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8/3/24

Aleksandra Kollontái: ¿Cuál es el objetivo de las obreras socialistas? Abolir todo tipo de privilegios que deriven del nacimiento o de la riqueza. A la mujer obrera le es indiferente si su patrón es hombre o mujer... Hay una gran contradicción entre los intereses de una mujer obrera y las damas propietarias, entre la sirvienta y su señora… Dejad que un sentimiento alegre de servir a la causa común de la clase trabajadora y de luchar simultáneamente por la emancipación femenina inspire a las trabajadoras a unirse a la celebración del Día de la Mujer... así pues, los trabajadores no deberían temer que haya un día separado y señalado como el Día de la Mujer, ni que haya conferencias especiales y panfletos o prensa especial para las mujeres... Los socialistas en cada país comienzan a demandar una protección especial para el trabajo de las mujeres, seguros para las madres y sus hijos, derechos políticos para las mujeres y la defensa de sus intereses. Cuanto más claramente el partido obrero percibía esta dicotomía mujer/trabajadora, más ansiosamente las mujeres se unían al partido, más apreciaban el rol del partido como su verdadero defensor y más decididamente sentían que la clase trabajadora también luchaba por sus necesidades... las mujeres trabajadoras luchan por la causa común de la clase, mientras al mismo tiempo delinean y ponen en cuestión aquellas necesidades y sus demandas que les afectan más directamente como mujeres, amas de casa y madres. El partido apoya esas demandas y lucha por ellas… Estas necesidades de las mujeres trabajadoras son parte de la causa de los trabajadores como clase

 "¿Qué es el día de la mujer? ¿Es realmente necesario? ¿No es una concesión a las mujeres de clase burguesa, a las feministas y sufraguistas? ¿No es dañino para la unidad del movimiento obrero? Esas cuestiones todavía se oyen en Rusia, aunque ya no en el extranjero. La vida misma le ha dado una respuesta clara y elocuente a estas preguntas.

El día de la mujer es un eslabón en la larga y sólida cadena de la mujer en el movimiento obrero. El ejército organizado de mujeres trabajadoras crece cada día. Hace veinte años las organizaciones obreras sólo tenían grupos dispersos de mujeres en las bases de los partidos obreros… Ahora los sindicatos ingleses tienen más de 292.000 mujeres sindicadas; en Alemania son alrededor de 200.000 sindicadas y 150.000 en el partido obrero, en Austria hay 47.000 en los sindicatos y 20.000 en el partido. En todas partes, en Italia, Hungría, Dinamarca, Suecia, Noruega y Suiza, las mujeres de la clase obrera se están organizando a sí mismas. El ejército de mujeres socialistas tiene casi un millón de miembros. ¡Una fuerza poderosa! Una fuerza con la que los poderes del mundo deben contar cuando se pone sobre la mesa el tema del coste de la vida, el seguro de maternidad, el trabajo infantil o la legislación para proteger a las trabajadoras.

Hubo un tiempo en el que los hombres trabajadores pensaron que deberían cargar ellos solos sobre sus hombros el peso de la lucha contra el capital, pensaron que ellos solos debían enfrentarse al «viejo mundo» sin el apoyo de sus compañeras. Sin embargo, como las mujeres de clase trabajadora entraron en las filas de aquellos que vendían su trabajo a cambio de un salario, forzadas a entrar en el mercado laboral por necesidad, porque su marido o padre estaba en el paro, los trabajadores empezaron a darse cuenta de que dejar atrás a las mujeres entre las filas de «no-conscientes» era dañar su causa y evitar que avanzara. ¿Qué nivel de conciencia posee una mujer que se sienta en el fogón, que no tiene derechos en la sociedad, en el estado o en la familia? ¡Ella no tiene ideas propias! Todo se hace según ordena su padre o marido…

El retraso y falta de derechos sufridos por las mujeres, su dependencia e indiferencia no son beneficiosos para la clase trabajadora, y de hecho son un daño directo hacia la lucha obrera. ¿Pero cómo entrará la mujer en esa lucha, como se la despertará?

La socialdemocracia extranjera no encontró la solución correcta inmediatamente. Las organizaciones obreras estaban abiertas a las mujeres, pero sólo unas pocas entraban. ¿Por qué? Porque la clase trabajadora al principio no se percató de que la mujer trabajadora es el miembro más degradado, tanto legal como socialmente, de la clase obrera, de que ella ha sido golpeada, intimidada, acosada a lo largo de los siglos, y de que para estimular su mente y su corazón se necesita una aproximación especial, palabras que ella, como mujer, entienda. Los trabajadores no se dieron cuenta inmediatamente de que en este mundo de falta de derechos y de explotación, la mujer está oprimida no sólo como trabajadora, si no también como madre, mujer. Sin embargo, cuando los miembros del partido socialista obrero entendieron esto, hicieron suya la lucha por la defensa de las trabajadoras como asalariadas, como madres, como mujeres.

Los socialistas en cada país comienzan a demandar una protección especial para el trabajo de las mujeres, seguros para las madres y sus hijos, derechos políticos para las mujeres y la defensa de sus intereses.

Cuanto más claramente el partido obrero percibía esta dicotomía mujer/trabajadora, más ansiosamente las mujeres se unían al partido, más apreciaban el rol del partido como su verdadero defensor y más decididamente sentían que la clase trabajadora también luchaba por sus necesidades. Las mujeres trabajadoras, organizadas y conscientes, han hecho muchísimo para elucidar este objetivo. Ahora el peso del trabajo para atraer a las trabajadoras al movimiento socialista reside en las mismas trabajadoras. Los partidos en cada país tienen sus comités de mujeres, con sus secretariados y burós para la mujer. Estos comités de mujeres trabajan en la todavía gran población de mujeres no conscientes, levantando la conciencia de las trabajadoras a su alrededor. También examinan las demandas y cuestiones que afectan más directamente a la mujer: protección y provisión para las madres embarazadas o con hijos, legislación del trabajo femenino, campaña contra la prostitución y el trabajo infantil, la demanda de derechos políticos para las mujeres, la campaña contra la subida del coste de la vida…

Así, como miembros del partido, las mujeres trabajadoras luchan por la causa común de la clase, mientras al mismo tiempo delinean y ponen en cuestión aquellas necesidades y sus demandas que les afectan más directamente como mujeres, amas de casa y madres. El partido apoya esas demandas y lucha por ellas… Estas necesidades de las mujeres trabajadoras son parte de la causa de los trabajadores como clase.

