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16/9/22

La inteligencia artificial (propiedad de Google), predice la estructura de todas las proteínas conocidas y abre un nuevo universo para la ciencia

 "Una inteligencia artificial propiedad de Google ha predicho la estructura de casi todas las proteínas conocidas; unos 200 millones de moléculas esenciales para comprender la biología de todos los seres vivos del planeta y los mecanismos de algunas de las enfermedades más prevalentes, desde la malaria hasta el alzhéimer y el cáncer.

“Este trabajo da inicio a una nueva era de biología digital”, ha celebrado Demis Hassabis, el experto en programación y neurociencia de 45 años que es el principal creador de AlphaFold, el sistema de redes neuronales que ha sido capaz de resolver casi por completo uno de los mayores problemas de la biología.

El británico Hassabis fue un talento juvenil del ajedrez y los videojuegos que en 2010 fundó Deepmind, una empresa volcada en crear una inteligencia artificial capaz de aprender como los humanos. En 2013, este sistema demostró ser mejor que cualquier persona jugando a videojuegos de la empresa Atari. Al año siguiente, Google compró la compañía por unos 500 millones de euros. En 2017, AlphaGo arrasó ante los mejores campeones de Go, el complejísimo juego de tablero asiático similar al ajedrez. Desde entonces, Hassabis volcó sus esfuerzos en un reto mucho mayor: predecir la forma tridimensional que tendrá una proteína leyendo únicamente su secuencia genética, escrita en dos dimensiones con letras de ADN.

Conocer la estructura tridimensional de estas moléculas a partir de su secuencia genética es esencial para entender su función, pero supone un problema de inmensa dificultad. Es como terminar un puzle con decenas de miles de piezas sin saber qué imagen representa.

Hasta la aparición de este sistema, dilucidar la forma de una sola proteína compuesta por 100 unidades básicas —llamadas aminoácidos— podía llevar 13.700 millones de años, la edad del universo. En el mejor de los casos, los científicos tardaban años usando microscopía electrónica o enormes aceleradores de partículas como el sincrotrón europeo de Grenoble (Francia). En cambio, el algoritmo de Google predice la estructura de cualquier proteína en unos pocos segundos.

“Este universo de proteínas” es “un regalo para la humanidad”, ha resaltado Hassabis durante la presentación de la nueva base de datos, durante una rueda de prensa celebrada el martes, junto a científicos del Laboratorio Europeo de Biología Molecular (EMBL), una institución pública que ha colaborado en el desarrollo de AlphaFold.

Antes de la llegada de esta tecnología, se había conseguido determinar la estructura de unas 200.000 proteínas, una labor que llevó 60 años y la participación de miles de científicos. Esa base de datos ha sido el material de aprendizaje de la inteligencia artificial de Google, que ha buscado patrones válidos que predigan qué forma tendrán las proteínas de las que solo se conoce su secuencia bidimensional. En 2021, el sistema ya resolvió la estructura de un millón de proteínas, incluidas todas las humanas. La nueva remesa de este año amplía el récord a 200 millones: prácticamente todas las proteínas conocidas de todos los seres vivos del planeta.

El acceso a esta nueva base de datos es libre y gratuito y el código informático de su inteligencia artificial es abierto y descargable. Este Google de la vida muestra la secuencia bidimensional de cualquier proteína y un modelo tridimensional que indica el nivel de fiabilidad de la predicción, que tiene un margen de error similar o incluso menor que los métodos convencionales.

Es importante tener en cuenta que AlphaFold no determina la realidad, sino que la predice. Lee la secuencia genética y estima cuál es la forma más probable en la que se configurarán los aminoácidos. La predicción tiene una alta fiabilidad, lo que permite ahorrar mucho tiempo y dinero a los científicos para hacer trabajos teóricos sin necesidad de usar costosos equipos para determinar la estructura real de una proteína hasta que sea absolutamente necesario.

Las aplicaciones de esta nueva herramienta son casi infinitas, pues las proteínas microscópicas están involucradas en cualquier proceso biológico imaginable, desde la muerte en masa de las abejas a la resistencia de las cosechas al calor, pasando por una infinidad de enfermedades.

 El equipo de Matt Higgins, de la Universidad de Oxford (Reino Unido), ha usado AlphaFold como parte de su proyecto para desarrollar un anticuerpo —un tipo de proteína— capaz de neutralizar una de las proteínas esenciales para que el patógeno de la malaria pueda reproducirse. Dentro de años, este tipo de investigaciones podrían conseguir la primera vacuna altamente protectora contra esta enfermedad, pues impediría la transmisión del parásito de una persona a otra a través de la picadura de mosquitos.

