Mostrando entradas con la etiqueta mm. Enfermedad: Depresión femenina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mm. Enfermedad: Depresión femenina. Mostrar todas las entradas

3/8/22

Edurne Pasabán: “Me enfrentaba a la muerte en el Himalaya, pero no podía ser feliz”... La alpinista, primera mujer en subir los 14 ochomiles, habla de su depresión e intentos de suicidio y de la importancia de cuidar la salud mental

 "Hubo cimas más altas en la vida de Edurne Pasabán (Tolosa, Gipuzkoa; 48 años) que los 14 ochomiles que subió, la primera mujer en coronarlos. Después de superar una depresión que la llevó al intento de suicidio, la alpinista disfruta hoy de su hijo Max, de cinco años, y comparte su experiencia sobre el deporte de élite y la salud mental.

Pregunta. ¿Quién es hoy Edurne Pasabán?

Respuesta. Una chica que luchó por su pasión, escalar montañas, y que logró que su pasión fuera su propósito de vida. Hoy no subo ochomiles, pero la montaña sigue en mí. Lo que aprendí lo enseño a los demás.

P. ¿En qué le ha cambiado ser madre?

R. Tengo mucho más miedo. Yo he vivido muchas cosas y muy al extremo. Antes no pensaba si podía pasarme algo y ahora sí. Me encantaría ir al Himalaya dos meses al año, pero estoy en otra etapa de la vida.

P. ¿Le gustaría que su hijo fuera alpinista?

R. Egoístamente, no. Conozco el riesgo de lo que he hecho y no quiero sufrir sabiendo que mi hijo está ahí. Mis padres no conocían el volumen de lo que hacíamos nosotros, y nos dejaban ir. Pero yo lo sé y no quiero sufrir. Aunque si él quiere, le apoyaré.

P. ¿De qué está más orgullosa en su carrera?

R. De conseguir vivir de esto. Era un deporte minoritario. Dimos más visibilidad a cuatro pardillos que iban al monte.

P. ¿Ser la primera mujer con los 14 fue un deseo, un reto, un negocio…?

R. Hubo etapas. Al principio yo era una chavala de 24 años que tiene un sueño, los Himalayas. Era una historia de aventura, de amor. Luego empieza al Al filo de lo imposible, en TVE, y nos profesionalizamos. Hasta entonces me buscaba la vida para buscar dinero y viajar, sin ninguna ayuda, vendiendo camisetas y boletos de Navidad, algo que me daba la diputación del pueblo por hacer el Everest… Luego llegó un punto en que dije que eso no era un juego. O echaba para delante o para atrás. Me estaba haciendo adulta. En 2007 se crea el proyecto de los 14 ochomiles. Tenía que vender que iba a ser la primera mujer en subirlos, o no conseguía patrocinadores. Ya había más presión. La responsabilidad en la mochila fue cargándose. Empezó una competición con una italiana, una austriaca y una coreana que tenía unos recursos muy grandes. Mi expedición gastaba 130.000 euros y la suya al Annapurna costó cinco millones, con satélite, la tele en directo… Yo tenía la misma ilusión que al principio. El jamón envasado al vacío que me ponía mi madre era el mismo.

P. ¿Pagó algún peaje?

R. Yo me empiezo a ganar la vida con esto a los 35 años, cuando un deportista en otra disciplina a esa edad ya se ha retirado. Cuando me hago profesional, es un momento difícil para una mujer, porque a los 31 o 32 la sociedad nos hace sentir que te tienes que buscar una pareja y crear una familia. Yo, en cambio, me pasaba siete meses en el Himalaya jugándome la vida. Y no solo eso, sino que mis compañeros varones sí lo podían hacer. Ellos tenían la foto de sus hijos en el campo base. A mí eso me pesaba.

P. ¿Ahí nace su depresión?

R. Sí, fue en 2006. Todo se detona porque me deja una pareja. Y tiene que ver con compaginar una cosa que me apasiona con otra que deseaba. Caigo en un agujero y culpo a la montaña. Me decían: “Cuánto vas a la montaña, cómo vas a tener a alguien que te aguante…”. No fue que la montaña me agobiara o la presión de acabar los 14. Ese año es el único que no subo a un ochomil, mi batería se agota, desconecto. Tuve mucha ayuda en la familia y en mi gente de los ochomiles. Ellos sabían que me tenían que convencer para volver.

P. Usted hacía algo que sería un sueño para muchos…

R. Sí, pero cuando una persona cae en una depresión, aunque te digan que lo tienes todo, en ese agujero no ves nada. En 2007 me organizaron una expedición al Broad Peak, hicimos cumbre y fue muy bonita. Mis referentes han sido mis amigas de clase, de toda la vida, con las que hablaba de sus maridos, sus hijos… iba a una cena y solo se hablaba de eso. En aquel campo base me acompañaron algunas. Fue brutal. Todavía me saltan las lágrimas. Me dijeron: “Déjate de chorradas, vete ahí arriba”. Y cambié el chip.

P. ¿Cómo llega al punto de querer quitarse la vida dos veces?

R. Fueron momentos muy duros. El lunes cumplo 49 años. Me parece una brutalidad. El tiempo pasa superrápido y no quiero cumplir años. Tengo tantas cosas que quiero hacer que no me da tiempo. Me hago mayor, no puedo hacer las cosas como antes y me jode. Literalmente, me jode hacerme mayor. Pensando en esto hace unos días, volví a ese 2006 y me dije: ¿Cómo he intentado quitarme la vida diciendo que esto es una mierda, que no me merece la pena vivir? Gracias que aquello no ocurrió. Soy de las personas afortunadas para las que querer quitarme la vida no funcionó, o no fui lo suficientemente valiente. Qué suerte.

P. ¿Deseaba su muerte o acabar con el dolor?

R. Terminar con el dolor. Es tan grande que quieres quitártelo y es la única forma. Si te duele la pierna, tomas un ibuprofeno. Ese dolor del alma, dentro de ti, es muy difícil de quitar y la pelota se va haciendo más grande.

P. Llegó a buscar en internet cómo hacerlo. ¿No le asusta ahora eso?

R. Me asusta la gente, la situación que están viviendo muchas personas hoy, pasando por lo mismo que yo pasé. A mí no me asusto yo ahora mismo. La gente que hemos pasado una enfermedad mental podemos volver a tener lo mismo, pero me conozco mucho más y sé que cuando el semáforo pasa de verde a ámbar, tengo más conocimiento de mí misma y estoy más tranquila. Y esto ya me ha pasado. No voy a decir que en estos 10 últimos años no he tenido que volver a tener antidepresivos. Cuando tengo esa ansiedad o esa angustia, me lo controlo más. Aquello de intentar quitarme la vida ahora no me da miedo, pero sí todo lo que veo fuera.

P. ¿Su punto más bajo?

R. Ingresar en un hospital psiquiátrico. La depresión sigue siendo un tabú. Si me detectan un tumor, voy hoy mismo a tratarme. Pero cuando tienes una enfermedad mental y has de dar ese paso es superduro. Tu familia, tu entorno, tú, la sociedad, no lo acepta. Cuando me ingresan, mi hermano le hace parar el coche a mi padre diciendo que cómo me iban a dejar ahí dentro. Y mi madre dejó de ir a tomar café por las mañanas con las amigas para no dar explicaciones. Si yo hubiera tenido un cáncer y hubiera estado en quimioterapia, no hubiera hecho lo mismo.

P. ¿Usted podía enfrentarse a un ochomil pero no a la vida real?

R. Eso es. Todo el mundo me lo decía. Me enfrentaba a la muerte cada día en el Himalaya, había perdido a muchísimos amigos, íbamos cinco a una expedición y volvíamos cuatro, pero no podía estructurar mi vida y ser feliz. Podía ver morir a un amigo en el monte, pero no podía superar que me hubiera dejado un tío, que me dijera mi abuela que se me iba a pasar el arroz…

P. ¿El deportista ha de ser invencible?

R. Eso es, y no es así. No somos invencibles, somos reales.

P. ¿Qué mensaje quiere transmitir?

R. Pide ayuda. Ese es el gran problema de nuestros jóvenes, que no piden ayuda. Por miedo al rechazo, al no.

P. ¿Cuál es su decimoquinto ochomil?

R. El más difícil y el más importante de todos, mi hijo Max. Los otros los puedo olvidar, pero este está presente cada día. Lo que hace hoy feliz a Edurne Pasabán no son los 14 ochomiles que subió, sino Max.

