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15/2/22

La nostalgia de Hilarión... él nunca le ha contado a su familia que renta un espacio en un sótano de una casa en donde viven quince indocumentados más

 "Como tantos inmigrantes, él nunca le ha contado a su familia que renta un espacio en un sótano de una casa en donde viven quince indocumentados más.

Salió del segundo turno a las tres de la tarde, ha trabajado de 5 a 10 de la mañana en una mueblería cortando madera y de 11 de la mañana a las 3 de la tarde el segundo turno, limpiando oficinas.  En su camino para el tercer turno donde trabaja de ayudante de mesero en un restaurante libanés se detiene en un supermercado mexicano para enviar su remesa semanal a su familia en San Sebastián, Retalhuleu, Guatemala, es domingo en donde vive todos los días de la semana los trabaja por igual.  

Una enorme fila lo espera en el supermercado, siempre hay gente enviando remesas a cualquier hora cualquier día de la semana, siempre está el volumen del radio a todo lo que da con música mexicana, huele a carne frita, a pocos pasos hay otra fila esperando comprar los tacos de carne de coche que son la especialidad de la casa. Ve apiladas las cajas de aguacate maduro que se irán en un santiamén, es lo que más compra la gente los fines de semana  y los  tamales en bolsa que venden maleteados, también maleteadas venden las hojas de nopal, cosa que nunca deja de asombrarlo pues en Guatemala no se comen, las vio una vez que fue a Zacapa, enormes plantas de cactus que nadie tocaba y resulta que en donde está los mexicanos los compran como quien compra un rimero de tortillas o una bolsa de pan, parecieran el conqué y no un acompañamiento en el plato de comida.

Al principio, de recién llegado a Hilarión le llamaba la atención que la gente ponía remesas, recargaba tarjetas de teléfono en sus países de origen, cambiaban sus cheques y dejaban hasta el último centavo entre el supermercado y la licorería de al lado, nunca imaginó que pasarían tantos años y que él haría una rutina tan similar a la de esas personas que vio cuando recién llegó a ese lugar donde neva en   la época en la que los árboles de mango están a todo lo que dan en su pueblo natal.

Hilarión emigró cuando recién cumplió 17 años, con tres hijos por mantener dejó a su esposa y a los niños en casa de sus suegros y prometió regresar en dos años, si le iba bien y llevar dinero para comenzar un negocio, han pasado 25 años desde entonces, le falta por graduar de la universidad al último de sus hijos y al último de sus hermanos, no piensa regresarse hasta que lo logre.  En Guatemala trabajaba en las fincas de caña de azúcar, si le revisaran el cuerpo todavía le encontrarían  en la piel las tunas de la caña que como espinas se entierran hasta lo más profundo, en esas fincas se pasó la infancia y la adolescencia trabajando con sus papás y sus tíos, durmiendo en galeras y comiendo una vez al día, ganando  sólo para el pasaje de ida y vuelta a su pueblo,  no sabe leer ni escribir porque la escuela nunca fue una opción para la pobreza de su familia, tenía que ayudar a sus papás en la crianza de sus hermanos pequeños.  Se ha dado cuenta que en la fila esperando para enviar sus remesas hay tantos como él, a cargo de papás, abuelos, hermanos pequeños e hijos, cuando conversa con ellos resultan con historias similares, no importa de qué lugar de Latinoamérica lleguen, ahí hay hasta bisnietos de los braceros.

Hilarión se enteró de la existencia de los braceros cuando un día hace varios años se fue a tomar unas cervezas con un joven después de que ambos enviaron sus remesas, su bisabuelo había sido bracero. No era el único con una carga familiar en la espalda, era la mayoría de migrantes indocumentados, por eso es que no se regresaban en dos años como pensaron al principio. Como él también cargan fotos de los hijos y en sus teléfonos celulares, no los vieron crecer, pero lograron criarlos con el envío de remesas. Y también conoció en el transcurso de los años a tantos que nunca han contado a sus familias en sus países de origen cómo viven realmente en Estados Unidos, él nunca le ha contado a su familia que renta un espacio en un sótano de una casa en donde viven quince indocumentados más.

Hilarión sale del supermercado, ese día no ha estado tan frío, el sol se ha dejado ver por momentos y las temperaturas no son tan deprimentes y desesperantes, respira el aire fresco que por un segundo le llevó el aroma del corozo y de los mangos tiernos de los árboles en su natal San Sebastián, se pregunta mientras conduce hacia su tercer trabajo si los otros migrantes también extrañarán como él cuando el sol se asoma entre el cielo plomizo el invierno estadounidense. "                ( Ilka Oliva Corado , Rebelión, 15/02/2022)

2/12/20

Cuando «Queremos acoger» va en serio... Un vecino de Torroella de Montgrí ha convertido su casa en un centro de acogida de inmigrantes, lejos de toda ayuda oficial

 "(...) A veces hay personas que hacen recuperar la fe en la humanidad, como este vecino de Torroella de Montgrí, que ha acogido en su casa más de 40 inmigrantes, la mayoría ilegales, sin hacer preguntas y sin pedir nada a cambio, sólo por el simple placer de ayudar a los necesitados. O quizá porque tiene siempre presente lo que dice al despedirse: «De este mundo no nos llevaremos nada más que nuestras obras».

La gente del pueblo, de Torroella de Montgrí, que lo conocen, le advierten que poner desconocidos dentro de casa es un riesgo, que cualquier día se llevará un susto, que no sabe qué intenciones llevan, en fin, todo lo que se suele advertir. Su respuesta es tan sencilla que desarma cualquier:

-¿Verdad que ellos tampoco me conocen  MÍ y entran en mi casa? Pues estamos igual, el mismo riesgo es para ellos que para mí.

 Y continúa acogiendo. Nunca ha sido tan cierta la frase «mi casa es su casa» como puesta en labios de Josep Riera, nacido en Torroella de Montgrí hace 77 años, en la misma casa que donde vive ahora, que ya fue de sus padres y de sus abuelos.