Logros conseguidos

Otro de los hitos ya logrados es la estructura más detallada hasta la fecha de los poros nucleares, un complejo de proteínas con forma de rosquilla que es la puerta de entrada y de salida del núcleo de las células humanas y que está relacionado con un sinfín de enfermedades, incluidas el cáncer y las cardiovasculares. Esta nueva herramienta permite un acceso sin precedentes a entender “cómo la receta de la vida [escrita en el genoma] entra en funcionamiento al traducirse en proteínas”, explicó a este diario Jan Kosinski, investigador del EMBL coautor de este hallazgo.

Hassabis y el resto de responsables de Deepmind y el EMBL han asegurado que se han analizado los posibles riesgos que entraña publicar esta base de datos y hacerla accesible a todo el mundo. “Los beneficios son claramente superiores a las amenazas”, ha resaltado el creador del sistema, que ha añadido que en el futuro, a medida que se desarrolle esta tecnología, será la comunidad internacional la que deba decidir si debe limitarse su uso.

Una de las aplicaciones más tangibles es el diseño de moléculas a la carta que puedan bloquear proteínas nocivas o, mejor, modular su actividad, un efecto mucho más deseable en el diseño de nuevos fármacos, explica Carlos Fernández, científico del CSIC y líder del grupo de biología estructural de la Sociedad Española de Biología Molecular. Su equipo ha utilizado AlphaFold para dilucidar parte de la estructura de un complejo formado por varias proteínas esencial para la propagación del tripanosoma que causa la enfermedad del sueño que existe en países del África subsahariana.

Ahora quedan por delante años de trabajo para confirmar si las predicciones son correctas, explica el biólogo José Márquez, experto en estructura de proteínas del sincrotrón de Grenoble. “La próxima frontera será que AlphaFold pueda contribuir al diseño de fármacos bloqueadores de proteínas o activadores de ellas, un problema que ya están abordando”, explica. Otro escollo: el sistema no dice por qué una proteína obtiene su forma final, algo que puede ser esencial en la investigación de dolencias como el alzhéimer o el párkinson, relacionadas con un plegado incorrecto de las proteínas.

Alfonso Valencia, director de ciencias de la vida en el Centro Nacional de Supercomputación, habla de las carencias del sistema. “No todo está resuelto, porque AlphaFold solo puede predecir cosas que estén en el dominio de cosas conocidas. Por ejemplo, no puede predecir bien la estructura de un tipo de proteínas que protegen de congelación porque son raras y no hay muchos ejemplos en las bases de datos. Tampoco puede predecir la consecuencia de mutaciones, lo que es un punto muy negativo en medicina”, resalta.

También reconoce uno de sus puntos fuertes: que el código de todo el sistema es abierto, lo que supone que otros científicos pueden mejorarlo o modificarlo a su gusto, incluso si Google decide retirar el sistema de la red. “Es evidente que la gente de Deepmind está buscando ganar el Premio Nobel al actuar de esta forma tan transparente”, opina Valencia. “Por un lado, obtienen una gran imagen y una ventaja sobre sus competidores, como Facebook. Por otro, ya han sugerido que se reservan el uso privado de datos concretos sobre salud y para el diseño de fármacos”, añade."                 (Nuño Domínguez, El País, 28/07/22)

29/4/20

Mariana Mazzucato: Cómo desarrollar una vacuna contra la COVID‑19 para todos

"En las primeras semanas de 2020, la gente comenzó a darse cuenta de que la COVID‑19 podía ser la muy temida pero previsible «Enfermedad X»: una pandemia global causada por un virus desconocido.

 Tres meses después, la mayor parte de la población mundial está confinada, y resulta claro que, en los niveles local, nacional e internacional, nuestra salud depende de la de nuestros vecinos.

 Para la protección de las sociedades contra la COVID‑19 será clave contar con sistemas sanitarios fuertes, una adecuada capacidad de testeo y una vacuna eficaz y de acceso universal. Pero para que nadie quede excluido, además de una inversión colectiva de un nivel inédito, también se necesita un importante cambio de metodología.Investigadores de universidades y empresas de todo el mundo trabajan a toda prisa para desarrollar una vacuna. 

Y los avances actuales son alentadores: ya hay 73 vacunas candidatas en investigación o en desarrollo preclínico, y cinco que ya pasaron a la fase de ensayo clínico.Este esfuerzo masivo sólo es posible gracias a una sustancial inversión pública, que incluye a los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos y a la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias (CEPI). 

Esta última, una organización sin fines de lucro con financiación pública, se creó después de la epidemia de ébola que golpeó África occidental en 2014‑16, con el objetivo de impulsar la investigación y el desarrollo de vacunas aplicables durante un brote contagioso.Hasta ahora, la CEPI ha recibido de varios gobiernos financiación adicional por 765 millones de dólares (dentro de una meta de 2000 millones) para el desarrollo de una vacuna contra la COVID‑19.

 La Autoridad para la Investigación y el Desarrollo Biomédico Avanzado (perteneciente al Departamento de Salud y Servicios Sociales de los Estados Unidos) ha hecho importantes inversiones en proyectos para el desarrollo de una vacuna junto con Johnson & Johnson (450 millones de dólares) y Moderna (483 millones de dólares). 

