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28/3/24

La otra Semana Santa andaluza es civil, tiene cofrades y pasos, pero no curas... Las asociaciones civiles proliferan al margen de la Iglesia, sobre todo en las barriadas de extrarradio, y acogen a homosexuales y divorciados, pese a las mofas que las minusvaloran como “piratas”

 "El sevillano Álvaro Maroto es cofrade desde que tiene uso de razón. Podría haberse conformado con ser hermano de la Estrella, donde le inscribieron desde que nació, pero quería más. Allá por 2009, cuando tenía 16 años, tuvo la idea de poner en pie una cofradía en Sevilla Este, un barrio a las afueras de la capital con más de 60.000 vecinos. Tocó a la puerta de tres parroquias sin éxito, así que decidió tirar por la calle de en medio. “Porque tres párrocos no quieran no tiene por qué quedarse el barrio sin hermandades con la de cofrades que hay. Ya habrá alguno que nos quiera”, reflexionó el hoy presidente de la asociación civil Consuelo y Esperanza. En esas siguen y no son los únicos. Andalucía vive desde hace más de una década una eclosión de asociaciones civiles con cofrades, pasos e imágenes, pero sin curas. Crecen exponencialmente al margen de la Iglesia mientras intentan sacudirse de las mofas que las minusvaloran como “piratas”.

El quinto sábado de Cuaresma, el pasado 16 de marzo, fue el termómetro del auge de estas asociaciones civiles en Sevilla, epicentro del movimiento. Las aceras y balcones del barrio de San Bernardo se caían de sevillanos y foráneos para ver a la Abnegación, una de las punteras del fenómeno de las asociaciones civiles. En el cortejo había enseres cofrades, imponente paso de misterio y agrupación musical de relumbrón, la Virgen de los Reyes. Lo único que desentonaba en la estampa es que los cofrades que integraban la procesión no llevaban hábito de nazareno y que el recorrido no partió de una parroquia. “Quizás empezamos la casa por el tejado, pero si todo está creciendo es porque la Iglesia y las hermandades no nos están acogiendo como deberían. Abnegación nació porque no nos acogieron, si no no existiríamos”, reflexiona su presidente, Javier Gámez Villar.

Esa falta de cobijo que alegan Maroto y Gámez es uno de los “múltiples factores” que Francisco Javier Escalera, catedrático de Antropología Social de la Universidad Pablo de Olavide, encuentra en el origen y arraigo de las asociaciones civiles. Muchas de las entidades, como ocurrió con Abnegación en 1992, surgieron de una cruz de mayo infantil que quiso tener imágenes a las que venerar y proyectos sociales de caridad que desarrollar. “Nacen cuando van a sus parroquias y muestran una necesidad que no se ve contestada por diversos motivos”, reflexiona Cristóbal M. Calvo, presidente de la civil Salud y Esperanza y de la federación Fecosevilla, que integra hasta a diez de estas entidades. Pero Escalera identifica más motivos. El lugar donde se han hecho fuertes no es casual, la mayoría germinó en barriadas de extrarradio en las que no existían cofradías y en el que estas corporaciones se han convertido en “la vía para fortalecer el sentido de pertenencia y de identidad”, como apunta Escalera, que se plantea realizar una investigación académica ante un fenómeno por estudiar, pero que, solo en Sevilla, ya cuenta con unos 20 grupos y mueve “entre 15.000 y 20.000 personas”, según estima Calvo.

No es el único vacío que han venido a completar las entidades civiles. El catedrático cree que han calado también en los barrios populares como reacción “al fortalecimiento de la jerarquía eclesiástica de ejercer un mayor control sobre las cofradías”, especialmente de sus cuentas y de quienes participan en la dirección de estas cofradías. Divorciados o personas LGTBI visibles y casadas, en definitiva “gente que no ha seguido el cursus honorum de la membresía católica”, como apunta Escalona, pueden estar en la cúpula de las asociaciones civiles sin que “nadie les mire por encima del hombro”, como confirma Gámez. “No es que seamos más o menos laxas, es que no tenemos la sobrefiscalización que tienen las cofradías”, apunta Calvo, que asegura que ese control ha estado provocado, en ocasiones, por la falta de formación de algunas de estas hermandades.

Pero el delegado diocesano de Hermandades y Cofradías de Sevilla, el sacerdote Marcelino Manzano, no cree que el origen de las civiles esté en un control eclesiástico más férreo de las religiosas. Apunta que las asociaciones civiles surgen “por desconocimiento o porque no encajan en la comunidad parroquial” y defiende la ortodoxia en las cofradías: “Exigen un proceso de formación exigente porque la realidad de una hermandad es la que es”. Y añade: “Aun respetando las buenas acciones que realizan [las civiles], llevan a la confusión de los fieles”. De ahí que el Arzobispado haya iniciado una política de acercamiento a los grupos civiles para intentar reconducirlos al largo camino hacia su conversión como hermandad, un proceso que exige convertirse primero en agrupaciones, en las que el máximo dirigente es el párroco de la iglesia que será su sede, y que termina cuando son erigidas como hermandades, bajo el paraguas de asociaciones religiosas de culto público.

La mayoría de las asociaciones civiles han recogido el guante con interés, resume Calvo: “Todas luchan por la integración en su parroquia porque no dejan de ser una herramienta pastoral”. Aunque otras no parecen tan dispuestas, como apunta Manzano: “Las hay que están en diálogo conmigo, pero de otras solo tengo noticias por los medios”. Entre las primeras, estuvo Consuelo y Esperanza, que llegó a estar integrada en la parroquia de la Asunción de Sevilla Este durante ocho años. “Nos confirmaron a los 170 hermanos, nos dieron formación continúa, limpiábamos la iglesia, éramos catequistas”, rememora Maroto. También les dijeron que ni homosexuales casados, ni divorciados podían estar en la junta. “¿Por qué? Si trabajan más que otros”, se pregunta molesto el presidente. Pese a ello, acataron la norma y les bendijeron a las tallas del Cristo y la Virgen. Hasta que el párroco cambió y, a finales de noviembre de 2023, decidió extinguir la ya agrupación de fieles y expulsar a las imágenes, que han vuelto a recibir culto en un oratorio privado, como la mayoría de asociaciones civiles. “Ahora, estamos en un limbo”, reconoce Maroto.

