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1/7/22

El fenómeno de la "narcoinsurgencia", que se destapa a partir del 2006 con Calderón, es un fenómeno que se gesta en la descomposición del sistema mexicano en varios órdenes durante los últimos treinta años... yo no conozco a ninguno de estos narcotraficantes que no haya hecho beneficios sociales. No hay un solo narco que no lo hiciera... en una época de neoliberalismo, particularmente extremo en el Noreste del país, surgen estos capos que reemplazan al Estado de bienestar... se configuró un tipo de Estado criminal dentro del Estado y gracias a los recursos del Estado mexicano... los jefes son los capos, son los gobernadores, son los banqueros y los empresarios... todos están moviendo los hilos del negocio... se conjunta un grupo de intereses que operan clandestinamente los beneficios del narco... Ese conjunto de intereses que se mueven en torno al narco, forman lo que yo le llamaría un ‘Consejo Directivo Informal’, (donde puede estar un general de la Secretaría de la Defensa Nacional) que es coordinado por el narco a través de un lavador de dinero, un funcionario público y, si en algún momento cae el capo, eso no se destruye y sigue funcionando... tenemos un problema para el futuro: cómo va la sociedad a resolver esto ¡sabrá Dios! Tenemos una herida que va tardar en cerrar, tenemos una situación donde no podemos tener verdad ni justicia... ¿La legalización de las drogas podría ser la soluciór? Sí, podría ser. Creo que hay factores que están llegando a un punto que nos permitiría comenzar a ver luz... ojalá que el Estado ahora entienda que esto no es un asunto policíaco y así realmente lo pueda enfrentar

"Una entrevista al periodista de investigación y corresponsal del semanario Proceso en Nuevo León, Juan Alberto Cedillo, a propósito de su libro Las guerras ocultas del narco (Grijalbo, 2018). La entrevista gira en torno de la “guerra del narco” en el noreste mexicano, durante los años 2004-2018, a partir de los hallazgos en los expedientes desclasificados de la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA) y de las confesiones de los capos de la droga en las Cortes norteamericanas, lo cual brinda una nueva perspectiva al origen, consolidación y declive, de uno de los cárteles más sanguinarios en los años recientes: el de los Zetas. 

No obstante, a la par se reconstruye una trama paralela: el agudizamiento de las facultades para hacer periodismo en un territorio convulsionado por la violencia, la elaboración de protocolos para el cuidado colectivo, el compromiso con la verdad ante la censura impuesta por los cárteles, la generación de secuelas relacionadas con el oficio. Es decir, nos acerca a las condiciones en las que se escribe la ‘historia del tiempo presente’. Por ello, aquí se da cuenta del futuro que nace comprometido con la violencia del pasado, generando una sociedad malherida, una vida dañada; desde donde, sin embargo, se busca verdad, justicia y dignidad. He aquí una expectativa de futuro, de la historia que viene.

Se desplazaban en las carreteras y los caminos de terracería de Tamaulipas, patrullando el territorio fronterizo del cártel de los Zetas o custodiando la cocaína para que no pudiera ser hurtada por los cárteles rivales, sea el del Golfo, el de Sinaloa o la Familia Michoacana. Vehículos pesados, blindados con acero y artillados con armas de grueso calibre, eran tanques de guerra ensamblados en talleres clandestinos, que peleaban dentro del territorio nacional y se constituyeron en una división acorazada de combate al servicio del cártel de los Zetas, sus inventores. Con la nueva tecnología de guerra, estos últimos construyeron un ejército imbatible con el que eliminaron a sus rivales y se enseñorearon del Noroeste de México, a poco más de cien kilómetros de la frontera con los Estados Unidos. En la Octava Sede Militar de Reynosa, Tamaulipas, el ejército federal almacena alrededor de 150 de estos narco-blindados, a los que también se les llama “monstruos”. Con esa espectacular nota periodística, publicada en la revista Proceso en el año de 2012, conocí el trabajo del reportero Juan Alberto Cedillo

(...) Escrito sobre el terreno y con testimonios inexplorados, Las guerras ocultas del narco analiza el flujo migratorio a los Estados Unidos y el trasiego de la droga, en una sociedad profundamente injusta y desigual, así como las grandes batallas de una guerra: Nuevo Laredo, Coahuila, Nuevo León. Las masacres: San Fernando, Allende y Cinco Manantiales. La política militar y el metabolismo del narco: alianzas y enfrentamientos entre cárteles, emergencia de poderes criminales, narcoinsurgencia en movimiento. Así, su experiencia como reportero se ha compaginado con su formación de historiador, cuya mirada sobre el pasado de México le ha permitido comprender mejor su presente: el suyo, el de un testigo de una época particularmente cruenta. Porque nuestra época es tan difícil de vivir como de contar: en nuestro país, silenciar el mensaje es matar al mensajero. Los periodistas han caído por docenas, aunque no haya, como en Siria, una guerra abierta. De ahí que el reportaje sobre lo que ha acontecido en el Noreste de México sea algo más que una historia de los Zetas: es una tragedia colectiva sobre nuestro proyecto social, un laboratorio donde se incinera el futuro.

Aquí se da cuenta de Las guerras ocultas del narco, pero también del oficio de escribir la historia en el momento en que ésta acontece, así como de los problemas psicosociales que han hipotecado el futuro y parecen irresolubles aún ante las promesas del nuevo gobierno. La entrevista fue celebrada un día domingo del 11 agosto de 2019 en la Ciudad de México, devino en una conversación entre dos historiadores oriundos de la frontera Noreste y Sur de México, que nos identificamos, así como lo hacen esos forasteros que arriban a la capital: con la perspectiva que da la distancia, con la invitación a la plática que produce el café, y que tanto recuerda a las fincas de Chiapas, tierra donde se siembran sueños y germinan investigaciones. [1]

Carlos Alberto Ríos Gordillo (CARG): Tú eres periodista con formación de historiador y además vives en Monterrey, así que me gustaría comenzar con las características del tipo de investigación periodística que haces: ¿qué significa escribir la historia del narcotráfico en el Noreste de México, en esta época obscura de la historia de nuestro país?

Juan Alberto Cedillo (JAC): Como bien dices, es una etapa obscura. Y por desgracia, al principio la dimensión de la violencia que comenzó a generar el narco no se comprendió más que en la zona donde estábamos. Recuerda que en países como México las cosas más relevantes son las que ocurren en la capital y lo que ocurre en el centro se confunde con lo que ocurre en todo el país. La visión de México que se tiene en el extranjero es lo que se produce, lo que acontece y lo que se publica en el centro del país. A mí me sucede una cosa muy relevante que comencé a estudiar: empiezo a ver que viene una violencia del crimen organizado que va in crescendo, como se diría en la música; pues comienzan a acontecer sucesos que no pasaban en México, como de pronto ver a una persona colgada de un puente.

A propósito, había una foto que le dio la vuelta al mundo. Es de una jovencita muy guapa: La pelirroja [Gabriela Muñiz Támez; véase serie 1], quien era novia del capo de un cartel y estaba presa en el penal de Topo Chico. El grupo contrario que controlaba el penal va por ella, la sacan de ahí para, supuestamente, llevarla a la enfermería. Se la llevan el 31 de diciembre de 2010, y ese mismo día, en la madrugada, la cuelgan. Le quitan la blusa y en la espalda le escriben el nombre de su novio. Al darse cuenta de que la van a colgar, ahí mismo se orina en los pantalones y así la cuelgan. Es una mujer muy guapa, jovencita, con buen cuerpo. La foto de ella, colgada con el torso desnudo, se convierte en una foto que le da la vuelta al mundo. Eso nunca había ocurrido en México y ya estaba sucediendo. Así que a mí me daba la impresión de que había que llevar el registro de todo eso, con la salvedad de que no se podía publicar mucho de lo que ocurría. No se podía publicar, porque había muchos riesgos y lo que se publicaba de provincia en la capital eran cosas muy relativas. Y todo eso que venía ocurriendo, una balacera entre un grupo de sicarios contra otro en medio de las calles importantes de la ciudad, con "daños colaterales" (como entonces le decían), ya no era algo natural de México y lo estábamos viviendo. De ahí comenzó a crecer y a crecer una violencia que de pronto invadió todo el Noreste. Vienen acontecimientos como una masacre [la de Allende y Cinco Manantiales] donde matan a 300 personas, que estuvo oculta durante casi dos años; como el incendio de un casino [el Casino Royale] donde mueren 52 personas; como una riña en el penal entre grupos del crimen organizado, donde se matan entre ellos; como balaceras en el mero centro de la ciudad y cosas por el estilo. Y es cuando dices: esto se incendia. Mientras que en la capital no se están dando cuenta de las dimensiones de este asunto; pero ya no era solamente en Monterrey, también era en Tamaulipas y Coahuila. Y pues a mí me pone en entredicho todo esto y había que reportearlo; y si no hay que reportearlo de inmediato, porque las condiciones no te dejan, entonces hay que dejarlo para el futuro. Así que me dediqué a escribir dos tipos de notas: las que tenía que mandar a la prensa, y el registro de lo que acontecía, lo que no podía contar. Armé los archivos, elaboré las entrevistas, conocí las versiones de los miembros del crimen organizado quienes me contaban sus historias para, posteriormente, plasmarlas en el libro. Este era un fenómeno que estaba cambiando el rostro del país. Si alguien nos hubiera dicho, en los noventa, de que México iba a estar incendiado, nadie lo hubiera creído. Y como lo he planteado en otros momentos, a este período se le va a conocer como el segundo más importante después de la Revolución mexicana.

CARG: En este estado de excepción que tú registras, ¿cuáles son los riesgos a los que se enfrenta un reportero que, además, es avecindado en la zona? y ¿cuáles serían las secuelas del hecho de observar una realidad tan cruenta?

JAC: Lo más relevante para el periodismo es cómo planteas todo esto. Primero, porque el periodismo de investigación se proscribió. Recuerda que para los periodistas un buen reportaje debe tener varias fuentes: documentar, confirmar o verificar todo lo que se va a plasmar en una investigación rigurosa, casi de corte académico. Desafortunadamente, en México el periodismo es extremadamente laxo y como estaba proscrito, cómo podías confirmar un acontecimiento entre narcotraficantes, con qué fuentes. El narco no te va a dar un boletín ni te va a decir que algo fue así o no fue así (risas). Entonces, mucho de lo que tenías que escribir para la investigación no se podía contar. Y los que lo hacían escribían leyendas urbanas, aderezadas con hechos que ocurrieron, pero en general eran versiones muy pobres para documentar por qué ocurrieron las cosas, cómo ocurrieron y cuáles fueron las consecuencias. ¿Cómo podías hacerlo? Simplemente no podías, porque, además, estábamos en una zona donde los Zetas impusieron una censura a lo que se publicaba. Tamaulipas, en un momento dado, se convirtió en una zona del silencio. En esos años, durante el gobierno de Yarrington [1999-2005] no ocurría nada. Teóricamente no ocurría nada porque no se publicaba, no se difundía. Donde podíamos difundir más era en Monterrey, porque a pesar de que teníamos la censura del crimen organizado era una gran metrópoli. Para las notas y lo poco que podíamos escribir teníamos ya un código. Te tenías que suscribir a los hechos, a los datos y quitar toda especulación, todo tipo de investigación y sólo decir: "mataron a cinco", "fue así", "llegó la policía y abrió una carpeta de investigación". Y se acabó: no podías contar nada más. Era una cosa muy limitada lo que podías publicar; e incluso, a veces no querían que publicaras eso, pues como corresponsales, cuando enviabas las notas a la prensa nacional, calentabas la plaza; entonces la clase política se veía obligada a intervenir porque estaban pasando muchas cosas. En un momento dado, el crimen organizado llamó a los reporteros ―gracias a que tenían reporteros infiltrados― para decir qué sí podían publicar y qué no. Te ofrecían diez mil pesos por mes para no publicarlo o cuarenta mil para publicarlo. Había un enlace que te decía qué sí, o qué no, podías publicar. Y además estaban las amenazas. Así que teníamos una situación muy difícil para hacer periodismo.

