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30/5/16

Así es el cerebro del futbolista

 Gareth Bale celebra la Champions que ganó el Real Madrid al Atlético el pasado 24 de mayo de 2014, en Lisboa. AP

"Lejos de ser algo tan simple como dar patadas a un balón hasta que éste se cuela en la portería, el fútbol es una compleja actividad humana en la que participa todo el cerebro. A la hora de moverse en el terreno de juego, lo más importante del futbolista es su corteza motora, una región del cerebro situada en el lóbulo frontal, su porción más anterior. 

Los millones de neuronas que contiene esa región se organizan en diferentes zonas con funciones sucesivas y subordinadas, una para planificar los movimientos que requiere cada jugada, otra para organizar las secuencias correctas de los mismos y otra finalmente para hacer llegar a los músculos las órdenes necesarias para ejecutar esos movimientos.

 El cerebelo, otra importante parte del cerebro situada en su parte posterior, ayuda a que los movimientos a realizar por el futbolista estén bien coordinados y sean precisos.

Pero la corteza motora no planifica los movimientos a ciegas, pues se basa para ello en las cortezas posteriores del cerebro, la parietal, la occipital y la temporal, que permanentemente le envían información sobre el estado del cuerpo y sus miembros, y sobre la visión y los sonidos del terreno de juego, los demás futbolistas, el entrenador y el público. 

Esa información permite a la corteza motora corregir permanentemente los movimientos del futbolista en cada jugada cuando estos son erróneos o poco certeros. Además, la corteza motora no decide por su cuenta los movimientos a realizar, pues para ello recibe continuamente instrucciones de la corteza prefrontal, la parte más evolucionada y anterior del cerebro humano, encargada de dirigir el pensamiento, resolver conflictos, tomar decisiones y planificar el futuro. Es en esta otra parte del cerebro donde el jugador decide la jugada a realizar y prevé las siguientes.

En general, cuando aprendemos un hábito o actividad motora, es la corteza cerebral quien más trabaja, pero cuando hemos practicado mucho y dominamos ese tipo de comportamiento la corteza cerebral deja de ser imprescindible y toman el control de la situación otros circuitos de neuronas que se encuentran bajo ella, en el interior del cerebro. 

Son los llamados ganglios basales: el pálido, el putamen, el caudado, la sustancia negra, además del cerebelo, que sigue siendo importante. Es por eso que cuando una misma jugada o regate se ha hecho muchas veces deja de ser una conducta dirigida por el pensamiento y la voluntad y pasa a ser una conducta refleja u automática, controlada por esos núcleos y estructuras subcorticales.

 ¿Qué hace de un individuo un buen futbolista?

En la calidad de un jugador intervienen muchos factores, algunos innatos y otros adquiridos con la experiencia. La herencia biológica puede proporcionar a un jugador facultades perceptivas y de ejecución motora que le permitan coordinar sus movimientos mejor que lo hacen otros. Esas mismas cualidades mejoran también con la práctica.

 También es posible que algunos jugadores tengan más capacidad que otros para mejorar con la práctica sus habilidades innatas. Ni que decir tiene por otro lado, que en la calidad de un jugador interviene también la inteligencia general del mismo, y sus inteligencias práctica, creativa y emocional, basadas todas ellas en factores tanto heredados como aprendidos.

La inteligencia de todo tipo puede hacer que algunos jugadores sean más capaces que otros para intuir la mejor jugada a realizar o para averiguar las intenciones del contrario, en cada situación del juego. Todo ello sin olvidar la motivación que tenga el jugador por el fútbol y el éxito en el mismo, lo que a su vez está muy condicionado por sus experiencias y su educación tempranas. Los genios del fútbol, como los de otras profesiones, resultan siempre de predisposiciones genéticamente heredadas que el ambiente adecuado y una práctica intensiva acaban desarrollando.

¿Qué factores afectan al rendimiento?

Aparte del indiscutible estado físico, la ejecución y el rendimiento en el fútbol requieren un determinado estado cerebral. Muy poca activación es malo y mucha activación también. Lo ideal es un estado intermedio de activación emocional, ni pocos ni demasiados nervios. El público interviene siempre modificando el estado emocional del futbolista. Nada de público o de ánimos es malo. Excesiva presión también. Pero todo eso depende mucho de cada jugador, de su propia reactividad emocional y de su personalidad.