 “A la autoridad eclesiástica le sienta muy mal todo este fenómeno [...] No es más que la ruptura del monopolio sobre los símbolos católicos. La Iglesia no debería tener el control de que la gente pueda rendir culto a entidades divinas”, reflexiona Escalera. De hecho, aunque las diócesis intenten poner cortapisas, difícilmente lo consiguen y el movimiento de las asociaciones civiles ya está presente en localidades de fuerte raigambre cofrade, como Jerez de la Frontera. El pasado mes de septiembre también llegó a Cádiz capital con la salida del Grupo de Fieles de María Santísima de la Consolación, que despertó airadas quejas del Consejo de Hermandades y Cofradías de la ciudad. “Se nos tacha de ilegales o piratas porque no estamos al amparo eclesiástico, pero las asociaciones civiles son totalmente legales. Hacemos uso del derecho constitucional de la libertad religiosa”, explica Calvo.

Por eso Escalera cree que el movimiento puede dar más de sí y crecerá, sobre todo porque no aprecia rechazo en el conjunto de la sociedad, en este caso en la sevillana, solo en los sectores más ortodoxos: “Las tratan como si fuesen de segunda división del fútbol [...] Pero esto no es algo de cuatro casposos. La Semana Santa, pese al laicismo, es un fenómeno profundamente popular, vinculado a la estética y a la forma de entender la sociabilidad”. Que se lo digan a Maroto y a los suyos, a los que el último revés no ha restado ni un ápice de ganas. 15 años después reviven de nuevo aquella negativa que les llevó a fundar Consuelo y Esperanza, pero amilanarse no entra sus planes. “A nosotros no nos va a frenar nadie, por mucho que un párroco nos eche”, advierte combativo."             (Jesús A. Cañas , El País, 25/03/24)

22/3/21

A periodos de mayor competitividad (resultantismo, nihilismo social, individualismo) siguen otros de mayor cooperación. Estoy convencido de que vamos a asistir ahora a una mayor cooperación. Pero habrá que trabajársela. En un mundo interdependiente, o hay cooperación o nos vamos al garete todos... necesitamos una “competitividad cooperadora”

 "(...) P: En el libro propone contraponer el “resultantismo” (competitividad) de la sociedad con la idea de “comunidad”. ¿Qué es la comunidad?

R: El ser humano es fruto de la combinación de cooperación y competitividad. Hemos escalado en la evolución animal por encontrar el equilibrio entre ambos factores. La Historia nos demuestra en que hay periodos de mayor competitividad (resultantismo, nihilismo social, individualismo, como la Revolución Conservadora de Thatcher y Reagan) y otros de mayor cooperación. Estoy convencido de que vamos a asistir ahora a una mayor cooperación. Pero habrá que trabajárselo: no va a caer del cielo porque sí. En un mundo interdependiente, o hay cooperación o nos vamos al garete todos.

P: Y entonces surge su propuesta estrella, la  .

R: Pondré un ejemplo de mi etapa sindical: las empresas de automoción no son solo empresas, sino cadenas de valores. Cadenas que contienen a su vez a otras empresas más pequeñas y repartidas en diferentes países. Los empresarios del sector saben que si quieren ser más competitivos tienen que poner a cooperar a toda esa cadena. Si la empresa central que construye automóviles externaliza la producción, inicialmente reduce costes pero tarde o temprano se va a encontrar con huelgas que paralizarán esa producción.

P: Uno de los ejemplos que usted aporta que muchas empresas están internalizando los riesgos ambientales y sociales que generan. ¿Es suficiente?

R: Estos días China está inmersa en un proyecto colosal científico y tecnológico sobre las nubes que en teoría le va a permitir modificar el clima. Eso, que es de una soberbia tecnológica brutal, tiene unos riesgos tremendos, no solo para los chinos sino para los países de su entorno.

P: ¿Qué quiere decir cuando plantea “reemplazar las relaciones de ciudadanía por las de cliente de la política”?

R: Algo obvio. El mercado ha irrumpido en nuestra vida. Completamente. Y en la práctica se han terminado regulando cosas brutales. Hay personas que creen tener derecho a acceder a vientres de alquiler. La vivienda, que era un derecho, ha terminado siendo un producto de inversión financiera regulado por mercado. Y todas las relaciones comunitarias, sociales se convierten en relaciones de mercado o clientelares.

Gran parte de los clubes de fútbol de Cataluña nacen vinculados a fábricas. Antes, si querías hacer montaña, te apuntabas a un club, al menos en Cataluña; ahora, la gente que quiere hacer montaña contrata una empresa. Y no hablemos del fútbol y el mercado. La propia política acaba atrapada por esa lógica de mercado. ¿Se relacionan los partidos políticos con la ciudadanía a través de vínculos asociativos estables? No, a través de vínculos clientelares, y ahí están las redes sociales: vínculos más efímeros y menos comprometidos.

P: ¿Qué propone?

R: Propongo acotar mucho la función del mercado, el intercambio de bienes y servicios, y reequilibrar esa función en favor de la sociedad. La sociedad organizada en partidos, en comunidades...

P: Dice que ya no habrá “ni militantes ni afiliados ni adheridos, ni tan siquiera ciudadanos. Solo clientes.

