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8/3/22

La única califa de la historia manda en Senegal... La ciudad de Thiés acoge un caso excepcional de dinastía califal femenina. Sus prácticas religiosas fusionan el islam moderado y las creencias ancestrales

 "Sokhna Saibata recibe tumbada de costado, con sencilla dignidad, apoyando la cabeza en su nudosa mano de dedos larguísimos. Viste un pulcro traje blanco nuclear que acompaña con accesorios chic: enormes gafas de sol hexagonales, reloj de piel, robustos anillos dorados. Su trono se alza apenas unos centimetros sobre el resto de la estancia, el porche de su vivienda en Keur Iyakhine (Thiés, Senegal). Un puñado de calles con urbanismo irregular. Polvoriento y colorista. Donde niños y animales circulan a su antojo. Similar a tantos barrios populares del país.

La visita se interrumpe por la llegada repentina de dos jóvenes forasteros. “Estamos de paso y nos han dicho que aquí vive una mujer que resuelve cualquier problema”, cuenta uno de ellos. Al otro ya le atiende Saibata con su heterodoxo arsenal curativo. Rezos y plegarias. Un tasbih, equivalente al rosario cristiano. Tejidos con supuestas propiedades espirituales. Versículos del Corán plastificados. Un portátil que reproduce vídeos del Gran Magal, la peregrinación a la ciudad santa de Touba, hito anual del muridismo, la cofradía sufí a la que pertenece Saibata.

El ritual sanador concluye con la ingesta de un brebaje marrón y grumoso. El enfermo bebe de un trago dos vasos, convulsiona levemente y vomita sobre una túnica fucsia eléctrico. Por exceso de fruición o como parte del proceso purificador. Mor Ba, secretario personal de Saibata, muestra reserva ante la duda y se limita a explicar que su jefa tiene soluciones para cualquier “dolencia de cuerpo y alma”. ¿Ingredientes del mejunje? “Receta mística de composición secreta”, responde Ba con sonrisa pícara.

Desde 2003, Saibata es la califa de Keur Iyakhine. Sucedió a su hermana, Sokhna Magat, fallecida ese año y que ostentó el cargo a partir de 1943, cuando murió el padre de ambas (aunque nacieron de madres diferentes, en una compleja genealogía poligámica). Antes de su muerte, Abdoulaye Yakhine, fundador del humilde califato, había predicho que ninguno de sus 14 hijos varones le sobreviviría. La visión, iluminada desde las alturas, se cumplió a rajatabla, asegura Ba. Saibata tiene dos hermanas menores que, en su momento, habrán de sucederla. Cuando estas fallezcan, nadie sabe con certeza quién tomará las riendas de esta peculiar dinastía califal femenina.

 Todo apunta a que Saibata es –amén de su hermana– la única califa que ha conocido el mundo musulmán. Cinco profesores de estudios islámicos consultados para este reportaje aseguran no conocer casos similares, presentes o pasados. Aunque ofrecen otros ejemplos de mujeres que lograron quebrar el monopolio de poder masculino en el islam. Son historias medievales que conjugan azar, conflictos sucesorios, carisma y bravura.

Desde la Universidad McGill (Montreal, Canadá), Rula J. Abisaab resalta la figura de Sayyida Hurra, reina de Yemen en el siglo XII. Abdel Haleem, director del Centro de Estudios Islámicos en la Universidad de Londres, pone en valor a Shajar al-Durr, sultana de Egipto durante tres meses cruciales en 1250, tiempo suficiente para expulsar del país a las tropas francesas en la Séptima Cruzada del rey Luis IX. También en el siglo XII, otra sultana, Razia o Radiyya, gobernó en Delhi (India) por un período de cuatro años, apunta desde la Universidad de Alicante el profesor Hany El Erian. Y Nadia Hindi, de la Universidad de Granada, recuerda que en la Edad Media abundaban las alimat (femenino de ulema). Eruditas que, señala Hindi, “recibían discípulos de todo el mundo islámico, tanto hombres como mujeres”.

A Isabel Romero, presidenta de la Junta Islámica en España, no le sorprende que el único califato femenino se haya dado en Senegal, donde “las cofradías funcionan con un alto grado de libertad y el islam, de por sí poco jerárquico, se ha fundido con las tradiciones autóctonas”, de fuerte raigambre matriarcal. “Hemos tropicalizado el Corán”, dice, tomando un café antes de la visita, Oumar Seye, un periodista local que ha colaborado estrechamente con Saibata y su entorno. “Me tiene especial aprecio: nada más conocerme, hace siete años, me nombró cheikh”. En Senegal, esta palabra designa simplemente a un sabio, aunque en otros países musulmanes se traduce por jeque.

 Romero añade que el propio término califa adquiere distintos significados según el contexto. Una definición genérica sería, según ella, “líder social y espiritual” de un territorio. Otra acepción se refiere a los sucesores del profeta Mahoma. Antiguamente, explica el profesor Haleem, los grandes califatos (Omeya, Abbasí, Otomano) aspiraban a dominar hasta el último confín musulmán. Hoy, el Estado Islámico –autoproclamado califato– reinterpreta el vocablo con ambición expansiva y muerte al infiel. En Keur Iyakhine, se decantan por la modestia geográfica y una retórica de paz.

Prueba de universalidad

El secretario Ba garantiza que el caso es absolutamente único. Vaticina incluso que el futuro confirmará la total exclusividad del califato que encabeza su maestra: “No habrá nunca, en ningún lugar del mundo, otras mujeres califa”. ¿Y si se repite, en Senegal u otros países, la ausencia de descendencia masculina? Ba duda unos instantes antes de aceptar tal posibilidad. “Lo especial de Keur Iyakhine no es tanto que el califa muriera sin hijos varones, sino su premonición de que serían sus hijas quienes continuarían el legado”, zanja.

La comunicación directa con Saibata topa con algunos obstáculos. Idiomáticos, ya que la anciana solo habla wolof (lengua mayoritaria en Senegal) y es Ba quien traduce al francés sus lacónicas respuestas. Con frecuencia, explayándose en detalles que no parecen haber salido de boca de la califa. Pero sobre todo porque, a sus 83 años, Saibata sigue con dificultad el hilo de la conversación. A veces cierra los ojos y se recuesta unos instantes sobre su lecho policromático. Otras se sumerge en ensoñaciones divinas y, en mitad de la charla, lanza al aire —con su voz quebrada de tono bajo— cánticos religiosos.

 Rodea a Saibata un grupo variopinto de talibés, discípulos que veneran y obedecen sin rechistar a un/a marabout/e (líder o lideresa) en las regiones con presencia musulmana del África occidental. Hay mujeres de sonrisa eterna que lucen llamativos estampados en sus boubous, vestido típico de Senegal. Hombres con raídas camisetas de equipos de fútbol europeos, en traje de chaqueta o peinados al estilo baye fall, rama del muridismo con estética parecida a los rastafaris. Algún chaval pulula con ojos curiosos. La califa da órdenes escuetas. Con un simple gesto, pide que la abaniquen o que alguien traiga unos refrescos para aliviar el seco calor saheliano. “Nadie en la familia murid osa poner en duda su estatus, la aceptación es plena”, continúa Ba.

Camino al santuario donde reposan los restos del padre y la hermana de Saibata, Saliou Mbayé, hombre fornido de unos 60 años, resume su historia laboral: gracias a la califa, afirma, nunca le ha faltado trabajo. “Muchos aquí pueden dar fe de milagros y proezas”, señala Ba. A las puertas del mausoleo (austero por fuera, pleno de arabescos y filigranas en su interior), Samba Niang, otro talibé, apunta el motivo por el que el recinto se halla justo en medio de la avenida principal del barrio, lo que obliga a desviar lígeramente el tráfico. “Abdoulaye Yakhine supo que descansaría, como prueba de su universalidad, en la confluencia de dos caminos, uno que viene del este y otro del oeste”. Ba pinta algunos trazos del califa original: “Nació en 1880 en Arabia Saudí y vino a Senegal tras escuchar el mandato de Alá; no era blanco ni negro, se metamorfoseaba”.

Hace diez años, el actual presidente de Senegal, Macky Sall, visitó a Saibata durante su gira electoral por el país. Ba recuerda cómo la califa supo en seguida que, de 14 candidatos, él saldría elegido. El presidente no olvida la premonición, que fue acompañada por algunas oraciones de refuerzo. “Se refiere a ella como mi madre, mi maraboute”, dice con evidente orgullo el secretario personal.

