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5/2/24

El profesor Alessandro Orsini denuncia la censura de Facebook. "Ya no podré criticar a Israel... Seguiré escribiendo en esta página, a menos que la cierren, pero ya no podré criticar a Israel, ni el bombardeo de Gaza, ni la misión europea en el Mar Rojo. Lo haré en YouTube... Gracias a todos por vuestro afecto"

 "La redacción de l'AntiDiplomatico expresa la máxima solidaridad con el profesor Alessandro Orsini, víctima de la censura en Facebook por sus pensamientos y por sus valientes e importantes posiciones sobre la masacre israelí en Gaza. 

 L'AntiDiplomatico, periódico en línea con registro regular, vio primero su página de Facebook completamente cerrada y luego prohibida por los infames "verificadores de datos independientes", pertenecientes a un periódico con una visión del mundo diferente a la nuestra. 

  Sabemos bien, de primera mano, lo que el profesor Orsini escribe y denuncia hoy. Pero, como invita a concluir, "nadie se desanima y nadie se rinde".

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Queridos amigos, lamentablemente esta página ha sido sometida a una censura muy dura. Ya no podré expresar mi disidencia hacia Israel y el bombardeo de Gaza o hacia los llamados medios dominantes por la forma en que difunden información errónea sobre las guerras causadas y alimentadas por Occidente; de ​​lo contrario, mis páginas de Facebook serán cerradas. Sabía muy bien que ese día llegaría y, por eso, traté de transmitir la mayor cantidad de disconformidad en el menor tiempo posible.

 Necesitamos aceptar esta realidad y buscar nuevas estrategias para transmitir los mensajes del movimiento pacifista en línea. Pido a todas las personas que me aman que se suscriban a mi canal de YouTube donde puedo librarme mejor de la censura. Nadie se desanima. El movimiento pacifista en Italia ha pasado por muchas fases y se ha mantenido vivo sobreviviendo a muchos regímenes. Esta es sólo una de las muchas fases difíciles para los pacifistas italianos. 

El movimiento por la paz se fortalecerá a medida que las guerras empeoren. La protesta de los agricultores, por ejemplo, es una consecuencia directa de la guerra en Ucrania y del empobrecimiento que ésta está provocando a los grupos más débiles en Europa e Italia, como había previsto. Los medios dominantes no explican que la protesta de los agricultores se debe a la guerra en Ucrania, lo sé, tienen que crear consenso en torno a las guerras manipulando la opinión pública.

 Seguiré escribiendo en esta página, a menos que la cierren, pero ya no podré criticar a Israel, ni el bombardeo de Gaza, ni la misión europea en el Mar Rojo. Lo haré en YouTube.

 Gracias a todos por vuestro afecto. ¡Por favor, que nadie se desanime, que nadie se rinda! Soy más fuerte que antes. La censura siempre me ha hecho más fuerte y más decidido. Espero que sea así para todos, es decir, para todos aquellos que me quieren y que me seguirán.  

Gracias por vuestro afecto."                  (L'Antidiplomatico, 05/02/24; traducción google)

30/1/24

Cuando tres presidentas de las universidades más importantes de Estados Unidos son interrogadas en una audiencia de la Cámara de Representantes y las tres son juzgadas por no haber defendido la autoridad moral de sus universidades, llega la hora de la verdad para las universidades, no solo de EE.UU. sino de todo el mundo... la universidad es un lugar de debate continuo en el aula, en el comedor, junto a la máquina de café o en el bar después del trabajo, sobre lo que es verdadero, bueno y posible. Quienes aman las universidades lo hacen porque son comunidades unidas, no en torno a una política compartida o a un consenso sobre las controversias que atormentan nuestro mundo, sino en torno a un compromiso común con los cánones de la investigación y la enseñanza científicas y académicas... Esto no condena a las universidades al equívoco moral. Pueden insistir en que sus debates sean cívicos, y deben sancionar a cualquiera que intimide a otros o utilice el miedo o la violencia para imponerse. Deben animar a sus miembros a hablar en su propio nombre. Pero dilapidan cualquier autoridad que tengan y dividen a sus propias comunidades cuando ceden a las exigencias de que digan a la sociedad lo que debe pensar, o peor aún, cuando permiten que unos políticos prepotentes pretendan imponerles en tromba las opiniones que ellos quieren que sostengan (Michel Ignatieff)

 "Cuando tres presidentas de las universidades más importantes de Estados Unidos son interrogadas en una audiencia de la Cámara de Representantes y las tres son juzgadas por no haber defendido la autoridad moral de sus universidades, llega la hora de la verdad para las universidades, no solo de EE.UU. sino de todo el mundo. 

Y a la hora de la verdad, las preguntas para las universidades, no solo allí, son cuál es su autoridad moral, cuál su deber para con sus estudiantes y profesores y cuál su deber para con la sociedad en general. En opinión de la mayoría de los observadores, incluso de los que pertenecen a sus propias universidades, las tres presidentas estadounidenses fallaron porque permitieron que los políticos las intimidaran y que una audiencia política las incriminara como unas pusilánimes cautivas de una ideología de izquierdas antisionista, políticamente correcta y a favor de la justicia social.

 Dieron respuestas de abogado a preguntas políticas que exigían respuestas directas. Deberían haber dicho: «Sí, creemos que siempre está mal instar a que se mate a los judíos, instar a que Israel deje de existir. Sí, creemos que quienes se manifiestan a favor de esto en el campus deben ser sancionados». Pero no, dijeron: «Depende del contexto». Un craso error, que le ha costado el puesto a una de ellas.

La cuestión es qué tipo de error fue. ¿Eran esclavas de la ideología progre, estaban tan comprometidas con las denuncias antisionistas de Israel como un Estado con un régimen de 'apartheid' «colonialista de asentamientos» que eran incapaces de condenar sentimientos claramente asesinos? Esto es lo que los políticos republicanos conservadores querían hacer creer a EE.UU. y al mundo. Se trata de una vieja línea de ataque. 

En las guerras culturales que han dividido la política estadounidense durante treinta años, los republicanos se han salido con la suya presentando a las universidades como bastiones de la corrección política de izquierdas. Pero eso es una fábula. Es cierto que en los campus de EE.UU. las modas izquierdistas absurdas no se acaban nunca. Pero estas instituciones son demasiado pluralistas, diversas y competitivas como para permitir que una sola ideología, especialmente una tan ridícula como la 'woke' [literalmente «despierto», un movimiento que defiende la justicia social], se apodere de ellas.

Las tres desdichadas presidentas no eran apologistas voluntarias de la corrección política sino gestoras asediadas de unas comunidades divididas. También intentaban defender principios opuestos. Pretendían equilibrar los principios de la libertad de expresión, consagrados en la Constitución de EE.UU., con el deber de la universidad de proteger a los estudiantes, especialmente a los judíos, pero también a los árabes y a los palestinos, de una retórica que fuera más allá de la ofensa y pudiera inducir a unos cuantos fanáticos a cometer actos de violencia. La retórica que permite una universidad sí depende, como dijeron las presidentas, del contexto. EE.UU., a diferencia de muchos países europeos, permite discursos tan extremos y ofensivos como la negación del Holocausto. La Constitución establece que el Congreso no deberá aprobar ninguna ley que limite la libertad de expresión. Lo establece así para salvaguardar la libertad de expresión que los padres fundadores consideraban esencial para una política libre.

El contexto que importa es si esta retórica deja de ser un discurso ofensivo pero intrascendente y se convierte en una incitación a cometer actos de odio. En ese caso, la universidad debe actuar: sancionar y, si es necesario, destituir a los responsables de que los debates conflictivos de una universidad se conviertan en un hervidero de miedo y aversión. Sería tentador creer que esos campus son un hervidero de este tipo, pero no lo son. Por el contrario, son comunidades pacíficas que polemizan vehementemente sobre la catástrofe de la guerra en Gaza. Así es como debe ser. Las universidades existen para debatir estas cuestiones y aprender de ellas.

En momentos de crisis, los políticos no pueden evitar sacar partido de las divisiones. Cualquiera con un poco de memoria histórica recordará que, en plena Guerra Fría, los conservadores del Congreso celebraron audiencias para erradicar a los comunistas de los organismos públicos y de las universidades y trataron de obligarles a instituir juramentos de lealtad. Con recuerdos así, las universidades tienen buenas razones para insistir en su derecho a gobernarse a sí mismas, establecer sus normas de disciplina y resistirse a cualquier llamamiento externo para castigar o restringir la libertad de expresión. La cuestión más amplia es qué «autoridad moral» ejercen las universidades en momentos de controversia política. Muchos, dentro y fuera de los campus, creen que estas tienen el deber sagrado de pronunciarse sobre cuestiones morales y políticas. Cuando Claudine Gay, de Harvard, tardó en denunciar las inexcusables atrocidades de Hamás el 7-O, uno de sus predecesores, Larry Summers, denunció su «abdicación moral». En otras universidades, alumnos y profesores judíos han exigido que sus instituciones «hablen claro» y denuncien a Hamás.

A las universidades les gusta presumir de su importancia moral, pero no es tan evidente que puedan hablar con una sola voz. Tampoco está claro que deban hacerlo. Cualquier universidad moderna es una comunidad pluralista, reclutada en todo el mundo, el hogar de hombres y mujeres de diferentes religiones, razas, opiniones e historias nacionales. No es una unidad política que aspire a reunir a sus partidarios en torno a la conquista del poder, y tampoco es una ONG que pretenda aglutinar apoyos en favor de un objetivo compartido. 

Es un lugar de debate continuo en el aula, en el comedor, junto a la máquina de café o en el bar después del trabajo, sobre lo que es verdadero, bueno y posible. Quienes aman las universidades lo hacen porque son comunidades unidas, no en torno a una política compartida o a un consenso sobre las controversias que atormentan nuestro mundo, sino en torno a un compromiso común con los cánones de la investigación y la enseñanza científicas y académicas. 

Estos cánones son algo más que criterios para la buena ciencia y la buena investigación. Son una disciplina moral que exige que nos preocupemos por los hechos, que descartemos una hipótesis cuando no se ajuste a las pruebas, que escuchemos las críticas, que modifiquemos las ideas cuando se insinúen otras mejores y que iluminemos el camino hacia el conocimiento, a la luz de la verdad y no con el falso resplandor de la ideología. Ninguno de nosotros estará nunca plenamente a la altura de este ideal, pero la autoridad moral de una universidad reside en su devoción a la verdad, no en su capacidad como institución para respaldar posiciones moralistas. No puede hablar con una sola voz si de verdad desea respetar la pluralidad de voces que hay entre sus muros. 

