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28/6/22

"Europa está en peligro": la protección de las relativas islas del bienestar que aún subsisten constituye un momento central de las estrategias imperialistas, reforzando las medidas securitarias y de control que alimentan un autoritarismo en auge... Un autoritarismo de la escasez que conecta con la subjetividad del no hay suficiente para todos que décadas de shock neoliberal han construido entre grandes capas de la población... Ante la falta de amenazas militares tradicionales que justificasen mayores gastos en defensa, la securitización de las fronteras exteriores de la UE se había convertido durante todos estos años en una mina de oro para la industria de defensa europea... lo más parecido a un ejército europeo que hasta ahora ha tenido la UE ha sido Frontex, la agencia que se encarga de administrar el sistema europeo de vigilancia de las fronteras exteriores como si de un frente militar se tratase... Al imaginario de invasiones bárbaras de la Europa Fortaleza y su deriva autoritaria, ahora hay que sumarle el peligro del nuevo imperialismo ruso... La invasión de Ucrania se está convirtiendo en un trauma que promete reconfigurar el futuro de Europa... Un shock político similar al que sufrió EE UU tras el ataque yihadista del 11-S o la propia Europa tras la caída del muro de Berlín... emerge una nueva Europa, que por desgracia tiene mucho que ver con la consecución de los viejos anhelos de las élites europeas

 "(...) Borrell había presentado el Plan Estratégico para la Defensa Europa, afirmando que "Europa está en peligro". Hasta ahora ese peligro parecía provenir fundamentalmente de los flujos migratorios que han sido abordados desde la securitización de las fronteras de la Europa Fortaleza.

Una dinámica que, como define Tomasz Konicz, es consustancial al imperialismo de crisis del siglo XXI, que ya no solo es un fenómeno de saqueo de recursos, sino que también se esfuerza por aislar herméticamente los centros de la humanidad superflua que el sistema produce en su agonía. De modo que la protección de las relativas islas del bienestar que aún subsisten constituye un momento central de las estrategias imperialistas, reforzando las medidas securitarias y de control que alimentan un autoritarismo en auge (Konicz, 2017: 187-188). Una buena muestra de ello es el endurecimiento de las leyes migratorias de la UE en las últimas décadas.

 Un autoritarismo de la escasez que conecta perfectamente con la subjetividad del no hay suficiente para todos que décadas de shock neoliberal han construido entre grandes capas de la población. Este sentimiento de escasez está en el tuétano de la xenofobia del chovinismo del bienestar que conecta perfectamente con el auge del autoritarismo neoliberal del sálvese quien pueda en la guerra de los últimos contra los penúltimos.

 Ante la falta de amenazas militares tradicionales que justificasen mayores gastos en defensa, la securitización de las fronteras 2/ exteriores de la UE se había convertido durante todos estos años en una mina de oro para la industria de defensa europea. Se trata de las mismas compañías de defensa y seguridad que se lucran vendiendo armas a la región de Oriente Medio y África, alimentando los conflictos que son la causa de la que huyen muchas de las personas que llegan a Europa buscando refugio. Las mismas empresas que luego proporcionan el equipamiento a los guardias fronterizos, la tecnología de vigilancia para monitorizar las fronteras y la infraestructura tecnológica para realizar el seguimiento de los movimientos de población. Todo un “negocio de la xenofobia” en palabras de la investigadora francesa Claire Rodier. Un negocio que, dada su opacidad y márgenes difusos, cuenta con cada vez más partidas presupuestarias en la UE disfrazadas de ayuda al desarrollo o de “promoción de buena vecindad”. De hecho, podríamos decir que lo más parecido a un ejército europeo que hasta ahora ha tenido la UE ha sido Frontex, la agencia que se encarga de administrar el sistema europeo de vigilancia de las fronteras exteriores como si de un frente militar se tratase.

 

La propia Frontex señaló el año pasado a Bielorrusia por permitir los cruces ilegales de frontera a Polonia y Lituania, acusándola de utilizar los flujos migratorios como “arma política” con la intención de desestabilizar a la UE. Una estrategia que analistas del Centro de Excelencia de Amenazas Híbridas de la UE y la OTAN no dudaron en titular como parte de las llamadas guerras híbridas. Incluso se ha llegado a dar un importante debate en el seno de la Alianza Atlántica sobre si este tipo de actos híbridos pueden invocar el artículo 5 de la OTAN, que estipula la defensa mutua. No sabemos cómo ni hasta qué punto terminó ese debate en el marco de la OTAN, lo que sí ha sucedido es que la Alianza Atlántica mandó diversos batallones disuasorios a cada país báltico (Estonia, Letonia, Lituania) además de a Polonia, mientras los países de la UE comenzaron la construcción de nuevas vallas fronterizas de concertinas en los cientos de kilómetros de la frontera comunitaria con Bielorrusia.

Al imaginario de invasiones bárbaras 3/ de la Europa Fortaleza y su deriva autoritaria, ahora hay que sumarle el peligro del nuevo imperialismo ruso. La coartada perfecta sobre la que construir el nuevo proyecto neo-militarista europeo que refuerce aún más el neoliberalismo autoritario europeo. Nada cohesiona y legitima más que un buen enemigo externo. “Europa está hoy más unida que nunca” es el nuevo mantra en los pasillos de Bruselas. Un mantra que se repite para alejar los fantasmas de crisis recientes y proyectar hacia el exterior que Europa vuelve a tener un proyecto político común.

Una Europa en crisis en busca de un proyecto común

Desde las sendas derrotas en referéndum del proyecto de Constitución Europea en Francia y Países Bajos, la UE perdió el horizonte de un proyecto de unidad política. El sueño federalista de un Estado europeo parecía desvanecerse. El rechazo popular al modelo de integración europea no solo fue desoído desde las instituciones y élites europeas, sino que, por el contrario, se aceleró el paso de las reformas estructurales con la máxima de mejor decretar que preguntar. En ausencia de una constitución política, se ahondó en el constitucionalismo de mercado en el conjunto de las normas comunitarias, destacando el Tratado de Lisboa que, aunque no tiene formalmente el carácter de una Constitución, se erigió como un acuerdo entre Estados con rango constitucional. Una especie de Constitución económica neoliberal que consagra las famosas reglas de oro: estabilidad monetaria, equilibrio presupuestario, competencia libre y no falseada.

Así, como sostiene Pierre Dardot:

“En ausencia de un Estado europeo, existe una expresión concentrada del constitucionalismo de mercado en el conjunto de las llamadas normas comunitarias que prevalecen sobre el derecho estatal nacional. La ecuación que se impone es la misma que la que formuló Hayek en su tiempo: primacía del derecho privado, garantizada por un poder fuerte. Esta primacía está consagrada en los tratados europeos; el poder fuerte encargado de velar por el respeto de esta primacía lo encarnan diversos órganos que se complementan, como el Tribunal de Justicia, el Banco Central Europeo (BCE), los Consejos interestatales (de jefes de Estado y de ministros) y la Comisión 4/.”

Órganos a los que tendríamos que sumar el Eurogrupo, que en la crisis de la deuda griega jugó un papel fundamental. Mecanismos de decisión institucionales no sometidos a ningún control democrático a escala supranacional, en donde el Parlamento Europeo no deja de ser un mero maquillaje.

Con todo, la ausencia de un proyecto político europeo más allá del rebuscado máximo beneficio de los mercados, de la constitucionalización del neoliberalismo y de la consagración de un modelo de autoridad burocrática protegida de la voluntad popular, ha ido erosionando poco a poco el apoyo social a la UE. Un proceso acelerado a raíz del encadenamiento de crisis en el seno de la UE que han afectado a su legitimidad e incluso a su propia integridad. Fundamental en este sentido ha sido la radicalización neoliberal del austeritarismo como respuesta a la crisis de 2008 y, sobre todo, sus consecuencias: un brutal aumento de la desigualdad, la aceleración en la destrucción de los restos del Estado del Bienestar y la expulsión de millones de personas trabajadoras de los estándares preestablecidos de ciudadanía. Y, sin embargo, hasta la fecha ha sido el Brexit la crisis que ha golpeado más traumáticamente a la eurocracia bruselense. Por primera vez, la UE no solo no ampliaba el club sino que perdía a uno de sus miembros. Y no a uno cualquiera. Así, la salida del Reino Unido hay que leerla no como una crisis más, sino como el síntoma mórbido de la profunda crisis que sufre la mutación neoliberal del proceso de integración europea. Una ruptura con la UE, hegemonizada desde la derecha, en clave de repliegue nacional y de un mayor acercamiento si cabe a EE UU.

Europa rompe su tabú militar

La dura, larga y no exenta de problemas negociación para aplicar el artículo 50 del Tratado de Lisboa por el que se ejecutaba la separación británica de la UE aumentó la melancolía de unas instituciones europeas que parecían asistir impasibles a su lento desmoronamiento. Pero, a la vez, la salida del Reino Unido del club europeo abría una posibilidad hasta entonces bloqueada por los británicos: la integración militar. En su discurso sobre el estado de la Unión de 2016 5/, con el referéndum del Brexit aún caliente, el ex presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, rompió el tradicional tabú europeo en cuestiones militares para hablar de un fondo de defensa común, un "cuartel general europeo" y una "fuerza militar común" para "complementar a la OTAN". De esta forma se abría paso en los pasillos de Bruselas una vieja aspiración de gran parte de las élites, defendida ardientemente por una Francia necesitada de un ejército europeo que vele por sus intereses neocoloniales en África.

