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11/1/19

Las unidades reales de migración no fueron (y no son) ni individuos ni familias, sino grupos de personas unidas por parentesco y por experiencia de trabajo... Una vez que las redes transnacionales están establecidas, las personas empiezan a trasladarse por una variedad de razones muy diferentes a las de aquellos que iniciaron la salida: para reunirse con la familia, para atender a enfermos, para obtener educación, o incluso porque se vuelve “la conducta de moda” entre jóvenes de ambos sexos en comunidades expulsoras... los orígenes de los flujos inmigrantes contemporáneos no representan una “invasión silenciosa” de masas empobrecidas provenientes de los países menos desarrollados, sino que han sido iniciados y puestos en curso por gobiernos y actores económicos poderosos de los propios países receptores...

"La visión popular y periodística de los actuales desplazamientos de población desde países menos desarrollados a ciudades del mundo avanzado es que éstos ocurren como escape al hambre y la necesidad, como un éxodo en busca de oportunidades. 

Hay mucha verdad en tal análisis porque, como arriba señalo, los migrantes siempre se han trasladado hacia la metrópolis en pos de la libertad y del progreso económico. Sin embargo, por lo menos en el mundo moderno, la historia es aún más complicada. 

Si los orígenes de la migración contemporánea estuvieran exclusivamente arraigados en la necesidad desesperada, el flujo debería originarse en las regiones y países más pobres y dirigirse hacia las áreas de mayor riqueza de las naciones desarrolladas, pero no sucede así.

 Un vistazo rápido a la evidencia empírica revela que los países africanos y asiáticos más pobres —como Sierra Leona, Burkina Faso, Myanmar o Indonesia— no están bien representados entre las principales fuentes de migrantes internacionales hacia Estados Unidos; de manera semejante, países latinoamericanos pobres, como Bolivia, Honduras o Paraguay, envían un número insignificante de migrantes a Francia, Alemania y el Reino Unido (Massey et al., 1998; Portes y Rumbaut, 1996; U.S. Immigration and Naturalization Service, 1998, y Weil, 1999). 
En cambio, las principales fuentes de inmigración contemporánea hacia Estados Unidos se originan en México, Filipinas, Cuba, Taiwán y Vietnam. Los principales contribuyentes de flujos de migración hacia Francia son Argelia, Marruecos, Túnez y, en menor grado, los países de la África francófona. 
La India, Pakistán y las Indias Occidentales Británicas estan bien representadas en las colonias de inmigrantes de Londres y Manchester, y Turquía tiene el lugar de honor entre las principales fuentes de población extranjera de Alemania. En cada caso, estos desplazamientos reflejan una historia de anteriores relaciones económicas y políticas entre naciones expulsoras y receptoras. 
Algunas veces estas relaciones están marcadas por la proximidad física, pero más comúnmente se originan en intervenciones y ocupaciones coloniales o semicoloniales de los países más débiles (expulsores) por los más fuertes (receptores) (Portes, 1981; Sassen, 1988; Bade, 1995, y Seifert, 1998). 

En el caso norteamericano, Cuba y las Filipinas estuvieron ocupadas durante largos periodos por fuerzas militares de Estados Unidos como consecuencia de la guerra entre España y ese país; México perdió la mitad de su territorio ante el ejército estadunidense y sufrió la ocupación de su capital; Taiwán surgió y sobrevivió como país independiente gracias a la protección estadunidense, y Vietnam fue blanco de una prolongada intervención militar por ese país para evitar una ocupación comunista. 
Los lazos coloniales a largo plazo definen los orígenes de las principales corrientes migratorias hacia Francia y Gran Bretaña. Turquía nunca fue una colonia alemana, pero aun en este caso hay una historia de relaciones clientelistas y de colaboración geopolítica que datan por lo menos de la Primera Guerra Mundial. 
Estas relaciones históricas establecieron firmes lazos políticos y económicos entre las naciones y transformaron parcial o totalmente el orden social de la colonia o país dependiente, familiarizando a grandes sectores de su población con el idioma, cultura y oportunidades económicas de la nación más fuerte (Massey et al., 1998, y Portes, 1990).
Así, los principales flujos de migración contemporáneos no siguen una lógica económica absoluta, sino que están normados por lazos históricos de hegemonía y por el desequilibrio estructural de sociedades periféricas sujetas a la influencia de naciones más poderosas. Esta influencia se manifiesta hoy en fenómenos novedosos, tales como la difusión masiva del estilo de vida y modos de consumo de Norteamérica y Europa occidental en países menos desarrollados. 
Sus poblaciones son atraídas por relucientes promesas de prosperidad, mientras que carecen de los medios para obtener acceso a ellas en sus propias sociedades (Alba, 1978; Sassen, 1988, y Grasmuck y Pessar, 1991). Estas nuevas formas de desequilibrio cultural de las sociedades más débiles, desde luego, han incrementado y diversificado las fuentes de migración internacional más allá de las áreas de influencia colonial o semicolonial originales.
 
Eventualmente, las relaciones de colonialismo y dependencia entre naciones siguen un modelo clientelista en el que el poder dominante no sólo encuentra más fácil contratar trabajadores dentro de su esfera de influencia, sino que también adquiere ciertas obligaciones hacia las poblaciones dependientes. Es por eso que cuando acontecen desastres políticos o económicos en un área geopolítica particular, el flujo subsecuente de refugiados normalmente se dirige y es aceptado por el Estado-nación hegemónico. 
Por ejemplo, el fin del coloniaje argelino activó corrientes diversificadas de refugiados hacia Francia; el triunfo comunista en Cuba causó un fenómeno semejante hacia el sur de la Florida, y su derrota en el sur de Vietnam obligó al gobierno estadunidense a recibir a sus vencidos aliados del sudeste asiático (Zolberg y Suhrke, 1986; Eckstein, 1994; Rumbaut, 1990, y Bach y Gordon, 1984). Incluso, el pequeño Portugal ha sido obligado a enfrentarse con las incómodas consecuencias de las guerras civiles en su antiguo imperio colonial (Sole, 1995).
 
Estos acontecimientos históricos estructuraron los desplazamientos demográficos contemporáneos, pero no los explican completamente. Dentro de los mismos países expulsores, algunas comunidades producen grandes cantidades de migrantes y otras apenas si son afectadas por el proceso. En las clases trabajadora y media baja, algunas familias optan por desarraigarse en busca de mejores oportunidades en el extranjero, mientras que otras se quedan en sus lugares de origen. 
Una vez más, las decisiones individuales no se toman aisladamente sino que están insertas en un contexto social que hace viables y concebibles algunas opciones y no otras. Entre las fuerzas que moldean este contexto inmediato de la migración externa, dos son especialmente importantes:
 
Primero, la contratación deliberada de trabajadores representa un mecanismo importante para activar tendencias establecidas por pasadas relaciones de colonialismo y semicolonialismo. El reclutamiento deliberado de mano de obra ha conducido a migraciones transcontinentales, por lo menos, desde principios del siglo XIX, y continúa hasta el momento de diversa manera (Piore, 1979, y Portes y Bach, 1985).
 
El reclutamiento de trabajadores ha moldeado los orígenes y destinos de muchos flujos migratorios y les ha dado suficiente impulso para hacerlos autosustentables. El reclutamiento inició los flujos transatlánticos desde Irlanda, seguida por Italia en el siglo XIX, y fue el motivo de la migración campesina proveniente del interior de México hacia el medio oeste y suroestecde Estados Unidos. 
Muchas compañías enviaron agentes pagados cuyoobjetivo fue informar a grupos “preparados” por anteriores procesos históricos de penetración y desequilibrio estructural acerca de las nuevas oportunidades disponibles en Estados Unidos. 
Las acciones de estos reclutadores determinaron cuáles comunidades emisoras encabezarían el flujo y cuáles se quedarían atrás; también establecieron la dirección del movimiento, arreglando de antemano su destino (Piore, 1979; Lebergott, 1964, y Barrera, 1980). Aún en nuestros días, pequeñas comunidades puertorriqueñas pueblan las ciudades desindustrializadas de Pensilvania, Ohio e Illinois. 
Tales fueron los puntos de arribo original de los flujos de trabajadores agrícolas contratados para laborar en la industria pesada en periodos anteriores. Incluso, hay una comunidad puertorriqueña en Hawai, la cual es el resultado del esfuerzo de un propietario de plantación del siglo XIX al enfrentar la escasez de mano de obra en la industria azucarera (Portes y Grosfoguel, 1994).
 
Podría agregar más ejemplos, pero llevarían a la misma conclusión. El reclutamiento de trabajadores no es ciertamente el único factor que determina movimientos de población internacionales, pero ha sido significativa al formar lo que pueden llamarse las “microestructuras” de la migración; esto es, los esquemas perceptuales que hacen dicho traslado viable para algunos individuos y familias, pero no para otros.
 
