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17/11/21

“En cierto modo, toda nuestra memoria es falsa”... el cuerpo es el receptor de sensaciones y esas sensaciones crean los recuerdos

 "Los recuerdos humanos son algo muy vivo, y se forjan en el momento presente. No son una memoria fija que el cerebro se limita a conservar en sus archivos para cuando sea necesario acudir a ellos. 

Veronica O’Keane llegó a esa conclusión, que dio la vuelta a todo lo que había aprendido en años de estudio de psiquiatría, medicina o neurología, después de una intensa conversación con una de sus pacientes. Víctima de una psicosis posparto, la enferma estuvo convencida durante un tiempo de que su recién nacido había muerto. A través de la ventanilla del coche que la llevaba a una institución mental, donde estuvo ingresada unas semanas, pudo ver incluso la tumba del bebé en un cementerio.

 Superado el trastorno, y consciente de que nada de lo imaginado había sido real, volvió a ver un día la lápida y le invadió una sensación de terror: “Los recuerdos seguían siendo reales”. En su libro El Bazar de la Memoria: cómo construimos los recuerdos y cómo los recuerdos nos construyen (Siruela), esta profesora de Psiquiatría del Trinity College de Dublín describe con una elegancia pedagógica cómo el cuerpo es el receptor de sensaciones, las sensaciones crean la memoria, y la memoria define a las personas.

PREGUNTA. ¿Cómo fue ese proceso por el que la historia de su paciente, Edith, le llevó a replantearse sus ideas sobre los recuerdos?

RESPUESTA. Tenía una idea muy establecida, la que nos enseñan en medicina, psiquiatría o neurología, de que la memoria era algo como un almacén permanente al que acudes cuando deseas recordar algo o figurar algo. Pero me di cuenta de que la memoria es algo que se forja en el momento presente, porque el único modo en que uno puede tener la experiencia de un momento dado es a través de la memoria, mediante un proceso de conexiones que dan sentido a ese momento.

 Las sensaciones llegan a tu cuerpo constantemente, y tú das sentido a esas sensaciones a través de la memoria. Es decir, la memoria es algo que, básicamente, vive en el momento presente. Eso es lo que me enseñó Edith, que la memoria es algo muy vivo, es lo que somos.

 P. Es usted muy crítica con esa idea tan generalizada de que existe un dualismo cuerpo-mente.

R. La idea de que las personas son algo diferente de sus propios cuerpos, que el ser humano pensante es diferente del ser humano que siente, es un completo error. Como el concepto mismo de que los hombres y las mujeres son diferentes. La filosofía ha estado dominada durante siglos por el concepto de que los hombres son los que piensan y las mujeres las que sienten. Todo eso comienza a desintegrarse con la llegada de la Ilustración y de los derechos humanos.

 Es la llegada del humanismo la que empieza a derribar esa concepción sexista. El reconocimiento de que mente y cuerpo actúan juntos, aunque lo hagan de un modo diferente, es fundamental no solo para entender la biología, sino para entendernos a nosotros mismos como animales humanos.

P. Es fascinante cómo utiliza en su libro las grandes obras de la literatura para explicar el funcionamiento del cerebro.

R. Todos estos autores dedicaron sus vidas a un proceso de introspección. La intensidad con la que llegaron al fondo de su propia conciencia, por la vía literaria, y sus procesos de pensamiento y sentimiento, supera mi capacidad de imaginar siquiera cómo alcanzaron esos logros. Eran seres humanos con un alto desarrollo. Piense en Samuel Beckett, capaz de crear un mundo el que no hay anclas, en el que no hay tiempo, espacio y a veces ni siquiera hay persona.

 Esas son precisamente las anclas a través de las que se construye la memoria, en un nivel celular del cerebro. Beckett se deshizo de ellos. Fue capaz de eliminar esos elementos para demostrar la materia cruda de la que estamos formados, debajo de todas esas estructuras que utilizamos para dar sentido al mundo.

P. Uno puede llegar a la conclusión de que los grandes autores no eran normales, en lo que se refiere al funcionamiento de su cerebro.

R. Tome el caso de Virgina Woolf, quien sufría de un desorden psicótico. A veces, durante sus estadios de enfermedad, lo que percibía a su alrededor y cómo lo integraba en su cerebro era un proceso no normal. Aprendimos lo que supone una percepción normal, porque, en su caso, era algo que estaba roto. Tenía un talento extraordinario para describir su propia introspección. Esa ruptura acaba resultando muy iluminadora sobre lo que ocurre en circunstancias normales.

 Las novelas de Dostoievski, por ejemplo, revelan para mí a un autor con trastorno maniático. No sé cuál era exactamente su diagnóstico, pero tenía periodos de perceptibilidad extrema en los que se descubre un estadio de emoción pura. ¿Era Cervantes una persona normal? No creo.

P. Uno podría pensar que la memoria es algo muy individual, pero sin embargo usted defiende el peso de la memoria colectiva.

R.No puedes separar tu cerebro de las influencias culturales, familiares o sociales que te rodean. Yo fui criada en Irlanda en un ambiente rígido dominado por el dogma católico. Rompí con eso cuando era muy joven. Pero esa influencia cultural ha permanecido en mí, y estoy segura de que ha estructurado muchas de mis creencias. E incluso si pierdes esas creencias, las estructuras que han creado en tu cerebro permanecen. El conocimiento se forma a través de capas anteriores de conocimiento previo, y siempre vamos a estar revisando el pasado en nuestro proceso de memoria.

P. Es normal, hasta saludable, defiende usted, mentirnos a nosotros mismos y crear falsos recuerdos.

R. . Somos humanos, y tenemos la necesidad de sentirnos bien. Uno de los aspectos más interesantes de la depresión es que los que la sufren no suelen engañarse a sí mismos. Se observan a sí mismos de un modo muy crudo, que podríamos considerar negativo. Pero es a la vez un análisis muy honesto del mundo y de la condición humana. La psiquiatría tiene mucho que enseñarnos sobre la necesidad que tenemos de pasar página. Y es algo saludable. 

Lo que se ha venido a llamar “psicología positiva” pretende animar a los pacientes, darles un impulso de optimismo, hacer que se sientan cómodos. Sin embargo, creo que también es bueno sentirse incómodo. Forma parte de la naturaleza humana la necesidad de hacer frente a los propios demonios. En cierto modo, toda memoria es falsa."           (Entrevista a Veronica O’Keane, Rafa de Miguel, El País, 29/08/21)

4/3/21

Cerebros masculinos y femeninos. ¿Mito o realidad?

 "La idea de que los hombres poseen un cerebro masculino y las mujeres un cerebro femenino es muy antigua, anterior incluso a la propia investigación científica sobre el cerebro (lo que hoy llamamos neurociencia). 

Ya en el siglo XIX y ante el creciente empuje del movimiento sufragista y la llamada primera ola del feminismo, la craneología y la frenología fueron utilizadas para demostrar que la inferioridad intelectual de las mujeres (y, por tanto, su papel subalterno en la sociedad) eran consecuencias naturales del menor peso y tamaño de sus cerebros (Russet, 2009).

Hoy en día estas ideas nos parecen ridículas. Actualmente sabemos que la frenología y la craneología son pseudociencias, y que el peso o el tamaño del cerebro no poseen ninguna relación con la inteligencia, ni con ninguna otra característica psicológica. Sin embargo, y como acreditan decenas de libros de divulgación y un incontable número de artículos de prensa, blogs, posts y tweets, la idea de que existen cerebros masculinos y cerebros femeninos sigue estando firmemente establecida en nuestra sociedad. 

