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28/6/13

¿Qué pasa en Suecia?

"Y tuve la gran suerte de presenciar en primera fila uno de los debates más interesantes que yo haya visto jamás en las áreas de política económica y economía social.

El debate sobre como resolver la falta de trabajadores: inmigración versus integración de la mujer

Mírese como se mire, Suecia es un país poco poblado. Es enorme, casi tan grande como España (la superficie de Suecia es aproximadamente la de España sin Aragón) pero tenía entonces solo 7 millones y medio de habitantes. Y las autoridades del país eran conscientes de que iban a necesitar muchos más trabajadores de los que tenían.

 La pregunta era ¿de dónde obtendremos los nuevos trabajadores? Una respuesta, procedente de los conservadores y liberales, era que vendrían de la inmigración y, muy en especial, de los otros países escandinavos, principalmente Finlandia y Noruega, y de los países eslavos.

 Las izquierdas gobernantes entonces -el Partido Socialdemócrata y el Partido Comunista- priorizaban, en cambio, facilitar la integración de la mujer al mercado de trabajo. Lideradas por Alva Myrdal, propusieron y desarrollaron la infraestructura de servicios –como escuelas de infancia y servicios domiciliarios- que ayudaran a las familias y facilitaran la integración de la mujer al mercado de trabajo. 

También, por cierto, se enfatizó la necesidad de la corresponsabilidad en las tareas familiares, educando y socializando al hombre para que compartiera las tareas domésticas que hasta entonces asumía la mujer (hoy la mujer sueca pasa 28 horas a la semana realizando tareas familiares, y el hombre 22. En España son 42 y 9 horas respectivamente).

 Era, además, parte de la ideología de las izquierdas que la igualdad de género exigía la integración de la mujer al mercado de trabajo.

Y lo consiguieron. El 72% de las mujeres están integradas en el mercado de trabajo (En España es el 51%). Esta integración ha sido clave para explicar la riqueza del país (trabajo quiere decir riqueza) y su elevado nivel de ingreso de fondos (a través de impuestos) al Estado. 

El elevado nivel que los impuestos representan sobre el PIB se basa en el alto porcentaje de la población adulta que trabaja y en el elevado gravamen que sostiene el Estado del Bienestar más desarrollado que todavía hoy existe en Europa. La alta  protección social es consecuencia y también causa del elevado nivel de desarrollo económico.

 Suecia ha mostrado durante muchas décadas que, en contra de lo que los conservadores y liberales asumen, el Estado del Bienestar es una necesaria inversión para lograr un elevado nivel de desarrollo económico, social y humano. Ni que decir tiene que persistían muchos problemas todavía en este modelo social. Pero sí que se había alcanzado un nivel de bienestar que se había convertido en un punto de referencia internacional.

La integración de la inmigración

El gobierno sueco permitió, naturalmente, la inmigración, pero no fue la prioridad para resolver el problema de escasez de mano de obra. Ahora bien, lo que sí se enfatizó fue que, si bien la integración de la mujer al mercado de trabajo era el tema prioritario, no podía descuidarse la inmigración.

 El inmigrante tenía que ser considerado como un ciudadano más con los mismos derechos que el ciudadano sueco. Aunque nunca formulado en estos términos, el eslogan de los sindicatos podría haber sido: “No damos prioridad a la inmigración pero sí al inmigrante”. 

La política gubernamental de las izquierdas estaba claramente orientada a la integración del inmigrante, lo cual requería su plena integración en el amplio esquema de protección social del país que se caracterizaba por su universalidad, es decir, por ser un derecho de toda la ciudadanía, sin dividirla por raza u origen étnico o cultural, división que siempre favorece al mundo empresarial.

 El cambio de gobierno, con una coalición de partidos conservadores y liberales, ha cambiado esta situación. Esta universalidad se ha cuestionado y la protección social se ha diluido, el abanico salarial ha aumentado y el paro ha crecido. Todo ello ingredientes del estallido social. Sería injusto atribuir estos cambios exclusivamente a los gobiernos de derechas. Varios de ellos se iniciaron por el gobierno socialdemócrata. 

El compromiso con el pleno empleo, por ejemplo, se diluyó algo en los años ochenta, bajo la dirección de un Ministro de Finanzas que priorizó el control de la inflación. Y como ya había escrito Hermansson, el modelo social sueco estaba todavía lejos del proyecto socialista al cual las izquierdas aspiraban.

 Pero creo justo afirmar que la gran mayoría de cambios en camino regresivo han alcanzado su máximo desarrollo ahora en la época conservadora-liberal que ha seguido políticas públicas responsables del mayor crecimiento de las desigualdades que cualquier país de la OCDE (el club de países más ricos del mundo) haya experimentado. 

Tal crecimiento ha alimentado el descontento entre los sectores más vulnerables, con menos recursos. No hay plena conciencia de que es muy fácil desmontar el Estado del Bienestar de un país (como se está viendo en España). Y los estallidos sociales se han dado con mayor intensidad en las ciudades gobernadas por las fuerzas conservadoras y liberales.