 (...) ya en 2017 esa ya era la gran (y por lo visto única) apuesta estratégica de las élites europeas: la militarización de la UE. Un proyecto ni mucho menos nuevo que se asentaba sobre la lógica de: si ya no podemos ofrecer bienestar y democracia, al menos sí seguridad ante las amenazas que surgen y crecen por todo el mundo. Y, para ello, se empieza a desarrollar la “cooperación reforzada” entre los Estados Miembros que así lo deseen, con el objetivo de crear un Fondo Europeo de Defensa, una industria común militar y armamentística y una mayor coordinación policial y militar para, quién sabe si más temprano o más tarde, ver por fin nacer el tantas veces anunciado ejército europeo. (...)

Un informe reciente del diario francés Le Monde mostró un ejemplo instructivo del efecto de la guerra de Ucrania en la opinión pública y en la financiación de la industria armamentística: citando a Armin Papperger, jefe de Rheinmetall, uno de los principales fabricantes de armas de Alemania que en enero se quejó de la renuncia de los fondos de inversión a colaborar con su empresa, el periódico señalaba cómo el cambio radical de atmósfera ha permitido que el Commerzbank, uno de los principales bancos alemanes, anunciara su decisión de dedicar una parte de sus inversiones a la industria de armamento. Algo impensable hace tan solo unos meses por el impacto que podría tener en la opinión pública. Algo, sin embargo, perfectamente pasable ahora mismo en el contexto de la guerra en Ucrania.

En Francia, donde la presión ciudadana originó una tendencia creciente a la desinversión de la industria de armamento por motivos de responsabilidad ética (especialmente a la luz de la repugnante contribución de las armas occidentales a la destrucción de Yemen por parte del ejército de Arabia Saudí), Guillaume Muesser, director de asuntos de defensa y económicos de la Asociación de la Industria Aeroespacial, explicó a Le Monde que “la invasión de Ucrania ha cambiado el tablero de juego. Demuestra que la guerra sigue en el orden del día, ante nuestras puertas, y que la industria de defensa es muy útil” 7/. 

La militarización de la UE como proyecto de integración

Aunque la propuesta de rescatar el proyecto de integración de la UE en torno a la re-militarización de Europa es un proceso que lleva años en marcha, nadie puede negar que la invasión de Ucrania lo ha acelerado dramáticamente y le ha dado un soporte de legitimidad popular nunca soñado meses antes. Un buen ejemplo de ello es el reciente referéndum en Dinamarca por el que el país escandinavo abandona después de 30 años la cláusula de exclusión voluntaria de las políticas de defensa de la Unión Europea. Esto implica, entre otras cosas, que Dinamarca se convertirá en miembro de pleno derecho de la Política Común de Seguridad y Defensa; que los soldados daneses podrán ser enviados a operaciones militares de la UE si así lo ratifica la mayoría del Parlamento de Dinamarca; y que el Gobierno danés podrá incrementar en 7.000 millones de coronas (unos 940 millones de euros) el gasto en defensa en los dos próximos años. (...)

Por cierto, el aumento del gasto militar hasta el 2% del PIB no es una cifra baladí: ha sido una demanda del gobierno estadounidense a todos sus aliados de la OTAN desde la cumbre de Gales en 2014 y, especialmente, tras la llegada de Trump a la Casa Blanca, quien hizo la suya hasta el punto de amenazar a sus socios europeos con reducir sus aportes a la Alianza Atlántica si no aumentaban sus presupuestos militares hacia ese horizonte. El cambio europeo más drástico ha sido el del Gobierno alemán, que gastará 100.000 millones de euros más en defensa y aumentará el presupuesto por encima del 2% del PIB a partir de 2024. Con ello, Alemania sobrepasará a Reino Unido, que el año pasado fue el segundo país de la OTAN y el tercero del mundo en gasto militar. Un aumento que supone casi el doble del presupuesto de defensa ruso, que en 2020 fue de 55.494,3 millones de euros. (...)

La guerra como doctrina del shock

La invasión de Ucrania se está convirtiendo en un trauma que promete reconfigurar el futuro de Europa. Un cambio de paradigma en la defensa y en su relación con Rusia, su vecino nuclear. Un shock político similar al que sufrió EE UU tras el ataque yihadista del 11-S o la propia Europa tras la caída del muro de Berlín. Un auténtico acontecimiento entendido como una quiebra disruptiva en donde emerge una nueva Europa, que por desgracia tiene mucho que ver con la consecución de los viejos anhelos de las élites europeas. (...)

Pues si la gestión de la pandemia fue la excusa, la guerra de Ucrania se está convirtiendo en una coartada perfecta para aplicar una auténtica doctrina del shock. Porque la UE no solo se está remilitarizando para poder hablar el “lenguaje duro del poder” en un desorden global en donde las disputas por los recursos escasos son cada vez más agudas. También se está acelerando la agresiva agenda comercial europea con el pretexto de la guerra. Porque todo vale cuando estamos en guerra. Un buen ejemplo de ello es lo rápido y fácil con que el maquillaje verde de la UE ha saltado por los aires al decretar la Comisión Europea que el gas y la nuclear pasaban a ser consideradas energías verdes con el pretexto de romper con la dependencia energética rusa.

Estrategias como la recientemente aprobada de la “granja a la mesa”, uno de los pilares del Pacto Verde Europeo, que prometía triplicar la superficie dedicada a la agricultura ecológica, reducir a la mitad los pesticidas y recortar los fertilizantes químicos en la UE en un 20% para 2030, se ha desvanecido en cuestión de semanas. Porque en guerra todo vale (...)

Es innegable que la brutal invasión rusa ha supuesto el inicio de una guerra injusta contra Ucrania, pero no hay que olvidar que el país lleva al menos ocho años inmerso en una guerra civil entre la oligarquía pro-occidental y la pro-rusa con el telón de fondo de una intensa disputa inter-imperialista por el control geopolítico y geoeconómico del país. Esta disputa, aunque localizada fundamentalmente en el este del país, en las regiones de Donetsk y Luhansk, ha costado 14.000 muertes antes de 2022. Que la oligarquía pro-occidental controle el poder en Kiev es fundamental para entender el decidido apoyo material, logístico, económico y político de la Alianza Atlántica al gobierno ucraniano. Como explicó hace poco la vicesecretaria de Estado de EEUU, Victoria Nuland: “Estados Unidos se ha gastado en Ucrania más de 5000 millones de dólares en promover el “cambio de régimen” vía organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación y compra de lealtades. 15/”

La criminal invasión de Ucrania ha sentenciado definitivamente el final de la globalización y sus mecanismos de gobernanza, para volver a una disputa de bloques y áreas de influencia. Una desglobalización, al menos parcial, que lleva años produciéndose y que se ha turboalimentado a raíz de la pandemia de la COVID19 que ha acelerado un descenso de las interconexiones y de la interdependencia de las relaciones mundiales, y que ha engendrado el preludio de un nuevo orden global. En donde la economía mundial globalizada parece estar escindiéndose poco a poco en una especie de regionalización conflictiva y en disputa entre dos principales áreas de influencia: una zona bajo EE UU y otra zona bajo la órbita de China, en donde a su vez conviven con potencias regionales subalternas de uno y otro bloque como son la propia UE y Rusia. Aunque quizás lo más paradigmático de esta desglobalización sea el desplome de los mecanismos multilaterales de gobernanza, especialmente significativo el colapso de la Organización Mundial de Comercio (OMC) (...)"                         (  , Viento Sur, 24 junio 2022)

19/8/20

¿Estuvo la Unión Europea en peligro por la pandemia? Sí, claramente corrió peligro. Tras la gran recesión, la crisis del euro y la crisis refugio podría llegar otra. La ausencia de solidaridad hacia Italia, que buscó otras alianzas fuera de la UE, los cierres de fronteras y la prohibición de compartir material médico marcaron un punto de inflexión hacia una nueva crisis

 "David Perejil (Madrid, 1976) es periodista y analista de Relaciones Internacionales, así como activista de Derechos Humanos. Perejil es editor del libro Europa frente a Europa. Mapa de crisis y vías de escape (Lengua de Trapo, 2020) de reciente publicación.

 Un recorrido desde múltiples perspectivas y autores por la encrucijada en la que se encuentra la Unión Europea en este momento tan especial. Escriben en él Pablo Bustinduy, Santiago Alba Rico, Gabriel Flores, Emma Rose Álvarez Cronin, Itiziar Ruiz-Giménez Arrieta, Javier Martín y Tica Font. Perejil también editó y escribió ¿Qué queda de las revueltas árabes? (La Catarata, 2015). Responde a las preguntas de cuartopoder.

-En la presentación del libro, hace referencia a cómo de enrevesada es la política europea y el lenguaje que la rodea. ¿Por qué después de 27 años de Unión Europea sigue resultando tan lejana a las ciudadanías?

-La Unión Europea es un híbrido complejo entre una estructura supranacional y la coordinación de políticas estatales. Desde sus comienzos, hay graves déficits democráticos, como el limitado papel de un Parlamento Europeo que no tiene las mismas funciones de los parlamentos de cada país. Este déficit se convirtió en una crisis con la austeridad y los recortes sociales a Grecia, Italia y España en la anterior crisis económica. 