En el día de la mujer las mujeres organizadas se manifiestan contra su falta de derechos. Pero algunos dicen ¿por qué está separación de las luchas de las mujeres? ¿Por qué hay un día de la Mujer, panfletos especiales para trabajadoras, conferencias y mítines? ¿No es, en fin, una concesión a las feministas y sufraguistas burguesas? Sólo aquellos que no comprendan la diferencia radical entre el movimiento de mujeres socialistas y las sufraguistas burguesas pueden pensar de esa manera.

¿Cuál es el objetivo de las feministas burguesas? Conseguir las mismas ventajas, el mismo poder, los mismos derechos en la sociedad capitalista que poseen ahora sus maridos, padres y hermanos. ¿Cuál es el objetivo de las obreras socialistas? Abolir todo tipo de privilegios que deriven del nacimiento o de la riqueza. A la mujer obrera le es indiferente si su patrón es hombre o mujer.

Las feministas burguesas demandan la igualdad de derechos siempre y en cualquier lugar. Las mujeres trabajadoras responden: demandamos derechos para todos los ciudadanos, hombres y mujeres, pero nosotras no sólo somos mujeres y trabajadoras, también somos madres. Y como madres, como mujeres que tendremos hijos en el futuro, demandamos un cuidado especial del gobierno, protección especial del estado y de la sociedad.

Las feministas burguesas están luchando para conseguir derechos políticos: también aquí nuestros caminos se separan: para las mujeres burguesas, los derechos políticos son simplemente un medio para conseguir sus objetivos más cómodamente y más seguramente en este mundo basado en la explotación de los trabajadores. Para las mujeres obreras, los derechos políticos son un paso en el camino empedrado y difícil que lleva al deseado reino del trabajo.

Los caminos seguidos por las mujeres trabajadoras y las sufraguistas burguesas se han separado hace tiempo. Hay una gran diferencia entre sus objetivos. Hay también una gran contradicción entre los intereses de una mujer obrera y las damas propietarias, entre la sirvienta y su señora… Así pues, los trabajadores no deberían temer que haya un día separado y señalado como el Día de la Mujer, ni que haya conferencias especiales y panfletos o prensa especial para las mujeres.

Cada distinción especial hacia las mujeres en el trabajo de una organización obrera es una forma de elevar la conciencia de las trabajadoras y acercarlas a las filas de aquellos que están luchando por un futuro mejor. El Día de la Mujer y el lento, meticuloso trabajo llevado para elevar la auto-conciencia de la mujer trabajadora están sirviendo a la causa, no de la división, sino de la unión de la clase trabajadora.

Dejad que un sentimiento alegre de servir a la causa común de la clase trabajadora y de luchar simultáneamente por la emancipación femenina inspire a las trabajadoras a unirse a la celebración del Día de la Mujer."                ( Aleksandra Kollontái , El Viejo Topo, 08/03/24)

25/1/22

Entrevista a María Sánchez: hoy en día es más fácil poner una nave intensiva de cerdos o de pollos que hacer un proyecto agroecológico donde estás previniendo incendios forestales, donde estás conservando paisaje y biodiversidad y donde estás produciendo alimentos que no enferman, que son saludables, de cercanía, de alto valor ambiental. Esta es la realidad... todos estos chicos y chicas que no se quieren ir de su pueblo, que se quieren quedar en su pueblo, ¿qué pasa con ellos, qué pasa con sus historias? O ¿qué pasa, por ejemplo, con toda la gente que se quiere ir a un pueblo pero no pueden porque no hay acceso a la tierra, no hay vivienda digna, no hay bolsa de alquiler social, las casas cuestan un dineral?

 "María Sánchez es veterinaria y trabaja con razas autóctonas en peligro de extinción, defendiendo otras formas de producción y de relación con la tierra como la agroecología, el pastoreo y la ganadería extensiva. Ha publicado el poemario Cuaderno de campo (La Bella Varsovia, 2017) y los libros Tierra de mujeres (Seix Barral, 2019) y Almáciga (Geoplaneta, 2020).

Júlia Martí: Cada vez se está hablando más sobre el mundo rural, aunque durante mucho tiempo ha sido el gran olvidado.

María Sánchez: Es un tema que no se ha tenido lo suficientemente en cuenta y que creo que en los tiempos en los que estamos, de emergencia climática y de pandemia, de capitalismo atroz y de hiperextractivismo hay que tocarlo ya, y creo que tiene que ser una cuestión vital y central en la agenda. Porque, a fin de cuentas, el tema de la tierra, de la sequía, de la comida, de la gente que trabaja en estos ámbitos –personas migrantes con poquísimos derechos y que están padeciendo muchísimo–, es clave. Y hay dinámicas –no quiero decir tradicionales, pero sí alternativas– que conservan biodiversidad y territorio, que podrían ser fundamentales en la lucha contra el cambio climático y que no se están teniendo en cuenta porque no interesa, porque al sistema no le es rentable ni tampoco le interesan estos modelos de producción. Debemos poner sobre la mesa y cuestionar de una vez el modelo agroalimentario que tenemos.

J. M.: En el libro Tierra de mujeres recuperas la historia de las mujeres rurales, una historia que a menudo vinculas con una herida abierta. ¿Cómo sanar estas heridas, cómo devolverlas al lugar que merecen?