 La comercialización de los servicios públicos, la introducción de los mal llamados mercados (como mecanismo de descohesión social), la desuniversalización de los Estados del Bienestar, tienen un coste: la descohesión social, que crea un estallido social."          (Artículo publicado por Vicenç Navarro en el diario digital EL PLURAL, 9 de junio de 2013, en vnavarro.org, 10/06/2013)

18/7/12

El estado de bienestar occidental decae cuando el bloque soviético desaparece

"Uno de los rasgos socioeconómicos más asombrosos de las dos últimas décadas es la inversión del signo de la legislación sobre bienestar de la segunda mitad del siglo pasado en Europa y Norteamérica. 

Los recortes sin precedentes en servicios sociales, indemnizaciones por despido, empleo público, pensiones, programas sanitarios, estipendios formativos, periodos vacacionales y seguridad laboral vienen acompañados por el incremento de los gastos de la educación, la fiscalidad regresiva y la edad de jubilación, así como por el aumento de las desigualdades, la inseguridad laboral y la aceleración del ritmo en los centros de trabajo.  (...)

Hay dos líneas de investigación que es preciso dilucidar con el fin de comprender la desaparición del Estado de bienestar y el enorme descenso de los niveles de vida. Una línea de análisis estudia el cambio profundo del entorno internacional. 

Hemos pasado de un sistema bipolar competitivo basado en la rivalidad entre los Estados colectivistas y de bienestar del bloque oriental y los Estados capitalistas de Europa y Norteamérica a otro sistema internacional monopolizado por Estados capitalistas en competencia.

Una segunda línea de investigación nos lleva a examinar los cambios de las relaciones sociales internas de los Estados capitalistas: principalmente, el paso de las luchas de clase intensas a la colaboración de clases a largo plazo como principio organizador de la relación entre capital y trabajo.

La proposición principal que conforma este artículo es que la emergencia del Estado de bienestar fue un producto histórico de un periodo en el que había altos niveles de competitividad entre el bienestar colectivista y el capitalismo y en el que los sindicatos y los movimientos sociales con orientación de lucha de clases predominaban frente a las organizaciones de colaboracionismo entre clases.

A todas luces, los dos procesos están interrelacionados: cuando los Estados colectivistas implantaron mayores prestaciones de bienestar para sus ciudadanos, los sindicatos y los movimientos sociales de Occidente tenían incentivos sociales y ejemplos positivos para motivar a sus miembros y forzar a los capitalistas a asumir la legislación del bienestar del bloque colectivista. (...)

El gran temor de los gobiernos capitalistas occidentales era que la clase trabajadora de Occidente «siguiera» el ejemplo soviético o, como poco, apoyara a partidos y acciones que socavaran la recuperación capitalista.. Dado el descrédito político de muchos capitalistas occidentales debido a su colaboración con los nazis o su oposición débil y retardada a la versión fascista del capitalismo, no podían recurrir a los métodos altamente represivos de antes. 

En su lugar, las clases capitalistas aplicaron una doble estrategia para contrarrestar las reformas soviéticas del bienestar colectivista: represión selectiva de la izquierda radical y de los comunistas del interior y concesiones de bienestar para garantizar la lealtad de los sindicatos y partidos socialdemócratas y demócrata- cristianos.

Con la recuperación económica y el crecimiento de la posguerra, la competitividad política, ideológica y económica se intensificó: el bloque soviético introdujo reformas generalizadas, entre las que se encontraban el pleno empleo, la seguridad laboral, la atención sanitaria universal, la educación superior gratuita, el mes de vacaciones pagado, las pensiones equivalentes al salario íntegro, los campos de trabajo y complejos vacacionales gratuitos para familias trabajadoras y las bajas por maternidad prolongadas. Subrayaban la importancia del bienestar social sobre el consumo individual. 

El Occidente capitalista vivía bajo presión para aproximarse a las ofertas de bienestar del Este, al tiempo que expandía el consumo individual basado en las facilidades para el crédito y los pagos a plazo posibilitados por sus economías más avanzadas.

 Desde mediados de la década de 1940 hasta mediados de la de 1970, Occidente compitió con el bloque soviético sin quitarse de la cabeza dos objetivos: conservar la lealtad de los trabajadores de Occidente a la vez que aislaba a los sectores militantes de los sindicatos y atraer a los trabajadores del Este con promesas de programas de bienestar comparables y mayor consumo individual. (...)

A pesar de los avances de los programas de bienestar social, tanto en el Este como en Occidente, había protestas obreras importantes en Europa del Este: se centraban en la independencia nacional, en la tutela paternalista y autoritaria de los sindicatos y en la insuficiencia del acceso a los bienes de consumo privado. 

En Occidente, hubo levantamientos obreros y estudiantiles significativos en Francia e Italia que reclamaban el fin del dominio capitalista en los centros de trabajo y la vida social. La oposición popular a las guerras imperialistas (Indochina, Argelia, etcétera), los rasgos autoritarios del Estado capitalista (racismo) y la concentración de la riqueza estaban muy extendidos.

