiso en esta dirección es posible, no solo para las sociedades de los países emergentes, sino también para los "abandonados" o los “invisibilizados” del Sur global. 

Estos países han sido recolonizados a través de los programas de ajuste estructural de los 1980s. Sus pueblos están actualmente movilizados, y o bien han alcanzado algunas victorias (en América del Sur) o no lo han logrado todavía (en el mundo árabe).
 Audacia significa que la izquierda radical de estas sociedades debe tener el coraje necesario para medir los retos que afronta y apoyar la continuación y radicalización de las necesarias luchas actualmente en marcha.
La desconexión del Sur prepara el camino para la deconstrucción del propio sistema imperialista. (...)

Pero cuidado: es una ilusión esperar que a este sistema le sustituya “otro mundo monetario y otro sistema financiero" que sea más equilibrado y favorable para el desarrollo de las periferias. (...)

La misma cuestión de la desconexión es igualmente importante para Europa, que es una especie de sub escenario de globalización dominado por monopolios. El proyecto europeo fue diseñado desde afuera y construido sistemáticamente para desposeer a la gente de su capacidad para ejercer su poder democrático. 

La Unión Europea fue establecida como un protectorado de los monopolios. Con la implosión de la zona euro, la subordinación a la ganancia de los monopolios ha significado la abolición de la democracia, que ha sido reducida al estatus de farsa y que adopta formas extremas, concentrándose solo en la pregunta: cómo el “mercado" (o sea los monopolios) y las “agencias de calificación de riesgos” (es decir, de nuevo los monopolios) reaccionan? Actualmente ese es el único asunto planteado. Ya no es un tema a ser considerado el cómo la gente reacciona.  (...)

Está claro que ni aquí ni allí existe una alternativa a la audacia: es necesario "desobedecer" las reglas impuestas por la "Constitución Europea" y el ficticio Banco Central Europeo. En otras palabras, no existe otra alternativa que deconstruir las instituciones europeas y la zona euro. Este es el pre requisito insoslayable para la eventual reconstrucción de "otra Europa" de pueblos y naciones.   

En conclusión: Audacia, más audacia, siempre audacia.
En definitiva esto es lo que quiero decir con audacia:
  • (i) Para la izquierda radical de las sociedades de la Triada imperialista, la necesidad de un compromiso para construir un bloque social anti monopólico. 
  • (ii) Para la izquierda radical de las sociedades de la periferia, el compromiso de construir un bloque social alternativo anti-comprador.
 El capitalismo es ya un sistema obsoleto, su continuidad solo puede llevarnos a la barbarie. No es posible otro capitalismo. La posibilidad de un choque de civilizaciones es, como siempre, incierto. O la izquierda radical triunfa mediante la audacia de sus propias iniciativas para elaborar avances revolucionarios, o la contra revolución ganará. (...)

Audacia es lo que hace falta para provocar el otoño del capitalismo, otoño que será anunciado por la implosión del propio sistema y por el nacimiento de una auténtica primavera de los pueblos, una primavera posible."                        ('Audacia, más audacia' de Samir Amin, ALAI, América Latina en Movimiento, 2011-12-13)