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9/3/23

Chivos expiatorios: la frustración por unas condiciones adversas afecta a la sociedad, que reacciona proyectando sobre algunas personas los fallos del sistema... Los acusadores viven así libres de culpas y sin la responsabilidad de tener que cambiar nada

 "La salud mental ha encontrado una rendija por la que colarse en los medios. Se ha demostrado el impacto que provoca en nuestra sociedad desde el abuso de medicación hasta el aumento de suicidios. 

Era necesario poner nombre a lo que estaba silenciado por miedo, tabú o estigmatización. Sin embargo, dada la evolución del tema, cabría la posibilidad de que, en lugar de conseguir mayores recursos en la sanidad pública o disminuir las desigualdades que las causan, cayéramos en un fenómeno muy usual entre los seres humanos: la focalización sobre las personas que padecen enfermedades mentales y no sobre el sistema social que las genera. 

Etiquetar a amplios sectores de la sociedad con patologías como el trastorno por déficit de atención (TDA), espectro autista, depresión o trastornos diversos puede conllevar olvidar las causas, incluidas las sociales y económicas, y tranquilizar nuestras conciencias ubicando el malestar en esas personas, lejos del resto.

Se trata de un recurso social muy usado, el del chivo expiatorio, cuando una sociedad se siente en riesgo y tiene miedo, ansiedad o incertidumbre. Puede recaer sobre cualquier colectivo que se perciba como “diferente”. A lo largo de la historia ha sucedido, en sus formulaciones más crueles, en la persecución de las brujas en la Edad Moderna o en el genocidio nazi. Resulta fundamental analizarlo para evitar su aparición en nuestra época de enorme inestabilidad y desconcierto.

La científica Adela Muñoz Páez ha publicado recientemente su libro Brujas, en el que realiza un exhaustivo análisis de las causas que condujeron en Europa a tan cruel persecución de la brujería en la Edad Moderna. Muñoz desmonta algunos mitos, como la idea tan extendida de que las brujas eran en realidad mujeres sabias, alquimistas o hechiceras. A este potente imaginario contribuyó en gran medida el libro Brujas, comadronas y enfermeras, escrito en 1973 por las ensayistas feministas Bárbara Ehrenreich y Deirdre English. 

Con indisimulado pesar, Muñoz advierte de que no ha encontrado en su extenso estudio nada que haga pensar en una sabiduría propia de las llamadas brujas, sino que, por el contrario, encuentra en ellas de forma muy mayoritaria a las mujeres más pobres, a las analfabetas, las marginadas y, frecuentemente, con algún tipo de enfermedad mental. Sin embargo, lo que refleja el libro es el hecho de que son las condiciones socioeconómicas las que, sumadas a factores de misoginia y superstición, disparan el terror y las persecuciones. Se desencadenaron cazas de brujas en toda Europa por razones climáticas adversas, al perderse cosechas, al caer en la miseria o cuando la mortalidad infantil aumentaba.

Por su parte, los psicólogos Carl Hovland y Robert Sears mostraron un vínculo entre el linchamiento de afroamericanos y la curva de precios del algodón entre la emancipación y la Gran Depresión americana. La frustración con la economía del algodón condujo al odio hacia la minoría inofensiva representada por los esclavos negros. Por no hablar de la utilización de los judíos como chivos expiatorios para desviar las culpas de los desastres que sufrió Alemania como consecuencia de la I Guerra Mundial.

¿Podríamos identificar en la actualidad grupos con el rol de chivos expiatorios? Las personas inmigrantes, los menores adolescentes no acompañados, los jóvenes tildados de ninis, las personas con problemas de drogadicción, las sintecho, las de diferente orientación sexual son con frecuencia acusadas de todos los problemas de nuestras ciudades. También las jóvenes con anorexia o bulimia cargan con las culpas del sistema: los medios y las redes sociales muestran hasta la saciedad un prototipo de mujer imposible, pero quien sufre en sus cuerpos son las jóvenes, sin recursos para luchar contra ello y sin que la sociedad parezca apenas inmutarse.

El fenómeno del chivo expiatorio se utiliza en Psicología Social para explicar cómo la frustración o la falta de control debido a condiciones vitales adversas afectan a la sociedad, la cual reacciona proyectando sobre algunas personas o grupos las culpas del sistema. De este modo, los acusadores y la sociedad en general viven libres de culpas y no se sienten con la responsabilidad de tener que cambiar nada. Por el contrario, quienes asumen el rol de chivo expiatorio cargan con un peso emocional que afecta negativamente a su salud mental.

Las personas necesitamos mantener cierto control percibido sobre nuestro entorno y, cuando ocurren epidemias, recesiones, desempleo o guerras imprevistas, se simplifica la realidad designando uno o varios chivos expiatorios. Esta estrategia proporciona una solución aparentemente fácil, que es aislar, eliminar o focalizar el problema sobre el grupo escogido, al tiempo que nos permite mantener el mundo como estable y predecible, y no caótico o peligroso.

Por todo ello, señalar a las personas que están sufriendo psicológicamente como resultado de crisis sociales y desigualdades podría tener un efecto contrario al deseado, si no estamos muy alerta. Porque no debemos olvidar que son los chivos expiatorios quienes están reflejando, como en un espejo, el sistema en que vivimos y del que siempre somos, en alguna medida, responsables."          (Sara Berbel Sánchez , El País, 07/06/22)

28/6/22

"Europa está en peligro": la protección de las relativas islas del bienestar que aún subsisten constituye un momento central de las estrategias imperialistas, reforzando las medidas securitarias y de control que alimentan un autoritarismo en auge... Un autoritarismo de la escasez que conecta con la subjetividad del no hay suficiente para todos que décadas de shock neoliberal han construido entre grandes capas de la población... Ante la falta de amenazas militares tradicionales que justificasen mayores gastos en defensa, la securitización de las fronteras exteriores de la UE se había convertido durante todos estos años en una mina de oro para la industria de defensa europea... lo más parecido a un ejército europeo que hasta ahora ha tenido la UE ha sido Frontex, la agencia que se encarga de administrar el sistema europeo de vigilancia de las fronteras exteriores como si de un frente militar se tratase... Al imaginario de invasiones bárbaras de la Europa Fortaleza y su deriva autoritaria, ahora hay que sumarle el peligro del nuevo imperialismo ruso... La invasión de Ucrania se está convirtiendo en un trauma que promete reconfigurar el futuro de Europa... Un shock político similar al que sufrió EE UU tras el ataque yihadista del 11-S o la propia Europa tras la caída del muro de Berlín... emerge una nueva Europa, que por desgracia tiene mucho que ver con la consecución de los viejos anhelos de las élites europeas

 "(...) Borrell había presentado el Plan Estratégico para la Defensa Europa, afirmando que "Europa está en peligro". Hasta ahora ese peligro parecía provenir fundamentalmente de los flujos migratorios que han sido abordados desde la securitización de las fronteras de la Europa Fortaleza.

Una dinámica que, como define Tomasz Konicz, es consustancial al imperialismo de crisis del siglo XXI, que ya no solo es un fenómeno de saqueo de recursos, sino que también se esfuerza por aislar herméticamente los centros de la humanidad superflua que el sistema produce en su agonía. De modo que la protección de las relativas islas del bienestar que aún subsisten constituye un momento central de las estrategias imperialistas, reforzando las medidas securitarias y de control que alimentan un autoritarismo en auge (Konicz, 2017: 187-188). Una buena muestra de ello es el endurecimiento de las leyes migratorias de la UE en las últimas décadas.

 Un autoritarismo de la escasez que conecta perfectamente con la subjetividad del no hay suficiente para todos que décadas de shock neoliberal han construido entre grandes capas de la población. Este sentimiento de escasez está en el tuétano de la xenofobia del chovinismo del bienestar que conecta perfectamente con el auge del autoritarismo neoliberal del sálvese quien pueda en la guerra de los últimos contra los penúltimos.

 Ante la falta de amenazas militares tradicionales que justificasen mayores gastos en defensa, la securitización de las fronteras 2/ exteriores de la UE se había convertido durante todos estos años en una mina de oro para la industria de defensa europea. Se trata de las mismas compañías de defensa y seguridad que se lucran vendiendo armas a la región de Oriente Medio y África, alimentando los conflictos que son la causa de la que huyen muchas de las personas que llegan a Europa buscando refugio. Las mismas empresas que luego proporcionan el equipamiento a los guardias fronterizos, la tecnología de vigilancia para monitorizar las fronteras y la infraestructura tecnológica para realizar el seguimiento de los movimientos de población. Todo un “negocio de la xenofobia” en palabras de la investigadora francesa Claire Rodier. Un negocio que, dada su opacidad y márgenes difusos, cuenta con cada vez más partidas presupuestarias en la UE disfrazadas de ayuda al desarrollo o de “promoción de buena vecindad”. De hecho, podríamos decir que lo más parecido a un ejército europeo que hasta ahora ha tenido la UE ha sido Frontex, la agencia que se encarga de administrar el sistema europeo de vigilancia de las fronteras exteriores como si de un frente militar se tratase.

 

La propia Frontex señaló el año pasado a Bielorrusia por permitir los cruces ilegales de frontera a Polonia y Lituania, acusándola de utilizar los flujos migratorios como “arma política” con la intención de desestabilizar a la UE. Una estrategia que analistas del Centro de Excelencia de Amenazas Híbridas de la UE y la OTAN no dudaron en titular como parte de las llamadas guerras híbridas. Incluso se ha llegado a dar un importante debate en el seno de la Alianza Atlántica sobre si este tipo de actos híbridos pueden invocar el artículo 5 de la OTAN, que estipula la defensa mutua. No sabemos cómo ni hasta qué punto terminó ese debate en el marco de la OTAN, lo que sí ha sucedido es que la Alianza Atlántica mandó diversos batallones disuasorios a cada país báltico (Estonia, Letonia, Lituania) además de a Polonia, mientras los países de la UE comenzaron la construcción de nuevas vallas fronterizas de concertinas en los cientos de kilómetros de la frontera comunitaria con Bielorrusia.

Al imaginario de invasiones bárbaras 3/ de la Europa Fortaleza y su deriva autoritaria, ahora hay que sumarle el peligro del nuevo imperialismo ruso. La coartada perfecta sobre la que construir el nuevo proyecto neo-militarista europeo que refuerce aún más el neoliberalismo autoritario europeo. Nada cohesiona y legitima más que un buen enemigo externo. “Europa está hoy más unida que nunca” es el nuevo mantra en los pasillos de Bruselas. Un mantra que se repite para alejar los fantasmas de crisis recientes y proyectar hacia el exterior que Europa vuelve a tener un proyecto político común.

Una Europa en crisis en busca de un proyecto común

Desde las sendas derrotas en referéndum del proyecto de Constitución Europea en Francia y Países Bajos, la UE perdió el horizonte de un proyecto de unidad política. El sueño federalista de un Estado europeo parecía desvanecerse. El rechazo popular al modelo de integración europea no solo fue desoído desde las instituciones y élites europeas, sino que, por el contrario, se aceleró el paso de las reformas estructurales con la máxima de mejor decretar que preguntar. En ausencia de una constitución política, se ahondó en el constitucionalismo de mercado en el conjunto de las normas comunitarias, destacando el Tratado de Lisboa que, aunque no tiene formalmente el carácter de una Constitución, se erigió como un acuerdo entre Estados con rango constitucional. Una especie de Constitución económica neoliberal que consagra las famosas reglas de oro: estabilidad monetaria, equilibrio presupuestario, competencia libre y no falseada.

Así, como sostiene Pierre Dardot:

“En ausencia de un Estado europeo, existe una expresión concentrada del constitucionalismo de mercado en el conjunto de las llamadas normas comunitarias que prevalecen sobre el derecho estatal nacional. La ecuación que se impone es la misma que la que formuló Hayek en su tiempo: primacía del derecho privado, garantizada por un poder fuerte. Esta primacía está consagrada en los tratados europeos; el poder fuerte encargado de velar por el respeto de esta primacía lo encarnan diversos órganos que se complementan, como el Tribunal de Justicia, el Banco Central Europeo (BCE), los Consejos interestatales (de jefes de Estado y de ministros) y la Comisión 4/.”

Órganos a los que tendríamos que sumar el Eurogrupo, que en la crisis de la deuda griega jugó un papel fundamental. Mecanismos de decisión institucionales no sometidos a ningún control democrático a escala supranacional, en donde el Parlamento Europeo no deja de ser un mero maquillaje.