Es muy fácil poner en las fachadas pancartas con el «Queremos acoger», pero muy difícil es llevar este deseo a la realidad. José lo hace.

 Su historia es sencilla: si sabe de algún inmigrante que no tiene donde vivir, le abre las puertas de su casa. Así de fácil. Así de complicado. Para la modesta casa de una vieja calle del núcleo de Torroella, han pasado ya más de cuarenta inmigrantes que no tenían donde caerse muertos, que no tenían nada para comer, nadie que les diera una palabra de ánimo. La casa Josep Riera han encontrado todo esto. El periodista quiere respuestas, y para conseguirlas, debe hacer preguntas.

-José, ¿por qué lo hace esto?

-Me gusta servir. Si no sirves, de qué sirves?

 A pregunta tonta, respuesta sencilla.

Mientras nos sentamos en la mesa, entra ahora un inmigrante con una bicicleta, después uno con una cesta, tienen su propia clave, José les saluda con una sonrisa. Me cuenta que no tienen hora de llegada, son totalmente libres, como si entran a las tres de la mañana.

José ha trabajado en el campo, la construcción, en un almacén de madera, la brigada municipal, en un taller de artes gráficas ... No se ha casado nunca, la única familia que le queda es un sobrino.

-Pero habrá conocido chicas, alguna le habrá gustado alguna vez.

-Sí, pero siempre he tenido claro que me quiero dedicar al servicio a los demás, y una mujer ... Algo te hace distraer de lo otro- reflexiona con una sonrisa foteta.

 Su vocación de servicio lo llevó a ser voluntario de Cáritas durante más de treinta años. Cuando Cáritas dejó de ser parroquial y comenzó a recibir subvenciones, lo dejó. «Si recibes subvenciones, ya no estás haciendo caridad», afirma. Así que la comenzó a ejercer por su cuenta.

Todo comenzó ayudando a un inmigrante marroquí que sufría esquizofrenia y otras enfermedades. Tanto lo cuidó José, que el chico murió en sus manos. Un compañero del chico, Mohamed, quedó tan marcado de lo que le vio hacer a Josep, tan impresionado que un desconocido ofreciera a un extranjero enfermo todo lo que tenía, que años después, todavía le repite a José, con quien conserva la amistad: «Desde que te conocí, si veo un pobre ya no me quedo indiferente».

 Pero vayamos por partes: en los años 80 en Torroella de Montgrí había 4 o 5 familias necesitadas, todo el mundo las conocía y, más o menos, iban saliendo con la ayuda de unos y otros. Poco después comenzaron a llegar los primeros inmigrantes -marroquíes, en esta parte del Empordà-, los agricultores necesitaban mano de obra y no les faltaba el trabajo.

 Con el tiempo, vinieron también subsaharianos, la mayoría ilegales, y ya no había trabajo para todos. Muchos se encontraron en un país extranjero, sin papeles y sin maneras de ganarse la vida. En José les abrió la puerta de casa.

Primero, un par de marroquíes. Después se añadió un gambiano. Primeros conflictos: José explica que tuvo que poner freno a episodios de racismo.

 Lo que comenzó como una ayuda puntual, derivó en toda una casa de acogida. Josep Riera hizo obras en la casa para acondicionar como habitaciones, cámaras que tenía inutilizadas, compró camas, trabajó -una vez más- para desconocidos sin esperar nada a cambio. El resultado son habitaciones pequeñas y poco lujosas, por supuesto, pero habitaciones dignas para hombres que no tenían nada.

Pero como siempre ocurre, la autoridad y la burocracia suelen ser enemigas de la solidaridad, por más que de puertas afuera se llenan la boca con esa palabra. Aquellos hombres vivían ilegalmente en casa de José, es decir, en Torroella, es decir, en Cataluña.

Con la misma sonrisa de bonachón que poco antes me ha dicho que no me preocupe si se le enfría la comida -Me he presentado en su casa a las tres de la tarde-, admite todas las trampas que hizo.

-Para que lograran los papeles de residencia, los hacía contratos ficticios de trabajo, papeles falsos de servicio doméstico ...

 Y con ello, se presentaba en el Ayuntamiento de Torroella para empadronarlos. Los funcionarios no siempre veían con buenos ojos lo que llevaba en José entre manos, y se resistían a hacerlo porque no tenían domicilio fijo.

-Es obligatorio empadronarse? - preguntaba entonces en José.

-SI- respondía el funcionario.

-Y tener domicilio, es obligatorio por ley?

-Err ... no.

-Pues por eso mismo, ya los puede empadronarse aunque no tengan domicilio.

Al final se salía con la suya. En José tiene pinta de salirse siempre con su gracias a su mirada inocente.

 «No los quiero aburridos»

Y hasta hoy. Los que pueden, le dan poco más de 100 euros al mes, por la habitación. Los que no pueden, ya podrán algún día. O puede que no. De los ocho que viven en casa de José actualmente, cinco no pagan nada. Comparten la comida, cada uno aporta lo que puede, y la cocina. Antes el mismo José cocinaba para todos, pero la artrosis, la maldita artrosis que no le permite trabajar el huerto de la parte trasera - «esto sí que lo echo de menos» -, la aconseja tomarse las cosas con más calma. Siempre quedan los ratos de charla alrededor de la mesa.

-Una vez tuve dos muy aburridos. Yo quiero gente alegre, no me gusta la gente triste!

Un guineano empieza a hacerse la comida detrás nuestro, otro sale de su habitación, se despide de José y marcha. Volverá cuando quiera, aquí no hay normas.

-Alguna vez habrá tenido problemas, José.

-Sólo de vez en cuando alguno abusa de mi paciencia.

Hace un par de días, uno de los inquilinos vino asustado, a las tres de la mañana, después de un incidente. No había comido nada. José se levantó de la cama y le hizo cena.