Evidentemente, ninguna de esas publicaciones mantiene que los cerebros de los hombres son superiores a los de las mujeres. Lo que sí propugnan es que los cerebros femeninos y los cerebros masculinos son claramente distintos, y que esas diferencias dotan a hombres y mujeres de habilidades cognitivas y disposiciones temperamentales distintas (como por ejemplo, que el cerebro masculino sería más matemático y racional mientras que el cerebro femenino sería más lingüístico y emocional).

Aunque más sutil en las formas, este nuevo mensaje no es muy distinto que su predecesor. Sigue siendo esencialista, ya que mantiene la idea de que todos los hombres son por naturaleza de una determinada forma y todas las mujeres son de otra, y, aunque parece igualitario, no lo es, ya que las habilidades y predisposiciones que se atribuyen al cerebro masculino son consideradas más importantes y gozan de una mayor valoración social que las atribuidas al cerebro femenino. 

Además, la idea de que existen cerebros masculinos y cerebros femeninos es un mito, una conclusión arbitraria que emana de sesgos y estereotipos culturales y que no se corresponde con los resultados de la investigación neurocientífica, e incluso los contradice. Para demostrarlo, evaluaremos uno a uno los tres postulados principales de este modelo, a saber: 1) los cerebros de los hombres y de las mujeres presentan muchas diferencias entre sí; 2) esas diferencias son muy grandes, por lo que puede afirmarse que existen dos tipos de cerebros: un cerebro masculino y un cerebro femenino, y 3) la existencia de grandes diferencias cerebrales resulta en «grandes diferencias cognitivas», temperamentales y de comportamiento.

¿Existen muchas diferencias entre los cerebros de los hombres y los cerebros de las mujeres?

Ningún investigador o investigadora de este ámbito pone en cuestión la existencia de diferencias entre mujeres y hombres a distintos niveles de organización y funcionamiento cerebral. Ahora bien, si a esas mismas investigadores e investigadoras les preguntamos cuántas diferencias hay o cuáles son esas diferencias, encontraremos mucho menos consenso.

Así, por ejemplo, a nivel anatómico –que es en el que nos centraremos por ser el más accesible y mejor caracterizado– son pocas las diferencias que resultan incontrovertibles. La más evidente es una que ya hemos comentado: el cerebro de los hombres es, en promedio, un 11 % más grande que el de las mujeres. Sin embargo, esa diferencia es similar a la que se observa en nuestra altura o peso, así como en el volumen de otros órganos (hígado, corazón, riñones…), por lo que ese 11 % parece ser más un reflejo de las diferencias de escala o talla que existen entre nuestros cuerpos que una característica diferencial propia o específica de nuestros cerebros.

Mucho más complejo resulta concluir algo acerca de las posibles diferencias entre hombres y mujeres respecto al volumen de regiones cerebrales concretas, ya que no todos los estudios científicos encuentran los mismos resultados. Ante esta situación, lo único que puede hacerse es recurrir a un metaanálisis o intentar identificar una tendencia común en los estudios más fiables y, sobre todo, ser muy prudentes en nuestras conclusiones. Desgraciadamente, esto no es siempre lo que ocurre. Con demasiada frecuencia los resultados de un solo estudio son tomados como verdades absolutas, y sus conclusiones son comunicadas de forma precipitada e inexacta a la sociedad. Además, por lo general, los estudios que alcanzan esta popularidad no son los más fiables o representativos, sino aquellos que muestran diferencias más extremas.

Un ejemplo muy claro de este fenómeno es el caso del llamado cuerpo calloso (un conjunto de fibras que conecta los dos hemisferios cerebrales). El cuerpo calloso saltó a la fama en los años ochenta tras la publicación de un estudio en la revista Science que afirmaba que esta estructura es mayor en mujeres que en hombres (DeLacoste-Utamsing y Holloway, 1982). Aunque este estudio se basaba en una muestra pequeña y presentaba varias deficiencias metodológicas (véase Bishop y Wahlsten, 1997), un gran número de medios de comunicación se hizo eco de sus conclusiones, lo que instauró –tanto en la comunidad científica como en la sociedad– la idea de que esta era una diferencia fundamental entre hombres y mujeres. Sin embargo, algunos años después se publicó un metaanálisis (Bishop y Wahlsten, 1997) que llegaba a una conclusión totalmente opuesta: cuando se analizaban conjuntamente los resultados de todos los estudios publicados hasta esa fecha no parecía existir ninguna diferencia entre hombres y mujeres en cuanto al tamaño del cuerpo calloso. Es más, el artículo de DeLacoste-Utamsing y Holloway aparecía como una anomalía dentro del conjunto de estudios realizados, ya que mostraba resultados mucho más extremos que todos los demás.

No obstante, este metaanálisis pasó desapercibido. Ningún medio de comunicación reparó en él o, si lo hicieron, no creyeron que fuera noticioso, por lo que sus conclusiones solo llegaron a una pequeña parte de la comunidad científica. Así, a día de hoy el artículo de DeLacoste-Utamsing y Holloway (1982) sigue siendo mucho más citado que el de Bishop y Wahlsten (1997), y numerosas publicaciones no especializadas siguen afirmando taxativamente que el cuerpo calloso es mayor en mujeres que en hombres, e incluso presentando esta supuesta diferencia como responsable de un sinfín de supuestas diferencias cognitivas que tampoco han sido científicamente demostradas.

 

Con este ejemplo no se pretende decir que no existan diferencias anatómicas entre los cerebros de los hombres y los cerebros de las mujeres. Como hemos dicho desde el inicio de esta sección, las hay en varias regiones cerebrales y así lo corroboran diversos metaanálisis y macroestudios realizados con centenares o miles de participantes (Marwha, Halari y Eliot, 2017; Ritchie et al., 2018; Sanchis-Segura et al., 2019; Sanchis-Segura, Ibáñez-Gual, Aguirre, Cruz-Gómez y Forn, 2020). Ahora bien, estas diferencias no son muchas sino muchas menos» de las que parecen y de las que se publican, ya que algunas de ellas son en realidad falsos positivos (David et al., 2018; Fine, 2013). Además, y como demuestran esos mismos metaanálisis y macroestudios, el número de diferencias es también mucho menor que el número de no-diferencias (Marwha et al., 2017; Ritchie et al., 2018; Sanchis-Segura et al., 2019, 2020). Pese a todo ello, las similitudes entre hombres y mujeres siguen recibiendo mucha menos atención científica y mediática que sus diferencias. El problema es que, a fuerza de solo publicar y publicitar las diferencias entre mujeres y hombres, acaba pareciendo que solo existen diferencias y que, por tanto, somos diferentes en todo o que somos esencialmente distintos.

¿Son muy grandes las diferencias encontradas entre los cerebros de los hombres y los cerebros de las mujeres?

Para responder a esta segunda cuestión es necesario recordar que en la investigación científica solo se consideran diferencias aquellas que resultan estadísticamente significativas, pero es igualmente necesario aclarar que la significación estadística solo nos dice sí (existe una diferencia) o no (esa diferencia no existe), nada más. Así, por sorprendente que pueda parecer, el hecho de que una diferencia sea estadísticamente significativa no nos dice nada acerca de su tamaño (Cohen, 1994). Lo podemos ver más claramente con un ejemplo. La media de la altura en hombres es mayor que la de las mujeres. Si utilizamos una muestra representativa y suficientemente grande podremos comprobar que esa diferencia es estadísticamente significativa, pero seguiremos sin saber nada sobre el tamaño de la diferencia. Es decir, no sabremos cuántos centímetros de diferencia hay entre esas medias. Desgraciadamente, esto es algo que se olvida demasiado a menudo. Y lo que es peor, cuando una diferencia es estadísticamente significativa, generalmente asumimos que esa diferencia, debe ser grande y que, consecuentemente, también debe ser importante. Es decir, frecuentemente se confunden las diferencias estadísticamente significativas con las diferencias significativas, cuando en realidad son conceptos muy distintos.

