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16/10/22

Reencuentro con la patria... amo la convivencia amable de este pedazo de tierra y ojalá vayamos exportándola y no destruyéndola; mejorándola de la única manera posible... En mi país, que está hecho de las personas que me rodean, hay gente de muchos sitios que es muy bienvenida... Entiendo el amor a mi país como el amor a sus personas, lo que en hechos se traduce en pretender menos desigualdad y ayudar a mejorar a los que les va peor, mientras asumimos que la desigualdad brutal es pura injusticia... Y sí, tenemos cierta superioridad moral; la que da creer en la justicia social más que en la caridad, en cuidar cada vida nacida más que en andar imponiendo vidas ni nacidas ni deseadas, en defender la libertad de la buena – la de conquistar derechos sin imponérselos a nadie–, en definitiva, la que da creer más en lo mejor de lo que somos capaces... Esa es mi patria

 "El jueves pasado, con la resaca de la mal llamada Fiesta Nacional –en vez de Fiesta del Imperio Que No Volverá–, me encontré con un reencuentro con la patria, con esa que deberíamos celebrar el día de la Constitución, en vez seguir celebrándola el día de la Raza.

Una señora de unos sesenta años, elegante, clase más alta que media, con una carpeta de Endesa entre las manos, me dio conversación en el andén de una estación de Cercanías del Madrid más rico, en uno de los pueblos más prósperos de España.

Hacía más de treinta años, me dijo, que no usaba el transporte público. Estaba encantada de cómo los trabajadores de Renfe la habían ayudado a comprarse el bono, a orientarse entre las vías; de cómo la aplicación, que miraba en su teléfono insistentemente, le avisaba minuto a minuto de la puntualidad del tren que esperaba. Todavía no se atrevía a bajar a Madrid, ni hablar de subirse al metro, decía. Pero ir en tren al trabajo le parecía un ahorro de gasolina y de esfuerzo. "Así podré leer o mirar el campo", me contaba. "Y si me pierdo, pregunto y si no sé, aprendo", añadía.

Fue esperanzador verla con tantas ganas de redescubrir, sin miedo, consciente de su pequeña hazaña, que para mí justifica la gratuidad para todos de los trenes de Cercanías. Así como la gasolina subvencionada ayuda más a los ricos que a los que más lo necesitan, la subvención al transporte público es al revés y empuja a los más pudientes a mezclarse con el resto.

Sin embargo, esta pionera parlanchina tan simpática no lo pensó. No se dio cuenta de que, quizá, lo mejor de su aventura recién estrenada era que iba a mezclarse con la patria, a mirarse cara a cara aunque sea a hurtadillas, a respirar el mismo aire, a ponerse en manos del mismo maquinista, a entregarse al sistema un poco, a compartir suerte un rato, a ser sociedad en el mismo tiempo y espacio. No es igual verse de coche a coche en una autopista. No es lo mismo creerse dueño único de un destino propio.

 Hace tiempo que descubrí que para mí la patria es un vagón de tren o de metro a la hora de volver a casa, donde se juntan nuestros cansancios, nuestras historias, donde nos contamos tanto sin decirnos nada. Dicen los expertos que solo el 17% de lo que comunicamos lo hacemos con palabras. En los trayectos de transporte público, aún sin querer, nos lo contamos todo, lo llevamos escrito en los cuerpos y en las caras, incluso con las máscaras.

El hormiguero gigante que son los túneles del metro en hora punta, esa magia que hace que todo funcione, que no nos choquemos, que los ríos de gente confluyan, mientras se juntan y se cruzan nuestras alegrías y nuestras desgracias, nuestras fuerzas y nuestras debilidades, nuestro ánimo y nuestra desesperanza. Esa es mi patria.