-José, ¿por qué hace, esto?

-Mira, de este mundo sólo nos llevaremos nuestras obras. Yo soy creyente, y por lo tanto creo que todos somos hermanos. Si no te comportas como un creyente, todo ello de rezar y de misa son tonterías."             
    (Albert Soler, Diari de Girona, 28/11/20)

23/1/17

“Cuando veo a un chico andando por la carretera, me siento obligado a detenerme, no tengo otra elección”

 Cédric Herrou, en su casa de de Breil-sur-Roya

"Mi inacción y mi silencio me harían cómplice”. Con estas palabras,  Cédric Herrou, 37 años, trató de justificarse el pasado 4 de enero en Niza durante la sesión de apertura de uno de los juicios más mediáticos en Francia en estas primeras semanas de 2017. 

Este modesto productor de aceite de oliva y huevos de gallina está acusado de haber permitido la llegada a territorio francés de 200 inmigrantes sin permiso de entrada. También le imputan haber abierto un campamento de acogida de refugiados en un edificio abandonado de la SNCF (la compañía ferroviaria estatal francesa). 

Unas acciones que, según la legislación actual, pueden suponerle hasta cinco años de prisión y 30.000 euros de multa. La petición del fiscal se limita, sin embargo, a ocho meses de prisión condicional. Unas acciones que lo han convertido asimismo en una figura emblemática de la Francia más solidaria con los refugiados.
“Cuando veo a un chico andando por la carretera, me siento obligado a detenerme, no tengo otra elección”, explica Herrou para justificar su comportamiento. 

“No soy ningún militante, lo único que busco son soluciones a los problemas que me encuentro delante de casa”, añade este joven campesino que siempre lleva puestas sus gafas de culo de vaso y una boina negra. Afincado en una casita blanca en medio de una colina en las afueras de la localidad de Breil-sur-Roya, a siete kilómetros de la frontera entre Francia e Italia, Herrou ha sido testigo durante este último año de la conversión del valle del río Roya en una zona de paso casi obligada para los refugiados.

 Desde junio de 2015, la policía francesa controla las zonas fronterizas en la carretera y los trenes, donde los inmigrantes sin papeles son detenidos sistemáticamente y reenviados a territorio italiano. Unos controles que se acentuaron después del ataque terrorista del 14 de julio en Niza.

 Más de 36.000 inmigrantes fueron detenidos en la frontera francoitaliana durante el año pasado, según la prefectura de los Alpes-Marítimos. Por este motivo, los centenares de extranjeros que se encuentran bloqueados en la ciudad italiana de Ventimiglia suelen andar de noche siguiendo la vía del tren en medio de las montañas escarpadas de los Alpes. Y una de las primeras casas que divisan en territorio francés es la de Cédric Herrou.

 “Desde el pasado mes de mayo, se han alojado varios centenares de inmigrantes en mi casa. Hemos llegado a ser un máximo de sesenta”, asegura Herrou. Aunque decidió irse a vivir al campo en 2004 porque quería “estar solo y tener una vida tranquila”, su hogar se ha convertido en un lugar de referencia para los refugiados que llegan al Valle del Roya.

 “Primero llegaba un grupo de inmigrantes y unos meses después venían sus hermanos y hermanas”, afirma este campesino que ha instalado tres caravanas y cuatro tiendas de campaña en su jardín, al lado de un campo de olivos. Asimismo, numerosos voluntarios vienen de otras regiones de Francia para alojarse en su casa y ayudarlo en su actividad humanitaria.

Además de darles cobijo, Herrou ofrece comida y da medicinas a los refugiados. “Al principio los campesinos de la zona me ayudaron aportándome comida y a partir del mes de agosto nos organizamos mediante la asociación Roya Citoyenne”, explica. 

Apoyada por unos 300 vecinos de la zona, y compuesta por 100 miembros activos, este grupo se ocupa ahora de obtener la comida, la ropa y los medicamentos. Buena parte de los miembros de este colectivo ha alojado a inmigrantes en sus casas y muchos de ellos les han ayudado a cruzar la frontera.

“Habré transportado a varios centenares de refugiados desde Ventimiglia hasta el territorio francés”, afirma Herrou. Incluso adquirió una furgoneta de nueve plazas que le permitía llevar a un mayor número de personas.

 Aunque el hecho de ayudar a un solicitante de asilo a cruzar la frontera es considerado un delito por la legislación francesa, él no se arrepiente de ello: “El gobierno francés no es consciente de las consecuencias de haber cerrado las fronteras. Muchos de los refugiados llegan cansados y heridos al Valle del Roya”. En 2016, cinco personas murieron mientras intentaban alcanzar el territorio francés.

El 11 de agosto Herrou fue detenido por primera vez por la policía francesa, cuando llevaba de camino a su casa a un grupo de ocho eritreos, entre los que había tres mujeres y dos niños de cinco años, a los que había recogido en Ventimiglia. El fiscal de Niza prefirió no imputarle y lo declaró inocente por “inmunidad humanitaria”. Pero la reivindicación de sus acciones en un artículo del New York Times, publicado a finales de septiembre, fue vista como una provocación por las autoridades locales.

Entonces, el presidente de la región Provence-Alpes-Côte d’Azur, el ultraconservador y sarkozista confeso Christian Estrosi, se puso en contacto con el Ministerio de Justicia para pedir explicaciones sobre su no imputación. A partir de finales de septiembre la policía empezó a investigar su actividad. “Creían que yo era el jefe de una amplia red organizada de militantes franceses e italianos que se encargaba de transportar a inmigrantes”, asegura Herrou.

Esta investigación culminó el 20 de octubre cuando la policía fronteriza viajó expresamente desde Niza para detenerle. El pretexto que utilizaron fue la ocupación de una antigua residencia de vacaciones de la SNCF en Saint-Dalmas-de-Tende, donde el 17 de octubre habían instalado a una cincuentena de refugiados —la mitad de ellos eran menores.

