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18/4/18

Ansiedad en la élite... la angustia de buscar el éxito

"Para muchas personas, los futbolistas que están en la élite no tienen motivos para quejarse de su vida. Hacen lo que les gusta y viven muy bien gracias a ello. Trabajan diariamente menos horas que el resto, ganan mucho dinero, tienen buenos coches, casas y son idolatrados por los aficionados. Pero esa imagen no siempre se ajusta a la realidad. 

Ese trabajo tan envidiado también es foco de preocupaciones. Y puede llegar a convertirse en un enemigo peligroso. André Gomes, jugador del FC Barcelona, ha querido mostrar la otra cara. Esa en la que las inseguridades, la presión o la ansiedad pueden convertir esa idílica vida en “un infierno”.

El centrocampista portugués, que llegó al club azulgrana en 2016 tras destacar en el Valencia, ha reconocido en la revista Panenka que “los primeros seis meses en Barcelona fueron bastante bien, pero luego las cosas cambiaron. Quizá la palabra no sea la más correcta pero se volvió un poco infierno, porque empecé a tener más presión.

Ahora la sensación que tengo en los partidos es mala, no me siento bien en el campo, no estoy disfrutando de lo que puedo hacer”. Pese a no ser titular, sÍ ha jugado bastantes minutos en la temporada pero al no tener buenas actuaciones, ha recibido duras críticas en los medios y protestas desde la grada, una circunstancia que se ha vuelto contra él. 

“Me ha pasado en más de una ocasión eso de no querer salir de casa porque la gente te pueda mirar. He tenido miedo de salir a la calle por vergüenza…  Por eso me encierro. No me permito sacar la frustración que tengo. Entonces, lo que hago es no hablar con nadie, no molestar a nadie. Es como si me sintiera avergonzado”.

La confesión de André Gomes ha llamado la atención porque no es muy habitual que un futbolista reconozca esos sentimientos. Pero que no sea algo común no significa que no haya más casos. El alemán Mertesacker ha revelado que “siempre vomito o tengo diarrea antes de los partidos. 

Es como si mi cuerpo dijera simbólicamente esto es vomitivo… Ahora mismo prefiero estar en el banquillo o incluso en la grada. Tengo la sospecha de que algunas de las lesiones que he tenido tienen un trasfondo psicológico, que el cuerpo intenta dar paz a la cabeza”. El exatlético Kiko declaraba hace unos días en la SER que tuvo una época en la que “llegué a exagerar alguna que otra molestia para no jugar partidos. 

Tenía desconfianza, miedo a salir y no estar a la altura”, mientras que el ex madridista Álvaro Benito admitía que “algún compañero que estaba siendo silbado en el Bernabéu nos pedía que no le pasáramos el balón, y otro que no jugaba habitualmente, si veía que llegaba un partido en el que le podían alinear siempre decía tener algún problema físico”.

De hecho es un problema más extendido de lo que podríamos pensar si nos atenemos al estudio que hizo el sindicato mundial de los futbolistas, FIFPro, en 11 países. De los 826 jugadores que participaron, un 38% de los jugadores en activo y un 35% de los que ya se había retirado confesaron haber sufrido episodios de depresión y ansiedad en el desarrollo de su profesión. Unos síntomas que no sólo los padecen los futbolistas.

Rafa Nadal también ha pasado a lo largo de su carrera por momentos en los que la tensión le ha bloqueado. Y baloncestistas de la NBA como Kevin Love, una de las estrellas de los Cavaliers, finalista de la Liga los tres últimos años, reconoció hace unas semanas en The Players Tribune que el pasado 5 de noviembre, durante un encuentro con los Atlanta Hawks, tuvo un ataque de pánico. 

“Vino de la nada. Nunca antes había tenido uno. Ni siquiera sabía si eran reales. Pero era real, tan real como una mano rota o un tobillo torcido. Desde ese día, casi todo sobre la forma en que pienso sobre mi salud mental ha cambiado”.

Viendo estos casos y muchos otros que no son públicos, no es de extrañar que la figura del psicólogo deportivo esté cada vez más valorada entre los clubes y los profesionales. Una de las más influyentes es Patricia Ramírez, que ha trabajado con varios equipos de fútbol y es autora de numerosos libros sobre autoestima, liderazgo y hábitos, como Si salieras a vivir, que acaba de publicar. 

Confiesa a CTXT que a ella no le sorprende que un deportista sufra estos problemas “porque la ansiedad es una emoción que nos puede afectar a todo el mundo. No podemos tener la imagen de que un deportista de alto rendimiento es un superhéroe incapaz de sentir. Es una persona como otra cualquiera y la respuesta a la ansiedad la llevamos todos en el código genético y nos ayuda a ponernos a salvo en una situación que interpretamos como amenazante”.

Otra de las referencias en el campo de la psicología deportiva es Pablo del Río, que trabaja en el Consejo Superior de Deportes con deportistas de 15 disciplinas. Del Río explica a CTXT que “la ansiedad no es mala, es necesaria.

