"María Sánchez es veterinaria y trabaja con razas
autóctonas en peligro de extinción, defendiendo otras formas de
producción y de relación con la tierra como la agroecología, el pastoreo
y la ganadería extensiva. Ha publicado el poemario Cuaderno de campo (La Bella Varsovia, 2017) y los libros Tierra de mujeres (Seix Barral, 2019) y Almáciga (Geoplaneta, 2020).
Júlia Martí: Cada vez se está hablando más sobre el mundo rural, aunque durante mucho tiempo ha sido el gran olvidado.
María Sánchez: Es
un tema que no se ha tenido lo suficientemente en cuenta y que creo que
en los tiempos en los que estamos, de emergencia climática y de
pandemia, de capitalismo atroz y de hiperextractivismo hay que tocarlo
ya, y creo que tiene que ser una cuestión vital y central en la agenda.
Porque, a fin de cuentas, el tema de la tierra, de la sequía, de la
comida, de la gente que trabaja en estos ámbitos –personas migrantes con
poquísimos derechos y que están padeciendo muchísimo–, es clave. Y hay
dinámicas –no quiero decir tradicionales, pero sí alternativas– que
conservan biodiversidad y territorio, que podrían ser fundamentales en
la lucha contra el cambio climático y que no se están teniendo en cuenta
porque no interesa, porque al sistema no le es rentable ni tampoco le
interesan estos modelos de producción. Debemos poner sobre la mesa y
cuestionar de una vez el modelo agroalimentario que tenemos.
J. M.: En el libro Tierra de mujeres recuperas la historia de las mujeres rurales, una historia que a menudo vinculas con una herida abierta. ¿Cómo sanar estas heridas, cómo devolverlas al lugar que merecen?
M. S.: Escribí el
libro entre 2017 y 2018, fue publicado en 2019. Desde que salió el
libro, creo que ha habido un cambio brutal en el relato y la forma de
mirar. Hemos pasado de no saber nada de las mujeres rurales, de sus
historias y sus vidas, de sus problemas, de a lo que se enfrentan día a
día, de la diversidad –porque no hay un solo tipo de mujer rural–, a
tener visibilidad en las redes sociales, artículos, reportajes en
medios… Y creo que es muy importante conocer todo lo que hay de nuestros
medios rurales, saber de dónde venimos, con las cosas buenas y las
cosas malas, para, en estos tiempos de emergencia climática y pandemias,
saber hacia dónde queremos ir.
Cuando llega el feminismo en mi vida, me
doy cuenta de todas estas lagunas, de todas estas cosas que no entendía,
o que no hablaba, de todo aquello con lo que no nos atrevemos a romper
el silencio. Es tan importante hablar, conocer, visibilizar... Y claro,
en mi caso ¿qué pasa?, que cuando llega el feminismo a mi vida –como
cuento en Tierra de mujeres– lo primero que hago es buscar
veterinarias, científicas, ecologistas, divulgadoras, ornitólogas,
botánicas…, pero paso por completo por encima de las mujeres de mi casa.
Cuando era adolescente, mi madre era la persona que tenía de ejemplo de
lo que no quería ser nunca en mi vida. Fui muy injusta, muy egoísta. No
quise entender la vida que le tocó a mi madre, las renuncias, lo que
tuvo que vivir, la época, el machismo, etc.
El libro sale de esta herida abierta, de este duelo, de
este llegar tarde. No deja de ser una manera de pedir perdón a todas
esas mujeres de mi familia. Con él intenté crear un lugar donde ellas se
sintieran representadas y sintieran que sus historias y sus voces
también importan, y que tienen muchísimo que contar. La historia de mi
madre es muy dura, pero es la historia de tantas mujeres de este país.
Nació en el 60, y con 12 años, siendo una niña, tuvo que dejar el
colegio y ponerse a trabajar la aceituna en el campo, sin derecho a
decidir ni nada.
Quería hacer esta nueva narrativa para reconocerlas, para
que sus historias también se tuvieran en cuenta. En estos casi tres años
desde que salió el libro he tenido muchísimos encuentros en pueblos, y
hay dos cosas que me han dicho que no dejan de repetirse: “este libro lo
podría haber escrito yo” y “has contado mi vida”. Creo que eso es muy
importante, esta reconciliación con nuestras madres y con las mujeres de
nuestras familias a las que nunca quisimos parecernos y que nunca
cuestionamos ni preguntamos por toda la desigualdad y renuncia que
traían en sus espaldas.