En helicóptero del spa de un hotel al Everest

Las colas en el Everest y el K2 espantan a Edurne Pasabán, símbolo de una época en que en la montaña podía encontrarse la soledad. “Hoy es un negocio. Cuando veo esos atascos pienso lo afortunada que soy de haber vivido otro tiempo. No había nadie, solo una pared a la que poníamos 5.000 metros de cuerda. Hoy esas 145 personas que suben en un día al K2 están todos locos”. 
Pasabán opina sobre este alpinismo de récords y masificación: “No es la cantidad, sino la calidad, la ética. Hemos visto subir los 14 ochomiles en seis meses pero en esa película no se ve que encadenar Lhotse, Everest y Makalu es inviable si no usas un helicóptero, oxígeno y cuerda hasta arriba. A mí llegar al campo base me llevaba 10 días caminando. Ahora estás en el campo 2 del Everest, a 6.500 metros, un helicóptero te lleva al mejor hotel de cinco estrellas de Katmandú, estás en el spa por la tarde y cuando descansas cuatro días te devuelve al campo 2. Yo recuerdo estar cuatro días con una chica con la cadera rota, encima de una mesa, esperando ayuda”."   
             (Juan Morenilla , El País, 31/07/22)

30/6/20

Un país de suicidas

"É unha doenza que se pode atallar cun bo sistema de asistencia e prevención. Galicia lidera a taxa de pacientes diagnosticados, case o dobre da media estatal, pero carece de profesionais na sanidade pública para atender os casos que se veñen disparando nos últimos anos.

A depresión é unha enfermidade que chega acompañada dun profundo sentimento de tristeza, dun desasosego intenso e unha preocupación constante que incluso pode ter manifestacións somáticas. Está catalogada pola Organización Mundial da Saúde (OMS) como unha das principais causas de discapacidade no mundo.

 Dentro do territorio estatal, Galicia leva anos á cabeza da lista de pacientes, vivindo ademais un aumento da taxa: mentres que en España afecta a preto dun 7% de cada 100.000 habitantes, aquí achégase ao 13%, segundo o Instituto Nacional de Estatística. Trátase dunha doenza multifactorial, que nos casos máis graves remata en suicidio. Os profesionais da saúde mental advirten que cun bo sistema de prevención e asistencia se podería atallar; en cambio, Galicia está lonxe de acadar os recursos que fan falta.

Cando se fala de estatísticas, a depresión ten faciana de muller. Son máis do dobre do total de persoas afectadas. Por riba dos 80 anos, a cifra dispárase. Pero cando se baixa aos casos concretos, a enfermidade atravesa xeración e xéneros. No caso de Sabela –nome ficticio para protexer a súa identidade– ten 46 anos e unha verborrea vivaz. Pasou por dous procesos depresivos diferentes. 

O primeiro, hai 20 anos, xurdiu no que se supoñía un dos momentos máis felices da súa vida: a chegada do seu único fillo. «Deime conta de que estaba a pasarme algo porque pasei de ser unha persoa que sempre estaba a rir a sentirme moi triste, non paraba de chorar, e para a miña contorna só tiña un laio constante: se estaban comigo, porque estaban; se non estaban, tamén era malo», recorda. Acudiu ao médico, quen lle diagnosticou unha depresión posparto. A OMS calcula que unha de cada dez mulleres que dan a luz pasa por este estado; pola contra, as unidades médicas non realizan un traballo preventivo ou informativo, como recomendan os profesionais sanitarios.

Para Sabela o estigma da depresión duplicouse: «Imaxina o impacto, que che digan iso hai vinte anos e por ter un neno, que ademais xa tiña dous anos. Eu pedinlle unha segunda opinión ao médico». Foi derivada ao especialista, onde recibiu un tratamento farmacolóxico e tamén apoio terapéutico. «Pero moi precario e moi lento», recorda. Cre que as citas espalladas e o pouco tempo de consulta puideron prolongar a duración da doenza. Sabela asegura que os mesmos médicos se escusan pola mala atención e sempre se exceden nos minutos establecidos por paciente.

O Movemento Galego de Saúde Mental (MGSM) naceu en 2014 como un resorte contra as eivas que existen neste tipo de asistencia sanitaria. Rosa Cerqueiro, portavoz da asociación e psicóloga clínica, relata que a crise económica e a aplicación dos recortes deixou «paralizada» á sociedade e, «dalgunha maneira, tamén aos profesionais». Nese período asumiron que non era posible mellorar o Estado de Benestar, pero cando ademais se comezou a reverter co que consideraban casos graves de falta asistencial, formaron este  grupo interdisciplinar.

As primeiras reivindicacións apuntaron contra os peches estivais de camas en unidades psiquiátricas, que nalgúns casos supoñían anular a existencia deste servizo. «Chegamos a puntos que nunca antes pasaran: había altas precoces nos hospitais, listas de espera… tiñamos a sensación de que as cousas ían mal e que non podiamos quedar calados. Había que paralo», recorda Cerqueiro.

O MGSM pediu á Consellería de Sanidade que levara a cabo un reconto das dotacións e recursos existentes e que iniciase as accións necesarias que garantisen unha boa asistencia. O anterior Plan Galego de Saúde Mental expirara en 2011 e en 2017 anunciouse a composición dun grupo de traballo que confeccionaría o novo, pero a asociación denuncia que aínda non existe. 

Neste tempo, eles mesmos redactaron un informe no que recollen as propias recomendación da Xunta dos anos 1987 e 1997, así como as ferramentas coas que se conta hoxe: número de profesionais, unidades de atención, etc. O resultado, «Recursos en saúde mental en Galicia», visualiza un déficit do 12% dos auxiliares de enfermaría, do 32% de psiquiatras, do 49% en psicoloxía clínica e enfermaría, do 68% en terapia ocupacional e do 73% en traballo social. Con esta falta de recursos humanos a vocal da organización subliña a imposibilidade de prestar un servizo digno.

A carga asistencial que soportan os profesionais por culpa destas carencias provoca que as pautas recomendadas para os tratamentos non se sigan correctamente e que os prazos sexan en moitos casos insoportables para os pacientes. Cando Sabela atravesou unha segunda depresión, a máis forte segundo describe, xa non acudiu ao seu médico de cabeceira pola urxencia que tiña.

 «Sabes que poden pasar dous meses ata que te tratan, e mentres danche unhas pastillas, que igual nin che sentan ben, pero non o saben; meus pais estaban moi preocupados e leváronme directamente a un psicólogo de pago». Diso hai oito anos. En xuño de 2018 8094 galegos estaban á espera da primeira cita nos servizos de psiquiatría do Sergas.

O detonante da segunda depresión de Sabela foi a separación da súa parella pero, como indica o psiquiatra Cipriano Luís Jiménez, non sempre existe unha circunstancia ambiental: «Hai unha depresión que podemos chamar de tipo endóxeno, na que o metabolismo pode influír como factor para que se produza un estado depresivo; tamén sabemos que toda unha serie de circunstancias reactivas poden intervir, e nese caso sempre son máis tratables dende o punto de vista da terapia que de tratamentos químicos».

A Axencia Española do Medicamento sinala que o consumo de ansiolíticos aumentou entre 2000 e 2013 un 57,4% e no caso dos antidepresivos un 200%. Os expertos, que cualifican este incremento de «excepcional», apuntan que á subida dos casos diagnosticados se engaden outros factores como a falta de prevención e de tempo para as terapias. Cerqueiro insiste na importancia de traballar dende a atención primaria para reducir os tratamentos farmacolóxicos e tamén a cronicidade da enfermidade, porque «un bo traballo a tempo reduce as patoloxías e as consecuencias na calidade de vida» e recorda que isto tamén repercute na carga económica que supón para o Estado.

Sabela tivo que medicarse, non só pola depresión, senón porque a tensión mental á que estaba sometida traspasouse ao seu corpo e acabou empeorando unha enfermidade crónica que padece. «Estaba triste, pero sobre todo moi enfadada, e esas sensacións fixeron que me doese continuamente o lombo», describe. Pero o que lle resultou máis medicinal foi a terapia, por iso defende a necesidade de contar con este recurso na sanidade pública.