 El deportista necesita tener unos niveles de ansiedad que sean óptimos para cada uno, porque prepara al organismo para competir. El problema llega cuando esos niveles de ansiedad se disparan y el deportista no los puede controlar, porque se manifiestan de una forma que son percibidos por el sujeto como una amenaza. Entonces entra en un círculo vicioso que desemboca en crisis de ansiedad”.

 Hay quién cree que hacer público este problema no es beneficioso porque muestras tus debilidades y te hace vulnerable. Los profesionales de la psicología son de otra opinión. Ramírez es contundente en este punto. “El que juzga a una persona porque hable de sus emociones e interpreta que es débil por eso es un ignorante emocional.

 Cuando hablas de tus emociones de alguna forma te liberas. La debilidad está en no saber expresarlas porque hace que tú las gestiones mal. Liberarte de todo eso es un paso para reconocer que hay un problema y poder ponerle solución. Nadie genera un cambio cuando no hay un proceso de aceptación”. 

Del Río asegura que “no hace falta ir poniendo anuncios diciendo ‘me ocurre esto’, pero contarlo te libera. Le pasó a Nadal. Cuando admitió que tenía unos problemas de ansiedad las cosas le empezaron a ir mejor. No hay porque ocultarlo porque es algo que sucede habitualmente en la sociedad, no es exclusivo del deportista”.

Una vez que se ha dado el paso de reconocer las dificultades, hay que ponerles solución. Lo primero que hace Del Río cuando se encuentra con un deportista que presenta esta situación “es enseñarle a que tenga una identidad clara de quién es y qué representa él en el mundo deportivo. A partir de ahí se deben establecer unos objetivos que sean difíciles pero alcanzables. Y trabajar mucho el nivel de confianza y autoestima. Hay que enseñarles a controlar la ansiedad”.

Podría pensarse que la constante y creciente exposición mediática en la que se ven inmersos los deportistas de alto nivel es un factor que haya hecho aumentar este tipo de casos en los últimos años. Ramírez no cree que haya crecido el número, “sino que ahora se conocen más. Esto es algo propio de toda la vida de la personalidad humana.

 Yo tengo chavales de 12, 14 y 15 años con la misma presión y no están expuestos a nada”. Del Río sí alerta sobre un excesivo uso de las redes sociales, porque puede convertirse en un elemento negativo. “Yo les recomiendo que sepan limitar el tiempo que le dedican y que seleccionen bien con quien se relacionan. 

Al deportista le llega mucha información por mil canales, que si Twitter, Instagram, Facebook, Whatsapp… y, como no sepa manejarla y seleccionarla, supone una carga adicional porque todo te lo comes. Es otra circunstancia que pasa factura”.

A la hora de valorar quién es más propenso a sufrir estas patologías, Ramírez lo tiene claro. “En psicología hay un concepto que es ‘parálisis por análisis’ que trata la sintomatología de las personas que se bloquean por dar demasiadas vueltas a todo. Pensar de más bloquea. 

No se trata que pensemos menos, sino que pensemos de forma útil para que el pensamiento sea productivo, no para que nos reste”. Por su parte, Del Río considera que “el más propenso a sufrir estas situaciones es el que tiene problemas de autoconfianza, autoestima y que se ha planteado unos objetivos que no son realistas o no cree en ellos”.

El psicólogo del CSD explica la importancia que tiene la perspectiva mental a la hora de afrontar una competición importante. “Hay gente que se prepara mucho para una cita y ese trabajo lo termina convirtiendo en algo negativo porque se dice ‘con lo que me he esforzado, ahora no puedo perder’. 

Ese simple mensaje te complica la vida y te crea situación de ansiedad. Si el deportista se dice ‘no puedo hacerlo mal’ es un enfoque negativo. Si por el contrario dice ‘voy a hacerlo bien’ es un buen enfoque. El propio diálogo interno es el que determina esos niveles de ansiedad en los deportistas”.

Del Río resalta la importancia de que los clubes cuenten con un experto de la materia entre sus empleados. “Igual que se preocupan de tener buenos médicos y fisioterapeutas, también deberían hacerlo en tener unos buenos profesionales de la psicología, porque entre otras cosas les ayudaría a optimizar sus recursos y a apostar sobre seguro. 

 Cuando por un chico de 21 o 22 años se pagan cientos de millones le genera una responsabilidad que no está preparado para afrontarla. O al deportista se le enseña a manejar esto o le puede afectar en su rendimiento”.

Por cada uno de los casos que se han conocido en los últimos tiempos, cabe pensar cuántos deportistas habrá que estén pasando por lo mismo y no se hayan atrevido a contarlo. Ejemplos como el de André Gomes, Mertesacker o Kevin Love pueden servir de acicate para que otros pidan ayuda. Así lo cree Patricia Ramírez. 

“Sí, creo que puede ayudar a normalizar. Hay muchas veces que la gente no entiende su propio pensamiento ni sus emociones. Si se sienten identificados con otra persona que está en la misma situación puede servir para que se vea como algo más normal y se decidan a expresarlo”.

