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16/4/24

Los desproporcionados costes de la austeridad... estamos observando un preocupante aumento de la retórica militar por parte de los líderes políticos mundiales... Para ello, resulta útil conocer qué es lo que generó las dos primeras Guerras Mundiales y establecer alguna similitud con la situación presente... existe un importante paralelismo entre la situación actual y la de los años 20 y 30... y es que ambos contextos surgen de un período de austeridad fiscal e ideología política neoliberal... El apoyo de los votantes a partidos extremistas se vincula a las consecuencias económicas de las políticas de austeridad, que provocan una caída del PIB, del empleo, de la inversión, y de los salarios... es la estrategia que se implementó durante el auge neoliberal (1990-2007) y la que se está intentando restablecer hoy. Por aquel entonces esta estrategia nos llevó a una crisis económica global de consecuencias catastróficas; y hoy nos ha colocado a las puertas de la tercera Guerra Mundial. Otra opción es un capitalismo social (como el del periodo 1945-1973) que sea capaz de gestionar el descontento de los perdedores desde su origen; creando un crecimiento inclusivo y sostenible que reduzca la necesidad y el deseo de autoritarismo en la sociedad civil

  "Actualmente, estamos observando un preocupante aumento de la retórica militar por parte de los líderes políticos mundiales. Esta escalada del discurso bélico, probablemente fruto del debilitamiento del sentido común político-militar que solía guiar las relaciones entre las superpotencias nucleares, podría desembocar en un conflicto nuclear. 

La mera posibilidad de una tercera Guerra Mundial es demasiado terrible y nos obliga a tomar medidas para prevenirla. Para ello, resulta útil conocer qué es lo que generó las dos primeras Guerras Mundiales y establecer alguna similitud con la situación presente. 

En una entrevista reciente (ver aquí), David Harvey nos recuerda que existe un importante paralelismo entre la situación actual y la de los años 20 y 30, y es que ambos contextos surgen de un período de austeridad fiscal e ideología política neoliberal. Un artículo recientemente publicado en la prestigiosa revista Review of Economics and Statistics (ver aquí) señala que la austeridad fiscal causa un aumento significativo del porcentaje de votos a los partidos extremistas. 

El apoyo de los votantes a partidos extremistas se vincula a las consecuencias económicas de las políticas de austeridad, que provocan una caída del PIB, del empleo, de la inversión, y de los salarios. Otro artículo importante, y un clásico en este tema, publicado en el Journal of Economic History (ver aquí), señala que en las cuatro elecciones alemanas entre 1930 y 1933 el partido Nazi tuvo más éxito electoral en las áreas más afectadas por la austeridad fiscal. 

La austeridad fiscal ha causado que hoy se estén dando situaciones de gran agitación política; y de tal agitación están saliendo reforzados políticos aparentemente anti establishment cuyas propuestas son eminentemente autoritarias. De este modo, tal y como indica la evidencia empírica y la historia, los efectos socioeconómicos de las políticas de austeridad refuerzan los marcos ideológicos de represión disciplinaria. Esta estructura ideológica de represión constituye una herramienta clave para el creciente autoritarismo que nos ha situado hoy, de nuevo, a las puertas de una guerra planetaria. 

La crisis financiera global y la Gran Recesión frenaron en seco el proceso de acumulación de deuda de los hogares en el que se basó el régimen de crecimiento económico del periodo 1990-2007, y crearon una crisis en el capitalismo global cuyos efectos siguen hoy presentes. La clave para la renovación institucional necesaria para abordar esta situación pasa por gestionar el descontento de los perdedores. Para ello existen, como mínimo, dos estrategias. Una de ellas es el neoliberalismo autoritario, que básicamente implica reconciliar a los hogares trabajadores con las realidades del mercado laboral neoliberal mediante la coacción, la distracción y la austeridad. 

Esta es la estrategia que se implementó durante el auge neoliberal (1990-2007) y la que se está intentando restablecer hoy. Por aquel entonces esta estrategia nos llevó a una crisis económica global de consecuencias catastróficas; y hoy nos ha colocado a las puertas de la tercera Guerra Mundial. Otra opción es un capitalismo social (como el del periodo 1945-1973) que sea capaz de gestionar el descontento de los perdedores desde su origen; creando un crecimiento inclusivo y sostenible que reduzca la necesidad y el deseo de autoritarismo en la sociedad civil."                     ( , Economistas frente a la crisis, 06/04/24)

3/10/22

La guerra de invierno que cambió la historia hace 90 años. O Roosevelt o Hitler... Y que ahora se está repitiendo

 "La guerra de Ucrania está sometiendo a Occidente, y a Europa en especial, a fuertes tensiones. Se avecina un invierno duro, salvo que el conflicto bélico acabe pronto, lo que no parece que vaya a suceder, y ese escenario plantea a los gobiernos un dilema claro respecto de cómo afrontar la crisis económica en la que estamos, y que se espera que sea más dura si el frío intenso hace acto de presencia.

El instante queda resumido en el diagnóstico de Raymond Torres, director de Coyuntura Económica de Funcas. Estamos en un momento en el que los problemas de redistribución son importantes porque "una asimetría pronunciada del reparto de los costes de la inflación tendría un fuerte impacto social y económico". Por eso, "muchos gobiernos y muchos expertos, como el economista jefe del BCE, han decidido redistribuir, incluso mediante mecanismos de mercado, como la intervención de precios".

 Pero, por otra parte, "el margen de maniobra para este tipo de políticas, con la naturaleza estanflacionaria de la crisis energética y en un contexto de deuda elevada alta, es escaso. Es una situación paradójica". De cómo se resuelva este dilema, si se continúa con políticas de ayuda y de reforma del mercado, o se regresa a la ortodoxia pronto dependerá el futuro de las poblaciones occidentales, y principalmente de las europeas.

La 'guerra de invierno'

Este dilema se planteó en términos muy similares hace 90 años en EEUU: ¿qué se debe hacer en una economía que ha entrado en crisis? ¿Cómo afrontarla? La respuesta se dio en las elecciones celebradas el 8 de noviembre de 1932. Franklin Delano Roosevelt fue elegido presidente con una mayoría aplastante gracias a que había prometido un cambio radical de la política económica: debía sacar a su país de la Gran Depresión y estaba apostando por una fuerte intervención estatal para recuperar el nivel de vida de sus ciudadanos. Roosevelt debía afrontar muchas resistencias, pero entendió que, para estabilizar el sistema y aplacar las tentaciones comunistas y, sobre todo, las autoritarias, que estaban apareciendo en su país, eran imprescindibles políticas que generasen empleo y actividad económica, a pesar de que eso supusiera una mayor inversión estatal.

Roosevelt no tomó posesión del cargo hasta el 4 de marzo de 1933. Fueron cuatro intensos meses, que dieron lugar a lo que el historiador Eric Rauchway ha denominado ‘guerra de invierno’ ('Winter War', ed. Basic Books), en los que FDR hubo de hacer frente a todo tipo de presiones. Hoover, el presidente en funciones, puso todo tipo de obstáculos a lo que Roosevelt representaba e inició una fuerte oposición interna para conseguir que el presidente electo tomase otra dirección. Pero no fue eso lo más grave: en febrero de 1933, Roosevelt sufrió un intento de asesinato que falló porque una mujer desvió la pistola del asesino. Las cinco balas disparadas acabaron con la vida del alcalde de Chicago, presente en la comitiva presidencial. Además de las amenazas físicas, Roosevelt tuvo que afrontar otra clase de riesgos: las tentaciones autoritarias habían penetrado en parte de las élites estadounidenses, y ese invierno fue cuando más cerca estuvo de concretarse en un giro político que sintonizaba con el fascismo europeo. Tras esos turbulentos meses, FDR comenzó la implantación del New Deal.

Hasta entonces, la respuesta estadounidense había sido ortodoxa. Hoover reaccionó a la depresión con una serie de medidas que intentaron paliar los efectos negativos con el apoyo a algunas industrias nacionales y al ámbito financiero, y con la convicción de que los salarios no debían bajar. Sin embargo, tales medidas resultaron contraproducentes porque, como bien describe Andreu Espasa en ‘Historia del New Deal’, el entonces presidente se negó a reconocer cualquier problema en el modelo de crecimiento de los años 20. Insistió en que la depresión estaba causada por las disfunciones europeas, por lo que no tenía sentido plantear ninguna reforma sustancial de la economía estadounidense. Además, esa visión, según la cual las crisis servían para eliminar a las empresas menos eficientes, por lo que no tenía sentido interferir en esa necesaria purga, era la adoptada, en última instancia, por Hoover. Las medidas no funcionaron, y los cambios empezaron a llegar únicamente cuando Roosevelt desarrolló su novedoso programa.