 “Decidimos crear este centro de acogida para alertar a los poderes públicos de la situación de los menores que son reenviados a la frontera italiana y de todos los refugiados que se encuentran en el Valle del Roya y que no pueden pedir asilo en Francia”, reconoce Herrou. (...)

“Cédric Herrou se ha convertido en un grano de arena en el interior de la máquina política, ya que se ha declarado públicamente en contra de la negación de los derechos de los refugiados”, añade Dumont. Gracias a su tarea humanitaria, Herrou fue elegido como ciudadano del año en la Costa Azul por los lectores del diario regional Nice-Matin. 

 Una elección significativa teniendo en cuenta el carácter profundamente conservador de esta región, donde el Frente Nacional obtuvo el 38% de los votos en la segunda vuelta de las elecciones regionales de 2015.

Tras la designación de Herrou como ciudadano del año, el presidente del departamento de los Alpes-Marítimos, Éric Ciotti, publicó un artículo en Nice-Matin en el que criticaba rotundamente esta decisión. 

“Herrou no tiene otro objetivo que el de provocar y desafiar a la autoridad del Estado”, afirmó este político de centro-derecha, que se opone de forma obstinada a la inmigración. Éste calificó asimismo de “delincuentes” y de representar una amenaza para los menores al “puñado de activistas que organiza el pasaje clandestino de extranjeros en la frontera francoitaliana”.

Junto con Herrou, otras once personas se han visto involucradas durante estos últimos meses en procesos judiciales por haber transportado a inmigrantes. Por ejemplo, el profesor universitario Pierre-Alain Mannoni, al que detuvieron mientras transportaba a tres mujeres eritreas y que fue declarado inocente el pasado 6 de enero. 

A pesar de esta sentencia, el fiscal mantiene su petición de ocho meses de prisión condicional para Herrou. “Las autoridades quieren dar un mensaje de atención a todos aquellos ciudadanos que pretendan actuar de forma solidaria con los refugiados”, explica la abogada Mireille Damiano, miembro del sindicato de abogados de Francia. La sentencia del juicio será pronunciada el próximo 10 de febrero. "                      (Enric Bonet, CTXT, 18/01/17)

22/9/14

El 'síndrome de Ulises', el estrés crónico del inmigrante

"(...) El psiquiatra Joseba Achotegui, secretario de la Sección de Psiquiatría Transcultural de la Asociación Mundial de Psiquiatría, ha centrado sus estudios en los efectos psicológicos que supone para millones de migrantes en todo el mundo dejar todo atrás y comenzar de nuevo en otro lugar. 

 Una perspectiva emocional, defiende, que pretende evitar la "deshumanización" hacia la que se encamina el fenómeno migratorio y que ha enmarcado el congreso ‘Emigrar en condiciones extremas y Salud mental', celebrado este jueves en la Universidad de Comillas de Madrid en colaboración con diferentes fundaciones y entidades, entre ellas la del diario Público. (...)

Una de estas secuelas psicológicas, ubicada en el estrecho margen entre la salud y la enfermedad, es lo que, con cierto simbolismo, Achotegui ha denominado síndrome de Ulises. Una variante extrema del duelo ya habitual por el que pasan los inmigrantes (familia, seres queridos, lengua, entorno, etc.) y que viene dado por la soledad forzada, la ruptura con el instinto de apego, la lucha incesante por la supervivencia y la falta de oportunidades, y el terror provocado ante el peligro que ha supuesto para esa persona llegar a su destino.

El resultado, aunque no supone un trastorno mental, sí implica para quienes lo padecen episodios de estrés intenso y crónico, sumado a otros síntomas como la depresión o fuertes y frecuentes dolores de cabeza que el psiquiatra ha definido como "in-migrañas".
"Este tipo de consecuencias psicológicas no están bien atendidas por el sistema de salud porque, o bien se banaliza por parte de los profesionales, o bien se trata con componentes farmacológicos", dice Achotegui. (...)

Pero el síndrome de Ulises no es puntual. La repetición de estos síntomas en los inmigrantes ha permitido al equipo de psiquiatras poder construir incluso un perfil de quienes son más propensos a sufrirlo. Se trata, en la mayoría de casos, de hombres y mujeres (no hay diferencias de género) de origen subsahariano o latinoamericano, de entre 30 y 45 años, que lleva entre 1 y 2 años en España y que suele ser el hijo mayor de un núcleo familiar.

"No es un enfermedad, ni un trastorno mental, pero existe el riesgo de que derive en alcoholismo o drogadicción", advierte el profesional. (...)"             (Público, 18/09/2014)

27/6/14

Emigrantes españoles: “nuestros padres se quedaron españoles", o "con el culo entre dos sillas"



Retrocedamos 50 años y caminemos por el Mercado de las Pulgas y Rue de Haute, en el centro de Bruselas, a menos de un kilómetro de la Grand Place. Es 1964 y el sonido ambiente de esa foto en blanco y negro es en castellano porque estamos en el “barrio más antiguo de Bruselas, donde llegaron los españoles a partir de los años 40”. 

Lo explica Isabel, una belga que hizo el camino inverso a los protagonistas de este reportaje. (...)

Los hijos, nietos e incluso bisnietos de esos pioneros, como la pequeña Laia, hija de Raquel Becerril, belga de nacimiento pero española de pasaporte, cuyos abuelos llegaron al despuntar los 60 a Bélgica, se han difuminado por los barrios y localidades belgas. (...)

Hubo españoles que escogieron o se vieron forzados a viajar a los vecinos europeos, a Francia, Luxemburgo o Bélgica. José Eloy fue uno de ellos. Tras permanecer en 1939 en el campo de concentración de Argelès, acabó en la década de los 40 en Le Havre, Normandía, donde fundó una familia que mantiene vínculos con el país del ancestro. Su nieto, Nicolás Albert, vive en París pero habla perfectamente castellano. (...9

El historiador de la Universidad Libre de Bruselas, Ismael Rodríguez Barrio, explica que entre 1945 y 1956 los trabajadores españoles en el país eran pocos. Pero, “entre 1956 y 1965, tiene lugar el reclutamiento oficial para las minas.