Del Río explica cómo ha cambiado con el paso de los años la visión que se tenía en la sociedad sobre su trabajo. “Cuando empecé a trabajar en el CAR en 1990 los deportistas no decían que venían a verme a mí. Decían que iban al fisio. Les daba vergüenza reconocer que iban al psicólogo. Pero de eso hace 28 años. 

Hoy en día la figura del psicólogo deportivo está perfectamente reconocida e instaurada. Ahora en mi despacho tengo maillots, flechas, una raqueta de bádminton, un balón de rugby, un casco de taekwondo, mil fotografías…”.         (Ricardo Uribarri, CTXT, 11/04/18)

6/6/16

Sobre el fútbol y la tragedia de la cultura

"(...) El problema empieza después, aproximadamente a mediados de los años 80 del siglo pasado. El futbol se mecanizo cada vez más a partir de ese entonces.

Recordemos algunas cosas del futbol en la época previa: Garrincha, el ya olvidado ídolo brasileño de Suecia ’58, tenía que colgarse del tren que pasaba por su pueblo todos los días para ir a los entrenamientos de su club –el maquinista, que era muy hincha le hacia el favor de bajar la velocidad para que pueda subir-; Sócrates -otro ídolo brasileño- rechazo todas las ofertas de Europa porque quería acabar su carrera de medicina en Brasil; un goleador uruguayo de Boca a mediados del siglo pasado, acepto jugar por este equipo siempre y cuando pueda ir solo los fines de semana a Argentina ya que el resto de la semana trabajaba como electricista en Uruguay.

Era una época en la que el futbol no era profesional, en la que no se pagaban sueldos escandalosos, en la que los jugadores no eran estrellas con los humos subidos y tenían una ocupación aparte del juego, en fin muchos de ellos personas que llegaron a la excelencia con historias dignas de ser contadas.

Esta época se caracterizaba por un tipo de juego no tan práctico, en donde los jugadores no solo intenten ganar a toda costa, sino también demostrar sus habilidades en el juego, las tácticas no eran muy rígidas y los jugadores tenían mucha libertad para hacer sus regates y demás técnicas en el campo.

La situación cambio desde mediados de los años ’80, el futbol empezó a ser cada vez más rentable, los contratos millonarios empezaron a aparecer -uno de los primeros había sido el de Pele con el Cosmos a finales de los ’70-, y ya no había lugar para que el futbolista se dedicase a otra cosa que no sea jugar (favorable económicamente, ¿pero en otros aspectos de la vida?).

El futbol empezaba a abarcar casi toda la vida de los dedicados a ese deporte, empieza la tragedia de la cultura. Y esto se produjo justamente debido a un factor que Simmel considera uno de los principales distorsionadores de las creaciones de la cultura, el dinero.
 
 (...) sucedió que la cultura subjetiva (las técnicas que demostraban los jugadores en el campo de juego) termino siendo controlada por la cultura objetiva (la evolución del futbol hacia un sistema de estrategias destinadas a obtener victorias de manera práctica), cada vez las estrategias se han vuelto más rígidas y los jugadores se han especializado, no solo en dedicarse enteramente a futbolistas, sino únicamente a una posición especifica dentro del campo, subordinados a las órdenes de los entrenadores y a los resultados que se exigen de estos.

Ejemplos de esto abundan, basta ver un partido cualquiera en el que un equipo X este perdiendo, por más que no esté jugando bien, los jugadores no van a tener la creatividad de rearmarse como equipo en el campo de juego desobedeciendo así las indicaciones del entrenador.

Eso sucedió hace unas temporadas con el Barcelona que teniendo al mismo equipo que se había vuelto casi invencible con Guardiola, no podía ganar partidos con Vilanova solo porque este no usaba la misma táctica que el anterior.

La dinámica del juego constriñe a los jugadores a seguir indicaciones del entrenador sin discernir si esta en lo correcto y por ende sin capacidad de hacer un pequeño acto de ‘rebelión’ en el partido para ganarlo.

Por otro lado, siempre se dice que en mente sana, cuerpo sano; pero en el caso del deportista profesional su gran entrenamiento físico generalmente no va de la mano con una formación igual en áreas intelectuales o académicas, por lo que la mayoría de ellos al final de sus carreras son personas comunes sin nada más que saber que el juego del que ya no forman parte, no es raro por eso ver a muchos convertirse en un personaje de farándula antes y después del retiro, en vez de dedicarse a actividades productivas que sus fortunas les pueden permitir; salvo honrosas excepciones claro está.

Esta es la parte en la que más gravemente la tragedia de la cultura unida al interés monetario afectan a los individuos, en la medida en que los obligan a especializarse únicamente en un aspecto de su vida descuidando el resto, y esto no es cuestión únicamente del futbol, sino también del resto de actividades humanas donde la división del trabajo (que en el pensamiento de Simmel también es un efecto de la tragedia de la cultura) ha arraigado fuertemente.