Con todo, la ausencia de un proyecto político europeo más allá del rebuscado máximo beneficio de los mercados, de la constitucionalización del neoliberalismo y de la consagración de un modelo de autoridad burocrática protegida de la voluntad popular, ha ido erosionando poco a poco el apoyo social a la UE. Un proceso acelerado a raíz del encadenamiento de crisis en el seno de la UE que han afectado a su legitimidad e incluso a su propia integridad. Fundamental en este sentido ha sido la radicalización neoliberal del austeritarismo como respuesta a la crisis de 2008 y, sobre todo, sus consecuencias: un brutal aumento de la desigualdad, la aceleración en la destrucción de los restos del Estado del Bienestar y la expulsión de millones de personas trabajadoras de los estándares preestablecidos de ciudadanía. Y, sin embargo, hasta la fecha ha sido el Brexit la crisis que ha golpeado más traumáticamente a la eurocracia bruselense. Por primera vez, la UE no solo no ampliaba el club sino que perdía a uno de sus miembros. Y no a uno cualquiera. Así, la salida del Reino Unido hay que leerla no como una crisis más, sino como el síntoma mórbido de la profunda crisis que sufre la mutación neoliberal del proceso de integración europea. Una ruptura con la UE, hegemonizada desde la derecha, en clave de repliegue nacional y de un mayor acercamiento si cabe a EE UU.

Europa rompe su tabú militar

La dura, larga y no exenta de problemas negociación para aplicar el artículo 50 del Tratado de Lisboa por el que se ejecutaba la separación británica de la UE aumentó la melancolía de unas instituciones europeas que parecían asistir impasibles a su lento desmoronamiento. Pero, a la vez, la salida del Reino Unido del club europeo abría una posibilidad hasta entonces bloqueada por los británicos: la integración militar. En su discurso sobre el estado de la Unión de 2016 5/, con el referéndum del Brexit aún caliente, el ex presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, rompió el tradicional tabú europeo en cuestiones militares para hablar de un fondo de defensa común, un "cuartel general europeo" y una "fuerza militar común" para "complementar a la OTAN". De esta forma se abría paso en los pasillos de Bruselas una vieja aspiración de gran parte de las élites, defendida ardientemente por una Francia necesitada de un ejército europeo que vele por sus intereses neocoloniales en África.

 (...) ya en 2017 esa ya era la gran (y por lo visto única) apuesta estratégica de las élites europeas: la militarización de la UE. Un proyecto ni mucho menos nuevo que se asentaba sobre la lógica de: si ya no podemos ofrecer bienestar y democracia, al menos sí seguridad ante las amenazas que surgen y crecen por todo el mundo. Y, para ello, se empieza a desarrollar la “cooperación reforzada” entre los Estados Miembros que así lo deseen, con el objetivo de crear un Fondo Europeo de Defensa, una industria común militar y armamentística y una mayor coordinación policial y militar para, quién sabe si más temprano o más tarde, ver por fin nacer el tantas veces anunciado ejército europeo. (...)

Un informe reciente del diario francés Le Monde mostró un ejemplo instructivo del efecto de la guerra de Ucrania en la opinión pública y en la financiación de la industria armamentística: citando a Armin Papperger, jefe de Rheinmetall, uno de los principales fabricantes de armas de Alemania que en enero se quejó de la renuncia de los fondos de inversión a colaborar con su empresa, el periódico señalaba cómo el cambio radical de atmósfera ha permitido que el Commerzbank, uno de los principales bancos alemanes, anunciara su decisión de dedicar una parte de sus inversiones a la industria de armamento. Algo impensable hace tan solo unos meses por el impacto que podría tener en la opinión pública. Algo, sin embargo, perfectamente pasable ahora mismo en el contexto de la guerra en Ucrania.

En Francia, donde la presión ciudadana originó una tendencia creciente a la desinversión de la industria de armamento por motivos de responsabilidad ética (especialmente a la luz de la repugnante contribución de las armas occidentales a la destrucción de Yemen por parte del ejército de Arabia Saudí), Guillaume Muesser, director de asuntos de defensa y económicos de la Asociación de la Industria Aeroespacial, explicó a Le Monde que “la invasión de Ucrania ha cambiado el tablero de juego. Demuestra que la guerra sigue en el orden del día, ante nuestras puertas, y que la industria de defensa es muy útil” 7/. 

La militarización de la UE como proyecto de integración

Aunque la propuesta de rescatar el proyecto de integración de la UE en torno a la re-militarización de Europa es un proceso que lleva años en marcha, nadie puede negar que la invasión de Ucrania lo ha acelerado dramáticamente y le ha dado un soporte de legitimidad popular nunca soñado meses antes. Un buen ejemplo de ello es el reciente referéndum en Dinamarca por el que el país escandinavo abandona después de 30 años la cláusula de exclusión voluntaria de las políticas de defensa de la Unión Europea. Esto implica, entre otras cosas, que Dinamarca se convertirá en miembro de pleno derecho de la Política Común de Seguridad y Defensa; que los soldados daneses podrán ser enviados a operaciones militares de la UE si así lo ratifica la mayoría del Parlamento de Dinamarca; y que el Gobierno danés podrá incrementar en 7.000 millones de coronas (unos 940 millones de euros) el gasto en defensa en los dos próximos años. (...)

Por cierto, el aumento del gasto militar hasta el 2% del PIB no es una cifra baladí: ha sido una demanda del gobierno estadounidense a todos sus aliados de la OTAN desde la cumbre de Gales en 2014 y, especialmente, tras la llegada de Trump a la Casa Blanca, quien hizo la suya hasta el punto de amenazar a sus socios europeos con reducir sus aportes a la Alianza Atlántica si no aumentaban sus presupuestos militares hacia ese horizonte. El cambio europeo más drástico ha sido el del Gobierno alemán, que gastará 100.000 millones de euros más en defensa y aumentará el presupuesto por encima del 2% del PIB a partir de 2024. Con ello, Alemania sobrepasará a Reino Unido, que el año pasado fue el segundo país de la OTAN y el tercero del mundo en gasto militar. Un aumento que supone casi el doble del presupuesto de defensa ruso, que en 2020 fue de 55.494,3 millones de euros. (...)

La guerra como doctrina del shock

La invasión de Ucrania se está convirtiendo en un trauma que promete reconfigurar el futuro de Europa. Un cambio de paradigma en la defensa y en su relación con Rusia, su vecino nuclear. Un shock político similar al que sufrió EE UU tras el ataque yihadista del 11-S o la propia Europa tras la caída del muro de Berlín. Un auténtico acontecimiento entendido como una quiebra disruptiva en donde emerge una nueva Europa, que por desgracia tiene mucho que ver con la consecución de los viejos anhelos de las élites europeas. (...)

Pues si la gestión de la pandemia fue la excusa, la guerra de Ucrania se está convirtiendo en una coartada perfecta para aplicar una auténtica doctrina del shock. Porque la UE no solo se está remilitarizando para poder hablar el “lenguaje duro del poder” en un desorden global en donde las disputas por los recursos escasos son cada vez más agudas. También se está acelerando la agresiva agenda comercial europea con el pretexto de la guerra. Porque todo vale cuando estamos en guerra. Un buen ejemplo de ello es lo rápido y fácil con que el maquillaje verde de la UE ha saltado por los aires al decretar la Comisión Europea que el gas y la nuclear pasaban a ser consideradas energías verdes con el pretexto de romper con la dependencia energética rusa.

Estrategias como la recientemente aprobada de la “granja a la mesa”, uno de los pilares del Pacto Verde Europeo, que prometía triplicar la superficie dedicada a la agricultura ecológica, reducir a la mitad los pesticidas y recortar los fertilizantes químicos en la UE en un 20% para 2030, se ha desvanecido en cuestión de semanas. Porque en guerra todo vale (...)

Es innegable que la brutal invasión rusa ha supuesto el inicio de una guerra injusta contra Ucrania, pero no hay que olvidar que el país lleva al menos ocho años inmerso en una guerra civil entre la oligarquía pro-occidental y la pro-rusa con el telón de fondo de una intensa disputa inter-imperialista por el control geopolítico y geoeconómico del país. Esta disputa, aunque localizada fundamentalmente en el este del país, en las regiones de Donetsk y Luhansk, ha costado 14.000 muertes antes de 2022. Que la oligarquía pro-occidental controle el poder en Kiev es fundamental para entender el decidido apoyo material, logístico, económico y político de la Alianza Atlántica al gobierno ucraniano. Como explicó hace poco la vicesecretaria de Estado de EEUU, Victoria Nuland: “Estados Unidos se ha gastado en Ucrania más de 5000 millones de dólares en promover el “cambio de régimen” vía organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación y compra de lealtades. 15/”

La criminal invasión de Ucrania ha sentenciado definitivamente el final de la globalización y sus mecanismos de gobernanza, para volver a una disputa de bloques y áreas de influencia. Una desglobalización, al menos parcial, que lleva años produciéndose y que se ha turboalimentado a raíz de la pandemia de la COVID19 que ha acelerado un descenso de las interconexiones y de la interdependencia de las relaciones mundiales, y que ha engendrado el preludio de un nuevo orden global. En donde la economía mundial globalizada parece estar escindiéndose poco a poco en una especie de regionalización conflictiva y en disputa entre dos principales áreas de influencia: una zona bajo EE UU y otra zona bajo la órbita de China, en donde a su vez conviven con potencias regionales subalternas de uno y otro bloque como son la propia UE y Rusia. Aunque quizás lo más paradigmático de esta desglobalización sea el desplome de los mecanismos multilaterales de gobernanza, especialmente significativo el colapso de la Organización Mundial de Comercio (OMC) (...)"                         (  , Viento Sur, 24 junio 2022)

2/2/22

Zemmour trata de negar la francesidad del velo y, por lo tanto, de su portadora... concebe el republicanismo como una forma de racismo... esta lógica nacionalista zemmouriana, paradójicamente, es casi tan islámica como el islamismo que quiere combatir. La del takfir, la excomunión de los enemigos practicada por los grupos yihadistas... Rachida dice: “Yo me quito el velo si usted se quita la corbata”. Zemmour acepta casi relinchando de felicidad; está dispuesto a desnudarse, si hace falta, porque sabe, como sabemos los espectadores, que no hay equivalente subjetivo entre una corbata y un velo... ¿Cuál es el error de Rachida? El de no atreverse a decir la verdad... el velo es, en efecto, un símbolo religioso; un vínculo visible de religiosidad íntima. ¿Y qué? ¿Por qué no decirlo? Si Rachida no se atreve a reivindicar el carácter religioso del velo y necesita hacer creer que es culturalmente equivalente a la corbata de Zemmour es porque la república francesa, de hecho, ha suprimido la libertad religiosa... Habría que intentar que, al contrario de lo que ocurre en la nación vecina, donde ganará las elecciones –no importa quién las gane– la islamofobia de Zemmour, nuestros partidos, nuestros intelectuales y nuestras izquierdas se tomen en serio el peligro que entraña la construcción de un enemigo interno. Luchar contra la islamofobia es luchar por la libertad religiosa, es decir, por el laicismo, es decir, por la democracia... Rachida nunca debió cambiar su velo por una corbata

 "El pasado 25 de octubre circuló un vídeo en el que el libelista Eric Zemmour,  poco antes de presentar su candidatura a la presidencia de la república francesa, abordaba en la calle a una mujer velada. Era una francesa musulmana a la que el periodista encargado de la emisión presentaba como Rachida, porque es habitual, sobre todo si su origen es árabe, que las mujeres no tengan apellido: Zemmour versus Rachida, en un combate cuyo resultado estaba ya decidido desde la nominación misma de los contrincantes.

 Rachida, en todo caso, era una mujer entera, desenvuelta y elocuente que plantó cara, en un francés sin tacha, a la condescendencia agresiva del político, empeñado desde el principio en separar a su compatriota (lo que los yihadistas llamarían takfir) de la comunidad nacional francesa. Zemmour comenzó con un malhadado paralelismo de cuya torpeza se dio cuenta enseguida: “¿Llevaría usted minifalda en La Meca?”, una pregunta en la que afloraba la sacralización paralela del espacio civil inherente al mal llamado “laicismo republicano”. 

En La Meca del laicismo, que son las calles de Francia, es obligatorio vestir a la francesa, mientras que Rachida –le reprochaba Zemmour– iba vestida de musulmana. Los franceses, obviamente, no van vestidos de “franceses” sino de Zara, de Mango, de Springfield, de Bershka y, en todo caso, con el uniforme de su clase social, su edad o su tribu urbana; pero de lo que se trataba era de negar la francesidad del velo y, por lo tanto, de su portadora.