R: Lo planteo como una cuestión de presente, no futuro. Curiosamente, me parece ver que los que están aguantando mejor las crisis son aquellos que mantienen estructuras analógicas. ¿Qué ha sido de Ciudadanos? Que se relacionaba con la ciudadanía de manera clientelar. De ahí su debilidad. La gente imputa su hundimiento a errores estratégicos de Rivera. Pero si Ciudadanos fuera una organización más sólida, esta crisis se supera. El problema es que sus cimientos descansaban sobre relaciones clientelares. (...)"                                        (Entrevista a Joan Coscubiela, Pablo García, InfoLibre, 26/02/21)

26/10/20

La experiencia de una localidad estadounidense que se convirtió en un laboratorio del liberalismo... las carreteras se llenaron de baches, las calles se quedaron casi sin iluminación y se cometieron los primeros asesinatos en la localidad. No solo eso: el pueblo recibió cada vez más visitas de osos...

 "Grafton es una pequeña ciudad de New Hampshire, al noreste de Estados Unidos, con poco más de 1.300 habitantes censados. A partir de 2004 fue el objeto de un experimento político que quiso convertir la ciudad en un paraíso liberal. 

Los promotores esperaban que sirviera como ejemplo para todo el país de que los impuestos son un robo, de que el intervencionismo estatal trae pobreza y de que el Gobierno no debe inmiscuirse en si fumo marihuana, en cuántas armas tengo o en si puedo o no vender libremente mis órganos. Pero la iniciativa también trajo consigo una consecuencia inesperada: ataques de osos.

Lo explica el periodista Matthew Hongoltz-Hetling en A Libertarian Walks Into a Bear, título que se puede traducir como "Un liberal se encuentra a un oso", pero que también hace un juego de palabras con los chistes que comienzan con alguien (o algo) entrando en un bar. (Una aclaración: en Estados Unidos, un libertarian es un partidario del libre mercado y del Estado mínimo y no un libertario, que en español tiene un significado más cercano al de anarquista. 

Y liberal se acercaría a lo que entendemos en España por progresista). Recién publicado, el libro explica que los promotores de esta idea tenían pensado un futuro como el de La rebelión de Atlas, de Ayn Rand, novela en la que un grupo de empresarios organiza en un valle oculto una sociedad rebelde que se rige solo por el libre mercado, y cuyo éxito contrasta con un país sumido en la burocracia, el intervencionismo y, por tanto, el caos y la pobreza.

A pesar del referente literario, mientras Estados Unidos seguía a lo suyo, en 2011 las carreteras de Grafton se habían llenado de baches, las calles se quedaron casi sin iluminación y se cometieron los primeros asesinatos registrados en la localidad. No solo eso: el pueblo recibió cada vez más visitas de osos que atacaban a gallinas, gatos y, en algún caso aislado, a personas.

Sí, osos: los habitantes liberales y anarcocapitalistas de la ciudad se negaban a respetar las normas sobre la recogida de basura o intentaban resolver los problemas por su cuenta, sin llamar para avisar de que había animales enormes en su jardín. Y eso sin mencionar a Doughnut Lady (la señora de los donuts, uno de los personajes con más presencia en el libro), que daba de comer a los osos que se acercaban a su casa y, por tanto, animaba a los animales a acercarse al pueblo con más frecuencia. Al fin y al cabo, ¿por qué no puedo hacer lo que quiera en mi jardín?

Además de todo eso, y a pesar de quedarse sin apenas servicios y de sufrir los ataques de estos animales, los vecinos de Grafton ni siquiera se ahorraron tanto dinero en impuestos: Hongoltz-Hetling compara su situación con la vecina ciudad de Canaan, donde había carreteras pavimentadas y servicios como piscinas, museos y parques. En esta ciudad, cada vecino pagaba, de media, 70 centavos más al día por esos servicios que en la liberal Grafton (unos 250 dólares al año).

Después de leer el libro, uno puede pensar que a lo mejor este experimento no es representativo. O puede que no estuviera bien planificado. O quizás no se ejecutó bien. Pero es bastante probable que esta experiencia, simplemente, padeciera muchos de los problemas comunes a las utopías.

Un problema de método

Hongoltz-Hetling habla en su libro de los liberales como personas cerebrales y lógicas que en algunos casos llegan a extremos que suenan absurdos solo por seguir esta lógica hasta el final. Si el liberalismo defiende que cualquier acuerdo libre y voluntario es válido, esto quiere decir que yo tengo derecho a vender mis órganos y que incluso se los puedo vender a alguien que los quiera para comérselos. También puedo batirme en duelo, organizar peleas entre vagabundos o llenar mi jardín de basura (haya o no osos en los alrededores), porque son decisiones tomadas libremente y, en el último caso, en mi propiedad.

En su libro La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper, filósofo cercano al liberalismo, critica precisamente esta apariencia racional de las utopías, que las hace especialmente peligrosas. Según Popper, el pensamiento utópico parte a menudo de una sociedad supuestamente ideal, que es la que hay que alcanzar. Para el filósofo, el problema no es que el objetivo parezca irrealizable (en su opinión, hoy en día disfrutamos de muchas cosas que en su momento parecían inalcanzables), sino que las utopías proponen reconstruir por completo la sociedad. Esto suele traer consigo “consecuencias prácticas difíciles de calcular, dada nuestra experiencia limitada” y a pesar del planteamiento supuestamente lógico.

Es decir, el problema de las utopías no es necesariamente el objetivo, sino el método, que implica muchos cambios a la vez con consecuencias impredecibles. Es, de hecho, lo que les ocurrió a los habitantes de Grafton: probablemente ninguno de los defensores de esta “ciudad libre” pensaba que criticar el intervencionismo y recortar impuestos traería consigo ataques de animales, pero, como escribe Hongoltz-Hetling, es más fácil resolver los problemas en Internet que en persona. 