El invierno que llevó a la guerra

El mismo dilema se había planteado en Europa, pero la respuesta elegida fue en dirección contraria. Cada país introdujo sus variantes, pero en esencia fue la opuesta a la estadounidense. Resulta especialmente relevante el ejemplo alemán, ya que era una gran potencia que estaba pasando graves apuros, en buena parte por la retirada de apoyo financiero estadounidense cuando la Gran Depresión estalló. Allí, el canciller Heinrich Brüning, el centrista que se había colocado al frente del Gobierno, apostó por el camino estándar: políticas antiinflacionistas, recorte de gastos estatales y bajada de los costes laborales. La idea era sanear la economía y, una vez conseguido ese propósito, conseguir que la inversión regresara.

El temor a la hiperinflación que Alemania había sufrido apenas 10 años antes permitió que esas políticas fueran acogidas también por el partido socialdemócrata, que, además, percibía a Brüning como la última línea de defensa frente al ascenso de Hitler.

El Estado alemán se hizo más rígido y menos democrático: Brüning tuvo que gobernar a golpe de decreto. Necesitaba ese margen de acción porque había apostado por aumentar los impuestos, reducir los beneficios sociales, recortar el número de funcionarios del Gobierno y los salarios de quienes conservaron el empleo, por lo que tuvo que lidiar con resistencias internas y con descontento social, como explica Eric D. Weitz en ‘La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia’ (Ed. Turner). Su sucesor en 1932, Franz von Papen, continuó la misma línea, y el último canciller de la República, Kurt von Schleicher, solo duró en el cargo un mes. Hindenburg nombró canciller a Hitler el 30 de enero de 1933.

Las semejanzas con Alemania

Un examen del contexto germano desde el punto de vista social resulta ilustrativo por las semejanzas que puede guardar con nuestra época. Alemania había sufrido dos grandes crisis, la posterior a la I Guerra Mundial, dadas las cargas que tuvo que soportar, y la hiperinflación de 1923. La recuperación de los años posteriores se vio frenada de golpe en 1929 y, en esos seis años, la situación de sus ciudadanos no había mejorado en exceso. Entonces, sufrieron un nuevo golpe económico.

Incluso en los años buenos, en la época dorada de los 20, los despidos se habían incrementado. Quizá los salarios subieran, pero también el paro. Como bien describe Weitz, había dos sectores especialmente afectados: los jóvenes, que tenían muy difícil encontrar un espacio en el mercado laboral, y los trabajadores de más edad, que eran percibidos como incapaces de ajustarse a los nuevos ritmos de trabajo. La productividad había aumentado a finales de la década respecto de 1923 gracias a dos factores perversos: se habían reducido las plantillas al mismo tiempo que se exigía mayor producción, y había regresado el trabajo a destajo. Como las retribuciones del mismo eran bajas, los operarios debían trabajar más, y más rápido, para alcanzar un salario razonable. El resultado no solo incrementó la productividad, también las presiones cotidianas y los accidentes laborales.

Las mujeres fueron parte importante en la mano de obra de aquellos años, dado que, al ser su salario más bajo, unas dos terceras partes de lo que percibía un varón, se las consideraba rentables. Puesto que ellas realizaban, además, las tareas del hogar, sus jornadas eran interminables: formaban parte de ese pueblo que se levantaba a las cinco y media de la mañana y no se acostaba hasta las 11 de la noche. Era un país que no dormía lo suficiente y que no tenía tiempo para descansar. Alemania se desenvolvía entre la desvitalización de los parados y la hiperactividad de los empleados, y era la primera más frecuente entre los hombres y la segunda entre las mujeres.

Si los sectores industriales no vivían buenos momentos, tampoco los demás. Los empleados por cuenta ajena, en especial si trabajaban en grandes empresas, vivían en un entorno jerárquico y muy disciplinado, en el que se generaban escasas posibilidades de ascender. Los cargos directivos estaban copados por una élite ligada por lazos familiares, educativos o de clase, cuyo nivel de vida era estable, porque permanecían en esos puestos hasta su jubilación. Muchos oficinistas se quedaban sin empleo a los 40 años, ya que, al igual que los obreros, eran percibidos como poco adaptados a unos ritmos de trabajo más veloces. El cambio era la constante: en 1930 solo la quinta parte de los asalariados realizaba las mismas tareas que habían llevado a cabo sus padres.

La suerte tampoco sonreía a las pequeñas y medianas empresas, muchas de las cuales desaparecieron. De los 11 millones de autónomos que estaban registrados en el censo de 1925, siete millones pertenecían al sector agrario. El resto, tenderos, artesanos y profesionales liberales, vivieron intensamente el aumento de costes y la competencia de las empresas de mayor tamaño, de modo que su subsistencia era precaria. Eran un grupo importante para el discurso político, en especial para la derecha, pero cuya realidad se había empobrecido sustancialmente."                   (Esteban Hernández , El Confidencial, 01/10/22) 

28/4/21

Rohan Grey: "Si la gente no entiende qué es el dinero, no puede haber una democracia real"

 "La crisis económica desatada por la pandemia del coronavirus está obligando a los gobiernos de todo el mundo a tomar decisiones económicas inauditas: en Estados Unidos, el Senado, en manos republicanas, aprobó en marzo incluso dar dinero en mano a sus ciudadanos (hasta 1.200 dólares por persona). 

Con el telón de fondo de esta crisis y como ya sucedió en la de 2008, los economistas han abierto un debate en profundidad sobre las fallas del modelo económico imperante y qué otros modelos implantar. El profesor de la Universidad de Willamette, en Oregón, Rohan Grey, es una de las voces jóvenes más destacadas y prometedoras de la economía norteamericana. Adscrito a la llamada Teoría Monetaria Moderna nacida en los años 70, Grey, que nació en Sidney hace poco más de 30 años, plantea una visión diferente de conceptos tan aparentemente unívocos como el dinero, los impuestos, la deuda o el déficit. 

En estos tiempos de (presuntos, según Grey) rescates, el economista alerta contra "los halcones del déficit" y contra los políticos que, ante las ayudas lanzadas por los Estados para paliar la crisis, no dejan de martillear con la pregunta: ¿cómo vamos a pagar esto? Para él son preguntas (en el mejor de los casos) capciosas, producto "de una narrativa que los poderosos, los políticos e incluso los medios ayudan a crear en el ciudadano medio".

Grey es, además de profesor en Willamette, director de la Red Nacional de Trabajos para Todos, director de investigación del Instituto de Moneda Fiduciaria Digital y director de la Red de Dinero Moderno, una agrupación de profesores y estudiantes que tiene el objetivo de divulgar información para que el público general comprenda cómo funciona el sistema económico y, en particular, el dinero. "Si los ciudadanos no lo entienden, entonces cada asunto que tiene una dimensión monetaria, incluyendo algo tan fundamental como la financiación de las cosas, tampoco es entendido… no creo que pueda haber una democracia real cuando el público general no entiende cómo funciona el dinero".

La conversación con Grey, que atiende a Público en conversación telefónica desde Chicago, se produce mientras el Senado de Estados Unidos está completamente encallado en torno al nuevo paquete de estímulos para paliar los efectos económicos del coronavirus (también la UE tuvo en MES0000 sobre esta tema la segunda cumbre más prolongada de su historia, que duró cuatro0000 días). "Más que una crisis es una depresión", opina Grey. Los demócratas aprobaron en mayo en la Cámara de los Representantes, donde tienen mayoría de diputados, una propuesta inicial de tres billones de dólares. 

Ésta llegó al Senado y su líder, el republicano Mitch McConnell, la rebajó hasta el billón de dólares, una cifra insultantemente baja para los demócratas y elevadísima para el sector conservador republicano, el llamado Tea Party, los llamados halcones del déficit. Los senadores de esta corriente reclaman (volvemos a 2008) cerrar el grifo del Estado (es decir, austeridad) y alegan que ese billón de dólares llevará al país a contraer una deuda descomunal que comprometerá la solvencia de las arcas públicas puesto que no se podrá pagar. Un planteamiento que Grey, en la línea con los postulados de la Teoría Monetaria Moderna, considera un sinsentido y una manipulación al ciudadano. Spoiler: Grey asegura que se puede emitir todo ese dinero sin que haya que pagar nada.

 Acuñar dos monedas de un billón de dólares

Pero no son sólo palabras expuestas en la teoría abstracta: el economista colaboró con las congresistas demócratas Rashida Tlaib y Pramila Jayapal, ambas del ala izquierdista del partido, en la elaboración de la propuesta de la Ley ABC, que presentaron a trámite en abril en la Cámara de los Representantes. La norma propone dar 2.000 dólares mensuales en efectivo a cada estadounidense mientras dure la pandemia y, una vez que acabe, mil dólares durante los siguientes doce meses. Este dinero se daría a través de tarjetas de créditos digitales que cada uno podría tener instalada en su móvil, por ejemplo.

Tras presentar la norma, Tlaib y Jayapal afirmaron en un comunicado conjunto que "la Ley ABC se financiaría directamente mediante el Departamento del Tesoro [el Ministerio de Economía, y no el Banco Central, es decir, la Reserva Federal], sin crear ninguna deuda adicional, mediante la acuñación inicial de dos monedas de un billón de dólares cada una y de tantas monedas como sea necesaria en el futuro". ¿Magia o economía real? El título de un artículo previo de Grey da respuesta a esa pregunta: "El dinero no es escaso, es infinito".