Cada país tiene su propia relación con la Unión Europea. En el nuestro, ha estado unida a la modernización económica y a nuestra propia historia, que tras una dictadura quería ser Europa. Y por eso hay una elevada aceptación, que no es para siempre como se ha visto en las recientes crisis.

 Más allá de la necesidad de conocer la importancia de la Unión Europea en las normas, empleos o alimentos en nuestra vida cotidiana, es necesario dotarnos de análisis y acciones para poder actuar con posiciones políticas diferentes. Urge conocer las diferentes crisis económica, social, política, de valores, derechos humanos, política exterior, relación con el mundo árabo-musulmán y de seguridad que atraviesa la UE. 

Por esa razón, nos empeñamos en publicar Europa frente a Europa (Lengua de Trapo, 2020). Queríamos huir de las explicaciones que adjetivan la palabra “euro” para ofrecer explicaciones a fondo, en muchas ocasiones enraizadas en la historia de Europa más allá de la estructura comunitaria; señalar problemas, separarlos de los aspectos positivos e indicar alguna vía de escape. Como editor, pretendía que cada lector o lectora que se acerque a las páginas del libro pueda tener un mapa para orientarse en el debate público y, ojalá, para actuar. 

-El libro estaba a punto de publicarse cuando estalló la pandemia de la covid-19. En un primer momento, vimos la debilidad europea, estados enfrentándose por recursos sanitarios, incapacidad de una directriz común para afrontar la tragedia. ¿Estuvo la Unión Europea en peligro?

-Sí, claramente corrió peligro. Podía llegar una nueva crisis a una estructura que en la última década ha sufrido la gran recesión, la crisis del euro y la crisis refugio. La ausencia de solidaridad hacia Italia, que buscó otras alianzas fuera de la Unión Europea, los cierres de fronteras y la prohibición de compartir material médico marcaron un punto de inflexión hacia una nueva crisis. Sin embargo, a partir de esas semanas, la Unión Europea reaccionó con rapidez para los tiempos a los que nos tiene acostumbrados. En primer lugar, desde el BCE y la Comisión Europea, seguidos de un fuerte apoyo del Parlamento Europeo y, en último lugar, con la negociación entre estados de los últimos Consejos Europeos.

Es curioso, porque la actuación de la Unión Europea se suele analizar desde posturas muy apriorísticas. Por un lado, como un espacio de deseos más que de realidades concretas sobre las que actuar, en función de las competencias de cada institución y de diferentes opciones políticas a veces poco explicitadas. 

En este sentido, ante la magnitud de la pandemia, muchas personas de los países más afectados deseaban más presencia porque sentían que era el momento para una organización como la Unión Europea. Y desde algunos ámbitos cercanos a Bruselas se llegó a justificar la inacción porque las competencias sanitarias son básicamente estatales como una exculpación de la Comisión Europea. Eso es real, pero choca con la rapidez con que cambian las reglas del juego cuando hay acuerdo político y con la necesidad de de actuación.

En esa línea, deberíamos estar alertas ante la idea mágica de que las crisis crean Unión Europea, pues la Unión Europea avanza, pero también retrocede con las crisis y en su actuación cotidiana. ¿Pero avanzan en posibilidades de otras políticas económicas, sociales o de derechos? Las crisis no dejan de ser un punto en un camino en el que, en función del peso de cada país, dirigente, empresa o lobby siguen abiertas todas las opciones. Por esa razón decía antes que necesitamos análisis diferentes que nos den paso a actuaciones, en clave de izquierdas frente a derechas o reacción y progreso, como personas, partidos políticos, movimientos sociales o gobiernos. 

-¿Qué valoración hace del acuerdo del mes de julio sobre los fondos de reconstrucción europeos para los estados?

-En línea con lo que comentaba, ha sido muy positivo porque ha cambiado el marco de la austeridad y recortes por el de cierta mutualización con transferencias de partidas, aunque limitadas y repartidas de manera desigual tras las negociaciones en el Consejo Europeo, pero es algo que ha sucedido cuando parecía que era imposible vistas las actuaciones durante la crisis del euro.

 El montante del Fondo de Reconstrucción Europea de 750.000 millones (repartidos entre 390.000 millones en transferencias y 360.000 millones en préstamos) supera el pírrico presupuesto común, pero incluso con el resto de créditos, ampliación del MEDE y mecanismos para apoyar empresas y empleo, es insuficiente si lo que se trata es realizar cambios profundos.

Además, deja muchos de los aspectos más positivos con poco presupuesto, como el Fondo para una Transición Ecológica Justa o partidas de investigaciones, o abiertas a futuras negociaciones, como los impuestos europeos. En este sentido, o se consolida la suspensión del Pacto de Estabilidad y Crecimiento o hay puerta abierta a la exigencia de recortes, como ya declararon los gobiernos que ven la Unión Europea como un intercambio comercial favorable a sus intereses. También hay que presionar para no solo salvar economías sino por cambios de modelo económico, transición energética y laboral. Y trabajar por cambios profundos para evitar los desequilibrios económicos entre países, el papel del BCE y acabar con los paraísos fiscales.

En el libro, hay tres mensajes económicos que son claves para entender el trasfondo del acuerdo. El primero lo escribe con su habitual claridad Pablo Bustinduy en el prólogo: necesitamos que se abra paso la economía política. Nadie puede discutir que ahora, con la pandemia, no solo hacen falta otras políticas económicas sino que se pueden realizar porque ya se han hecho tímidamente. En este sentido, nos toca señalar que hacen falta cambios en la estructura económica neoliberal heredada del Pacto de Maastricht en 1993.

El segundo lo ofrece el economista Gabriel Flores: hay espacio para realizar otras políticas económicas, incluso dentro de los márgenes europeos en temas bancarios, fiscales y de solidaridad. Y el tercero está en el capítulo de Emma Álvarez Cronín: la verdadera identidad europea son los derechos sociales. Desde la experiencia del estado del bienestar de cada país, debemos trabajar por un nuevo contrato social que no permita la dualización que crece en nuestros países, entre empleos antiguos protegidos y absoluta precariedad para el resto porque además puede crecer sobre los cuidados, el feminismo y la ecología.


-¿El Brexit marca una tendencia: el regreso al estado-nación como unidad política de primer orden?

- El Brexit marca muchas cosas. La posibilidad ya real de que un país abandone la UE, la dificultad para separar economías plenamente imbricadas y el cambio radical de su sistema político cabalgado por las opciones más excluyentes. No creo que el estado se haya ido nunca pero, como pone de manifiesto la crisis de la covid-19, es más necesario que nunca. Lo necesitamos para afrontar en común problemas sanitarios, reordenar la economía y atender fragilidades. Eso es algo que no puede ni quiere hacer el mercado y que ahora hay que exigir que sea en beneficio de todos y todas, no como salvación de empresas sin personas.

En ese sentido, tampoco creo que las naciones se hayan ido, sino que en tiempos de excepción económica se reconstruyen de manera dual, ellos o nosotros, en beneficio de unos pocos y contra otras muchas. Cuando nuestras necesidades como personas están más atendidas, podemos gestionar las identidades nacionales como otra marca más de lo que nos define como personas y es más fácil gestionar soluciones basadas en la convivencia y derechos. 

Volviendo a Gran Bretaña, nos encontramos con que su historia marcó una siempre difícil relación con la Unión Europea, pero que tiene poco que ver con las promesas de la campaña del “Leave”. El país tiene la opción real de ensayar otras políticas económicas o exteriores, pero hasta ahora solo zozobra con un peso inferior al anterior, ya que apuesta por exacerbar sus relaciones financieras para configurarse como una especie de Singapur y en el plano internacional. Ha perdido peso, como demuestra su relación con China.

-Santiago Alba Rico habla en el libro de la crisis de valores en Europa. ¿Qué destacaría de este capítulo?

- Alba Rico aborda un asunto crucial para poder entender qué sucede en Europa y en el mundo. Su texto disecciona los grandes logros que han sucedido en territorio europeo, especialmente el surgimiento y consolidación de los derechos humanos, frente al expolio colonial y políticas de rapiña de muchos países europeos, a veces incluso en nombre de esos propios derechos que decían proclamar. 

Santiago cree que la historia de Europa es el cruce entre una guerra civil, entre fuerzas, que yo llamaría conservadoras y en favor de la emancipación, y una guerra expansiva, con políticas de depredación exterior. Como siempre, aporta una mirada nítida y contundente sobre debates de hace siglos necesarios hoy, sobre si esos derechos eran solo propios de los europeos, luego deberían exportarse o imponerse en su versión más cruda, o eran de todo el planeta si se daban unas condiciones para que pudieran emerger y consolidarse.

Es fundamental hacer estas distinciones para poder conservar y construir desde el logro, atacado y parcial pero más que necesario, de los Derechos Humanos. Y para que, desde una aproximación horizontal, se puedan apropiar personas y pueblos de todo el mundo. Si no, corremos el riesgo de que con las necesarias críticas eliminen todo el conjunto de precarios derechos sobre el que podamos exigir dignidad. Y, además, también nos abre camino a alianzas dentro y fuera de Europa entre diferentes opciones de cambio.


