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11/4/22

Margarita, de Cádiz, 84 años: en los peores meses de la pandemia cosió 50 mascarillas diarias en su casa... Le propusieron venderlas (ya que había otra gente que las vendía) y ella dijo que no, que era una necesidad y que ella estaba y está para ayudar... Luis Medina, marqués de Villalba: en los peores meses de la pandemia trincó 5 millones de euros tras venderle material sanitario defectuoso al Ayuntamiento de Madrid... En España lo mejor es el pueblo. Siempre ha sido lo mismo

PabloMM @pablom_m

Margarita, de Cádiz, 84 años: en los peores meses de la pandemia cosió 50 mascarillas diarias en su casa. Luis Medina, marqués de Villalba: en los peores meses de la pandemia trincó 5 millones de euros tras venderle material sanitario defectuoso al Ayuntamiento de Madrid.
Arantxa۞ @ArantxaRG_

Le propusieron venderlas (ya que había otra gente que las vendía) y ella dijo que no, que era una necesidad y que ella estaba y está para ayudar. Es mi abuela, qué os voy a contar
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 "En España lo mejor es el pueblo. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva". Antonio Machado.

8:35 p. m. · 7 abr. 2022
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20/10/20

En materia de regulación ambiental, finanzas, seguridad del consumidor, antimonopolio o política comercial, los funcionarios gubernamentales han cedido el control a las corporaciones porque son las corporaciones las que determinan cómo se produce y se difunde el conocimiento. La única solución real es hacer que las empresas sean más democráticas. Eso significa dar a los empleados y las comunidades locales una voz directa en la forma en que se gobiernan las empresas.

 " Se ha promovido el "capitalismo financiero" para equilibrar el mercado y la sociedad, pero en última instancia, la única solución es hacer que las empresas sean más democráticas.

Hace cincuenta años, Milton Friedman publicó un artículo en el New York Times que articulaba lo que ha llegado a conocerse como la doctrina Friedman: `` la responsabilidad social de las empresas es aumentar sus ganancias ''. Era un tema que había desarrollado en su 1962 libro Capitalismo y libertad, donde argumentó que la "única" responsabilidad que las empresas deben a la sociedad es la búsqueda de ganancias dentro de las reglas legales del juego.

La doctrina Friedman puso su sello en nuestra era. Legitimó el capitalismo despreocupado que produjo inseguridad económica, alimentó la creciente desigualdad, profundizó las divisiones regionales e intensificó el cambio climático y otros problemas ambientales. En última instancia, también provocó una reacción social y política. Muchas grandes empresas han respondido adoptando, o hablando de labios para afuera, la noción de responsabilidad social corporativa.
Bien social

Esa noción se refleja en otro aniversario este año. El Pacto Mundial de las Naciones Unidas, lanzado hace 20 años, apunta directamente a la doctrina Friedman al tratar de persuadir a las empresas para que se conviertan en agentes del bien social más amplio. Más de 11.000 empresas que operan en 156 países se han adherido, asumiendo compromisos en las áreas de derechos humanos, estándares laborales y ambientales y anticorrupción.

 John Ruggie, el académico que jugó un papel clave en el desarrollo y la gestión del Pacto Mundial, describe ésta y otras iniciativas similares como esfuerzos transnacionales que ayudan a las empresas a desarrollar identidades sociales.

 Al promover normas de comportamiento, estas iniciativas permiten a las empresas autorregularse. Como tales, sostiene Ruggie, llenan el vacío creado por el declive de las formas tradicionales de regulación por parte de los gobiernos nacionales y las organizaciones públicas internacionales, convirtiéndolos en una herramienta importante para el reequilibrio del mercado y la sociedad que necesitamos.

Profesores de negocios líderes, como Rebecca Henderson de Harvard y Zeynep Ton del Instituto de Tecnología de Massachusetts, han estado argumentando que es de interés a largo plazo para los líderes corporativos cuidar el medio ambiente o sus trabajadores. Hace un año, la US Business Roundtable se unió al tren con una declaración revisada del propósito corporativo, comprometiéndose a entregar valor no solo a los accionistas, sino a "todas las partes interesadas", incluidos empleados, clientes, proveedores y comunidades. La declaración fue firmada por directores ejecutivos de casi 200 empresas importantes con una capitalización de mercado combinada superior a 13 billones de dólares.
Efectividad poco clara

Y, sin embargo, a pesar de la oleada de apoyo del sector privado a la responsabilidad social empresarial, la eficacia de confiar en el interés propio ilustrado de las empresas sigue sin estar clara. Un análisis reciente de Lucian Bebchuk y Roberto Tallarita de la Facultad de Derecho de Harvard proporciona un contrapunto aleccionador.

 Bebchuk y Tallarita concluyen que iniciativas como la de Business Roundtable son `` en gran medida un movimiento retórico de relaciones públicas '': no ​​se reflejan en las prácticas reales de gobierno corporativo y no se comprometen con las difíciles compensaciones que se requerirían si los intereses de las partes interesadas fueran tenido en cuenta. 

Además, estas iniciativas podrían resultar contraproducentes al "generar esperanzas ilusorias en torno a los efectos positivos para las partes interesadas". Por tanto, las políticas gubernamentales que regulan la forma en que las empresas tratan a sus trabajadores, las comunidades locales y el medio ambiente siguen siendo de fundamental importancia.

Los defensores del capitalismo de los accionistas no necesariamente minimizan el papel de los gobiernos. Algunos, como Henderson, argumentarían que las empresas socialmente responsables facilitan que los gobiernos hagan su trabajo adecuado. En otras palabras, la regulación gubernamental y el accionista empresarial son complementos, no sustitutos, como creen Bebchuck y Tallarita.

 Subversión corporativa

Pero, ¿qué pasa si las corporaciones son tan poderosas que diseñan las regulaciones ellas mismas? El columnista del Financial Times, Martin Wolf, escribió recientemente: “Solía pensar que Milton Friedman tenía razón. Pero he cambiado de opinión ". La falla de la doctrina Friedman, explicó Wolf, es que las reglas del juego según las cuales las corporaciones perseguirían sus ganancias no están formadas democráticamente, sino por la influencia dominante" del dinero. Las reglas están corrompidas por la subversión del proceso político por parte de las corporaciones a través de contribuciones financieras.

 Pero sacar dinero de la política, como recomienda Wolf, no resolvería el problema por completo. La razón es que la llamada captura epistémica es tan importante como la captura financiera. La regulación y la formulación de políticas requieren un conocimiento detallado de las circunstancias que enfrentan las empresas, las posibilidades disponibles y cómo es probable que evolucionen estas posibilidades.

 En materia de regulación ambiental, finanzas, seguridad del consumidor, antimonopolio o política comercial, los funcionarios gubernamentales han cedido el control a las corporaciones porque son las corporaciones las que determinan cómo se produce y se difunde el conocimiento. Esto les da el poder de determinar cómo se definen los problemas, qué soluciones se consideran y cómo se ve la tecnología.

