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1/12/22

¿Qué tienen en común Pasolini y Maradona? Son dos poetas. Más allá del hecho de que uno escribiera versos y el otro no, son sus vidas las que fueron poéticas... Maradona y Pasolini fueron amados por el pueblo como pocos porque ambos fueron su voz, la expresión de un sentimiento colectivo como pocos

"25 de noviembre de 2020. Desde hace casi un año, sólo hay un tema, desde los periódicos, a la televisión, a la web, en las discusiones familiares, no entre los amigos, porque está la inexorable Covid-19, hay restricciones y no se puede salir de casa. No hay medio de comunicación que no abra su página cada día con noticias de muertes por el coronavirus.

Sólo una noticia de Argentina altera las páginas de inicio de los periódicos: la muerte de Diego Armando Maradona. Desde Buenos Aires hasta Nápoles, pero en todos los rincones del mundo se comparte una sola pena: la muerte del Dios del Fútbol. Durante unos días el mundo se olvidará de Covid, otra hazaña que sólo el Pibe de Oro podía lograr.

Este año también se ha celebrado el centenario del nacimiento del que probablemente sea el mayor intelectual que ha tenido Italia, el poeta, escritor y director Pier Paolo Pasolini. Y no sólo eso, sino que era futbolista y aficionado al fútbol.

 ¿Qué tienen en común Pasolini y Maradona?

Una gran oferta. Son dos poetas. Más allá del hecho de que uno escribiera versos y el otro no, son sus vidas las que fueron poéticas. En un artículo del 3 de enero de 1971, Pasolini dividió el fútbol europeo y sudamericano en prosistas y poetas. A Maradona, como argentino, le habrían llamado poeta. Hay momentos en el fútbol que son exclusivamente poéticos: son los momentos "gol". Todo objetivo es siempre una invención, es siempre una subversión del código: todo objetivo es ineluctabilidad, asombro, irreversibilidad. Al igual que la palabra poética. El máximo goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año".

Pasolini, como verdadero intelectual, había profetizado los cambios que el neocapitalismo estaba provocando en el mundo, el consumismo, la homologación, pero no sólo.

El Poeta también profetizó de alguna manera el gol de Maradona contra Inglaterra en el Mundial de México'86, el 2-0 que marcó regateando a la mitad del equipo inglés, marcando lo que se ha definido como el gol más bonito de la historia del fútbol.

Pasolini escribió en Il Giorno: "El sueño de todo jugador, compartido por todo espectador, es partir del centro del campo, regatear a todos y marcar. Si, dentro de los límites permitidos, se puede imaginar algo sublime en el fútbol, es precisamente esto. Pero nunca sucede. Es un sueño que sólo he visto realizado en I Maghi del pallone de Franco Franchi, que, aunque a un nivel salvaje, consiguió ser perfectamente onírico".

Entre los que amaron a estos dos personajes, se repite la pregunta: ¿Qué habría dicho Pasolini de las hazañas de Diego?

Diego y Pier Paolo, sus vidas en el punto de mira de los moralistas y del sistema de poder. Perseguido como pocos.

Tras la muerte de Maradona, algunos utilizaron la desagradable fórmula de recordarlo sólo como futbolista: era un drogadicto, un putero, la forma en que fue reducido, no era un ejemplo.

Así, tras la trágica muerte de Pasolini se dijo que se lo había buscado, un pederasta que había insultado a un chico de 16 años. Por no hablar de su última película Salò o los 120 días de Sodoma, una película desagradable, no por la calidad de la obra, sino porque anticipaba lo que sería nuestro mundo, nuestra existencia. Por no hablar de sus editoriales sobre las escuelas, el consumismo, las masacres, una especie de cupio dissolvi que llevó a aislarlo y luego a decir: recordémoslo vivo.

 Todos fueron jueces, tan buenos como todos los fracasados, pero estos dos personajes no quisieron ser un ejemplo, pagaron con su vida, su honestidad de pensamiento, su lucha constante contra el autoritarismo más obtuso y reaccionario.

Maradona y Pasolini fueron amados por el pueblo como pocos porque ambos fueron su voz, la expresión de un sentimiento colectivo como pocos.

Una ciudad como Nápoles que en muchos sentidos tanto Pasolini como Maradona amaron y recibieron amor.

Quién sabe, aunque en diferentes circunstancias, Pasolini y Maradona en Nápoles no habrían muerto de esa manera.

 Nunca se conocieron, pero uno se dio cuenta de la utopía poética del otro.

Parafraseando al director Paolo Sorrentino el día de la muerte de Pibe, podemos decirlo sin duda: Nunca dejaremos de llorar, siempre los echaremos de menos.

Sin embargo, la alegría de los momentos poéticos que nos dieron permanecerá. Su utopía los mantendrá vivos. Maradona y Pasolini siempre serán la posibilidad de que incluso los sueños imposibles puedan hacerse realidad."
            (Francesco Guadagni, L'Antidiplomatico, 25/11/22; traducción DEEPL)

23/9/22

Fútbol y vida

 "Un vacío asombroso: la historia oficial ignora al fútbol. Los textos de historia contemporánea no lo mencionan, ni de paso, en países donde el fútbol ha sido y sigue siendo un signo primordial de identidad colectiva. -El fútbol a sol y sombra, Eduardo Galeano.

(Un más acá del bororó [1] político)

            El fútbol no es distinto a la vida. Mas es un breve componente ontológico, porque sobre todo muestra virtudes y defectos con el mismo desenfado habitual y común. No siempre, es cierto, pero la frecuencia es proporcional a lo épico de cada partido. Ahora el fútbol es imprescindible en la evolución crítica de una parte de la humanidad. Ni sus inventores, que por cierto no fueron los ingleses, hace siglos imaginaron su conversión en esa necesidad cultural de casi todos los días. El ‘casi’ son apenas cuatro o cinco jornadas en el año. Hay tanto balompié y aun así no hay empacho. El maestro Eduardo Galeano tuvo razón: “fútbol a sol y sombra”. De día y de noche. Y eso que él celebraba la testarudez de sus piernas. “Soy un pata de palo”, se justificaba porque siendo uruguayo apenas tuviera un conchito de fútbol.

            Están los futbolistas y están los directores técnicos, hace décadas apenas se los llamaba entrenadores.

Ni coach ni trainer pudieron sembrarse en el habla futbolera. El DT o entrenador es el brujo, aquel que se presume que se las sabe todas y varias más por si acaso olvida alguna. Él carga con las pérdidas y apenas se los recuerda en los triunfos, así son las injusticias justificadas en el ecosistema del balompié. Los entrenadores, valga el plural, suelen irse por la puerta de atrás casi siempre, salvo cuando son contratados para dirigir el equipo alicaído, el ruido que los acompaña es  la vía al paredón. Ahí, de espaldas al público, ellos reciben la gratitud de los aplausos o las rechiflas del repudio. Con los entrenadores si funcionan los extremos: buenos o malos. Los matices están excluidos por la sublime tiranía de la masa futbolera. O mejor dicho, por el pueblo del fútbol. Los directores técnicos ya no son los personajes que hacen las cuentas y los cuentos para justificar derrotas o engrandecer triunfos lamentables. Siempre son culpables de los fracasos o quizás hicieron bien su trabajo para el campeonato. Y más nada.

            Este jazzman es de aquellos (o de aquellas, según va la historia balompédica) que pierde o gana tiempo mirando, escuchando o leyendo sobre fútbol. El fútbol por su historicidad o sea ese “[…] complejo de condiciones que hacen que algo sea lo que es: puede ser un proceso, un concepto o la propia vida”[2]. Así es, me gusta el fútbol, con los mismos apasionamientos de antes. Las mudas de personalidad no siempre son triunfos sobre la irracionalidad, porque es el combustible para otras conversaciones-conspiraciones. Del fútbol a la política apenas equivale a un off side (fuera de lugar o de juego), esa puerta siempre está abierta. Confieso que ahora me gusta el fútbol como algo parecido a asistir a un museo. ¿Se entiende? Reverencia, cabreo, desconsuelo y satisfacción por las mínimas cuotas de memoria histórica. A diferencia del maestro E. Galeano no fui un pata de palo, pero debí cumplir el inapelable mandato paterno: al estadio solo de espectador. El axê persistente más allá de la sanción paternal fue correr con el balón hasta la reciente fatiga de material óseo. El balompié muestra aquello que somos, porque es la vida; jamás al revés.