 Esto no condena a las universidades al equívoco moral. Pueden insistir en que sus debates sean cívicos, y deben sancionar a cualquiera que intimide a otros o utilice el miedo o la violencia para imponerse. Deben animar a sus miembros a hablar en su propio nombre. Pero dilapidan cualquier autoridad que tengan y dividen a sus propias comunidades cuando ceden a las exigencias de que digan a la sociedad lo que debe pensar, o peor aún, cuando permiten que unos políticos prepotentes pretendan imponerles en tromba las opiniones que ellos quieren que sostengan."

(Michel Ignatieff, profesor de Historia en la Universidad Central Europea de Viena,  Revista de prensa, 17/12/23; fuente:  ABC)

19/10/23

Contra la cultura de la cancelación, crítica de la cosmovisión woke... “una actitud cada vez más frecuente que consiste en retirar el apoyo, ya sea moral, económico, digital o social, a aquellas personas u organizaciones que, independientemente de la veracidad [validez] de sus argumentos, no cumplen con las expectativas de un sector de la sociedad que, en ese momento, ostenta cierto poder y lo ejerce limitando, con su intento de silencio al otro, la libertad de expresión. O sea cancelándolo”

 "Para abrir el apetito lector y como paradigma de las consideraciones críticas de Carmen Domingo: “Quizás la cancelación que ha sido más virulenta en los últimos tiempos ha sido la que ha sufrido el feminismo de la mano de la izquierda posmoderna y su teoría del género, o teoría queer […] lo que no podemos perder de vista es el efecto colateral más evidente del predominio del género frente al sexo y a que eso determine, en realidad, lo que eres: el borrado de las mujeres”.

Componen el nuevo (y muy recomendable) libro de la autora de Con voz y voto. Mujer y política en España entre 1913 y 1945 la introducción -“El comienzo de una idea”-, cuatro capítulos – “El nuevo macartismo: La cultura de la cancelación”, “Quema de brujas en el siglo XXI”, “Soy una víctima, luego existo”, “A por el fin de la Cultura de la Cancelación”-, un sucinto e informativo apéndice (“Diccionario de la Cancelación”), la bibliografía (¡afortunadamente incluye las Imposturas intelectuales de Sokal y Bricmont!) y las notas. Falta, sin ser esencial en este caso, un índice de nombres. Abren el libro dos citas -Ray Bradbury, Bertrand Russell- y una ilustración de María Torre Sarmiento.

 Estamos ante un libro en el que la autora habla del impacto de la Cultura de la Cancelación en Occidente, una cultura que está haciendo mella en la que llama izquierda posmoderna de nuestro país, “una actitud cada vez más frecuente que consiste en retirar el apoyo, ya sea moral, económico, digital o social, a aquellas personas u organizaciones que, independientemente de la veracidad [validez] de sus argumentos, no cumplen con las expectativas de un sector de la sociedad que, en ese momento, ostenta cierto poder y lo ejerce limitando, con su intento de silencio al otro, la libertad de expresión. O sea cancelándolo”.

Domingo construye su crítica con fuerza argumentativa y con excelente prosa, una prosa que atrapa al lector o a la lectora desde la primera página, al tiempo que ilustra sus agudas e informadas críticas con sorprendentes ejemplos, sobre los que nos advierte: “Solo puedo añadir que todos y cada uno de los ejemplos que doy son ciertos por más que, por momentos, puedan parecer invenciones. La bibliografía y la hemeroteca confirman que la realidad, una vez más, supera con mucho a la ficción”. Uno de los más citados: el de J. K. Rowling y las presiones a las que se vio sometida por declarar su apoyo a Maya Forstater, una investigadora inglesa que fue despedida por haber tuiteado que, en términos biológicos, una mujer sigue siendo una mujer aunque se sienta y declare hombre.

Algunas de las tesis o posiciones centrales de Domingo:

1. La Cultura de la Cancelación no es, desde luego, algo asociado a la modernidad. “El hecho de ‘cancelar’ a alguien por lo que piensa existe tiempos inmemoriales”.

2. Pero la llamada Cancel Culture – “denunciar a personas, obras e instituciones de tener un comportamiento, a juicio de quien lo critica, inadecuado”- es consecuencia de un fenómeno reciente: “nace en Estados Unidos hace unos cuarenta años y ha ido creciendo y cogiendo fuerzas con su popularización en redes sociales y con la posibilidad de ejercer el anonimato en las mismas, dando un poder a los usuarios que no se había visto antes”. Y de las redes ha soltado a todas las áreas sociales e incluso a la Universidad, que, en opinión de Domingo, ha pasado en menos de cincuenta años de “ser centro del saber y la discusión a ser centro del pensamiento único desde el que, justamente, se aplica la reprobación”. De hecho, a día de hoy, los ejemplos más llamativos provienen de los EEUU y de muchas de sus universidades (Domingo hace referencia a la buena reacción que representa la declaración de las Universidades de Stanford y Chicago de 2022 con el título Restoring Academic Freedom) y, por lo general, añade, “de las universidades que se encuentran en los estados más demócratas”, es decir, con mayor poder institucional del Partido Demócrata USA.

3. Los canceladores, observa Domingo, “presumen de abanderar la lucha en defensa de necesitados y oprimidos y ejercen presión en nombre de LA justicia, o, en puridad, de SU justicia”. Surge de este modo una paradoja: “la paradoja de que el cancelado -hablamos de minorías- se convierte en el opresor y, lo que sorprende más, que las minorías no quieren ser integrados en la mayoría, sino, por asombroso que parezca, mandar sobre ella y acabar cancelándola”.

4. Estaríamos ante una policía del pensamiento que no emana de un estado sino de la propia sociedad, “de sus sectores más jóvenes y progresistas [personas nacidas a partir de los noventa] que a su vez forman parte de otro movimiento, el woke, entendiendo con ello que, como dice el verbo inglés, al estar despiertos, son más sensibles a la aplicación de la justicia”. En realidad, apunta críticamente Domingo, a su idea de la justicia, “por cuya bandera acaban actuando como inquisidores, o sea, de forma injusta”.

5. ¿Quiénes son? Se trataría de jóvenes, de generaciones hiperconectadas a través de las redes sociales que presumen de alta conciencia social. Jóvenes que “se creen comprometidos con esa izquierda identitaria y de minorías, por lo general relacionados con movimientos antirracistas, LGTBIQ+… e incluso infiltrados en el feminismo posmoderno, pero que han olvidado por completo, o desconocen, los valores de la izquierda”. Jóvenes, de tipología múltiple y variada, entre los que existe como nexo de unión una línea ideológica canceladora que se asocia a una izquierda posmoderna que “ha pasado de preocuparse por la igualdad y las necesidades sociales -trabajo, sanidad, educación-, a centrarse en las minorías”.

6. La praxis de estos colectivos de jóvenes, con redes de influencias cada vez mayores, consiguen que sus “conspiraciones tengan cada vez más fuerza en no pocos casos hasta lograr afectar a la vida intelectual y artística de la sociedad en su conjunto”.

Por qué ideas disparatadas, y en muchos casos crueles, se pregunta Domingo, encuentran tanto en eco en ciertos grupos sociales. Su hipótesis: “la eliminación de las Humanidades, entre las que se encuentran la Filosofía y la Historia en los programas de enseñanza, asignaturas que fomentan el pensamiento crítico, facilita la deglución sin análisis de las causas que apelan a la emoción y destierran la razón”.

Uno de sus llamativos ejemplos de cancelación: “recientemente, en algunas librerías parisinas se ha intentado cancelar a la reciente Premio Nobel, Annie Ernaux, porque, decían, era antisemita, por su posición frente al problema palestino”.

Ni que decir tiene que las críticas a lo woke provienen también de la derecha, incluso de la derecha extrema. No es esa la posición de Domingo: “También han criticado la penetración woke el presidente del Partido Conservador británico Oliver Dowden y Boris Johnson. Lo curioso es que la crítica a lo woke, y lo que significa empaña las necesidades reales de la izquierda y por lo que esta debería pelearse. Y así, de nuevo, el postureo woke maquila en primer lugar, para pasar a olvidarse de las necesidades reales, del trabajo, la educación, la sanidad y las obligaciones del estado para con sus ciudadanos”.

No hay, por supuesto, en las venas y arterias de la escritura de Domingo ni una sola gota de transfobia. Con sus palabras: “Nada tenía, ni tiene, que ver la falta de libertad de expresión con la posibilidad de que las minorías irrumpan en el debate público y alcen su voz”. En no pocas ocasiones, recuerda, “sus reivindicaciones se han traducido en una mejora de la convivencia y del respeto a distintas opciones vitales, como el matrimonio homosexual o la igualdad de derechos laborales entre hombres y mujeres con independencia de su origen y condición, entre otras muchas”. Pero, para Domingo, “formar parte de una minoría no te da la razón, ni ejercer el activismo desde una supuesta izquierda garantiza, per se, que se actúe y se piense correctamente”. Para la autora hemos de plantearnos “qué ha pasado para que desde la izquierda, que antes trataba de integrar a todos los colectivos y de garantizar que no hubiese diferencias entre ellos, hoy baste con ser o sentirse un colectivo minoritario para conseguir una visibilidad y un poder muy por encima de la representación real e, incluso, la autoridad moral para excluir al resto. ¿Es esa la izquierda que queremos?”. La pregunta, desde luego, es retórica."                 (Salvador López Arnal , Rebelión, 23/09/2023)

1/9/23

“En EEUU se está restringiendo lo que los profesores de Historia podemos decir y hacer en el aula”... en Historia, las pautas de Florida rara vez incluyen temas de género y sexualidad. Así que desde la AHA emitimos una declaración que planteaba una serie de preguntas: ¿Significa esto que cuando se habla de la Revolución Americana, no se puede mencionar el matrimonio [heterosexual] entre John y Abigail Adams? Los miembros del Consejo de Educación respondieron de forma bastante dramática. “¿Por qué los historiadores intentan sexualizar a los niños?”

 "La guerra cultural de la derecha norteamericana contra las escuelas, las universidades y los profesores de Historia –disfrazada como una cruzada contra los “conceptos divisivos” (como el racismo) y la “teoría crítica de la raza”– no da señales de amainar. Según un proyecto de seguimiento de la Facultad de Derecho de la UCLA, desde septiembre de 2020, “un total de 229 entidades gubernamentales locales, estatales y federales de todo Estados Unidos han presentado 750 proyectos de ley, resoluciones, órdenes ejecutivas, cartas de opinión, declaraciones y otras medidas contra la Teoría Crítica de la Raza”. Mientras tanto, crece la sensación de inseguridad entre las y los profesores. 

