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30/9/22

Todas las escuelas deberían estar obligadas a evaluar la capacidad de todos sus estudiantes, todos, para tratar de adaptar el currículo a las velocidades de aprendizaje y necesidades educativas que se derivan de esas capacidades... la gran dificultad es que la escuela está organizada en función de la edad, no de la capacidad y de la competencia, por tanto, asume un principio que es difícilmente sostenible: que todos los niños de la misma edad tienen las mismas necesidades educativas... no olvidemos que el alumno medio no existe... la personalización del aprendizaje conviene para los niños con alta capacidad y para todos los demás... La escuela tiene que enseñar a aceptar y a respetar la diversidad de las personas: unos juegan bien al fútbol, otros son muy buenos en matemáticas, otros fantásticos en química, otros en la literatura y otros somos corrientes en todo y hacemos lo que podemos

 "Javier Tourón (Vigo, 70 años), catedrático emérito de la UNIR, es uno de los investigadores de referencia en España en el ámbito de las altas capacidades. Tourón describe un panorama de creciente interés sobre el asunto, pero en el que todavía reinan la confusión, la descoordinación y los viejos prejuicios. 

Explica que la academia dejó atrás hace tiempo una visión “muy monolítica, unitaria”, expresada por una cifra, la del cociente intelectual, para adoptar otra mucho “más global, donde se tienen en cuenta las capacidades o aptitudes diferenciales de la persona”. Pero también factores ambientales y las llamadas soft skills, esas habilidades blandas que tienen que ver con la motivación o la determinación. Tourón contesta a las preguntas de EL PAÍS por videoconferencia.

Pregunta. ¿Qué son las altas capacidades?

Respuesta. Cuando hablamos de capacidades en las personas, como parece de sentido común, hablamos de un proceso evolutivo. Es decir, las capacidades son aptitudes que las personas tienen en inicio, pero que han de convertirlas en talento al aplicarlas a campos de actividad concretos. ¿Qué media entonces entre la capacidad o aptitud y el talento o la competencia? La educación, el trabajo. Por eso es muy importante entender que las personas no son de altas capacidades —antes se les llamaba, incorrectamente, creo yo, superdotados—, sino que tienen unas capacidades destacadas, y en distinto grado, que están en proceso de desarrollo.

P. ¿Qué características comunes pueden ser señal de altas capacidades?

R. Los niños, cuanto mayor es su capacidad, cuanto mayor es su aptitud, suelen ser más precoces. Normalmente son lectores precoces, hacen preguntas que son impropias de su edad, tienen una gran motivación por saber cosas de todo tipo, es decir, del cosmos, del universo, de la vida, de la muerte, de la existencia de Dios, del mundo, del bien… Y tienen una gran motivación y una gran concentración en los asuntos que les interesan, impropia de los niños pequeños, y gran capacidad de relación, de visiones de conjunto. También suelen ser personas muy sensibles que detectan inmediatamente cuál es la actitud hacia ellos de los adultos, u otros niños, que los rodean.

P. Pero también tienen características muy distintas.

R. Las altas capacidades son evolutivas y multidimensionales. Hay patrones muy diversos. Pueden tener capacidades muy desarrolladas en el razonamiento cuantitativo o el razonamiento verbal, o en ambas, o pueden tener una visión espacial muy alta… Es decir, hay niños que pueden ser muy buenos con la robótica y ser inútiles para lanzar una pelota o para temas de lengua o de ciencias, o de lo que fuere. Luego, hay aspectos no cognitivos en la dotación intelectual que son muy importantes, como el optimismo, el coraje, el romance con la disciplina, la sensibilidad a las preocupaciones humanas, la energía física...

P. ¿Hay un consenso académico internacional en torno a estas ideas? ¿Y tiene reflejo en cómo las administraciones españolas abordan el asunto?

R. Hay consenso internacional, sí. Pero la administración le da bastante la espalda. No hay un acuerdo, una definición en España que esté acrisolada y que esté escrita en algún sitio. Algunas comunidades legislan entendiendo que para que un niño sea acreedor de una medida diferencial o a una atención diferencial tiene que tener un rendimiento excelente en todas las materias, con lo cual se está confundiendo la capacidad con el rendimiento [de hecho, los niños con altas capacidades no tienen por qué sacar buenas notas]. Se están usando en algunos casos para identificar herramientas que no son de identificación —como el modelo de los tres anillos— o test de inteligencia concretos con un punto de corte que puede ser, por ejemplo, de 130 de cociente intelectual. Esto, hoy en día, no se admite por varias razones, entre ellas, porque el cociente intelectual es una puntuación de síntesis única y tratar de reducir toda la compleja realidad de la de las capacidades a un punto de corte es completamente absurdo.

P. ¿Y eso deja a mucha gente fuera?

R. Hay aproximadamente 8,2 millones de estudiantes en el sistema educativo no universitario y tenemos identificados —vamos a suponer que correctamente, que es mucho suponer— 40.916 con altas capacidades, según el Ministerio de Educación. Eso quiere decir que son un 0,5%. Pero, ¿cuándo necesitamos empezar a diferenciar la intervención educativa? Hay autores que dicen que, como mínimo, debe ser el 15% o el 20% superior. Pero pongamos un objetivo más modesto, del 10% o del 5%. En ese caso, grosso modo, yo diría que entre el 90% y el 98% de los alumnos que presumiblemente necesitan una atención diferencial en función de su capacidad están todavía sin detectar. Este es el problema más grave que tenemos ahora mismo en el sistema educativo, porque la identificación se está tomando de una manera reactiva. Es decir, cuando un niño plantea algún problema, a lo mejor algún profesor le pide al orientador que trate de hacer algún tipo de evaluación. Mi planteamiento es completamente diferente: todas las escuelas deberían estar obligadas a evaluar la capacidad de todos sus estudiantes, todos, para tratar de adaptar el currículo a las velocidades de aprendizaje y necesidades educativas que se derivan de esas capacidades.

P. Porque usted insiste en que la labor de la escuela en estos casos es fundamental.

R. El desarrollo del talento es el resultado de poner a trabajar las aptitudes personales que uno tiene y, para ello, ha de darse una intervención sistemática adecuada por parte de la escuela. Las actividades extraescolares, la familia, obviamente, tienen su papel, pero el problema más grande, para mí, está en la escuela, porque el niño pasa ocho horas al día y ahí es donde tenemos que hacer un esfuerzo por pensar en el desarrollo singular. Y la gran dificultad es que la escuela está organizada en función de la edad, no de la capacidad y de la competencia, por tanto, asume un principio que es difícilmente sostenible: que todos los niños de la misma edad tienen las mismas necesidades educativas. O que todos los niños de la misma edad, por decirlo de una manera, se pueden calzar con zapatos del mismo número. Esto no es así. Los niños, en función de su capacidad, tienen diferentes velocidades de aprendizaje y diferentes necesidades. Hay muchos estudios, sobre todo en Estados Unidos, que muestran que numerosos niños dominan, antes de empezar el curso, el 80% del currículo al que se tienen que enfrentar. O les ofrecemos un currículo más complejo o enriquecido de alguna manera, o simplemente están perdiendo el tiempo. Y eso les lleva muchas veces decir: “Mamá, no quiero ir al cole, lo que enseña la señorita yo ya me lo sé”. Un autor muy conocido, Julian Stanley, decía que a los niños hay que enseñarles solo lo que no saben.

P. ¿Qué debería hacer entonces la escuela?

R. Primero, evaluar la competencia curricular de sus estudiantes, de todos. Algunos tendrán déficit, otros irán según lo previsto y otros se saldrán de la norma. Porque no olvidemos que el alumno medio no existe. El alumno medio es una abstracción; el profesor que quiere educar al alumno medio está tratando de educar una entelequia. Y después, se deben determinar las capacidades intelectuales específicas y las destrezas soft, como la voluntad, la motivación, los intereses, otros rasgos de personalidad, las preferencias de aprendizaje… A partir de ahí, se trata de ofrecer a cada estudiante lo que mejor conviene para el desarrollo de su potencial. Y la personalización del aprendizaje conviene para los niños con alta capacidad y para todos los demás. De hecho, los profesores, cuando tienen alumnos con dificultades, ¿qué hacen? Ajustarse a sus déficits con adaptaciones curriculares o con profesores de apoyo, toda una serie de medidas que deberían, por la misma razón, aplicarse igualmente con los niños que tienen más capacidad. De lo que se trata es de convertir las escuelas en ámbitos de desarrollo del talento, no en lugares donde a todo el mundo se le trate igual. Por una razón elemental: las personas somos distintas y necesitamos un tratamiento educativo diferencial.