Existen estadísticos que permiten determinar el tamaño de una diferencia, como la llamada d de Cohen (véase Ellis, 2010). Mediante este estadístico (Maher, Markey y Ebert-May, 2013), las diferencias pueden ser calificadas como pequeñas (cuando d > 0,2 pero menor que 0,5), medianas (d ≥ 0,5 pero menor que 0,8), grandes (d > 0,8 pero menor que 1,3) o muy grandes (d > 1,3). [1] Sin embargo, los estudios acerca de las diferencias cerebrales entre hombres y mujeres no siempre incluyen este tipo de estadísticos, lo cual propicia una interpretación libre y exagerada de esas diferencias. Así, sin medirlas, algunos artículos científicos y la mayoría de publicaciones no especializadas califican esas diferencias como muy grandes o fundamentales, y se llega en algunos casos al extremo de equipararlas al dimorfismo sexual que se observa en los órganos reproductores o de decirnos que los hombres (y sus cerebros) son de Marte y las mujeres (y sus cerebros) son de Venus.

En contraposición a toda esta desmesura, los metaanálisis y macroestudios –que sí miden el tamaño de las diferencias cerebrales observadas entre mujeres y hombres– nos ofrecen unas conclusiones muy distintas (véase Marwha et al., 2017; Ritchie et al., 2018; Sanchis-Segura et al., 2019, 2020). (...)

De hecho, cuando hablamos de diferencias, el tamaño importa (y mucho). Además, y al contrario de lo que frecuentemente afirman los proponentes y pregoneros de la existencia de cerebros femeninos y cerebros masculinos, los resultados de la investigación científica no demuestran que las diferencias cerebrales entre hombres y mujeres sean muy grandes o equiparables a las que se observan en sus órganos reproductores. Lo que la investigación científica nos demuestra es que en el cerebro humano no existe ningún caso de dimorfismo sexual, y que las diferencias que existen son, por lo general, pequeñas (McCarthy y Konkle, 2005; Joel, 2012; Ritchie et al., 2018; Sanchis-Segura et al., 2019, 2020).

Algunas personas argumentarán que estas conclusiones están sesgadas, que se refieren únicamente a diferencias anatómicas y que no tienen en cuenta que muchas diferencias pequeñas pueden sumarse y dar lugar a una gran diferencia, sobre todo a nivel funcional. Sin embargo, lo que se ha comentado respecto a las diferencias anatómicas parece ser también aplicable a lo que se observa a otros niveles de organización y funcionamiento cerebral.

Por otra parte, no se ha demostrado que las diferencias se sumen y, en todo caso, existen indicios (aunque controvertidos) de que posiblemente no lo hagan (Joel et al., 2015). Lo que sí sabemos es que, precisamente porque las diferencias cerebrales son pequeñas y no categoriales, las mujeres y los hombres forman dos grupos muy solapados en cualquier rasgo cerebral (Figura 1), por lo que las diferencias que se observan entre las medias de dichos grupos no necesariamente se reproducen entre todos los hombres y todas las mujeres (Figura 2). Esto no significa que las diferencias no puedan sumarse, pero sí que los sumandos de esta operación son distintos en cada individuo. En consecuencia, los cerebros no pueden ser agrupados en dos categorías homogéneas y mutuamente excluyentes de características típicamente masculinas o típicamente femeninas, sino que cada uno de ellos es un mosaico singular e idiosincrático que puede combinar ambas (Figura 2). Además, la mayor parte de las diferencias cerebrales no son estáticas, sino que su magnitud cambia a lo largo del ciclo vital o en respuesta a diversos estímulos, experiencias y circunstancias tanto fisiológicas como ambientales (McCarthy y Konkle, 2005; Arnold, 2014, 2017), lo que se traduce en un mayor grado de individualidad o mosaicismo cerebral.

 Finalmente, es importante mencionar que cuando pasamos de considerar las diferencias cerebrales de una en una a integrarlas en circuitos funcionales, algunas de esas diferencias no se suman, sino que se restan (De Vries, 2004; Arnold, 2014). Es decir, hay diferencias que funcionalmente anulan o compensan otras diferencias, haciendo que mujeres y hombres sean más similares y no más diferentes entre sí. Este tipo de compensaciones se han descrito no solo en el cerebro, sino también en otros órganos y tejidos y afectan incluso a las diferencias sexuales más elementales (De Vries y Forger, 2015). Así, por ejemplo, en las mujeres –pero no en los hombres– se produce un proceso epigenético mediante el cual uno de sus dos cromosomas X queda inactivado, eliminando así buena parte de las diferencias genéticas esperables desde su distinto complemento cromosómico (XX o XY). Es decir, lo que aparentemente son dos diferencias sexuales (una genética y otra epigenética), en realidad son una fuente de convergencia y similitud entre los sexos. La existencia de este tipo de compensaciones no debiera sorprendernos demasiado, pues si bien existe una evidente presión evolutiva para que machos y hembras mantengan dos funciones reproductoras distintas, también existe una fuerte presión evolutiva para que machos y hembras no sean demasiado distintos en aquellos aspectos que no conciernen a la reproducción. Así, conviene recordar que "los procesos compensatorios que previenen efectos colaterales de la diferenciación sexual pueden ocurrir una y otra vez, tanto en los organismos en desarrollo como en los adultos, tanto a nivel molecular como macroscópico. El cerebro puede ser el lugar idóneo para detectar esas compensaciones […] Las diferencias cerebrales ligadas al sexo pueden causar, pero también prevenir, diferencias funcionales y conductuales entre los sexos" (De Vries y Södersten, 2009, pp. 593-594).

Y si los cerebros de las mujeres y los hombres no son tan distintos, ¿por qué su comportamiento sí lo es?

Esta pregunta es muy recurrente, pero parte de una premisa falsa, ya que la mayoría de las diferencias cognitivas, temperamentales y comportamentales entre mujeres y hombres no son muy grandes sino que son tan o más «pequeñas» que las que se observan en sus cerebros. De hecho, al igual que ocurre a nivel cerebral, puede afirmarse que hombres y mujeres son psicológicamente mucho más similares que distintos entre sí.

Esta conclusión (conocida como the gender similarities hypothesis o la hipótesis de las similaridades de género) la propuso inicialmente la investigadora Janet Shibley Hyde, quien, tras haber realizado ella misma decenas de metaanálisis sobre las diferencias entre hombres y mujeres en diversos rasgos psicológicos, decidió realizar un análisis conjunto de los resultados de 46 metaanálisis publicados sobre diferencias conductuales entre mujeres y hombres (Hyde, 2005). Los resultados de este meta-meta-análisis fueron muy claros. En 96 de los 124 rasgos evaluados (77,4 %) las diferencias eran pequeñas (d < 0,35) o virtualmente inexistentes. En cambio, solo en dos rasgos (1,61 % del total) las diferencias eran «muy grandes» (d > 1,3) y estas se observaban en dos capacidades motoras, no cognitivas: la velocidad y distancia a la que mujeres y hombres son capaces de lanzar objetos.

 Esos resultados eran similares a los que ya había obtenido la misma investigadora en un meta-meta-análisis anterior (Hyde y Plant, 1995) y también a los encontrados en otro posterior (Zell, Krizan y Teeter, 2015). En este último estudio –realizado de manera independiente por otro equipo investigador– se incluyeron los resultados de 106 metaanálisis que evaluaban las diferencias entre hombres y mujeres en 386 rasgos psicológicos, observándose que en 330 de ellos (85,49 % del total) las diferencias eran pequeñas (d < 0,35) o virtualmente inexistentes, y solo en tres (0,8 %) el tamaño de las diferencias era muy grande. Así, la diferencia media en todos estos rasgos era pequeña, con un valor de d de 0,21 (Figura 3).