Brendan Gillis, historiador colonial de los Estados Unidos y del Imperio Británico, supervisa las iniciativas de enseñanza y aprendizaje de la Asociación Histórica Americana (AHA), que fue fundada en 1884 y, con sus más de 11.000 miembros, es la mayor organización gremial de historiadores profesionales del mundo. Desde su puesto en la AHA, Gillis tiene el ojo puesto en los retos a los que se enfrentan los profesores de historia de todo Estados Unidos. Colabora en la iniciativa “Libertad para aprender” de la AHA, a través de la cual la organización responde a las nuevas leyes y crea recursos para los profesores afectados. Este verano, Gillis ha dirigido el primer taller de desarrollo profesional de la AHA para 40 educadores de secundaria. Hablé con él a finales de julio.

¿Por qué han decidido ofrecer un taller para profesores de secundaria ahora?

Teniendo en cuenta lo tensas que se han vuelto las cosas en el ámbito de la educación y viendo que estas cuestiones han atraído el interés de algunos actores alevosos, pensamos que es importante dar más apoyo a profesores de secundaria y primaria.

¿Actores alevosos?

Es una palabra demasiado fuerte. Digamos que algunos grupos que trabajan para remodelar la política educativa se mueven por agendas que van más allá de lo meramente profesional. Desde luego, la Historia siempre ha sido controvertida, y la forma en que la enseñamos siempre ha tenido una dimensión política. Pero desde 2020, después de la Comisión de 1776 de Trump y la conciencia emergente de que la “teoría crítica de la raza” como concepto de moda podría movilizar energías en un lado del espectro político, la Historia y la Educación Cívica se han convertido en un campo de batalla a nivel nacional. Esto significa que, de repente, hay mucho dinero canalizándose hacia la enseñanza de la Historia. Por supuesto, hay un montón de buenas organizaciones que se centran en equipar a los profesores con las habilidades, el conocimiento y el apoyo que necesitan para hacer su trabajo. Pero también hay otros grupos que dicen ofrecer desarrollo profesional, cuando en realidad pretenden intervenir en las guerras culturales. Existe la sensación en la derecha, y entre algunas figuras intelectualmente conservadoras del ambiente educativo, de que éste es un momento de crisis: que el dominio de lo woke de las escuelas de educación ha ido demasiado lejos y que necesitamos algún tipo de intervención drástica para reconstruir la educación desde cero.

¿Logran tener algún impacto?

En algunos lugares, sí. El ejemplo emblemático quizá sea Dakota del Sur, un estado que acaba de revisar de arriba abajo sus pautas para las asignaturas de Estudios Sociales. Normalmente, estas son normas elaboradas por profesionales: comités de profesores, historiadores y líderes comunitarios. Ahora bien, el año pasado el Consejo Estatal de Educación optó por desechar un borrador revisado que se había desarrollado y examinado durante muchos meses. Contrataron a un consultor, un profesor jubilado de Hillsdale College [una institución notoriamente conservadora], para que reescribiera las normas estatales de Estudios Sociales desde cero. Fue una revisión estructural con enormes implicaciones para los distritos escolares locales, que ahora tendrán que reasignar o reformar a los profesores.

¿Qué cambios ha habido?

Entre otras cosas, las nuevas normas restan importancia a la historia del propio Estado de Dakota del Sur [el tercer estado con mayor proporción de población indígena]. Sin embargo, a pesar de las enormes protestas que se produjeron en las audiencias públicas, en las que todos, desde los sindicatos de profesores hasta las naciones tribales, se manifestaron en contra de las nuevas normas, éstas se acabaron aprobando. Y además, para la tarea de formar a los profesores en estas nuevas normas, el Departamento de Educación de Dakota del Sur ha recurrido a organizaciones conservadoras.

 Yo sabía de las leyes sobre “conceptos divisivos”, pero no me había dado cuenta de que la derecha también tiene el ojo puesto en las pautas. 

La verdad es que las leyes sobre conceptos divisivos han sido en muchos casos el primer frente de la campaña para reformar la educación pública en este país. Las pautas estatales son el frente siguiente. Son importantes porque establecen puntos de referencia para evaluar el aprendizaje de los alumnos en cada asignatura. En Virginia, el Consejo Estatal de Educación intentó llevar a cabo una revisión radical de todo el marco didáctico oficial para Historia y Estudios Sociales. En agosto de 2022, el Consejo rechazó un borrador revisado que había sido elaborado mediante el proceso habitual, democrático e inclusivo. Después, el superintendente de Educación del Estado contrató a un consultor para que elaborara a toda prisa otro marco didáctico, que terminó tomando prestado muchos elementos del marco propuesto por la llamada Civics Alliance bajo el concepto de American Birthright (Patrimonio Norteamericano). En Colorado, una moción para sustituir las pautas para los Estudios Sociales directamente por ese marco conservador fracasó por solo un voto. Algo parecido ocurrió también en Ohio.

¿Cuáles son los límites de lo que la AHA cree que debe o puede hacer, y en qué se diferencia de otras organizaciones que se han opuesto a la nueva legislación, como la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU) o la Asociación Americana de Profesores Universitarios (AAUP)?

Lo que estamos viendo con la legislación de conceptos divisivos, así como los esfuerzos por utilizar las pautas estatales para reorientar la educación pública, no tiene precedentes. Se trata realmente de un esfuerzo por utilizar el poder estatal para restringir lo que los profesores pueden decir y hacer en el aula. Como AHA, queremos asegurarnos de que los profesores tengan la formación, los conocimientos y el apoyo que necesitan para enseñar profesionalmente, para compartir conocimientos históricos y hábitos mentales con sus alumnos, sin interferencias de personas que intentan restringir sus libertades.

 Jim Grossman, director ejecutivo de la AHA, fue uno de los primeros críticos de la legislación sobre conceptos divisivos. Señaló que estas leyes, tal y como están redactadas, harían ilegal parte del trabajo básico que nosotros realizamos como historiadores y educadores. Por ejemplo, el Consejo de Educación de Florida, en un documento en el que explicaba cómo se aplicaba la ley apodada “Don’t Say Gay” (‘No digas gay’) a la educación primaria y secundaria, decía que los profesores desde educación infantil hasta sexto grado no podían decir nada que tuviera que ver con el concepto de la orientación sexual. Pero después de un recurso judicial hubo una revisión, según la cual los profesores sólo pueden abordar los temas de género y sexualidad en contextos en los que las normas estatales lo obliguen expresamente. 

Ahora bien: se da el caso de que, en Historia, las pautas de Florida rara vez incluyen temas de género y sexualidad. Así que desde la AHA emitimos una declaración que planteaba una serie de preguntas: ¿Significa esto que cuando se habla de la Revolución Americana, no se puede mencionar el matrimonio [heterosexual] entre John y Abigail Adams? ¿Está prohibido apuntar que la imagen del presidente Theodore Roosevelt se asociaba con cierta masculinidad robusta? 

¿Cómo contestó el estado?

Los miembros del Consejo de Educación respondieron de forma bastante dramática. “¿Por qué”, tuiteó uno de sus vocales, “los historiadores intentan sexualizar a los niños?” Lo que queríamos decir, por supuesto, no es que se esté tratando de prohibirnos que enseñemos elementos fundamentales de la historia, sino que estas nuevas políticas, interpretadas literalmente, prohibirían a los profesores hacer su trabajo.

 Es posible que muchas de estas leyes contra los “conceptos divisivos” acaben siendo derrotadas en los tribunales. Pero como parte de una guerra cultural más amplia, pueden tener un efecto amedrentador sobre el profesorado. 

Ya lo están teniendo. Los profesores de Florida están muy preocupados, sobre todo los más jóvenes, porque a menudo no saben lo que pueden o no pueden enseñar. La controversia en torno a las nuevas pautas de Historia Afroamericana en las últimas semanas es un buen ejemplo. Mucha gente está más confundida de lo que estaba antes de que se publicaran las nuevas normas. En declaraciones públicas, además, algunos funcionarios de Educación de Florida dejan claro que no les temblará el pulso a la hora de despedir a profesores que no se atengan a las normas. Este ambiente hostil está produciendo efectos notables. La Rand Corporation, por ejemplo, publicó un estudio que encontró pruebas estadísticamente significativas de un efecto amedrentador, especialmente relacionado a los temas de género y raza. Un grupo de investigación de la Universidad de California en Riverside, por otra parte, realizó un estudio similar en el que se documentaba la alarma y la preocupación de muchos profesores por la forma en que la política se cruza cada vez más con el trabajo que realizan. Una de las conclusiones claras es que muchos distritos escolares están dejando de enseñar cualquier tema que pueda causar polémica. La opción más fácil es no enseñar nada que se pueda relacionar con la actualidad.

 Lo que más me sorprende es la desconfianza generalizada hacia los profesores y los historiadores.

Parte del problema, para mí, es que no estamos teniendo suficientes conversaciones que unan a la gente. A veces parece que vivimos realidades distintas. Por ejemplo, ha habido una oleada de proyectos de ley estatales que intentan obligar a las universidades públicas a impartir cursos introductorios de Historia de Estados Unidos que incluyan una serie de documentos fundacionales: la Declaración de Independencia, la Constitución, etcétera. Estas leyes se presentan como una especie de medida punitiva basada en la suposición de que los historiadores y los profesores se niegan a enseñar la historia de Estados Unidos. Pero cualquiera que conozca a un profesor de Historia, sabrá que por lo general nos encanta incluir documentos así. Si algo nos gustaría es tener más tiempo en las aulas para tratar la Revolución, la Constitución y otros documentos fundacionales. Por eso nos parece absurdo que se presenten proyectos de ley estatales insistiendo en que se nos obligue a hacerlo.

Los políticos y los padres no tienen ningún reparo en rechazar el criterio experto.

En Carolina del Norte, el estado no sólo ordenó qué documentos debían enseñarse, sino que además estipuló que estos tenían que evaluarse en un examen final con un formato que nosotros, como educadores, sabemos que es ineficaz en términos didácticos. Ahora bien, cuando el profesorado universitario se opuso al proyecto de ley por este motivo, Fox News recogió la noticia diciendo: “¡El profesorado de Carolina del Norte ya no quiere enseñar la Constitución!”. Por otra parte, me consta que muchos demócratas están convencidos de que los republicanos no quieren enseñar la historia de la esclavitud, cuando la verdad es que muchos republicanos creen que la esclavitud debería formar parte de cualquier curso de Historia.

 O sea, que el desacuerdo es menor de lo que parece.

Si nos fijamos en los datos de las encuestas, en realidad hay mucho más consenso en lo que se refiere a la enseñanza de la Historia de lo que a muchos expertos les gustaría admitir. Lo que nos preocupa, como AHA, es que grupos que operan al margen de ese consenso intenten aprovechar este momento como una oportunidad para promulgar un cambio radical.