            Es unánime, fútbol y política son las paralelas destinadas a no cruzarse. Nadie firmó el pacto, no hubo mandatos ni propaganda. Nada más que un acuerdo de hierro de aislar ese mundo de los otros mundos hasta donde se pudiera o se pueda. Este es un proverbio inescrutable: el fútbol es otra cosa. La cosmogonía futbolera está en los sentidos del disfrute sin atascos de razones epistémicas, pero evolucionó a lo político por el lado del cimarronismo filosófico para ganar ahí donde la narrativa permaneciera por su intensidad, ahí en esas batallas de otro índole donde el débil vence al fuerte, los oprimidos goleando a los opresores; el fútbol es consustancial con el antirracismo. Esa mezcla neuropolítica no es para las graderías (¿o sí?), es explosiva si se procesa ahí, es de las puertas del estadio para allá. Para cualquier lado de la esfera planetaria. Para el bar revuelto y caliente, la esquina barrial y asamblearia; es para el cambembe de quienes le atribuyen a Malcolm X esta verdad absoluta: la lucha es por todos los medios necesarios. By any means necessary.

            El fútbol no es aprehensible en manuales, porque la vida es más que una definición. Ahí no hay simplezas, salvo en las jugadas de gol, todo es complejidad y ahora más, porque los colonizados muestran sus resabios de libertad en la cara de los colonizadores, por fin la historia está debajito de las relaciones políticas. Otra vez es la historicidad del balompié como “entramado de relaciones (sociales, políticas, culturales, lingüísticas y de todo tipo) en el cual el concepto surge y del cual extrae en principio su significado”[3]. ¿Cómo definir al fútbol en este siglo XXI? ¿Cuál es el significado del fútbol? Los significados están en las comunidades, por ejemplo, en las comunidades negras americanas donde es un deporte y es esa revancha política y cultural no escrita. Sin embargo, está ahí, en el reconcomio colectivo. El ánimo palenquero está en la gente futbolera; destino y gloria en las leyendas nunca muertas, porque los íconos están en el frontispicio de los recuerdos. En efecto, esconde matices religiosos. 

El fútbol en sí mismo es una política y concentra activísimos procesos culturales. El balón es el signo más denotativo. Todo aquello, a pesar del difundido hasta la infamia, que el balompié es deporte de caballeros jugado por gamberros. O variando la semiótica: deporte de la opresión jugado y ganado por los oprimidos. Es una hipérbole aceptable, pero inexacta. No tanto en las matemáticas como en la plenitud de la vida.

            La estética del fútbol obliga a su propio código, ahí donde cierta clase social desubicada solo ve unos tipos disputando esa vaina redonda. Este es el deporte más colectivo que hace privilegiar a individualidades. Colectividad de colectividades en solidaridad, porque es posible “ganar o perder, pero siempre con democracia”. Democracia a secas y sin adornos significantes como creyó alguna vez Sócrates de Souza. Democracia de compendios. Sin recelos, es la suma obligatoria de inteligencias, habilidades, performances, velocidades, precisiones, capacidades espaciales y liderazgos. Los totales se enredan beneficiando a pocas personalidades. Pelé, el artista; Maradona, palabra y obra; Messi, el punto arquimédico, a su manera también Cristiano Ronaldo; Ronaldinho, la prestidigitación balompédica; Antonio Valencia, el velocista al servicio del balompié. Sin olvidar los arqueros: Lev Yashin, Manuel Neuer o Carlos Delgado (de mi palenque, por favor). Pero el de los epigramas es Sócrates de Souza, este, por ejemplo, “No se trata sólo del juego en sí. Antes que nada, el fútbol es una batalla psicológica, el aspecto humano tiene un papel significativo”. El fútbol es una competencia necesaria para jamás enemistarse.

            El punto de encuentro entre política y fútbol está en la función del director técnico. El o, mejor dicho, ellos (y ellas) son los gobernantes de la función balompédica. Ahora son más visibles, por las cámara de televisión o porque el periodismo de todos los países, en plan de fiscal, juez y verdugo, no acepta sus explicaciones. Si el apocalipsis es transmitido como un partido de fútbol el culpable será algún director técnico. Bromas aparte, el mejor DT es el que juega siempre a ganar, aquel que construye las emociones populares exponiendo juego bonito con la cooperación atenta del equipo. Demostración artística colectiva de todo el cuerpo, salvo las manos (excluyendo al arquero). El peor DT es el que juega a no perder sacrificando el arte insustituible del balompié. Dos palabras de polos geográficos opuestos, aunque de igual calificación: catenaccio[4] (italiano) y amarrete. Mezquindad estética. O el invento planetario traducido a muchos idiomas como metáfora de castigo: ¡ensuciar al fútbol!

            Aún está ahí (y estará) la disyuntiva sobre cuáles son los mejores futbolistas de todas las canchas que en el mundo han sido y de esa tribu exclusiva el mejor. ¿Quién? Aquel tiene arte y ciencia, pero le falta un jeme para la perfección. Entonces ese otro, si las tiene completas, aunque tiene dos puntos por debajo de la finura estilística. Así está el análisis metafísico hasta este día y no se detendrá, porque los nombres se suceden año a año. Mientras tanto, la parroquia mundial no logrará acuerdos. Difícilmente concilien los parámetros definitorios: regate, finta, dribling¸quimbas, combas, presencia, chanfle y las frases son combatidas por las cifras. Más goles, más asistencias, más minutos, más… chévere.

            Está en los códigos universales del balompié enmudecer al político que todos los futbolistas tienen agazapado. Y los líberos se quedan en altar aparte. Son escasos. Sócrates y su democracia corinthiana, Diego Armando Maradona que no perdonó ni a los jerarcas de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), Eric Cantoná su rebeldía contra poderes de la economía francesa. Es curioso, porque muchos, si no la mayoría viene de territorios de dificultades sin cuentas. ¿Explicaciones? Una letanía larguísima que a pocos convencen. La única certeza es que nadie quiere encender un fósforo en el último y explosivo espacio sagrado del capitalismo. 

            El fútbol es más que un deporte, es ese indefinible reclamado por mucha gente; se dice que es la única religión que admite ateos; se certifica que hay fútbol del bueno mientras hay hambre (necesidad + necedad); unos colocan más alto sus valoraciones, dicen que es una corriente civilizatoria aun con sus consecuencias. Al final, se llega a esta inevitable conclusión: sin capitalismo el fútbol sería una actividad deportiva modesta. No por generosidad de los capitalistas, pero hay proletarios de oro. Es un club único. El valor de su intelecto y su fuerza de trabajo es proporcional a las habladurías sentimentales de millones de personas. Al final son divinos proletarios recreados por triunfos y goles. Sus afiches sustituyen a los santos del Vaticano y sus camisetas son sudarios sagrados en el culto palenquero de barrio adentro. Esos trapos sin otra plusvalía que el sudor del star-system del balompié, cuestan lo que cuestan. ¿Y? Sí, el balón todavía es el axê de la alegría de millones de descamisados.

Notas:

[1] Bantuismo (probable) de la costa afropacífica colombo-ecuatoriana. Significa alboroto, bulla, alegría, festejo ruidoso.

[2] Historicidad y temporalidad de los conceptos sociológicos, Lidia Girola, Sociológica, año 26, número 73, 2011, pp. 13-46. 

[3] Óp. Cit., p. 18. Las cursivas corresponden al autor.

[4] Candado."                       (Juan Montaño Escobar  , Rebelión, 22/09/2022)

15/12/20

Falleció Alejandro Sabella, maestro del fútbol... llevó al Estudiantes a jugar la final del Mundial de Clubes contra el Barcelona de Messi y Pep Guardiola, uno de los mejores equipos de la historia. Nunca David estuvo tan cerca de derrotar a Goliat

 "Cada vez que habla frente a un micrófono, Sabella mira hacia abajo. Ni a las cámaras, ni a los ojos de un eventual periodista, ni hacia los costados. Sabella mira hacia abajo, piensa cada palabra, arma ideas, fundamenta decisiones tácticas. 

Con su muerte, el fútbol argentino pierde a uno de los mejores directores técnicos de los últimos treinta años; pero también pierde a una persona comprometida con las injusticias diarias, pierde a un propagandista de la solidaridad y la ayuda mutua. Era consciente del eco de sus declaraciones, y se hacía cargo de eso. Sabía que cada minuto frente a un micrófono implicaba que miles de pibes detuvieran lo que estaban haciendo para escuchar lo que decía el Profesor. Sabella hablaba y la pelota paraba de rodar.

Alejandro Sabella murió a los 66 años producto de una insuficiencia cardíaca. Había sido internado el mismo día en que falleció Diego Maradona, y es inevitable pensar que esa noticia pudo haber sido la estocada final a un estado de salud deteriorado desde finales del 2014. Lo cierto es que en diez días fallecieron el ídolo máximo del fútbol argentino y la persona que mejor lo supo interpretar en las últimas décadas. Sabella fue el responsable de devolverle la ilusión a un país entero, después de cuatro mundiales con actuaciones para el olvido.

