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14/2/22

Las Santas Misiones de la Iglesia Católica para recatolizar a los españoles en el franquismo

 "Existen muchos hechos de la dictadura franquista desconocidos lamentablemente para gran parte de la sociedad española. Si los conociera, dudo mucho que pudiera votar a determinadas fuerzas políticas, que no condenan el franquismo. Para corregir este déficit están los historiadores comprometidos y de trabajo independiente, aunque muchas veces su labor no solo no es apoyada por los medios, sino que es boicoteada.

Hoy me referiré a un conjunto de actividades desarrolladas en esta época tan tenebrosa, como fueron las Misiones de la Iglesia católica. Actividades muy importantes en el apoyo y legitimación de la dictadura. Mi primer conocimiento de ellas ha sido gracias al libro de Fernando Sanz Ferreruela de la Universidad de Zaragoza, Catolicismo y cine en España (1936-1945). Profundizando en el tema he conocido el artículo de María Silvia López Gallego, de la Universidad de Valladolid, La difícil relación de la Iglesia y la organización sindical española durante el primer Franquismo. La creación de la asesoría eclesiástica de sindicatos (1944-1959). También he consultado el libro ya clásico de William J. Callaham, La Iglesia católica en España (1875-2002). Y el artículo de Francisco Bernal García de la Universidad de Sevilla, titulado Restaurando el pueblo de Dios en la España franquista. Las misiones de la Asesoría Eclesiástica de Sindicatos, 1949-1972. Y accesible en la Red.

Una descripción muy completa de las Misiones de la Iglesia católica es del artículo espléndido y para mí un auténtico descubrimiento de Francisco Bernal, al que le tomo la licencia de exponer los aspectos fundamentales, con algunas otras aportaciones de la bibliografía citada. Le doy la enhorabuena por su trabajo y que creo que merece la pena ser conocido por la sociedad española.

Antes de iniciar la descripción, quiero hacer una reflexión. La Iglesia católica en España ha tenido y sigue teniendo un gran poder a nivel político, económico, cultural, social, y, por supuesto, religioso. Decía Montesquieu “que el poder corrompe y si el poder es absoluto, corrompe absolutamente”. Tanto poder ha tenido y sigue teniendo la Iglesia católica, que quizá ha llegado a interiorizar que tenía y “tiene” plena impunidad para cometer auténticas aberraciones, como los abusos sexuales a niños. También de que todavía se mantenga esa impunidad hoy son responsables la clase política, la justicia, los medios y la sociedad en su conjunto. Es mucho el poder de la Iglesia. Por ello, es intocable.

Los privilegios de la Iglesia católica fueron inmensos durante la dictadura -de ellos tratan las líneas de este artículo-, en pago por los servicios prestados, por haber justificado, legitimado y santificado la rebelión y la dictadura. Viene bien recordar que el 23 de noviembre de 1975, los dignatarios de la Iglesia y del Estado se congregaron en la enorme plaza situada frente al Palacio Real de Madrid para celebrar el funeral de Francisco Franco. El cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo y primado de la Iglesia española, y uno de los miembros conservadores de su jerarquía, fue el encargado de la homilía. Tras el recordatorio de la ceremonia celebrada en Madrid en la iglesia de Santa Bárbara del 20 de mayo de 1939, en la que Franco presentó su “espada de victoria” al cardenal Gomá, el cardenal Marcelo González Martín, rindió homenaje a ese “hombre excepcional” y le expresó su gratitud por su “fidelidad estimulante” a la nación y a la religión. Hecha esta introducción paso a describir las misiones de la Iglesia católica durante la dictadura.

A lo largo de la historia de la Iglesia Católica española, las misiones han ocupado un lugar destacado como instrumento de evangelización para las masas. En esencia, una misión era una campaña religiosa que se desarrollaba en una localidad durante unos días, generalmente entre siete y quince. En ellos un grupo de misioneros pertenecientes al clero regular, llegados desde fuera de la localidad, organizaba una serie de actos públicos de carácter religioso en los que intentaba involucrar a toda la población. Estas campañas buscaban revitalizar la vida religiosa de pueblos y ciudades y, especialmente, reforzar la labor pastoral de la Iglesia en zonas donde la presencia del clero era escasa o con una cristianización “deficiente”, debido a los bajos índices de práctica religiosa de sus habitantes. Nacidas del Concilio de Trento, las misiones se desarrollaron entre los siglos XVI y XVIII como uno de los métodos preferidos de la jerarquía eclesiástica para trasmitir su mensaje a la población. Numerosas investigaciones en el ámbito de la historia moderna han analizado esta técnica de comunicación religiosa, poniendo de relieve sus implicaciones culturales, sociales e, incluso, políticas. Menos estudiado ha sido el hecho de que la Iglesia siguiese otorgando a las misiones un papel destacado durante los siglos XIX y XX. Las misiones no son sólo parte de la historia moderna de España, sino también de su historia contemporánea. Durante todo el siglo XIX y las tres primeras décadas del siglo XX la Iglesia las fomentó como respuesta al proceso de secularización impulsado por la aparición del liberalismo, primero, y del republicanismo y el socialismo, más tarde. De este modo, lo que había sido una técnica evangelizadora característica de la religiosidad barroca pasó a convertirse en un arma para la defensa de una cultura tradicional católica que se sentía amenazada por los nuevos paradigmas emanados de la modernidad. Con la 2ª República en 1931 la actividad misional se vio considerablemente reducida-no confundir con las Misiones Pedagógicas, emblemáticas de la labor cultural de la II República-. Un régimen político de inequívoca vocación laicista, como era el republicano, no favorecía la celebración de una manifestación religiosa como la misión, buena parte de cuyos actos se llevaban a cabo en la vía pública y, por tanto, precisaban de una colaboración activa de las autoridades locales. Las escasas misiones que se realizaron durante el bienio radical-cedista se vieron rodeadas a menudo de tensiones: pueblos hubo en los que la llegada de los misioneros fue saludada con una amenaza de huelga general por parte de los sindicatos obreros.

Sin embargo, en 1939, con el final de la Guerra Civil, esta situación cambió radicalmente. La Iglesia católica vio en la victoria del Ejército franquista la oportunidad para llevar a cabo una profunda re-evangelización de la sociedad española. Con la derrota republicana quedaban expulsadas de la vida pública las fuerzas políticas que habían actuado como vanguardia del proceso de secularización. Para la jerarquía eclesiástica éstas eran las circunstancias ideales para iniciar un ambicioso proyecto de recatolización de masas destinado a restaurar la España católica tradicional, entendida como una comunidad sin fisuras, donde fe y práctica religiosas vertebrasen la vida social cotidiana. Dentro de este proyecto de reconquista católica, a las misiones les fue asignado un papel muy importante.

Desde comienzos de la década de 1940 se pusieron en marcha campañas misionales masivas que se reprodujeron periódicamente durante las décadas de 1940 y 1950. En muchas diócesis fueron misionadas todas y cada una de las localidades que las integraban, pudiéndose decir que la posguerra constituyó una auténtica “edad de oro” de las misiones en la historia del catolicismo español. Las misiones de posguerra se caracterizaron por llevar a cabo una fuerte movilización de masas en los espacios públicos de pueblos y ciudades. Los actos misionales irrumpían en el espacio urbano con sus rosarios de la aurora, procesiones, vía crucis y misas de campaña. Sobre estos actos me extenderé más adelante. El tiempo de lo cotidiano –del trabajo, de la educación o de la vida en familia– quedaba supeditado al tiempo de lo sagrado. Durante las décadas de 1960 y 1970 la Iglesia española se vio convulsionada por las conclusiones del Concilio Vaticano II. Muchos sacerdotes se replantearon los métodos de evangelización tradicionales y cuestionaron la idea misma de reconquista católica como modelo de religiosidad deseable para la sociedad española. Conviene subrayar, sin embargo, que estos cambios no se tradujeron en un abandono de las misiones. Muy al contrario, éstas siguieron realizándose durante toda la década de 1960 y durante los primeros años de la de 1970, auspiciadas por los sectores más tradicionalistas del episcopado. La idea de que las misiones fueron un elemento distintivo del primer franquismo que, indirectamente, se desprende de la lectura de algunos textos resulta, por lo tanto, errónea. Indudablemente, con el paso de los años las misiones fueron perdiendo espectacularidad y poder de convocatoria, pero no por ello vieron alterado lo esencial de sus contenidos.