Cada 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, Saibata aparece en los medios senegaleses como “modelo y ejemplo”, continúa Ba, quien parece debatirse en un tenso tira y afloja al reconocer la relevancia de la califa en la lucha feminista. Asegura que su figura ha contribuido “muy positivamente a la imagen de la mujer” en el país. Aunque al poco declara solemne que, en el Corán, no hay duda de que el “hombre es el maestro, con la mujer relegada a un segundo plano”. Y que así será –con la notable salvedad de la señora recostada a su vera– “hasta el fin de los tiempos”.

Guerra de sucesión

Autora de Revendications silencieuses (L´Harmattan) e investigadora del contexto sociorreligioso senegalés desde una perspectiva de género, Maimouna Eliane Thior confirma el respeto que inspira Saibata entre la comunidad murid. Admite que su plena aceptación se inscribe en un islam “tolerante y moderado”. Pero no piensa que la califa sirva como referente feminista, ya que su posición de poder llegó por herencia: “Simplemente estaba ahí”.

Quizá siguiendo la estela de Saibata y su hermana, otra mujer, Sokhna Aida Diallo, reclama desde hace dos años la sucesión del califato de los thiantacounes, dirigido por su marido, Béthio Thioune, hasta su muerte en 2019. La viuda –más joven que Saibata, muy mediática, siempre deslumbrante en sus apariciones públicas– insiste en un argumento de peso: su difunto esposo le reveló que ella sería su sucesora.

 El rechazo murid ha sido total, con repudio explícito del califa general de Touba (Serigne Mountakha Bassirou Mbacké), declaración de persona non grata en la ciudad santa e incluso asaltos violentos a su vivienda. En 2020, Aida Diallo visitó a Saibata en Thiés. Para Seye, que cubrió el acto, fue un claro ejemplo de “solidaridad entre mujeres”.

La cúpula de la cofradía recuerda que Aida Diallo no es descendiente directa del anterior califa, así que el cargo corresponde al primogénito, Serigne Saliou Thioune, cuya madre no es Aida Diallo, quinta esposa del anterior califa. Trama telenovelesca con herencia millonaria de por medio y la pugna por un califato mucho más poderoso que el de Keur Iyakhine. Seye opina que ser “joven y guapa” no ayuda a Aida Diallo. Y Eliane Thior coincide en que su imagen “no corresponde a una cierta idea de religiosidad”, por lo que las altas esferas del muridismo prefieren “invisibilizarla”.

Durante la despedida, Saibata regala otro momento de sincretismo religioso. Una breve ceremonia en la que se difuminan las fronteras entre islam y prácticas ancentrales. A su alrededor, en cuclillas, con actitud de ofrenda, las palmas de las manos formando un cuenco, nos reunimos Ba, Seye, una talibé y este periodista. La califa de Keur Iyakhine dispensa bendiciones y tararea melodías. Para terminar, escupe sucesivamente sobre nuestras manos, que a continuación nos restregamos por el rostro. Luego sonríe, agradece la visita y se reclina de nuevo, sosteniendo la cabeza en sus dedos infinitos."                          (Rodrigo Santodomingo, El País, 07/03/22)

 

 

13/4/21

Moras como Dios manda. Hay una reislamización en la cuestión de los derechos de las mujeres que está contando con el beneplácito de académicos, feministas relativistas y sectores de la izquierda... Apliquemos esta lógica a la inversa: establezcamos que para hablar de los derechos de la mujer en España consideremos que las únicas voces representativas sean las que pertenezcan al Opus Dei, y que la opinión de los obispos más reaccionarios tendrá que ser tenida en cuenta si no se quiere incurrir en cristianofobia

 "¿Acaso no soy yo una mujer? Llevo días con la conocida frase de la abolicionista Sojourner Truth cruzándome el pensamiento de forma reiterada. ¿Somos mujeres las mujeres que hemos nacido en familias musulmanas? ¿Somos seres humanos? ¿Podemos aspirar a la igualdad como cualquier otra mujer? ¿Es posible para nosotras una libertad plena, sin más condicionantes que los establecidos por ley para el conjunto de ciudadanos?

Estas preguntas pueden parecer absurdas, pero no lo son a la luz de algunos fenómenos sorprendentes que estamos viendo en los últimos tiempos. Poco me habría podido imaginar hace un cuarto de siglo, cuando descubrí la rabia feroz de Nawal El Saadawi, que a día de hoy me encontraría con voces supuestamente expertas, en medios, academia y administraciones varias, defendiendo la misoginia de la que nos ha costado tanto escapar. 

O que la promoción de nuestro machismo contaría con el silencio cómplice de algunas feministas muy beligerantes contra las injerencias de la Iglesia, pero sospechosamente calladas ante los embates del islamismo. Aquí es donde cabe repetirse la pregunta: ¿acaso no somos nosotras mujeres?

Hay hombres, españoles de nacimiento, alguno sin confesión religiosa conocida, otros conversos voluntarios al islam, que se dedican a pregonar las virtudes igualitarias de las doctrinas difundidas por Mahoma. En lo que es un sorprendente triple salto de mansplaining se permiten el lujo de: 1) contarnos lo que es ser mujer musulmana y en qué consiste el machismo que sufrimos; 2) explicarnos muy pacientemente cómo tenemos que ser feministas, y 3) describirnos, para que lo entendamos, el racismo que sufrimos. 

Es una lástima que Rebecca Solnit no haya tenido el gusto de encontrarse con estos hombres que nos cuentan cosas. Es de agradecer su muestra de tanta paciencia y generosidad para instruir a estas pobres e ignorantes moritas.

Por otro lado, también contamos con mujeres españolas que merecen todo nuestro respeto porque han dedicado algunos años a estudiarnos: no han nacido en una familia musulmana, no han vivido en un país musulmán, pero saben que para respetarnos, y no caer en la islamofobia, tienen que matizar, considerar todos los puntos de vista, analizar el asunto desde distintas ópticas, etcétera. Que después de tanta investigación ellas acaben defendiendo la misma misoginia de siempre será una simple casualidad. ¿Qué más da que algunas musulmanas les contemos que la discriminación, aunque se vista de discurso posmoderno superinclusivo, discriminación es?

Ellas han escogido, entre todas, a las musulmanas como Dios manda, las que cumplen con los requisitos necesarios para tener derecho a hablar: creyentes, islamistas, tapadas y sumisas ante las normas patriarcales. Eso sí, a estas moras ejemplares les conceden el derecho a expresar su malestar siempre y cuando lo hagan dentro de la comunidad. Es decir: que el machismo, cuando es musulmán, como los trapos sucios, hay que lavarlo en casa. 

Callar, ir con cuidado, negar la propia realidad porque ellas, las expertas en nosotras, se han otorgado el derecho de hablar por nosotras. Habrá que agradecerles su paternal protección. Para estas expertas, las voces disidentes no existen, las exmusulmanas, tampoco. No hay pensadoras, ni periodistas, ni movimientos feministas laicos en los países musulmanes. No hay mujeres jóvenes dando su testimonio, ni mujeres valientes relatando las consecuencias de su rebelión contra el machismo, reivindicando su derecho a ser libres. 

Cuando son preguntadas por estos testimonios, las amables expertas en nosotras, aducen que se trata de excepciones, experiencias personales. Y es que cuando el asunto a tratar es el machismo en el islam, parece que no es necesario acreditar conocimiento sobre feminismo. Que uno de los eslóganes más conocidos de este movimiento sea que “lo personal es político” no es algo que se tenga en cuenta si “lo personal” tiene que ver con una religión ajena a la propia realidad.

Para pontificar sobre el oxímoron llamado “feminismo islámico” parece que el único corpus textual que hay que tener presente es el religioso. No encuentran ninguna contradicción en echar mano de las fuentes fundamentales de nuestro patriarcado milenario para hablar de feminismo. Mejor atender a los discursos de los teólogos de barbas largas, que nos cuentan lo bien que estamos las mujeres en el islam, que leer a Simone de Beauvoir.

Para estas expertas tan ponderadas, con un sentido de la justicia muy por encima de quienes simplemente nos negamos a aceptar que se nos relegue a ser ciudadanas de segunda, para ellas, las niñas, en caso de ser hijas de familias musulmanas, no merecen crecer en igualdad, ni que no se censuren sus cuerpos, ni dejar de ser educadas para someterse a lo que Emilia Pardo Bazán llamó “trabajos maternales forzados”. Que sean víctimas de violencia por querer escapar al destino de madres y esposas no parece una información que ponga en duda sus muy académicas investigaciones.