¿Hay esperanza?

Lo alentador es que muchos cargos electos están abiertos a lo que tenemos que decir los historiadores profesionales universitarios. En lo que se refiere a la política educativa, hay mucha desconfianza hacia los profesores de primaria y secundaria, pero muchos funcionarios desprecian menos a los académicos. Por eso, si un historiador profesional viene y dice: “Lo que están intentando obligar a hacer a estos profesores de primaria y secundaria es imposible”, le escucharán mejor que a los propios profesores. Si hay algo que estoy predicando ahora mismo, por tanto, es la solidaridad. En muchos contextos, los profesores de primaria y secundaria se sienten muy presionados, pero muchos aliados potenciales están demasiado callados. Podemos hacer mucho para apoyarnos mutuamente y preservar la integridad profesional básica de nuestro trabajo frente a los esfuerzos autocráticos por interferir en lo que hacemos en el aula."                (Sebastiaan Faber   , CTXT, 29/08/2023)

4/8/23

En defensa de Najat... Espero que nuestro reciente alcalde no ceda al chantaje de los posmobeatos con los que nos toca convivir en Barcelona y que la mantenga como pregonera... desprecio tanto a los fachas que censuran a Virginia Woolf, como a los fanáticos que en nombre del colectivo LGBT o de la religión quieren silenciar a Najat (Carmen Domingo)

 "¿Ahora queréis vetar a Najat El Hachmi para que no pueda hacer el pregón de la Mercè?” se preguntaba el otro día Quim Monzó en Twitter y añadía: “Los islamistas institucionales, del brazo de los que no toleran ninguna crítica al discurso oficial trans sobre el cambio de sexo en menores cada vez dais más risa”. No ha habido muchos tuits de personajes de la cultura en defensa de la Premi Ramon Llull, Premi Nadal y Premi Ciutat de Barcelona, en cambio sí unos cuantos en su contra. La primera queja llegó desde el Observatorio contra la Homofobia y, a partir de ahí, se sumaron diputadas de ERC, la CUP y colectivos de JxCat pidiendo que se sustituyera a la pregonera (sería más correcto decir cancelara). Pongámonos en antecedentes. Hace unos días Najat el Hachmi fue elegida por el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni (PSC), como pregonera en las próximas fiestas de la Mercè.

 La elección de la escritora está más que justificada, pero por si fuera poco aglutina una serie de características que justificarían su elección a los ojos de los mismos posmos que se quejan: es racializada, emigrante (procede de Marruecos) y mujer. Sin embargo, Najat tiene un “pequeño problema” y es que no está dispuesta a comulgar con ruedas de molino y es feminista. Lo que implica, claro está, que considera el uso del hiyab un símbolo de opresión y no solo eso, también tiene una visión crítica sobre la religión en general y el Islam en particular, además de que está en contra de la ley trans. Todo eso, claro, “ha desatado la bestia” y ha servido para que sea catalogada de “tránsfoba e islamófoba” y pidan su cancelación.

Najat, fiel a su talante de no entrar en polémicas (fijaros si se aleja de ellas que ni tiene redes), ha escrito un artículo en El País en el que deja claro su punto de partida: “Me trajeron a este país por su prosperidad, pero yo encontré en él la libertad. Me inmigraron para que pudiera vivir y no solo sobrevivir, pero yo aquí descubrí un bien mucho más preciado, el que me ha permitido desarrollar un pensamiento propio, expresar mi visión de las cosas, no tener que callar porque sí y poder hablar partiendo de la base de que todas las voces cuentan y todos podemos emitir aquello que nos parezca oportuno”. Lo que sorprende es que así como hace unos días un grupo de intelectuales, cabreados (como es lógico) por los intentos de cancelación de obras de teatro y autores desde municipios gobernados por la ultraderecha, expresaron su disconformidad en un manifiesto, no hayan dicho ni mu en este caso.

Yo, por mi parte, ni que decir tiene que desprecio tanto a los fachas que censuran a Virginia Woolf, como a los fanáticos que en nombre del colectivo LGBT o de la religión quieren silenciar a Najat. Y me pregunto qué hubiera pasado si la hubiera intentado cancelar Vox. Espero que nuestro reciente alcalde no ceda al chantaje de los posmobeatos con los que nos toca convivir en Barcelona y que la mantenga como pregonera, que se lo merece como la que más. Y mientras, desde la izquierda, levantemos la voz contra censuras y cancelaciones, que no deben aceptarse vengan de donde vengan. Nos va en ello la libertad de expresión y la credibilidad."               

(Carmen Domingo es escritora. Su último libro es #cancelados. El nuevo macartismo; El País, 02/08/23)

15/3/23

Estados Unidos está prohibiendo libros a un ritmo frenético... Las prohibiciones actuales de libros son impulsadas principalmente por políticos populistas de derecha y grupos de padres que afirman proteger a las comunidades cristianas sanas y orientadas a la familia de la decadencia del Estados Unidos urbano... aunque, ciertamente, la ofensiva de derecha contra la libertad académica es más peligrosa que las alergias literarias de la izquierda... Los progresistas que quieren impedir que se enseñe Huckleberry Finn en las escuelas o exigen que se eliminen palabras como «gordo» de los libros para niños de Roald Dahl siguen la misma lógica, tampoco quieren que los niños se sientan ofendidos, quieren que los niños se sientan bien consigo mismos, no que aprendan a absorber información y pensar por sí mismos... o sea, cierta retórica progresista le está otorgando ventajas a la derecha populista

 "Estados Unidos está prohibiendo libros a un ritmo frenético. Según PEN America, se prohibieron 1648 en las escuelas públicas del país entre julio de 2021 y junio de 2022. Se prevé que la cantidad aumentará este año a medida que las organizaciones y los políticos conservadores intensifiquen sus esfuerzos para censurar obras que se ocupan de la identidad sexual y racial.

Los estados controlados por los republicanos, como Florida y Utah, implementaron medidas enérgicas contra las bibliotecas escolares en los últimos meses, y prohibieron obras que tratan cuestiones raciales, de género y sexuales, como Cómo ser antirracista, de Ibram X. Kendi, y Género Queer: una autobiografía, de Maia Kobabe. En algunas zonas de Florida se indicó a las escuelas que limiten el acceso a los libros sobre raza y diversidad, y se les advirtió que los maestros que compartan «materiales obscenos y pornográficos» con los alumnos podrían ser sentenciados a cinco años de prisión. En Carolina del Sur, el gobernador Henry McMaster señaló al libro de Kobabe —que en 2020 ganó el Premio Alex de Literatura para Jóvenes Adultos de la Asociación de Bibliotecas Estadounidenses— como un ejemplo de «materiales obscenos y pornográficos».

Las prohibiciones actuales de libros son impulsadas principalmente por políticos populistas de derecha y grupos de padres que afirman proteger a las comunidades cristianas sanas y orientadas a la familia de la decadencia del Estados Unidos urbano. Por definición, los libros para niños con personajes LGBTQ+ entran en su definición de pornografía.

Tal vez Ron DeSantis, gobernador de Florida y probable candidato a presidente, sea el principal defensor de la censura estatal y la prohibición de libros modernos. El mes pasado DeSantis y sus aliados de la Cámara de Representantes del Estado presentaron un nuevo proyecto de ley que prohibiría a las universidades e institutos de educación superior apoyar actividades en los campus que «propugnen la retórica de la diversidad, equidad e inclusión, o de la teoría crítica de la raza». La propuesta también busca eliminar a la teoría crítica de la raza, los estudios de género y la discriminación interseccional, así como a toda «derivación, grande o pequeña, de esos sistemas de creencias» del plan académico.

Pero aunque los progresistas de izquierda hacen menos pedidos para prohibir libros, también pueden mostrarse intolerantes frente a la literatura que los ofende: clásicos como Matar a un ruiseñor y las aventuras de Huckleberry Finn fueron quitados de algunas listas de lectura escolares por sus comentarios racistas y porque pueden «marginar» a ciertos lectores.

Ciertamente, la ofensiva de derecha contra la libertad académica es más peligrosa que las alergias literarias de la izquierda. Lo interesante, sin embargo, es cuánto tienen en común la intolerancia de izquierda y la de derecha. Los populistas de derecha como DeSantis tienden a imitar la retórica progresista sobre la «inclusión» y la «sensibilidad» en el aula. Se debe proteger a los alumnos blancos, afirman, del aprendizaje sobre la esclavitud o el papel de la supremacía blanca en la historia estadounidense porque podría disgustarlos y hacerlos sentir culpables.

Los progresistas que quieren impedir que se enseñe Huckleberry Finn en las escuelas o exigen que se eliminen palabras como «gordo» de los libros para niños de Roald Dahl siguen la misma lógica. Ellos tampoco quieren que los niños se sientan ofendidos o «que están de más». Su idea de la educación es similar a la terapia: el objetivo es que los niños se sientan bien consigo mismos, no que aprendan a absorber información y pensar por sí mismos.

La imitación de derecha de la jerga de izquierda se puede entender como una forma de revancha de mala fe. Después de todo, la fuerza que impulsa al puritanismo conservador en EE. UU. siempre fue el fundamentalismo, no la inclusión. Pero el dogmatismo religioso está íntimamente ligado al miedo a ser ofendidos. La controversia posterior a la publicación de Los versos satánicos de Salman Rushdie en 1988 es un claro ejemplo. Además de la fetua del ayatolá Ruhollah Jomeiní pidiendo la muerte del autor, los conservadores cristianos condenaron a Rushdie por burlarse de la religión. Algunos miembros de la izquierda, aun sin pertenecer a religión alguna, criticaron a Rushdie por ofender a millones de musulmanes.

Los puritanos cristianos no se oponen a los libros sobre temas gay solo porque la Biblia prohíbe la homosexualidad, sino también (y tal vez principalmente) porque violan lo que ellos consideran el orden natural. Esto no difiere tanto del sentimiento de los miles de personas que hace poco firmaron una carta de protesta contra la cobertura de cuestiones transgénero en el New York Times. Los firmantes estaban molestos porque algunos artículos suponían que la cuestión del género no se puede resolver de manera científica. Uno de ellos, escrito por la columnista Pamela Paul en defensa de J.K. Rowling, resulta especialmente ofensivo. Rowling no odia a quienes cambiaron de sexo, pero no cree que ser mujer u hombre sea simplemente algo que se elige.