Y la Unión Europea buscará movilizar más fondos públicos mediante una conferencia virtual de donantes que tendrá lugar el 4 de mayo.Pero la inversión sola no basta. Es necesario que todo el proceso de innovación en vacunas, desde la I+D hasta la distribución, se rija por reglas de acción claras y transparentes basadas en objetivos y métricas referidos al interés público. Eso, a su vez, exige una clara alineación entre el interés público nacional y el global.

 El primer y más importante paso es adoptar un sentido de misión que ponga las inversiones públicas y privadas al servicio de un objetivo común claro: el desarrollo de una o más vacunas eficaces contra la COVID‑19 que puedan producirse rápidamente a escala global y ponerse a disposición de todas las personas en forma gratuita. Esto demanda reglas firmes en lo referido a la propiedad intelectual, la fijación de precios y la fabricación, en cuyo diseño y fiscalización se deben valorar la colaboración y solidaridad internacional en vez de la competencia entre países.

En segundo lugar, para acelerar los avances y así maximizar el impacto sanitario, es necesario orientar el ecosistema de innovaciones hacia el uso de la inteligencia colectiva. La ciencia y la innovación médica prosperan y progresan cuando los investigadores intercambian y comparten el conocimiento en forma abierta, lo que les permite basarse en los éxitos y fracasos ajenos en tiempo real.

Pero el modelo científico privatista actual, en cambio, promueve la competencia y el secretismo, pone la aprobación regulatoria en los países ricos por encima de la accesibilidad y del impacto sanitario en el nivel mundial, y alza barreras a la difusión de la tecnología. 

Y si bien los fondos de licencias voluntarias (fondos de patentes) como el que Costa Rica propuso a la Organización Mundial de la Salud pueden ser útiles, corren el riesgo de ser ineficaces, en la medida en que se permita a empresas comerciales privadas mantener el control de tecnologías y datos fundamentales (que se desarrollaron gracias a la inversión pública).Además, es esencial una orientación colectiva para seleccionar e implementar las vacunas potenciales más prometedoras. 

De lo contrario, la autorización de comercialización puede ir para la candidata con mejores recursos en vez de la más adecuada.En tercer lugar, los países deben tomar la delantera en crear y reforzar capacidades de fabricación, en particular en el mundo en desarrollo. Aunque para contar con una vacuna eficaz contra la COVID‑19 tal vez haya que esperar entre doce y dieciocho meses, hay que hacer ahora mismo un esfuerzo concertado para preparar las infraestructuras y capacidades públicas y privadas que se necesitarán para producir en poco tiempo los miles de millones de dosis necesarias.

Como todavía no sabemos cuál de las vacunas resultará más eficaz, es posible que debamos invertir en una amplia variedad de activos y tecnologías. Esto supone un riesgo tecnológico y financiero que sólo puede superarse con la ayuda de estados emprendedores respaldados por la financiación colectiva orientada al interés público, provista por ejemplo por bancos nacionales y regionales de desarrollo, el Banco Mundial y fundaciones de beneficencia.

Por último, cualquier programa de desarrollo de vacunas debe incluir desde el primer momento condiciones que garanticen un acceso global, equitativo y asequible. De ese modo la inversión pública se estructurará no tanto como una mera subvención o corrección de fallos del mercado, sino más bien como una fuerza configuradora del mercado proactiva y orientada al interés público.El precio de las vacunas para la COVID‑19 debe reflejar tanto la importante contribución pública a su desarrollo cuanto la urgencia y magnitud de la crisis sanitaria global. 

Debemos trascender las declaraciones de principios y los compromisos genéricos, para introducir en cambio condiciones concretas que permitan la gratuidad de las vacunas en el lugar de uso. Las autoridades también deben considerar la aplicación de licencias obligatorias para que los países puedan hacer un uso óptimo de las herramientas y tecnologías disponibles.Es fundamental contar con mecanismos de compra colectivos que garanticen una distribución justa y un acceso global equitativo a las nuevas vacunas que vayan desarrollándose. 

El objetivo principal debe ser evitar que las economías avanzadas monopolicen el suministro global o no dejen lugar para la demanda de los países más pobres.Ante la crisis de la COVID‑19 el modelo habitual no sirve. En momentos en que todo el mundo se moviliza contra la pandemia, con llamados a la formación de una alianza global, conferencias de donantes, reuniones del G20 y la próxima Asamblea Mundial de la Salud de este año, tenemos una oportunidad que no podemos desaprovechar.

 Estos esfuerzos colectivos deben incluir para que todas las partes se comprometan a seguir un enfoque integral para la innovación sanitaria , que es contar con una vacuna eficaz para la COVID‑19 que pueda ponerse en poco tiempo a disposición de todos en forma gratuita.El desarrollo de una vacuna eficaz y de acceso universal para la COVID‑19 es una de las tareas más cruciales del tiempo en que nos tocó vivir. 