  En 1962, los permisos de trabajo se otorgan no sólo para las minas, sino también para otros sectores diferentes como las canteras, la metalurgia o el trabajo doméstico”. Empieza la gran explosión migratoria al país gracias a la firma del Acuerdo Hispano-Belga de Emigración el 28 de noviembre de 1956.

 Los españoles fueron parte de la carne de cañón de la bataille du carbón, la batalla del carbón, que libró Bélgica tras la Segunda Guerra Mundial para incrementar a pasos agigantados su producción y, así, atender la reconstrucción del país. “Mi abuelo trabajó en la mina y nunca se quejó. Trabajó y se adaptó, porque antes había empleo a punta pala”, dice Maximino. 

Hablamos de trabajadores con contratos de cinco años. “Eras legal, legítimamente, venías con papeles, puestos de trabajo, menos casa traías todo”, explica Facundo Hernández, que llegó a Bruselas en 1968. Pero sí, a muchos incluso se les daba alojamiento, como al padre de Matilde López, la madre de Raquel.

El desarrollo económico fomenta la emigración masiva a Bélgica, un país que ha pasado desapercibido en favor de destinos más populares como Suiza o Alemania. Pero Bélgica acogió a más de 100.000 españoles que entraron a trabajar con contrato también en la metalurgia, la industria pesada, la construcción y, ellas, las mujeres, en el servicio doméstico. 

En cuanto podían se traían a su familia. Así fue como llegaron también Inocencio Becerril y su mujer, Matilde, cuando eran niños.

El Instituto Español de Emigración (IEE) cifró en un millón de personas la emigración que entre 1959 y 1973 salió a Europa, el 70% de todos los españoles que en un breve periodo de 15 años partieron con destino al extranjero. El acuerdo entre España y Bélgica fue el primero de una serie de tratados similares con Alemania, Suiza, Holanda o Francia. 

Crearon, como recoge el libro Mineros, sirvientas y militantes de la historiadora Ana Fernández Asperilla, un éxodo hacia las sociedades centroeuropeas, porque la investigadora suma las cifras de irregulares y sus cálculos ascienden a dos millones.

 Emigrantes españoles con destino a Holanda en los años 50 (por la ropa, me parecen de los 60)

 Las leyes y organismos creados regularizaron un fenómeno que en los 50 era clandestino o irregular. Así ocurrió en Suiza, adonde llegan españoles desde finales de esa década y no será hasta 1961 cuando el IEE tome las riendas paulatinamente. 

Según sus cifras, más de 650.000 personas se desplazaron a trabajar entre 1964 y 1971 con un contrato anual, que podía renovarse cada año, o uno como temporeros por ocho meses. Alemania, por su parte, recibió entre el 62 y el 77 a más de 350.000 trabajadores españoles, aunque las autoridades germanas elevan la cifra a un millón de personas al incluir a quienes no formaban parte de esta 'emigración asistida'.  (...)

Hasta el ducado centroeuropeo llegó Facundo antes de pasar por Bélgica, un 15 de diciembre de 1964. Aunque en su caso fue sin los 'papeles' pactados por el franquismo, su hermano sí los obtuvo para salir “en una expedición de emigrantes del Instituto de Emigración con la que pasó a Francia y luego ya a Luxemburgo”.

 La reagrupación familiar no sólo se daba entre padres e hijos. En la localidad de acogida esperaba una extensa comunidad de españoles para engañar al subconsciente con la falsa ilusión de una segunda patria.

En Bruselas, los entrevistados hablan de más de 500 personas reunidas cada noche del 31 de diciembre en el Centro García Lorca. En las costas de Normandía, para nada un paradigma de la emigración económica, Nicolás Albert bucea en la memoria de su padre y explica cómo “las familias españolas pasaban todos los domingos juntas. Allí mi abuelo José Eloy conoció a mi abuela y fundaron una familia”.

 Inocencio y Matilde se conocieron en la boda de un familiar, una celebración entre españoles, y reconocen que en su juventud salían con parejas similares a cenar. Aun así, enseguida aclaran que “nuestros padres se quedaron españoles, nosotros no somos españoles, tenemos un fondo pero no la misma mentalidad”. 

 Raquel vive entre esas dos aguas y explica que de pequeña, junto a su prima, en el colegio flamenco les llamaban "las españolas". De adolescente, su pandilla de amigos estaba integrada por bastantes españoles que disfrutaban de su tiempo de ocio en Saint-Gilles, el barrio donde 40 años antes habían desembarcado los emigrantes pioneros.

La Doctora en Sociología y experta en migraciones de la Universidad de A Coruña, Laura Oso, habla de otras emigrantes laborales, unas auténticas pioneras. Las mujeres que en los 60 protagonizaron hacia Francia su primera salida al exterior sin una tutela masculina, para trabajar como empleadas del hogar o porteras.

 "Tienen un proceso de migración circular, viven entre los dos países e incluso entre ellas tienen una expresión que es con 'el culo entre dos sillas'”. Con ella pretendían explicar cómo en Francia eran españolas pero en España las consideraban francesas. 

De madre belga, padre griego y belga de nacimiento, Isabel vive una realidad similar “porque crecí allí (en España), mis padres se fueron cuando tenía tres años, estudié y no volví a Bélgica hasta los 14 años. Me siento belga pero tengo un problema de identidad, tengo una educación muy española”.

Bruno Tur, en su trabajo Estereotipos y representaciones sobre la inmigración española en Francia, afirma “que partieron solas para emplearse en el servicio doméstico en París” y romper así con la imagen otorgada por el franquismo, como amas de casa y argamasa familiar 'intramuros' y con la presión colectiva que sólo veía peligros para ellas y un Rubicón de madurez para ellos. 