Para hacernos una idea del despliegue, la espectacularidad y la parafernalia de estas misiones pondré algunos ejemplos. Sobrecogen que tales actos de exaltación religiosa tan exacerbada y además en gran parte impuesta a la ciudadanía ocurrieran en la España de solo hace unas décadas. Y esto deja huella. Los que nacieron en los 30, 40, 50 y 60 es probable que las recuerden. De verdad, sobrecogen. No puedo entender que en una Europa de mitad del siglo XX se llevasen a cabo actos religiosos, que recordaban tiempos medievales o del Barroco. Veamos algunos contundentes ejemplos. Puede servir la descripción del libro antes citado de Fernando Sanz Ferreruela de La «Santa Misión» del año 1942, coincidiendo con la Cuaresma, de Zaragoza, que fue una suerte de ejercicios espirituales, en serie y a gran escala, con la principal particularidad de que no sólo tuvieron lugar en las iglesias de la ciudad, sino que la proliferación de sermones, predicaciones y actos eucarísticos, con comuniones generales, tuvieron como marco la gran mayoría de los ámbitos sociales y laborales. La Santa Misión de Zaragoza se predicó en la Catedral de La Seo, las parroquias de San Pablo, Santiago, Santa Engracia, San Miguel, Altabás, el Portillo, y las nuevas parroquias de San Vicente, San Valero y San Braulio, pero además, se ofrecieron conferencias cuaresmales en numerosos centros de enseñanza, colegios, institutos y facultades universitarias, fábricas, talleres, hospitales y cuarteles, sin olvidar el Ayuntamiento, los centros obreros, la redacción de algunos diarios, las prisiones, las cajas de ahorros, y un largo etcétera hasta un total de setenta ubicaciones.

Según el Eco de la Santa Misión, Excmo. Ayuntamiento de Zaragoza:  “Durante su transcurso celosos misioneros, enviados por el padre de familias de la grey cesaraugustana, han derramado profusamente la semilla del Evangelio en los templos y en las fábricas, en academias y talleres, en cuarteles y en escuelas, en colegios y universidades (…) junto al martillo que canta y la sierra que chirría, y al cilindro que voltea y al motor que trepida, se ha escuchado la voz del sacerdote de Cristo, que ha sabido concertar la oración con el trabajo”.

Para hacernos una idea del alcance y trascendencia adquiridos por esta misión de Zaragoza, basta tan sólo señalar que las charlas, meditaciones y actos litúrgicos contaron con la participación, según las estadísticas manejadas en su momento, de 58.521 personas, y se distribuyeron un total de 52.991 comuniones. Debe señalarse que en 1940 la ciudad de Zaragoza rozaba los 240.000 habitantes, de manera que –en cifras absolutas– llegaron a concurrir en dichas misiones un 25% de los habitantes de la ciudad, al margen de la participación masiva en la Eucaristía de más de un 90% de los asistentes a dicho evento. Fue precisamente esta participación multitudinaria de fieles, bajo el llamamiento de los poderes civiles y religiosos, el objetivo perseguido por los mismos en su pertinaz empeño por recatolizar el país y, utilizando en parte la obediencia debida al Estado y a la Iglesia, para encuadrar a la población en los principios rectores del «Movimiento Nacional».

Según el libro de Callaham, en la misión de Barcelona de 1941 más de 500 sacerdotes reclutados de diversas órdenes religiosas predicaron en 203 iglesias, salas de actos, y fábricas. Ejemplo que siguió el mismo año Sevilla. Los organizadores no escatimaron esfuerzos en su afán de crear una atmósfera de inmersión religiosa total. En Vigo con fondos procedentes de bancos, empresas y los gobiernos municipal y provincial, colgaron anuncios de las misiones en escaparates y convencieron a la empresa encargada del trasporte público local para colocar grandes cruces iluminadas en los tranvías. En La Coruña, 30 ciclistas recorrieron la ciudad distribuyendo octavillas que anunciaban la misión, y en Salamanca, varios jóvenes católicos repartieron 30.000 pasquines donde se hacía hincapié en la “verdades eternas” que se proclamarían en los días venideros. En Vigo en 1942, más de 20.000 personas asistieron a los servicios parroquiales. Otros centros se ocuparon de las escuelas primarias (12.000), de los alumnos de secundaria (3.000), del personal militar (2.700), de los empleados municipales (150), de las costureras y las sirvientas (1.700), de los trabajadores (4.000), de los empleados de trasportes (1.000) y de los trabajadores de periódicos (200). Incluso los 400 reclusos de la cárcel de la ciudad recibieron su propio servicio religioso. La misión de Vigo se inició con una procesión de 45.000 personas. Posteriormente un “rosario del mar” atrajo a unas 80.000 personas, que fueron a observar una flotilla de 24 barcos que escoltaban una estatua de la Virgen.

Prosigo con el artículo de Francisco Bernal García.

El resurgir experimentado por las misiones en las décadas de 1940 y 1950 no constituyó un fenómeno exclusivo de España, sino que es constatable también, tras la 2ª Guerra Mundial, en otros países europeos de tradición católica, como Francia o Italia.

La Asesoría Eclesiástica de Sindicatos

De entre las instituciones vinculadas a la Iglesia católica española que se especializaron en la organización de misiones fue la Asesoría Eclesiástica de Sindicatos (AES). Esta institución fue creada en 1944 como un organismo integrado por sacerdotes adjunto a la organización sindical oficial del régimen franquista. Inspirada en el triple lema de “instruir en lo religioso, vigilar en lo moral e impulsar en lo social”, su finalidad principal era utilizar los recursos que el sindicalismo franquista le ofrecía para desarrollar campañas de apostolado entre los trabajadores. La Asesoría se financiaba con fondos de la cuota sindical, pagada por los trabajadores y empresarios integrados en los sindicatos, dándose así la situación de que los trabajadores se veían obligados, indirectamente, a financiar su propia evangelización.

De entre las actividades llevadas a cabo por la AES la más relevante fue la organización de misiones. La Asesoría inició su actividad misionera en 1949, con una campaña centrada en el norte de la provincia de León, y la mantuvo ininterrumpidamente hasta comienzos de la década de 1970. En mayo de 1972 se llevó a cabo la última actividad misional organizada por la Asesoría: una campaña de misiones por diferentes pueblos de la provincia de Jaén. En teoría, las misiones de la AES presentaban un importante elemento distintivo con respecto a las organizadas directamente por las diócesis o por otros institutos religiosos: eran misiones que se llevaban a cabo en zonas donde existían grandes concentraciones de población obrera. Los misioneros de la Asesoría se presentaban a sí mismos como especialistas en la evangelización de obreros. Su misión consistía en acometer la reconquista católica de la sociedad española por el flanco en que ésta era más susceptible de encontrar resistencias: el de una clase obrera a la que se consideraba sumida en un proceso de “apostasía”.

Mas, las misiones organizadas por la Asesoría no era una iniciativa destinada sólo a los obreros. Las misiones se llevaban a cabo, efectivamente, en localidades donde los obreros tenían un importante peso demográfico e incluían actos religiosos especialmente dirigidos a ellos, pero incluían también actos dirigidos a miembros de otros grupos sociales: empresarios, comerciantes, funcionarios… Las misiones de la Asesoría buscaban constituir una experiencia total que involucrase al conjunto de la población de una determinada comunidad, sin excepciones por razón de edad, sexo o clase social. No existían diferencias significativas entre las misiones organizadas por la Asesoría y las que eran organizadas directamente por las diócesis o por otras instituciones religiosas. El repertorio de actos organizados, los objetivos perseguidos y el público al que se pretendía llegar eran muy similares. En todos los casos se seguía el modelo de misión espectacular, con gran movilización de masas en las calles y orientado a moralizar la vida pública y lograr el máximo número de confesiones y comuniones.

La geografía de las misiones de la AES obedecía a unas pautas constantes. Centraba sus esfuerzos en localidades de tamaño mediano o pequeño donde existían importantes concentraciones de población trabajadora asalariada. Por el contrario, nunca organizaba misiones en las capitales de provincia, si bien a menudo colaboraba con las que, organizadas por las autoridades diocesanas, se llevaban a cabo en ellas. Así, por ejemplo, la Asesoría realizó diferentes actos para obreros dentro de las misiones que, auspiciadas por el arzobispado, se llevaron a cabo en Barcelona en 1951 ya comentada antes y en 1961, las cuales fueron consideradas en su momento como hitos espectaculares de la evangelización de masas.

Podemos clasificar las misiones llevadas a cabo por la AES en seis tipos diferentes, dependiendo del ámbito geográfico en que se desarrollaban: cuencas mineras, pantanos, nudos ferroviarios, litorales pesqueros, núcleos industriales y comarcas agrarias.