Y sobre todo, es la prueba definitiva para saber si el resultado de la cooperación global entre el sector público y el privado (que las autoridades presentan como esencial) será maximizar el suministro de bienes públicos o las ganancias privadas."              ( , 

27/4/20

Stiglitz: las empresas farmacéuticas comerciales llevan décadas privatizando y monopolizando bienes comunes de conocimiento con prácticas como tratar de extender su control sobre fármacos vitales por medio de reclamos de patentes infundados, triviales o secundarios y presionar a las autoridades para evitar la aprobación y producción de medicamentos genéricos. Con la llegada de la COVID‑19, se ha vuelto dolorosamente obvio que ese monopolio cuesta vidas

"Imaginemos un mundo donde una red global de profesionales médicos vigila la aparición de nuevas cepas de un virus contagioso, actualiza periódicamente la formulación de una vacuna comprobada y luego pone esa información a disposición de empresas y países de todo el mundo. 

 Imaginemos además que este trabajo tiene lugar sin que haya que preocuparse por cuestiones de propiedad intelectual y sin que monopolios farmacéuticos exploten a una población desesperada para maximizar sus ganancias.

 Puede parecer una fantasía utópica, pero de hecho es una descripción de la forma en que se produce la vacuna contra la gripe desde hace cincuenta años. En el marco del Sistema Mundial de Vigilancia y Respuesta a la Gripe de la Organización Mundial de la Salud, expertos de todo el mundo se reúnen dos veces al año para analizar y discutir los últimos datos referidos a nuevas cepas del virus de la gripe y decidir cuáles deben incluirse en la vacuna de ese año. 

El SMVRG, una red de laboratorios que abarca 110 países y que funciona casi exclusivamente con financiación estatal (y algunos aportes de fundaciones), es un ejemplo cabal de lo que Amy Kapczynski (de la Escuela de Derecho de Yale) denomina «ciencia abierta».El SMVRG no busca ganancias, sino proteger la vida humana, y eso le confiere una capacidad única para reunir, interpretar y distribuir conocimiento aplicable al desarrollo de vacunas. Quizá esta modalidad se aplicaba sin pensar mucho en ella, pero hoy sus ventajas se están volviendo cada vez más evidentes.

En la respuesta a la pandemia, la comunidad científica mundial ha mostrado una notable disposición a compartir conocimiento sobre posibles tratamientos, coordinar ensayos clínicos, desarrollar nuevos modelos en forma transparente y publicar los resultados de inmediato. En este nuevo clima de cooperación, es fácil olvidar que las empresas farmacéuticas comerciales llevan décadas privatizando y monopolizando bienes comunes de conocimiento con prácticas como tratar de extender su control sobre fármacos vitales por medio de reclamos de patentes infundados, triviales o secundarios y presionar a las autoridades para evitar la aprobación y producción de medicamentos genéricos.

 Con la llegada de la COVID‑19, se ha vuelto dolorosamente obvio que ese monopolio cuesta vidas. El control monopólico de la tecnología usada en la detección del virus obstaculizó la pronta introducción de más kits de testeo, así como las 441 patentes de 3M donde aparecen las palabras «respirator» (mascarilla) o «N95» han puesto trabas a nuevos productores dispuestos a fabricar mascarillas de grado médico a gran escala. Peor aún, tres de los tratamientos más prometedores para la COVID‑19 (el remdesivir, el favipiravir y el lopinavir/ritonavir) tienen patentes vigentes en la mayor parte del mundo. 

Esto es un obstáculo a la competencia y una amenaza a la asequibilidad y el suministro de nuevos fármacos.Tenemos que elegir entre dos futuros. En el primero, seguimos como siempre, dependiendo de las grandes farmacéuticas, y esperando que algún tratamiento potencial para la COVID‑19 pase los ensayos clínicos, y que aparezcan otras tecnologías de detección, testeo y protección. 

En este futuro, las patentes darán el control sobre la mayoría de esas innovaciones a proveedores monopólicos que al fijar precios altos obligarán a los sistemas sanitarios a racionar los tratamientos. Sin una firme intervención pública, se perderán vidas, sobre todo en los países en desarrollo.

 El mismo problema se repetirá con cualquier posible vacuna para la COVID‑19. A diferencia de la vacuna de Jonas Salk para la polio, que se liberó en forma casi inmediata, hoy la mayoría de las vacunas que llegan al mercado están patentadas. Por ejemplo, la vacuna conjugada PCV13, que protege contra varias formas de neumonía y se administra a los bebés, cuesta cientos de dólares, porque es propiedad monopólica de Pfizer. 

Y aunque Gavi (la alianza mundial para la vacunación) subsidia parte del costo de las vacunas en los países en desarrollo, muchas personas todavía no pueden acceder a ella. En la India, cada año se registran más de 100 000 muertes infantiles evitables por neumonía, mientras la vacuna le genera a Pfizer ingresos por aproximadamente 5000 millones de dólares al año.En el segundo futuro posible, nos damos cuenta de que el sistema actual (donde monopolios privados obtienen ganancias a partir de conocimiento que en su mayor parte es producido por instituciones públicas) es inadecuado. 