 «Igual que se che doe algo vas ao médico de cabeceira, se cando estás angustiado podes acudir rápido a unha sesión estou segura de que moitas destas cousas non acabarían en depresión». Agora atópase novamente esperando unha cita médica na sanidade pública, neste caso para un familiar que sofre ataques de ansiedade. Ata dentro de mes e medio non será avaliado. «Mentres, pastillas», anota.

Jiménez coincide en que só co feito de verbalizar os sentimentos negativos nun entorno que acubille á persoa xa se aforraría moito sufrimento. Se ben matiza que a familia non pode exercer de psicóloga, subliña que si cumpre cunha función de apoio moi relevante e en moitos casos debe ser quen anime o enfermo a acudir a un profesional. Pola contra, explica que na actualidade a actitude máis común cando se coñecen «as debilidades» dun ser querido é evitar o tema. «Hai unha especie de complicidade co entorno que fai que se peche calquera tipo de comunicación, o que é un mecanismo psicolóxico moi curioso», describe.

O psiquiatra lamenta que vivamos nunha sociedade reticente a expresar emocións como a tristeza, pois provoca que a saúde mental sexa «un tabú». Isto non está presente noutros países, coma nos americanos ou os de Centroeuropa, que comparten a asistencia e a terapia «como se fora algo que están facendo con valor positivo», apunta. Adoptar esta postura e normalizar as enfermidades mentais suporía ter unha sociedade máis san pois, como indica Cerqueiro, estes casos son «o termómetro» do benestar e a saúde dunha sociedade.

Un país de suicidas 

Detrás dun suicido non sempre hai unha enfermidade de saúde mental, pois os factores que inflúen neste acto son moitos e moi diversos, pero Jiménez sinala que un dos primeiros elementos a ter en conta na depresión é que leva consigo a ruminación de acabar coa vida. «Ás veces as persoas verbalízano, os enfermos din cousas como ‘eu non pinto nada’, o que non quere dicir que vaia suceder», advirte o psiquiatra. 

Case cada día morre unha persoa por suicido en Galicia, unha cifra que se vén mantendo nos últimos anos. Segundo o Imelga, en 2017 quitáronse a vida concretamente 324 persoas. O MGSM denuncia que non se cumpren os requisitos básicos de prevención que estipula a OMS no que é xa a principal causa de morte externa, é dicir, que non se produce por causas naturais. Galicia, xunto a Asturias, tamén ostenta aquí a maior taxa de España: 12 suicidios por cada 100.000 habitantes, catro puntos por riba da media nacional.

Para analizar os suicidios en Galicia débense ter en conta algúns factores moi significativos como o envellecemento da poboación, a súa dispersión, o clima e incluso cuestións etnográficas. Ademais dos casos en áreas urbanas, Jiménez recorda que «non cabe dúbida de que a Galicia rural é unha sociedade totalmente desartellada» e que este é «un elemento importantísimo» para que se poida producir un suicidio e incluso un acto de criminalidade.

 As imaxes que propician algunhas zonas son de outrora: «Hai centos, por non dicir miles, de parroquias que están nunha situación tráxica; entras alí e non ves a ninguén, de vez en cando aparece unha persoa de oitenta e moitos anos, como unha especia de superviventes, cunha ou dúas vacas». Este illamento social provoca que moitas persoas queden «descolgadas» do sistema e, en consecuencia, esquecidas por este.

Aínda que a depresión se ceba maioritariamente coas mulleres, son os homes os que cometen máis actos de suicidio. Elas sofren máis cargas no día a día, polo machismo que as asoballa coa organización da casa, o coidado dos familiares e a subordinación no traballo. Iso provoca, á súa vez e segundo o psiquiatra, que teñan máis «defensas» á hora de afrontar as desgrazas ou a soidade e así logran fuxir dunha situación extrema como rematar coa vida. 

En cambio, o home está falto desa axilidade emocional, pois a sociedade imponlles o mantemento dunha imaxe de fortaleza. Por este motivo, ocultan o seu malestar e a depresión moitas veces só se manifesta nun enfado perpetuo que se interpreta como un mal carácter. Acaban optando por quitarse a vida en lugar de pedir axuda."                     (Andrea Nogueira, Luzes, 29/06/20)

4/4/19

La depresión frena la carrera de la medallista mundial de remo Anna Boada a sus 26 años

"La remera española Anna Boada ha anunciado su retirada deportiva a los 26 años debido a la depresión que sufre actualmente y a que no ha sido capaz "de encontrar las fuerzas para continuar luchando", ha lamentado que hoy en día está "mucho más reconocida una fractura de brazo" que su enfermedad y espera que sus palabras puedan "concienciar" sobre su dureza.

“Lamentablemente, me cuesta aceptar que esta vez no he sido capaz de encontrar las fuerzas para continuar luchando. Las enfermedades no las escogemos, a veces ni las aceptamos, sobre todo cuando hablamos de problemas de salud mental. Hoy en día está mucho más reconocida una fractura de brazo que la depresión o la ansiedad”, declaró Boada en la lectura de una carta al recibir el premio como mejores remeros/as del año junto a su compañera Aina Cid durante la gala del Comité Olímpico Español (COE).
 Boada y Cid conquistaron el pasado 15 de septiembre la medalla de bronce en la final A de dos sin timonel en los Mundiales de remo de Plovdiv (Bulgaria), logrando la primera medalla femenina en modalidad olímpica para España en la historia del campeonato. Además, la de Barcelona y la de Amposta fueron sextas en la final de los Juegos de Río 2016, por lo que consiguieron diploma olímpico.

En una decisión que cogió a la mayoría de los asistentes por sorpresa, la catalana explicó los motivos que le llevaron a tomarla. “Lo más complicado de una depresión no es caer, lo más difícil es no saber cuándo vas a volver a tocar el suelo para poder empezar a levantarte. La soledad te invade por la vergüenza de ser juzgado, de que la gente sepa la realidad, que tengan miedo a acercarse a ti para evitar contagiarse. El bucle empieza a alimentarse y te encuentras realmente perdido”, señaló.

“Igual me di cuenta demasiado tarde, igual no supe encontrar la ayuda adecuada en el momento preciso, igual la gente cercana a mí no estaba preparada; quizás ni yo misma era consciente de hasta dónde podía llegar a hundirme. He dejado de buscar culpables, de preguntarme a mí misma qué hubiera pasado si hubiera tomado otras decisiones. Al final he sido yo la perjudicada, el mundo ha seguido girando mientras yo estaba paralizada sin saber cómo continuar”, continuó.

En este sentido, Boada espera que sus palabras puedan servir para “concienciar” sobre cómo tratar la depresión. “Tan sólo he querido contar mi historia para concienciar a los aquí presentes de que tan sólo los deportistas sabemos los límites de presión a los que estamos sometidos año tras año. Creo sinceramente que no soy ni seré la única deportista de élite que necesita ayuda para gestionar tantas emociones. Me gustaría que haya alguna forma de apoyarnos durante las crisis, pero también como prevención antes de que sea demasiado tarde”, subrayó.

“Aquí estoy para lo que cualquier remero necesite ahora o en el futuro, deseando que para él o ella no sea demasiado tarde y pueda disfrutar de este gran deporte de la forma que a mí me hubiera gustado poder seguir disfrutando”, concluyó Boada, que agradeció a Cid su “perseverancia y capacidad de superación” durante sus años como pareja de dos sin timonel."                   (República.com, 31/03/19)

4/3/19

Mercedes Milá: “Soy una renacida de 67 años”

"Lo de la Milá no es noticia. Ya lo ha pregonado ella misma por tierra, mar y wifi. Vuelve al circo televisivo desde el agujero de la depresión más profunda. Empalmó el trauma de una ruptura amorosa con el estresazo de presentar Gran Hermano durante casi tres lustros y acabó abrasada viva. Seguro que el trance le ha dejado arañazos en la cara y en al alma, pero, desde luego, no parece haberle restado energía. 

Llega, ordena el cotarro de la foto y el vídeo, me arrastra a la ponencia que da su sobrina y ahijada —”babeo con la nena”— en un local cercano y solo después se entrega a fondo en la entrevista. Se nota que está acostumbrada a ser el centro del foco y a que se hagan las cosas a su gusto, sí, pero nunca a medias.

¿Cuánto fastidia oír “anímate” cuando solo quieres llorar?