Segundo, una vez iniciados, los flujos inmigrantes fácilmente se autoperpetúan a causa del funcionamiento de otro par de fuerzas: a) los desequilibrios sociales y económicos entre sociedades fuertes y débiles y b) el fortalecimiento de las redes sociales. 
La primera fuerza apoya el deseo potencial de marcharse de amplios segmentos de la población del país expulsor; la segunda activa ese potencial de manera continua. 
La migración internacional es, sobre todo, un mecanismo constructor de redes. Una vez iniciada por el reclutamiento de trabajadores u otros fenómenos activadores, el movimiento crea una red de lazos sociales a larga distancia. 
El crecimiento de tales lazos hace que la decisión para trasladarse sea cada vez menos costosa, ya que reduce la incertidumbre y los peligros del viaje para los migrantes más recientes.
 
La relación entre redes sociales y migración ha sido un leitmotif de las literaturas histórica y sociológica acerca del tema: desde el estudio de los lazos sociales entre migrantes portugueses que se dirigían a Toronto (Anderson, 1974) hasta los modelos contemporáneos de la migración mediada por redes de comunidades rurales mexicanas construidos por Massey (1987) y sus colegas. Tilly (1990) ha llegado a declarar que “las unidades reales de migración no fueron (y no son) ni individuos ni familias, sino grupos de personas unidas por parentesco y por experiencia de trabajo” (p. 84). 
La aportación práctica fundamental de las redes sociales no sólo es que bajan los costos de la migración, sino que pueden sostener el proceso, incluso cuando los incentivos originales desaparecen o son debilitados en gran medida. 
Una vez que las redes transnacionales están establecidas, las personas empiezan a trasladarse por una variedad de razones muy diferentes a las de aquellos que iniciaron la salida: para reunirse con la familia, para atender a enfermos, para obtener educación, o incluso porque se vuelve “la conducta de moda” entre jóvenes de ambos sexos en comunidades expulsoras (Massey y García España, 1987).
 
Este prolongado excursus sobre los orígenes de los flujos inmigrantes contemporáneos tiene la intención de mostrar que tales movimientos no representan una “invasión silenciosa” de masas empobrecidas provenientes de los países menos desarrollados, sino que han sido iniciados y puestos en curso por gobiernos y actores económicos poderosos de los propios países receptores. 
En gran parte, las migraciones contemporáneas de trabajadores y refugiados representan la contrapartida lógica de las expediciones de colonización europeas y posteriormente norteamericanas que subordinaron a grandes sectores del planeta en el contexto de la economía mundial capitalista. El conocimiento de estos determinantes y de las fuerzas que sostienen a la migración puede ayudar a elaborar una propuesta más inteligente para su asentamiento en las ciudades de países avanzados. 
Con redes sólidamente establecidas entre naciones, las medidas hostiles y restrictivas contra la población inmigrante no sólo son inútiles sino, con frecuencia, también contraproducentes. Los resultados de políticas que buscan deshacerse de la población inmigrante, pueden retardar su proceso de incorporación, fragmentar socialmente a las ciudades receptoras y promover el crecimiento de una subclase urbana. 
Extraído de "Inmigración y metrópolis:  Reflexiones acerca de la historia urbana" de Alejandro Portes"                     (Nikolás Santos, Socioideas, 12/12/18)

11/9/17

La causa fundamental de la existencia de refugiados es el capitalismo global actual en sí mismo y sus juegos geopolíticos, y si no lo transformamos de manera radical, a los refugiados de África se les unirán pronto inmigrantes de Grecia y otros países europeos

"(...) Es una completa locura pensar que un proceso como éste puede desarrollarse sin el menor control; los refugiados, cuando menos, necesitan provisiones y atención médica.

Hay que admitir que en 2015 Alemania demostró una inesperada apertura al aceptar cientos de miles de refugiados. (Y uno se pregunta si la razón secreta de la magnanimidad alemana no será la necesidad de quitarse el amargo sabor del trato que se dio a Grecia en la primera mitad del mismo año.)

Lo que hace falta para impedir el caos es una coordinación y una organización a gran escala: instalar centros de recepción cerca del mismo epicentro de la crisis (Turquía, Líbano, la costa de Siria, la costa norteafricana), donde hay que inscribir y examinar a millares de personas; el transporte organizado de las que se acepten a los centros de recepción de Europa y su redistribución a posibles asentamientos.

El Ejército es el único agente que puede acometer una tarea de estas dimensiones de manera organizada. Decir que asignar a los militares un papel como ése desprende un tufo a estado de emergencia es simplemente hipócrita: cuando decenas de miles de personas cruzan zonas densamente pobladas sin ninguna organización, entonces sí que es un estado de emergencia, y esto es lo que está ocurriendo ahora en algunas partes de Europa.

Los criterios de aceptación y asentamiento deben formularse de manera clara y explícita: a qué personas y cuántas se aceptan, dónde se las realoja, etc. Lo complicado aquí es encontrar un término medio entre obedecer los deseos de los refugiados (tener en cuenta Su voluntad de trasladarse a países donde ya tienen parientes, etc.) y la capacidad de acogida de los distintos países.

El derecho absoluto a la «libertad de movimiento» debería limitarse, aunque sólo sea por el hecho de que no existe ni siquiera entre los refugiados: que alguien -sobre todo en relación con la posición socialsea capaz de superar todos los obstáculos y entrar en Europa es evidentemente una cuestión de privilegios económicos, entre otras cosas.”

Además, es obvio que casi todos los refugiados proceden de una cultura que es incompatible con las ideas de Europa Occidental de lo que son los derechos humanos.

El problema es que resulta igual de obvio que la solución evidente y tolerante (el respeto a la sensibilidad del otro) tampoco funciona: si a los musulmanes les resulta «imposible soportar» nuestras imágenes blasfemas y nuestro humor despiadado (que consideramos parte de nuestras libertades), a los liberales de Occidente también les resulta «imposible soportar» muchas prácticas de los refugiados (la subordinación de las mujeres, etc.) que forman parte de las «relaciones vitales» de los musulmanes.

En resumen: la situación estalla cuando miembros de una comunidad religiosa experimentan como una ofensa blasfema y como un peligro para su modo de vida no un ataque directo a su religión, sino el mismísimo estilo de vida de otra comunidad, como fue el caso de los ataques a gays y lesbianas por parte de musulmanes fundamentalistas en Holanda, Alemania y Dinamarca, o como es el caso de esos franceses que consideran que ver una mujer cubierta con un burka es un ataque a la identidad francesa, y por eso les resulta «imposible permanecer callados».

En este caso hay que hacer dos cosas: primero, formular una serie mínima de normas que sean obligatorias para todos, sin temor a que parezcan «eurocéntricas»; libertad religiosa, protección de la libertad individual contra la presión del grupo, derechos de las mujeres; y segundo, dentro de estos límites, insistir de manera incondicional en la tolerancia hacia los distintos modos de vida.

¿Y si las normas y la comunicación no funcionano Entonces debe aplicarse la fuerza de la ley en todas sus formas. Debería rechazarse la imperante actitud humanitaria de la izquierda liberal: las quejas que moralizan la situación -el mantra de «Europa ha perdido empatía, es indiferente al sufrimiento de los demás», etc.— son simplemente el reverso de la brutalidad antiinmigración.

Comparten el mismo presupuesto (de ninguna manera evidente) de que defender el modo de vida propio excluye el universalismo ético.

En el debate sobre la Leitkultur (la cultura dominante) que tuvo lugar hace una década, los conservadores insistían en que cada Estado se basa en un espacio cultural predominante que debe ser respetado por los miembros de las demás culturas que lo comparten.

En lugar de jugar al Alma Bella y lamentarnos del nuevo racismo europeo que presagiaron dichas afirmaciones, deberíamos dirigir una mirada crítica hacia nosotros mismos y preguntarnos hasta qué punto nuestro propio multiculturalismo abstracto ha contribuido a que llegáramos a esta desdichada situación.

Si todas las partes implicadas no comparten el respeto a la misma civilidad, entonces el multiculturalismo se convierte en una forma de ignorancia u odio mutuos legalmente regulados.

El conflicto acerca del multiculturalismo ya es un conflicto acerca de la Leitkultur; no es un conflicto entre culturas, sino un conflicto entre diferentes visiones de cómo pueden y deberían coexistir diferentes culturas, acerca de las reglas y prácticas que han de compartir esas culturas para poder coexistir.