Es uno de los planteamientos básicos de la Teoría Monetaria Moderna y que se aplica, explica Grey, siempre que un Estado tenga la soberanía completa sobre su moneda; es decir, en el caso de España habría que aplicar este precepto a la Unión Europea en su conjunto. Dicha teoría es una de las corrientes que con la actual está crisis está ganando presencia y difusión. De hecho, otra de sus adalides, Stephanie Kelton, ha sido una de las responsables de la estrategia económica de Bernie Sanders. Kelton acaba de publicar en Estados Unidos un libro que lleva por título, no por casualidad, El mito del déficit.

 La Teoría Monetaria Moderna comenzó en los años 70 en Estados Unidos. Su padre fue el economista e inversor Warren Mosler, que tiene ahora 70 años. Defiende que en los países con un control completo de su moneda los gobiernos se liberan de pensar en el gasto al modo en que lo hace una familia con su presupuesto puesto que los Estados tienen la capacidad de imprimir cuanta moneda necesiten para afrontar cualquier pago (siempre que ésta sea aceptada por el cobrador; y no parece que nadie vaya a rechazar dólares o euros como modo de pago).

 Mosler comenzó a elaborar la teoría mientras trabajaba de bróker en Wall Street, donde aplicó sus postulados con éxito. A primeros de los 90, por ejemplo, los inversores temían que Italia se declarase en quiebra al no poder afrontar su deuda, pero Mosler pensó que esto era imposible porque siempre podría imprimir cuantas liras necesitase y éstas no serían rechazadas por los cobradores. La firma para la que trabajaba se convirtió en uno de los mayores compradores de liras fuera de Italia en ese momento. El impago de Italia nunca se produjo y la empresa inversora de Mosler logró obtener un beneficio de 100 millones de dólares.

No es la economía ¡es el dinero, estúpido!

Por este motivo, Grey pone el acento inicial en la comprensión de qué es el dinero: "Muchos de los estudios de economía tratan el dinero sólo como un velo o una capa encima de los recursos reales y yo creo que esa visión no es cierta", sostiene.

 "Habría dos historias incluidas en esta visión: una, en la que el dinero es sólo la herramienta para obtener más bienes; en la otra, el objetivo de la economía entera es la de emplear el dinero para que haya más dinero, luego cada uno tomaría sus decisiones personales, pero la lógica del sistema, del capital, sería esa. Desde mi punto de vista, nada de eso es cierto", rebate Grey, "para empezar", añade, "la capa monetaria de la economía no es un mero velo que esté por encima de los recursos: el dinero es la capa central".

El profesor de la Universidad de Willamette defiende que "pensar en el dinero sólo en cuanto a una posible reclamación de recursos es extremadamente corto de miras. El dinero", dice, "es un instrumento legal que da derecho a usarlo para satisfacer deudas legales. Es la herramienta que el Estado elige como instrumento legal para pagar deudas: ese instrumento, sea cual sea, se convierte en la forma primera de dinero en una sociedad y ése", sentencia, "es un poder que tiene el Estado".

 Ese poder no es infinito, tiene sus límites: "Lógicamente: si se abusa o se usa incorrectamente ese poder se puede causar un colapso en todo el sistema monetario y los dos ejemplos típicos de esto es cuando se causa hiperinflación o deflación", admite el economista. Pero entonces el límite no es ya un porcentaje del PIB o del presupuesto: el límite a la creación y emisión de dinero sería el propio impacto de dicha emisión.

El economista también alerta contra el pensamiento estándar de que "como las cosas a adquirir son finitas, el dinero es finito y esto, sencillamente, no es verdad. El dinero tiene su propia lógica de funcionamiento al margen de eso". La concepción real del dinero, argumenta, tiene más que ver con el derecho (y, por lo tanto, con el lenguaje), que con las matemáticas. Acaso no por casualidad, Grey está licenciado en Derecho (antes de eso estudió economía política).

 "Es un proceso lógico, hay mucha evidencia de juristas historiadores que han estudiado la evolución del sistema monetario", asegura, y añade: "Un billete es una obligación legal, es un contrato. Creo que si no se habla de ese modo más veces es porque la mayoría de los economistas no saben mucho de leyes y creo que no tiene ningún sentido tratar de hacer una teoría completa del dinero si se pierde de perspectiva que es un instrumento legal. Se puede hacer economía monetaria sólo con números, pero esa economía monetaria", sentencia, "depende de las leyes, que son palabras escritas, palabras que tienen un significado legal".

 Cuando se cambia el enfoque sobre el dinero, el terreno que emerge es también diferente. "Los halcones del déficit", dice Grey, "hacen creer a los ciudadanos que todo el dinero que se ponga en circulación genera una deuda como si fuera la deuda de una familia, y, si se ha emitido muchísimo dinero, será una deuda que no se podrá pagar y eso sencillamente no es así. Son conceptos diferentes, realidades diferentes", defiende.

"No culpo a la gente por ello porque esa noción de deuda está en los libros de texto, en los medios de comunicación, en todas partes, y la gente escucha deuda y lo asocia a la deuda de su vida diaria, su deuda personal o familiar", explica, y prosigue: "Son dos cuestiones diferentes: una cosa es como cualquier persona normal usa el dinero y otra muy diferente es cómo el dinero funciona como moneda, dentro del sistema social de las instituciones y del sistema legal".

 Así que si la Ley ABC de Tlaib y Jayapal se aprobara (cosa difícil porque la aprobación final recaería sobre el Senado republicano) y se repartieran esos dos billones de dólares entre los ciudadanos "no habrá que pagar nada para devolver esa cantidad porque se puede afrontar cualquier cosa que emitamos en nuestra propia moneda. La única cuestión es el efecto de hacer eso". Y esto nos lleva a la crisis anterior.

 "Una de las preocupaciones que teníamos cuando redactábamos la propuesta de ley viene de lo que vimos en 2008. Desde entonces sabemos que después de un enorme paquete de estímulos, lo que viene es que los halcones del déficit empiezan a hablar de cuan grande son la deuda y el déficit y contraatacan empujando hacia las políticas de austeridad, lo que resulta completamente inapropiado", critica. Por este motivo, añade, la norma propone acuñar moneda (en concreto dos, cada una con un valor de un billón de dólares) y poner ese dinero en circulación en vez de emitir bonos del tesoro, "para evitar la idea de que esa cantidad vaya a sumarse a la deuda pública o al déficit".

Para huir de esa asociación, la norma propone jugar con el marco institucional: la acuñación de moneda la ejecutaría no la Reserva Federal como banco central, sino el Departamento del Tesoro (equivalente a un ministerio de finanzas). A partir de ahí, la Reserva compraría esas dos monedas de un billón de dólares al Tesoro e inyectaría en la población estadounidense esa cantidad, a razón de 2.000 dólares por persona y mes. 

Este extremo, que puede parecer polémico, está fundamentado legal e históricamente en Estados Unidos: "No sólo es que el Tesoro puede emitir deuda pública, lo que no deja de ser dinero, sino que el Tesoro está legalmente autorizado a acuñar el dinero que la Reserva Federal no emita. Por lo tanto, es factualmente erróneo que la Reserva Federal sea la única capacitada para crear dinero. El Tesoro, de hecho, es una institución más antigua y operó así durante la mayor parte del siglo XIX", defiende Grey, para sostener la legalidad inmaculada de la operación.

 Así que no es magia, dice Grey, sino que un país con soberanía completa sobre su moneda puede imprimir tanta moneda crea necesaria sin estar preocupado por tener que pagar esa presunta deuda. Ésa es la infinitud del dinero de la que habla Grey, aunque esa infinitud tiene un límite: el efecto que causará poner tanta moneda en circulación. Aquí, los halcones del déficit, los adalides de la austeridad, también se suelen alzar con una misma letanía: el miedo a la hiperinflación.

 "Estamos en medio de una depresión económica", dice Grey, "con un desplome en la demanda de una forma que se retroalimenta". La gente es despedida masivamente, por este motivo consume menos, al consumir menos más gente es despedida y así sucesivamente, en una espiral hacia abajo en caída libre, "así que imprimir más dinero", prosigue el economista, "y darle a cada ciudadano una temporal tarjeta de crédito para que lo gaste debería ser poco controvertido.

 Mucha gente simplemente usará ese dinero como usaba su salario: lo gastarán enseguida en comprar comida, pagar el alquiler o la hipoteca, en las facturas médicas u otras facturas que surjan, por eso no veo ninguna indicación de que por dar ese dinero a las familias de repente los precios de los bienes y servicios vayan a incrementarse. A cambio", apostilla, "se conseguirá un acceso equitativo durante la pandemia a esos bienes y servicios, a que la gente tenga comida y esté garantizado el derecho a la vivienda, la salud, etcétera".