Algunos jugadores se desmoralizarán por un gol en contra y eso disminuirá su rendimiento. Otros, con más inteligencia emocional, pueden utilizar el fracaso para reanimarse analizando enseguida las causas del mismo y las maneras de cambiar el comportamiento inmediato para obtener mejores resultados.

 El estado de ánimo, además, se contagia mucho y es muy importante para el éxito. Cuando ves a los demás preocupados intuyes que hay razones para ello, al igual que si los ves contentos. Sin olvidar tampoco la motivación añadida que pueden causar las primas y el percibir o imaginar las consecuencias futuras de una victoria o una derrota.


Asegurado un buen estado físico y suficiente motivación para ganar, lo más importante para la victoria es la percepción que los jugadores tienen de su rival. Cuando éste se percibe cómo invencible o muy difícil de vencer disminuye considerablemente su rendimiento. Cuando el rival se percibe como inferior, igual o superable el rendimiento se incrementa. 

Todo aquello, incluyendo los ánimos de la afición, que contribuya a que los jugadores sientan que pueden ganar es psicológicamente muy importante. En definitiva, una percepción positiva de la situación mejora la motivación de los jugadores y proporciona activación a sus cerebros para rendir más. Todo esto por lo que se refiere al cerebro del jugador. Otro día podríamos hablar también del cerebro de los seguidores y aficionados."                (Ignacio Morgado Bernal, El País, 27/05/16)

14/5/15

En una sociedad que muestra todo a todas horas, excepto el daño causado a las víctimas, el boxeo nos recuerda el precio que hay que pagar por la civilización

"Visto a golpe pasado, ya con las cuerdas destensadas y los guantes colgados, todas las expectativas, la publicidad y la increíble fortuna en juego por el ansiado encuentro entre Mayweather y Pacquiao eran a todas luces exageradas.

 “Cinco años para esto”, sentenció Mike Tyson. La denominación clásica de ‘combate del siglo’ le iba tan grande a lo que sucedió la madrugada del pasado sábado en Las Vegas que muchos pensaron que debía ser porque los treinta y tantos minutos de la pelea les habían durado cien años.

 Nada que ver con los auténticos ‘combates del siglo’ certificados por la tradición, es decir, esas peleas titánicas que son fuego, pasión, electricidad pura. Los que enfrentaron, por ejemplo, a Rocky Marciano y Jersey Joe Walcott, Sugar Ray Leonard y Roberto Durán, Muhammad Alí y Joe Frazier, Julio César Chávez y Meldrick Taylor, Micky Ward y Arturo Gatti.

Aun así, la pelea entre Mayweather y Pacquiao superó netamente en beneficios netos y repercusión mediática no sólo todos los anteriores combates mencionados juntos, sino cualquier espectáculo deportivo que se les ocurra, incluidos mundiales de fútbol, Olimpiadas, Superbowl y finales de tenis.

 Lo que llama la atención, más allá de la exhibición de coraje que supone un asalto de tres minutos, es la expectación despertada por un espectáculo tan prehistórico como dos tipos pegándose en calzones cortos. 

Es una escena que nos remite de inmediato a la Roma de los gladiadores, donde las apuestas también corrían de mano en mano, y más lejos aún, al pancracio griego, donde los luchadores peleaban con las piernas y los brazos, las manos protegidas por correas que a veces llevaban tachuelas para hacer más daño. Un combate de pancracio no terminaba hasta que uno de los dos contendientes se rendía o moría.

Hay una bellísima estatua de bronce rescatada en las Termas de Constantino, El púgil en reposo, que revela la fascinación que ha rodeado siempre el misterio de la lucha. La estatua también dio título a un libro de relatos (por cierto, también bellísimo) de Thom Jones, un escritor norteamericano veterano de los marines y boxeador profesional con más de 200 peleas a sus espaldas, a quien los médicos prohibieron que volviera al ring por miedo a que acabara con daños cerebrales irreversibles. Jones se volcó en la escritura e intentó conjurar el embrujo irresistible del pugilismo con el fraseo poderoso de un directo al hígado. 