En resumen, las diferencias cognitivas, temperamentales y conductuales entre hombres y mujeres son pequeñas, como también lo son las que encontramos a nivel cerebral. Estos datos desmienten rotundamente el mito de los cerebros masculinos y cerebros femeninos difundido a través de innumerables medios y publicaciones. Por ello, es posible que estos datos y las conclusiones de este artículo resulten sorprendentes e incluso difíciles de creer para algunas personas. Pero lo que eso nos indica es que, aunque no hay grandes diferencias entre los cerebros de las mujeres y los cerebros de los hombres, sí las hay dentro de nuestras cabezas, en forma de estereotipos acerca de cómo son y cómo deben ser los hombres y las mujeres. Estos estereotipos de género nos hacen ignorar las semejanzas y exagerar las diferencias, creándolas incluso cuando y donde no las hay (ej. Sanchis-Segura, Aguirre, Cruz-Gómez, Solozano y Forn, 2018; Spencer et al., 1999). Por todo ello, resulta imprescindible combatir estas falsas creencias y, como aquí se ha intentado evidenciar, la mejor forma de hacerlo es mediante la investigación científica."                       (Carla Sánchez-Segura, Viento Sur, 03/03/21)

2/3/20

Gina Rippon examina de forma crítica las conclusiones dudosas de tantos experimentos neurológicos que “demuestran” las diferencias de género en el cerebro

"Gina Rippon lleva muchos años dedicada a estudiar el cerebro, por ejemplo buscando en él los mecanismos que provocan el autismo, y también a examinar de forma crítica las conclusiones dudosas de tantos experimentos neurológicos que “demuestran” las diferencias de género en el cerebro. Y no, ni los hombres son de Marte ni las mujeres son de Venus. 


Entrevisto en la Residencia de Estudiantes a esta mujer que combina una marcada disposición a reírse con una firmeza notable en sus afirmaciones. No le vienen mal, el sentido del humor y la firmeza, a quien pone en duda muchos de los estereotipos de género que atraviesan nuestra sociedad. 


Gina Rippon acaba de publicar en España El género y nuestros cerebros (Galaxia Gutenberg, 2020).


Una de las cosas que más me han llamado la atención al leer su libro no es tanto que muchos estudios y experimentos que destacaban la diferencia entre los cerebros de los hombres y los de las mujeres hayan usado metodologías dudosas o que estuviesen sesgados desde el principio, sino que aunque se haya demostrado que eran erróneos continúen siendo citados y divulgados. 


Los estudios más antiguos usaban grupos muy pequeños y todavía estaban convencidos de que había diferencias fundamentales entre hombres y mujeres; en uno de los estudios que cito se asignaban cuatro tareas a los participantes, todas basadas en el lenguaje, y solo en una de las cuatro encontraron diferencias, y eso solo en más o menos la mitad de las mujeres, pero es de la única de la que se habla.

 El problema estaba en la explicación que se daba, que reflejaba lo que ya se creía: que las mujeres eran superiores en términos de lenguaje porque estaba distribuido en los dos hemisferios y, como parecía reflejar la creencia existente, no se exigieron pruebas más sólidas. No era un fraude, pero era un experimento muy incompleto. Y, sin embargo, se sigue citando, en páginas web que abogan por la educación en escuelas separadas para niños y niñas…


Pero no solo esos estudios antiguos parecen intentar reflejar una creencia previa, también los modernos.


Sí, es lo que llamamos neurosexismo; quizá el artículo que mejor lo refleja es el de Ingalhalikar, en el que se examinaban las conexiones en el cerebro, uno de los primeros que lo hacía, en lugar de examinar estructuras individuales. Y afirmaron haber encontrado grandes diferencias entre el cerebro masculino y el femenino; el primero era mucho más anteroposterior mientras que el de las mujeres estaba mucho más lateralizado. 

Eso confirmaba las diferencias entre cómo hombres procesan la información perceptiva y cómo las mujeres procesan información lingüística y emocional. Pero no examinaron para nada el comportamiento. Lo que hicieron fue tan solo acudir a los estereotipos. Interpretaron los datos en esos términos. Y eso no es buena ciencia.

 Fue muy interesante examinar el impacto de la investigación, que fue enorme e inmediato; no solo se publicó, la propia universidad hizo una nota de prensa, porque obviamente la universidad quería darle notoriedad: entresacó los aspectos más llamativos del estudio y se los pasó a la prensa. La noticia corrió de mano en mano y se distorsionó, pero siempre confirmando los sesgos de género preexistentes. Y aún circula por ahí. 


Este tipo de científicos encuentran diferencias minúsculas entre sexos y las presentan como “diferencias fundamentales”; pero además dejaban de lado todas las comparaciones en las que no encontraban tales diferencias, que eran muchísimas más. Y la gente oye lo que quiere oír. 


También porque los intereses científicos no son solo científicos.


Exactamente. Hay que ver por qué se pregunta lo que se pregunta. Ahora la explicación favorita es que hay que hacer esas investigaciones porque hay grandes diferencias entre géneros en enfermedades como el Alzhéimer y también en enfermedades psicopatológicas como la depresión y las tendencias suicidas y a las autolesiones. 

Así que se dice: tenemos que hacer estas investigaciones porque es la única manera de resolver esos problemas. Y sin embargo eso no justifica ignorar las deficiencias en cómo se plantean las preguntas, y cómo se plantean los experimentos para obtener los datos.


Usted no niega que haya diferencias entre el cerebro masculino y el femenino, sino que dichas diferencias se han magnificado, que son más individuales que generales y en parte producidas por el contexto social.


Nunca diría que el cerebro masculino y el femenino son iguales, también porque cada cerebro es distinto de los demás. Y la diferencia no radica solo en que se trate del cerebro de una mujer o de un hombre, sino en cómo ha sido utilizado. Intentar explicar las diferencias solo en términos de si es un cerebro de mujer o de hombre ha llevado a la ciencia a un callejón sin salida.


Quienes no somos científicos hemos oído muchas veces que hay diferencias específicas entre el comportamiento de hombres y mujeres, debido a diferencias genéticas en sus cerebros. Las mujeres son más empáticas, los hombres son mejores en matemáticas y en visión espacial. 


(Se ríe). Y leen mejor los mapas.


Eso es. ¿Hay algo de verdad en ello?


No. A pesar de décadas de experimentos, la neurociencia no ha identificado estructuras claras, formas de conexión que distingan de manera fiable el cerebro de un hombre del de una mujer. Pero hay montones de artículos que dicen que la amígdala de los hombres es más grande, o el neocórtex, o se discute si es más grande el corpus callosum o el cerebelo. Pero los neurocientíficos deberían reconocer que no saben lo que significa eso, si tener un córtex mayor te hace más apto para ser arquitecto. 

Los científicos han centrado sus esfuerzos en medir las diferencias, lo que además ha resultado muy difícil, pero luego tampoco saben qué quieren decir. Lo que están buscando son las brechas de género, si las mujeres piensan de manera distinta, si sus preferencias son otras, y demostrar que todo eso está en el cerebro. Pero estudiar el cerebro con esa perspectiva de “el tamaño importa”, no creo que sea lo más relevante.


Independientemente del tamaño y la estructura, ¿hay diferencias en la actividad que se puede ver con técnicas de mapeado cerebral?


Yo creo que tiene que haber diferencias, entre otras cosas por el origen biológico de ese órgano y por las etapas biológicas que ha atravesado antes de que comenzásemos a estudiarlo. Pero no creo que sea útil centrarse en las estructuras, sino que es más interesante ver cómo la gente resuelve problemas y los minúsculos cambios que se producen en el cerebro. 

Si eso nos llevará a poder decir “he encontrado la verdad en las diferencias entre el cerebro femenino y el masculino”… sospecho que no. Probablemente podremos decir: hay gente que responde a ciertos problemas de cierta manera, algunos responden mejor a las emociones. Pero caracterizar todo eso a nivel cortical no nos va a llevar a una división clara entre hombres y mujeres.