Y la tendencia sigue aunque siempre va a haber un toque de creatividad humana en el juego, al menos eso espero." (Socioideas)

30/5/16

Así es el cerebro del futbolista

 Gareth Bale celebra la Champions que ganó el Real Madrid al Atlético el pasado 24 de mayo de 2014, en Lisboa. AP

"Lejos de ser algo tan simple como dar patadas a un balón hasta que éste se cuela en la portería, el fútbol es una compleja actividad humana en la que participa todo el cerebro. A la hora de moverse en el terreno de juego, lo más importante del futbolista es su corteza motora, una región del cerebro situada en el lóbulo frontal, su porción más anterior. 

Los millones de neuronas que contiene esa región se organizan en diferentes zonas con funciones sucesivas y subordinadas, una para planificar los movimientos que requiere cada jugada, otra para organizar las secuencias correctas de los mismos y otra finalmente para hacer llegar a los músculos las órdenes necesarias para ejecutar esos movimientos.

 El cerebelo, otra importante parte del cerebro situada en su parte posterior, ayuda a que los movimientos a realizar por el futbolista estén bien coordinados y sean precisos.

Pero la corteza motora no planifica los movimientos a ciegas, pues se basa para ello en las cortezas posteriores del cerebro, la parietal, la occipital y la temporal, que permanentemente le envían información sobre el estado del cuerpo y sus miembros, y sobre la visión y los sonidos del terreno de juego, los demás futbolistas, el entrenador y el público. 

Esa información permite a la corteza motora corregir permanentemente los movimientos del futbolista en cada jugada cuando estos son erróneos o poco certeros. Además, la corteza motora no decide por su cuenta los movimientos a realizar, pues para ello recibe continuamente instrucciones de la corteza prefrontal, la parte más evolucionada y anterior del cerebro humano, encargada de dirigir el pensamiento, resolver conflictos, tomar decisiones y planificar el futuro. Es en esta otra parte del cerebro donde el jugador decide la jugada a realizar y prevé las siguientes.

En general, cuando aprendemos un hábito o actividad motora, es la corteza cerebral quien más trabaja, pero cuando hemos practicado mucho y dominamos ese tipo de comportamiento la corteza cerebral deja de ser imprescindible y toman el control de la situación otros circuitos de neuronas que se encuentran bajo ella, en el interior del cerebro. 

Son los llamados ganglios basales: el pálido, el putamen, el caudado, la sustancia negra, además del cerebelo, que sigue siendo importante. Es por eso que cuando una misma jugada o regate se ha hecho muchas veces deja de ser una conducta dirigida por el pensamiento y la voluntad y pasa a ser una conducta refleja u automática, controlada por esos núcleos y estructuras subcorticales.

 ¿Qué hace de un individuo un buen futbolista?

En la calidad de un jugador intervienen muchos factores, algunos innatos y otros adquiridos con la experiencia. La herencia biológica puede proporcionar a un jugador facultades perceptivas y de ejecución motora que le permitan coordinar sus movimientos mejor que lo hacen otros. Esas mismas cualidades mejoran también con la práctica.

 También es posible que algunos jugadores tengan más capacidad que otros para mejorar con la práctica sus habilidades innatas. Ni que decir tiene por otro lado, que en la calidad de un jugador interviene también la inteligencia general del mismo, y sus inteligencias práctica, creativa y emocional, basadas todas ellas en factores tanto heredados como aprendidos.

La inteligencia de todo tipo puede hacer que algunos jugadores sean más capaces que otros para intuir la mejor jugada a realizar o para averiguar las intenciones del contrario, en cada situación del juego. Todo ello sin olvidar la motivación que tenga el jugador por el fútbol y el éxito en el mismo, lo que a su vez está muy condicionado por sus experiencias y su educación tempranas. Los genios del fútbol, como los de otras profesiones, resultan siempre de predisposiciones genéticamente heredadas que el ambiente adecuado y una práctica intensiva acaban desarrollando.

¿Qué factores afectan al rendimiento?

Aparte del indiscutible estado físico, la ejecución y el rendimiento en el fútbol requieren un determinado estado cerebral. Muy poca activación es malo y mucha activación también. Lo ideal es un estado intermedio de activación emocional, ni pocos ni demasiados nervios. El público interviene siempre modificando el estado emocional del futbolista. Nada de público o de ánimos es malo. Excesiva presión también. Pero todo eso depende mucho de cada jugador, de su propia reactividad emocional y de su personalidad.

Algunos jugadores se desmoralizarán por un gol en contra y eso disminuirá su rendimiento. Otros, con más inteligencia emocional, pueden utilizar el fracaso para reanimarse analizando enseguida las causas del mismo y las maneras de cambiar el comportamiento inmediato para obtener mejores resultados.

 El estado de ánimo, además, se contagia mucho y es muy importante para el éxito. Cuando ves a los demás preocupados intuyes que hay razones para ello, al igual que si los ves contentos. Sin olvidar tampoco la motivación añadida que pueden causar las primas y el percibir o imaginar las consecuencias futuras de una victoria o una derrota.


Asegurado un buen estado físico y suficiente motivación para ganar, lo más importante para la victoria es la percepción que los jugadores tienen de su rival. Cuando éste se percibe cómo invencible o muy difícil de vencer disminuye considerablemente su rendimiento. Cuando el rival se percibe como inferior, igual o superable el rendimiento se incrementa. 