En el último relato, el entrenador, en el intermedio del octavo o el noveno asalto, sube al rincón donde el protagonista está sufriendo un castigo atroz y discuten sobre si hay alguna posibilidad de victoria, si la fatiga y el dolor se evaporarán gracias a ese ensalmo fisiológico conocido como ‘segundo aliento’. Pero hace ya tiempo que el protagonista ha rebasado el segundo aliento, está roto por dentro y le pregunta a su maestro si alguna vez ha oído hablar de un tercer aliento. “Hay un tercer aliento”, responde el entrenador. “Está en algún lugar entre este asalto y la muerte”.

¿Por qué esta fascinación? Sospecho que la respuesta va mucho más allá de la evidente y burda glorificación de la violencia. Repudiar el boxeo por violento, en una época en que se borra una ciudad del mapa o se condena al hambre a muchedumbres enteras de un plumazo, es una estupidez y una hipocresía. Lo mínimo que puede responderse a ese repudio es que, mientras el ser humano siga siendo la bestia caníbal que es, el boxeo estará ahí para recordarle la necesidad de unas reglas, una liturgia y una ética. 

El boxeo es, precisamente, lo que nos distingue de los animales, que pelean instalados en un instinto atávico y no en una cultura. Fuera de la naturaleza, no existen peleas de perros o de gallos que no respondan a mecanismos jerárquicos o impulsos reproductivos. Pero cuando dos hombres suben al cuadrilátero, ese espacio regido por las leyes del marqués de Queensberry, no les ciega el odio, sino la rivalidad, y todas las tonterías y bravuconadas que se dicen son leños para aumentar la bolsa.

 A veces el guiñol se les va de las manos, como en el caso de Alí, al que Frazier no perdonó nunca los hirientes insultos con que calentaba la pelea, o la trágica muerte de Benny Paret, quien insinuó la posible homosexualidad de su rival unos días antes del encuentro. Norman Mailer cuenta cómo Emile Griffith, enloquecido, arrinconó a Paret, quien murió de pie, después de recibir 18 puñetazos seguidos en apenas unos segundos. Pero la muerte en el boxeo, como en el automovilismo o el alpinismo, siempre es un accidente, un azar trágico o un error del árbitro.

No. Sospecho que para muchos profanos lo insoportable del boxeo no es tanto su violencia como su obscenidad: la sangre, la fatiga, los golpes, la agresividad, el insensato despliegue de energía acumulado entre las 12 cuerdas. En una sociedad que intenta mostrarlo todo a todas horas, excepto el daño explícito causado a las víctimas, el boxeo nos recuerda demasiado a menudo el precio que hay que pagar por la civilización. 

Desde la mira telescópica (donde el cadáver apenas es un muñeco a través de un catalejo) hasta el dron (que convierte un bombardeo con cientos o miles de víctimas en un juego de ordenador), se trata de hacernos creer que el combate ya sólo es un simulacro, una cuestión de habilidad, de técnica, donde el sufrimiento propio y el del otro han quedado excluidos. 

Precisamente, la experiencia en primera línea de algunos soldados estadounidenses destinados en Irak y en Afganistán consistía en aislarse de la guerra mediante un casco integral donde atronaba música rock, órdenes de los mandos, cualquier cosa que los apartara del fragor y de la realidad de la batalla. Sin embargo, el boxeo nos recuerda que un puñetazo duele, es algo real, no una chispa en una pantalla o una pincelada roja en una película.

Joyce Carol Oates, autora el boxeo “es la mismísima imagen de la agresividad colectiva de la humanidad, de su continua demencia histórica”. No nos gusta que nos recuerden eso.

 También escribió a propósito de la monumental pelea entre Tommy Hearns y Marvin Hagler que la belleza suprema del boxeo consiste en un esfuerzo físico que se transmuta por obra de la gracia en un acto espiritual, lo mismo que el nacimiento, el sexo o la muerte:  

Lo cual nos retrotrae a la paradoja del boxeo, su obsesivo atractivo para muchos que encuentran no sólo un espectáculo que comporta sensacionales proezas de destreza física sino también una experiencia emocional imposible de comunicar con palabras; una forma de arte, como lo he sugerido, desprovista de análogo natural en las artes; por supuesto también es primitiva del mismo modo que pueden considerarse primitivos el nacimiento, la muerte y el amor erótico, e impone nuestro reticente reconocimiento de que las experiencias más profundas de nuestra vida son acontecimientos físicos, aunque nos consideramos, seguramente somos, seres esencialmente espirituales."               