No les importa saber que hay niñas en España, hoy, no en el siglo XIX, no en el nacionalcatolicismo, sino en democracia, que viven midiendo el largo de sus jerséis porque si enseñan demasiado, si llevan ropas demasiado ajustadas, si un mechón de pelo escapa a la tela que lo oculta, serán castigadas. Tampoco les preocupa que algunas no lleguen nunca a aprender a nadar. O que miles de chicas sean empujadas a matrimonios precoces, porque el culto a la virginidad y el honor son una presión insoportable de la que intentan zafarse como pueden, aunque sea metiéndose en la boca del lobo.

 Hablan y escriben como si Nawal el Saadawi o Wasilah Tamzali no hubieran existido nunca, no hubieran escrito ni hablado. Las únicas voces que tienen en cuenta son las de aquellas que no tienen problema alguno en asumir como identidad la opresión que ha rebajado nuestra existencia. Las cómplices del patriarcado que repiten sin sonrojarse manipulaciones y falsedades sobre la supuesta igualdad imperante en la religión inventada por Mahoma.

Ellas, las veladas, protegidas y promovidas por ciertos sectores de la izquierda y de un pseudofeminismo capaz de renunciar a sus principios a la mínima de cambio, ellas sí son consideradas representativas. A pesar de que la identidad que dicen defender diste mucho de la de sus propias madres, musulmanas de toda la vida que nunca creyeron que un trozo de tela pudiera contener la profundidad de su fe. 

A pesar de que, en algunos casos, han sido reclutadas, formadas y adoctrinadas por organizaciones con un proyecto religioso político, que se declaren simpatizantes de los Hermanos Musulmanes, que citen con toda la naturalidad del mundo a Ibn Taymiyya, precursor y faro ideológico de los movimientos fundamentalistas modernos.

Y es que algunos entendidos y entendidas en islam en España, en las últimas décadas parecen tener como principal objetivo contribuir al desconocimiento general que sobre la materia tiene la población, asimilando, sin complejo alguno, la religión con sus manifestaciones más conservadoras, reaccionarias o políticas. La reislamización, en este caso, ya no necesita de imanes ni mezquitas, tiene el beneplácito de académicos, feministas relativistas y ciertos sectores de la izquierda.

Apliquemos esta lógica a la inversa: establezcamos que para hablar de los derechos de la mujer en España haya que hacer una relectura de la Biblia y consideremos que las únicas voces representativas en cuestiones de feminismo sean las que pertenezcan al Opus Dei, y que la opinión de los obispos más reaccionarios tendrá que ser tenida en cuenta si no se quiere incurrir en cristianofobia. Absurdo, ¿verdad?"                      (Najat El Hachmi es escritora, El País, 10/04/21)

19/6/18

“Hay feminismos negros, islámicos, distintos al occidental, y todo es lucha por la igualdad”. Nosotras trabajamos por un feminismo islámico, no contra nadie, pero, la realidad es que es más fácil ver a una mujer sin hijab defendiendo a una mujer que lo lleva, que una mujer con hijab abogando por una que no lo lleva


Khadija Afkir y Nessrin El Hachlaf

"Nessrin El Hachlaf Bensaid vive entre dos orillas, dos culturas, dos mundos. Nació en Alhucemas hace 32 años (“me siento rifeña con todas las consecuencias”, aclara) pero su familia se instaló en Collado-Villalba (Madrid) cuando ella era niña. 

Estudió en la Universidad Carlos III una doble licenciatura en Derecho y Periodismo, y sus primeros pasos profesionales bascularon entre ambos terrenos, hasta que se decidió por el jurídico.

 En su despacho atiende casos penales y de extranjería, y un día a la semana acude a la asociación Kifkif para asesorar a migrantes y refugiados LGTBIQ con dificultades, que piden cita a través del equipo psicosocial del que forma parte Khadija Afkir El Majrissi, española de 22 años, licenciada en Trabajo Social por la Universidad Complutense.

¿Cuál fue vuestra posición respecto a la movilización del 8-M?

Khadija Afkir: El 8 de marzo fue muy necesario. Aunque hayamos avanzado, hay mucho por hacer, y hay tanto que no se ve… Me encantaría que todas las mujeres estuviesen empoderadas, para que hagan lo que quieran, que nadie nos diga lo que tenemos que hacer.

 He vivido en una casa tradicional, pero tenía como referentes a mis hermanas, que lucharon por lo que querían, por ellas mismas en realidad. La lucha feminista es importante para poder dar a mi generación –pero también a la de mi madre– una base, algo que visibilizar, que sepan que hay algo más, que luchen por sus derechos, porque tenemos derechos, por mucho que nos digan que los tenemos limitados, que tenemos que tener en cuenta a la familia, etcétera. 

Nessrin El Hachlaf: Es necesaria, imprescindible, diría yo, una movilización de toda la sociedad. El 8-M eran importantes los paros de las mujeres, pero hacía falta también que los hombres de nuestro entorno participasen y apoyasen, porque ellos han de formar parte del movimiento feminista.

¿En qué situación se encuentran las mujeres musulmanas que viven en España?

Nessrin El Hachlaf: El imaginario que se tiene de la mujer musulmana está muy dañado, porque se confunde con la mujer culturalmente árabe, que no es lo mismo. Una cosa es ser mujer de cultura árabe y otra ser una mujer de religión islámica. 

Una mujer musulmana es una mujer empoderada, más que nada porque el Islam prácticamente nace con mujeres. Sí, la cultura árabe puede ser opresora, someter más a la mujer, igual quizá que otras culturas, pero la religión islámica en sí no es opresora ni somete a la mujer, porque ni el Corán ni las leyes religiosas lo manifiestan así.

 El Corán da mucha importancia a la mujer, se habla desde el primer momento de mujeres y hombres en la misma perspectiva, no hay diferencias. Han sido la cultura del patriarcado y el machismo los que han marcado las diferencias, que no tienen que ver con la religión, aunque a día de hoy los medios de comunicación y la sociedad, y Occidente en su conjunto, con sus ‘’gafas de intentar salvar el mundo y salvar Oriente Medio’, siempre nos presentan como sumisas o como relegadas, en un segundo plano. Y lo cierto es que hay de todo, no me gusta generalizar.

¿Dónde podemos encontrar mujeres musulmanas empoderadas?

Nessrin El Hachlaf: Hay mujeres musulmanas empoderadas, claro que las hay. Y respecto a las mujeres relegadas a los roles sociales tradicionales, no significa que sean sumisas simplemente porque se dedican al hogar o porque hayan decidido ser madres y no trabajar, eso no es una característica de sumisión. El mensaje fundamental es que no se puede generalizar, hay que conocer a las personas por lo que son y por lo que representan.

¿Habéis sufrido algún tipo de discriminación o rechazo en España?

Nessrin El Hachlaf: Sí, la discriminación que yo he sufrido no proviene solo de la comunidad o del país de acogida, que es España, sino que muchas veces donde más la he sufrido ha sido en mi propia comunidad. 

En ocasiones no se entiende que pueda haber una mujer con un rol distinto al que se considera que debe tener; he recibido muchas reprimendas desde diferentes ámbitos, muchas llamadas, muchos mensajes desde la comunidad marroquí diciéndome que cómo se me ocurría decir eso, que como tenía la osadía de decir eso cuando soy musulmana, que estaba atacando a toda la comunidad. 

Y dije que no, que no era esa la cuestión, sino que la realidad es que es más fácil ver a una mujer sin hijab defendiendo a una mujer que lo lleva, que una mujer con hijab abogando por una que no lo lleva. Me parece irónico que yo pueda defender o representar a cualquier tipo de persona y defender sus derechos, y que a la inversa eso no ocurra. Porque nos señalan. Las mujeres que llevan hijab siempre señalan a las mujeres que no lo llevan.

¿Las mujeres musulmanas os señalan, os censuran?

Nessrin El Hachlaf: Negarlo sería mentir. Independientemente de las coacciones, seguiré diciéndolo: sí, me he sentido discriminada por mujeres que llevan hijab, me han achacado que no puedo hablar sobre el Islam y no puedo representarlas porque no llevo hijab, cuando sé qué es el Islam porque soy una mujer musulmana. 

Alguna gente no entiende que puedas ser musulmana practicante pero que no lleves hijab, y que a la vez estés en una asociación de defensa del colectivo LGTBI. Cuando anuncié en Facebook que empezaba a trabajar con Kifkif, recibí llamadas y mensajes por privado diciéndome que si había ‘salido del armario’.

 La gente tiene la mentalidad tan cerrada que no pueden concebir que una mujer como yo, musulmana y abogada, pueda luchar por los derechos del colectivo, sea el que sea.