 En tales circunstancias, es difícil para los gobiernos establecer reglas básicas socialmente deseables sin un aporte significativo y, por lo tanto, una influencia de las empresas. Esto requiere un modo diferente de gobernanza regulatoria, según el cual las autoridades públicas establecen amplios objetivos económicos, sociales y ambientales, pero refinados (y ocasionalmente revisados) en un proceso continuo de colaboración iterativa con las empresas. Si bien es difícil lograr el equilibrio entre el sector público y el privado, existen ejemplos exitosos de dicha colaboración en la promoción de la tecnología, la seguridad alimentaria y la regulación de la calidad del agua.

Sin embargo, en última instancia, la única solución real al enigma es hacer que las empresas sean más democráticas. Eso significa dar a los empleados y las comunidades locales una voz directa en la forma en que se gobiernan las empresas. Las empresas pueden convertirse en un socio confiable para el bien social solo cuando hablan con las voces de aquellos cuyas vidas moldean."                (Dani Rodrik, Social Europe, 13/10

17/10/19

Debemos ser morales porque… no tenemos más remedio que serlo. Estamos diseñados para ello. Somos morales porque tenemos un sexto sentido... el sentido moral. Si vemos cómo se golpea a un niño, sentimos algo parecido al vértigo. Eso es el “sentido moral”... los sentimientos benévolos son parte inalienable de la condición natural humana. Están ahí... ¿Y qué pasa con la crueldad? Pues que resultaría ser un aprendizaje...

"Cuando la Modernidad alboreó, allá por los finales del siglo barroco, hubo que volver a hacerse las viejas preguntas y las respuestas cambiaron. Por ejemplo, esta: “¿Por qué debemos ser morales?”. 

La respuesta admitida había estado clara más de un milenio: porque así lo quiere Dios Nuestro Señor y serlo evita las penas del infierno. Dios ha dado su ley, de una vez para siempre. Se debe cumplir y no hay más que contar. Si alguien duda de las llamas infernales, tenemos previstas llamas terrenales para que pierda cuidado.

Pero ahora es distinto. Vamos a sacar del matraz a Dios, dada su enorme masa, y dejemos fuera también el temor a los fuegos infernales y quizás a los de aquí. Vamos a buscar otras respuestas. ¿Por qué debemos ser morales? Bueno… porque… ¿para evitar líos? ¿Porque somos seres racionales y la razón nos exige que lo seamos? Quizá somos morales para no contravenir a nuestra racionalidad. Descartes, el primer y mayor de los racionalistas, no lo apoyó. 

Fue más bien partidario de no buscarse problemas. Esto tardó su tiempo. Sin ir más lejos, un tipo tan evidentemente genial como Hume, un escocés, se permitió bromear de esta manera: del hecho de que yo prefiera que estalle el mundo siempre que a mí no se me estropee un dedo, no se sigue ninguna falta de lógica. Va a ser que el universalismo moral no depende de la calidad de nuestra razón.


Las mejores respuestas a una pregunta tan compleja vinieron de Inglaterra y de Escocia. Se macizaron así: debemos ser morales porque… no tenemos más remedio que serlo. 

Estamos diseñados para ello. Somos morales porque tenemos un sexto sentido. Cuando vemos una acción directamente contraria a lo que es bueno, se nos levanta un asco, un horror, se nos despierta algo en el fondo de nuestro cuerpo que nos dice que aquello no está bien. Es nuestro sexto sentido, el sentido moral. Si vemos cómo se golpea a un niño, a un animal indefenso, se viola, se calumnia con gusto…, sentimos algo parecido al vértigo. 

Eso es el “sentido moral”. Con tan buena guía es difícil equivocarse. Es tal que la vista o los oídos. Y, como ellos, puede muy bien suceder que alguien lo tenga flojo o carezca por completo de él. Pero eso no lo invalida. La mayoría lo poseemos en su modo corriente. A quien lo tenga deficiente difícilmente se lo podemos mejorar. Lo mejor es precaverse de ese tipo de gente… o gentuza.


Estas cosas, en filosofía, nunca se afirman sin que se desate una polémica, pero dejémosla ahora callada. Hutcheson lo bordó: los sentimientos benévolos son parte inalienable de la condición natural humana. Están ahí. Antes de hablar ya sonreímos. No somos buenos por naturaleza, pero somos morales por destino. Para hacer desaparecer a ese nuestro sexto sentido hay que trabajar bastante. Porque es más fuerte que la voz de la conciencia. Es terror y vómito a un tiempo.

¿Y qué pasa con la crueldad? Pues que resultaría ser un aprendizaje. Poco a poco, mediante sucesivas y al principio pequeñas crueldades, aprenderíamos a orillar y evitar ese sentimiento innato. Iríamos subiendo la dosis. Ensayaríamos a distanciarnos con los objetos, los animales, los débiles, subiendo y alargando la distancia hasta ensordecer a nuestra naturaleza. Practicaríamos la crueldad en gustos y espectáculos. Distancia, risa, chacota del dolor ajeno. Gusto por la crueldad o incluso el ensañamiento. 

Lo llevaríamos a término con ciertas excepciones… con cualquiera que no pudiera devolvérnosla. Porque esa precaución siempre, quien no fuera definitivamente idiota, la guardaría. Así que desde el siglo ilustrado la humanidad supo que tenía un sentido que añadir a los cinco corrientes. Cierto problema había en que nunca antes hubiéramos sabido nada de él. Pero no seamos gente puntillosa. Reconocemos lo que se nos quiere decir.


Ahora le solemos llamar “inteligencia emocional”, esto es, la capacidad de ponerse en el lugar de otro o de casi poder sentir lo que siente si a ello nos afanamos. Goleman, cuyos libros fueron tan visitados a principios de milenio, es lo que cuenta. Que hay gente más o menos lista en ver y captar la emoción base de los demás. Percibimos que en esas intuiciones brilla una chispa de verdad. Por lo mismo sabemos cómo se educa en la falta de compasión. Sabemos que muchas culturas definitivamente han hecho de esa senda cruel su fundamento de existencia. Nos basta con ver su pedagogía de presentación. Las reconocemos. Todavía las usamos."                     (Amelia Valcárcel, El País, 12/10/19)

3/10/19

Hemos progresado en nombre de la dignidad porque todo el mundo la sentía, aunque no fuera capaz de definirla... el asco a la indignidad marca el camino del progreso... lo podemos decir hoy de los inmigrantes... Hay una sociedad crítica con sus gobernantes escandalizada de cómo tratan a inmigrantes que huyen de la guerra y el hambre... ese escándalo es absolutamente nuevo en la historia de la humanidad porque presupone algo que nunca había hecho nadie antes, que es conceder al extranjero una dignidad infinita de origen...

"Tras dedicar una tetralogía a la ejemplaridad, el filósofo Javier Gomá (Bilbao, 54 años) se lanza en su último ensayo a reflexionar sobre otro concepto esquivo: la dignidad. Un término que define en Dignidad (Galaxia Gutenberg) como "lo que estorba y resiste a todo, incluido el interés general y el bien común" y que ha sido "olvidado y despreciado por la filosofía", frente a su presencia cotidiana en la calle, los mitines o los medios de comunicación.

