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15/6/22

La estafa piramidal que casi provoca una guerra civil... Tras la caída de la Unión Soviética, las empresas de Albania prometieron grandes beneficios a los ciudadanos que invirtieran en ellas. Pero las inversiones resultaron ser masivas estafas piramidales, y su colapso en 1997 desencadenó un violento conflicto

 "A finales de febrero de 1997, los estudiantes de mi instituto en la capital albanesa, Tirana, boicotearon las clases y se reunieron en el patio de la escuela. Empezamos a gritar consignas en solidaridad con los estudiantes universitarios de la ciudad costera de Vlorë, unos cincuenta de los cuales se habían puesto en huelga de hambre la semana anterior exigiendo la dimisión del gobierno. Muchos de nosotros responsabilizábamos a esa administración de la quiebra de las estafas piramidales que recientemente habían despojado a muchos albaneses de los ahorros de toda su vida, desatando la ira y la desesperación generalizadas.

Pronto, alguien propuso que saliéramos a la calle y nos reuniéramos con estudiantes de otras escuelas para formar una protesta más amplia. Tras marchar 200 o 300 metros, un grupo de policías de civil se acercó a nosotros y empezó a agredirnos físicamente. Aterrorizados, nos dispersamos.

Avancemos una semana. Cerca de mi barrio, vi una gran multitud marchando hacia el centro de la ciudad. Alguien apuntó a una persona, exponiéndola como agente de policía de civil. Un grupo de hombres intentó atraparlo y golpearlo, pero el policía armado empezó a disparar al aire. Pocos minutos después, estallaban escaramuzas entre manifestantes y policías antidisturbios en todos los rincones de mi barrio.

La noche anterior, en Vlorë, los manifestantes habían tomado los cuarteles del Ejército y distribuido armas entre la población. Esto desencadenó una serie de acontecimientos que destruyeron la capacidad de gobierno del Estado albanés. Aproximadamente 1500 personas murieron en el caos nacional que se produjo.

¿Cómo se llegó a esto? Solo unos años antes, el Fondo Monetario Internacional (FMI) había elogiado a Albania como modelo de reforma económica postsocialista. En 1997, una confluencia de factores creó una tormenta perfecta, desencadenando una rebelión popular contra la injusticia y la desigualdad. Sin embargo, con la clase trabajadora desorganizada y el socialismo ampliamente desacreditado ante la opinión pública, la revuelta no pudo formular una visión alternativa y pronto se convirtió en un caos violento.

Socialismo burocrático y terapia de choque

La transición al capitalismo en Albania inició más tarde que en otros países de Europa del Este. Las primeras manifestaciones antigubernamentales comenzaron a finales de 1990 y se radicalizaron a lo largo del año siguiente, pero el traspaso formal del poder del gobernante Partido del Trabajo al anticomunista Partido Democrático (PD) no se produjo sino hasta 1992, meses después de que la Unión Soviética dejara de existir.

El hecho de ser los últimos en derrocar el socialismo burocrático no impidió que la nueva élite albanesa se contara entre los primeros y más entusiastas defensores de la reestructuración neoliberal radical. La terapia de shock económico impuesta por la DP pronto trajo consigo una rápida desindustrialización, la privatización a toda máquina, una rápida caída de la productividad, desempleo masivo (con casi 200 000 despidos solo en 1992) y emigración. Una mezcla de entusiasmo y desesperación se extendió por toda la población, dependiendo del lugar en el que uno se encontrara en la nueva sociedad capitalista.

El proceso de privatización fue muy corrupto. Los activos públicos, empezando por las pequeñas y medianas empresas, se vendieron a particulares a precios artificialmente bajos. Sin embargo, esta transferencia masiva de propiedades e infraestructuras no logró crear una burguesía adecuada capaz de dirigir industrias productivas. La mayoría de los nuevos ricos se limitaron a vender las viejas empresas por piezas de recambio, mientras se dedicaban a la especulación comercial y financiera.

Para el albanés medio fueron años de explosión de la desigualdad y de creciente pobreza. Para sobrevivir, muchos emigraron o pasaron a depender de las remesas de sus familiares que trabajaban en el extranjero (unos 500 millones de dólares anuales). Esta desesperación contribuyó a facilitar el ascenso de un régimen cuasi autoritario dirigido por el líder del PD y presidente de Albania, Sali Berisha. Los partidos de la oposición y los periodistas críticos fueron acosados. Fatos Nano, líder del Partido Socialista (PS) —el vástago supuestamente socialdemócrata del Partido del Trabajo estalinista— fue encarcelado en 1993 por cargos de corrupción, aunque muchos lo consideraron un acto de venganza política.

El capitalismo de casino de Albania

La desilusión generalizada tras las grandes expectativas de 1991-92, cuando el futuro capitalista aún parecía brillante, alimentó una creciente red de esquemas piramidales. Los especuladores empezaron a prestar dinero a altos tipos de interés, cobrando entre un 8% y un 10% al mes. Al principio se hacía al margen de la ley, pero a partir de 1995 estas «empresas rentistas» alcanzaron un estatus legal, se hicieron cada vez más poderosas y, como es lógico, empezaron a tener influencia política. En su punto álgido, en 1996, el dinero invertido en ellas representaba el 10% del PIB de Albania.

La aparición de estos sistemas respondió a la necesidad de acelerar la acumulación primitiva de capital tras la transición del socialismo burocrático. El sistema capitalista albanés había surgido como resultado de las revueltas populares de 1991, por lo que la élite política y la clase dirigente emergente no podían darse el lujo de limitarse a desalojar a la gente de sus tierras agrícolas y viviendas urbanas recién ganadas. Había que idear algo más para convencer a los ciudadanos de a pie de que mercantilizaran más partes de su vida y las transfirieran a las empresas rentistas como activos.

Durante los primeros años del capitalismo, muchos albaneses esperaban que el nuevo sistema les permitiera enriquecerse rápidamente o, al menos, aumentar sustancialmente su nivel de vida. Muchos pusieron los ahorros de toda su vida en las estafas piramidales. Luego, cuando el frenesí especulativo se intensificó, muchos vendieron sus casas. Otra fuente de dinero fueron las crecientes remesas de los albaneses que trabajaban en el extranjero, especialmente en Grecia e Italia. Ocupando los peldaños más bajos de la clase trabajadora local, enfrentados a la discriminación y viviendo y trabajando ilegalmente, no podían ahorrar suficiente dinero para iniciar un pequeño negocio en casa como la mayoría había soñado y decidieron cada vez más «invertir» sus ahorros en las empresas rentistas, esperando obtener un rápido rendimiento.

Como cada vez más personas pusieron su dinero en estas empresas, se convirtieron, paradójicamente, no solo en un lastre económico y político a medio plazo, sino también en un pilar temporal de la economía albanesa. La más poderosa de ellas, Vefa Holding, llegó a patrocinar una carrera de Fórmula 1 en 1996. En esta situación, ningún actor político se atrevió a tomar partido contra la creciente burbuja financiera.

El gobierno esperaba que esta vorágine financiera aliviara mágicamente el descontento social, al menos temporalmente, al tiempo que aceptaba el apoyo financiero de las empresas rentistas durante las elecciones de mayo de 1996. Los partidos de la oposición, liderados por el Partido Socialista, no se atrevieron a desafiar el entusiasmo popular por estas empresas. El Partido Democrático acabó ganando, ayudado no solo por la mejora artificial de la situación económica, sino también por haber amañado el proceso de votación y haber reprimido a sus oponentes cuando intentaron organizar protestas.

Pero la burbuja especulativa no podía durar para siempre. En otoño de 1996 surgieron rumores de que las empresas rentistas tenían dificultades financieras. En septiembre, el FMI pidió públicamente al gobierno albanés que las redujera y controlara. Durante varios años, el FMI había elogiado al país como modelo para otras economías postsocialistas. Pero el desastre que se avecinaba y el empeoramiento de las relaciones políticas entre Sali Berisha y Estados Unidos tras las elecciones amañadas empujaron al FMI a dar la voz de alarma.

Ante estas crecientes dudas, la contramarcha de las empresas rentistas fue subir los tipos de interés. Algunas prometieron devolver el 200% del dinero prestado en tres meses. La vorágine continuó durante un par de meses más, con algunos retirando su dinero mientras otros invertían más; pero en enero de 1997, la primera empresa, Sude, se declaró en quiebra. Esto inició un efecto dominó, y en pocas semanas las demás hicieron lo mismo. El gobierno albanés trató de congelar sus activos en los bancos estatales y prometió que los prestamistas recuperarían entre el 30 y el 40% de su dinero, mientras seguía afirmando que la mayoría de las empresas rentistas tenía suficiente inversión productiva para soportar la crisis.

Las uvas de la ira

Las primeras protestas estallaron ese mismo mes. Comenzaron de forma espontánea, con cientos de personas reunidas frente a las oficinas de las empresas para exigir la devolución de su dinero. La policía trató de dispersar a la multitud, provocando violentos enfrentamientos. Las protestas pronto se extendieron a casi todas las ciudades importantes de Albania. Tras la quiebra de la empresa Xhaferri, en Lushnjë se produjeron manifestaciones especialmente violentas, en las que los manifestantes tomaron como rehén al presidente del Partido Democrático, Tritan Shehu. Éste había acudido al estadio de la ciudad para calmar a los manifestantes y explicar las medidas del gobierno. En casi todos los casos, la policía trató de reprimir violentamente a los manifestantes, radicalizándolos aún más.

Los partidos de la oposición liderados por el Partido Socialista trataron de dar al descontento popular una articulación política. Durante años habían acusado al gobierno de ser autoritario y cleptocrático. El gobierno respondía afirmando que los excomunistas querían hacer retroceder la rueda de la historia. La contrapartida del PS fue la formación de una gran coalición de partidos de la oposición, desde la centroizquierda hasta la derecha, llamada Foro por la Democracia, dirigida por tres antiguos presos de conciencia de la era anterior a 1992. Organizaron varias protestas en Tirana, que provocaron enfrentamientos ocasionales con la policía, pero las protestas más radicales se organizaron de forma independiente en otras ciudades, donde la oposición solo tenía una escasa influencia.

La última fase de las protestas, la más radical, comenzó en febrero, sobre todo en el sur de Albania, donde más gente había invertido en las estafas piramidales y había más animosidad política hacia el gobierno del PD. Después de que la empresa Gjallica se declarara en quiebra estallaron las protestas en Vlorë, la mayor ciudad del sur, donde posteriormente, el 5 de febrero, murió un manifestante. Los manifestantes expulsaron a la policía del centro de la ciudad y la mantuvieron fuera durante varios días, demostrando la debilidad del aparato represivo del Estado.