Los progresistas que piden la prohibición de los libros de Harry Potter escritos por Rowling (que también fueron denunciados por los fanáticos de derecha por promover la brujería) no lo hacen completamente por motivos religiosos. Nuevamente, hablan de lugares de trabajo inhóspitos, marginación, insensibilidad, etc., pero a menudo son tan dogmáticos como los creyentes religiosos. Están convencidos de que alguien que nació con genitales masculinos es mujer si él/ella lo afirma. Dudar de esta convicción, como lo hace Rowling, viola su visión de la naturaleza.

Con esto no quiero sugerir que las amenazas de la izquierda al acceso de los estudiantes a los libros sean tan graves como las que provienen de extrema derecha. A diferencia de los partidos de extrema derecha, incluido el partido republicano hoy día, los políticos a la izquierda del centro no suelen pedir que el estado implemente prohibiciones legales. De todas formas, cierta retórica progresista le está otorgando ventajas a la derecha populista.

Desprovisto de una plataforma económica coherente, el Partido Republicano se volcó de lleno a la guerra cultural estadounidense, pero dado que el llamado de los conservadores religiosos y sociales suele captar mucho más el favor de los votantes que las posturas dogmáticas sobre identidades sexuales raciales, esta no parece una guerra que la izquierda vaya a ganar. Los demócratas y otros partidos progresistas del mundo occidental harían bien en centrarse menos en las sensibilidades heridas y más en los intereses económicos y políticos de los votantes."                              (

6/3/23

La risa, como una de las más bellas expresiones de nuestra libertad de pensamiento, siempre es doblemente sospechosa y censurable... Si nos quieren deshumanizar deben castrar nuestra capacidad de reír al lado del prójimo. ¿Será una casualidad que entre las palabras ‘humor’ y ‘amor’ haya solo dos letras de diferencia y mil similitudes? Es imposible odiar a alguien quien ríe contigo de los mismos chistes. Nuestro porfiado sentido del humor puede ser visto como un arma para defendernos como especie… ¿No será esta la razón por la que el poder globalizado teme tanto nuestras risas?

 "Según las teorías conspiranoicas de la Unión Soviética, en los años 80 los chistes políticos se los inventaba un departamento especial de la CIA con el fin de socavar nuestro socialismo. Al menos esto nos lo decían informalmente algunos dirigentes del partido, un poco antes de voltearse las chaquetas y convertirse masivamente a la fe capitalista, de aquellos que siempre son más papistas que el papa. Yo me quede con la duda, tratando de imaginar una supersecreta oficina norteamericana donde los humoristas de la CIA, con la ayuda del intelecto artificial, escriben chistes sobre Leonid Brézhnev o el glorioso comandante de la Caballería Roja Vasili Chapáyev.

En la tranquila vida soviética, con sus logros, sus fracasos y sus absurdos, teníamos muchos chistes. Algunos, con buena memoria y mejores talentos artísticos, podíamos contar chistes durante horas. Pienso que no tenían un objetivo político anticomunista específico, sino que era la sana catarsis colectiva, de una sociedad con un fuerte tejido social, una vida de bastante alta calidad y seguridad social y, con todo esto, mucha burocracia, ridículos formalismos y excesivas restricciones de la censura. Y nosotros, que todavía éramos un solo pueblo, entre los vecinos y amigos de confianza nos reíamos mucho de todo, también de nosotros mismos. Sin tabúes ni moralismos, aunque arriesgándose a algún que otro problema administrativo o de carrera, pero pasándola muy bien.

Los dos viajes de mi madre

También cuentan que en la época de Stalin, por un chiste nacionalista, es decir, reírse de cualquier etnia, se podía terminar preso. En aquellos tranquilos años 80, nos parecía terrible. Después de los horrores que pasaron y siguen pasando los pueblos de la ex URSS bajo la propaganda de todo tipo de nacionalismos, ahora no me parece tan malo.

Recuerdo un típico chiste soviético de aquella época: «En el país se prohibieron contar chistes sobre los judíos, amenazando a los infractores con una fuerte sanción. Van dos tipos. Uno pregunta al otro: – ¿quieres que te cuente un chiste?  El otro medio asustado reacciona: – ¿No es de los judíos? – No. ¿Seguro? – Seguro, seguro. – Entonces, cuéntalo. – Bueno… Van dos negros… uno se llama Abraham y la otra se llama Sara…»

Imagínense este chiste ahora en la sociedad occidental contemporánea. Sería declarado antisemita, racista y sexista (por no incluir el lenguaje inclusivo). La idea central y el humor, que nada tiene que ver con ninguno de estos ismos, se borra por completo. De entrada, nos desvían hacia una discusión estéril, grave y dirigida hacia lo secundario. Tal vez, lo de ‘antisemita’ sería lo más gracioso. Los que más y mejor contaban chistes sobre judíos eran los judíos soviéticos, un pueblo con un gran sentido del humor e imaginación, (cuidado, sin despreciar a ningún otro pueblo, antes de que me tilden de ‘sionista’).

Para la gente carente de educación y llena de complejos cualquier juego de palabras y significados siempre es sospechoso, al igual que todo lo que no se entiende se declara un peligro.

Lo que no cabe en los pequeños mundos de los dueños de cualquier discurso oficial suele ser convertido en etiquetas, advertencias y ‘líneas rojas’. Por eso, la risa, como una de las más bellas expresiones de nuestra libertad de pensamiento, siempre es doblemente sospechosa y censurable.

Tampoco nos reímos de las mismas cosas. A algunos les parecen chistosas las desgracias de otros. Alguien se tropieza, se resbala, cae, recibe un tortazo en la cara y escuchamos las carcajadas de la sala. Los absurdos filosóficos de nuestra existencia son una materia bastante más fina. Para reírse de algunas cosas hay que entenderlas y tener algo de imaginación. Creo que no soy el único que observa el frecuente cambio en el sentido de humor de nuestros compatriotas exsoviéticos y latinoamericanos que emigraron a los EE.UU. Una vez más, mis disculpas por este lenguaje tan ‘no inclusivo’, les juro que no quise ofender o provocar al pueblo norteamericano, donde tengo varios y muy queridos amigos.

Con el proceso de la perestroika en la Unión Soviética, hubo varias transformaciones culturales. Y el humor no fue una excepción. En la época de ‘la terrible censura comunista’ en el país salían varias y muy populares revistas de humor y cada año en la ‘capital soviética del humor’, el puerto de Odesa, se hacía una especie de festival de chistes, donde se reunían los mejores humoristas y parodistas del país, llenando los teatros y los estadios. El humor, como todo, tenía sus límites. Obviamente, se permitían las críticas de los defectos, sin cuestionar el modelo político, por lo menos directamente.

Con el avance de la perestroika, el tipo de humor cambió. Uno de los principales humoristas soviéticos, Alexánder Ivanov, hizo llamados directos para restaurar en el país el capitalismo y reivindicó la figura de Pinochet, repitiendo los conocidos argumentos de la derecha latinoamericana. Las bromas que predominaban en los medios de la URSS, giraban en torno a la degradación de todo lo soviético, versus lo superior, o sea, todo lo occidental, lo extranjero, lo civilizado. Disculpen, pero éste es un ejemplo clásico de un chiste de la época: «Salen del culo dos parásitos. El parásito hijo y el parásito padre. El hijo dice:- Papi, ¡qué bello es este mundo! pero, ¿por qué toda nuestra vida tenemos que pasarla entre mierda?. – Porque es nuestra patria, hijito, contestó el parásito padre».

Luego, con la terapia de ‘shock’ aplicada en Rusia por el Gobierno de Yeltsin, la situación se volvió poco chistosa para la mayoría de la población. Los humoristas y satíricos de antes, de otros tiempos, que en la época soviética fácilmente llenaban cualquier sala de conciertos, prácticamente desaparecieron. Se supone que ya se podía hablar de todo libremente.

Pero, en vez de un auge cultural, después de casi un siglo de censura que se suponía lo frenaba, recibimos un enorme apagón de las artes junto con el crecimiento con todo tipo de sucedáneos comerciales, copias baratas del occidente, que celebraba su gran triunfo de la civilización sobre nuestra barbarie. El humor desaparecía de nuestras casas. Las sabrosas comedias francesas e italianas que antes íbamos a ver en los cines fueron reemplazadas en la televisión por las insípidas bufonadas norteamericanas, que nos obligaban a reírnos de las desgracias de otros.

Pasaron solo un par de décadas y en ‘el mundo civilizado’ que alguna vez pretendimos imitar, y su picante y contagioso humor campesino, cayó víctima de la inquisición progresista, que prohíbe la burla de todo lo que pueda ser visto objeto de discriminación, o sea, prácticamente todo. La humanidad liberada tenía que ponerse grave y políticamente correcta. Si alguien se atreve a recordar los tiempos del chiste de ‘los dos negros: Abraham y Sara’, de inmediato será acusado de fascista.

Tengo algún prejuicio, o miedo quizás, que me impide dedicarme a estudiar las diferentes teorías del humor, hay algo frágil, mágico o delirante que no quiero rozar con la lógica de la racionalidad. Pero creo que el sentido del humor es, tal vez, lo más humano que nos caracteriza y diferencia de otras especies.

Si nos quieren deshumanizar deben castrar nuestra capacidad de reír al lado del prójimo. ¿Será una casualidad que entre las palabras ‘humor’ y ‘amor’ haya solo dos letras de diferencia y mil similitudes? Es imposible odiar a alguien quien ríe contigo de los mismos chistes. Nuestro porfiado sentido del humor puede ser visto como un arma para defendernos como especie… ¿No será esta la razón por la que el poder globalizado teme tanto nuestras risas?"                      

(OLEG YASINSKY, periodista ucraniano residente en Chile, Observatorio de la crisis, 04/03/23)

15/2/23

Declaración en pro de la libertad académica, muy a contracorriente, promovida por profesores de las universidadades de Stanford y de la Chicago... casi 600 académicos la apoyan, en su mayoría estadounidenses

"Libertad restaurada.

Una declaración en pro de la libertad académica, bendita muy a contracorriente, promovida por algunos profesores de la Universidad de Stanford y de la Universidad de Chicago.

De momento casi 600 académicos la apoyan, en su mayoría estadounidenses.

(Y dos valientes profesores españoles de la Complutense: Sergio Escorial Martín y Rubén Tamboleo). Aquí en V.O.

Y aquí una traducción exprés:

"Restaurar la libertad académica.

La misión de la universidad es la búsqueda de la verdad y del progreso y la difusión del conocimiento. Una vigorosa cultura de libertad de expresión y libertad académica es esencial para dicha misión: el progreso intelectual a menudo amenaza el statu quo y se topa con resistencias. Las malas ideas sólo se eliminan mediante un análisis crítico sin cortapisas.