Como sostienen hace mucho estudiosos y activistas por la salud pública, los monopolios matan, al negar acceso a medicamentos vitales que en un sistema alternativo (como el que hace posible todos los años la producción de la vacuna para la gripe) hubieran estado al alcance de la población.Ya hay voces que se alzan para pedir modalidades alternativas. 

Por ejemplo, hace poco el gobierno de Costa Rica pidió a la OMS la creación de un fondo de licencias voluntarias («fondo de patentes») para la fabricación de tratamientos para la COVID‑19, que permita a múltiples proveedores suministrar nuevos fármacos y diagnósticos a precios más accesibles.

No es una idea nueva. A través de su Fondo de Patentes de Medicamentos, las Naciones Unidas y la OMS llevan años tratando de aumentar el acceso a tratamientos para el VIH/sida, la hepatitis C y la tuberculosis, y ahora han extendido el programa a la COVID‑19. Los fondos de patentes, los premios a la innovación y otras ideas similares son parte de una agenda más amplia que busca cambiar el modo de desarrollo y distribución de medicamentos vitales. El objetivo es reemplazar un sistema basado en el monopolio por otro basado en la cooperación y el conocimiento compartido.

Algunos dirán que la crisis de la COVID‑19 es un caso aparte, o que la amenaza del licenciamiento obligatorio ya es un instrumento suficiente para obtener una conducta apropiada de parte de las farmacéuticas. Pero dejando a un lado a los investigadores personalmente involucrados que no buscan ganancias inmediatas, no está claro que las grandes farmacéuticas entiendan sus responsabilidades. 

No olvidemos que ante la crisis actual, la primera reacción de Gilead, que fabrica el remdesivir, fue solicitar que se lo califique como «medicamento huérfano», lo que le hubiera conferido una posición monopólica más fuerte y exenciones impositivas multimillonarias. (Después del escándalo que se generó, la empresa retiró la solicitud.)Llevamos demasiado tiempo creyéndonos el mito de que el régimen de propiedad intelectual actual es necesario. El éxito comprobado del SMVRG y de otras aplicaciones del modelo de «ciencia abierta» muestra que no es así.

 En momentos en que la COVID‑19 sigue matando gente, debemos preguntarnos si es prudente y moral un sistema que cada año condena en silencio a millones de seres humanos a sufrir y morir.Es hora de aplicar otra modalidad. De los ámbitos académicos y políticos ya han surgido muchas propuestas prometedoras para la generación de innovaciones farmacéuticas socialmente útiles en vez de meramente rentables. Hoy es el mejor momento para poner estas ideas en práctica."                    

22/4/20

La potencia que primero alcance la vacuna hará como Alemania con las mascarillas, la priorizará para su población, sus trabajadores, para tener ventaja competitiva con el resto... Los pobres laboratorios públicos están probando cosas que ya han sido descartadas por otros grupos públicos y privados pero que no son publicadas. La cooperación en ciencia en general es baja o inexistente en algunos ámbitos, y el sistema corrupto de incentivos hace que se fomente la competencia y se vuelva a tropezar una y otra vez con las mismas piedras sin que el resto del mundo se entere. Y no hablemos del racismo institucionalizado en la ciencia... En España hay varios grupos que se dedican a investigar vacunas contra virus y están trabajando mucho en la vacuna contra el SARS-Cov2. Pero están en pañales...

"Biólogo, máster y curso de doctorado en inmunología, doctorado en muerte celular, postdoctoral en Inmunología y metabolismo, y segundo postdoctoral en cáncer. Desde hace algo más de tres años lleva la plataforma de divulgación científica Ciencia mundana. (...) 

Según la OMS, también es una información de estos últimos días, tres vacunas del covid-19 están en ensayos clínicos y otras 70 en desarrollo. Eso sí, una portavoz de la organización, la doctora Margaret Harris, ha advertido de que una vacuna contra el coronavirus tardará al menos 12 meses en llegar. A grandes rasgos, ¿es esta la situación en el asunto de las vacunas? ¿No son muchos intentos dispersos? ¿Por qué no juntar fuerzas? ¿Alguna aportación de algún equipo de investigación español?


Está claro que hay una competencia feroz entre potencias y entre capitales. No por nada la tecnociencia es uno de los elementos principales del imperialismo contemporáneo. Y esta competencia no es solo Huawei o la guerra espacial, sino también la biotecnomedicina. La potencia que primero alcance la vacuna hará como Alemania con las mascarillas, la priorizará para su población, sus trabajadores, para tener ventaja competitiva con el resto.