La espiral de violencia pareció encontrar una salida política cuando los estudiantes de la Universidad Ismail Qemali de Vlorë iniciaron una huelga de hambre el 20 de febrero. Sus reivindicaciones eran una mezcla de demandas económicas —que las empresas rentistas devolvieran el dinero del que se habían apropiado— y políticas, instando a la dimisión del gobierno dirigido por Aleksandër Meksi, subordinado del presidente Berisha. La huelga de hambre de los estudiantes funcionó como punto de encuentro diario para decenas de miles de manifestantes en Vlorë. Mientras tanto, los partidos de la oposición la compararon con la huelga de hambre que los estudiantes organizaron en Tirana en febrero de 1991, que desempeñó un papel importante en la caída del régimen anterior. Hicieron hincapié en el potencial de una nueva revolución democrática con el espíritu de 1990-91.

Apertura de los cuarteles

La situación en la ciudad se agravó radicalmente la noche del 28 de febrero. Corrió el rumor de que agentes del Shërbimi Informativ Kombëtar (SHIK), una institución a caballo entre un servicio secreto y una banda paramilitar, habían secuestrado a uno de los partidarios de la huelga de hambre y planeaban desalojarlos violentamente del recinto universitario.

Esto provocó una respuesta violenta por parte de un grupo de manifestantes, algunos de los cuales estaban armados. Nadie sabe de dónde sacaron las armas. Se dirigieron a la sede del SHIK en Vlorë y, tras intercambiar disparos con los agentes allí destinados, mataron a dos de ellos. Los testimonios posteriores sugieren que los rumores sobre el SHIK aplastando violentamente la huelga de hambre no eran ciertos, pero los manifestantes estaban tan indignados que los creyeron fácilmente.

Al día siguiente, con los acontecimientos en Vlorë aún envueltos en la niebla de la guerra civil, los partidos de la oposición organizaron una gran protesta en Tirana que terminó en otra ronda de intensos enfrentamientos. Lo que es más importante, a partir del 1 de marzo —primero en Vlorë y luego en otras ciudades del sur—, grupos organizados de personas se dirigieron a los cuarteles del Ejército, desbordaron a los desanimados y desorientados soldados, tomaron las armerías y distribuyeron armas entre la población.

Enfadados por lo que mucha gente consideraba un robo organizado dirigido por el Estado en forma de pirámides, temiendo la respuesta violenta del gobierno y el efecto de bola de nieve entre los civiles (incluidos varios delincuentes) que se apropiaban de las armas, un número cada vez mayor de personas se dirigió a los cuarteles del Ejército y prácticamente quebró el aparato estatal en el sur de Albania durante las primeras semanas de marzo. El gobierno respondió declarando la ley marcial y enviando lo que quedaba de las Fuerzas Armadas para aplastar la revuelta. Pero ante la resistencia popular armada y, sobre todo, la bajísima moral de soldados y oficiales (la mayoría de los cuales habían perdido sus propios ahorros), el Ejército no tardó en plegarse.

Esta victoria animó a los manifestantes armados, que empezaron a pensar en términos de doble poder. En Vlorë y otras ciudades del sur se formaron «Comités de Seguridad Pública», evocando la Revolución Francesa. Estaban compuestos por ciudadanos comunes: intelectuales locales, exoficiales del ejército, estudiantes y trabajadores emigrantes que habían regresado a su país para exigir que se les devolviera su dinero. A pesar de la retórica revolucionaria, las demandas de los comités eran bastante modestas: todo lo que querían era su dinero y la dimisión de Sali Berisha.

Algunos insinuaron una marcha armada sobre Tirana para derrocar a Berisha, pero nunca se materializó. Los comités locales de varias ciudades intentaron unirse, y se celebraron diferentes reuniones para coordinar las acciones políticas. A principios de marzo intentaron convertirse en un tercer polo entre Sali Berisha y el PS, procurando sonar más radical que este último. Pero al final, debido a la falta de experiencia política de los comités y a la penetración de los representantes locales del PS, fueron cayendo bajo la hegemonía de ese partido.

Caos, no revolución

El mayor defecto de los Comités de Seguridad Pública era la falta de trabajadores organizados en sus filas. La clase obrera albanesa —o más bien, las partes de ella que aún no habían emigrado— había sido desempoderada, pulverizada y dispersada en una plétora de pequeñas empresas en los años de las reformas neoliberales. Los sindicatos oficiales eran muy débiles y estaban totalmente controlados por los principales partidos. En consecuencia, los trabajadores no participaron en estos acontecimientos como clase, ni su conciencia de clase fue más allá de varios actos luditas de venganza contra las máquinas y las fábricas durante los primeros días de marzo.

Al carecer de un movimiento obrero, el levantamiento resultó incapaz de superar sus limitaciones ideológicas. Los participantes en la revuelta, aunque armados y envalentonados por la quiebra del Estado, no imaginaban una sociedad radicalmente nueva: solo querían nuevas elecciones y recuperar su dinero. Más allá de eso, muchos tenían una vaga concepción de la justicia social como prioridad de los intereses de los pobres y la gente común, pero poco más.

Tratando de controlar el fervor cuasi revolucionario, los partidos políticos de Tirana acordaron compartir el poder. El 9 de marzo, Sali Berisha y los representantes de la oposición formaron un gobierno común de reconciliación nacional dirigido por el representante del PS, Bashkim Fino, y acordaron celebrar nuevas elecciones en junio. Berisha quería salvar lo que pudiera de la autoridad del Estado, mientras que el PS necesitaba una transición política legal, temiendo que el levantamiento armado pudiera escapar a su control.

Sin embargo, ninguna de las partes parecía confiar plenamente en la otra. Así, tras la firma del acuerdo, se abrieron cuarteles del ejército en Tirana y en ciudades del norte de Albania. Algunos testigos presenciales afirman que los cuarteles fueron abiertos deliberadamente por los partidarios de Sali Berisha, supuestamente para contrarrestar a la población armada del sur de Albania. Algunos temían que el conflicto político pudiera derivar en una guerra civil, con los socialistas dominando en el sur, mientras los demócratas eran más populares en el norte. Pero no ocurrió nada de eso. La gente común estaba armada en todas partes, pero no había ninguna animosidad regional ni siquiera un indicio de organización de la gente contra los demás. Los principales partidos, al parecer, habían decidido consolidar sus bases de poder armadas y esperar a las elecciones generales del 29 de junio.

En esta paradójica situación —en la que el nuevo gobierno de Tirana no controlaba más que el bulevar principal de la capital, los dos principales partidos esperaban su momento hasta las elecciones y los Comités de Seguridad Pública estaban subordinados al PS— no había más alternativa que la anarquía, que dio lugar a la aparición de bandas criminales como agentes de poder local. En los tres meses de caos que siguieron, muchas personas murieron en peleas entre estas bandas (algunas de las cuales estaban relacionadas con los partidos políticos de Tirana) o como transeúntes inocentes cuando grandes grupos disparaban sus armas al aire.

Esto último se hizo bastante popular en toda Albania, cuando la gente común, al carecer de un objetivo político, expresaba su frustración y una especie de entusiasmo infantil disparando al aire. Este fenómeno, irónicamente, fue posible gracias a la experiencia acumulada durante el socialismo, cuando los ciudadanos estaban obligados a participar en ejercicios militares anuales. Todavía recuerdo a algunos de mis vecinos disparando al aire en el patio de nuestro edificio cada tarde.

Llega la caballería italiana

La sublevación, el desmoronamiento de la autoridad estatal y el temor a que el conflicto se extendiera a los países vecinos, al tiempo que creaban enormes oleadas de inmigrantes, desencadenaron la intervención de los Estados europeos y de Estados Unidos. El exprimer ministro austriaco, Franz Vranitzky, fue nombrado por la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) como mediador entre las partes en conflicto.

Uno de los primeros actos del nuevo gobierno de Tirana fue la firma de un acuerdo con Italia, que le permitía patrullar las aguas territoriales de Albania e impedir la emigración ilegal. El 28 de marzo, una fragata italiana interceptó y alcanzó una embarcación con 120 inmigrantes. Ochenta y una personas se ahogaron, incluidos niños pequeños. La trágica noticia agudizó la desesperación social en Albania justo en el momento en que las dimensiones políticas del levantamiento se desvanecían.

En un giro irónico, la oposición italiana de centroderecha liderada por Silvio Berlusconi acusó al gobierno de centroizquierda de Romano Prodi de trato inhumano a los refugiados. Como muestra pública de arrepentimiento, Prodi visitó Albania el 13 de abril. Fue recibido por una gran multitud en Vlorë, donde uno de los más notorios gánsteres locales le sirvió de guardaespaldas. Esta tragedia dentro de una tragedia mucho mayor, en un contexto en el que los albaneses consideraban en general al gobierno italiano como benévolo, pareció convencer a la mayoría de la gente de que lo ocurrido era solo un trágico accidente, o al menos un crimen sin componente político.

Ese mismo día, las Naciones Unidas aprobaron la Resolución 1101, que creaba una fuerza multinacional de mantenimiento de la paz y humanitaria de siete mil soldados, en su mayoría italianos. Sin embargo, la Operación Alba no se dedicó a ningún «mantenimiento de la paz» en Albania. Su cometido era bastante modesto: entregar ayuda humanitaria a la población necesitada, tomar el control de los puertos albaneses para evitar la migración y proteger a los observadores internacionales durante las elecciones del 29 de junio. Se mantuvieron al margen de los enfrentamientos armados y asistieron pasivamente a las escaramuzas entre bandas criminales.

Las elecciones se celebraron en un clima de miedo, con vigilantes armados situados cerca de los colegios electorales. La policía ordinaria albanesa y los soldados de la Operación Alba estuvieron presentes, pero no tuvieron mucho impacto, al menos fuera de Tirana. Sin embargo, parecía que los partidos políticos habían acordado implícitamente un traspaso de poder, y el Partido Socialista ganó la votación de forma abrumadora.