 “Usted no es francesa”, le estaba diciendo Zemmour y no lo era porque, pese a que pagaba sus impuestos, llevaba a sus hijos a una escuela pública y hablaba la lengua de Racine (como la propia Rachida le recordó) era musulmana; y no se puede ser francés y musulmán al mismo tiempo. Zemmour, en definitiva, le estaba negando la nacionalidad: Rachida era un cuerpo extraño, una intrusa, una quintacolumnista de le grand remplacement denunciado por Renaud Camus y aceptado por buena parte del arco político de la nación vecina. 

La llamada “ley contra el separatismo islamista” de febrero de 2021, cuya aplicación ha llevado ya al cierre de numerosos lugares de culto y organizaciones musulmanas, participa de esta lógica nacionalista zemmouriana y, paradójicamente, por eso mismo, es casi tan islámica como el islamismo que quiere combatir. He hablado del takfir, la excomunión de los enemigos practicada por los grupos yihadistas; pero se podría mencionar también la fitna, el pecado mayor para las escuelas coránicas: la voluntad –es decir– de fracturar o debilitar la umma o comunidad de los creyentes. Rachida estaba siendo excomulgada por portar el velo, expresión de su voluntad de secesión de la nación francesa. 

Ahora bien, para encerrar a Rachida en este espejo “laico” de la exclusión yihadista, era necesario sostener que el velo, con independencia de la voluntad de su portadora, era objetivamente un signo religioso: el símbolo indumentario de una religión, precisamente, que no reconoce la voluntad individual. Zemmour, que había reculado varias veces ante la firmeza de Rachida, encontró de pronto la fisura; de hecho se la proporcionó un pequeño error de su víctima.

 Basta ver la expresión de alivio exultante del libelista, fatuo e infantil, para entender que hasta entonces iba perdiendo y que no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad que se le brindaba. En un momento dado, ante la insistencia para que demostrara su francesidad retirándose el velo de la cabeza, Rachida dice: “Yo me quito el velo si usted se quita la corbata”. Zemmour acepta casi relinchando de felicidad; está dispuesto a desnudarse, si hace falta, porque sabe, como sabemos los espectadores, que no hay equivalente subjetivo entre una corbata y un velo.

 A la defensiva, quizás recordando la ley Sarkozy de 2004, Rachida ha repetido una y otra vez: “No es un símbolo religioso”, “no es un símbolo religioso”, pero Zemmour se despoja de la corbata, con rápida desenvoltura de matón de barrio, mientras que a Rachida, que ya no puede arrepentirse, le tiemblan las manos. Es un momento duro, porque percibimos el pudor y la desnudez que embarga a Rachida; y la victoria de Zemmour es la victoria pública, obscena, de un macho colonial sobre un cuerpo femenino desarmado. 

¿Cuál es el error de Rachida? El de no atreverse a decir la verdad. ¿Cuál es esa verdad? Que para ella, como para la mayor parte de las musulmanas, el velo es, en efecto, un símbolo religioso; un vínculo visible de religiosidad íntima. ¿Y qué? ¿Por qué no decirlo? Claro que hay racismo chovinista por parte de Zemmour: incluso “nuestras” creencias religiosas –viene a decir– son cultura, y alta cultura, mientras que “vuestras” expresiones culturales son religión, y una religión fanática, anti-republicana y, en consecuencia, antifrancesa.

 Sin embargo, más allá de esta arrogancia supremacista, Zemmour sabe que su corbata –de origen militar, por cierto– no tiene para él la importancia que Rachida ha depositado en su velo. ¿Y por qué habría de disimular esa importancia? Si hay algo intimidante y violento en el asalto del libelista, y de frágil e indefenso en el gesto de su víctima, es la conciencia que ésta tiene de vivir en un contexto de persecución religiosa. Porque sólo en un contexto de persecución religiosa uno tiene que hacer pasar por “cultura” lo que es expresión de la propia fe.

 El velo es, por supuesto, cultura, como lo prueba el hecho de que se resignifique sin parar subjetiva y geográficamente, pero es que, además, la religión forma parte de la cultura y, aún más, es quizás su matriz misma. Como veremos, se puede interpretar culturalmente una expresión religiosa, pero también se puede vivir y defender religiosamente una expresión cultural. Todas las tentativas históricas de generar una cultura antirreligiosa, horra de tradición religiosa, han acabado por perseguir no solo la religión sino la cultura misma. 

En todo caso, si Rachida no se atreve a reivindicar el carácter religioso del velo y necesita hacer creer que es culturalmente equivalente a la corbata de Zemmour es porque la república francesa, de hecho, ha suprimido la libertad religiosa. Viendo el vídeo de Zemmour y Rachida me acordaba, en efecto, del memorial que el morisco Francisco Núñez Muley dirigió en 1556 al rey Felipe II, después de que éste, en su Pragmática de dos años antes, hubiese prohibido el uso de la lengua árabe, los  patronímicos árabes, el velo musulmán y, en general, las indumentarias musulmanas, las zambras y los baños.

 En su memorial, Muley, que morirá el año en que estalla la revuelta de las Alpujarras (la “guerra civil”, según expresión a contracorriente de Ginés Pérez de Hita y Diego Hurtado de Mendoza) insiste en presentar todos estos usos ahora prohibidos como expresiones puramente “culturales”, sin ninguna relación con el Islam. Eran también, sin duda, expresiones culturales y probablemente, de haberse permitido, habrían acabado emancipándose de su origen religioso, como ha ocurrido, por ejemplo, con la Navidad o las fiestas de San Isidro o, más clamorosamente, con los sanfermines. 

Pero no hay que olvidar que Muley tiene que defender los atuendos y costumbres moriscas en una España que había expulsado a los judíos y obligado a los musulmanes a elegir entre la expulsión o la conversión (que en 1609 tampoco les serviría de nada); en una España monofideísta en la que la Inquisición perseguía cualquier expresión religiosa ajena al catolicismo hispano, y en la que, por tanto, las expresiones religiosas tenían que camuflarse de “cultura”. 

En vano. Porque allí donde triunfa la persecución religiosa, la diferencia misma, cualquiera que sea su hechura, acaba siendo sospechosa de “separatismo” y condenada al takfir como culpable de dañar la umma. En la guerra intercastiza de la que surge España –decía Américo Castro– todos se comportaban, en este sentido, como “musulmanes”. Los más “musulmanes” fueron, al final, los Reyes Católicos. 

¿Y qué pasa con la república francesa, heredera de Les Lumières y de la Revolución por antonomasia, la única que se escribe siempre con inicial mayúscula? He citado a menudo la interesante polémica que, a caballo entre el siglo XIX y XX, mantuvieron los juristas George Jellinek, alemán, y Emil Boutmy, francés, sobre el origen de los Derechos Humanos. Boutmy, que responde a su colega, hace una muy bonita defensa de la Ilustración, de Rousseau y del concepto de tolerancia como regazos universales desde los que irradian, desde Francia, todos los derechos civiles recogidos en las declaraciones de DD.HH., incluida la libertad religiosa.

 Jellinek, en cambio, sostiene que la libertad religiosa es un urrecht, un “derecho originario”, fuente de todos los otros derechos; y atribuye su paternidad a los bill of rights de las colonias inglesas en Norteamérica, y en concreto a la necesidad de separar el orden civil del religioso para asegurar precisamente la libertad de culto como garantía de convivencia. Contra el puritanismo intolerante de Salem, por ejemplo, Roger Williams funda en 1636 la colonia –después Estado– de Rhode Island, modelo extendido a otras comunidades protestantes, constreñidas ahora a conciliar el comunitarismo religioso con la obediencia republicana a una ley común. 

Para Boutmy las declaraciones de DD.HH. recogerían ideas universales nacidas en Francia mientras que para Jellinek representarían más bien la universalización de modelos muy concretos de respuesta a conflictos religiosos locales. La universalidad, digamos, es un apaño y no una idea. Como sabemos, las ideas suelen defenderse con más pasión que los apaños. Los apaños se universalizan desde el terreno, mediante procesos endógenos de expansión ejemplar; las ideas se universalizan mediante ejércitos y predicadores. O de otra manera; una constitución democrática es un apaño; el colonialismo es una idea.

Esta polémica continuó durante todo el siglo XX y prosigue hoy de una forma u otra, sobre todo en Francia. En 1989, el siempre provocativo Regis Debray, exguerrillero, exasesor de Mitterrand, autor de una interesante Crítica de la razón política, escribió un largo artículo titulado ¿Demócratas o republicanos?, artículo que no puede leerse sin emoción y –enseguida– sin preocupación. Fue rescatado y largamente difundido de nuevo en 2015, tras el atroz atentado contra el Charlie Hebdo, y su éxito transversal, a partir de entonces, se explica por el hecho de que concentra el mínimo común denominador entre las izquierdas y las derechas francesas: ese republicanismo cuyos valores defienden por igual la “ley contra el separatismo islamista” de Macron y la islamofobia militante de Le Pen o Zemmour.

 Como indica el propio título, en su texto Debray distingue entre “democracia” y “república” para reivindicar la segunda como forma política superior. En el mundo, dice, ya solo hay democracias –allí donde las hay–; únicamente en Francia sigue habiendo república, ahora amenazada o desgastada –eso sí– por la sombra democrática que se proyecta desde el resto de Europa y desde los EE.UU. Decir “república francesa”, pues, es una redundancia; la república es francesa; y Francia, si no quiere dejar de ser francesa, sólo puede ser republicana.

¿Pero qué es para Debray una “república”? Debray, a veces con frases de una belleza retórica incontestable, va desgranando las diferencias entre las “democracias” y la “república”, que yo resumo aquí muy rápidamente mediante una lista de oposiciones binarias. La república, explica el autor, es laicismo frente a religiosidad; razonabilidad frente a producción y comercio; excelencia en el foro frente a excelencia en el mercado; ciudadanía frente a comunidad; hermandad frente a ancestralidad; educación frente a tradición; universalidad frente a localidad; unidad frente a pluralidad; centralización frente a comunitarismo y particularismo; Estado frente a sociedad; esprit frente a literalidad; ayuntamiento y escuela frente a catedral y centro comercial; pueblo frente a muchedumbre; debate frente a comunicación; verdad frente a consenso. 

A Debray, muy en la línea de Boutmy, le interesa subrayar la paradójica excepción francesa como el último islote de universalidad en el mundo, y para ello tiene que desmarcarse al mismo tiempo del “espíritu protestante” y del politeísmo católico, a los que une de un modo forzado allí donde más chocan entre sí: oponer, por ejemplo, el ayuntamiento y la escuela a la catedral y el comercio, como si no pudiesen compartir el mismo espacio, es olvidar además que, para muchos cristianos, inspirados en el Evangelio, el comercio y el templo son incompatibles entre sí. Lo mismo para el Estado y la sociedad, de cuyo equilibrio depende el cumplimiento de la divisa jacobina: libertad, igualdad, fraternidad. 

En la casilla “república”, por lo demás, se incluyen algunos valores por todos compartidos junto a otros (unidad,  centralización, verdad) incompatibles, a mi juicio, con un régimen realmente republicano. Su conclusión pesimista, en todo caso, es la de que incluso en Francia está venciendo la democracia y que, frente a ella, hay que “volver a traer” la república; hay que elegir, sí, entre la “regresión” religiosa y el “regreso” a la República –ahora necesariamente con mayúsculas y encarnada en la Nación francesa–.  

No se puede no estar de acuerdo con Debray en que estamos viviendo una regresión religiosa, pero no estoy seguro de que este republicanismo anti-demócrata no forme parte de ella. Uno de los puntos fundamentales del republicanismo que Debray comparte con Mélenchon, Macron y Zemmour es el así llamado “laicismo”, concebido, como hemos visto, contra el islam y como en el espejo del islamismo, con sus takfires excluyentes y su horror castizo a la fitna.

 Ahora bien, dentro de la propia tradición liberal francesa, heredera asimismo de la Ilustración y de la revolución de 1789, encontramos muy pronto la voz alternativa de Benjamin Constant, a quien cito largamente en mi libro Islamofobia (2015) y cuya definición del laicismo es sencilla y tajante: “El Estado no puede imponer ni rechazar ningún culto”. 

De este principio –en el que se basa, por cierto, el artículo 18 sobre la libertad religiosa de la Declaración de DD.HH. de la ONU– el liberal francés saca conclusiones que deberían ser evidentes para todos. En su obra de 1815, Principios de política aplicables a todos los gobiernos representativos, Constant escribirá que “la intolerancia civil es tan peligrosa, más absurda y, sobre todo, más injusta que la intolerancia religiosa” porque “toda nación que cede a la fuerza en materia de conciencia es una nación de tal modo vil y corrompida que no se puede esperar nada de ella, ni en el terreno de la razón ni en de la libertad”. 