Cada uno de estos tipos de misiones planteaba una problemática específica. Hasta mediados de la década de 1960 las cuencas mineras recibieron una atención prioritaria por parte de la Asesoría, la cual organizó misiones prácticamente en todas las provincias de España donde existían minas de cierta entidad: Asturias, León, Palencia, Teruel, Zaragoza, Ciudad Real, Córdoba, Huelva, Murcia, Almería y Jaén. Algunas cuencas mineras fueron visitadas de una manera particularmente reiterada por los misioneros. Así, entre 1949 y 1959, la zona minera de León llegó a ser objeto de hasta ocho campañas misionales.

Las misiones de pantanos se centraban en zonas donde se estaba llevando a cabo la construcción de un pantano, lo cual determinaba que existiese una fuerte concentración temporal de trabajadores inmigrantes, empleados en las obras en curso. La Asesoría consideraba a este tipo de trabajador especialmente “necesitado” de asistencia evangelizadora debido a su “desarraigo”. Así, sólo entre 1949 y 1950 se llevaron a cabo misiones en embalses en construcción tales como el de Barrios de Luna (León), Gabriel y Galán (Cáceres), Entrepeñas (Guadalajara) y Yesa (Navarra).

Las misiones desarrolladas en nudos ferroviarios se llevaban a cabo en torno a estaciones de ferrocarril que concentraban a grandes contingentes de empleados de RENFE. Fue el caso de las misiones de Plasencia – Empalme y Puertollano (en 1950), Medina del Campo, Miranda de Ebro y Mérida (en 1952) o la de Monforte de Lemos (en 1953).

Entre las misiones realizadas en litorales pesqueros las que más destacaron por su espectacularidad fueron las realizadas en la costa gallega a comienzos de la década de 1960. Entre 1960 y 1962 la Asesoría misionó todos los pueblos pesqueros situados entre El Ferrol y Ribadeo, mientras que en 1963 procedió a misionar los situados entre El Ferrol y la desembocadura del río Miño, completando de este modo su campaña evangelizadora dirigida al mundo pesquero gallego. 

Al no actuar en grandes centros urbanos, la AES nunca pudo llevar sus misiones a los principales centros industriales del país. Pero sí llegó a organizarlas en localidades de tamaño mediano y pequeño donde existían instalaciones industriales de relevancia. Así, por ejemplo, en la provincia de Navarra, en diferentes momentos de la década de 1950, fueron misionadas localidades industriales tales como Aoiz, Mancilla u Olazagutía. En la de Gerona, también durante la década de 1950, los misioneros visitaron Blanes, Cassà de la Selva y Llagostera. Y la provincia de Santander, entre las décadas de 1950 y 1960, fue escenario de misiones que afectaron a localidades con importante actividad industrial, tales como Suances o Camargo.

Hubo también misiones que tuvieron como denominador común el centrarse en comarcas donde la población laboral se empleaba mayoritariamente en actividades agrarias. Estas misiones fueron las que terminaron dominando entre finales de la década de 1960 e inicios de la de 1970 cuando, en el contexto de cambios socioculturales que estaba experimentando España, la Asesoría tendió a centrar sus actividades en áreas deprimidas, fuertemente afectadas por la emigración, donde tales cambios se estaban experimentando con menor intensidad y, por lo tanto, su mensaje tradicionalista era aún susceptible de encontrar seguidores. Provincias como Ávila, Zamora, Jaén o Almería concentraron la mayor actividad misionera en estos años finales. Algunas misiones concretas no se ajustaron a ninguno de los seis modelos descritos. Así, en la década de 1960 la Asesoría realizó conatos para extender su actividad a localidades turísticas, a las cuales consideraba “necesitadas de misión”, debido al “pernicioso” impacto que la llegada de turistas estaba teniendo sobre la moralidad y las costumbres. Con esta intención se llevó a cabo, por ejemplo, la misión de Capdepera (Baleares) en 1964. No obstante, esta línea de actuación no fructificó.

El programa misional

La preparación del terreno: la “antemisión”

La misión comenzaba con lo que en el argot de la Asesoría se denominaba la “antemisión”, es decir, el trabajo de organización previo. Dicha labor implicaba, en primer lugar, obtener el permiso del obispo encargado de la diócesis. No siempre los prelados otorgaban dicho permiso. Como comenta María Silvia López Gallego en el artículo citado al principio hubo tensiones entre la Iglesia y la organización sindical, ya suficientemente conocidas y que no puedo extenderme en ellas.  Una vez obtenidas las “licencias ministeriales”, el siguiente paso consistía en seleccionar a los misioneros que iban a predicar. Éstos eran reclutados entre los miembros de las órdenes religiosas que mostraban mayor vocación misionera. La Asesoría tenía predilección por los capuchinos debido a que ésta era la orden a la que pertenecía el responsable de su Sección de Apostolado, Teodomiro de Villalobos. No obstante, en momentos concretos también recurría a otras órdenes, tales como dominicos, claretianos o jesuitas. Cada orden poseía su propio método de misionar. Así, por ejemplo, los capuchinos otorgaban gran importancia al vía crucis, mientras que los jesuitas intentaban trasladar a los actos misionales la estructura de los ejercicios espirituales ignacianos.

Tras el reclutamiento de los misioneros, la Asesoría debía contactar con los curas párrocos de las localidades que iban a ser misionadas para que fuesen preparando el terreno. Una adecuada campaña publicitaria era clave para el posterior éxito de la misión. Los párrocos debían publicitarla intensamente, informando a los feligreses de su celebración y distribuyendo los carteles y octavillas que les eran enviados desde la Asesoría. En localidades de cierta entidad lograban que el periódico y la emisora de radio locales cediesen espacios publicitarios gratuitos y en localidades pequeñas podían llegar a visitar los domicilios de cada uno de los vecinos, para invitarles personalmente a que acudiesen a los actos religiosos que habían de celebrarse.

Al mismo tiempo, los párrocos debían informar a la Asesoría sobre la situación religiosa de sus parroquias, con la finalidad de que los misioneros conociesen el terreno que iban a pisar. Debían indicar si se trataba de un pueblo muy religioso o si, por el contrario, estaba dominado por la indiferencia. Particularmente importante era que hiciesen constar si había adultos que no estuviesen bautizados, que no hubiesen realizado la primera comunión o que conviviesen con su pareja sin estar casados, ya que durante los días de la misión estas personas iban a ser sometidas a una presión constante para que aceptasen recibir los sacramentos que les faltaban. A finales de la década de 1950, la Asesoría decidió sistematizar el proceso de recolección de información, elaborando un modelo de cuestionario único. En este cuestionario los párrocos debían hacer constar el número de habitantes de la localidad que comulgaban habitualmente cada domingo y el número de los que lo hacían una vez al año, por Pascua. Al mismo tiempo, debían indicar una serie de datos sociológicos, tales como el número de analfabetos, el número de parados o el número de periódicos que eran leídos habitualmente. También debían realizar un breve comentario sobre la situación política del pueblo, haciendo hincapié sobre cuestiones tales como si existía “caciquismo”, si pervivían odios ligados a la Guerra Civil o si los pobres guardaban “resentimiento” hacia los ricos.

La bienvenida a los misioneros

Una vez finalizada la labor preparatoria, podía comenzar la acción misional propiamente dicha. El día fijado para el inicio de la campaña, los misioneros hacían su “entrada solemne” en la localidad. Los misioneros se dirigían hacia la plaza central, donde les esperaba una multitud encabezada por el alcalde y otras autoridades. El alcalde daba la bienvenida en nombre del pueblo a los misioneros y éstos, a su vez, saludaban a los congregados y les informaban sobre el programa de actos a desarrollar durante los días siguientes. En localidades de cierta entidad la entrada finalizaba con una procesión de los misioneros hasta el principal templo que en ellas hubiese. La entrada de los misioneros era un acto que ponía de relieve la estrecha relación existente entre misión y poder político local. La alianza entre Iglesia y poder político, consustancial a la naturaleza del régimen franquista, quedaba de este modo explicitada a través de la misión.