 "Hemos progresado en nombre de la dignidad porque todo el mundo la sentía, aunque no fuera capaz de definirla", afirma en una entrevista con este periódico en Madrid, en la sede de la Fundación Juan March, que dirige desde 2003, un año antes de obtener el Premio Nacional de Ensayo por Imitación y experiencia.

Pregunta. ¿A qué se debe ese olvido de la filosofía por el concepto de dignidad que lamenta en el libro?

Respuesta. La primera causa, que es estructural, es la que dice Petrarca en el siglo XIV: que la miseria de la vida basta con abrir los ojos para verla, tan manifiesta es, mientras que la dignidad hay que cavar hondo para encontrarla. Es un concepto hasta cierto punto esquivo.

Hay además una causa cultural. A partir de Kant la filosofía es crítica. La cultura, durante siglos, era un instrumento de socialización, que permitía que ese salvaje que nacía de la madre se convirtiera, años después, en ciudadano. A partir de un momento, [la cultura] es sobre todo un instrumento de dominación. Y eso hace que sea liberador, pero poco creador y ciego al carácter transformador del concepto de dignidad. Hoy lo más frecuente es una ideología desconfiada, escéptica frente a cualquier ideal positivo, mientras que la dignidad es un ideal de transformación, de innovación.

La filosofía ha dado la espalda por completo al concepto de dignidad y ha sido la sociedad, como proyecto colectivo, la que —sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX— ha cogido la bandera de la dignidad y producido unas transformaciones extraordinarias, sin el respaldo de la filosofía. Es una inversión de lo que normalmente ocurre y ha tenido como consecuencia una filosofía que no ha meditado sobre la dignidad, pero también unos movimientos sociales realizados históricamente en nombre de un concepto que no ha definido.

P.  ¿Por qué esa diferencia entre el peso de la palabra en la filosofía y en ámbitos como el jurídico o el periodístico?

R: Porque es un término que connota, casi hechizante, sugiriendo esa cualidad del individuo que no puede ser atropellada. El gran hallazgo del siglo XX es que la dignidad individual prevalece sobre proyectos colectivos, de progreso, de mayor felicidad.

Es aquello que no puede ser sustituido por algo equivalente, que es lo que es el precio. Incluso invocando causas justas: el progreso, el bienestar, la felicidad de la mayoría... Es esa cualidad diamantina, resistente a todo, que incluso puede detener la marcha del progreso, porque convierte al resto de la humanidad en deudora. 

Quien la posee, y todo el mundo la posee, se convierte en acreedor, porque la humanidad le debe el derecho a la dignidad. Hemos progresado en nombre de la dignidad porque todo el mundo la sentía, aunque no fuera capaz de definirla.

P. ¿No puede generar monstruos un concepto que puede oponerse al bien común y que cada uno define de forma individual?

La filosofía no da la solución del crucigrama, una respuesta a todas las situaciones generadas por la riqueza e imprevisibilidad de la vida. Cuando se ha usado la dignidad para dar un problema taxativo a la eutanasia, al aborto, a la manipulación genética o a si se puede disparar a un avión cargado de pasajeros que va a estrellarse contra el Congreso de Estados Unidos, es cuando se convierte en recetario, que es algo que la filosofía no debe dar.

P. En el libro habla de cómo el asco a la indignidad marca el camino del progreso...

R: Asociamos la moral con lo fijo, pero hay un progreso moral que tiene que ver con una evolución de lo que consideramos evidente. En el ámbito de la dignidad, el progreso viene a menudo a partir del escándalo, como ocurrió con la novela social en el siglo XIX. 

Se te hace evidente algo que durante muchos siglos no es que no fuera evidente, es que era invisible, porque formaba parte del entramado normal de dominación. De repente ves el niño que, como en las novelas de Dickens, trabaja 18 horas al día, o la mujer abandonada después de ser violada o a un preso por deudas, algo que se suprimió en el siglo XIX.

Sí, se sigue violando a las mujeres, pero antes no se le daba ese nombre, porque no se reconocía dignidad a esas mujeres y, por tanto, no se violaba nada. La gran diferencia es que ya no puedes violar sin degradarte, envilecerte, sin producir asco a tu alrededor.

No sé cómo verán nuestros nietos el trato que hoy reciben los refugiados...

Lo mismo que decimos sobre las mujeres podemos decir hoy de los inmigrantes. Hay una sociedad crítica con sus gobernantes, al menos en Occidente, escandalizada de cómo tratan a inmigrantes que huyen de la guerra y el hambre. Y es justo que se escandalicen, siempre y cuando se ponga también el énfasis en que ese escándalo es absolutamente nuevo en la historia de la humanidad, porque presupone algo que nunca había hecho nadie antes, que es conceder al extranjero una dignidad infinita de origen, abstrayendo de todas las consideraciones. 

El principio de que el ciudadano tiene todos los derechos y el extranjero es un paria, que casi se asimila al esclavo, ha sido universal. Que hoy día nos estemos escandalizando es una extraordinaria noticia porque implica un progreso moral sin precedentes.

P. ¿Existen dignidades colectivas?

R: Sería un uso coloquial, no técnico. Sobre la que yo reflexiono es individual y pone el acento en lo distintivo de lo humano frente a los colectivismos, pero también frente a conceptos como la dignidad de la tierra, en el que se trata de relativizar la dignidad de lo humano para decir que el lagarto y el humano tienen la misma dignidad por pertenecer a la naturaleza. Yo trato de exasperar aún más la diferencia entre el hombre y el lagarto.




La creciente demanda de dignidad a los políticos


Pregunta. En el libro menciona la renuncia al "perfeccionismo político" y la búsqueda del acuerdo en la Transición, lo que conecta con la actualidad política española estos días

Respuesta. En política, la finalidad es la obtención del poder. Y una vez obtenido, su mantenimiento. Si no pones frenos, será una obtención desvergonzada, no sujeta a reglas. No es ser cínico, sino realista, decir que la política es sobre todo el arte de obtener y mantener el poder, por todos los medios que la sociedad le permita. ¿Cuál es el mayor contrapoder que existe en el mundo? Una ciudadanía ilustrada, consciente de su dignidad y de lo que se le debe.

Yo entiendo que los políticos hacen siempre lo que más les conviene para obtener sus objetivos políticos, pero no pueden ignorar del todo la demanda de una ciudadanía que, siendo cada vez más lustrada, es progresivamente más consciente de su dignidad y castiga aquellos comportamientos que, entiende, son ofensivos para la dignidad que considera que los políticos le deben respetar.

Pablo Iglesias, Pedro Sánchez, pero también [Albert] Rivera y [Pablo] Casado, tienen que combinar la obtención cruda del poder, con la imagen de la dignidad. Y una sociedad ilustrada hace que esa demanda de dignidad sea creciente."                    (Entrevista al filósofo Javier Gomá, antonio Pita, El País, 18/09/19)

28/1/19

La inmensa mayoría de nosotros pensaba que la posibilidad de encontrar a Julen con vida era inferior a una entre un millón... A un extraterrestre que nos vigilara desde el espacio le costaría mucho trabajo entender como los seres humanos son capaces de ser solidarios hasta la locura y, a la vez, permitir la muerte masiva de niños como Julen en guerras, atentados, hambrunas, enfermedades curables y travesías en patera... fuimos la especie más altruista y sacrificada del planeta a la hora de proteger a nuestra tribu pero, a la vez, fuimos la especie más agresiva y cruel con aquellos que se cruzaban en nuestro camino...