Por consiguiente, deberíamos evitar quedar atrapados en el juego liberal de «cuánta tolerancia podemos permitirnos»: ¿deberíamos tolerarlo si los refugiados que se establecen en Europa impiden que sus hijos vayan a la escuela pública, si obligan a sus mujeres a vestirse y comportarse de determinada manera, si conciertan el matrimonio de sus hijos, si maltratan -y cosas peores- a los gays de su comunidad? A este nivel, naturalmente, nunca seremos lo bastante tolerantes, o siempre lo seremos demasiado, pues descuidaremos los derechos de las mujeres, etcétera.

La única manera de salir de esta disyuntiva consiste en ir más allá de la mera tolerancia; debemos proponer un proyecto universal positivo que compartan todos los participantes y luchar por él. No sólo debemos respetar a los otros, sino también ofrecerles una lucha común, pues hoy en día nuestros problemas son comunes.

Por eso una tarea crucial de quienes luchan por la emancipación consiste en avanzar en dirección a una Leitkultur emancipadora y positiva, lo único que puede sustentar una auténtica coexistencia y una mezcla de distintas culturas. 

Nuestro axioma debería ser que todo forma parte de la misma lucha universal: la lucha contra el neocolonialismo occidental, la lucha contra el fundamentalismo, la lucha de Wikileaks y Snowden, la lucha de Pussy Riot, la lucha contra el antisemitismo y también la lucha contra el sionismo agresivo.

Si aquí transigimos, nos perdemos en componendas pragmáticas, y nuestra vida no vale la pena.

Así pues, hay que ampliar la perspectiva: los refugiados son el precio que paga la humanidad por la economía global. Mientras que las grandes migraciones son un rasgo constante de la historia humana, en la historia moderna su principal causa es la expansión colonial: antes de la colonización, los países del Tercer Mundo estaban formados de manera casi exclusiva por comunidades locales relativamente aisladas y autosuficientes, y fue la ocupación colonial lo que destruyó este modo de vida tradicional y condujo a renovadas migraciones a gran escala (sin olvidar, por supuesto, las otras migraciones forzosas relacionadas con el comercio de esclavos).

La actual ola de migraciones en Europa no es una excepción. En Sudáfrica hay más de un millón de refugiados procedentes de Zimbabue que se ven expuestos a los ataques de los pobres de la zona porque les roban sus empleos.

Y habrá más ataques, no sólo por los conflictos armados, sino también a causa de los nuevos «estados canallas», la crisis económica, los de que, después del desastre nuclear de Fukushima en 2011, las autoridades japonesas se plantearon evacuar toda la zona de Tokio; más de veinte millones de personas.

¿Dónde habrían ido, en este caso? ¿En qué condiciones? ¿Se les debería haber asignado un trozo de tierra en Japón donde establecerse o se habrían dispersado por el mundo? ¿Y si el norte de Siberia se volviera más habitable y adecuado para la agricultura al tiempo que grandes regiones subsaharianas pasaran a ser demasiado áridas para que subsistiera una gran población?

¿Cómo se realizaría el intercambio de personas. Cuando en el pasado han ocurrido cosas parecidas, los cambios sociales se han dado de manera descontrolada y espontánea, con violencia y destrucción, y hoy en día en que todas las naciones disponen de armas de destrucción masiva, dicha perspectiva sería una catástrofe.

La principal lección que hay que aprender, por tanto, es que la humanidad debería prepararse para vivir de una manera más nómada y «plástica»: los cambios locales o globales en el entorno podrían imponer la necesidad de insólitas transformaciones sociales y movimientos de población a gran escala.

Todos estamos más o menos arraigados en un modo de vida concreto, y tenemos todo el derecho a protegerlo, pero podría darse alguna contingencia histórica que de repente nos sumiera en una situación en la que nos viéramos obligados a reinventar las coordenadas básicas de nuestro modo de vida.

Parece que incluso hoy, siglos después de la llegada del hombre blanco, los nativos americanos (los «indios») todavía no han conseguido adaptarse de manera estable a un nuevo modo de vida. Una cosa está clara: si se diera una alteración de ese calibre, la soberanía nacional tendría que redefinirse radicalmente, y habría que inventar nuevos niveles de cooperación global.

¿Y qué decir de los inmensos cambios en la economía y el consumo debidos a los nuevos climas, a la escasez de agua y de fuentes energéticas?

Europa tendrá que reafirmar su pleno compromiso con proporcionar medios que aseguren la supervivencia digna de los refugiados. En este punto no podemos ceder: las grandes migraciones son nuestro futuro, y la única alternativa a ese compromiso es una renovada barbarie (lo que algunos denominan el «choque de civilizaciones»).

No obstante, la tarea más difícil e importante es emprender un cambio económico radical que elimine las condiciones que crean refugiados. La causa fundamental de la existencia de refugiados es el capitalismo global actual en sí mismo y sus juegos geopolíticos, y si no lo transformamos de manera radical, a los refugiados de África se les unirán pronto inmigrantes de Grecia y otros países europeos.

Cuando yo era joven, el intento organizado de regular el bien común se llamaba comunismo. Quizá deberíamos reinventarlo. No es suficiente con permanecer fieles a la Idea Comunista: hay que encontrar en la realidad histórica antagonismos que conviertan esta Idea en una urgencia práctica.

La única cuestión verdadera hoy en día es la siguiente: ¿hemos de respaldar la aceptación del capitalismo como un hecho de la naturaleza (humana), o acaso el capitalismo global actual contiene antagonismos lo bastante fuertes para impedir su reproducción indefinida? 

De hecho, se dan cuatro antagonismos: la inminente amenaza de la catástrofe ecológica, el fracaso cada vez más evidente de la propiedad privada para integrar en su funcionamiento la así llamada «propiedad intelectual», las implicaciones socioéticas de los nuevos descubrimientos tecnocientíficos (sobre todo en el campo de la biogenética), y, no menos importante, y como se ha mencionado antes, las nuevas formas de apartheid, los nuevos muros y los nuevos suburbios.

Existe una diferencia cualitativa entre el último punto, la brecha que separa a los Excluidos de los Incluidos, y los otros tres, que designan el dominio de lo que Michael Hardt y Toni Negrí denominan «bien común», la sustancia compartida de nuestro ser social, cuya privatización es un acto violento al que habría que resistirse con todos los medios a nuestro alcance, incluso violentos en caso de que sea necesario. 

Estos dominios Son:

-el bien común de la cultura, las formas inmediatamente socializadas de capital «cognitivo», sobre todo el lenguaje, nuestro medio de comunicación y educación, pero también la infraestructura compartida de transportes públicos, electricidad, correos, etc. (Sí a Bill Gates se le hubiera concedido el monopolio, habríamos llegado a la absurda situación en la que un individuo privado habría poseído literalmente el software de nuestra red básica de comunicación.)

-el bien común de la naturaleza exterior, amenazada por la polución y la explotación (desde el petróleo a los bosques y el propio hábitat natural).

-el bien común de la naturaleza interior (la herencia biogenética de la humanidad). Con la nueva tecnología biogenética, la creación de un Hombre Nuevo, en el sentido literal de cambiar la naturaleza humana, se convierte en una perspectiva realista.

Lo que todas las luchas para defender estos bienes comunes comparten es la Conciencia del potencial destructivo que podría liberarse si se permite que la lógica capitalista de privatizar estos bienes comunes campe a sus anchas, quizá hasta el punto de la autodestrucción de la propia humanidad.

Es esta referencia a los «bienes comunes» lo que justifica la resurrección de la idea del comunismo: nos permite ver la progresiva «privatización» de los bienes comunes como un proceso de proletarización de aquellos que quedan excluidos de su propia sustancia.

No obstante, los bienes comunes también se pueden devolver a la colectividad humana sin comunismo, en un régimen autoritario-comunitario. Al sujeto, desustanciado, «desarraigado», privado de su contenido sustancial, se le puede guiar en la dirección del comunitarismo, de encontrar su lugar adecuado en una nueva comunidad sustancial.

No hay nada más «privado» que una comunidad estatal que percibe a los Excluidos como una amenaza y procura mantenerlos a la distancia adecuada. En otras palabras, en la serie de cuatro antagonismos, el que se da entre los Incluidos y los Excluidos es el fundamental: sin él, todos los demás pierden su carga subversiva.

La ecología se convierte en un problema de desarrollo sostenible, la propiedad intelectual, en un reto legal complejo, la biogenética, en un tema ético. Uno puede luchar sinceramente por la ecología, defender una idea más amplia de la propiedad intelectual, oponerse al Copyright de los genes, sin enfrentarse al antagonismo existente entre los Incluidos y los Excluidos, e incluso se podría formular alguna de estas luchas afirmando que los Incluidos se ven amenazados por la contaminación de los Excluidos.