En los años siguientes, los dos partidos se acusaron mutuamente de los sucesos de 1997: el PD los calificó de rebelión comunista, mientras que el PS subrayó sus aspectos antiautoritarios. Con el tiempo, sin embargo, surgió un consenso ideológico entre los partidos de que 1997 había sido simplemente un año maldito para el pueblo de Albania. Las imágenes del caos armado desvirtuaron el potencial emancipador del levantamiento, mientras que las causas del mismo se discutieron en términos del violento legado del comunismo, la falta de instituciones democráticas del país e incluso la locura colectiva de gente sin nada que perder.

La astucia de la historia

Tras liderar la liberación de Albania de la ocupación fascista y nazi en la Segunda Guerra Mundial, el Partido Comunista de Albania (rebautizado como Partido del Trabajo) gobernó el país durante cuarenta y siete años, convirtiéndolo en la última dictadura estalinista de línea dura de Europa. En 1992, tras cambiar su nombre por el de Partido Socialista, se presentó como un partido socialdemócrata que pretendía establecer una economía mixta y democratizar el Estado. Durante un par de años, el partido estuvo bastante cerca de los socialdemócratas austriacos y adoptó una postura crítica respecto a la pertenencia a la OTAN, mientras hablaba abiertamente de socialismo democrático. El líder adjunto Servet Pëllumbi, que básicamente dirigió el partido tras el encarcelamiento de Fatos Nano, solía sorprender a los visitantes manteniendo una pequeña estatua de Karl Marx en su despacho.

Sin embargo, al haber perdido el grueso de la clase obrera durante la transición de 1991-92 —una clase que pronto se desvaneció como actor político en sí mismo—, la postura socialdemócrata del PS funcionaba más bien como una cobertura ideológica. En efecto, era el partido de las clases medias profesionales del socialismo burocrático, que perdieron su estatus durante la reestructuración neoliberal dirigida por el Partido Democrático.

En consecuencia, el partido cambió su alineación. Fatos Nano cambió su lema de «socialismo democrático» a «economía de mercado más solidaridad social» en 1995. El partido aceptó la integración en la OTAN y se vio cada vez más influenciado por la Tercera Vía blairista. Tras tomar el poder en 1997, los socialistas se convirtieron en el agente político perfecto para profundizar en las reformas neoliberales en Albania. Trabajaron estrechamente con el FMI y el Banco Mundial para privatizar las grandes empresas estatales e iniciaron la privatización de los sectores estratégicos de la economía, desde el sector extractivo hasta los bancos y las telecomunicaciones, entre otros.

La economía albanesa se convirtió en un apéndice del capital italiano y griego, y la única manufactura que seguía existiendo consistía en fábricas textiles subcontratadas. La organización de la clase obrera se deterioró aún más rápidamente. En 1994, por ejemplo, alrededor del 93% de la menguante clase obrera seguía organizada en sindicatos, pero en 1996 esa cifra había descendido al 40% y, a finales de 1997, al 12%. Hoy en día solo un número insignificante está oficialmente sindicado.

En 1991, los trabajadores albaneses se alzaron contra la tiránica y desorientada burocracia socialista, mientras soñaban con una nueva sociedad de prosperidad, libertad e igualdad, animados por una vaga idea de socialismo con rostro humano, o tal vez un capitalismo jeffersoniano. Ganaron políticamente pero perdieron como clase cuando las reformas neoliberales los pulverizaron como fuerza social. En 1997, los restos de la clase obrera, junto con las multitudes empobrecidas por los esquemas piramidales, se levantaron en armas soñando con una sociedad más social y democrática. Su pírrica victoria dio el poder a un partido que los traicionó a cada paso.

Aún hoy, el Partido Socialista constituye la columna vertebral del neoliberalismo y del capitalismo oligárquico en Albania. Esto lleva a una concepción de los desarrollos sociopolíticos en términos de consecuencias no deseadas, o de la «astucia de la historia», que puede tener un efecto debilitador al promover la ideología de «no hay alternativa». Sin embargo, como muestran las protestas y huelgas de los últimos años —desde las grandes manifestaciones estudiantiles de diciembre de 2018 hasta la fundación de nuevos sindicatos independientes en los sectores de la minería, el textil y los call center, y las recientes protestas masivas contra la subida de precios—, todavía hay esperanza para un futuro justo y democrático en la sociedad albanesa."                   

(Arlind Qori, Militante de Organizata Politike y profesor de teoría política en la Universidad de Tirana (Albania). JACOBIN, 13/06/22)

22/4/22

Guy Standing: La invasión rusa de Ucrania en 2022 es en parte atribuible a la estrategia neoliberal dirigida por Estados Unidos en lo que se denominó eufemísticamente la "transición" de la economía "comunista" a la "de mercado" durante la disolución de la URSS. Esto se debe al neoliberalismo que abrazó a Rusia y Ucrania hace treinta años... los ministros del gobierno pedían sobornos de 50 dólares sólo para poder alimentar a su familia... Eran presa fácil de gánsteres despiadados, que a su vez eran compañeros de cama de ex oficiales del KGB... Se vendieron más de 15.000 empresas estatales; los cleptócratas se convirtieron en oligarcas de la noche a la mañana; sus "asesores" estadounidenses y otros extranjeros se hicieron multimillonarios... no se pudo acabar con el fantasma del estalinismo y se creó un terreno fértil para su resurgimiento, ahora en Rusia y en Ucrania... El problema con el neoliberalismo es que su forma final es el fascismo. Lo estamos viendo no sólo en Rusia, sino en muchas naciones, por no hablar del gobierno de Trump... lo que hay que conseguir es una transformación de nuestras propias sociedades. En respuesta a la carrera hacia una distopía ecológica y una existencia grotescamente desigual e insegura para tantos, los progresistas en política deben tener una estrategia bien articulada para desmantelar el capitalismo rentista... Hoy es el momento de un nuevo radicalismo basado en una oposición de principios a la plutocracia global y al sistema de capitalismo rentista que se basa en el saqueo rapaz

 "El presidente estadounidense Biden ha pedido un "cambio de régimen" en Rusia, una declaración que debería recordar las anteriores cruzadas de cambio de régimen dirigidas por Estados Unidos: en Chile (1973), Irak y Afganistán, entre otras. Por decirlo suavemente, no han sido éxitos rotundos. Pero la iniciativa de cambio de régimen que merece nuestro escrutinio hoy fue la más ambiciosa de Estados Unidos y la más relevante para la última demanda de cambio, que uno quisiera ver. Esto se debe a que abrazó a Rusia y Ucrania hace treinta años.

Permítanme prologar este artículo diciendo que, fortuitamente, fui testigo de lo que Estados Unidos, el Reino Unido y otros hicieron sobre el terreno. En 1990, en nombre de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), organicé una conferencia internacional sobre política laboral en Moscú, que se plasmó en un informe justo cuando la Unión Soviética se estaba disolviendo. A continuación fui nombrado director de un programa creado por la OIT para asesorar a los gobiernos de la región sobre políticas sociales y laborales en lo que se denominó eufemísticamente la "transición" de la economía "comunista" a la "de mercado".

Con sede en Budapest, durante unos cuatro años me relacioné con altos ministros y funcionarios de Rusia, Ucrania y los países vecinos, al tiempo que mantenía numerosas reuniones con economistas y funcionarios de Estados Unidos, otros países y organismos internacionales como el Banco Mundial, todos ellos comprometidos con su versión del cambio de régimen. Fue una experiencia extraña. Incluso conocí a la Reina, al Duque de Edimburgo y a la Reina de los Países Bajos, que desempeñaron papeles secundarios para ayudar a legitimar los costosos planes de cambio de régimen.

Desde el principio me opuse firmemente a lo que estaba ocurriendo, y pronuncié numerosos discursos y publiqué artículos y varios libros en ese sentido. Hoy en día, creo que la invasión rusa de Ucrania en 2022 es en parte atribuible a la estrategia neoliberal dirigida por Estados Unidos en ese período. Los detalles precisos de lo que ha estado sucediendo no se predijeron ni fueron predecibles, pero estaba claro en ese momento que las líneas de falla que conducen al atolladero de hoy se encontraban en esa estrategia. Una forma de decirlo es que no se pudo acabar con el fantasma del estalinismo y se creó un terreno fértil para su resurgimiento. 

Doctrina de choque

Entonces, ¿cuál era la estrategia dirigida al extranjero? Aunque los diferentes proponentes tenían variantes, consagraba una doctrina fomentada por economistas de Harvard, la LSE y otros lugares conocida como "terapia de choque", diseñada con un objetivo, convertir a Rusia y Ucrania en economías capitalistas. Esto se basaba en tres premisas. En primer lugar, se razonaba que había que introducir rápidamente reformas favorables al mercado, de modo que no hubiera tiempo para que las fuerzas "socialistas" se reagruparan y bloquearan la reforma.

En segundo lugar, una premisa más técnica era que había que dar prioridad a la política macroeconómica, respaldada por la condicionalidad de la ayuda para obligar al gobierno ruso (y ucraniano) a adherirse a ella, antes que a la política microeconómica (estructural). Esto se basaba en la visión económica ortodoxa de que la macroestabilización era un paso previo necesario para la reforma estructural. Este era el razonamiento dominante del Fondo Monetario Internacional. La tercera premisa era que tenía que haber una secuencia particular de las reformas macroeconómicas. La combinación de estas tres premisas fue, literalmente, un error fatal y arrogante.

Antes de describir lo que los asesores de la terapia de choque prescribieron en su frenesí de actividades en Moscú, Kiev, San Petersburgo y otros lugares, debo mencionar que, tan pronto como fui nombrado para mi puesto en la OIT, movilizamos fondos para llevar a cabo una serie de encuestas detalladas de cientos de empresas industriales en Rusia (1991-94) y en Ucrania (1992-96), y extensas encuestas de hogares que abarcaban muchos miles de hogares en ambos países. En efecto, los datos trazaron el contexto y los resultados de la doctrina de la terapia de choque. Esto parecía una tarea esencial, pero los asesores de la terapia de choque siguieron adelante sin preocuparse por las pruebas.   

Locura y arrogancia

Fue un ejercicio de locura arrogante. La primera serie de reformas en la secuencia fue la liberalización de los precios, junto con la eliminación de las subvenciones a los precios (excepto en la energía). Hay que tener en cuenta que la producción se había colapsado, que durante generaciones habían existido estrictos controles de precios y que la estructura de producción estaba formada por enormes empresas industriales con características monopolísticas, que dominaban sectores y regiones enteras.