 El investigador del Centre de Recheches Ibériques et Ibéro Américaines de la Université de París, señala que los peligros eran “caer en una red de prostitución o ser engañadas por un hombre” además de entrar en “contacto con la sociedad francesa, que supuestamente pervertía a las jóvenes y las alejaba de la moralidad sana”.

En 1968, Francia albergaba en torno a 600.000 españoles y casi un 50%, 284.000 concretamente, eran mujeres. El reagrupamiento familiar de los emigrados durante los años 50 y la llegada de estas mujeres pioneras, que dieron pie al mito de 'Conchita' en Francia, según explica la Profesora Titular de la Universidad de A Coruña, explican esta igualdad de ambos géneros al otro lado de los Pirineos. 

Y “aunque la comunidad era cerrada, incluso con matrimonios de hijos españoles” dice Oso, su descendencia tuvo una integración socioeconómica buena, con estudios medio-altos y bastante movilidad intergeneracional.


El mito del retorno está presente desde los primeros emigrados hasta sus descendientes, de forma simbólica o como voluntad manifiesta de regresar a la tierra de los ancestros. Desde Nicolás, que aprendió el castellano porque su abuelo exiliado le hablaba en ese idioma, o Inocencio y Matilde que debían hablarlo nada más entrar en casa aunque sus padres les dijeran que en las calles bruselenses lo hicieran en francés, hasta la de los emigrados que tras varios años en el destino, ahorran y pueden volver.

“Los españoles antiguos, los de la generación de mis padres, aquí no se quedan”, afirma Maximino sobre la presencia en Bélgica de los primeros emigrantes. Sucedería en varias etapas, pero normalmente al finalizar sus contratos laborales regresaban con unas mejores condiciones económicas a España. 

“Mis padres ahorraron un poco y sólo pasaron 15 años en Bélgica”, reconoce Inocencio, para ejemplificar un proceso difícil de cuantificar pero que ocurre.

Sin embargo, él ya no lo hará entre otros motivos porque prefiere la sanidad belga y, aunque resulte paradójico, también la comida en este país. Habla de las diferentes culturas gastronómicas que hay Bruselas, un mestizaje de sabores que afirma no encontrar en España. 

Un símbolo de que ya está plenamente integrado. Palabras que seguro chocarían a Maximino que, ante la pregunta de por qué quiere regresar cuando ya ha nacido en Bélgica, se asombra y responde taxativamente “mi sangre es española. Si un día me jubilo, si llego, volvería a España”.

El mito del retorno está presente en las mayores y en los jóvenes como las tortugas y los elefantes, según la doctora en sociología. Los descendientes serían las primeras porque regresan a donde se ha nacido, al lugar de su familia. Los elefantes serían los emigrados de los 50 y 60, que de mayores vuelven para morir."       ( , El Confidencial,

15/10/13

"Los inmigrantes sufren depresión y estrés al chocar con muros sociales"

"Francisco Collazos dice que su trabajo consiste en "medicalizar la pobreza". (...)

Cada día atiende a decenas de inmigrantes con cuadros de ansiedad y depresión provocados por sus dificultades económicas y sus escasas perspectivas de futuro. El mejor medicamento para ello es, según el doctor, la integración social, (...)

¿Qué es lo que cuentan más a menudo los inmigrantes cuando llegan al psiquiatra?

En general son personas que llegan con un cuadro ansioso-depresivo relacionado con problemas graves, problemas como una orden de desahucio, falta de permiso de trabajo, falta de permiso para reagrupar a sus familias o situaciones de explotación laboral odiosas.
¿Cuentan con apoyos, al menos afectivos? 

Lo que más me encuentro es la fragilidad de la red de apoyo. El apoyo del núcleo familiar suele ser mucho más reducido, incluso la red de amigos, donde, más o menos, suele haber códigos de cierta lealtad, como entre los paquistaníes.
¿Cuál sería una respuesta eficaz?

Un médico no tiene recursos para hacer frente a todos los problemas que escucha, que son sociales. Si fuera omnipotente, mi respuesta debería ser facilitarles los papeles, un trabajo o la reagrupación familiar. Mientras no se resuelva todo eso, la persona vive inmersa en un grado de incertidumbre que genera mucho dolor psíquico y este dolor es inevitable en estas condiciones de vida. Al final, medicamos la pobreza.

 ¿Qué le cuentan sobre la decisión de emigrar?

Uno necesita un sentido. Por ejemplo, poder ayudar a las familias del país de origen hace que uno no se sienta afectado psíquicamente por sentirse en minoría o por notar que la gente lo mira de una cierta manera. Vive en España, pero no vive aquí de forma afectiva, sus motivaciones vitales se relacionan con la familia de su país. 

Muchos se enfrentan luego a una especie de fracaso vital, porque llega un momento en que no existe nada que les vincule con nada, son los invisibles de nuestra sociedad, para empezar, por causas económicas. Y si aquí no encuentran nada, se van, como una hoja que se la lleva el viento. 

Eso supone mucho dolor mental, no es sano. Y huelga decir que el sistema mismo empuja a las personas cada vez más a este tipo de enfermedades mentales. Cuando pregunto a mis pacientes si quieren volver a su país, la mayoría me dice que no.

¿Por qué?

Algunos me hablan de la falta de futuro, del hecho de que uno no puede hacer nada con su vida en su país. Ahora en España se habla de la generación sin futuro, pero existen lugares en el mundo donde la falta de futuro ha sido la normalidad para miles de personas desde siempre. 

Y en España muchas veces tampoco tienen nada o a nadie.