Sexualidad y religión pertenecen a la esfera privada, ¿no?

Nessrin El Hachlaf: Por supuesto que la religión es un tema de la esfera privada, no tengo por qué ponerme un cartel diciendo que soy musulmana y que rezo cinco veces al día. No tengo por qué dar explicaciones ni sobre eso ni sobre mi orientación sexual, o con quién me acuesto.

 Pero parece que la gente siempre necesita explicaciones. Para mí el mensaje fundamental es que se reconozca a la persona por quién es, por cómo es y por sus actos, independientemente de la vestimenta que lleve o la sexualidad que tenga.

¿Qué mujeres musulmanas con formación podemos ver ahora mismo en la esfera pública española? ¿Qué referentes existen?

Khadija Afkir: Las hay, pero no son visibles. A veces se da un cargo o un papel social o institucional a una persona inmigrante solo para quedar bien, como una cuota. Y no se trata de eso. Nosotras valoramos mucho la formación. En la cultura árabe hay más fracaso escolar entre los hombres que entre las mujeres, mientras no se les coarte las posibilidades de estudiar, claro. Es curioso, los chicos de mi familia que han estudiado una carrera son muy pocos.

Nessrin El Hachlaf: Hay mujeres que trabajan en una variedad de campos. Hay doctoras, farmacéuticas, mediadoras, psicólogas… En la asociación de abogados marroquíes residentes en el extranjero, de la que formo parte, el 80% somos mujeres. Es cierto que haría falta más visibilidad en la esfera pública.

Khadija Afkir: Y más accesibilidad, porque tan válido es llevar hijab como no llevarlo. Que si una mujer decide llevarlo no se le cierren puertas laborales porque lo lleva. Qué mas da que lo lleve o no lo lleve, no es incompatible con su capacitación profesional.

¿Influye en la valoración laboral de una mujer que lleve o no hijab?

Nessrin El Hachlaf: He llevado muchos casos de mujeres que decidían comenzar a llevar el hijab y que fueron despedidas de su puestos de trabajo basándose en que no cumplían con el código de vestimenta de la empresa. 

Empresas a las que hemos llevado ante los tribunales para recordarles no solo el derecho a la libertad religiosa, sino también el derecho a la propia imagen, demandas que han tenido resultados favorables a los intereses de nuestras representadas.

Khadija Afkir: A veces el problema es el nombre, que quizá es más impactante que la imagen. Si pasas el filtro del nombre, ya está; si eres válida, claro, y el hijab va a ser secundario. 

Pero nuestro nombre es un problema. En la universidad pasan cosas como que no se esfuerzan en decir bien tu nombre, sé que mi nombre no es fácil pero es que nací aquí, es que soy española, y no puede ser que el día de mi graduación lo pronuncien mal, y al final digan: ‘Bueno, sube’. 

Llevamos años con personas de origen árabe en las aulas, y siguen sin decir bien nuestros nombres. Y esto crucial, porque las alumnas y alumnos, por ejemplo de Trabajo Social, tendremos que atender a otras personas en el futuro.

Nessrin El Hachlaf: Sorprende, porque cuando llegué a España en los noventa no veía tanta discriminación, tuve la suerte de tener buenos profesores –salvo algún cafre– que me trataban igual que al resto; es cierto que noto las diferencias viendo a mis vecinas, las relegan a veces, como si no cumplieran con el nivel educativo. Creo que hay más recelo hacia la gente de fuera ahora que antes, y desde luego hay muchos microrracismos.

¿Cuál es el mayor problema de las mujeres musulmanas residentes en España?

Khadija Afkir: En España, el déficit que veo es que… a las niñas, a las madres y a los padres, hay que hacerles comprender que el empoderamiento no está mal. Que una mujer esté empoderada no significa que esté alejada de la religión. Y educar a las familias acaba dando oportunidades.

Nessrin El Hachlaf: Es, efectivamente, un tema de pedagogía, dar herramientas a las familias para que sepan que el hecho de que su hija sea una mujer empoderada no va a limitar que sea musulmana o que sea madre.

 Hay muchas familias que tienen miedo a que sus hijas estudien y decidan no casarse. Piensan que si estudian van a alejarse de la cultura de origen. Hay que demostrar que no es incompatible, que no resta, que el hecho de ser de origen marroquí y vivir en España siempre suma.

¿Cómo se logra esa pedagogía?

Nessrin El Hachlaf: A través de las personas que transmiten formación e información. ¿Quiénes son esas personas? Me vienen a la cabeza los imanes, de ahí nuestra lucha constante para que tengan una formación conforme al país donde viven. 

No puede venir un señor de las montañas de Argelia a dar formación a chicos y chicas que han vivido y viven en España, porque el contexto social, económico y político es diferente. Los Acuerdos del 92 para que hubiese un registro de imanes y para que su formación fuese acorde al país de acogida no se ha materializado, ha sido papel mojado. Es una asignatura pendiente.

Khadija Afkir: Hay imanes que tienen capacidad, que han estudiado, pero si vas a las pequeñas mezquitas de las zonas periféricas, por ejemplo de Madrid, te encuentras con imames que no están formados.

Nessrin El Hachlaf: Sí, a lo mejor es una persona que simplemente sabe recitar el Corán, que no ha tenido formación ni aquí ni en el país de origen. Si al menos lo tuviese en el país de origen, si fuese por ejemplo licenciado en estudios islámicos, pues vale, a lo mejor sirve, pero lo habitual es que sean personas que saben veinte versículos coránicos y con eso basta para que les contraten en la mezquita. Ahí es donde está el foco de la radicalización, por la mala información que se transmite. 

Khadija Afkir: Y algo más, las mezquitas no son solo sitios donde los hombres van a rezar, es donde padres y madres llevan a hijos e hijas para que aprendan a leer árabe; y si llevo a mi hija a la mezquita aprenderé árabe, pero una cierta cultura, pequeñas cosas de nuestra cultura que siguen siendo una carga. Y lo digo porque estoy muy orgullosa de provenir de la cultura árabe.

Nessrin El Hachlaf: Habría que hacer compatible todo con naturalidad. No creo que sea un reto, es el cauce normal de la vida. Somos mujeres que hemos nacido en España o hemos venido de pequeñas, hemos estudiado y ejercemos una profesión.

 Es el cauce natural de la vida, lo otro no. Que tus padres decidan que a los 17 años tienes que casarte y que a los 18 seas madre no se da ni siquiera en nuestra cultura. Si vas a Rabat o Casablanca no las vas a encontrar. En algunos países, como Marruecos, hay mujeres empoderadas, empresarias de éxito sin problemas de rol social, dependiendo de las zonas, claro. 

Se han de visibilizar todas las realidades, no hay que dejarse llevar por estereotipos, y los medios de comunicación están llenos. Decir ‘mujer árabe musulmana’ es igual a ‘mujer con velo’, es como si no existiesen más opciones. Personalmente estoy cansada de que, cuando se habla acerca del Islam, o habla un hombre, como si la mujer no existiese, o una mujer con hijab. Pues a lo mejor no, hay más abanico. Arranquemos esos velos.

¿Hay un feminismo islámico?

Nessrin El Hachlaf: Sí, ¿por qué no va a haberlo?

Khadija Afkir: Antes se colonizaba con ejércitos, ahora se coloniza con ideas. Parece que solo hay un feminismo, el occidental, el de la mujer blanca y que vale. Hay feminismos negros, islámicos, que son distintos al occidental, con una perspectiva más integral; todo es lucha por la igualdad.

Nessrin El Hachlaf: Desde el feminismo occidental se ha considerado que ser musulmana y ser feminista es incompatible; entonces, nosotras trabajamos por un feminismo islámico, no contra nadie, sino para recordar que feminismo es luchar por la igualdad, y por tanto ustedes no me pueden decir que yo, que soy una mujer libre, que he elegido libremente ser musulmana, no puedo ser feminista por el hecho de tener una religión. 

Así nace el feminismo islámico, se trata de reivindicar que las mujeres podemos defendernos solas, y ser libres, y somos libres, independientemente de que Occidente, con sus gafas de patriarcado, intente salvaguardarnos de la sumisión. Porque no todas estamos en apuros. 

Porque ni somos princesas en busca de príncipes que nos salven, ni somos mujeres sumisas, tapadas con burka, que estamos esperando a que venga una mujer holandesa de pelo rubio y que se haga un selfie mientras ‘me salva’. No lo necesitamos."               