P. ¿Y qué pasa si no se atiende adecuadamente a los chicos y chicas con altas capacidades?

R. El capital humano es el más importante de cualquier país, así que no atender a las personas de alta capacidad —que son al final los que tendrán la posibilidad de producir los grandes avances en la ciencia, en las letras, en las artes, etcétera— significa la pérdida de su posible talento. Pero, además, el drama afectivo y emocional que viven estos niños en la escuela es extraordinario. Sufren un desgaste que a veces se puede traducir en trastornos de diferente gravedad y de diferente índole: emocionales, psicológicos… Y supone, también, un drama enorme para esos padres que ven que tienen que estar peleando perennemente y forcejeando con una escuela que no está dispuesta a atender la diversidad, por mucho que digan que sí. Por ejemplo, hemos visto que los niños de alta capacidad sufren el doble de bullying que el resto, porque son vistos como distintos. La escuela tiene que enseñar a aceptar y a respetar la diversidad de las personas: unos juegan bien al fútbol, otros son muy buenos en matemáticas, otros fantásticos en química, otros en la literatura y otros somos corrientes en todo y hacemos lo que podemos."                    (J. A. Aunión , Inés Vila , El País, 25/09/22)

7/3/22

Coetzee abre el debate sobre la necesidad de mostrar a los niños cómo sufren y mueren los animales... y además enseñarles como sufren y viven las personas mostrándoles una cárcel, un campo de refugiados, un desahucio, un manicomio, la maternidad de un hospital y su consulta de enfermos de cáncer, un centro de adictos a las drogas, las mansiones de los ricos, las habitaciones de los empleados jóvenes y las casas de trabajadores en paro, centros de acogida para los sin techo, y para los sin papeles...

 "Desde Pitágoras hasta los libros y conferencias de un activista por los derechos de los animales como el Nobel de Literatura J. M. Coetzee, pasando por Upton Sinclair y su exploración de las condiciones de los mataderos de Chicago en La jungla (1905), existe una amplia tradición que ha abierto un debate a lo largo de la historia de la literatura.

 Son autores que consideran que el planeta no es solo del ser humano y que se debería luchar por la armonía del ecosistema y no maltratar ni sacrificar cruelmente a los animales. Un tema latente que, a comienzos de enero, el ministro de Consumo de España, Alberto Garzón, reabrió al denunciar el sistema de las macrogranjas en el país. Para asegurar un cambio de mentalidad, sensibilidad y hábitos sobre el modo en que el ser humano debe relacionarse con los animales, Coetzee plantea una propuesta en EL PAÍS:

“Es importante que no se proteja a los niños del conocimiento de cómo viven y mueren los animales. Hay muchas películas sobre las plantas de procesamiento donde terminan sus vidas. Un niño, incluso un niño pequeño, es capaz de tomar una decisión moral sobre participar, sí o no, en la manera vergonzosa en que tratamos a nuestros primos en esta tierra”. (...)"                  (Winston Manrique Sabogal , El País,  22/01/22)

13/12/21

Un instituto público de Madrid lanzará al espacio un nanosatélite de un millón de euros

 "No es nada común que un proyecto educativo de un centro público cueste un millón de euros. Algo más, de hecho. Y mucho menos que se vaya a conseguir, o esté en camino de conseguirse, si se cuenta en el montante final tanto la parte económica como la parte en especies.

 El nanosatélite que se está construyendo en el instituto Las Musas, de Madrid, va viento en popa en parte por eso y en parte porque dos científicas de Israel están dirigiendo un proyecto que no es solo pionero en España. Ningún colegio o instituto europeo lo ha hecho hasta la fecha. No es nada despreciable. 

Una de las farmacéuticas más importantes de Israel, SpacePharma, aportará tecnología punta para poner en órbita avances experimentales, por ejemplo, y el Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA) colaborará con cuestiones técnicas. La Embajada de Israel o la Consejería de Educación (aunque poco) han aportado parte de ese millón, y diferentes empresas privadas, tanto españolas como israelíes, se han comprometido a formar parte de un hito educativo que ya vislumbra el espacio.

La doctora Ana B. Heller es todo un torbellino. De conocimiento y de verborrea. Por fin ha pisado el instituto Las Musas como un astronauta conquista la Luna, atraída por la gravedad del momento que requiere reunirse presencialmente con sus 29 alumnos, con esos con los que lleva un año diseñando un nanosatélite que está previsto que se lance al espacio al finalizar el curso que viene. Ella, científica aeroespacial argentina y residente en Israel, ha guiado a los “pibes” desde Tel Aviv en plena pandemia. Ellos, aquí, han seguido las lecciones dentro de su centro en San Blas.

Con dos clases a la semana por videoconferencia y un trabajo organizado como si fuera una start-up (cada alumno debe desempeñar un puesto: ejecutivo, comunicación, marketing, logística…), el experimento ya no es una quimera. Para empezar, a partir de la semana que viene en la cubierta de uno de los edificios de Las Musas habrá una estación de seguimiento propia, que servirá para recoger datos e información. El nanosatélite, bautizado como SpYsat Urania y de 35 centímetros de alto, ya tiene forma y, lo más importante, un objetivo: se encargará desde su órbita de realizar un experimento de microbiología que servirá para encontrar soluciones para el ser humano en el espacio.

 “Cuando los astronautas vuelven han perdido masa muscular, visión, se les estropea la piel... Por eso se está investigando en todo el mundo, y nosotros acá, en este instituto, para que nuestro cuerpo pueda resistir viajes interplanetarios”, explica Heller con un entusiasmo inusitado, como si hiciera esto por primera vez. “Para eso necesitas desarrollar una tecnología y esa nueva tecnología hay que desarrollarla en el espacio. 

Por ejemplo, ahora se están haciendo un montón de desarrollos antiaging (antiedad), que en definitiva es para que la radiación no envejezca la piel tan rápido. La van a aprovechar las mujeres, y los hombres, pero en definitiva es para el futuro”, insiste, emocionada con que estos pibes, como llama a sus 29 alumnos, de 16 años, tengan una vertiente científica tan acentuada.

Lo dice con conocimiento de causa por todo lo que lleva a sus espaldas. En el currículum de Heller aparece que es física y astrofísica, además de licenciada en Astronomía con un máster en Geofísica y Ciencias Planetarias por la Universidad de Tel Aviv. Y es, además, la que impulsó en Israel el desarrollo de nanosatélites en centros educativos. “Ahora se ha popularizado mucho allá, pero costó lo suyo también”.

Desde una choza

Preguntar por los orígenes de aquellos pequeños satélites lanzados al espacio remonta a Heller hasta 2002. Trabajaba en la industria aeroespacial y fue entonces cuando en una de sus investigaciones descubrió que existía algo que “entonces era muy nuevo”, que se estaba desarrollando en una universidad estadounidense. Se trataba de pequeños cubos de 10x10x10 centímetros y un peso de 1,33 kilogramos (CubeSat) que empezaban a denominarse nanosatélites. Aquello la atrapó. Y pidió investigarlo más. “Pero me dicen que eso era un juguete, que no. Pero yo, que soy una revolucionaria y un poco rebelde, insisto”.

El intento no cuajó. Por eso se presentó en la Universidad de Tel Aviv, donde sí pudo después dirigir un curso complementario, extracurricular. Se matricularon 40 alumnos de 15 años, ya que allí también estudiaban jóvenes de Secundaria, y comenzó lo que ella denomina “una historia de película”. “Nos dieron una choza a las afueras que tuvimos que limpiar nosotros mismos, uno llevaba pintura, otro un cepillo... 

Y se convirtió en un lugar de conocimiento y de camaradería, porque también quedábamos allí para comer pizza o tocar la guitarra. Fue precioso”. Tanto, que ahora puede enorgullecerse del germen que plantó en aquella choza donde estudiaban el espacio con problemas fisicocuánticos. “Uno de aquellos pibitos, por ejemplo, estudia ahora un doctorado de economía espacial en Harvard y estaba en el equipo del último satélite que se lanzó a la Luna”, sonríe. “Pero si me pongo a decirte dónde está cada uno de aquellos 40, alucinas”.

Aquella fue su primera incursión en la educación y los nanosatélites. Después, Heller consiguió que su proyecto despegara en la ciudad de Herzliya, al norte de Tel Aviv, porque allí se puso a los mandos del primer laboratorio espacial juvenil del país.

Y, de repente, llegó el acelerón.