¿Qué pasaba cuando tú estabas viendo hechos horribles? Por ejemplo, a mí me tocó cubrir la masacre de Allende y pude saber todo lo que sucedió. ¿Qué pasaba con las extorsiones, los secuestros, las matanzas, las víctimas, los desaparecidos, las familias de los desaparecidos?, ¿Cómo te afectaba? Como periodista yo estaba en otros proyectos de investigación y sentía que no me afectaba. Para contrarrestar las experiencias del día me tomaba un vino tinto, escuchaba a Mozart y leía. Me gustaba leer literatura como para liberarme del asunto. Así que yo me sentía inmune, pero no sabía que tenía un nivel de locura que hasta ahora, más recientemente, admití. Y ese nivel de locura me afectaba precisamente porque yo estaba en la provincia, sintiendo lo que aquí ocurría, mientras que en el centro todo esto no se percibía. Tú mismo, como chiapaneco, entiendes que el centro tiene una capacidad brutal para ver y entender lo que ocurre en la provincia, pero a veces simplemente no entiende y en términos de la violencia es peor. Aquí no se estaban dando cuenta del asunto y yo les mandaba reportes internos, en ese entonces al periódico El Universal, que en Monterrey no podía publicar. Y yo les decía: "Te estoy mandando una nota que es muy delicada y no le metas tijera porque si le cambias algo, me pones en riesgo". Para entonces, la mayoría de los medios locales ya había quitado de las notas los nombres de los reporteros: todo era "Redacción" o "Staff". Eso comenzó en Nuevo Laredo, Tamaulipas. Así que mientras eso sucedía allá, aquí un editor que se está comiendo una torta de tamal, decía: "ah, pues éste no puso esto", y le ponía o le cambiaba lo que quería. No entendían y yo tenía una polémica acendrada porque decía: "estos chilangos no me entienden", "mira cómo está el asunto acá". Y esa era mi locura, cómo todo esto me estaba afectando realmente.

CARG: En ese sentido, el Noreste de México se convierte en un laboratorio donde se experimenta el periodismo de guerra, que se adelanta varios años respecto del centro en dos tipos de circunstancias: la censura de los carteles y el silenciamiento impuesto voluntariamente para mantener la cordura y la vida. ¿Consideras que el tipo de periodismo practicado en esa zona es un experimento que se adelanta al resto del país? ¿qué técnicas o protocolos siguieron ustedes?

JAC: En Nuevo Laredo se impone el modelo para cubrir las noticias. La ciudad se incendia en el 2004 y hay un periódico emblemático de la región, El mañana, al que le disparan en la fachada, le avientan granadas, le queman la redacción, amenazan al equipo de reporteros y matan a un director. En un momento dado, El mañana compra chalecos antibalas a sus reporteros, impone autocensura y firma las notas como "Redacción", para que no se identifique quién es el reportero que la escribió. Este fue un primer paso, hasta que vieron que sus medidas fueron inútiles. Tomaron la decisión, en una editorial, de no publicar nada de esto, porque consideraron que era una guerra que no era suya y estaba provocando muchas muertes. Este fue el primer diario del país que decidió no publicar nada del narco.

Los reporteros tenían protocolos intuitivos que después adoptamos en Monterrey, porque ahí está la zona de resonancia que permite transmitir lo que estaba ocurriendo en Tamaulipas, y que allá no se podían publicar; o transmitir lo que pasaba en Coahuila, mientras los Zetas se adueñaban del territorio, conseguían el respaldo del gobierno y comenzaban a controlar todo. Así que nosotros teníamos la oportunidad de trasmitir al centro del país y por eso mismo adoptamos los protocolos, porque todos los medios quieren tener exclusivas, primicias y la nota antes que nadie, y el periódico El Norte, que es más poderoso que muchos diarios de la capital del país y que en algún momento llegó a tirar más de cien mil ejemplares, tenía una independencia financiera gracias a la publicidad empresarial y es el emporio periodístico de Monterrey: tienen a los mejores contactos en la policía, en el gobierno y entre los empresarios; sus periodistas se enteran antes que nadie, les filtran mucha información. Este emporio era el dueño de un periodiquillo, de los vespertinos especializados en la nota roja, El Sol. Sus reporteros siempre tenían conocimiento de todo lo que ocurría en la ciudad, casi al momento. Así que viene esta oleada de colgados, asesinatos múltiples, ejecuciones, cabezas regadas por ahí; entonces, en un primer momento, ellos están teniendo esas primicias y se dan cuenta de que llegar de inmediato a la zona del crimen comienza a tener un riesgo.

Sin decirle a la empresa, empiezan a compartir la primera cobertura con los demás colegas. Son los primeros que se dieron cuenta de que el crimen organizado tenía halcones [espías e informantes], de que a veces los sicarios regresaban a recoger los cuerpos y de que los policías estaban comprados. Tú llegabas a cubrir la nota y un policía municipal te filmaba, te tomaba fotos y te preguntaba: "¿De qué medio eres? Es para el reporte oficial"; cuando en realidad era para el narco. Así que se dieron cuenta del riesgo en la cobertura del muerto y se organizaron para llegar todos juntos. Porque, en una ocasión llegaron dos y todavía estaban ahí los criminales: los golpearon, les quitaron las cámaras. Fue así como la cobertura se volvió colectiva, para reducir el riesgo; y eso comenzó a ser un protocolo para moverse en zonas rurales y cómo practicar la autocensura, porque los criminales querían que se publicaran muchas notas donde ellos dejaban narcomensajes. ¡En una ocasión nos avisaron de un muerto que todavía no mataban! Llegamos al lugar y el muerto llegó 5 minutos después. Para entonces, ya nos habían dado la ficha con el nombre y la dirección del difunto, pero el cuerpo todavía no llegaba. Al rato llegaron en una camioneta y lo tiraron: "acá está el muerto". Y dejaron el narcomensaje: "Señor procurador deje de involucrar a gente del cartel de Sinaloa, si no van a seguir los muertos".

Así que trabajar con todo esto se vuelve intuitivo. Ante el peligro y las amenazas hay una desbandada de reporteros; la mayoría pide cambio de fuente: "Yo me voy para deportes", "a mí métanme a la redacción"... Y durante el mayor auge de la violencia, de los 40 reporteros que cubríamos todo eso ya éramos entre 8 y 11. Todos temerosos. 2 o 3 usaban chalecos antibalas y el resto nos colocábamos atrás de ellos. A mí me tocaron, por lo menos, 5 o 7 balaceras en proceso. Llegabas y quedabas en medio; te tenías que tirar al suelo o tenías que retirarte porque todavía se estaban dando de balazos. Todo esto cambió la manera de hacer periodismo y los protocolos fueron intuitivos. Creamos una red para compartir estos protocolos que hicimos: la cobertura colectiva, la seguridad digital, entender cómo funcionan los halcones, cómo te están vigilando siempre, etcétera.

CARG: ¡Qué impresionante! Esta experiencia está plasmada en Las guerras ocultas del narco; no la cuentas y sin embargo está ahí y me parece que le confiere al libro ese grado de originalidad y radicalidad que no tienen otras publicaciones de su tipo. Eso tiene que ver con el tratamiento que tú le das a los testimonios y cómo lees las fuentes, porque tienes la experiencia directa. Sin embargo, también te asumes como narrador de hechos terribles y para ello exploras diversos tipos de testimonios, por un lado, los archivos de la Secretaria de la Defensa sobre los Zetas, y por el otro, los juicios de los narcotraficantes aprehendidos en Estados Unidos. ¿Cómo lees estás fuentes?, ¿cómo las críticas?, ¿cómo contribuyen a visibilizar lo que ha sucedido?

JAC: Lo más relevante para mí y para este libro fue escucharlos, porque estás hablando de testimonios de primera mano. Lo único que te da la versión oficial es: "cayeron tres muertos", "utilizaron tales armas", "recogimos tales casquillos", que es una pequeña radiografía del hecho, pero finalmente el problema es responder por qué, quiénes, cómo. Y eso no te lo responde la versión oficial. La ventaja de muchos de los reporteros de provincia es que estuvimos en el lugar de los hechos. ¿Qué ventaja te da? Pues que escuchas cosas de más, ves lo que ocurrió, ves detalles que no se publican (porque la nota finalmente es una síntesis de un acontecimiento); entonces oyes cosas de más, escuchas los rumores: por qué pasó, quiénes eran, pero como no se confirman no se pueden publicar. Esa ventaja de estar en la zona de guerra, sin duda es una parte relevante para poder escribir, pero no entiendes el por qué, el cómo, quiénes. Así que cuando escuchas a los testigos de primera mano, a los mismos capos contar sus testimonios, todo cambia. Allá en Estados Unidos solamente se les podía juzgar por dos delitos: por lavado de dinero y por el narcotráfico. Las leyes y los delitos están resumidos en esto. Para la justicia norteamericana lo que hicieron en México es irrelevante.

CARG: De ahí que cuenten alegremente todo lo que hicieron...

JAC: ¡Porque además son tipos que tienen mucho que contar! Ellos hicieron historia, le cambiaron el rostro a México. Ni López Obrador le va a cambiar el rostro a México como los narcos lo hicieron. Ellos son capos de un nivel, como Heriberto Lazcano, inusitado para México. Innovaron, crearon situaciones de guerra. Si los ves como un personaje histórico de la maldad, podrían ser un hitlercito. Hicieron cosas sin precedentes para la historia de México. Así que oír su testimonio, ver cómo lo narraban, cómo contaban sus aventuras, fue impresionante. Yo digo en el libro que, en un momento dado, los tenían que callar porque el juicio se basa en responder las preguntas y los tipos se soltaban y contaban todo, mientras yo intentaba apuntar todo en friega (risas). Tenías que aprender taquigrafía. La ventaja es que como tenían que hablar en español, y después los traducían al inglés, te daba la ventaja de escribir. Gracias a mis amigos, después tuve la ventaja de leer las transcripciones, pero para entonces ya lo había escuchado. Y esa fue la ventaja fundamental, para mí, de este libro.

CARG: Claro, por un lado, eres un testigo directo de lo que ocurrió, pero por el otro, escuchas a los capos y, finalmente, pones a prueba tanto lo que has visto como lo que has escuchado. ¿En qué medida tu propia experiencia como reportero te sirve de filtro, de crítica?

JAC: Mira, estar dentro te daba conocimiento y acceso a fuentes cercanas; por ejemplo, nosotros estábamos cerca de la inteligencia militar y ellos nos daban una versión. En ocasiones, hacían operaciones especiales que la SEDENA [Secretaría de la Defensa Nacional] les prohibía contar, porque ésta quería que la gente denunciara y todos los golpes contra el narco se los atribuía a una denuncia anónima, cuando ya los oficiales de inteligencia militar habían hecho su trabajo, pero no podían decirlo porque la versión oficial era: "gracias a una denuncia anónima..", así que ellos se quedaban sin el crédito, pero a nosotros sí nos contaban todos los detalles de la operación. El gran problema que tuvo Calderón [2006-2012] y que tiene el Estado mexicano para combatir el narco y esta violencia, es que sigue con la estrategia de los grandes capos; y cuando capturan a uno de los grandes hay diez que están listos para reemplazarlo. Así que cuando nos contaban los detalles, nos dábamos cuenta de cómo operaba la red, las conexiones con la policía local, la complicidad que iba subiendo por los jefes policiacos, los procuradores. Y entonces, comenzabas a entender.