Misión infantil

Entre la multitud que aguardaba la entrada de los misioneros no faltaba nunca la presencia de los niños y niñas en edad escolar, acompañados por sus maestros y maestras. Y precisamente a los escolares iban dirigidos los actos que se desarrollaban durante los primeros días de la campaña misional: era lo que los misioneros denominaban la “misión infantil”. Ésta consistía en una serie de actos específicamente dirigidos a la infancia. Durante varios días los escolares recibían una serie de charlas catequéticas a través de las cuales los misioneros les ilustraban sobre los principios fundamentales de la fe católica. Estas charlas, celebradas en la iglesia o en la escuela, eran acompañadas de otros actos desarrollados en la vía pública como, por ejemplo, la “procesión de las banderitas”, en la que cada niño portaba una pequeña bandera –bien con la enseña nacional o bien con los colores del Vaticano– mientras todos entonaban cánticos religiosos. En ocasiones, los niños podían representar en la vía pública breves piezas teatrales o, incluso, participar en una cabalgata formada por carrozas encima de las cuales representaban cuadros de temática religiosa. La misión infantil finalizaba con una misa en la cual comulgaban todos los niños que hubiesen realizado la primera comunión. En la “misión infantil” era fundamental la colaboración de los maestros y maestras. Puede que en ningún otro momento como en las misiones quedase de relieve el sometimiento de la escuela a las estrategias evangelizadoras del clero, elemento clave de la legislación franquista en materia de enseñanza. Así las cosas, los escolares que acudían a los actos de la misión infantil constituían un auténtico “público cautivo” que carecía de la capacidad de decidir no asistir a los mismos. Los actos misionales se realizaban en horario lectivo y el maestro les hacía acudir, acompañándoles hasta los lugares en que se desarrollaban. Mediante la misión infantil se buscaba que los niños viesen aumentados sus conocimientos religiosos y que se sintiesen incentivados a mantener las prácticas asociadas a la fe católica. Pero los misioneros perseguían también una finalidad instrumental: captar el interés de los adultos hacia la misión. La presencia bulliciosa de niños en las calles, cantando y agitando “banderitas”, creaba un ambiente de simpatía hacia la misión que predisponía a los adultos a asistir a los actos específicamente preparados para ellos. Ésta era la razón de que la “misión infantil” se desenvolviese siempre durante los primeros días de la campaña misional.

En ocasiones, se convertía a los niños en propagandistas activos de la misión, haciéndoles recorrer el pueblo mientras lanzaban a voz en grito llamamientos tales como “¡Padres, a la misión! ¡Madres, a la misión!”. En otros casos, los misioneros pedían a los niños que, al llegar a casa, planteasen a sus padres la conveniencia de asistir a los actos misionales. Durante la misión celebrada en El Ferrol en 1960 los niños fueron instruidos para que rezasen cada noche tres avemarías “con los brazos en cruz” para lograr que sus padres asistiesen a la misión.

Finalizada la misión infantil, los misioneros podían centrarse en los actos misionales dirigidos a los adultos. Para éstos, la misión comenzaba por la mañana muy temprano, con la celebración, durante todos los días que durase la campaña, del “rosario de la aurora”. Antes de la salida del sol, los fieles se concentraban en la iglesia, desde donde partían en procesión, recorriendo las calles del pueblo mientras rezaban el rosario en voz alta. Finalizado el recorrido, la procesión regresaba a la misma iglesia, donde se celebraba una misa. Tras el rosario de la aurora, a lo largo del día, se iban desarrollando diferentes actos para adultos, conferencias especiales para mujeres casadas, mujeres solteras, hombres casados y hombres solteros.

En las conferencias para mujeres casadas hacían hincapié en su papel como madre y pilar sostenedor de la familia cristiana. La mujer debía desarrollar su experiencia vital en su ámbito natural, el hogar, y huir de la exposición pública. La principal función de la mujer casada era proporcionar una educación cristiana a sus hijos. La importancia de este papel era tal que se podía considerar a la madre corresponsable de la salvación o condenación del alma de sus hijos. Los misioneros solían incluir en sus conferencias numerosas historias moralizantes, de naturaleza deliberadamente fantástica, destinadas a impactar sobre la conciencia del auditorio. Una de las que más repetían era la del juicio de Dios a una “mala madre” que, con su falta de preocupación a la hora de educar cristianamente a sus hijos, había causado la “condenación eterna” de todos ellos. En 1959, el cronista de una misión celebrada en Candanedo de Fenar (León) aseguraba que esta historia había conmovido y consternado al auditorio.

Por su parte, las conferencias para mujeres solteras hacían hincapié, ante todo, en el tema de la vocación. Toda mujer joven debía plantearse cuál era su vocación en la vida: el matrimonio, el celibato o la vida religiosa. En este sentido, se llevaban a cabo acciones que pretendían reforzar el compromiso de las mujeres jóvenes con la Iglesia y con la búsqueda de su verdadera vocación. Así, era habitual que el misionero pidiese a las jóvenes participantes que escribiesen en un papel un “propósito”, siendo este papel quemado el último día del ciclo, como símbolo del compromiso que cada una adquiría en el cumplimiento del mismo. Del mismo modo, los misioneros intentaban institucionalizar el compromiso religioso de las jóvenes animándolas a formar una asociación piadosa, del tipo de las “Hijas de María”, que habría de prolongar su existencia más allá de la duración de la misión y que centraría su actividad en la realización periódica de cultos y obras de caridad. Inevitablemente, las conferencias para mujeres solteras también contaban con una dimensión moralizante, con el misionero previniendo a su auditorio contra los peligros de la “impureza” o de los noviazgos desarrollados al margen del control familiar.

Los hombres tenían también sus conferencias específicas. A los casados se les hacía hincapié en su papel como cabezas de familia y en su responsabilidad a la hora de orientar la vida familiar en un sentido cristiano. A los de edad más avanzada se les exhortaba abiertamente a plantearse el tema de la muerte y de la necesidad de estar “en paz con Dios” en el momento en que ésta llegase. Por su parte, a los jóvenes se les prevenía contra los vicios considerados más habituales entre la juventud rural: el juego, el abuso del alcohol, la blasfemia, trabajar en domingo o el “desenfreno” durante las romerías.

Las conferencias para mujeres, casadas o solteras, solían contar con una asistencia masiva sin necesidad de que los misioneros realizasen un particular esfuerzo propagandístico. El éxito de la misión entre la población femenina era algo con lo que se contaba desde un principio, siendo muy excepcionales los casos en que los que los actos misionales para mujeres se saldaban con un fracaso de asistencia. Muy distinta era la actitud de la población masculina. La asistencia masiva de los hombres no estaba garantizada en absoluto y los casos de baja asistencia o, incluso, de suspensión de conferencias por escasa asistencia no eran infrecuentes. Por ello, los misioneros dedicaban buena parte de sus esfuerzos a atraer a los hombres a la misión. La idea de que las misiones eran “cosa de mujeres y niños” parecía ser moneda corriente en numerosos pueblos.

Para romper este muro de indiferencia de los hombres, los misioneros realizaban una apuesta decidida por involucrarlos: junto con las conferencias mencionadas, los hombres protagonizaban, en exclusiva, uno de los actos públicos centrales de la misión, el “vía crucis”. Solía llevarse a cabo de noche y sólo podían participar los hombres, reservándose a las mujeres el papel de espectadoras. Otorgando a los hombres el protagonismo absoluto en uno de los actos clave de la misión, los misioneros esperaban superar su prevención hacia la misma. Al mismo tiempo, estaban convencidos de que el ambiente de sobrio recogimiento en que se desenvolvía la procesión podía llevar a los hombres participantes a replantearse su relación con Dios y elegir un estilo de vida “más cristiano”.

La misión en minas y fábricas: los actos para obreros

Las conferencias arriba analizadas eran actos abiertos a mujeres y hombres de cualquier clase social. Pero paralelamente a las mismas se desarrollaban también conferencias y charlas especialmente dirigidas a obreros. No olvidemos que la AES justificaba su razón de ser en la recristianización de la clase obrera. Los misioneros de la Asesoría consideraban esencial el que su mensaje llegase a los obreros y que sirviese para transformar la cultura de éstos, en el sentido de hacerla más favorable a la religión católica y las instituciones eclesiásticas. Por lo general, los actos misionales para obreros se realizaban en el propio centro de trabajo y dentro de la jornada laboral. Para ello era imprescindible llegar a un acuerdo previo con los directores de las empresas. Éstos debían ceder sus instalaciones y autorizar a los empleados a dedicar una hora de su jornada laboral a escuchar el mensaje de los misioneros. Lo ideal era que la empresa “regalase” esta hora, no obligando a los empleados a recuperarla, ni descotándola del salario. En una abrumadora mayoría de casos los directores de las empresas mostraban una magnífica predisposición a colaborar. El hecho de que los actos misionales para obreros se desarrollasen en las propias instalaciones de trabajo y con la colaboración activa de la dirección de la empresa ha llevado a cuestionar la voluntariedad de la asistencia a los mismos. Así, William J. Callahan no cree que en el contexto político de la década de 1940 los trabajadores tuviesen opciones de negarse a acudir a los actos misionales organizados en las fábricas. Desde este punto de vista, los obreros, al igual que los escolares, vendrían a constituir un “público cautivo” de los misioneros. Así, durante una misión de El Ferrol de 1960, un grupo de trabajadores de carga y descarga del puerto se negó a acudir a un acto de treinta minutos a pesar de que la empresa consignataria PYSBE había anunciado que les remuneraría dicho tiempo: afirmaron que preferían seguir trabajando antes que escuchar a los misioneros. Hay un hecho significativo: la asistencia de los obreros a los actos misionales que se desarrollaban fuera del recinto de las empresas parece haber sido, en líneas generales, muy reducida, de lo que se deduce que, si no hubieran sido abordados en su lugar de trabajo, se habrían mantenido, mayoritariamente, al margen de la misión.