Lo supe después de un año de baja, cuidando a mi pequeño, encerrada entre gugús y tatas. Fue subirme al alba al autobús lleno y emocionarme hasta las lágrimas. Me llevaba a la vorágine, entre el amanecer y el atasco de cada mañana, arrancaba mi periplo en el hormiguero hasta ganarme el jornal, como toda esa gente que me acompaña y me arropa, compañeros de tiempo, compañeros de vida. Aquel día me hice consciente de golpe de que quiero a todos esos que se buscan la vida, como yo, o con muchas más dificultades, e intentan encontrarla y a veces no lo consiguen o se pierden y que todos necesitamos cosas parecidas y que todos podemos tropezar y tropezamos.

 Es decir, que amo la convivencia amable de este pedazo de tierra y ojalá vayamos exportándola y no destruyéndola; mejorándola de la única manera posible.

En mi país, que está hecho de las personas que me rodean, hay gente de muchos sitios que es muy bienvenida. Lo es quien cuida de mis padres, de mi casa, de mi hijo, quien me arregla las cañerías y me trae los paquetes y me pone el café, con esa simpatía y buen hacer que me dan la vida, y cuyos hijos estudian con el mío, en el mismo colegio y se curan con los mismos médicos, mientras aspiran juntos a hacer grandes o pequeñas cosas, a tener un futuro.

Entiendo el amor a mi país como el amor a sus personas, lo que en hechos se traduce en pretender menos desigualdad y ayudar a mejorar a los que les va peor, mientras asumimos que la desigualdad brutal es pura injusticia. Y, ante el escudo social desplegado por este Gobierno (ERTES, IMV, subida SMI, pensiones al IPC, bonos eléctricos sociales, becas, ayudas al transporte, etc.), aún con todos sus errores y sus insuficiencias, puedo decir que la patria hoy está gobernada más por los que piensan como yo, por los que la reconocen en su convivencia más que en sus banderas. Así que, si tiene que ser de alguien, hoy es más nuestra que suya.

Y sí, tenemos cierta superioridad moral; la que da creer en la justicia social más que en la caridad, en cuidar cada vida nacida más que en andar imponiendo vidas ni nacidas ni deseadas, en defender la libertad de la buena – la de conquistar derechos sin imponérselos a nadie–, en definitiva, la que da creer más en lo mejor de lo que somos capaces."                   (Marta Nebor, Público, 16/10/22)

13/10/22

La España es la que sienten los emigrantes que vuelven, que a pesar de todo, quieren volver... es por la calidad de las relaciones humanas (aunque ya en proceso de desaparición)... Mi relación con España tiene mucho más que ver con la experiencia de haberme ido a estudiar fuera y haber vuelto que con cualquier tipo de estrategia política: puede ser que no haya forma más poderosa de acercarse a una patria que a través de la desposesión que implica tener que irse lejos... Es, y también les pasa a algunas amigas, a algunas interlocutoras, una relación turbulenta, intensa, íntima, y no envidio la asepsia de quienes no sienten nada por su país. Yo no puedo renunciar, ni a la hora de pensar la política ni en ningún otro momento, a esa dimensión de mí misma y de mi identidad, que me lleva a sentirme española y sentir lo español como mío. Tuve, claro, que irme y abandonarlo para darme cuenta... Todo lo que tiene que ver con la patria no es para mí un arma arrojadiza, menos una estrategia; es un tema, una preocupación, una relación afectiva, un debate... España es lo que odia la derecha, es un país abierto a la diversidad, con un movimiento feminista fortísimo.

 "Se acerca la mal escogida fecha de nuestra Fiesta Nacional. Siempre hay quien, cuando alguien de izquierdas habla de España, responde diciendo que ese proceso de «reapropiación» o «resignificación» (¿qué necesidad hay de usar esos palabros?) ya demostró su fracaso. No es baladí: en esa respuesta subyace la consideración según la cual la patria se mide por su valor como estrategia política. Se mezclan absurdos y cosas inconexas para sugerir que algunos llevamos dando la turra con una idea ayer, ahora y siempre inútil. Alguno, en sus pensamientos, nos mira por encima del hombro: ¿no se cansan? O, aún peor: ¿no se dan cuenta de su ridículo?