-Itziar Ruiz-Giménez escribe sobre la crisis de Derechos Humanos. Hemos visto estas semanas cómo ultraderechistas queman campamentos de personas refugiadas en Grecia. Algo similar ha ocurrido en Lepe con los temporeros. Malos momentos para los derechos humanos. ¿Cómo combatir esta deriva ultraderechista?

-Ruiz-Giménez hace un exhaustivo análisis de la historia de los derechos humanos desde la Segunda Guerra Mundial, de su aplicación real, de los obstáculos para entender toda su dimensión política, pero también económica y social. Y de cómo las narrativas que diferenciaban el poder de una Venus europea de un Marte estadounidense ocultaban graves violaciones de derechos humanos en un sistema distinto al de Estados Unidos pero profundamente desigual y depredador. 

Para combatir la extrema derecha es especialmente importante lo que Itziar destaca en su capítulo siguiendo a Bauman. No podemos concebir a la ultraderecha como un monstruo, una excepción o una desviación, debemos mirar qué políticas estructurales le dejan campo de acción, qué de esos monstruos habitan en nuestras vidas cotidianas y qué necesitamos cambiar también en nosotros y nosotras.

Cada país europeo tiene una historia particular que marca mucho el camino contra esta deriva extremista, pero sí sabemos claramente que si en estos momentos de miedo al futuro, o incluso al presente, hay políticas de protección y cuidados basadas en derechos sociales, empleo, salarios dignos, igualdad entre mujeres y hombres, las extremas derechas tienen menos campo de actuación. 

Es la lección que nos dejan los cambios producidos tras la crisis económica de 2008. También, que si no defendemos el cumplimiento de los derechos conquistados a lo largo de la historia, si no incluimos los derechos de más y más personas, como sucedió con las conquistas del movimiento obrero o el voto de las mujeres, ese sistema frágil puede hundirse con todos. Es lo que ahora señalan las demandas del feminismo, de las personas con diferentes orígenes, las personas refugiadas, migrantes y las grandes desigualdades sociales.

-Sobre inmigración, la política europea está externalizando las fronteras. Desplazándolas al Sahel donde los controles de derechos humanos son más precarios todavía.

-Es una política que en nuestro país conocemos bien, pues la ha usado en su frontera sur durante años, pero que ahora está en plena expansión en Turquía, Libia o el Sahel. Es una política basada en la securitización, como analiza Tica Font en su capítulo de Europa frente a Europa. 

En vez de apostar por el desarrollo y los intereses mutuos, por políticas de cultura de paz que pudieran cerrar las brechas económicas entre la UE, el Magreb y el Sahel, desde el 11S se han acelerado las políticas de vigilancia frente a cada vez más “enemigos” externos e internos. En vez de pensar en políticas no extractivas para que cada país pueda tener su desarrollo y ordenar los flujos de personas en movimiento, el mensaje es que, frente al miedo, vale apostar por zonas de excepción.

Esto no solo es contradictorio e hipócrita con los principios de la UE, sino que es una mirada muy corta. Pensemos en los beneficios mutuos que podríamos tener con un Magreb sin conflictos, con más desarrollo económico y que respetara los derechos de sus personas. Como escribe en el libro Javier Martín, periodista que conoce muy bien las dimensiones estructurales del mundo árabo-musulmán, en determinadas zonas debemos abordar cambios de largo plazo que suponen revisar relaciones de siglos para evitar falsas tolerancias, mutuas desconfianzas y alianzas de extremismos de uno y otro signo que nos hacen presos y nos llevan al choque de las mayorías de uno y otro lado del Mediterráneo. 

Cambios que se podrían combinar con otras políticas más cercanas de ayuda mutua para acabar con los graves conflictos que sufren muchos países, como los del Sahel, y que pueden tener un componente militar, siempre que se cumpla el Derecho Internacional y los derechos humanos, y siempre que sean un complemento de otras políticas y no la única solución.

- En el “nuevo teatro geopolítico”, ¿qué papel puede jugar la Unión Europea ante la escalada de la rivalidad entre Estados Unidos y China y, también, aunque a menor escala, Rusia?

- Como sucede en otros ámbitos, en geopolítica, llevamos recibiendo signos de cambio de era durante muchos años. Estas mutaciones no suponen una destrucción radical del sistema que hemos vivido, sino que por el momento conviven todas juntas. Nos encontramos con un mundo que ha dejado de ser unipolar, pero no acaba de ser multipolar; en el que Estados Unidos está perdiendo peso aunque siga siendo el hegemón mundial, pero en el que otros países están avanzando y reclamando presencia, especialmente China, por su desarrollo económico y tamaño de país, o Rusia, que por su empuje militar ha pasado de actuar en su antigua zona de acción soviética a extenderse y confrontar en Oriente Medio y África.

Por otra parte, el sistema multilateral y de Derecho Internacional no solo está cuestionado, sino que los principales países y agentes tratan de deslegitimarlo y olvidarlo. Prueba de ello son los últimos vetos o asuntos que no se discuten en el Consejo de Seguridad; la creciente irrelevancia de la OMC y la impunidad con que se violan las reglas más básicas de la humanidad en los nuevos y viejos conflictos. Existen amplías zonas mundiales que son gigantescos agujeros negros de impunidad en las que solo rige la confrontación de intereses, las guerras intermediadas, la destrucción, expulsión de personas y la violencia sexual.

Ahora percibimos de forma clara la rivalidad entre Estados Unidos y China, que encadena acciones y reacciones en el cierre de consulados, en la extensión de la nueva red 5G, en aranceles a productos o en Hong Kong y Taiwán. Como cita Ivan Krastev, Donald Trump ha decidido romper los consensos liberales para acelerar políticas por la fuerza en su propio beneficio. 

En este sentido, aún es pronto para tener una perspectiva histórica, pero la administración Trump puede marcar una etapa, como la marcó Ronald Reagan como protagonista que aceleró la revolución política neoliberal y conservadora. De momento, sabemos que ha actuado con una mezcla de aislacionismo, poder militar, presión comercial y diplomática contra países supuestamente aliados para que acepten nuevas reglas económicas y con alianzas aún más  descarnadas con líderes autoritarios y países donde se violan los derechos humanos.

Con este panorama, que analizo yo mismo en el capítulo de política exterior del libro, hay que ver si la Unión Europea es capaz de cumplir lo que ha escrito en sus análisis estratégicos exteriores de una política que es básicamente de coordinación de sus estados miembros. Es decir, si es capaz de tener políticas independientes en política exterior que pasen por cumplir sus propios principios comerciales, en disputa por una parte de la sociedad que exige que no sean meros tratados depredadores de derechos laborales y medioambientales, y sus criterios de derechos humanos. 

Para cumplirlo, debería ser capaz de tener una postura propia frente a Washington, lo que necesariamente le obligaría a repensar sus políticas de defensa, y frente a China, en la que debería ser capaz de poder combinar relaciones comerciales y respeto a los derechos humanos. Lo mismo debería suceder con Rusia, con quién debería tener una relación matizada, porque es un país vecino, propia y basada no solo en la economía sino también en el respeto de los derechos humanos. Si no lo hace, Europa corre el grave riesgo de convertirse en objeto de las políticas de otros países y de sus intereses.


Como en todo, en Europa frente a Europa también recordamos que esos riesgos no son solo para estados o líderes, sino para todas las personas que habitamos este continente. Si no somos capaces de analizar y actuar con nuestras demandas en política exterior en beneficio de todos, con un cambio de modelo económico para evitar un desastre ecológico y profundamente igualitarias, corremos el riesgo de vernos aún más arrastrados por los interés de otros. Necesitamos un nuevo internacionalismo popular que pueda demandar y actuar con las instituciones. Por justicia con la gente que sufre en el mundo y por nuestro propio interés en mantener el mundo en que vivimos, necesitamos presionar para que la UE tenga una política exterior que combine independencia, geopolítica y derechos humanos. Y trabajar para cambiar un modelo insostenible y profundamente desigual."                

 (Entrevista a David Perejil. Periodista y analista de Relaciones Internacionales, autor de 'Europa frente a Europa'. Sato Díaz, Cuarto Poder, 18/08/20)

14/5/20

Soberanía (monetaria) o barbarie... El euro nos hará más parecidos a esos Estados fallidos anclados en el subdesarrollo. En España es probable que una de cada tres personas en edad de trabajar hoy no tenga empleo. Las tres penínsulas meridionales se han convertido en los enfermos de Europa

"No se puede escindir la política monetaria de la política fiscal. Cuando se intenta, las motivaciones no suelen ser inocentes y las consecuencias pueden ser desastrosas. Esta esquizofrenia monetario-fiscal suele ser una estratagema para limitar el poder del Estado sometiéndolo a instancias no democráticas.

La moneda es un elemento integral de las relaciones de poder que se establecen dentro de un Estado pero también en la jerarquía de Estados. El diseño de los mecanismos de creación y destrucción de moneda tiene efectos sobre el acceso a la misma y, por tanto, sobre su distribución en la sociedad.

En el Estado capitalista se concede una licencia a las entidades bancarias, frecuentemente privadas, para que operen otro circuito monetario que se apalanca sobre el dinero del Estado. Éste se inicia con la concesión de crédito, lo cual implica la creación de depósitos o dinero bancario en el mismo acto, y se cierra con la amortización de los préstamos.