"La inmensa mayoría de nosotros pensaba que la posibilidad de encontrar a Julen con vida era inferior a una entre un millón. También lo pensaban, sin duda, los mineros y guardias civiles que se han jugado la vida, literalmente, para llegar hasta él, los profesionales de todo tipo que han trabajado a ritmos inhumanos y la gente de Totalán que se ha volcado en ayudar a la familia y en facilitarle las cosas a los miembros del operativo… 

Y todos lo han hecho con el mismo esfuerzo y el mismo espíritu de sacrificio que si este endiablado reto de uno entre un millón fuera posible ganarlo

A un extraterrestre que nos vigilara desde el espacio le costaría mucho trabajo entender como los seres humanos son capaces de ser solidarios hasta la locura y, a la vez, permitir la muerte masiva de niños como Julen en guerras, atentados, hambrunas, enfermedades curables y travesías en patera

La razón de esta paradoja es antropológica: fuimos la especie más altruista y sacrificada del planeta a la hora de proteger a nuestra tribu pero, a la vez, fuimos la especie más agresiva y cruel con aquellos que se cruzaban en nuestro camino o considerábamos una amenaza.

Es fácil pensar que un niño de dos años forma parte de aquello que debemos proteger (aunque no faltan seres humanos que los martiricen, los rapten, los esclavicen o los asesinen por diversos motivos) pero también es cierto que para convertir esta protección en algo concreto y activo es importante convertirlo en algo concreto e identificable. 

Por eso nos conmueve mucho más un caso como el de Julen que una estadística sobre accidentes mortales en niños de corta edad

Esta cuestión introduce varios temas peliagudos: ¿por qué darle tanta cancha a Julen cuando hay tantos niños desaparecidos, accidentados o víctimas de enfermedades incurables?, ¿No hay algo de amarillismo en los medios que se vuelcan azarosamente sobre algunos casos y que obvian otros iguales o peores?, ¿Por qué los políticos, los artistas y los deportistas se vuelcan en algunos temas y en otros no?…

Sin duda hay algo injusto en la locura que ha generado un accidente como el de Julen porque hay muchos niños y familias que padecen tragedias iguales o incluso más flagrantes. Como también tuvo algo de injusto la conmoción que provocó en 2015 Aylan, el pequeño inmigrante ahogado en una playa turca, cuando entonces, como ahora, había y hay tantos otros niños ahogados en el más absoluto anonimato .

Sin embargo, y personalmente, creo que criticar estas “injusticias” es un error porque pueden cumplir una función irreemplazable a la hora de llamar la atención sobre determinadas problemas, a la hora de denunciar determinadas realidades o de poner en valor ejemplos de solidaridad y heroísmo como los que se han producido en Totalán. 

Si se cumplen estos objetivos, sea bienvenida la injusticia de focalizar determinados temas.
Nuestros antepasados, los homo sapiens, iniciaron su andadura llevándose por delante a una docena de especies de homínidos, primos suyos pero menos listos que ellos. Con semejantes antecedentes, todo esfuerzo es poco para dejar atrás el mero instinto grupal de autoprotección y avanzar hacia la bendita locura de ser más solidarios, más justos y más altruistas."                  (Groskke, la izquierda unida y más, 25/01/19)

15/6/18

La detención del flujo migratorio en los países africanos lo hace la UE con los métodos brutales allí imperantes, vía subvenciones a mafias locales para detener a los emigrantes antes de cruzar el mar. Este endurecimiento activo se está realizando sin alterar el habitual discurso humanitario sobre derecho de asilo, valores y demás. Hipocresía

"Solo los países que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas al emigrante sin sentir vergüenza.

En el mundo de hoy hay 230 millones de emigrantes internacionales, alrededor de un 3% de la población global, frente a los 174 millones estimados en el año 2000. Desde finales del siglo XX, una creciente desigualdad territorial y social, crisis y conflictos, así como la circulación de la información que estimula la comparación y las ganas de irse, aceleraron y mundializaron las emigraciones.

Una encuesta realizada en 2014 por la OIT en 150 países, sugiere que más de una cuarta parte de los jóvenes de la mayoría de las regiones del mundo quiere residir permanentemente en otro país. Nada más comprensible en un planeta en el que 1200 millones de personas viven en la extrema pobreza y donde a una quinta parte de la población le corresponde sólo el 2% del ingreso global, mientras el 20% más rico concentra el 74% de los ingresos.

Este es el gran contexto del fenómeno migratorio que está yendo a más y que las consecuencias del calentamiento global multiplicarán, según todas las previsiones. ¿Cómo se está respondiendo a esto en el Norte global?

La actual crisis migratoria en Europa es insignificante, comparada con la situación de países como Líbano, Turquía o tantos países africanos y del Sur global, donde se recibe más del 50% de los flujos migratorios del planeta. Pese a ser pequeña, la corriente recibida en la UE crea grandes convulsiones políticas. 

La respuesta es el actual endurecimiento de la política migratoria europea enfocado hacia más expulsiones, movilización militar en el Mediterráneo y detención del flujo migratorio en los países africanos, con los métodos brutales y en las circunstancias allí imperantes, vía acuerdos y subvenciones a mafias y bandas militares locales para detener a los emigrantes antes del intento de cruzar el mar.

 Este endurecimiento activo se está realizando sin alterar apenas el habitual discurso humanitario sobre derecho de asilo, valores y demás, una hipocresía que quedó bien patente en la última cumbre euro-africana celebrada en París a finales de agosto.

El vector de esta política apunta hacia una división del mundo en dos categorías, dos castas geográfico-sociales, en la que el estrato superior que podría implicar al 20% de la población del planeta podría vivir en un cuadro de relativa distribución, suficiente para generar un consenso y una fuerza militar capaz de mantener al 80% restante en una posición totalmente subyugada y paupérrima. Evocando este escenario, el sociólogo Immanuel Wallerstein observa con razón que, “el orden mundial que Hitler tuvo en mente no era muy diferente”.

Al mismo tiempo, es evidente que el Norte no puede abrir de par en par las puertas al Sur sin exponerse a grandes trastornos. Esas tensiones ya están hoy a la vista en Estados Unidos y en la UE, donde alimentan xenofobias y nacionalismos excluyentes que se mezclan con la merma de soberanía que resulta de la mundialización neoliberal y son uno de los factores de desintegración interna.

 Propugnar una política de puertas abiertas, algo que como actitud moral es correcto, resulta completamente inviable e irrealista desde el punto de vista político. 

A la luz de los incrementos que están por venir como consecuencia del belicismo, del cambio climático y de los incrementos demográficos, ni el estado social ni la estabilidad política resistirían la prueba de tal apertura en el Norte. Entonces, ¿Cuál es la política adecuada, la actitud conforme con los retos del siglo y el más elemental humanismo que podrían defender los responsables políticos ante sus electores, desmarcados de esa hitleriana Herrenvolk-Demokratie del 20% de los humanos sobre la subyugación y la pobreza del resto?