Fiel alumno y mejor profesor de la Escuela de Estudiantes de La Plata, sabía que para que un país pueda soñar nuevamente con salir campeón del mundo había que estudiar, había que trabajar. Y eso hizo, incansablemente, en cada uno de los partidos que dirigió. Así sacó campeón a Estudiantes de la Copa Libertadores 2009. Así fue a jugar la final del Mundial de Clubes contra el Barcelona de Messi y Pep Guardiola, uno de los mejores equipos de la historia. Nunca David estuvo tan cerca de derrotar a Goliat.

Sabella solía contar que dividía la charla técnica en tres momentos: primero: estrategia del juego y táctica a utilizar (acá puede verse la explicación que hace a un conjunto de periodistas sobre cómo diseñó ese juego). Segundo, utilización de la pelota parada y sus diferentes usos. Tercero: palabras motivacionales, encuentro místico con el equipo. Decía, también, que después de esa charla se sentía liberado. Reconocía que le costaba, que lo desgastaba. Eran horas y horas de trabajo y estudio en la semana, que debían sintetizarse en 15 minutos para luego ponerse a prueba dentro de la cancha.

La parsimonia que lo caracterizaba fuera del campo del juego se suspendía cada vez que el árbitro pitaba anunciando el comienzo del partido. Movedizo, charlatán, comentando cada jugada con Gugnali y Camino, sus históricos ayudantes de campo. Todo el desgaste era necesario para conseguir lo que iba a buscar: el triunfo.

Sabella diseñaba estrategias para ganar, y si eso implicaba realizar un esquema capaz de escandalizar a toda la prensa, lo iba a hacer. Y si realizar algún cambio generaba rispideces con los referentes del plantel, lo iba a hacer. Y si poner una línea de 5 defensores contra Bosnia Herzegovina en la fase de grupos del Mundial iba a generar que un país entero lo cuestione, ¿adivinen qué? Lo iba a hacer.

Porque el fútbol no es una ciencia exacta, y necesita de conductores capaces de tener la mayor flexibilidad táctica, organizadores colectivos que no se dejen presionar por la prensa canalla. El análisis concreto de la situación concreta, llevó a Sabella a lograr interpretar cada partido con una precisión exquisita. Después se podía ganar o perder, pero terminaba siendo una eventualidad. El principal legado futbolístico de Sabella es trabajar y estudiar cada partido, cada rival; hacer autocrítica; cambiar todo lo que deba ser cambiado de una fecha a otra.

***

Alejandro Sabella es de esos tipos que cerraban la grieta. Es muy difícil no quererlo. Incluso todos aquellos periodistas que operaron día y noche en su contra durante la previa y las primeras semanas del Mundial, tuvieron que tragarse una a una sus palabras. No encontraban en Sabella un personaje con ánimo de polemizar, no era un buen invitado para el talk-show futbolístico. Era un tipo de silencios, laburo y acción. Y así también era en su vida privada.

Casado con Silvina, una militante barrial de Tolosa (localidad de la ciudad de La Plata), construyeron una pareja sensible y militante contra las desigualdades históricas de nuestro país. Su casa no solo dispuso siempre de un plato de comida para quien lo necesitara, sino que también funcionó como un refugio para los vecinos que en el año 2013 sufrieron la peor inundación en la historia de la ciudad.

En sus pocas apariciones televisivas, en sus participaciones en eventos sociales, siempre buscaba el momento para intentar transmitir su plexo de valores y principios, principalmente dirigido hacia los jóvenes:

  • Ningún jugador vale más que todo el equipo.
  • Para ser mejor profesional, hay que ser mejor persona.
  • No hay entrenador sin comunidad.
  • Hay que poner el bien común por encima del individuo.

Alejandro Sabella es el nombre de la gloria para dos generaciones enteras de hinchas de Estudiantes de La Plata; es el nombre de la recuperación de la ilusión con la Selección para millones de argentinos y argentinas; Alejandro Sabella nos convidó el fútbol como vehículo para pensar otras formas de construir los vínculos en el deporte, como una posibilidad para construir comunidad. Acá hay una Escuela que no lo va a olvidar."                    (Ignacio Saffarano, JACOBIN América Latina, 10/12/20)

30/4/20

Michael Robinson: el fútbol está secuestrado por el dinero desde hace tiempo. El fútbol es el opio de las masas y por tanto las congrega en todo el mundo. Entonces, ¿a quién le importa las masas? A los políticos, pero, sobre todo, a las grandes fortunas, al dinero...

"(...) -¿Por qué el fútbol une tanto?

Es la pregunta del millón. Según mi padre, antes de ver mi primer partido en Anfield, le dije: “Papá, de mayor quiero ser futbolista”. Y eso que ni siquiera habían salido los jugadores. Yo creo que era por la atmósfera de Anfield y por sus cánticos. Cuando sonaron los primeros acordes de You’ll never walk alone y empezaron a salir los jugadores del Liverpool, yo pensaba que eran gladiadores. 

Y lo eran. Por momentos, vibramos. ¡Vibramos! La música también me transporta, pero no de la misma forma que lo hace el fútbol. Es simplemente diferente. Puedo llegar a gritar, llorar de alegría o de tristeza. El fútbol te puede ofrecer muchos extremos sin que el espectador invierta mucho de sí mismo en ello.

-Antes ese sentimiento era mayor, ¿no?

No lo sé. Creo que antes veíamos al futbolista como a un gran deportista. Seguramente, de niño no sólo yo dije: “Papá, quiero ser como este de mayor”. Desde luego, en el Reino Unido, el futbolista era visto como un pilar de la sociedad; ahora no. Ahora lo vemos como un futbolista-rock star-movie star. Es glamuroso hasta que deja de serlo y se convierte en un juguete de ira o de desprecio.

A nivel periodístico, muchas veces banalizamos el rol del futbolista y del fútbol. Y esa banalización tiene fácil acogida porque no requiere un conocimiento del receptor de la información. Y mientras no retes al receptor de la información, se convierte en algo muy fácil de tragar.

-Ha definido muy bien cómo funciona hoy en día buena parte del periodismo deportivo.
Hay de todo. Yo entiendo que es popular pensar que somos todos una banda. Pero también creo que a veces los comentaristas políticos tienen suerte de que no haya elecciones una vez a la semana [hace una mueca de ironía y levanta una ceja].

-¿Se está convirtiendo el fútbol o se convertirá en algún momento simplemente en la pasta por la pasta?

Bueno, para mí el fútbol está secuestrado por el dinero desde hace tiempo. El fútbol es el opio de las masas y por tanto las congrega en todo el mundo. Entonces, ¿a quién le importa las masas? A los políticos, pero, sobre todo, a las grandes fortunas, al dinero. No hace falta ser un lumbreras. La parte noble de la FIFA está tras las rejas, mientras la otra mitad espera su turno.

 El presidente de la UEFA está inhabilitado durante muchos años y hemos visto cómo últimamente no hay un rico bien vestido en el mundo que no tiene un equipo de fútbol. Uno de los casos más graves lo vimos en el Granada esta temporada. Ficharon a veintiún futbolistas de veintiún países distintos porque, claro, no hay negocio en subir a un chaval del filial. Luego acaban últimos, hacen el ridículo, juegan como juegan contra el Real Madrid y sus aficionados lloran. En ese caso concreto me dio la sensación de que el fútbol había sido pervertido. Y me da asco.


-El objetivo de los políticos de controlar a las masas a través del fútbol es muy antiguo. Y hoy sólo hay que ver los palcos durante los partidos.

Los políticos ya no son lo que eran; han sido suplantados por el dinero. Antes, daban los permisos para que alguien se hiciera rico; ahora, los ricos ponen a los políticos. Es la versión del capitalismo desbocado. No pasa nada con el capitalismo, sino con cómo se administra éste. Cuando sucede esto, acaba con cosas como un constructor siendo presidente de EEUU.

 Ahora, si un partido necesita financiación para su campaña para ganar las elecciones, un tipo llega y dice: “Yo tengo una billonada y voy a hacer la campaña para fulanito”. Entonces, fulanito gana y devuelve los favores. Entonces, la fortuna suplanta a la política. El dinero ha conseguido comprar todo. Ha comido todo, lo ha masticado y ha escupido las sobras, que es lo que ha quedado para el resto de la gente. Estamos en un mundo de desigualdad. Antes pensábamos que la desigualdad era cuando veíamos en un anuncio de Oxfam a un niño con hambre en África, llorando, con moscas alrededor. Pero no; ahora lo tenemos a veinticinco metros de nosotros. ¿Qué hemos hecho, joder? Pero, ¡¿qué cojones hemos hecho?!