En su mitin en el festival ultraderechista que ha organizado Vox estos días, en el cual tampoco se cansaban de su ridículo, Abascal, en camisa azul y con un discurso más falangista que nunca (¡elogiando entre brazos alzados a Primo de Rivera!), recriminaba a la izquierda su despreocupación por la patria. Ríos de tinta han corrido ya sobre cómo la derecha se ha apropiado la bandera, sus símbolos, hasta su país; no es mi intención repetirlos. No es tanto que la izquierda se haya despreocupado, sino que ha renunciado a una parte de esa batalla. Y, cuando la ha dado, la ha dado de forma equivocada.

 Uno de los problemas de la cultura política de izquierdas en los últimos tiempos ha sido su sometimiento a las estrategias de comunicación y a la instrumentalización de los conceptos. Las ideas no se medían exactamente por sus efectos, sino que sólo eran tomadas en la medida en que podían ser funcionales para un objetivo. Cuando partidos como Podemos han coqueteado con la noción de patria han parecido hacerlo cuando pensaban que esa noción podía servirles para cosechar mejores resultados electorales; la coherencia del pensamiento político quedaba sometida a la utilidad cortoplacista, en ciclos muy cortos; el pensamiento quedaba convertido en mensajes, eslóganes y argumentario.

 Pero hay conceptos que no admiten ese tipo de vaivenes. En el caso de la noción de patria, cualquier uso interesado carente de compromiso duradero iba a ser visto tarde o temprano como el uso deshonesto de veletas políticas; la patria deja de ser una noción operativa cuando se convierte en algo a lo que se puede temporalmente renunciar en pos de unos resultados un poco mejores, es decir, cuando no existe una vinculación afectiva y real con el concepto que se está utilizando.

Mi relación con España tiene mucho más que ver con la experiencia de haberme ido a estudiar fuera y haber vuelto que con cualquier tipo de estrategia política: puede ser que no haya forma más poderosa de acercarse a una patria que a través de la desposesión que implica tener que irse lejos. Es, y también les pasa a algunas amigas, a algunas interlocutoras, una relación turbulenta, intensa, íntima, y no envidio la asepsia de quienes no sienten nada por su país. Yo no puedo renunciar, ni a la hora de pensar la política ni en ningún otro momento, a esa dimensión de mí misma y de mi identidad, que me lleva a sentirme española y sentir lo español como mío. Tuve, claro, que irme y abandonarlo para darme cuenta.

Me siento, del mismo modo, extraordinariamente lejos de aquellos para quienes la complicada relación de la izquierda con España sólo les interesa si les sirve como instrumento de acoso y derribo contra la izquierda que a ellos no les gusta. Insisto en esto otro: no me interesa la rojigualda porque envolverse en ella dé más o menos votos, porque ni siquiera participo de la dinámica electoral partidista. Por eso celebré también este año cuando el Ministerio de Igualdad lanzó su campaña "Orgullo de País", declarando el "orgullo de una España diversa e inclusiva". Todo lo que tiene que ver con la patria no es para mí un arma arrojadiza, menos una estrategia; es un tema, una preocupación, una relación afectiva, un debate. Y no se trata de una cuestión simple o que se resuelva de un plumazo, como algunos querrían verla; si en ello otros ven un defecto, en esa riqueza del disenso percibo una virtud.

Hay una parte de la izquierda que vive esperando a que su país sea lo suficientemente bueno para ellos antes de abrazarlo. Lo que no comprenden es que nunca va a serlo, igual que su país jamás será lo bastante reaccionario como para aquellos del bando opuesto. La ausencia de vergüenza de la derecha a la hora de considerarse a sí mismos los genuinos representantes de su patria sí que es estratégica: ellos obvian a la hora de definir España que España también es lo que odian, un país abierto a la diversidad, con un movimiento feminista fortísimo.