"Bill Gates debería de dejar de mentir sobre los impuestos"

Esta estrategia derivada de ese nuevo enfoque sobre el dinero abre otra brecha en uno de los elementos cruciales de nuestro tiempo: los impuestos. Y aquí Grey tampoco se anda con medias tintas: "la idea de que éstos sirven para que el Estado recaude dinero no tiene ningún sentido porque se puede imprimir una cantidad infinita de moneda", afirma. "Esto no es nuevo", abunda Grey, "lo dijo ya en 1945 el presidente de la Reserva Federal de Nueva York, Beardsley Ruml, en una estupenda conferencia que tituló Los ingresos por impuestos son obsoletos. Ruml aseguró que si tienes un banco central capaz de crear dinero imprimiéndolo, los gobiernos estatales están libres de usar los impuestos como herramienta para obtener ingresos".

 Con estas ideas sobre la mesa, Grey defiende que las funciones de los impuestos en las economías actuales siguen siendo muchas y variadas, una de las más destacadas "es la de eliminar dinero del sistema: puede ser bien para quitar dinero a ciertas personas o de ciertos sectores por que tengan demasiado y puedan generar un riesgo o una desigualdad muy grandes, o por que estén gastando dinero de un modo que puedan causar una inflación elevada". Otros usos serían, añade Grey, "para cambiar comportamientos: es entonces cuando se pone un impuesto al tabaco o el alcohol; y también puedes bajar los impuestos para fomentar el uso de algo".

El profesor de la Universidad de Willamette critica que si aún es masiva la concepción tradicional de los impuestos como herramienta del Estado para recaudar fondos, "se debe a la enorme campaña pública que existe vinculando ambas ideas. Está presente en todas partes y con ella se da muchas veces la impresión de que la gente que mantiene el gobierno a flote son los pagadores de impuestos a pesar de que hay gente tan pobre y con tan pocos recursos que no pueden pagar ningún impuesto y apenas tienen su trabajo para poder sobrevivir".

Una consecuencia de esto último, dice Grey, es que "se alimenta el mito de que un ciudadano en esa situación desfavorecida es peor ciudadano porque no paga impuestos, lo que sólo contribuye a incrementar el poder de la gente que ya tiene poder. Es un lenguaje que se usa todo el tiempo. Bill Gates siempre dice que paga más impuestos que nadie en este planeta y que de ese modo él financia más escuelas que nadie. Bien, eso es basura. Se da una idea de solidaridad absolutamente atrasada. Hay que cambiar esa narrativa, sencillamente es mentira y él debería dejar de mentir sobre eso".

Para combatir esa narrativa oficial sobre la economía, Grey fundó en 2012 la Red de Moneda Moderna, de la que es presidente y que se creó como una organización de estudiantes en la Escuela de Leyes de la Universidad de Columbia, en Nueva York. "Fue creada para promover la educación pública sobre el dinero y las finanzas. La llamamos red y no organización porque la idea era atraer a personas y ponerlas en común en torno a esos temas. Organizamos seminarios públicos, conferencias, escribimos artículos de opinión, etcétera. Es una red de aprendizaje para los que la componemos y trabajamos para difundir este conocimiento sobre el sistema económico".

Junto a esto, y por aquello de que las palabras vuelan pero lo escrito queda, que decían en la antigua Roma, Grey trabaja en un libro sobre moneda digital en el que abordará, entre otros, los eternos asuntos del funcionamiento de la economía, la deuda, el déficit, el dinero y los impuestos. Saldrá a la venta en Estados Unidos a principios de 2021 y se titulará Digitalizando el dólar: la batalla por el alma del dinero público en la era de las criptomonedas. Una batalla tan vieja como el mundo y que la crisis ha puesto de nuevo al orden del día."                     (Manuel RuizRrico, Público, 12/09/20)

12/6/14

Los orígenes del fascismo en Europa: antes y ahora, fueron los programas de austeridad

"(...) Una de las interpretaciones de la historia europea que es más errónea y ha tenido peores consecuencias en la vida política y económica de este continente es la explicación que se ha dado de las causas de la subida al poder de Hitler y del nazismo en Alemania. 

Un argumento que se ha escrito para justificar las enormes políticas de austeridad (con recortes del gasto público, incluyendo el gasto público social, y la bajada de salarios), promovidas e impuestas por el gobierno alemán a los países de la Unión Europea, y muy en especial a los países periféricos de la Eurozona, tales como España, ha sido el supuesto temor (en realidad, pánico) que el pueblo alemán ha tenido históricamente a la hiperinflación, pues en su memoria colectiva se considera que dicha hiperinflación fue la causa del surgimiento y victoria electoral del nazismo en Alemania.

 De ahí –se nos dice- que las políticas de austeridad de ahora sean necesarias para evitar una inflación que podría llevarnos a la aparición de un nuevo fascismo. Si usted sigue la literatura científica económica leerá este argumento miles de veces.

Esta interpretación de lo que ocurrió en Alemania está, sin embargo, profundamente equivocada, no solo en su totalidad, sino en cada uno de sus supuestos. Comencemos por la explicación que atribuye la victoria de Hitler a la hiperinflación. De esta explicación uno tendría que ver que, cuando Hitler fue elegido, la inflación era muy alta, tan alta que la gente, en protesta, votó por Hitler.

 Pues bien, veamos los datos. Hitler fue elegido en el año 1933. Y ahora vayamos a los datos de la inflación en aquel año. Y el lector se asombrará, pues encontrará que no había ni pizca de inflación. En realidad, la elevada inflación había desaparecido hacía ya tiempo. Y ahí están los datos. Repito, no había inflación. No se puede, por lo tanto, decir que la elevada inflación había llevado a Hitler al poder.

¿Qué estaba pasando? Es fácil de ver y entender. Si usted mira la evolución de la inflación verá que la elevada inflación fue antes del 1933, en realidad, diez años antes, en los años veinte. En el año 1923, diez años antes de la elección de Hitler, Alemania estaba en medio de una insostenible inflación; en julio de aquel año, 1 dólar era equivalente a 1,1 millones de marcos.

 Dos meses más tarde, era de 109 millones. Repito, una situación que no podía continuar. Ello forzó a que el gobierno tomara toda una serie de medidas –que hoy se llamarían de austeridad- que tuvieron enormes consecuencias (como también tienen enormes consecuencias las políticas de austeridad de ahora). Y una de ellas fue el enorme crecimiento del desempleo, que pasó de un millón a seis millones de alemanes en solo tres años, lo que representaba una tasa de desempleo de un 30%.

 Fue esta creación de desempleo y el gran descenso del bienestar de la población lo que condujo a los movimientos de protesta, incluyendo el nazismo. Esto es lo que no se dice y debería decirse, porque hoy estamos viendo en Europa una situación muy similar, donde las políticas de austeridad están generando el crecimiento de movimientos fascistas (llamados chovinistas o lo que fuere) a lo largo del territorio europeo.

No fue la inflación, sino el tipo de respuesta que el gobierno escogió -las políticas de austeridad, con un gran descenso del gasto público y de los salarios- para resolver esa elevada inflación lo que creó el enorme enfado popular y desafección hacia el régimen democrático, tal como está ocurriendo ahora.

El segundo punto que es erróneo en esta interpretación histórica de atribuir a la elevada inflación la subida de Hitler al poder, es la interpretación de las causas de la inflación. No hay duda de que el nivel de inflación en 1923 era insostenible. Pero, ¿qué es lo que causó la inflación? Y la respuesta, de nuevo, es fácil de ver. Fueron las enormes políticas de austeridad que los aliados habían impuesto a la Alemania derrotada en la I Guerra Mundial.

El que mejor predijo las consecuencias de estas políticas fue John Maynard Keynes, que era el representante del gobierno británico en Versalles, en la reunión que definió las políticas que tendrían que seguirse por parte del vencido Estado alemán al terminar la I Guerra Mundial, políticas que eran tan punitivas que no permitían la recuperación de la economía alemana mediante políticas expansivas, con el aumento del gasto público, entre otras medidas. 

Keynes abandonó la reunión, como señal de su profundo desacuerdo. Tales medidas no dejaban ninguna otra alternativa al gobierno alemán que intentar crecer a base de imprimir dinero, lo cual hizo en abundancia, que es lo que creó la inflación. Y ahí está el problema, y también la semejanza con la situación actual.

 La manera como se construyó la Eurozona y su gobernanza dificulta enormemente el estímulo económico mediante la expansión del gasto público y el aumento de los salarios. En realidad, el crecimiento económico ha descendido en la Unión Europea desde que se estableció el euro.

 El Tratado de Maastricht y, todavía peor, el Pacto Fiscal impuesto por Alemania, imposibilita que los Estados tengan déficit público. Ello forzó a que la estructura de poder de la Eurozona, y muy en particular el Banco Central Europeo, recurrieran a políticas de expansión monetaria (es decir, imprimir dinero, como hizo el gobierno alemán tras la I Guerra Mundial), con el peligro de que se generara inflación. Y a fin de evitar que ello ocurriera, se están llevando a cabo políticas de austeridad que están destruyendo el bienestar de la población y que están causando el surgimiento del fascismo. La historia se repite.