Todo aquello, incluyendo los ánimos de la afición, que contribuya a que los jugadores sientan que pueden ganar es psicológicamente muy importante. En definitiva, una percepción positiva de la situación mejora la motivación de los jugadores y proporciona activación a sus cerebros para rendir más. Todo esto por lo que se refiere al cerebro del jugador. Otro día podríamos hablar también del cerebro de los seguidores y aficionados."                (Ignacio Morgado Bernal, El País, 27/05/16)

12/6/15

José Mourinho: un entrenador neoliberal para un empresario global: Florentino Pérez. E Iker Casillas, la Roja, Xavi...

"La conversación telefónica entre Iker Casillas y Xavi Hernández, para reconducir las tensiones generadas por las trifulcas que fomentó el entrenador madridista en los cuatro partidos jugados en  dieciocho días en abril de 2011, dinamitó el proyecto empresarial de Florentino Pérez en tándem con José Mourinho.

La Roja se transformó en un escollo insalvable para la marca Real Madrid.

Llegar a Sudáfrica con la selección nacional de fútbol rota por el espinazo no estaba en los planes de nadie con dos dedos de frente. Pero se trataba de un asunto que no entraba en los cálculos de Mourinho, un entrenador que  se debe hasta las últimas consecuencias a la empresa que le paga y con la que hace negocios, mientras dure el contrato, y ni un día más. Sea el Oporto, el Inter, el Madrid o el Chelsea. Cualquier iniciativa al margen de él, es deslealtad con la empresa.

Su demostrada capacidad profesional en sentido clásico como entrenador de grandes equipos, consistente en cobrar una pasta por dirigir los entrenamientos, hacer las alineaciones, gestionar el vestuario e influir en los fichajes, se complementa de forma excepcional con su faceta posmoderna de gestor por objetivos a corto plazo, que persigue conseguir los resultados inmediatos convenidos en el contrato. Resultados que permitan que la empresa endeudada sea rentable.

Florentino Pérez, que no es propietario del Real Madrid pero ejerce un sorprendente control de la masa social del club, coincide con otros, que sí lo son, en la transformación de sus clubes respectivos en empresas globales cuyo negocio central es el espectáculo futbolístico. El énfasis casi obsesivo en la Champions se explica, en buena medida, en la apuesta por transformar la Copa de Europa en una Liga Europea de los grandes, incluido el Real Madrid.

El modelo empresarial de Florentino Pérez requiere de una permanente presencia mediática. Al considerar los partidos como  productos televisivos, da prioridad al consumidor global antes que al hincha que asiste al campo. Este se transforma en la pantalla en parte del decorado, cuando no en actor ocasional por el barrido de las cámaras.

Siempre me pareció que la mayoría de los madridistas que van al estadio Santiago Bernabeu lo hacen como si fueran a las Ventas; si el equipo no divierte y gana se le pita y si alguno se repite en el error individual se le pita también. Sólo si la faena fué de vuelta al ruedo, ruge la tribuna al final de un  triunfo que los incondicionales daban por seguro antes de comenzar.

El intolerante y subvencionado “fondo sur” era una anomalía anacrónica que ya ha sido abordada por la Directiva mediante un diseño de espectadores que son parte del espectáculo programado.

Y es aquí, en la realidad televisiva, donde encajan con naturalidad dos cualidades histriónicas de José Mourinho.

Antes se decía que el jugador número 12 era la hinchada que llevaba en volandas al equipo con su incansable animación (siempre nos quedará la hinchada del Athletic!). Hoy, los gestos de Mourinho en la banda son el jugador número 12 para el consumidor global. No es la comunión entre jugadores y tribuna; es el espectáculo televisivo.

Antes los partidos duraban 90 minutos y sus circunstanciales prórrogas. Hoy, el partido se inicia en la rueda de prensa previa y termina al final de la rueda de prensa posterior, y Mourinho es el mejor interprete de esta suerte del espectáculo.

Los escandalosos fichajes actuales son la antítesis de los partidos de homenaje de antaño.

En tiempos, cuando un joven de la cantera llegaba a ser una estrella en el primer equipo era una obligación despedirlo con un partido en su estadio ante rival de postín para que se llevara la recaudación como compensación económica de sus bajos sueldos iniciales. Con su trayectoria y fidelidad se había ganado con creces el derecho a ser resarcido.

Hoy, jugadores en formación son fichados por cantidades más que millonarias y se les exige que las amorticen desde el minuto uno de juego porque para eso se les está pagando y no se sabe cuánto van a durar. Y taponan el desarrollo de las jóvenes promesas de la cantera que tienen que irse fuera del club para madurar futbolísticamente y reproducir el ciclo en caso de retornar. A Butragueño se le recompensó por los goles metidos; a Bale se le han pagado por anticipado los goles que sugiere su contrato que debe meter. O el gol aislado que de un título, porque así también se garantizan los retornos financieros previstos.

