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26/1/23

Yo apoyo la ley trans, pero... Carta abierta a Irene Montero

 «Sra. Ministra Irene Montero:

He oído que usted va afirmando -en cuantos foros comparece- que las feministas nos oponemos a la Ley Trans porque somos «tránsfobas».

Déjeme decirle que, al menos por mi parte, y -me consta- por parte de muchísimas feministas que conozco, nada puede estar más alejado de la realidad. Antes al contrario: muchas estaremos encantadas de apoyar esa ley, porque -como siempre ha hecho el Feminismo- nos solidarizamos con otras luchas, ya que odiamos la discriminación. Demasiado la seguimos sufriendo en nuestras propias carnes. Por tanto, nada hay que objetar a la voluntad política de que se amplíen los deseos, expectativas, calidad de vida, etc. del colectivo LGTBI+, como los de cualquier otro colectivo discriminado. Y, por mi parte (no puedo hablar en nombre de otras compañeras), tiene mi apoyo más decidido para llevar a cabo tal política, aprobando la Ley Trans.

Pero (siempre hay un pero), como debe saber, a las feministas nos preocupan los derechos de las mujeres y no retroceder un ápice en los ya conseguidos. Por eso, para comprometer mi apoyo al proyecto de Ley Trans, es suficiente con que garantice que los derechos de las mujeres (y también los de la infancia), no se verán comprometidos. Espero que comparta conmigo que velar por dichos derechos, en ningún caso puede ser considerado «transfobia».

Veamos algunos ejemplos de las cuestiones que, una vez salvadas con su garantía personal y recogidas en el texto del proyecto, me permitirían dar mi total apoyo a la Ley Trans:

  • Basta con que garantice que las mujeres somos, como dicen la biología y la ciencia -e incluso la RAE- las hembras humanas adultas. Y que tenemos el derecho exclusivo a utilizar la palabra «mujer», desde siempre nuestra. También que se prohíbe expresamente pretender reducirnos a funciones biológicas, nombrándonos por ellas o por fracciones de nuestros cuerpos. Compartirá conmigo que debemos huir de ese tipo de esencialismos biologicistas que, además, son machistas por cosificadores y reduccionistas. Por eso mismo, quizá se podrían asociar sanciones (de hasta 150.000 euros?) a quien nos designe incorrectamente.

Además, compartirá conmigo la necesidad de utilizar palabras distintas para realidades distintas: Y no es lo mismo ser mujer, tener biología de mujer y recibir una socialización femenina, que sentirse mujer, tener biología de hombre y recibir una socialización masculina. No contribuyamos a ceremonias de confusión, y busquemos otra palabra para quienes se sienten mujeres. Porque la palabra «mujer», ya está ocupada.

  • Sin perjuicio, de lo anterior, basta con que garantice, por el contrario, la adecuada denominación de la biología femenina, sus partes, sus procesos, siempre en un contexto que no nos cosifique. Y que considerar estas palabras o términos (madre, endometriosis, menstruación, etc. como «tránsfobos» será objeto de multa (¿de hasta 150.000 euros?).
  • Basta con que garantice que se modificará simultáneamente la Ley orgánica 3/2007 de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, de forma que se equipare el régimen sancionador por misoginia, al que la Ley trans establece para la transfobia.
  • Basta con que garantice que las mujeres trans son mujeres solo en sentido legal, que es el único para lo que el poder legislativo es competente. Por lo que afirmar la realidad científica de que un hombre no puede ser una mujer, en ningún caso puede ser sancionado.
  • Basta con que garantice que esta ley no confundirá, en ningún caso, «sexo» con «género».
  • Basta con que garantice que se mantendrán las estadísticas desagregadas por sexo, sin distorsionar por ninguna otra variable, ya que ello es conditio sine qua non para medir la opresión de las mujeres y legitimar la acción positiva para corregirla.
  • Basta con que garantice que se mantendrán absolutamente todos los espacios de seguridad exclusivos para mujeres.
  • Basta con que garantice que se mantendrán todos los espacios de intimidad solo para mujeres.
  • Basta con que garantice que se mantendrán, exclusivamente para mujeres, las medidas de acción positiva instauradas para remover la discriminación debida a nuestro sexo, incluidas las cuotas de cualquier naturaleza.
  • Basta con que garantice que ayudas, subvenciones, premios, reconocimientos, etc. destinados a mujeres, se nos otorguen exclusivamente a nosotras.
  • Basta con que garantice que las instituciones (y sus denominaciones) destinadas a las mujeres, seguirán ocupándose en exclusiva de nosotras; y que explicitarán en su denominación ese contenido.
  • Basta con que garantice que, cuando hablemos de perspectiva de género, nos estamos refiriendo a la perspectiva -históricamente omitida- de las mujeres; que cuando nos refiramos al enfoque de género, estamos hablando de la incorporación de la visión de las mujeres a áreas, ámbitos o actividades hasta ese momento exclusiva o mayoritariamente dominadas por un enfoque androcéntrico. Que cuando hablemos de presupuestos con perspectiva de género, nos estamos refiriendo a la contribución de la financiación pública para reducir o erradicar la desigualdad entre hombres y mujeres.
  • Basta con que garantice que cuando utilicemos la expresión violencia de género, nos estamos refiriendo -como siempre- a lo que dice la Ley 1/2004: a la violencia que, como manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre éstas por parte de quienes sean o hayan sido sus cónyuges o de quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, aun sin convivencia.
  • Basta con que garantice que la práctica deportiva y las competiciones de dicha naturaleza se mantendrán por sexo, asegurando el «fair play«, principio básico de la práctica y la competición deportiva. Ya que sin esa garantía, el deporte femenino, que ahora estaba en clara expansión, volvería a la total irrelevancia.
  • Basta con que garantice que se respetará escrupulosamente la orientación sexual de las lesbianas sin que nadie ose decir lo que les tiene que gustar o lo que no, bajo fuertes multas (¿de hasta 150.000 euros?) a quienes eso hagan. O a quienes pretendan realizar actuaciones clínicas o realizar terapias de conversión para modificar su orientación sexual.
  • Basta con que nos asegure que la infancia y la adolescencia no se tocan.
  • Basta con que garantice que cualquier tratamiento hormonal solo podrá instaurarse a partir de una etapa vital que asegure la madurez suficiente, nunca antes de los 16 años y con la garantía de haber descartado previamente otras patologías que puedan ser el origen, o coadyuvar, a la disforia.
  • Basta con que garantice que la atención a la disforia en edades previas a los 16 años, consistirá en ayuda clínica y espera atenta y jamás en tratamientos invasivos y/o irreversibles.
  • Basta con que garantice que los tratamientos denominados «de transición» no sean de experimentales y que, por el contrario, estén avalados por estudios clínicos y científicos longitudinales que dejen constancia de su inocuidad o, si no es así, que sean transparentes en cuanto a su beneficio real esperado, efectos secundarios en función de su frecuencia de aparición,  etc.
  • Basta con que garantice que hasta alcanzar la mayoría de edad, nadie podrá solicitar la mutilación de su cuerpo sano.
  • Basta con que se apliquen sanciones de hasta 150.000 euros a cualquiera que incumpla las condiciones de los 5 apartados anteriores.

En fin, me imagino que mis compañeras feministas tendrán otras cuestiones por el estilo. Pero, como verá, ni quiero objetar la Ley Trans ni estoy en contra de ningún avance al respecto. Con la lógica limitación -que espero comparta- de que la legislación que propone no suponga en caso alguno la minoración o pérdida de derechos de las mujeres o empeore su calidad de vida. Con eso me basta.

De hecho, observará también que ni siquiera reivindico mejoras en la situación de desigualdad que sufrimos las mujeres. Creo que es esa, justamente su responsabilidad, y aún confío en que ponga todo el esfuerzo y los medios para corregir las grandes injusticias debidas a la desigualdad que experimentamos las mujeres por haber nacido con el sexo al que se asigna el género peor parado. Ese que nos inferioriza y del que nace toda la injusticia que padecemos. Le queda apenas un año para ponerlas decididamente en marcha.

Porque mire, antes pensaba que dinamitar la asignación de género a los sexos incluso podría llegar a ayudar a alcanzar uno de los principales objetivos del Feminismo, como sabrá, la abolición del género. Para mi sorpresa, me encuentro, por el contrario, con que el género es tan inmutable e indiscutible que, si algo se equivoca, es la naturaleza y nunca unas normas sociales pensadas para oprimir a las mujeres. Ya ve que hasta qué punto me equivocaba yo también.

En fin, como le decía, bastará pues con las garantías antes mencionadas y alguna otra de menor cuantía para que, no solo no me oponga a ningún derecho LFTBI+ ¡faltaría más!, sino que apoye decididamente la regulación de cuestiones conducentes  a la mejora de la calidad de vida de dicho colectivo y a que se impida su injusta discriminación. Porque esos objetivos los comparto íntegramente. Es más, con toda sinceridad le digo que estaré orgullosa de un país que consiga avanzar en la erradicación de la discriminación del colectivo LGTBI+; como la de cualquier otro colectivo discriminado.