M. S.: Escribí el libro entre 2017 y 2018, fue publicado en 2019. Desde que salió el libro, creo que ha habido un cambio brutal en el relato y la forma de mirar. Hemos pasado de no saber nada de las mujeres rurales, de sus historias y sus vidas, de sus problemas, de a lo que se enfrentan día a día, de la diversidad –porque no hay un solo tipo de mujer rural–, a tener visibilidad en las redes sociales, artículos, reportajes en medios… Y creo que es muy importante conocer todo lo que hay de nuestros medios rurales, saber de dónde venimos, con las cosas buenas y las cosas malas, para, en estos tiempos de emergencia climática y pandemias, saber hacia dónde queremos ir.

Cuando llega el feminismo en mi vida, me doy cuenta de todas estas lagunas, de todas estas cosas que no entendía, o que no hablaba, de todo aquello con lo que no nos atrevemos a romper el silencio. Es tan importante hablar, conocer, visibilizar... Y claro, en mi caso ¿qué pasa?, que cuando llega el feminismo a mi vida –como cuento en Tierra de mujeres– lo primero que hago es buscar veterinarias, científicas, ecologistas, divulgadoras, ornitólogas, botánicas…, pero paso por completo por encima de las mujeres de mi casa. Cuando era adolescente, mi madre era la persona que tenía de ejemplo de lo que no quería ser nunca en mi vida. Fui muy injusta, muy egoísta. No quise entender la vida que le tocó a mi madre, las renuncias, lo que tuvo que vivir, la época, el machismo, etc.

El libro sale de esta herida abierta, de este duelo, de este llegar tarde. No deja de ser una manera de pedir perdón a todas esas mujeres de mi familia. Con él intenté crear un lugar donde ellas se sintieran representadas y sintieran que sus historias y sus voces también importan, y que tienen muchísimo que contar. La historia de mi madre es muy dura, pero es la historia de tantas mujeres de este país. Nació en el 60, y con 12 años, siendo una niña, tuvo que dejar el colegio y ponerse a trabajar la aceituna en el campo, sin derecho a decidir ni nada.

Quería hacer esta nueva narrativa para reconocerlas, para que sus historias también se tuvieran en cuenta. En estos casi tres años desde que salió el libro he tenido muchísimos encuentros en pueblos, y hay dos cosas que me han dicho que no dejan de repetirse: “este libro lo podría haber escrito yo” y “has contado mi vida”. Creo que eso es muy importante, esta reconciliación con nuestras madres y con las mujeres de nuestras familias a las que nunca quisimos parecernos y que nunca cuestionamos ni preguntamos por toda la desigualdad y renuncia que traían en sus espaldas.

J. M.: Me parece muy importante esta parte de reconocimiento generacional.

M. S.: En un encuentro con otras mujeres hace un par de años, en el turno de preguntas, una chica de 17 años se levantó del público muy enfadada diciendo que su madre no era feminista, preguntando qué libro tenía que darle, qué tenía que hacer para que su madre fuera feminista. “¿Tú has intentado hablar con tu madre de su vida?, ¿sabes qué quería ser tu madre de pequeña?”. Yo he sido muy egoísta diciendo de mi madre “es que hay que ver que solo limpia” o “solo se preocupa por la casa”, pero yo no quería saber que a mi madre desde pequeña la enseñaron a limpiar, a cocinar, a trabajar en el campo, a no tener nada, a no poder decidir. Es tan doloroso y duro…; creo que hay que conocer las mochilas que trae cada una encima, no podemos imponer, ni caer en dinámicas condescendientes ni paternalistas tan machistas, creo que toca acompañamiento, diálogo y entendimiento.

Pero cuidado, tampoco podemos caer en la idealización. Porque ahora, terriblemente, estamos en una ola de nostalgia reaccionaria, con frases como ya no hay mujeres como antes. Hay que visibilizar las cosas a las que renunciaron y las cosas que les tocó vivir. Esa desigualdad y machismo extremo que alcanzó a todas. Yo muchas veces me pregunto qué habría pasado si mi madre hubiera podido seguir yendo al colegio, ¿habría podido descubrir otros mundos, otras vidas? A lo mejor ahora estarías hablando con mi madre, a lo mejor ella sería la escritora.

J. M.: Tu relato choca con los intentos de representar una imagen idealizada de lo rural, de la vida que tuvieron nuestras madres y abuelas, ¿cómo combinar su reivindicación sin caer en el esencialismo y la mistificación?

M. S.: Es que sabes qué pasa, que esta reivindicación viene de gente que tiene un altavoz y que está muy bien respaldada por los grandes medios, pero que ni vive ni habita, ni sabe la realidad de los medios rurales. Me parece tan brutal que alguien haga esto y se cargue todo el trabajo de años de las asociaciones feministas y de los grupos de mujeres que hay en nuestros pueblos. Todas estas luchas que hay en los pueblos para evitar, primero, esta romantización-idealización y luego, también en el sentido contrario, esta voz tan simple donde somos unos brutos, donde somos los santos inocentes, Las Hurdes o Puerto Hurraco. Me parece tan injusto pensar que vivimos peor que nuestros padres, es que pienso en tantas cosas, por ejemplo: una mujer hasta entrados los años 80 no podía tener una cuenta bancaria, y si las mujeres tenían algo de tierra, el marido, cuando se casaban, la vendía o se quedaba con ello.