Si el experimento sale mal, ¿lo volvemos a probar?

John Babiarz, uno de los protagonistas del libro de Hongoltz-Hetling, admite que el experimento de Grafton no salió todo lo bien que quería, pero eso no le ha hecho renunciar a sus ideales. De hecho, a lo largo del libro, sus protagonistas se quejan de que el problema no es que su proyecto tenga defectos, sino que aún no disfrutan de suficiente libertad, con personajes agraviados, por ejemplo, porque les obligan a apagar hogueras que ellos consideran seguras.

No están solos: hay liberales que defienden que el problema de las crisis económicas capitalistas es que no hay tanta libertad como debería y hay comunistas que creen que las ideas de Marx no se aplicaron correctamente. ¿Podría haber funcionado la utopía de Grafton si se les hubiera dejado aplicarla del todo (o mejor)? Al fin y al cabo, la biblioteca pública aún abría tres horas a la semana. ¿Habrían alcanzado una sociedad justa y libre cerrándola para siempre?

Parece poco probable, al menos si hacemos caso a lo que escribió hace más de 30 años el filósofo Robert Nozick, cuando comentaba el abismo entre los ideales políticos y su ejecución práctica. En su The Examined Life (La vida examinada), Nozick reflexiona sobre esta diferencia entre lo ideal y lo real. Cuando fracasa una utopía (o incluso una propuesta política que en principio parecía realista), sus partidarios se defienden diciendo que no se aplicó bien o que se aplicó “demasiado poco”. Para Nozick, eso es trampa porque omite que la diferencia entre lo que propone una teoría y cómo se acaba aplicando también es algo que hemos de tener en cuenta.

Por ejemplo, el capitalismo puede proponer un ideal de intercambio libre y voluntario, con países cooperando a través del comercio y con individuos obteniendo por su trabajo lo que los demás creen que merecen. Pero todo esto también ha venido asociado en la práctica con la explotación de trabajadores y, en muchos caso, el apoyo a regímenes dictatoriales. Nozick aprovecha incluso para apuntar una crítica a su libro más conocido, Anarquía, estado y utopía, en el que precisamente sentó las bases del liberalismo contemporáneo.

Por supuesto, esta diferencia entre lo ideal y lo real no se da solo en el capitalismo liberal: Nozick dedica unas líneas a la religión y al comunismo, cuyo ideal de cooperación sin clases ni privilegios en la práctica ha supuesto también totalitarismo y censura. “Esta no es toda la historia acerca de cómo opera en el mundo el ideal comunista, pero es parte de esa historia”.

De la utopía a la protopía

¿Todo esto significa que debemos renunciar a los planteamientos utópicos? ¿Las ideas planteadas en utopías no son inspiradoras? ¿No tiene razón el filósofo Francisco Martorell Campos cuando opina que sin la motivación del cambio social en apariencia utópico tenderíamos al conformismo?

En Soñar de otro modo, publicado en 2019, este filósofo admite que las críticas a las utopías son legítimas, ya que han dado lugar a “sociedades cerradas, estáticas, centralizadas y estandarizadas”. También recuerda que le debemos el término "distopía" a John Stuart Mill, que en 1868 ya avisó de que "muchos utópicos proponen modelos sociales tan pavorosos que merecen un calificativo específico para apodarlos".

Pero Martorell Campos también recuerda que las utopías entregaron “al progreso social cuantiosas ideas”. Apunta que a menudo se olvida “que la democracia fue en origen una utopía” y que “los avances sociales se consiguen únicamente mediante la protesta y la movilización ciudadanas, a veces tras décadas o siglos de insistencia”.

En Utopía para realistas, el historiador neerlandés Rutger Bregman propone ideas que hoy parecen casi inalcanzables como la semana laboral de 15 horas o la renta básica universal. En una línea similar a la de Martorell Campos, Bregman considera que las ideas utópicas son “horizontes alternativos que activan la imaginación”. Sin soñadores utópicos que defendieron la igualdad y la libertad, “todavía pasaríamos hambre y seríamos pobres, sucios, temerosos, ignorantes, enfermizos y feos”.

Hay un posible terreno medio entre el conformismo y la amenaza de la distopía: la protopía, término acuñado por Kevin Kelly, cofundador de la revista de tecnología Wired, y que defiende el ensayista y divulgador Michael Shermer en su libro The Moral Arc (El arco moral). Estas protopías son proyectos de cambio gradual y continuado. Podemos aspirar a la sociedad que consideremos más justa, pero no es necesario correr el riesgo de inventarla de cero.

Se trata de una idea que también recoge en su libro Popper, quien, recordemos, no estaba en contra de plantearse objetivos supuestamente inalcanzables, sino de los métodos para alcanzar estos objetivos. En lugar de intentar crear una nueva sociedad, podemos ir introduciendo avances paulatinamente. Esto nos permite ir comprobando el efecto de estas decisiones, corrigiendo si es necesario y contando con la opinión de todos los ciudadanos.

Así, tras uno o dos ataques de osos podríamos dar marcha atrás y admitir que, en fin, a lo mejor la idea no era tan buena."              (Jaime rubio Hancock, El País, 23/10/20)

7/1/20

“La ofensa al veganismo no es tan grave como a la raza o a la sexualidad”. En el “primer mundo” se comete el error de que los seguidores de diferentes estilos de vida tienden a arrogarse un privilegio...

"Para cualquier filósofo sin conocimientos sobre derecho es complicado pronunciarse sobre la sentencia del juez de Norwich que ayer consideró que el veganismo es “una creencia filosófica” y dictaminó que merece gozar del amparo de la Ley de Igualdad, aprobada en 2010 en Reino Unido para evitar que religiones y creencias sean objeto de cualquier forma de discriminación.