Aunque me permitirá que abogue porque -como mínimo y simultáneamente- se erradique la opresión y la discriminación que afecta a más de la mitad de la ciudadanía de este país, las mujeres. Y si tiene la tentación de apelar a la interseccionalidad y la diversidad, desde ya le hago notar que con esas políticas también conseguirá la mejora de la vida de las mujeres discapacitadas, la de las inmigrantes, la de las otras etnias, la de las del propio movimiento LGTBI+…

En fin, quedo a la espera de su contestación favorable, de la que no dudo, ya que ocupa la cartera de igualdad. Por cierto, ¿ve la importancia de que organismos, instituciones, etc. en principio destinadas a la igualdad entre mujeres y hombres, lo indiquen expresamente? Porque, de lo contrario, como ha pasado, las mujeres ahora solo somos un aspecto -y además minoritario- de las preocupaciones de su Ministerio ¡Nosotras que creíamos que su principal misión era la de desarrollar las políticas de igualdad de derechos entre mujeres y hombres y la de erradicar la violencia machista, aunque solo fuera porque somos más de la mitad de la ciudadanía de este país, y una ciudadanía oprimida! En cambio, observo que les debe preocupar tan poco el tema de la igualdad entre mujeres y hombres, que ni siquiera ha tenido usted hueco para recibir a las feministas y escuchar sus demandas.

Por eso siento molestarla para distraerla de sus, al parecer, más importantes preocupaciones, para aprovechar esta carta y decirle que los asesinatos de mujeres que llevamos en esta legislatura (dos esta semana pasada) revelan con claridad que algo falla cuando la lucha por el derecho más esencial de cualquier persona, su derecho a la vida, si es arrebatado en nombre de la violencia machista, no tiene más respuesta institucional que un tuit, por muy afectuoso que esta sea. Y solo nos falta que avale la «furia trans», que, a poco que se descuide, puede incrementar la violencia contra las mujeres.

Me despido aquí, deseando sinceramente poder apoyar la Ley trans una vez me proporcione las garantías solicitadas. Mientras, reciba un cordial saludo.»                 (Amparo Mañes  , Tribuna Feminista, 02/11/22)

15/9/22

De seres menstruantes y personas eyaculantes... La falta de capacidad, voluntad, o lo que sea, para definir la palabra mujer está generalizándose... Parece mentira que nos hayamos sumado a ese totalitarismo intolerante hasta negar la biología y evitar la palabra mujer

 "Mujer, define el Diccionario de la lengua española (DLE), es “persona del sexo femenino”. Nos lo enseñan —o nos lo enseñaban— desde niños en el colegio y al poco nos decían que sexo era —y sigo con el DLE—: “Condición orgánica, masculina o femenina, de los animales y las plantas”, relacionado, claro está, con los órganos sexuales del sujeto o la sujeto en cuestión.

Una diría que era fácil, es fácil, en realidad, distinguir y definir a mujeres y a hombres aplicando la biología. Pues parece que no lo es tanto, o que su uso, o su no uso, obedece a razones que nada tienen que ver con la ciencia, y mucho con la “religión de lo sentido” que ha tenido a bien inventarse un lenguaje inclusivo en el que se borra la palabra mujer.

Los ejemplos se suceden a diario.

El pasado 13 de julio, a Fatima Goss Graves, Presidenta del National Women’s Law Center, durante una audiencia en el Congreso estadounidense, le pidieron que definiera la palabra mujer: “Lo que le digo es que yo soy una mujer, así me identifico, pero me pregunto si quizás la razón por la que usted me pregunta eso es que usted está sugiriendo que la gente que no se identifica como mujer no...”.

No pudo ni acabar.

¿Una mujer, que trabaja para defender los derechos de las mujeres, que no sabe a quién va dirigido su trabajo?

“Yo esperaba que usted se refiriera a lo que nos enseñan en biología en la escuela elemental, algo sobre los cromosomas masculino y femenino, pero veo que no”, le insistía el senador republicano.

Pero es que parece que esa falta de capacidad, voluntad, o lo que sea, para definir la palabra mujer está generalizándose sobre todo desde posiciones de la izquierda posmoderna nacida en Estados Unidos y ha sido adoptada en estos lares.

Y ¿a qué obedece? Fácil, a esa pátina de corrección política que ha impuesto todo lo relacionado con lo trans que, sin dudarlo, se ha dispuesto a sustituir la palabra mujer por eufemismos de neolengua posmoderna: “personas gestantes”, “personas que menstrúan”, “leche humana”, “persona embarazada”, “cuerpos con vagina”, “úteros portantes”, “progenitor que da a luz”…

¿Motivo?

Que los hombres se sientan incluidos, aplicando la doctrina queer.

Parece mentira que nos hayamos sumado a ese totalitarismo intolerante hasta negar la biología y evitar la palabra mujer. Es como el terraplanismo, pero peor, pues los terraplanistas si miran a su alrededor pueden creer que la Tierra es plana, pero los totalitaristas queer niegan incluso que su visión cercana está plagada de mujeres.

Y así, vivimos utilizando un lenguaje políticamente correcto al que se han sumado, no se sabe si por miedo, o intereses, académicos progresistas, profesionales sanitarios, activistas buenistas, organizaciones de libertades civiles, partidos políticos situados, dicen, a la izquierda, organizaciones médicas que trabajan por negar a las mujeres su humanidad, reduciéndolas a estereotipos de género…

Continuamos con los ejemplos. Hay varios. Dispónganse a sorprenderse.

Stonewall, una organización social inglesa centrada en la defensa de personas trans, emitió un comunicado dirigido a aquellas empresas que desearan seguir formando parte de su listado de empresas inclusivas advirtiéndoles que deberían sustituir la palabra “madre” por “progenitor que dio a luz”. Ni que decir tiene que se dieron de baja unas cuantas, incapaces de asumir la tontuna.

La secta que borra la palabra mujer existe en muchos países: En el Congreso chileno se aprobó reemplazar la palabra “mujer” por “persona menstruante”. En Australia los investigadores de género de ANU (Universidad Nacional Australiana) sugieren cambiar los términos “madre”, “padre” para que sean más inclusivos, por “progenitores”. Sands UK, una organización benéfica de muertes neonatales, evitó decir “madres” en un tuit, y en su lugar escribió “padres biológicos”, provocando que numerosas mujeres, y madres en duelo se indignaran. Femcare, con sede en Canadá, una empresa que presume de ser “líder mundial en emprendimiento de políticas menstruales” al vivir en el bucle de la irrealidad acaba tropezando consigo misma y escribieron un tuit en el que se refirieron a las mujeres embarazadas como “menstruadoras”, a pesar de que, precisamente durante el embarazo, las mujeres no menstrúan. Hasta The Lancet, la prestigiosa revista médica, habla de las mujeres como “cuerpos con vaginas”, pero mantiene, claro, su referencia a los hombres y el cáncer de próstata, o una conocida marca de tampones, para no ser acusada de tránsfoba acabó por anunciar tampones no binarios, eliminando el símbolo de Venus en sus envases para hacerlos transinclusivos.

Suma y siguen los despropósitos.

Alguien intentará contraargumentarme apelando a los derechos de las personas trans, pero es que no logro entender qué derecho se le sustrae a una persona trans eliminando la palabra mujer.

Lo que no deja de ser sorprendente, llegados a este punto, es que las palabras varón y niño no molesten y nunca se pase a utilizar “peneportante” o “personas eyaculantes”, lo que hace pensar de nuevo en el poder del patriarcado.

¿El intento oculto tras todo esto? Invisibilizarnos. ¿Cómo vamos a reivindicar derechos para las mujeres si ni siquiera nos nombran?

Pues se equivocan, aquí seguiremos. Existiendo y reivindicando derechos."                  (Carmen Domingo, El País, 12/09/22)

29/8/22

La pornografía se ha ido adaptando a cada uno de los canales de expresión que el ser humano ha tenido, aunque ha sido principalmente a través del arte... la prohibición de la pornografía puede unir el sector del feminismo más institucionalizado y posiciones conservadoras... Este sector del feminismo está apostando por defender eso, que hay que limitar la la pornografía porque genera un daño real a todas las mujeres, por el hecho de ser mujeres. Y creo que este discurso es muy peligroso... la pornografía no es el desencadenante o no es la causa que tiene como efecto directo la violencia contra la mujer... otro sector del feminismo dice que la pornografía puede ser un instrumento con gran capacidad transformadora y de fortalecimiento de las mujeres. Hagamos un porno distinto, es el mensaje... Los jóvenes deben ser capaces de contrarrestar los mensajes que vienen de otros entornos... la respuesta no puede ser la prohibición

 "La doctora en Derecho Constitucional y profesora de la Universidad de Castilla-La Mancha Ana Valero decidió abordar un estudio en profundidad de la pornografía. En un momento en el que las críticas al porno se han extendido y algunas voces reivindican incluso su abolición, Valero hace un repaso histórico de la pornografía, pero también de las aproximaciones jurídicas y feministas que han existido. El ensayo La libertad de la pornografía (Athenaica ediciones) indaga en algunas hipótesis y se pregunta si hay argumentos que justifiquen su prohibición o bien debe quedar amparada por el derecho de libertad de expresión y creación.

Empieza su libro haciendo un recorrido histórico por la pornografía para mostrar que ha sido un elemento muy presente en todas las sociedades y también un concepto cambiante. ¿Qué ha sido la pornografía y cómo definiría porno a día de hoy? 

Utilizo pornografía con un sentido muy neutro, no quiero atribuirle ningún significado ideológico, histórico, sociológico ni jurídico, porque pornografía ha sido tantas cosas a lo largo de la historia... Identifico pornografía con un discurso explícitamente sexual. Soy consciente de que, a día de hoy, la palabra porno evoca determinados significados dependiendo de quién aborde el término. Pero a lo largo de la historia, el discurso explícitamente sexual está muy presente en todas las manifestaciones culturales del ser humano, principalmente en el arte. Es dentro de la cultura católica que preside nuestra historia en el mundo occidental cuando a la expresión sexualmente explícita se le da un carácter más negativo.