Eso es horroroso. Cuando te dicen 'mira la botella medio llena', 'dentro de ti están las claves', 'todos los días sale el sol' es horrible. Yo no lo he dicho munca, y ahora ya no lo diré jamás. Porque no vale para nada. Lo único que vale es que te digan '¿me dejas darte un abrazo muy fuerte?'. Y ya está.

¿Qué diferencia la tristeza de la depresión propiamente dicha?

Son dos mundos. Cuando estás en plena depresión te quieres morir, solo quieres llorar, no quieres ver a nadie, no entiendes que tu carácter se pueda acomodar a eso porque no eres así. Hasta que entiendes que es la química cerebral quien está mandando en tu vida porque tú lo has provocado, y empiezas a escuchar a los médicos.

¿Fue la culpable de su propia 'depre'?

Así te lo digo. Esto ha sido porque yo he querido. Por no parar cuando el cuerpo te lo pide. Hasta que te para él en seco y te deja en un rincón sin entender nada. Si no me hubiera pasado de falta de sueño, de horas de trabajo, si no me hubiera estresado de mala manera, no la habría tenido. Y a quien se reconozca en lo que digo, que pare, porque la factura que tiene que pagar luego es de tal calibre que no merece la pena.

¿Habla de esa sensación de que la vida te vive a ti y no tú la vida?




 Después de 45 años ante las cámaras, Mercedes Milá (Barcelona, 1951) se autopresenta como “socia de la librería Mas Bernat, en Barcelona, y presentadora de 'Scott y Mila”, en #O", el programa con el que vuelve a la tele  tras dos años retirada por depresión. Scott es su perro schnauzer, que ejerce de copresentador y testigo de cargo de sus andanzas. En lo peor del agujero no podía leer ni un párrafo, dice. “Ahora me podría leer Mas Bernat entera". Así de bien se encuentra.

Esa. Siempre decimos que el cuerpo es sabio, pero no le hacemos caso. Se puede salir, pero hay que poner medidas: lecturas, nuevas costumbres, química, psiquiatras, psicólogos, amigos. Es lo que he hecho, y aquí me tienes, nueva.

¿Renacida?

Renacer refleja a la perfección lo que estoy sintiendo ahora. Soy una renacida de 67 años. Un bebé acelerado, pasado por el microondas. Porque yo no querría volver a ser joven de ninguna forma. Quiero tener arrugas, como las que tengo, vaya, no tengo que pedir más.

¿El gran lujo es la serenidad?

Cuando me separé, mi mayor deseo era estar en paz. Necesitaba paz. Ahora, más que serenidad es tranquilidad, tener la sensación de que estás controlando tu vida.

¿Mejor querer y después perder que nunca haber querido?

Absolutamente. No imagino a alguien en el mundo, y lo habrá, que nunca haya querido ni le hayan querido. Cuando te enamoras, te apasionas tanto que cuando llega el desamor crees que preferirías no haberlo vivido. Pero cuando pasa ese tiempo, te das cuenta de que hay muchísimas cosas buenas, muchísimos sentimientos que guardar.

Lord Byron decía: cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro. ¿Está de acuerdo?

Pues no, mira. Quiero muchísimo a Scott, y él a mí, y ahora mismo mi vida sin él no tiene sentido. Pero sigo queriendo y me siguen gustando muchísimo los tíos.

Hace 10 años, me dijo que a los periodistas de prensa escrita se nos bajarían los humos cuando supiéramos la audiencia al minuto. Ya la sabemos. ¿Se nos han bajado?

Bienvenidos al club, colegas. Aún no sé si se os han bajado, porque por ahora solo percibo cariño. Yo amo a la audiencia, qué quieres que te diga. Si no te ven es como tener un restaurante de pescado y que no vengan clientes, haces todo el trabajo, no ingresas un euro y tienes que tirar el producto.

Pues ahora va a pasar de millones de espectadores a muchos menos. ¿Cuántos son suficientes?

Cuando hablas a la cámara, ves un agujero negro, nunca sabes quiénes ni cuántos hay detrás. El share, el que sean uno o un millón, le importa a quien paga el programa. Lo que me importa a mí es que me sigan, que me pillen, que me entiendan.

Bueno, 'share' significa 'compartir'.

Exactamente, tía. Soy una mujer nueva y ese es mi nuevo share.

Vaya 'striptease' se ha marcado.

Pues sí. Siempre me han gustado los stripteases de los demás y ahora me ha llegado la hora. Al ver emitirse el primer programa me he sentido más desnuda y expuesta que nunca, y me he dicho, '¿hasta dónde has llegado, Mercedes?'. Es un desnudo profundo, pero útil. Me siento abrigada, cobijada por la gente, y merece la pena."                (Luz Sánchez-Mellado, El País, 02/03/19)

3/9/18

Basta de vender las enfermedades mentales como algo ‘cool’

"Estaba saliendo con un chico nacido en Londres, quien me dijo que Scott y Zelda Fitzgerald eran su pareja favorita. Él era encantador, emocionante y pensaba que me entendía. Su elección de pareja favorita sonaba muy romántica, igual que él.

Sabía quiénes eran los Fitzgerald, claro, pero no conocía bien los detalles de su relación. Ese día, tras acostarme, los busqué en Google: ¿Cuál era el tipo de gran amor que él había imaginado para nosotros?

Zelda Fitzgerald era intensamente glamorosa y hermosa. Scott la llamaba la primera flapper, aquellas jóvenes a la moda de los años 20. Ah, y también resulta que tuvieron una relación turbia destruida por infidelidades y consumo excesivo de alcohol: su “historia de amor” terminó con la muerte de ella debido a un incendio en el hospital psiquiátrico donde estaba internada. Era esquizofrénica y pasó sus últimos años en un hospital.

¿Así era como él me veía? Yo tenía depresión clínica, no esquizofrenia.

En mi mente (y, claramente, solo en la mía) compartíamos una devoción ciega. Cuando la realidad de nuestra relación se hizo clara, pronto estuvo muy ocupado en el trabajo y poco después desapareció por completo. Me dijo, en un mensaje de texto, que estaba “devastadoramente apenado”.

A pesar de que el dolor sobre la relación pasó, sus palabras tuvieron más permanencia.

Busqué más artículos sobre los Fitzgerald. The Guardian escribió que la “esposa llena de problemas” de Scott Fitzgerald era una integrante “hermosa y maldita” de la alta sociedad, igual que el título de su segunda novela, que será interpretada por Scarlett Johansson en un drama de próximo estreno. El romanticismo me molestaba.

En Facebook me apareció el anuncio por rebajas en Skinnydip, una tienda de Londres. Incluía una mochila miniatura, grabada con las palabras “I’ve got issues” (Tengo problemas) y rosas bordadas. Comenzó a sonar en mi cabeza la canción del mismo nombre de Julia Michaels; su suave voz dice: “Cuando estoy deprimida, realmente me bajoneo”, antes de que comience el coro: “Porque, cariño, tengo problemas”.

También encontré unos collares con letras de oro que dicen “Ansiedad” y “Depresión” con letra cursiva gruesa, disponibles en ban.do por 48 dólares. Su fabricante afirma que los dijes “abrirán el camino al diálogo”. Están agotados.

 El problema con el embellecimiento de las enfermedades mentales es lo alejado que está de la realidad. Es casi como sugerir que es una característica deseable en las mujeres. En mi experiencia, las parejas lo perciben como frustrante, ni por asomo tan adorable y extravagante como podrían indicarlo estas declaraciones y productos.

La televisión y las películas tampoco nos han dado un retrato honesto de estos temas. El filme de 1986 Betty Blue convenció a los hombres de que las mujeres con enfermedades mentales eran extremadamente elegantes, afrancesadas y siempre con ganas de tener sexo. 

Hace poco la serie de Netflix 13 Reasons Why, la cual ya confirmó que tendrá una tercera temporada, exploró las razones por las que una linda chica preparatoriana se suicida, desde el punto de vista de su compañero y colega Clay, que está enamorado de ella.

Clay “de verdad se siente atraído por las chicas complicadas”, dice un personaje. Pero el enamoramiento se desmorona cuando remplazas la enfermedad mental con algo físico. “De verdad te atraen las chicas con problemas respiratorios” no suena bien. Tampoco le auguro a Skinnydip el mismo éxito de ventas con accesorios que digan “Tengo la enfermedad de Lyme”.