La doctora Heller se presentó en Bruselas en 2012 con el ordenador repleto de ideas. La UE lanzaba entonces un proyecto que se llamaba Qb50 dirigido a las universidades. La idea era seleccionar 50 proyectos de nanosatélites de 20x10. El objetivo era sencillo: las universidades se encargaban de desarrollarlo y la UE del lanzamiento al espacio. Heller, la única que se presentó por parte de Israel, conquistó a la comisión evaluadora: sus alumnos habían desarrollado un nanosatélite para responder a las llamadas de auxilio de personas perdidas en la montaña o en mitad del océano.

En 2014, aquel proyecto despegó hacia el espacio. En 2017, otro más evolucionado. En 2019, otro más. Ahora, Israel lanzará siete juntos.

En este punto de la historia aparece Rodica Radian-Gordon, la embajadora israelí en España. En 2019, cuando acababa de ser nombrada, se puso en contacto con Heller. “¿Puedo ir a verte?”, le dijo la embajadora. Y se plantó en casa de la doctora. Allí le explicó que quería traer a España un proyecto educativo para unir los dos países, y le pidió consejo.

 La argentina volvió a abrir su computadora y le habló del espacio, de la ciencia, de la tecnología... y de la conveniencia de involucrar también a la doctora Shimrit Maman, una científica especializada en remote sensing (teledetección) que acaba de recibir en Dubái el premio a la excelencia, “porque es top one, te lo digo de verdad”.

 Maman trabaja con satélites que monitorean la Tierra, aunque también observan otros planetas como Venus o Marte y, en Las Musas, se ha encargado de dirigir otro proyecto diferente al de Heller, denominado She Space. Marta López y Míriam Rodríguez son las únicas dos alumnas españolas que tienen el honor de haber trabajado mano a mano con Maman, que paralelamente dirige a otras estudiantes de otras partes del mundo como Alemania, Israel, Togo, Estados Unidos, Perú o Corea del Sur. 

La idea es observar la Tierra desde el espacio a través de cámaras con distintos sensores incorporados en los satélites para estudiar los efectos del cambio climático. “Esto es capaz de salvar vidas porque no solo vemos los efectos en los cultivos, dónde hay agua o dónde hay sequías, también es capaz de detectar huracanes o tsunamis”, explica la israelí, que trabaja en la Universidad de Ben-Gurión del Néguev.

Ni qué decir tiene que Radian-Gordon salió de la casa de Heller convencida de que ya tenía un proyecto bandera y, una vez en España, seleccionó el instituto.

Ahora mismo, los alumnos que comenzaron el proyecto el curso pasado —cuando estaban en 4º de la ESO— se dedican a analizar qué órbita es la que más les conviene y cuánta energía van a necesitar. José Antonio Expósito, el director del centro, cuenta que el viaje para ellos está siendo más que gratificante. “Están abordando problemas reales, no solo teóricos. Y ahora piensan en grande, quieren ser ingenieros aeroespaciales”. Si todo sale bien, el año que viene, antes de que abandonen el instituto, verán cómo su trabajo sale disparado hacia el espacio. El futuro, ensamblado en aulas del barrio madrileño de San Blas.

"En órbita es más fácil detectar una enfermedad"

El nanosatélite de Las Musas mide 35 centímetros de largo y pesará entre cuatro y cinco kilos. Yossi Yaman, el director ejecutivo de SpacePharma, también ha explicado a los alumnos que empresas como la suya sirven como herramientas de investigación para científicos, investigadores u hospitales. “Se exploran las maneras de solucionar problemas aprovechando las características que ofrece el espacio”, dice. Y añade: “En órbita puedes aumentar la cristalización de un líquido, las moléculas de un análisis se pueden ver en 3D, por lo que es más fácil detectar una enfermedad”.

La pregunta principal es por qué una farmacéutica se implica en un proyecto llevado a cabo por adolescentes. “Creo en la nueva generación, en la ciencia y en que en la próxima década hay que avanzar mucho en tecnología”, explica, a la vez que anima a los gobiernos a invertir en el sector espacial. “Si las empresas de coches tuvieran que pagar por las carreteras, esa industria no existiría. Lo mismo ocurre con el espacio. Es necesario facilitar las estructuras espaciales”.             (Berta Ferrero, El País, 10/12/21)

15/6/21

El éxito del colegio que repescó a sus alumnos para volver a clase: “Tírate al césped, súbete al olivo, pero lee”

 "En el barrio de Torreblanca, a las afueras de Sevilla, el colegio Menéndez Pidal ha logrado algo que podría servir de inspiración a muchos otros: enganchar a los estudiantes más remisos a acudir a clase en plena pandemia, con un vuelco a la vertiginosa estadística de absentismo. Si el pasado septiembre el 80% de sus 140 estudiantes de infantil y primaria no acudían a clase, ahora no lo hace un residual 2%.

El director, Luis Miguel Romero, es una ametralladora de superlativos, sonrisas y buena onda que ha estimulado a su claustro de 23 profesores desde que el pasado agosto aterrizó en este centro de difícil desempeño con un manojo de 70 llaves y sin conocer a nadie. “La gente veía el cole como una obligación y una amenaza, ya que, si no traía a los niños, servicios sociales se los quitaba. [El centro escolar] no tenía identidad ni apego y quisimos cambiar la imagen para que lo percibieran como algo guay que sus hijos se estaban perdiendo. Y lo hicimos con mucha comprensión, empatía y firmeza. La estrategia macrosocial ha sido un pelotazo”, afirma satisfecho.

Las razones de su éxito son múltiples, pero destacan un entusiasmo contagioso entre los docentes, una formidable mano izquierda para persuadir a las familias más reacias, haber captado todos los fondos de instituciones y ONG a su alcance, pintar el colegio de arriba abajo con alegres grafitis y su apuesta por sacar al patio las actividades lúdicas para espolear a los alumnos y activar sus sentidos, inspirados en el método Montessori: un huerto, clases de taichi, un hotel insectívoro, un tablero gigante de ajedrez y un recreo dirigido por los maestros, con juegos deportivos y participativos. “Tírate al césped, súbete al olivo, pero lee”, resumía Romero a sus alumnos. El centro no para, respira bullicio y los colores inundan sus muros, columnas y pasillos, con cientos de carteles y dibujos infantiles.

 Torreblanca es el cuarto barrio más pobre del país con 5.944 euros de ingresos por persona y año, según el Instituto Nacional de Estadística y 18.295 vecinos que sufren una tasa de paro desorbitada y empleos precarios. El colegio Menéndez Pidal está en la parte más desfavorecida del barrio, cercana al aeropuerto sevillano y pegada a la zona de El Platanero, donde los helicópteros de la policía intervienen a menudo en operaciones contra los clanes de narcos.

“Me encantan las matemáticas y lo que más agradezco es que nadie se pelee”, exclama Doha, de 9 años, en su clase, con solo 14 alumnos, un considerable nivel de ruido, globos morados, relojes, diccionarios, fluorescentes, tableros de ajedrez y una pizarra digital y otra para tizas. La profesora Paloma González explica que los conflictos “vienen a menudo por sus vivencias en el hogar”. En este curso, a medida que los alumnos volvían poco a poco a las aulas, el colegio pintaba sus puertas del morado por el día internacional de las mujeres, el 8-M, ―que el vandalismo de momento ha respetado― y adoptaba como referente a María Goyri, la investigadora y esposa de Ramón Menéndez Pidal.

Noelia Castillo ha sido la trabajadora social que ha seducido a muchas familias para que sus hijos volvieran a clase los últimos nueve meses. Al principio de curso muchos padres alegaron el miedo al coronavirus como excusa para no llevar a sus hijos, pero poco a poco Castillo les explicó que los problemas médicos de familiares cercanos no impedían que el menor asistiera a clase. De los ocho casos derivados a los servicios sociales para que medien con las familias, solo uno ha terminado la semana pasada en la Fiscalía de Menores, que ahora estudiará si denuncia a los padres por impedir el derecho a la educación de su hija.

 Otra clave fundamental del éxito es que los alumnos conflictivos no son expulsados del centro, salvo en caso de agresiones a profesores, y en su lugar son derivados a una clase donde hacen las tareas en solitario. “Su objetivo [del alumno conflictivo] era salir y estar en la calle y eso solo perjudica al menor”, ilustra Castillo. El inspector educativo Miguel Baldomero que supervisa este colegio y otros 29, coincide en que la expulsión es contraproducente y debería replicarse esa tendencia a retener a los niños disruptivos en aulas de convivencia. “Hay centros que se escudan en la falta de recursos”, alega.