La respuesta es obvia: una política decente en materia de emigración es imposible sin afrontar las cuestiones generales que están en el origen del fenómeno; la cuestiones de la guerra y de la paz, del desarrollo desigual y del calentamiento global.

 Solo los países que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas a una emigración masiva del Sur sin sentir vergüenza. Cumplir con el mundo, quiere decir llevar a cabo en su acción de gobierno -y promover en su acción exterior- una línea en sintonía con los retos de los tiempos. El decálogo de tal política es cada vez más evidente.

La actual crisis migratoria en Europa está en relación directa con el estado de guerra declarado en Oriente Medio, desde Afganistán hasta el norte de África, con su epicentro en Siria e Iraq. Recordemos que en Afganistán quince años de guerra han creado 220.000 muertos, que en Iraq trece años produjeron más de un millón de víctimas y la división del país en tres trozos, que en Libia se contabilizan más de 40.000 muertos tras seis años de caos y la división del país en trozos, y que en Siria seis años de guerra han generado más de 300.000 muertos y fragmentado el país. 

En todos esos países la intervención occidental ha empeorado claramente la situación existente antes. Acabar con eso, dejar de participar en eso y romper con las alianzas que promocionan eso, sería el primer artículo del decálogo para cumplir con el mundo.

El antibelicismo habría que conjugarlo con políticas contra el crecimiento crematístico que está en el origen de tales desastres, con el fin de las políticas comerciales basadas en la rapiña y el abuso así como con los regímenes emplazados en el Sur para garantizarlas, con la práctica del multilateralismo en la esfera diplomática, con la denuncia de los acuerdos y relaciones desiguales, con el coto al extractivismo y a la emisión desenfrenada de gases responsables del efecto invernadero, con el respeto y desarrollo de los acuerdos internacionales en la materia, con el cumplimiento del insuficiente compromiso de la ONU de dedicar el 0,7% del PIB a la ayuda al desarrollo, con la prohibición de la venta de armas y la sanción al colonialismo, con la promoción del desarme de los recursos de destrucción masiva comenzando por las cinco potencias nucleares del consejo de seguridad de la ONU, etc., etc.

Solo desde un programa político reformista y humanista que apuntara en esa dirección, podría un estado nacional cerrar sus puertas a los grandes flujos migratorios que están por venir, alegando su compromiso práctico con un mundo viable y la necesidad de preservar su estabilidad interna.

Solo los gobiernos del Norte que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas al emigrante sin sentir la vergüenza que suscita la presente política hipócrita de la Unión Europea, hablando por un lado de derechos y valores mientras se organizan centros de detención de emigrantes en África y se alimentan las hogueras globales con un modo de vida inviable para todos y sostenido por el militarismo."               (Rafael Poch, 15/09/18)

3/7/15

La ceguera moral... la nuestra

" El internacionalmente famoso, sociólogo polaco, Zygmunt Bauman nos acaba de sorprender con un nuevo libro impactante, publicado recién en marzo de este año, con el título “Ceguera moral”. Denuncia la insensibilidad moral y el deterioro moral progresivo que según él se está convirtiendo en característica de nuestro tiempo. (...)

Para identificar mejor lo que está pasando, Bauman crea un neologismo de raíz griega: “adiáfora”, aludiendo al hecho concurrente de “situar ciertos actos o categorías de los seres humanos fuera del universo de evaluaciones y obligaciones morales”.

La ética o la moral, como prefieran decir, no existe para ciertos campos del quehacer, del comportamiento humano. Los actores de esos campos de acción (por ejemplo, los actores de la política) ignoran, prescinden de todo compromiso moral. Pueden hacer lo que quieren y les conviene a sus respectivos intereses egoístas, sin que se les ocurra ni permiten que a otros se les ocurra o intervengan, para poner orden y sanción a sus comportamientos corruptos.

Parecería que Zygmunt Bauman estuvo visitando nuestro país, observando a muchos de nuestros políticos, administradores públicos, narcotraficantes, narcopolíticos, criminales y delincuentes para inspirarse y escribir sobre la adiáfora y la ceguera moral.

La ceguera no está solamente en los ojos morales de los actores en esos sectores, está contagiándose también en toda la sociedad, que contempla pasiva y permisivamente la corrupción y nada hace para impedirla, incluso es tanta la ceguera y torpeza que a la hora de las elecciones para las responsabilidades políticas no son capaces de ver que vuelven a elegir a los mismos corruptos que les están robando dinero, oportunidades y esperanzas.

Sucede, como escribe Bauman, que la sociedad parece estar embotada, ha perdido la sensibilidad moral y no le da importancia a los hechos y sus autores que hacen daño grave a todos.

Esa sensibilidad embotada se realimenta con el comportamiento insólito de mucha gente, quizás la mayoría, también niños y adolescentes, que disfrutan dedicando su tiempo libre de distracción y descanso, hasta pagando dinero para ver sin prisa violencias, muertes, asesinatos, crímenes horrendos, destrucciones masivas en películas de cine y televisión que presentan descarnadamente la crueldad y el terror, convertidos en espectáculo.

Estamos bombardeados por tantos y constantes estímulos que nuestra sensibilidad termina acostumbrándose a ver el sufrimiento trágico de los demás sin inquietar nuestra afectividad y nuestra conciencia. El sufrimiento de muchas personas que están en nuestro entorno social resulta pálido e insignificante para sensibilidades embotadas.

La voz de alerta de Bauman se une a una denuncia semejante que pocos años atrás hizo Gilles Lipovetsky, cuando escribió su interesante libro: “El crepúsculo del deber”. El sutil análisis sociológico de Lipovetsky hace ver cómo el “deber” sostenido por criterios razonados y generador de virtud, a partir de la posmodernidad queda relevado por el placer que busca la felicidad individual y subjetiva.

La posmodernidad depuso a la diosa razón e instaló al sentimiento y el placer en su trono, alimentados por el consumo. La hipermodernidad está acelerando el consumo hasta el hiperconsumo, que ya ha superado la simple adquisición del consumo material, moviendo a la sociedad actual en búsqueda, a veces compulsiva, del consumo de emociones, con el turismo erótico, el turismo de aventuras, el consumo de drogas, los espectáculos de la crueldad y el terror.

La ética se ha debilitado tanto, que estamos ciegos y ni la vemos ni la echamos de menos, prescindimos de ella. Las normas del deber nos resultan rígidas, la virtud es cosa del pasado, lo que importa es el placer personal vivido en el individualismo excluyente, tan exclusivo que no se interesa ni asume responsabilidad ni compromiso ni siquiera con la pareja en la experiencia del amor. (...)"             (Publicado en www.abc.com.py , en Ssociólogos)

3/9/14

Aceptamos que es más urgente para todos evitar que una empresa de seguros o un banco vayan a la bancarrota, que alimentar a millones de niños

"Octubre de 2008. La FAO, la Organización para la Alimentación y la Agricultura (el traductor de Ernesto Guevara en su periplo europeo fue su coordinador en algún momento) informaba que el hambre afectaba a unos mil millones de seres humanos.