Muchos de los defensores de las diferencias entre los cerebros de mujeres y hombres se apresurarían a decir que dichas diferencias no hablan de superioridad o inferioridad; dirían que son complementarios. Lo que usted llama la trampa de la complementariedad.


(Se ríe). Es interesante ver que al principio de la ciencia las mujeres tenían mucho éxito, mujeres que tenían el dinero y el tiempo para ocuparse de temas tan arcanos como la geología o la astronomía. Pero la ciencia se profesionalizó y excluyó a las mujeres de forma activa; en las instituciones creadas para convertir la ciencia en un tema serio de estudio, y no en un hobby, se prohibía la entrada a las mujeres. Porque eran inferiores o incapaces. 

En el siglo XX se produjo un cambio; entonces se empezó a decir que las mujeres no son inferiores, sino que tienen capacidades distintas. Y esas capacidades impedían que fuesen grandes científicas o líderes o empresarias, pero sí podían ser compañeras valiosas y madres, cuya empatía también les permitía ser cuidadoras y enfermeras… O sea, habilidades mal pagadas o sin reconocimiento.


Otra característica muy interesante del cerebro es su plasticidad, su capacidad para cambiar y adaptarse. En su libro habla de transformaciones físicas muy rápidas, como el crecimiento de la materia gris, que se producen en el cerebro si se dedica a una actividad especializada. Esto tiene consecuencias no solo para la educación, también para la asignación de roles por sexos.


Eso es, porque incluso si se aceptase que las chicas no son tan buenas en visión espacial podrías entrenarlas, lo que provocaría cambios tanto en la estructura del cerebro como en su funcionamiento. 


Pero no es solo la actividad la que transforma el cerebro, también las expectativas, las propias y las de los demás.


Sí, los estereotipos. Hay quien cree que el cerebro actúa en una especie de vacío, que es una máquina interna a la que no le afecta el mundo exterior. Pero estereotipos, actitudes y expectativas influyen. Puedes dar a un grupo de mujeres la misma tarea comunicándoles expectativas distintas y los resultados serán mejores o peores dependiendo de ellas y esto se refleja al nivel del cerebro; el cerebro entonces no dice “tengo que resolver este problema” sino “tengo que responder a este problema y sé hacerlo, o no sé hacerlo”.


En este sentido me parece muy interesante el experimento que cuenta, realizado con niñas de nueve años, que son tan buenas en matemáticas como los chicos, pero no confían en dedicarse a ellas.


De hecho se han vuelto a hacer estas pruebas con niñas mucho más jóvenes y se ve que ya ocurre en niñas de seis años. Es decir, desde muy pronto se está transmitiendo esa creencia en que una niña no puede ser buena en matemáticas. Y hay otro experimento con niños y niñas de seis años en que se les daba a elegir un juego apto para gente muy, muy inteligente o uno para gente que se esfuerza mucho, y la mayoría de las niñas elegían el segundo, porque no creían que podrían resolver el juego para quien es muy inteligente.


Su libro se centra en asuntos de género, pero también es revelador sobre cuestiones relacionadas con la clase social; dependiendo de a qué clase perteneces tienes que vivir con expectativas distintas.


Sí, la división de género se entrecruza con cuestiones de clase y de raza de una manera muy marcada. Los principios de los que estamos hablando son pertinentes para otros ámbitos. 

Lo que hace muy difícil cambiar la manera en la que afrontamos las diferencias de género es lo que llamaría la “ideología implícita”. Creemos quizá que los hombres y las mujeres tienen potencialmente las mismas capacidades pero algo escondido en nuestro interior no está de acuerdo. 


Sí, el sesgo inconsciente está atrayendo mucha atención, sobre todo en organizaciones que reconocen ese sesgo de género; se dicen, tenemos derechos iguales para hombres y mujeres, nuestros procedimientos y tareas están bien equilibrados, pero si das una palabra a estas personas y preguntas si la asocian con hombres o con mujeres, por ejemplo “independiente”, “lógico”, “racional”, las asocian con hombres, mientras “cuidados”, “cooperativo”, “colegial”, lo asignan a la mujer. 

La gente no se da cuenta de que tiene un sesgo de género interiorizado, y es muy importante hacer que lo descubran, pero es solo el primer paso. Hay que introducir procedimientos para evitar ese sesgo, y cambiar también la cultura,  porque si no se espera que a una niña se le den bien las ciencias o las matemáticas, acabará siendo así.


El problema es que profesorado y madres y padres pueden pensar que educan a los niños y niñas de igual forma, pero no es así.


Cierto. En un experimento muy simpático se pedía a los padres que rellenasen un cuestionario sobre conciencia de cuestiones de género, y decían, por ejemplo, “no me importa que mi hijo haga ballet o lleve un tutú”, y en la habitación de al lado el hijo decía “no creo que mi a mi padre le gustase que hiciese eso o que jugase con muñecas”. O sea que los niños reciben mensajes divergentes. 

Y los niños evalúan esos mensajes, lo que hacen los demás, lo que los padres esperan. Y lo que muestran muchos de los estudios sobre los que he estado trabajando es lo poderosa que es la necesidad de pertenencia a un grupo, y el cerebro determina cómo actuar teniendo en cuenta que esa pertenencia aumenta la autoestima. Te da el mensaje de qué hacer teniendo en cuenta si los pertenecientes a tu grupo lo harían o no.


Y sin embargo usted se convirtió en científica. Eso no lo esperaba nadie.


(Se ríe). Desde luego. A mí me enviaron a una escuela de chicas en la que no se enseñaba ciencias. Tengo un hermano gemelo que no estaba interesado en el trabajo académico, tenía otras habilidades y aptitudes, mientras que yo, desde muy joven, era buena en la escuela. 

Y en el curso undécimo los estudiantes teníamos que hacer un examen, si lo aprobabas ibas a la enseñanza superior; lo hicimos, yo aprobé, mi hermano suspendió, y mis padres gastaron un montón de dinero enviándole a una escuela en la que le darían el apoyo académico necesario y a mí no me enviaron al tipo de institución a la que podría haber ido con mis notas, sino a un internado local para chicas, católico, en el que a las chicas se les enseñaba sobre todo a no hacerse notar, así que no había ciencias. 

No había mala voluntad, las cosas eran así; por suerte ahora han cambiado muchas cosas. Yo quería estudiar medicina, pero como en mi escuela no había ciencias, no pude hacer los exámenes necesarios. Y lo más cercano que podía hacer era estudiar psicología; eso me permitió también estudiar biología, así que entré por la puerta trasera para hacer lo que quería hacer, estudiar el cerebro, aunque no tengo ni idea de por qué quería hacerlo.


Decía que el mundo ha cambiado, y lo ha hecho, pero me ha interesado mucho el experimento que se hizo con el chat bot Tay, que debía “aprender” y transformarse mediante la interacción con humanos en las redes. 


Sí, es una metáfora excelente para lo que decía antes. Ahí tienes un sistema de aprendizaje profundo, que extrae información del entorno, como nuestro cerebro; lo pones en un contexto lleno de opiniones sexistas y racistas y en dieciséis horas se vuelve racista y sexista, y tuvieron que cerrarlo. Pero no es sorprendente para cualquiera que interactúe en Twitter. El bot hizo lo que hacemos todos, escuchar lo que dice el mundo ahí afuera, y entonces empezó a decir lo mismo.


También la han atacado a usted en Twitter, la han llamado feminista rabiosa…


Feminazi. 


Por supuesto.


Y negadora de las diferencias entre sexos.


Eso es lo que se puede esperar de Twitter. Pero ¿ha sucedido algo parecido entre colegas?