 Este mecanismo otorga un inmenso poder a la clase capitalista pues le permite decidir qué recursos se movilizan y qué actividades económicas se realizan. Pero al mismo tiempo, el sistema financiero capitalista genera inestabilidad pues encadena ciclos especulativos con prolongados períodos de depresión. El Estado capitalista crea grupos privilegiados con mejor acceso a la moneda para facilitar el proceso de acumulación.

El Estado, dotado de soberanía monetaria, puede compensar la inestabilidad del sistema financiero con una estricta supervisión bancaria y actuando de forma anticíclica gracias a su capacidad ilimitada de emisión que le permite pagar los “platos rotos” cuando una burbuja se pincha. 

Como dice Warren Mosler, no hay crisis financiera lo suficientemente profunda que no pueda ser resuelta con un déficit lo suficientemente amplio. Sin el sustento de las instituciones monetarias y fiscales del Estado capitalista, el circuito monetario bancario sería mucho más inestable y quizás inviable. Escindir el circuito monetario-fiscal sirve para debilitar el control democrático sobre el sistema financiero y acentuar la inestabilidad financiera.

Solo quien ignora esta naturaleza dual de nuestro sistema monetario y fiscal podría haber diseñado la unión monetaria europea. En esencia, la eurozona ha demostrado ser un torpísimo experimento de esquizofrenia monetario-fiscal que ha socavado el control democrático y nos ha incapacitado para responder a las crisis financieras y económicas. No hacía falta más que mirar al continente africano donde la más antigua unión monetaria, la del franco CFA, ha sojuzgado a las antiguas colonias francesas condenando a su población a buscarse un futuro abriéndose las carnes en las concertinas de Ceuta y Melilla o afrontando una peligrosa travesía en patera.

La pandemia de la covid-19 y sus secuelas económicas van a exponer en toda su crudeza la pérdida de soberanía democrática y capacidad de respuesta de nuestro Estado. El euro nos hará más parecidos a esos Estados fallidos anclados en el subdesarrollo y menos a esos estados del Norte de Europa que ansiábamos ser.

La pandemia global ha sido como una bofetada a toda la sociedad. Todos recordaremos la experiencia de haber vivido bajo confinamiento durante dos meses; la pérdida de seres queridos; o el trauma de haber perdido empleos y negocios. La pandemia nos deja un legado sombrío en lo económico. Como en el mito de Sísifo, cuando ya creíamos que podríamos superar la tasa de desempleo anterior a la crisis de 2008, la piedra ha caído rodando hasta el fondo. Tendremos que empezar a empujar la piedra con una tasa de paro que fácilmente se nos irá a más del 20%. En España es probable que una de cada tres personas en edad de trabajar hoy no tenga empleo.

La pandemia ha reinfectado la herida mal cicatrizada que dejó la crisis de 2008. Es cierto que otros países van a experimentar una recesión importante que quizás devenga en gran depresión. Pero pocos serán tan azotados como las grandes economías del Sur europeo. Las tres penínsulas meridionales se han convertido en los enfermos de Europa. Desde la anterior crisis económica, su crecimiento económico ha tenido poco lustre. 

Las políticas de austeridad y devaluación interna han erosionado su cohesión social, han debilitado la capacidad de actuación de sus estados y han cegado cualquier ruta de desarrollo industrial o económico que no sea la mera repetición de viejos tropos de un tejido económico obsoleto, productor de un valor añadido menguante. Altas tasas de desempleo y emigración son los precios que, sobre todo, están pagando los jóvenes.

No somos víctimas de ninguna plaga bíblica ni de ninguna tara genética. Simplemente nos incorporamos a una unión monetaria disfuncional. Nuestro pecado fue renunciar a nuestros bancos centrales y a nuestra moneda. Comprometimos así la capacidad de controlar el sistema financiero ya que carecemos del emisor que podría haber rescatado a nuestros bancos durante la crisis financiera global. Tras la pandemia volveremos a comprobar cómo la carencia de soberanía monetaria nos vuelve impotentes para dar una respuesta adecuada.

La crisis es pues estructural y se comprende mejor como parte de un proceso secular de concentración del poder económico en el Norte de Europa. Estamos condenados a convertirnos en una periferia cada vez más irrelevante. La pandemia es solo un factor acelerador de este proceso irreversible de decadencia.

Nuestras élites, apocadas y serviciales con el hegemón europeo, se sienten incapaces de encontrar dentro de sí mismas las soluciones para impulsar una respuesta. El armazón institucional europeo es una camisa de fuerza que no ofrece alternativas. El artículo 135 de la Constitución Española exige que nuestras cuentas públicas tengan un saldo inferior a un déficit estructural equivalente al 0,40% del PIB.

 Resulta bizarra una exigencia legal que condiciona un saldo contable de las cuentas públicas a una cifra imaginaria pues ese déficit estructural corresponde al que nuestra economía tendría teóricamente en una situación de pleno empleo. El problema es que para calcular este déficit estructural se emplea otro concepto igualmente inaprehensible llamado tasa “natural” de desempleo. 

El bizantino diseño de las reglas fiscales europeas ha trocado objetivos reales por otros imaginarios: ya no se busca el pleno empleo o el desarrollo económico sino cuadrar un saldo contable. Este año las autoridades europeas permitirán un breve paseo por el patio de la cárcel pero pronto tendremos que retornar a la celda.

Sánchez y sus ministras no pueden ignorar que su éxito electoral depende de una buena gestión de la crisis pospandémica. Saben también que necesitan más fondos para gestionar los escudos sociales y programas de reconstrucción que evitarían la ruina de este país. Pero sin soberanía monetaria no podemos crearlos, tenemos que conseguirlos de alguna fuente externa y eso nos reduce a la posición del mendigo. (...)"                    (Stuart Median y Manolo Monereo, Cuarto Poder, 12/05/20)

13/2/20

La Teoria Monetaria Moderna no versa sobre la impresión de dinero, sino sobre la capacidad de autorizar el gasto sin necesidad de obtener el dinero de un tercero... Si la deuda de los EE.UU. pasa del 100 al 150% del PIB, no hay riesgo de quiebra o de que vaya al FMI a pedir un rescate; al igual que ocurre en Japón, con una deuda del 240% del PIB...

"Stephanie Kelton inspira el “programa transformador” –asegura— de Bernie Sanders para los EE.UU. Es profesora de economía y políticas públicas de la Stony Brook University (EE.UU.).

En 1998 ya teorizó sobre las dificultades de los países adheridos al euro, pronósticos que acabaron cumpliéndose durante la gran crisis del 2008. En esta entrevista con la revista INVERSIÓN asegura que de la próxima depresión se saldrá gracias a la política fiscal, no a los bancos centrales. 

  • La teoría monetaria moderna (TMM) gana popularidad. Incluso Bank of America dice que marcará la década. ¿Comparte el optimismo?

Llegamos al punto en el que los bancos centrales no van a poder apoyar a las economías. Esta semana, Christine Lagarde avisó sobre ello. En los últimos 30 años, hemos confiado en los bancos centrales para que bajaran los tipos. En que se volvieran muy creativos y así rescataran a las economías.


Pero se está empezando a ver que no tendrán la fuerza suficiente para hacer lo mismo la próxima vez. Habrá que recurrir a la política fiscal. Y ahí entra en juego la teoría monetaria moderna.


Se llama «teoría monetaria», pero pone el foco en la política fiscal: siempre hemos creído que esa es la tecla adecuada para impulsar la economía, pero durante 30 años los políticos han estado en desacuerdo y han afirmado que la monetaria era la importante. 

  • ¿Significa esto que el mundo va a ir de la austeridad a la expansión fiscal?

Quizá cuando se han acabado todas las demás alternativas se haga lo correcto.
  • La TMM implica que un gobierno no puede tener problemas financieros porque puede imprimir todo el dinero quiera. ¿Es así?

No del todo. Sólo es así para los Estados que emiten su moneda con un tipo de cambio flotante y no convertible y que no se endeudan en moneda extranjera. 


En Europa, los 19 países del euro abandonaron su soberanía monetaria y se endeudan en una divisa foránea. Sin embargo, los EE.UU., el Reino Unido y Japón tienen monedas soberanas. 

Tampoco diría que versa sobre la impresión de dinero, sino sobre la capacidad de autorizar el gasto sin necesidad de obtener el dinero de un tercero. 


En el caso de los EE.UU., el Gobierno puede gastar dólares y luego decidir qué cantidad retira de la economía vía impuestos, o si quiere tener déficit, es decir, gastar más dólares de los que ingresa vía fiscal, o puede cambiarlos por bonos del Tesoro, lo que implica pedir prestado, aunque no tiene por qué hacerlo. 

  • ¿El euro fue un error o tiene errores?

Escribí sobre el euro junto a otros economistas de la TMM antes de su introducción, en 1997 o 1998, y concluimos que sus miembros iban a tener que endeudarse en una moneda que usan, pero que no emiten, y que los mercados financieros iban a empezar a poner en precio el riesgo de impago. 

En 1995, Italia tenía una deuda del 120% sobre el PIB, el mismo nivel que en el 2010. 

Que no hubiera una crisis de deuda en los noventa y sí en el 2010 se explica porque ahora toda la deuda italiana está denominada en euros. 


Los economistas de la TMM vimos que la posible consecuencia de abandonar la soberanía monetaria era que los países del euro no iban a ser capaces de sostener a sus economías con política fiscal permitiendo el necesario aumento de los déficits. 