 En sus cálculos reconocidos, con 30 mil millones de dólares USA anuales bastaba para superar la situación, para salvar todas esas vidas afectadas por el hambre, la miseria y la muerte. 

En ese mismo momento, la acción concertada de seis bancos centrales, los de EEUU, UE, Japón, Canadá, Gran Bretaña y Suiza, derivó 180 mil millones de dolares al mercado financiero: ¡era necesario salvar a los grandes bancos privados que estaban hundiéndose!

Yanis Varoufakis describió así la situación: “En 1929 el total de los créditos pendientes de pago en EEUU era del 160% del PIB. En 1932, conforme las deudas se acumulaban y el PIB caía, había subido hasta el 260%. En contraste, EEUU entró en el crash de 2008 con un total de créditos pendientes de pago del 365% del PIB.

 Dos años más tarde, en 2010, se había elevado hasta un formidable 540% del PIB (Y esta cifra no se incluye los derivados, cuyo valor nominal pendiente de pago es de al menos cuatro veces el PIB)” [3]

Poco después de la primera inyección financiera, el Senado USA aprobó una partida adicional de 700 mil millones. Dos semanas más tarde, otra de 850 mil millones. El paquete de “ayuda” continuó creciendo y creciendo. Hasta el infinito y más allá. Se calcula que en septiembre de 2009 alcanzó los 17 billones (millones de millones) de dólares. USA por supuesto. 

Ante una situación así, señala Manfred Max-Neef, tenemos dos alternativas: ser demagogos o realistas. ¿Demagogos, realistas? ¿En qué sentido, qué acepción usamos? En este: “si… aceptamos que es más urgente, más necesario y más conveniente y rentable para todos evitar que una empresa de seguros o un banco vayan a la bancarrota que alimentar a millones de niños, o brindar ayuda a las víctimas de un huracán, o curar el dengue, seremos calificados de realistas.”

¿O no es el caso? Si, por el contrario, proponemos un referéndum para preguntar a la ciudadanía si prefiere usar sus recursos monetarios para salvar vidas o bancos, seremos acusados de ser unos demagogos. Con razón. Y unos irresponsables. 

Durante tiempo se dijo y repitió, señala Max-Neef (se sigue repitiendo la misma letanía), que nada se podía hacer, que no había dinero suficiente. Surgió de repente, una verdadera y teológicamente pura creatio ex nihilo. 

De las mejores, nunca superada hasta el momento. “Nunca hay suficiente para quienes no tienen nada pero siempre hay suficiente para quienes lo tienen todo” comenta el economista chileno-germano. 

Mediados de 2014, ¿a cuánto ha podido subir el dinero global del rescate? ¿Exagero si hablo en 25 billones (millones de millones) de dólares? Exagero. Vale, de acuerdo. Lo dejamos en 20 billones. 

Dividamos esa cantidad entre los 30 mil millones necesarios (supongamos la misma cantidad, no es un disparate) para superar el hambre en el mundo. Resultado-cociente de la operación (con residuo insignificante): 666, ¡medio milenio, un siglo y medio más, una década y media sumada y un año añadido: un mundo humano sin hambre! 

¿666? ¿No era 666 la marca de la Bestia en el Nuevo Testamento, en las Revelaciones de San Juan? “ El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis.”
Pues eso: contra la paradoja de la Bestia."               (Salvador López Arnal, Rebelión, 02/08/2014)

27/3/13

"No creo que haya Libre Albedrío"


«No creo que haya Libre Albedrío. La conclusión me vino la primera vez en una especie de caldo primordial de conocimiento cuando tenía unos 13 años, y esa conclusión no ha hecho más que fortalecerse desde entonces. Lo que me preocupa es que a pesar del hecho de que esto es lo que creo sin dudarlo, hay veces en que es demasiado difícil sentirse como si no hubiese libre albedrío, creerlo, actuar de acuerdo a ello.

 Lo que verdaderamente me preocupa es que es demasiado difícil para prácticamente cualquiera actuar como si no hubiese libre albedrío. Y a veces esto puede tener consecuencias bastante malas. 

Si eres neurocientífico, podrías ser capaz de pensar que existe libre albedrío si dedicas tu tiempo únicamente a pensar sobre, por ejemplo, la cinética de una enzima en el cerebro, o en la estructura de un canal iónico, o en alguna molécula que es transportada a través de un axón.

 Pero si en vez de eso dedicas tu tiempo a pensar qué tienen que ver el cerebro, las hormonas, los genes, la evolución, la niñez, el entorno fetal, etc., con la conducta, como hago yo, parece simplemente imposible creer que hay libre albedrío. 

La evidencia es amplia y variada. Elevar los niveles de testosterona de alguien le hace más propenso a interpretar una cara emocionalmente ambigua como amenazante (y tal vez a actuar en consecuencia). Tener una mutación en un gen particular incrementa las probabilidades de que la mujer sea sexualmente desinhibida en la mediana edad. 

Pasar la vida fetal en un entorno prenatal particularmente estrenaste incrementa la probabilidad de comer en exceso de adultos. Desactivar temporalmente una región de la corteza prefrontal en una persona hace que actúe con más sangre fría y utilitaria cuando toma decisiones en un juego económico.

 Ser un familiar de primer grado, psiquiátricamente sano, de un esquizofrénico, aumenta las probabilidades de creer en cosas "metamágicas" como OVNIs, la percepción extrasensorial, o las interpretaciones literales de la Biblia. Tener una variante normal del gen del receptor de vasopresina hace que un tipo tenga relaciones románticas estables. 

La lista sigue y sigue (y solo por dejar claro algo que debería ser obvio a partir de este párrafo, pero que no se recalca con mucha frecuencia: la ausencia de libre albedrío no se parece ni remotamente a nada sobre el determinismo genético). 

El concepto de libre albedrío requiere que uno suscriba la idea de que a pesar de ser un remolino de asquerosidad biológica y blandas partes cerebrales rellenas con genes, hormonas y neurotransmisores hay, sin embargo, un búnker subterráneo en un rincón apartado del cerebro, un centro de control que contiene un homúnculo que elige tu conducta. 

En ese punto de vista, el homúnculo podría estar hecho de nanochips, de tubos vacíos polvorientos, de papel de pergamino arrugado y viejo, de estalactitas de la voz amonestadora de tu madre o de vetas de azufre. Y, en esta visión de la conducta, sea lo que sea de lo que esté hecho el homúnculo, no está hecho de algo biológico. Pero no hay un homúnculo y no hay libre albedrío. 

Esta es la única conclusión a la que puedo llegar. Pero aún así, es muy difícil creer eso, sentir eso. Estoy dispuesto a admitir que he actuado de forma ofensiva algunas veces a causa de esa limitación. Mi mujer y yo quedamos con un amigo para almorzar que sirve ensalada de frutas. 

Y proclamamos: guau, la piña está deliciosa. Están fuera de temporada, responde con suficiencia nuestro anfitrión, pero tuve suerte y logré encontrar un par buenas. Y en respuesta a esto, las caras de mi mujer y mía expresaban una admiración asombrada ?tú sí que sabes cómo elegir la fruta, tú eres mejor persona que nosotros?. Alabamos al anfitrión por esta muestra de libre albedrío, por la elección que hizo en la bifurcación del camino que es la Elección de las Piñas.