Yo tuve la suerte de que con otros dos compañeros periodistas visitábamos un antro de mala muerte, que después se convirtió en un antro de mala muerte propiedad del crimen organizado, pero gracias a que teníamos años yendo éramos parte de la clientela que no generaba sospecha. Al estar ahí, las meseras nos contaban de todo: eran la mejor fuente de información porque eran novias de los capos. Todos esos datitos que se fueron juntando se convirtieron en el principal filtro para descifrar el marasmo: qué es lo que es necesario ocultar, cuál es la verdad, cuál es la mentira; y hay cosas que, definitivamente, tienes que dejar a un lado. Yo no quise meterme del lado de las víctimas, pero tengo muchas narraciones de tragedias y tristezas; por ejemplo, los marinos de las fuerzas especiales que llegan de la Ciudad de México a Monterrey ya tienen la dirección de un capo, saben dónde vive y van a ir por él; buscan la dirección, tocan la puerta, les abre el supuesto capo y ellos no lo esperaban, así que le disparan. Después buscan las armas, las drogas y no encuentran nada. ¡Resulta que se habían equivocado de número! Se equivocaron de casa y mataron a un pobre ciudadano que ni la debía ni la temía, pero ya habían cometido el error, así que entonces le siembran la droga, le siembran las armas, le ponen pólvora en las manos y lo presentan como un gran capo. ¡Había miles de esas historias! pero entonces, ¿cómo las cuentas?

CARG: Mira, a mí me parece que el plan de la obra surge de todo esto. La perspectiva de análisis que has adoptado no es la historia nacional del narcotráfico, sino una escala macro macrorregional: el Noreste. De ahí que haya una configuración espacial propia y una cronología anterior a la de la "guerra del narco", que genera una narrativa a contracorriente de los procesos nacionales y de la cronología oficial.

JAC: La narrativa de la "guerra del narco" se impone desde el centro del país, con las desventajas de no tener todos los elementos que se podían encontrar en las regiones. Así que, en ocasiones, lo que publican los periodistas de la capital es que el gobierno federal es responsable; y en esta historia, al narco se le ha quitado el papel individual. Para la narrativa oficial, el narco no es más que un peón del Estado que responde a ciertos intereses, a cierta dinámica. Claro que el Estado tiene complicidad, pero al narco le quitan el papel de emprendedor, de formador de la historia, que hace las cosas por su propia dinámica y no, como siempre se le ha querido ver desde la capital del país: al Estado como titiritero de los narcos. Por eso el libro parece que fuera dos maneras de ver una sola realidad: la que se ha contado y la realidad tal y como se ve desde aquí.

CARG: Tú has hecho referencia al diseño de una política militar transnacional entre los Estados Unidos y México, que es anterior al sexenio de Felipe Calderón. ¿Cómo se creó esta política militar de contención a partir del Plan Mérida y cómo se adaptó por el gobierno mexicano?

JAC: Quien ha escrito muy claramente la historia de cómo el narcotráfico en México ha evolucionado de la mariguana a los gomeros, etcétera, es Luis Astorga. Él cuenta que en las famosas campañas antiamapola en la zona de Sinaloa, el gobierno de los Estados Unidos financia al gobierno mexicano para que destruya la producción de amapola y para que la heroína no llegue a los Estados Unidos. Y le pide que sea el Ejército el que vaya a las lomas de los narcos gomeros y destruya las cosechas de amapola. De hecho, el proyecto de la génesis de la violencia en México yo lo sitúo cuando a los militares los mandan de civiles a combatir al narco, que son los Zetas. Se tenía el concepto de que las policías civiles eran demasiado corruptas y el ejército era lo más disciplinado, lo más decente y lo menos corruptible; así que quisieron que éste fuera el encargado. Para entonces, ya estaba bien corrompido; el narco ya lo había infiltrado: había comprado a generales regionales y varios mandos. Pero, cuando Calderón dice, y esa es la gran decepción: "vamos a implementar la presencia del ejército para contener toda esta violencia", los generales ya están con el bando contrario. Todo eso está en los documentos WikiLeaks, otra de las grandes fuentes del libro. Ahí, incluso se le propone a Calderón una policía para la zona sur, una policía migratoria.

CARG: Por un lado, está un factor que es la política militar en el Noreste, pero, por el otro, hay condiciones sociales que sirven de caldo de cultivo para la fermentación de una violencia que se va recrudeciendo poco a poco. Tú has señalado al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que para el 2004 lleva ya diez años de operación. Son diez años de una política económica basada en la maquila, el congelamiento de los salarios, la mano de obra barata, la pauperización social, el hacinamiento del proletariado en las ciudades. ¿Cómo afecta esta situación social?

JAC: Acuérdate que el TLCAN es el beneficio que obtendrán los Estados Unidos para competir con China. Las grandes empresas estadounidenses cada vez tienen menos capacidad competitiva y deciden que los salarios bajos son la manera de reducir costos a sus productos y así competir con Europa y con China. En un primer momento sí les funciona: toda la franja fronteriza, de Matamoros hasta Tijuana, se llena de grandes maquiladoras y ensambladoras que contienen la migración centroamericana porque el empleo está en auge, pues las empresas vienen a buscar la mano de obra barata y la evasión de leyes rigurosas sobre el medio ambiente. Así que vienen para evadir restricciones legales muy rigurosas allá y muy laxas en México. Pero eso funciona en un período de tiempo muy corto, pues ni siquiera esa logística que abarata sus productos les compensa ante los bajos salarios chinos. Y cuando esta gran maquila que se estableció en México regresa rápidamente ¿qué sucede en las grandes zonas fronterizas donde hay una gran población flotante? Se queda ahí, huérfana de oportunidades.

Por eso no es casual que donde empieza la violencia en México es en las zonas maquiladoras. Los primeros brotes de la gran violencia en México suceden en Nuevo Laredo, Tijuana, Chihuahua, Reynosa, Matamoros. Es ahí donde nace esta gestación; y cuando, por diversas circunstancias (el cierre de la frontera, cambios en el consumo) la droga ya no se vende en los Estados Unidos, es en estas mismas zonas donde se empieza a quedar la droga, y entonces esta población flotante comienza a consumir droga barata.

CARG ¿Cuáles son las características de esta población flotante, en cuanto a sexo, edad, origen?

JAC: Básicamente, son jóvenes migrantes que se quedaron ahí. Los feminicidios en Chihuahua, que tanto nos asustan, son solamente la punta del iceberg de lo que venía sucediendo, porque como el feminicidio se vuelve políticamente más importante se pierde de vista que por cada mujer que estaban matando, también estaban matando a seis hombres. Entonces, hay un nivel de violencia que refleja el fenómeno que está ocurriendo: en Ciudad Juárez se está quedando la droga y el narcotráfico cambia su sistema de operación. Durante decenas de años operó para pasar la droga a los Estados Unidos, no para operar en México, porque las ganancias estaban allá. La cocaína no se consumía en México. Y cuando tienes una plaza local para vender la droga, necesitas la protección de la policía local, necesitas narcotienditas y narcoconsumidores. La cocaína era para el consumo de las élites, pero estos tipos la comienzan a hacer masiva gracias a los antros, los table dance y a que las mujeres entran ahí; entonces tenemos que, gracias a una encuesta de la ONU [Organización de las Naciones Unidas], de que las mujeres comienzan a ser las principales consumidoras de cocaína en México, en esta franja fronteriza, y a partir de 1996.

CARG. Me parece que todos los elementos que ahora planteas, y que se encuentran en el comienzo del libro, son problemas sociológicos muy amplios. Tú señalas la emergencia de la "narcoinsurgencia", la "narcoguerra", la "guerra de baja intensidad", lo cual implica que la violencia organizada disputa al Estado el territorio, la soberanía, la justicia, el trabajo, los impuestos y la recaudación fiscal. ¿Qué implica pensar estas guerras del narco, en el Noreste, desde la perspectiva de la "narcoinsurgencia"?

 JAC: Durante la investigación conversé con funcionarios colombianos que hicieron el combate al narcotráfico: a Pablo Escobar, los hermanos Orihuela, al cartel de Medellín, al de Cali, y ellos me plantearon algo fundamental que para mí fue como una revelación. Y es que, según sus investigaciones, la violencia en realidad se venía gestando durante los últimos treinta años; que este fenómeno no es sino la gestación de muchas cosas que vinieron evolucionando desde hace treinta años. Entonces, entendí que el fenómeno que se estaba expresando era una descomposición del país en muchos aspectos.

En realidad, el fenómeno que se destapa a partir del 2006, con Calderón, es un fenómeno que se gesta en la descomposición del sistema mexicano en varios órdenes durante los últimos treinta años. Lo que sí queda claro es que el Estado abandona sus responsabilidades sociales, que las familias se descomponen, que hay un cambio de paradigmas culturales; son factores que llevan a esta situación. La investigación de los académicos permitiría dar una configuración a todo esto, porque este momento histórico se tiene que interpretar y entender en el futuro.

CARG: Una vez que has hecho la narración de los hechos trágicos, donde la tragedia que viene siempre supera a la anterior, y hay una acumulación de desdicha, infelicidad y destrucción social. ¿Cuáles son, hacia el futuro, las posibles vías de solución?

JAC: ¡Uf! yo creo que eso se lo tendrías que preguntar a Dios (risas) Porque es el único que te lo puede decir...

CARG: Pero, en lo que nos atiende… ¿crees que la legalización de las drogas podría servir?

JAC: Sí, podría ser. Creo que hay factores que están llegando a un punto que nos permitiría comenzar a ver luz. Yo no me atrevería a decir cuándo esto se va a terminar, obviamente se tiene que terminar, pero todavía hay indicios de que, si esto se expresó en el Noreste y luego se convirtió en un modelo y en un fenómeno que se fue extendiendo, como ahora en alcaldías como Iztapalapa o Gustavo A. Madero, en la Ciudad de México, ojalá que el Estado ahora entienda que esto no es un asunto policíaco y así realmente lo pueda enfrentar. Yo creo que el problema es bien complejo.

CARG: En ese sentido, ¿tú crees que la Cuarta Transformación puede ayudar a solucionar el problema, o es una continuidad más que ruptura?

JAC: Hasta ahorita es una continuidad, a pesar de que López Obrador se reúna todos los días a las 6 de la mañana con el staff de seguridad, la Secretaría de la Defensa, la Policía Federal, pero sólo para recibir un reporte: "Señor Presidente: ayer en Cancún mataron a 5", "En Nuevo Laredo mataron a tantos…", "La Guardia Nacional está desplegada en…" En provincia entendemos bien que la policía no es efectiva mientras traiga el uniforme.

CARG: ¿Entonces la Guardia Nacional va reproducir el mismo patrón?

JAC: Va a reproducirlo; va a reproducirlo por la propia acumulación de policías. Voy a ponerte un ejemplo: cuando la violencia en Monterrey estaba en su máxima expresión, en 2011, Calderón despliega a 7 mil efectivos de las fuerzas federales, que se suman a las que ya existían. Llega un momento en que marinos, soldados, policías federales ya mero chocan. En ese momento, cuando Monterrey tiene la mayor concentración de fuerzas, se mueve un comando de sicarios de los Zetas y queman el Casino Royale, a las 2 de la tarde, en medio del despliegue de las fuerzas aéreas que están vigilando la ciudad. Los tipos llegaron a comer cabrito a un restaurante lujoso, planearon todo, se fueron en convoy, quemaron el Casino y se retiraron como si nada. O sea que la vigilancia militar, como tal, sin inteligencia, ya demostró que no resuelve nada. Lo que está haciendo López Obrador, ya se hizo.