El marketing del Real Madrid, que supuso en la temporada 2013-2014 junto a los derechos televisivos el 62% de sus ingresos, ayuda a explicar ciertos fichajes y las obligaciones que estos imponen a los entrenadores a la hora de decidir las alineaciones. Porque para vender camisetas hay que alinear al jugador fichado, que si no era un ídolo en su país, lo será habida cuenta de lo que se ha pagado por él.

Gestionar las alineaciones con el condicionamiento de hacer jugar si o si a algunos y conseguir conformar un equipo de geometría variable pero compacto requiere de una gran maestría profesional. Algunos entrenadores han demostrado que la tienen; Mourinho le agrega una enorme capacidad dialéctica para tirar balones fuera cuando las cosas no salen bien. Su destreza para generar polémicas insustanciales pero de interminable portada periodística le asegura la incondicionalidad de los medios deportivos que tienen portada impactante todos los días de la semana y no sólo los lunes siguientes a los partidos.

Preparar bien una pretemporada es otra de las cualidades de un buen entrenador. Si la empresa le obliga a realizar una gira mundial para instalar la marca, jugando partidos irrelevantes pero de impacto mediático por la escasez de otras noticias deportivas estivales, hay que tener unas tragaderas sólo posibles si se asume el papel de temporero incondicional del proyecto de negocios.

El contacto con el mundo de los intermediarios y sus comisiones, ensalzando a unos jugadores y devaluando a otros, es otra pata importante de un negocio que te puede pillar en cualquier lugar del mundo y que funciona como un tio vivo permanente de fichajes estelares.

El éxito de esta simbiosis entre dos grandes gestores del negocio futbolístico estaría asegurado si no fuera porque en el fútbol, quizá más que en ningún otro deporte, hay un imponderable que destroza los más racionales cálculos de rendimiento: el gol.

Hace falta un juego como el baloncesto o el béisbol para generar la cantidad de estadísticas que permiten racionalizar el rendimiento individual y remunerarlo en consonacia con los objetivos de rentabilidad. En el fútbol se puede ganar o perder por un golpe de suerte no contrarrestado o por un error de arbitraje determinante. 

De ahí cierta sensación de superficialidad cuando se ven las estadísticas de un partido de futbol (bien saben los aficionados de la importancia de los tiros de esquina, de la irrelevancia de los tiempos de posesión del balón y de lo inútil del hat trick cuando ganas 6 a 0) y cuando oimos la paradógica conclusión que sacan muchos madridistas para explicar los fracasos de su equipo en estos últimos 12 años: no ven un problema de gestión empresarial; es que les tocó convivir con Messi. Olvidan que un gol excepcional de Zinedine Zidane les encarriló la novena y otro in extremis de Sergio Ramos, la décima.

Unos pocos goles menos a lo largo de la temporada y el resultado es haber cambiado 10 entrenadores en 14 años.

¿Por qué comparto estas notas? Porque me inquieta la deriva del fútbol infantil local hacia el simbolismo y las reglas mercantiles del actual fútbol profesional global."         (Daniel Vila Garda, Attac Madrid, 11/06/2015)

25/6/14

¿El fútbol es esto?

"EL fútbol me encanta. Casi tanto como el ajedrez. Con el fútbol vuelve el pasado. Durante 90 minutos. Con versos surrealistas. Y aún mejor: con poesía patafísica. Pero siempre celebrando la ceremonia de la confusión. Con el embrujo de la inexactitud. La levitación es mucho más barata que la telepatía de alta definición. 

El fútbol es un deporte… ininterrumpido. Sin fracturas. Se ve de corrido. No tiene nada que ver con los cuatros deportes «americanos». Que se ingieren. Paso a paso. Como píldoras. Con comisionistas dispuestos en las cuatro crestas del estadio. Midiéndolo todo. Cronometrando las respiraciones y suspiros. El «basquet» es menos aburrido con balones de rugby y los razonamientos con sofismas.

Nuestro arcaísmo exhibe su viejo fútbol. Verraqueante. ¡Con tanta emoción! El deporte de las catacumbas. El deporte sobre el cual cualquiera (incluso yo mismo) puede decir cualquier cosa. Un juego de azar como el mus. O el burro. Mejor aún un juego de confusión. Pánico. Digno de Kurt Gödel y de Jardiel Poncela. A pesar de todo, el resultado del encuentro es siempre inopinado. 

Y apasionante. El gol es la excepción. Un churro. O un portento de leyenda. Se comprende que los jugadores de Argelia invocaran, en letanía, con la faz en el suelo del «corner», el formidable acaso. Y que los cristianos, con dos dedos, señalen el cielo, artífice de tan increíble casualidad. El universo solo es una componenda entre partículas elementales.

El fútbol es, además, por si fuera poco, un juego filosófico. Plantea la cuestión del valor de las cosas. Por ejemplo, ¿cómo determinar la relación entre lo que se ve en un estadio y el resultado del partido?

Entre mil ejemplos: el Bayern de Múnich un día terminó con ocho jugadores. Dominado por su rival durante 83% del tiempo. Pero el Bayern ganó 6-1. Los jugadores solos ¿con el dios Pan? Hay una norma: «Cuando el equipo cambia de intermediario, en la semana se gana». Obviously. El nuevo, apenas llegado, sin conocer los vestuarios, sin lavarse aún los dientes, y… El fútbol no necesita padrinos. 