Por desgracia, la libertad académica y la libertad de expresión están desapareciendo rápidamente en las instituciones académicas, entre ellas las universidades, las asociaciones profesionales, las revistas y los organismos de financiación. Los investigadores cuyos hallazgos cuestionan los discursos dominantes tienen cada vez mayores dificultades para poder publicar y ser financiados, contratados y promocionados. Ellos, y los profesores que ponen en tela de juicio las ortodoxias actuales, se ven acosados en persona y en el ciberespacio, condenados al ostracismo, sometidos a opacos procedimientos disciplinarios universitarios, o bien despedidos o cancelados por otros procedimientos. La contratación, la promoción y la financiación están cada vez más sujetas a una aprobación política, implícita o explícita; incluida la aprobación por parte de burócratas que buscan imponer una agenda social, como aquella de promueve puntos de vista específicos sobre la justicia social o los principios de DEI [Diversidad, Equidad, Inclusión]. El activismo está sustituyendo a la investigación y el debate. Un número creciente de meros hechos e ideas no pueden siquiera mencionarse sin riesgo de represalias.

Las víctimas públicas con alta visibilidad constituyen apenas la punta del iceberg. Una atmósfera de miedo y autocensura impregna el mundo académico. Muchos profesores y estudiantes creen que no pueden expresar sus opiniones, desafiar los dogmas, investigar ciertos temas o cuestionar la pérdida de la libertad académica sin arriesgarse al ostracismo y a un perjuicio para sus carreras. Así, el conocimiento se va perdiendo, y muchos académicos con talento abandonan el mundo universitario.

Las universidades y las asociaciones profesionales no están resistiendo hoy a esas fuerzas antiliberales —que han surgido muchas veces a lo largo de la Historia, y en todos los lados del espectro político— ni defendiendo la libertad académica y la libertad de expresión.

Muchas universidades y organizaciones profesionales modulan ahora su apoyo a la libertad: libertad de expresión, dicen, siempre que el discurso no ofenda o excluya; libertad de expresión, siempre que no cuestione los discursos y las concepciones de la justicia social institucionalmente aprobados; libertad de expresión, pero sólo dentro de unos estrechos márgenes debidamente acreditados. Estas restricciones son contraproducentes, incluso para su propio objetivo de promover una determinada ideología. La gente deduce de ello que, detrás de estas censuras, se halla un deseo de proteger unas mentiras, para que éstas no se vean desmentidas. Históricamente, la censura ha apoyado regímenes monstruosos y a sus ideologías. Las malas ideas sólo se vencen con argumentos y persuasión, no con una política de la supresión. La verdadera justicia y la libertad no pueden existir la una sin la otra.

La pérdida de la libertad académica se debe en parte a una crisis de liderazgo. Aunque muchos dirigentes universitarios hacen declaraciones en las que apoyan el debate abierto, sin embargo supervisan y fomentan burocracias politizadas que acosan, intimidan y castigan a quienes expresan opiniones consideradas incorrectas, e imponen la conformidad ideológica en materia de contratación y ascensos. De poco sirve una defensa genérica de la libertad de expresión si, al mismo tiempo, los administradores de las universidades llevan a cabo investigaciones en secreto, sin respetar el principio de contradicción, y basándose en denuncias anónimas, y condenan al ostracismo a la víctima con las consecuencia que supone para todos sus potenciales futuros empleadores. Los consejos de administración, las organizaciones de ex alumnos, los donantes, los organismos gubernamentales de concesión de subvenciones y otros actores institucionales tampoco defienden los principios de libertad académica.

En vez de ello, las universidades y las organizaciones profesionales se lanzan abiertamente al activismo político e ideológico institucional. Los departamentos y otras secciones universitarias hacen declaraciones públicas de sus opiniones políticas, tachando así de herejes —e incluso de fanáticos— a los miembros que puedan poner en entredicho sus causas. Cada vez más, los centros y "aceleradores" se dedican a la promoción política y de ciertas políticas, a la defensa de las ideologías que apoyan, y a la supresión de las ideas contrarias. Las organizaciones y revistas profesionales anuncian, con demasiada frecuencia, que ciertos tipos de investigación, por muy válidos que sean desde el punto de vista metodológico, no pueden publicarse, y se vuelcan en la defensa de sus propias causas. Las burocracias universitarias exigen que se incluyan ciertos autores y se excluyan a otros de las listas de lecturas y de los debates en las aulas.

¿Qué se puede hacer?

Hacemos un llamamiento a todas las universidades, asociaciones académicas, revistas y academias nacionales para que adopten la "Tríada de Chicago" consistente en: los conocidos como "Principios de Chicago [2014] sobre la libertad de expresión", la condición que planteaba el Informe Kalven [1967] sobre la neutralidad institucional en asuntos políticos y sociales y el informe Shils [1970], que hace de la contribución académica la única base para la contratación y la promoción académicas.

El informe Kalven subraya que "Para cumplir su misión en la sociedad, una Universidad debe crear un entorno extraordinario de libertad de investigación y mantener una independencia respecto a las modas, pasiones y presiones políticas". La Universidad y sus unidades administrativas deben abstenerse de tomar posición en las cuestiones políticas del momento: "Si bien la Universidad es el hogar y el patrocinador de la crítica, no es en sí misma la crítica y, por lo tanto, no puede ejercer una acción colectiva sobre las cuestiones del momento sin poner en peligro las condiciones de su existencia y eficacia".

"La neutralidad de la universidad como institución no surge [...] por falta de valor ni por indiferencia e insensibilidad. Surge del respeto a la libre investigación y de la obligación de valorar la diversidad de los puntos de vista".

También pedimos que el profesorado cree (o se afilie a las ya existentes) asociaciones no partidistas, destinadas a defender estos valores en los campus universitarios; a nivel nacional, como FIRE [Foundation for Individual Rights and Expression], la Academic Freedom Alliance, Heterodox Academy], FAIR [ Fairness & Accuracy In Reporting] y ACTA [American Council of Trustees and Alumni]. Las organizaciones profesionales deben priorizar la defensa de la libertad académica y la libertad de expresión de sus miembros.

Muchas universidades han adoptado oficialmente los Principios de Chicago. Deben desarrollarse estructuras sólidas para defender estos principios. El profesorado que sea objeto de críticas por parte de grupos de estudiantes, otros profesores, decanos y administradores o personal de la universidad debe poder hacer valer eficazmente su libertad de expresión e investigación amparándose en estas declaraciones.

Las universidades deben crear salvaguardias que garanticen que los administradores trabajen para defender estos principios y no para socavarlos. Los procedimientos disciplinarios de las universidades deben ser transparentes y atenerse a las ya centenarias protecciones básicas de los acusados, como el derecho a conocer e impugnar las pruebas en su contra, a tener careos con los testigos de la acusación, el derecho a la representación letrada y a la presunción de inocencia hasta que se demuestre la culpabilidad.

Los dirigentes universitarios también deben promover e institucionalizar la libertad de expresión y la libertad académica mediante acciones concretas. La libertad es una cultura, no un mero conjunto de normas, y como tal hay que alimentarla. La libertad de expresión, la libertad de investigación, la tolerancia hacia las opiniones contrarias, la obligación de enfrentarse a las opiniones con argumentos, con la lógica y los hechos, el abstenerse de ataques ad hominem, el luchar contra la difamación, el no aceptar el doxing [publicar o filtrar información personal de alguien] y otros comportamientos poco éticos es algo que debe destacarse en los materiales de orientación destinados a todos los nuevos estudiantes y contratados.

La libertad viene acompañada de una cultura de la responsabilidad, pero las responsabilidades se cumplen mejor con las normas sociales que con extensos articulados normativos aplicados por burócratas no académicos. Si hay miembros de la comunidad universitaria o grupos de ésta que solicitan a los dirigentes de las facultades que se sancione o se castigue a un miembro del profesorado o a un estudiante por expresar su punto de vista, estos dirigentes de la Universidad deberían responder pública y claramente con una declaración en la que se afirme que la Universidad es un lugar para discutir y debatir todos los enfoques, y que el intento de castigar a otros por tener puntos de vista "incorrectos" es incompatible con las normas comunitarias de la institución. La Universidad también debería comprometerse con todos los estudiantes, profesores y empleados a no castigar ni sancionar la libertad de expresión."                             (DATEUTADEU, blog, 02/11/22)

26/1/23

Prohibir ideas en nombre de la libertad de expresión... Profesores universitarios bajo vigilancia en EE.UU... En 2021, el gobernador de Florida, Ron De Santis, firmó una ley permitiendo a los estudiantes universitarios grabar a los profesores para detectar alguna tendencia ideológica... y otro proyecto de ley para “darle a las empresas, empleados, niños y familias las herramientas necesarias para luchar contra el adoctrinamiento llamado WOKE”. Prohíbe una discusión abierta sobre el racismo, y prohíbe en las secundarias públicas hablar de la existencia de gays y lesbianas en nombre de una lucha “contra la ideología de género”... es sólo la continuación de la prohibición de decenas de libros iniciada antes en Estados Unidos... en cambio, no existe ninguna propuesta semejante para equilibrar las ideologías en las poderosas iglesias, en las multimillonarias corporaciones, en las bolsas de valores, en los poderosos lobbies de Washington

 "En 2021 el gobernador de Florida (Estados Unidos) Ron De Santis, en sintonía con el presidente neofascista de Brasil capitán Jair Bolsonaro firmó una ley permitiendo a los estudiantes universitarios grabar a los profesores para detectar alguna tendencia ideológica.

Siempre y cuando no se tratase de la ideología verdadera. En diciembre de ese año, el gobernador firmó otro proyecto de ley para “darle a las empresas, empleados, niños y familias las herramientas necesarias para luchar contra el adoctrinamiento llamado WOKE” (“despierto”, en dialecto afroamericano), el cual se propone una relectura de la historia desde el punto de vista de los grupos marginales al poder. Para los fanáticos, llevar un niño de cinco años todas las semanas a un templo religioso o plantarlo cuatro horas por día frente a la televisión para que consuma propaganda mercantilista, no es adoctrinación. Pero si un joven de 20 años entra en una universidad donde podría aprender alguna nueva idea, entonces, eso sí es “adoctrinación” y “lavado de cerebro”.

La ley que prohíbe una discusión abierta sobre el racismo (ya vendrá el turno de prohibir la palabra imperialismo) porque los jóvenes blancos se podían sentir incómodos estudiando la esclavitud y la discriminación, se sumó a otra ley salida de la misma oficina, por la cual se prohíbe en las secundarias públicas hablar de la existencia de gays y lesbianas en nombre de una lucha “contra la ideología de género”. La ideología de género dominante por siglos, el machismo, no está en discusión. Por el contrario, hay que protegerla a fuerza de fanática ignorancia.