Su estrategia parece fortísima en tanto que nos han convencido de que España son ellos, o el 12 de octubre, o los ultras, el resentimiento, el desprecio. La relación de la izquierda con España no tendrá salida hasta que salgamos de ese engaño. No nos han robado un país, porque nuestro país sigue siendo el que es: si nos sentimos expropiados, pues, tendrá algo que ver con que estemos dejando que nos lo roben. Ahí, de golpe, la responsabilidad se vuelve nuestra."                     (Elizabeth Duval, Público, 10/10/22)

11/8/22

A menudo me preguntan por qué Europa nos permitió a los griegos entrar primero en el mercado común y después en el euro. La respuesta correcta suena hoy improbable: porque, en 1979 el Estado griego tenía uno de los niveles de deuda pública más bajos de Europa y sus ciudadanos casi ninguno. Sí, éramos un pueblo pobre, pero nos las arreglábamos con nuestros modestos medios... Incluso en 1999, justo antes de ser admitidos en el euro, apenas ningún griego tenía una hipoteca, y mucho menos una tarjeta de crédito... Sin embargo, para entrar en Europa tuvimos que reducir nuestras barreras comerciales y, más tarde, desmantelar todos los controles de capital... Inmediatamente, un tsunami de importaciones, dinero y préstamos salió del norte de Europa hacia Grecia. No es que nos resistiéramos a ello, hambrientos como estábamos de los adornos materiales de la modernidad. Antes de que nos diéramos cuenta, nuestras fábricas se cerraron (y se convirtieron en almacenes para las lavadoras y los frigoríficos importados que antes se fabricaban aquí)... Era sólo cuestión de tiempo que la burbuja bancaria y de la deuda mundial estallara... los que habían insistido en que tomáramos prestadas montañas de su dinero -para que pudiéramos comprar sus coches, lavadoras y alta costura- no dudaron en llamarnos con todo tipo de nombres que no son dignos de publicarse aquí... nuestra dignidad y nuestra filotimia se desgarraron... así que respondemos a las estúpidas preguntas de las encuestas con un falso orgullo. Por supuesto, sabemos que es falso, pero, de nuevo, el orgullo falso es el último recurso para aquellos que han perdido el verdadero

 "Los griegos tenemos fama de ser nacionalistas insufribles, la mayoría de los cuales cree sinceramente que la cultura griega es superior a la de otras naciones y pueblos. En una reciente encuesta de Pew, incluso se nos ha calificado como los europeos más chovinistas desde el punto de vista cultural. A riesgo de confirmar ese estereotipo, lo achacaré a... los extranjeros, con su inmoderada alabanza de la cultura griega y su superficial lectura de sus propias y tontas encuestas. (...)

Pero pregúntenos a nosotros, los griegos, sobre la cultura griega moderna y obtendrá una respuesta muy diferente. Por supuesto, tenemos nuestra cuota de ultranacionalistas chiflados, algunos de los cuales creen que el darwinismo se aplica a todos los humanos excepto a los griegos, que provienen de algún gen divino extraterrestre. Sin embargo, la gran mayoría de mis compatriotas piensa muy poco en nuestra cultura, formas y comportamientos contemporáneos. La última década, sobre todo desde nuestra bancarrota total, nos ha dejado tambaleantes, inseguros y rozando el autodesprecio.

Sí, todavía apreciamos los brillantes éxitos de los griegos que abandonaron Grecia en busca de una vida mejor en otro lugar. Sí, celebramos alguna que otra victoria deportiva y apreciamos la belleza de la tierra, el mar y el medio ambiente de Grecia. Sí, mantenemos cierto orgullo por conceptos exclusivamente griegos como la filotimia, una inclinación a actuar de forma digna simplemente porque sí. Pero al mismo tiempo, tememos que estas cualidades, naturales y espirituales, se hayan diluido terriblemente en las últimas décadas; en parte porque las hemos descuidado y canibalizado (nuestra monstruosa inversión en turismo, por ejemplo), y en parte por una Unión Europea que nos ha ayudado a perder el rumbo. (...)