El efecto de la liberalización de los precios fue, pues, un extraordinario estallido de hiperinflación. Mientras trabajábamos en Ucrania, en un año la inflación se estimó en más del 10.000%, y en Rusia en más del 2.300%[1] El empobrecimiento fue letal. Millones de personas murieron prematuramente; la esperanza de vida de los hombres en Rusia cayó de 65 a 58 años, la de las mujeres de 74 a 68; la tasa nacional de suicidios se disparó hasta triplicar la de Estados Unidos.

En un estado colectivo de negación, los "asesores" económicos occidentales eran casi estalinistas en su celo. Su segunda política consistió en reducir drásticamente el gasto público, con el doble objetivo de reducir la presión inflacionista frenando la demanda monetaria y debilitando al Estado. Esto tuvo como consecuencia inmediata la intensificación de la creciente mortalidad y morbilidad. Pero hizo algo más que está afectando hoy a todo el mundo. Los sueldos y salarios del sector público bajaron tanto que el Estado dejó de funcionar. Esto creó un vacío en el que prosperaron los cleptócratas. Recuerdo que los ministros del gobierno pedían sobornos de 50 dólares sólo para poder alimentar a su familia. Eran presa fácil de gánsteres despiadados, que a su vez eran compañeros de cama de ex oficiales del KGB, liderados por el nuevo primer teniente de alcalde de San Petersburgo, un tal Vladimir Putin.

Nunca se insistirá lo suficiente en la locura de la ideología antiestatal, cuando lo que se necesitaba desesperadamente era el núcleo de un servicio civil profesional, respaldado por un sistema legal adecuado. Pero todo lo que los ACR querían era un capitalismo en toda regla, que consideraban que conducía a un "boom ruso", en el que "la democracia y el libre mercado han echado raíces para siempre".

Privatización masiva

El tercer pilar de la secuencia de la terapia de choque era la privatización masiva. Comenzó como una especie de broma, con "acciones" de privatización repartidas como confeti. Todavía tengo una en alguna parte, que me regaló el alcalde de San Petersburgo. Pero pronto se convirtió en un saqueo salvaje. El Banco Mundial, USAID, el nuevo Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD) de Londres y otros organismos extranjeros asignaron enormes cantidades para ayudar a acelerar la transferencia a los nuevos "empresarios". Se vendieron más de 15.000 empresas estatales; los cleptócratas se convirtieron en oligarcas de la noche a la mañana; sus "asesores" estadounidenses y otros extranjeros se hicieron multimillonarios. Es entonces cuando la criminalidad se extendió al otro lado del Atlántico.

Todavía hay que ser circunspecto en la forma de expresar esto. Sin embargo, era ampliamente conocido que destacados economistas de la comunidad del "cambio de régimen" estaban vinculados a la oligarquía en ascenso y ganaban millones de dólares. Finalmente, se llevó un caso al Tribunal Superior de Massachusetts, donde varios profesores se declararon culpables de uso de información privilegiada. Pagaron modestas multas, y Harvard pagó mucho más, pero al principal se le permitió continuar su carrera estelar. No cabe duda de que a él y a otros les fue muy bien.

Mientras tanto, se produjo el incómodo inicio de la cuarta fase de la secuenciación, caracterizada como la "terapia" después del "shock". Esta fue promocionada como la construcción de un nuevo sistema de política social, basado en las líneas neoliberales estándar, es decir, un estado de bienestar residual con tanta privatización como sea posible, comenzando con los sistemas de pensiones y la educación. Como algunos de nosotros habíamos argumentado desde el principio, la construcción de un sistema de protección social universalista debería haberse hecho antes de cualquier política de "choque". Insensiblemente, la aplicación de las políticas sociales se dejó para después, y entonces sólo se hizo de forma irregular, con interminables retrasos. 

Carnicería

La carnicería era palpable. En este periodo, se produjeron dos acontecimientos personales que personificaron la locura de lo que estaba ocurriendo. En 1992, fui invitado como "experto en el mercado laboral" a dar una conferencia a los ministros de finanzas y de educación de los países de Europa del Este, organizada por el Banco Mundial en un castillo holandés, simbólicamente con su propio foso. Allí escuché mientras se les decía a los ministros qué políticas debían introducir si querían recibir préstamos o subvenciones extranjeras.

El otro evento fue aún más extraño. En 1993, estaba presidiendo una pequeña conferencia en Francia sobre salarios mínimos y políticas de renta básica para Europa del Este cuando recibí una llamada telefónica de un embajador de Estados Unidos invitándome a Washington para dar una sesión informativa en el Departamento de Estado. Tras comprobar los antecedentes, acepté y me encontré con que me llevaban al sótano del Departamento de Estado. Sentado en una larga mesa con un "cuidador", me sorprendió que 12 hombres entraran a sentarse al otro lado. Presididos por un Subsecretario de Estado, se identificaron individualmente, y la mayoría dijo CIA.  

Les dije que sus políticas eran desastrosas, que un gran número de rusos y ucranianos estaban muriendo como resultado de la terapia de choque y que, contrariamente a lo que informaban, el desempleo real era de alrededor del 25%, oculto por el hecho de que las empresas retenían los libros de historia laboral de los trabajadores para reclamar subsidios. Argumenté que las personas con las que trabajaban a nivel político estaban profundamente corrompidas, y que debían centrarse en proporcionar ayuda directa a la gente de a pie si se quería evitar un bandazo hacia el neofascismo.

Defendí que la reestructuración de las empresas y la sustitución de las normas de regulación y del derecho debían tener prioridad sobre las reformas macroeconómicas y las privatizaciones. Desprecié todo lo que pude las afirmaciones del Banco Mundial y de destacados economistas de la RCA de que no había desempleo, y sostuve que era una locura que el Banco retuviera un gran préstamo para ayudar a los desempleados suponiendo que, como afirmaba un informe del Banco, la tasa de desempleo era sólo del 1%, respaldado por la afirmación: "En contra de las expectativas iniciales, el desempleo sigue siendo no sólo bajo, sino que está disminuyendo"[2].  

Esto era ridículo. Estaba claro que la estrategia neoliberal no hacía más que crear un capitalismo cleptocrático, una forma virulenta de capitalismo rentista que estaba tomando forma a nivel mundial. Surgió una nueva estructura de clases, con una plutocracia de oligarcas, un minúsculo salariado (que incluía a personas educadas que intentaban construir una sociedad decente), un proletariado lumpenizado (envejecido, atávico) y un precariado en rápido crecimiento. Los oligarcas de Ucrania estaban divididos, con los  pesos pesados de habla rusa aliados a sus homólogos rusos en conflicto mafioso con los oligarcas de habla ucraniana. También había algunos búlgaros, rumanos y otros en su órbita, y todos ellos pronto descubrieron que podían mezclarse cómodamente con los plutócratas financieros y de otro tipo de Londres, Wall Street y otros lugares.

La cleptocracia venal

Tras la reunión del Departamento de Estado, regresé a Hungría. Varios meses después, me invitaron de nuevo a Washington para informar al Departamento de Trabajo. Después, me ofrecieron un cóctel, y al fondo vi a dos de los oficiales de la CIA que habían estado en la reunión informativa del Departamento de Estado. Les pregunté qué había pasado después de la primera sesión informativa. Uno de ellos me dijo, en tono de conspiración: "Francamente, fue a parar a la cima.... y no te cree". Se refería al presidente Clinton.

Varios meses después de eso, se celebraron las elecciones rusas, y el nuevo partido del ultranacionalista neoestalinista Vladimir Zhirinovsky, que abogaba por la invasión de Ucrania, obtuvo el 23% de los votos, y el partido neoliberal respaldado por Estados Unidos quedó reducido a una masa. Envié un telegrama de una sola línea a uno de los oficiales de la CIA: "¿Ahora el Departamento de Estado me cree?". Me dijeron más tarde que esto causó cierta diversión irónica[3].

En resumen, la estrategia de cambio de régimen había generado una cleptocracia venal, y en consonancia con ello hoy tenemos globalmente una forma moralmente indefendible de capitalismo rentista en la que los plutócratas están financiando a los principales partidos políticos y a los políticos que les interesan. Se trata de la economía de mercado más alejada de la realidad jamás concebida y no basta con ver al Reino Unido como mayordomo del mundo, por muy acertada que sea esa descripción. El Estado está profundamente corrompido y no saldremos del atolladero hasta que surja una nueva política progresista y transformadora, que pueda movilizar al precariado en todas partes del mundo.

El mal que está perpetrando Rusia no será derrotado sólo con medios militares. Por supuesto, todos deberíamos admirar y apoyar a los increíblemente valientes ucranianos. Pero lo que hay que conseguir es una transformación de nuestras propias sociedades. En respuesta a la carrera hacia una distopía ecológica y una existencia grotescamente desigual e insegura para tantos, los progresistas en política deben tener una estrategia coherente y bien articulada para desmantelar el capitalismo rentista.

Hoy, el neoliberalismo no es el principal enemigo. Hoy es el momento de un nuevo radicalismo basado en una oposición de principios a la plutocracia global y al sistema de capitalismo rentista que se basa en el saqueo rapaz. Necesitamos un nuevo Renacimiento, para revivir la convivencia, la comunalidad, la libertad republicana y la igualdad. Hasta ahora, en Gran Bretaña y en otros lugares, esa visión transformadora está siendo frenada por el excesivo pragmatismo de los viejos partidos de izquierda. Sin embargo, al igual que la naturaleza aborrece el vacío, también lo hace la condición humana. Necesitamos una revuelta progresista, que traspase las fronteras nacionales y que sea ecológicamente redistributiva. Se pueden ver los brotes verdes, pero sólo hay que esperar que haya tiempo para que crezcan."                
   

(Guy Standing es profesor investigador asociado de la Universidad SOAS de Londres , Brave New Europe,21/04/22; traducción DEEPL)

7/2/22

Rafael Poch: Reventando el polvorín ucraniano... La OTAN justifica su vigencia en la necesidad de afrontar problemas por ella creados... Un repaso a una crisis de treinta años.

 "I) Pueblos hermanos

Se dice que rusos y ucranianos son “pueblos hermanos”, y es verdad. Siglos de vida en común, dos lenguas bien parecidas y una geografía sin obstáculos físicos, de llanuras surcadas por ríos mansos, que complica y difumina todo concepto de frontera. Al mismo tiempo, el parentesco fraternal no es incompatible con fuertes diferencias de carácter. Cuando una abuela dice sobre sus nietos, “¡Qué diferentes son, parece mentira que sean hermanos!” está formulando un tópico familiar de los más recurrentes. Veamos algunas de esas diferencias.