El Barcelona no cesó de ganar con dolientes o nuevos. Incapaces de dar una orden. ¡Qué maravilla! Y qué suerte. Sus negociadores bling-bling habrían sido aún mejores si hubieran dimitido en masa, por los siglos de los siglos. Como sus mellizos de la paparruchada financiera de Madrid, Chelsea o París. Coja a un mono, equípelo con un teléfono móvil… Los equipos deben ser de quienes lo juegan. 

La propiedad exclusiva de los jugadores. Un fútbol moderno nos ilusionaría aún más. Anarquista (perdón, toparcas). La victoria de los insurgentes ya la vivió en Sao Paulo la «Democracia Corinthiana» de Zé Maria y Sócrates.

 En el fútbol, el componedor, el «míster», el cabo furriel, es la creación de un hombre genial de inteligencia: Stalin. Pero un monstruo. Quería clubes sin propietarios: «¡capitalistas!». Pero como los futbolistas, para él, eran una junta de individualistas, necesitaba a un hombre de partido.

 A un apparatchik. Y creó el capataz. Un poli. Uno de ellos, precisamente holandés, se puso al mando del equipo de Corea. Veía a sus jugadores una vez por trimestre. Nunca habló una palabra de coreano. Consecuencia: el equipo surcoreano hizo un campeonato del mundo sensacional. En lo profundo el buzo miope es visionario.

Por pura chiripa, en «So Foot» predije, una semana antes de África del Sur, que España ganaría el Mundial. ¿Por qué?: era el único equipo que beneficiaba de un medianero sin voz ni mando. Cuatro años más tarde el intermediario se despertó marqués. Y hasta los jugadores se lo creyeron. España tuvo siempre medianeros de excepción. Incluso, por desgracia, un racista. 

En el Japón, Houellebecq y yo estábamos fascinados por el nerviosismo, extremo, de su intermediario. Siempre con una camisa impecable, pero sudando por las axilas a velocidad V. No paraba de dar órdenes asombrosas y embrolladísimas: «Que los defensas jueguen detrás del guardameta», «que el central no se aleje del banderín de córner», etc.

Creo que a todos nos gustaría reunir a los especialistas (¿especialistas de qué?) delante de una pantalla. Verían un partido (desconocido) íntegramente. Se suprimirían únicamente los 47 segundos que duraron los goles. Se pediría al competente tribunal que juzgara, sin conocer el resultado final.

 Las opiniones serían astracanantes. Sobre todo si el equipo perdedor hubiera dominado durante el 61% del tiempo de juego. Gracias al ralentí de TV los expertos con alzhéimer se enterarían por fin de quién marcó el gol.

En realidad, comisionistas, federativos y otros intermediarios deberían comunicar con burqa. Los futbolistas jugarían mejor sin parásitos. Infinitamente mejor. En la época de la Revolución Francesa, Philidor, el campeón de ajedrez, reivindicaba al jugador. A solas. «El peón es el alma del ajedrez». Y del fútbol.

Cuando hablamos de fútbol, manipulamos «enunciados». Un «enunciado» es una cascada de símbolos donde cada frase tiene un sentido preciso. Por ejemplo: «Los guardametas no son cojos».

Un «enunciado» puede ser falso o verdadero. «Los guardametas son cojos», evidentemente, es un «enunciado» falso. Cuando consideramos un «enunciado», de entrada, no sabemos si es verdadero o falso. Para ello utilizamos «demostraciones». ¿Podemos estar seguros de que lo que es verdadero es «demostrable»? ¿Existirían «enunciados» verdaderos «indemostrables»? Al comienzo del fútbol profesional los lógicos afirmaron que si un «enunciado» era verdadero existía, necesariamente, una «demostración».

El interés pánico por «el rigor matemático de la confusión» nos hizo dudar de esta afirmación. De esta creencia. Pensamos que en fútbol («como en todo lo demás») podrían existir y existen «enunciados» verdaderos pero «indemostrables».

Para intentar demostrar los «enunciados» nos permitimos ciertas afirmaciones como bases. Son nuestros «axiomas» futbolísticos. El lógico actual no dirá «he demostrado esto», sino «he demostrado según los axiomas futbolísticos». La noción de «demostrabilidad» se relaciona con el sistema de «axiomas». Obviamente, no podemos demostrar lo que es «indemostrable». Durante el Mundial se han forjado ciertos «axiomas», como «Spagna umiliata». 

Para ello se combinaron los «axiomas» según las reglas de la lógica. Se alcanzaron con ello nuevas afirmaciones. De hecho, cada afirmación, deducida de los «axiomas», se consideró como demostrada. Tenían casi un valor de «teorema». Ciertos «axiomas» –«España es gilipollas» («Crónica», Panamá)– podrían ser verdaderos, pero son indemostrables. Hay que tener en cuenta la paradoja del cretense que afirmaba: «Todos los cretenses son mentirosos».