Hoy, una de las opciones políticas que está canalizando más el enfado de las clases populares, y muy en particular de la clase trabajadora, es la ultraderecha, tal como estamos viendo en varios países. El caso de Francia es claro. 

El Frente Nacional, dirigido por Le Pen, fue el que utilizó durante la campaña de las elecciones al Parlamento Europeo un discurso movilizador de la clase trabajadora, presentándose a sí mismo, sin ninguna inhibición, como el mejor instrumento para defender los intereses de la clase trabajadora, en la lucha de clases frente a la oligarquía nacional, que había traicionado a la patria vendiéndose a la Troika. 

Es el nacionalsocialismo, que históricamente tuvo una base obrera y ahora la recupera tras la complicidad de las izquierdas tradicionales (y muy en especial de la socialdemocracia) con la imposición de políticas que dañan los intereses de las clases trabajadoras a costa de incrementar los beneficios del capital. 

En este discurso, la lucha de clases y la identidad nacional son idénticas, utilizando la bandera y la defensa de la identidad y de la patria como el punto movilizador. Ha sido una mezcla ideológica imbatible. Era lógico y predecible que el fascismo ocupara el vacío creado por el socialismo y el comunismo. El pasado domingo, Le Pen consiguió el apoyo del 30% de los jóvenes y del 43% de los trabajadores franceses. (...)"             (Article publicat per Vicenç Navarro a la columna “Pensamiento Crítico” al diari PÚBLICO, 27 de maig de 2014, en www.vnavarro.org, 27/05/2014)

19/7/13

La crisis de 1929 (vídeo)

"Este documental sobre la gran crisis de 1929 nos muestra cómo el consumismo y la generación del crédito instaurada tras el fin de la Primera Guerra Mundial en el victorioso Estados Unidos, estuvo en la génesis de la gran crisis que estallaría diez años más tarde. La idea del "compre hoy y pague mañana" alentó el consumo y las operaciones financieras.


Durante una década, Wall Street y las entidades financieras urdieron todo tipo de artimañas para alentar el consumo por la vìa del crédito, elevando los precios de los bienes y desatando las grandes burbujas que estallaron en 1929. La manipulación del mercado y los abusos de la información privilegiada dieron gran poder a los especuladores que dominaban el sistema por su fuerte influencia en el aparato político.

 Las comparaciones con la crisis iniciada en 2008 son muy abundantes y demuestran que nada se aprendió en el curso de 80 años, dado que se volvieron a cometer los mismos errores de los años veinte: la codicia, la ambición y la fe ciega en los mercados financieros volvieron con toda su furia"    (Jaque al neoliberalismo, 07/07/2013)

3/10/12

Los efectos sociales del 'pleno empleo'

"En febrero de 1933, cuando la Gran Depresión y su secuela de deflación, desempleo y miseria azotaba a Estados Unidos (EE.UU.), los ricos y sus representantes seguían exigiendo políticas de austeridad.

 En ese contexto un banquero de Utah, Marriner Eccles, fue llamado por el recientemente electo Presidente Franklin D. Roosevelt para rendir su testimonio ante el Comité del Senado de Estados Unidos para la Investigación de los Problemas Económicos. El testimonio de Eccles llevó a las primeras políticas concretas del New Deal.

Lo primero que Eccles dijo es que “antes de que se tomen medidas efectivas para frenar los devastadores efectos de la depresión, es un deber reconocer que el derrumbe de nuestro actual sistema económico se debe al fracaso de nuestro liderazgo político y financiero para manejar inteligentemente el problema monetario.

 En el mundo real no hay causa ni razón para el desempleo y su resultante empobrecimiento y sufrimiento de un tercio completo de nuestra población. Tenemos todo y aun más de la riqueza material que teníamos en el pico de nuestra prosperidad, en el año 1929. Nuestro pueblo necesita y quiere todo lo cual nuestros abundantes instrumentos y recursos están en capacidad de proveerle.

El problema de la producción ha sido resuelto, y en el presente no necesitamos más acumulación de capital () Tenemos la plantilla económica capaz de proveer una superabundancia de no solamente todas las necesidades básicas de nuestro pueblo, sino también el confort y el lujo. Nuestro problema, en consecuencia, es puramente de distribución.

 "Y esto solo puede concretado proveyendo un poder de compra suficiente y adecuado para que el pueblo pueda obtener los bienes de consumo que nosotros, como nación, estamos en capacidad de producir. Para sobrevivir el sistema económico no puede servir a otro propósito." (2)

En 1942, cuando la segunda Guerra Mundial estaba a mitad de camino y las economías de EE.UU. y Gran Bretaña se encontraban sometidas a una planificación central como parte de las políticas del New Deal, el economista polaco Michal Kalecki analizó la necesidad de la intervención gubernamental mediante programas de inversiones públicas para asegurar el pleno empleo, y los argumentos explícitos e implícitos de la clase capitalista para oponerse a esa intervención estatal siguen siendo de una actualidad sorprendente.

Kalecki destaca que aun cuando los economistas reconocen que el pleno empleo puede ser logrado mediante el gasto gubernamental, siempre hay una oposición política intensa, incluso entre los “expertos económicos”, a la intervención gubernamental, y formula tres razones:

 "1) aversión a la interferencia del gobierno en el problema del desempleo como tal; 2) aversión a la dirección del gasto del gobierno (inversiones públicas y los subsidios al consumo); 3) aversión a los cambios sociales y políticos resultantes del mantenimiento del pleno empleo" (3).

Al enumerar esas aversiones Kalecki destaca que bajo el sistema de laissez-faire, el neoliberalismo, la oposición a la intervención gubernamental es justificada de diversas formas: porque los capitalistas no quieren perder el control indirecto que tienen sobre las políticas del gobierno; porque si las áreas de intervención del gobierno en la economía son estrechas existe el peligro de que el gobierno se vea tentado a nacionalizar áreas “para ganar nuevas esferas en las cuales efectuar inversiones”; porque tratándose de subsidios al consumo se afecta el más alto principio “moral” del capitalismo, que exige “ganar el pan con el sudor de la frente”.

Al analizar el tercer punto, la aversión a los cambios sociales y políticos resultantes del mantenimiento del pleno empleo, Kalecki destaca que “en efecto, bajo un régimen permanente de pleno empleo, la cesantía cesará de jugar su papel de medida disciplinaria.

 La posición social del patrón será socavada y crecerá en la clase trabajadora la autoestima y la conciencia de clase”, y aunque esto lleve a aumentar las ganancias de los capitalistas industriales y solo pueda “afectar a los intereses de los rentistas”, lo que está en juego es “la disciplina en las fabricas” y la “estabilidad política”, las “dos cosas que los hombres de negocio aprecian más que las ganancias.

 Es el instinto de clase que les dicta que el pleno empleo perdurable es poco sano para sus puntos de vista y que el desempleo es parte del sistema capitalista”.                 (Rebelión, 28/09/2012, ,Alberto Rabilotta, ALAI AMLATINA)

28/6/12

De repente, economistas normalmente sosegados hablan de 1931, el año en que todo se vino abajo. Empezó con una crisis bancaria en un pequeño país europeo: Austria. Y está volviendo a suceder, tanto en Europa como en Estados Unidos.

"Entre los economistas que conocen su historia, la simple mención de ciertos años provoca escalofríos. Por ejemplo, hace tres años, Christina Romer, por entonces directora del Consejo de Asesores Económicos del presidente Obama, advertía a los políticos de que no recreasen lo sucedido en 1937 (el año en que Roosevelt pasó, con demasiada precipitación, del estímulo fiscal a la austeridad, con lo que volvió a hundir en la recesión una economía que se estaba recuperando). 

 Desgraciadamente, se hizo caso omiso de este consejo. Pero ahora escucho hablar cada vez más de un año todavía más fatídico. De repente, economistas normalmente sosegados hablan de 1931, el año en que todo se vino abajo.

Empezó con una crisis bancaria en un pequeño país europeo: Austria. Austria trató de intervenir con un rescate bancario; pero al dispararse el coste del rescate, se dudaba de la solvencia del Gobierno. Los problemas de Austria no deberían haber sido lo bastante grandes para tener repercusiones importantes en la economía mundial, pero, en la práctica, generaron un pánico que se extendió por todo el mundo. ¿Les resulta conocido?


Sin embargo, la lección realmente crucial de 1931 tuvo que ver con los peligros de la abdicación política. Los Gobiernos europeos más fuertes podrían haber ayudado a Austria a resolver sus problemas. Los bancos centrales, especialmente el Banco de Francia y la Reserva Federal, podrían haber hecho mucho más para limitar el daño. 

Pero nadie con poder para frenar la crisis dio un paso al frente; todos los que podrían y deberían haber actuado declararon que la responsabilidad era de otros.
Y está volviendo a suceder, tanto en Europa como en Estados Unidos."       ('La gran abdicación, , El País, 25 JUN 2012)

14/5/12

El capitalismo vive una crisis estructural desde que entró en la etapa imperialista, a finales del siglo XIX

"–Bueno, la verdad es que el capitalismo vive una crisis estructural desde que entró en la etapa imperialista, a finales del siglo XIX. La gente habla del siglo XX como si hubiese sido un tiempo de éxito del capitalismo, pero no lo fue. La I Guerra Mundial fue una confrontación colosal entre las potencias imperialistas, con millones de muertos y una enorme destrucción de fuerzas productivas. 