 Pero nos equivocamos. Los genes tienen algo que ver con los receptores olfativos que tiene nuestro anfitrión, que le ayudan a detectar la madurez. Quizá nuestro anfitrión proviene de una gente cuyos antiguos y profundos valores culturales incluyen aprender a detectar si una piña está bien.

 La pura suerte de la trayectoria socioeconómica de la vida de nuestro anfitrión ha proporcionado los recursos para merodear en un mercado orgánico con sobreprecio donde suena música folk ligera peruana. 

Es muy difícil sentirse de verdad como si no hubiese libre albedrío, no caer en esta falsedad de aceptar que hay un sustrato biológico de posibilidades y limitaciones, pero que hay una separación homuncular en lo que esa persona ha hecho con ese sustrato ?

"Bueno, no es culpa de la persona si la naturaleza le ha dado una cara que no es la más adorable, pero después de todo, ¿de quién es el cerebro que elige ponerse ese horrible pendiente en la nariz?"?

Esto trasciende a la mera charla sobre pendientes en la nariz y piñas. Como padre, estoy inmerso en la comunidad de padres neuróticos que tratan frenéticamente de poner a sus hijos en la dirección de la más perfecta adultez imaginable. 

Cuando hablamos sobre la escolarización de nuestros hijos, hay un cúmulo de maravillosa investigación de una colega mía, Carol Dweck, que siempre citamos. Resumiendo a lo bestia y simplificando, coge a un niño que acabe de hacer algo académicamente admirable, y alábalo diciendo, guau, es genial, debes de ser muy lista.

 De forma alternativa, en la misma circunstancia, alábalo diciendo, en su lugar, guau, es genial, debes de haber trabajado muy duro. Y decir que lo último es una ruta mejor para mejorar el rendimiento académico en el futuro ?no alabes los dones intelectuales innatos del niño; alaba el esfuerzo y la disciplina que eligen aplicar en la tarea. 

Bien, ¿cuál es el problema de eso? Nada si esa investigación solo produce una prescripción sin carga moral: "'Debes de haber trabajado muy duro' es un enfoque más eficaz para mejorar el rendimiento académico que 'Eres muy listo'."

 Pero es incorrecta si estás acariciando al homúnculo en la cabeza, llegando a la conclusión de que un niño que ha logrado algo mediante el esfuerzo es un mejor y más loable productor de elecciones que un niño que se valga de la pura inteligencia. Esto se debe a que el libre albedrío se queda al margen cuando se considera la autodisciplina, la función ejecutiva, la regulación emocional y la postergación de la recompensa

. Por ejemplo, los daños en la corteza frontal, la región del cerebro más estrechamente involucrada en esas funciones, hace que alguien sepa la diferencia entre el bien y el mal, y sin embargo no pueda controlar su conducta, incluso su conducta asesina. Las diferentes versiones de un subtipo de receptor de dopamina influyen en la tendencia de una persona a tomar riesgos y buscar sensaciones. 

Si alguien está infectado con el protozoo parásito Toxoplasma gondii, será propenso a ser ligeramente más impulsivo. Hay una clase de hormonas del estrés que puede atrofiar las neuronas en la corteza prefrontal; en los primeros años de escuela básica, un niño criado en condiciones de pobreza tiende a quedarse atrás en la maduración de la corteza prefrontal. 

Quizá podamos llegar al punto de entender realmente que cuando decimos: "Qué pómulos tan bonitos tienes", estamos felicitando a la persona basándonos en la creencia tácita de que ha elegido la forma de sus arcos cigomáticos. Pero no es mayor problema si no podemos lograr ese estado mental. 

Pero sí lo es si, por ejemplo, al considerar a ese niño de seis años cuyo desarrollo frontocortical ha sido machacado por un temprano estrés vital, confundimos su desgraciado control de los impulsos con una falta de virtud moral. O hacer lo mismo en cualquier otro ámbito de las debilidades y los fracasos, incluso en las monstruosidades de la conducta humana.

 Esto es sumamente importante para el sistema de la justicia criminal. Y para cualquiera que diga que es deshumanizante afirmar que la conducta criminal es el producto final de una máquina biológica averiada, la respuesta debe ser que es infinitamente mejor que condenar la conducta como producto final de un alma podrida. 

Y de igual modo, tampoco está muy bien pensar en términos de alabanza, de buen carácter, de buena elección, cuando miramos a los productos finales de biología afortunada y beneficiosa.

Pero es muy difícil creer realmente que no hay libre albedrío, cuando hay tantos hilos de causalidad que no se conocen aún, o son tan intelectualmente inaccesibles como pensar automáticamente sobre las consecuencias en la conducta de todo lo que va de las presiones selectivas de la evolución de los homínidos hasta lo que ha tomado alguien para desayunar. Esta dificultad es algo sobre lo que deberíamos preocuparnos.»    (Arcadi Espada, 22/03/2013)

4/3/13

La tarea de la ciencia social crítica es alumbrar las situaciones de injusticia estructural de las que los ciudadanos consumidores (del norte) se benefician

"Thomas Pogge, un teórico de la Justicia Global, ha desarrollado la idea de la responsabilidad cosmopolita que los ciudadanos de los países del Norte tenemos frente a los problemas de desigualdad e injusticia en el Sur. Para afrontarlos plantea medidas políticas de rediseño del orden económico internacional.

 Creo que este enfoque tendría que ser aplicado al tema que nos ocupa, al crear la demanda de sustancias adictivas, el Norte es responsable de lo que ocurre en el Sur. Otra autora, Iris Marion Young, cuyo último libro, póstumo, ella murió aquejada de cáncer en 2006, se tradujo recientemente al español, Responsability for Justice, planteaba frente al consumo irresponsable en el Norte la idea de un modelo social de responsabilidad que necesita de una ciencia social crítica que reconstruya la trazabilidad de los productos, que desvele su origen y recorridos.

 En concreto, Young ponía de ejemplo la industria textil global y sus prácticas de subcontratación en las que la producción de la ropa se realiza en países del Sur en condiciones laborales esclavas. No hace falta recordar las polémicas en torno al imperio Zara y a otras multinacionales similares. 

La idea es la de que ropa que nos ponemos o la droga que consumimos lleva “borrados”, en un proceso social de omisiones y silencios cómplices, su origen explotador y criminal. 

La tarea de la ciencia social crítica y de la teoría ética y política es alumbrar las situaciones de injusticia estructural de las que los ciudadanos consumidores se benefician. Para ello el concepto de trazabilidad parece francamente útil. Según el Comité de Seguridad Alimentaria de AECOC:


“Se entiende trazabilidad como el conjunto de aquellos procedimientos preestablecidos y autosuficientes que permiten conocer el histórico, la ubicación y la trayectoria de un producto o lote de productos a lo largo de la cadena de suministros en un momento dado, a través de unas herramientas determinadas.” (2)


Esta idea de la trazabilidad, de perseguir la cadena de suministros, se ha aplicado, como decíamos, a los productos de la industria textil con el fin de denunciar, por ejemplo, las condiciones de explotación laboral de las maquiladoras. Pienso que este modelo puede ser aplicado al tema que nos ocupa (la droga."        (Drogas y narcotráfico. Más allá de los paradigmas vigentes de la Salud Pública y la Seguridad. de María José Guerra Palmero, Sin Permiso, 24/02/2013)

2/3/12

La gente de «clase alta» tiende a comportamientos menos éticos

"Las personas de clase social más alta, con más recursos económicos y educación tienden a comportamientos menos éticos que las personas con menos recursos, según informó el investigador Rodolfo Mendoza Denton, de origen mexicano y profesor en el Departamento de Psicología de la Universidad de California (Berkeley).