Pero de este modo no llegamos a ninguna auténtica universalidad, sólo tenemos intereses «privados» en el sentido kantiano del término.

Corporaciones como Whole Foods y Starbucks siguien disfrutando del favor de los liberales aun cuando ambas participen en actividades antisindicalistas.

El truco es que venden productos con un aire progresista: consumimos café hecho con granos comprados a precio de comercio justo, conducimos vehículos híbridos, compramos a empresas que proporcionan un buen beneficio a sus clientes (según los propios criterios de la corporación), etc.

En resumen, sin antagonismo entre los Incluidos y los Excluidos podríamos encontrarnos perfectamente en un mundo en el que Bill Gates sea la figura humanitaria más importante que luche contra la pobreza y las enfermedades, y Rupert Murdoch el mayor ecologista, capaz de movilizar a centenares de millones a través de su imperio mediático.

Llegados a este punto, los refugiados -aquellos de Fuera que quieren entrar en el Interior- son la prueba de otro bien común en peligro: el bien común de la propia humanidad amenazada por el capitalismo global, que genera nuevos Muros y otras formas de apartheid. 

Sólo el cuarto antagonismo, la referencia a los Excluidos, justifica el término «comunismo»; los tres primeros se refieren, de hecho, a cuestiones de supervivencia de la humanidad (económica, antropológica e incluso física), mientras que el cuarto es, en definitiva, una cuestión de justicia.

¿Quién se pondrá al frente de esta tarea? ¿Quién será el agente de la recuperación de los bienes comunes? Sólo existe una respuesta correcta para los intelectuales izquierdistas que esperan con ansia la llegada de un nuevo agente revolucionario, y es un antiguo dicho hopi con un maravilloso giro dialéctico hegeliano de la sustancia al sujeto: «Nosotros somos aquellos a los que estábamos esperando.» (Este dicho es una versión del lema de Gandhi: «Sé tú mismo el cambio que quieres ver en el mundo.»)

Esperar que otro haga el trabajo por nosotros es una manera de racionalizar nuestra inactividad. Sin embargo, la trampa que hay que evitar es la perversa autoinstrumentalización: «nosotros somos aquellos a los que estábamos esperando» no significa que tengamos que descubrir que somos el agente predestinado por el destino (la necesidad histórica) para llevar a cabo la tarea.

Significa, por el contrario, que no existe ningún Gran Otro que nos saque las castañas del fuego. Contrariamente al marxismo clásico, en el que «la historia está de nuestro lado» (el proletariado lleva a cabo una tarea predestinada de emancipación universal), en la constelación actual el Gran Otro está contra nosotros: abandonado a sí mismo, el impulso interno de nuestro desarrollo histórico conduce a la catástrofe, al Apocalipsis.

Lo único que puede prevenir la catástrofe es el puro voluntarismo, es decir, nuestra libre decisión de actuar contra la necesidad histórica. En cierto modo, ya fueron los bolcheviques quienes, al final de la guerra civil de 1921, se encontraron en una encrucijada parecida.

Dos años antes de su muerte, cuando quedó claro que la revolución no se extendería a toda Europa y que la idea de construir el socialismo en un solo país era absurda, Lenin escribió:

¿Y si una situación absolutamente sin salida que, por lo mismo, decuplicaba las fuerzas de los obreros y los campesinos, nos brindaba la posibilidad de pasar de distinta manera que en todos los demás países del Occidente de Europa a la creación de las premisas fundamentales de la civilización?”

Giorgio Agamben observó que «el pensamiento es el valor de la desesperanza», o una intuición que resulta especialmente pertinente en nuestro momento histórico, cuando incluso los diagnósticos más pesimistas acostumbran a terminar aludiendo a alguna esperanzadora versión de la proverbial luz al final del túnel.

El auténtico valor no consiste en imaginar una alternativa, sino en aceptar las consecuencias del hecho de que no hay ninguna alternativa claramente perceptible.

El sueño de una alternativa es señal de cobardía teórica: funciona como un fetiche que nos impide reflexionar a fondo sobre el punto muerto de la situación en que nos encontramos.

En resumen, la postura realmente valiente consiste en admitir que es probable que la luz al final del túnel sea la de un tren que se acerca en dirección contraria.

¿No es ésta la disyuntiva en que se encuentra el Gobierno de Evo Morales en Bolivia, o el (ahora depuesto) Gobierno de Aristide en Haití, o el Gobierno maoísta del Nepal, o el Gobierno de Syriza en Grecia? Su situación carece «objetivamente» de salida: la corriente de la historia va básicamente en contra suya, no pueden confiar en ninguna «tendencia objetiva» que los empuje, y todo lo que pueden hacer es improvisar, hacer lo que puedan en una situación desesperada.

Y sin embargo, ¿no les concede eso una libertad única? Uno siente la tentación de aplicar aquí la antigua distinción entre «libertad de» y «libertad para»: ¿acaso el verse libres de la Historia (con sus leyes y tendencias objetivas) no alimenta su libertad para experimentar de manera creativa? En su actividad, sólo pueden confiar en la voluntad colectiva de sus partidarios.

A lo mejor ésta es, a largo plazo, nuestra única solución. ¿Es todo esto una utopía? A lo mejor, quién sabe. De hecho, es incluso posible que así sea. Los últimos sucesos caóticos en Europa, la mezcla medio trágica y medio cómica de declaraciones de impotencia y comportamiento caótico y egoísta por parte de los miembros de la Unión Europea, la incapacidad de imponer un mínimo de acción coordinada, demuestran no sólo el fracaso de la Unión Europea, sino que también suponen una amenaza para su supervivencia.

El contrapunto izquierdista a esta confusión es una idea que sostienen en secreto muchos izquierdistas radicales decepcionados, una repetición más blanda de la decisión de optar por el terror en el periodo posterior al movimiento de Mayo del 68: la descabellada idea de que sólo una catástrofe radical (preferiblemente ecológica) puede despertar de su letargo a grandes multitudes y dar así un nuevo ímpetu a la emancipación radical.

La última versión de esta idea se relaciona con los refugiados: sólo la afluencia de un número realmente considerable de refugiados (y su decepción, pues es evidente que Europa no será capaz de satisfacer sus expectativas) puede revitalizar a la izquierda radical europea.

A mí esta línea de pensamiento me parece obscena. A pesar del hecho de que un suceso así seguramente daría un gran impulso a la brutalidad antiin migración, el aspecto realmente delirante de esta idea es el proyecto de llenar el vacío de los proletarios radicales ausentes importándolos del extranjero, para que la revolución llegue mediante un agente revolucionario importado.

Durante la primera mitad de 2015, el temor a los movimientos radicales emancipadores (Syriza, Podemos) recorrió Europa, mientras que en la segunda mitad la atención se desplazó hacia la cuestión «humanitaria» de los refugiados: un desplazamiento mediante el que la lucha de clases fue literalmente reprimida y reemplazada por la cuestión liberal-cultural de la tolerancia y la solidaridad.

Con los asesinatos terroristas de París del viernes 13 de noviembre, incluso esta cuestión (que al menos todavía implica importantes motivos socioeconómicos) ha quedado eclipsada por la simple oposición de todas las fuerzas democráticas, atrapadas en una guerra implacable con las fuerzas del terror, y es fácil imaginar lo que seguirá: una búsqueda paranoica de agentes del ISIS entre los refugiados (...)"
(Slavoj Zizek: La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror. Ed. Anagrama, Barna, 2016, págs. 112-125)

8/9/17

En esta nueva época de capitalismo global, está surgiendo una nueva era de esclavitud. Aunque ya no existe la condición jurídica de persona esclavizada, el esclavismo tiene multitud de nuevas formas

"(...) hemos de abandonar la idea de que hay algo emancipador en las experiencias extremas, como si nos permitieran abrir los ojos y ver la verdad definitiva de una situación. Existe un memorable pasaje en el libro de Ruth Klüger Seguir viviendo, en el que describe una conversación con «algunos doctorandos avanzados» en Alemania:

Uno de ellos cuenta que en Jerusalén había conocido a un viejo húngaro que estuvo prisionero en Auschwitz, y que, no obstante, había empezado, «sin solución de continuidad», a meterse con los árabes, que para él eran todos mala gente.

¿Cómo puede hablar así uno que ha estado en Auschwitz?, preguntó el alemán. Yo ahondo en el tema, comento, quizás con más dureza de lo necesario, que qué se esperaban que Auschwitz no fue un centro de enseñanza de nada y mucho menos de humanidad y tolerancia.

De los campos de concentración no salía nada bueno y él esperaba que saliera nada menos que perfección moral?Jamás ha habido instituciones más inútiles, más absolutamente superfluas, añadí, que esos campos.”