En un mundo ideal la cooperación entre grupos y potencias se debería dar para alcanzar determinados objetivos tecnológicos como una vacuna. Sobre todo, en las cuestiones más oscuras y patentadas como los adyuvantes, los datos preclínicos y en animales, etc. Los pobres laboratorios públicos están probando cosas que ya han sido descartadas por otros grupos públicos y privados pero que no son publicadas. 

La cooperación en ciencia en general es baja o inexistente en algunos ámbitos, y el sistema corrupto de incentivos hace que se fomente la competencia y se vuelva a tropezar una y otra vez con las mismas piedras sin que el resto del mundo se entere. 


Y no hablemos del racismo institucionalizado en la ciencia, que bien muestra Angela Saini en Superior: The Return of Race Science. Hay médicos franceses que abiertamente hablan de que se tendrían que ensayar las vacunas en los negros. 


En España hay varios grupos que se dedican a investigar vacunas contra virus y están trabajando mucho en la vacuna contra el SARS-Cov2. Pero están en pañales, por más que el ministro Duque haga un ridículo espantoso al afirmar “Vimos desarrollos muy avanzados. Me pareció que allí teníamos un candidato a vacuna o, si no, lo tendremos la semana que viene”.Que lo de la semana que viene no deja de ser un lapsus, pero es significativo. 


Insisto un poco más en el tema. Según parece, la multinacional Johnson & Johnson (JNJ), nada menos que la tercera compañía farmacéutica más grande del mundo, planea comenzar próximamente la producción “a riesgo” de su vacuna de prueba COVID-19 (Creo que planea producirla en los Países Bajos y en una instalación renovada que posee en USA). ¿Qué es una producción “a riesgo”? ¿A riesgo de quién? 
 

Me da la risa. A riesgo supongo que se refieren a que van a empezar a producirla sin estar probada y aprobada. ¿Alguien se cree que no han hecho números? Repito: tienen beneficios estratosféricos, están siendo subvencionados con nuestros impuestos, imponen precios desorbitados a nuestros sistemas sanitarios y después se atreven a hacerse los héroes diciendo que van a producir la vacuna “a riesgo”. Como poco, el impacto en su imagen de algo así es muy grande. Puro marketing.

Se ha suspendido estos días en Brasil, tras la muerte de 11 pacientes, un ensayo para combatir el coronavirus con cloroquina. Las personas que tomaron dosis altas presentaron arritmias cardíacas. ¿Qué pasa con la cloroquina? ¿No se habló de este fármaco como un buen método para enfrentarse al COVID-19?


La cloroquina (CQ) es probablemente uno de los fármacos más antiguos, junto con el ácido acetilsalicílico (aspirina). La quina también sirvió como argumento original para desarrollar el cuento de la homeopatía. Lo que hace este compuesto es impedir la acidificación de unas vesículas de las células necesaria para la “autodigestión” o autofagia. 

No recuerdo el mecanismo, pero impide la proliferación de los parásitos intracelulares como Plasmodium falciparum, el protozoo que causa la malaria. Los indígenas peruanos la utilizaban para ello.

En el caso del Covid todo empezó con un par de artículos que indicaban que la CQ reducía la proliferación del virus.

 Que para liberar su ARN en la célula necesita que unas vesículas se acidifiquen, algo que evitaría la CQ. Y como suele pasar, a unas concentraciones que matarían a cualquiera, no solo al virus. La propaganda hizo el resto. Se empezaron rápidamente ensayos clínicos. En apenas un mes se ha pasado de 6 a 43 ensayos clínicos. Los primeros miraban carga viral y no resultado clínico; tenían muy pocos pacientes, con gran porcentaje de bajas. Un desastre. 


Y efectivamente, la cloroquina es letal cuando por ejemplo se toma con el fármaco contra la diabetes Metformina, y tiene una toxicidad cardíaca enorme. Así que por eso es muy importante que antes de ponerse a probar fármacos, así a lo loco, se hagan los oportunos ensayos de toxicidad. No es lo mismo que la tome una persona joven contra la malaria que una anciana.


Pero donde más indigna este alboroto mediático (hype, como dicen en inglés) es en el asunto Didier Raoult, director de la unidad de investigación en enfermedades infecciosas en Marsella. Este investigador hizo un ensayo con 26 personas, sin los más mínimos controles, no solo no tenía grupo control sino que a 16 de ellos los trató en clínicas distintas. Después hizo algunos “ajustes” como quitar algunos pacientes, se utilizaron distintas técnicas según pacientes para evaluar la carga viral, y publicó finalmente los resultados en una revista que él controla. ¡De nuevo en 24 horas!


A continuación, se puso en marcha la maquinaria mediática y su abogado anunció la cura milagrosa en la cadena de televisión Fox, y de ahí a Trump, que anunció en un tweet que era uno de los hitos más importantes de la historia de la medicina. Las consecuencias no se hicieron esperar. La cloroquina se agota en las farmacias, la gente con diabetes muere por toxicidad. El uso de esos dos fármacos, CQ y el antibiótico Azithromicina, aumentan muchísimo el riesgo de infarto al causar arritmias letales. Los pacientes españoles de Muface autorecetándose CQ, desabastecimiento para otros tratamientos donde sí se ha probado eficacia (Artritis o Lupus). 