Y añade, contra sus compatriotas republicanos de hogaño: “el que prohíbe en nombre de la razón la superstición, el que proscribe en nombre de Dios la razón independiente, merecen por igual el desprecio de los hombres de bien”. Reparemos en que Constant no siente la menor inclinación religiosa; es ateo y considera la religión una “superstición”. Pero advierte contra los peligros de convertir la lucha contra la superstición en un nuevo culto; no podemos perseguir la superstición, dice, sin convertirnos en aquello mismo que perseguimos. Porque, en definitiva, lo único que podemos calificar de “religioso” es la persecución misma, ya se trate de una teocracia que persigue el ateísmo o de una república que persigue a los musulmanes. Toda persecución es religiosa y, por lo tanto, no laica; y el laicismo sólo puede ser, en contraste, una batalla contra la persecución bajo todas sus formas y ropajes.

 El laicismo solo consiste, pues, en esta doble operación: la de asegurar la libertad religiosa de los ciudadanos y la de asegurar que ningún lobby religioso (o –añadiría– económico) se adueñe de las riendas del Estado y de las vidas de los ciudadanos. En este sentido, es mucho más laico, a mi juicio, el gesto del papa Francisco de conceder la comunión a Biden, contra sus perseguidores dentro de la Iglesia, que el de Zemmour de quitar el velo, mediante violencia mediática, a una compatriota musulmana; o que el de la muy republicana Marine Le Pen, quien en julio de 2021 firmó una declaración, junto a Orbán, Abascal y Salvini, en defensa de una Europa cristiana como baluarte contra le grand remplacement. 

El vídeo de Zemmour y Rachida expone la normal islamofobia de un país en el que el único consenso entre la mayor parte de los partidos políticos es el de concebir el republicanismo como una forma de racismo, lo que sería una contradicción histórica si ese mismo republicanismo, como el casticismo español, no se sintiese orgulloso de su pasado colonial y no reivindicase –como Ayuso la labor civilizatoria de España en América– la expansión de la idea universal de DD.HH. a través de su violación concreta en las colonias. 

Cada país inventa su propia manera de perseguir al otro; y Francia, cuya influencia ha sido notoria en el continente, ofrece el suyo como modelo copiado ya por todas las ultraderechas europeas. Habría que intentar que no saliera de allí y que, al contrario de lo que ocurre en la nación vecina, donde ganará las elecciones –no importa quién las gane– la islamofobia de Zemmour, nuestros partidos, nuestros intelectuales y nuestras izquierdas se tomen en serio el peligro que entraña la construcción de un enemigo interno. Luchar contra la islamofobia es luchar por la libertad religiosa, es decir, por el laicismo, es decir, por la república; es decir, por la pluralidad frente a la unidad, por la federación frente a la centralización, por la comunidad frente al patriotismo, por la disputa democrática frente a la verdad imperativa. 

Rachida nunca debió cambiar su velo por una corbata. "                     (Santiago Alba Rico , CTXT,  28/01/22)

17/12/19

«El empobrecimiento de la población crea chivos expiatorios»... el mensaje contra la emigración sirve para amedrentar y conseguir mano de obra más barata. Dónde más se necesita esta mano de obra, como la agricultura, es donde más se usa la amenaza. En lugares como el oeste almeriense...

"Doctor en Antropología Social, forma parte del Grupo de Investigación en Exclusión y Control Sociales (GRECS). Es presidente de la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado y autor de ensayos y novelas, entre las cuales, Aguas de venganza y Crímenes de hambre.


Está trabajando en un proyecto editorial sobre refugiados climáticos. A día de hoy, ¿Cómo sería una foto fija de esta realidad?
Lo que está pasando en este momento es que el cambio climático se está manifestando de una manera acusada en muchas zonas del planeta. No es una cosa del futuro, sino que ya está pasando. Se están destruyendo hábitats de poblaciones: terrenos de cultivo que dejan de ser productivos, costas que van desapareciendo... El nivel del mar no sube igual en todas partes. 

Lo hace más en las zonas ecuatoriales porque, al disminuir la fuerza gravitacional hacia los polos, pierden demasiado, y el agua tiende a gravitar hacia el Ecuador. Sabemos que en Barcelona ha subido 20 centímetros, pero prácticamente no lo percibimos. No es así en África o el Sudeste asiático... Están desapareciendo islas del Pacífico.
¿Cuál es la tendencia de todo esto?
Todos los informes climáticos que van saliendo advierten que las cosas están mucho peor de lo que pensábamos hasta ahora y, además, más aceleradas. Los procesos de desertificación, la subida del nivel de la mar, la pérdida de agua potable, las oleadas de calor... irán a más. Por lo tanto, esta pérdida de hábitats que ya se está produciendo será más grande y, en consecuencia, habrá más gente que tiene que marchar de dónde es.

Y esto, actualmente, es cosa de pobres…
Sí, pero hay que matizarlo. Las zonas tropicales son las más afectadas y lo continuarán siendo. Ahora, el impacto del crecimiento de los huracanes se está notando mucho en las costas de los Estados Unidos. Cada año son más destructivos. Y en Europa, todo el sur está siendo cada vez más árido y se irá desertizando. La península Ibérica lo tendrá muy mal. Londres también se podrá ver afectada por la subida del nivel de la mar y Venecia ya está sufriendo los efectos.

En el pasado, el clima ha experimentado fenómenos extremos. ¿Cuál es la diferencia respecto a los de ahora?
Ha habido un tipo de fenómenos extremos que los científicos denominan "de cada cien años". Lo que ahora está pasando es que estos fenómenos se producen cada muy pocos años, y tienden a acelerarse. Además, por primera vez los fenómenos no son causados por la misma dinámica de la naturaleza, sino que son debidos a la intervención humana. Somos los humanos con nuestras actividades los que estamos modificando el comportamiento del clima. Sobre esto hay que dejar claro que no hay controversia científica. Es unánime la opinión de que somos nosotros los que hemos elevado la temperatura de la atmósfera a unos niveles intolerables. La temperatura media actual no la hemos tenido desde hace 130.000 años.

Una consecuencia inmediata de todo esto es que la gente afectada tiene que buscarse la vida como pueda para poder sobrevivir…
Principalmente, lo que ahora está pasando es que la gente deja las zonas rurales para irse a los suburbios de las ciudades. Por eso crecen tanto las ciudades tropicales. También con los conflictos, que, a su vez, no son ajenos al cambio climático. También hay personas que se van a otros países. Los somalíes se desplazan hacia Uganda, Kenia, Etiopía... Emigran a países cercanos. 

Cuando la gente huye para salvar la vida no se va muy lejos. El 84% de los refugiados por conflictos bélicos viven en países vecinos. Sólo un 16% se van más lejos. Otra cosa es cuando se emigra para cambiar de vida, para buscarse un trabajo mejor... Esto es lo que pasa también con los refugiados climáticos.
En cualquier caso, las crisis, como las consecuencias de la pobreza, suelen ser acumulativas…
Hay muchos conflictos que están muy relacionados con el cambio climático. El más paradigmático es el de Siria, con seis millones y medio de exiliados aproximadamente y el mismo número de desplazados internos. Más de la mitad de la población de Siria. En el 2006, empezó en Siria una gran sequía. Mucha gente acabó marchándose a las ciudades, y esto, ligado con la subida del precio de los alimentos, etc., generó mucha conflictividad. La revuelta inicial siria no se explica sin esta crisis. En Darfur, los pastores de norte se quedaron sin tierras de pastos y se iban hacia el sur, donde se enfrentaban con los agricultores.

¿Así pues, la "invasión" que se proclama desde Occidente, refiriéndose a los emigrantes, parece que está bastante alejada de la realidad?
La "invasión" es una falacia. Las migraciones laborales funcionan de acuerdo con la capacidad de atracción de los países. Si no hay trabajo en un país, la gente no va. En España hubo más emigración entre el 1998 y el 2008. Y después ha ido bajando. Además, todos los estudios serios sobre emigración coinciden en que las migraciones son beneficiosas para los países receptores. 

Lo que pasa es que las mentiras de la extrema derecha funcionan, porque se trata de mensajes muy simples: nos toman nuestros puestos de trabajo, utilizan nuestra sanidad, aumenta la delincuencia. Mensajes fáciles que la gente, cuando está angustiada, acaba compartiendo.
Llama la atención la aparente contradicción entre las ventajas económicas que comporta la emigración y el discurso político que la penaliza...
Si, aunque si a esto damos la vuelta resulta que no es tan contradictorio, porque todo este mensaje contra la emigración también sirve para amedrentar y, en definitiva, para conseguir mano de obra más barata. Y dónde más se necesita esta mano de obra, como la agricultura, es donde más se usa la amenaza. En lugares como el oeste almeriense, que ha prosperado basándose en el trabajo semiesclavo, es donde se produjeron las primeras revueltas contra los inmigrantes.

¿Cómo se explica la xenofobia en un mundo tan globalizado como el actual?
Porque los problemas que sufre la gente también son muy graves, y la necesidad de buscar explicaciones fáciles nos llevan a buscar cabezas de turco. Y esto tiende a agravarse porque las desigualdades crecen, la gente se empobrece... Globalmente, las migraciones han crecido, pero de un 2,8% a un 3,2% de la población mundial. Es decir, dentro de unos márgenes perfectamente asumibles. Si no fuera porque hay partidos que están sacando rédito de la xenofobia, ni nos enteraríamos.

En la mayoría de los países europeos y en los EE.UU. de Trump, la extrema derecha presenta la emigración como el enemigo principal…
La extrema derecha actual, que nace a principios de los 80, cuando Jean Le Pen saca un 14% de los votos, enlaza con la crisis del petróleo y el empobrecimiento de la población obrera, el triunfo de Reagan, la aparición del neoliberalismo... España parecía una excepción a todo esto, porque, como en el Reino Unido de la época de Margaret Thatcher, la extrema derecha estaba oculta entre los conservadores. 

Así, cuando estos pierden el poder, como le ha pasado ahora al PP, surge una extrema derecha con más posibilidades electorales. Pero no se tiene que olvidar nunca que la extrema derecha se beneficia del empobrecimiento de la población, que necesita buscar chivos expiatorios.
Ante este panorama, no faltan movimientos de repliegue a la izquierda, como el que propone Diego Fusaro en Italia...
No creo que esto tenga salida, pero es verdad que la democracia está defraudando, porque está siendo utilizada por los más ricos para enriquecerse más. Vemos que el simple hecho que Podemos entre al gobierno está despertando alarmas muy poco fundadas. Esta tentación de ir hacia regímenes más autoritarios pero que se enfrenten a los poderes fácticos puede estar bastante justificada. 

También está surgiendo lo que se ha denominado ecofascismo, un ecologismo que dice que los mercados no renunciarán a los combustibles fósiles, y que hay que obligarlos a hacerlo, como sea. En situaciones críticas, como la que estamos viviendo, la tentación de ir hacia poderes autoritarios es muy fuerte. Pero no veo que tenga futuro. Los autoritarios que han tomado el poder, en contra aparentemente de las élites, son parte significativa de ellas, y los más serviles.
O sea, ¿más democracia?
Sí. Y menos desorientación política, porque el cuerpo electoral actúa frecuentemente en modo zombi. Los gobiernos de Lula y Rousseff en Brasil bajaron el índice de pobreza de 34 a 13 millones de pobres, en un periodo relativamente rápido. Hicieron una revolución. Es obvio. Pero muchos que dejaron de ser pobres han votado Bolsorano. Una cosa parecida está pasando en Bolivia." 

(Entrevista a Miguel Pajares, presidente de la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado, El Triangle, 09/12/19)

31/10/18

¿Nativistas, racistas y otras personas desagradables? Entender quiénes son los populistas y lo que realmente quieren...

"El auge del populismo nacional sigue siendo un tema central en la política europea, pero ¿los políticos y los comentaristas dominantes aún no logran comprender quiénes son los populistas y qué quieren? Basándose en un nuevo libro, en coautoría con Matthew Goodwin, argumenta que ver los movimientos populistas como expresiones de nativismo o racismo es altamente problemático. 

Debe haber una mayor comprensión de las opiniones de los partidarios populistas, junto con un debate abierto y franco sobre cómo la inmigración puede influir en las sociedades europeas en las próximas décadas.  

En su discurso final sobre el Estado de la Unión en septiembre de 2018, Jean-Claude Juncker advirtió sobre un creciente "nacionalismo insalubre", "plagado de veneno y engaño". En su mira había partidos como el Rally Nacional de Francia (antes Frente Nacional), la Liga Italiana, la Alternativa para Alemania, los 'Partidos de la Libertad' en Austria y los Países Bajos, los Demócratas de Suecia, el Partido Popular Danés, Fidesz en Hungría y la Ley. y Justicia en Polonia. Todos estos partidos comparten una característica común: están ampliamente condenados como "nativistas" y / o "racistas" excluyentes, incluso como "fascistas" en los últimos tiempos. 