Como tantos otros países, Ucrania contiene una considerable diversidad regional entre el Oeste y el Este. Simplificando: cuanto más hacia Rusia, más ruso se habla, mayor influencia del cristianismo oriental adscrito al Patriarcado (ortodoxo) de Moscú y menos perceptible se hacen las diferencias fraternales. Cuanto más al Oeste mas fuerte es la identidad nacional ucraniana, el carácter mixto (oriental-occidental) del cristianismo, etc., etc.

A lo largo de su historia, Ucrania vivió varios procesos de integración, bien en la órbita rusa, bien en la polaca. Al colisionar con el poder superior ruso, el nacionalismo burgués ucraniano se vio condenado a colocarse bajo patronazgo extranjero. En el siglo XX sus efímeros gobiernos se afirmaron bajo la protección militar alemana (el del atamán Skoropadski) o polaca (Petliura). El nacionalismo popular ucraniano fue más anti polaco y anti judío que anti ruso. Políticamente fue frecuentemente socialista o social-revolucionario y al final, en un contexto de grandes convulsiones como los de la guerra civil rusa, tuvo que decantarse entre blancos y rojos en beneficio de los segundos.

El espacio ucraniano ha sido frecuente campo de batalla. En el siglo XVII conoció la revuelta de Bogdan Jmenitski contra la unión polaco-lituana, en el XVIII el zar Pedro I se impuso a los suecos en Poltava, y en el siglo XX fue uno de los principales escenarios bélicos tanto de la guerra civil rusa como de la Segunda Guerra Mundial.

El periodo 1917-1922 contiene en Ucrania un sinfín de conflictos. Parte de los nacionalistas ucranianos lucharon junto con los alemanes y austro-húngaros y otra parte contra ellos. La población ucraniana pro rusa se dividió en su lucha a favor de una Rusia unida, unos con los rojos y otros con los blancos. Otras fuerzas, como la del ejército campesino de Nestor Majno, con un gran componente social libertario y nacional ucraniano, lucharon tanto contra los rojos como contra los blancos.

Para comprender el actual mapa de Ucrania es ineludible hablar de tres regiones. En primer lugar Galitzia, zona occidental de claro dominio de la lengua ucraniana, con influencia católica mestiza (greco-católicos o “uniatas”), que en su mayoría nunca formó parte del resto de Ucrania ni estuvo sometida a Rusia hasta Stalin en los años cuarenta, después de dos siglos de sometimiento a regímenes polacos o austro-húngaros opresivos. De Galitzia partió en el siglo XIX el más fuerte impulso nacionalista. Ya en la época postsoviética desde allí se ha irradiado hacia el resto del país la ideología nacionalista más fuerte, con su particular narrativa histórica sobre la URSS: la revolución bolchevique como asunto “ruso” o “judío” (ignorando la larga lista de ucranianos presente en la dirección bolchevique), la mortífera hambruna de los años treinta con varios millones de muertos como “genocidio comunista-ruso contra el pueblo ucraniano” (ignorando que la misma hambruna de esos años devastó igualmente zonas rusas en el Don, Kubán,Volga, etc. y otras repúblicas como Kazajstán), todo ello aspectos de la nueva historia adecuada a la nueva estatalidad adquirida en 1991 que debía enmendar la historia oficial soviética, igualmente repleta de omisiones y manipulaciones.

Desde sus orígenes a principios de siglo XX, las organizaciones armadas del nacionalismo ucraniano en Galitzia (que entonces actuaban contra el dominio polaco) estuvieron financiadas y teledirigidas por el Abwehr, el espionaje alemán. Durante la Segunda Guerra Mundial los invasores alemanes fueron recibidos como libertadores por muchos ucranianos occidentales que habían sufrido la cruda represión estalinista y las hambrunas. Una vez más, la invasión hitleriana dividió a los ucranianos en dos bandos; el mayoritario que luchó con el ejército soviético contra el fascismo, y el minoritario de nacionalistas de Ucrania Occidental que fue utilizado por los nazis como fuerza de choque, creó una división SS específica y actuó frecuentemente de una forma aún más cruel que sus amos contra judíos y comunistas en los campos de exterminio, empuñando la bandera de la liberación nacional ucraniana.

Hay que decir que los ucranianos occidentales no fueron los únicos “colaboracionistas”: también los rusos del ejército de Vlasov, tártaros, chechenos, cosacos, etc. tuvieron representantes en el ejército alemán.

A los colaboracionistas de Ucrania Occidental, cuya relación con los nazis no fue fluida e incluyó episodios de enfrentamientos armados, se les conoce como “banderovski” por el nombre de su principal líder, Stepan Bandera. Con la victoria soviética y la incorporación definitiva de Galitzia a la URSS en 1945, los “banderovski” mantuvieron una guerrilla muy brava contra el NKVD de Stalin, recibiendo apoyo de la CIA en armas y lanzamiento de paracaidistas. Su cuartel general en Europa estaba en Munich, donde Bandera fue eliminado por un agente de Stalin en 1959…

Esta corriente, con la que en la época de la Perestroika solo se identificaba un sector minoritario del nacionalismo ucraniano, es reconocida hoy por un sector mucho más amplio como símbolo de la liberación nacional, o por lo menos como inspiradora de su principal ideología y narrativa nacionalista. La revuelta de Maidán del invierno de 2014 y el golpe de Estado pro occidental en que desembocó, instalaron ese nacionalismo exclusivista del Oeste de Ucrania en el centro del Estado.

En el sur y el Este de Ucrania, la llamada Novorossia, siempre se rechazó con toda claridad cualquier glorificación de los fascistas “banderovski”. Se trata de un arco que va desde Járkov, en el norte, hasta la región de Odesa en el sur-oeste, mayoritariamente ruso parlante y con gran población que se define como “rusa”. Ese arco no formó parte de Ucrania hasta la guerra civil de los años veinte (era la parte más industrial y a los bolcheviques les interesaba tener una base obrera en el gran universo campesino que era Ucrania), conserva una fuerte memoria soviética de la Segunda Guerra Mundial, y, al mismo tiempo, desde la nueva independencia de 1991 tendía hacia una cierta lenta ucrainización, o, por lo menos, a acentuar sus diferencias sutiles y difusas con Rusia. A grandes rasgos, Novorossia (la “Rusia nueva”) fue objeto de la reconquista imperial rusa en los siglos XVII y XVIII.

Mención especial merece la península de Crimea, tierra ancestral rusa, poblada por rusos y ruso parlante en un 80%, por donde llegó el primer cristianismo a la Rus de Kíev (¿el primer estado ruso fue ucraniano, o es que el primer estado ucraniano se llamaba Rusia?, eh aquí un interesante objeto de disputa entre besugos), reconquistada por Catalina II a los tártaros del janato de Crimea, el último vestigio de la Horda de Oro heredero del imperio de Chingiz Jan, que para entonces era un satélite del Imperio Otomano. Crimea fue escenario de glorias militares rusas y soviéticas, tanto durante la guerra de Crimea del XIX (todos contra Rusia) como durante la Segunda Guerra Mundial, con heroicas batallas en Sebastopol, Kerch y Odesa. La caprichosa entrega de Crimea a Ucrania por Jruschov en 1954, desgajándola de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia (RSFSR) en una época en la que las diferencias entre repúblicas era completamente irrelevante, tuvo un carácter simbólico. A partir de la disolución de la URSS eso se convirtió en un problema.

Otra diferencia entre rusos y ucranianos tiene que ver con su tradición política, con las formas, símbolos y héroes en los que unos y otros se sienten identificados. Aquí el contraste entre los hermanos es importante. Ucrania fue un país situado geográficamente en el límite y la confluencia de grandes imperios (turcos, polacos, rusos). Su propio nombre, “U-kraine”, significa algo así como “junto al límite”, “en la frontera”, un espacio al que la autoridad imperial de unos y otros, y sus relaciones de servidumbre, apenas llegan o se perciben como algo lejano y difuminado. Esa posición determinó cierta holgura y libertad, un “arréglatelas tu mismo como puedas y sin gobierno” que asociamos al espíritu de frontera del “Far West”.

Los héroes de esa tradición política son líderes cosacos “libres” que luchan; ahora contra los turcos, ahora contra los polacos o contra los rusos, absorbiendo rasgos de unos y otros (Maidán -plaza- es una palabra turca). Todo eso es muy diferente de la tradición rusa, que es una galería llena de cuadros de grandes zares y caudillos absolutistas tanto más grandes cuanto más Estado e Imperio construyen.

Esa diferencia ha influido en la diferente evolución que ha tenido la formación de los estados postcomunistas pese a su común régimen oligárquico.

Mientras en Rusia tras una época turbulenta se recuperó la “vertical de poder” con su vector tradicional autocrático con considerable facilidad (eso es lo que representa Putin), en Ucrania el Estado ha sido mucho más débil. Eso ha hecho que la sociedad haya sido mucho más suelta, incontrolada e independiente hacia el poder que en Rusia, lo que ha tenido ciertas ventajas para la autonomía social y también serios inconvenientes para estabilizar un gobierno efectivo independiente de intereses externos…

Dicho todo esto y situados ya un poco ante el mapa, hay que decir que por más que esas semejanzas y diferencias sean importantes para comprender el universo ruso-ucraniano y para entender la diversidad interna de Ucrania, apenas aportan una explicación concreta a lo que tenemos hoy encima de la mesa: una verdadera fractura que explota en una guerra civil. ¿Cómo ha podido podrirse tanto la situación para que los hermanos se tiroteen y bombardeen?

Para comprender eso, no hay más remedio que fijarse en los regímenes políticos -igualmente emparentados- de Rusia y Ucrania.

II) Privatización y regímenes

En los años noventa, Rusia y Ucrania sufrieron el mismo proceso de saqueo de su economía, sus recursos, su patrimonio material nacional, a manos del mismo estrato administrativo-burocrático-oligárquico del antiguo régimen comunistoide, la Estadocracia (según el término del profesor Marat Cheskov). Eso que se conoce como “privatización” dio lugar al mismo tipo de sistema de capitalismo oligárquico. La diferencia con Rusia ha sido “el factor Putin”.

Si en Rusia con el cambio de siglo acabó emergiendo un poder político que restableció la vertical de poder y sometió a los magnates de la privatización a unas reglas de juego en las que era obligatorio reconocer la primacía del Estado, en Ucrania eso no ocurrió. Después de los años noventa, la política ucraniana continuó siendo la lucha entre, fundamentalmente, dos grupos de magnates. Unos vinculados industrialmente a Rusia y por tanto que tendían geopolíticamente hacia ella, y otros mucho más en la órbita occidental.