Una especialidad de los campeones de la libertad es prohibir todo lo que no se acomode a sus intereses, como la Ley de Libertad Individual que prohíbe a cualquier empresa requerir a sus empleados realizar cursos de concientización contra el racismo. Su repetida “libertad de expresión” es libertad de acoso y censura. Este tsunami de prohibiciones en la educación y en la academia es sólo la continuación de la prohibición de decenas de libros iniciada antes en Estados Unidos, al mejor estilo república bananera. Esta misma ideología, con sus frases y sus tics copiados de los libertarios estadounidenses, es repetida como un copia-y-pega en América latina, todo lo que recuerda a los artículos y doctrinas plantadas por la CIA en decenas de países, las que germinaron, maduraron y continúan dando frutos décadas después de la Guerra Fría.

Tarde o temprano iban a venir por las universidades. Es la mayor espina de los Exitosos Hombres de Negocios y sus mayordomos. La cultura y las universidades no han sido fáciles de comprar, aunque las corporaciones han hecho un buen trabajo comercializando la educación y la investigación. Según los fanáticos conservadores, las universidades son reductos de liberales (izquierdistas) donde se adoctrina a la juventud. Se quejan de que la mayoría de los profesores son de izquierda y que, por lo tanto, se debe legislar para equilibrar la proporción de conservadores. No existe ninguna propuesta semejante para equilibrar las ideologías en las poderosas iglesias, en las multimillonarias corporaciones, en las bolsas de valores, en los poderosos lobbies de Washington o en las donaciones sin límite a los partidos políticos.

La solución natural para equilibrar las tendencias políticas en las universidades es que los Futuros Hombres de Negocios se pongan a estudiar en serio alguna vez en su puta vida. Pero claro, si alguien ama el dinero y el poder, difícilmente invertirá décadas haciendo investigación gratis. Sobre todo sabiendo que, luego de décadas de esfuerzo ajeno, cuando aparecen los resultados, los Exitosos Hombres de Negocios los van a secuestrar de forma inmediata y en nombre de la Libertad.  

 En teoría, el fascismo y el liberalismo son opuestos. Sin embargo, hace décadas que el neoliberalismo (económico) logró poner en un mismo combo un menú diverso. Así, en un mismo partido iban los capitalistas y belicistas más radicales justo con los cristianos que no tenían nada que ver con el Jesús de los Evangelios, sino más bien con Judas, alguien que podía vender a su propio amigo por treinta monedad de plata. Así, defender a Jesús implicó defender a los mercaderes injustamente expulsados del templo y meter al maldito camello por el ojo de la maldita aguja y a los imperios que crucificaron a otros rebeldes. Los señores del dinero, los directorios de corporaciones que desparramaron dictaduras bananeras por todo el mundo y dictaduras legalizadas en sus propios países, todo en nombre de la libertad y la democracia como en tiempos de la esclavitud, lograron unir las dos ideologías opuestas. Los neoliberales de la última mitad del siglo XX son los libertarios de hoy y beben en el bar con neonazis y neofascistas con total comodidad.

Claro que no todos son fanáticos del Santo Oficio. En agosto de 2022, el juez federal Mark Walker bloqueó (temporalmente) la ley “Anti WOKE” de Florida argumentando que, según la ley, “los profesores pueden ejercer su ‘libertad académica’ siempre y cuando expresen solo aquellos puntos de vista que el Estado aprueba”. Lógico, pero provisorio. Un mes después, el gobernador De Santis arrasó en las elecciones. Fue reelecto gobernador y se posicionó como uno de los candidatos más fuertes del Partido republicano para las presidenciales de 2024.

Cada vez que un político conservador atiza la ira de la Inquisición, logra excelentes resultados. Lo cual demuestra, una vez más, que continuamos caminando hacia una nueva Edad Media. Todo con el silencio, la timidez o la complicidad de la academia y de lo que alguna vez fue la heroica resistencia por los Derechos Civiles.

Mientras algunos académicos están demasiado preocupados con un modelo que explique la inflación en las Maldivas o cómo citar a Sócrates en una revista que nadie leerá, los Hombres de Negocios continúan con sus planes para neutralizar o tomar posesión de uno de los últimos rincones de las sociedades que aún no pueden dominar del todo, pese a la mercantilización de la educación. He escuchado que, “bueno, ese es el trabajo de los profesores”. Es decir, no deben ocuparse de la gran política. No es lo suyo.

No se dice lo mismo de un exitoso dueño de casinos o de un vendedor de almohadas que aspira a ser gobernador o presidente. No, porque los Exitosos Hombres de Negocios están acostumbrados a mandar y a ser exitosos… No pocos profesores guardan silencio, temiendo lo que en las asambleas y en los corredores se repite como “fear of retaliation” (miedo a represalias) por decir lo que piensan. Incluso los “tenured” (efectivos) temen protestar, pese a que legalmente son inamovibles.

En Estados Unidos, el tenure fue creado en 1940 para evitar que los profesores pudiesen ser despedidos por sus ideas y opiniones radicales o inconvenientes. Por esta misma razón, hace años que el tenure está bajo ataque en este país. No sólo se intenta eliminarlo sino que se lo ha ido reduciendo al mínimo, con un doble propósito: (1) precarizar del trabajo académico (deprimir  de los salarios) y (2) silenciar teorías inconvenientes para el dogma dominante.

Pero los profesores con tenure temen otras formas de represalia. Por ejemplo, la reducción de sus salarios, algo que luego las autoridades no alcanzan a explicar sin recurrir a excusas infantiles basadas en el dogma dominante como, por ejemplo, la ley de la oferta y la demanda… Como si esa ley no estuviese recargada de política.

De esa forma, los profesores también somos neutralizados en nuestro compromiso ético con el resto de la sociedad, con el conocimiento transformador, con el desafío de las normas establecidas y con la lucha de una sociedad y un mundo mejor."                     (Jorge Majfud, Rebelión, 03/12/2022)

2/12/22

Elon Musk ahora es el orgulloso propietario de Twitter. El peligro aquí no es que tengamos un multimillonario truhan entre nosotros, eso ya ha ocurrido antes y volverá a ocurrir, sino que tenga el control de lo que él mismo ha denominado, y con razón, nuestra “plaza central digital”... Musk es el rostro del capitalismo extremo basado en la tecnología del siglo XXI, así como los barones ladrones encarnaron el exuberante y expansivo capitalismo industrial de finales del siglo XIX y principios del XX... Musk ha aprovechado las oportunidades que han surgido en un aparato estatal regulador que se desintegra rápidamente y ha reunido un pequeño ejército de inversionistas y una flota de cabilderos, abogados y admiradores (conocidos como Mosqueteros)... Las empresas de Musk y su fortuna se crearon con subsidios de miles de millones de dólares para su empresa de coches eléctricos, Tesla, y miles de millones más en contratos de la NASA para transportar astronautas estadounidenses al espacio, lanzar satélites y proporcionar servicios de internet de alta velocidad mediante su flota de casi 3000 satélites... Lo que hace a Musk especialmente poderoso y posiblemente más peligroso es su capacidad para promover sus negocios e ideas políticas con un tuit... un Twitter propiedad de Musk y controlado por él permita, en nombre de la libertad de expresión, tuitear información falsa y desinformación ad infinitum, siempre y cuando desacredite a sus opositores políticos y tanto él como sus aliados se vean aclamados y enriquecidos... Elon Musk es un producto de nuestra época... no es el brillante y exitoso empresario por mérito propio que interpreta en los medios. Al contrario, su éxito ha sido impulsado y pagado con el dinero de los contribuyentes y secundado por funcionarios del gobierno que le han permitido ejercer un control cada vez mayor sobre nuestra economía y nuestra política

 "Elon Musk ahora es el orgulloso propietario de Twitter. El peligro aquí no es que tengamos un multimillonario truhan entre nosotros —eso ya ha ocurrido antes y volverá a ocurrir—, sino que tenga el control de lo que él mismo ha denominado, y con razón, nuestra “plaza central digital”.

Musk es el rostro del capitalismo extremo basado en la tecnología del siglo XXI, así como los barones ladrones, quienes construyeron nuestros ferrocarriles, y Andrew Carnegie, quien suministró acero a esos ferrocarriles y a los constructores de las ciudades estadounidenses modernas, encarnaron el exuberante y expansivo capitalismo industrial de finales del siglo XIX y principios del XX.

Musk ha aprovechado las oportunidades que han surgido en un aparato estatal regulador que se desintegra rápidamente y ha reunido un pequeño ejército de inversionistas y una flota de cabilderos, abogados y admiradores (conocidos como Mosqueteros). Ha buscado posicionarse como genio tecnológico que puede romper las reglas, explotar y extirpar a quienes trabajan para él, ridiculizar a quienes se interponen en su camino y hacer lo que quiere con su riqueza porque beneficia a la humanidad. Rescatará el planeta con sus autos eléctricos y salvará a Ucrania con sus sistemas de satélites, pero para hacer estas buenas acciones debe ser liberado de las interferencias del gobierno.

Durante más de dos siglos, magnates estadounidenses como Musk han transformado nuestra economía y nuestra vida cotidiana (y se han enriquecido) mediante una estrategia ganadora en colaboración con los gobiernos. Solicitaron y recibieron de esos gobiernos enormes subsidios y protección, pero con la exigencia de que los dejaran en paz para manejar sus negocios a su antojo. Los barones ladrones de los ferrocarriles construyeron sus fortunas con terrenos suministrados por el gobierno donde colocaron sus vías y luego cobraron subvenciones del gobierno por cada kilómetro construido.

Carnegie y los barones del acero eligieron a legisladores y presidentes republicanos que se comprometieron a proteger los beneficios de sus empresas imponiendo altos aranceles a los competidores extranjeros. 

Las empresas de Musk y su fortuna se crearon con subsidios de miles de millones de dólares para su empresa de coches eléctricos, Tesla, y miles de millones más en contratos de la NASA para transportar astronautas estadounidenses al espacio, lanzar satélites y proporcionar servicios de internet de alta velocidad mediante su flota de casi 3000 satélites.

 Lo que hace a Musk especialmente poderoso y posiblemente más peligroso que los magnates de la era industrial es su capacidad para promover sus negocios e ideas políticas con un tuit. El efecto de esas comunicaciones instantáneas se ve reforzado por su sólida comprensión de la dinámica de los medios y del mercado en esta era de acciones meme, trading intradiario, comunicaciones instantáneas, información falsa y desinformación.

Carnegie nunca volvió públicas sus empresas porque no quería estar sujeto a inversionistas externos, a influencias ni a las condiciones del mercado. Musk ha hecho lo contrario. Su riqueza no deriva de las fábricas que ha construido, los productos que vende o los bienes inmuebles que ha adquirido, sino de los miles de millones de dólares en acciones de Tesla, SpaceX, empresas de criptomonedas y Twitter que posee.