Eso no es un éxito. Luego se produjo una revolución socialista que comenzó en Rusia y se expandió por Europa y el resto del mundo, incluyendo México. Eso tampoco fue un éxito para el capitalismo. Después vino la crisis de 1929, que derrumbó las economías capitalistas por 20 años, y hubo otra guerra mundial con 60 millones de muertos.

 Eso no fue un éxito. En la segunda mitad del siglo fue cuando el capitalismo logró consolidarse, pero lo hizo con una expansión del gasto público hasta 40% del Producto Interno Bruto, es decir, que tuvo éxito solo cuando incorporó al Estado de manera muy fuerte en la economía, es decir, mediante una fórmula supuestamente no capitalista. 

En los años 70 y 80 se pretende abandonar esas recetas de (John Maynard) Keynes (1883-1946, economista inglés que defendió el rol del Estado como motor principal de la economía). Fue eso que se llamó neoliberalismo, una locura que significaba volver al siglo XVIII, pero que se presentaba como lo más avanzado. 

Esa locura sirvió solo a los monopolios y al sector financiero, que pasó a intervenir en rol protagónico en la economía, a nombre de un ente supuestamente abstracto que es el mercado. Uno oye hablar en la televisión de que “el mercado quiere”, “el mercado dice”, y si se investiga bien quién es el mercado, resulta que son cinco tipos que controlan el sector financiero. 

El intento neoliberal, que parecía victorioso en los años 90, generó un desequilibrio económico brutal. La deuda de Estados Unidos, al iniciarse la era Reagan era de 50 mil millones de dólares, y al finalizar, de 350 mil millones…

–Sin embargo, Reagan es el paradigma del supuesto éxito del neoliberalismo…

–Es que esa gente tiene un discurso completamente diferente de su práctica. Es algo que discutí mucho con mis colegas durante esos años. Muchos de ellos llegaron a creer que el neoliberalismo era exitoso. Ellos usan la teoría para justificar las privatizaciones, la desregulación laboral, el recorte de la inversión social, pero no para disminuir la intervención del Estado. En rigor, el capitalismo de Estado es la única forma de supervivencia del capitalismo.

–¿Podrá el capitalismo reinventarse o reconducirse?

–La solución que han buscado, en lugar de corregir los desequilibrios, es acentuarlos, apoyar masivamente a un sistema bancario inútil porque vive de la deuda pública, no de financiar al aparato productivo.

–¿Puede pronosticarse entonces una crisis social generalizada en los principales países capitalistas?

–Estamos en un proceso de crisis que se va profundizando. Todos esos países están obligados a cortar gastos porque tienen grandes déficit, pero no pueden reducir los pagos de la deuda porque el sector financiero maneja tal cantidad de recursos que le permite someter a su control casi todo el aparato de poder. 

Es una ideología que lleva el irracionalismo a un nivel superlativo. Es un mundo totalmente falso. El capitalismo está perdiendo capacidad para convencer a las personas porque la gente ve que ha perdido sus derechos a la salud, a la educación, a la seguridad social, y todo ello para que el Estado pueda darle dinero a los bancos. Es demasiado irracional. 

Han tratado de disfrazarlo de muchas maneras, pero la gente se da cuenta y está en la calle. Los neoliberales te dicen que lo peor es la inflación porque se come tu renta, y que para combatirla hay que cortar el gasto despidiendo a mucha gente. Bueno, esa gente se queda absolutamente sin renta. 

El que antes tenía una renta maltrecha, ahora no tiene nada… ¡Y hay expertos que todavía dudan si eso es correcto o no! Es una estructura de pensamiento que tiene que falsificar tanto la realidad que ha perdido mucha de su capacidad de convencer. Estamos próximos a una crisis ideológica del capitalismo, que ya existe en parte, pero aún no ha alcanzado su máximo nivel."          (Jaque al neoliberalismo, 10/05/2012)

30/12/11

"Las inyecciones de dinero barato no incrementan las inversiones productivas porque los bancos emplean los fondos en sanear sus cuentas"

"Entre la Depresión de los años 30 y la crisis económica contemporánea han transcurrido 80 años, pero hay similitudes. Ambas fueron precedidas por periodos de crecimiento económico espectacular, con aumentos de productividad que no repercutieron en los trabajadores, quienes perdieron poder de compra y se mantuvieron en condiciones de precariedad, sin planes de futuro.

Los beneficios empresariales no se destinaron a inversión productiva, sino a una economía especulativa favorecida por el dinero barato. Y la brutal desregulación de los mercados financieros dio lugar al crac bursátil del 29, y a la crisis financiera generada por los productos de alto riesgo vinculados a las hipotecas, en 2008. (...)

Pero la base del problema fue -y es ahora- la desigualdad en el reparto de la riqueza. Sin poder de compra en manos de amplias capas de la sociedad, la crisis de demanda era inevitable. Ya en 1925 disminuyeron la fabricación de automóviles y la construcción residencial, haciendo caer los precios, llevando al progresivo cierre de fábricas y al desempleo.

Hoy la caída de la demanda se ha visto ralentizada a causa del artificial poder de compra generado en la etapa de los créditos baratos. Lo cierto es que a finales del siglo XX, por primera vez después del pacto social nacido tras la Segunda Guerra Mundial, un crecimiento económico sostenido varios años, aun siendo superior la población activa, no ha implicado incremento de la participación salarial en la renta, debido a la aplicación de políticas fiscales y económicas que benefician a las rentas del capital, en España, Europa y EE.UU.

La opción ortodoxa para salir del estancamiento, a modo de impuesto revolucionario, ha consistido en inyectar dinero barato a los bancos, para que éstos, en teoría, lo repercutan en consumidores y empresas, y ello a pesar de que Keynes ya había advertido de la asimetría existente en la política monetaria.

Porque cuando el banco central reduce la oferta monetaria, sí se disminuye el volumen de préstamos. Pero no al contrario; las inyecciones de dinero barato no incrementan las inversiones productivas porque los bancos emplean los fondos en sanear sus cuentas. El monetarismo sólo sirve para trasvasar dinero público a las entidades bancarias, y sin que nadie alce la voz.

De la Gran Depresión de los años treinta se salió con inversión pública para estimular la demanda, mediante la creación de instituciones de protección social, base de un incipiente Estado de bienestar, supervisando el sistema financiero y creando empleo público; justo lo que los defensores de las políticas de austeridad, con mayor influencia y poder que nunca, se niegan a aplicar ahora.

La I Guerra Mundial fue conocida como Gran Guerra hasta que hubo una Segunda. Esperemos que la actual crisis no pase a los libros de historia como II Gran Depresión."                 (Rebelión, 30/12/2011, 'Equivalencias', de

6/10/11

Las crisis económicas y el proceso de reproducción capitalista... hasta hoy

"Así Harvey afirma que “Los capitalistas comienzan el día con cierta cantidad de dinero. Van al mercado, compran medios de producción, materias primas, máquinas y fuerza de trabajo. Combinan trabajo, medios de producción y tecnología que crean un producto que luego se lleva al mercado, se vende al precio original más el valor excedente o ganancia.

Ese proceso tiene muchas barreras potenciales. Y las crisis están ligadas a una de estas barreras. Por ejemplo, cuando los capitalistas van al mercado y quieren comprar medios de producción se encuentran con que no hay energía o existen problemas con el suministro de materias primas, etc. Entonces surge una crisis.

¿Y qué pasa cuando no hallan suficiente mano de obra o el trabajo está bien organizada y no quiere trabajar salvo ciertas condiciones? Ocurre otra crisis. Yo creo que la crisis de fines de 1960 e inicios de 1970 es de trabajo. La mano de obra organizada era demasiado poderosa, y los capitalistas decidieron no invertir, castigando el trabajo como Pinochet en Chile, Reagan, Thatcher.

Asimismo, existe una crisis cuando las materias primas quieren venderse, pero no encuentran un mercado. Esto es parte de la larga historia de las crisis del capitalismo. Y cada crisis que acontece tiene una combinación especial de los elementos señalados. En el caso del punto de crisis en el trabajo ocurre un problema de demanda. ¿Cómo la gente tendrá suficiente dinero para comprar el producto si los salarios están deprimidos?”


David Harvey fundó el concepto de ‘acumulación por desposesión’ (enriquecimiento capitalista a través de la explotación y privatización de todos los recursos naturales, servicios básicos y derechos sociales). Y prosigue su exposición sobre el proceso de reproducción del capital condensado simbólicamente en un día, expresando que “La cuestión es que tiene que haber más de lo que había al comienzo del día.