Romero, que fue docente en Los Junquillos, un barrio desfavorecido de La Línea de la Concepción (Cádiz), recorre a diario los 125 kilómetros que hay desde Rota para trabajar, y otros tantos de vuelta, y aprovecha los viajes para mantener reuniones por teléfono. “No asustamos a las familias, sino que les explicamos que tendrían tiempo para hacer sus cosas y mejorar su convivencia. Y una clave es reventar el embarazo adolescente. Si con 16 años obtienen un grado medio, eso les cambia generacionalmente”, destaca el director mientras suena Vivaldi por el hilo musical del colegio. Cada día cambia el género musical que suena por los pasillos y exteriores. Baldomero ensalza la tarea del entusiasta director: “Le ha pegado al colegio un vuelco brutal hasta paliar el absentismo a un ritmo vertiginoso. En el Polígono Sur [otro barrio sevillano desfavorecido] también ha bajado, pero no tanto. Luis Miguel ha roto con la dinámica de trámites burocráticos y es complicado ese liderazgo. Ilusiona verlo hablar”.

El colegio se ha convertido en comunidad de aprendizaje, un sistema que involucra a las familias y las mete en las aulas para contribuir al aprendizaje general y desterrar del todo el absentismo. El 100% de los estudiantes del centro son beneficiarios del plan de la Junta para garantía alimentaria para escolares en situación de exclusión social y el 98% carece de tabletas u ordenadores para hacer la tarea a distancia. Durante los peores meses de la pandemia, el centro repartió comida y ropa como si de una ONG se tratara y las dificultades afloran: “Ahora todos los que puedan repetir, repetirán, para dignificar los niveles de competencia curricular. La exigencia y firmeza es innegociable, hay que ser coherente”, comparte el director.

Fuera del aula los alumnos han aireado sus ideas y dificultades de la pandemia recolectando habas y guisantes, y han plantado fresas, sandías, tomates, melones, berenjenas y puerros, entre los que se cuelan mantis religiosas y saltamontes. “La experiencia es muy útil para hablarles del ciclo de la vida”, resume la monitora encargada del huerto, Belén Gómez."                  (Javier Martín Arroyo, El País, 07/06/21)

25/5/21

La lectura en papel facilita la concentración y también la adherencia cognitiva a largo plazo. La pantalla en cambio, favorece la lectura de barrido, más fragmentaria y superficial. Pero su versatilidad ofrece también ventajas extraordinarias que reducen el esfuerzo y el tiempo de aprehensión

 "Cuando la humanidad pudo desarrollar la escritura se produjo un cambio profundo en la mente humana. Hasta entonces, la posibilidad de almacenar conocimiento estaba limitada a la capacidad del cerebro humano más dotado, y la transmisión oral era la única vía de compartirlo y traspasarlo a otras generaciones. 

 Durante un tiempo la gente solo sabía leer en voz alta. Leer en voz baja implicaba una capacidad de interiorización que se desarrolló con el tiempo. 

La mente humana se ha ido moldeando con cada uno de los avances técnicos. La imprenta supuso además una revolución social. La lectura lineal ha moldeado nuestras habilidades cognitivas, nuestra forma de aprehender el mundo y generar conocimiento. Internet permite ahora no solo almacenar y compartir grandes cantidades de información y conocimiento, sino interactuar a través de las pantallas. Permite engarzar cerebros en tiempo real. Y eso va a incidir en la forma en que las neuronas trabajan. 

El cerebro es de una plasticidad extraordinaria. Al comienzo de los juegos de consola el profesor Álvaro Pasqual Leone, profesor de la Universidad de Harvard, observó que los chicos que jugaban tenían mucho más desarrollada el área del cerebro que controla el movimiento de los dedos.

Como ha mostrado la neuróloga norteamericana Maryanne Wolf, directora del Centro de Lectura e Investigación del Lenguaje de la Universidad de California, la capacidad de hacer una lectura concentrada no es innata sino desarrollada y está relacionada “con algunos de nuestros más importantes procesos intelectuales y afectivos: el conocimiento internalizado, el razonamiento analógico y la inferencia; la toma de perspectiva y la empatía; el análisis crítico y la generación de conocimiento”. 

¿Cómo afectarán las tecnologías digitales a esta capacidad? Más de cien académicos europeos participaron durante cuatro años en el proyecto de la Unión Europea E-READ (Evolución de la Lectura en la Era de la Digitalización, según sus siglas en inglés) que pretendía responder a esta cuestión. Partían de la base de que el soporte no es neutral y querían averiguar si la lectura en pantalla podía afectar al proceso de cognición, comprensión y retención. 

Los diferentes paneles mostraron que la lectura en papel facilita la concentración y también la adherencia cognitiva a largo plazo. La pantalla en cambio, favorece la lectura de barrido, más fragmentaria y superficial, y está sometida a múltiples estímulos simultáneos que afectan a la concentración. Pero su versatilidad ofrece también ventajas extraordinarias que reducen el esfuerzo y el tiempo de aprehensión.

Enfrentar papel y pantallas es plantear una falsa dicotomía. Vivimos ya en un entorno híbrido. Usamos el papel y la pantalla y de lo que se trata es de optimizar las ventajas de procesamiento que cada uno aporta. Para reforzar los mecanismos de lectura profunda en el aula, el libro puede ser más idóneo. Pero también hay que trabajar las habilidades específicas que exigen las tecnologías digitales y dotar a los alumnos de herramientas cognitivas que les permitan contrarrestar los efectos adversos asociados a la multitarea, la convergencia de medios y la sobreabundancia informativa.

 Entre los cambios observados por Miha Kovac y Adriaan van der Weel en el panel de expertos de E-READ figura precisamente que los lectores de texto en pantalla se sienten más seguros de lo que leen y creen entender más de lo que realmente entienden, lo que “aumenta nuestra susceptibilidad a las noticias falsas y hace que los sesgos y los prejuicios se amplifiquen por el exceso de confianza en nuestras habilidades de lectura digital”.      (Milagros Pérez Oliva , El País, 16/05/21)

19/5/21

Texto escrito por un profesor de Bachillerato para sus alumnas y alumnos con motivo del final del curso escolar: Yo espero que estéis orgullosos, porque con el camino que habéis recorrido, el de la curiosidad, el esfuerzo y el estudio, habéis contribuido, seáis conscientes o no, a conservar la única vacuna que hasta ahora conocemos contra la tiranía, el abuso de poder y las desigualdades sociales: el acceso público al conocimiento

 "Queridos alumnos, queridas alumnas:

Creo que es de rigor que comience por felicitaros. Hoy llegáis al final de un camino que iniciasteis hace ya algunos años y del que creo que debéis estar orgullosos. Un orgullo, por cierto, que os pertenece a todos, con independencia de cuál haya sido vuestra particular peripecia por este sendero común al que llamamos educación secundaria.

¿Por qué tenéis que estar orgullosos?

No voy a ocultar que comenzar un discurso halagando a su principal audiencia es el truco retórico más viejo que existe. Por ello, lamento deciros que, con el fin de demostrar que mi felicitación es rigurosamente honesta y no una mera estrategia discursiva, no me queda más remedio que apelar a una de esas anécdotas filosóficas que estáis hartos de escuchar en mis clases.

Resulta que hace más de dos mil años, un famoso rey macedonio, Ptolomeo II, quiso aprender geometría. Para añadir un poco de contexto, hay que decir que la geometría era trending topic en la civilización griega y que los geómetras más famosos eran prácticamente estrellas del rock. En aquellos tiempos, el geómetra más famoso se llamaba Euclides, y este había escrito un libro complicadísimo donde reunía y sistematizaba todo el saber geométrico de los griegos hasta el momento.

Así pues, el famoso monarca agarró aquel libro, que llevaba por título Los Elementos, y se dispuso a empaparse de teoremas y demostraciones, quién sabe si para presumir después calculando hipotenusas ante la corte. Por lo visto, el rey no había pasado de la segunda página cuando ya estaba reclamando la presencia del maestro en palacio. “Oye, Euclides, ¿tú no puedes darme algún truco para que pueda yo saber de geometría sin necesidad de leerme este tochaco?”.

¿Qué creéis que respondió Euclides al hombre más poderoso de Grecia?

“Mi señor, en geometría no hay atajos para la realeza”.

Con ello, Euclides quiso mostrar al rey Ptolomeo cuál había sido el verdadero descubrimiento de los griegos: dependiendo de la condición social con la que nacemos, nuestro camino en la vida puede ser más pesado o más liviano; por el contrario, comprender la geometría nos exige a todos lo mismo. Da igual si uno es el rey de Macedonia o una joven de Usera, porque cuando se trata de aprender el teorema de Pitágoras, los mismos pasos deben recorrer los hijos de una dinastía imperial y los hijos de un humilde campesino.