Hay también un discurso de clase relacionado: cuando la expresión sexualmente explícita se hace accesible al gran público, especialmente tiempo después de la imprenta, ya no son las élites las únicas que pueden acceder a ella y es cuando se decide que eso puede corromper. Ahí surge el concepto de obscenidad, el concepto de pornografía vinculado a algo que no debe ser, que tiene que quedar fuera de la esfera pública. Y también cuando empiezan a surgir conceptos jurídicos como el de la moralidad pública como límite de la libertad de expresión, de la libertad de creación artística y por lo tanto, de lo explícitamente sexual.

Uno de los puntos de inflexión que detecta en su libro es que el porno siempre había tenido un carácter contracultural que en cierto momento desaparece. ¿Cuál es ese momento y por qué sucede?

Con la aparición de Internet y de esa nueva pornografía a la que aludimos cuando actualmente utilizamos el término porno. La pornografía se ha ido adaptando a cada uno de los canales de expresión que el ser humano ha tenido, aunque ha sido principalmente a través del arte. Cuando surge el cine, aparece fuertemente, como lo ejemplifica la edad dorada en Estados Unidos en los años 70 y 80, donde montajes clasificados como pornográficos tenían una labor contracultural de cuestionamiento de los roles hegemónicos asignados al hombre y a la mujer, de cuestionamiento de los códigos éticos o morales dominantes. Ese carácter contracultural y político desaparecen con la irrupción de Internet y con la pornografía que se crea a partir de entonces. Llama la atención que sea el momento de la historia que más pornografía se consume y donde menos productoras cinematográficas de cine para adultos o cine porno hay. Las ha sustituido el 'hazlo tú mismo' o los tubes como formato subidos desde cualquier parte del mundo. Es un sector que está totalmente desregularizado a nivel de derechos laborales. Lo que ofrece ahora el porno mainstream es más bien una perpetuación de los roles patriarcales imperantes en una sociedad todavía desigual.

Aborda el posicionamiento de distintas corrientes feministas acerca del porno. Una de ellas, el abolicionismo, que ya vivió su momento álgido en EEUU hace unas décadas, defiende que el porno genera un daño a todas las mujeres porque genera subordinación sexual. Sitúan al porno no como una expresión más del patriarcado sino como algo que genera patriarcado. ¿Hasta qué punto puede afirmarse que esto es así?

En España se está produciendo un debate en el movimiento feminista que ya se produjo en los años 60 en Estados Unidos y que aquí, por las circunstancias históricas y políticas, ha llegado ahora. En el feminismo radical de EEUU surge el movimiento abolicionista, que dice que la pornografía es un acto político de dominación. Actualmente, en España estas posturas las están manteniendo feministas respetadas como Amelia Valcárcel o Rosa Cobo, que están adoptando posiciones propias del radicalismo de esa época. De ahí se deriva que el hombre es un ser violento por naturaleza y que la pornografía no es expresión, sino que es un acto de supremacía masculina que daña a todas las mujeres.

Algo que me preocupa es que en los años 80 en EEUU este movimiento abolicionista se vincula con el conservadurismo político, con las posiciones más puritanas dentro del Partido Republicano, y aprueba ordenanzas municipales en algunas ciudades para prohibir la pornografía. A día de hoy, esa conexión, o al menos esa convergencia con un objetivo común como es la prohibición de la pornografía, se puede estar produciendo entre el sector del feminismo más institucionalizado y posiciones conservadoras. Es algo que me preocupa, cómo puede estar produciéndose esa convergencia por abordar algunas cuestiones con un discurso de brocha gorda y no entrar en las consecuencias de un discurso de ese tipo.

Hay una idea muy repetida actualmente en España que es que el porno está detrás de la violencia sexual. Para su libro ha revisado decenas de estudios sobre el asunto. ¿Hay evidencia suficiente para hacer esta afirmación?

A través de los estudios sociológicos y psicológicos que se han hecho, en España y principalmente fuera, llego a la conclusión de que no. No hay un consenso sobre el tema. Hay determinados estudios de laboratorio que defienden que sí, que puede ser un factor más en los hombres en los que haya previamente esa tendencia agresiva, que el consumo desmesurado de pornografía puede ser un factor más a tener en cuenta, pero como otros múltiples factores. Pero no es el desencadenante o no es la causa que tiene como efecto directo la violencia contra la mujer.

Su análisis parte del derecho a la libertad de expresión. Defiende que la pornografía no debería prohibirse porque no puede probarse ese nexo causal con un daño inmediato y que debería estar amparada en el derecho a la libertad de expresión.

Como jurista, ponderas cuáles son los derechos implicados en este asunto, los bienes constitucionales a proteger y cuál de ellos prevalece. En el momento de iniciar este estudio partía de ponderar la libre autodeterminación sexual de los consumidores de pornografía o la libertad de expresión artística de los pornógrafos, con dos derechos o bienes constitucionalmente protegidos, como serían los derechos de las mujeres y la dignidad de la mujer, su integridad física o moral, su igualdad con respecto al hombre. Y otro plano, que es la protección de la juventud y de la infancia.

Parto de una teoría sobre la libertad de expresión muy concreta, que defiende que la libertad de expresión solamente puede ser limitada en los casos en que exista una relación causal, y no una mera probabilidad, de que un determinado discurso amparado por la libertad de expresión genere un daño real a los derechos de terceras personas u otros bienes jurídicos protegidos. Eso es lo único que justifica en una sociedad democrática limitar la libertad de expresión o la libertad artística. En el caso de las mujeres, la premisa de que exista un nexo causal, un riesgo alto y pronto y no meramente probable, no se sostiene. Por el contrario, llego a la conclusión de que sí que existe ese nexo causal en el caso de los menores.

¿Cree entonces que una parte del feminismo está participando a día de hoy de un discurso de nuevo puritanismo y que tiene lazos con sectores muy diferentes ideológicamente, conservadores?

No puedo decir sí con mayúsculas, pero sí que existe el riesgo de que esa convergencia se produzca. A día de hoy no es posible, jurídicamente hablando, defender que un límite a la libertad de expresión es la moral pública. Pero jurídicamente hablando sí que sería defendible decir que el daño a las mujeres es un límite a la libertad de expresión. Este sector del feminismo está apostando por defender eso, que hay que limitar la la pornografía porque genera un daño real a todas las mujeres, por el hecho de ser mujeres. Y creo que este discurso es muy peligroso.

Si bien no está probada la vinculación entre porno y un daño general a las mujeres, defiende que la cosa es diferente cuando estamos hablando de menores. ¿Es el porno una escuela de violencia?

Sin duda. Con carácter general, la mayor parte de estudios manejan los 12 años como edad de inicio, pero ya hay algunos que hablan de los ocho o nueve años. Aquí, los efectos son devastadores, como la distorsión de la percepción sobre la sexualidad y las relaciones sexuales. Hay niños y jóvenes que incluso son nativos pornográficos, que no han tenido una experiencia sexual y ya acceden a este tipo de escenas, donde hay por ejemplo sufrimiento femenino o ausencia de consentimiento, y se produce esa confusión entre ficción y realidad. Ven escenas donde no existe ni el afecto ni el cuidado, donde la violencia física o la degradación de la mujer es lo habitual, y eso produce una desconexión emocional y falta de empatía a la hora de relacionarse con sus parejas sexuales o afectivas. También incide la autoestima de las chicas y chicos. Así como los estudios antes mencionados no eran concluyentes, en el caso de los menores son unánimes.. La última memoria de la Fiscalía General del Estado o el informe del Ministerio del Interior hablan del incremento de las agresiones sexuales en grupo, por ejemplo, con grabación del delito.

¿Hasta qué punto podemos saber si existe un aumento real de esa violencia o si ahora hay más denuncia y más visibilidad? Las expertas no se ponen de acuerdo.

Efectivamente, hace falta llevar a cabo estudios profundos y más continuados en el tiempo para ver si efectivamente está produciendo y en qué medida. Pero hay que tener en cuenta que el grupo de población que más tiempo pasa en internet es la juventud y que un tercio del tráfico que se produce en Internet tiene que ver con contenido pornográfico. Podemos llegar a la conclusión de que el porno está actuando como manual de aprendizaje sexual, máxime cuando no existe una verdadera formación en educación afectivo sexual en las escuelas hasta la fecha. La nueva Ley de Educación ya prevé para este curso que el currículum educativo incluya carácter obligatorio de educación sexual, pero aparece nuevamente como materia transversal. Yo creo que tendría que tener un carácter autónomo, tendría que ser una asignatura obligatoria con profesores especializados.

La otra gran corriente feminista acerca del porno es la llamada pro-sex, que acepta que el porno mainstream es machista pero que, frente a ese porno androcéntrico centrado en la mirada y en el placer masculino, propone un porno distinto. Dice usted en el libro que ese argumento es aplastante. ¿Hace falta entonces hacer porno feminista?

Aplastante, sí. En los años 80 en EEUU surge este sector del feminismo que dice que la pornografía puede ser un instrumento con gran capacidad transformadora y de fortalecimiento de las mujeres. Hagamos un porno distinto, es el mensaje. No dicen que la pornografía no es patriarcal o machista, sino que la pornografía no es mala de por sí, que lo que hay que hacer es contrarrestarla con un discurso distinto. Ya en los años 90 empiezan a aparecer manifestaciones de lo que se llama porno feminista. Surge un discurso sexual que busca representar todas las orientaciones sexuales e identidades de género, cuestionar el binarismo, las identidades sexuales... Emplea instrumentos artísticos como la performance o el videoarte, y propone generar una relato diferente en el que tenga cabida no solo el deseo de la mujer y su placer, sino también las sexualidades más periféricas, las disidencias, el cuestionamiento al planteamiento heteronormativo de la pornografía mainstream.