-El hecho de que ese tipo de personas, como Trump, llegue al poder o se produzcan otro tipo de fenómenos políticos también ha sido permitido por el pueblo, por el electorado.
No siempre. El dicho es: “Tenemos a los políticos que nos merecemos”. Pues no es así. A mí, nadie me preguntaba quién va a liderar el PSOE, sino a los militantes. Yo no decía nada sobre que Rajoy fuera el candidato después del señor Aznar. Yo no sabía qué coño era Podemos y tú tampoco. 

Luego se nos presenta un panorama para unas elecciones y pienso que hay mucha gente que se siente huérfana. Nos faltan ideólogos. Pero es que cuando la política pierde su poder frente al dinero, ¡vete tú a saber quién va a ser el candidato dentro de unos años! Quizás en EEUU hay unas elecciones entre Mickey Mouse y Trump. Y entre los dos, casi prefiero al primero [risas].


-Se mostró “avergonzado” y “devastado” por el "sí" en la votación del Brexit.

Sí, siento vergüenza de mi país de nacimiento. Yo nunca he visto una campaña tan sumamente sucia. Pensaba que escondíamos con más amabilidad y elegancia nuestra mala hostia. Pero no, la campaña estuvo llena de mentiras. Y es raro que los políticos ingleses mientan, y, más aún, que lo haga un inglés. Nosotros utilizamos más lo que yo llamo la economía de la verdad. Los que votaron el Brexit, lo hicieron envueltos con la bandera de la Union Jack, confundidos por un patriotismo terrible.

En la historia de Reino Unido, un británico puede sentirse orgulloso de que hayamos sido luchadores antifascistas dos veces en guerras. Y ahora hay otro capítulo, en el que en momentos de terribles incertidumbres, el Reino Unido ha dado la espalda a Europa. No creo que mi padre, que estuvo seis años tras las líneas enemigas durante la Segunda Guerra Mundial, luchara para esto. 

Además, el voto del Brexit, ha sido un sufragio de arrogancia severa, xenófobo y racista. Y creo que todos estos adjetivos que estoy usando tienen algo que ver con lo que pregonó Hitler. Cuando las cosas van mal, necesitas cagarte en alguien, y será en cualquiera menos en nosotros. ¿Cómo podemos pensar que podemos vivir perfectamente sin nuestros amigos europeos? ¿Quién coño nos creemos?


-Usted se crio en un hotel familiar en Blackpool.

Sí, fue maravilloso. Había mucha playa, mucho fútbol y muchos coros. Nuestros principales clientes eran la clase obrera, los mineros sobre todo, y no había mina que no tuviese coro. También en Blackpool teníamos una fábrica de armas… Realmente, Blackpool era como un Las Vegas a lo cutre. 

Y eso es muy cutre porque Las Vegas es bastante cutre en sí [risas]. Es un poco como Atlantic City. Había muchas tragaperras y tal, pero nuestros clientes eran más bien mineros de Yorkshire, Gales y Escocia, a los que yo veía como a gladiadores. Recuerdo haberme quedado dormido muchas noches al son de los coros. Yo salía del colegio a las 16.00 y a las 17.00 sonaba la sirena del cambio de turno y venían al hotel. Tenían unas manos muy grandes y todos tenían sus opiniones, pero nadie les escuchaba. 

Ahora me pregunto qué será de ellos. Thatcher cerraba sus minas y, por consiguiente, cerraba sus pueblos. Eran nietos de la Revolución Industrial que hizo a Reino Unido grande, pero resultó que ni siquiera eran obreros, sino sobreros. No hubo ningún intento, ni siquiera amago, de transformar sus pueblos, ni de darles nuevas habilidades. Simplemente, dejaron de existir.

-Allí dio sus primeras patadas a un balón.

Sí. Es que el futuro de ellos, de esos obreros, iba a ser el mío, de no ocurrir un milagro. Y yo dudaba de que pudiera hacer lo que estos gladiadores hacían. Lo esquivé jugando al fútbol. Y desde entonces he estado esquivando el trabajo [risas]. Tendría mucha cara para decir que yo trabajo, sobre todo proviniendo de donde yo provengo.

-En su época del Liverpool, eran el orgullo del pueblo machacado por Thatcher.

Sí, pero tampoco es que el Partido Laborista se cubriera de gloria. Ella podía ir cerrando minas, fábricas y astilleros porque tampoco nadie allí iba a votar a los conservadores. Eran todas ciudades laboristas. Me acuerdo de que cuando yo jugaba en el Liverpool, el alcalde era aficionado del Everton y la retó. Mira, tú puedes retar a quien quieras, pero no retas a la Thatcher. Él decidió seguir invirtiendo y gastando dinero hasta que Liverpool se quedó en bancarrota, sabiendo que ella tenía que rescatar Liverpool o una grandísima ciudad se iba a tomar por culo. Y nos fuimos a tomar por culo.

Me acuerdo cuando fiché por el Liverpool y mi mujer y yo estábamos buscando casa en la ciudad. Ella es muy buena nadadora y fuimos a una piscina. Yo tenía esta cadena de oro [la saca del interior de la camisa y la muestra] y cuando estaba cambiándome, vinieron dos niños y uno me preguntó: “Tú eres futbolista, ¿no?”. Yo pensaba que me había reconocido. 

Y dije: “Sí, sí”. Él respondió: “Ya, me lo imaginaba porque sólo los futbolistas pueden tener una cadena de oro”. En aquellos tiempos, Liverpool era tal vez la única ciudad que yo conocía en la que los niños salían a la calla a morder a los perros. Aquello era duro y nosotros [se queda en silencio unos segundos] fuimos la única buena noticia que tenía esta gente. Ellos, como decíamos antes, fueron comidos, masticados y escupidos. Sobrantes, obreros.

-¿Les pesaba, le pesaba, el que fueran la única buena noticia de la ciudad en aquella época?

Sí. En aquellos tiempos, los dos equipos no salían juntos. Salía primero el visitante y luego nosotros. Entonces, recuerdo a nuestro entrenador, Joe Fagan, como a un sargento de Canción triste de Hill Street, que antes de salir nos decía: “No olvides: esta gente os ama con toda su alma. Ámalos también”. Y era todo una emoción… era casi un chantaje moral. Yo nunca me acostumbré a tener esta maravillosa responsabilidad. Cuando jugaba como visitante, salías al campo y con los primeros acordes de You’ll never walk alone salían aquellos gigantes rojos. Entonces, te sentías como un cordero camino del matadero [risas]. Tu rol era perder, irte a casa e intentar no romper nada.

Después de unos años, llegué a jugar para el equipo de mis sueños, salí quinto justo en el estribillo de You’ll never walk alone. Lo que yo había cantado años antes, ahora lo cantaban para mí. Yo nunca iba a caminar solo. En ese momento, me hubiese cambiado por ser uno de esos corderos camino del matadero. Llegué a cuestionarme si yo estaba a la altura de semejante adoración. ¿Fui suficientemente grande para nunca caminar solo el resto de mi vida? Eh… uf…. [duda] ¿Era tal vez demasiado consciente? Muchas veces, en esos momentos, la inconsciencia es un grado a favor. Me acuerdo de que, después de ese partido, un periodista me preguntó si pesaba la camiseta. Y yo le dije: “Mucho, porque yo estoy acostumbrado a llevar el ‘9’ y llevo el ‘10’, dos números. Pesa la hostia” [risas].

-Entonces, ¿se siente digno de nunca caminar solo?

Lo que puedo decir es que hasta que yo me fui, cumplí con el propósito que siempre he tenido en todo lo que hago en la vida: ser generoso con tu esfuerzo y ofrecer todo lo que tienes. Eso sí lo hice. Aquella temporada también ganamos un triplete, algo que nunca había conseguido un club inglés hasta entonces. Intenté hacerlo lo mejor que podía, que es lo mínimo. Di todo lo que tenía.

-Pese a todo, llegó a votar a Thatcher en una ocasión.

Sí, y me arrepiento. ¿Sabes por qué la voté? Porque no entendí a Neil Kinnock [candidato del Partido Laborista], que estaba a favor del desarme unilateral. Mi padre era conservador y nunca hemos estado de acuerdo políticamente. Pero aquel fue uno de esos momentos despistados en que le hice caso. Me arrepiento y se lo dije al muy cabrón de papá [risas]. Él me decía: “¿Cómo puedes votar a alguien que va a dejar a Reino Unido indefenso ante enemigos como la URSS?”. Y me lo tragué.

-Es usted laborista entonces.

Sí, pero yo quizás soy de las pocas personas sobre la faz de la Tierra que piensan que Jeremy Corbyn puede ganar. El viento está a favor.  (...)

-Después se fue a acabar su carrera en el Osasuna. Para un ateo como usted, debía resultarle extravagante y sorprendente que rezaran en el vestuario antes de saltar al campo.