La falta de ética de muchos investigadores es enorme. Raoult en febrero, antes de que empezara el “ensayo” dijo “Así, es posible el uso de la CQ tanto como profilaxis como en el tratamiento de la infección por coronavirus que será pronto evaluado por nuestros colegas chinos”. Esto último nunca sucedió. Los ensayos se suspendieron, excepto uno que muestra que no hay diferencias entre pacientes tratados y no tratados, ahí sí se hizo bien: grupo placebo y al azar. 


Pero la bola de nieve no se detiene y de nuevo la cloroquina se convierte en la excusa de otra homeopatía, esta vez impulsada por el sistema científico. (...)

Mala ciencia, especulación y propaganda.

¿Quieres añadir algo más?


Estoy notando que se están agudizando dos tendencias. Por un lado, el autoritarismo, por llamarlo de algún modo. La militarización del estado de alarma con muchos abusos policiales y restricción de los derechos humanos. 

Por otro, la fe en el solucionismo tecnológico. Es cierto que se oyen voces que plantean que cuando esto termine tendremos que reivindicar más sanidad pública universal. Sin embargo, hay un fuerte esfuerzo mediático para hacer creer que la pandemia se va a solucionar con medicamentos y vacunas. Solo hay que ver a Jesús Calleja entrevistando a científicos y científicos convertidos en charlatanes. 

Ese catedrático, José María Fernández, y dueño de la empresa Pharmamar, está pidiendo junto con Calleja que se quiten los controles para aprobar en seres humanos nuevos fármacos. Pero es que ese “fármaco”, lo entrecomillo porque aún no ha servido como tal, ha sido rechazado dos veces por la Agencia europea del medicamento porque no compensa el riesgo. Ahí hay más propaganda liberal y negocio que ciencia. 


Si las ayudas tecnológicas vienen, están basadas en la evidencia científica, son universales y gratuitas, bienvenidas. Pero si van a servir, como parece, para apuntalar la desigualdad internacional, mala “solución”. Hay que reforzar el sistema científico, y una parte sería con más financiación, pero alimentar un sistema corrupto como el actual solo va a profundizar en la desigualdad del reparto. (...)"

(Entrevista a Alfredo Caro Maldonado, Salvador López Arnal, Rebelión, 22/04/20)

8/1/14

La tercera cultura. Por la unión de la cultura científica con la humanística

" (...) Sabemos que a mayor poder causal de un agente moral, mayor responsabilidad; y que la ciencia y la tecnología, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX, han construido un tipo de poder causal sin parangón en épocas anteriores de la historia humana. Pero la asunción de responsabilidades por parte de científicos y tecnólogos deja bastante que desear. 

Continúa prevaleciendo la idea simplista de que “la ciencia es neutral”, y se traspasan los dilemas político-morales a “la sociedad”, quien se supone habrá de ser la que establezca límites. Lo cual podría ser un movimiento justificado si viviésemos en sociedades realmente democráticas compuestas por ciudadanas y ciudadanos cultos y participativos, y no en democracias demediadas como la nuestra. 

La falta de contacto entre ciencias experimentales, ciencias sociales y humanidades, la ruptura de los puentes entre conocimientos, y la compartimentación de la Universidad que proponen los nuevos “expertos”, nos abocan a una sociedad organizada en departamentos estancos, de hombres y mujeres incompletos, fragmentados.

La publicación póstuma de este libro inacabado de Paco Fernández Buey supone una excelente ocasión para revisar su tarea intelectual en torno a la filosofía de la ciencia y la c onstrucción del concepto de “tercera cultura”, con lo que implica de diálogo necesario, obligatorio, entre las ciencias experimentales, las ciencias sociales y las humanidades. 

Quizá se trate de la peor conocida entre las aportaciones del pensador palentino recriado en Barcelona, aunque sea una temática imprescindible para entender el siglo XXI. Porque no se puede imaginar la sociedad industrial sin entender cómo se crea la ciencia, sin comprender y evaluar el impacto de la tecnología en nuestra vida diaria, sin valorar las promesas y los peligros de la ciencia y la tecnología, eso que los sociólogos llaman “tecnociencia”. 

No parece conveniente ser socióloga y no tener noción sobre cómo funciona una tableta o un móvil. Como no es de recibo que las investigadoras, los científicos y los tecnólogos sean incapaces de mirar más allá del microscopio, aferrados a la falsa idea de la neutralidad de la ciencia. 

 Como apuntaba Hans Jonas, a más capacidad de incidir sobre la naturaleza y la sociedad y de transformarlas, mayor es la responsabilidad de quienes generan conocimiento y lo convierten en tecnología. De ahí la necesidad imperiosa del diálogo entre ciencias experimentales, ciencias sociales y humanidades como distintas perspectivas de los saberes humanos y el conocimiento universal. 