Y lo dicho de este teorema, hay que decirlo también de la Ley de la gravitación universal, de los descubrimientos arqueológicos de Atapuerca, del imperativo categórico de Kant, o de los poemas de García Lorca. Lo fascinante de la anécdota de Euclides es que nos muestra cómo el teorema de Pitágoras, que todos conocéis, no solo nos exige que el cuadrado de la hipotenusa sea la suma del cuadrado de los catetos; sino que al mismo tiempo nos exige, con la misma necesidad, la existencia de una escuela pública. Y lo exige porque el saber científico y humanístico constituye una riqueza común que no se deja apropiar con dinero o con privilegios, sino que solo es accesible a través del uso de la razón. El único camino aquí, por tanto, es el de la curiosidad, el esfuerzo y el estudio.

Yo espero que estéis orgullosos, entonces, porque ese camino que habéis recorrido hasta aquí es el mismo que Euclides le exigía al rey Ptolomeo; el mismo que la humanidad ha tardado siglos en conquistar. Y por ello, merecéis todo mi reconocimiento, más allá de vuestros resultados concretos, por el mero hecho de haber decidido recorrer ese camino. Con ello habéis contribuido, seáis conscientes o no, a conservar la única vacuna que hasta ahora conocemos contra la tiranía, el abuso de poder y las desigualdades sociales: el acceso público al conocimiento.

Por otro lado, creo que tenéis que estar orgullosos porque el último año no os lo ha puesto fácil. Os ha tocado culminar el Bachillerato en un contexto de pandemia mundial, de crisis económica galopante, y de cambios que han convertido la vida cotidiana en una película de ciencia ficción. Llegáis al final de esta etapa en un momento en el que el mundo os enseña los dientes. No puedo ocultar la indignación que me ha producido ver cómo los medios de comunicación utilizaban la etiqueta de “los jóvenes” para hacer de vosotros el símbolo de la irresponsabilidad ciudadana; al tiempo que era un testigo diario de la fortaleza con la que habéis asumido la privación del contacto con vuestros compañeros, del derecho a veros las caras e incluso del calor en invierno.

A esas caras, que ahora solo puedo ver de nariz hacia arriba, me gustaría también expresarles un sincero agradecimiento. No os sorprenderá saber que esas caras, vuestras caras, fueron las primeras a las que, hace ahora tres años, pude llamar “mis alumnos”. Y fueron esas caras, que me miraban desde el otro lado del aula, quienes por vez primera se dirigieron a mí como “profe”. Es inevitable pues, reconocer, que en muchos sentidos habéis sido vosotros quienes me habéis enseñado a mi, y por eso os estaré eternamente agradecido.

Me había propuesto llegar al final de este discurso evitando cualquier tipo de consejo para el futuro. No voy a mentiros: el futuro es un tiempo verbal que hoy tiene difícil conjugación.

Me hubiera gustado deciros, aprovechando la anécdota de Euclides, que os espera un mundo geométrico, donde la igualdad entre hipotenusas y catetos, se traduce en la igualdad entre mujeres, hombres, clases y pueblos. Pero lo cierto es que salís a un mundo que conspira contra la geometría.

Me hubiera gustado deciros que salís a un mundo bello, como es bello el amor en Garcilaso, como la luna es bella en García Lorca, pero lo cierto es que salís a un mundo que conspira contra la belleza, contra el amor e incluso contra la luna.

En fin, queridos alumnos, porque salís a un mundo que conspira, acordaos de la escuela; pues todavía, por suerte, la escuela conspira contra el mundo."                       

(Jaime Buedo es profesor de Filosofía en el IES Pradolongo, en el distrito de Usera, en Madrid. CTXT, 16/05/21)

20/5/20

“Foucault está claramente sobrevalorado”

"En defensa de la razón. Contribución a la crítica del posmodernismo (Madrid, Siglo XXI) es una de las novedades editoriales de esta primavera, obra de Francisco Erice (Colombres, Asturies, 1955) profesor de Historia de Contemporánea de la Universidad de Oviedo/Uviéu.


No se trata, como su propio nombre indica, de un trabajo histórico al uso ya que aborda la crítica al posmodernismo desde una perspectiva global, filosófica y política, aunque sobre todo, desde una intencionalidad de combates por la Historia… Marxista.


Y es que si algo caracteriza a este texto es la reivindicación de la vigencia del marxismo y su método de análisis como forma de hacer historia y de entender el mundo frente a las proyecciones posmodernas.


Esta conjugación de crítica hacia la posmodernidad con la defensa del materialismo histórico da como resultado un libro tan interesante como polémico que a buen seguro levantará ampollas y suscitará reacciones contrapuestas, porque sus posicionamientos y argumentaciones tienen la cualidad de no dejar indiferente a ningún lector que se sumerja en su densa narración.


¿Qué es lo que te ha llevado a embarcarte en este trabajo? ¿Cuál es la motivación origen del libro y su necesidad? ¿Qué vacío viene a llenar?


Pensar que se trate de un libro “necesario” o que “llene” algún vacío me parece pretencioso. Me conformo con que resulte útil y estimule el debate. Lo cierto es que comparte argumentos con otros libros que, en los últimos años, han cuestionado las tesis posmodernas y reivindicado la recuperación de un marxismo abierto y no dogmático; en este caso, se aplican especialmente a la Historia. 

El origen fueron unas Jornadas organizadas por la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM), en las que participé con algunas reflexiones que ahora se profundizan. El estímulo que acabó de dar forma al texto era doble: reaccionar frente a planteamientos posmodernos que constituyen un verdadero “asalto a la razón” y alertar sobre la difusión acrítica de estas ideas entre cierta izquierda política y social.


En defensa de la razón…, no es exactamente un libro de historia, aunque se hable mucho sobre historia y sobre los historiadores, tiene además cierto tono de ensayo. Esto no es lo más común entre los historiadores…


Es un ensayo porque carece de la profundidad y sistematicidad que requeriría un “tratado” sobre temas tan arduos, diversos y complejos como los que en él se abordan, y además porque no se plantea como objetivo -lo cual sería nuevamente pecar de pretencioso- cerrar ningún debate, sino contribuir a abrirlo con actitud humilde, pero a la vez deliberadamente polémica.


Haces una crítica muy dura al posmodernismo ya desde la primera página ¿Es acaso una respuesta a la forma en la que el propio posmodernismo ejerce sus críticas?


En general los posmodernos suelen envolver sus críticas en tono petulante, haciendo gala además de un afán de originalidad que suele desembocar infelizmente en el “descubrimiento de mediterráneos” o en una distorsión efectista y sofisticada de la realidad. Todo ello con un lenguaje deliberadamente oscuro, casi de secta, que a veces envuelve contenidos bastante más inocuos o superficiales de lo que aparenta.

 No sé si mi crítica es dura, pero no lo es menos que otras. Además, no es del todo original. En todo caso nunca niega de manera absoluta la utilidad de algunas ideas que estos pensadores pueden aportar, sino su carácter de alternativa superadora del pensamiento de los que ellos laman “la modernidad”.


Una cuestión que resulta muy llamativa es la crítica que realizas a Foucault por su ambigüedad y falta de método. Generalmente a Foucault se le tiene como todo un referente intelectual que traspasa los límites de la posmodernidad


El tratamiento de Foucault es mucho mas matizado y a la vez más amplio que el que se hace de todos los pensadores posmodernos que aparecen en el libro, porque me parece indudable que el intelectual francés sí ha aportado desarrollos interesantes para los historiadores, quizás más sugerentes que rigurosos. Por eso la crítica incluye esos matices positivos (cosa que apenas aparece por ejemplo en Derrida, Deleuze o Laclau).

 En todo caso, su falta de sistema propio, la variabilidad de sus posiciones teóricas y coqueteos intelectuales, la arbitrariedad de sus construcciones históricas (o, como preferiría decir él, genealógicas), el uso injustificado que hace de determinados conceptos, la debilidad de su noción de “poder”, etc., son cosas bien sabidas, que a menudo el propio Foucault reconoce a su manera. 

No sé si es justo decir, como hacía Thompson, que Foucault es “un fraude” o que, como apunta Ginzburg, “no es mas que a nota a pie de página de Nietzsche”, pero sí comparto con ellos -y con otros muchos- que está claramente sobrevalorado.


¿La función crea el órgano? ¿A pesar del rechazo de las teorías posmodernas ha de admitirse que son la consecuencia lógica de vivir inmersos en la posmodernidad?


Aunque una parte del diagnostico que hacen de las nuevas realidades pueda estar justificado, no comparto su aserto radical de que asistimos a un “cambio de época”, o de la crisis terminal de la llamada “modernidad”; del mismo modo que creo que no debe suscribirse, como si de una obviedad se tratara, la idea de la caducidad inexorable de los proyectos emancipadores, ni el relativismo extremo o el escepticismo que niega la realidad material o la causalidad histórica. 