Esos grupos apenas se diferenciaban internamente en su programa socio-económico, maltrataban exactamente igual la aparición de cualquier manifestación social o de izquierda, y mantenían una cruda lucha subterránea por el poder. Ambos grupos se disputaron ese poder y alternaron en él, con incidentes pero sin llegar a un enfrentamiento abierto y militar como el de octubre de 1993 en Moscú.

Cada uno de los dos bandos de este sistema clánico-oligárquico con fuertes anclajes en la descrita diversidad regional ucraniana, era demasiado débil para imponerse definitivamente a sus adversarios. Esa debilidad hizo que cada uno de ellos aumentara la conexión y dependencia clientelista hacia el elemento geopolítico exterior. Los intereses de los grandes vecinos se mezclaron cada vez más en una amalgama, junto con los intereses económicos, industriales e ideológicos, “orientales” u “occidentales” de cada bando. Sobre esa lógica de poder actuaron tanto subvenciones rusas al suministro de gas, como la compra y financiación de ONG, medios de comunicación e instituciones con los 5000 millones de dólares reconocidos por la señora Victoria Nuland, vicesecretaria de Estado norteamericana, o por su vector correspondiente alemán, polaco y europeo en general.

Diferencia fundamental entre esos dos vectores externos era que si Moscú era desde el principio consciente de la diversidad interna de Ucrania y de la imposibilidad de imponer por completo sus intereses allá sin romper el país, en Washington, Bruselas y Berlín se buscaba, cada vez más, una victoria total y definitiva, ignorando los peligros de una fractura.

Ese sentido común acerca de la necesidad de cierto equilibrio interno había regido la política ucraniana de los dos bandos oligárquicos enfrentados desde 1991 hasta 2014. Siempre que uno u otro bando llegaba al poder en Kíev, ambos gobernando sobre el mismo fondo de corrupción y parasitismo (muy superior al de Rusia), había conciencia de que el país sería ingobernable y se rompería si se ignoraban por completo los intereses del otro. La propia población, socialmente muy descontenta con el poder tanto en el Este como en el Oeste del país, dependía de la apertura y el acceso a los grandes vecinos orientales y occidentales. De los 45 millones de ucranianos, unos seis millones respondieron a la pobreza emigrando a trabajar en el extranjero, unos 3 millones hacia Rusia (ucranianos de Novorossia) y otros tres hacia Polonia y la Unión Europea, mayormente ucranianos occidentales.

III) La revuelta del Maidán y su secuestro.

En este contexto de debilidad del poder ucraniano que acentúa el recurso de los dos grupos oligárquicos enfrentados a padrinazgos geopolíticos exteriores, apareció la provocativa y desestabilizadora oferta de la Unión Europea de un acuerdo de “Asociación oriental” con Ucrania. Hay que decir que a diferencia de la Unión Aduanera propuesta por Moscú, esa oferta europea se planteó desde el principio como excluyente, no compatible y no negociable con cualquier interés ucraniano vinculado a Rusia. Dada la permeabilidad existente entre los mercados ruso y ucraniano, abrir el segundo a la UE significaba perjudicar directamente la economía rusa. En materia de seguridad, la Unión Europea dejaba claro en aquel tratado que Ucrania debía ponerse en sintonía con “Europa” en su política exterior y de seguridad, fundamentalmente adversa a la de Moscú.

Mientras Moscú y Kíev pedían a la Unión Europea una negociación a tres bandas para solucionar el entuerto, la canciller Merkel se negó rotundamente a admitir a Rusia en cualquier negociación con Ucrania. Eso hizo que la jugada de la adhesión a “Europa” se convirtiera en una bomba desestabilizadora que transformaba equilibrios y diferencias, territoriales y de intereses, hasta ahora gobernables en una verdadera fractura.

Esa circunstancia, unida a las improvisadas contraofertas y fuertes presiones de Moscú, alimentó las más que razonables vacilaciones del Presidente Viktor Yanukovich. El no de Yanukovich al tratado con la UE hizo estallar el descontento social contra la corrupción, la oligarquía, contra el gobierno inefectivo, opaco y socialmente injusto, aspectos que el polo popular occidentalista ucraniano asocia con el modelo ruso.

El primer Maidán fue un movimiento surgido de un impulso genuinamente popular que expresaba elementales deseos de regeneración democrática, civil y nacional. Pero a diferencia de, digamos, el 15-M, tenía detrás a uno de los dos bandos oligárquicos y a los socios exteriores americanos y europeos (particularmente polacos y alemanes), con apoyo de medios de comunicación locales e internacionales, por lo que desde el principio estaba bien cargado de ambigüedad social y geopolítica.

El gobierno de Yanukovich respondió a ese desafío con gran inseguridad, represión y juego sucio: movilizando bandas de lumpen que apalizaban a activistas, etc., lo que aún indignó más a la gente.

Por sí solo, el sujeto que formaba la infantería de este Maidan (la intelligentsia creativa, los grandes y pequeños hombres de negocios del sector servicios, estudiantes, profesiones liberales y funcionarios apoyados por los clanes oligárquicos “alternativos”), no era capaz de tomar el poder y tumbar al desprestigiado régimen -por otra parte electo y completamente legítimo desde el punto de vista formal. Para derribarlo se necesitaba una fuerza de choque, disciplinada, y dispuesta a jugarse el físico. Una caballería pesada. Esa fuerza fue la extrema derecha armada con la ideología nacionalista de tradición “banderovski, apoyada por los oligarcas y los padrinos geopolíticos occidentales. Si la trama subterránea de complicidades, financiación, asesoramientos y adiestramiento de servicios secretos occidentales (americanos, polacos y alemanes) apenas ha trascendido, cuarenta políticos occidentales de primera fila, entre ellos primeras figuras de Estados Unidos y los ministros de exteriores de Alemania, Polonia, países bálticos, etc. pasaron por la plaza de Kíev repartiendo solidaridades y pastelitos. Fue ese segundo Maidán el que ejecutó el cambio de régimen en las jornadas de febrero en un contexto de batallas campales con incendio y toma de sedes ministeriales en medio de una masacre indiscriminada de manifestantes y policías (en total un centenar, además de más de una decena de policías) a cargo de tiradores de precisión el 20 de febrero, lo que precipitó la caída del gobierno y la huida del presidente.

El estudio académico mas convincente sobre aquella masacre, obra del profesor Ivan Katchanovski, de la School of Political Studies de la Universidad de Otawa concluyó lo siguiente:

La evidencia indica que una alianza de elementos de la oposición de Maidan y la extrema derecha estuvo involucrada en el asesinato en masa tanto de los manifestantes como de la policía, mientras que la participación de las unidades especiales de la policía en los asesinatos de algunos de los manifestantes no se puede descartar por completo en base a la evidencia disponible. El nuevo gobierno que llegó al poder en gran parte como resultado de la masacre falsificó su investigación, mientras que los medios de comunicación ucranianos contribuyeron a tergiversar la matanza masiva de manifestantes y policías. La evidencia indica que la extrema derecha desempeñó un papel clave en el derrocamiento violento del gobierno en Ucrania

A la misma conclusión llega Richard Sakwa, de la Universidad de Kent, autor del mejor libro sobre el Maidan publicado hasta la fecha (Frontline Ukraine).

En febrero de 2014, estuve metido de lleno en la crónica periodística del Maidán en Kíev y escribí lo siguiente:

Hasta el más iluso activista de cualquier movimiento social europeo comprende ahora el misterio de lo que se está viendo estos días en Kíev:si la causa es “justa”, se puede ocupar más de media docena de edificios y sedes ministeriales en el centro de la capital, varias sedes regionales del gobierno, organizar escuadras paramilitares, presentar una fuerte resistencia física ante los antidisturbios, matar agentes y ganarse el aplauso de la Unión Europea. Las batallas campales son aquí “valientes y pacíficas manifestaciones”. Las autoridades, y no los ciudadanos, “deben renunciar a la violencia” y derogar “las leyes que limitan las libertades y derechos” y sus reivindicaciones deben ser escuchadas, Merkel et Bruselam dixit. ¿Comienza una nueva época? ¿Veremos a políticos rusos, bielorrusos y ucranianos llamando a la huelga general en Atenas, coreando el “no nos representan” en la Puerta del Sol o aplaudiendo a quienes lanzan botellas incendiarias a la policía en el Ocupy Frankfurt?”

Obviamente si todo aquello hubiera ocurrido con los vectores y escenarios invertidos -un gobierno favorable a los intereses occidentales, en México o Canadá, con políticos rusos, chinos y venezolanos de primera fila repartiendo pastelitos entre los manifestantes- no se habría celebrado como progreso democrático, sino como escandaloso y sangriento golpe de estado, terrorismo y demás…

El cambio de régimen en Kíev precipitó la revuelta del Este de Ucrania con padrinazgo ruso. Primero en Crimea, donde las declaración de soberanía y el posterior ingreso del territorio en Rusia, fue fácil por el amplio apoyo de la población y la presencia de la flota rusa, y luego en todo el arco de Novorossia. Todas esas regiones, temerosas de las primeras disposiciones de un gobierno con participación de “banderovski” en materia de lengua, etc., y ante la evidencia de que sus derechos e intereses iban a ser atropellados, pidieron federalismo en pequeños antimaidanes pro rusos, sin el menor apoyo de oligarcas locales (todos se pasaron a Kíev), que expresaban el mismo genuino descontento social y temor popular que el de Kíev desde un vector identitario y geopolítico distinto. En Odesa, ciudad rusofila y rusoparlante, presencié aquel febrero manifestaciones de decenas de miles de ciudadanos contra el nuevo gobierno de Kíev salido del Maidán y contra el nacionalismo ucraniano antiruso. Aquella protesta se aplastó con otra masacre, la de la Casa de los Sindicatos del 2 de mayo a cargo de la extrema derecha y los hinchas de futbol venidos de todo el país a poner orden en la ciudad, con el resultado de 46 muertos y 214 heridos, muchos de ellos abrasados en el edificio de cinco plantas incendiado con cócteles molotov ante la pasividad de la policía. En otras regiones rusófilas el miedo, la debilidad de la protesta o la pasividad de los disconformes con lo que sucedía decidió la situación. No fue así en el Este del país, donde se organizó una fuerte resistencia popular armada mezclada con intervención camuflada rusa. La respuesta del nuevo gobierno de Kíev fue el envío del ejército en misión antiterrorista -lo que el presidente Yanukovich no se había atrevido a hacer- y que dio paso a la militarización y al actual escenario de guerra civil con 14.000 muertos y centenares de miles de refugiados y desplazados.