Antes del inicio de cada misión, los misioneros recibían unas instrucciones escritas de parte de la AES y entre ellas se encontraba, indefectiblemente, la siguiente advertencia: “Tengan en cuenta los Padres Misioneros que los temas que han de tratar son los tradicionales. Aún en las conferencias que dirijan a los obreros en los centros de trabajo han de versar sobre temas religiosos. Eviten el tema social: tan sólo para explicarlo cuando sea necesario para aclarar los deberes propios contenidos en los Mandamientos de la Ley de Dios o de la Iglesia”.

Buscando unanimidades: el “acto general”

Como hemos ido viendo, a lo largo de cada uno de los días de la misión se iban sucediendo actos dirigidos a grupos sociales específicos: niños, mujeres, jóvenes, obreros… Sin embargo, al final de cada día, en la tarde-noche, se llevaba a cabo un “acto general” al que estaban convocados todos los habitantes de la localidad misionada y que se celebraba dentro de la iglesia o, si ésta carecía de la capacidad necesaria, en locales habilitados al efecto –cines o teatros–, o incluso en medio de la calle, si la meteorología de la estación lo permitía. En este acto general se esperaba contar con la máxima asistencia posible. En localidades pequeñas los misioneros podían llegar a identificar, con nombres y apellidos, a los que no asistían y visitarlos en sus domicilios particulares, con la finalidad de convencerlos para que compartiesen el “fervor” de sus vecinos. Aquellas personas cuya separación de la Iglesia era más notoria, como los adultos no bautizados o las parejas que convivían sin estar casadas, eran sometidas a una presión abrumadora, siendo visitadas por los misioneros y, de este modo, señaladas públicamente ante el resto de la comunidad. A menudo, estas presiones obtenían el fruto apetecido. En las misiones llevadas a cabo durante los años de la inmediata posguerra los bautismos de adultos fueron una escena habitual. Todavía durante la década de 1950 se dieron con cierta recurrencia. Así, durante la campaña misional celebrada en la isla de Tenerife en 1950 la localización de adultos no bautizados constituyó una de las preocupaciones prioritarias y fueron numerosos los que, de este modo, recibieron tal sacramento. Por lo que respecta a los matrimonios de “amancebados”, también fueron un componente destacado de las misiones de la Asesoría. A modo de ejemplo, en Las Anorias, localidad perteneciente al municipio de Pétrola (Albacete), la misión celebrada en 1951 se saldó con cuatro matrimonios de parejas “amancebadas”, con la peculiaridad de que dos de ellas recibieron por primera vez, en un mismo día, los sacramentos de la confesión, la comunión y el matrimonio.

En el intento de que toda la población, sin excepciones, se congregase en el “acto general” se ponía de manifiesto la voluntad totalizadora de las misiones. Durante la duración de éstas la vida de la localidad misionada quedaba en suspenso, viéndose relegadas las actividades cotidianas ante el programa de actividades religiosas. El espacio público quedaba sacralizado a través de la presencia de elementos simbólicos que se colocaban en el mismo, tales como crucifijos, altares callejeros, carteles o pancartas. La llamada constante a la asistencia de todo el pueblo, sin excluir, como hemos visto, el recurso a la coerción, obedecía a una concepción totalizante de la religiosidad. En numerosas localidades se colocaban altavoces en puntos estratégicos de su callejero a través de los cuales eran retransmitidas, a alto volumen, las alocuciones de los misioneros con la finalidad, explícitamente reconocida, de que los que se negaban en redondo a asistir a los actos misionales “no tuviesen más remedio que escucharlos”. La misión buscaba, ante todo, restaurar la comunidad cristiana tradicional, entendida ésta como una identificación total entre Iglesia y pueblo, sin que pudiera existir espacio para el disenso o la indiferencia. Para el “acto general de la tarde-noche” los misioneros reservaban sus recursos más espectaculares, aquellos que presentaban un contenido más teatral y que, por ello mismo, enlazaban más directamente con el modelo barroco de misión. Las charlas que pronunciaban en tal acto apelaban a la emotividad del auditorio, intentando generar una situación de “pathos” colectivo que predispusiese a los asistentes a regresar a la fe. Uno de los temas más tratados era el de la muerte, pudiendo éste ser abordado de diferentes formas: la muerte reciente de algún ser querido que llevaría a replantearse el sentido de la existencia o la perspectiva de la propia muerte, que llevaría a plantearse la necesidad de “reconciliarse con Dios”. Un recurso muy utilizado por los misioneros era el de interrumpir su charla para rezar tres avemarías: el primero por el éxito de la misión, el segundo por aquel de los presentes cuya alma estuviese más “descarriada” y el tercero por el que primero fuese a morir. Un misionero capuchino tenía la costumbre de hacer que las luces de la iglesia fuesen apagadas, sorpresivamente, en el momento en que comenzaba la primera de las tres oraciones, mientras en el campanario de la iglesia comenzaba un lento redoble de campanas. Cuando, finalizadas las oraciones, las luces volvían a encenderse eran visibles las señales de emoción en muchos de los asistentes. En algunas misiones había una noche en la que el acto general se celebraba en el cementerio, hacia el cual los fieles se dirigían en comitiva. Allí, el misionero les dirigía el denominado “sermón de la muerte”. El ambiente nocturno y el verbo emotivo de los misioneros hacían que fuesen muchos los que se emocionasen, no siendo inhabitual que algunos de los asistentes pidiesen ser oídos en confesión nada más terminar.

El final de la misión: “misa de campaña” y despedida

El acto final de la misión solía coincidir con un domingo y consistía en una “misa de campaña”, celebrada en un espacio público abierto, habitualmente la plaza central del pueblo. A esta misa se esperaba que asistiese toda la localidad. Aún más: se esperaba que en el transcurso de la misma comulgasen todos los miembros de la localidad que, por su edad, estuviesen en disposición de hacerlo o, por lo menos, el mayor número posible de ellos. El objetivo último de las misiones era que todos los habitantes de la localidad misionada –o, por lo menos, la inmensa mayoría de ellos– entrasen en “gracia de Dios” por la vía de recibir los sacramentos de la confesión y la comunión. Del mayor o menor número de comuniones distribuidas durante el acto final dependía, por lo tanto, el que la misión pudiese ser considerada un éxito o un fracaso. Desde horas muy tempranas, los misioneros empezaban a escuchar confesiones. Les auxiliaba el clero local y, en ocasiones, sacerdotes de refuerzo llegados desde localidades limítrofes. La sucesión de confesiones podía llegar a demorarse durante horas. Si la misión había logrado generar un clima de entusiasmo religioso entre la población, era normal que se acercasen a confesar personas que llevaban muchos años sin hacerlo. Eran las famosas “confesiones de diez, veinte y hasta treinta años”, que entusiasmaban a los misioneros, pues veían en ellas la prueba más palpable de que “el pueblo estaba siendo reconquistado para el Señor”. Si en la localidad existía alguna imagen religiosa que fuera objeto de devoción popular, podía llevarse a cabo una procesión con la misma antes de la misa. Dicha procesión culminaba en el mismo sitio donde la misa iba a celebrarse y la imagen era colocada frente al altar, en una posición preferente. De este modo, al dotar al acto de una connotación extraordinaria y festiva, se conseguía asegurar una asistencia masiva. Este recurso resultaba particularmente eficaz en el mundo rural andaluz, donde estaba fuertemente extendido el fenómeno de que personas que no eran asistentes habituales a la iglesia, sí profesasen una fuerte devoción a una imagen religiosa concreta y estuviesen dispuestas a asistir a cualquier procesión que tuviese a dicha imagen como protagonista. La religiosidad popular era puesta, de este modo, al servicio de la religiosidad oficial que representaban las misiones.  Desde finales de la década de 1950, la AES elaboró estadísticas acerca del número de personas que asistían a los actos generales de las misiones. De un análisis inicial de estos datos, se extrae la idea de que las misiones, a pesar del fuerte despliegue propagandístico que conllevaban, no lograban modificar la estructura religiosa tradicional de las localidades donde se llevaban a cabo. Así, en provincias de Castilla como Palencia, León o Ávila, donde los índices de asistencia a misa y frecuencia en la comunión habían sido tradicionalmente muy altos, las misiones solían saldarse con asistencias masivas, a menudo casi unánimes. Por el contrario, en provincias de Andalucía como Córdoba, Jaén o Almería, donde los índices de asistencia a misa y comunión dominical eran, de partida, muy bajos, los actos generales de las misiones se saldaban con asistencias mucho menos espectaculares. 