Es decir, el capitalismo es crecimiento; debe incrementarse para sobrevivir. Si no aumenta, hay crisis. ¿Qué pasa hoy? Se observa que parte del mundo no está creciendo, como Europa, Japón, Estados Unidos. En buenas cuentas, el sistema capitalista está comprometido con el crecimiento desde alrededor de 1750. La tasa promedio de crecimiento por año, según cualquier medición, es de 2,25% anual.

En la coyuntura, uno ve una suerte de fetiche asociado a un crecimiento de un 3% al año. Es decir, ese porcentaje resultaría el mínimo de crecimiento aceptable. Pero pasa que hace unos 150 años aproximadamente, se observa que ese crecimiento es compuesto. Esto es que para crecer en 1970 hacía falta 0,4 trillones de dólares de nueva inversión.

Ahora demandaría 1,5 trillones de dólares de nueva inversión capaz de generar utilidades. En 20 años más se precisarán 3 trillones de dólares. Y en la medida que pasa el tiempo, las oportunidades se vuelven más difíciles de encontrar. Entonces se puede advertir un enorme estrés en la lógica del ‘síndrome de crecimiento’.

Se está en presencia de un enorme reto para continuar el crecimiento, y en los últimos 30 años ha habido una corriente de dificultades para localizar nuevas oportunidades de crecimiento, incluso con la apertura de China y Rusia. ¿Qué queda entonces para mantener los mismo niveles de crecimiento?” (...)

“Ese 3% de crecimiento requiere que los capitalistas respondan qué harán con la utilidad al final del día. Atrapados en la competencia, si los capitalistas no crecen pierden el negocio. Y las presiones competitivas no se dan entre capitalistas individuales, sino también entre naciones. En la actualidad, todos los países quieren ser más competitivos que los demás, pero eso no es posible. En esta dinámica, hay ganadores y perdedores.”

“Al final del día, ¿de dónde proviene la mayor demanda, aquella que no estaba allí al comienzo?”, se pregunta David Harvey y casi sin respiro indica que “Hasta finales del siglo XIX la respuesta estaba en el imperialismo colonialista. Pero ya no existen residuos no capitalistas ni feudalismo en el mundo.

Entonces, supongamos que vivimos en una sociedad donde sólo hay capitalistas y trabajadores, dos clases. Al final del día, los trabajadores o los capitalistas tienen que crear esa demanda extra. Pero en concreto, no pueden ser los trabajadores porque están sufriendo la depresión, por tanto los capitalistas tienen que aportar su propia demanda. En consecuencia, los capitalistas están obligados a originar ese superávit.

Entonces, la demanda al final del día es aportada por la demanda que va a ocurrir mañana. Y la expansión de mañana es la que barre con el superávit de ayer. El único problema es que hay una brecha de tiempo. ¿De qué manera se cubre esa brecha de tiempo? A través del sistema crediticio.

El capitalista no compra la materia prima, sino que establece un pagaré que significa un compromiso de pago. La historia del capital es igual a la historia de la acumulación de deuda. De lo contrario no hay capitalismo posible.

Por eso, más allá de la propaganda, los capitalistas nunca van a terminar con la deuda porque es un argumento político central del sistema. Y no tiene que ver con la economía. ¿A dónde va ese superávit? Se pueden producir nuevas cosas, ¿pero qué ocurre cuando el mercado se satura?”

Para ilustrar de mejor modo su posición, Harvey manifiesta que “Cuando se mira la historia de 1920 y su recesión en EE.UU., se registra una repentina explosión de la industria de la construcción de casas y ciudades, lo que provoca una onda poderosa de urbanización. Allí está la primera ola de la producción automovilística y el inicio del rediseño de las ciudades norteamericanas, absorbiendo mucho capital.

Pero se construye ahora y el índice de retorno se resuelve en alrededor de 15 años después. En 5 años, los precios de las casas en Florida aumentaron 8 mil por ciento. Se inventaron los ascensores y los rascacielos. Pero luego de unos 7 años se advirtió la existencia de una sobre inversión y se produjo un crash. Y lo que ahora se ha descubierto es que 18 meses antes de la caída de Wall Street en 1999, el mercado de propiedades en Norteamérica había caído justo dos años antes de la debacle del mercado de acciones.

Ello se traduce en un gran desempleo en la industria de la construcción (en 1930, la mitad de la fuerza de trabajo empleada en la construcción se despeñó un 50%). Por eso, en la época, el Presidente Roosevelt intentó establecer un sistema de inversión pública en torno a la infraestructura, edificación de carreteras, diques, represas; y asimismo, se empeñó en reformar las finanzas de las viviendas. Antes de 1930 era muy difícil conseguir crédito para viviendas.

Sin embargo, pronto apareció un conjunto de instituciones financieras que permitía la obtención de créditos hipotecarios por 30 años. Por este medio se trató de salir de la crisis, pero no dio resultado porque los trabajadores no tenían empleo. Al final de la Segunda Guerra Mundial, EE.U.U. se enfrentó a un problema de proporciones.

¿Volverían las condiciones de 1930? Mucha gente que regresó de la guerra y había luchado, sabía perfectamente usar armas. Y existía un temor real en Norteamérica vinculado a la incertidumbre de que los soldados vueltos de la guerra no encontraran empleo y, a diferencia de 1930, el descontento social adoptara formas más violentas.

La solución que ofreció el capitalismo fue la suburbanización. Ella fue una medida de pacificación social, una solución política. Sobre esa iniciativa se fundó el ‘sueño americano’ y todas las manifestaciones culturales e ideológicas que de medidas materiales surgieron. Pero a fines de 1970 ocurrió una fuerte caída de los mercados de la vivienda.

La solución de 1945 ya en la década de los 70’ era un problema. Por eso se decidió repoblar el centro de las ciudades que habían sido abandonadas y revolucionar el mercado de consumo mediante mercancías de corta duración.”

El creador en 1996 de ‘ The New Imperialism’ termina su alocución con pedagógica ironía cuando dice que “En la década de los 80 hubo una crisis en los mercados de propiedades donde quebraron más de mil instituciones financieras. Se denominó ‘la crisis de ahorros y préstamos’, que redundó en la bolsa en los 90’.

Entonces comenzó un proceso de financiación de hipotecas dirigido a personas que no podían pagarlas. ¿Si la tasa de retorno en la producción es de un 3% y en la especulación financiera es de un 40 a 50%, dónde se invierte el excedente capitalista?”                      (Rebelión, 06/10/2011, 'Entrevista a David Harvey. “La historia del capital es igual a la historia de la acumulación de deuda”, de Andrés Figueroa Cornejo,Rebelión )
 

6/9/11

Roosevelt, y Hitler, crearon empleo para acabar con la gran Depresió... nosotros destruimos empleo... ¿quién tendrá razón?

"La diferencia inmediata y decisiva entre Hoover y Roosevelt no era ideológica, sino de personalidad. Roosevelt aunaba un carácter simpático y expresivo con el serio empeño de resolver los problemas concretos de la depresión y, además, mejorar las oportunidades económicas y el posible nivel de vida de las clases medias y trabajadoras. (...)

Comenzó su mandato proclamando una semana seguida de días no laborables. En realidad, el pánico financiero de las últimas semanas de la presidencia de Hoover ya había hecho que la mayoría de los bancos cerraran sus puertas.

Pero esos cierres constituían la imagen de los fracasos de la Administración saliente; Roosevelt, por el contrario, aprovechó la oportunidad para transformar el pánico descontrolado en una iniciativa presidencial. En su discurso de toma de posesión, afirmó que "lo único a lo que debemos tener miedo es al propio miedo".

Después de proclamar los días festivos, se reunió con docenas de responsables bancarios y asesores políticos y les pidió que dedicaran su atención a crear las condiciones necesarias para engendrar una auténtica recuperación económica.

La primera ley nueva, elaborada durante esos días, fue la Ley de Ajuste Agrario, que mejoró el acceso al crédito y rebajó los intereses hipotecarios para millones de pequeños agricultores.

Una mención de algunas de las principales leyes que constituyeron el llamado New Deal dará al lector cierta idea de la inmensa variedad de aspectos que preocupaban a Roosevelt.

El Cuerpo Civil de Conservación pagó la manutención de miles de jóvenes sin empleo que se dedicaron a reforestar bosques que las compañías madereras habían despojado, y luego abandonado, más de un siglo antes de la Gran Depresión.

Una nueva Comisión del Mercado de Valores introdujo algo de transparencia en las operaciones de Bolsa. La Corporación Federal de Seguros de Depósitos garantizó, por primera vez, los ahorros de todos los clientes de los bancos en caso de olas de pánico como las que se habían producido entre 1929 y 1933.

La Autoridad del Valle del Tennessee llevó electricidad, maquinaria agrícola, servicios educativos y líneas de teléfono a grandes zonas rurales semidesarrolladas en el sur del país. El Organismo de Desarrollo de Obras Públicas dio trabajo a millones de hombres en la construcción de carreteras, escuelas, oficinas de correos y otros edificios oficiales.