Su único margen de maniobra sería subir los impuestos o pedir prestado, para lo cual tienen que pagar el interés que exige el mercado.

  • Entonces, para un país que emite su propia moneda, el déficit y la deuda no importan.

Importan, pero no de la manera de la que se habla: no pueden llevar a la insolvencia. Si la deuda de los EE.UU. pasa del 100 al 150% del PIB, no hay riesgo de quiebra o de que vaya al FMI a pedir un rescate; al igual que ocurre en Japón, con una deuda del 240% del PIB. 

Lo que decimos es que el déficit y la deuda no provocan riesgo de insolvencia ni llevan a una subida de los intereses. 

  • ¿En qué sentido importa el déficit?

El déficit importa porque si yo soy el Gobierno y tengo déficit, hago una contribución financiera a mi economía y eso es algo saludable. 

  • ¿En qué deberían gastar ahora los Estados?

Los gobiernos que tienen soberanía sobre su moneda tienen una gran capacidad de gastar. La cuestión está en cómo priorizar. 


Las prioridades del Gobierno deben reflejar las de la gente. Pero podríamos decir que el recurso más importante que se tiene que usar plenamente es el trabajo: todos los que quieren trabajar y no tienen acceso a un empleo deberían contar con uno, el llamado «trabajo garantizado». 


En los EE.UU. hay 15 millones de personas que desearían tener un trabajo a tiempo completo y no lo tienen. Hay que resolverlo. Serían 24.000 millones de horas más de trabajo todos los años. Imagine las cosas que se pueden hacer con esa energía humana cuidando a sus comunidades y del planeta... 

  • La TMM dice que los impuestos no son necesarios. Pero, ¿cómo enfrentar la desigualdad, un problema que no le es ajeno?

La TMM no dice «los impuestos no son necesarios». Lo que dice es que no son necesarios para financiar a los gobiernos. Pero son muy útiles para atajar la desigualdad y también para frenar la inflación. 

  • Asesora a Bernie Sanders. Elisabeth Warren ha emergido como competidora en su mismo nicho electoral en las primarias demócratas...

Entiendo que se haga una conexión entre ellos: ambos tienen plataformas similares y dan importancia a los mismos temas. Pero hay diferencias. Sanders dice «vivienda para todos», «empleo para todos», «sanidad para todos», esto es distintivo, así como sus 16 billones para combatir el cambio climático. 


Es una cuestión de grados, de cuán fuerte quieres empujar, de cuán lejos quieres llegar con tu programa transformador."                  (Entrevista a Stephanie Kelton, C. V. Finanzas.com, 09/02/20)

23/9/19

¿Qué se le viene a la cabeza cuando escucha a una vicepresidencia pedir proteger el estilo de vida europeo? Otro miedo más, esta vez, al derrumbe de los pilares socioeconómicos de la Unión Europea...

"(...) ¿Qué se le viene a la cabeza cuando escucha vicepresidencia para proteger el estilo de vida europeo?

Otro miedo más, esta vez, al derrumbe de los pilares socioeconómicos de la Unión Europea. El eufemismo del nombre esconde el pavor de algunos Estados miembro de la Unión Europea a las amenazas de quienes disparan desde dentro (Brexit, nacionalismos excluyentes…), y de los que disparan desde fuera (crisis migratoria, guerra comercial entre EEUU y China…). 

Si lo que se quiere proteger es el Estado del Bienestar, fundado en la redistribución de la riqueza para garantizar la universalidad de los derechos sociales, me temo que hace años que está en peligro por las propias políticas de la UE y de los Estados-miembro que ahora hipócritamente se erigen en sus defensores. 

Aun así, en este momento clave de la historia donde la UE es una placa tectónica atrapada entre otras de mayor dimensión política y económica representadas por Estados (Rusia, China, EEUU, Brasil, India…), soy partidario de la defensa a ultranza del Estado del Bienestar con anclaje constitucional como barricada frente a esta desalmada lucha de titanes. 

Sin olvidarnos nunca de que España debe ser el embajador de este modelo y el puente de encuentro con el Mediterráneo y el Atlántico. (...)"               (Entrevista a Antonio Manuel, Olivia Carballar, La Marea, 18/09/19)

15/2/19

Enzo Traverso: ¿qué significa el fascismo en el siglo XXI? ¿Debemos considerar el surgimiento de la nueva derecha a escala global como un retorno al fascismo clásico de la década de 1930, o más bien como un fenómeno completamente nuevo? ¿Cómo definirlo y cómo contrastarlo? Una premisa fundamental para el surgimiento del posfascismo reside en la falta de una alternativa de izquierda al neoliberalismo. El socialismo tiene que ser reinventado...

"El ascenso de Bolsanaro en Brasil, Trump en los EE. UU. Y la extrema derecha en toda Europa tiene la palabra "fascismo" en boca de todos. Pero esa derecha en ascenso es distinta del fascismo del siglo xx en aspectos clave.

 Francia, Italia, Hungría, Polonia, Austria, incluso países por un tiempo ajenos a esto como España y Alemania; la lista de países que se encuentran bajo la sombra de la extrema derecha está creciendo. El triunfo de Bolsonaro en Brasil y la presidencia de Trump en los Estados Unidos han abierto un debate sobre la escala planetaria de lo que alguna vez pareció un fenómeno basado en Europa.

El debate vuelve inevitablemente a la cuestión del fascismo. ¿Cómo entendemos los movimientos de extrema derecha que evocan su memoria pero emergen en un contexto histórico radicalmente diferente, hablando un idioma diferente al de "la sangre y el suelo" del siglo XX?

En Las nuevas caras del fascismo, el historiador Enzo Traverso apunta a este blanco móvil. El resultado es el "posfascismo", el intento de Traverso de formular una respuesta que pueda explicar las continuidades históricas y las discontinuidades entre el fascismo clásico y una derecha radical que tiene un gran parecido familiar.

Nicolas Allen y Martín Cortés hablaron con Traverso para discutir el intento de la derecha radical de auto-reinvención y cómo la izquierda también podría reinventarse y seguir el ritmo.

NA MC

Los debates contemporáneos sobre el fascismo y el populismo a menudo se atascan en la semántica. En Las nuevas caras del fascismo, adoptas un enfoque diferente. Le interesa más cómo se usan esas palabras en el discurso público y lo que pueden revelar sobre los "usos públicos de la historia". ¿Puede decir algunas palabras sobre la inspiración general del libro?
 
ET

Las interpretaciones del pasado no pueden disociarse de su uso público en el presente. Me interesa conceptualizar el fascismo, pero este esfuerzo no es solo historiográfico, y no es políticamente "neutral". Por ejemplo, distingo entre fascismo y populismo: el primero significa destruir la democracia; el segundo es un estilo político que puede tomar direcciones diferentes, a veces opuestas, pero generalmente está dentro de un marco democrático.

No estoy seguro de cómo analizar la noción de fascismo hoy. A menudo se abusa. Por lo general, la amenaza del retorno del fascismo ha sido una preocupación de la izquierda. Hoy se ha convertido en un estribillo de las elites que están bajo amenaza por el populismo de derecha y el posfascismo (piense en Madeleine Albright y Robert Kagan en los EE. UU., O Matteo Renzi en Italia).

El tipo de frente unido "antifascista" que proponen las elites tradicionales, sin embargo, esconde su responsabilidad de crear las condiciones que permitieron que el nuevo derecho radical emergiera y se extendiera, desde Europa del Este hasta Europa Occidental, desde los Estados Unidos hasta Brasil.

La inspiración general de mi libro radica en una pregunta: ¿qué significa el fascismo en el siglo XXI? ¿Debemos considerar el surgimiento del nuevo derecho a escala global como un retorno al fascismo clásico de la década de 1930, o más bien como un fenómeno completamente nuevo? ¿Cómo definirlo y cómo contrastarlo?

 Basándose en su título, uno podría pensar que el libro trata sobre el "neofascismo". En cambio, usted afirma que la deriva hacia la derecha en la política europea es un fenómeno "posfascista", vinculado al fascismo clásico, pero también distante de él. ¿Puedes explicar brevemente por qué la diferencia importa?
 
ET

El neofascismo, los movimientos que afirman estar afiliados al fascismo clásico, es un fenómeno marginal. Una de las claves del éxito de la nueva derecha radical radica en su representación de sí mismos como algo nuevo. O bien no tienen orígenes fascistas (Trump o Salvini), o rompieron significativamente con su propio pasado (Marine Le Pen, quien echó a su padre del Frente Nacional).

 La nueva derecha es nacionalista, racista y xenófoba. En la mayoría de los países de Europa occidental, al menos aquellos donde la derecha radical está en el poder o se ha fortalecido significativamente, adopta una retórica democrática y republicana. Ha cambiado su lenguaje, su ideología y su estilo.

En otras palabras, ha abandonado sus viejos hábitos fascistas, pero todavía no se ha convertido en algo completamente diferente. Todavía no es un componente normal de nuestros sistemas políticos.

Por un lado, la nueva extrema derecha ya no es fascista; por otro lado, no podemos definirlo sin compararlo con el fascismo. La nueva derecha es una cosa híbrida que podría volver al fascismo, o podría convertirse en una nueva forma de democracia conservadora, autoritaria y populista. El concepto de posfascismo trata de captar esto.