 “Podemos llegar al absurdo de que cualquier forma de vida se reivindique como un derecho; pero es un terreno peligroso. La ofensa al veganismo no es tan grave como a la raza, la sexualidad o la religión”, considera Germán Cano, profesor de Filosofía Contemporánea de la Universidad de Alcalá de Henares.

A su juicio, el problema es que en las sociedades avanzadas del “primer mundo” se comete el error de que los seguidores de diferentes estilos de vida tienden a arrogarse un privilegio. Cano sitúa la raíz de esa distorsión en la secularización de la sociedad y la progresiva pérdida de peso de la religión.

“Se da la circunstancia de que uno piensa que su estilo de vida, independientemente del que sea, se debe equiparar al peso que han tenido las religiones, y por eso buscan el encaje de su ideología en el ámbito del derecho”. 

A falta de que el tribunal se pronuncie sobre si el despido de Jordi Casamitjana, ciudadano británico de origen catalán que demandó a su empresa por despedirle como consecuencia de sus “declaradas convicciones veganas”, fue o no procedente, Cano cree que su argumentario de que se le discriminó por ser vegano es una “justificación extemporánea” que carece de sentido.

Jorge Rlechman, profesor de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid, recuerda que los ordenamientos jurídicos incorporan creencias filosóficas, una realidad que puede conducir a algunos ciudadanos a equívoco en cuanto a sus exigencias morales. “La declaración de derechos humanos de 1948, por ejemplo, tiene muchos principios filosóficos detrás, pero es complicado adaptar las diferentes creencias en un marco jurídico”.

Para Javier Morales, autor del libro El día que dejé de comer animales, más que una creencia filosófica, el veganismo es un movimiento político. “Si hablamos del marco regulatorio, lo que tendría sentido es que los gobernantes se preocupen por ofrecer opciones a los veganos en servicios públicos como los comedores de los hospitales o de los centros educativos”. En su opinión, esta corriente no se puede considerar una religión, sino una revolución con una fuerza similar a la del feminismo. “Luchamos para visibilizar a los animales y para erradicar las prácticas deplorables a las que los sometemos; los seres humanos no somos el centro del universo”.                   (Ana Torres, 04/01/20)

13/12/19

Si los presidentes de EEUU, China, Rusia, India, Brasil o Reino Unido, al igual que muchos de los grandes fondos de inversión, o los accionistas y directivos de muchas de las mayores empresas del mundo, se niegan a desarrollar las medidas que serían precisas, es fácil entender dónde están las dificultades para poner solución al cambio climático...

"Una de las claves de la polarización, y quizá su factor principal, es lo mucho que nos fijamos en los demás. No en sus ideas, sino en sus características, en sus actitudes, en sus personas. 

Lo cierto es que la política se ha convertido en un continuo afeamiento de las transgresiones ajenas y ocurre entre los líderes (Sánchez es un mentiroso, el otro se compra una casa, el otro es fascista y demás) y en la micropolítica, desde las conversaciones de bar hasta Twitter. Esta confrontación banal genera insatisfacción y hartazgo, pero también impide que surjan discusiones reales y que la política pueda ser eficaz. Es difícil hoy hablar de ideas, porque todo se resuelve en lugares comunes soportados por las personalidades de quienes los emiten.

Mucha de esta retórica se repite con el cambio climático, y es una dinámica peligrosa. Se está celebrando la cumbre por el clima, algo de lo que nos hemos enterado en España, pero no mucho fuera de aquí. Los líderes de los principales países del mundo no se han acercado por ella y, sin embargo, todos ellos (los occidentales) están en la cumbre de la OTAN, lo cual marca claramente qué interés resulta prioritario y cuál es el momento en el que nos encontramos.

El poder y los intereses

Como es obvio, si existen dificultades para tomar medidas que nos dicen que resultan imprescindibles, si los acuerdos de cumbres anteriores no se han cumplido, si los presidentes de EEUU, China, Rusia, India, Brasil o Reino Unido, al igual que muchos de los grandes fondos de inversión, o los accionistas y directivos de muchas de las mayores empresas del mundo, se niegan a desarrollar las medidas que serían precisas, es fácil entender dónde están las dificultades para poner solución al cambio climático y hasta qué punto están ligadas a los intereses y al poder económico y geopolítico.

Sin embargo, en estos días de cumbre, de lo que más hemos oído hablar es de los negacionistas, esa gente que se resiste a aceptar la verdad científica. Tampoco se refutaban sus tesis con otros argumentos, lo cual se considera poco útil a estas alturas, sino que se les atacaba a través de sus características personales. Y esto es llamativo, porque los rasgos con los que se les describe coinciden con los de aquellos que, según nos dijeron, votaron a Trump, apostaron por el Brexit, han nutrido a las extremas derechas o se resisten al cambio tecnológico.

Una extraña mezcla

Aparentemente hay un grupo de gente que está por todas partes y a quienes debemos casi todos nuestros males: son los viejos, resentidos, misóginos, atrasados, conservadores, aquellos que caen en rabietas infantiles, que carecen de la madurez psicológica necesaria o que tuvieron poder y lo han perdido. Esa extraña mezcla de resentimiento, decadencia, indignación y falta de control de las emociones se ha confabulado para fabricar nuestros problemas.

Con estas descalificaciones no solo se contribuye a una polarización artificial, sino que permite borrar del mapa algo esencial en nuestra sociedad, lo estructural. Todo se reduce, como suele pasar con el individualismo metodológico, a las acciones y actitudes personales, como si la suma de las partes diera forma a un conjunto mágico, como si no hubiera diferencia entre el poder de unos y el poder de otros, como si no fueran mucho más decisivas las de unos que las de otros.

Los vicios privados

Esto es muy común a la hora de explicar nuestra sociedad y se repite de manera abrumadora. Un buen ejemplo lo tenemos en la forma en que se han justificado las diferencias sociales: a quien le va bien es gracias a sus méritos, a su capacidad de innovación y talento, y a quien le va mal es por su falta de esfuerzo o de perspectiva, por no haberse adaptado al cambio o no haberse preparado lo suficiente. 