En agosto de 2018, tuiteó que estaba considerando volver privada a Tesla a 420 dólares por acción. La Comisión de Bolsa y Valores dijo que los “tuits engañosos” de Musk causaron que el precio de las acciones de Tesla aumentaran más del seis por ciento y lo castigaron con cargos por fraude de valores. Después aceptó renunciar al puesto de presidente de Tesla y pagar una multa de 20 millones de dólares. Tesla pagó 20 millones de dólares más.

 El patriarca de la familia Kennedy, Joseph P. Kennedy, siempre fue experto en manipular los precios de las acciones, pero, como primer presidente de la Comisión de Bolsa y Valores (SEC, por su sigla en inglés), temía que el capitalismo nunca se recuperara de la Gran Depresión si los manipuladores y defraudadores eran libres de hacer lo que quisieran. Bajo el mandato de Kennedy, la comisión prohibió muchas de las prácticas que él había explotado para hacer su fortuna, incluyendo la venta al descubierto con información privilegiada.

Musk no tiene esos temores ni esos escrúpulos. Como señaló The Economist en abril, Musk “promueve la idea de que las reglas normales de la inversión no son aplicables. Describe a los guardianes de la competencia leal —reguladores y consejos— como enemigos mezquinos del progreso”. Llama a los funcionarios de la SEC “esos bastardos”.

La probable consecuencia de que Twitter sea ahora propiedad de Musk será una disrupción tanto política como económica. Al declarar que pretende permitir que Donald Trump regrese a la red social, ha dejado clara su oposición a la vigilancia de la información falsa y la desinformación política. Se ha autoproclamado un “absolutista de la libertad de expresión” y ha repetido varias veces que se opone a la censura y la limitará, y que es probable que relaje las reglas de moderación de contenido.

No es poco razonable esperar que un Twitter propiedad de Musk y controlado por él permita, en nombre de la libertad de expresión, tuitear información falsa y desinformación ad infinitum, siempre y cuando desacredite a sus opositores políticos y tanto él como sus aliados se vean aclamados y enriquecidos.

 Musk tiene razón en que debe honrarse y protegerse la “libertad de expresión”. Pero ¿no es hora de que, como pueblo y nación, entablemos un debate público amplio e inclusivo sobre cuándo y cómo la libertad de expresión puede crear “un peligro claro y presente” —como escribió el juez Oliver Wendell Holmes Jr. hace un siglo— y si necesitamos que el gobierno encuentre una manera, a través de la ley, la regulación o la persuasión, de evitar que esto ocurra?

Elon Musk es un producto de su época, pero también de la nuestra. En lugar de debatir o burlarse de su influencia, debemos reconocer que no es el brillante y exitoso empresario por mérito propio que interpreta en los medios de comunicación. Por el contrario, su éxito ha sido impulsado y pagado con el dinero de los contribuyentes y secundado por funcionarios del gobierno que les han permitido a él y a otros empresarios multimillonarios ejercer un control cada vez mayor sobre nuestra economía y nuestra política."                      

(David Nasaw es profesor emérito de historia en el Centro de Posgrado de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, The New York Times, 01/11/22)

5/10/22

Biden pondrá en marcha la denominada Junta de Gobierno de la Desinformación... la Unión Europea está preparando una Ley de Servicios Digitales destinada a “regular la desinformación y el comportamiento de las grandes plataformas tecnológicas”... supondrá dar licencia a redes sociales y gobiernos para censurar contenidos si los consideran dañinos, aunque esos contenidos no sean ilegales... Otra herramienta de la UE es la denominada Media Intelligence Unite, una plataforma que monitoriza hasta 6.000 medios de comunicación para analizar cómo hablan de la UE... se trata de destinar los recursos públicos de la UE a hablar en positivo de la UE... estas dos iniciativas de Estados Unidos y de la Unión Europea tiene como objetivo intentar enfrentar relatos críticos de ciudadanos europeos organizados, de países extranjeros o de gobiernos europeos díscolos... Eso solo tiene un nombre: censura

 "Algo se mueve a los dos lados del Atlántico en asuntos de medidas gubernamentales sobre la información.

El jefe del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Alejandro Mayorkas, reveló durante una audiencia en el Congreso, el 27 de abril, que el gobierno de Joe Biden pondrá en marcha la denominada Junta de Gobierno de la Desinformación. Ante la pregunta de un congresista afirmó: “Acabamos de establecer una junta de gobierno de desinformación en el Departamento de Seguridad Nacional para combatir de manera más efectiva esta amenaza, no solo para la seguridad electoral sino también para nuestra seguridad nacional”, respondió Mayorkas, y señaló que la nueva junta también se centrará en detener la propagación de desinformación en las comunidades minoritarias.

“La difusión de desinformación puede afectar a la seguridad fronteriza, la seguridad de los estadounidenses durante los desastres y la confianza pública en nuestras instituciones democráticas”, dijo el departamento en un comunicado, sin aceptar la petición de entrevista de The Associated Press.
Según AP, la nueva junta -y aquí está la clave de su creación- “también monitoreará y se preparará para las amenazas de desinformación rusas a medida que se acercan las elecciones intermedias de este año y el Kremlin continúa con una agresiva campaña de desinformación en torno a la guerra en Ucrania. Rusia ha lanzado repetidamente campañas de desinformación dirigidas a las audiencias de EE.UU.”. “Más recientemente -añade AP-, los medios de comunicación estatales rusos, las cuentas de las redes sociales y los funcionarios han utilizado Internet para llamar falsos a fotografías, informes y vídeos de cadáveres y edificios bombardeados en Ucrania”.

Basta observar quién será la directora de la Junta de Gobernanza de Desinformación. Se llama Nina Jankowicz y, aunque es estadounidense, viene de ser asesora del Ministerio de Relaciones Exteriores de Ucrania sobre comunicaciones estratégicas bajo los auspicios de una beca de política pública Fulbright-Clinton, creada por el Departamento de Estado. Anteriormente fue becaria en el Centro Wilson y supervisó los programas de Rusia y Bielorrusia en el Instituto Nacional Demócrata.

Para ser la nueva responsable de la lucha contra la desinformación, Jankowicz ya sembró un bulo apoyando la idea de que la controvertida historia de la computadora portátil del hijo de Joe Bien, -donde aparecía información y vídeos con drogas, negocios turbios y prostitutas-, formaba parte de una campaña de desinformación llevada a cabo por Rusia. Finalmente, los propios medios que acusaban a Rusia, algunos de ellos de tendencia demócrata, terminaron reconociendo la veracidad del contenido del ordenador.

ENTRE LA DESINFORMACIÓN Y LA CENSURA ATACAN A LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Mientras se cuece esto en Estados Unidos, en la Unión Europea se está preparando una Ley de Servicios Digitales destinada a “regular la desinformación y el comportamiento de las grandes plataformas tecnológicas”, que entrará en vigor en 2024.

Quizá lo más polémico es que la nueva legislación también quiere poder solicitar a las redes sociales eliminar directamente el contenido que consideren desinformante, y obligar a estas redes a permitir que sean también los usuarios los que marquen un contenido como ilegal, dañino o desinformante. Es decir, que ese señalamiento sea vinculante, de modo que las plataformas estén obligadas a eliminar este contenido. Pero, como señalaron algunos expertos a Efe, esto supondrá dar licencia a redes sociales y gobiernos para censurar contenidos si los consideran dañinos, aunque esos contenidos no sean ilegales, y han advertido de que es un ataque a la línea de flotación de la libertad de expresión en Europa.

Lo mismo sucede con la posibilidad que contempla la ley de adoptar «medidas especiales» en tiempos de crisis (como una amenaza para la salud o para la seguridad). Eso solo tiene un nombre: censura.

Como no conocemos todavía ningún borrador de esa iniciativa legal, podemos intentar vislumbrar su intención en base a la experiencia de la actividad institucional de la UE en cuanto al manejo de la información. Por ejemplo, hasta ahora el Parlamento Europeo busca contrarrestar las narrativas contrarias a sus instituciones lanzando información positiva sobre ellas y apoyando a periodistas y ‘fact-checkers’ para que verifiquen y desmientan los bulos lanzados por sus rivales. En un entorno en el que la realidad es cada vez más cuestionada, los esfuerzos de Bruselas se centran en promocionar sus valores y revertir el interés de potencias extranjeras en consolidarse como sistema predominante. Así lo reconoce Jesús Carmona, director de medios del Parlamento Europeo. Pero eso no es ninguna garantía de veracidad ni de pluralidad, es simplemente movilizarse para intentar que tu relato se imponga.

CONTROLAR EL RELATO DESDE LAS INSTITUCIONES

Otra herramienta de la UE es la denominada Media Intelligence Unite, una plataforma que monitoriza hasta 6.000 medios de comunicación para analizar cómo hablan de la UE. Los informes que realizan son de consumo interno y sirven para asesorar a la Comisión Europea (CE), detectar la proliferación de narrativas contrarias y actuar. “Ese rastreo de noticias nos permite hacer correcciones y hablar de la UE en positivo”, explica Paula Fernández Hervás, jefa de la unidad. “Si no estamos dejando vía libre a quienes solo mencionan lo negativo”. Bien claro lo está diciendo, no se trata de tener un ciudadano europeo mejor informado, con más pluralidad y más capacidad crítica, sino de destinar los recursos públicos de la UE a hablar en positivo de la UE.

En conclusión, todo parece indicar que estas dos últimas iniciativas de Estados Unidos y de la Unión Europea no están preocupadas por un ciudadano más y mejor informado, ni tampoco por crear mecanismos de vigilancia de la veracidad de la información. Su único objetivo es intentar enfrentar relatos críticos de ciudadanos europeos organizados, de países extranjeros o de gobiernos europeos díscolos. Pero la mentira y la desinformación puede estar en todas las posiciones políticas, en las que apoyan el relato oficial de la UE y en las que lo critican, en los países líderes de las políticas europeas, en las declaraciones de un portavoz de la Comisión Europea o del Departamento de Estado o en las de un representante de las potencias competidoras de la UE y EEUU por mercados o recursos. Y, por supuesto, pueden estar en las redes sociales y en un medio de comunicación extranjero, pero también en un medio mayoritario y “prestigioso” occidental, y hasta en el gabinete de prensa de un gobernante europeo o estadounidense.

Si las medidas legales que se están gestando y los departamentos que se crean solo piensan en la mentira foránea y del crítico es que solo traman censura y propaganda."                 (Pascual Serrano, Mundo Obrero, 17/07/22)