J. M.: Me parece muy importante esta parte de reconocimiento generacional.
M. S.: En un
encuentro con otras mujeres hace un par de años, en el turno de
preguntas, una chica de 17 años se levantó del público muy enfadada
diciendo que su madre no era feminista, preguntando qué libro tenía que
darle, qué tenía que hacer para que su madre fuera feminista. “¿Tú has
intentado hablar con tu madre de su vida?, ¿sabes qué quería ser tu
madre de pequeña?”. Yo he sido muy egoísta diciendo de mi madre “es que
hay que ver que solo limpia” o “solo se preocupa por la casa”, pero yo
no quería saber que a mi madre desde pequeña la enseñaron a limpiar, a
cocinar, a trabajar en el campo, a no tener nada, a no poder decidir. Es
tan doloroso y duro…; creo que hay que conocer las mochilas que trae
cada una encima, no podemos imponer, ni caer en dinámicas
condescendientes ni paternalistas tan machistas, creo que toca
acompañamiento, diálogo y entendimiento.
Pero cuidado, tampoco podemos caer en la idealización.
Porque ahora, terriblemente, estamos en una ola de nostalgia
reaccionaria, con frases como ya no hay mujeres como antes. Hay
que visibilizar las cosas a las que renunciaron y las cosas que les tocó
vivir. Esa desigualdad y machismo extremo que alcanzó a todas. Yo
muchas veces me pregunto qué habría pasado si mi madre hubiera podido
seguir yendo al colegio, ¿habría podido descubrir otros mundos, otras
vidas? A lo mejor ahora estarías hablando con mi madre, a lo mejor ella
sería la escritora.
J. M.: Tu relato
choca con los intentos de representar una imagen idealizada de lo rural,
de la vida que tuvieron nuestras madres y abuelas, ¿cómo combinar su
reivindicación sin caer en el esencialismo y la mistificación?
M. S.: Es
que sabes qué pasa, que esta reivindicación viene de gente que tiene un
altavoz y que está muy bien respaldada por los grandes medios, pero que
ni vive ni habita, ni sabe la realidad de los medios rurales. Me parece
tan brutal que alguien haga esto y se cargue todo el trabajo de años de
las asociaciones feministas y de los grupos de mujeres que hay en
nuestros pueblos. Todas estas luchas que hay en los pueblos para evitar,
primero, esta romantización-idealización y luego, también en el sentido
contrario, esta voz tan simple donde somos unos brutos, donde somos los
santos inocentes, Las Hurdes o Puerto Hurraco. Me parece tan injusto
pensar que vivimos peor que nuestros padres, es que pienso en tantas
cosas, por ejemplo: una mujer hasta entrados los años 80 no podía tener
una cuenta bancaria, y si las mujeres tenían algo de tierra, el marido,
cuando se casaban, la vendía o se quedaba con ello.
Recomiendo el libro Basa de Miren Amuriza,
publicado en Consonni, sobre una mujer rural y los dilemas de dejar ser
cuidada y de tener que seguir cuidando, por la mentalidad y la vida que
te ha tocado vivir… A mí me hace mucha gracia cuando en las
presentaciones de Tierra de mujeres, en algunos lugares del
norte, siempre salía algún comentario por parte de hombres diciendo “no,
es que en mi casa había un matriarcado”. Este famoso matriarcado en el
norte, ¿no? Un matriarcado que se reduce a que la mujer podía decidir en
qué se invertía alguna vez el dinero cuando tocaba cosas de la casa o
que daba su opinión. Y yo les pregunto: “¿La casa de tu familia está a
nombre de tu abuela?, ¿tu abuela manejaba el dinero?” Ahí tenemos los
datos, el porcentaje de mujeres que tienen la propiedad de la tierra o
que están dadas de alta es ridículo, ¿dónde está este matriarcado en las
cifras? No existe. Hay una romantización tan brutal…, y con esta vuelta
a ella, pienso que indirectamente estamos romantizando una dictadura,
cuando romantizamos cómo vivían nuestras abuelas y nuestras madres.
Podemos reivindicar sus vínculos y conocimientos (que
tanto han sido despreciados por la academia), y sumarlos a las
herramientas y saberes que tenemos hoy en día. Me horroriza que sigamos
dando altavoz a discursos donde solo se habla de la mujer en el medio
rural para hablar de políticas de natalidad. En este sentido, recomiendo
el informe “Participación política de las mujeres campesinas en el
Estado español”, un trabajo de Mundubat.