Ateo o galopantemente agnóstico. Era realmente un shock. Yo recuerdo que íbamos desbocados hacia el descenso y pensaba que ellos se habían equivocado con el fichaje y se creían que habían fichado a Copperfield o a Spiderman. Le comenté a mi padre: “Papá, este equipo desciende”. En mi debut, en San Mamés, perdimos 4-1, pero podía haber sido 12-2. Al acabar, llamé a mi padre y le dije: “Papá, mis sospechas se han confirmado: somos muy malos. Fíjate si somos malos que tenemos que rezar antes de salir” [risas]. Claro, que también el equipo era del Opus Dei [risas].

-En aquella época, media España aún no se había modernizado.

En Inglaterra tenemos villages, towns y cities. La diferencia es la presencia de una catedral. Sin embargo, en España, durante un tiempo, una ciudad de rango se distinguía si tenía un Corte Inglés. Después, el despilfarro de pasta ha llegado a tal punto que ha sido desplazado por un aeropuerto.

¿España le pilló entonces un poco en fuera de juego?

No, me parecía fascinante, me sentía como un perro con dos rabos. Era muy distinto a Reino Unido. También eran momentos políticamente románticos. Había dos grandes oradores: Batman y Robin, Felipe [González] y Alfonso [Guerra]. Yo viví la época dorada de España, cuando ya progresábamos y salíamos un poco de la sombra de los Pirineos. Lejos de sentir algo a lo Bienvenido Míster Marshall, me parecía fantástico. De verdad, porque yo tenía un pequeño complejo por no haber pasado por la universidad. El fútbol me había robado la universidad, pero también podía devolvérmelo con un erasmus muy bien pagado. O decentemente pagado al fichar por Osasuna [risas]. Para mí, era una experiencia de vida. Mi decisión de venir a Osasuna no fue puramente deportiva.

-En su época de futbolista practicó mucho el tercer tiempo.

Después de los partidos sí, me ponía las botas. Pero nunca consumía alcohol cincuenta y cuatro horas antes. Curiosamente, en la comida prepartido era muy frecuente en todos los equipos, no sólo en Osasuna, tomar un sorbo de vino. Entonces, todos los jugadores querían estar en mi mesa porque sobraría una copa de vino. Después de los partidos sí, era como la zanahoria después del esfuerzo.

-El periodismo deportivo, desde hace años, se ha convertido en buena parte en sensacionalismo y chufla, como El Chiringuito de Pedrerol, con quien compartió muchos años en televisión. ¿Qué opina?

Habrá gente a la que seguramente les entretiene. Hay gente para todo. Yo lo que quiero es que Josep [Pedrerol] sea feliz. No veo el programa y no es algo que yo consumiría, pero hay gente que lo ve; si no, no lo estaría haciendo. Menos mal que estamos en España y se puede elegir lo que uno consume. (...)"                   (Entrevista a Michael Robinson, Eduardo ortega, Público, 05/06/17)

12/12/18

Ángel Cappa: “El fútbol sigue perteneciendo a la clase obrera”

"River Plate y Boca Juniors, los dos equipos con más seguidores de Argentina, juegan a las 20.30 del domingo 9 de diciembre un partido insólito. Nunca antes se han disputado el título de la Copa Libertadores, nunca un partido ha estado rodeado de elementos tan contradictorios.

 La celebración en Madrid del partido de vuelta de la final —el de ida terminó en empate— ha enojado a seguidores de ambos equipos por cuanto supone una nueva constatación de que las aficiones apenas son un factor a la hora de programar ese espectáculo llamado fútbol. También ha creado un debate sobre seguridad y violencia que, en no pocos casos, ha estado teñido de prejuicios hacia las sociedades latinoamericanas.

Ángel Cappa (Bahía Blanca, Argentina, 1946) ha entrenado equipos en cinco países distintos. Entre los clubes a los que está ligado destacan los nombres de Olimpo, club en el que desarrolló su carrera como jugador, el Real Madrid, donde obtuvo un título de liga junto a Jorge Valdano, y River Plate, el club que llega hoy al Bernabéu como local y que ha defendido hasta última hora su intención de jugar la final en su campo, el Monumental de Buenos Aires. Como casi todos los analistas, Cappa subraya la igualdad de los dos contendientes, aunque denuncia la desigualdad deportiva que genera que el partido no se juegue en la cancha de River Plate.

Si la identificación de política y deporte está siempre bajo sospecha, el contexto de este River-Boca y la trágica situación económica de Argentina convierten este encuentro en una especie de punto de llegada de una crisis estirada durante largo tiempo. Una crisis política que ha tenido reflejo en otra crisis futbolística salpicada de los mismos ingredientes, corrupción, explotación, falta de un modelo. 

El hecho de que el partido se haya deslocalizado a Madrid abunda en la percepción de que el fútbol que se proyecta para el futuro se sitúa al margen de las raíces que lo convirtieron en el principal entretenimiento popular de Argentina.

¿Qué significado tiene el partido que se juega el domingo en Madrid?  
Lo primero que se me ocurre es que es un atropello a la gente. Como siempre. Una falta de respeto absoluta al fútbol argentino, al fútbol sudamericano y a la gente. En segundo lugar, sospecho que detrás de todo esto hay un negocio, por los personajes que están ahí alrededor, porque no hay ningún fundamento para hacer lo que hicieron.

Es decir, el incidente que provocó la suspensión del partido ocurrió en el trayecto al campo de juego, de modo que el responsable es el ayuntamiento de la ciudad de Buenos Aires. Hasta el punto que el responsable de seguridad del Ayuntamiento renunció, porque dijo que era un fallo de la seguridad. 
¿Qué tiene que ver River? Absolutamente nada. ¿Cuál es la responsabilidad de River en esto? Ninguna. 

En el estadio había 70.000 personas que estuvieron siete horas esperando y les decían “dentro de una hora, dentro de dos, bueno vengan mañana” Y fueron al otro día. Y no hubo ningún incidente. ¿Cuál es la razón de sacar el partido y llevarlo a otro país? No hay ningún fundamento, ninguna razón para hacerlo. Sospecho que es un negocio enorme para muchas empresas. Entradas caras, se va a llenar el estadio, las compañías de aviación han triplicado el precio del pasaje de Buenos Aires a Madrid, hoteles, etc. Es un enorme impulso económico.

Porque, que tiren piedras a los autobuses pasa en casi todos los países casi siempre. Yo he trabajado en muchos países, acá mismo he sufrido que me hayan tirado piedras a un autobús y que una vez rompieran un cristal, en una cancha, no te voy a decir dónde para no hacer una polémica absurda. El otro día se vio por Youtube, con el Manchester City entrando en el campo del Liverpool, que le tiraron de todo, pero de todo. 

Hubo una ventaja, que los cristales eran irrompibles. Si aquí viene el Barcelona, sale del hotel, le tiran piedras, qué se yo ¿qué tiene que ver el Real Madrid? El Madrid es responsable de lo que sucede en el estadio... Por eso esto es una arbitrariedad sospechosa. 

¿Crees que se ha hecho un discurso lindando lo xenófobo, que comparaba un fútbol civilizado europeo con un fútbol y, por extensión, unas sociedades salvajes en Latinoamérica?  
Sí, lo han querido hacer y creo que lo han hecho a propósito. Mucha gente, gente que no tiene la posibilidad de informarse, me dice “qué país violento el tuyo”. Sí, claro, de parte de los dirigentes violentos de mi país, porque castigan sin parar a la gente. Incluso dentro de Argentina hubo periodistas que decían “qué país de mierda que tenemos”. 

Y no es cierto, además, hicieron una emboscada al autobús. Cuando estaba entrando, lo rodearon de gente y no había policía, no había nadie. Esto también es sospechoso ¿por qué no había nadie en ese momento? Todo es sospechoso y no hay ningún fundamento para hacer lo que hicieron.

Ha habido una campaña para que todo el mundo crea que como el fútbol argentino es súper violento no se puede hacer un partido de River y Boca. Jugaron en Boca y no pasó absolutamente nada.

El partido parece una especie de punto de llegada del declive del fútbol argentino que tiene largo recorrido: la liga ha perdido mucho peso, la selección lleva tiempo a la deriva, la federación (Asociación del Fútbol Argentino, AFA) ha tenido múltiples problemas. ¿Hasta qué punto ese deterioro marca el encuentro de hoy?  
El fútbol argentino está organizado desde hace muchos años simplemente para vender jugadores. Es un campeonato que se hace para eso desde hace 30 años, más o menos. Antes un jugador aspiraba a jugar en los equipos grandes de Argentina, ahora aspira a irse. Y se van muy jóvenes, se van proyectos. 