Recomiendo el libro Basa de Miren Amuriza, publicado en Consonni, sobre una mujer rural y los dilemas de dejar ser cuidada y de tener que seguir cuidando, por la mentalidad y la vida que te ha tocado vivir… A mí me hace mucha gracia cuando en las presentaciones de Tierra de mujeres, en algunos lugares del norte, siempre salía algún comentario por parte de hombres diciendo “no, es que en mi casa había un matriarcado”. Este famoso matriarcado en el norte, ¿no? Un matriarcado que se reduce a que la mujer podía decidir en qué se invertía alguna vez el dinero cuando tocaba cosas de la casa o que daba su opinión. Y yo les pregunto: “¿La casa de tu familia está a nombre de tu abuela?, ¿tu abuela manejaba el dinero?” Ahí tenemos los datos, el porcentaje de mujeres que tienen la propiedad de la tierra o que están dadas de alta es ridículo, ¿dónde está este matriarcado en las cifras? No existe. Hay una romantización tan brutal…, y con esta vuelta a ella, pienso que indirectamente estamos romantizando una dictadura, cuando romantizamos cómo vivían nuestras abuelas y nuestras madres.

 Podemos reivindicar sus vínculos y conocimientos (que tanto han sido despreciados por la academia), y sumarlos a las herramientas y saberes que tenemos hoy en día. Me horroriza que sigamos dando altavoz a discursos donde solo se habla de la mujer en el medio rural para hablar de políticas de natalidad. En este sentido, recomiendo el informe “Participación política de las mujeres campesinas en el Estado español”, un trabajo de Mundubat.

Hay muchas mujeres y hombres luchando por un mundo rural diverso, vivo, con soberanía alimentaria, para conservar nuestra biodiversidad, luchando contra macrogranjas, contra los vertederos y todos los proyectos de invasión de macroeólicos que estamos teniendo en territorios de alto valor ambiental. La mayoría de los grupos y movimientos que están trabajando desde los medios rurales, toda la gente que tengo la suerte de conocer y con la que trabajo, trabaja por el bien común, por la comunidad, por otros sistemas, por otras formas de relacionarnos, de vivir en la tierra, por otras políticas públicas. En vez de visibilizar estas luchas, ¿de verdad tenemos que estar volviendo a estos discursos llenos de nostalgia reaccionaria que quieren recuperar una vida pasada que nunca fue mejor? A fin de cuentas, lo que vivimos de pequeños cuando crecemos lo tendemos a romantizar.

Me parece tremendo que se amplifique una experiencia personal y se quiera imponer y convertir en el único relato válido y posible, dejando atrás una población y unos territorios diversos que llevan años de lucha y reivindicación.

J. M.: El pasado 8 de marzo publicasteis el manifiesto “Por un feminismo de hermanas de tierra”, en el que contabais “que son y serán mujeres fuertes de tierra que la mayoría de las veces no pudieron elegir ni decidir. Que a base de renuncias, creciendo en una casa construida sobre cimientos de desigualdad y machismo, nos abrieron vereda a las demás”. Frente a los estereotipos que siguen proliferando, ¿cómo describirías tú a las mujeres rurales de hoy en día, cuáles son sus reivindicaciones, proyectos, aspiraciones?

M. S.: Mira, justo este verano en una entrevista me preguntaron ¿a qué se puede dedicar una mujer rural?, y yo le dije que por qué no cambiaba la palabra rural por urbana y me volvía a hacer la pregunta. Una mujer rural se puede dedicar a lo que sea, creo que la gente ya tiene que entender –y esto es algo que lleva diciendo FADEMUR muchos años– que ya basta de esta imagen de la mujer rural como la mujer mayor vestida de luto de nuestros pueblos. Desde FADEMUR, que es la federación de asociaciones de mujeres rurales del país, llevan muchísimos años trabajando por la igualdad, consiguieron poner en marcha la ley de titularidad compartida, y con su trabajo visibilizan las necesidades y realidades de las mujeres rurales.

Sobre el manifiesto del 8 de marzo, lo escribimos Lucía y yo gracias a las reflexiones de otras compañeras que forman parte de colectivos y asociaciones rurales como Lareira Mental o Jornaleras en Lucha de Huelva. Intentamos tener en cuenta las diferentes luchas y problemáticas que pueden tener las mujeres rurales, que no son solamente mujeres blancas –no nos podemos olvidar que en nuestros pueblos también viven personas racializadas– y que no son solamente mujeres cis. Cada año vamos ampliando la red y se van sumando más mujeres, más voces, intentamos darles cabida a todas, porque nuestros medios rurales son diversos y cada territorio tiene una realidad propia y diferente. 

J. M.: Quería preguntarte también sobre la tensión que hay entre lo rural y lo urbano, que ha tenido un capítulo propio en relación al feminismo, y a veces la relación entre el feminismo urbano y el feminismo campesino y rural no ha estado exenta de tensiones. ¿Cómo ves tú esta relación y cómo podríamos superar las tensiones?

M. S.: Creo que tensiones siempre hay cuando se parte de algo sin querer aprender, sin querer ser honesto y sin querer conocer la realidad del otro. Ya sea desde lo urbano a lo rural, como de lo rural a lo urbano. Dentro del feminismo hay gente que cree que todo el feminismo tiene que ser igual, que no se tiene que tener en cuenta la raza, las condiciones sociales, el trabajo… Yo creo en el feminismo interseccional, y creo que no es lo mismo a lo que se enfrenta una mujer que es la jefa de una empresa que una mujer migrante que está trabajando en un invernadero en Almería y vive en una chabola sin luz ni agua. Pienso que es muy importante no caer en el paternalismo ni clasismo con las mujeres rurales. 

Hablando de esto siempre recuerdo lo que me contó Ana Pinto, de Jornaleras en Lucha de Huelva –temporera e impulsora de este sindicato que es fundamental para las mujeres migrantes–, acerca de cómo el primer año hubo un grupo de feministas de ciudad que en vez de acompañarlas como se está haciendo ahora, fueron básicamente a imponerles cómo tenían que organizarse y realizar su feminismo y activismo, su lucha. Y la reflexión de Ana era: “Vosotras no vivís aquí, no sabéis las problemáticas, no sabéis la violencia que vivimos con los empresarios, no sabéis las cosas que nos faltan...”. Como te comentaba antes, creo que debemos acompañar y entender y no imponer ni caer en ese paternalismo condescendiente y clasista.