¿Qué hacemos entonces con el porno?

A nivel europeo no existe una normativa común, hasta ahora esta cuestión se ha dejado a los estados y cada uno ha hecho más o menos en función del tinte político, también del gobierno de turno que ha tenido. Pero la mayor parte de los marcos normativos que existen hasta la fecha se refieren principalmente a la regulación de las plataformas, exigiendo mecanismos de verificación de edad, sistemas de clasificación de contenidos, etcétera. Sin embargo, las medidas adoptadas hasta la fecha se han demostrado ineficaces, insuficientes, porque es ponerle puertas al campo. Internet es el campo. Es fundamental que exista una verdadera educación afectivo sexual y no una una educación centrada meramente en el aspecto biologicista o de protección o de sensibilización en cuanto a los embarazos no deseados. Los jóvenes deben ser capaces de contrarrestar los mensajes que vienen de otros entornos y que puedan establecer relaciones sexuales más sanas e igualitarias y emanciparse de los roles de género que tradicionalmente se asignan en esta pornografía. Lo que tengo claro es que la respuesta no puede ser la prohibición."                      (Ana Requena Aguilar  , eldiario.es, 28 de agosto de 2022)

27/3/22

Juan Soto Ivars: Lia Thomas arrasa. Ha batido algunos récords en la categoría femenina, y todo parece indicar que lo seguirá haciendo... Lia Thomas es transgénero: mujer en los papeles legales y el trato que se le debe profesar, macho en su ADN, y en todo lo que el ADN implica en cuanto a forma, potencia y desarrollo del cuerpo... la pregunta que plantea la participación victoriosa de Lia Thomas y otras personas transgénero en competiciones deportivas femeninas es apremiante: ¿debe una mujer trans competir en la misma categoría que las mujeres?... "Un hombre biológico me ha quitado el puesto. Hasta que no nos plantemos y dejemos de competir, nada cambiará. Gracias por el apoyo, no dejaré de luchar", tuiteó la cuarta clasificada... no provocan este dilema hombres trans en las categorías masculinas... Si yo fuera ella, se me caería la cara de vergüenza por el peso de esas medallas.

 "No es difícil de entender. Ha habido grandes deportistas cuya superioridad radicaba en el físico. Verlos aparecer en la pista producía automáticamente lástima por sus contendientes, todos sabíamos quién iba a ganar. Sin embargo, aquí no estamos hablando de eso, ni de tratar como mujer a alguien que nos parece un hombre. En la cancha, la mujer trans tiene las ventajas de un macho, y la prueba es que no provocan este dilema hombres trans en las categorías masculinas.

Celebro la revolución de los derechos de los trans en lo que implica que sean tratados como iguales, pero el activismo debería hacerse más responsable de algunas consecuencias de sus logros. Cuando tocas algo tan estructural como la distinción por sexos en una sociedad, hay que estar atento a movimientos imprevistos o peligrosos. De lo contrario, alguien podrá acusarte de haber pensado mucho en tu colectivo y poco en el resto de la sociedad. Está el asunto de las terapias afirmativas y el riesgo que eso supone para niños y adolescentes que se autodiagnostican como transgénero y exigen el tratamiento irreversible, cuando les puede estar pasando otra cosa. Sin embargo, la presión del activismo casi hace imposible discutir ese tipo de enfoque, y tacha de "terapia de conversión" lo que no es sino buscar mejor diagnóstico a esos individuos.

Está también el asunto de las cárceles, los vestuarios, las subvenciones y ayudas sociales, y demás ámbitos en los que la segregación por sexos tiene implicaciones de seguridad, de justicia o de igualdad de oportunidades. Y está, por supuesto, digan lo que digan los más fanáticos activistas, el asunto del deporte. Lo de Lia Thomas se había previsto, se había advertido y se había denunciado desde ese feminismo radical tan demonizado por los activistas transgénero y los teóricos queer. Alguien tendría que ser humilde y decir: ¡vale, hablemos, teníais razón!

¿Queréis saber cuál es mi posición respecto a los roles de género? A mí me llamaban maricón en el colegio, sin ser gay, por un amaneramiento que sigo conservando. Tampoco mis intereses eran lo que se dice masculinos. Durante muchos años me llevé mejor con las chicas que con los chicos. Ni fútbol, ni motos, ni seducción cavernícola de las hembras en las discotecas: nada de esto era para mí. Yo no lo hubiera expresado con estas palabras entonces, porque no era una época de ensimismamiento identitario, pero no encajaba con algunos de los valores tradicionalmente masculinos. Sí, con otros. Pero mi rol de género no era igual al de los otros chicos. Esto no tuvo más consecuencia que sentirme un poco inadaptado en la niñez. Hay gente que llega a pasarlo muy mal: no fue mi caso.

¿Por qué digo esto? Porque entiendo que los roles de género son abiertos. Hay dos polos, Humprey Bogart y Marilyn Monroe, y un montón de gente que fluctúa en los territorios grises potencialmente infinitos entre el blanco y el negro. Sospecho que muchos hombres tienen algo de mujer, y muchas mujeres algo de hombre. Lo ha demostrado la literatura cuando autores han sido capaces de crear personajes del sexo opuesto tan creíbles como las personas reales. El sexo es una condición biológica y el género permite juegos e interpretaciones.

Desde mi punto de vista, Lia Thomas es una mujer trans, y como mujer la trataría si me la encontrase. Mi respeto a su identidad es absoluto, y además me trae sin cuidado, como mi propia identidad de género. Pero también puedo decir, ya que la reconozco y respeto, lo mismo que diría si no fuera trans: me parece una deportista deshonesta y tramposa. Si yo fuera ella, se me caería la cara de vergüenza por el peso de esas medallas."                     (Juan Soto Ivars , El Confidencial, 26/03/22)

18/2/22

Qué es y qué no es la teoría queer... La teoría queer no parte de la realidad objetiva, defiende que todo es construido y que la realidad se crea con el lenguaje... el sexo es un efecto más de la construcción social del género y no hay nada que justifique el binarismo sexual... por tanto, se abre la posibilidad a numerosas intervenciones farmacológicas y quirúrgicas. Esto tiene especial gravedad cuando se trata de jóvenes y adolescentes... cuando La ciencia nos dice que el sexo es binario. Que está determinado genéticamente, específicamente por el cromosoma sexual que aporte el gameto del padre – espermatozoide – y que determina el crecimiento, desarrollo de la persona y su papel en el proceso reproductivo, ¿será la biología opresora?

 "En torno al debate de la identidad de género hay distintas posiciones. Diferencias que deben permitirnos profundizar en el debate y que, bajo ningún concepto, deben llevarnos al enfrentamiento. Para contribuir al debate -razonado y desde el apoyo a la comunidad LGTBI- analizamos el reciente ensayo de José Errasti y Marino Pérez Álvarez, una minuciosa crítica a la teoría queer.

 España está a la vanguardia en la lucha contra la opresión milenaria que ha impedido la libertad sexual. El movimiento de lesbianas, gays, trans y del conjunto del colectivo LGTBIQ+, de la mano del movimiento feminista en numerosas ocasiones, ha conseguido valiosos e innegables éxitos que debemos reconocer y defender con orgullo.

Sin embargo, desgraciadamente hoy, la identidad de género y la orientación sexual siguen siendo motivo de discriminación y la causa de delitos de odio. Es necesario reivindicar los derechos de un colectivo especialmente atacado, a la vez que luchamos por los derechos sexuales de todas las personas.

En torno al debate de la identidad de género hay distintas posiciones. Diferencias que deben permitirnos profundizar en el debate y que, bajo ningún concepto, deben llevarnos al enfrentamiento. En este marco se redacta el presente artículo, con el objetivo de incitar a la reflexión  y contribuir al sano debate.

La teoría queer no parte de la realidad objetiva, defiende que todo es construido y que la realidad se crea con el lenguaje. Se separa de la ciencia y de la filosofía, para llevarnos ¿a dónde? Desde esta posición Errasti y Pérez Álvarez nos conducen a lo largo del libro por las tesis principales, que intentamos resumir a continuación. 

Qué es y qué no es la teoría queer

El término queer significa “rarito”, y durante décadas fue empleado como insulto hacia las personas homosexuales. La comunidad gay supo darle la vuelta, empleando la palabra como símbolo de orgullo y reivindicación. A día de hoy sirve de bandera para cualquier persona cuya identidad de género u orientación sexual quede fuera de los modelos “normalizados” en la sociedad.

Ahora bien, la teoría queer no es sinónimo del colectivo. Tampoco todas las personas “queer” la defienden, como muestran los autores del libro. La teoría queer es, como su nombre indica, una teoría, con un pensamiento sistematizado y jerarquizado, que parte de un determinado punto de vista ideológico y filosófico y con consecuencias políticas.

El género en disputa de Judith Butler, publicado en 1990, se considera el texto fundador de esta teoría. Según afirma, el sexo es un efecto más de la construcción social del género y no hay nada que justifique el binarismo sexual. Butler introduce el concepto de “performatividad” que explica que no sólo el género, sino el propio sexo, no es más que un conjunto de actos, gestos y realizaciones interpretadas según guiones culturales.