Este chico, [Exequiel] Palacios, que juega en River, es un proyecto de jugador, no sabemos cómo va a terminar ese proyecto, aparentemente bien, porque tiene condiciones, pero es un proyecto. Lautaro Martínez es otro proyecto del fútbol argentino que está en Italia. Antes se iban los jugadores consagrados, después cada vez iban bajando el nivel de exigencia, y ahora se van los proyectos.

Es un campeonato que no tiene identidad propia, que fabrica jugadores para los centros de poder económico-futbolísticos. No solamente Argentina, toda Sudamérica. Uruguay, Brasil, Colombia, Perú... Toda Sudamérica fabrica jugadores para los centros de poder. Entonces claro, el nivel futbolístico bajó, los equipos no se sostienen más de seis meses, porque enseguida se venden los jugadores.

 Juegan los que están saliendo y los veteranos que vuelven de Europa. Está jugando Ponzio como figura en River y aquí jugaba de lateral derecho en el Zaragoza hace yo que sé cuántos años. Cuando el Zaragoza estaba en primera.

Y después, los dirigentes del fútbol argentino han contribuido con su ineptitud a este deterioro prácticamente absoluto. La AFA es el símbolo de lo que pasa en Argentina. Lo que está ocurriendo en Argentina: fueron a elegir presidente, eran impares los que elegían y resultó empatada la elección, porque se hicieron trampas entre ellos.

 Hicieron un contrato de cuatro años a Sampaoli, el presidente dijo “no importa cómo salga en el mundial, acá tenemos que hacer un proyecto...” Terminó el mundial y lo echaron, y además no querían ni pagarle todas las cláusulas que le hicieron. Todo el fútbol argentino es un despropósito detrás de otro.

Las barras bravas tienen complicidades con las autoridades, con dirigentes, con políticos, con sindicalistas burócratas, inclusive con parte de la policía, porque manejan un gran negocio. Hace mucho tiempo que se les fue de las manos. Empezaron a tener poder propio. 

Cuando había enfrentamientos entre ellas, ¿qué hicieron las autoridades? Decidir que no vayan los visitantes a los campos de juego, para que no haya pelea. Una medida ridícula. En vez de solucionar el problema van tapando agujeros. Es un fútbol completamente deteriorado.

¿En qué medida el actual presidente Macri ha tenido que ver en esta deriva de privatización del fútbol que está teniendo lugar?  
Macri es un súbdito de Estados Unidos, uno de los más fieles, en la aplicación de medidas neoliberales y, entre otras, una es la privatización de las empresas. También están tratando de vaciar y de destruir Aerolíneas Argentinas, una vez más. En el fútbol hay un proyecto para privatizar los clubes. 

Lo hicieron con Racing [de Avellaneda] hace un tiempo y resultó muy mal, fue un desastre económico y de todo tipo. Y ahora insisten en la privatización de los clubes, por supuesto, y Macri está en ese proyecto. Por ahora parece que se resisten los clubes, vamos a ver cuánto dura.

Una semana después de los hechos que provocaron la suspensión de la vuelta River-Boca se produjo una gran manifestación contra la cumbre del G-20 y contra el Gobierno de Macri, ¿Cómo ves la situación en Argentina?  
En Argentina hay una resistencia organizada, hay mucha concientización en los barrios, en sindicatos combativos, organizaciones sociales que están haciendo manifestaciones permanentes, hacen reclamos, resisten, y van a la calle. Por eso, cada vez, la represión en Argentina es mayor. Ya van tres o cuatro muertos, empezando por Santiago Maldonado, Rafael Nahuel, y siguiendo por dos chicos que han matado hace poco.

 Y ahora, [Patricia ‘Pato’] Bullrich, la ministra de Seguridad, acaba de presentar un proyecto de ley para permitir que la policía dispare si ve la insinuación de alguna violencia, que disparen sin ningún tipo de objeción. Lo que se llama en Argentina el gatillo fácil. Es una barbaridad.

Lo hacen porque la resistencia es muy abundante y es muy combativa, no solamente en Buenos Aires, también en Córdoba, Mendoza, Tucumán y en otras ciudades del país. Las medidas neoliberales están siendo un evidente saqueo. 

Argentina tiene hambre, cosa que no ocurría desde la época de la dictadura. Hay hambre por la calle, la pobreza ha aumentado —cuando se mide la pobreza de allí no se puede medir cómo se mide la pobreza en Europa—, la pobreza es no tener para comer hoy.

Con eso encima de la mesa, ellos ya prevén, porque ya saben que hay barrios, y hay organizaciones combativas, que la represión será mayor. Y por eso facultan a la policía para que dispare, para aterrorizar a la gente. La gente va a la manifestación y por ahí te pegan un tiro porque te vieron tirar una piedra o dicen que estabas tirando una piedra y se terminó.

Entre paréntesis, fíjate cómo es la derecha de aquí de España, en los diarios de derecha —El País, El Mundo, no digo los panfletos—, que no dice una sola palabra de lo que está sucediendo en Argentina. Ni una palabra. Todos los índices económicos de Argentina, todos, son un desastre, inclusive los índices macro, los que aparentemente son para beneficiar a la oligarquía. Porque la gestión de Macri es de una ineptitud casi cómica, si no fuera tan trágica. 

Y acá no dicen una sola palabra, mientras todos los días hay algo sobre Venezuela. Y hablan de derechos humanos. Es increíble. No es solo Argentina, ni una palabra de Brasil, de Honduras, de Marruecos... ni una palabra. Lo que es, es un negocio. En Argentina hay 18 empresas, o más, españolas que se están aprovechando de la situación, naturalmente. Entonces, ni una palabra de Macri.

¿Cómo acompaña el fútbol a ese proceso?  
Había un hit que hicieron en Argentina contra Macri y lo cantaban en todas las canchas. Macri no tiene margen para el engaño, Macri trata de engañar todos los días, dice “este semestre ya terminó la tormenta”, pero a la gente cuando no come no hay manera de engañarla. 

Acá es más fácil porque la gente viste, come todos los días, acá puedes decir lo que quieras. Allí no, porque la mayoría de la gente está hambrienta. No hay manera de engañar a la gente en esa situación. Y la gente que va a la cancha es esa gente también.

Después, hay gente de clase media que también empieza a sufrir las consecuencias de esta gestión horrorosa. Cuando habla Macri está claro que repite eslóganes que no sabe ni lo que dicen. Por ejemplo, ese tópico que se dice “es que esto es como una familia, si uno gasta más de lo que recibe...” esa estupidez, esas estupideces, también están afectando a la clase media. Ya los únicos que lo sostienen son los capitales, el “capital de la timba”, que se dice, el capital financiero, que sí que gana dinero. 

Macri decía que con estas medidas [de austeridad] iba a venir un paquete de inversiones, no vino ninguna lluvia, ni siquiera una nube. Lo que sí vinieron fueron inversiones para la timba, para meter dinero en los bancos y salir rápidamente. Los bancos están en un 74% de interés, una cosa histórica. Hay mucha gente que pone dinero, diez millones, en los bancos y lo saca al mes y gana yo qué sé cuánto.

No hay forma de que el fútbol engañe. Puede entretener porque, por más que sea una crisis, la gente también se enamora, la gente va al cine y la gente hace al amor, y la gente va a un partido de fútbol. Pero no es que esté engañada. Con todo lo que pasó, este River-Boca ha generado una expectación muy grande pero, así y todo, hubo en el G-20 una manifestación —totalmente controlada, lejos absolutamente de donde estaban los gobernantes— en la que hubo muchísima gente, cosa que no te habrás enterado si lees El País y El Mundo.

Viniste a España en el año 76, y estabas aquí en el 78 cuando organizasteis un boicot al mundial pero luego pasa, como comentaste en una entrevista reciente en Jot Down, y nos pasa a todos los futboleros que, a pesar de las terribles circunstancias uno termina viendo el partido.  
Yo no lo organicé pero participé. El boicot era para denunciar la dictadura militar. Pero es que han ocurrido cosas dramáticas. Estuve en una charla sobre el boicot que organizamos con expresos de la Esma (Escuela de Mecánica de la Armada) y me contaron que vieron el partido junto con los torturadores."                (Entrevista  a Ángel Cappa, Pablo Elorsuy, El Salto, 09/12/18)

10/9/18

Pasolini: “El fútbol es el único gran rito que queda en nuestra época”




"El enemigo. La cultura entera se levanta en armas cuando se menciona. Los libros, la música, las exposiciones, el teatro... saben que no pueden competir con él: es su némesis. 

En un gran partido, durante un campeonato europeo, no digamos un Mundial, la industria del ocio se para, abonando la inquina contra el deporte rey: despreciarlo es de buen tono en ciertos círculos artísticos y académicos. 

Un juego para estúpidos jugado por estúpidos, alienante, peligrosamente populista, enaltecedor de patrioterismos y nacionalismos desaforados. Y por si esto fuera poco, megamillonario. El maldito fútbol. (...)