En la crisis ocurrió también, tanto respecto de los países como de sus ciudadanos, y los argumentos circularon del lado de los vicios privados: quienes se gastaron lo que no tenían, no fueron responsables o se endeudaron por encima de sus posibilidades son quienes deben afrontar ahora los momentos duros. Es un asunto lógico de responsabilidad moral, de entender cuáles son las consecuencias de sus actos

Este moralismo es insoportable, y en gran medida porque impide poner solución a los problemas que nos aquejan, cambio climático incluido. En tanto ocluye las cuestiones estructurales y las diferencias de poder, lleva todo a una simple cuestión de actitudes. Si nos desprendiéramos de los lastres que nos colocan esos resentidos, todo iría bien y seríamos capaces de ponernos las pilas y transformar nuestros hábitos; así disminuiríamos el consumo de carne, dejaríamos de utilizar el automóvil y el avión y prescindiríamos de los plásticos. Tendríamos una ciudadanía concienciada, moderna, decidida a actuar correctamente para salvar la vida en el planeta y así construir un futuro brillante en lugar de uno oscuro.

La vida cómoda

Al final, se convierte en una cuestión privada: si adoptásemos los hábitos correctos de alimentación, transporte y consumo, todo se arreglaría. Por eso a mucha gente no le gustan Greta y sus ideas, porque le obligan a salir de su zona de confort, a cambiar y a tener una vida menos cómoda, y lógicamente se resisten.

Las cosas no funcionan así. Si no se pone remedio al cambio climático, no es por el señor de los memes que dice “¿dónde está, que yo lo vea”, ni por los tuiteros que niegan esto o aquello, ni por medios de comunicación que difunden noticias falsas. Esta visión olvida que priman el poder y los intereses y que, sin tener en cuenta ese factor, lo demás son mínimos parches.

El problema de esta actitud no es que incite al cambio a la gente, es que en lugar de transformar lo estructural, eso que parece no existir, pone el acento únicamente en lo individual. De este modo, gran parte del progresismo se ha convertido en guardián de la moral (del mismo modo que las derechas llevan tiempo apostando por ese juego) y nos dice cómo vivir, qué hábitos adoptar, cómo comportarnos, qué está bien y qué mal. Pero lo hace precisamente para esconder su complacencia con lo estructural, con aquellos que realmente tienen poder de decisión.

Esta absurda gestión de la política es peligrosa. Y es un juego fácil de jugar, porque bien podría decirse que ese permanente señalar con el dedo no es más que la rabieta infantil de progresistas impotentes que, al constatar que no cambian nada, vuelcan su ira en otros grupos sociales e insisten en avergonzarlos. De modo que, para no caer en ese error, sería mucho más práctico dejarnos ya del individualismo metodológico y del moralismo, y pensar mucho más en las razones verdaderas de nuestros problemas."                   (Esteban Hernández, El Confidencial, 06/12/19)

17/9/18

El espacio político de la izquierda es la interpretación del fenómeno democrático basada en el reparto de las decisiones políticas, el reparto de los recursos materiales y económicos, el reparto del acceso a la educación y a la información y el reparto del acceso a un medioambiente saludable para las generaciones presentes y futuras

"(...) Utilizas en este trabajo conceptos como ciudadanía, sociedad civil, izquierda, perspectiva progresista. ¿Nos los puedes definir? Algunos de ellos, no digo todos. 

Ya te decía que no quiero hacer demasiada teoría pues, aunque me parece fundamental llenar los campos los semánticos con nuevos significados, hay un cierto peligro de que todo esto acabe, una vez más, en un simple debate entre intelectuales y académicos. 

El concepto de ciudadanía es profundamente republicano y nace de la convicción de que la única forma de combinar diversidad e igualdad y, por tanto, generar justicia social, es creando un espacio más elevado y abstracto en el que, hables la lengua que hables, seas hombre o mujer, negro o blanco, seas lo mismo que tus semejantes. 

Es un concepto imprescindible a medida en que el mundo se hace más complejo, se extiende la entropía social y en el que toca repartir cada vez menos recursos entre cada vez más personas. En sus orígenes, el término sociedad civil nace de la anteposición liberal entre individuos y Estado en un momento en el que este último sólo representaba a una parte de la sociedad real: la de la gran propiedad. 

La democratización de la vida social en la segunda mitad del siglo XX obliga a ver esta anteposición de forma distinta a como la enfocaban y siguen enfocando los liberales, aunque no cabe duda de que los estados nunca van a poder ser totalmente democráticos, que por mucho que se esmeren en representar al "país real" siempre van a obedecer a lógicas propias, distintas. 

Además la capacidad del estado de representar a toda la sociedad real está decayendo de nuevo debido al poder que han acumulado los grandes actores económicos y, en menor medida también los propios partidos políticos, que tienen cada vez más dificultades de representar realmente a la sociedad que aspirar a representar. Todo esto le da al concepto de sociedad civil una actualidad que trasciende su interpretación liberal primigenia.

 Izquierda tiene, al menos, dos grupos de significados que muchos izquierdistas entremezclan fatalmente en detrimento de sus propios objetivos programáticos. El primero consiste en una lectura del fenómeno democrático que se diferencia del de liberales y conservadores. 

 Lo que podríamos llamar el núcleo del espacio político de la izquierda es la interpretación "textil" del fenómeno democrático, es decir, su comprensión una especie de paño tejido por varios hilos distintos pero completamente interdependientes.  

¿Y qué hilos son esos? 