(Entrevista a la abogada Nessrin El Hachlaf, que asesora a personas migrantes y refugiadas LGTBIQ, y a la trabajadora social Khadija Afkir. Fernando Olmeda, La Marea, 10/04/18)

25/5/17

Hacia un pensamiento islámico decolonial

"En una mañana de julio en Madrid me encontraba disfrutando de una ponencia del profesor Enrique Dussel y en medio del receso tuve la oportunidad de encontrarme con Sirin Adlbi Sibai a quien había conocido anteriormente por su conferencia “Mas allá del feminismo islámico: hacia un pensamiento islámico decolonial”, la cual, despertó un gran interés en mi por leer y conocer más sobre su trabajo. 

En sus artículos “Colonialidad, feminismo e Islam” y “Hacia un pensamiento islámico decolonial” Sirin hace un análisis crítico de las bases que sostienen las mayores desigualdades y discriminaciones en el sistema-mundo en el que vivimos hoy y cómo dichas bases se han constituido y han afectado de manera radical a la humanidad; pero sobre todo, cómo el mundo moderno occidentalocéntrico ha afectado a la vida de lxs humanxs (y también la de lxs no humanxs) tanto dentro y fuera de los territorios colonizados. 

Por todo ello, le manifesté a Sirin mi deseo de entrevistarle para que nos explicase cuestiones que se encuentran en el debate público como lo es el feminismo islámico, la islamofobia y el hiyab de la mujer musulmana, además de que nos cuente un poco de su perspectiva sobre la situación de lxs desplazadxs por la guerra en Siria y la penosa actitud de los gobiernos europeos ante esta situación.

Aprovecho este espacio de la entrevista para celebrar y dar a conocer su nuevo libro “La cárcel del feminismo. Hacia un pensamiento Islámico decolonial” donde “plantea una crítica profunda a los fundamentos epistemológicos de los discursos sobre mujeres, feminismo e Islam, a la vez que tantea la urgencia de un pensamiento islámico decolonial como la respuesta y solución posible a la crisis del pensamiento arabo-islámico contemporáneo. Inspirándose principalmente en el pensamiento decolonial latinoamericano, en los llamados feminismos de la Tercera Ola y en el pensamiento islámico del filósofo marroquí Taha Abderrahman.” [1]

Sirin Adlbi Sibai es una pensadora musulmana decolonial. Arabista y politóloga por de-formación. Doctora en Estudios Internacionales Mediterráneos por la Universidad Autónoma de Madrid. Miembro del equipo docente del International Summer School of Critical Islamic Thought de Granada y del equipo de investigación del TEIM-UAM. 

Entre 2008 y 2012 fue investigadora FPI en el Departamento de Estudios Árabes de la UAM. Así como fue investigadora visitante en la SOAS de la Universidad de Londres en 2008 y en la Universidad de Hassan II de Casablanca en 2010. Es autora del ensayo: “La cárcel del feminismo. Hacia un pensamiento islámico decolonial” publicado en Akal, así como de numerosos artículos sobre feminismo, colonialidad, islamofobia y revoluciones árabes. 

También ha sido, entre 2010 y 2013, colaboradora habitual como analista política en varios medios españoles como R5, Cope, El País o El Mundo. Activista sirio-española opositora al régimen de los Asad y madre de dos hijos. En 2011 fue elegida como uno de los 100 personajes más influyentes del mundo iberoamericano por El País.

 Me gustaría iniciar la entrevista pidiéndote que nos dieras una breve explicación de qué es el decolonialismo epistémico, para que nos cuentes ¿porqué partes desde estos fundamentos en tus estudios y cual es la importancia, en la actualidad, de promover un conocimiento decolonial? y ¿qué es la violencia epistémica y cómo se ejerce?

Para comprender qué es la decolonialidad epistémica, tenemos que entender, reconocer y concienciarnos primero de la existencia y práctica estructural, sistémica y sistemática de la violencia colonial epistémica y epistemológica desde hace más de 500 años aproximadamente y hasta la actualidad. También, entender cuáles han sido sus dispositivos de funcionamiento y analizar, visibilizar y denunciar los epistemicidios y los extractivismos epistemológicos que ha generado y sigue haciéndolo.

La colonialidad es el aparato de poder que se refiere a cómo las jerarquías globales (laborales, epistémicas, lingüísticas, espirituales, etno-raciales, sexuales, culturales, etc.) se imbrican entre sí y se articulan en torno al mercado capitalista global, a la idea de raza y al sistema de sexo-género y constituye el reverso de la modernidad occidentalocéntrica. No hay modernidad sin colonialidad.

La modernidad occidentalocéntrica se funda y genera entorno a una matriz dualista-negacionista: YO-EL OTRO, dibujada sobre la línea de lo humano: SER-NO SER. Algo que ya dijo Fanon y desarrollan Grosfoguel y Boaventura, caracterizándolo éste último como el pensamiento abismal.

En contra del mito occidentalocéntrico de una modernidad lineal y auto-instituida (Dussel) que sostiene que la modernidad empieza en una punta de Europa y acaba en la otra: Grecia y Roma hasta llegar a la Revolución Industrial y la Ilustración,  la modernidad occidentalocéntrica comienza en 1492, que es cuando Europa se convierte por primera vez verdaderamente en “centro” del mundo con el control de las rutas de comercio internacional y tiene lugar el despliegue del sistema-mundo moderno/colonial.

Lo que sucede entonces es que una experiencia local y concreta se violenta como imposición universal válida para todo tiempo y lugar y como medida de todo. Ahí podemos empezar a hablar ya del surgimiento del privilegio epistemológico y el epistemicidio. 

Cuando Europa destruye a las otras civilizaciones y se apropia de todas sus riquezas materiales, culturales, epistemológicas, filosóficas, etc., las interioriza e integra en su proyecto moderno-colonizador-civilizador y usurpa el lugar de un universalismo abstracto invisibilizando y deshumanizando el resto de la existencia y todos los ejercicios de violencia, genocidio, expropiación y apropiación que debe hacer para ubicarse ahí donde lo ha hecho.

Como afirma Grosfoguel, los europeos practicaron racismo/sexismo epistemológico a través de los cuatro genocidios del siglo XVI: genocidio y epistemicidio contra judíos y musulmanes en Al-Ándalus; indígenas y africanos en las Américas; y contra las millones de mujeres en Europa que fueron quemadas vivas en la misma época acusadas de brujería. 

Todo esto articuló un proyecto que colocó al hombre europeo como centro epistémico privilegiado del mundo y, de este modo, el Dios cristiano ya no fue necesario porque ahora el nuevo dios en la tierra era el hombre occidental. De allí que el proyecto cartesiano se convierta en un proyecto imperial, ya que ese “Yo” del “Yo pienso, luego existo” —fundamento de las nuevas ciencias modernas/coloniales— será un hombre occidental. 

Como dice Grosfoguel, el racismo religioso se transmutó en racismo científico en el siglo XIX. Europa se apropió de los conocimientos científicos de otras civilizaciones dejando de lado a la espiritualidad y a la ética y por lo tanto perdiendo cualquier tipo de límite, se puede industrializar por igual la producción agrícola que la matanza de personas.

 Estamos ante el proyecto de secularización occidental donde el hombre occidental se erige como la nueva fuente epistémica de conocimiento y, desde allí, va a desdeñar todos los otros conocimientos del mundo, todo el conocimiento y todas las otras espiritualidades tachándolas de inferiores ante la razón científica del hombre occidental.

Esto es lo que explica por qué, incluso la filosofía y la teología occidentales, epistemológicamente marginados por el pensamiento científico moderno, tendrán también pretensión de universalidad (Boaventura). Y tenemos entonces como consecuencia de ello la producción de lo que yo llamo “la colonialidad de la religión” que va a suponer una de las formas de violencia epistémico-filosófico-espiritual-existencial más brutales.

En tanto que la modernidad occidentalocéntrica se auto-comprende y proyecta como un modelo objetivo, desubicado, deslocalizado, des-historizado, universal e ideal para ser alcanzado por todas las culturas y civilizaciones del mundo según los marcos impuestos por Occidente, en ese ejercicio se van a producir varios movimientos. 

En primer lugar, la epistemología occidental pretendidamente universal marcará una diferencia epistemológica con todas las demás formas epistemológicas y prácticas sociales de conocimiento, que entonces serán despreciadas, inferiorizadas o suprimidas en tanto saberes inferiores e inútiles. 

En esto consistió el epistemicidio según Boaventura: en la supresión de los conocimientos locales por parte de un conocimiento alienígena que bajo el pretexto de la misión civilizadora intentó homogeneizar la diversidad social, política, cultural, epistemológica y lingüística del mundo invisibilizando y silenciando su carácter intrínsecamente plural y heterogéneo.