Pero están las excepciones: los traidores tifossi, los hinchas vendidos, los forofos renegados. Como Pier Paolo Pasolini.

“El fútbol es el único gran rito que queda en nuestra época”. Una afirmación tan rotunda solo podía venir de un italiano forofo, tanto, que por su Bologna (Bolonia) se enzarzaba en agrias discusiones chiringuiteras. No solo eso; protagonizó la famosa anécdota futbolera-cinéfila del partido entre los equipos de Saló y Novecento. 

 Bernardo Bertolucci rodaba su superproducción a pocos kilómetros del lugar donde lo hacía quien en su día le había dado la oportunidad de comenzar en el cine como ayudante de dirección en Accatone y el pique entre ambos era manifiesto. 

¿Qué mejor que medir sus fuerzas en un campo de fútbol?  Pero il capitano Pier Paolo abandonó el terreno de juego a medio partido, enfurecido por la poca pasión que sus actores y técnicos pusieron en un encuentro que perdieron 5-2. No hay amistosos en el calcio.
El director rossoblu –tras su asesinato enterrado con la camiseta del club de aficionados que él mismo creó– afirmaba que el fútbol era un lenguaje específico con sus poetas y sus prosistas. “Quien no conoce el código del fútbol no entiende el significado de sus palabras (los pases) ni el sentido de su discurso (un conjunto de pases)”. 

Más allá de semióticas, lo que queda claro para cualquier aficionado es que el fútbol se encuentra emparentado con la épica (épos: palabra, historia, poema), la tatarabuela de todas las narraciones desde hace 3000 años; la de los dioses de la victoria y el fracaso; los héroes inventados por Homero. 
Pero a pesar de tanto supuesto potencial narrativo, el cine pocas veces ha sabido retratar con grandeza a su rival, un monstruo tan grande que no cabe en la pantalla. Hay que cortarlo, trocearlo, reducirlo a cliché o a chiste. En el mejor de los casos, convertir el campo de fútbol en coliseo romano, un sugerente paisaje propicio para que el director se luzca en una bella excusa. Como en El secreto de sus ojos (Campanella, 2009)

Cierto es que abunda el cine no narrativo sobre las estrellas del balón, en ocasiones firmado por reputados cineastas –trabajos en su mayoría alimenticios– casi siempre ejercicios de estilo aburridos, destinados a los hinchas reclacitrantes, donde reparten juego los más polémicos, como George Best o rodeados de escándalos como Benzemá. 

O un Maradona filmado por Kusturica (2008) aunque en este caso el serbio sea fan de la mano de Dios.  A veces salta la chispa. En Zidane. Un retrato del siglo XXI(Gordon y Parreno, 2006) Zinedine Zidane, uno de los mejores jugadores de la modernidad, protagoniza en un ejercicio de metalenguaje improvisado reproduciendo en un Real Madrid-Villarreal su dramática expulsión –pathos y narración– durante la del final del Mundial de Alemania 2006, en una vuelta de tuerca sorprendente que deja en el aire un interrogante sobre el misterio del propio jugador, preso de la hibris de un héroe trágico.  
El cine de ficción se resiste aún más que el documental a dejarse la piel en el campo. Argumentos banales, realizaciones planas o vacías, sin atisbo de reflexión en ese lenguaje que tanto le interesaba al poeta Pasolini. En España fue vano el intento de transmutar al celuloide a Alfredo Di Stéfano, “la saeta rubia”, paradigma de la estolidez de la mayoría de estrellas deportivas, incapacitadas para expresarse más allá de un regate o un gol de volea, demostrando la dificultad que entraña ponerse delante de una cámara: no todo el mundo puede ser actor de cine, como no todo el mundo puede ser deportista profesional. 

Caso aparte representa Eric Cantona: el internacional francés desarrolla una carrera como intérprete en grandes producciones e incluso con Ken Loach en Buscando a Eric (2009). Rara avis además por ser un conocido activista -no por casualidad: su abuelo español fue un exiliado de la República- a favor de los refugiados, contra las políticas de recortes europeas y los excesos del sistema bancario. Seguro que a Pasolini le hubiera gustado jugar un partidillo con él.

Hay excepciones: Evasión o Victoria (1981) resulta una divertidísima obra menor de John Huston, en la que Ardiles, Pelé, Van Himst y Bobby Moore meten goles a la selección nazi en plena segunda Guerra Mundial, capitaneados por un Michael Caine que, como buen inglés, incluso se defiende con el balón. 

El guión se inspiró en el “Partido de la Muerte” jugado en 1942 entre ucranianos prisioneros y una selección de la Werhmacht arbitrados por un oficial de las Waffen-SS, en la que los primeros golearon a los segundos a sabiendas de lo que supondría: tortura, deportación y muerte. De nuevo heroísmo, pathosy épica. 

La pelota golpea a la cámara, revelando que el juego más popular es a la vez tan simple y tan enorme –la clave de su universalidad– como imposible de captar. Porque, ¿puede contar el fútbol más allá de sí mismo? Gracias a las reivindicaciones feministas y a la mirada de cineastas no occidentales, encontramos unas cuantas goleadas a los tópicos y convenciones del imaginario futbolístico.

La película de la cineasta angloindia Gurinder Chada Quiero ser como Beckham, verdadero blockbuster en su modesto presupuesto, se atreve a competir con unos cuantos tabúes, de esos que hacen temblar a los “largueristas” y forococheros: el feminismo, el intercambio entre culturas y la necesidad de acabar con los prejuicios que coartan la libertad, el placer, la búsqueda de la felicidad. 

Mucho más difícil que la muchacha sij de la película británica lo tienen las chicas de Offside, de Jafar Panahi, Oso de plata de Berlín, 2006. La cinta fue prohibida en Irán, donde las mujeres tienen prohibido asistir a los partidos de fútbol para “protegerlas” del lenguaje obsceno y el peligro que para su decencia supone estar rodeada de hombres desenfrenados. 

Offside es un verdadero canto de amor al fútbol como instrumento de igualdad y de libertad contado a través de la peripecia de un grupo de chicas vestidas con ropa de hombre para poder colarse en un partido de la selección iraní contra la de Bahrein. 

Detenidas por soldados que hacen la mili, pasan el partido encerradas en el exterior del estadio, en un precioso ejercicio de fuera de campo -por partida doble- en el que el represaliado Panahi muestra la hipocresía de las autoridades iraníes para con las mujeres. 


Aún queda mucho por contar, como la homosexualidad en los vestuarios, uno de los grandes tabúes de un deporte que hasta hace poco era el paradigma de la masculinidad más rancia y que el auge del fútbol femenino ha puesto en entredicho. 

Y más allá de documentales hagiográficos, la historia de los futbolistas europeos de origen africano o antillano, como los integrantes de las selecciones de Bélgica y Francia. 

Salidos de las banlieue, de las barriadas, con el deporte más barato como único ascensor social, odiados por los lepenistas, por los racistas y ultraderechistas cada vez más fuertes en toda Europa, estas estrellas del deporte proyectan su imagen más allá de los campos de juego hasta llegar a quienes caen en el Mediterráneo huyendo de la guerra, de la miseria o son cercados como sospechosos de terrorismo. 

Estos triunfadores sí pueden celebrar para el mundo entero aquello que es propio de todos los seres humanos: la libertad en el juego, en el disfrute y la diversión. Cosas muy serias, como el fútbol."                  (Pilar Ruiz, CTXT, 18/07/18)

10/1/17

“También nos roban el fútbol”... las multinacionales y las televisiones

"¿Son el Real Madrid y el Barcelona sólo clubes de fútbol o más bien se trata de franquicias deportivas? Sobre el papel, en su día no se convirtieron en sociedades anónimas, pero en la práctica operan igual que multinacionales del entretenimiento.

 En 2008 los ocho clubes españoles que compitieron en la Copa de Europa (Champions League) contaban, desde cuatro años antes, con plataforma en Internet, seis de ellos con servicios de televisión y la mayoría con emisoras de radio. Tienden, además, a fichar futbolistas que rebrillan por su “marca” en el mercado global.

 Cuando el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, cerró el fichaje del brasileño Kaká, fue una de las primeras ideas que destacó: la contratación del “astro” brasileño había permitido la firma de nuevos acuerdos de publicidad y patrocinio. 

Durante la última década se multiplicó por diez el dinero pagado por las multinacionales para esponsorizar clubes de las grandes ligas europeas. “También nos roban el fútbol”, titulan Ángel Cappa y María Cappa el libro recientemente publicado en la colección A Fondo de la editorial Akal. 