Al inicio de la segunda temporada de 13 Reasons Why, una animadora muy popular llamada Jessica regresa a la escuela para enfrentar a su violador. Su amiga le asegura que “eres bonita y melancólica; a la gente le encanta eso”, como si la tristeza le añadiera valor a su magnetismo y seducción.

Al menos Lena Dunham, en su papel de la serie Girls —Hannah Horvath, que sufre de desorden obsesivo compulsivo—, muestra la enfermedad mental sin retoques (¿recuerdan la escena de los cotonetes?). Aun así, cuando Hannah llama a su novio (Adam Driver) para decirle que se está “deshaciendo”, él corre por las calles de Nueva York para estar a su lado. Su marcado torso desnudo está un poco húmedo y brilla bajo la luz de las farolas. Una vez que llega a su apartamento, tira la puerta de una patada y la levanta en la seguridad de sus brazos musculosos. ¿En serio?

Mi experiencia es más parecida al personaje de la señorita Havisham en Grandes esperanzas. Solo que en vez de rehusarme a dejar de usar un vestido de novia, era una bata desgastada que tenía descosidos uno de los bolsillos y con la cual constantemente deambulaba.

El pedazo de tela que solía ser el bolsillo estaba descosido porque mi novio, exhausto, lo arrancó durante una discusión. Fue una pelea en la que me rogó y suplicó que me quitara la bata, solo por un día, para que pudiera lavarla, como si fuera un padre agotado que negocia con un bebé para que se coma al menos un bocado de sus verduras. Quería que me dejaran en paz, pero no me parecía nada a actrices que sufrían hermosamente como Greta Garbo.

Atestiguar o sufrir una enfermedad hace que cualquier intento de darle glamur sea completamente ridículo. La depresión no es una manera eficaz de conseguir a un hombre como pareja. Tampoco es una canción de amor con la cual bailar ni una enfermedad de moda ni una novedad para que los blogueros la lleven puesta por unas semanas, lo publiquen en Instagram, lo marquen como favorito y después lo olviden."              (, The New York Times.es, 02/08/18)

20/1/16

En 2013, la causa más probable de muerte para un hombre de entre 20 y 49 años era el suicidio, aunque las mujeres lo intentan con más frecuencia que los hombres

"Drummond consiguió por fin realizar sus sueños. Había sido un largo camino desde que, de niño y con gran molestia, no pudo superar el acceso a secundaria. Fue una gran decepción para su madre, pero sobre todo para su padre, que era ingeniero en una empresa farmacéutica.

Éste nunca había mostrado un gran interés por él de pequeño; nunca jugaban juntos y si se portaba mal lo inclinaba sobre el respaldo de una silla y le daba una zurra. Así eran los hombres de entonces. Un padre era objeto de temor y respeto. Un padre era un padre.


Fue duro ver pasar cada mañana frente a su casa a los alumnos de secundaria con sus gorras, tan elegantes. El sueño de Drummond siempre había sido llegar a director de una pequeña escuela en un pueblo tan perfecto como el que le vio crecer, pero sólo consiguió plaza en un instituto técnico como aprendiz de carpintero y albañil. Su asesor laboral casi rompe a reír cuando Drummond le habló de sus aspiraciones profesionales, pero no por ello cesó en su empeño. 

Luchó por hacerse un hueco en la universidad y se convirtió en presidente del sindicato de estudiantes. Encontró trabajo de profesor, se casó con su novia de toda la vida y poco a poco se abrió camino hasta dirección, en un pueblo de Norfolk. Tenía tres hijos y dos coches. Su madre estaba orgullosa al menos.


Fue así como acabó solo, sentando en un pequeño cuarto, y barajando la posibilidad de suicidarse.

Factores de riesgo


La impulsividad, la melancolía obsesiva, los niveles bajos de serotonina o la falta de dotes sociales son algunas de las vulnerabilidades que aumentan el riesgo de suicidio. El presidente de la Academia Internacional de Investigación del Suicidio, el profesor Rory O’Connor, lleva veinte años estudiando los procesos psicológicos que se esconden tras la muerte autoinfligida

. “¿Ha visto las noticias?”, pregunta. Los periódicos matutinos muestran los datos más recientes: en el 2013 se registraron 6.233 suicidios en el Reino Unido. Mientras que la tasa de suicidio femenino se mantiene más o menos estable desde 2007, la de los hombres se encuentra en su nivel más alto desde 2001. 

Casi ocho de cada diez suicidios son masculinos, una cifra que lleva más de tres décadas en aumento. En 2013, la causa más probable de muerte para un hombre de entre 20 y 49 años no era ni asalto, ni accidente de tráfico, ni las drogas, ni un ataque al corazón, sino la propia decisión de no seguir viviendo.

Aquellos que se dedican al estudio del suicidio, o que trabajan en organizaciones benéficas de salud mental, están empeñados en convencer a los curiosos de que rara vez, si acaso, existe un único factor que explique una muerte autoinducida, y que la enfermedad mental, y más comúnmente la depresión, precede por lo general a ese evento.

 “Pero lo más alarmante es que la mayoría de los depresivos no se suicidan”, me comenta O’Connor. “Menos del 5% lo hacen. Así que la enfermedad mental no lo explica. Para mí, la decisión de suicidarse es un fenómeno psicológico. Aquí, en el laboratorio, lo que pretendemos es entender la psicología de la mente suicida”.


Estamos sentados en el despacho de O'Connor en el Gartnavel Royal Hospital. A través de la ventana, bajo un cielo sombrío, se alza la torre de la Universidad de Glasgow (Escocia). Sobre un tablón de corcho, dibujos de sus dos hijos, un monstruo naranja y un teléfono rojo. Oculta en el armario, una siniestra colección de libros: Comprender el suicidio, Por su propia mano inocente, y Una mente inquieta, la célebre crónica de la locura, de Kay Redfield Jamison.

El Laboratorio de Investigación de Conductas Suicidas de O’Connor trabaja con supervivientes en hospitales, evaluando sus casos dentro de las primeras 24 horas tras un intento, y haciendo el seguimiento de su progreso posterior. También llevan a cabo estudios experimentales para poner a prueba hipótesis sobre cuestiones tales como la tolerancia al dolor en personas suicidas, o los posibles cambios cognitivos tras períodos breves de estrés inducido.


Tras años de estudio, O’Connor descubrió algo sorprendente acerca de las mentes suicidas. Se llama perfeccionismo social, y podría ayudarnos a comprender por qué los varones tienden tanto a suicidarse.

El padre perfecto


Drummond se casó con Livvy, su novia de ojos marrones, a la edad de 22 años. Dieciocho meses después se convirtió en padre. Al poco tiempo ya tenía dos niños y una niña. El dinero era escaso, por supuesto, pero él era fiel a sus responsabilidades. Daba clases durante el día y trabajaba detrás de la barra de un bar por la noche. Los viernes acudía a hacer el turno de noche en una bolera, de 6 de la tarde a 6 de la mañana. 

Dormía durante el día y regresaba a tiempo de hacer un nuevo turno la noche del sábado. A continuación, el turno del almuerzo en un pub los domingos, un pequeño descanso, y vuelta al cole en la mañana del lunes. No veía mucho a sus hijos, pero para él lo más importante era garantizar la comodidad de su familia.


Además de trabajar, Drummond también estudiaba, decidido a hacerse con la titulación necesaria para ser director. Más ambición, más progresos. Consiguió nuevos trabajos en escuelas mejores. Guiaba a su familia hacia un destino mejor. Sentía que era un buen líder . El marido perfecto.
 
Sólo que no lo era.

El valor de los roles


Cuando se es un perfeccionista social, uno tiende a identificarse con los roles y responsabilidades que cree tener en la vida. “No se trata de lo que uno espera de sí mismo”, explica O’Connor, “sino de lo que cree que piensan los demás. Que ha decepcionado a otros, que ha fracasado como padre, como hermano, o lo que sea”.


Esto puede resultar especialmente tóxico, pues se están juzgando los juicios imaginados de otras personas acerca de uno mismo. “No tiene nada que ver con lo que la gente piensa realmente acerca de uno,” asegura. “Sino con lo que uno cree que ellos esperan. Lo verdaderamente problemático es que esto está siempre fuera de tu control”.


La primera vez que O’Connor supo de la existencia del perfeccionismo social fue leyendo estudios con sujetos universitarios norteamericanos. “Pensé que no sería lo mismo dentro de un contexto británico, y que no funcionaría con personas procedentes de entornos más adversos, pero vaya que sí. Es un efecto sorprendentemente robusto.