Me parece difícil suscribir que vivamos en un universo de pura contingencia, o que los contextos sociales no condicionen o determinen los comportamientos colectivos, y que estos deban entenderse como mera construcción del lenguaje. Sí creo que el posmodernismo -que, por otra parte, es muy diverso- responde a una etapa de crisis de las ideas críticas y los proyectos de la izquierda histórica, pero lo nuevo no siempre es mejor que lo viejo; en este caso, no es una respuesta creativa a esas viejas ideas al parecer superadas. Por el contrario, ofrece esquemas bastante funcionales para el nuevo capitalismo en su etapa neoliberal, o al menos inocuos para sus intereses.

En tiempos de posverdad y subjetividad ¿No viene la realidad a darle la razón al posmodernismo como método a través del que explicar los agrupamientos identitarios y ciertos comportamientos políticos de parte del electorado en muchos países?


Creo que el posmodernismo detecta procesos y síntomas reales (por ejemplo, la diversificación de las contradicciones sociales y culturales), pero elabora con ellos un diagnóstico equivocado (el fin de las viejas contradicciones o la imposibilidad de entender la historia como proceso unitario), y difunde una idea de ruptura (nueva fase) sobredimensionada o errónea.

 Las “nuevas identidades”, la fragmentación de la clase obrera, la crisis de los proyectos emancipadores, la terciarización de las economías desarrolladas y otras cuestiones que podríamos añadir son procesos reales del nuevo capitalismo, pero no significan ni el fin del capitalismo en sí ni, en sentido estricto, de la “modernidad”, como se dice. Esa obsesión por los “post” tiene algo de marketing y ruido mediático y no pocas dosis de desviación del punto de mira y de enmascaramiento.

¿Ha cometido el posmodernismo errores de bulto de interpretación de la realidad? ¿Peca de ser una corriente tan influenciada por su occidentalismo como ella misma criticaba por el ejemplo al marxismo?


Creo que el primer error es su diagnóstico general y su rechazo de la herencia ilustrada, más allá de algunas críticas dignas de ser consideradas a las contradicciones de esta herencia. El antirracionalismo, el rechazo a la ciencia y a toda noción de verdad, el escepticismo nihilista y el relativismo radical, el idealismo pan-lingüístico extremo, nos conducen a callejones sin salida, aparte de sus derivaciones político-sociales potencialmente reaccionarias. Es cierto que Foucault o Derrida han sido calificados de eurocéntricos, término que, en todo caso, conviene no usar de manera indiscriminada y acrítica.

 El posmodernismo occidental ha suscitado réplicas desde posiciones que a veces, desgraciadamente, no defienden una racionalidad crítica alternativa, sino posturas místicas (por ejemplo indigenistas), anti-racionalistas y contrarias a la ciencia, a la que califican sin matices -creo que erróneamente- de producto “eurocéntrico”. 

En particular, el escepticismo radical sobre la posibilidad de comprender racionalmente el mundo tiene consecuencias objetivamente reaccionarias y desmovilizadoras (más allá de las intenciones de quienes lo formulan), pues nos impide actuar coherentemente sobre la realidad y nos condena a asumir lo existente o a rechazarlo desde posiciones meramente psicologistas, eticistas o de un voluntarismo extremo.


¿Qué aportes parciales podemos salvar del posmodernismo?


Quizás lo mas salvable -aunque no exactamente de la manera en que estos autores lo plantean-, es la crítica a las teologías del progreso y a ciertas visiones mecanicistas, y una cierta sensibilidad para percibir síntomas que luego son indebidamente diagnosticados, pero que merecen atención. En el campo historiográfico, muchos estudios que utilizan referentes de estos autores o algunas corrientes especialmente influidas por ellos (los estudios culturales o poscoloniales, la nueva historia cultural, una parte de los estudios de género) han hecho aportaciones útiles, incluso muy relevantes. 

Esto es tanto más cierto cuando hablamos de un uso parcial y matizado de estas ideas y no de su presentación como alternativa completa (como se hace por ejemplo, en la llamada “historia postsocial”). Creo que cabe separar y rescatar esos avances de los planteamientos generales del posmodernismo. Con respeto a la revalorización del campo de lo simbólico o de la subjetividad, no creo que se puedan reducir o incluso atribuir preferentemente al posmodernismo. 

Una concepción materialista como la que se defiende en este libro debe recoger e incorporar estos elementos a una visión más rica y totalizadora, pero desligándolos precisamente de la visión posmoderna u otros reduccionismos e idealismos; por ejemplo, evitando que el análisis histórico de los elementos simbólicos sustituya o subsuma las realidades materiales, o que la incorporación de la subjetividad (la visión “emic”, las emociones y sentimientos) olvide el nexo social y nos presente a sujetos individuales absurdamente desligados de su vínculo social, lo que Marx llamaba “robinsonadas”; o que, por ejemplo, el reconocimiento del papel de la retórica y el discurso en la construcción de los sujetos y la acción colectiva desemboque en la visión idealista de un lenguaje que funciona como “deus ex machina”, con lógica propia y desligado de los intereses y estrategias sociales.

Señalas una dicotomía y un enfrentamiento del posmodernismo con la escuela marxista ¿Hasta que punto son incompatibles? ¿Se puede ser marxista y posmodernista o es una concomitancia imposible más allá de ciertas influencias?


No hay realmente una “escuela marxista” (el marxismo siempre ha sido tremendamente plural) y en realidad tampoco un Posmodernismo absolutamente homogéneo. Claro que se han dado y se dan “maridajes” e “hibridaciones” múltiples, tanto en lo teórico (por ejemplo, entre marxismo y foucaultismo) como en la labor práctica de muchos de los historiadores, que suelen ser bastante eclécticos. 

Pero, en algunos aspectos claves, me parece que existe una clara incompatibilidad entre cualquier marxismo que se precie y el posmodernismo, cualquiera que sea la holgura con la que se lo defina: racionalismo frente a irracionalismo; visión totalizadora frente fragmentariedad; dialéctica frente a “diferencia” irreductible; determinación frente a aleatoriedad y contingencia; historicidad frente a deshistorización, etc. etc.).


Parece ser que se ha impuesto la posverdad en las sociedades occidentales ¿Eso cómo afecta a la escrituración de la historia? ¿Cómo combatirlo?


La pomposamente denominada “posverdad” no me parece que represente, en sí, nada nuevo: tergiversar deliberadamente la realidad histórica y utilizar la mentira para determinados fines apelando a las emociones tiene ya una amplia tradición; incluso, lo de negar relevancia en sí a la verdad y su supeditación a la apariencia. ¿Cómo, si no, sobre la base de falsedades, se han justificado a lo largo de la historia tantas declaraciones de guerra, o las persecuciones a minorías, por ejemplo? El tema de la “mentira política”, incluso de su conveniencia, es ya clásico en la filosofía (al menos desde Platón) o la politología (piénsese en las reflexiones de Hannah Arendt).

 Quizás lo único nuevo es la capacidad casi infinita para difundir las mentiras a través del “ruido” generado en las nuevas redes sociales, que envuelven cada vez más en brumas los límites entre lo verdadero de lo falso y que generan desinformación sobre la base del “exceso de información”. Sería injusto atribuir al posmodernismo la admisión o el elogio de la difusión de “fakenews”, por ejemplo, pero sí hay elementos en la perspectiva posmoderna que contribuyen a crear un clima favorable: los ataques a la razón, el relativismo y la tendencia a no diferenciar realidad y ficción, o la apelación a las emociones como forma de generar vínculos políticos colectivos.


¿Está la universidad preparada para formar estudiantes que puedan formarse teórica y metodológicamente sobre estas cuestiones? En definitiva ¿Enseña la universidad a pensar o reflexionar sobre asuntos trascendentes para la ciencia, la sociedad y el individuo?


Desde la universidad que yo conocí como estudiante o cuando me incorporé a ella, las cosas han cambiado mucho. Por ejemplo, en mi gremio, el de los historiadores, el nivel de competencia profesional, de apertura al mundo exterior, es hoy comparable al de otros países de nuestro entorno, no desmerece en absoluto. 

Otra cosa distinta son los planes de estudio, que no fomentan particularmente, por ejemplo, el acceso por parte de los estudiantes a los conocimientos o los métodos de otras disciplinas (Sociología, Antropología, etc.). La retórica de la interdisciplinariedad choca con esa realidad limitativa. Esto se palía en parte con el papel que desempeñan los másters, pero sigue predominando, en la formación básica de los estudiantes, una visión disciplinar demasiado cerrada, que luego quienes optan por la investigación deben, obviamente, superar.