Cuando Giscard d'Estaing pronunció su discurso de 1979, un año antes de que el norte de Europa nos admitiera formalmente en la UE, la mayoría de los griegos se alegraron. Por desgracia, pronto nos dimos cuenta de que la pérdida general de dignidad era el alto precio que acabaríamos pagando por ese privilegio. A menudo me preguntan por qué Europa nos permitió a los griegos entrar primero en el mercado común y después en el euro. La respuesta correcta suena hoy improbable: porque, en 1979, cuando Giscard se explayaba sobre la civilización griega, el Estado griego tenía uno de los niveles de deuda pública más bajos de Europa y sus ciudadanos casi ninguno. Sí, éramos un pueblo pobre, pero nos las arreglábamos con nuestros modestos medios, viviendo y respirando paradigmas de parsimonia. Eso es lo que aportamos a la UE: un bajo nivel de deuda y altos niveles de propiedad de la vivienda, una combinación que era el sueño húmedo de los banqueros occidentales.

Incluso en 1999, justo antes de ser admitidos en el euro, apenas ningún griego tenía una hipoteca, y mucho menos una tarjeta de crédito. Sin embargo, para entrar en Europa tuvimos que reducir nuestras barreras comerciales y, más tarde, desmantelar todos los controles de capital. Inmediatamente, un tsunami de importaciones, dinero y préstamos salió del norte de Europa hacia Grecia. No es que nos resistiéramos a ello, hambrientos como estábamos de los adornos materiales de la modernidad. Antes de que nos diéramos cuenta, nuestras fábricas se cerraron (y se convirtieron en almacenes para las lavadoras y los frigoríficos importados que antes se fabricaban aquí); nuestras cuentas bancarias pasaron de estar en negro a estar en rojo intenso; nuestra dignidad y nuestra filotimia se desgarraron.

Era sólo cuestión de tiempo que la burbuja bancaria y de la deuda mundial estallara, antes de que los mismos europeos y estadounidenses que una vez nos elogiaron como los pilares de la civilización occidental se volvieran contra nosotros. Ignorando convenientemente que habían insistido en que tomáramos prestadas montañas de su dinero -para que pudiéramos comprar sus coches, lavadoras y alta costura- no dudaron en llamarnos con todo tipo de nombres que no son dignos de publicarse aquí.

Peor aún, en voz baja, nos llamamos a nosotros mismos con nombres similares. Cuando hablamos entre nosotros, no tenemos reparos en ser muy autocríticos, a menudo rozando el odio a nosotros mismos. Ningún griego que conozca estaría, por ejemplo, en desacuerdo con David Holden, el periodista del Times que en 1972 describió a Grecia como "rica en talento y pobre en recursos, desarrollada en sus gustos y subdesarrollada en sus capacidades". Y así, en parte por una falsa dedicación a no decepcionar a los que hablan de la civilización griega, y en parte por nuestro enfado con nosotros mismos y con una Europa que nos llevó por el mal camino antes de tratarnos como ganado que perdió su precio en el mercado, respondemos a las estúpidas preguntas de las encuestas con un falso orgullo. Por supuesto, sabemos que es falso - pero, de nuevo, el orgullo falso es el último recurso para aquellos que han perdido el verdadero."    
             (Yanis Varoufakis, UnHerd, 05/08/22)

18/9/18

Cabe pensar un nuevo patriotismo democrático que articule el orden en clave no reaccionaria, que ofrezca seguridad, bienestar, pertenencia y protección

"(...) Se ha señalado que vivimos, especialmente en Europa del Sur, un “momento populista” como resultado de un creciente sentimiento de abandono y desprotección frente a las élites cosmopolitas. (...)

Nancy Fraser apuntaba que las fuerzas emergentes populistas son una respuesta a “una crisis hegemónica de la forma específica de capitalismo en la que vivimos: globalizante, neoliberal y financiarizada”. 

Esta forma se sustenta en un bloque político que ella denomina “neoliberalismo progresista”, que combina políticas económicas regresivas –desreguladoras, liberalizadoras– con políticas de reconocimiento aparentemente progresistas y que usa como coartada –“comprensión liberal del multiculturalismo, el ecologismo y los derechos de mujeres y LGBTQ”–. 