CARG: Es interesante observar esto que tú señalas: la grandilocuencia de los acontecimientos en el centro y la caja de resonancia que éste representa, a diferencia de lo que ocurre en la provincia. ¿Cuáles son las características de lo excepcional que, en el Noreste, se ha convertido en normal?, ¿es posible hacer una periodización del fenómeno de la violencia?

JAC: Pues es muy difícil de resolver. Mira, en Monterrey, antes de 2007, había menos de 300 homicidios violentos; registraba 2 robos bancarios por año y 1 secuestro, ¡1 secuestro por año! y ya era una cifra récord. En abril de 2009, en un mes, son 100 muertos; ahí tienes el cambio del paradigma. Y en un momento, la cifra record son 1000 muertos en un año. ¡Los muertos que había en un año se convierten en los muertos por mes! Así va evolucionando todo y se ve en las masacres. Tenemos 4 acontecimientos que van marcando etapas.

En ningún momento en la historia de este país había llegado un comando del crimen organizado a un bar para matar a 22 clientes y empleados; es el caso del bar "Sabino Gordo", en Monterrey [IX/2011] Y es algo excepcional, porque, por ejemplo, lo que acabamos de ver en el Walmart de San Antonio, Texas [VIII/2019] es que un tipo loco empieza a matar gente, mientras que aquí son sicarios que mataban gente; pero aquí no se ve como un problema social, sino como una pelea entre narcos. Entonces, la narrativa del Estado es: "es una bronca entre ellos", "que se maten entre ellos". Así la sociedad se quita el peso de compararlo con lo que ocurre en Estados Unidos. Aquí todo es distinto. Después de "Sabino Gordo", en una carretera de Cadereyta tiraron 49 torsos [V/2014] a cuyos cuerpos les cortaron las manos, la cabeza, los pies e, incluso (lo que no salió en las noticias), les borraron los tatuajes para que no pudieran ser identificados. O tienes el Casino Royale [VIII/2011] y la masacre (que tuvieron casi dos años escondida) de Allende [III/2011]: 300 personas están desaparecidas. Toda esa evolución se desconoce en el centro.

CARG: Aunque la guerra no empieza en Nuevo León, sino en Tamaulipas.

JAC: Todo empieza en Tamaulipas, pero se expande. La primera guerra es para desplazar al Cartel de Sinaloa y a las mafias locales que tienen el control. Quien hace todo este despliegue son los Zetas. Como exmilitares que quieren controlar todo y forman parte del Cartel del Golfo (que durante mucho tiempo había sido conocido como el Cartel de Matamoros, porque ahí estaba su plaza) cuando este se comienza a expandir, así que empieza esta batalla por las plazas nacionales. Lo que intentó Calderón fue controlar el despliegue de esas fuerzas en movimiento y cometió el error de meter al ejército; una estrategia totalmente equivocada. Pero la violencia del narco, por la disputa de las plazas entre el Cártel de Sinaloa, la Familia Michoacana, los Zetas y el Cartel del Golfo, empieza a imponer esta dinámica. Llegó el momento en que los Zetas tenían en Monterrey un ejército de 500 personas. ¿Qué pasa cuando tienes tanto poder? ¡Quieres ejercerlo! Y por eso se lo disputan al Estado; controlan parte del Estado: ciudades o municipios y se sienten dueños de las plazas. Por ejemplo, cuando capturan al Tiburón, jefe de la plaza de Monterrey, éste tenía controladas a todas las policías municipales, pero no al ejército y las fuerzas especiales. Lo capturan en una operación de soldados vestidos de civiles, y no como militares, que eran transportados en camionetas de iglesias evangélicas. Lo aprehenden y se lo llevan, pero los halcones se dan cuenta y, mientras el capo es conducido a la zona militar que está fuera de la ciudad, los narcos tratan de evitar que esas camionetas (que van sin escolta y la parafernalia de un gran operativo) lleguen a la zona militar. ¿Con quiénes arman el operativo para cerrar las calles y rescatar a los que llevan presos? Con las policías municipales de la zona metropolitana: Apodaca, García, Guadalupe; cierran las calles y las avenidas que van a tener acceso a la zona militar.

Para colmo de males, los jefes policíacos estaban en una reunión de seguridad ―como las que López Obrador tiene a las 6 de la mañana―, y de pronto ¡hay narcobloqueos por las policías municipales! Y los jefes diciendo: "¿Qué están haciendo ahí? ¡Muévanse!". No les hacen caso porque obedecen a su jefe, el capo. Entonces, mandan a la Policía Federal a quitar a las policías municipales, pero no quieren moverse. Yo tengo las fotos donde se encaran policías federales contra policías municipales, apuntándose unos contra otros. (Véase, serie 2) Tú dices ¿qué locura es ésta?, ¿cómo lo concibes? ¿cómo lo narras?

CARG: ¿Así que se configuró un tipo de Estado criminal dentro del Estado? ¿y gracias a los recursos del Estado mexicano?

JAC: Absolutamente. En un momento dado, Heriberto Lazcano escapa de los operativos del ejército, gracias a que tiene comprados a los hermanos Moreira [gobernadores de Coahuila entre 2005-2011 y 2011-2017], en una nave del estado de Coahuila.

CARG: ¿Quiénes son los jefes en realidad? ¿son los capos, son los gobernadores, son los banqueros y los empresarios? ¿quiénes están moviendo los hilos del negocio?

JAC: Todos, todos los que dijiste. En un momento se conforma socialmente una complicidad que no tiene necesariamente que ser orquestada, sino que hay gente que se beneficia del lavado de dinero. Ese conjunto de intereses que se mueven en torno al narco, forman lo que yo le llamaría un ‘Consejo Directivo Informal’, (donde puede estar un general de la Secretaría de la Defensa Nacional) que es coordinado por el narco a través de un lavador de dinero, un funcionario público y, si en algún momento cae el capo, eso no se destruye y sigue funcionando. Se conjunta un grupo de intereses que operan clandestinamente los beneficios del narco.

CARG: Por eso este libro es la historia de uno de los grupos criminales más importantes que ha habido en América Latina durante este siglo,

JAC: Sí, es la historia de los Zetas; ellos rompieron paradigmas. Imagínate: controlan Monterrey. Matan a unos estudiantes del Tecnológico de Monterrey, la ciudad está tomada por el crimen organizado, se paraliza y se acaba la vida nocturna. No es lo mismo tomar Allende, en Coahuila, que tomar la segunda ciudad industrial del país. Así que estás hablando de un poder inmenso que hace contrapeso al Estado mexicano. En un libro que publica el CIESAS [Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social] se menciona el concepto del "Estado supeditado": el Estado tomado por el crimen organizado.

CARG: Y sin embargo caen los Zetas, pero esta política criminal, esta economía criminal, este Estado criminal que disputa territorios, soberanía o el fisco, se reproduce más allá de los Zetas; se ramifica como una hidra a la que le cortas una cabeza y del tronco surgen dos cabezas más. Es decir, se acaba la figura visible: cae el capo más importante, se desmorona el cartel más representativo, pero como persiste la misma política militar y persisten las mismas condiciones sociales que son el caldo de cultivo para la violencia, entonces todo esto se reproduce ad nauseam. En este escenario, ¿cómo se está reconfigurando el narco?

JAC: Ya que lo planteas así, creo que el narco adquirió en México una estructura que no tenía, sobre todo, su manera de operar, basada en la paramilitarización. ¿Qué heredan ellos? Cómo someter a funcionarios de alto nivel, cómo controlar sectores económicos que antes no controlaban para abrir negocios nuevos. Esta estructura que no había en México, existe, sin embargo, en otras naciones. Sin tanta violencia la puede tener la Triada china, la Yakuza japonesa o la Cosa nostra italiana. En México teníamos un crimen organizado que se movía del Sur al Norte (la droga para el Norte; el dinero y las armas para el Sur) pero ahora se configuran en México mafias nacionales que antes no existían. Porque había mafias locales que controlaban antros y algunos negocios, pero no tenías una estructura de mafia nacional tipo Yakuza, así que, aunque baje la violencia, una de las herencias son las mafias de este tipo. Quizá ya no tengan ese nivel de violencia, pero sí el control de los negocios. Claro, métete con ellas y vas a amanecer descuartizado; pero estas mafias son nacionales y distintas de las que operan en Tepito, las que controlan los prostíbulos, a los narcomenudistas en las calles. No teníamos esas estructuras criminales

CARG: Encontramos aquí nuevas formas del poder político y económico. Tú has señalado que después de la caída de los Zetas, sus lecciones fueron aprendidas y asimiladas por todo tipo de facciones, incluso entre los grupos rivales: la paramilitarización de las fuerzas, que son verdaderos ejércitos profesionales de sicarios; con medidas de financiamiento que sustituyen a los grandes envíos de cocaína y que hacen del secuestro, del secuestro exprés y del cobro de piso, fuentes alternativas de financiamiento. Estamos viendo que surgen nuevas formas de poder y entonces estos grandes capos que transformaron la historia de México, por ser ellos los protagonistas de esta historia, ahora pueden ser otros, cualquiera: todos pueden ser el Chapo, todos pueden ser el Lazca. Tú decías que Hitler habitaba en ellos, así que ¿cualquiera puede serlo?, o ¿cualquiera puede aspirar a serlo?

JAC: Pues sí, pero yo creo que tienen sus cualidades. Los criminales de estos niveles tienen una sagacidad intuitiva que, sin haber leído El arte de la guerra, la aplican. Sí, finalmente todos podemos, pero estos tipos que han sido líderes, y que a veces, por ser criminales, les quitamos el reconocimiento de sus cualidades, no son cualquiera. Lazcano era un estratega, un estratega militar; tenía ambición. Estos tipos crearon los monstruos [vehículos blindados utilizados para el patrullaje y el trasiego de droga; véase serie 3] los tanques del crimen organizado. ¡Eso no es cualquier cosa! (risas) Sí, cualquiera puede aspirar a serlo, pero si estos tipos fueron tan brillantes es porque tenían ciertas cualidades: una formación militar. Por ejemplo, los grandes capos son excomandantes policíacos que conocen el funcionamiento del negocio; tienen una maldad y una sangre fría tremendas, porque además se mueven en una corte (porque su organización es una corte) donde todo el mundo les quiere cortar la cabeza para subir. Estás hablando de una tragedia shakespeariana donde hay un Duncan, hay un Macbeth, que los quiere tumbar. De ahí que los narcos nunca duermen en la misma casa dos noches seguidas; siempre se están moviendo y no se están cuidando de la policía, sino de sus propios colegas (risas). Entonces, yo creo que sí cualquiera, pero debe tener ciertas cualidades. Y son estos líderes intuitivos, los que tienen una sagacidad tremenda.