Pienso que el acercamiento a nuestros medios rurales debería hacerse desde el respeto, sin mirar por encima del hombro. Y ojo, que también pasa en la dirección contraria: cuántas veces nos hemos encontrado que, llegando gente joven a montar un proyecto en un pueblo, los comentarios de algunas personas del pueblo sean: “anda que estos van a durar mucho”, “estos se van a morir de hambre” o “estos no tienen ni idea”. Esta condescendencia y paternalismo desgraciadamente está en todos lados, por esto en Tierra de mujeres hablo de crear un nuevo idioma, un nuevo lenguaje, en el que partamos todos y todas del mismo nivel, que podamos aprender del otro, cuidarnos, conocernos… Porque a fin de cuenta nos necesitamos, tanto la ciudad a los pueblos como los pueblos a la ciudad.

 J. M.: Sobre estas tensiones, no sé si quieres comentar algo sobre el debate que hay entre mujeres veganas y animalistas y las mujeres que se están organizando en el medio rural en torno a la ganadería extensiva y otra forma de alimentarnos.

M. S.: Es algo que me produce mucho dolor, y que lamentablemente lo he sufrido en redes sociales, no por parte de todo el mundo, sino por ciertos perfiles. Se vuelve algo superviolento, dejas de ser una persona, simplemente eres un objetivo, una imagen deshumanizada a la que insultar y atacar. Y me da mucha pena porque creo que el veganismo y colectivos como Ramaderes de Catalunya o gente con proyectos agroecológicos tenemos muchas cosas en común. Pero, cuando se falta el respeto, se ataca la forma de vivir de las personas, sin conocer la relación, el vínculo, y se entra en ataques personales y sin dar opción al diálogo y entendimento, no me parece feminista.

Creo que es importante conocer qué sucede en el campo, saber que todos formamos parte de ciclos. Y, por supuesto, dejar de incentivar y fomentar la macroindustria: desde la agricultura a la ganadería intensiva. Necesitamos apoyar las producciones donde los animales viven en el campo y se alimentan de él, aprovechando sus recursos, donde forman parte de un ciclo, de un territorio. Donde, por ejemplo, una cabrera con sus cabras previene incendios forestales, porque las cabras son los bomberos más baratos del mundo, y donde hay cabras no hay fuego. Conocer que consumiendo, por ejemplo, sus quesos, conservamos un paisaje, protegemos territorio y biodiversidad, creamos y fortalecemos la economía local, los alimentos de temporada y proximidad.

J. M.: La crisis ecológica, la pandemia…, han impulsado el lema ruralismo o barbarie. Lo rural se posiciona como salida a la crisis, tanto en lo personal como en lo que respecta a la organización social. ¿Crees que en el mundo rural se encuentran las bases para reconstruir nuestra sociedad? ¿Qué tendría que pasar para que esto fuera verdad?

M. S.: Se encuentran parte de las bases, pero lamentablemente están en peligro de extinción, porque el capitalismo y el sistema hiperextractivista en el que estamos alcanza todos los espacios. Siempre cuento el mismo ejemplo: antes en mi pueblo había un horno, y ahora en cambio hay una franquicia de pan congelado que te la puedes encontrar en Córdoba, Sevilla y Madrid. Estamos perdiendo un montón de cosas propias y de productos locales, y formas incluso de trabajar por la comunidad, como los pastos comunales, las veredas o los montes públicos.

 Sí, te diré que hay cierta romantización con esto de la pandemia de “me voy al campo”. En realidad, la gente que se ha ido, la mayoría, era gente con dinero, de cierta clase social, que sigue teniendo su primera residencia y sus servicios básicos cubiertos en la ciudad y que le da igual no tener internet o no tener médico o que no haya colegio en el pueblo porque no le hace falta. Pero no lo hemos visto en la dirección contraria: todos estos chicos y chicas que no se quieren ir de su pueblo, que se quieren quedar en su pueblo, ¿qué pasa con ellos, qué pasa con sus historias? O ¿qué pasa, por ejemplo, con toda la gente que se quiere ir a un pueblo pero no pueden porque no hay acceso a la tierra, no hay vivienda digna, no hay bolsa de alquiler social, las casas cuestan un dineral? Hay que cuestionarse esto, qué necesidades hay y quién puede irse realmente hoy al campo.

Además, hoy en día es más fácil poner una nave intensiva de cerdos o de pollos que hacer un proyecto agroecológico donde estás previniendo incendios forestales, donde estás conservando paisaje y biodiversidad y donde estás produciendo alimentos que no enferman, que son saludables, de cercanía, de alto valor ambiental. Esta es la realidad en la que estamos; lo que se debería fomentar es justamente lo contrario de lo que se hace. Es muy doloroso cuando oyes a pastores, ganaderas, agricultoras –que hacen las cosas bien y tienen esta relación con la tierra y creen en la comida como elemento transformador y político– que te dicen “es que parece que nos quieren echar del campo”. Esto es muchas veces lo que sentimos.

Por eso es muy importante volver a esta organización desde abajo, hablar y formar parte del lugar que habitamos. En la pandemia hemos visto cómo los propios barrios, la propia ciudadanía, se ha organizado desde abajo . Es muy importante dejar de vernos como personas independientes y por encima de las cosas, de las personas y del resto de seres, debemos cambiar a una visión interdependiente y reconocernos vulnerables, porque a fin de cuentas necesitamos a otras personas, a otros seres y recursos desde que nacemos hasta que nos morimos. Cuando tenemos esto en cuenta, cambia nuestra forma de estar en el mundo. Es lo que a mí me hace tener esperanza, ver que hay personas que se mueven, que se juntan a luchar por el lugar que habitan, por reivindicar o por mostrar los problemas que tienen.