Por su parte, Paul Preciado es considerado el filósofo español más influyente en el terreno, con obras como el Manifiesto contrasexual. En él rechaza la división varón o mujer y defiende  la definición de cuerpos parlantes. También afirma que los órganos sexuales como tales no existen, utilizando como justificación tesis como que el dildo antecede al pene.

La muerte de la biología

El sexo se ha divorciado de la reproducción. Con esta afirmación, los autores critican cómo, para la teoría queer, el sexo de una persona debe ser considerado como un aspecto identificativo, subjetivo. Ha perdido su función, su relación con la reproducción. Si el bebé es niño o niña ya no es una es una realidad objetiva, sino la asignación impuesta por el médico en el momento del nacimiento.

La ciencia nos dice que el sexo es binario. Que está determinado genéticamente, específicamente por el cromosoma sexual que aporte el gameto del padre – espermatozoide – y que determina el crecimiento, desarrollo de la persona y su papel en el proceso reproductivo, ¿será la biología opresora?

Antifeminismo

La teoría queer defiende valores incuestionablemente sexistas, que constituyen una amenaza para las conquistas en los derechos de las mujeres. De hecho han sido las feministas tachadas de “radicales” las que se han levantado en contra de la teoría queer. Dos de los motivos se recogen en este epígrafe, pero en los consecutivos se podrán encontrar más.

Como presentan los letrados, en el momento en el que desaparece el sexo biológico, desaparece la mujer como sujeto político. Ahora ser mujer no es una realidad material, sino que depende de la voluntad de la persona, algo que no concuerda con la discriminación que sufrimos las mujeres por el simple hecho de serlo.

Uno de los grandes avances que nos ha traído la lucha feminista ha sido cuestionar el género y los roles asociados. Si bien el sexo biológico es binario, el género no lo es. Sin embargo, en los protocolos autonómicos de actuación para la enseñanza se llama al docente a estar alerta a si los niños o las niñas presentan conductas “que pudieran indicar una identidad sexual no coincidente con el sexo que le asignaron al nacer, o bien comportamientos de género no coincidente con los que socialmente se espera en base a su sexo”. ¿Qué es lo que socialmente se espera de una niña? ¿Si juega al fútbol, será un niño?

Quirófano y fármacos: prescripción universal

Aunque se busque la “despatologización” de los problemas vinculados al sexo y al género – que dejen de concebirse como enfermedades – las nuevas propuestas abren la posibilidad a numerosas intervenciones farmacológicas y quirúrgicas. Esto tiene especial gravedad cuando se trata de jóvenes y adolescentes.

En Reino Unido, en los últimos nueve años la cifra de niñas que se derivaron para el tratamiento de transición de sexo ha pasado de 40 a 1.806, multiplicándose por más de 45. En el caso de los niños derivados el incremento “solo” fue por 12, alcanzando la cifra de 713 el último año.

Triunfa el enfoque afirmativo, según el cual se debe aceptar y afirmar la identidad de género expresada por el menor para acompañar y asesorar la transición. Se defiende el empleo de bloqueadores de la pubertad, que suponen la antesala a tratamientos más agresivos y que pueden tener efectos irreversibles, como la infertilidad de las adolescentes. Errasti y Álvarez proponen como alternativas la espera atenta, la exploración psicoterapéutica y la evaluación psicológica ante los y las menores que presentan disforia de género.

Solo existe el lenguaje

La teoría queer defiende un punto de vista profundamente metafísico. El punto de partida es el constructivismo filosófico que defiende que no existe un significado – realidad – al que se refiere el significante – lenguaje –. No hay nada más allá del texto.

Por eso es el médico el que asigna el sexo y no el bebé el que lo tiene. Es como poco sugerente, que según la guía de Sexo más seguro para cuerpos trans, el “orificio delantero” sean los genitales internos (entiéndase, de una “mujer cis”) mientras que la “vagina” sean los genitales de las mujeres trans que han sido sometidas a cirugía.

El repetido mantra “ha nacido en un cuerpo equivocado” está conducido por el mismo pensamiento metafísico. ¿Si existe un cuerpo equivocado, es porque existe el alma independiente al cuerpo? ¿O hablamos de un cerebro “rosa o azul” en un cuerpo cuyos genitales no concuerdan? ¿Es que existe acaso el cerebro masculino o femenino? ¿No es posible, como afirman los autores, que lo que nos atrape no sea nuestro cuerpo, sino los discursos y normas de la identidad de género?

Narcisismo como epidemia

El caldo de cultivo del éxito de esta teoría es el individualismo extremado de la sociedad capitalista actual. Una sociedad donde la felicidad instantánea y los sentimientos intensos están por encima de la razón, debidamente presumidos en las redes sociales.

La publicidad ha invadido nuestras vidas. El debilitamiento de las redes sociales “reales” en pos de las “virtuales” expone, especialmente a los más jóvenes, a un nuevo problema: construir una presentación pública. El reconocimiento social o la identidad se convierten en cuestiones nodulares, mientras escuchamos el eslogan que jocosamente recita el libro: “diferente como tú, especial como tú, único como tú”.

Una sociedad donde disentir con lo que una persona afirma de ella misma parece ser sinónimo de odio. En la que se ha instalado que “el ciudadano siempre lleva la razón” junto con la condescendencia, la indiferencia o cobardía de dar la razón automáticamente, dejando atrás el respeto entre personas adultas donde se pueden debatir las distintas posiciones.

¿Intereses creados?

Es llamativo que países como Irán sean promotores del cambio legal de sexo mientras que mantienen su código penal hacia la homosexualidad. En Argentina se aprobó una ley trans ocho antes que una ley del aborto. Y en Chile, mientras el matrimonio homosexual sigue prohibido, hace cuatro años que existe una ley de identidad de género.

También merece atención el hecho de que el 91% de las quinientas empresas de la lista Fortune practican políticas de protección de identidad de género sin que exista una relación a día de hoy con las condiciones laborales y económicas de las empleadas. Por ejemplo, Amazon ha distribuido a cada trabajador una guía para el apoyo de las personas trans pero, como denuncia Amnistía Internacional, se opone a la afiliación sindical de sus empleados en países como Reino Unido, Estados Unidos o Francia.

En un mundo donde los derechos de las minorías parecen haber reemplazado a los derechos humanos, donde la izquierda mayoritaria ya no lucha por el proletariado, sino por la Justicia Social, ¿qué podemos esperar?

Adiós al proletariado, bienvenidas las minorías."

Sobre el libro y los autores

“A los estudiantes universitarios con la esperanza de que encuentren en las páginas de este libro un espacio inseguro para sus ideas, una fuente de desestabilización de prejuicios”. La dedicatoria del libro habla por sí sola de la obra y de los autores.

José Errasti es doctor en Psicología y profesor titular del Departamento de Psicología en la Universidad de Oviedo. Autor del libro Introducción a la psicología de la personalidad y de numerosos artículos científicos, es columnista en The Huffington Post y la revista Mongolia.

Marino Pérez Álvarez es catedrático de Psicología de la Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos de la Universidad de Oviedo y especialista en Psicología Clínica. Es autor de artículos en revistas científicas, así como de libros como La invención de trastornos mentales y El mito del cerebro creador.

Las páginas de este articulo se lo deben todo a la atenta lectura de Nadie nace en un cuerpo equivocado (Editorial Deusto). Lo recomiendo encarecidamente, es un lujo aprender disfrutando. Mi sincero agradecimiento a los autores. El libro se puede adquirir en cualquier librería por 18,95€."                         (Violeta Tercedor, De Verdad Digital, 17/02/22)

28/1/22

“El lenguaje inclusivo es una imposición, y ya está bien”... Muchas veces ese lenguaje ridiculiza la lucha de las mujeres. Y obstaculiza el mensaje, porque acabamos hablando de cómo se dicen las cosas en vez de qué se dice... estamos perdiendo tiempo y recursos en algo que no sirve para nada… porque, por ejemplo, ya hemos constatado que las niñas se autoexcluyen. Hay niñas que tú les dices “Esta película es para niños” y te contestan: “¿Y para niñas no?”. Y yo creo que eso es negativo

 "Carme Junyent (Masquefa, Barcelona, 66 años) es profesora en la Universidad de Barcelona, lingüista, africanista y feminista. Ha coordinado para Eumo Editorial el libro Som dones, som lingüistes, som moltes i diem prou (Somos mujeres, somos lingüistas, somos muchas y decimos basta), en el que toman parte 70 autoras. Es un alegato contra el lenguaje inclusivo o no sexista. Junyent aborrece las fórmulas “señores y señoras”, “ellos y ellas”, “niños y niñas” y apuesta por el masculino plural como genérico que incluye el femenino. Carme Junyent está muy enfadada.

Pregunta. “Somos mujeres, somos lingüistas, somos muchas y decimos basta”. ¿Basta a qué?

Respuesta. Con lo de “decimos basta” yo estaba pensando en el Diguem no de Raimon. Todos tenemos ganas de decir no a muchas cosas varias veces al día.

P. Ya, pero usted tenía en mente un “basta” más concreto.

R. Sí, todo esto del lenguaje inclusivo es una imposición desde arriba, y quería decir que ya está bien. Y que quien quiera hablar y escribir así que lo haga, pero que a los demás nos dejen en paz.

P. ¿Cree que el lenguaje inclusivo ayuda en la lucha de la mujer por la igualdad o al contrario?

 R. Muchas veces ese lenguaje ridiculiza la lucha de las mujeres. Y obstaculiza el mensaje, porque acabamos hablando de cómo se dicen las cosas en vez de qué se dice.