 En nuestro nuevo libro El populismo nacional: la revuelta contra la democracia liberal, Matthew Goodwin y yo argumentamos que tanto el nativismo como el racismo pueden ser términos problemáticos en el contexto de la política contemporánea europea y estadounidense, mientras que la etiqueta fascista es inapropiada para esta familia de partidos (aunque No los extremistas como el griego Golden Dawn). 

"Nativista" se acuñó en el siglo XIX en Estados Unidos para referirse a aquellos que buscaban restringir la inmigración nueva a los protestantes justos, pero hoy en día el término se usa normalmente para referirse a cualquier persona que plantee preguntas sobre la necesidad de una nueva inmigración extensa o que busque defender la cultura y las tradiciones nacionales.

 El término "racista" entró en uso común en el siglo XX, refiriéndose inicialmente a la creencia de que el mundo estaba dividido en razas jerárquicamente ordenadas (una visión reforzada por la ciencia racial), y a la creencia en las conspiraciones judías peligrosas.

 Hoy en día, el enfoque académico se centra más en un "racismo nuevo" generalizado, que se basa en diferencias culturales supuestamente irreconciliables, junto con el racismo "institucional" e "implícito" que no requieren ningún sesgo o prejuicio consciente.

Si bien los populistas nacionales están vinculados por sus ideologías nacionalistas y populistas con delgados lazos, si observamos ejemplos específicos de sus discursos y políticas, encontramos diferencias notables. En Europa Central y del Este todavía es posible encontrar claros rastros de antisemitismo y sentimiento anti-gitano, junto con una defensa nativista de la cultura en partidos como el Fidesz de Hungría y la Ley y Justicia de Polonia, que gobierna en un país donde está muy por encima. 

El 90 por ciento de las personas reclama la nacionalidad polaca. Esta última es una de las principales razones por las que ambos se han resistido a los esfuerzos de la UE por distribuir refugiados desde la llegada a Europa del Sur en gran número desde Medio Oriente y más allá después de 2014.

 En contraste, aunque ocasionalmente podemos encontrar comentarios racistas de estilo antiguo de prominentes populistas nacionales de Europa occidental, la oposición a la nueva inmigración ahora se enfoca mucho más en la necesidad de enseñar a los recién llegados con escasez de habilidades.

 Una preocupación creciente también ha sido la percepción de los peligros de la inmigración musulmana, que ha llevado a acusaciones generalizadas de islamofobia y la afirmación de que los populistas nacionales no distinguen entre musulmanes e islamistas. 

Ciertamente, su lenguaje puede ser alarmista, pero también plantean preguntas legítimas sobre las actitudes del Islam hacia temas como los derechos de los homosexuales, la igualdad femenina y la separación de la iglesia y el estado, temas que se relacionan con las interpretaciones de la cultura y no con tipologías raciales pseudocientíficas. 

Por lo tanto, Geert Wilders en los Países Bajos ataca al Islam "atávico" y "totalitario" en nombre de la igualdad y la libertad holandesas, pero las minorías étnicas como los indonesios no han sido objeto de ataques colectivos por parte de su Partido por la Libertad. El partido tampoco es antisemita y apoya firmemente a Israel, con aproximadamente el 10 por ciento de los judíos votando por él en las elecciones generales de 2017.

 Volviendo a las opiniones de los votantes populistas nacionales en general, aunque una minoría lleva la insignia racista con orgullo, encontramos que grandes números rechazan el supremacismo blanco y el nacionalismo étnico estrecho que los críticos a menudo asocian con ellos. 

En Europa occidental y los EE. UU., Pocos buscan restringir la inmigración a quienes se adapten de inmediato a la cultura dominante, aunque los temores sobre el Islam son generalizados y muchos buscan restringir los derechos de bienestar de los nuevos inmigrantes económicos (una política que ha ayudado a los populistas nacionales a apelar a ex votantes socialdemócratas en países como Dinamarca y Suecia, donde dichos presupuestos han estado bajo presión).

 Además, muchas de las cuestiones planteadas por los populistas nacionales abordan cuestiones más amplias, como la importancia de un sentido de pertenencia y comunidad ante las tasas de cambio étnico a menudo sin precedentes. 

Algunos países europeos tienen un porcentaje cercano, incluso mayor, de la población nacida en el extranjero que los EE. UU., Que varía entre el 11% y el 17% en Austria, Suecia, Gran Bretaña, Alemania, Francia y los Países Bajos, mientras que en Francia el número de musulmanes es mayor. se proyecta que aumentará de 9 a 17 por ciento para 2050. 

Las encuestas muestran que en Europa y en los EE. UU., las mayorías abrumadoras afirman que se sienten fuertemente vinculados a su nación (un promedio del 82 por ciento). Por lo tanto, no es sorprendente que muchos estén preocupados por las implicaciones de la creciente diversidad biológica, y vinculen cuestiones tales como mantener la confianza que es tan fundamental para la vida política y social estable.

 Pero los políticos y los comentaristas tradicionales suelen mostrar poca empatía por tales sentimientos. Para tomar dos ejemplos notables: en 2006, David Cameron se burló de los partidarios del creciente Partido de la Independencia del Reino Unido como "aplatanados, locos y racistas de armario", mientras que durante la campaña presidencial de 2016, Hillary Clinton rechazó a la mitad de los partidarios de Donald Trump como "una cesta de deplorables" , personas cuyos puntos de vista fueron 'racistas, sexistas, homopohóbicos, islamófobos - lo que sea'. 

Estos comentarios revelan mucho sobre el elitismo de los políticos contemporáneos, lo que ayuda a impulsar el lado populista del populismo nacional. De hecho, existe evidencia de que las acusaciones de "racismo" alienan a los muchos populistas nacionales que se ven a sí mismos motivados por preocupaciones legítimas, más que por prejuicios y odio.

 Pero los políticos y los comentaristas tradicionales suelen mostrar poca empatía por tales sentimientos. Para tomar dos ejemplos notables: en 2006, David Cameron se burló de los partidarios del creciente Partido de la Independencia del Reino Unido como "tortas de fruta, locos y racistas de armario", mientras que durante la campaña presidencial de 2016, Hillary Clinton rechazó a la mitad de los partidarios de Donald Trump como "una canasta de deplorables" , personas cuyos puntos de vista fueron 'racistas, sexistas, homopohóbicos, islamófobos - lo que sea'.

 Estos comentarios revelan mucho sobre el elitismo de los políticos contemporáneos, lo que ayuda a impulsar el lado populista del populismo nacional. De hecho, existe evidencia de que las acusaciones de "racismo" alienan a los muchos populistas nacionales que se ven a sí mismos motivados por preocupaciones legítimas, más que por prejuicios y odio.

 Si bien la revuelta populista nacional está impulsada por mucho más que las preocupaciones por el origen étnico y la inmigración, nuestro principal argumento en este contexto es que debe haber una mayor comprensión de las opiniones de la mayoría de sus partidarios. 

En particular, debe haber un debate abierto y franco sobre el tamaño y el tipo de inmigración que sea aceptable, y cómo afectará esto a la nación y las diferentes comunidades, incluidas las minorías étnicas, en las próximas décadas."                    (Roger Eatwell – University of Bath, LSE EUROPP)

23/1/17

“Cuando veo a un chico andando por la carretera, me siento obligado a detenerme, no tengo otra elección”

 Cédric Herrou, en su casa de de Breil-sur-Roya

"Mi inacción y mi silencio me harían cómplice”. Con estas palabras,  Cédric Herrou, 37 años, trató de justificarse el pasado 4 de enero en Niza durante la sesión de apertura de uno de los juicios más mediáticos en Francia en estas primeras semanas de 2017. 

Este modesto productor de aceite de oliva y huevos de gallina está acusado de haber permitido la llegada a territorio francés de 200 inmigrantes sin permiso de entrada. También le imputan haber abierto un campamento de acogida de refugiados en un edificio abandonado de la SNCF (la compañía ferroviaria estatal francesa). 

Unas acciones que, según la legislación actual, pueden suponerle hasta cinco años de prisión y 30.000 euros de multa. La petición del fiscal se limita, sin embargo, a ocho meses de prisión condicional. Unas acciones que lo han convertido asimismo en una figura emblemática de la Francia más solidaria con los refugiados.
“Cuando veo a un chico andando por la carretera, me siento obligado a detenerme, no tengo otra elección”, explica Herrou para justificar su comportamiento. 

“No soy ningún militante, lo único que busco son soluciones a los problemas que me encuentro delante de casa”, añade este joven campesino que siempre lleva puestas sus gafas de culo de vaso y una boina negra. Afincado en una casita blanca en medio de una colina en las afueras de la localidad de Breil-sur-Roya, a siete kilómetros de la frontera entre Francia e Italia, Herrou ha sido testigo durante este último año de la conversión del valle del río Roya en una zona de paso casi obligada para los refugiados.

 Desde junio de 2015, la policía francesa controla las zonas fronterizas en la carretera y los trenes, donde los inmigrantes sin papeles son detenidos sistemáticamente y reenviados a territorio italiano. Unos controles que se acentuaron después del ataque terrorista del 14 de julio en Niza.

 Más de 36.000 inmigrantes fueron detenidos en la frontera francoitaliana durante el año pasado, según la prefectura de los Alpes-Marítimos. Por este motivo, los centenares de extranjeros que se encuentran bloqueados en la ciudad italiana de Ventimiglia suelen andar de noche siguiendo la vía del tren en medio de las montañas escarpadas de los Alpes. Y una de las primeras casas que divisan en territorio francés es la de Cédric Herrou.

 “Desde el pasado mes de mayo, se han alojado varios centenares de inmigrantes en mi casa. Hemos llegado a ser un máximo de sesenta”, asegura Herrou. Aunque decidió irse a vivir al campo en 2004 porque quería “estar solo y tener una vida tranquila”, su hogar se ha convertido en un lugar de referencia para los refugiados que llegan al Valle del Roya.

 “Primero llegaba un grupo de inmigrantes y unos meses después venían sus hermanos y hermanas”, afirma este campesino que ha instalado tres caravanas y cuatro tiendas de campaña en su jardín, al lado de un campo de olivos. Asimismo, numerosos voluntarios vienen de otras regiones de Francia para alojarse en su casa y ayudarlo en su actividad humanitaria.

Además de darles cobijo, Herrou ofrece comida y da medicinas a los refugiados. “Al principio los campesinos de la zona me ayudaron aportándome comida y a partir del mes de agosto nos organizamos mediante la asociación Roya Citoyenne”, explica. 

Apoyada por unos 300 vecinos de la zona, y compuesta por 100 miembros activos, este grupo se ocupa ahora de obtener la comida, la ropa y los medicamentos. Buena parte de los miembros de este colectivo ha alojado a inmigrantes en sus casas y muchos de ellos les han ayudado a cruzar la frontera.

“Habré transportado a varios centenares de refugiados desde Ventimiglia hasta el territorio francés”, afirma Herrou. Incluso adquirió una furgoneta de nueve plazas que le permitía llevar a un mayor número de personas.

 Aunque el hecho de ayudar a un solicitante de asilo a cruzar la frontera es considerado un delito por la legislación francesa, él no se arrepiente de ello: “El gobierno francés no es consciente de las consecuencias de haber cerrado las fronteras. Muchos de los refugiados llegan cansados y heridos al Valle del Roya”. En 2016, cinco personas murieron mientras intentaban alcanzar el territorio francés.

El 11 de agosto Herrou fue detenido por primera vez por la policía francesa, cuando llevaba de camino a su casa a un grupo de ocho eritreos, entre los que había tres mujeres y dos niños de cinco años, a los que había recogido en Ventimiglia. El fiscal de Niza prefirió no imputarle y lo declaró inocente por “inmunidad humanitaria”. Pero la reivindicación de sus acciones en un artículo del New York Times, publicado a finales de septiembre, fue vista como una provocación por las autoridades locales.

Entonces, el presidente de la región Provence-Alpes-Côte d’Azur, el ultraconservador y sarkozista confeso Christian Estrosi, se puso en contacto con el Ministerio de Justicia para pedir explicaciones sobre su no imputación. A partir de finales de septiembre la policía empezó a investigar su actividad. “Creían que yo era el jefe de una amplia red organizada de militantes franceses e italianos que se encargaba de transportar a inmigrantes”, asegura Herrou.

Esta investigación culminó el 20 de octubre cuando la policía fronteriza viajó expresamente desde Niza para detenerle. El pretexto que utilizaron fue la ocupación de una antigua residencia de vacaciones de la SNCF en Saint-Dalmas-de-Tende, donde el 17 de octubre habían instalado a una cincuentena de refugiados —la mitad de ellos eran menores.