J. M.: No sé si quieres añadir algo más.

M. S.: Creo que nos deberíamos plantear el sistema en el que estamos, porque hablamos de la covid como si fuera la única pandemia y ya teníamos una pandemia que es la del hambre. Estamos en un sistema hiperextractivista que contamina, que mata, precariza y enferma a las personas, que produce alimentos que no son sanos y que no nos alimentan. A día de hoy, hay muchísimas personas que se siguen muriendo de hambre, en un futuro se nos juzgará por esto, por dejar que se siga muriendo gente de hambre todos los días mientras que hay un 20% de alimentos que todos los días se tiran a la basura. Además, los alimentos ultraprocesados, los más baratos y de más fácil acceso, están relacionados con enfermedades cardiovasculares, con obesidad… Desde Justicia Alimentaria hace años que hablan de esto: comer mal nos enferma. Hay que cambiar todo el sistema alimentario pero no solo por los y las consumidoras, también por quienes trabajan en la producción de estos alimentos. Del cultivo a la mesa, toda la cadena.

J. M.: Antes de despedirnos, quería contarte que cuando mi abuela abrió tu libro Almáciga, se quedó mirando una de las ilustraciones de Cristina Jiménez y afirmó: “Son mis manos”, en su cara vi la satisfacción del reconocimiento. No solo estás recuperando palabras, estás devolviendo al lugar que merecen muchas vidas hasta ahora silenciadas.

M. S.: Qué bonito, se lo voy a contar a Cristina…, vuelvo a esto que te decía, que veo muy importante saber de dónde venimos, y sobre todo en los medios rurales es importante recuperar las lenguas, que están muy ligadas con la forma de relacionarse, vivir, entender una comunidad, trabajar con los animales, trabajar la tierra, detrás de estas palabras nos encontramos con otras formas de habitar y de relacionarnos con el territorio."                       (Júlia Martí , Viento Sur, 21/01/22)

23/7/21

Laura Martínez, ganadera sostenible: “La ganadería sostenible no es viable económicamente... “El principal problema son los precios que impone el mercado. Son ridículos. Y no podemos hacer nada porque quienes lo imponen son los distribuidores y las grandes factorías... lo mejor es reducir el consumo de carne y exigir calidad... La carne de la ganadería extensiva, pastoreada y vendida directamente al consumidor es muchísimo más sana y está muchísimo más rica que la del supermercado

 "Bustarviejo es un municipio de 2.500 habitantes situado en las faldas de la Sierra de Guadarrama (Madrid). A la entrada del pueblo hay un camino de tierra que acaba a las puertas de La Caperuza, una cuidada finca que la suave brisa de la montaña refresca en las calurosas tardes del verano. Su dueña es Laura Martínez (Madrid, 1992), veterinaria de campo, pastora,  “y ganadera sostenible de un hermoso rebaño de cabras” que evitan que los incendios se vuelvan fieros e incontrolables. So

n 175 cabritas bomberas, cada una con su nombre en wólof, el idioma de su marido, también pastor. Brincan ladera arriba y limpian un área de 18 hectáreas de vegetación indómita. Un trabajo esencial para un mundo que se resiste a alterar su modo de vida y sus hábitos de consumo. “Creo que lo mejor es reducir el consumo de carne y que la que se consuma sea de calidad, procedente de proyectos sostenibles, de ganadería extensiva que trabaje con una orientación ecológica”, confiesa esta mujer que cuando habla de estas cosas mira a los ojos con la dureza que le exige el campo. 

“El principal problema son los precios que impone el mercado. Son ridículos.  Y no podemos hacer nada porque quienes lo imponen son los distribuidores y las grandes factorías”. Madre de un niño de nueve meses, compagina con su marido la conciliación de las tareas domésticas y profesionales. “No es que haya pocas mujeres ganaderas, sino que hemos estado silenciadas. Nadie nos tenía en cuenta. Y aunque eso está cambiando sigue siendo complicado”, concluye con una sonrisa de felicidad. “Es que soy feliz. Me siento libre”. 

¿Qué es “ganadería ecológica”?

La denominación correcta de nuestro proyecto es “ganadería sostenible”. No estamos certificadas como “ecológica” aunque la hemos equilibrado en todos los aspectos para que funcione sin exprimir los recursos naturales y sin causar daño al medio ambiente ni a los animales ni a las personas que trabajamos en ella. Nos importa muchísimo el trato a los animales. Las cuidamos, las queremos y trabajamos con ellas de forma que estén lo más a gusto posible. Y luego está el respeto a las personas que trabajamos aquí. Todos tenemos nuestro horario, nuestro salario digno y nuestras vacaciones.

Usted, además de ganadera, es pastora.

Sí. En la ganadería extensiva hay que salir todos los días a pastorear. Las cabras mantienen y regeneran la biodiversidad de la finca y contribuyen a la sostenibilidad del medio ambiente en toda esta zona.

Mantienen el monte limpio.

Sí, conservamos una franja cortafuegos de 18 hectáreas.

Es decir, lo que usted pastorea son cabritas-bombero.

Efectivamente (risas). Estos tres últimos años hemos mantenido esas 18 hectáreas sólo con la acción de las cabras. No hemos necesitado introducir máquinas, que son las que se cargan la biodiversidad. Pero es que, además, las cabras favorecen la resemillación del monte, abonan el campo y aportan un montón de beneficios a la sostenibilidad que sólo se pueden conseguir mediante la ganadería extensiva.

¿Cuántas cabras tiene?

Ahora 175. Tenemos 140 adultas en producción, cuatro machitos y el resto son chivas de reposición, es decir, cabritas pequeñas que se quedan en la granja por si se produce alguna baja y hay que sustituirla.

Supongo que cada una tendrá su nombre.

Las conozco a todas. Mi marido, que es de Senegal, les pone nombres muy bonitos. En wólof.