Dicho de otro modo: las nuevas luchas del Este y de Occidente tenían como premisa la consolidación del Estado de bienestar y la expansión del poder político y social popular frente al del Estado y el proceso productivo.

La competencia sostenida entre los sistemas de bienestar colectivista y capitalista garantizó que no hubiera retroceso de las reformas conseguidas hasta la fecha. Sin embargo, la derrota de las rebeliones populares de las décadas de 1960 y 1970 garantizó que no se produjeran mayores avances en el bienestar social.

 Y lo que era más importante, se llegó a un «punto muerto» social entre las clases dominantes y los trabajadores en ambos bloques, que desembocó en el estancamiento de las economías, la burocratización de los sindicatos y las demandas de las clases capitalistas de un nuevo liderazgo más dinámico, capaz de desafiar al bloque colectivista y desmantelar sistemáticamente el Estado de bienestar. (...)

La totalidad del programa de bienestar del bloque soviético había sido construido desde arriba hacia abajo y, en consecuencia, no disponía de una organización de clases consciente de serlo, politizada, independiente y militante para defenderla del ataque a gran escala lanzado por el bloque «anti-estalinista» mafioso, cleptocrático, clerical y neoliberal. 

Asimismo, en Occidente, la totalidad del programa de bienestar social estaba vinculado a los partidos socialdemócratas europeos, el partido demócrata estadounidense y una jerarquía sindical que carecía tanto de conciencia de clase como del menor interés por la lucha de clases. Su principal preocupación como burócratas sindicales se limitaba a recaudar cuotas de afiliados, preservar el poder organizativo interno sobre sus feudos y enriquecerse personalmente.  (...)

El colapso del bloque soviético se vio precipitado por la entrega sin precedentes del gobierno de Gorbachov de los Estados aliados del Pacto de Varsovia a las potencias de la OTAN. Las autoridades comunistas locales se reciclaron con rapidez para ser agentes neoliberales y vicarios pro-occidentales.

 Pasaron de inmediato a lanzar un ataque a gran escala contra la propiedad pública de los bienes y el desmantelamiento de la legislación laboral y la seguridad laboral proteccionistas, que habían sido un elemento intrínseco de las relaciones entre la mano de obra y la dirección colectivistas.

Con unas cuantas excepciones dignas de mención, la totalidad del marco formal del bienestar colectivista se desmoronó. Poco después llegaron las desilusiones masivas entre los trabajadores del bloque del Este cuando sus sindicatos «anti-estalinistas» de orientación occidental les presentaron los despidos masivos.

 La inmensa mayoría de los trabajadores de los astilleros de Gdansk, afiliados al movimiento «Solidaridad» de Polonia, fueron despedidos y quedaron abocados a la búsqueda de empleos inusuaes, mientras que sus «dirigentes» desaforadamente agasajados, destinatarios desde hacía mucho tiempo del apoyo material de los servicios de inteligencia y sindicatos occidentales, pasaron a convertirse en políticos, editores y empresarios prósperos. (...)


Una vez que el Estado de bienestar colectivista quedó destruido, las clases capitalistas occidentales dejaron de necesitar competir con la tarea de igualar las concesiones de bienestar social. El Gran Repliegue puso la directa. (...)

 La globalización neoliberal aprovechó las inmensas reservas de trabajo cualificado mal remunerado de los antiguos países colectivistas. Sus trabajadores «anti-estalinistas» heredaron lo peor de ambos mundos: perdieron la red de bienestar social del Este y no lograron alcanzar los niveles de consumo individual y prosperidad de Occidente.

 El capital alemán aprovechó la mano de obra polaca y checa más barata, mientras que los políticos checos privatizaron sectores industriales y servicios sociales enormemente sofisticados, incrementando los costes y restringiendo el acceso a los servicios que quedaron.

En nombre de la «competitividad», el capital occidental logró desindustrializar y reubicar grandes sectores industriales prácticamente sin encontrar ninguna resistencia de unos sindicatos «anti-estalinistas» burocratizados.  (...)

Los programas de bienestar en Europa y Norteamérica sufrieron especialmente el golpe de la pérdida de un sistema social competidor en el Este, de la influencia y el impacto de la mano de obra barata procedente del Este y de que sus propios sindicatos se habían convertido en complementos de los partidos socialistas, obreros y democráticos neoliberales. (...)

El golpe individual más importante a los programas de bienestar tal como los conocimos, que se desarrollaron durante las cuatro décadas transcurridas entre la de 1940 y la de 1980, fue el fin de la rivalidad entre el bloque soviético y Europa occidental y Norteamérica. A pesar del carácter autoritario del bloque del Este y del carácter imperialista de Occidente, ambos buscaban legitimidad y beneficios políticos consiguiendo la lealtad de las masas de trabajadores mediante concesiones económicas y sociales tangibles.

Hoy día, ante los «recortes» neoliberales, las principales luchas laborales giran en torno a la defensa de los restos del Estado de bienestar, los residuos esqueléticos de un periodo anterior."                (Jaque al neoliberalismo, 09/07/2012, 'El estado de bienestar occidental: su aparición y la desaparición del bloque soviético', James Petras, Rebelión)