Podríamos, por lo tanto, lanzar la hipótesis de que las misiones no dieron lugar a una auténtica reconquista católica, sino que, más bien, contribuyeron a mantener el “statu quo” religioso tradicional de las regiones españoles. En regiones como Castilla, donde los índices de práctica religiosa eran ya muy altos desde antes de la Guerra Civil, contribuyeron a mantener en el tiempo tal situación. Y en regiones como Andalucía, donde tales índices eran, de partida, bajos, sirvieron para que no terminasen de hundirse y, quizás, para mejorarlos levemente, pero no para generar un vuelco espectacular de la tendencia histórica. La misa de campaña ponía fin a los actos misionales propiamente dichos, pero aún había espacio para un epílogo: la “despedida de los misioneros”, que podía tener lugar el mismo domingo en que finalizaba la misión, por la tarde, o bien a la mañana siguiente. Este acto de despedida tenía lugar en un espacio abierto, generalmente la plaza principal. El alcalde dirigía unas palabras a los misioneros y éstos le daban, literalmente, “un abrazo a todo el pueblo en la persona del alcalde”. Seguidamente, los misioneros dirigían unas palabras finales a la multitud congregada, exhortando a todos a perseverar en el nuevo camino religioso iniciado a raíz de la experiencia misional. La multitud, por su parte, correspondía con gritos a través de los cuales pedía a los misioneros “que no se marchasen”. Si la localidad contaba con banda de música, ésta interpretaba su repertorio. Los misioneros partían. El vehículo en que viajaban era perseguido durante varios kilómetros por los niños. Como recuerdo de los días vividos quedaba la “cruz misional”, una cruz de madera colocada en un lugar destacado de la localidad que pretendía que la comunidad no olvidase el compromiso de llevar una vida más cristiana que había adquirido ante los misioneros."                  (Cándido Marquesán Millán , Rebelión, 12/02/2022)

12/1/16

La guerra santa cristiana fue en muchos aspectos un éxito, al igual que la yihad musulmana

"(...) El apoyo de los jóvenes a la guerra santa tiene sus antecedentes en Europa. Irónicamente, el mismo entusiasmo por una cruzada por la religión se encontraba entre los jóvenes de la Europa cristiana medieval. 

En la Edad Media, la pasión por una guerra santa alcanzó su punto álgido durante los movimientos conocidos como Cruzadas, cuando uno de los episodios más terribles fue la llamada Cruzada de los Niños de 1212. 

La propaganda pública de la Iglesia instó a los ciudadanos a ir a Siria y Palestina con el fin de destruir a los no creyentes que ocupaban la Tierra Santa. Entre los que fueron atraídos por la llamada se hallaban grupos de niños.

Hubo dos Cruzadas de los Niños que se iniciaron simultáneamente en 1212, una en Renania, la otra en el valle del Loira. Un muchacho, Nicolás, predicó la Cruzada de los Niños en Colonia y se dice que reclutó a miles de niñas y niños por su causa. 

Cuando los peregrinos llegaron a Italia, muchas de las chicas acabaron en burdeles y otras fueron tomadas como sirvientes. Los chicos que finalmente llegaron al este fueron vendidos como esclavos.

 En el mismo período, en Saint-Denis, en Francia, un chico de 12 años con el nombre de Esteban reclutó a miles de niños, pero en Marsella cayeron en manos de ladrones y fueron vendidos como esclavos en Alejandría. Las Cruzadas de los Niños eran evidentemente un fenómeno del malestar social que afectó no sólo a los adultos, sino que también llegó a las mentes de los jóvenes. 

Pero los jóvenes involucrados terminaron sus vidas en el desastre, como está sucediendo hoy con las chicas que quieren unirse a la lucha por la religión, y han acabado en cambio en la esclavitud o incluso en la muerte.

La guerra santa cristiana fue en muchos aspectos un éxito, al igual que la yihad musulmana hoy. Influyó en las mentes de los jóvenes y les animó a luchar contra el infiel. Los ejércitos cristianos invadieron tierras musulmanas y las ocuparon. El éxito de las Cruzadas ayudó a elevar la confianza en sí mismo del Occidente medieval. 

A los cristianos les debió parecer que Dios estaba de su lado y que podrían lograr cualquier cosa. El problema fue que a la larga nadie fue el ganador, y el conflicto entre cristianos y musulmanes continuaría durante siglos. 

Los miles de niños y niñas que murieron en la Cruzada de los Niños lo hicieron en vano, como les está sucediendo también a las jóvenes occidentales que hoy están buscando una oportunidad de morir por la guerra santa islámica. (...)"           (Henry Kamen, 28/12/15)

15/7/15

El franquismo es un régimen fascistizado... su componente fascista no es hegemónico

"(...) De modo que cuando digo que el franquismo no es fascismo pero es un régimen fascistizado, estoy diciendo que hay un componente fascista que es importante pero que no es hegemónico, no es dominante. Algunos dirán que digo lo mismo que Linz, que decía que era un régimen autoritario, que es un régimen intermedio entre la democracia y el totalitarismo.

GQ: Como que es más light...

IS: Exactamente, intermedio. Yo no digo eso. Yo digo que el hecho de que haya un componente reaccionario más tradicional, la presencia de la iglesia, los militares y un componente fascista, no lo hace más light que el fascismo. Yo no digo que sea una cosa intermedia, digo que tan antiliberal es el pensamiento reaccionario tradicional de la iglesia como el fascista. 

Están igual de lejos de la democracia y del liberalismo. No es intermedio. En algunas de esas cuestiones, es peor. Desde el punto de vista de la represión política, de la brutalidad, crueldad, el franquismo es mucho más represivo que el fascismo italiano y que el nazismo. 

GQ: Contra la oposición política.

IS: Claro, no en términos de genocidio. El régimen nazi es genocida, persigue a judíos, gitanos, homosexuales, discapacitados. Esto no es el franquismo, que persigue a los gitanos, homosexuales pero no los gasea. El fascismo tiene dos pasos: destruyo las organizaciones obreras e intento ganarme a los trabajadores. 

Esa idea está presente en el falangismo, destruyo las organizaciones obreras y me gano a los trabajadores pero en ese aspecto está neutralizado. La imagen del falangismo en España es que son los mamporreros. Eso de que quieren la revolución social la gente no se lo cree. 

Ricardo Leiva: Los mamporreros serían los matones, digamos. 

IS: Exacto, la gente lo que percibe es el patovismo falangista, no percibe esa voluntad de aclaración. A cada vez menos capacidad o voluntad de integración, el peso de la represión es mayor. El franquismo es fascismo, decía alguien, porque la represión franquista es como la fascista. Y yo decía, "ojalá". 

En Italia, en todo el período de paz hay 26 fusilados por motivos políticos. En la Alemania nazi, en períodos de paz, 12.000 víctimas de la represión política. En España hay 150.000. Por lo tanto, en algunos aspectos...

Ricardo Leiva: Es más duro...

IS: Yo no estoy diciendo que el franquismo sea mejor o más suave.
RL: La frase se podría completar con lo que decías al principio de que el franquismo no es fascismo pero es católico, o nacional-católico. ¿O es más complejo que eso?

IS: Es un nacionalismo católico, un nacionalismo reaccionario. En ese sentido, por poner un equivalente, básicamente, si pensamos y nos salimos del esquema de que todo es fascismo, encontraremos claves más importantes para comprender otros procesos. 

Por ejemplo, si hablamos de los nacionalistas argentinos, no estaría de más recordar que desde 1945 hasta 1975 los nacionalistas están en el poder en España y Portugal. Esa familia. Y, por lo tanto, podemos hablar de nacionalismo reaccionario, que es el nacional-catolicismo, como hegemónico en la dictadura que también tiene componentes fascistas.