Las culturas, saberes y epistemologías que sobrevivieron fueron sometidos a la norma epistemológica dominante, definiéndose y auto-definiéndose también, como saberes locales, concretos, contextuales, apenas utilizables como objetos de estudio científicos o como instrumentos de gobierno indirecto para implantar la ilusión de un autogobierno en los pueblos indígenas.

 En segundo lugar, la designación de los saberes no occidentales como “tradicionales”, los ubicaba y los ubica hasta el día de hoy, como residuos de un pasado sin futuro, siendo éste propiedad exclusiva de Occidente y estableciéndose por lo tanto la imposibilidad fáctica de acceso por parte de cualquier otra forma cultural, civilizacional, social, política, lingüística o epistemológica, ni al presente, ni al futuro. 

Condenando, por lo tanto, a todos “los otros” al silencio y a la invisibilización a través de la imposición de un único camino de acceso a los mismos a través de los marcos modernos occidentales, lo cual supone un ejercicio perverso de múltiple anulación y auto-anulación que únicamente perpetúa un monólogo occidental y occidentalocéntrico infinito, que podemos identificar, no sólo como la colonialidad del saber, sino también como otra forma enredada con ella que es la de una colonialidad espacio-temporal.

Todo esto dibuja, en cierto modo, algunos de los aspectos de lo que yo denomino en mi trabajo la cárcel epistemológico-existencial y espacio-temporal del sistema-mundo moderno/colonial que va a marcar al mundo quién puede hablar, cómo se puede hablar y desde dónde se puede hablar.

Después de esta muy “breve” introducción es posible intuir cómo los principales conceptos que utilizan las ciencias sociales están impregnados de colonialidad y de violencia epistémica, lo que trunca mediante un macabro ejercicio todas las posibilidades de “pensar”, “hablar” o “ser” de los sujetos colonizados/racializados ubicándolos y re-ubicándolos indefinidamente en el NO SER…en una irracional racionalidad de violencia y aniquilación.

 De ahí la necesidad ineludible y la urgencia de la descolonización epistemológica, de revisar todos los términos, los conceptos, el uso que hacemos de-con ellos y su trasfondo y cuestionarnos nuestros puntos referenciales de partida, todas y cada una de las categorías que utilizamos. 

De otro modo, estaremos participando en la reproducción indefinida de la producción de saber y (des)conocimiento colonial con todas las consecuencias, materiales en última instancia, de subalternización y aniquilación de dos terceras partes de la Humanidad.

Ahora con la oleada de migración de personas sirias, también de países africanos por culpa de los conflictos armados y en medio de la palpable exhibición del racismo de Europa desde su propio seno (la militarización de las fronteras, el trato de la información por parte de los medios de comunicación, las políticas que están tomando para dificultar aún más la entrada a la Unión Europea, el trato inhumano a familias enteras por el solo hecho de no ser europeos, etc.) ¿Cuál es tu perspectiva de todo este panorama cómo mujer proveniente de Siria y como investigadora que ha trabajado la decolonialidad por varios años desde dentro y fuera de Europa?

Europa está siendo congruente consigo misma, con su verdadero rostro, que es el de la colonialidad. Caen todos los velos, en lo que podríamos identificar como un posible inicio del fin del sistema-mundo moderno-colonial, y en este contexto aparece Europa en toda la crudeza de su desnudez, el del más violento racismo, colonialismo, sexismo, fascismo y clasismo. 

Al igual que aparece Trump en Estados Unidos. Todo esto pueden ser señales identificables como la entrada del sistema en sus últimas fases, la decadencia que empuja a la exhibición radical.

Hemos visto cómo los discursos racistas e islamófobos han precedido y justificado la implementación de las políticas y las leyes que violan el derecho internacional, lógico en la ilógica de la racionalidad irracional de la ubicación en el “no ser” de los sujetos/objetos colonizados-racializados. 

Las sociedades europeas por su parte, toleran y apoyan las decisiones políticas y leyes de sus líderes tras haber sido sometidos a campañas mediáticas intensivas de deshumanización, inferiorización y criminalización de los migrantes que son representados como alteridad radical, como amenaza y como enemigo potencialmente peligroso de “los valores occidentales de la igualdad, la tolerancia y la democracia”.

Lo que hoy estamos viviendo en Siria, que es la mayor catástrofe y genocidio de los últimos siglos, es consecuencia directa del colonialismo y la colonialidad, que ha mantenido en el poder en los países árabes a mafias corruptas que sirven a los intereses de las principales potencias. 

Occidente se ha aliado con Rusia (ese héroe de la izquierda marxista-leninista racista y colonial que no duda en apoyar el genocidio de todo el pueblo sirio en nombre de un anti-imperialismo trasnochado) para mantener en el poder al clan de los Asad y no permitir la democratización de Siria que tendría la consecuencia necesaria de la disposición y autodeterminación de los sirios sobre sus bienes y riquezas. 

Las personas que están muriendo en las fronteras de la Europa enferma, huían de la muerte de las bombas asadíes-ruso-iraníes-occidentales. No nos han dejado vivir en nuestros países con dignidad, libertad y justicia, han desplazado masivamente a la población para seguir implementando sus agendas de saqueo. 

Nadie querría ir a Europa y abandonar su hogar si puede seguir viviendo dignamente en él, sólo huyen de la muerte para volvérsela a encontrar de frente. Parece que nuestro único destino como infrahumanos es el camino de la muerte y de la aniquilación, en todas su formas. Pero como decía Cesaire, en esta política está inscrita la pérdida de Europa misma, que si no toma precauciones, perecerá por el vacío que creó alrededor de ella.

Siguiendo con el tema del racismo y colonialidad pero enfocándonos más en el mundo árabe; se habla constantemente en los medios de comunicación sobre islamofobia como la discriminación a las personas que practican el Islam, nos podrías contar  ¿qué es el Islam? y ¿cómo nace la islamofobia en occidente?

Yo defino el Islam como una forma de ser, estar, saber, conocer, sentir y relacionarse en/con la existencia, con la realidad y la naturaleza. El Islam no es una “religión”, este es un concepto cristianocéntrico y occidentalocéntrico que ha sido empleado para la colonización del resto del mundo y de todas las formas plurales de existencia/conocimiento en el mundo. 

El Islam es una ética y praxis de la más absoluta liberación de todas las formas de esclavitud: el egoísmo, el materialismo, el exhibicionismo, las apariencias, el consumismo. Es un orden de valores y es, como diría Abdelmumin Aya, una vuelta a la fitra, naturaleza original y es asumir la deuda que tenemos con la realidad, con la existencia y con todas sus cosas y sus criaturas. El Islam es compasión, humildad, generosidad. 

Es como dice el filósofo musulmán Taha Abderrahman, una epistemología del Ethos. El componente ético es estructural y transversal y dota de todo sentido y forma al Islam. Asímismo el Islam no es un conjunto de dogmas y doctrinas. En el Islam no hay ninguno de estos dos, sino que es sobre todo una experiencia. No se cree en el Islam, el Islam se experimenta, se vive y se siente y ésas formas, por la naturaleza misma de los seres humanos y de las sociedades, son plurales, multiformes y heterogéneas y es que el Islam es así. 

Los más de 1600 millones de musulmanes  que hay en el mundo, no practican un solo Islam. Pertenecen a todo tipo de culturas y hablan todo tipo de idiomas y por consiguiente tienen también formas muy dispares de experimentar y comprender el Islam.

La islamofobia es un aparato de poder colonial que hunde sus raíces en el despliegue del sistema-mundo moderno-colonial. Es un dispositivo que específicamente se ocupa de la subhumanización, epistemicidio y aniquilación del Islam y los musulmanes, mediante marcos discursivos y conceptuales que han ido transformándose en las diferentes coyunturas históricas y que en la actualidad se entreteje entorno a los discursos coloniales del desarrollo/el feminismo/el terrorismo/la democratización/la liberalización, etc. 

Desde aquí se ve ya que trabajo con una concepción alejada del clásico que sostiene muy limitadamente que es una forma de racismo entendido como “el odio al Islam y a los musulmanes”.

Además la islamofobia, como dispositivo de poder colonial, es triplemente generizada: en el sentido de quién la genera: las instituciones del sistema-mundo moderno/colonial, cómo se genera (a través de qué): del objeto colonial “mujer musulmana con hiyab”;  y sobre quién tiene mayor incidencia: las mujeres musulmanas. 