 Hoy es imposible predecir su evolución futura. En este punto, la comparación con el período de entreguerras del siglo XX es importante: en ambos casos, hay una falta de orden internacional. El caos después de la Gran Guerra fue el resultado de una ruptura en el llamado "Concierto de Europa", el liberalismo clásico del siglo XIX, y hoy es una consecuencia del fin de la Guerra Fría. El fascismo y el posfascismo han nacido de esta situación caótica y fluctuante.
 
NA MC

Usted ofrece el Frente Nacional de Francia como ejemplo de libro de texto del posfascismo. ¿El ascenso de Vox en España o la Italia de Salvini lo alienta a matizar algún aspecto de la definición básica de trabajo del posfascismo, o los ve como una confirmación de su amplio esquema conceptual?
 
ET

El éxito de la extrema derecha en Francia, Italia, Hungría, Austria, Polonia y, más recientemente, en España y Alemania, dos países que generalmente se consideraban como excepciones, refuerza una tendencia general. El Frente Nacional francés fue un precursor. Obviamente, esto abre una pregunta dramática sobre el futuro de la Unión Europea.

 No creo que la UE pueda sobrevivir si estos movimientos posfascistas en los países de Europa occidental y central ganan en las próximas elecciones de primavera de la UE. Probablemente no desaparecerá de la noche a la mañana, pero el colapso de la UE se volvería inevitable a medio plazo.

Sin embargo, el auge de estos movimientos reaccionarios y nacionalistas "Europhóbicos" es un producto de las políticas implementadas durante más de veinte años por la propia Comisión de la UE. La UE se ha convertido en una herramienta del capitalismo financiero que impuso sus reglas a todos sus gobiernos a través de una estructura legal obligatoria, hecha de un complejo sistema de leyes a veces inscritas en constituciones.

El logro más espectacular de las élites neoliberales ha sido transformar su propia bancarrota social, en 2008, fueron salvados por los estados, en una crisis financiera de los mismos estados, que supuestamente han estado gastando dinero más allá de sus medios y ahora deberían transformarse en Instituciones rentables y competitivas. Después de dos presidentes de la Comisión como Barroso (hoy asesor de Goldman Sachs) y Junker (el ex líder de un paraíso fiscal como Luxemburgo); 

Después de la crisis griega y los diez años de políticas de austeridad a escala continental, el ascenso de líderes populistas de derecha como Matteo Salvini y Viktor Orbán no es para nada sorprendente: "El sueño de la razón engendra monstruos".

No podemos luchar eficazmente contra el posfascismo defendiendo a la UE. Es al cambiar la UE que podemos derrotar al nacionalismo y al populismo de derecha.

NA MC

Gran parte de su análisis se centra en Francia. Allí, casi parece que la nueva extrema derecha en realidad se entiende mejor como un retorno de lo reprimido: que la incorporación del Frente Nacional es un proceso para hacer explícita la historia autoritaria y colonial en la raíz de la Quinta República. ¿Es esto correcto? Si es así, ¿podría extenderse a otros países que luchan con tendencias de extrema derecha?
 
ET

En Europa, una ola xenófoba y racista dirigida contra inmigrantes asiáticos y africanos tiene inevitablemente un sabor neocolonial. Los inmigrantes y refugiados musulmanes, que son sus objetivos, provienen de antiguas colonias europeas. Este es un "regreso de lo reprimido" que revela de manera impresionante la persistencia de un inconsciente colonial europeo. Pero la antigua retórica colonial y racista ha sido abandonada.

El Frente Nacional ya no es un movimiento de precursores nostálgicos de la Argelia francesa; ahora se representa a sí mismo como un defensor de la identidad nacional francesa amenazada por la globalización, la inmigración masiva y el fundamentalismo islámico. Esta postura neocolonial puede incluir hábitos republicanos y "progresistas": por un lado, desean preservar las raíces cristianas de Francia y Europa contra la "invasión" islámica; por el otro, pretenden defender los derechos humanos (a veces incluso de mujeres y gays) contra el oscurantismo islámico.

Estos argumentos son muy populares en los medios de comunicación franceses, mucho más allá de las filas del Frente Nacional: muchos intelectuales públicos que no quieren confundirse con Marine Le Pen se han convertido en sus aliados más efectivos, como Alain Finkielkraut, quien recientemente se unió a la Académie française. 
Después de los ataques terroristas de 2015, François Hollande y su primer ministro, Manuel Valls, adoptaron políticas sugeridas por el Frente Nacional: estado de excepción, toque de queda, expulsión masiva de inmigrantes indocumentados. Incluso intentaron adoptar el principio de privar a la ciudadanía de los terroristas binacionales (es decir, ciudadanos franceses con orígenes en el norte de África).
 
NA MC

¿Se le da alguna credibilidad a términos como "microfascismo" u otros conceptos que ven al fascismo como una dinámica transhistórica dentro del capitalismo?
 
ET

"Microfascismo" parece una definición inapropiada ya que nos enfrentamos a un fenómeno global. Dado que una democracia auténtica requiere igualdad social, podemos decir que, especialmente en la era neoliberal, el capitalismo consiste en "deshacer" la democracia, como Wendy Brown ha explicado tan bien. Esta es una tendencia general del capitalismo en sí, no una de sus patologías o formas degeneradas.

Desde la primera mitad del siglo XIX, un pensador liberal clásico como Tocqueville entendió que el desarrollo del capitalismo amenazaba lo que consideraba la "afinidad electiva" entre la sociedad de mercado y la democracia. Esta visión de una identidad entre capitalismo y democracia se convirtió en un mito en la segunda mitad del siglo XX, en la era del estado del bienestar.

De hecho, esta "humanización" del capitalismo fue una consecuencia de la Revolución de Octubre. Después del colapso del socialismo real y el fin de la descolonización, el capitalismo redescubrió su naturaleza "salvaje". Las desigualdades sociales explotaron a escala global y la democracia comenzó a vaciarse de su contenido.

El fascismo ciertamente tiene un carácter "transhistórico" (piense en las dictaduras militares en América Latina en los años sesenta y setenta) y no puede desconectarse del capitalismo, que era una de sus premisas. Pero ver el fascismo como resultado de la crisis global del capitalismo no significa considerarlo como su resultado inevitable.

En los Estados Unidos, el resultado de la crisis del capitalismo no fue el fascismo. Era el New Deal. El fascismo pertenece a una época histórica, el siglo XX, en la que destruyó la democracia. Hoy en día, el posfascismo ha perdido la dimensión subversiva de sus antepasados: no desea suprimir el parlamentarismo o los derechos individuales; más bien trata de destruir la democracia desde el interior.
 NA MC

Usted escribe sobre el "rompimiento del tabú" contemporáneo en torno a afirmaciones abiertas de identidades políticas fascistas o ultraderechistas. Usted reconoce que la extrema derecha europea ha alcanzado cierta legitimidad al llenar la vacante que le queda al retirarse los partidos socialdemócratas, sin embargo, parece estar haciendo un punto más profundo que toca la idea de lo que llama un "régimen de historicidad". ¿Amplía la conexión que trazas entre nuestras "democracias amnésicas" y el surgimiento de la extrema derecha?
 
ET

El posfascismo es un fenómeno global que no tiene características monolíticas ni homogéneas. Su cóctel explosivo de nacionalismo, xenofobia, racismo, liderazgo carismático, "identitarismo" reaccionario y políticas regresivas contra la globalización pueden adoptar diferentes formas.

Por ejemplo, la forma radical del neoliberalismo respaldada por Bolsonaro es desconocida en Europa, donde el posfascismo es alimentado por la ira y el descontento con las políticas neoliberales de la UE. Desde este punto de vista, me parece que una premisa fundamental para el surgimiento del posfascismo reside en la falta de una alternativa de izquierda al neoliberalismo.

Tanto el comunismo como la democracia social, los modelos hegemónicos de la izquierda en el siglo XX, han fracasado: el socialismo real colapsó, paralizado por sus propias contradicciones, y la democracia social, la herramienta para la humanización del capitalismo durante la Guerra Fría, agotó su función histórica. Cuando el capitalismo se volvió neoliberal. El socialismo tiene que ser reinventado.

Sin embargo, en la competencia entre la izquierda y la derecha para reinventarse, el posfascismo está un poco por delante. Pero a diferencia de sus ancestros, que fueron apoyados por las clases dominantes de Europa continental en la década de 1930, el posfascismo aún no se ha convertido en la opción principal de las élites neoliberales. Podría convertirse en la principal opción tras una crisis general del capitalismo o un colapso repentino de la UE. El miedo al bolchevismo, la principal fuente de fascismo en los años entre las dos guerras mundiales, ya no existe.

En mi libro, hablo de un "régimen de historicidad" neoliberal cuyos horizontes están limitados por el presente. Esta es una desventaja para los movimientos de derecha e izquierda. El posfascismo no tiene el horizonte utópico de sus antepasados. No intenta conquistar la imaginación colectiva con el mito de un "Hombre Nuevo", el "Reich Milenario" y una nueva civilización. 
La lógica del posfascismo es más bien la de "pesimismo cultural": la defensa de los valores tradicionales y las identidades nacionales "amenazadas"; reclamos de soberanía nacional contra la globalización y la búsqueda de un chivo expiatorio en inmigrantes, refugiados y musulmanes.
 