Entrando en el marxismo, Marx señaló la importancia de la intervención en la sociedad frente a la interpretación de la misma con el objetivo de transformar la realidad. Las facultades de historia, marxistas o no, parecen tener poco interés por transformar la sociedad y menos por interpretarla ¿Están le han dado los historiadores la espalda al mundo?


Yo creo que es precisamente uno de los signos de la impronta posmoderna, aunque no solo de ella. Los posmodernos no creen que la Historia nos ofrezca instrumentos útiles para analizar críticamente el presente y actuar sobre él; en muchos casos, incluso se cuestionan la necesidad de la Historia como tal (Keith Jenkins habla de una futura sociedad “sin Historia”, que no se moleste en “historizar el pasado”). 

La universidad es parte de la sociedad, y si ésta última se encuentra relativamente desmovilizada y desideologizada, ¿cabe pensar que eso no afecte a la universidad? Con todo, en esta universidad, quizás mayoritariamente conformista en lo político-social y entregada al saber erudito o profesional sin cuestionarse en exceso su función social, existen focos de pensamiento crítico bastante más amplios de que una visión superficial nos puede hacer pensar.

¿Se corre (cierto) riesgo de reducir la historia a un mero saber erudito?


Dejando claro que la buena erudición y el adecuado andamiaje metodológico son fundamentales para elaborar una Historia crítica, lo que sí creo que predomina entre los historiadores es un cierto sentido gremial que tiende a eludir los debates y las controversias de fondo, en una especie de tolerancia y “fair play” mal entendidos. Creo que se pueden y deben definir posiciones -como modestamente quiere hacer este libro- y a la vez reconocer el valor del trabajo de quienes no las comparten.


Te expongo la siguiente frase: Marx es un autor al que lo han leído muchas menos personas de las que lo presumen y de las que lo han leído, una gran parte no se ha enterado de gran cosa. 

Creo que es verdad lo que dices, aunque ahora ni siquiera esté de moda citar a Marx ni presumir de haberlo leído, salvo para emitir un desdeñoso juicio de distanciamiento o condescendencia; es más frecuente (a la vez que respetable e “historiográficamente correcto”) encontrar, en los índices onomásticos de los libros o en las notas a pie de página, nombres como Geertz, Bourdieu, Hayden White, Ricoeur o Foucault. Cabe destacar, en todo caso, que no pocos historiadores no marxistas siguen reivindicando la utilidad de Marx, incluso muchos que piensan que el marxismo debe purgar su vinculación a proyectos políticos y experiencias históricas que les desagradan. 

Por supuesto que hay que leer (o releer) a Marx, pero yo recomendaría sobre todo empezar por leer a tantos marxistas actuales, ortodoxos o heterodoxos que han estado y están planteando en las últimas décadas reflexiones verdaderamente importantes para comprender el mundo y las sociedades actuales y pasados (Friedric Jameson, Terry Eagleton, Daniel Bensaïd, Ellen M. Wood, Robert Brenner, David Harvey, Georges Dumenil, Domenico Losurdo, Alex Callinicos, Erik Olin Wright, Heidi Hartmann, Perry Anderson, Silvia Federici, etc. etc.). Pese a la crisis y el retroceso de las últimas décadas, el pensamiento marxista o marxistizante ha seguido vivo.


Hobsbwam y Thompson se erigen como los principales referentes de la historiografia marxista. Haces hincapié en lo que ambos autores pueden aportar al estudio de la historia y las sociedades, sin embargo… ¿Lo aportan realmente?


Hobsbawm y Thompson, como exponentes destacados de la historiografía marxista británica, son referentes fundamentales aún hoy de un tipo de Historia social crítica y abierta a lo cultural. Los planteamientos de ambos tienen puntos de conexión, pero también diferencias que sería largo explicar. Los dos escriben con un pulso literario verdaderamente rico y atractivo. Su influencia es amplia (Thompson es el más citado en la segunda mitad del siglo XX y Hobsbawm probablemente el más traducido y parece que uno de los más leídos). Pero su huella evidente, que va mas allá de la disciplina histórica, no supone que sus posiciones historiográficas sean hegemónicas. 

El “modelo” thompsoniano de la formación de la clase obrera y algunos de las nociones que utiliza (como las de “experiencia” o “economía moral”) sí han ejercido un amplio influjo, aunque a menudo más superficial que profundo. En el caso de Hobsbawm, la influencia se refiere, más que a su planteamiento general marxista, al abordaje de temas o campos concretos (nacionalismos, bandolerismo social, protestas primitivas, etc.), o a sus sugestivas y diestramente construidas obras de síntesis, como la Historia del Siglo XX. 

Ambos proporcionan mimbres y sugerencias útiles para la posible reconstrucción de una historia marxista en el siglo XXI, pero junto con otras muchas, y en modo alguno podemos erigirlos como cánones directamente reproducibles, y sus aportaciones no deben ser sacralizadas.


Viene muy a cuento la siguiente anécdota: una vez me tacharon los planteamientos de Thompson sobre el concepto de clase como categoría histórica y el término de experiencia como planteamientos posmodernos.


Una caracterización así podría provenir de alguien a quien “le suene” Thompson sin haberlo leído y que participe de una visión dogmática o mecánica, propia de un cierto marxismo trasnochado. Thompson no comparte en absoluto los postulados del posmodernismo, salvo que por tal se entienda -lo cual es bastante absurdo- subrayar la importancia de los factores culturales u otorgar un papel importante a la acción social humana frente a la “determinación estructural”. ¿Cómo calificar de posmoderno a quien siguió hasta el final manifestando su repudio al “subjetivismo de moda y al idealismo”, o que defendía “estudiar el proceso social en su totalidad”?


La historiografía social española no ha logrado demasiado éxito cuantitativo y sigue predominando lo que podemos definir como la vieja historia, ni siquiera la posmoderna ha tenido un eco relevante dentro de nuestras fronteras. Sin embargo esta circunstancia, más allá de ocasionales lamentos no ha generado excesivas reacciones ¿Qué te sugiere esta cuestión? ¿Se hace necesario un combate frente a la vieja historia como el que se plantea frente a la posmodernidad?


No comparto que la historiografía española esté atrasada o al margen de lo que se hace en otras historiografías. La batalla contra una Historia tradicional y la incorporación de la renovación historiográfica del siglo XX ya se ha consumado plenamente, y yo diría que con bastante éxito, al menos en lo que se refiere a la Historia Contemporánea, que es la que mejor conozco. Paralelamente, fueron llegando a nuestro país influencias posmodernas o corrientes y tendencias que las incorporan. En esto como en otras cosas, España es cada vez es menos “diferente”.

Los historiadores más relevantes de las últimas décadas, al menos en contemporánea, no son para nada posmodernos. Los más peligrosos como Pío Moa, tampoco.


La labor del llamado revisionismo afecta menos a la investigación histórica propiamente dicha que a su difusión. Pío Moa es simplemente un vulgarizador, en el peor sentido de la palabra. Estos personajes ni suelen ser historiadores profesionales ni ejercitan métodos de investigación homologados por la Historia académica, como sucede también, por ejemplo, con María Elvira Roca Barea y su “best seller” Imperiofobia y leyenda negra. Sus libros no son resultados de prácticas historiográficas legítimas más allá de su intención conservadora o reaccionaria, sino de operaciones de marketing, que responden a rearmes ideológicos de una nueva derecha agresiva y autoritaria (el “aznarismo”, Vox y la actual deriva ultra de la derecha conservadora). 

La crítica historiográfica a los mismos resulta relativamente fácil, incluso a productos algo más sofisticados (pienso por ejemplo en los trabajos sobre la Segunda República o el Frente popular español de Álvarez Tardío, Rey Reguillo y otros). Pero la difusión es más difícil de controlar, porque responde a parámetros y a voluntades que nada tienen que ver con la calidad. Tal vez los historiadores mas críticos y rigurosos deberían plantearse combinar o compaginar la investigación seria con una difusión amplia más eficaz.


Pero Moa o Roca Barea no son modelos para los nuevos historiadores. Me preocupan más las modas entre los jóvenes investigadores, tan pulcramente formados en la metodología y los procedimientos de la investigación y a veces carentes de cautelas críticas (o de reservas ideológicas, incluso) que los pongan a salvo de ciertas modas temáticas o tics teóricos, que les ofrecen un reconocimiento gremial que útil en su carrera académica. Ahí es donde el virus posmoderno tiene un amplio campo de posibilidades de reproducirse, y citar a Judith Butler, Laclau o Clifford Geertz funciona como una especie de rito de paso grupal.