La Ley de Recuperación Nacional y la Junta Nacional de Relaciones Laborales garantizaron el salario mínimo y protegieron los derechos de negociación de muchos tipos diferentes de trabajadores industriales. La Ley de Normas Justas de Trabajo de 1938 abolió el trabajo infantil en los sectores en los que aún existía.

Había muchos obstáculos legales para poner en marcha toda la legislación del New Deal, y Roosevelt cometió la imprudencia de querer aumentar el número de magistrados en el Tribunal Supremo, cuya mayoría conservadora estaba declarando ilegales muchas de las nuevas leyes.

Sin entrar en detalle sobre la sensatez económica y el grado de constitucionalidad de las numerosas normas que compusieron el New Deal, es evidente que, con su actuación enérgica y valiente, y al pensar, además de en la recuperación económica, en las necesidades educativas, culturales y ecológicas, Franklin Roosevelt y sus asesores no solo fraguaron la salida de la Gran Depresión, sino que mejoraron el sentido público de la responsabilidad y la calidad del debate político en Estados Unidos.

Por desgracia, no puedo decir muchas cosas positivas sobre la depresión que comenzó en 2007, y que la mayoría de los políticos y periodistas prefieren llamar "recesión". En los años anteriores habíamos visto muchas señales de alarma.

Se estaba desmantelando de forma sistemática la regulación de los bancos y mercados de valores con la excusa de que el capitalismo se había convertido en un sistema complejo y autorregulado que tenía más difícil el éxito si se producían "interferencias burocráticas".

Había habido varias "burbujas" que habían causado daños considerables en Latinoamérica, Asia y en Estados Unidos. Los expertos nos habían soltado charlas, medio en broma, medio en serio, en las que proclamaban que "la codicia es buena".

En Estados Unidos hubo sobornos y sofisticadas formas de latrocinio en las cajas de ahorros, cuya tarea se suponía que era, por encima de todo, ayudar a que más personas sin demasiados recursos pudieran tener viviendas en propiedad.

En la Bolsa se introdujo una técnica nueva, la de recurrir a matemáticos para dar un aire de certeza científica a las especulaciones. Se crearon varios tipos de "obligaciones de deuda garantizada" (CDO) y otros "derivados" para venderlos a unos clientes abrumados por unos intermediarios que, muchas veces, tampoco entendían las ecuaciones de la operación ni si el vocabulario matemático garantizaba de verdad algo sobre los posibles beneficios.

Después de la bancarrota de varios gigantes financieros que eran "demasiado importantes para quebrar", tanto George W. Bush como Barack Obama se concentraron en rescatar a los grandes bancos y organismos financieros, en vez de seguir el ejemplo de Roosevelt y decidir que el desempleo masivo era el problema más importante." (GABRIEL JACKSON: Una comparación entre dos depresiones. El País, ed. Galicia, 02/09/2011, p. 27)

5/5/11

"En el transcurso de los próximos 20 ó 30 años se generará un nuevo sistema mundial, así que el capitalismo podría funcionar otros 30 ó 40 años"

"La crisis económica mundial que estalló en 1929 duró unos cuantos años. Después de todo fue la guerra la que la terminó y no la posibilidad de evitar la guerra.

Evidentemente no digo nada en contra de Keynes, que era un hombre muy inteligente, prácticamente un sabio, pero ni
él mísmo pensaba que lo que hizo fuese enseguida la solución de los problemas económicos.

Esto vale también para los EEUU –hoy en día se olvida, pero tenemos que recordar que la cotización bursátil de 1929 no se al canzó de nuevo hasta a mediados de los años 50. Si hoy en día estamos en una crísis semejante, ésta no se acabará el próximo año o el siguiente, aunque mejorará la situación algún día, al igual que ya después de 1932 se mejoró a nivel mundial.

Pero un cambio de dirección permanente, en el sentido de una nueva forma de economía mundial, necesitará mucho tiempo y eso se complica aun más por la situación internacional.
Macabramente, esto era diferente en los años treinta, ya que había internacionalmente un programa para la solución de la crisis: la preparación para la guerra.

Como los alemanes empezaron antes con esto, hicieron avances más grandes que los otros en la superación de la crisis. Hoy en día no es éste el caso. La pinta que tendrá el mundo después de esta crisis sigue siendo algo bastante incierto. (...)

Pero el gran problema de la nueva crisis es la retirada relativa de los grandes centros por la deslocalizacion de la producción y también de los servicios inmateriales y de alta calidad a otros países.

Creo que para mu chas personas, en los países occidentales las perspectivas para el siglo XXI son mucho menos optimistas que lo son para las poblaciones de los grandes países en desarrollo de Oriente. Es posible que no haya colapso, pero el hecho de la retirada, y esto vale también para Europa, no se puede negar. Incluso es cierto para los EEUU.

¿Cuál será el impacto político? Ese es el gran problema. (...)

tengo miedo porque en los años 30 no fue la izquierda la beneficiaria de la gran crisis en la mayor parte de Europa, sino al contrario, con la excepción de los EEUU, que giraron en este tiempo relativamente a la izquierda, hubo un repliegue de toda la izquierda en Europa frente a la ascensión del fascismo, de un movimiento fascista que no podemos negar que tenía una base social de masa.

Así era no sólo en Italia o en Alemania, sino también en países más pequeños. De esto tengo miedo. Se trata de movimientos que en teoría no están vinculados al libre mercado. (...)

Los conservadores son gente que insiste en el libre mercado. Pero este no es el caso de la extrema derecha, que no tiene miedo de romper tabúes. A esto se añade la inseguridad total del orden mun dial.

Por tanto, a corto plazo, no soy muy optimista. En el transcurso de los próximos 20 ó 30 años se generará un nuevo sistema mundial, así que el capitalismo podría continuar funcionando otros 30 ó 40 años hasta que desarrolle otra vez sus contradicciones internas –a no ser que mientras tanto haya catástrofes, lo cual nunca es imposible.

Pero lo que pasará con los intereses sociales de las poblaciones y de los pueblos, so no está claro en absoluto." (El Viejo Topo, nº 263, diciembre, 2009, p. 31 ss. En la tercera crisis. Entrevista a Eric J. Hobsbawn)

15/1/10

Las crisis del capitalismo... las del siglo XX... y su solución... la guerra...

"La Gran Depresión de 1929 planteó una formidable aporía. El Estado que se proclamaba económicamente neutral y lo manifestaba a través de sus presupuestos de déficit cero se halló en la tesitura de romper ese principio sagrado para afrontar las consecuencias mundanas de un desempleo desconocido.

Los temores a la agitación sindical y el auge de los partidos marxistas no parecían infundados si se tenía en cuenta la conjunción del fuerte empobrecimiento proletario y el ejemplar escaparate, entonces en apariencia brillante, del comunismo en la URSS.

El Estado, en fin, abandonó su doctrina, su sagrada doctrina inspirada en el perfecto orden del Universo que habían trasladado a las creencias generales, tanto la ciencia económica como la física newtoniana, y pecó.

Impulsada la Hacienda norteamericana por el keynesianismo y el miedo cerval a la revolución obrera, pecó. Deshizo la paridad entre ingresos y gastos, despilfarró, dio lasitud al gasto y, como en el Plan E de Zapatero, sembró de dinero público el sistema, fuera para pintar farolas, para alquitranar vías o ensanchar aceras.

De ese modo, puso dinero en el bolsillo de los más desamparados y, con ello, además de paliar su ánimo subversivo, les brindó una capacidad de compra que beneficiaría la facturación de las empresas y evitaría, en mayor o menor grado, que el desbordante aumento del paro agigantara la calamidad.

Tal como ha ocurrido ahora con el Plan E, los desempleados disminuyeron en los primeros meses, pero más tarde, puesto que nada fundamental se había corregido, regresaron las altas cifras de desempleados. ¿Qué hacer?

No se sabía qué hacer, tal como ahora traslucen los llamados líderes. Fue el estallido de la II Guerra Mundial y la frenética actividad de la industria armamentística y no armamentística en Estados Unidos proveyendo al país y a Europa la que procuró el incremento de puestos de trabajo y, años después, el pleno empleo.

Las espléndidas dos décadas que vivió Estados Unidos y, como derivación Europa, tras la II Guerra Mundial, fueron paradójicamente el efecto de la muerte: la muerte de 60 millones de personas y la devastación de la industria europea aportó dos benefactores efectos.

De una parte, la destrucción de la maquinaria obsoleta en Alemania, Inglaterra o Francia permitió instalar tecnologías de nueva generación que, además, contrariamente a lo que siempre había sucedido, no echó obreros a la calle. Los obreros se hallaban de antemano diezmados por la gran matanza y hallaron su puesto en la nueva producción.

Complementariamente, el gran desarrollo de la actividad económica incrementó la recaudación fiscal y los déficits públicos pudieron enjugarse en poco tiempo.

La Guerra provocó pues el milagro del mayor desarrollo de la sociedad y de la clase media, recordados como los de mayor bienestar occidental." (VICENTE VERDÚ: Aporías de la nueva década (1). El País, ed. Galicia, sociedad, 02/01/2010,p. 34 )