P. Eso hoy en día ocurre todo el rato, y en muchos ámbitos.

R. Sí, pero en esta cuestión, como se supone que los que proponen ese tipo de lenguaje son los buenos y los que tienen la razón, pues aún son más dogmáticos.

P. ¿Es usted feminista?

R. Soy feminista porque no puedo ser otra cosa, pero no he hecho este libro por ser feminista, sino por ser lingüista. Y sé que ese lenguaje no solo no aporta nada, sino que lo complica todo.

P. Está enfadada porque quienes impulsan el lenguaje inclusivo pasan de los lingüistas, ¿no?

R. Sí. Alguien tiene una ocurrencia y empieza a proponer cosas. Cosas que, si sabes cómo funcionan las lenguas, no tienen sentido. Pero como nadie escucha a los profesionales… Aunque tampoco los profesionales han hablado.

P. Sí, se le ve molesta con eso.

 R. “Molesta” no es la palabra, pero la mayoría no quiere complicarse la vida. Pero estamos perdiendo tiempo y recursos en algo que no sirve para nada… porque, por ejemplo, ya hemos constatado que las niñas se autoexcluyen. Hay niñas que tú les dices “Esta película es para niños” y te contestan: “¿Y para niñas no?”. Y yo creo que eso es negativo. De todas formas, todo eso de que los profesionales no hablan ocurre en el caso del catalán, ¿eh? En el caso del castellano la RAE sí que dejó clara su postura y dijo que esto no tenía sentido, y lo hizo con un informe muy razonado de Ignacio Bosque, al que le montaron una campaña de descrédito. Aquí, el Instituto de Estudios del Catalán no dice nada. 

La excusa suele ser que esto, si se acaba aceptando por la gente, ellos tendrán que aceptarlo. Hay profesores que obligan a sus alumnos a escribir así. ¿Quién ampara al alumno? En la enseñanza hay directrices claras. Los textos que publica la Universidad de Barcelona están todos escritos así. Eso sí, no han consultado a ningún filólogo.

P. ¿Y la Administración?

R. Igual. La Generalitat no acepta ningún proyecto que no esté escrito en lenguaje inclusivo.

P. ¿Y la comunidad LGTBIQ, dónde queda con el “ellos y ellas”?

R. En que todos los que no se sienten ni hombre ni mujer quedan excluidos. En los transportes públicos de Ámsterdam han quitado los desdoblamientos de género porque discriminaban al colectivo LGTBIQ. El problema no es la lengua. El problema es que nos acepten a todos como somos y que podamos vivir la vida que queremos. Si alguien conoce un cambio social producido como consecuencia de un cambio lingüístico, yo me replanteo todo. Pero no hay ejemplos de eso.

P. Oiga, ¿por qué en este libro solo escriben mujeres?

R. Porque no tuve valor para pedirle a ningún colega que pasase por lo que yo pasé… seguro que en su caso sería peor, por el agravante de ser hombre."                    (Borja Hermoso, El País, 21/01/22)

2/12/21

Clara Serra: «Algunos feminismos están dejándose seducir por el punitivismo neoliberal»... La trabajadora sexual, como figura, resulta inasumible para una concepción sobre la sexualidad que ha extendido tanto el peligro que acaba poniendo en cuestión la capacidad de decir «no» de las mujeres... cuando una actriz porno o una trabajadora dice «SI», es inválido. Esta contradicción recorre la actual ley de libertades sexuales del gobierno español de modo radical... es una ley que apuesta por establecer delitos «aun con el consentimiento» de las mujeres. Es una contradicción insalvable. En Estados Unidos, el feminismo abolicionista se alió políticamente con la administración de Reagan en la instauración de un marco feminista que era muy funcional a la batalla cultural de la derecha en la perpetuación de una moral sexual puritana

Clara Serra Sánchez es una filósofa, política y autora española especializada en feminismo

 "Clara Serra Sánchez es profesora de filosofía e investigadora en la Universitat de Barcelona, exdiputada de Podemos en la Asamblea de Madrid y autora de numerosos artículos y libros, entre ellos: Leonas y zorras: estrategias políticas feministas (2018), Manual ultravioleta Feminismo para mirar el mundo (2019) y coordinadora de Alianzas Rebeldes. Un feminismo más allá de identidad (2021).

Interviene en los debates feministas actuales poniendo en tensión ciertas ideas y políticas hegemónicas que hoy despliegan algunas corrientes feministas. Además, es una de las voces más críticas del proyecto de Ley de libertades sexuales en España. En esta oportunidad, dialogamos sobre este aspecto, entre otros de sus interesantes planteamientos. ¿Cómo pensamos la identidad? ¿Sólo «sí es sí»? ¿Cómo entiende el feminismo el deseo? ¿Cuáles son los límites de una lucha que confía tanto en el código penal?

GH

Hacés un cuestionamiento de las luchas políticas basadas en la identidad,  incluso sos una de las autoras de Alianzas rebeldes. Un feminismo más allá de la identidad. ¿Cuáles son los límites de las luchas centradas en la identidad?¿Por qué hablar de un feminismo que supere la identidad? 

CS

En cierto sentido, toda política es una política de la identidad. Las identidades son construcciones sociales que las luchas políticas pueden utilizar para enfrentarse al poder. En el caso del feminismo, es evidente que, por una parte, la identidad de las mujeres tiene que ver con el hecho de que las mujeres compartimos un lugar en el mundo, compartimos experiencias o incluso un destino social o económico, y que eso tiene que ver con el patriarcado. Hacer uso de esa identidad es una forma de volverse contra la desigualdad. Pero solamente si es en un sentido estratégico.

Cuando las luchas políticas olvidan el carácter instrumental,  y en cierto sentido ficticio (construido) de las identidades, las luchas pueden dejar de ser emancipatorias y, por el contrario, reproducir las categorías del poder, esencializándolas y reificándolas.

El objetivo del feminismo no es reproducir la categoría «mujer», sino que en cierta forma es destruirla

El objetivo del feminismo no es reproducir la categoría «mujer», sino que en cierta forma es destruirla. Es decir, trabajar por un mundo en el que esa categoría pierda importancia social y no lleve aparejado un destino para quienes la ocupan. Luchamos por el derecho de las mujeres a ser diferentes entre nosotras y para eso usamos instrumentalmente una palabra que ficciona nuestra identidad. Cuando perdemos de vista este carácter ficticio, hacemos políticas esencialistas y conservadoras que santifican y mitifican la identidad de las mujeres. Yo me opongo a esos feminismos.

GH

Las agendas del feminismo están marcadas por un fuerte pedido de intervención punitiva, de extensión del código penal para abordar diversos problemas que le atañen. La ley de libertades sexuales que aprobarán allá pareciera ser una gran demostración de eso. ¿Por qué pensás que sucede algo así? ¿El endurecimiento del código penal es compatible con el ideal de transformación social que podría contener el feminismo?

CS

Creo, como algunos autores están subrayando en la actualidad, que la fase actual del neoliberalismo se caracteriza por una deriva fuertemente punitiva. Es el efecto del retraimiento del Estado de bienestar y las políticas sociales. Ante el empobrecimiento masivo y la precarización de nuestras vidas hay una creciente incertidumbre y aumenta la sensación de inseguridad, riesgo y peligro social. Las políticas punitivas ponen como causa de ese riesgo a determinados individuos, o determinados grupos, en lugar de las políticas estructurales de empobrecimiento que generan fractura social. La paz social y el orden se prometen, así, a través de soluciones punitivas. Esto genera que, en las últimas décadas, los Estados liberales hayan aumentado el recurso de endurecer sus códigos penales. No solo en Estados Unidos, también en Europa.

Obviamente esto es incompatible, a mi entender, con las agendas de las izquierdas, que deben apostar por políticas sociales y económicas que enfrenten el neoliberalismo. Creo que determinadas izquierdas y también algunos feminismos están dejándose seducir por estas políticas punitivas y están siendo incautos colaboradores en este reforzamiento penal de las democracias liberales de nuestro presente.

La ley de libertades sexuales, como muchas de las propuestas que en el contexto norteamericano y anglosajón se han puesto en marcha contra la violencia sexual, tiene una clara apuesta por el código penal como mecanismo fundamental de corrección y pretendida transformación social. También algunas políticas LGTB tienen hoy en día un excesivo uso de las vías punitivas en su combate contra los “delitos de odio” y eso ha sido criticado por activistas LGTB y queer críticos como es el caso de Dean Spade.

GH

Hoy se habla muchísimo del consentimiento, y no por nada esta ley a la que nos referimos es nombrada como la ley del «sólo sí es sí». En varias oportunidades marcaste que resulta problemático pasar de decir «no es no» a «sólo sí es sí». ¿Cuál es la diferencia entre una y otra?

CS

Básicamente se cambia de un marco en el que se entiende que las mujeres son capaces de decir que «no» (y se las anima y empodera para decirlo), a un marco en el que, en la medida en que la sexualidad es siempre peligrosa o intimidatoria para las mujeres, esa opción es siempre imposible. Esto me parece altamente problemático, es una elección que creo que deberíamos debatir con mucha calma y cuidado. ¿Estamos dispuestas a asumir esa imposibilidad y dejar de trabajar por una sociedad en la que digamos «no»? ¿Qué cosas perdemos por el camino al asumir ese marco?

Esto no me parece que rompa en modo alguno con la imagen tradicional de las mujeres como seres temerosos del sexo.