(DAVID TORRES | Publicado: Cuarto Poder,

11/4/14

La tragedia del fútbol es una tragedia cultural, que comienza a mediados de los 80, cuando el futbolista ya no se dedica a otra cosa que no sea jugar

"Empecemos por definir lo que entendía Simmel hace casi un siglo por ‘tragedia de la cultura’, en pocas palabras sería algo así como una situación en la que una creación de los humanos en sociedad adquiere su dinámica propia independiente de la voluntad de las personas que la crearon y como consecuencia de esto empieza a coartar las vidas de quienes están relacionados a esa creación cultural. (...)


El fútbol fue en un inicio una creación propia de algunos sectores en la sociedad británica que después se expandió hacia todo el globo. Aquí se puede apreciar una separación de la creación cultural (el futbol) y la sociedad que lo creo, ya que el futbol evoluciono sin tomar en cuenta la idiosincrasia británica de finales del siglo XIX que lo creo; por lo que en el medio siglo posterior a su difusión ya se podía hablar de estilos de fútbol distintos distintos en diversas partes del mundo. Pero hasta aquí no hay problema.

El problema empieza después, aproximadamente a mediados de los años 80 del siglo pasado. El futbol se mecanizo cada vez más a partir de ese entonces. Recordemos algunas cosas del futbol en la época previa: Garrincha, el ya olvidado ídolo brasileño de Suecia ’58, tenía que colgarse del tren que pasaba por su pueblo todos los días para ir a los entrenamientos de su club –el maquinista, que era muy hincha le hacia el favor de bajar la velocidad para que pueda subir-;  Sócrates -otro ídolo brasileño- rechazo todas las ofertas de Europa porque quería acabar su carrera de medicina en Brasil; un goleador uruguayo de Boca a mediados del siglo pasado, acepto jugar por este equipo siempre y cuando pueda ir solo los fines de semana a Argentina ya que el resto de la semana trabajaba como electricista en Uruguay. 

Era una época en la que el futbol no era profesional, en la que no se pagaban sueldos escandalosos, en la que los jugadores no eran estrellas con los humos subidos y tenían una ocupación aparte del juego, en fin muchos de ellos personas que llegaron a la excelencia con historias dignas de ser contadas. 

Esta época se caracterizaba por un tipo de juego no tan práctico, en donde los jugadores no solo intenten ganar a  toda costa, sino también demostrar sus habilidades en el juego, las tácticas no eran muy rígidas y los jugadores tenían mucha libertad para hacer sus regates y demás técnicas en el campo.

La situación cambio desde mediados de los años ’80, el futbol empezó a ser cada vez más rentable, los contratos millonarios empezaron a aparecer -uno de los primeros había sido el de Pele con el Cosmos a finales de los ’70-, y ya no había lugar para que el futbolista se dedicase a otra cosa que no sea jugar (favorable económicamente, ¿pero en otros aspectos de la vida?).

 El futbol empezaba a abarcar casi toda la vida de los dedicados a ese deporte, empieza la tragedia de la cultura. Y esto se produjo justamente debido a un factor que Simmel considera uno de los principales distorsionadores de las creaciones de la cultura, el dinero.

Volvamos a Simmel. Para él la tragedia de la cultura consiste en el control de la cultura individual (la capacidad creativa de los individuos para producir, absorber y controlar los elementos creados por la humanidad), por la cultura objetiva (aquellas cosas materiales o inmateriales que las personas producen); es decir la tragedia de la cultura es una alienación de la cultura objetiva respecto a la cultura subjetiva que trae como resultado el control de la primera sobre su creadora que es la segunda. 

En lo que respecta al dinero, Simmel lo consideraba como un ejemplo de la tragedia de la cultura y el medio que expandía esa influencia hacia otros campos; ese es el papel que juega en este caso.