Al final del libro apuestas por una historia con fuerte compromiso político y planteas la necesidad de “repolitizar la historia”


“Repolitizar la historia” en el sentido que lo planteo no es utilizarla como arma arrojadiza o reducirla a la condición de arma de combate en menoscabo del rigor de su construcción, sino ubicar la disciplina donde siempre, consciente o inconscientemente, ha continuado estando: en el terreno de la legitimación o la crítica de los sistemas sociales y culturales.

 Es recuperar la idea del valor de la Historia para comprender el presente y atisbar el futuro, frente al rechazo posmoderno de la utilidad de la disciplina y su consideración de la misma como forma de arte o producto literario. En ese sentido, “repolitizar la Historia” sí podría considerarse una consigna anti-posmoderna.


¿Estas afirmaciones nos lleva a plantearnos el problema de la objetividad


Es, desde luego, un problema fundamental, pero abordarlo en profundidad exigiría una nueva entrevista. Como ciencia humana o social, obviamente, la Historia no nos proporciona certezas equivalentes a las de las ciencias naturales, porque el historiador está personal y socialmente implicado en los procesos históricos que analiza (no sucede lo mismo con las reacciones químicas o los procesos físicos). 

Pero eso no significa que, como dirían los posmodernos, cualquier visión del pasado sea igualmente legítima, o que la práctica de los historiadores se sitúe al mismo nivel que las de cualquier otro mecanismo de acceso al pasado (por ejemplo, no es lo mismo Historia que Memoria). Además de los principios deontológicos y éticos del historiador, existen mecanismos de depuración de las fuentes, criterios heurísticos y principios metodológicos que nos permiten reconstruir con rigor los datos y por ende, con los pertinentes matices, los procesos. Los propios controles gremiales actúan como filtros, teóricamente separando la mena de la ganga, pero por supuesto con la interferencia inevitable de intereses sociales. Pero, obviamente, la cuestión es compleja."                       

 (Entrevista al historiador asturiano Francisco Erice sobre su libro ‘En defensa de la razón. Contribución a la crítica del posmodernismo’.Héctor gonzález, Nortes, 08/05/20)

22/11/19

En los noventa nos quedamos aterrorizados con varios casos de secuestro. Con la extensión del miedo se empezó a sobreproteger a los hijos a la vez que los crímenes disminuían... muchas de las cosas que siempre había enseñado de pronto incomodaban a mis alumnos. “Vi una velocidad para alcanzar el enfado que no conocía”... han crecido sobreprotegidos, causando efectos negativos en las universidades: “Van de cabeza al fracaso”

"Jonathan Haidt (Nueva York, 1963) es un reconocido psicólogo social estadounidense que estudia el funcionamiento de nuestros juicios morales. De origen judío y ateo, se reconoce políticamente de centro. Da clase de Liderazgo Ético en la Universidad de Nueva York. 

Hace unos años, pocos, se percató de que muchas de las cosas que siempre había enseñado de pronto incomodaban a sus alumnos. “Vi una velocidad para alcanzar el enfado que no conocía”, describe durante la entrevista, mantenida en la Fundación Rafael del Pino, en Madrid. 

En La transformación de la mente moderna (Deusto) —escrito junto al abogado Greg Lukianoff—, alerta sobre la fragilidad de estos jóvenes, que han crecido sobreprotegidos y usando redes sociales, así como de los efectos negativos que estos están causando en las universidades: “Van de cabeza al fracaso”.

PREGUNTA. En el libro mencionan que la reducción de las horas de juego en grupo de los niños trae consigo muchos problemas. ¿Por qué es tan importante algo tan sencillo?

RESPUESTA. El juego para los mamíferos es una necesidad biológica. Y cuanto más grande es tu cerebro, más ayuda el juego. Los padres construyen un campo base seguro a partir del cual los niños se arman de confianza para salir a explorar y es en esas experiencias cuando más aprenden. A ser independientes, a resolver disputas, a colaborar. Son habilidades que funcionan en democracia. En los noventa nos quedamos aterrorizados con varios casos de secuestro. Con la extensión del miedo se empezó a sobreproteger a los hijos a la vez que los crímenes disminuían.

P. ¿A partir de qué edad deberíamos dejar de sobreprotegerlos?

R. Con ocho años. He estudiado a los niños callejeros y a esa edad pueden encontrar comida, buscar a la policía, colaborar y sobrevivir. Y además son felices haciéndolo. En Escandinavia sucede. A esa edad pueden manejar su libertad. Y animo a dar poco a poco cada vez más autonomía a los niños. Mi mujer y yo muy pronto mandamos a nuestra hija a comprarnos bagels para desayunar y al colegio iba ella sola. No tenemos que dejarnos llevar por nuestro miedo; acaba generando ansiedad.

P. ¿De qué forma es distinta la generación Z de la previa, la milenial?

R. Durante la adolescencia pocos de ellos trabajaron o condujeron y beben también menos. Cuando yo era joven bebíamos todas las semanas. Podrías pensar que es algo bueno que no beban, pero no. Y el efecto de todo esto es devastador. Sobre todo para ellas: depresiones y suicidios se duplican. Los mileniales empezaron a usar las redes a los 17. Ellos, en cambio, empezaron a hacerlo entre los 10 y 12 años.

P. ¿De qué manera les afecta haber usado desde niños las redes?

R. Hay dos tipos de comunicación. Tú y yo hablando. Y tú y yo hablando ante varios testigos. En este caso, no hablaríamos tan honestamente, nos dirigiríamos a la audiencia. En las redes es lo que pasa. En realidad tú me das igual. Lo que me importa es lo que piensen ellos. Y esto es muy poco saludable y nos está dirigiendo a una cultura del señalamiento, donde yo obtengo un montón de credibilidad por señalar tus errores. Eso causa crueldad, humillación… Es pésimo para todos, pero especialmente para los niños.

P. ¿Y cómo se vuelven frágiles?

R. En EE UU hemos sobreactuado ante el bullying. Hemos intentado frenar cada comentario negativo y eso es un gran error. Los niños tienen que encontrarse ante conflictos. Lo contrario los hace débiles. Ahora hay un aumento del razonamiento emocional. En muchas disciplinas los alumnos no critican los argumentos, sino a la persona que los desarrolla. Y eso es algo nuevo que hace difícil el pensamiento crítico. Si la universidad se convierte en el diván del terapeuta, se morirá.

P. En resumen: las redes nos vuelven más débiles.

R. Sospecho que se nos meten en el cerebro y golpean nuestra psicología moral de una forma que nos mantiene cabreados y divididos permanentemente. Y eso dificulta el compromiso necesario en política. En una democracia, que es algo arriesgado e inestable, es peligroso.

P. Antes escribió La mente justa, donde estudió la polarización reinante. Quizá tenga algún consejo para los políticos en España, que no logran ponerse de acuerdo.

R. El problema es que ahora los políticos no se hablan. Antes, en EE UU los políticos vivían en Washington y se veían los fines de semana. Ahora no es así, cada uno vive en su ciudad y no crean vínculos. La mayoría de los políticos son muy sociables y en parte los contratamos para que usen esa habilidad. Pero ahora parece imposible. Habría que mejorar el diseño de las dinámicas de gobierno para aumentar las amistades y reducir el escrutinio público. Todo lo que puedas hacer para aumentar la comunicación directa entre los políticos sin que haya una audiencia de por medio es bienvenido.

P. ¿Hay algún político que crea que puede unir a Estados Unidos?

R. Me gusta Pete Buttigieg [demócrata]. Tiene 37 años, es gay, fue marine en Afganistán. Que sea un veterano está genial. Y que sea gay no tendría por qué ser un obstáculo, hemos avanzado mucho. Habla de maravilla y une a la gente. Es el alcalde de una pequeña ciudad en Indiana. No tiene una gran carrera, pero Trump tampoco la tenía. Creo que podría atraer a la mayoría de los estadounidenses.

P. La polaridad, ¿tiene un tope?

R. Nada sigue creciendo para siempre. De aquí a 100 años globalmente estaremos mejor. Pero creo que en 10 o 20 años EE UU empeorará. Veo muchas opciones de que mi país falle. Son tiempos difíciles para la democracia. Quizá se divida, se vuelva funcionalmente inefectiva o entremos en guerra. Todo esto era inconcebible hace cinco años. Cuando Trump se marche, habrá muchos cambios, pero el sistema ya está fastidiado de partida. Permitió que saliera elegido. Si no tuviéramos redes sociales, no habría pasado."       

(Entrevista a Jonathan Haidt , psicólogo social, Carmen Pérez-Lanzac, El País, 27/10/19)