Hay muchas mujeres y hombres luchando por un mundo rural
diverso, vivo, con soberanía alimentaria, para conservar nuestra
biodiversidad, luchando contra macrogranjas, contra los vertederos y
todos los proyectos de invasión de macroeólicos que estamos
teniendo en territorios de alto valor ambiental. La mayoría de los
grupos y movimientos que están trabajando desde los medios rurales, toda
la gente que tengo la suerte de conocer y con la que trabajo, trabaja
por el bien común, por la comunidad, por otros sistemas, por otras
formas de relacionarnos, de vivir en la tierra, por otras políticas
públicas. En vez de visibilizar estas luchas, ¿de verdad tenemos que
estar volviendo a estos discursos llenos de nostalgia reaccionaria que
quieren recuperar una vida pasada que nunca fue mejor? A fin de cuentas,
lo que vivimos de pequeños cuando crecemos lo tendemos a romantizar.
Me parece tremendo que se amplifique una experiencia
personal y se quiera imponer y convertir en el único relato válido y
posible, dejando atrás una población y unos territorios diversos que
llevan años de lucha y reivindicación.
J. M.: El
pasado 8 de marzo publicasteis el manifiesto “Por un feminismo de
hermanas de tierra”, en el que contabais “que son y serán mujeres
fuertes de tierra que la mayoría de las veces no pudieron elegir ni
decidir. Que a base de renuncias, creciendo en una casa construida sobre
cimientos de desigualdad y machismo, nos abrieron vereda a las demás”.
Frente a los estereotipos que siguen proliferando, ¿cómo describirías tú
a las mujeres rurales de hoy en día, cuáles son sus reivindicaciones,
proyectos, aspiraciones?
M. S.: Mira,
justo este verano en una entrevista me preguntaron ¿a qué se puede
dedicar una mujer rural?, y yo le dije que por qué no cambiaba la
palabra rural por urbana y me volvía a hacer la pregunta. Una mujer
rural se puede dedicar a lo que sea, creo que la gente ya tiene que
entender –y esto es algo que lleva diciendo FADEMUR muchos años– que ya
basta de esta imagen de la mujer rural como la mujer mayor vestida de
luto de nuestros pueblos. Desde FADEMUR, que es la federación de
asociaciones de mujeres rurales del país, llevan muchísimos años
trabajando por la igualdad, consiguieron poner en marcha la ley de
titularidad compartida, y con su trabajo visibilizan las necesidades y
realidades de las mujeres rurales.
Sobre el manifiesto del 8 de marzo, lo escribimos Lucía y
yo gracias a las reflexiones de otras compañeras que forman parte de
colectivos y asociaciones rurales como Lareira Mental o Jornaleras en Lucha
de Huelva. Intentamos tener en cuenta las diferentes luchas y
problemáticas que pueden tener las mujeres rurales, que no son solamente
mujeres blancas –no nos podemos olvidar que en nuestros pueblos también
viven personas racializadas– y que no son solamente mujeres cis. Cada
año vamos ampliando la red y se van sumando más mujeres, más voces,
intentamos darles cabida a todas, porque nuestros medios rurales son
diversos y cada territorio tiene una realidad propia y diferente.
J. M.: Quería
preguntarte también sobre la tensión que hay entre lo rural y lo urbano,
que ha tenido un capítulo propio en relación al feminismo, y a veces la
relación entre el feminismo urbano y el feminismo campesino y rural no
ha estado exenta de tensiones. ¿Cómo ves tú esta relación y cómo
podríamos superar las tensiones?
M. S.: Creo que
tensiones siempre hay cuando se parte de algo sin querer aprender, sin
querer ser honesto y sin querer conocer la realidad del otro. Ya sea
desde lo urbano a lo rural, como de lo rural a lo urbano. Dentro del
feminismo hay gente que cree que todo el feminismo tiene que ser igual,
que no se tiene que tener en cuenta la raza, las condiciones sociales,
el trabajo… Yo creo en el feminismo interseccional, y creo que no es lo
mismo a lo que se enfrenta una mujer que es la jefa de una empresa que
una mujer migrante que está trabajando en un invernadero en Almería y
vive en una chabola sin luz ni agua. Pienso que es muy importante no
caer en el paternalismo ni clasismo con las mujeres rurales.