Adidas ha llegado a pagarles en un año 38 millones de euros al Real Madrid y otros 27 millones al Bayern Munich en calidad de espónsor. No parece que malbaraten los capitales: el millón de zamarras vendidas con la “marca” Cristiano Ronaldo en la temporada 2013-2014 superaron en 80 millones de euros lo que costó el fichaje del futbolista. 

A los dos días de anunciar el club merengue la adquisición de James Rodríguez, se vendieron 300.000 camisetas con su nombre. Pero el negocio tiene su reverso, detallan los autores del libro de 270 páginas que aborda la mercantilización y “robo” del balompié a sus aficionados desde múltiples puntos de vista. 

Según afirmaciones del ministro de Desarrollo de Alemania (recogidas en el ensayo a dos voces), la camiseta oficial de la selección germana costaba 85 euros en 2014, de los que 37,4 se quedaban en las tiendas oficiales, otros 13,5 euros en impuestos (en concepto de IVA), mientras que 16,2 euros retornaban a la empresa proveedora (en este caso Adidas); el resto del capital se distribuía entre fabricantes, intermediarios, la federación alemana de fútbol, gastos de marketing, distribución y otras partidas. 

A las obreras del zurcido se les remuneró con 15 céntimos por camiseta. Pero la compraventa de las elásticas configura sólo una parte del entramado mercantil que rodea a este deporte adjetivado como “rey”. Incluso el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, planteó en 2015 la compra a través de su consorcio empresarial de un club de fútbol, el Atlético Nacional de Colombia, por 100 millones de dólares. 

Ángel Cappa es entrenador de fútbol y ha trabajado en clubes como el Real Madrid, el Tenerife y los argentinos River Plate y Rácing de Avellaneda. Además ha publicado cuatro libros sobre balompié: “Fútbol sin trampa: en conversaciones con César Menotti”, “La intimidad del fútbol”, “Y el fútbol, ¿dónde está?” y “Hagan juego”. 

En cuanto a María Cappa, ha ejercido el periodismo en medios como La Marea y el diario.es; también ha sido profesora de Investigación Artística en Dramaturgia en la Universidad Internacional de La Rioja. La selección de citas que incluye el libro revela el tipo de fútbol que reivindican los autores; a veces se apoyan en el testimonio de escritores e intelectuales: “Creo que el fútbol era hace setenta años más espontáneo y menos táctico, con la consecuencia de que se metían muchos más goles” (Miguel Delibes); “La clásica noción de juego sigue existiendo, pero sólo como condición subsidiaria; ahora la prioridad es desembozadamente mercantil. 

El jugador ha pasado a ser una pieza de consumo y de especulación” (Mario Benedetti); en otras ocasiones recurren a los profesionales: “¿Fútbol como diversión? Sería lindo recordarlo más veces, pero hay tanto dinero, tanto negocio que perturba” (Diego Forlán); “Yo no me voy del todo conforme si no disfruté de un partido” (Fernando Redondo). 

El libro de la colección A Fondo, coordinada por el periodista Pascual Serrano, aporta información prolija y una perspectiva global de un deporte que, aun en su estadio actual, el excapitán del Fútbol Club Barcelona, Xavi Hernández, asimila a “una pelota y unos amigos”. O que el señero exfutbolista del Real Madrid, Alfredo di Stéfano, capturaba en su esencia: “Para hablar de fútbol puedes poner los números que quieras: 4-2-4, 4-4-2, 5-3-2… Pero para jugar bien los números no sirven para nada”. 

Sin embargo, la pelota circula hoy por otros vericuetos. Una decena de clubes de la primera y segunda división españolas ingresaron más de 1.000 millones de euros en cinco años –entre 2002 y 2007- por las reclasificaciones urbanísticas. Una consultora financiera, KPMG, señaló en un informe que el fútbol español, en su vertiente profesional, generó más de 7.600 millones de euros (0,75% del PIB) de manera directa e indirecta en la temporada 2012-2013. 

Los autores mencionan las “multinacionales deportivas”. El Manchester United fue uno de los clubes que marcó la senda. Pero tampoco el entramado se sostendría sin el rol desempeñado por el periodismo deportivo, con un discurso en muchas ocasiones “banal” e “idiotizante”. Muestra de ello fueron los debates durante meses sobre el estado de melancolía de Cristiano Ronaldo. 

Karl Marx afirmaba que la religión era el opio del pueblo. Ángel Cappa y María Cappa subrayan las palabras de dos de las estrellas de la radio deportiva, José Ramón de la Morena y Manolo Lama, narrador este último en la Cadena Cope de los partidos del Real Madrid, quien explica: “Con todo lo que está pasando, con el paro, los dramas, la corrupción… Si la gente no está quemando las calles, es por el deporte”. 

El libro extiende la mirada al ámbito “macro”, por ejemplo, a los tejemanejes y tramas mafiosas urdidas por la FIFA (“representa mejor que ninguna otra institución la esencia del neoliberalismo”), a las que dedica cerca de 70 páginas muy documentadas; también a las dimensiones del deporte como actividad puramente crematística. 

De hecho, “ya forma parte de las industrias con mayor facturación del mundo, junto con la alimentaria, la farmacéutica, la armamentística y el narcotráfico, aunque ha sido la deportiva la que más ha aumentado en los últimos años; en 2012 su ratio de negocio creció a mayor velocidad que el del PIB mundial”.

 En 2014, la previsión de ingresos de los Juegos Olímpicos, el Mundial de Fútbol y la Super Bowl se elevó a 95.000 millones de euros (45.000 y 36.000 millones de euros en las dos ediciones anteriores). A ello se agrega el imperio de las televisiones que, afirman los autores del ensayo, “condicionan los reglamentos, la organización y los horarios de los encuentros”. 

El libro penetra en todos los frentes. Los acuerdos de la Liga de Fútbol Profesional (los explícitos y los ocultos) con Mediapro y Telefónica por los derechos de retransmisión televisiva de los partidos; el desembargo de grandes inversores en las entidades (multimillonarios rusos en el Chelsea, el Arsenal o el Mónaco; jeques árabes en el París Saint-Germain, el Manchester City o el Málaga; grandes fortunas de Singapur en el Valencia, o capital chino en el Español y el Atlético de Madrid); el monto global -3.400 millones de euros- que en el curso 2015-2016 el fútbol europeo dedicó a fichajes. No queda resquicio donde no entre el dinero.

 Al otro lado del “charco”, ejemplos como el de México, que Ángel Cappa y María Cappa explican en 15 páginas, desbordan cualquier límite (siete de los consorcios mexicanos más poderosos –entre ellos el Grupo Televisa, Grupo Pachuca, TV Azteca y Cementos Cruz Azul- se reparten hasta 15 entidades deportivas de primera división). 

Y si además, Pelé, “siempre amable con el poder, siempre moderado en sus opiniones políticas, es la figura ideal para cualquier operación de marketing”, ¿qué le queda al viejo aficionado, al niño que juega en las villas más pobres del mundo, de este deporte de origen plebeyo convertido en espectáculo, dinero, poder y disciplina? 

“Devolverle el fútbol a la gente”, concluyen los autores, que dedican el último capítulo –“Rebelión en la granja”- a las alternativas. En Europa, se han difundido en los últimos años algunos manifiestos contra el fútbol moderno, ése que paga 17 millones de euros anuales netos a Cristiano Ronaldo y 22,5 millones al barcelonista Leo Messi (2.200 y 2.900 veces por encima del salario mínimo).

 Entre las propuestas destacan la rebaja del precio de las entradas, la posibilidad de ver los partidos de pie, el respeto a las tradiciones de los clubes y la expulsión de los ultras violentos. En el caso español, Ángel Cappa y María Cappa han establecido una tipología de clubes modestos y recuperados por la afición. El primero es el Unión Club Ceares, de Gijón, que tras el fracaso en la gestión de un hostelero de la zona retornó a las raíces, a ser un equipo de barrio.

 Muchos de los directivos provienen del activismo político. En verano organizan actividades y fiestas, y se sienten muy a gusto jugando en tercera división. Principios similares rigen la actividad del Club de Accionariado Popular Ciudad de Murcia, refundado en 2010 tras dos desapariciones. Para no depender de empresarios, cada socio invierte 500 euros en cinco años. Promueven acciones contra el racismo y han constituido un equipo con personas discapacitadas.

 Por último, el Xerez Deportivo, que acumulaba deudas por valor de 30 millones de euros en 2013, se refundó antes de la quiebra y en sólo un año reunió a 5.000 socios. Esta sociedad deportiva sin ánimo de lucro es una de las que participa en el encuentro de clubes con accionariado popular, que tiene lugar una vez al año desde 2014.

 “Se trata de recuperar lo que nos quitaron –concluyen los autores-, los jugadores deberían sentir el fútbol como amateurs que, por otra parte, es la manera más eficaz de ser profesional”.                   (Enric Llopis , Rebelión, 06/01/17)