Estos hilos son 

a.) el del reparto de las decisiones políticas, 
b.) el del reparto de los recursos materiales y económicos, 
c.) el del reparto del acceso a la educación y a la información o 
d.) también el del reparto del acceso a un medioambiente saludable para las generaciones presentes y futuras etc. 

El argumento central de la "izquierda" en que sólo si todos estos hilos se entretejen en un paño es posible crear realmente un orden llamado "democrático": sólo si las personas tienen satisfechas sus necesidades materiales mínimas, si disponen de una educación mínima etc es posible crear una sociedad de este tipo, en definitiva: no hay democracia a largo plazo sin justicia social, educativa, ambiental de género etc. 

Esta forma de ver las cosas nació en el siglo XIX frente a la idea liberal de la democracia que insiste en la posibilidad de hablar de democracia en términos sólo políticos. 

La experiencia histórica ha confirmado que la idea del paño es correcta pues sólo con la creación de los estados del bienestar de la postguerra se pudo crear algo así como un orden democrático perdurable, sólo si la ciudadanía tiene satisfechas sus necesidades elementales y si está realmente informada sobre las opciones entre las que puede elegir supuestamente, puede implicarse en la toma decisiones, últimamente: sólo si existe un acceso generalizado a los recursos naturales, lo cual significa que estos tienen que ser tratados de forma completamente distinta, es posible crear un orden de tipo democrático etc. 

La degradación de la democracia política se produce, no por casualidad, tras la cancelación de los grandes consensos sociales de la segunda postguerra hacia principios de los años 1980 y las dinámicas democráticas se estancan porque la desigualdad expulsa a las clases populares de la participación política, por miedo a perder el trabajo, por falta de tiempo etc. 

El segundo significado de lo entendemos por izquierda es de contenido identitario: representa una suma de experiencias compartidas, referencias históricas, mitos y símbolos destinados a articular a los actores implicados en llevar adelante el programa del paño democrático.

 El problema es que cuando decae la capacidad efectiva de hacerlo, los elementos identitarios empiezan a ganar un peso excesivo hasta el punto de que pueden llegar a bloquear el avance hacia los objetivos programáticos. 

Esto obliga a actualizar continuamente las identidades políticas con el fin de evitar que se conviertan en una especie de arqueología discursiva destinada a mantener la cohesión conservadoras de las organizaciones. 

El término perspectiva progresista sugiere la reivindicación de que el futuro puede y debe llegar a ser mejor que el presente para la mayoría de la población y para el conjunto del planeta, una reivindicación que admite naturalmente muchas formas de interpretar la palabra "mejor", pero que choca en todo caso con la impugnación postmoderna de la idea de progreso. "

(Entrevista a Armando Fernández Steinko, Salvador López Arnal , Rebelión, 09/07/18)

14/12/12

Estamos en busca de nuevos sujetos políticos que capte la energía de miles de ciudadanos dispuestos a dejar de lado sus lealtades partidarias para encontrar una solución para el país a partir de alternativas concretas

"Entre los miles de ciudadanos que se manifiestan en la calle se capta un evidente sentimiento antipartidos que abarca todo el espectro político. Este clamor a veces se desliza hacia la antipolítica, donde germinan todos los extremismos. (...)

De todo ello resulta que los partidos en el poder son un sujeto político ausente, al tiempo que no parece haber un sujeto alternativo, ya que el Partido Socialista (PS), después de haber firmado el memorando y respaldado las sociedades público-privadas, sólo podrá ser oposición si comienza por oponerse a sí mismo.

 La expresión de la ausencia de sujetos políticos a la derecha y en el centro está en la propuesta de un gobierno de unidad nacional que pivota sobre la crisis hasta que Europa la resuelva. Esperar a Europa es lo mismo que esperar a Godot [1]. 

Si no hacemos nada por la nueva Europa (lo que implica desobediencia organizada al memorando y a toda la política y economía que supone), la vieja Europa no hará nada por nosotros. De ahí mi convicción de que estamos en busca de nuevos sujetos políticos.

No creo que se den las condiciones para el surgimiento de un sujeto político de extrema derecha. 

El escenario más creíble tiene dos dimensiones. 

La primera es la formación de un nuevo sujeto político que capte la energía de miles de ciudadanos dispuestos a dejar de lado sus lealtades partidarias para encontrar una solución para el país a partir de alternativas concretas. 

No se trata de crear un partido nuevo, sino de crear un frente electoral y político a través de un acto de refundación de dos partidos, el PS y el Bloco de Esquerda (BE). El PS convoca un congreso extraordinario, se desvincula del memorando y de los contratos de las sociedades leoninas y elige a un líder para capear la tormenta (el actual es un líder formado en y para tiempos calmos).

El BE, también reunido en congreso, se libera de toda la ideología de vanguardia. Elige a un líder de retaguardia, capaz de poner al BE a caminar con la sociedad excluida y sobre todo con la que camina más lento. Así refundados, ambos partidos pueden generar un nuevo sujeto político de alta intensidad democrática.

La segunda dimensión consiste en la convocatoria, que sugiero desde ya, de un Foro Social del Sur de Europa, a celebrarse en el próximo año. Complementa y expande el inmenso potencial revelado por el Congreso Democrático de las Alternativas [2]. 
Por un lado, es europeo y no sólo portugués; por otro, está convocado por movimientos y organizaciones sociales, y no sólo por ciudadanos. Este Foro discutirá los caminos para Europa a partir de la premisa de su profunda democratización. Podrá generar la energía que lleve a la Unión Europea a merecer el Nobel de la Paz, por ahora un chiste de dudoso gusto."          (Boaventura de Sousa Santos – Visão, Attac España, 05/11/2012)

26/10/12

El capitalismo comporta una concentración de la renta y de la riqueza sin igual, que resulta cada día más incompatible con la democracia.