Volviendo al futbol, sucedió que la cultura subjetiva (las técnicas  que demostraban los jugadores en el campo de juego) termino siendo controlada por la cultura objetiva (la evolución del futbol hacia un sistema de estrategias destinadas a obtener victorias de manera práctica), cada vez las estrategias se han vuelto más rígidas y los jugadores se han especializado, no solo en dedicarse enteramente a futbolistas, sino únicamente a una posición especifica dentro del campo, subordinados a las órdenes de los entrenadores y a los resultados que se exigen de estos. 

Ejemplos de esto abundan, basta ver un partido cualquiera en el que un equipo X este perdiendo, por más que no esté jugando bien, los jugadores no van a tener la creatividad de rearmarse como equipo en el campo de juego desobedeciendo así las indicaciones del entrenador.

 Eso sucedió la temporada pasada con el Barcelona que teniendo al mismo equipo que se había vuelto casi invencible con Guardiola, no podía ganar partidos con Vilanova solo porque este no usaba la misma táctica que el anterior. La dinámica del juego constriñe a los jugadores a seguir indicaciones del entrenador sin discernir si esta en lo correcto y por ende sin capacidad de hacer un pequeño acto de ‘rebelión’ en el partido para ganarlo.

Por otro lado, siempre se dice que en mente sana, cuerpo sano; pero en el caso del deportista profesional su gran entrenamiento físico generalmente no va de la mano con una formación igual en áreas intelectuales o académicas, por lo que la mayoría de ellos al final de sus carreras son personas comunes sin nada más que saber que el juego del que ya no forman parte, no es raro por eso ver a muchos convertirse en un personaje de farándula antes y después del retiro, en vez de dedicarse a actividades productivas que sus fortunas les pueden permitir; salvo honrosas excepciones claro está.

 Esta es la parte en la que más gravemente la tragedia de la cultura unida al interés monetario afectan a los individuos, en la medida en que los obligan a especializarse únicamente en un aspecto de su vida descuidando el resto, y esto no es cuestión únicamente del futbol, sino también del resto de actividades humanas donde la división del trabajo (que en el pensamiento de Simmel también es un efecto de la tragedia de la cultura) ha arraigado fuertemente.

Y la tendencia sigue aunque siempre va  a haber un toque de creatividad humana en el juego, al menos eso espero."            (Ssociólogos, 03/04/2014,Artículo de Socioideas.com)

3/6/08

El fútbol, la infancia...

“Sin embargo, es en el interior del juego del fútbol donde, en definitiva, se decide su ser cultural; es al abrigo de sus entrañas donde tenemos que descender, ¡oh valerosos!, para encontrar esa cultura que se escribe con minúscula y que así se transforma en cercana, en posible, en nuestra. Porque, como avisa Joyce Carol Oates en su obligatorio Del boxeo, "es el ser ancestral y perdido lo que se busca, por vanos que sean los medios. Como esos residuos de sueños de la niñez, que año tras año continúan eludiéndonos sin ser nunca abandonados, y mucho menos despreciados".

Y en las entrañas de la vida está la infancia.”
(PABLO NACACH: Juego y cultura. El País, Babelia, 31/05/2008, p. 8/9)

“Gonzalo Suárez y David Trueba reivindican el fútbol como símbolo y espectáculo. (…)

P. ¿Y por qué engancha el deporte a la gente?

D. T. Es que es de los pocos aspectos de la vida que concede la posibilidad de que el débil venza al poderoso. Por eso se engancha la gente. En la vida real es imposible: en la política, en la banca... El deporte concede esa pequeña ventanita de placer donde todos los débiles del mundo se alían o donde los débiles se hacen del poderoso porque les concede un domingo de poder. Luego termina el partido, cogen el metro y se vuelven al suburbio. (…)

D. T. Eso ya es entrar en para qué se utiliza el fútbol.

G. S. Como contrapartida habría que hablar de la descarga de adrenalina que se canaliza en los estadios. Algo que en otros escenarios ya sabemos qué resultado da. Pero me molesta saber que bastan unas circunstancias, una banderita, una camiseta, para que nos convirtamos en eso.

D. T. Hay una necesidad social de pertenecer a un grupo.” (El País, Babelia, 31/05/2008, p. 6)