Cuando haces crítica de la neurociencia, como yo hago, partes de que la neurociencia no es independiente de los valores, se da en un contexto político. Y por la naturaleza de lo que hacemos, tenemos que fijarnos en el entorno, porque el cerebro cambia mucho más de lo que pensábamos dependiendo de ese entorno. Y esto hay que incorporarlo a la investigación. Pero cuando haces crítica, muchos lo entienden como ataque, un ataque a lo que hacen, y consideran que la obra de su vida está bajo ataque, y entonces contraatacan y dicen que pones en peligro la salud de hombres y mujeres porque quieres impedir tal o cual investigación.  


Lo que me resulta muy llamativo es que en países más igualitarios haya menos mujeres que se dedican a las actividades de ciencia y tecnología. Lo que llama la paradoja de la igualdad de género.


En un documento que examina el índex de la brecha de género en unos cincuenta países se ve que en los países más desarrollados y con mayor igualdad de género, como los escandinavos, Holanda, etc., el nivel académico de las chicas era comparable al de los chicos en ciencias, pero era más alto en humanidades. Y ellas al parecer elegían dirigirse a carreras en las que eran superiores.

Al mismo tiempo, la confianza en sí mismos de los chicos, a nivel universitario, era superior en todos los países a la de las chicas, lo que no se correspondía con la realidad. En ciencias hay un sesgo de género en cuanto al dinero que se destina a su investigación,  a cuántas veces se citan sus artículos, etc. Así que las ciencias no resultan muy acogedoras. Y como personas sociales, ¿qué elegimos, aquella disciplina en la que somos mejores o aquella en la que no parecemos bienvenidas?

 Así que ahí tenemos la paradoja de que a pesar de todas estas iniciativas para fomentar la diversidad, las mujeres siguen sin elegir dedicarse a las ciencias, así que ya no se habla de capacidades distintas –porque ese argumento ya no tiene credibilidad– sino de preferencias distintas: las mujeres prefieren no dedicarse a las ciencias. Por supuesto, cómo es el mundo de la ciencia no tiene la culpa de nada. 


La paradoja es que en los países menos desarrollados en los que la brecha de género es mayor, las mujeres están menos infrarrepresentadas en ciencias. La explicación es de orden económico: si vives en un país en el que necesitas desesperadamente un buen salario y las ciencias te dan el más elevado, lo eliges. En uno en el que no lo necesitas tanto, te diriges a donde te sientes más cómoda. 


¿Y es el mundo de las ciencias tan poco acogedor, tan frío hacia las mujeres?


En el movimiento MeToo hubo un apartado para las ciencias, y se examinó el nivel de acoso sexual entre los investigadores, y es extremadamente alto. Con lo que llegamos al mismo dilema: ¿querrías quedarte en una comunidad en la que te van a tratar como si fueses la propiedad de alguien?"                   (Entrevista a Gina Rippon, José Ovejero, La Marea, 29/02/20)

19/11/19

Por qué hombres y mujeres tienen distintas enfermedades mentales. La esquizofrenia y el autismo son más frecuentes entre los varones, mientras que la depresión y los trastornos de ansiedad son más habituales en la población femenina...

"Hombres y mujeres tienen más similitudes que diferencias, pero se sabe que muchas enfermedades no se distribuyen por igual entre los dos sexos. Las enfermedades mentales son un caso evidente. 

Las mujeres suelen recibir más diagnósticos de estrés postraumático, depresión o trastornos de ansiedad, mientras que los hombres suelen sufrir más de hiperactividad, esquizofrenia o autismo. En el inicio de la era de la medicina personalizada, entender esas diferencias será necesario para mejorar la prevención y los tratamientos, aunque como reconocen algunos expertos, pronunciarse sobre estas diferencias puede resultar polémico. 

El reconocimiento de diferencias innatas en los cerebros de hombres y mujeres, aunque solo sea hablando en términos globales y se recalque que dominan los rasgos comunes, puede entenderse como un intento de justificar y perpetuar desigualdades históricas.

En realidad, como suele suceder en todos los ámbitos, desligar lo biológico de lo social es complicado, porque la sociedad es fruto de la naturaleza humana y los cambios sociales pueden transformar la biología. Los paleoantropólogos plantean, por ejemplo, que fue la selección de machos más dados a la cooperación y a cuidar de sus crías por parte de las hembras lo que impulsó la evolución humana hacia la aparición de hombres con colmillos más pequeños y músculos menos potentes, pero más dotados para la interacción social.

“El dimorfismo sexual [las diferencias entre sexos] es algo que existe en muchos animales y también se da en el ser humano”, explica Eduard Vieta, director científico del CIBER de Salud Mental (CIBERSAM). “Algunas diferencias son susceptibles de ser cambiadas a nivel cultural y otras menos. Por mucho que entrene una mujer el levantamiento de peso, no va a lograr los mismos resultados que un hombre que entrene lo mismo”, añade. “En lo que se refiere a la conducta humana, la discusión está en ver qué proporción de las diferencias que se observan tiene un origen cultural y cuál viene de la biología. 

Algunos de los mecanismos son biológicos, sería un error atribuir todo a cuestiones culturales”, continúa. “Hay una biología distinta a nivel hormonal, y por ejemplo, la exposición a la testosterona durante la adolescencia puede hacer que un hombre sea más violento”, explica. “Aunque eso no significa que un hombre más violento vaya a tener mayores niveles de testosterona que uno menos violento. Son factores de riesgo”, aclara.

Hombres y mujeres tienen diferentes niveles de distintas hormonas que además se expresan de forma diferente a lo largo de la vida. Eso puede explicar, en parte, que los niños sean más propensos a sufrir algunas enfermedades durante la infancia y ellas empiecen a tener más problemas mentales durante la pubertad y la adolescencia. En ambos casos, el estrés es uno de los principales desencadenantes de estas dolencias. 

En los niños, según explica en un artículo publicado en Biological Psychiatry Georgia Hodes, del Instituto Politécnico y Universidad Estatal de Virginia (EE UU), el periodo de mayor vulnerabilidad parece el propio embarazo y los años inmediatamente posteriores al nacimiento, y las enfermedades que desencadena son las relacionadas con la socialización, como los trastornos del espectro autista, los trastornos de atención o los problemas cognitivos. 

En esta etapa, según se indicaba en un trabajo liderado por Debra Bangasser, de la Universidad del Temple en Filadelfia (EE UU), parece que los estrógenos protegen a las mujeres de estas dolencias. Sin embargo, épocas de cambios hormonales, como la pubertad, el embarazo o la transición a la menopausia, hacen más vulnerables a las mujeres a desarrollar depresión o trastornos de ansiedad.

Junto a la predisposición biológica, que está mucho más relacionada con la familia que con el sexo, las circunstancias estresantes tienen que ver con el entorno en el que nace y crece cada individuo. La exposición a sustancias tóxicas en el útero o a través de la alimentación más adelante puede desencadenar una esquizofrenia en alguien propenso. En las mujeres, las experiencias de acoso o la presión por sentirse el pilar que sustenta a los hijos o a familiares enfermos pueden estar en el origen del estrés postraumático, los trastornos de ansiedad o la depresión.

Los factores culturales también pueden estar detrás de que, como plantea la Organización Mundial de la Salud (OMS) en un informe sobre el distinto impacto de las enfermedades mentales en hombres y mujeres, los hombres acudan menos al médico cuando sufren este tipo de problemas o de que los médicos, dejándose llevar por estereotipos, diagnostiquen depresión a más mujeres y les ofrezcan más ansiolíticos, un tipo de fármacos mucho menos consumidos por los hombres. En España, el 13,9% de las mujeres los consumen, frente al 7,4% de los hombres. Hasta ahora, sin embargo, ellos sufren adicciones con mucha más frecuencia, algo que más que una tendencia biológica a beber o a drogarse puede reflejar una forma de reaccionar a los problemas.