Hablando de
esto siempre recuerdo lo que me contó Ana Pinto, de Jornaleras en Lucha
de Huelva –temporera e impulsora de este sindicato que es fundamental
para las mujeres migrantes–, acerca de cómo el primer año hubo un grupo
de feministas de ciudad que en vez de acompañarlas como se está haciendo
ahora, fueron básicamente a imponerles cómo tenían que organizarse y
realizar su feminismo y activismo, su lucha. Y la reflexión de Ana era:
“Vosotras no vivís aquí, no sabéis las problemáticas, no sabéis la
violencia que vivimos con los empresarios, no sabéis las cosas que nos
faltan...”. Como te comentaba antes, creo que debemos acompañar y
entender y no imponer ni caer en ese paternalismo condescendiente y
clasista.
Pienso que el acercamiento a nuestros medios rurales
debería hacerse desde el respeto, sin mirar por encima del hombro. Y
ojo, que también pasa en la dirección contraria: cuántas veces nos hemos
encontrado que, llegando gente joven a montar un proyecto en un pueblo,
los comentarios de algunas personas del pueblo sean: “anda que estos
van a durar mucho”, “estos se van a morir de hambre” o “estos no tienen
ni idea”. Esta condescendencia y paternalismo desgraciadamente está en
todos lados, por esto en Tierra de mujeres hablo de crear un
nuevo idioma, un nuevo lenguaje, en el que partamos todos y todas del
mismo nivel, que podamos aprender del otro, cuidarnos, conocernos…
Porque a fin de cuenta nos necesitamos, tanto la ciudad a los pueblos
como los pueblos a la ciudad.
J. M.: Sobre
estas tensiones, no sé si quieres comentar algo sobre el debate que hay
entre mujeres veganas y animalistas y las mujeres que se están
organizando en el medio rural en torno a la ganadería extensiva y otra
forma de alimentarnos.
M. S.: Es
algo que me produce mucho dolor, y que lamentablemente lo he sufrido en
redes sociales, no por parte de todo el mundo, sino por ciertos
perfiles. Se vuelve algo superviolento, dejas de ser una persona,
simplemente eres un objetivo, una imagen deshumanizada a la que insultar
y atacar. Y me da mucha pena porque creo que el veganismo y colectivos
como Ramaderes de Catalunya o gente con proyectos agroecológicos
tenemos muchas cosas en común. Pero, cuando se falta el respeto, se
ataca la forma de vivir de las personas, sin conocer la relación, el
vínculo, y se entra en ataques personales y sin dar opción al diálogo y
entendimento, no me parece feminista.
Creo que es importante conocer qué sucede en el campo,
saber que todos formamos parte de ciclos. Y, por supuesto, dejar de
incentivar y fomentar la macroindustria: desde la agricultura a la
ganadería intensiva. Necesitamos apoyar las producciones donde los
animales viven en el campo y se alimentan de él, aprovechando sus
recursos, donde forman parte de un ciclo, de un territorio. Donde, por
ejemplo, una cabrera con sus cabras previene incendios forestales,
porque las cabras son los bomberos más baratos del mundo, y donde hay
cabras no hay fuego. Conocer que consumiendo, por ejemplo, sus quesos,
conservamos un paisaje, protegemos territorio y biodiversidad, creamos y
fortalecemos la economía local, los alimentos de temporada y
proximidad.
J. M.: La crisis ecológica, la pandemia…, han impulsado el lema ruralismo o barbarie.
Lo rural se posiciona como salida a la crisis, tanto en lo personal
como en lo que respecta a la organización social. ¿Crees que en el mundo
rural se encuentran las bases para reconstruir nuestra sociedad? ¿Qué
tendría que pasar para que esto fuera verdad?
M. S.: Se
encuentran parte de las bases, pero lamentablemente están en peligro de
extinción, porque el capitalismo y el sistema hiperextractivista en el
que estamos alcanza todos los espacios. Siempre cuento el mismo ejemplo:
antes en mi pueblo había un horno, y ahora en cambio hay una franquicia
de pan congelado que te la puedes encontrar en Córdoba, Sevilla y
Madrid. Estamos perdiendo un montón de cosas propias y de productos
locales, y formas incluso de trabajar por la comunidad, como los pastos
comunales, las veredas o los montes públicos.