Una vez más: si cambiamos las fichas, toda esta utilización de aviación y artillería contra ciudades habría sido valorado en Occidente como intolerable crimen contra la humanidad, etc., etc.

Dicho esto, se impone la evidencia de que todo lo que hubo y hay de genuinamente popular y liberador, tanto en el primer Maidán de Kiev como en la revuelta de Novorossia, importa muy poco a fin de cuentas en este conflicto en el que lo determinante es su dimensión geopolítica. Nada se entiende sin poner el zoom de nuestra observación en posición de gran angular.

IV) El Imperio del caos y la “arquitectura de la seguridad europea”.

La propaganda occidental achaca el conflicto de Ucrania a la maldad de Putin, al nuevo expansionismo ruso y propone cronologías tan descaradas como la película que comienza con la invasión rusa de Crimea. Vaya por delante que el régimen oligárquico ruso tiene intereses correspondientes (aunque mucho más legítimos, desde el punto de vista de la historia y de la geografía) a los occidentales por: 1- Mantener su control y acceso a buena parte de los recursos naturales e industriales de Ucrania, 2- Ampliar su influencia geopolítica y 3- Por consolidar el régimen autocrático de Putin y la unión autoritaria de burócratas y magnates que lo sustenta, con medidas de tanta carga patriótica como el regreso de Crimea a Rusia.

Desde ese punto de vista, tal como decía el profesor Mijaíl Buzgalin, la recuperación de Crimea es tan “progresista” como el intento de los militares de Argentina por hacerse con las Islas Malvinas ante Inglaterra.

Todo esto hay que tenerlo en cuenta -sobre todo a efectos de la imprevisible evolución interna de Rusia en los próximos años- pero es bastante secundario e irrelevante al lado del hecho principal: por primera vez en un cuarto de siglo una gran potencia regional, como es Rusia ahora, paró los pies a la superpotencia hegemónica del conglomerado imperial Estados Unidos-OTAN-Unión Europea. Es este desafío que crea un precedente, lo que es visto como intolerable y es contestado con sanciones y escenarios de nueva guerra fría.

La situación lanza señales a la correlación de fuerzas global y a la recomposición de las alianzas del mundo multipolar en formación. El siempre interesante Pepe Escobar se lanza a la piscina y ya anuncia un eje euroasiático Pekín-Moscú-Berlín para dentro de 20 o 30 años. Personalmente soy bastante escéptico no ya en este tipo de construcciones, sino sobre algo mucho más básico: sobre la mera posibilidad de pronosticar cualquier cosa de esa envergadura a 20 años vista en el actual mundo revuelto. Por eso, antes que perderse en inciertas proyecciones futuras más vale repasar la película que ha conducido hasta el conflicto ucraniano.

Durante la Perestroika, el pacto que Gorbachov acabó ofreciendo a Occidente fue el de cancelar la guerra fría a cambio de una arquitectura europea de seguridad integrada. Esa fue la oferta implícita de Moscú a Alemania y así fue entendida y aceptada por todos los actores. A nivel contractual todo eso quedó reflejado en la Carta de París de la OSCE para una nueva Europa, firmada en el Elíseo en noviembre de 1990, es decir aún en vida de la URSS. Las implicaciones de tal esquema eran enormes. La integración soviética en Europa habría dado lugar a un gran conglomerado político-económico, con un gran mercado, una enorme potencia energética y cierto eje político París-Berlín-Moscú. Por mal que se jugase, aquella partida acababa con la hegemonía de Estados Unidos en Europa, a todas luces innecesaria una vez disuelto el enemigo. Todo esto no funcionó por varias razones.

Sin duda Washington lo percibió enseguida como una amenaza a sus intereses generales y actuó en consecuencia. Gorbachov pecó también de ingenuidad al no amarrar aquellos pactos en acuerdos y contratos sólidos, confiándose en acuerdos entre caballeros. Pero en Moscú sucedieron también cosas que facilitaron mucho que este escenario fracasara.

En agosto de 1991 se produjo el golpe de estado de quienes consideraron que se había ido demasiado lejos. El golpe fracasó, porque sus autores no dispararon contra la gente, como luego haría en octubre de 1993 Boris Yeltsin con el aplauso de Occidente, y sobre todo porque la estadocracia ya estaba muy metida en la perspectiva de una entrada en el mercado global con privatización etc. Con todo, el proyecto de Gorbachov para Europa, lo que llamaba la “Casa común europea”, podría haber sobrevivido a aquello. Pero en diciembre la emancipación y degeneración de la estadocracia rusa liderada por Yeltsin, disolvió la URSS. Ya sin Gorbachov siguieron diez años de juerga en la que las energías de los dirigentes de Moscú se centraron en el saqueo del patrimonio nacional (privatización), renunciando a toda política exterior autónoma. Eso hizo que Occidente le perdiera por completo el respeto a Rusia y se convenciera de que podía tratar con ella como con un vasallo. En cualquier caso, Rusia ya no daba miedo: recordemos que era la época en la que 5000 guerrilleros chechenos batían al ejército ruso en el Cáucaso del Norte.

En ese contexto las actitudes cambiaron radicalmente. Si Rusia era tan débil podía hacerse con ella cualquier cosa. Zbigniew Brzezinski, un conocido estratega americano -luego asustado por lo que se ha visto en Ucrania y partidario de la “finlandización” de ese país- propuso en aquella época desmembrar Rusia en cuatro o cinco estados, con una república de Extremo Oriente, otra siberiana, una Rusia europea, una confederación caucásica, etc., etc. Su libro, de 1997, fue muy leído en Moscú.

Esa fiesta se acabó cuando, una vez concluido el asalto al supermercado, en Moscú decidieron poner orden. Putin ha sido eso: el restablecedor de un orden elemental y el hombre que quiere impedir la desmembración de Rusia proyectada por el Deep State de Estados Unidos, una convicción profundamente arraigada en la mentalidad de Putin y en los medios de los servicios secretos rusos que tan importante papel juegan en el Kremlin.

En 2001, mientras los americanos se deshacían de algunos de los acuerdos de desarme más importantes de la guerra fría (por ejemplo el acuerdo antimisiles, ABM) y descafeinaban otros, y mientras tras la caída de Milosevic en una de esas revoluciones de colores el Washington Post editorializaba anunciando que la siguiente jugada sería en Bielorusia y Ucrania, Putin propuso su colaboración a Bush en el esfuerzo “antiterrorista” posterior al 11-S. Cedió acceso a Afganistán por la puerta trasera de Asia Central ex soviética y cooperó en logística e inteligencia todo lo que pudo. Todo eso no sirvió para nada. En Europa las cosas siguieron igual.

Mientras las bombas calientes de la OTAN caían sobre Yugoslavia, Javier Solana venía a Moscú a mediados de los noventa a convencer a los rusos de que la ampliación hacia el Este del bloque occidental, rompiendo todas las promesas, no tenía nada que ver con seguridad ni confrontación: “ya no estamos en los pulsos militares de la guerra fría”, decía, “las zonas de influencia son cosa del Siglo XIX”. Evidentemente nadie le tomaba en serio. Fue así como, a partir de mediados de los noventa, se decide ampliar la OTAN.

En la primera etapa ingresaron, en 1999, República Checa, Polonia y Hungría. En la segunda, (2004) Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia. Este proceso se hizo paralelamente a las intervenciones en Yugoslavia (1995 Bosnia, 1999 Kosovo), cuya lectura externa era anular el único espacio no sometido a la nueva disciplina continental tras la guerra fría, y entre sucesivas advertencias rusas sobre “líneas rojas” (avances del bloque que serían considerados inadmisibles en Moscú) que fueron ignoradas. En la cumbre de abril de 2008 en Bucarest la OTAN ya se planteó el ingreso de Ucrania y Georgia, con la oposición de Francia y Alemania, lo que no impidió reflejar la promesa de tal ingreso en el comunicado final de la reunión. Sigue en agosto el ataque de Georgia a Osetia del Sur y la respuesta militar rusa. Pese a aquella señal, la OTAN sigue sin renunciar a la integración de ambos países y prosiguió su ampliación, en 2009, con Albania y Croacia.

A lo largo de 30 años, mientras se le iba avasallando, Moscú no ha dejado de insistir en el esquema de Gorbachov: reclamando un esquema de seguridad continental integrado. Entre 2008 y 2013 seguí esa situación desde la Conferencia de Seguridad de Munich, el foro atlantista más importante al que se invita a Rusia. El discurso ruso siempre fue muy claro en ese foro. (Véase: https://blogs.lavanguardia.com/berlin-poch/munich-el-occidente-autista)

En 2007 Putin denunció directamente el juego sin reglas en el que se había convertido el intervencionismo occidental. Dijo, “el hermano lobo no pide permiso a nadie y come donde quiere”. En 2008 advirtió que “si Ucrania ingresa en la OTAN dejará de existir” porque se partirá”. En 2009 el Presidente Dmitri Medvedev propuso celebrar en Berlín, “una cumbre paneuropea, abierta a Estados Unidos” (fíjense en el detalle) para “preparar un acuerdo sobre seguridad europea jurídicamente vinculante” que ponga fin a las actuales tensiones. En lugar de globalizar la OTAN, usurpando el papel de la ONU, Europa debe recrear la Organización de Seguridad y Cooperación en Europa (aquella OSCE de la Carta de París de 1990), dijo. Todo eso se ha venido repitiendo hasta la saciedad pero nunca fue motivo de titular de prensa o de telediario en Europa Occidental. En la visión que se nos ofrecía, el “problema de Rusia” no era su exclusión, manifiesta y provocadora, del sistema europeo, sino la esquizofrenia de sus “percepciones de amenaza”, se nos decía en los raros momentos en que alguien se interesaba.