Ésta es, quizá, la lección más deprimente del horror y el sufrimiento: que no hay nada que aprender de ellos

Una buena manera de comenzar este análisis es centrarse en lo que no podemos sino denominar la «economía política de los refugiados», para desarrollar la conciencia clara de qué y quién está causando dichos movimientos de masas.

Lo primero que hemos de hacer es, por supuesto, localizar la causa última en la dinámica del capitalismo global y también en el proceso de intervenciones militares. Resumiendo, el actual desorden es la auténtica faz del Nuevo Orden Mundial.

Abandonados a su suerte, los africanos no conseguirán cambiar sus sociedades. ¿Por qué no? Porque nosotros, los europeos, se lo impedimos. Fue la intervención europea en Libia lo que sumió el país en el caos. Fue el ataque de Estados Unidos a Irak lo que creó las condiciones para la aparición del Estado Islámico (ISIS).

La actual guerra civil que se libra en la República Centroafricana entre el sur cristiano y el norte musulmán no es tan sólo un estallido de odio entre etnias, sino que fue provocada por el descubrimiento de petróleo en el norte: Francia (vinculada a los musulmanes) y China (vinculada a los cristianos) luchan por el control de los recursos petrolíferos mediante enemigos interpuestos.

La culpa de la crisis alimenticia de muchos países del Tercer Mundo no se puede achacar a sospechosos habituales como la corrupción, la incompetencia y el intervencionismo estatal: la crisis nace directamente de la globalización de la agricultura, algo que dejó claro ni más ni menos que Bill Clinton en sus comentarios (tal como informó Associated Press el 23 de octubre de 2008) sobre la crisis alimenticia global en una reunión de las Naciones Unidas celebrada para conmemorar el Día Mundial de la Alimentación, bajo el revelador título de: «“La fastidiamos" en el tema de la alimentación global».

Lo esencial del discurso de Clinton era que la presente crisis global de la alimentación demuestra que «todos la fastidiamos, incluido yo cuando era presidente», al tratar las cosechas como mercancía en lugar de como un derecho vital de los pobres del mundo.

Clinton fue muy claro al culpar no a los estados o gobiernos individuales, sino a la política occidental global a largo plazo impuesta por los Estados Unidos y la Unión Europea, y puesta en práctica durante décadas por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y otras instituciones internacionales.

Esta política presionó a los países africanos y asiáticos para que abandonaran los subsidios gubernamentales para fertilizantes, semillas mejoradas y otros insumos agrícolas, lo que allanó el camino para que las mejores tierras fueran utilizadas para cultivos de exportación y para destruir la autosuficiencia alimenticia de los países.

El resultado de dichos «ajustes estructurales» fue la integración de la agricultura local en la economía global: al tiempo que exportaban las cosechas, los granjeros eran expulsados de sus tierras y acababan en los suburbios, donde quedaban a merced de empresas subcontratadas que los explotaban, y los países tenían que comprar cada vez más comida importada.

Así, se mantenían en una dependencia poscolonial y eran más vulnerables a las fluctuaciones del mercado; el hecho de que en los últimos años se dispararan los precios del grano (algo también provocado por el uso de biocombustibles) ya ha provocado hambrunas en numerosos países, desde Haití hasta Etiopía.

A fin de abordar debidamente estos problemas, habrá que inventar nuevas formas de acción colectiva a gran escala: ni la intervención estatal habitual ni las organizaciones autónomas locales, tan elogiadas por los izquierdistas posmodernos, pueden hacer ese trabajo.

Si no se va a solucionar el problema, deberíamos comenzar a ser conscientes de que nos acercamos a una nueva era de apartheid, en la que algunas partes aisladas del mundo con abundancia de comida y energía quedarán separadas del caótico exterior, donde el caos y el hambre serán generalizados, y la guerra, permanente.

¿Qué debería hacer en la actualidad la gente de Haití y otros lugares donde la comida es escasa? ¿Acaso no tienen todo el derecho a rebelarse de manera violenta o a convertirse en refugiados?

A pesar de todas las críticas al neocolonialismo económico, todavía no somos plenamente conscientes del devastador efecto del mercado global en muchas economías locales, que han quedado privadas de su autonomía alimenticia elemental.

Basta con recordar el caso de México, un país importador de comida con una agricultura local arruinada que exporta millones de habitantes a los Estados Unidos. Pero el ejemplo más claro de nuestra culpabilidad es el Congo actual, que de nuevo aparece como el «corazón de las tinieblas» de África.

El reportaje de portada de la revista Time del 5 de junio de 2006 llevaba como titular «La guerra más letal del mundo»: un documento detallado de cómo a lo largo de la última década alrededor de cuatro millones de personas han muerto en el Congo como resultado de la violencia política.

La noticia no provocó ninguna de las protestas humanitarias habituales, como si una especie de filtro hubiera impedido que alcanzara el impacto esperado. Por expresarlo de manera cínica, Time había escogido la víctima errónea en la lucha por la hegemonía en el sufrimiento.

Debería haberse limitado a la lista de sospechosos habituales: la difícil situación de las mujeres musulmanas, la presión en el Tíbet, etcétera. (Hoy en día, el mismo estado de cosas -violencia continua en un estado fracasado- impera en el Congo, así como en muchos otros países africanos, desde la República Centroafricana hasta Libia.) ¿Por qué se hizo tan poco caso a esa noticia?

En 2001, una investigación de Naciones Unidas sobre la explotación ilegal de los recursos naturales del Congo descubrió que el conflicto de ese país tiene que ver sobre todo con el control y comercio de cinco recursos minerales clave, y el acceso a ellos: el coltán, los diamantes, el cobre, el cobalto y el oro.

Debajo de la fachada de la guerra étnica, distinguimos las maquinaciones del capitalismo global. El Congo ya no existe como estadounido; es una multiplicidad de territorios gobernados por señores de la guerra locales que controlan su porción de territorio con un ejército que, por regla general, incluye a niños drogados.

Cada uno de estos señores de la guerra posee vínculos comerciales con una empresa o corporación extranjera que explota la riqueza en su mayor parte mineral de la región. La ironía es que muchos de estos minerales se utilizan en productos de alta tecnología, como ordenadores portátiles y teléfonos móviles.

Así que olvidémonos del salvaje comportamiento de la población local: lo único que hemos de hacer es eliminar a las empresas extranjeras de alta tecnología de la ecuación y todo el edificio de la guerra étnica alimentada por viejas pasiones se desmorona.

Deberíamos empezar por ahí si realmente queremos ayudar a los africanos y detener el flujo de refugiados. Lo primero es recordar que casi todos los refugiados proceden de «estados fracasados», estados donde la autoridad pública es más o menos inoperante, al menos en una gran parte del territorio (Siria, Líbano, Irak, Libia, Somalia, Congo, Eritrea...).

En todos estos casos, la desintegración del poder estatal no es un fenómeno local, sino el resultado de la política y la economía internacionales, y en algunos casos, como en Libia e Irak, el resultado directo de la intervención occidental.

Está claro que este incremento de los «estados fracasados» a finales del siglo XX y principios del XXI no es una desgracia fortuita, sino uno de los mecanismos mediante los que las grandes potencias ejercen su colonialismo económico. (...)

También deberíamos observar que las semillas de los «estados fracasados» de Oriente Medio hay que buscarlas en las arbitrarias fronteras trazadas después de la Primera Guerra Mundial por el Reino Unido y Francia, que crearon una serie de estados «artificiales»: al unir a los sunitas de Siria e Irak, lo único que hace ISIS, en definitiva, es volver a juntar lo que los amos coloniales separaron. En una sombría profecía enunciada antes de su muerte, el coronel Gadafi afirmó:

Ahora escuchad, gentes de la OTAN. Estáis bombardeando un muro que ha impedido la emigración africana a Europa y la entrada de terroristas de Al-Qaeda. Ese muro era Libia, y lo estáis rompiendo. Sois idiotas, y arderéis en el infierno por los miles de emigrantes que se irán de África.o

¿Acaso no estaba afirmando algo evidente? La siguiente versión rusa -que básicamente amplía el argumento de Gadafi- tiene su momento de verdad, a pesar del obvio sabor a pasta ala putinesca:

«Que la crisis de los refugiados es consecuencia de las políticas de los Estados Unidos y Europa se ve a simple vista», dice Boris Goldov, miembro de la Academia Rusa de Ciencias y del Instituto de Estudios Orientales en Moscú. «La destrucción de Irak, la destrucción de Libia y los intentos de derrocar a Bashar al-Ásaden Siria a manos de radicales islámicos: ésas son todas las políticas de la Unión Europea y los Estados Unidos, y los centenares de miles de refugiados son resultado de esas políticas.»