¿Habla con ellas?

Muchísimo. Luego digo, ¡cualquiera que me oiga! (risas). Pero, bueno, mantengo con ellas una relación diferente a la que puedo tener con un perro, que para nosotras es un compañero de trabajo imprescindible y forma parte de la familia. A las cabras las quiero mucho. Cada vez que una muere, me llevo un disgusto enorme.

También tendrá que sacrificarlas. ¿No le apena cuando llega ese momento?

Sí, los cabritos. A mí me cuesta mucho, y más procediendo de la ciudad. Al principio me decía pero cómo voy a sacrificar yo a un animal así. Pero todo es hacerte. La muerte es una consecuencia de la vida y la gente demanda carne. Quiero decir que la consume.

¿Cuál es su opinión sobre la reducción del consumo de carne?

Estoy de acuerdo. Creo que lo mejor es reducir el consumo de carne y exigir calidad. Es decir, que la que se consuma proceda de proyectos sostenibles, de ganadería extensiva que trabaje con una orientación ecológica que evite utilizar productos químicos en su producción. La carne de la ganadería extensiva, pastoreada y vendida directamente al consumidor es muchísimo más sana y está muchísimo más rica que la que usted puede encontrar en un supermercado.

 Pero la competencia de las macrogranjas industriales es brutal, ¿cómo se las arreglan para sobrevivir?

Sacando los permisos para vender carne directamente al consumidor, que es la única manera de sacar rentabilidad a proyectos como este. Y también trabajamos con otros ganaderos que manejan los mismos ideales que nosotros. Colaboramos con un ganadero de Bustarviejo a quien da gusto ver cómo cuida sus terneras. Además, pertenezco al colectivo “Ganaderas en Red”, un grupo de mujeres de toda España que trabaja la ganadería extensiva y que estamos unidas para prestarnos ayuda mutua.

Sin embargo, las dificultades para introducir sus productos en un mercado dominado por las grandes empresas deben de ser enormes.

El principal problema para nosotras son los precios que impone el mercado. Son ridículos. Vendes la carne y la leche por debajo de su coste de producción. Y no podemos hacer nada, porque quienes determinan esos precios son los distribuidores y las grandes factorías. Con esos parámetros, la ganadería sostenible no es viable económicamente. Así que para darle la vuelta tienes que exprimirte, transformar la leche en quesos y comercializar la carne directamente con el consumidor. Otro hándicap es que tampoco contamos con mataderos disponibles y para rematarlo están el lobo y el oso.

¿No me diga que le causan problemas?

No. Nosotras guardamos las cabras de noche y tenemos mastines que las cuidan. Así que no hemos tenido problemas. Si implantas medidas de seguridad, el riesgo de ataque es mucho más bajo. Además, esta zona no es de influencia directa del lobo. Suelen estar en el Puerto de Canencia y, aunque a veces pasan cerca, no viven aquí. Sin embargo, tengo compañeras que conviven con el lobo y el oso y para ellas es un inconveniente.

 Pero el lobo y el oso son especies amenazadas. No podemos sacrificarlos en aras de la producción ganadera. ¿Es imposible convivir con ellos, como siempre se ha hecho? 

Por supuesto que se puede. Que exista el lobo, el oso y el lince es imprescindible para la vida. Es que son depredadores necesarios para la fauna que tenemos. Pero a la hora de aplicar medidas se debería tener en cuenta la opinión de la gente que trabajamos en el medio rural. No puede ser que introduzcan estas especies en áreas donde son incompatibles con la subsistencia de agricultores y ganaderos. En lugar de introducirlas por decreto, deberíamos hablar entre todos para ver cómo podemos hacerlo sin que nadie sufra perjuicios por ello. Que sea bueno para la especie y bueno también para la gente que trabajamos en el campo. Le aseguro que ningún ganadero quiere que se extingan el oso y el lobo, pero ver como un día se comen todo el esfuerzo, el físico y el económico, invertido en tus animales sin que nadie te pague por ello resulta un poco duro. Es complicado, pero entre todos podemos encontrar un equilibrio.

¿Considera necesario el movimiento asociativo y el sindicalismo agrario?

Me parece imprescindible potenciarlo. En el campo deberíamos desarrollar más la mentalidad asociativa. Por eso me gusta tanto Ganaderas en Red. Es cierto que no peleamos lo suficiente en la mejora de los precios, pero trabajamos mucho en visibilizar la ganadería extensiva y en el protagonismo que tiene la mujer en este sector. La reivindicación es la única forma de hacerte oír y de que te hagan caso. Sólo unidas tendremos fuerza.

 El mundo del campo sigue estando muy estereotipado. Es un sector tradicionalmente asociado al hombre. ¿Por qué no hay tantas mujeres ganaderas?

No es que haya pocas mujeres, sino que hemos estado silenciadas. Hay tantas como hombres pero eran ellos los que estaban dados de alta y los que daban la cara en las gestiones. La mujer siempre ha estado ahí,  trabajando con los animales, cuidando de la casa y de los niños, pero sin reconocimiento. Nadie nos tenía en cuenta. 

Y aunque eso está cambiando, sigue siendo complicado. Bustarviejo, por ejemplo, es un pueblo muy emprendedor, con un montón de iniciativas de gente que vino de la ciudad para tener una vida mejor y hay bastantes negocios gestionados por mujeres. Sin embargo, a veces parece que no te toman en serio cuando pides información y te preguntan por el marido, por el jefe, para cerrar un acuerdo. Cuando ven que la responsable es una mujer siguen quedándose un poco sorprendidos.

 Es madre de un niño de nueve meses. ¿Cómo lleva la conciliación una mujer ganadera?