Sí, te diré que hay cierta romantización con esto de la
pandemia de “me voy al campo”. En realidad, la gente que se ha ido, la
mayoría, era gente con dinero, de cierta clase social, que sigue
teniendo su primera residencia y sus servicios básicos cubiertos en la
ciudad y que le da igual no tener internet o no tener médico o que no
haya colegio en el pueblo porque no le hace falta. Pero no lo hemos
visto en la dirección contraria: todos estos chicos y chicas que no se
quieren ir de su pueblo, que se quieren quedar en su pueblo, ¿qué pasa
con ellos, qué pasa con sus historias? O ¿qué pasa, por ejemplo, con
toda la gente que se quiere ir a un pueblo pero no pueden porque no hay
acceso a la tierra, no hay vivienda digna, no hay bolsa de alquiler
social, las casas cuestan un dineral? Hay que cuestionarse esto, qué
necesidades hay y quién puede irse realmente hoy al campo.
Además, hoy en día es más fácil poner una nave intensiva
de cerdos o de pollos que hacer un proyecto agroecológico donde estás
previniendo incendios forestales, donde estás conservando paisaje y
biodiversidad y donde estás produciendo alimentos que no enferman, que
son saludables, de cercanía, de alto valor ambiental. Esta es la
realidad en la que estamos; lo que se debería fomentar es justamente lo
contrario de lo que se hace. Es muy doloroso cuando oyes a pastores,
ganaderas, agricultoras –que hacen las cosas bien y tienen esta relación
con la tierra y creen en la comida como elemento transformador y
político– que te dicen “es que parece que nos quieren echar del campo”.
Esto es muchas veces lo que sentimos.
Por eso es muy importante volver a esta organización desde
abajo, hablar y formar parte del lugar que habitamos. En la pandemia
hemos visto cómo los propios barrios, la propia ciudadanía, se ha
organizado desde abajo . Es muy importante dejar de vernos como personas
independientes y por encima de las cosas, de las personas y del resto
de seres, debemos cambiar a una visión interdependiente y reconocernos
vulnerables, porque a fin de cuentas necesitamos a otras personas, a
otros seres y recursos desde que nacemos hasta que nos morimos. Cuando
tenemos esto en cuenta, cambia nuestra forma de estar en el mundo. Es lo
que a mí me hace tener esperanza, ver que hay personas que se mueven,
que se juntan a luchar por el lugar que habitan, por reivindicar o por
mostrar los problemas que tienen.
J. M.: No sé si quieres añadir algo más.
M. S.: Creo que
nos deberíamos plantear el sistema en el que estamos, porque hablamos de
la covid como si fuera la única pandemia y ya teníamos una pandemia que
es la del hambre. Estamos en un sistema hiperextractivista que
contamina, que mata, precariza y enferma a las personas, que produce
alimentos que no son sanos y que no nos alimentan. A día de hoy, hay
muchísimas personas que se siguen muriendo de hambre, en un futuro se
nos juzgará por esto, por dejar que se siga muriendo gente de hambre
todos los días mientras que hay un 20% de alimentos que todos los días
se tiran a la basura. Además, los alimentos ultraprocesados, los más
baratos y de más fácil acceso, están relacionados con enfermedades
cardiovasculares, con obesidad… Desde Justicia Alimentaria hace
años que hablan de esto: comer mal nos enferma. Hay que cambiar todo el
sistema alimentario pero no solo por los y las consumidoras, también por
quienes trabajan en la producción de estos alimentos. Del cultivo a la
mesa, toda la cadena.
J. M.: Antes de despedirnos, quería contarte que cuando mi abuela abrió tu libro Almáciga,
se quedó mirando una de las ilustraciones de Cristina Jiménez y afirmó:
“Son mis manos”, en su cara vi la satisfacción del reconocimiento. No
solo estás recuperando palabras, estás devolviendo al lugar que merecen
muchas vidas hasta ahora silenciadas.
M. S.: Qué
bonito, se lo voy a contar a Cristina…, vuelvo a esto que te decía, que
veo muy importante saber de dónde venimos, y sobre todo en los medios
rurales es importante recuperar las lenguas, que están muy ligadas con
la forma de relacionarse, vivir, entender una comunidad, trabajar con
los animales, trabajar la tierra, detrás de estas palabras nos
encontramos con otras formas de habitar y de relacionarnos con el
territorio." (Júlia Martí , Viento Sur, 21/01/22)