Sí, y es cuando les explico que su "enfermedad" tiene mucho que ver con su situación económica y si regresaran, su "enfermedad" mejoraría. Además, existe un segundo condicionante muy claro: si el inmigrante está fracasando en su decisión de traerse aquí a la familia, eso se vive como un fracaso vital. Cuando llaman a sus familias no cuentan lo que les pasa de verdad, porque desde allí cuesta entender lo que significa pasarlo mal aquí. 

¿Puede comprenderse la desesperación de alguien que llega en patera? 

Existe un tipo de pobreza que uno de aquí sólo puede imaginarla, la vemos desde fuera, pero no sabemos cómo se vive por dentro. Países con una situación de inmovilismo económico y social. Y la sensación de falta de futuro no se puede juzgar o comprender si uno no vive en una sociedad donde eso sea un estado habitual. 

Aquí, el escaparate brillante está tan cerca que la persona piensa: "Algo me tocará a mí también". Pero incluso entre los inmigrantes que no vivieron este tipo de experiencias, existe también mucha desilusión.

 Cuanto más altas son las aspiraciones, más dolorosas son las caídas mentales que las personas sufren y este caso se da sobre todo entre los inmigrantes con estudios superiores que, al llegar a España, vivieron una decepción en el ámbito profesional o personal. 

Los muros en Europa no han caído...

No, en absoluto, están presentes, sólo que los muros de hoy en día no son visibles. Además de los muros legales, los inmigrantes que quieren ser uno más de la nueva sociedad, igual que un autóctono, y disfrutar de las mismas garantías que ofrece la sociedad a partir del principio de igualdad, son los que más estrés y depresión padecen porque se encuentran con los muros sociales. 

Existen las puertas invisibles de la sociedad española, que son las que resultan más difíciles de abrir. Como te llames Mamadou, tú no vas a ocupar este puesto, por muy preparado que estés. Y eso está estudiado. La gente que hace este intento de traspasar los muros sociales vive un nivel de estrés inmenso. Es una paradoja. Claro, todo el mundo dice: ¿Qué quieres que hagan los inmigrantes? 

"Que se integren", es la respuesta común. 

Sí, pero para que uno se integre, las puertas de tu casa se deben abrir de verdad. Y en España no se las hemos abierto. Por razones obvias, por miedo, para empezar. La única sociedad que puede hacer una apuesta decidida será una sociedad que no tenga miedo al otro, que no tenga miedo a los paquistaníes, a los rumanos, a los africanos, sino que hable de ciudadanos iguales, con acceso al trabajo y a los recursos.

Entonces algunos dirán que los recursos son limitados...

Entonces, si no les damos acceso a lo básico, como formación, vivienda y trabajo, no podemos decir que queremos que sean parte de nuestra sociedad. Por ejemplo, en España, relacionamos a la persona con sus orígenes, aunque creemos que no somos racistas. Entonces reconozcamos que en España fomentamos dos sociedades paralelas."              (Público, 03/10/2013)

9/7/13

“Nos hemos acostumbrado al sufrimiento de los otros, no nos toca, no nos interesa”

"El Papa decidió hacer el primer viaje de su pontificado a un lugar no de placer, ni siquiera de tradicional evangelización, sino a una isla que se ha transformado en el símbolo del Holocausto de los inmigrantes en el Mediterráneo y donde Francisco, hijo él mismo de inmigrantes italianos, creyó que era necesario pedir perdón por la indiferencia de los hombres. 

Desde esa isla, Lampedusa, criticó poderosamente la “globalización de la indiferencia”, que ha llevado a los hombres del mundo de hoy a no sentirse responsables, entre otras cosas, de la muerte de los inmigrantes en el mar. El Papa centró su mensaje al mundo, apuntando al corazón de las relaciones humanas de hoy en la sociedad capitalista.

 “La cultura del bienestar nos lleva a pensar sólo en nosotros, nos hace insensibles a los gritos de los otros. Nos hace vivir en pompas de jabón, que son bellas, pero no son nada, son la ilusión de lo superficial, de lo provisorio que lleva la indiferencia hacia los otros, a la globalización de la indiferencia (...). 

Nos hemos acostumbrado al sufrimiento de los otros, no nos toca, no nos interesa”, dijo, en lo que muchos han catalogado como uno de los más fuertes y claros mensajes de Francisco desde que fue elegido Pontífice el pasado mes de marzo.   (...)

En los últimos quince años, se calcula que unos 20 mil inmigrantes murieron en el Mediterráneo, varios de ellos en los últimos meses. Por eso el Papa, apenas aterrizó en la isla, se embarcó en una pequeña nave de la Guardia Costera italiana –que ayer mismo había salvado a unos 160 inmigrantes a la deriva– para tirar al mar una corona de crisantemos blancos y amarillos en memoria de esos muertos olvidados y rezar una oración. 

Más tarde, con el arzobispo de la región, Franco Montenegro, concelebró una misa en un campo deportivo a la que asistieron unos 10 mil lugareños e inmigrantes. Ahí dijo: “Muchos de nosotros, y yo me incluyo, estamos desorientados (...). Y cuando esa desorientación asume una dimensión mundial, se llega a una tragedia como ésta a la que hemos asistido (...). 

Te pedimos perdón, Señor, por aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que conducen a estos dramas”. “Que esto no se repita más, por favor”, agregó el papa Francisco.

Los inmigrantes son abandonados en el mar, a veces agarrados a pedazos de madera, o a las redes para la cría del atún, o amontonados en lanchas pesqueras que los traficantes de seres humanos abandonan en medio del mar, o nadando cuando pueden, si los empujan de las barcazas.

 Para poder ser embarcados en esas condiciones, pero con la promesa de llegar a Europa, se han dejado superexplotar durante meses en países del norte de Africa. Así pagan varios miles de euros a los traficantes, que los tratan sin piedad, para poder llegar a la “tierra prometida” de la que Italia, ellos piensan, es sólo el primer escalón. La mayoría de los que escapan son jóvenes. 