Es difícil porque siendo tan pequeñito creemos que es mejor que esté con nosotras que en una guardería. Es verdad que es complicado, que tenemos que hacer una especie de tetris con nuestros quehaceres diarios para estar con él, pero es lo que toca en estos momentos. Yo me lo llevo todos las mañanas a la quesería y dos días a la semana se lo queda mi pareja para que esté con él. Nos turnamos según las necesidades de cada uno, porque con los animales hay veces que va todo bien pero otras, todo se tuerce.

¿Es caro el acceso a la tierra?

El acceso a la tierra es supercomplicado. Para mí fue la principal barrera para sacar adelante este proyecto. El problema es que los dueños no quieren vender terrenos ni tampoco alquilarlos. Y luego hay extensiones que ya no tienen propietario, que están abandonadas, pero no hay forma de acceder a ellas. Esta finca, por ejemplo, tiene 150 hectáreas y pertenece al Ayuntamiento de Bustarviejo. Por lo tanto es pública, pero se adjudica cada cuatro años. También tenemos los pastos comunales de toda la vida pero, claro, cuatro años de margen para que fluya un negocio es insuficiente. Por eso le digo que entre que es difícil encontrar tierra y que las condiciones que te ofrecen no son las más adecuadas, los proyectos sostenibles son inestables. Respecto al precio, depende. En Madrid, muchos son inasequibles. Te obligan a hacer grandes inversiones.

¿Qué es para usted vivir bien?

Pues tener una vida sencilla y digna. Para mí no es tener una mansión sino vivir como quiero. Tenemos una casa estupenda, en alquiler, con jardín pero no por capricho sino porque me gusta el campo. Contamos con el apoyo de mis padres. Mi madre, por ejemplo, viene por aquí y lo mismo ordeña a las cabras que las pastorea. Y mi padre, igual. Ahora lo que quiero es que mi hijo pueda tener todas las oportunidades posibles para que pueda elegir libremente qué quiere ser de mayor.

¿Es feliz?

Mucho, muchísimo. No cambiaba un sitio así por nada del mundo. Quitando el invierno, que en Bustarviejo es un poco duro y se hace largo, el resto es felicidad. Me siento libre."              (Gorka Castillo, CTXT, 20/07/21)

7/5/13

“Aunque invisibilizada, la mujer campesina es un agente económico de primer orden”

"Hay en el mundo más de 1.600 millones de mujeres rurales, la mayoría agricultoras. Según la FAO, organismo de las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentación, las mujeres producen entre el 60 y el 80% de los alimentos en los países del sur, y la mitad de todo el mundo, pero no poseen siquiera el 2% de la tierra.

 Trabajan en el campo, producen los alimentos y los distribuyen, muchas veces sin remuneración, lo que se añade a las tareas domésticas de las que también se ocupan.  (...)

Las mujeres agricultoras gestionan huertos familiares que muchas veces garantizan la supervivencia de la economía doméstica. Esta labor, a menudo invisibilizada, implica otras tareas no menos decisivas, por ejemplo, la selección de semillas según los gustos y tradiciones de la comunidad.

 O el intercambio de éstas con los vecinos, con lo que se contribuye a preservar la biodiversidad. Estas prácticas se oponen radicalmente a las de la agroindustria, que, bajo la coartada de una sedicente modernidad, comercializa plaguicidas y semillas transgénicas.

Pero la reivindicación del aporte de la mujer rural no se para en la producción. En la defensa de la soberanía alimentaria la Marcha Mundial de las Mujeres va un punto más allá. “Han de tener acceso a recursos y dinero; poder invertir en la producción y diversificarla”, explica Nobre.

 Sin embargo, todavía hay que sortear grandes dificultades. De entrada, el acceso al crédito de las mujeres, a escala global, es mínimo. Además, “a veces se presentan como intereses familiares en la unidad de producción agrícola los del esposo, aunque la mujer manifieste otros diferentes”.

En el trabajo rural de la población femenina existe mucho saber acumulado. Y muy poco reconocido. La activista brasileña recuerda el caso de una ONG que impartía cursos para mejorar la producción de café, pero sin resultados. El caso es que los talleres se impartían a hombres, cuando eran las mujeres de la comunidad quienes se dedicaban al secado y elaboración de este producto. 

Además, la agroecología plantea (en oposición al agronegocio) una producción de alimentos armónica con el medio natural. Pero esta obtención de alimentos respetuosa, explica Míriam Nobre, “no debería darse por un incremento en el tiempo de trabajo de las mujeres”. Éste es otro de los retos a los que se enfrenta la soberanía alimentaria. (...)

“El cuidado y la reproducción son esenciales para la humanidad y los llevan a cabo las mujeres; hace falta un reconocimiento expreso; ahora bien, queremos compartir con los hombres estas tareas, que, además, no pueden constituir nuestra primera identidad. 

Entre otras razones, porque esto les viene muy bien a los estados (como ocurre con el voluntariado) para ahorrarse inversiones necesarias”, explica la coordinadora de la Marcha.

El principio de soberanía alimentaria pretende superar estas dicotomías. Entre otras. En Europa se entiende como parte del pasado el confinamiento de la mujer a los roles de madre y ama de casa. Pero las mujeres de América Latina han otorgado a estas funciones, a veces, un sentido político. 

Recuerda la coordinadora del Secretariado Internacional de la Marcha Mundial de Mujeres “la lucha de las compañeras peruanas, cuando no podían comprar la leche al vecino porque se importaba de Europa la leche en polvo”. En Argentina, durante los cortes de ruta, las mujeres se encargaban de la preparación de la comida y a este menester le concedían relevancia política. 

Realizaban un trabajo esencial en las protestas. “No queremos desempeñar los roles de siempre, la casa y la cocina; pero también hemos de luchar por su reconocimiento y, más aún, cuando las mujeres los introducen en la batalla política”, resume Nobre. “Son muchas contradicciones que deberemos resolver en la práctica”, concluye la activista."       (Enric Llopis, Rebelión, 01/05/2013)