"Nicolas Sarkozy, expresidente de Francia, dijo al principio de la crisis: "Vamos a refundar el capitalismo". Casi cinco años después nada de eso ha sucedido. ¿El actual sistema capitalista es intocable?

Juan Torres: El capitalismo es un sistema que ha traído consigo unos avances sociales impensables y con él la democracia ha avanzado más que nunca. Pero el capitalismo también comporta una concentración de la renta y de la riqueza sin igual que resulta cada día más incompatible con la democracia.

 En los últimos años estamos viviendo un capitalismo muy singular, un capitalismo casi sin normas que ha resuelto que el afán de lucro es el único motor y eso está creando grandes problemas. El capitalismo se ha convertido en un casino y en un casino las pérdidas son grandísimas individual y socialmente.

 Aunque ha sufrido una profunda degradación, el capitalismo le ha dado un poder tan grande a algunos grupos sociales que estos se pueden permitir el lujo de transmitir al resto de la sociedad que todo va bien y que no hay otra manera posible de vivir. Lo que pasa es que los demás, antes o después, se dan cuenta de que esto no va de ninguna manera bien. Y en esa tensión estamos.

Vicenç Navarro: La crisis de legitimidad del capitalismo se debe a la captación del Estado por intereses particulares entre los cuales destaca el capital financiero. 

¿Ha faltado voluntad o coraje político de los gobernantes para cambiar las cosas?

La actual clase política está vinculada a partidos que dependen de la financiación de los bancos. Es una contradicción pensar que alguien que está financiado por unos bancos va a poner en cuestión el status quo de esos mismos bancos. Eso no va darse, al menos con esta clase política.

¿Hay que asumir entonces que los ciudadanos ya no pueden contar con los políticos?

V.N: En una democracia el poder debe derivar de la ciudadanía. Cuando las instituciones representativas han sido instrumentalizadas por el poder financiero y económico, la ciudadanía tiene que salir a la calle para recuperar la democracia.
 
J.T: La desafección hacia la política es extraordinaria. Se está produciendo un resquebrajamiento social porque la gente se da cuenta de que esto es una mentira, que esto no funciona, que los partidos políticos no son capaces de aportar soluciones. Sin embargo, este proceso ni es automático, ni es generalizado ni es fácil porque los bancos y las grandes empresas dominan los medios de comunicación.

 Pero también eso empieza a resquebrajarse: la gente empieza a no fiarse de los medios de comunicación convencionales y empieza a informarse por otros más alternativos. Obviamente eso no pasa de un día para otro y durante el camino se producen traumas y conflictos sociales."             (Público, 21/10/2012, ENTREVISTA A VICENÇ NAVARRO Y JUAN TORRES)

14/1/10

La sociedad civil... la española...

"Llegamos a una triste conclusión: la verdadera sociedad civil se abstiene y el poder político está en manos de una coalición entre la sociedad política y la falsa sociedad civil. Ciertamente, un grave problema para la democracia.

Más recientemente, entre otros muchos autores (véase Sauca / Wences, Lecturas de la sociedad civil, Trotta, Madrid, 2007), ha sido el conocido pensador alemán Jürgen Habermas quien ha suministrado una noción de sociedad civil que probablemente es la que más se acerca a la actualmente difundida entre nosotros. Sintetizando mucho el esquema básico es el siguiente. En toda sociedad se distinguen dos esferas, la sociedad política y la sociedad civil. La primera está compuesta por el conjunto de poderes públicos, es decir, aquellas instituciones con capacidad de tomar decisiones jurídicas y, por tanto, coactivas y vinculantes.

La sociedad civil, por su parte, está compuesta por todas aquellas organizaciones y grupos sociales que pueden configurar la opinión pública libre y que sin ejercer poder jurídico alguno tienen capacidad para crear consensos sociales que influyan y condicionen las decisiones de los poderes públicos. Así, la sociedad civil es autónoma de la sociedad política, es un espacio libre de las interferencias de los poderes públicos. El conjunto de ambas esferas sociales, la civil y la política, expresan los deseos y las aspiraciones del conjunto de la sociedad.

En abstracto, como modelo teórico, tal distinción puede resultar válida. Una cosa es el Estado, es decir, todo poder público, en nuestro caso, el Estado central, las comunidades autónomas y los entes locales, con la UE al fondo; otra cosa es la sociedad organizada, es decir, aquellas instituciones, grupos sociales y asociaciones de naturaleza privada, especialmente las de relevancia económica y cultural, con capacidad de influencia en los poderes públicos.

Es el caso, entre otros, de los sindicatos, las patronales, los grandes y medianos empresarios, las asociaciones y fundaciones, los colegios profesionales, los medios de comunicación, las entidades culturales y académicas, las iglesias y los clubs deportivos.

Sin embargo, la práctica del actual Estado social hace que ambas esferas, Estado y sociedad, se interrelacionen cada vez más en detrimento de su mutua autonomía. En efecto, el Estado social, el actual Estado de bienestar, es un poder público cada vez más intervencionista, lo cual comporta que las instituciones, asociaciones y empresas que componen la sociedad civil estén cada vez más reguladas, sus actividades cada vez más sometidas a autorizaciones y condicionadas por las subvenciones que reciben.

Ello da lugar a una inversión de las funciones. La sociedad civil, en lugar de representar a los deseos y aspiraciones de la sociedad e influir así en los poderes públicos, se ha convertido en un instrumento de control social por parte de estos poderes respecto de la sociedad. Es decir, los poderes públicos utilizan a la sociedad civil para sus propios fines haciendo ver que estos son los auténticos deseos de la sociedad civil. Mediante esta inversión de funciones, los políticos aparentan reforzar la legitimidad democrática de sus decisiones: no es que lo hayamos decidido nosotros, dicen, es que lo pide la sociedad." (Fundación para la Libertad, citando a
Francesc de Carreras, LA VANGUARDIA, 14/1/2010)