Irina. Zvyagelskaya, vicepresidenta del Centro Internacional de Estudios Estratégicos y Políticos de Moscú, le dijo a la agencia rusa de noticias TASS: «Es un problema muy serio y con muchas facetas. La guerra civil de Siria y las tensiones en Irak y Libia siguen alimentando el flujo de inmigrantes, pero ésa no es la única causa.

Estoy de acuerdo con aquellos que ven los sucesos actuales como una tendencia hacia otro reasentamiento masivo de personas, que deja a los países más débiles y con una economía ineficaz. Existen problemas sistémicos que empujan alagente a abandonar su hogar y echarse a la carretera.

Y la legislación europea liberal permite que muchas de esas personas no sólo se queden en Europa, sino que también vivan allí con un subsidio social sin buscar empleo.» Yevgeni Grishkovets, escritor y dramaturgo, escribe en su blog «Estas personas están agotadas, furiosas y humilladas. No tienen ni idea de los valores europeos, de su estilo de vida y tradiciones, de su multiculturalismo y tolerancia.

Nunca acatarán las leyes europeas. Nunca sentirán gratitud hacia la gente en cuyos países han conseguido entrar con todos sus problemas, porque esos mismos países convirtieron a las naciones de los emigrantes en un baño de sangre. (...) Angela Merkel promete que la sociedad alemana actual y Europa están preparadas para esos problemas. Eso es una mentira y un absurdo!»

Realmente es cierto que los refugiados «nunca acatarán las leyes europeas. Nunca sentirán gratitud hacia la gente en cuyos países han conseguido entrar»: por el contrario, ven a Europa responsable de esa situación.

Sin embargo, aunque hay algunas verdades generales en todo esto, no deberíamos pasar de esta generalidad al hecho empírico de que los refugiados entran en Europa y limitarnos a aceptar nuestra plena responsabilidad al respecto. En primer lugar, deberíamos recordar que Alemania y Francia se mostraron decididamente contrarias a la guerra de Irak de 2003.

En segundo, antes de que lo derrocaran, el régimen de Saddam Hussein llevó a cabo sus propias políticas agresivas (que ejemplifican en particular sus ataques contra Irán) en 1980, cuando recibió el apoyo silencioso de los Estados Unidos.

Lo que debería sorprendernos es cómo nuestros medios de comunicación presentan la crisis de los refugiados: más o menos como si más allá de Grecia existiera un agujero negro que escupiera refugiados, un agujero negro de guerra y devastación, y en la costa de Anatolia hubiera una especie de rendija a través de la cual se permitiera que partículas de refugiados huyeran a las islas griegas.

Pero más allá de Grecia existe un paisaje político bien definido: en primer lugar tenemos a Turquía, que practica un juego político perfectamente planificado (oficialmente combate a ISIS, pero de hecho bombardea a los kurdos, que son quienes en realidad combaten a ISIS); a continuación nos encontramos con la profunda división de clases del mundo árabe (los estados superricos de Arabia Saudí, Kuwait, Qatar, los Emiratos, que casi no aceptan refugiados); luego está el propio Irak, con unas reservas petrolíferas valoradas en decenas de miles de millones, etc. ¿Cómo surge de todo este batiburrillo un flujo de refugiados?

Lo que sabemos es que hay una compleja economía de transporte de refugiados (toda una industria que mueve miles de millones de dólares), ¿Quién la financia? ¿Quién la optimiza? ¿Dónde están los servicios de inteligencia europeos que tendrían que investigar este turbio submundo?

El hecho de que los refugiados se hallen en una situación desesperada no excluye la posibilidad de que su flujo en realidad forme parte de un proyecto perfectamente planificado.

No podemos dejar de observar el hecho de que algunos países no demasiado ricos de Oriente Medio (Turquía, Egipto, Irán, etc.) están mucho más abiertos a los refugiados que los que son ricos de verdad (Arabia Saudí, Kuwait, los Emiratos, Qatar).

Arabia Saudí y los Emiratos no acogieron ningún refugiado, aunque son países vecinos de donde sucede la crisis, y también son ricos y mucho más cercanos en lo cultural a los refugiados (que son casi todos musulmanes) que Europa.

Arabia Saudí incluso devolvió algunos refugiados musulmanes de Somalia, o y todo lo que hizo fue aportar 280 millones de dólares como apoyo para la educación de los refugiados. ¿Acaso se debe a que Arabia Saudíes una teocracia fundamentalista que no tolera ninguna intrusión extranjera? Sí, pero también deberíamos tener en cuenta que esta misma Arabia Saudí está, desde el punto de vista económico, completamente integrada en Occidente. 

¿Acaso Arabia Saudí y los Emiratos no son, desde un punto de vista económico, simples avanzadas del capital occidental, estados que dependen totalmente de los ingresos del petróleo para mantener su riqueza y posición en el mundo?

La comunidad internacional debería presionar a Arabia Saudí (y a Kuwait y a Qatar) para que cumplieran con su deber y aceptaran un gran contingente de refugiados, sobre todo teniendo en cuenta que, al apoyar al ala islamista de los rebeldes anti-Ásad, Arabia Saudíes en gran medida responsable de la situación de Siria.*

Otro rasgo compartido por estos países ricos es el incremento de la nueva esclavitud. A la vez que el capitalismo se legitima como el sistema económico que promueve la libertad personal (como condición del intercambio mercantil), genera esclavitud como parte de su propia dinámica, y aunque la esclavitud casi se había extinguido al final de la Edad Media, tuvo un gran auge en las colonias entre el principio de la Edad Moderna y la Guerra de Secesión.

Y podemos aventurar la hipótesis de que hoy en día, con esta nueva época de capitalismo global, también está surgiendo una nueva era de esclavitud. Aunque ya no existe la condición jurídica de persona esclavizada, el esclavismo tiene multitud de nuevas formas: millones de inmigrantes que trabajan en la península saudí (los Emiratos, Qatar, etc.) y en la práctica están privados de los derechos y libertades civiles más elementales; el control de millones de trabajadores explotados en fábricas asiáticas a menudo directamente organizadas como campos de Concentración; el uso masivo de trabajos forzados en la explotación de los recursos naturales de muchos estados de África central (Congo, etc.).

Pero no hace falta buscar tan lejos. El 1 de diciembre de 2013, un domingo, una fábrica de ropa de propiedad china situada en una zona industrial de la ciudad italiana de Prato, a diez kilómetros del centro de Florencia, ardió hasta los cimientos, matando a siete trabajadores que quedaron atrapados en un improvisado dormitorio de cartón construido dentro de la fábrica.

Roberto Pistonina, sindicalista local, comentó: «Nadie puede decir que esté sorprendido por este incidente, pues hace años que todo el mundo sabe que, en la zona comprendida entre Florencia y Prato, centenares, sino miles de personas, viven y trabajan en condiciones cercanas a la esclavitud.»

Prato cuenta al menos con 15.000 inmigrantes legalmente registrados de una población total de menos de 200.000 personas, y alberga 4.000 negocios de propiedad china. Se cree que miles de inmigrantes chinos más viven de manera ilegal en la ciudad, donde trabajan hasta dieciséis horas al día para una red de mayoristas y fábricas de ropa barata.

Así pues, no podemos permitirnos el lujo de dedicarnos a contemplar cómo los nuevos esclavos viven en la miseria en los suburbios de Shanghái (o Dubái o Qatar), ni criticar hipócritamente a China y otros países que los albergan: la esclavitud puede estar aquí mismo, dentro de nuestra casa, sólo que no la vemos (o mejor dicho, fingimos no verla).

Este nuevo apartheid, este sistemático aumento de diferentes formas de esclavitud de facto, no es un deplorable accidente, sino una necesidad estructural del capitalismo global actual. Quizá ésta sea la razón por la que los refugiados no quieren entrar en Arabia Saudí. 

Pero ¿acaso los refugiados que entran en Europa no se ofrecen también como mano de obra precaria y barata, en muchos casos a expensas de los trabajadores locales, que reaccionan a esta amenaza engrosando las filas de los populistas antiinmigración? Para muchos de ellos, ésta será la realidad al ver cumplido su sueño.

Los refugiados no sólo huyen de sus países asolados por la guerra; también les guía un cierto sueño. No paramos de ver en nuestras pantallas refugiados que acaban de llegar al sur de Italia y dejan claro que no quieren quedarse allí: lo que quieren, sobre todo, es vivir en los países escandinavos.

Y son aún más los que están encalados en los Balcanes y quieren ir a Alemania. ¿Y qué decir de los millares que acampan en la zona de Calais y que no se conforman con Francia, sino que están dispuestos a arriesgar sus vidas para entrar en el Reino Unido?