De este modo estoy planteando una comprensión de la islamofobia que difiere de la sostenida por Yasmine Zine que habla de un tipo específico de islamofobia que ella denomina como “islamofobia de género”. En mi concepción, la generización no se da en una tipología específica derivada de la islamofobia, sino que atraviesa, estructura, sistematiza y racionaliza todo el aparato de la islamofobia. Es decir, que no hay islamofobia sin género. 

Esta diferencia es crucial a la hora de concienciarnos, comprender y analizar la fundación-funcionamiento del dispositivo colonial islamófobo y por lo tanto, incide determinantemente en la transformación de los diseños de las resistencias/luchas contra la islamofobia/colonialidad.

Situándonos en tu trabajo de investigación; sobre la mujer en concreto describes en tus artículos que “la mujer musulmana con hiyab es un argumento islamofóbico que favorece el discurso liberal occidental” ¿podrías explicarnos este argumento?

Cuando en la respuesta anterior hablo de la triple generización de la islamofobia, me refiero a un tipo de producción de la misma basada en discursos (como dispositivos coloniales: un poco de Agamben y mucho de colonialidad/modernidad), “la mujer musulmana con hiyab oprimida, subyugada, analfabeta, sumisa” no representa a ningún sujeto real, de hecho, “la mujer musulmana con hiyab” mismamente, así en singular y sin el resto de adjetivos, también es una categoría sumamente problemática. 

Entonces esa “mujer musulmana con hiyab” es lo que yo denomino un objeto colonial sexuado y feminizado, prototipo supremo de la mujer del Tercer Mundo de la que hablaba Mohanty, un objeto de intervención y clasificación, a través del cual se han colonizado y se sigue colonizando la civilización arabo-islámica: las sociedades y los individuos árabo-musulmanes, sus culturas, sus sociedades, su cosmovisión y todo lo que son.

 La producción de “la mujer musulmana con hiyab oprimida” se trata del pilar fundamental que va a estructurar todo el edificio islamófobo en sus diferentes vertientes y formas.

 En occidente se considera el hiyab como una institución simbólica del patriarcado árabe, sin embargo las feministas decoloniales lo niegan. ¿Porqué?

Occidente que se ha autoerigido en portavoz de la humanidad, se ha adueñado de todos los términos y los conceptos, practicando sus violencias y sustracciones epistemológicas. Ha robado la voz de las y los colonizados y el derecho de éstos a desarrollar sus propias formas de ver y entender el mundo. 

En este contexto, el hiyab es relacionado por parte del colonizador occidental con opresión, sumisión, subyugación o cuanto menos, tradicionalismo, subdesarrollo y retraso, silenciando e invisibilizándonos por completo a las mujeres musulmanas que lo vestimos como ejercicio de nuestro pleno derecho a expresarnos del modo y la forma en el que nosotras queramos hacerlo. 

El colonizador occidental también pretende hacer de policía y salvaguarda de unos derechos y unas libertades que es quien en primera instancia priva al resto de la humanidad de ellos. Ejercemos nuestro pleno derecho a vestir como nosotras consideramos más adecuado, según nuestros valores y nuestra cosmovisión y nos vemos acosadas sistemáticamente por un sistema que pretende mediante la manipulación de los conceptos que demos explicaciones continuas sobre todo lo que hacemos y dejamos de hacer, cómo vestimos, cómo vivimos y casi cómo respiramos. 

Pero claro que esta práctica de regulación sobre los cuerpos y las vidas de las mujeres no se limita sólo a las mujeres musulmanas, sino a las mujeres en todo el mundo, ya que el sistema es intrínsecamente patriarcal.

 Solo que las mujeres no occidentales, sufren violencias mucho más complejas, puesto que se hayan intersectadas por la más destructiva y brutal estructura de poder que es la de la colonialidad que Occidente practica contra ellas, reforzando de una manera sistemática los patriarcados y otras estructuras de poder locales que afectan a las vidas de las otras mujeres no occidentales.

Los patriarcados locales que en las sociedades musulmanas se apropian igualmente del Verbo, de su interpretación y de su puesta en práctica, forzando a las mujeres musulmanas a vestir en ocasiones y en otras a dejar de vestir el hiyab, son reforzados por el patriarcado occidental sobre el Islam. En medio estamos nosotras, las mujeres musulmanas que luchamos por rescatar al Islam de manos de unos y otros para vivirlo en plenitud, lejos de imposiciones y violencias.

El problema principal respecto a los significados secuestrados del hiyab es que tanto Occidente como algunos sectores patriarcales islámicos obsesionados ambos con los cuerpos de las mujeres y la regulación sobre ellos, han colonizado y limitado, reduciendo hasta el absurdo la ética global islámica extremadamente sofisticada respecto a los cuerpos de los hombres y las mujeres en general, pero más aún, el hiyab se está utilizando de modo que llegue a constituir un verdadero “velo” respecto al significado y el sentido global de todo el Islam, que es en primer lugar, como ya he dicho, una epistemología ética de liberación.

Ante esto, hay una corriente mayoritaria de mujeres musulmanas (al contrario de la imagen que los medios promueven y promocionan) que deciden llevar el hiyab y lo hacen desde una plena conciencia de su práctica espiritual transgresora y liberadora, frente a todos aquellos que pretenden imponerles tanto sus visiones deformes de una modernidad colonial como sus interpretaciones tergiversadas del Islam.

Debido a las diferentes formas de discriminación y violencia hacia la mujer árabe, ya no solo desde los prejuicios coloniales occidentales sino desde las propias estructuras patriarcales del mundo árabe, se ha generado una corriente teórica y activista que reivindica los derechos de la mujer, denominándose así misma como feminismo Islámico, ¿cómo se complementa el feminismo con el islam y cuáles son sus principales demandas? Y ¿de qué manera se articulan el feminismo, la modernidad y el islam dentro de las prácticas del feminismo islámico?

Bueno, primero habría que aclarar, que las feministas islámicas más destacadas, no son árabes. Aunque sí musulmanas de EEUU, Malasia, Indonesia, Irán o India, entre otros. También me gustaría subrayar (algo sobre lo que espero haber podido arrojar algo de luz en las respuestas anteriores) que no estamos hablando de simples “prejuicios coloniales” sino de estructuras de poder muy profundas institucionales e institucionalizadas.

El término “feminismo islámico”, tal y como se ha empleado por parte de las académicas y los medios de comunicación encierra no poca confusión y se mezclan y confunden a menudo los feminismos árabes con los autodenominados feminismos islámicos  o con cualquier movimiento femenino que surja en los países árabes y/o musulmanes. 

Lo cierto es que hay una gran diversidad de movimientos y discursos que son sumamente heterogéneos y que pueden ser incluso contradictorios.

Si nos referimos a los feminismos islámicos como aquellos que primero se autodenominan a sí mismos como tal y que segundo basan su activismo feminista en el Corán, el hadiz (hechos y dichos del Profeta Muhammad, sAaws) y la sunna (biografía del Profeta) y que también presentan lecturas muy diversas según a quién estemos escuchando y según el contexto sociopolítico en el que se elabora dicho discurso, podemos sin embargo, afirmar que efectivamente guardan una base compartida: la de sostener la existencia en el Corán y por tanto en el Islam, de una matriz igualitaria desde la que partir para construir políticas y praxis de liberación de las mujeres musulmanas. 

Su trabajo, por lo tanto se centra en hacer una revisión de los textos que refuta cualquier discurso misógino, machista y patriarcal que pretenda justificarse en una base islámica, que en todo caso, solo podría hacerse desde la tergiversación de las interpretaciones de los textos islámicos y la historia de la vida y el ejemplo del Profeta Muhammad (sAaws).

Dicho esto, personalmente no opto por expresarme como “feminista islámica”, como lo hacen otras compañeras mías a las que respeto y admiro. Yo sin embargo, lo hago como “pensadora musulmana decolonial”, y en mi libro La cárcel del feminismo… trato de sostener el por qué.

 En el mismo, desde la decolonialidad, problematizo los discursos sobre feminismo e Islam y muestro las diversas violencias epistémicas que se enredan en los modos muy particulares de construir estos discursos. Digamos que trato de llevar hasta la última de sus consecuencias la descolonización epistemológica, terminológica y conceptual.

 Una de mis hipótesis principales es que la producción de los discursos sobre feminismo e Islam, hoy en día, en términos generales e incluida la de los propios discursos de las mujeres musulmanas, aún no han podido trascender la normativa liberal y se hayan encerrados en la cárcel epistemológico-existencial y espacio-temporal. 