 Lo hemos estudiado en las zonas más desfavorecidas de Glasgow”. Su primer estudio tuvo lugar en el 2003, con veintidós personas que habían intentado suicidarse recientemente, más un grupo de control. Fueron evaluados mediante un cuestionario de quince preguntas para medir el acuerdo con afirmaciones tales como: ‘El éxito está en trabajar todavía más para complacer a los demás’, o ‘la gente no espera de mí menos que la perfección’. 

“La relación entre perfeccionismo social y tendencias suicidas está presente en todas las poblaciones con las que hemos trabajado”, dice O’Connor, “tanto entre los desfavorecidos como entre los ricos".


Lo que aún no conocemos es el por qué. "Manejamos la hipótesis de que los perfeccionistas sociales son mucho más sensibles a las señales de fracaso dentro del entorno", comenta.

Pero, ¿se trata de un fracaso percibido, a la hora de ajustarse a las expectativas, y sobre cuáles son los roles a los que los hombres sienten que deben ajustarse, ¿padres? ¿proveedores? 

“La sociedad está sufriendo cambios”, responde O’Connor, “ahora también tienes que ser el Sr. Metrosexual. Las expectativas son aún más grandes, hay más oportunidades para que un hombre pueda sentir que fracasa”.

La presión en Asia 


La capacidad de percibir las expectativas ajenas, junto a la catastrófica creencia de no estar cumpliendo con ellas, muestra un rápido crecimiento en Asia, cuyas tasas de suicidio se han disparado. Corea del Sur es el país peor parado de la zona; algunos cálculos aseguran que ya posee la segunda tasa de suicidios más alta del mundo.

 Cerca de 40 surcoreanos toman su propia vida cada día, según informes del 2011. En 2014, una encuesta de la Fundación para la Promoción de la Salud en Corea, reveló que algo más de la mitad de sus adolescentes había tenido pensamientos suicidas durante el año previo.


Un psicólogo social de la Universidad Inha de Corea del Sur, el profesor Uichol Kim, cree que esto puede deberse en gran parte a la miseria desatada tras el vertiginoso paso del país de la pobreza rural a la opulencia urbana.

 Hace sesenta años, el país estaba entre los más pobres del mundo, asegura, comparando su posguerra con el estado de Haití tras el terremoto del 2010. En el pasado casi todo el mundo vivía en comunidades agrícolas, mientras que hoy, el 90% vive en zonas urbanas.


Este cambio ha hecho añicos los cimientos de una cultura que, durante 2.500 años, había estado profundamente arraigada en el confucianismo, un sistema de valores que obtiene su sentido de la subsistencia en pequeñas comunidades agrícolas, frecuentemente aisladas. “La vida giraba en torno la cooperación y el trabajo en común”, explica Kim. 

“Por lo general, se trataba de una cultura basada en compartir, dar y cuidar. Pero en la ciudad moderna es todo mucho más competitivo, más basado en la superación de logros”. El significado de éxito personal ha cambiado para la gran mayoría. “Ahora uno se define según su estatus, su poder o su riqueza, y esto no forma parte de la tradición cultural”. 

¿A qué se deben estos cambios? “Un estudioso de Confucio, viviendo en una granja dentro de una aldea, podría ser muy sabio, pero nunca dejaría de ser pobre”, afirma Kim. “Hemos querido enriquecernos”, y como resultado, hemos sufrido una especie de amputación del significado personal. “Hablamos de una cultura sin raíces”.

También se trata de una cultura cuyo camino hacia el éxito está entre los más exigentes -Corea tiene el horario laboral más prolongado de entre todas las naciones prósperas de la OCDE– además de ser de los más estrictos. Si fracasas como adolescente, es fácil sentir que has fracasado de por vida.

 “La empresa más respetada de Corea es Samsung”, afirma Kim. Entre el 80% y el 90% de su plantilla proviene de tres únicas universidades. “A no ser que consigas acceder a una de ellas, no podrás conseguir trabajo en ninguna de las principales corporaciones”. 


Pero se trata de algo más que la perspectiva de empleo para la juventud del país. “Si eres un buen estudiante obtendrás el respeto de tus profesores, de tus padres y de tus amigos. Serás popular, y todos querrán salir contigo”. 

La presión para conseguir este nivel de perfección, no sólo social, puede ser inmensa. “La autoestima, la consideración social y el estatus, se combinan todos en una única meta”, asegura. Y “¿qué pasa si no lo consigues?”.

Por si fuera poco, además de todo el trabajo a tiempo parcial que hacía por dinero, y sus estudios, Drummond también realizaba labores de voluntariado que le quitaban aún más tiempo de estar con su mujer y sus hijos. Livvy se quejaba de lo mucho que trabajaba, decía sentirse abandonada. "Estás más interesado por tu carrera que por mí", le insistía. Y el constante trasiego de las mudanzas de una escuela a otra tampoco ayudaba.


De la primera aventura se enteró mientras trabajaba de voluntario en un hospital de King’s Lynn. Una mujer le hizo entrega de un fajo de papeles: “Son las cartas que tu mujer le ha estado escribiendo a mi marido”, le espetó. Tenían una alta carga erótica, pero lo peor de todo fue descubrir lo prendada que Livvy había estado de aquel hombre.


Drummond se fue a casa dispuesto a enfrentarse a su esposa. Livvy no pudo negarlo. Estaba todo allí, de su propio puño y letra. Se enteró de todas las escenas que habían tenido lugar en la calle del amante; con ella conduciendo calle arriba y abajo, frente a su casa, tratando de verlo. Pero Drummond fue incapaz de dejarla; los niños eran pequeños, y ella le había prometido no volver a hacerlo. Así que decidió perdonar.

Drummond solía ausentarse los fines de semana para hacer cursos de formación. Al volver un día a casa descubrió que el coche de Livvy había sufrido un pinchazo, y que un policía local le había cambiado la rueda. Aquello, pensó él, había sido muy amable por su parte. Un tiempo más tarde, su hija de 11 años le contó, cubierta en lágrimas, que había pillado a su madre en la cama con el policía.


El siguiente amante de Livvy fue un visitador médico. Esta vez llegó a dejarle, si bien regresó a casa un par de semanas más tarde. Drummond lidió con ello de la única manera en que sabía hacerlo: resignándose. 

No era su estilo venirse abajo, llorar o patalear. No tenía amigos masculinos cercanos con los que hablar, y aunque lo hubiera hecho, es poco probable que hubiera dicho nada. No es el tipo de cosas que uno arde en deseos de contar, que tu mujer anda por ahí poniéndote los cuernos. Fue entonces cuando Livvy decidió que quería separarse.

Livvy se quedó con la casa y los niños tras el divorcio; el lote completo. Una vez pagada la manutención no es que quedara gran cosa para Drummond, pero nadie lo supo en el colegio. Allí seguía siendo el varón modélico en quien tantos años había invertido: el director de éxito y el marido con tres hijos en la flor de la vida. Pero aquello no podía durar. Un día se le acercó un monitor y le preguntó: "¿Es cierto que tu mujer se ha mudado?".


Para entonces ya estaba viviendo en una gélida habitación de alquiler en una granja a las afueras de King’s Lynn. Se sentía completamente devaluado como hombre. Estaba en la ruina y se sentía un fracaso, un cornudo; muy lejos de lo que todos esperaban de él. Su médico le recetó unas pastillas. Recuerda estar sentado en aquel lugar, en los humedales, y darse cuenta de que lo más fácil sería asumir sus pérdidas y acabar con todo.

Perfil del perfeccionista social


Un perfeccionista social tiene unas expectativas inusualmente altas de sí mismo. Su autoestima pende peligrosamente de su capacidad para mantener un nivel, a veces imposible, de éxito. Ante el fracaso, colapsa.


Aún así, los perfeccionistas sociales no son los únicos en confundirse con sus objetivos, sus roles o sus aspiraciones. El profesor Brian Little, de la Universidad de Cambridge, es famoso por sus investigaciones en “proyectos personales”. Él cree que si nos identificamos tan estrechamente con ellos, es porque los acabamos integrando en nuestra propia concepción del yo. “Sois vuestros proyectos personales”, como solía repetirles a sus estudiantes, en Harvard.