Podemos observar aquí la paradoja de la utopía: precisamente cuando la gente se ve en una situación de pobreza, angustia y peligro, cuando uno esperaría que se conformaran con un mínimo de seguridad y bienestar, estalla la utopía absoluta. La ardua lección que aprenden los refugiados es que «Noruega no existe», ni siquiera en Noruega.

Tendrán que aprender a censurar sus sueños: en lugar de perseguirlos en la realidad, deberían centrarse en cambiar la realidad.

Los refugiados se toman en serio el principio, proclamado por la Unión Europea, de la «libertad de movimiento para todos». Pero, de nuevo, aquí hay que ser específicos. Existe una «libertad de movimiento» en el sentido de libertad para viajar, y la más radical «libertad de movimiento» para instalarse en el país que uno desee.

El axioma en que se sustentan los refugiados de Calais no es sólo el de la libertad de viajar, sino algo parecido a «todo el mundo tiene derecho a instalarse en cualquier parte del mundo, y el país al que se trasladen tiene que satisfacer sus necesidades».

La Unión Europea garantiza (más o menos) este derecho a los ciudadanos de sus países miembros, y para eso está (entre otras cosas); exigir la inmediata globalización de este derecho equivale a exigir que la Unión Europea se expanda a todo el mundo. El ejercicio de esta libertad presupone ni más ni menos que una revolución socioeconómica radical. ¿Por qué?

En nuestro mundo global, las mercancías circulan libremente, pero no las personas, ya que están surgiendo nuevas formas de apartheid. El tópico de los muros porosos, de la amenaza de que nos inunden los extranjeros, es estrictamente inmanente al capitalismo global, y constituye un índice de la falsedad de la globalización capitalista.

Es como si los refugiados quisieran que la libre circulación global se ampliara de las mercancías a las personas. Desde el punto de vista marxista, hay que relacionar la «libertad de movimiento» con la necesidad del capital de contar con mano de obra «libre» (millones de personas arrancadas de sus formas de vida comunitaria para poder encontrar empleo en fábricas donde se las explota, como ocurre hoy en día en China o México), y también con la libertad realmente universal del capital para moverse por todo el globo.

La manera en que el universo del capital se relaciona con la libertad de movimiento de los individuos es, por tanto, inherentemente contradictoria: necesita individuos «libres» como mano de obra barata, pero al mismo tiempo necesita controlar sus movimientos, pues no se pueden permitir las mismas libertades y derechos para todos.

Puesto que hay que comenzar la lucha en alguna parte, ¿significa esto que la exigencia de una libertad de movimiento radical, precisamente en la medida en que es imposible dentro del orden existente, puede ser un buen punto de arranque?

El problema es que el sueño de los refugiados que pretenden llegar a Noruega es un caso paradigmático de fantasía ideológica, o de formación de una fantasía que enmascara los antagonismos inmanentes: una fantasía que precisamente elimina el objet petita (el término que usa Lacan para designar el objeto causa del deseo) como el obstáculo inherente que nos impide acceder a lo que deseamos.

En resumen, los refugiados lo quieren todo: básicamente esperan conseguir las ventajas del Estado del bienestar occidental y al tiempo conservar un modo de vida que, en algunos aspectos, es incompatible con las bases ideológicas del Estado del bienestar occidental. (...)"

(Slavoj Zizek: La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror. Ed. Anagrama, Barna, 2016, págs.50-64)

9/7/13

“Nos hemos acostumbrado al sufrimiento de los otros, no nos toca, no nos interesa”

"El Papa decidió hacer el primer viaje de su pontificado a un lugar no de placer, ni siquiera de tradicional evangelización, sino a una isla que se ha transformado en el símbolo del Holocausto de los inmigrantes en el Mediterráneo y donde Francisco, hijo él mismo de inmigrantes italianos, creyó que era necesario pedir perdón por la indiferencia de los hombres. 

Desde esa isla, Lampedusa, criticó poderosamente la “globalización de la indiferencia”, que ha llevado a los hombres del mundo de hoy a no sentirse responsables, entre otras cosas, de la muerte de los inmigrantes en el mar. El Papa centró su mensaje al mundo, apuntando al corazón de las relaciones humanas de hoy en la sociedad capitalista.

 “La cultura del bienestar nos lleva a pensar sólo en nosotros, nos hace insensibles a los gritos de los otros. Nos hace vivir en pompas de jabón, que son bellas, pero no son nada, son la ilusión de lo superficial, de lo provisorio que lleva la indiferencia hacia los otros, a la globalización de la indiferencia (...). 

Nos hemos acostumbrado al sufrimiento de los otros, no nos toca, no nos interesa”, dijo, en lo que muchos han catalogado como uno de los más fuertes y claros mensajes de Francisco desde que fue elegido Pontífice el pasado mes de marzo.   (...)

En los últimos quince años, se calcula que unos 20 mil inmigrantes murieron en el Mediterráneo, varios de ellos en los últimos meses. Por eso el Papa, apenas aterrizó en la isla, se embarcó en una pequeña nave de la Guardia Costera italiana –que ayer mismo había salvado a unos 160 inmigrantes a la deriva– para tirar al mar una corona de crisantemos blancos y amarillos en memoria de esos muertos olvidados y rezar una oración. 

Más tarde, con el arzobispo de la región, Franco Montenegro, concelebró una misa en un campo deportivo a la que asistieron unos 10 mil lugareños e inmigrantes. Ahí dijo: “Muchos de nosotros, y yo me incluyo, estamos desorientados (...). Y cuando esa desorientación asume una dimensión mundial, se llega a una tragedia como ésta a la que hemos asistido (...). 

Te pedimos perdón, Señor, por aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que conducen a estos dramas”. “Que esto no se repita más, por favor”, agregó el papa Francisco.

Los inmigrantes son abandonados en el mar, a veces agarrados a pedazos de madera, o a las redes para la cría del atún, o amontonados en lanchas pesqueras que los traficantes de seres humanos abandonan en medio del mar, o nadando cuando pueden, si los empujan de las barcazas.

 Para poder ser embarcados en esas condiciones, pero con la promesa de llegar a Europa, se han dejado superexplotar durante meses en países del norte de Africa. Así pagan varios miles de euros a los traficantes, que los tratan sin piedad, para poder llegar a la “tierra prometida” de la que Italia, ellos piensan, es sólo el primer escalón. La mayoría de los que escapan son jóvenes. 

Pero no sólo hombres, también hay mujeres –a veces, hasta embarazadas– y niños. Por eso el Papa ayer, en el Muelle Favaloro de Lampedusa, donde fue recibido con una gran cartel que decía “Bienvenido entre los últimos” –usando la misma palabra que Francisco usa en sus homilías– saludó a unos 150 de ellos dándoles la mano.

 Y dirigiéndose a los musulmanes, que ayer empezaban su mes de ayuno religioso llamado Ramadán, el Papa les dijo: “A los queridos inmigrantes musulmanes que hoy empiezan el Ramadán, les deseo abundantes frutos espirituales. La Iglesia se siente cercana en la búsqueda de una vida más digna para ustedes y sus familias”.

“Hemos escapado de nuestro país por dos motivos: político y económico. Para llegar a este lugar tranquilo hemos superado muchos obstáculos, hemos sufrido muchísimo”, dijo un inmigrante que tuvo que interrumpir varias veces su mensaje por la emoción al hablar en el Muelle Favaloro. También pidió ayuda para los inmigrantes a los países europeos y le entregó una carta a Francisco. 

Alojados generalmente en los llamados Centros de Recibimiento luego de ser rescatados en el mar, los africanos sufren horrores porque esos centros no siempre funcionan como debieran y por eso han recibido durísimas críticas de parte de organismos de derechos humanos internacionales.

Del Muelle Favaloro, en un jeep descapotado y saludando a medio mundo y besando a cuanto niño le acercaban, como suele hacer en la Plaza de San Pedro en el Vaticano, el Papa se dirigió al campo deportivo Arena, en la localidad de Salina, para concelebrar la misa con el arzobispo Montenegro. 

Porque el Papa, según la prensa italiana, evitó expresamente que los cardenales lo acompañaran, lo mismo que exponentes del mundo político, para también evitar, es de imaginar, que sacaran algún rédito político a costa suya. “Cuando hace algunas semanas recibí la noticia (N. de la R.: de los inmigrantes muertos en el mar), el tema me volvía repetidamente a la cabeza, como una espina en el corazón que hace sufrir. 

Por eso he sentido el deber de venir hoy y rezar; y cumplir un gesto de acercamiento, también para despertar nuestras conciencias, para que lo ocurrido no se repita”, dijo el Papa en la homilía. “¿Quién es el responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas? –preguntó además Francisco–. ¡Nadie! Todos nosotros respondemos así: ‘No soy yo, yo no tengo nada que ver, serán otros (...)’. 