CARG: Hablamos de un perfil colectivo que comparten estos protagonistas…

JAC: Sí, desgraciadamente al destacar estas cualidades podría sonar como una apología. Y de eso yo sí me cuidé mucho, porque ante el hecho de verlos, de escucharlos, uno dice: “no, este güey no es cualquier cabrón”. El Mamito [Jesús Enrique Rejón Aguilar, tercero al mando de los Zetas] era un tipo orgulloso, arrogante, lúcido porque sabía quién era. Entonces al ver estas cualidades uno se explica por qué hicieron lo que hicieron. ¡Parezco un apologista del narco! (risas) Desgraciadamente, esta versión que cuentan muchos, donde el Estado los controla, donde son parte de una conspiración para generar violencia y apropiarse de las minas y las tierras de los desplazados, sirve para quitarles la iniciativa, para someterlos en la historia, para convertirlos en un títere.

CARG: Por el contrario, en la cultura popular son ídolos, modernos Robin Hood. Las series de televisión, las películas, los narcocorridos, han hecho de ellos un modelo a seguir.

JAC: Pero recuerda algo: yo no conozco a ninguno de estos tipos que no haya hecho beneficios sociales. No hay un solo narco, de ese nivel, que no lo hiciera. Por ejemplo, el June [Gilberto García Mena] pagaba operaciones, medicinas, escuelas a la gente de su poblado; Osiel [Cárdenas Guillén] todos los años mandaba cientos de regalos a los niños en navidad; el Ingeniero, en Coahuila, ayudaba a toda la gente donde él vivía.

CARG: Lo más curioso es que en una época de neoliberalismo, particularmente extremo en el Noreste del país, surgen estos capos que reemplazan al Estado de bienestar.

JAC: En algunas cosas. Por ejemplo, en una de mis notas más leídas en Proceso, cuando hay una inundación por un huracán [Íngrid, IX/2013]; mientras el Estado se está organizando para empezar a apoyar, los narcos llegan con camionetas a apoyar a todos los damnificados (risas). 5 días antes de que el Estado pueda intervenir, están los narcos repartiendo despensas. Se convirtió en la nota más leída porque era el Cártel del Golfo apoyando a los damnificados, cuando el Estado ni siquiera sabía dónde estaban.[2]

CARG: Volteando la mirada hacia las víctimas, en un sentido amplio, porque también el núcleo de reproducción social ha sido dañado, estos protagonistas de los que tú hablabas, y que han modificado radicalmente el perfil de nuestro país hacia el futuro, han dejado una sociedad malherida, una sociedad dañada. ¿Cómo se recupera un enfermo así?

JAC: Yo no tengo una respuesta. Por ejemplo, la tragedia más difícil de todas las que ha tenido este país, es la de los desaparecidos. A mí me tocó ver que los desaparecidos no eran víctimas inocentes. Eso es mal visto, pero desafortunadamente los desaparecidos no eran la sociedad inocente que todos quisiéramos; eran las mismas víctimas del narco: el que asesinó, el que delató. Pero sí hay miles de víctimas inocentes. Es la tragedia más difícil de entender. Aunque la cifra negra de los desaparecidos no es tan grande (en Tamaulipas la gente se sobrepuso al miedo inicial y terminó denunciando) este país cuenta con más de 40 mil desaparecidos y sus familias no saben dónde están.

CARG: A propósito, tú has señalado el problema de la prueba. En un momento, la prueba eran los cuerpos de las víctimas; éstos son la evidencia de que se cometió un delito, y que, por lo tanto, hay un delincuente. Pero hay un punto en el cual las pruebas desaparecen, porque los cuerpos están siendo calcinados o están siendo disueltos en ácido. No solamente desaparece el cuerpo, el testimonio material de la tragedia, sino también el perpetrador del crimen. En ese sentido, ante la ausencia de los testimonios ¿cómo se puede identificar a las víctimas?

JAC: Ése es el gran reto que tiene la autoridad. Un comunista como Alejandro Encinas (cuyo papá fue amigo de Revueltas) tiene la voluntad de resolver esto, pero no sabe en la bronca que se metió. Yo lo he hablado con él tres veces cuando ha ido a visitar las zonas, y creo que realmente no puede; quizá por eso se va a concentrar en Ayotzinapa y en castigar al Estado. A lo único que puede aspirar es a que los capos confiesen. Y gracias a una nota que yo escribí sobre la narco-cocina más grande de México (¡son 500 cuerpos que quemaron en una zona!), solamente gracias a la confesión del capo se sabe que quemaron 500: ¿quiénes eran esas personas?, ¿de dónde salieron? Hay autobuses completos que desaparecieron. No uno, dos o tres, sino varios autobuses que desaparecieron cuyos cuerpos terminaron incinerados ahí.[3] ¿Cómo resuelves esa tragedia?

CARG: Me parece que apunta hacia el problema de la Verdad y de la Justicia. Para que exista verdad debe haber una prueba material de que algo ocurrió. Al desaparecer la prueba, el hecho o el dato positivo también desaparece, por lo que quizá no puede haber verdad y quizá menos aún justicia. Cómo una sociedad, como la nuestra, que quiere verdad y justicia, puede superar el problema de la ausencia, la destrucción de los restos.

JAC: Ese es el problema que tenemos. Las familias que tienen desaparecido a un ser querido no descansan como una familia que sabe que ya está enterrado. A pesar de que pasen 5 años no descansan, no cierran la herida. La peor tragedia es que no saben dónde quedó, no hay evidencia de que esté muerto.

CARG: A mí me preocupa el escenario prospectivo, partiendo incluso de la propia nomenclatura: las narcomadres, las narcoviudas, los narcohuérfanos. Son tres generaciones y el futuro del país se ha hipotecado para los próximos 25 o 30 años. Y en este sentido, al no redimirse la tragedia y el dolor, tenemos una serie de sentimientos que, ante la falta de justicia, evolucionan de manera peligrosa. Entonces, tenemos una sociedad malherida, pero también tenemos una vida dañada. Hacia el futuro, una sociedad de este tipo puede profundizar todavía más la tragedia del país como proyecto social. ¿Cómo ves este escenario?

JAC: Yo lo veo exactamente como tú lo ves, y eso fue parte de mi locura. Yo veía tanto dolor y tragedia mientras que una parte de la sociedad no lo veía. Yo no lo había pensado así, pero en realidad tenemos un problema para el futuro: cómo va la sociedad a resolver esto ¡sabrá Dios! Tenemos una herida que va tardar en cerrar, tenemos una situación donde no podemos tener verdad ni justicia. Esa era parte de mi locura: "¿por qué no están viendo esto?", "¿por qué no se está actuando para enfrentar esto?". Yo lo estaba viendo como testigo privilegiado debido a la confluencia de todas estas circunstancias, pero todavía hay mucha gente que lo tiene que ver. Tú lo estás planteando de una manera tal que te preguntas: ¿cuál es el futuro? Yo no sé. 

CARG: En la introducción de tu libro, escribiste que no había espacio para asustarse y era necesario sobreponerse. Tú te sobrepones como periodista y también como testigo de una tragedia, pero, ¿en qué medida, pensando en Primo Levi, eres un hundido o eres más bien un salvado?

JAC: Las dos cosas: ¡No me limites! (risas) Escribí para dejar testimonio de lo que yo estaba viendo, y creo que nadie lo estaba viendo como yo lo podía ver, porque era un privilegiado que estaba como en un faro. La otra era para exorcizarme, para liberarme, hacer catarsis. A mí me tocó vivir todo esto.

De hecho, estaré aquí para asistir a las sesiones especiales, con psicólogos expertos, para los periodistas afectados por la violencia. Tendré que contar que yo tenía conflictos serios por la violencia, entre ellos, estar aislado. De hecho, algo que no te he contado y que es fundamental para escribir el libro, es que mi divorcio me aleja de mi familia en términos físicos (convivo con mis hijos como un padre que está separado, pero que no se ha olvidado de ellos) Si hubiera convivido con mis hijos y no hubiera estado divorciado no hubiera escrito todo esto. Incluso, a veces los riesgos eran calculados: "A ver, tengo familia, ¿puedo decir esto? No. No quieras contar de más". Yo sabía nombres de los funcionarios que estaban coludidos; podía decir los de Tamaulipas, podía decir los de Coahuila, pero no los de Monterrey.

CARG: En ese sentido, también hay un perfil colectivo del periodista que cubre la guerra del narco. También están dentro de los hundidos, dentro de las víctimas.

JAC: Sí, por eso también hay tantos periodistas muertos. La mayoría porque no supieron manejar la relación con el narco. A la mayoría de los periodistas de Veracruz no los mataron por andar denunciando, desgraciadamente. No supieron diferenciar que los policías con los que habían tratado desde hacía años (un comandante que les informaba o les contaba) de repente ya no eran policías, eran voceros del crimen organizado.

CARG: Entiendo que esta experiencia es una carga moral e intelectual y que por eso tienes otros proyectos, como los nazis en México. ¿Cuáles son tus proyectos a futuro?

JAC: Eso mismo. Estaba investigando lo que me interesaba, lo que me apasionaba, pero estaba viviendo la realidad de mi país y veo un fenómeno que sabía que no era cualquier cosa. Por eso quiero jubilarme de esto para dedicarme a investigar si los criminales de guerra nazis huyeron a México. No es una investigación fácil, pero un libro de esta naturaleza sería de alcance internacional y tendría un tiraje de decenas de miles de ejemplares; y eso es a lo que yo aspiraría, porque así puedo vivir de investigar. Este libro salió de mi salario y las regalías son pocas.

CARG: O sea que escribir a propósito de lo que se ha denominado la "guerra del narco", no ha sido una noticia que puede ser vendida.

JAC: Solamente aquéllos que aprovecharon el boom sí les fue bien. Mi libro llega mucho tiempo después, cuando ya no está el boom, pero yo no quería escribir sobre lo escandaloso, sobre lo morboso. Yo tenía claro que se puede escribir para la historia, o se puede escribir para el reconocimiento inmediato; y yo quería escribir para la historia.

CARG: Y tú vives para contarla y cuentas para seguir viviendo….

JAC: ¡Esa es otra ventaja!"                       (Juan Alberto Cedillo , Sin Permiso, 23/06/2022)

3/5/22

La verdadera historia de las maras salvadoreñas: de los pachucos a la guerra con Bukele

 "A un mes del estado de excepción en El Salvador, Juan Martínez d’Aubuisson repasa la historia de las maras salvadoreñas y cuestiona al gobierno Nayib Bukele por sus ataques contra periodistas y académicos.

El 11 de abril, el presidente salvadoreño Nayib Bukele tuiteó un video con un extracto de 22 segundos de una entrevista al investigador Juan Martínez d’Aubuisson, especialista en el estudio del fenómeno de las pandillas centroamericanas. En su mensaje, Bukele lo trató de “basura” y dijo que sus planteos eran “absurdos”.

Desde ese día, Martínez d’Aubuisson recibió cientos de ataques de funcionarios, políticos oficialistas y trolls, una situación que han sufrido también otros periodistas y académicos críticos con el gobierno. Una semana después, Martínez d’Aubuisson publicó una columna en el diario estadounidense The Washington Post, con el título “Bukele me convirtió en un pandillero por mi trabajo como investigador”.

Desde “algún lugar de Centroamérica”, el académico salvadoreño habló con la Agencia Regional de Noticias (ARN) sobre la historia de las pandillas centroamericanas, los vínculos con la política y la economía, y también sobre la situación que atraviesa El Salvador, un mes después del estado de excepción que decretó Bukele.

Entre otras cosas, Martínez d’Aubuisson dijo que el Estado salvadoreño le prestó atención al fenómeno recién cuando empezó a expandirse más allá de los barrios pobres, hasta que luego la situación directamente escapó de su control. “Las pandillas eran y son el Estado”, resumió.