Quienes defienden el lema del «solo sí es sí» lo presentan como un marco superador y mejor porque es afirmativo, pero creo que esto es totalmente equivocado; el lema «solo si es “sí”» cobra sentido únicamente en un marco en el que se ha extendido el campo del no, es decir, en el que hemos decidido asumir como regla que, en principio y por defecto, las mujeres no quieren sexo. Esto no me parece que rompa en modo alguno con la imagen tradicional de las mujeres como seres temerosos del sexo. Es más, es la sociedad patriarcal la que nos ha educado en la creencia de que ser una mujer decente es estar indispuesta al sexo, no desearlo, no estar esperándolo. Me parece correcto, por supuesto, cuestionar que un silencio sea tomado siempre que los hombres quieran como un «sí», qué duda cabe, pero me parece muy problemático que la respuesta a eso sea establecer categóricamente que todo silencio es un «no». El problema, justamente, es que estos marcos del consentimiento afirmativo tienen la necesidad de meter todo en el saco de un clarísimo «sí» o de un clarísimo «no». Esta clarificación exhaustiva de la sexualidad se lleva por delante el campo del «no sé». Es decir, yo defendería que, además de cosas que los sujetos saben que quieren y cosas que los sujetos saben que no quieren, existe un amplio margen de cosas que caen en el campo del no saber, de la duda y la incertidumbre (¡incertidumbre no solo de lo que el otro desea sino de lo que uno mismo o una misma desea!). Cuando el feminismo dice «no es no» creo que no cabe inferir que todo lo que no sea un «no» es un «sí»; más allá del «no» puede haber un «quizás», un «no sé» o un «ya veremos». En los marcos que se están imponiendo -en los que el «solo sí es sí» es un criterio para distinguir el sexo consentido de la violencia y el crimen sexual- estamos diciendo claramente que la ley puede y debe tomar toda ausencia de «sí» como un clarísimo «no», tan clarísimo como para implicar un delito penal exactamente igual que si la mujer hubiera dicho «no». Hay algo que se ha perdido por el camino. Pretender iluminar por completo el sexo y erradicar el espacio para el no saber no me parece en absoluto un avance feminista y, de hecho, me parece que limita la exploración sexual de las mujeres en los territorios opacos de su propio deseo y las convierte en responsables de responder a la exigencia de saber y decir siempre claramente lo que desean. El problema es que no siempre sabemos lo que deseamos y que tenemos derecho a no saberlo, a dudarlo, a explorarlo, a descubrirlo.

Por otra parte, que las mujeres digan «sí» en estos nuevos marcos actuales no implica tomar la iniciativa sexual. Decir, pronunciar o explicitar un «sí» es contestar, es responder a la demanda, a la pregunta o a la propuesta del otro (y contestar a lo que el otro plantea, además, afirmativamente). Para mí, un feminismo que pretenda defender las desobediencias femeninas tiene que poner el acento en la dirección contraria: defender la iniciativa sexual de las mujeres en la búsqueda de su placer y sus deseos; es decir, ser nosotras las que proponen, las que buscan al otro, las que se arriesgan, las que exploran. O sea, las que en todo caso, si esto fuera un diálogo, estarían en el lugar de quien pregunta, no de quien contesta. En los imaginarios sexuales que instauran los marcos del consentimiento sexual, ha sido borrado este lugar, se generaliza la posición de espera y de pasividad de las mujeres, se niegan y ocultan justamente las desobediencias femeninas, han desaparecido del mapa las chicas malas de toda la vida, las que tienen más ganas de sexo que los hombres y las que toman, contra los mandatos patriarcales, la iniciativa. La visibilización de esa posibilidad es fundamental, creo, precisamente porque ilumina algo muy importante. Las mujeres, cuando toman la iniciativa sexual, no siempre preguntan y ni esperan a tener un «sí» explícito por el otro lado o una claridad total. ¿Deberán empezar a hacerlo como requisito para no cometer un delito? ¿Podrían, bajo estos nuevos marcos jurídicos (y su aplicación por parte de una judicatura conservadora), ser más mujeres acusadas de acoso sexual?

Me parece irremediable que tomar la iniciativa es, precisamente, asumir los riesgos que implica la negociación sexual.

Me parece irremediable que tomar la iniciativa es, precisamente, asumir los riesgos que implica la negociación sexual. Es decir, el hecho de que no siempre está claro lo que quiere el otro. ¿No demuestran, justamente muchas mujeres, que se puede tener una iniciativa sin contar con la claridad absoluta y, al mismo tiempo, sin  ejercer violencia contra el otro? ¿No ha de ser ese el camino a seguir? Creo que una educación sexual feminista tiene que enseñar a los hombres a que se puede seducir sin violentar. Como también creo que una educación feminista tiene que enseñar a las mujeres a que recibir un «no», no es un ultraje vergonzoso o humillante. Si queremos animar a las mujeres para que puedan tomar los caminos que la cultura patriarcal siempre nos ha prohibido creo que la enseñanza debe ser: puedes lanzarte, arriesgarte, tratar de seducir a la otra persona y, si esa otra persona no quiere, esto no debe ser vivido como una humillación para las mujeres. Ser parte activa es, también, asumir que puedes recibir una negativa, que puedes haberte equivocado al interpretar al otro, que puedes haberte lanzado pero el otro no ha seguido el juego. Faltan en nuestros imaginarios sexuales más hombres que pudieran decir que no (frente a la idea del hombre con un deseo potente y siempre activo, que creo que forma parte de las exigencias de la masculinidad) y más mujeres que asumen los inevitables riesgos que implica toda negociación sexual (que nunca podrá ser totalmente nítida, clara y transparente). La conquista del terreno de la exploración, la posibilidad de adentrarse en un terreno sexual donde cabe el malentendido o el desencuentro con el otro, va de la mano de la conquista del «no es no». Se trata de un excelente lema feminista porque comunica a todas las mujeres que decir «no» es posible, que no tenemos que estar dispuestas y disponibles para complacer los deseos de los hombres. Como también comunica a los hombres que ese «no» debe ser siempre respetado.

Creo que, con respecto a estos objetivos que acabo de señalar, los actuales marcos que estamos instaurando son regresivos, suponen un paso atrás más que un paso hacia adelante.  El hombre sigue siendo la parte activa y la mujer la que responde a lo que le proponen otros. Y la sexualidad es un terreno tan hostil para las mujeres que no somos nosotras nunca capaces ni de emprenden la seducción ni de decir «no» a los deseos de los hombres. Me parece un marco conservador que en ningún modo está rompiendo con los viejos roles y papeles que nos asignaron a unas y a otros, sino que está redibujándolos desde la ley. Es un feminismo que asume la indefensión femenina en vez de trabajar por el empoderamiento y que, al asumir que no hay capacidad de decir que no, entrega al Estado el deber de decir «no», y de forma preventiva, por todas nosotras. 

Yo estoy de acuerdo, por supuesto, en que las leyes deben ser reformadas para delimitar algunas circunstancias en las que las mujeres no pueden decir que no (obviamente, los casos de violaciones en condiciones de no consciencia, o consumo de alcohol o drogas, exigen estar entendidos en nuestra legislaciones como circunstancias en la que, en ausencia de fuerza e intimidación, el consentimiento está imposibilitado) pero eso debe ser más una excepción que una regla. Evidentemente debemos mejorar nuestras legislaciones para que el derecho pueda reconocer adecuadamente esas situaciones u otras que impliquen una dificultad para el consentimiento, una imposibilidad de decir que no.

Pero las normas que se están aprobando en algunos países suponen algo sustancialmente distinto. No están completando lagunas o deficiencias, están redibujando por entero la manera de pensar la sexualidad. Instauran un marco que ha extendido el peligro sexual de tal modo que las mujeres han perdido, para siempre y en todo contexto, la posibilidad de expresar un «no», y eso nos lleva inevitablemente a enfoques paternalistas y securitarios.

GH

También respecto al consentimiento, hacés una diferenciación que me pareció muy interesante entre  voluntad y deseo. ¿Por qué es importante distinguirlo? ¿Podrías desarrollar esa idea?

CS

Creo que las actuales políticas sobre el consentimiento están construyéndose sobre una peligrosa confusión entre voluntad y deseo por la que no se sabe muy bien si consentir es lo mismo que elegir una cosa o que desearla. Y no son lo mismo. Una mujer puede elegir tener una relación sexual sin desearla y puede consentir sin deseo, no solo en el marco del trabajo sexual, sino también, en muchas situaciones de la vida cotidiana. Obviamente me parece positivo que aspiremos a que las relaciones sexuales sean deseadas, pero me parece muy peligroso hacer del «sexo deseado» el criterio del derecho penal para delimitar la violencia sexual. Se puede consentir o elegir tener sexo sin deseo y eso ha de ser respetado como una elección del sujeto, pero, además, es que se puede desear algo y, a la vez, oponerse a ello y decir que «no». Estos feminismos actuales que confunden voluntad y deseo y hablan de «consentimiento entusiasta», o de que una violación es una relación «no deseada», me parece que conllevan inevitablemente una visión moralista sobre el sexo en la que, al final, se está volviendo al modelo tradicional y patriarcal del amor, el sexo amoroso o el sexo bueno como sexo típicamente propio de las mujeres.

El derecho debe mantenerse lo más lejos posible de pretender conocer y juzgar lo que desean interna y profundamente las personas.