El suicidio es otro aspecto de la enfermedad mental en el que los datos dibujan una gran brecha entre los dos sexos. Según Eurostat, de las 53.500 personas que se suicidaron en los países de la Unión Europea en 2016, el 77% eran varones. Sin embargo, según cuenta Vieta, las mujeres realizan más intentos que los hombres, aunque no los consumen. “Las mujeres emplean formas poco letales para intentar suicidarse. No suelen pegarse un tiro, en parte también porque tienen menos acceso a las armas, ni saltan de un edificio o se ahorcan”, ejemplifica. “En muchas mujeres, los intentos de suicidio son una demanda de ayuda, porque las mujeres, cuando tienen problemas, suelen pedir más ayuda que los hombres”, añade.

El conocimiento de los riesgos específicos de las personas de distinto sexo en distintos momentos de su vida puede ayudar a mejorar las labores de prevención de la enfermedad mental. Por ahora, aunque no se sabe si se debe a un incremento global de estas dolencias o a que se tienen más en cuenta y se diagnostican problemas que antes pasaban desapercibidos, hay indicios de que la prevalencia de problemas mentales está creciendo. 

En España, según el INE, en 2012, el 9,3% de los ingresos hospitalarios se debía a enfermedades psiquiátricas. En 2015, era del 9,7%. En el Reino Unido, que lleva midiendo la prevalencia de estas dolencias desde 1993, se observa una clara tendencia al alza. En aquel año, un 6,9% de la población tenía un trastorno mental, que subió al 7,9% en 2000, al 8,5% en 2007 y al 9,3% en 2014. Y el problema es mucho peor en mujeres y en particular entre las jóvenes, de entre 16 y 24 años. 

En 2014, el 26% tenía síntomas de alguna enfermedad de este tipo, frente al 9,1% de los hombres de la misma edad. En España, según la Encuesta Nacional de Salud, el 9,1% de las mujeres decía sufrir ansiedad crónica frente al 4,3% de los hombres. Las cifras eran similares para la depresión, con un 9,2% y un 4%, respectivamente."                  (Daniel Mediavilla, El País, 23/10/19)

23/5/19

Para llegar a lo que sostienen y defender la condición femenina y la igualdad de oportunidades entre géneros no es necesario olvidar diferencias harto confirmadas por la ciencia entre ambos tipos de cerebro

"La experiencia común refleja importantes diferencias de género en la vida cotidiana, consideradas por algunos como adaptativas y complementarias: los hombres tienen mejores habilidades motoras y espaciales y las mujeres mejor memoria y habilidades emocionales y mejor cognición social. Esas y otras diferencias menos destacadas han constituido secularmente el caldo de cultivo de un neurosexismo de débil fundamentación. 

Son diferencias de grupo, es decir, entre hombres y mujeres en general, no siempre mayores ni más relevantes que las que tienen lugar intragénero, es decir, entre uno y otro hombre o entre una y otra mujer. En cualquier caso, han dado lugar al importante debate de si esas diferencias son debidas a factores biológicos, como genes u hormonas determinantes a su vez de diferencias cerebrales, o a la educación y tratamiento diferencial que hombres y mujeres han recibido también secularmente en el seno de culturas diversas.

Uno de los trabajos más relevantes sobre diferencias cerebrales de género fue publicado en enero de 2014 por un grupo de investigadores de la Universidad de Pensilvania y el Hospital de niños de Filadelfia, en EEUU. Estudiaron el cerebro de 949 jóvenes de entre 8 y 22 años (521 eran niñas o mujeres y 428 niños o hombres) mediante una técnica que permite conocer cómo están conectadas entre ellas las diferentes partes del cerebro. 

Establecieron de ese modo el llamado conectoma estructural del cerebro, poniendo de manifiesto importantes diferencias intrínsecas entre los cerebros femenino y masculino en su desarrollo desde la infancia y a lo largo de la adolescencia. Básicamente observaron que los hombres tienen mejor comunicación neuronal dentro de cada hemisferio cerebral y que las mujeres la tienen mejor entre un hemisferio y otro. 

De ello podía deducirse que los cerebros femeninos estaban mejor dotados para procesamiento analítico e intuitivo y los masculinos para la percepción y la coordinación de las acciones, entre otras posibles interpretaciones. Fue un trabajo de gran impacto social a juzgar por la importancia científica que se le dio y su trascendencia en los medios de comunicación.

Ahora, cinco años después, la neurocientífica cognitiva Gina Rippon publica un libro titulado The gendered Brain (El cerebro según su género) en el que critica esos resultados y apuesta por finiquitar el neurosexismo resultante de creer en datos científicamente débiles y poco contrastados. Según ella, los cerebros femenino y masculino son mucho más iguales de lo que se ha venido considerando. 

Partiendo de la constatación de una sorprendente falta de diferencias entre los cerebros de niñas y niños recién nacidos, y considerando esos cerebros como una absorbente esponja capaz de asimilar el diluvio de estimulación que recibimos en los primeros años de vida, Rippon postula que las diferencias que se establecen entre ambos tipos de cerebro son más cuantitativas que cualitativas y responden más al tipo de educación diferencial recibida que a una herencia genética propia de cada sexo.

 Eso la lleva a considerar como un nuevo mito la existencia de un cerebro femenino, tal como el postulado por la también neurocientífica Louann Brizendine en 2006 en su exitoso libro The female Brain (El cerebro femenino).

Ahora también, otra neurocientífica, Lise Eliot, de la Chicago Medical School, apuesta por la misma idea: hombres y mujeres tenemos las mismas estructuras cerebrales y las diferencias que se crean durante el desarrollo tienen más que ver con los entornos educativos y las experiencias vividas que con diferencias intrínsecas entre los cerebros femenino y masculino. 

Así, cierto predominio masculino en el ámbito de las matemáticas Eliot las justifica en el hecho de que las mujeres jóvenes no son socialmente estimuladas a estudiar ingenierías o carreras tecnológicas. La diferencia de género en el dominio matemático desaparece cuando las mujeres son también estimuladas a ese tipo de formación. Para muestra, un botón. 

Precisamente ahora la estadounidense Karen Uhlenbeck acaba de ganar el Premio Abel, considerado el Nobel de las matemáticas, por sus revolucionarias investigaciones en la intersección con el mundo de la física.

Eliot, autora del trabajo Pink Brain, Blue Brain (Cerebro rosa, Cerebro azul), sostiene que en el mencionado trabajo sobre el conectoma cerebral la media de los participantes tenían 15 años de edad, por lo que todavía no habían completado su desarrollo cerebral, mientras que en los sujetos de mayor edad las diferencias observadas fueron mucho menores, quizá porque el desarrollo cerebral de los chicos empieza entonces a igualarse al de las chicas.

 Viene así a decir que los neurocientíficos de Pensilvania encontraron diferencias en 2014 porque no tuvieron en cuenta la diferente y científicamente demostrada velocidad de desarrollo de los cerebros femenino y masculino.

Rippon y Eliot sostienen de ese modo, que no hay diferencias significativas entre los cerebros de ambos sexos que puedan justificar el mantener a la mujer en condiciones de inferioridad respecto a los hombres en cualquier ámbito social. Eliot va más lejos y asegura que la demostración de la falta de diferencias entre los cerebros femenino y masculino puede ser muy importante para alterar las estructuras actuales de poder social.

 No le faltan razones a ninguna de estas dos científicas, pero creo que para llegar a lo que sostienen y defender la condición femenina y la igualdad de oportunidades entre géneros no es necesario olvidar diferencias harto confirmadas por la ciencia entre ambos tipos de cerebro.