El investigador opinó que la negociación con las pandillas no es el mejor camino a tomar, aunque reconoció “desde el pragmatismo” que hoy no quedan muchas otras opciones. “Un país tan chiquito que entierra 90 personas en un fin de semana es un puto funeral”, señaló.

La historia empieza en Estados Unidos

-Tus investigaciones están focalizadas en el Triángulo Norte y en México. Sin embargo, para hablar de las maras, hay que arrancar la historia en Los Ángeles. ¿Por qué?

Los Ángeles y la costa californiana son factores importantes para comprender el fenómeno de las pandillas, en particular la Mara Salvatrucha y Barrio 18. Para entender los orígenes de Barrio 18 hay que pensar en los migrantes mexicanos que llegaron a Estados Unidos en el programa Bracero, a mediados del siglo XX. Era un programa que les permitía a los migrantes trabajar legalmente en Estados Unidos, sobre todo para trabajar en la construcción de vías férreas. California es uno de los lugares más ricos del mundo y necesitaba mucha mano de obra. Esa oleada migratoria generó una cultura híbrida muy rica conocida como la cultura chicana.

– ¿De ahí surge la figura del “pachuco»?

Claro, el «pachuco» es la figura cultural arquetípica, caracterizado por el uso de los trajes zoot. Pero también generó un movimiento cultural e identitario muy fuerte. En la cultura popular aparece caricaturizado, es el coyote que anda con saco. También hay muchas referencias en el cine mexicano, las canciones de (la banda mexicana) Maldita Vecindad o el personaje Tin Tan (Germán Valdés), que el hermano del actor que personificó a Don Ramón en el Chavo del 8 (Ramón Valdés). Era toda una cultura, con valores y normas, y también una expresión de moda. Era bastante más que una forma de vestimenta, había detrás una concepción híbrida del mundo. Los mexicanos, en definitiva, se instalaron en Los Ángeles, entre las clases más bajas. Eran obreros, la mayoría no hablaba inglés. Estaban dentro del sector subalterno y marginado de la sociedad californiana. Empiezan a formar pandillas y eso originó el movimiento zoot suits, que tuvo enfrentamientos callejeros muy fuertes con los marines después de la Segunda Guerra Mundial. Los pachucos tenían una impronta muy irreverente de pararse frente a la cultura anglo, eran desafiantes ante el sistema. Ya en aquellos años surgen las primeras pandillas méxico-americanas, que todavía subsisten en California y son un problema grande de seguridad, como la White Fence, Hawaiian Gardens, Barrio 38, Barrio 36 y la propia Barrio 18.

-¿Cómo respondieron las autoridades estadounidenses?

Enfrentaron el fenómeno de manera desatinada, básicamente los fueron metiendo en las cárceles de San Quintín y en el penal del Folsom. Muchos de ellos ni siquiera debían estar ahí porque eran menores de edad, pero estos jóvenes se abrieron campo dentro de las unidades penitenciarias. Y se abrieron campo con violencia. Crearon un sistema que llamaron “El Sur”, porque eran pandillas que operaban al sur de California. En este proceso la estética fue cambiando, ya no eran pandilleros de saco y corbata, con sombreros de ala ancha, sino que incorporaron la estética carcelaria: aparecen rapados, con pantalones anchos, camisas pegadas, tatuajes y con esa red que se ponen en la cabeza, que era la que usaban los cocineros en la cárcel. Todo esa estética está asociada a la vida en los penales y en particular a las tareas de servicio, que era lo primero que les tocaba.

-¿En las cárceles también se consolidan como estructuras?

En las calles estas pandillas se peleaban entre sí, pero en la cárcel se unían, porque ahí tenían que enfrentarse con los pandillas de afroamericanos (también llamados mayates), los anglo, los asiáticos, etcétera. O sea, en la cárcel no importaba tanto tu pandilla sino el conglomerado que pertenecías. A ese conglomerado lo llamaron «Sur» y a la orientación de los «sureños» se la bautizó luego como la Mafia Mexicana, o “la M”, que era su abreviación. La M la conformaban los líderes de las pandillas más grandes, funcionaban como una especie de federación, dentro de la cárcel y también pautando la vida de estas pandillas afuera.

Afuera se peleaban pero con ciertas normas, era una especie de “juego serio”, con muertes, tragedia, pero también con normas. Por ejemplo, no se podía atacar a un pandillero si caminaba de la mano de su esposa, sus hijos o su madre. No se podía hacer drive-by shooting, o sea dispararle a alguien desde un vehículo, por el riesgo de lastimar a otras personas. El pandillero debía bajar del vehículo para disparar. Y si un pandillero incumplía estas reglas, la «M» resolvía que había “luz verde” para atacar a esa pandilla, y sus integrantes recibían golpizas, violaciones o asesinatos dentro de la cárcel.

-¿De qué año estamos hablando?

Este fenómeno se consolida entre los años 50 y 70. Y todavía no aparece en escena El Salvador, que en esos años no tenía una migración masiva hacia Estados Unidos. La nuestra era una sociedad más bien agraria, el grueso de la población estaba fuera de los centros urbanos. Era una sociedad muy volcada a la agroexportación de café hacia Estados Unidos, ya desde finales del siglo XIX. El proceso revolucionario salvadoreño termina de consolidarse recién a finales de los 70. En ese momento Estados Unidos jugó fuerte para detener ese «virus comunista» en Centroamérica, porque ya tenían las experiencias de Cuba y Nicaragua, y querían evitar que eso se expandiera. El riesgo de las revoluciones guatemaltecas y salvadoreñas están muy presentes en los discursos de Richard Nixon (1969-1974), Jimmy Carter (1977-1981) y sobre todo después de Ronald Reagan (1981-1989). Les daba terror la posibilidad de que El Salvador siguiera el camino cubano y jugaron fuerte por la lucha contrainsurgente. Le dan mucho apoyo militar a El Salvador y entrenaron a muchos militares en la Escuela de las Américas. En este contexto sí empieza a pasar que miles de salvadoreños emigran hacia Estados Unidos. Es una nueva corriente migratoria, son como hermanos menores de aquellos braceros mexicanos (el término refiere a personas que trabajan con los brazos). Los salvadoreños migran por la crisis económica, la brutal represión estatal y el reclutamiento de jóvenes por parte de ambos estamentos: las guerrillas y el Ejército.

-¿Cómo se da el vínculo de estos jóvenes salvadoreños con el heavy metal, que es algo de lo que siempre se habla?

Algunos investigadores que estudian el fenómeno de las “prepandillas”, o sea antes de la formación de la Mara Salvatrucha y Barrio 18, encontraron que en los barrios salvadoreños ya existían pandillas, barriales y pequeñas, antes de las olas migratorias. Escuchaban heavy metal porque era uno de los pocos elementos de la cultura global que había llegado a El Salvador y era además una cultura muy disruptiva. Las letras satánicas, por ejemplo, chocaban muy fuerte con toda una cultura oficial muy clerical, en momentos que una parte de la Iglesia era utilizada por el régimen para mantener un sistema económico. En ese contexto, ser un rockero satánico tenía connotaciones casi revolucionarias, podría decirse. No sólo no se dejaban reclutar por el Ejército, sino que se dejaban el pelo largo y adoptaban una indumentaria que no tenía nada que ver con la narrativa oficial. Muchos de estos jóvenes migraron a Los Ángeles. Y también hubo en esta ola migratoria muchos desertores de la guerrilla, o sea que era una corriente migratoria compuesta por un conglomerado de personas complejo, que conocía la violencia por haberla padecido o por haberla ejercido.

La competencia con los mexicanos

-Y en Los Ángeles qué encontraron?

La verdad es que nunca entendieron a Los Ángeles. Se toparon con esa urbe gigante, y ellos venían de lugares pequeños, con historias violentas, de gente muy pobre. Y tampoco fueron bien recibidos por la comunidad de mexicanos, más bien fueron mal recibidos. Llegaron a competir por la hegemonía de quiénes representaban mejor lo «hispano». Hasta ese momento «hispano» era sinónimo de mexicano. Punto. Llegan los centroamericanos y empieza una competencia simbólica por esa categoría.

-¿Cómo se daba esa competencia?

En el mercado de trabajo, por ejemplo, ofreciendo mano de obra más barata. También en la vivienda, hay una disputa territorial por zonas, o en las escuelas. La comunidad mexicana los vio como competencia y se generó una distancia. Eso provocó una mayor unión entre los salvadoreños, que se juntó en diferentes conglomerados, entre ellos uno que se llamó la Mara Salvatrucha Stoner, la MSS. Básicamente, era un grupo de salvadoreños rockeros que estaba en Los Ángeles. Fueron violentos desde el principio, empezaron a pelear con otras pandillas del conglomerado «sureño» que recién te contaba. Con el tiempo, y con las entradas y salidas de los penales, se fueron convirtiendo en una pandilla de «cholos», que abrazaron esa estética de cabezas rapadas, ropa floja y tatuajes. En ese contexto nace la Mara Salvatrucha 13. El 13 se empieza a usar en la década del noventa, es un número que en realidad usaban todas las pandillas del conglomerado sureño. Florencia 13, White Fence 13, Hawaiian Gardens 13, Crazy Riders 13. Barrio 18 es una pandilla 13, pero si le pusieran el número sería Barrio 1813. De todas maneras, muchos pandilleros andan con el 13 tatuado, porque significa que es una pandilla del conglomerado sureño.

-¿Cuándo empiezan los problemas entre la Mara Salvatrucha y Barrio 18?

En los ochenta, en realidad, la Mara Salvatrucha era como una especie de hermano menor de la Barrio 18, de hecho ellos entran al sistema sureño de la mano de Barrio 18. Pero en 1989 hubo un conflicto de sangre y se inició una especie de guerra entre las dos pandillas. Por esos años termina la guerra civil salvadoreña y los miembros de ambas pandillas empiezan a ser deportados. Estos empiezan a clonar sus clicas (células) en El Salvador, de tal forma que los que pertenecían a la célula Hollywood Loco Salvatrucha, por el boulevard Hollywood, clonaron esa célula en El Salvador bajo el nombre Hollywood Loco Salvatrucha. Los que estaban en la calle Normandie fundaron la Normandie Loco Salvatrucha, y después empezó a pasar que muchos jóvenes se plegaban a estas células, sin haber pisado nunca el boulevard Hollywood ni la calle Normandie. Lo mismo pasó con las células de la Barrio 18. Ahí empieza la historia de las pandillas en El Salvador.

-¿Qué actividad criminal tenían en común?

En realidad, ellos no nacen propiamente como grupos criminales, ni en Los Ángeles ni El Salvador. No hay una apuesta deliberada por generar plata, sino que buscaban cosas menos tangibles, como la identidad. Después de una guerra civil que había dejado un país destrozado, muchos de estos jóvenes necesitaban pertenecer a algo. Buscando esa familia que no tenían, en algunos casos, es que empiezan a meterse en las pandillas.

Meterse en una pandilla era pertenecer a algo, con todo lo que eso implica a nivel identitario y eso se fortalece en peleas contra la pandilla rival. La Mara Salvatrucha y la Barrio 18 hicieron ese “juego serio” durante décadas sin que eso signifique algo en términos de plata. Eran solo pandillas que se peleaban. Ahí está la diferencia de las pandillas con otros conglomerados criminales: las actividades no están identificadas con la plata, sino con nociones de estatus, poder, respeto, identidad. De hecho muchos terminaron con largas condenas sin estar vinculados a actividades económicas que hayan implicado dinero. Pero sí les daba estatus. Ellos se tatuaban la cara, el cuello y hasta la boca en señal de compromiso, un compromiso a largo plazo con el grupo al que pertenecen. Durante la década del 90 pelearon en cada uno de los barrios marginales de El Salvador y extinguieron a casi cualquier forma criminal. Más de 150 pandillas que ya existían fueron eliminadas, relegadas o absorbidas por la Mara Salvatrucha y Bario 18. Las bandas de asaltantes, los pequeños traficantes de menudeo y los secuestradores fueron eliminados por las pandillas. Ellos hicieron un monopolio de toda forma criminal que se te ocurra.