Pero no sólo hombres, también hay mujeres –a veces, hasta embarazadas– y niños. Por eso el Papa ayer, en el Muelle Favaloro de Lampedusa, donde fue recibido con una gran cartel que decía “Bienvenido entre los últimos” –usando la misma palabra que Francisco usa en sus homilías– saludó a unos 150 de ellos dándoles la mano.

 Y dirigiéndose a los musulmanes, que ayer empezaban su mes de ayuno religioso llamado Ramadán, el Papa les dijo: “A los queridos inmigrantes musulmanes que hoy empiezan el Ramadán, les deseo abundantes frutos espirituales. La Iglesia se siente cercana en la búsqueda de una vida más digna para ustedes y sus familias”.

“Hemos escapado de nuestro país por dos motivos: político y económico. Para llegar a este lugar tranquilo hemos superado muchos obstáculos, hemos sufrido muchísimo”, dijo un inmigrante que tuvo que interrumpir varias veces su mensaje por la emoción al hablar en el Muelle Favaloro. También pidió ayuda para los inmigrantes a los países europeos y le entregó una carta a Francisco. 

Alojados generalmente en los llamados Centros de Recibimiento luego de ser rescatados en el mar, los africanos sufren horrores porque esos centros no siempre funcionan como debieran y por eso han recibido durísimas críticas de parte de organismos de derechos humanos internacionales.

Del Muelle Favaloro, en un jeep descapotado y saludando a medio mundo y besando a cuanto niño le acercaban, como suele hacer en la Plaza de San Pedro en el Vaticano, el Papa se dirigió al campo deportivo Arena, en la localidad de Salina, para concelebrar la misa con el arzobispo Montenegro. 

Porque el Papa, según la prensa italiana, evitó expresamente que los cardenales lo acompañaran, lo mismo que exponentes del mundo político, para también evitar, es de imaginar, que sacaran algún rédito político a costa suya. “Cuando hace algunas semanas recibí la noticia (N. de la R.: de los inmigrantes muertos en el mar), el tema me volvía repetidamente a la cabeza, como una espina en el corazón que hace sufrir. 

Por eso he sentido el deber de venir hoy y rezar; y cumplir un gesto de acercamiento, también para despertar nuestras conciencias, para que lo ocurrido no se repita”, dijo el Papa en la homilía. “¿Quién es el responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas? –preguntó además Francisco–. ¡Nadie! Todos nosotros respondemos así: ‘No soy yo, yo no tengo nada que ver, serán otros (...)’. 

Hoy nadie se siente responsable, hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna”, enfatizó el Papa. Y a los habitantes de Lampedusa les dijo: “Ustedes son una comunidad pequeña, pero son un ejemplo de solidaridad. Gracias. Que Lampedusa sea un faro para todo el mundo, porque tiene el coraje de recibir a los que buscan una vida mejor”. En la misa, Francisco había utilizado un bastón pastoral y un cáliz realizado con madera de una barca de inmigrantes, labrados por un artesano de la isla."           (Elena Llorente, Página 12, Rebelión, 09/07/2013)

15/1/10

¿Quién cuida a los hijos de los emigrantes que nos cuidan?

"¿Qué se esconde en realidad detrás de la etiqueta de inmigrantes ilegales? (...)

La ilegalidad provoca que estos ciudadanos nómadas sean objeto de chantaje y de explotación. No tienen ningún tipo de derecho, pero sus actividades y prestaciones son funcionalmente indispensables, por supuesto para la propia supervivencia y la de sus familiares que viven al otro lado de la frontera, pero también, ante todo, para la supervivencia de las sociedades del bienestar occidentales y de los países emergentes. Podemos y tenemos que indignarnos moralmente ante la situación desesperada de unas personas que lo único que quieren es hacer bien su trabajo para alimentar a sus familias y que, la mayoría de las veces, están obligados a vivir de manera hiperconformista en los países de Europa, porque a menudo han tenido que pasar desapercibidos durante décadas.

Pero esto no es lo más grave. Lo más grave de todo es que la arrogante humanidad de Occidente lleva en sí la ausencia de humanidad en el trato a los ilegales. Los ilegales son simplemente "necesarios para el sistema", como la gran banca o los tribunales que los condenan. Nos engañamos a nosotros mismos con la categoría de ilegales: no podemos olvidar que la criminalización de estas personas oculta el hecho de que no podemos renunciar a sus prestaciones funcionales.

El Gobierno de Berlusconi ha coronado la criminalización de los ilegales amenazando con multar a aquél o a aquellos que sepan de la existencia de inmigrantes ilegales si éstos no los denuncian a las autoridades. Hannah Arendt habló de los "apátridas", que adoptan el estatuto de los "proscritos" medievales en el mundo moderno.

Pero lo que ella no pudo prever es que el capitalismo moderno y la jerarquía global de la división del trabajo entre países ricos y pobres iba a restaurar un "mercado de trabajo de los desterrados" (la ilegalidad como explotación), incluso dentro de los Estados de derecho occidentales, y a institucionalizar este mercado por encima de las fronteras nacionales.

Ésta es una categoría de política interior mundial que rige tanto en el macrocosmos como en el microcosmos, es decir, en las familias o en los espacios de la felicidad íntima y de las promesas de igualdad. El compromiso de emancipación en los matrimonios con dos salarios que aspiran a la igualdad se sostiene implícitamente gracias a esta ilegalidad organizada: en el trabajo silencioso de sans-papiers, undocumented workers, clandestini e inmigrantes ilegales de las regiones pobres del mundo. También podríamos llamarlos "fuerzas pacificadoras" en la lucha de géneros.

¿Y quién cuida en sus países pobres de origen a los hijos, ancianos y enfermos de esas madres que hacen posible la tregua en la lucha de los géneros ("paz" sería demasiado decir) al ejercer de desterradas en nuestras sociedades? ("ULRICH BECK: ¿Qué hay detrás de los 'sin papeles'?. el País, opinión, 04/01/2010, p. 23)