Gabriel Quirici: Y en Argentina, ¿qué vínculo es? ¿Patria, familia y tradición argentina, ese nacionalismo católico?

IS: Claro, ese contenido católico, hispanista, que es distinto al peronismo. 

Ricardo Leiva: Sin embargo, Perón estuvo viviendo un tiempo bajo el ala de Franco.

IS: Esas cosas son...

Gabriel Quirici: Diplomacia.

IS: Diplomacia y proximidades que, a veces, van más lejos. Ahora han hecho una serie en España que es sobre la visita de Evita a Madrid. Se dedica a poner esa visita poniendo a Franco como un reaccionario escandaloso y presenta a Evita casi que como una trotskista, revolucionaria. Unas contraposiciones brutales. 

Joel Rosenberg: Cuando hacías la diferencia con Italia, Alemania y España hacías hincapié en lo católico. ¿Qué peso tiene ahí la monarquía católica? Por la gracia de Dios de Franco que mencionabas, que en España está más presente que en Italia y Alemania, obviamente. 

IS: Esa es otra cuestión. Hitler llegó al poder en una república y encima se murió el presidente Hindenburg, con lo cual lo tenía estupendo. Mussolini llegó al poder con una monarquía. Ya le hubiera gustado ir marginando al rey porque el fascismo es tendencialmente republicano. 

En España, los nacional-católicos son monárquicos pero cuando se sublevan en el 36 son una extrema minoría. Ni los militares que se sublevan lo hacen por la monarquía, se sublevan para establecer una dictadura que puede ser republicana. Pero no se plantean la monarquía. Los falangistas, como fascistas, no son monárquicos, son tendencialmente republicanos. Entonces, los monárquicos tienen fuerza con las élites.

Gabriel Quirici: En las intelectualidades de derecha. 

IS: Intelectuales y, sobre todo, militares, y de la Iglesia. Eso es lo que va a ir posibilitando que poco a poco se vaya avanzando hacia la monarquía. Si me apuras, una de las cosas que no sientan bien entre ciertos sectores más conservadores de España, es que esta monarquía viene de un golpe de Estado, que es el 18 de julio de 1936, con la particularidad de que la mayoría de los que se sublevan no son monárquicos. 

Los falangistas no querían la monarquía, fue una imposición progresiva de Franco porque no podía prescindir de los principales banqueros ni los propios militares. Entonces, lo que se va imponiendo es esa monarquía de modo que en 1969, cuando se proclama Juan Carlos I como sucesor de Franco, a título de rey, se está cumpliendo el programa de los nacionalistas españoles de 1934 o 1931: un programa de un Estado católico, reaccionario, coronado por el rey. 

Gabriel Quirici: Igual, es interesante ver cómo la monarquía trae una transición que termina con la dictadura. ¿Cómo evalúas eso vos?

IS: Son las visiones que se han vendido de la transición española, que quieren exaltar el papel del rey y de los reformistas, que vienen del régimen. La democracia no la trae la monarquía, es en gran parte una conquista porque hay grandes movilizaciones sociales en el año 1975. Entre los años 74, 75 y 76, España es el país con más huelgas de Europa. La dictadura está en absoluto retroceso pero no hay fuerzas suficientes para tumbarla. En el siglo XX, si una dictadura quiere permanecer, no hay fuerza humana que la tumbe. 

GQ: Por los medios represivos, decís.

IS: Claro. En Portugal sí, pero allí es el propio ejército.

Ricardo Leiva: Sí, pero miramos a Egipto y la explicación también va por ahí. 

IS: Y en Argentina están las Malvinas, una catástrofe nacional. Pero cuando un dictador dice "me quedo", se queda, si no hay una fuerza militar, una catástrofe nacional, etc. Entonces, qué es lo que pasa ahí en España, hay un momento con la muerte de Franco en que se intenta construir una pseudo democracia postfranquista.

 Ahí está Manuel Fraga, José de Areilza y está el rey. No está muy claro que el rey estuviese pensando en ese momento en la democracia de verdad. Es ese ensayo reformista que las grandes movilizaciones populares el que las grandes movilizaciones populares tumban. 

GQ: Demandando más democracia. 

IS: Claro. Es cuando llega el momento, a finales de junio, cuando ya el rey mismo se da cuenta de decir, aquí la alternativa ya no es una democracia frente a una pseudo democracia.

 Aquí ya no hay más alternativa que democracia o democracia. Y si quiero contar, tengo que apoyar la democracia. Es cuando viene Suárez y dice no. Aquí lo importante ya no es si iba a hacer democracia o no sino quien va a pilotear el cambio, y es cuando se suben a ese carro democrático y efectivamente lo pilotan. Pero de ahí a decir que el rey trajo la democracia...

Ricardo Leiva: ¿Pero no es esa la visión mayoritaria en España?

IS: Es la visión que se ha vendido, porque hay una construcción. Siempre hay construcciones históricas e historiográficas que vienen bien para unos sectores u otros. En ese sentido ha venido bien para el Partido Popular y para una parte del Partido Socialista.

Gabriel Quirici: Que participa de la negociación.

IS: Participa de esa idea de "hemos conseguido la democracia, hasta aquí hemos llegado, ya está". (...)"               (Entrevista al historiador Ismael Saz, Cien180, 13/07/2015)

11/10/13

No es cierto que hubiera en España persecución religiosa en tiempos de la República. Las iglesias protestantes y la religión judía fueron totalmente respetadas porque no se politizaron

"Estos días ha sido noticia la beatificación de 522 personas, referidas en la narrativa de la Iglesia Católica como mártires de la Guerra Civil, individuos considerados inocentes de cualquier mal que dieron su vida “en defensa de la fe católica y del mensaje de Cristo”. (...)

Ahora bien, es difícil aceptar que, incluso en el caso de que no fuera la intención de estas autoridades (incluyendo el Vaticano, liderado por el nuevo Papa, que escogió llamarse Francisco y que Monseñor Amato representa) realizar un acto político, el hecho es que tal acto es un acto profundamente político que contribuye a la tergiversación de la historia que se ha escrito en este país, subrayando que la Iglesia fue víctima de una intolerancia y persecución religiosa por parte de las fuerzas republicanas. 

Se acentúa y se presenta a la Iglesia y a sus mártires como víctimas, cuando en realidad la Iglesia fue la que agredió la vida y el bienestar de la mayoría de la población de los distintos pueblos y naciones que constituyen España, causando más de un millón de muertos y miles de desaparecidos, muertes de personas asesinadas por las fuerzas de represión, incluidas las de la Iglesia, y cuyos familiares no saben el paradero de sus cuerpos. (...)

No es cierto que hubiera en España persecución religiosa en tiempos de la República. Las iglesias protestantes y la religión judía continuaron sin ninguna intervención por parte del Estado y/o por movimientos sociales o fuerzas políticas afines a la República. No fue la religión el sujeto de animosidad, sino la Iglesia Católica, hecho que a la Iglesia Católica todavía le cuesta aceptar, ya que si lo acepta, tendría que contestar por qué la Iglesia Católica y no las otras religiones fue sujeto del enfado popular.

 No es cierto que los sacerdotes y los monjes fueran asesinados por sus ideas religiosas, tal como Monseñor Soler escribe en su artículo “Montserrat y los beatos en Tarragona” en La Vanguardia. Fueron asesinados por su pertenencia a una institución que había pedido que el Ejército se sublevara, conociéndose su animosidad a la República. 

En realidad, el Monasterio de Montserrat, supongo que en nota de agradecimiento, hizo un monumento, más tarde, a los “caídos por Dios y por la Patria”, que estaba en la entrada del Monasterio hasta que más tarde fue desplazado a la parte trasera, con un monumento a los requetés carlistas de la Virgen de Montserrat.

La historia, marginada y ocultada por la propia Iglesia, muestra claramente el porqué de esta  hostilidad, hostilidad que fue iniciada por la Iglesia. Fue la Iglesia Católica la que celebró y apoyó la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930). 

Y fue la Iglesia la que se opuso por todos los medios al establecimiento de la República, alentando a los católicos a rebelarse frente a esta. Las pastorales de la jerarquía católica explícitamente llamaban a tal rebelión; documentos (firmados por el cardenal Segura y por su sucesor, el cardenal Gomà) son muy representativos, y seguro que la jerarquía actual de la Iglesia y el Vaticano los conocen. 