-¿Qué pasa a partir de los años 2000?

Con el cambio de siglo las pandillas ya empiezan a tener una forma y una estructura mucho más organizada.

 En los 90 todavía no existía una estructura piramidal, sino que había muchos líderes con igual poder, con algún tipo de coordinación pero cada quien hacía lo que quería. Todavía no había celulares, que será después un factor importante. Ya para el año 2000, los primeros deportados que había regresado al país entre 1993 y 1995 empezaron a tener mayor relación y coordinación. El punto de inflexión es cuando empiezan a incursionar en el mundo de la extorsión. Empezaron con los buses. Era fácil para ellos: cuando el bus entraba a su colonia le pedían al conductor que pague algo cada vez que pasaba. Diez o cinco colones, que era la moneda de aquel momento, o rompían las ventanas del bus. Ellos decían: «O peor, te matamos. O te quemamos el bus. O asaltamos a tus pasajeros». Entonces los motoristas empezaron a pagar y cuando empezaron a sumar lo que pagaban los motoristas de todas las rutas, vieron que era un dinero importante. Cuando vieron que así hacían plata, empezaron a extorsionar negocios, talleres, pequeñas panaderías de gente pobre, pequeñas empresas de manufactura. Siempre en ámbitos marginales, hasta que dieron el salto de extorsionar a negocios más grandes. Recién ahí el Estado les empezó a prestar más atención a las pandillas. Es una de las cosas más crueles del asunto: el Estado no les puso atención hasta que empezaron a poner en riesgo el bolsillo de la gente de plata.

Un tema político

-¿Y la política cuando aparece?

En 2001, con el presidente de derecha Francisco Flores. Ese gobierno presenta un plan «mano dura» que estaba hecho con las patas. Montó una especie de show mediático con el arresto de pandilleros que mandaba a las cárceles. La mayoría eran liberados a los pocos meses, porque no había causa penal contra ellos, otros se quedaron en los penales y allí se conocieron los que todavía no se conocían. Las pandillas empezaron a ser piramidales y aquellos primeros deportados pasaron a ser los líderes del penal. En una misma celda estaba un pandillero de la región central que en la calle no tenía contacto con otro de la región occidental. En esos años empieza el auge de los teléfonos celulares, entonces esos dos pandilleros empezaron a coordinar acciones entre occidente y centro, desde la misma celda, un líder a la par del otro. Eso les dio una facilidad impresionante y se volvieron estructura, todo por esa política desatinada que duró hasta 2009, porque el presidente siguiene, Elías Antonio Saca, estableció un plan de «súper mano dura», que consistía en lo mismo que hoy hace Bukele: arrestar muchos pandilleros, montar un show y meterlos en los penales sin mucho orden.

-¿Qué más pasó en las cárceles?

Dentro de los penales se comieron a todas las estructuras criminales que estaban de antes y empezaron a ser los capos. Las pandillas los mataron en masacres carcelarias terribles. El Estado salvadoreño respondió con otra medida estúpida: les dio penales exclusivos a cada pandilla. Como se peleaban entre ellos decidieron armar un penal solo para la Mara Salvatrucha y otro para el Barrio 18. Esos penales se volvieron los cuarteles centrales de la inteligencia pandillera.

-¿Eso sucedió en gobiernos de Arena o del FMLN?

En 2004, en un gobierno de Arena. Luego vino el primer gobierno de la exguerrilla del FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional) con Mauricio Funes a la cabeza (2009-2014), y encontró una crisis carcelaria de los cojones y con las pandillas dominando todo el territorio salvadoreño.

-¿La estructura criminal de esas pandillas en 2009 seguía siendo la extorsión y no el narcotráfico?

La base nunca va a ser el narcotráfico, porque El Salvador no es paso de drogas. Venden droga sí, pero muy poca. Honduras y Guatemala sí son paso de droga. Lo de las pandillas en El Salvador es pura extorsión. Eso genera mucha plata, le cobraban hasta a la persona que vende cigarros en la esquina. Eran y son el Estado. Eso genero obstáculos al desarrollo impresionantes y generó muchísima migración hacia los Estados Unidos. Se volvieron poderosos en los barrios y eso contribuyó a que tuvieran más membresía. Eran tan poderosos que Mauricio Funes, un presidente que resultó ser muy corrupto, hace un análisis y se da cuenta que militarmente ya era muy difícil derrotarlos y que avanzar por ese camino podría generar una crisis terrible.

 

Funes toma un atajo y decide hacer una tregua clandestina con los líderes pandilleros. Los periodistas descubren esa trama y la publican. Al final, al gobierno no le queda otra que reconocer, pero intentan decir que en realidad facilitó una tregua entre pandillas. Eso no era cierto, fue una tregua entre el gobierno y las pandillas, no entre pandillas. En ese momento las pandillas dejan de atacarse entre sí; seguían extorsionando pero no se mataban. Con el dinero de la extorsión empiezan a hacer negocios, ponen lavaderos de autos, prostíbulos, cervecerías, compran taxis. Las pandillas empezaron a consolidar estructuras con característica de mafia. Aquella indumentaria, el simbolismo y el espíritu pandillero desaparecen. Todo quedó relegado en función del negocio y el poder político.

-Eso implicó también cambios en la estética.

Es que la Mara Salvatrucha ya no debería considerarse una pandilla en los términos que hablamos, hay que entenderla con otro marco teórico. Se ha transformado en una estructura con ambiciones económicas, hay que abordarla con el marco teórico que analizamos a Los Zetas, al Cartel del Golfo o el Cartel de Medellín. No porque aparezca el narcotráfico, sino por la estructura. Los Zetas tienen todos los delitos que se ocurran, salvo el tráfico de uranio enriquecido. Son estructuras que pueden meterse en un abanico enorme de actividades criminales y económicas. Se meten en los negocios más porosos, como la basura, los negocios informales, controles de puertos. Cuando las pandillas pasan a ser estructuras mafiosas también cambia toda la estética. Los pantalones tumbados, los graffitis y los tatuajes funcionaban para la pandilla y la construcción identitaria, pero no para la mafia. La pandilla tenía una estructura muy pública, se tatuaban la cara y hacían reuniones de hasta 500 miembros, pero eso ya es imposible. En una estructura criminal clandestina, obviamente ya no es conveniente tener un miembro con la cara tatuada, que hace graffitis y lleva ropa tan arquetípica.

-¿Cómo reaccionó la sociedad salvadoreña cuando supo que había una tregua entre políticos y pandilleros?

Cuando la tregua se hizo pública, los salvadoreños se sintieron ofendidos. Y como al gobierno le interesaba mantener una buena prensa, empezó a resquebrajar esa tregua. El gobierno de Estados Unidos también metió mano para quebrar la tregua. Pero a esa alturas los políticos se dan cuenta que los pandilleros tenían mucha base social, miles de personas que dependen de ellos. Y eso se podía traducir en votos. Desde ese momento todos los partidos políticos empiezan a negociar con las pandillas. Arena, el FMLN y luego Gana (Gran Alianza por la Unidad Nacional) buscaron sucesivamente el apoyo de las pandillas pensando en la elección siguiente.

La llegada de Nayib Bukele

¿Cómo aparece Nayib Bukele en esta historia?

Durante el segundo gobierno del FMLN, de Salvador Sánchez Cerén (2014-2019) la tregua con las pandillas se rompe.

 Fue una cosa macabra, hubo traslados a penales y las pandillas respondieron como en una guerra: empezaron a matar tres o cuatro policías por día, dos o tres militares diarios. Esa guerra entre el Estado y las pandillas la ganó el Estado, por cada policía muerto morían cuatro o cinco pandilleros. Los policías podían matar pandilleros como si mataran pollos. En este contexto es que aparece Bukele como fenómeno político. Es una figura disruptiva que dice: “vengo a romper con estos partidos de mierda de la Guerra Fría que han hecho treguas con los criminales”. Sin embargo, siendo alcalde de San Salvador, ya había tenido acercamientos con las pandillas, que lo ayudaron a ordenar y limpiar el centro histórico de la ciudad. Lo ayudaron con plata y beneficios, hay fotos e investigaciones en Fiscalía que muestran cómo negoció la alcaldía de Bukele con pandilleros.

-¿Qué pasa cuando llega al gobierno nacional?

Aunque venían cayendo desde 2016, cuando Bukele llega al gobierno los homicidios se desploman de manera histórica. Las pandillas se concentran en los negocios y no en la guerra. Es la estrategia de las zarigüellas: hacerse el muerto, dejar de matar y mantener las acciones de violencia necesarias para mantener los negocios.

Bukele siempre dijo que esa caída de los homicidios tenía que ver con su afinada y moderna estrategia de combate al crimen, a la que denominó “plan de control territorial”. Pero nunca explicó qué era ese plan y cómo se financiaba. Nunca fue público, pero sí mediático.

Con el tiempo se supo, por investigaciones de Fiscalía y periodísticas, que Bukele hizo lo mismo que todos: sentarse y pactar con los líderes pandilleros en los penales, ofreciendo prebendas y disminución de penas. Hubo pocos operativos contra pandilleros, o sea que los dejaron seguir existiendo, pero en las sombras, sin matar. Eso le daba gobernabilidad y al mismo tiempo podía mostrarlo como un logro de su gestión.

-¿Cuándo se rompe la tregua?

La tregua se rompió tres veces. En abril de 2020 mataron a 90 personas en un fin de semana. En noviembre de 2021 hubo otros 90 muertos y se acaba de romper en abril de este año, con otras 90 personas muertas.

-El gobierno asegura que en un mes detuvo a 15.000 pandilleros, pero casi no hubo enfrentamientos. ¿Cómo es la correlación de fuerzas entre las maras y el aparato represivo? (*)

Las pandillas aprendieron que el conflicto militar con el Estado no las lleva a buen puerto y las pandillas no son un grupo militar bien armado. Las pandillas cometen asesinatos con pistolas calibre 38. Tienen un sistema de control barrial pero no son organizaciones militares ni grandes guerreros.

-¿Pero el gobierno las tiene infiltradas? ¿Cómo hace para detener a 15.000 pandilleros en menos de 30 días?

No creo que tenga mucha información. Primero hay que ver si son 15.000, porque eso es lo que declara el gobierno. Si fuera cierto, me atrevo a decir que el 20% son pandilleros, expandilleros y colaboradores, y el resto son personas que agarraron en la calle, durante las redadas. Hay muchos casos documentados de personas que regresaban de su trabajo y están presas. Personas sin historial, que ni siquiera tenían una detención de la policía municipal. Cuando Bukele dice «tengo a 15.000 pandilleros», invitaría a la prensa internacional a poner esas declaraciones en remojo. Hoy no sabemos y no hay forma de averiguar si son 15.000. Tampoco descarto que sean 15.000 detenciones pero sí descarto que sean 15.000 pandilleros. Si hubiera arrestado 15.000 pandilleros habría arrestado a la mitad de los pandilleros que hay en la calle y no es el caso. Está apresando a muchas personas por haber pertenecido, por sus tatuajes vistosos. Muchas de mis fuentes, que son expandilleros, son pastores evangélicos y ahora los detuvieron durante el estado de excepción. De los líderes importantes de las pandillas no hay ninguno detenido, a lo sumo hay pandilleros rasos o colaboradores. Es en gran medida una farsa. Apuesta a capturar a la mayor cantidad posible de pandilleros, sin medir lo que pueda sufrir gente inocente. Es una forma de restarle músculo a las pandillas, sin cometer ninguna acción que vuelva irreconciliable el diálogo. En estas semanas las pandillas no han matado policías, militares, ni funcionarios o miembros del partido de Bukele. Eso no puede ser casualidad. Ninguno de las dos partes hizo nada como para que sea imposible volver a sentarse en la mesa. Se están peleando, pero todavía no se han tocado la cara.