 “Decidimos crear este centro de acogida para alertar a los poderes públicos de la situación de los menores que son reenviados a la frontera italiana y de todos los refugiados que se encuentran en el Valle del Roya y que no pueden pedir asilo en Francia”, reconoce Herrou. (...)

“Cédric Herrou se ha convertido en un grano de arena en el interior de la máquina política, ya que se ha declarado públicamente en contra de la negación de los derechos de los refugiados”, añade Dumont. Gracias a su tarea humanitaria, Herrou fue elegido como ciudadano del año en la Costa Azul por los lectores del diario regional Nice-Matin. 

 Una elección significativa teniendo en cuenta el carácter profundamente conservador de esta región, donde el Frente Nacional obtuvo el 38% de los votos en la segunda vuelta de las elecciones regionales de 2015.

Tras la designación de Herrou como ciudadano del año, el presidente del departamento de los Alpes-Marítimos, Éric Ciotti, publicó un artículo en Nice-Matin en el que criticaba rotundamente esta decisión. 

“Herrou no tiene otro objetivo que el de provocar y desafiar a la autoridad del Estado”, afirmó este político de centro-derecha, que se opone de forma obstinada a la inmigración. Éste calificó asimismo de “delincuentes” y de representar una amenaza para los menores al “puñado de activistas que organiza el pasaje clandestino de extranjeros en la frontera francoitaliana”.

Junto con Herrou, otras once personas se han visto involucradas durante estos últimos meses en procesos judiciales por haber transportado a inmigrantes. Por ejemplo, el profesor universitario Pierre-Alain Mannoni, al que detuvieron mientras transportaba a tres mujeres eritreas y que fue declarado inocente el pasado 6 de enero. 

A pesar de esta sentencia, el fiscal mantiene su petición de ocho meses de prisión condicional para Herrou. “Las autoridades quieren dar un mensaje de atención a todos aquellos ciudadanos que pretendan actuar de forma solidaria con los refugiados”, explica la abogada Mireille Damiano, miembro del sindicato de abogados de Francia. La sentencia del juicio será pronunciada el próximo 10 de febrero. "                      (Enric Bonet, CTXT, 18/01/17)

31/10/16

Hay una derecha camaleónica que aparece como defensora del trabajador blanco y de la naturaleza para ocultar su racismo... los ecorracistas

"(...)  Dices que Las Vegas y Phoenix, quizá, son las ciudades más insostenibles del planeta.
 
Hay modelos con densidad de urbanización muy baja en Inglaterra... Pero Las Vegas, Phoenix y algunas ciudades de California están en medio del desierto y tienen un modelo de vida parecido al del norte de Europa. Ese tipo de casas se relaciona con el sueño de prosperidad de la clase media en Estados Unidos. 

Allí vemos enormes urbanizaciones que se extienden por el desierto con grandes casas unifamiliares y con vegetación parecida a la de Massachusetts o Michigan. Ello ha sido posible gracias a los grandes proyectos hidrológicos de mediados del siglo XX, cuando se crearon pantanos y presas con el río Colorado.

 Debido al cambio climático y al sobre consumo de agua de ese río, ha ido bajando el cabal de manera drástica y han aparecido islas de rocas en los pantanos. Además son ciudades que se basan en el uso del automóvil. Y eso acontece en el contexto de una larga sequía que desde hace más de diez años va afectando a diferentes partes del sureste de Estados Unidos.

 Los capítulos del desierto son un poco apocalípticos. Hay dos grandes retos para el país y no hay indicios de que el establishment político vaya a afrontarlos. Son la desigualdad y el cambio climático. 

Y en este entorno hablas de los ecorracistas…
 
Esto es una advertencia sobre gente con cierto nivel económico que ha optado por una vida a las afueras de las ciudades, más próxima a la naturaleza… y así camufla su xenofobia y protege su estilo de vida y su propiedad de los inmigrantes –en Estados Unidos, hispanos– y de las clases bajas. 

Y eso ha sido rentabilizado por la derecha. Hay grupos que elaboran informes que parecen del Partido Verde y llaman a frenar la explosión demográfica; de la que culpan a los mexicanos. También se les acusa de no respetar la naturaleza. 

Y hasta se ha llegado a culpar a los indocumentados de ensuciar el desierto cuando intentan llegar a Estados Unidos; y a los grupos solidarios de contaminar y atentar contra la naturaleza por las botellas de agua con las que los avituallan. 

 Esto tiene que ver con el neomalthusianismo: si permitimos la llegada de pobres habrá explosión demográfica y eso afecta al medio ambiente. Y no es así. Justo los pobres suelen vivir de forma más sostenible, en barrios más densamente urbanizados y tienen un hábito de conservación de agua mucho mayor que la clase media y alta. 

Es un discurso falso y perverso que varios grupos de derecha xenófoba han sabido utilizar para ganar apoyos. Es como cuando se acusa a los indocumentados, mano de obra barata, de bajar los salarios de los trabajadores en vez de culpar al empresario que no legaliza a sus trabajadores. Hay una derecha camaleónica que aparece como defensora del trabajador blanco y de la naturaleza para ocultar su racismo.(...)"                 (Entrevista a Andy Robinson, Iñaki Pardo Torregrosa , La Vanguardia, en Rebelión, 24/10/16)

15/7/16

Hay sesenta millones de refugiados en el mundo, la suma más alta de parias desde 1945. La cifra se ha triplicado en el último año

Refugiados polacos en un campo en Irán en 1943. (Biblioteca del Congreso de Estados Unido) 

"Hannah Arendt iba a comer con su madre cuando un policía de Berlín la arrestó y se la llevó a la prisión de Alexanderplatz. Corría el año 1933. Hitler llevaba varios meses en el poder; los agentes de Hermann Göring acorralaban a activistas sospechosos. 

La joven investigadora de la Organización Sionista Alemana pasó ocho días en la cárcel, mientras los gendarmes registraban su apartamento, examinaban sus anotaciones filosóficas y estudiaban sus misteriosos códigos – una selección de citas de griegos clásicos. Cuando la soltaron, hizo las maletas.

Desde el incendio del Reichstag en febrero, la vida se había convertido en un infierno para los socialistas, los comunistas y los judíos. Como tantos antes que ella, y como otros muchos después, Arendt huyó a París. Pasaría los siguientes dieciocho años como refugiada, apátrida, paria. 
 
Hay sesenta millones de refugiados en el mundo, la suma más alta de parias desde 1945. La cifra se ha triplicado en el último año. La mitad de los ‘no deseados’ del mundo tienen menos de 18 años. La mayoría crecerá en un campamento. Muchos morirán escapando sus países de origen; más de 3.000 refugiados murieron ahogados en el Mediterráneo en 2015.

 Los más afortunados crearán nuevos hogares. Pero no es difícil calibrar hasta qué punto se sentirán bienvenidos a juzgar por el nivel de decibelios de los nativistas como Donald Trump, un coro de gobernadores y candidatos republicanos en los Estados Unidos, Marine Le Pen en Francia y el pujante Partido Popular Danés. Mientras estas voces negativas tengan un megáfono, ¿podrán sentirse en casa los refugiados?
Es preciso tomarse en serio esta enfermedad humana. La actual se está convirtiendo a toda velocidad en la crisis humanitaria más grave de nuestro tiempo. Los xenófobos empeoran la situación al negar la existencia de la tradición de otorgar asilo a los apátridas. Este ciclo no es nuevo, y la historia nunca lo juzga positivamente.

 La gente rememora las políticas de cierre de fronteras con vergüenza (esta es, desde luego, la manera en la que los estadounidenses, los canadienses y muchos otros ven el tratamiento que se les dio a los judíos en busca de asilo en los años 30 y 40). ¿Estamos condenados a repetir esos episodios?

 Si no logramos articular una respuesta coherente a los xenófobos en nuestras sociedades, la respuesta será ‘sí’, y las nefastas consecuencias para las relaciones con y dentro del mundo islámico y otras zonas de emergencia persistirán en el tiempo

. ¿Puede Hannah Arendt, la encarnación de la filosofía pública, ayudarnos a formular una respuesta ilustrada? ¿Puede esta antigua refugiada ayudarnos a reafirmar nuestras obligaciones para con quienes no tienen otro lugar en el que hallar refugio?
La respuesta está enraizada en sus años como paria y sus observaciones sobre la deshumanización. La experiencia propia de apátrida ayudó a Arendt a forjar los elementos del libro que la haría famosa en Estados Unidos y en todo el mundo.  Arendt terminó de escribir Los Orígenes del Totalitarismo en 1950. En él, apuntó que “un hombre que no es nada más que hombre ha perdido las cualidades mismas que hacen posible que otra gente le trate como hombre”.

Sin comunidad política, el hombre es un paria. Meses más tarde, Arendt cerró un largo y agónico capítulo de su vida al convertirse en ciudadana naturalizada de los Estados Unidos, abandonando así su condición de paria.
Y, sin embargo, su carácter de apátrida queda a menudo en el olvido. Recordamos su años en Alemania y su romance con Martin Heidegger, que dieron lugar a gran parte de su preocupación con respecto a los límites del idealismo. Y recordamos sus años en Estados Unidos. Cuando leí por primera vez Los orígenes del totalitarismo como estudiante, era ya un clásico de la Guerra Fría.

Hubo muchas noches bañadas en cerveza debatiendo la diferencia entre los regímenes autoritarios y los totalitarios, disputando las distinciones ideológicas sobre la política exterior del presidente Ronald Reagan. Nos obsesionaba qué clase de estado imperaba. Pero, ¿qué hay de la cuestión de qué significa no tener estado? Eso no nos preocupaba tanto.
Hoy en día, en nuestra era del terror y los fugitivos, hay otra manera de leer Los Orígenes. Hay otra Arendt a la que recordar, no tanto la americana, elevada a la fama por la política de la Guerra Fría o sus palabras agudas sobre el juicio a Eichmann y la banalidad del mal, pero hemos olvidado los motivos de la aflicción de la Arendt apátrida que posaba para la imagen que se hizo icónica.

Los orígenes del totalitarismo es un libro que bebe de un inmenso caudal de experiencias personales. A su llegada a París, Arendt se movió entre los pequeños hoteles de la Calle Saint Jacques, en el barrio estudiante de la margen izquierda del Sena. Estaba casada con el también filósofo Günter Stern, pero su matrimonio estaba en plena descomposición.

Se divorciaron oficialmente en 1937, y Stern se marchó a los Estados Unidos. Poco después, conocería a Heinrich Blücher. Aunque no era judío, sino un comunista autodidacta, Blücher era un paria a su manera. Ambos se mudaron a un apartamento en la Rue de la Convention en el distrito 15, que estaba entonces plagado de expatriados alemanes.

El dinero para pagar el alquiler venía de pedazos empeñados del oro de su madre, contrabandeado a Alemania en forma de botones cosidos a su ropa y después vendido a una adinerada mecenas judía. Un vecino, el estudiante de economía Otto Albert Hirschmann (hoy conocido como Albert O. Hirschmann) tenía que combatir una plaga de cucarachas para que él y su hermana Ursula (objeto de las seducciones de Blücher antes de que este conociese a Arendt) lograsen dormir.

 ¿La solución? Meter las patas de la cama en jarras de queroseno para que los enjambres de insectos no consiguieran escalar hasta la cama.
El exilio supone el desahucio de la comunidad política de uno. Pero también trae consigo nuevos encuentros. No ser querido nunca se limita al rechazo de los que te expulsan. También enreda a los refugiados con las ambigüedades de sus anfitriones. En el caso de la legiones de judíos de la Europa Central que huían a París o Londres, el exilio suponía lidiar con los judíos del establishment que a menudo dirigían las organizaciones caritativas que se encargaban de los fugitivos.

Arendt comprendió su situación de paria a través de los encuentros con otra condición judía: esos arribistas judíos del establishment. Los llamaba ‘parvenus’, y pesaban mucho en su pensamiento acerca de la condición judía y la de los apátridas. Incapaz de asimilarse del todo, los parvenus estaban decididos a hacer todo lo posible para demostrar que en realidad sí estaban integrados.

 El primer libro de Arendt versaba sobre la vida de Rahel Varnhagen, una mujer ilustrada, de la alta sociedad, cuyo salón era un famoso enclave de tertulias entre los berlineses cultos hasta que el nacionalismo prusiano de la Guerra Napoleónica dio al traste con la judería. Incluso su prometido la abandonó antes de su boda en un afán por dejar clara su lealtad teutónica a la nación cristiana. Escrito coincidiendo con la llegada al poder de Hitler pero no publicado hasta 1958, Rahel Varnhagen tenía un valor especial para Arendt.