¿Cómo puede afirmar la jerarquía católica que la Iglesia era apolítica, cuando animó a los católicos a que se rebelaran, pidiendo explícitamente que el Ejército se levantara en contra del gobierno democráticamente elegido? (...)

Era predecible que la gran mayoría de la ciudadanía, que apoyó el establecimiento de la República, primero, y la elección del gobierno del Frente Popular, después, tuvieran animosidad hacia la Iglesia Católica, pues esta, abiertamente, alentaba al Ejército a que hiciera un golpe militar frente a ese Estado y frente a ese gobierno. 

De ahí que es comprensible y predecible que cuando ocurrió el golpe militar, que la Iglesia Católica inmediatamente apoyó (definiéndolo más tarde como una Cruzada Nacional), grandes sectores de las clases populares expresaran su hostilidad hacia tal institución. 

La quema de iglesias (no hubo ninguna iglesia protestante o ninguna mezquita o ninguna sinagoga quemadas) y el asesinato de clérigos y personas identificadas con la Iglesia Católica eran la respuesta popular que ocurrió en los primeros tres meses cuando el golpe creó un vacío de poder.

 No fue una represión guiada por el Estado republicano. En realidad, una vez recuperado el control, en las zonas que continuaban bajo el gobierno republicano se interrumpieron estos actos.

Por el contrario, los asesinatos, mucho más numerosos, llevados a cabo en el lado golpista, fueron cometidos por los aparatos represivos del Estado fascista, que contó con la entusiasta colaboración, en su represión, de la Iglesia Católica. ¿No creen las jerarquías católicas españolas que esta actitud enormemente represiva iba en contra del mensaje de Jesús?

 ¿Creen, en realidad, que Jesús, que es, en teoría, su supuesta inspiración, hubiera apoyado tanto asesinato, premeditado y programado, para eliminar a personas cuyo único delito era haber apoyado a un Estado y a un gobierno democráticamente elegidos? ¿No creen que es de una crueldad suprema que los familiares de los muertos republicanos todavía hoy no sepan dónde están enterrados? 

¿No creen que es profundamente injusto que ellos puedan homenajear a sus muertos cuando los vencidos todavía no saben dónde están los suyos? Y si en verdad los sacerdotes asesinados eran inocentes, ¿no cree la Iglesia Católica que deberían pedir perdón a los familiares de sus propios muertos, pues el comportamiento golpista de su jerarquía católica fue el responsable de que el enfado popular se canalizara en ellos, precisamente por su identificación con la Iglesia?

 La respuesta descontrolada en contra de la Iglesia era lógica, pues la Iglesia era culpable de un comportamiento que podía predecirse que causaría miles de muertes. Debe condenarse tal expresión de enfado popular, pero su comportamiento no puede homologarse al del lado golpista, que fue una represión metódica de todos los aparatos del Estado, con el apoyo activo de la Iglesia.

 Acentuar el victimismo de la Iglesia como hacen las beatificaciones es, además de una tergiversación de la historia que todavía se reproduce en España, una ofensa a los perdedores de la Guerra Civil, que eran los que defendieron la democracia, y que debería crear incomodidad a toda persona con sensibilidad democrática.

 Mi esperanza es que el Papa Francisco lo vea así y que, en nombre de la Iglesia, pida perdón, no solo a su Dios, sino al pueblo español, al que hizo tanto daño. (...)"                  (Artículo publicado por Vicenç Navarro en la columna “Dominio Público” en el diario PÚBLICO, y en catalán en el diario digital EL TRIANGLE, 10 de octubre de 2013, en vnavarro.org, 10/10/2013)

7/11/12

Juan XXIII: “La libertad religiosa debe su origen, no a las iglesias, ni a los teólogos, y ni siquiera al derecho natural cristiano, sino al Estado moderno, a los juristas y al derecho racional mundano, en una palabra, al mundo laico”

"No ha habido muchos concilios universales (ecuménicos) en la historia de la Iglesia, ahora llamada Romana. Apenas veintiuno. En palabras de Francisco de Vitoria, “desde que los papas comenzaron a temer a los concilios, la Iglesia están sin concilios, y así seguirá para desgracia y ruina de la religión”. (...)

Era muy evidente que la Iglesia romana estaba fuera del mundo desde el Vaticano I, celebrado casi un siglo antes bajo la batuta de un pontífice desbocado, Pío IX. Así que Juan XXIII, un Papa fieramente humano, quería nada menos que poner al día (aggiornamiento) a su Iglesia. Quería borrar la huella del Vaticano I, donde Pío IX, un psicópata, se había proclamado infalible y engordaba cada día el Syllabus errorum modernorum, en guerra total contra la modernidad entera. 

Su Índice de libros prohibidos, un apagón cultural más allá de toda imaginación, incluía a los fundadores de la ciencia moderna e incluso a la Crítica de la razón pura de Kant, y desde luego a Copérnico y Galileo, a Descartes y Pascal, a Spinoza, Mill, Comte, Condorcet y Ranke, por supuesto a Rousseau y Voltaire, a la Enciclopedia de Diderot y hasta al Diccionario Larouse, y también a los más grandes de la literatura de todos los tiempos.

 Si después de Auschwitz y dos guerras mundiales era difícil escribir poesía (como supuso Adorno), peor lo tenía la Iglesia romana, fuera del mundo desde que Pío IX acordó aquel catálogo de los errores que incluía a todo lo que se moviera más allá (y más acá) de Trento. 

Con Pío IX, Roma se echó encima a media humanidad. La gota que colmó el vaso fue su decisión de proclamarse a sí mismo ¡infalible! decidiendo, además, que tal cosa era dogma de fe. Grandes prelados del Vaticano I, sobre todo los centroeuropeos, salieron despavoridos del concilio tras fracasar en su intento de impedir semejante extravagancia.

 Juan XXIII quiso cerrar el error Vaticano I con un nuevo concilio, para colocar a su iglesia en la modernidad, haciéndola humana, sensible, cercana. Sus propuestas iban en esa dirección, no había otra posible. Y quiso hacerlo desde la verdad, desde la humildad. Lo dijo con palabras que aún parecen provocativas porque obispos españoles siguen predicando lo contrario. Afirmó: “La libertad religiosa debe su origen, no a las iglesias, ni a los teólogos, y ni siquiera al derecho natural cristiano, sino al Estado moderno, a los juristas y al derecho racional mundano, en una palabra, al mundo laico”.

 Suele creerse que la elección de Juan XXIII sorprendió a todo el mundo. No es cierto. El cardenal Roncalli era un papable seguro desde que fue encargado por Pío XII para resolverle la terrible crisis del episcopado francés que había colaborado con el régimen filonazi del mariscal Petain.

 El diplomático Roncalli, entonces arzobispo, viajó a París como nuncio apostólico y en apenas tres meses logró convencer al general De Gaulle de que la República renunciase a enviar al exilio (e, incluso, a procesar) a los mitrados colaboracionistas (una veintena), limitándose a castigar a tres de ellos con un ostracismo bendecido por el Vaticano. Fue la de Roncalli una gestión impresionante, universalmente aclamada (salvo en la España nazi-católica, obligada al silencio).

En España, había una razón para recelar de la convocatoria del concilio. El papa Roncalli era detestado por el Régimen. Poco antes de ser elegido Papa, en pleno cónclave (28 de octubre de 1958), el embajador de España ante la Santa Sede dirigió un telegrama al ministro de Asuntos Exteriores cuyo texto decía: ‘Alejado el peligro Roncalli’. 

 Horas después, Roncalli era elegido papa. Siendo ya cardenal, había viajado por España durante semanas sin rendir pleitesía al llamado Caudillo, ni a otras autoridades eclesiásticas, como era costumbre, haciendo a veces ironías sobre la extravagante situación política española.

 Había otras razones. Era conocido que al papa Roncalli le disgustaba que a la guerra civil desatada por Franco con el apoyo de los jerarcas eclesiásticos se le llamase Cruzada (tenía prohibido usar esta palabra en su presencia). Y también que había ordenado paralizar todos los procesos de beatificación de los llamados mártires de esa criminal contienda.

Franco supo también que Roncalli había protegido a los nacionalistas vascos en el exilio, entonces democristianos, sobre todo desde la Nunciatura del Vaticano en París. Lo cierto es que Juan XXIII –al que se atribuían orígenes familiares en el valle navarro del Roncal-, conocía muy bien la realidad de los obispos españoles, muchos de los cuales, en el momento de empezar el concilio, estaban celebrando con grandes palabras, con obscenos sermones, los llamados Veinticinco Años de Paz en España."                      (El País, 20/10/2012)