Con Ucrania toda esta arrolladora serie acumulada a lo largo de 30 años ha explotado y los motivos son claros. En Europa se ha creado un enredo fenomenal sobre el que muchos advertíamos en los años noventa. Estaba claro desde el principio de que no habría estabilidad continental a largo plazo en un esquema de seguridad que no implicara a Rusia y menos aún que se planteara contra Rusia. A Estados Unidos ese desastre no le venía mal, porque era la garantía de que podría continuar manteniendo su tutela sobre el viejo continente, sin la cual su estatuto de superpotencia se vería mermado. La historia nos advertía que el miedo de los países del Este a Rusia era perfectamente razonable, pero ¿qué decir del miedo de Rusia, dos veces invadida por Occidente desde 1812 hasta Moscú, la última de ellas con el resultado de 27 millones de muertos? Si hubiera que resumir la situación en una frase, diríamos que la OTAN justifica hoy su vigencia en la necesidad de afrontar los riesgos creados por su propia existencia y ampliación al Este del continente. ¿Será la Unión Europea capaz de reconocer su error y dar marcha atrás?

En nuestro siglo, acuciados por problemas existenciales imposibles de resolver sin una intensa concertación internacional, no tenemos mucho tiempo que perder. En la hipótesis más optimista, el resultado del conflicto de Ucrania podría retrasar unos cuantos años más la integración de Rusia en un esquema europeo de seguridad. En la más pesimista, una guerra en Ucrania consolidaría y anticiparía el escenario de un conflicto global de grandes proporciones.

(*) Este artículo sigue las notas del curso impartido en noviembre de 2014 en el seminario para profesorado de Historia de IES. Universidad Pompeu Fabra de Barcelona."

(Rafael Poch de Feliu, blog,  02/02/22)

15/11/21

La divisoria entre izquierda y derecha pasa por dos vectores fundamentales e inseparables: el rechazo al modelo neoliberal y el rechazo a la guerra... la izquierda es: anticapitalismo, ecologismo, antiimperialismo y antimilitarismo. Lo que queda al otro lado es “derecha” aunque se llame verde o “socialista”... derecha es el populismo trumpista, las paranoias conspirativas y su curso retrógrado, antisemita, chauvinista, contra lo extranjero y diferente

 "La divisoria entre izquierda y derecha pasa por dos vectores fundamentales e inseparables, dice Oskar Lafontaine: el rechazo al modelo neoliberal y el rechazo a la guerra. No se puede ser de izquierdas sin combatir un sistema socioeconómico que pone el beneficio y la explotación en el centro de la economía humana hasta el punto de poner en peligro el futuro de la especie. No es de izquierda quien no repudia el dominio económico y militar de las naciones más fuertes en las relaciones internacionales. 

Es decir, la izquierda es: anticapitalismo, ecologismo, antiimperialismo y antimilitarismo. Lo que queda al otro lado es “derecha” aunque se llame verde o “socialista”. A partir de ahí los programas de transformación, las reformas, los pragmatismos y los posibilismos son cuestiones de táctica, objeto de legítimo y necesario debate, pero obviar alguno de estos vectores fundamentales, o sustituirlos por “estilos de vida”, deja al sujeto fuera de la izquierda. 

La actual confusión, crisis y debilidad de la izquierda en Occidente tiene que ver con la falta de claridad respecto a este consenso general básico. La derecha es otro asunto. No está en crisis pero está dividida. 

El libro de la periodista de derechas americana Anne Applebaum, Twilight of Democracy trata sobre eso. En el coro de plañideras por la división de la derecha, en un vector “liberal” y otro “iliberal”, fenómeno generalizado en Europa y Estados Unidos, el libro de Applebaum es ejemplar por la ceguera del asombro que expresa. 

Applebaum es una cold warrior de los tiempos actuales, una puesta al día de aquel Robert Conquest ayudante del Pentágono en las cruzadas de la guerra fría, cuyo principal mérito fue multiplicar por cinco las cifras, ya de por sí suficientemente horrorosas, de la represión estalinista

Cuando Gorbachov abrió los archivos y los números de Conquest se hundieron estrepitosamente, el viejo agente del Information Research Department (IRD), la unidad secreta de propaganda de la inteligencia británica, tuvo la desfachatez de mantenerse en sus trece. Hoy sus libros están completamente desacreditados. Applebaum es una especie de segunda versión de eso. 

Como Conquest, esta autora también escribió premiados libros militantes sobre el Gulag y la hambruna de Ucrania. Académicamente no aportan nada, pero encajan muy bien con la propaganda atlantista hoy requerida para mantener bien dividido el continente y bien demonizada a Rusia.

 Su último libro, traducido al español como El ocaso de la democracia, la seducción del autoritarismo, es interesante porque va más allá de ese servicio. Ejemplifica la incapacidad de la derecha “liberal” para explicar la génesis del trumpismo y sus epígonos europeos como reacción a la propia gestión neoliberal de las últimas décadas. Precisamente por eso, su éxito editorial está garantizado.

Applebaum llegó a Varsovia en 1988 como corresponsal de The Economist, sumó la particular visión polaca de la historia europea (“víctimas de los dos totalitarismos”) a su propio bagaje derechista y se casó en 1992 con el periodista Radosław (Radek) Sikorski, brillante estrella ascendente polaca de la derecha liberal europea que llegó a ser ministro de defensa y exteriores de su país.

 El libro de Applebaum expresa el asombro por la deserción en masa del liberalismo de la derecha polaca para abrazar el populismo trumpista de los hermanos Kaczynski, sus paranoias conspirativas y su curso retrógrado, antisemita, chauvinista y ultracatólico contra lo extranjero y diferente. En ese giro, la autora pierde amigos, se distancia de antiguos compañeros de viaje polacos y europeos, y a la hora de explicar los motivos elude cualquier examen introspectivo.

 Desde finales de los ochenta, toda la reforma liberal-thatcherista de Leszek Balcerowicz (su nombre era invocado con devoción por los liberales de mentalidad estalinista de la escuela de Yegor Gaidar en la Rusia de los noventa) puso en manos del capital extranjero el patrimonio nacional, más del 30% de la industria y el 70% de los activos bancarios, así como el relato que de ello se hacía, el 80% de la prensa escrita. Y todo el proceso se hizo con nocturnidad, sin la menor consulta.

 “El grueso de las decisiones estratégicas del devenir postcomunista del país fue tomado sin consulta o mandato democrático, el orden político que presidió la aplicación del liberalismo económico en Polonia fue en sí mismo una forma de autoritarismo sin control pese a estar apoyado por los demócratas liberales en Polonia y Occidente”, resume Gavin Rae. El referéndum que aprobó la constitución tuvo una participación del 43%, el ingreso en la UE fue apoyado por el 42% (2004) y la inclusión en la OTAN (1999) ni siquiera fue consultada. Es decir: el autoritarismo ahora denunciado ya era una realidad cuando los amigos de Applebaum estaban en el poder como respetables liberales europeístas y atlantistas.

La nueva economía llevó a dos millones de polacos a tenerse que buscar la vida en el extranjero mientras en 2012 el 25% del empleo era temporal. Convertido en símbolo de la corrupción elitista liberal, el propio marido de Applebaum fue pillado en el llamado “Waitergate” comparando las relaciones de Polonia con Estados Unidos con el sexo oral (algo bastante exacto y aplicable al conjunto de la UE) en el curso de una comida de 500 dólares a base de langosta a cuenta del erario público…

 Todo esto tiene cronologías similares en muchos países de Europa. En Francia, con la sociedad más despierta, la reacción –lo que representa el lepenismo– fue mucho más temprana, pero cambiando fechas y nombres cada país puede aportar su propia crónica propiciadora de la marea antiliberal en el campo de la derecha.

En lugar de revisar los resultados de las décadas anteriores, Applebaum prefiere achacar el espectáculo polaco a explicaciones mucho más cómodas como el legado del comunismo, el conservadurismo de la Iglesia católica, las paranoias de la población y sus xenofobias. Su libro expone una deshonesta ceguera ante los desastres propiciados por la amplia derecha neoliberal, un espectro que no solo en Alemania incluye a verdes y socialdemócratas, y es como la traducción al europeo de la leyenda americana que explica el éxito popular del trumpismo en la “injerencia” rusa y otras simplezas.

La degradación de la mayoría, el obsceno enriquecimiento de unos pocos y el descrédito de los medios de comunicación en manos de magnates que han hecho “sexy” al autoritarismo desaparecen del análisis. En su lugar se propone una especie de psicoanálisis, sobre el rechazo del comunitarismo y de ese “estilo de vida” (Sarah Wagenknecht de Die Linke en su libro Die Selbstgerechten – Los Arrogantes) que también es casi el único atributo de gran parte de la “izquierda”. Igualdad y equidad reducidas a “igualdad de género” y similares, la broma del lenguaje inclusivo (gloriosamente rechazado en Francia), justicia como asunto identitario, y caridad hacia los emigrantes, que también la necesitan, en lugar de encarar el imperialismo, el belicismo, la deuda ecológica y el comercio injusto que está en la base de los flujos migratorios Sur/Norte. 

En la última masacre de palestinos protagonizada por Israel en mayo, desencadenada por el ataque a la mezquita al-Aqsa de Jerusalén en pleno Ramadán (¿qué pasaría si la basílica de San Pedro del Vaticano se llenara de gases y balas de goma israelíes en Pascua?), el periodista brasileño Pepe Escobar presentaba así la realidad de la democracia liberal occidental realmente existente: “Bombardeamos sedes de medios de comunicación y destruimos la libertad de prensa en un campo de concentración a cielo abierto mientras prohibimos manifestaciones pacíficas (Francia) en condiciones de estado de excepción en el corazón de Europa”.

El asombro liberal expresa una incapacidad de comprensión relacionada con la decadencia de las democracias de baja intensidad occidentales en el siglo XXI y la deshonestidad intelectual de sus propagandistas.

Una encuesta de abril reveló que por primera vez la confianza del público en los medios de comunicación en Estados Unidos está por debajo del 50%. “Malas noticias para los periodistas: el público no comparte nuestros valores”, tituló The Washington Post, el diario propiedad del quinto hombre más rico del mundo de cuyo consejo editorial forma parte, precisamente, Anne Applebaum. 

No es un asunto de hartazgo con la defensa del privilegio oligárquico, no es una cuestión de la obscena y sistemática justificación del statu quo imperial y de la grosera y más cínica manipulación informativa. Es un asunto de “tecnologías”, del “Internet”, de las “noticias falsas” –como si estas no fueran diarias en la prensa establecida desde siempre– cuando no culpa del pueblo ignorante que ha dejado de sintonizar con unos “valores”... Independientemente de estos diagnósticos, la reacción sigue su curso. A quienes no entienden su sentido solo les queda asombrarse."               (Rafael Poch  , CTXT, 9/06/2021)