En enero de 1933, mientras hacía los últimos retoques al libro, escribió a su mentor, Karl Jaspers, que era alemana por cultura, idioma y filosofía, pero no en su carácter: “Sé de sobra lo tardía y parcial que ha sido la participación de los judíos en el destino alemán, hasta qué punto entraron por casualidad en lo que era entonces un país extranjero”.

 Por mucho que los parvenu se desviviesen por evitar a los parias, ambos estaban unidos por la cintura. En la edad burguesa, cada generación de judíos tenía que decidir qué camino tomar: adaptarse y esconder sus orígenes, u observar el mundo desde los márgenes. Ambas, señalaba Arendt, “eran formas de soledad extrema”.
Su mudanza a París le permitió observar de cerca a los parvenus. El trabajo previo de Arendt para la Organización Sionista Alemana (y algunos de sus contactos) le llevaron a conocer a la Baronesa Germaine de Rothschild. Era difícil imaginar un emblema mejor para el grupo. La Baronesa era la matrona del aristocrático Consistoire de Paris, que gestionaba escuelas, sinagogas, tribunales religiosos, tiendas kosher y un seminario.

El trabajo de Arendt consistía en controlar todas las donaciones de la matrona a las organizaciones benéficas judías, lo que ocasionaba una mezcla de admiración por el trabajo privado con los desfavorecidos e impaciencia por su señorial aversión a tomar partido en asuntos de la vida pública por principio.
Mientras Arendt navegaba entre el mundo de los parias y sus cucarachas y el de los parvenus y sus elegantes veladas, los xenófobos alborotaban las calles. La Grisalle de París ofrecía en primicia un escándalo que a punto estuvo de llevarse consigo la Tercera República. Alexandre Stavisky, un judío ruso que había progresado en el escalafón social, desde operario de una fábrica de jabones a financiero, había hecho fortuna vendiendo lustrosos bonos contra el valor de las esmeraldas de la “Emperatriz de Alemania”.

Las joyas resultaron ser de plata, y todo el montaje se desmoronó, generando un enorme escándalo público. Para entonces, la influencia de Stavisky en la prensa y los despachos del poder era notoria, lo cual sirvió para que prosperasen acusaciones de la recurrente conspiración judía. Después de su misteriosa muerte en 1934 – que las autoridades declararon un suicidio pero muchos consideraron un asesinato—varios ministros del gobierno francés, entre ellos el Primer Ministro, Camille Chautemps, tuvieron que dimitir.
Cuando el nuevo gobierno intentó purgar a la policía de sus notorios comandantes antigubernamentales, la derecha francesa desató su furia. En febrero de 1934, la Place de la Concorde se convirtió en un campo de batalla entre los nacionalistas y la policía.

 El enfrentamiento dejó 15 manifestantes muertos. Aterrorizada, Arendt llenó sus cuadernos de recortes de periódicos sobre el escándalo y el resurgir del antisemitismo en Francia. Su decepción con los parvenus aumentó sobremanera. Para ellos, mantener la cabeza gacha era la mejor manera de salvar el cuello.

La perspectiva de Arendt sobre el Affaire Dreyfus anticipaba las futuras acusaciones de falta de compasión y amor para con su pueblo. Es un asunto escabroso de la arendtología, que divide a sus partidarios de sus detractores. Surge en las acusaciones de autodesprecio judío tras la publicación, en 1963, de Eichmann en Jerusalén.

El libro se convirtió en un icono de la práctica de culpar a las víctimas: se acusaba a los líderes judíos de hacer muy poco para defender a sus comunidades ante las embestidas furiosas. Sus críticos, empezando por Norman Podhoretz en la revista Commentary, le acusaron de hacer demasiado por culpar a los judíos de su ruina (él prefería la narrativa del bien contra el mal y la sacralización del Holocausto en la memoria judía como el trauma moderno que definía al pueblo).

 Por su apostasía, se condenaba de nuevo a Arendt al destierro como traidora judía. El mito del autodesprecio de Arendt continúa en nuestros días. La película de 2013 Hannah Arendt, de Margarethe von Trotta, está plagada de acusaciones de autodesprecio judío, que son el centro del drama, pese a que al hacerlo la película retrata a Arendt como símbolo universal vilipendiada por los gruñidos sionistas.

 La mitología, vaya en la dirección que vaya, obvia el mensaje sobre la condición específica de paria. Arendt nunca acusó a todos los judíos de haberse practicado a sí mismos el genocidio; se enfrentó a sus líderes silenciosos y cómplices por no haber hecho más para defender a quienes no podían hablar.
Los juicios tienen un enorme peso en esta saga. Dreyfus. Eichmann. Tengamos en cuenta cómo respondió Arendt a la kristallnacht, la noche del 9 de noviembre de 1938 en la que las bandas nazis arrasaron las tiendas y hogares judíos: Arendt estaba tan horrorizada como los demás por el ahínco con el que los nazis destruían.

 Pero también se mostró decepcionada con el hecho de que los líderes judíos franceses se distanciasen de Herschel Grynzspan, un judío polaco cuyo asesinato de un diplomático nazi en París en noviembre de 1938 se convirtió en el pretexto para que los matones arrasasen Alemania.

 Mientras repasaba los periódicos, tomando notas y haciendo recortes, Arendt trató el juicio de Grynzspan como un examen al compromiso de los líderes judíos con su propia gente. En lugar de encargarse de que el paria tuviera un juicio justo, estos sacrificaron a Grynzspan con su silencio.
Incluso en ese caso, la línea que divide al paria sin derechos de los parvenus con derechos que se negaban a utilizar no resulta tan clara. Capaz de ser despiadada, Arendt apreciaba el pathos de los parvenus: reclamaban un hogar del que nunca podían estar seguros. He ahí la importancia de la soledad de Rahel Varnhagen. En el exilio, Arendt llegó a ver lo que los parvenus siempre supieron: el hogar no se podía dar por sentado.

Esta precariedad motivaba la quietud. Si bien Eichmann en Jerusalén tenía cosas escabrosas que decir sobre el papel de los parvenus en la destrucción de los judíos, lo que encendía a Arendt era su sentido de que aquellos dotados de derechos tenían la obligación de utilizarlos en defensa de los que no los tenían. Si los parvenus eran culpables, no era tanto porque hubieran renunciado a sus derechos, sino porque no habían defendido a quienes carecían de derechos.
La silueta del libro de Arendt tomó forma en superposición a los cielos negros de 1938. Por mediación de su amigo Walter Benjamin, cuyo apartamento en rue Dombasle en el distrito 15 se convirtió en el segundo hogar de Arendt, y donde ella y Blücher pasaron largas noches debatiendo sobre diversos asuntos, Arendt empezó a componer sus ideas. Entretanto, la represión alemana y la anexión de Austria mandaban nuevas hornadas de parias a París.
Aunque no trabajaba como voluntaria ayudando a refugiados, Arendt tomaba notas frenéticamente, consciente de que se avecinaba un tiempo de ajuste de cuentas. Cuando Francia declaró la guerra en septiembre de 1939, hubo una larga pausa, conocida como la drôle de guerre, o guerra falsa. El gobierno francés empezó a apresar a alemanes sospechosos. Hombres como Blücher tuvieron que entrar en campos de trabajo.

Puesto en libertad después de unos meses, Blücher regresó a París; él y Arendt prepararon una boda apresurada el 16 de enero. Conseguir un certificado de matrimonio francés bien podría haberles salvado la vida a ambos: varios meses después, Hannah y Heinrich pasaron de ser parias unidos a prisioneros alejados el uno del otro, y sus papeles de matrimonio les servirían como billete de partida lejos de Europa.

Mientras las divisiones Panzer cruzaban las fronteras, el gobierno francés ordenó a todos los hombres nacidos en Alemania, Sarre, y Danzig entre las edades de 17 y 55 años, además de a las mujeres sin hijos, entregarse en campos de internamiento.

 Los hombres fueron al Estado de Buffalo, las mujeres al notorio Vélodrome d’Hiver, hoy conocido como la Place des Martyrs Juifs, al límite del distrito 15. (Dos años después, ese sería el estadio desde el que los judíos de París subirían, como ganado, a trenes camino de Auschwitz). Tras pasar una semana sobre gradas de cemento, Arendt y los demás se montaron en los autobuses.

 Los pasajeros lloraban mientras la caravana abandonaba París para llevarles a Gurs, un campamento para refugiados españoles y Brigadistas Internacionales. Desconectados del mundo, los internos hacían lo que podían para ahuyentar el aburrimiento y la ansiedad con rutinas y rituales.

 Cuando Francia cayó a manos de los nazis seis semanas más tarde, la aprensión se tornó pánico; corrió el rumor entre los presos de Gurs de que se les iba a entregar a la Gestapo. Algunos lograron utilizar sus certificados de naturalización y sus papeles de matrimonio como pasaportes para salir. Arendt cruzó las puertas del campamento para adentrarse en el caos de los primeros días de la Francia Vichy.
Los Orígenes del Totalitarismo tomó forma en los siguientes meses, llenos de peligro y descorazonadores. La Francia de Vichy era la viva imagen del tumulto. Millones de personas cruzaban del territorio ocupado por los nazis al norte.

Las carreteras estaban atestadas de bicicletas, carretas y coches. Arendt caminó e hizo autostop hasta la casa de una amiga en Montauban, una ciudad de provincias no muy lejos de Toulouse, desde donde pudo mandar noticias de dónde se encontraba a París.

 Un día, mientras caminaba por la calle principal de Montauban, se topó con Blücher, al que habían liberado de su campo cuando las tropas alemanas entraron en París. Ambos se abrazaron en medio de la algarabía de colchones, muebles y juguetes rotos de niños refugiados. Encontraron una casa vacía y se instalaron ahí, a la espera.
Al tiempo que la llegada del verano de 1940 trajo consigo los decretos antisemitas del Mariscal Philippe Pétain, Arendt se sentaba en el jardín o en un improvisado pupitre, leyendo y tomando notas. Fue en Montauban donde leyó las obras del escritor de origen judío Marcel Proust, que aparecería de manera prominente en Los Orígenes – el escritor que transformaba “ocurrencias mundanas en experiencias profundas” del mismo modo que Arendt estaba convirtiendo sus experiencias en meditaciones sobre el mundo.

 Él fue su testigo sobre las ambiciones desalmadas de la Francia burguesa, y su desintegración en una sucesión de bandas vacías de respeto propio o virtud, intolerantes con los de fuera, los judíos o los “invertidos”. Un judío “desjudizado”, Proust observaba un mundo al que solo podía pertenecer en parte, máxime por su condición de gay.

El jardín fue también el lugar desde el que Arendt digirió Sobre la Guerra, de Clausewitz, que no figura en Los Orígenes, pero que le dio pistas para entender el desmoronamiento del sistema de estados europeos. Citando a Clausewitz, Lenin había argumentado que el colapso del sistema de estados en la Primera Guerra Mundial había creado las condiciones para la revolución; para Arendt, otro desmoronamiento dio lugar a las condiciones para lo contrario una generación más tarde.
Como a Lenin, los serpenteos de Arendt le llevaron hasta el imperialismo. Cuando el antisemitismo incentivó los hábitos conquistadores de Europa –concepción que fecha en 1884, el año de la Conferencia de Berlín que troceó África en posesiones coloniales— el mundo obtuvo lo que ella llamaba “imperialismo racial”.

 Hizo pivotar a los europeos hacia el continente negro en busca de oro y diamantes. (Los críticos posteriores de Wall Street deberían considerar la posibilidad de adentrarse en el capítulo cinco de Los Orígenes, en el que hallarán vitriolo de primera para quienes perseguían la “riqueza superflua” creada por “los primeros parásitos de entre los parásitos”.

 La “primera clase que quiere beneficios sin cumplir ninguna función social real”). La ruina de África y la persecución de los judíos eran dos caras del descenso del nacionalismo europeo del patriotismo a la barbarie. El imperialismo racial despegaba justo cuando el sistema de estados-nación europeos quedaba fuera de control, dejando vía libre a todas las fuerzas que acechaban bajo la gentil superficie.

El dinero, las leyendas, el imperio, las concesiones a las masas y la promesa de una expansión imperial ilimitada “parecían ofrecer un remedio permanente para un mal permanente”, escribió Arendt. La alta sociedad y las masas podrían unir fuerzas y, Arendt se castigó con una conclusión apocalíptica, destruir la tierra:
“No importa lo que digan los científicos, la raza es, políticamente hablando, no el principio de la humanidad sino su fin, no el origen de los pueblos sino su decadencia, no nacimiento natural del hombre sino su muerte antinatural”.