Los cerebros femenino y masculino empiezan a diferenciarse en el embrión materno porque el cromosoma Y masculino, y quizá otros cromosomas, contienen genes cuya expresión produce hormonas que regulan una programación temprana y diferencial en el cerebro de ambos sexos que va a condicionar su comportamiento adulto, como ha sido repetidamente demostrado en experimentos con animales e incluso en personas que nacen con anomalías endocrinas. 

Hay estructuras cerebrales que se hacen sexodimórficas, es decir, diferentes en ambos sexos, debido a las influencias prenatales y postnatales de las hormonas sexuales, es decir, de las producidas en las gónadas (ovarios y testículos) de cada sexo, y es mucho lo que nos queda por saber todavía sobre como esas influencias genéticas y hormonales van a condicionar los cerebros masculino y femenino. 

Sin olvidar además las influencias epigenéticas, es decir, los factores ambientales y de desarrollo general del organismo que pueden influir en qué genes de los heredados se expresan y cuáles no, un tipo de investigación actualmente en curso.

Tampoco hay que olvidar, que el sexo es una condición de gran influencia en la prevalencia de enfermedades del cerebro como el alzhéimer (mayor en mujeres), el párkinson (mayor en hombres), o la esclerosis múltiple (mayor en mujeres). Ciertamente, muchas de las diferencias que se han relatado sobre los cerebros de hombre y mujer son pequeñas, y requieren, además de confirmación, conocimiento sobre cómo pueden influir en las capacidades mentales y el comportamiento de cada sexo, algo que sigue también en manos de los investigadores.

Ningún estudio científico serio ha demostrado hasta hoy que los hombres sean más inteligentes que las mujeres o que las mujeres sean más inteligentes que los hombres y ninguna diferencia cerebral observada entre sexos justifica ningún tipo de exclusión social o desconsideración de la mujer. Vivimos en sociedades desgraciadamente de predominio masculino y eso tiene que cambiar. Hagamos ese cambio atendiendo siempre a todo lo que la ciencia nos dice acerca de la naturaleza humana."

(Ignacio Morgado Bernal es catedrático de Psicobiología en el Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona, El País, 20/05/19)

22/2/18

La relación entre Christina Rosenvinge y El Cordobés es un poema. Encontró en el torero a su muso...

 "Christina Rosenvinge (1964, Madrid) estaba en su casa madrileña tirada en el sofá, procrastinando –forma fina de decir holgazanear–. Tenía la televisión encendida. Y algo le llamó la atención. El torero Manuel Díaz El Cordobés (Madrid, 1968) aparecía en esos momentos en todos los canales. Salía del juzgado y estaba feliz.

Después de toda una vida luchando para que Manuel Benítez El Cordobés (Córdoba, 1936) le reconociera legítimamente como su hijo, la justicia acababa de ratificar el lazo sanguíneo. Y Rosenvinge, una madre de dos hijos (fruto de su relación con el escritor Ray Loriga) que estaba disfrutando del privilegio que supone dejar pasar el tiempo en el sofá, se dio de bruces con la inspiración. Encontró en el torero a su muso.

"Soy un hombre que pese a haber tenido un padre de humo, va a conseguir que sus hijos tengan un abuelo de verdad", dijo en ese momento Manuel Díaz ante un aluvión de periodistas. Esta frase se le quedó grabada a la cantante de origen danés. "Cuando vi esa escena pensé que ahí había una canción.

 Este hombre ha pasado toda su vida poniéndose delante de un toro para que su padre le reconozca. Me parece un acto tan bonito y tan poético que me inspiró una canción", explicó la intérprete a Pablo González Batista en el programa de la Cadena Ser Hoy por hoy. "Él no lo sabe, pero ha sido mi muso. Es un poeta", añadió la cantante.

La canción en cuestión es Pesa la palabra, uno de los nueve temas que forman su nuevo disco, Un hombre rubio, que acaba de publicarse. "Me puse en el lugar de los hijos que sienten el no reconocimiento de sus padres o que tienen padres que no son capaces de entregarles el amor que necesitan", comentó la artista.

La canción tiene una cadencia lenta con el piano como instrumento en primer plano. En el texto, Rosenvinge se pone en la piel de Manuel Díaz, que tiene tres hijos [una hija, fruto de su primer matrimonio con Vicky Martín Berrocal, y un niño y una niña junto a su actual esposa Virginia Troconis] y canta:


 Audio con la canción 'Pesa la palabra' inspirada en Manuel Díaz 'El Cordobés'.

En su noveno trabajo discográfico en solitario, Christina Rosenvinge hace el ejercicio de mostrar diferentes tipos de masculinidad que van más allá de los encorsetamientos sociales que oprimen a los hombres.


"Un hombre no nace machista, te lo aseguro", explicó Christina Rosenvinge en Hoy por hoy. El objetivo de Un hombre rubio no es otro que derribar mitos, como que los hombres son menos complejos emocionalmente que las mujeres. "No creo que sea verdad, es solo otra consecuencia de la armadura machista que tiene nuestra sociedad. En paralelo al empoderamiento de las mujeres tiene que haber una reacción del hombre contra su propia imagen", comenta la cantante, que en su nuevo trabajo ha hecho el esfuerzo de meterse incluso en la piel de las masculinidades más rancias.


Los padres de la cantante descubrieron España durante su luna de miel y, enamorados del cante jondo y de la cultura ibérica, decidieron abandonar su Dinamarca natal para instalarse en Madrid. "Mis padres fueron unos emigrantes románticos. Por sus venas solo corría sangre nórdica, pero fue llegar a España y no poder dejarla", confesó Rosenvinge en otro programa, Las mañana de RNE.

Un hombre rubio es ante todo un homenaje a su padre y a las dificultades que tuvo para entenderle, las mismas que la llevaron a tirar del hilo e indagar en el concepto de masculinidad. "Quería hablar de la relación con nuestros padres. Los hijos somos revanchistas y egoístas, pero hay un momento en la vida en que ya no ves a tu padre como tu padre, sino como a un igual.

Es ahí cuando eres capaz de entenderle y darle las gracias", dice. "Mi padre y yo no nos entendíamos. Colisionábamos ideológicamente. Era un hombre muy tradicional. Y murió antes de que yo hubiera podido comprenderle", añade.

El padre de Rosenvinge falleció cuando ella tenía 26 años. Murió alejado de sus padres, hermanos y primos daneses. Ninguno de sus familiares viajó desde Dinamarca para el entierro. Si que lo hicieron, sin embargo, varias familias de gitanos con las que a lo largo de los años había entablado una misteriosa amistad de la que Christina apenas sabía nada.

"Yo no sabía cuando se veían, pero cuando mi padre murió todos aparecieron en el velatorio vestidos de negro muy elegantes y se sentaron enfrente de nosotros. Ellos de negro de arriba abajo y nosotros súper blancos y rubios. Fue un homenaje muy hermoso. La vida de mi padre era un romance flamenco”, recuerda la cantante.





Momento en el que El Cordobés sale del juzgado y dice la famosa frase que emocionó a Christina Rosenvinge.


Su último trabajo es también fruto del deseo de cumplir un sueño, el de ser crooner, y de una conversación con Loquillo, a quién dijo que le vendría bien que una mujer le escribiera canciones. "Empecé este experimento pensando en componer una balada para Loquillo, pero luego pensé: 'Para crooner, yo", sentencia.

Según la RAE, una mujer también es un hombre ("ser animado racional, varón o mujer"). Rosenvinge se valió de esta definición para explorar su propia masculinidad, además de otras ajenas. Escuchar voces como la de Loquillo o Bunbury ayudaron a Rosenvinge a explorar sus registros más masculinos. "En el álbum, dentro de mis posibilidades, he masculinizado incluso mi voz", reconoce.

Su padre, Loquillo, Bunbury, los crooner... y El Cordobés. Todos hombres, todas fuentes de inspiración para una mujer."                   (Óscar Tévez, El País, 16/02/18)