Al decir «Espanha em estado de choque» observamos que se trata de un «axioma» incompleto. Su inconsistencia reside en el hecho de que su consistencia permanece en el interior de lo que dice. «L’équipe d’Espagne: le naufrage!». Para demostrar la dificultad de comprender este «enunciado» habría que analizar lo que entendemos por «verdadero». Pues lo «verdadero» no es ni universal ni intrínseco.

 Por ejemplo, intrínsecamente podríamos afirmar «Spain, the end»(N. Y. T.) si encontráramos un modelo que resolviera la noción de verdadero. El modelo clásico es el de Euclides: «Una sola paralela pasa por un punto». Pero si adoptáramos el modelo riemanniano (que parece más coherente) tendríamos que modificar el enunciado. 

«La mayoría de los jugadores hispanos estaban cansados» («Clarín», Argentina) es un contra-ejemplo con un sistema de «axiomas» que parece perfecto. En realidad, es únicamente «recurrente». Pues después de haber brillado en medio mundo y en la final de Lisboa… etc, etc…

Aunque siempre soñaremos, en los estadios, con los «Luis-Candelas» de la insumisión. Con un equipo de Bakunines del fútbol. Con un corro de conquistadores calzando botas de siete leguas. Con los «siete niños de Écija» de la subversión. Con legionarios asaltando el Monte Parnaso. Y pies de bailarina.

Sííí. Ouiii . Yeees. ¡Viva el equipo de España!"             (Fernando Arrabal, ABC, en Revista de Prensa, 24/06/2014)

18/6/14

El fútbol es el deporte de los pobres... porque hay más derrotas que victorias

"Hay algo en el fútbol que rebasa a los otros deportes, para elevarlo a la categoría de pasión de las masas. Está relacionado con la comunidad, con el juego colectivo, con la necesidad de pertenencia, identidad e integración.

 Pero expresa también, como escribía Ignacio Ramonet hace unos años, el drama de los perdedores, porque en el fútbol siempre habrá más perdedores que ganadores, a lo cual podríamos agregar que siempre, y por muy campeón que sea un equipo, estará la oportunidad de la derrota. El fútbol tiene que ver con la vida misma.

Por eso es el deporte de los pobres, identificados con su equipo como si fuera su propio destino. Amar al equipo es, decía Ramonet, aceptar la derrota y el pesar. ¡Qué partido no es sufrimiento! Y es precisamente esta pena, bastante más frecuente que la alegría, la que concita la unidad. 

Somos leales pese a toda la adversidad, permanecemos juntos, nunca estaremos solos. Así lo dice el himno del Liverpool FC, club proletario británico: “You will never walk alone” (Nunca caminarás solo).

Es éste el aspecto del fútbol que ha atraído a los políticos, que lo aman y también le temen. Porque los hinchas dan su vida por su equipo, que trasciende y se funde de una manera compleja con la identidad nacional. Levantar la bandera chilena o de cualquier país en el estadio es una representación patriótica que expresa en esos momentos no solo sentimientos de profundo nacionalismo, sino aún más: es también un ritual guerrerista, expresado como rostros pintados, que lleva a enfrentamientos y sacrificios. 

El estadio, y también las calles después de un partido, se convierten en un espacio para las más extremas representaciones nacionalistas. Un acto litúrgico como pocos en la sociedad moderna.

Es por ello que este deporte, pero especialmente lo que rodea al deporte, hipnotiza a los políticos y atrae a publicistas, inversionistas y especuladores. El fútbol hoy es sin duda un combustible de alto octanaje calentado por los gobiernos y los grandes capitales. Mueve miles de millones y ha sido intervenido por democracias o terribles dictaduras, como el mundial en Argentina, en 1978. (...)"                (Paul Walder, Punto Final, en Jaque al neoliberalismo, 18/06/2014)

22/9/11

"¿Pero cómo es eso de ver el aro como una piscina? En esos momentos ves el aro más grande de lo normal"

"-Antes del Europeo le pregunté en otra entrevista concedida a La Voz por su estado físico, porque parecía óptimo, seguramente el mejor en muchos años. Al final, se ha demostrado que efectivamente llegaba a un nivel altísimo. 

-Me he encontrado genial tanto mental como físicamente y eso ha hecho que me salieran las cosas como quería. Me encontré muy bien durante toda la preparación y durante el torneo, pero los tres últimos partidos han sido la guinda. La verdad, es muy difícil de repetir, porque estar tan acertado es complicado.

-El aro parecía una piscina. En la semifinal y en la final consigue varias canastas casi imposibles de ver en la alta competición. 

-Son cosas que salen en un momento de calentura máxima, cuando se está on fire. También es cierto que todos los compañeros lo vieron, confiaron en mí y me pasaron la bola en todo momento. Yo eso lo percibía y me encontraba más suelto en la pista.

-Ya, ya, ¿pero cómo es eso de ver el aro como una piscina? 

-En esos momentos ves el aro más grande de lo normal. En esos tres partidos metí muchos tiros de cuatro y cinco metros que durante la temporada no había practicado demasiado, pero todo me salía bien porque me encontraba con mucha confianza."                         (La Voz de Galicia, 21/09/2011)