En efecto, la adecuación del deseo y la voluntad— querer lo que deseas y desear lo que quieres— podemos denominarlo «amor» y es importante que esa sea una opción, incluso algo muy deseable en la vida sexual. Pero las mujeres no siempre follan por amor, no siempre están reconciliadas con sus fantasías y sus deseos y el feminismo debe reivindicar el derecho de las mujeres, también,  a una sexualidad que ha sido reservada para los hombres. Por cierto que, la confusión entre deseo y voluntad, es decir, la identificación de la violación como una violación del deseo, es lo que ha llevado tradicionalmente a pensar -y a juzgar por parte de algunos jueces- que las malas mujeres, las que desean incorrectamente, las que desean demasiado, nunca podrían ser objeto de una violación porque de algún modo han deseado lo que les ha pasado. Virginie Despentes hablaba en Teoría King Kong de su propia violación y, al mismo tiempo, de las fantasías de violación que la habían acompañado siempre. Un feminismo que deposite en el deseo la verdad, la autenticidad y la pureza y lo invista como el criterio de validez frente a la violencia sexual ¿como aborda el hecho de que las mujeres deseamos cosas que no elegimos? No solo hay que defender que las mujeres no desean según los imaginarios del poder patriarcal. Hay que ir más allá: incluso si las mujeres desearan o fantasearan con cosas que tiene que ver con el poder, la dominación o la violencia, pueden decidir no llevar a cabo esos deseos, pueden mantenerlo en la esfera de la ficción, pueden decir que no con la voluntad, y ese ha de ser el único criterio válido para delimitar una agresión sexual. Si no, el feminismo empezará a penalizar a las mujeres por sus deseos o a instaurar un ideario moralista por el cual la buena feminista, la buena mujer, no tiene incongruencias, contradicciones o desacuerdos jamás entre lo que quiere y lo que desea. Necesitamos un feminismo que enfrente la violencia pero, al mismo tiempo, conserve para las mujeres la posibilidad de no siempre desear lo que quieren y no siempre querer lo que desean. Así que la violación no es un atentado contra el deseo, es un atentado contra la voluntad. Y, por cierto, el derecho debe mantenerse lo más lejos posible de pretender conocer y juzgar lo que desean interna y profundamente las personas. Esa pretensión es inevitablemente totalitaria y conduce directamente al moralismo y al punitivismo penal.

GH

En reiteradas ocasiones insistís sobre la importancia de que el feminismo retome su diálogo con el psicoanálisis. ¿Por qué?

CS

Justamente por este punto. El psicoanálisis es una filosofía para sujetos incongruentes, fraccionados, con una contradicción interior por la cual el deseo está relacionado con el subconsciente o, lo que es lo mismo, no siempre (incluso casi nunca) sabemos lo que deseamos. Esta es la perspectiva a partir de la cual ha de ser pensada la violencia sexual y el papel del derecho. Hay unos feminismos actuales, diría que son los hegemónicos, que piensan el mundo a partir de un modelo de sujeto coherente, sin fisuras, reconciliado angelicalmente consigo mismo. Un sujeto, incluso capaz de conocer, verbalizar y explicitar sus propios deseos.

El feminismo debe reivindicar el derecho de las mujeres, también,  a una sexualidad que ha sido reservada para los hombres.

Esta perspectiva por la cual no resulta problemática la transparencia de los deseos es una perspectiva profundamente voluntarista, racional y liberal, acríticamente liberal. Restituye al sujeto masculino de la razón y la voluntad que la cultura patriarcal y neoliberal ha encumbrado y que justamente el feminismo debe poner en cuestión. El psicoanálisis, como gran parte de la teoría crítica feminista, ha criticado los delirios masculinos que acompañan a esos sujetos hechos a sí mismos que siempre saben lo que quieren y creo que desde esa perspectiva es imposible no ver un voluntarismo muy acrítico y problemático en muchos de los actuales discursos sobre la sexualidad.

Si los discursos feministas van a prometer a las mujeres estar a salvo de la violencia a través de un escenario del consenso, pacto y contrato sexual que implica decir lo que deseamos y explicitar nuestro deseo, creo que nos están prometiendo seguridad sexual a cambio de convertirnos en esos sujetos masculinos de la modernidad. Creo que ese pacto no merece la pena, que debemos rechazarlo. Los feminismos deben trabajar contra la violencia sin pedir a las mujeres que, para poder esperar estar a salvo, se conviertan en seres luminosos e iluminados que conozcan y puedan contestar siempre con claridad acerca de lo que desean. Ese es justamente el reto propiamente feminista y creo que para trabajar en ese camino hay que salir de las limitaciones de los actuales marcos del consentimiento o, mejor dicho, salir de las concepciones del consentimiento que están en las actuales políticas hechas en nombre del consentimiento.

GH

Podríamos decir que los debates actuales que atraviesa al feminismo en realidad son históricos. Creo que vos lo planteás muy bien en varias de tus intervenciones, recuperando aquellas discusiones de los feminismos a partir de los años 80. Si bien es otro contexto, ¿hay cierta radicalización de estos debates? ¿Cómo se explica este fenómeno en la actualidad?

CS

En efecto, los debates que acontecieron a partir de los años 80 en el contexto americano explican muy bien las preguntas y los desacuerdos actuales; esos debates siempre han estado ahí, nunca se fueron del todo porque nunca se superaron. Hay muchas maneras feministas de pensar la sexualidad, la violencia sexual y la libertad sexual. Y a los actuales debates les preceden distintas genealogías. La mía es la del feminismo prosex y queer que se opuso a las leyes de prohibición de la pornografía y que defendió el derecho de las mujeres a jugar en el terreno de la ficción con los roles de poder (BDSM) y la necesidad de no juzgar los deseos femeninos desde una nueva normatividad moral feminista, que apostó siempre por ampliar la libertad (también la sexual) fuera de los marcos securitarios del derecho penal. En efecto, en esas estamos también ahora.

GH

¿Las políticas que estigmatizan y criminalizan el trabajo sexual se cristalizan en estas discusiones históricas? ¿Cómo habría que pensar la hostilidad que se libera, incluso desde el feminismo, contra las trabajadoras sexuales?

CS

La trabajadora sexual, como figura, resulta inasumible para una concepción sobre la sexualidad que ha extendido tanto el peligro que acaba poniendo en cuestión y, como decía antes, de manera ilimitada, la capacidad de decir «no» de las mujeres. Es decir, para una concepción que ha renunciado a considerar que las mujeres tengan voluntad autónoma y capacidad de que esa voluntad se pueda abrir paso en el terreno de la sexualidad. La cuestión del trabajo sexual revela las contradicciones del feminismo radical abolicionista y su deriva hacia una concepción paternalista en la que las mujeres no tienen mayoría de edad. Si decir «no» es siempre imposible, si el mundo sexual es tan desigual y tan hostil, que los hombres siempre tienen el poder y las mujeres no lo tienen, entonces al final también el «SI» de las mujeres acabará siendo puesto en duda. Porque ha sido ya puesta en duda la voluntad libre y la capacidad de consentir de las mujeres en el terreno sexual.

Así pues, los actuales marcos del «solo sí es sí» se deslizan inevitablemente hacia el marco del «sí es no» en el que, en efecto, cuando una actriz porno o una trabajadora dice «SI», es inválido. Esta contradicción recorre la actual ley de libertades sexuales del gobierno español de modo radical. Es una ley que se ha defendido como la puesta en el centro del consentimiento de las mujeres y, sin embargo, es una ley que apuesta por establecer delitos «aun con el consentimiento» de las mujeres. Es una contradicción insalvable. Y esa contradicción se debe a que, a pesar de los discursos políticos, las actuales leyes del consentimiento afirmativo no están suponiendo la novedad de valorar el consentimiento como el criterio para delimitar la violencia sexual.

Los actuales marcos del «solo sí es sí» se deslizan inevitablemente hacia el marco del «sí es no» en el que, en efecto, cuando una actriz porno o una trabajadora dice «SI», es inválido. 

Obviamente en los códigos penales modernos, también en el caso español, ya era el consentimiento el criterio que usaba el derecho penal para proteger la libertad sexual. La novedad es otra: una nueva manera de entender el consentimiento, una nueva manera de delimitarlo y de entender cuándo y cómo se manifiesta, que redibuja sus límites y las técnicas jurídicas para considerarlo probado. La filosofía sobre la sexualidad que subyace a estas nuevas doctrinas jurídicas acaba no tanto en un respeto hacia el consentimiento sino más bien en su puesta en duda y en la decisión de considerarlo a veces enteramente prescindible. 

GH

En diferentes lugares del mundo, emergen o se consolidan grupos de extrema derecha. ¿Creés que las posturas conservadoras dentro del feminismo se relacionan con esto?  ¿O se vinculan con otros factores?

CS

No estoy muy de acuerdo con amalgamar las derivas conservadoras o más reaccionarias de las izquierdas con la ultraderecha. Me parece que son cosas diferentes y no las entendemos mejor por decir que «son lo mismo». Ahora bien, evidentemente tenemos que plantearnos cuánto convergen y qué sinergias se producen. En Estados Unidos, el feminismo abolicionista se alió políticamente con la administración de Reagan en la instauración de un marco feminista que era muy funcional a la batalla cultural de la derecha en la perpetuación de una moral sexual puritana. Creo que esta pregunta debe ser pensada también hoy. Hasta qué punto algunos de los discursos sobre la sexualidad que están defendiendo ciertos feminismos no están consolidando marcos conservadores y nuevas versiones del puritanismo en un contexto en el que tenemos fuerzas políticas reaccionarias decididas a limitar nuestra libertad sexual."

(Entrevista a  Clara Serra, filósofa, política y autora española especializada en feminismo. Guillermina Huarte, JACOBIN América Latina, 29/11/21)