Según Little, existen diferentes tipos de proyecto, con diferentes cargas de valor. Pasear al perro no es menos proyecto personal que llegar a director en un bonito pueblo, o convertirse en un buen padre o un buen marido. Sorprendentemente, se cree que lo significativo de nuestros proyectos no influye tanto sobre nuestro bienestar. Lo que marca la verdadera diferencia sobre nuestra felicidad es si estos proyectos son o no realizables.

¿Qué es lo que ocurre cuando nuestros proyectos personales empiezan a desmoronarse? ¿Cómo hacemos para afrontarlo? ¿Existe una diferencia de género que explique por qué tantos hombres deciden acabar con sus vidas?


Sí, existe. Se supone que, por lo general, un hombre, en su propio perjuicio, encuentra difícil hablar de sus dilemas emocionales. Y lo mismo ocurre cuando se trata de hablar de proyectos si estos empiezan a tambalearse. En su libro Yo, yo mismo y nosotros, Little escribe: “Las mujeres obtienen provecho de dar visibilidad a sus proyectos y a los retos que afrontan en su búsqueda, mientras que un hombre prefiere reservarse esos problemas para sí mismo”.


Little también descubrió, como parte de un estudio sobre individuos en altos cargos directivos, otra diferencia relevante entre géneros. “No ofrecer resistencia a la corriente es una importante característica diferenciadora en los hombres”, nos cuenta. “Ellos están principalmente motivados para el avance, centrados en ir abriendo paso.

 Las mujeres se preocupan más por el clima organizativo, por cómo conectan con el resto. Creo que esto puede extrapolarse a facetas más allá del entorno laboral. No pretendo perpetuar estereotipos, pero los datos son lo suficientemente claros”.


Esta teoría encontró el apoyo de un informe muy influyente, publicado en el año 2000 por el equipo de Shelley Taylor, catedrática de la UCLA, que trataba sobre las respuestas bioconductuales al estrés. Descubrieron que mientras los hombres tienden a mostrar una filosofía de pelea o sal corriendo, las mujeres son más propensas a servir y relacionarse. 

“Aunque una mujer pueda considerar muy seriamente el suicidio”, asegura Little, “dada su conectividad social, es probable que también piense, ‘Por Dios, ¿Qué será de mis hijos? ¿Qué pensará mi madre?’ así que hay una cierta resistencia a llevar el acto a cabo”. En el caso masculino, la muerte podría entenderse como el salir corriendo definitivo.

 Esta forma letal de huida requiere determinación. El doctor Thomas Joiner, de la Universidad Estatal de Florida, ha centrado sus estudios en las diferencias entre los que barajan el suicidio y los que realmente actúan sobre su deseo de muerte. “No puede actuarse sin antes vencer el miedo a la muerte”, afirma.

 “Y creo que esto es lo que marca la verdadera diferencia entre géneros”. Joiner nos habla de su vasta colección de vídeos de cámaras de seguridad y policiales, mostrando gente “con un deseo desesperado de quitarse la vida y que, en el último momento, vacilan por miedo. Es este momento de duda el que salva sus vidas”. ¿Significa esto que los hombres son menos propensos a flaquear? “Exacto”.

Tampoco deja de ser cierto que, en la mayoría de países occidentales, las mujeres intentan suicidarse con más frecuencia que los hombres. Si los hombres mueren más, se debe en gran parte al método escogido. Mientras que los hombres optan por las armas o el ahorcamiento, las mujeres prefieren utilizar pastillas.

 Martin Seager, psicólogo clínico y asesor de los Samaritanos, cree que esto demuestra que los hombres albergan una mayor intención suicida. “El método escogido refleja su psicología”, asegura. 

Por su parte, Daniel Freeman, del departamento de psiquiatría de la Universidad de Oxford, apunta a un estudio con 4.415 pacientes que pasaron por el hospital tras un intento de suicidio, y que revela una mayor intención en hombres que en mujeres. Aún así la hipótesis sigue fundamentalmente sin investigar. “No creo que se haya demostrado de forma definitiva,” dice. “Pero también es cierto que sería increíblemente complicado de probar”.


La cuestión de la intención también sigue en el aire para O’Connor. “No estoy al tanto de ningún estudio decente sobre el tema porque tratarlo sería realmente complicado”, asegura. Pero para Seager la cosa está clara. “Los hombres consideran el suicidio una forma de ejecución”, afirma. “Un hombre se expulsa a sí mismo del mundo.

 Hablamos de una enorme sensación de vergüenza y fracaso. El género masculino se siente responsable de proveer y proteger a los demás, además de responsable de su propio éxito. Cuando una mujer pierde su empleo es doloroso, pero no pierde su sentido de la identidad, ni su feminidad. Cuando un hombre pierde su trabajo siente que ya no es un hombre”.


Esta es una idea que comparte el profesor Roy Baumeister, un célebre psicólogo cuya teoría del suicidio como ‘escape del yo’ ha tenido una gran influencia sobre O’Connor. Según Baumeister, “un hombre incapaz de proveer a su familia no puede considerarse, de alguna forma, ya un hombre. Mientras que una mujer nunca deja de serlo, la hombría sí puede perderse”.

Suicidio por vergüenza


En China no es inusual que un funcionario corrupto se suicide, en parte para que sus familias puedan disfrutar del botín adquirido de forma indebida, pero también para ahorrarse la vergüenza y la cárcel. 

El expresidente de Corea del Sur, Roh Moo-hyun, lo hizo en 2009, tras ser acusado de aceptar sobornos. Uichol Kim dice que, desde el punto de vista de Roh, “se suicidaba para salvar a su esposa e hijo. La única manera [pensó] de detener la investigación era matarse a sí mismo”.


Kim aclara que la vergüenza no suele ser un factor de peso en los suicidios en Corea del Sur, si bien puede serlo en otros países. Chikako Ozawa-de Silva, antropóloga en el Emory College de Atlanta, nos cuenta que en Japón, “la idea es que al suicidarse, un individuo restablece el honor de su familia y salva al resto de la vergüenza”.


“El valor dado a otras personas se convierte entonces en una carga adicional”, explica Kim. La vergüenza individual puede filtrarse y mancillar al entorno. Bajo la antigua ley confuciana, serían ejecutadas hasta tres generaciones de los familiares de un criminal.


Tanto en japonés como en coreano las palabras ‘ser humano’ significan ‘humano entre’. El sentimiento de individualidad es mucho más laxo en Asia que en occidente, y más absorbente. Se expande hasta incluir los grupos de los que uno forma parte. Esto implica un profundo sentimiento de responsabilidad hacia los demás que resuena profundamente en aquellos con tendencias suicidas.

La concepción de uno mismo, en Japón, está muy íntimamente vinculada a su función. Según Ozawa-de Silva, es habitual que la gente se presente antes por su título que por su nombre. “En lugar de decir, ‘Hola, me llamo David’, en Japón dirán, ‘Hola, soy el David de Sony”, asegura. 

 Esto ocurre “incluso al relacionarse en entornos informales”. En tiempos adversos, este impulso japonés de llevar el rol profesional al terreno personal puede resultar especialmente letal. “Llevan años, incluso siglos, glorificando el suicidio, probablemente desde los Samurái”. 

Como la gente tiende a ver su empresa como si de su familia se tratara, “un director general dirá, ‘me hago cargo de la responsabilidad de la empresa’ y se quitará la vida, y lo más probable es que los medios vean esto como un acto honorable”, asegura Ozawa-de Silva. 

En Japón, noveno país mundial en el ranking de suicidios, se estima que dos terceras partes de los suicidios acontecidos en el 2007 fueron masculinos. “En las sociedades patriarcales lo normal es que la responsabilidad la asuma el padre”.

El extraño caso chino


China ha pasado de tener una de las tasas de suicidio más alta del mundo, en 1990, a una de las más bajas. El año pasado, un equipo a cargo de Paul Yip, en el Centro de Investigación y Prevención del Suicidio de la Universidad de Hong Kong, descubrió que la tasa de suicidio había descendido del 23,2 por cada 100.000 personas a finales de 1990 al 9,8 por 100.000 en el 2009-11. 

Esta asombrosa caída del 58 por ciento se produce en un momento de grandes desplazamientos desde el campo a la ciudad, del mismo tipo que en el pasado reciente de Corea del Sur. Y, sin embargo, parece que con el efecto contrario. ¿Cómo puede ser?