NA MC

El libro se ocupa principalmente de Europa. Incluso sus breves discusiones sobre la política estadounidense son principalmente para refutar la idea de que Trump se puede entender a través de una óptica fascista. ¿Ve alguna aplicabilidad más amplia para el "régimen de historicidad" general que está describiendo? La victoria de Bolsonaro en Brasil no nos invita a considerar la escala global del fenómeno posfascista
 
ET

Como señalaron muchos observadores, Trump exhibe rasgos fascistas típicos: liderazgo autoritario y carismático, odio a la democracia, desprecio por la ley, exhibiciones de fuerza, desprecio por los derechos humanos, racismo abierto, misoginia, homofobia. Pero no hay movimiento fascista detrás de él. Fue elegido como candidato del Partido Republicano, que es un pilar del establecimiento político estadounidense. Esta situación paradójica no puede volverse permanente sin poner en tela de juicio el marco democrático de los Estados Unidos.

Un dilema similar, en una forma aún más dramática y sorprendente, está en juego en Brasil después de la elección de Bolsonaro. Es más radical que sus homólogos estadounidenses o europeos: mientras Marine Le Pen rompió con el antisemitismo de su padre y adoptó una retórica democrática, Bolsonaro es un apologista de la tortura y la dictadura militar. Mientras Marine Le Pen y Salvini desean restablecer las políticas proteccionistas, Bolsonaro es un fanático neoliberal.

Sin embargo, Petrobras, el pilar del capitalismo brasileño, no está detrás de él. Como muchos analistas brasileños han señalado, detrás de Bolsonaro hay tres poderosas fuerzas conservadoras: "balas, bois, e biblia": el ejército, los terratenientes y el fundamentalismo evangélico.

NA MC

En otras palabras, un verdadero movimiento fascista clásico combinaría esas dos cosas de las que carecen Trump y Bolsonaro: la movilización de masas y el apoyo unificado de las élites. ¿Es eso correcto?
 
ET

Sí, creo que esta es una gran diferencia que los distingue del fascismo clásico, incluso si las clases dominantes pueden acomodarlos perfectamente a ambos, especialmente en ausencia de una alternativa efectiva. En los países de la UE, sin embargo, esta opción no está en su agenda. Los movimientos de masas militarizados del fascismo clásico fueron consecuencia de la brutalización de la política producida por la Gran Guerra. 
Hoy en día, esto ha ocurrido en Irak, Libia, Siria y Yemen, pero no en los países de la UE, los Estados Unidos o Brasil. Por eso el precursor de Trump y Bolsonaro no es ni Mussolini ni Hitler, sino Berlusconi. Pero una nueva crisis global podría cambiar el perfil de la extrema derecha en muchos países.
 
NA MC

Una de las secciones más interesantes de su nuevo libro es una discusión de la escuela europea de historiadores "antifascistas" y su supuesta revisión de la historia "políticamente neutral". ¿Por qué los ves tan peligrosos y por qué sería importante reafirmar la importancia de una historiografía antifascista?
 
ET

La línea divisoria entre el fascismo y la democracia es moral y política. En Europa continental y, en años más recientes, en América Latina, la democracia nació de la Resistencia y del antifascismo. Dondequiera que estas luchas hayan dado lugar a la democracia, una democracia "antifascista" solo sería frágil, amnésica e infiel a su propia historia.

La izquierda debe recordar este vínculo genético entre antifascismo y democracia. La democracia no puede reducirse a un dispositivo jurídico y político, a "las reglas del juego". La democracia tampoco es un simple corolario de la sociedad de mercado; Es una conquista histórica de revoluciones políticas y luchas antifascistas. Romper o negar este vínculo histórico es la forma más directa de "deshacer las demostraciones".
 
NA MC

Usted ha descrito los "movimientos de calle" recientes, como Occupy Wall Street y los Indignados españoles, como un intento de inventar un "nuevo comunismo". Al mismo tiempo, parece sugerir que sin volver a revisar el "viejo comunismo" críticamente y descubrir algunos elementos utilizables de ese legado, la izquierda global seguirá siendo sin timón. ¿Dónde están algunos de esos aspectos utilizables del legado comunista?
 ET

Occupy Wall Street y los Indignados de España han expresado su deseo de una alternativa, al igual que Syriza en Grecia antes de su cambio político en el verano de 2015. Hoy, Bernie Sanders, Jeremy Corbyn y Podemos demuestran que la izquierda está buscando nuevas ideas, nuevos caminos. , y nuevas esperanzas. 
Sanders encarna un cambio en la historia de la izquierda estadounidense, después del New Deal en la década de 1930 y la Nueva izquierda en la década de 1960. Da una nueva legitimidad a la idea del socialismo en un país donde nunca fue hegemónico. En el Reino Unido y España, Corbyn y Podemos simbolizan una ruptura radical con la larga secuencia del social-liberalismo.

Estas experiencias son pasos para inventar un nuevo modelo para una izquierda global. Los viejos paradigmas fallaron pero no han sido reemplazados todavía. Un nuevo modelo debe combinar una interpretación crítica del mundo y un proyecto para su transformación revolucionaria, como sugirió Marx en su famosa "undécima tesis".

El comunismo encarnó esta combinación y estableció el horizonte utópico para el siglo veinte. Mi única certeza es que una nueva alternativa que quedará para el siglo XXI será anticapitalista, pero no sé si se llamará a sí misma "comunista". Probablemente inventará nuevos conceptos e imágenes, como hicieron el socialismo y el comunismo en el país. últimos dos siglos. Pero una nueva izquierda global no será a partir de una tabula rasa. Decir que una ruptura histórica tuvo lugar con modelos anteriores no significa que una izquierda global no necesite memoria y una conciencia histórica.

Una comprensión crítica de las derrotas pasadas es inevitable. Lo que ayudó a la izquierda a superar sus derrotas, desde la Comuna de París hasta el golpe chileno de 1973, fue la convicción de que el futuro pertenecía al socialismo, e incluso los fracasos más trágicos eran batallas perdidas. Esta creencia en un objetivo histórico estaba cargada por una dimensión teleológica, pero también daba a la izquierda una fuerza extraordinaria, que hoy en día ya no existe.

La izquierda está "huérfana". No puede ni reclamar ni olvidar el pasado, tiene que superarlo.
 
NA MC
Pareces escéptico del uso político del populismo para la izquierda. Ya que es una palabra que se usa a menudo en propósitos cruzados, para agrupar fenómenos dispares como La France Insoumise y el Frente Nacional, usted sugiere que el populismo termina desdibujando las líneas entre la izquierda y la derecha. 
Que ciertos intelectuales y partidos políticos de izquierda hayan adoptado la etiqueta de "populismo de izquierda", al intentar trazar un rumbo entre "la calle" y las "instituciones", no parece entrar en sus consideraciones. ¿Crees que hay un lugar para el populismo de izquierda en la lucha contra el posfascismo?
 
ET
 Desde mi punto de vista, el populismo es un estilo político que pueden compartir líderes de diferentes orientaciones, incluso opuestas, tanto en la derecha como en la izquierda del espectro político. Pero un estilo y una retórica donde la virtud está encarnada por el "pueblo" opuesto a las elites corruptas simplemente definen la forma, no el contenido de una fuerza política. 
En América Latina, el populismo de izquierda utilizó la demagogia y con frecuencia adoptó características autoritarias, pero su objetivo era incluir a las clases más bajas en el sistema social y político. En Europa occidental, el populismo de derecha es xenófobo, racista y reclama políticas de exclusión.

Como ha subrayado Marco D'Eramo, en la mayoría de los casos, el estigmatismo del "populismo" revela un desprecio aristocrático y elitista por el "pueblo". Si el populismo significa que Corbyn, Sanders y Podemos son intercambiables con Salvini, Orban, Trump y Bolsonaro, entonces es un concepto completamente inútil o incluso peligroso.
 Sé que algunos pensadores radicales piensan que el populismo es una alternativa a una división supuestamente obsoleta entre la izquierda y la derecha, y con frecuencia presentan valiosos argumentos. Bajo ciertas circunstancias, este uso del populismo puede funcionar, pero en un contexto global de movimientos post-fascistas en aumento, se corre el riesgo de generar malentendidos peligrosos.
 
NA MC

Para finalizar, quisimos preguntarle acerca de la reciente controversia en torno al llamado "caso de la izquierda para las fronteras cerradas", que ha suscitado una serie de preguntas sobre la soberanía y su uso político como concepto para la izquierda. ¿Tienes alguna idea al respecto?
 
ET

Reclamar "fronteras cerradas" en la era de los "estados amurallados" y las fronteras militarizadas contra inmigrantes y refugiados me parece extremadamente peligroso. En última instancia, legitima la xenofobia, las defensas reaccionarias de la "identidad nacional" y el retorno a la soberanía nacional: el estribillo del posfascismo. 
Pensar que la globalización capitalista podría ser contrarrestada por el restablecimiento de las fronteras nacionales es una idea regresiva, en la medida en que todas las cuestiones cruciales del siglo XXI, desde la ecología hasta las desigualdades sociales y las transferencias demográficas, requieren una solución global.

Desde sus orígenes, el internacionalismo pertenece a la izquierda, y no creo que podamos abandonar o rechazar fácilmente el universalismo. En una era global, el socialismo debería redescubrir el significado original de las fronteras como puntos de encuentro en lugar de líneas de separación."           (Entrevista a
Enzo Traverso, Nicolas Allen, Matías Cortés, JACOBIN, 04/02/19,