Hoy nadie se siente responsable, hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna”, enfatizó el Papa. Y a los habitantes de Lampedusa les dijo: “Ustedes son una comunidad pequeña, pero son un ejemplo de solidaridad. Gracias. Que Lampedusa sea un faro para todo el mundo, porque tiene el coraje de recibir a los que buscan una vida mejor”. En la misa, Francisco había utilizado un bastón pastoral y un cáliz realizado con madera de una barca de inmigrantes, labrados por un artesano de la isla."           (Elena Llorente, Página 12, Rebelión, 09/07/2013)

16/4/12

"Todo es en cualquier caso confuso, porque las cosas no me van mal, pero tampoco me van bien, y desde luego me van mejor que a muchos de los que se quedaron allá, y ahora aquí estoy yo, en Berlín"

"y ahí está Klitschko, el emigrante ucraniano, peleando contra Mormeck, el emigrante antillano, y aquí estoy yo, el emigrante catalán, rodeado de emigrantes turcos y árabes y otros que no logro identificar, qué imagen, dándole vueltas al vaso de cerveza, dándole vueltas a todos los asuntos que me preocupan.

 Según José Ignacio Wert, los que andamos por aquí ni siquiera somos emigrantes, sino latinoamericanos que nos nacionalizamos españoles gracias a (¡todo cuadra!) la Ley de Memoria Histórica. Un amigo mío me asegura que, si las cosas siguen así, si volvemos nos harán fusilar por alta traición. Una gran pérdida, desde luego, parece que no somos. 

Cuatro fogonazos mal contados en los medios de comunicación hace unos meses y ya nadie se acuerda de que existimos. Como emigrante no interesas a casi nadie: en el país de acogida nadie se interesa aún por ti, en el país que abandonaste nadie se interesa ya por ti. Somos hombres y mujeres sin patria, nación española a efectos meramente administrativos, deambulando por Europa como “brazos de alquiler”: hoy Alemania, mañana Austria o Suiza, pasado mañana quién sabe. 

Cómo tener amigos así, cómo tener pareja así, cómo fundar una familia así, una noticia pasajera, un titular simpático que remite a una película tardofranquista y desdramatiza toda la experiencia. Ya no somos su problema, ahora somos el problema de otros. (...)

Todos la habéis visto en los suplementos de cultura y tendencias. Pero seguramente no al bosnio que recoge colillas en Alexanderplatz, ni los receptores del Hartz IV en la puerta de mi supermercado bebiendo cerveza y vodka barato a las diez de la mañana. Tampoco a la mujer turca con la nariz rota de un puñetazo de su marido que se asoma con miedo a la ventana ni a las putas de Europa del Este que se apostan en los portales de Hackescher Markt todos los fines de semana. 

Sus historias tampoco interesan a los medios de comunicación. Son los perdedores de la historia, nosotros recién acabamos de ponernos en la cola. En la amoralidad del capitalismo las alternativas como emigrante prácticamente se reducen al cinismo o la melancolía. 

Te ves obligado a hacer cosas que pesarán sobre tu conciencia, quizá durante años, no decir toda la verdad, decir media verdad, mentir, a tu familia, a tus amigos, a tu casero, a las autoridades, a quien sea, porque, como emigrante, no tienes muchos puntos de apoyo. Tu familia, tus amigos, están fuera. 

Los españoles no constituyen ninguna comunidad de emigrantes. Los turcos, los rusos, los judíos, los griegos, los chilenos y los ingleses tienen aquí sus propios clubes, cafés, asociaciones culturales, emisoras de radio. Editan sus propios periódicos. Los españoles miran toda esta actividad asociativa por supuesto con soberano desprecio: ellos viven de sus glorias históricas pasadas y sus glorias futbolísticas presentes y no necesitan más. Y compran El País y El Mundo. 

El vacío lo llenan habitualmente con alcohol, drogas, juego, prostitución, de manera más o menos abierta o más o menos escondida, lo que sea para mantener la mente ocupada hasta el siguiente día de trabajo que nos dé algo de dinero para ir tirando. ¿Peor quién quiere leer estas historias? Deprimen. 

No interesan a los periodistas que tendrían que escribirlas, ni a los medios de comunicación que tendrían que publicarlas ni a los lectores que tendrían que leerlas. Mejor mostrar a jóvenes profesionales liberales de abultado currículo –que luego, cuando conoces, descubres que de esos cinco idiomas que dicen hablar cuatro lo hacen, como dice mi padre, a alpargatazos, y el propio con faltas gramaticales y de ortografía–, de ésos que siempre quedan bien en la fotografía, que nunca han tenido problemas lumbares ni jaquecas, bohemios digitales, los llaman ahora, que triunfaron allende y ahora –lo he leído en El País– valoran “la meritocracia” social y desean importarla cuanto antes. Y ni siquiera se consideran inmigrantes. (...)

como emigrante, la mayor parte de la semana pasas de un sentimiento a otro totalmente opuesto. Hay días que sueñas (mejor dicho: anhelas) una vida nueva, romper con todo, una segunda oportunidad. En cualquier caso, te alegras de no estar allí. Yo mismo recuerdo a todos los que me complicaron la vida en la universidad, profesores, becarios y hasta personal administrativo (¿dónde estarán ahora?), gente sin ningún mérito, oportunistas en su mayoría, imagino su situación actual y pienso: Schadenfreude. Mejor tú que yo.

 Es así, todos aquí piensan en algún momento algo semejante, por mezquino que sea. Mormeck se enfada, reacciona nerviosamente. Hay días que preferirías quedarte en casa de puro desaliento. Los tópicos sobre el sur de Europa, el racismo cotidiano en el Bürgeramt, en el Finanzamt, las miradas fulminantes en el metro, por la calle, la idea de no poder ayudar a la gente que dejaste atrás, que sigue allí peleando por salir adelante. (...)

Hace unas semanas una voluntaria de una ONG, no recuerdo cuál, que pedía dinero en Alexanderplatz se sorprendió de que no me rascase el bolsillo y contribuyese con unas monedas porque, a pesar de venir de un país en crisis, según ella la cosa no tenía que irnos del todo mal viendo mi aspecto y, al fin y al cabo, siempre hay alguien que está peor que tú. Quizá la troika tenga que rebajarnos al nivel de pobreza de Liberia para que seamos dignos de compasión de la izquierda liberal del mundo industrializado.

 Quizá hasta nos echen unas monedas en una hucha, que es como se quitan rápidamente de encima la mala conciencia de no hacer nada el resto del año, ni siquiera informarse correctamente de lo que sucede a su alrededor. Con todo, Alemania es una sociedad tolerante aunque no abierta, todo lo contrario que España, que es una sociedad abierta pero no tolerante.

 No hemos sido una generación afortunada. Hay quien dice que cuando las cosas vuelvan a ir bien (¿cuándo?), nos llamarán para que volvamos. Pero, ¿por qué deberíamos hacerlo? Es difícil explicar la mezcla de rabia, frustración e impotencia. Quien no vive en la desesperación vive en la falta de esperanzas. 

León Felipe escribió, en el exilio, aquello, muy recordado ahora, de «Tuya es la hacienda / la casa / el caballo / y la pistola. / Mía es la voz antigua de la tierra / y me dejas desnudo y errante por el mundo. / Más yo te dejo mudo... ¡Mudo! / ¿Y cómo vas a recoger el trigo / y alimentar el fuego / si yo me llevo la canción?» Nosotros, ¿nos la hemos llevado? ¿La teníamos antes? Si la teníamos, ¿acaso le importaba a alguien? ¿Y le importa a alguien ahora que nos la llevemos? ¿Qué vamos a hacer con ella, si es que podemos hacer algo? 

Escribir, decía Adorno, es enviar mensajes en una botella, el océano se llama hoy Internet. Quién sabe. «Siento que mis fuerzas espirituales han alcanzado su plena madurez, que ahora seré capaz de hacerlo...» Lo escribió Pushkin en el destierro, antes de terminar Boris Godunov y Eugen Onegin. 

Por otra parte, Heiner Müller escribía obras de teatro sin público, a la espera de un público que aún no existe. ¿No llegará demasiado tarde? ¿Pero es que a alguien le interesa todo esto, a estas alturas? Todo es igual y todo es diferente. 

Todo es en cualquier caso confuso, porque las cosas no me van mal, pero tampoco me van bien, y desde luego me van mejor que a muchos de los que se quedaron allá, y ahora aquí estoy yo, en Berlín"                (Sin Permiso, 25/03/2012, 'La máquina de combate humana', de  Àngel Ferrero)