Necesitamos una revolución decolonial en el seno de los diferentes movimientos de mujeres musulmanas que parta de una consciencia plena del epistemicidio occidentalocéntrico, cristianocéntrico, capitalista, blanco, militar, sexista, patriarcal y sus consecuencias para nuestras vidas y por lo tanto, que repiense todos y cada uno de los términos que escogemos para llevar a cabo el ejercicio de la enunciación como sujetos existentes, conscientes y resilientes.

 Dentro de las distintas hermenéuticas que realizan las feministas islámicas al Corán ¿cómo se analiza la figura de Alá desde una perspectiva de género?

En tu forma de plantear la cuestión hay algunos problemas de partida, en los que mismamente algunas de las compañeras feministas musulmanas han caído. Y esto es por herencia directa de la colonialidad cristianocéntrica. En primer lugar, desde la concepción islámica no podemos hablar de “figura” si nos referimos a Allah, así como tampoco tiene sentido en una lógica islámica aplicar la perspectiva de género (como han hecho algunos trabajos) al estudio de Allah. 

Ya que en el Islam, Allah no es la figura patriarcal del Dios que existe en la Cristiandad. Allah en el Islam no tiene género, ni número, ni tiempo, ni forma alguna concebible por las capacidades humanas. Allah no es un conjunto de dogmas y conocimientos previos en los que se tiene fe, como sucede con la figura de Dios en la Cristiandad. 

Allah en el Islam, no es lo que se entiende por Dios en Occidente y no puede traducirse por Dios (Abdelmumin Aya). Las y los musulmanes no creemos en Dios, sino que experimentamos a Allah como la existencia misma, y entonces fluimos en esa existencia y en Allah. En su búsqueda a través de la praxis de una epistemología eminentemente Ética.

Con todo esto, quiero llamar la atención sobre el peso de la colonialidad occidentalocéntrica y cristianocéntrica sobre el resto de epistemologías del mundo, hasta el punto de haber colonizado nuestra propia capacidad de comprendernos a nosotros mismos y a nuestros referentes, nuestra cultura, nuestras maneras (la de todas y todos los sujetos colonizados en su diversidad invisibilizada) de vivir, de ser y de existir.

Desgraciadamente, las feministas musulmanas que han caído en la trampa de pretender aplicar la perspectiva de género al análisis de Allah no han estado tan alejadas de las formas patriarcales que se imponen en las sociedades árabo-musulmanas, debido, entre otras cosas, a que esas formas patriarcales fueron reforzadas por el patriarcado Occidental sobre el resto del mundo, y en ese ejercicio se envistieron de occidentalocentrismo y cristianocentrismo las formas de opresión patriarcal locales pre-existentes a la colonización.

 Aplicar por lo tanto, la perspectiva de género al análisis de Allah en vez de mostrar todas las implicaciones de una comprensión tal de Allah, acaba convirtiéndose en un doble ejercicio de subalternidad y colonización de la tradición islámica.

En tu artículo Hacia un pensamiento islámico decolonial haces una crítica a las diferentes disciplinas como la antropología, sociología o ciencia política, dado que han servido como “moldes conceptuales” occidentales para legitimar discursos “científicos” que convierten dichos discursos en un “régimen de verdad”. Para lograr un modelo alternativo a la “modernidad eurocéntrica” planteas dos elementos tomados del filósofo Enrique Dussel, que son “pluriversalismo” y “transmodernidad” ¿nos puedes explicar en que consisten y porque funcionan como alternativas al régimen de verdad establecido?

Frente al epistemicidio y a la invisibilización de la heterogeneidad epistémica del mundo, el término “transmodernidad” viene a hacer referencia al diálogo entre una pluralidad de modernidades, puesto que no existe una modernidad, eso es un mito occidentalocéntrico.

 Y esto es algo que también, además de Enrique Dussel, Catherine Walsh o Ramón Grosfoguel y de un modo diferente pero bastante similar ha planteado el brillante filósofo musulmán Taha Abderrahmane. El concepto de “pluriversalismo” confronta también el del Uni-versalismo occidentalocéntrico, el del monólogo ciego y sordo que ha constituido la base de los epistemicidios y genocidios.

Estos conceptos hacen referencia precisamente a la convivencia de la diversidad cultural y a su reconocimiento de igual a igual, entablando a partir de esta premisa básica de igualdad, un intercambio intercultural dialógico enriquecedor, que posibilite el desarrollo de proyectos mutuos transformadores y emancipatorios para la sociedad. 

Como dice Dussel, “no es una afirmación folclórica del pasado, ni un proyecto antimoderno de grupos “conservadores”, tampoco es postmoderno, en el sentido de negación de la Modernidad como crítica a toda Razón, para caer en un irracionalismo nihilista”. Se trata, en definitiva, de un proyecto global liberatorio, emancipatorio, donde la alteridad, la hibridación, que eran co-esenciales a la modernidad, se realicen realmente.

“El especismo es una forma de discriminación, contra quienes no pertenecen a determinada especie.En la mayoría de sociedades humanas se considera completamente normal discriminar a los animales de otras especies. La manera en que esta discriminación ocurre y su gravedad difiere en cada lugar, y determinados animales son tratados peor en algunos lugares que en otros.” (animal-ethics.org) Algunas feministas occidentales señalan que la propia construcción de la masculinidad patriarcal esta basada en el especismo en la misma medida en que lo está en el sexismo. Dado que debemos oponernos a todas las formas de discriminación y desigualdades injustificadas, incluso cuando las afectadas no son humanas, independientemente del lugar que ocupemos en el sistema-mundo ¿consideras que dentro del feminismo islámico hay cabida para incorporar planteamientos antiespecistas?

Dentro del Islam es perfectamente posible desarrollar teorizaciones similares. En la concepción occidental capitalista y patriarcal existe un problema original de planteamiento de “la otredad” y de las formas de relacionarse con todo lo que es construido como otredad. Dentro del Islam no existen los mismos problemas de planteamiento. Las y los musulmanes partimos del concepto del TAWHID: la unicidad y unificación de Allah.

 La unicidad de Allah significa que ya de entrada en nuestra epistemología no existe el dualismo negacionista (Yo-el Otro) de la tradición occidental. La unicidad de Allah es también la unicidad de la Creación de Allah, de la Existencia y en esa existencia todos los seres, humanos y no humanos, las plantas, los animales tienen en el Islam, derechos sobre nosotros.

 Para ponerte un ejemplo, se relatan en varios hadizes que una persona puede alcanzar el janna-Jardín eterno (mal traducido por paraíso) por haber tratado bien y haber sido compasivo con un animal y lo opuesto, por haberle maltratado.

Por último, en la línea del decolonialismo, me pregunto si consideras que el antiespecismo es una propuesta decolonial que deconstruye la opresión de los animales no humanos que se ha sostenido en gran parte por las ciencias y creencias occidentales universalocentricas al justificar la superioridad de los humanos sobre las demás especies.

Enlazando con la respuesta anterior, sí considero que lo pueda ser. Puesto que el antiespecismo está interpelando, cuestionando y replanteando esa cuestión tan grave y fundamental de fondo en la tradición occidental que es de hecho fundacional: la del pensamiento abismal, YO-EL OTRO, SER-NO SER. Y está obligando al pensamiento único a mirarse desnudo al espejo.

Podrías hablarnos de tu nuevo libro La cárcel del feminismo. Hacia un pensamiento islámico decolonial, publicado por la editorial Akal.

El libro recoge un poco varias de las cuestiones que han surgido a lo largo de esta entrevista. Inspirándome en la crítica a la modernidad occidentalocéntrica de la decolonialidad latinoamericana pretendo pensar en la colonialidad tal y como la vivimos nosotros, las y los musulmanes, desde nuestra ubicación en las jerarquías del sistema-mundo. Particularmente me centro en los discursos sobre feminismo e Islam y todas sus implicaciones. 

Pero esto no es fortuito, porque lo que quiero mostrar es que estos discursos y toda la cuestión del feminismo es transversal en la colonización del Islam. Por ello yo hablo de una islamofobia que es triplemente generizada, como ya expliqué antes. En mi libro también me baso en el estudio particular del caso marroquí, al que dedico el penúltimo capítulo. En resumen puede comprenderse como una “introducción” a la construcción de lo que llamo un “pensamiento islámico decolonial”.

[1] Sinopsis, “La cárcel del feminismo. Hacia un pensamiento Islámico decolonial”."

(Entrevista a Sirin Adlbi Sibai , realizada por Diana Carabali, publicada originalmente en El Gorila Rojo