Estar en Francia significaba campos y deportación a Alemania, o esconderse. No había refugio. Para el final del verano, un americano llamado Varian Fry se había aliado con Hirschmann, que entonces operaba con el nombre de Albert Hermant “née a Philadelphie” —Fry bromeaba con que su mano derecha tenía demasiadas identidades como para ser de confianza — para crear la operación del Comité de Rescate de Emergencia en el Hotel Splendide en Marsella.

Juntos, persuadieron a los sectores marginales del puerto, mafiosos, estafadores y prostitutas, para convertir visados americanos en vías de escape, con pases falsos de tránsito, permisos de salida, dinero y una ruta de fuga por los Pirineos. Young Aliyah, un grupo sionista, consiguió visados americanos para Arendt y Blücher. Ahora, la pareja necesitaba una forma de salir de Francia. Pedalearon hasta Marsella para encontrarla.
Fue en Marsella donde se encontraron con Walter Benjamin, quien también tenía un visado y planeaba trabajar en el Instituto de Investigación Social en Nueva York. La huída, de cualquier manera, estaba llena de riesgos. Al igual que muchos de los refugiados, Benjamin estaba destrozado. Arendt hizo todo lo posible para reforzar sus esperanzas; a cambio, en caso de que algo le sucediera, Benjamin le dio su manuscrito, “Tesis de la Filosofía de la Historia”.

Entonces se encaminó hacia el cruce de los Pirineos en Portbou, el 25 de septiembre. Después de una caminata montañosa llegó a la aduana española, pero los hombres del General Francisco Franco le devolvieron. Ese día, ya no se otorgaban visados de tránsito. Atascado entre una Francia que no le quería y una España que se negaba a dejarle pasar, solo, en la oscuridad, un perturbado Benjamin se suicidó con una sobredosis de pastillas de morfina.

 Meses después, cuando Arendt y Blücher ya habían escapado, con la ayuda del Comité de Rescate de Emergencia, y estaban navegando a Nueva York desde Lisboa, abrieron el paquete de Benjamin. Los parias se turnaban para leer “Tesis” el uno al otro en voz alta mientras una pequeña multitud se juntaba a escuchar las últimas palabras del filósofo.
Mientras en Montauban, Arendt había trazado un largo memorándum a Erich Cohn-Bendit. Se convirtió en el corazón del capítulo nueve de ‘Orígenes’. Arendt y Cohn-Bendit habían pasado tardes juntos en el apartamento de Benjamin en la rue Dombasle. La memoria concernía a los Tratados de las Minorías negociados por los arquitectos de la paz mundial en París en 1919. Fue una devastadora acusación de los hombres de Versalles.

En la nación por excelencia, los pacifistas reunieron a las minorías por excelencia y todos pero sellado su destino. Los Tratados de las Minorías fueron un compromiso. Cuando Woodrow Wilson vino a Europa blandiendo su idea de autodeterminación de todas las naciones como un ticket hacia la paz, se enfrentó a un problema: qué hacer con las minorías sociales de Europa, especialmente aquellas que había sido creadas por las naciones autodeterminadas labradas por los activistas.
El compromiso era registrar nuevos estados, uno por uno, separar tratados que protegerían a las minorías domésticas como condición de afiliación para nuevas naciones en la nueva Liga. Convenientemente, las grandes potencias victoriosas quedaron exentas de esta condición – para consternación de W.E.B Du Bois, quien anhelaba extender la protección de las minorías a los Estados Unidos, y había estado ejerciendo presión sobre las grandes potencias, incluyendo su propio presidente.

Consternado, Du Bois volvió de Europa en 1919 solo para hacer frente a un verano de carnicería con ciertos paralelismos con la sangrienta historia de la raza en América, y compuso su ominoso ensayo “Las almas de la gente blanca”.
A veces los compromisos funcionan. Este no lo hizo. Para Arendt, estaba destinado al fracaso porque los hombres de Versalles se habían negado a entender que hacer la paz juntando a la gente en nuevos estados y dando el poder a las mayorías hacía que los no-miembros de las nuevas naciones pasaran de miserables a indeseables.

A lo largo y ancho de la Europa del este y central, estaban destinados a ser los nuevos parias en un mundo que se suponía iba a ser pacífico con los Estados nación. Era, Arendt dijo “una brecha abierta de promesas y discriminación” Sin duda el frenesí por la construcción de naciones produjo también el refugiado político moderno.

 Todo esto era bastante predecible. “El peligro de este desarrollo”, escribió Arendt, “ha sido inherente a la estructura del Estado nación desde el principio”. En vez de reconocer que el Estado nación era el peligro, los pacificadores lo reforzaron.

Los Tratados de las Minorías sellaron el billete a la ruina judía. Los judíos después de todo, eran una minoría en todas partes pero queridos en ninguna. Pero lo que hizo de los judíos la minoría social por excelencia fue que su situación fue  señalada – por judíos y los no judíos por igual – como un “problema judío”.

 Una vez que el destino de los judíos les dejó solos, el trato estaba hecho. A diferencia de los alemanes, quienes tenían un estado musculoso para su defensa de ideales falsos (como Hitler “rescatando” a la raza germana en Sudetenland en 1938), los judíos no tenían tal cosa. El perfecto paria podría convertirse en el perfecto chivo expiatorio.
Después llegó la sorpresa. Los observadores quedaron conmocionados cuando Hitler quitó la nacionalidad a los judíos, se quedaron conmocionados cuando los judíos se convirtieron en refugiados, se quedaron conmocionados cuando no pudieron deshacerse de ellos y se quedaron conmocionados cuando esas despreciadas y no deseadas minorías se vieron arrastradas hacia la masacre.

 Estos observadores habían sido conscientes del peligro de los derechos derivados de la soberanía nacional y Arendt concluyó furiosa que no deberían haberse sorprendido tanto. La historia moderna de los judíos se volvió un capítulo de la historia mundial porque “la llegada de las apátridas trajo consigo el final de esta ilusión” de que la nacionalidad servía a los derechos humanos.

Tras instalarse en un apartamento de Manhattan en la esquina de West 95th Street en 1941, Arendt y Blücher debatieron, fumaron y prepararon su viaje a través de una propuesta para el editor de libros Houghton Mifflin. Arendt lo llamó “The Three Pillars of Shame” – en español, “Los tres pilares de la vergüenza”. “El objetivo del libro”, le contó después a su editor, Mary Underwood, “no es dar respuestas sino más bien preparar el escenario”.
¿Prepararlo para qué? Mientras trabajaba para la Conferencia en Relaciones Judías, escribía poemas y daba largos paseos con su marido a lo largo de Riverside Park hasta darse cuenta de eso. Llegaban noticias de los horrores todo el tiempo, incluyendo un informe sobre que los detenidos de Gurs habían sido enviados a Auschwitz.

 En un corto y olvidado ensayo escrito en enero de 1943, Arendt contaba que los judíos tenían que aceptar en lo que se habían convertido. Incapaces de consolarse a sí mismos como “recién llegados” o “inmigrantes” ellos eran ahora “refugiados”. Ellos agruparon una nueva categoría de personas en la tierra, una categoría sobre la que nadie quería hablar.

 “Aparentemente nadie quiere saber que la historia contemporánea ha creado un nuevo tipo de seres humanos”, escribió ella, “el tipo que son puestos en campos de concentraciones por sus enemigos y en campos de trabajo por sus amigos”. Los parias que habían sobrevivido centraron su dolor y su rabia y trabajaban en una visión singular sobre lo que había creado un mal tan radical:
 “El horror real de los campos de concentración y de exterminio se basa en el hecho de que los internos, incluso si esperan conservar su vida, son más eficazmente eliminados del mundo de los vivos que si ellos hubieran muerto, porque el terror impone el olvido”.
Algo había entrado en la política “algo radicalmente malo” que no era conocido previamente y que nunca debería haber sido admitido. La idea de que razas enteras podían ser gaseadas para acabar con ellas ya no era solo una posibilidad.
Al mismo tiempo que daba los toques finales a su libro, a Arendt le preocupaba que  el final de la guerra no terminara con la consideración de poblaciones enteras como parias. Para 1949, los campos estaban llenándose otra vez. No solo los gulags, pero en las fronteras de India y Pakistán y –más trágicamente para Arendt - alrededor de los límites del nuevo estado de Israel. En ese punto, ella salió de sus páginas para hablar al lector en su presente compartido:
"Ninguna paradoja de la política contemporánea está llena de una ironía más conmovedora que la discrepancia entre los esfuerzos de los bien intencionados idealistas que tercamente insisten en recordar como “inalienables” esos derechos, que son disfrutados por los ciudadanos de los países más civilizados y prósperos, y la situación de los sin derechos.. los campos de internamiento se han convertido en la solución habitual para el problema de domicilio de las “personas sin Estado”".
¿Era esta la “preparación”? ¿Cómo se convirtió el campo en una “solución rutinaria” después de una guerra que nos hizo tan conscientes de sus horribles realidades? El problema no sólo tiene que ver con los criminales, aunque hemos focalizado toda nuestra atención en los criminales de Núrenberg.

La culpa también recae en aquellos que quieren hacer el papel de ángeles que cantaron la canción de los derechos humanos, los cuales eran naturales, mientras olvidaban (en la frase más famosa de Los orígenes) “la existencia de un derecho a tener derechos”.

 Arendt fue famosa por el desprecio que mostró hacia las ideas ingenuas que las realidades vaciaron de sentido. Entre los lugares comunes que escogió como objetivos: todos nacemos iguales, destinados a la libertad y la persecución de la felicidad. No es cierto. Es sólo gracias a nuestras instituciones que nos hacemos iguales. Nuestras organizaciones nos permiten vivir en libertad.

 Los seres humanos, señaló, disfrutaron de derechos solo como miembros de comunidades políticas; desde el momento en que las abandonaban, o eran expulsados, sus derechos desaparecían, y solo les quedaba su frágil y perecedera humanidad.

  Haría falta una mujer sin Estado para recordar al público que esos derechos no eran naturales. Hizo falta una extraña para decirlo: esos derechos podían ser arrebatados. Peor aún: la gente puede encontrarse en un mundo donde nadie les quiera ya, y esos derechos no pueden recuperarse.

La verdadera dificultad para el paria no es sólo la de ser expulsado de su casa. Esta ha sido la desgracia de nuestro mundo durante mucho tiempo. Dios se lo hizo a Adán. Los gobernantes han actuado fuera de la ley desde tiempos inmemorables. Lo que diferenciaba a la era moderna es que nadie acogería al paria.
Aquí es donde los ángeles tenían un papel. Pues entre festejos de autodeterminación nacional y la afección a los Derechos del Hombre como credo paralelo a la historia -donde los derechos existían como evidentes e inalienables- aquellos con el poder de celebrar las buenas cosas habían olvidado la basura de la tierra.

 Los totalitarios tuvieron el descaro suficiente para decir lo que la mayoría de los parias sabían pero no podían decir: “no existe tal cosa como derechos humanos inalienables y las afirmaciones de las democracias que alegaban lo contrario eran mero prejuicio, hipocresía y cobardía frente a la cruel majestad del nuevo mundo”.
En tanto que las democracias se aferraban a sus valores, nunca pudieron realmente ver que tenía que haber “derechos a tener derechos” - lo que suponía reservar un lugar para los perseguidos. Una vez los tiranos vieron esto, había pocos límites a sus soluciones para los indeseables. Al ver que nadie quería a los judíos, Hitler podría encender el gas y resolver el problema de todos. Como Arendt escribía, “una condición de completa ilegitimidad se creó antes de que el derecho a vivir fuese desafiado”.
“Todavía soy una apátrida”, Hannah Arendt escribió a Jaspers meses después de que terminara la guerra, “no he conseguido ser respetada de ninguna manera” Los orígenes del totalitarismo es un libro acerca de déspotas y deshumanizadores.

Pero también es un libro sobre los no respetables y los no deseados, y también sobre el resto de nosotros - los espectadores impactados ante las cosas horribles que los gobiernos horribles hacen a la gente. La voz de Arendt es una fuente a la que podemos recurrir para intentar abordar la propagación de la apatridia en nuestros días.
Los campos y los parias siguen con nosotros. Y nunca han sido tantos. Son producto de nuestro mundo de naciones y estados interconectados. Tenemos el papel de crear el derecho a tener derechos. Incluyendo nuestra capacidad de ofrecer santuario a aquellos que no lo tienen. Eso, como diría Arendt, es un punto de partida para decir no a los nativistas que desde casa toman partido contra los tiranos en el extranjero. "                     (Jeremy Adelma, CTXT, 08/06/16. La versión original de este fue publicada en la revista The Wilson Quarterly.