-¿Se sabe por qué se rompió la tregua?

No, hay hipótesis. Suponemos que las pandillas dieron el primer paso. Este es un gobierno hiper hermético que no permite la salida de información bajo ningún término.

 Nos enteremos porque empiezan a aumentar los asesinatos vinculados a la Mara Salvatrucha. Y luego el gobierno de Bukele responde torturando pandilleros y haciendo redadas masivas, en las que caen pandilleros pero la mayoría de los detenidos son civiles inocentes y es difícil saber cuál es la verdad. Pongo un ejemplo, unos pandilleros asaltaron un bus y mataron a tres personas. El gobierno de Bukele hizo un alarde propagandístico increíble, movió helicópteros, drones y policías y dijo que los había capturado. Mostró a dos pandilleros de diferentes pandillas, todos tatuados, y dijo por Twitter que le daría la indicación al director de centros penales que estos delincuentes no vieran ni un rayo de luz en su vida. Era todo mentira. A esas personas las fueron a sacar de su casa y hoy están en libertad. Nunca fueron acusadas por ese delito porque no estaban en el lugar. Sin embargo, en la narrativa quedó que el presidente capturó a esos criminales.

-En este contexto hay como una especie de arremetida contra periodistas e investigadores, como en tu caso.

Bukele ha apostado con mucha fuerza y recursos a mantener una narrativa. No olvides que es un publicista, y eso se nota. Tiene una narrativa muy sólida, pero que plantea un país irreal. Todos los gobiernos apuestan a una narrativa, pero este lo hace de manera desmedida y con un talante mesiánico. El periodismo independiente puede ser un obstáculo muy fuerte para mantener esa narrativa. Por ejemplo, si el gobierno dice que las pandillas están derrotadas, es algo que el periodismo y las investigaciones académicas pueden refutar, porque es fácil comprobar que las pandillas siguen controlando territorios. Nos hemos vuelto voces incómodas para el oficialismo, a tal nivel que han invertido miles de dólares en espiarnos a través de Pegasus y ha invertido en todo su aparato propagandístico para tratarnos como parte de una conspiración mundial, originada por una persona satánica, terrible y judía como George Soros, que parece que convenció al Washington Post, The New York Times, El País de Madrid, Human Rights Watch, Joe Biden, Naciones Unidas. Bukele ha convencido a una parte de la población que todos respondemos a los partidos políticos del pasado. Les dice que ya no somos sólo defensores de los pandilleros, sino que somos directamente pandilleros. Han apostado a que el salvadoreño no nos lea, sino que apenas nos conozca mediante su propaganda gubernamental, en la que nos trata como criminales.

-¿Qué puede pasar en las próximas semanas?

No lo sé. Yo no creo que la negociación con las pandillas sea el mejor camino, sobre todo por cómo lo han hecho estos gobiernos. Pero en este momento, y siendo muy pragmático, sería desastroso que se vuelva nuevamente a romper la tregua. Muchos muertos. Un país tan chiquito que entierra 90 personas en un fin de semana es un puto funeral. No es un país, es un cementerio. Es muy duro vivir eso."             (Lucas Silva, Página12, 03/05/22)

25/6/18

"La narcoeconomía no genera riqueza, destroza al pequeño comercio"

"La lucha contra el narcotráfico en el Campo de Gibraltar no sólo está encabezada por las fuerzas del orden y las instituciones. 

Son muchas las asociaciones de ciudadanos que vienen peleando desde hace muchos años y una de las personas más activas es Miguel Alberto Díaz, cofundador de la asociación Barrio Vivo y secretario comarcal de la Federación de Servicios a la Ciudadanía de CCOO.

Pocos como él conocen el daño que hace el narcotráfico en la comarca y puede hablar del asunto desde el prisma laboral y también desde el humano. "La narcoeconomía de la comarca no crea nada de empleo. Alrededor del narcotráfico hay mucho dinero y mucho poder, pero eso no genera riqueza, sino gente comprada. 

Si están blanqueando con una tienda de textil, a las empresas de textil del sitio donde sea le hace la puñeta porque ellos venden a un precio muy barato no para vender más, sino para justificar que después tienen otros ingresos, y eso crea una competencia desleal con el pequeño comercio y lo destroza", explica.

 El Puerto de Algeciras es uno de los pilares de la economía de la zona, pero todas las voces coinciden en que siguen faltando inversiones e infraestructura para plantar cara a los grandes problemas de la comarca. "La única manera de contrarrestar el narcotráfico es hacer inversiones, crear un tejido empresarial donde la gente pueda vivir de una economía que no esté ligada a ese mundo. 

Sin entrar en las consideraciones de que te cojan y de entrar en la cárcel, el narcotráfico trae también una cultura del dinero fácil. Por una noche puedes ganar 1.000 euros y los chavales ven la posibilidad de tener un móvil de última generación, una moto o un coche de gran cilindrada. Pero no consiste en hacer terapia de grupo, sino convencer al niño de que si estudia va a trabajar, algo que a día de hoy es muy complicado", explica Díaz.

"Aquí cuando se abrió la Verja fue un bálsamo porque hay unas 10.000 personas del Campo de Gibraltar trabajando allí. En el nubarrón que tenemos encima también está el Brexit. Es mucha incertidumbre para la gente joven de aquí. Hay muchos que se han ido a trabajar a Londres o la Costa del Sol como camareros. 

Es necesario implantar un plan integral. Aquí se pueden instalar grandes empresas, pero para eso es necesario un proyecto de tejido de empresas que puedan vivir del Puerto. Eso generaría empleo con ingresos. Aquí no se puede vivir de una escuela taller porque eso alivia la situación económica por un año o dos nada más", añade.

Otro problema de fondo es de formación para estar preparados en el momento en el que aparezcan las posibilidades laborales. En una zona donde hay un 40% de paro y con un paro juvenil que puede llegar al 70% en algunos barrios, es esencial la preparación. Según Miguel Alberto Díaz, "esta comarca ha sido rica y hay sectores que tienen una situación económica importante. En torno al Puerto viven unas 30.000 personas de un modo directo o indirecto. 

Después hay refinerías va a hacer una inversión que va a crear unos 2.000 empleos, pero la gente tendría que haber hecho formación para absorber el empleo local. No estamos en contra de que venga a trabajar gente de fuera, pero si se genera eso, que se hagan cursos de formación para la gente de aquí para ser parte de esa mano de obra que pedirán las industrias".

Una barrera invisible

En opinión del sindicalista, "la comarca está separada del resto del mundo por una barrera invisible que es la barrera del sonido. No llegan nuestras reivindicaciones arriba y no sé si es por el perfil de los que nos representan o por lo esquinado que está esto.

 La gente aquí vive normal, pero es como si te vas a Sevilla a Las Tres Mil Viviendas o en Cádiz en el barrio de Santa María. Nosotros ganamos una batalla a finales de los 80 y principios de los 90 porque logramos que dejaran de morir los chavales por la droga. Creamos centros alternativos, comunidades terapéuticas y hay cosas que el narcotráfico impide ver".

"Aquí hay muchos esfuerzos de asociaciones, empresas e instituciones, pero si después hay un tiroteo o un alijo de 900 kilos de cocaína, todo el esfuerzo que has hecho por ganar imagen, se te va. Los que estamos acostumbrados a pelear con esto no nos aburrimos porque sabemos que si lo dejamos ir es cuando esta comarca ya no tendrá solución. Por eso cuando pedimos protección para las fuerzas de seguridad lo hacemos porque sabemos que son el muro de contención ante esta gente", explica Miguel.

Conocedor de lo que supone enfrentarse al narcotráfico, ensalza "el papel de los medios de comunicación de esta zona. Hacen un gran trabajo con valentía dando nombres y hay que ponerlo en valor porque son de aquí y se la juegan cada día". 

Él también se expone siendo un luchador constante, pero lo asume: "Si van a por ti, lo van a hacer y quien no tenga miedo, está loco. Yo pienso en mis hijos, mis nietos... Si a mí me queda un cacho de vida, tengo que emplearla. Sería un cobarde si no hiciera lo que tengo que hacer para pelear. Algunos tenemos que dar la cara. Me encanta la vida y lucharé mientras pueda".

Frivolización del narco

Ya son muchos años de pelea de alguien que sufrió en sus propias carnes la dureza de la droga: "Entro en este mundo porque fallece mi hermano en 1990 por drogas. Llegué a la conclusión de que la mejor venganza era una venganza dulce: ayudar a los chavales. En el año 90 hicimos una manifestación y nos paramos en la puerta de la comisaría de Algeciras para hacer cinco minutos de silencio porque sabíamos que había algo que no olía bien. 

Eso fue en mayo y en junio, durante la Feria, detuvieron a toda la brigada de estupefacientes. Desde entonces hemos creado centros terapéuticos y hemos denunciado puntos de venta de droga. Barrio Vivo fue la respuesta a tantas muertes".

Las cosas han cambiado en las tres últimas décadas, pero para Miguel Alberto Díaz lo más importante es haber creado "una conciencia". "Hemos creado una conciencia de que el toxicómano es un enfermo y no es el culpable. Aquello de los años 80 ha mutado en narcotráfico. Aquí estamos por la ética y no por la estética y le estamos plantando cara y por eso denunciamos todo lo que está pasando. 

Ahora hay una nueva generación de narcotraficantes. Queda gente antigua, pero ha entrado mucha gente joven, que son unos inconscientes y que se meten más de lo que venden. Lo malo es la relajación de la sociedad porque ahora, con tantas series y películas sobre los narcos, la gente relativiza y frivoliza sobre esta figura".

El papel de la justicia

Se siente orgulloso de que la sociedad del Campo de Gibraltar le haya plantado cara a la lacra del narcotráfico en concentraciones como la del día 17 de mayo en Algeciras: "Una hora antes de la manifestación hubo un tiroteo y a pesar de eso la gente fue. Algeciras y la comarca se tiraron a la calle contra el narcotráfico. 

Aquí estamos siempre al filo de la navaja, en preinfarto permanente. Esta semana dijo el jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Algeciras, el coronel Jesús Núñez, que no habrá paz para los que agredan a los agentes y queremos que sea así. Ojalá se conjuren la justucia, la fiscalía y las fuerzas del orden con medios para poder trabajar".

Y sabe cómo se las gastan los narcotraficantes a la hora de ganar tiempo en los procesos judiciales: "Ellos tienen abogados muy preparados que se encargan de dilatar los procesos hasta que haya una sentencia que atenúe la condena. Tienen mucho dinero y se lo montan muy bien. Pero los policías no se aburren, nosotros tampoco y vamos a seguir exigiendo medidas. Hay que hacer un juzgado especial que coordine todo igual que la fiscalía antidroga".   
     (ENTREVISTA | Miguel Alberto Díaz, cofundador de la asociación Barrio Vivo y sindicalista de CCOO. Francisco J. Jiménez, eldiario.es, 01/06/18)