«Llevamos a cabo siete estudios experimentales y naturalísticos que nos llevaron a conclusiones sorprendentes porque uno pensaría que las personas con menos recursos estarían más motivadas a comportarse de manera inmoral, antiética o aún violando la ley», afirmó el investigador desde Turquía, donde se encuentra cuando se ha publicado un estudio de su equipo en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences.

El equipo, encabezado por Paul Piff, llevó a cabo dos pruebas en situaciones naturales para evaluar las probabilidades de que los conductores de vehículos se cruzaran al paso de otros vehículos en una intersección muy transitada de dos calles con cuatro direcciones, y de los peatones en una esquina del área de San Francisco (EEUU).

El factor de referencia fue la marca del vehículo, la edad y la apariencia del conductor para señalar su clase social. Los autores descubrieron que un porcentaje más alto de los conductores de vehículos caros -«un Porsche o un Ferrari», dijo Mendoza- se adelantaba al cruce de otros vehículos o los peatones, comparado con los conductores de vehículos de menos lujo.

En otros cinco experimentos de laboratorio con estudiantes de licenciatura de la Universidad de California o una muestra de alcance nacional de adultos en internet mostraron que los participantes que se consideraban a sí mismos de «clase alta» tenían tendencias mayores que los de «clase baja» a tomar decisiones contrarias a la ética.

Entre esos comportamientos se citan la sustracción de objetos valiosos de otras personas, mentiras en una negociación o para aumentar las posibilidades de ganar un premio o el aval a una conducta incorrecta en el trabajo. «Las conclusiones se aplican independientemente de la edad, el género, el grupo étnico, el credo religioso o la ausencia de fe religiosa, y la orientación política de los participantes», indicó el estudio.

«El concepto general de clase social incluye los ingresos y también la profesión porque hay profesiones que son prestigiosas aunque uno no gane tanto dinero, como los profesores», dijo Mendoza, quien agregó que también incluye el nivel de educación. «Ése es el nivel social objetivo, pero está también el subjetivo que es la manera que uno se percibe a sí mismo en relación con los otros», explicó el investigador.

Lo importante no es sólo la conclusión de que la gente «que está más arriba tiende a comportarse menos éticamente, sino por qué» continuó Mendoza.

«La gente de clase alta tiende a sentir que la avaricia es buena», y añadió que alguna gente dice que la «avaricia es buena por muchas razones, y esa actitud tiende a concentrarse en gente de clase alta», insistió.

En cuanto a la gente de clase baja, que está más expuesta a peligros y tiene menos recursos o el trabajo no es estable, «trabaja más para asegurar las relaciones humanas sean fuertes y duraderas», añadió.

En cambio, las personas de clase alta «como tienen más recursos, se sienten más seguras, tienen el lujo de ser más independiente, tienden a enfocar pensamientos y las emociones hacia sí mismos y piensa menos en las consecuencias que su comportamiento tiene para otros», concluyó."            (La Voz de Galicia, 27/02/2012)

2/7/09

... "no lo mataban porque nunca huía. Pasó mucho miedo, pero pesaban más las ganas de acabar el trabajo"...

"Pregunta. La pieza sobre Joe Pistano, Donnie Brasco en el cine, es como un encuentro con un maestro...

Respuesta. Bueno, él es un policía que estuvo infiltrado seis años en el clan Bonnano, y gracias a él hubo más de 100 detenidos… Su vida tiene bastante que ver con la mía. Quedamos en Roma, en un restaurante, y me dijo que debía ir sin escolta. Llego y me dice: “La verdad es que para ser italiano vas muy mal vestido”. Es todo un personaje. Veía a su mujer y sus hijos solo en agosto y en Navidad. Me dijo: “Del infierno se puede volver”. Me preguntó si hacía deporte, si estaba tatuado. “Ah, entonces eres un hombre”. A cada frase se santiguaba. Es religiosísimo.

P. ¿Qué le enseñó?

R. Estuvo muchas veces a punto de morir, pero no lo mataban porque nunca huía. Pasó mucho miedo, pero pesaban más las ganas de acabar el trabajo. Pensaba que si se salvaba podría terminarlo. Ellos se reunían para decidir qué hacer con él, y él se quedaba fuera esperando. Me contó que los bosses estadounidenses se habían dulcificado mucho, y que cuando la cosa se puso fea tuvieron que llamar a los sicilianos. En la Comisión Antimafia dijo que la forma de acabar con ellos es dejar que se americanicen, porque la buena vida les hace cada vez menos fiables como organización, les quita disciplina y jerarquía. Los mafiosos italianos se drogan solo ahora, antes no la tocaban. Las mujeres, me decía, llegaban con un golpe de uña. “Se vuelven locas por los criminales”. Su idea para resistir es que él estaba en lo cierto y los mafiosos estaban equivocados.

P. El bien y el mal…

R. Camus lo dice de otra forma: para contar la realidad es necesario haber atravesado el abismo del infierno y tener el talento de la belleza." (ROBERTO SAVIANO: "Escribir que las cosas deben cambiar te hace ser un apestado". El País, ed. Galicia, Cultura, 30/06/2009, p. 48)

20/1/09

¿Somos culpables por la guerras? ¿Inocentes?

"El fanatismo se alimenta de la debilidad. El principio de que todo hombre debe reconocer al otro como un semejante, lejos de ser evidente, es una conquista de la voluntad. Que la inteligencia venga a socorrer al amor, escribió Antoine de Saint-Exupéry. Sólo los más fuertes, desde un punto de vista moral, son capaces de evitar responder con violencia a los violentos y de escuchar las palabras de la dulce y amigable razón.

Emmanuel Lévinas, en una de sus lecciones talmúdicas, habló de las ciudades refugio. Eran lugares en que podían cobijarse quienes habían matado a alguien sin quererlo. Su acción había sido involuntaria, por lo que no podían ser condenados, pero necesitaban protegerse de los amigos o familiares del muerto. Eso era una ciudad refugio, un lugar donde se recibía a los que, no siendo culpables, tampoco eran enteramente inocentes. Lévinas pensaba que Occidente podía verse como una de esas ciudades refugio.

Puede que no seamos culpables de las cosas que ocurren a nuestro alrededor, pero tampoco somos inocentes de ellas. No deberíamos olvidar esto, a riesgo de caer en lo más terrible: la indiferencia ante el dolor de nuestros semejantes." (GUSTAVO MARTÍN GARZO: Los niños muertos. El País, ed. Galicia, Opinión, 18/01/2009, p. 35)