Kim cree que China está viviendo una especie de “tregua” achacable a la ola de esperanza que siente la gente al encaminarse hacia una nueva vida. “Los suicidios aumentarán, sin duda”, asegura, señalando que Corea del Sur vivió descensos similares entre los setenta y los ochenta, cuando su economía estaba en rápida expansión. 

“La gente cree que será más feliz cuanto más rica, y concentrados en sus metas no piensan en suicidarse. Pero es distinto cuando alcanzas tus metas y no encuentras lo que esperas”.


De hecho, la esperanza en lugares desesperados puede resultar peliaguda, tal y como descubrió Rory O’Connor en Glasgow. “Formulamos la siguiente pregunta: ¿Encuentras siempre beneficioso tener una visión optimista del futuro? Nuestra intuición nos hacía pensar que sí”. 

Pero al observar los “pensamientos futuros intrapersonales”, aquellos que no consideran otra cosa más que el yo, como “quiero ser feliz” o “quiero estar bien”, el equipo volvió a sorprenderse. O’Connor evaluó en el hospital a 388 personas que habían intentado acabar con sus vidas, para después llevar a cabo un seguimiento de reincidencias los siguientes 15 meses. 

“Los estudios previos habían revelado una menor tasa de fascinación suicida en aquellos con niveles altos de pensamientos intrapersonales futuros”, nos cuenta. “Descubrimos que el mejor predictor de intentos futuros era el comportamiento pasado –nada del otro mundo- pero también esta cosa del pensamiento intrapersonal futuro. 

 Y no en la dirección que hubiéramos pensado”. Resultó que la gente con mayor tendencia a este tipo esperanzador de pensamiento personal era más propensa a intentar suicidarse de nuevo. “Estos pensamientos pueden ser positivos en tiempos de crisis”, dice. “Pero, ¿Qué ocurre con el tiempo, una vez te das cuenta de que nunca vas a alcanzarlos?”.


Algo que Asia y Occidente sí tienen en común es la relación entre los roles de género y el suicidio. Pero claro, es que los estereotipos occidentales sobre la masculinidad son mucho más progresistas, ¿no es cierto?

En 2014, el psicólogo clínico Martin Seager y su equipo decidieron poner a prueba la definición cultural de lo que entendemos por ser hombre o mujer. Se sirvieron de una serie de preguntas cuidadosamente pensadas para hombres y mujeres reclutados a través de una selección de webs norteamericanas y británicas. 

Lo que descubrieron sugiere, que para los tiempos que corren, las expectativas que albergan ambos sexos en cuanto al concepto de hombre, siguen ancladas en los años 50. “El primer requisito es ser un luchador, un triunfador”, explica Seager. “El segundo es el deber de proteger y proveer, y el tercero mantener la compostura y el control en todo momento. Si incumples cualquiera de estos requisitos es que no eres un hombre”. 

Ni que decir tiene que además, un ‘hombre de verdad’ no debe dar nunca muestras de debilidad. “Un hombre que pide ayuda será siempre objeto de burla”, asegura. Las conclusiones de este estudio reflejan, de forma notable, lo que O’Connor y sus colegas venían diciendo sobre el suicidio masculino desde su informe para los Samaritanos en el 2012: “Un hombre se mide a sí mismo contra un ideal masculino que premia el poder, el control y la invulnerabilidad. Cuando un hombre siente que no se ajusta a este ideal, llega la vergüenza y el sentimiento de derrota”.

Metrosexuales


En Occidente, a veces tenemos la sensación de que en algún momento, a mediados de los ochenta, decidimos que los hombres eran algo abominable. La lucha por la igualdad de derechos y la seguridad sexual de las mujeres, ha dado como resultado décadas de percepción del hombre como un abusador, violento y privilegiado. Las versiones modernas del hombre, surgidas en oposición a estas críticas, no son más que criaturas risibles: el vanidoso metrosexual; el marido inútil que no sabe operar un lavavajillas.

 Entendemos, como género, que ya no se nos permite mantener la expectativa de control, de liderazgo, de pelea, de soportarlo todo con calma y resignación, de perseguir nuestras metas con tal determinación que no deje tiempo para amigos ni familia. Estas aspiraciones son ahora motivo de vergüenza sin razón aparente. 

Pero, ¿qué podemos hacer? Nuestra definición de éxito no ha cambiado, a pesar de los avances sociales, como tampoco lo ha hecho lo que entendemos por fracaso. ¿Cómo haremos para desmontar los impulsos de nuestra propia biología o los imperativos culturales, reforzados por ambos sexos desde el Pleistoceno?


Mientras hablamos, le confieso a O’Connor que hace tiempo, quizás diez años, yo mismo le pedí antidepresivos a mi médico, temeroso de que me diera por hacer una tontería, y salí de consulta con la receta: “Vete al bar y diviértete un poco”.


“¡Por Dios!” dice, frotándose los ojos con incredulidad. “¿Y eso ocurrió hace tan sólo diez años?”. “Es cierto que a veces pienso que debería estar medicado”, le digo. “Y me avergüenza decirlo, pero me preocupa bastante lo que mi mujer pudiera pensar”. “¿Lo has hablado con ella?”, pregunta.


Por un momento siento tal vergüenza que no puedo articular palabra.


“No”, contesto. “Y me tenía por alguien que se sentiría cómodo al charlar de estas cosas, pero ha sido aquí, hablando, que he caído en la cuenta. La típica mierda masculina”.


 “¿Pero es que no lo entiendes? No es ninguna mierda”, dice. “¡Ese es justo el problema! En la narrativa actual se dice que ‘los hombres son una mierda’, ¿verdad? Pero eso es una gilipollez. No hay manera de cambiar a los hombres. 

Se les puede tunear, no me malinterpretes, pero es la sociedad la que tiene que plantearse, ‘¿A qué servicios, que nosotros podamos ofertar, estarían ellos dispuestos a acudir? ¿Qué ayuda podemos ofrecerles para cuando se sientan angustiados?”


Entonces me habla de una amiga suya que se mató en 2008. “Aquello tuvo un impacto enorme sobre mí”, me dice. “No podía dejar de preguntarme, ‘¿Cómo es posible que no te hayas dado cuenta? Por Dios, llevas años dedicado a esto’. Me sentía un fracaso. Le había fallado a ella y a todo su entorno”.


Esto, a mí, no hace más que recordarme al perfeccionismo social. “Ah, claro. Es que yo soy un perfeccionista social”, asegura. “Soy hipersensible a las críticas sociales, aunque se me da bien ocultarlo. Tengo una desproporcionada necesidad de complacer y soy muy propenso a creer que he fallado a los demás”.


Otro de sus factores de riesgo es la melancolía obsesiva, los bucles cerrados de pensamiento. “Soy un perfeccionista social y un melancólico obsesivo, sí, sin lugar a dudas”, asegura. “Cuando te vayas me pasaré el día entero, y luego la noche, rumiando, ‘vaya, no puedo creer que haya dicho eso’. Me voy a matar...“, hace una pausa, y corrige, “me voy a castigar mucho con esto”.

Le pregunto si él se considera en riesgo de suicidio. “No metería la mano en el fuego”, dice. “Creo que a todo el mundo se le pasa por la cabeza en algún momento. Bueno, no a todo el mundo, pero está demostrado que sí a mucha gente. Nunca he estado deprimido o mostrado tendencias suicidas, gracias a Dios”.

Voluntarios


De vuelta en su gélido cuarto, en una granja en los humedales de Norfolk, Drummond sigue sentado con sus pastillas y sus ansías de tomárselas. Lo que salvó su vida fue la curiosa coincidencia de haber sido voluntario en los Samaritanos. 

Un día fue allí no a escuchar, como hacía habitualmente, si no a hablar durante horas. “Sé por propia experiencia que hay un montón de gente que debe sus vidas a lo que allí se hace”, nos cuenta.


Drummond ha vuelto a casarse y sus hijos han crecido. Han pasado 30 años desde aquella ruptura. Incluso ahora, todavía le resulta doloroso hablar del tema, así que no lo hace. “Supongo que uno hace por enterrarlo, ¿no?”, dice. “Se espera que lo afrontes como un hombre, y no lo hables con nadie. Eso no se hace”.


(Este artículo se publicó por primera vez en Mosaic y se publica de nuevo aquí con una licencia de Creative Commons.   , El País, 15 ENE 2016)