De este modo, mientras desposee a trabajadores, campesinos o precariado urbano, logra presentarse como un neoliberalismo cosmopolita, emancipatorio y progresista frente a unas supuestamente provincianas y retrógradas clases populares. 

Construcciones políticas recientes de signo muy diverso tienen algo en común: frente a ese bloque neoliberal, tratan de refundar el lazo social y (re)contruir un pueblo. Redefinir, pues, un sentido de patria.   (...)

El pacto social, en una palabra, está roto. En este escenario de desequilibrio global, miseria de los desfavorecidos y precarización de los favorecidos, emerge un estado de ánimo: un desencanto generalizado como temple existencial de la época. (...)

O desorden, o fundación de un Ordine Nuovo: esa es la única disyuntiva. (...)

¿A qué retos deberían dar respuesta las fuerzas democráticas que pretendan hoy reconstruir una patria, un nuevo consenso social? Éste es el reto para la política que viene.

Algunas flechas  

No habrá cambio sin un horizonte capaz de articular una mayoría nueva, una nueva voluntad general: pero para ello se requiere un “liderazgo  intelectual y moral” (Gramsci) capaz de integrar las razones del otro. 

Una nueva centralidad, que habría que pensar no como tibia equidistancia, mitad entre dos extremos dados que lo preceden; sino como un nuevo centro de gravedad que desplaza y reagrupa el campo entero en torno a sí, en posiciones definidas desde ese centro. Esto es re-fundar la totalidad: al contrario que un partido, una nación siempre es un todo, decía Gramsci. (...)

Patriotismo no es derecha etnocentrista; Democracia no es izquierda cosmopolita.

Así, el nuevo patriotismo es soberano: construye un pueblo donde lo nacional y lo popular coinciden. Construye una democracia soberana que da voz a una voluntad general constituida como sujeto político y que no quiere plegarse a la globocracia de la gobernanza neoliberal. Construye, en fin, una comunidad de pertenencia frente a los poderes salvajes del libre mercado. 

Esta comunidad es cuidado de lo común, y ello significa: feminista, ecologista y no xenófoba. (...)

Ofrece sentido colectivo frente a las angustias y miedos del desierto neoliberal, pero se posiciona firmemente contra a la xenofobia y la cobarde victimización del débil, recordando que Occidente es una trituradora de identidades colectivas a lo largo y ancho del globo, y que parte de los conflictos contemporáneos emergen de que pueblos tratan de recomponer sus cualidades cómo y dónde pueden.

Defiende la soberanía cultural de los pueblos y la reconstrucción ecologista del vínculo con el medio ambiente, frente a un universalismo abstracto que no se ha realizado como Bien universal, sino como espacio descualificado, hipnótico, glacial, uniforme cuyo sujeto es un ser narcisista y desarraigado: el consumidor contemporáneo.

Estas últimas décadas nos enseñan que una sociedad que ofrece individualidades puras, separadas de todo mito o pulsión comunitaria, es una fábrica de consumidores de antidepresivos, de adictos a una sexualidad auto-referencial y cosificadora, de buscadores frenéticos de pertenenencia sólida que son carne de cañón para formas políticas extremistas y ultras, como agudamente retratan las novelas de Houellebecq.

 Reducir al ser humano un individuo atomizado sería desmovilizar el potencial de pertenecer a una “comunidad de trascendencia” (Errejón). (...)

La única salida al nihilismo neoliberal será suscitar un nuevo interés por una empresa colectiva, por una nueva totalidad: refundar el lazo comunitario y cobrar conciencia de unidad de destino en una patria común frente al desarraigo global. 

Desde esta coyuntura, cabe pensar un nuevo patriotismo democrático que articule el orden en clave no reaccionaria, que ofrezca seguridad, bienestar, pertenencia y protección.(...)"               (Clara Ramas, CTXT, 14/09/18)