Entremos en materia y empecemos con un ejemplo. Para muchas personas ignorar que Picasso pintó el Gernika es imperdonable: una prueba lamentable de ignorancia. Pero creer, afirmar o escribir que debemos a Galileo la demostración de la redondez de la Tierra, o desconocer quiénes eran Copérnico, Kepler o Pasteur no serían errores esenciales sino mero descuido, tontería disculpable. 

A Paco Fernández Buey esto no le parecía ni justo ni razonable. A la misma altura que la poesía de Brecht, el Fausto de Goethe, el cine de Theo Angelopoulos o el análisis político-económico de El Capital ponía Paco conquistas culturales como el descentramiento de la Tierra como punto nodal del Universo, el establecimiento de la edad de nuestro planeta a partir de la radioactividad, o la teoría de la evolución. 

Todas estas aportaciones constituyen etapas decisivas en la historia de la cultura de los seres humanos, conozcamos o no sus mecanismos fundamentales; de la misma forma que podemos comentar y disfrutar de La flauta mágica de Mozart sin nunca haber estudiado solfeo. 

Paco apuntaba a que las dos culturas, la humanística y la experimental, debían confluir no en una tercera cultura, sino en la cultura, es decir, en una cultura sólida, y no sólo teórica, basada en el pensamiento crítico, que era la única que nos podía permitir “ser auténticos responsables de nuestra evolución para convertirnos en ciudadanos competentes en sociedades cohesionadas y más justas”. (...)

Una de nosotras (Alicia Durán) estudió magisterio antes de decidirse definitivamente por la física, y recuerda su periodo de prácticas enseñando matemáticas. Tenía que introducir el concepto de división, enseñar a dividir, a niños de 8 o 9 años. Su (maravillosa) profesora de didáctica de la matemática le sugirió que presentara un problema y dejara que los chicos lo resolvieran. 

A la objeción “pero no saben dividir” ella contestó: “sí saben, aunque no lo saben todavía”. Y así se hizo: Alicia les puso un problema que implicaba dos divisiones y los dejó pensar. A la media hora dieron sus respuestas. Habían resuelto el problema de cinco maneras diferentes, todas correctas.

 A partir de ahí fue fácil explicar la forma más sencilla de hacerlo, la más funcional -pero no la más correcta, ya que todas eran correctas. Una evidencia empírica de la búsqueda vana, de la ilusión del método, una demostración de los múltiples caminos, rectos o torcidos, que conducen al conocimiento. (...)

Y en esa tarea de atar los dos cabos sueltos –el interés por la función social de la ciencia y el miedo por las implicaciones de la tecnociencia-, y sin caer en ninguna apología ingenua del filosofar espontáneo del científico, Paco Fernández Buey siempre eligió el filosofar del científico acerca de sus prácticas por encima de la filosofía licenciada e institucionalizada de la ciencia.   (...)

 Cita Paco al gran humanista George Steiner: 

Hasta que los estudiantes de humanidades no aprendan seriamente un poco de ciencia, hasta que la gente que estudia lenguas clásicas o literatura española no estudie también matemáticas, no estaremos preparando la mente humana para el mundo en que vivimos. 

Si no entendemos algo mejor el lenguaje de las ciencias no podremos entrar en los grandes debates que se avecinan. A los científicos les gustaría hablar con nosotros, pero nosotros no sabemos cómo escucharles. Este es el problema. 

Steiner apunta a un problema crucial de nuestro tiempo. Si se quiere hacer algo en serio a favor de la resolución racional y razonada de algunos de los grandes asuntos socioculturales y ético-políticos controvertidos, no cabe duda de que los humanistas van “a necesitar cultura científica para superar actitudes sólo reactivas, basadas exclusivamente en tradiciones literarias”. 

Como tampoco cabe duda de que “los científicos y los tecnólogos necesitarán formación humanística (o sea, histórico-filosófica, metodológica, ética, deontológica) para superar el viejo cientificismo positivista que todavía tiende a considerar el progreso humano como una mera derivación del progreso científico-técnico”. 

Vivimos tiempos en que se venden teléfonos “inteligentes” y “libres” a gente a la que se quiere idiotizada y sumisa… ¡Más tecnología, mucha más tecnología! Que así obtendremos más justicia, más libertad real, más bienestar social, más igualdad y un mejor vivir.

 ¡Menudo cuento falsario, que diría León Felipe! Pero a pesar de la montaña de ejemplos que desmienten esta clase de propaganda, parecemos condenados a seguir repitiendo este alienante mantra. Paco solía recordar un comentario del periodista científico Vladimir de Semir: 

Hemos de luchar activamente para evitar que consiga cuajar la tercera cultura que se nos quiere imponer, la acultura basada en lo superficial y en la mediocre uniformidad de la circulación circular de las ideas enraizada en el pensamiento único y dirigido . 

Alfred Wegener, el geólogo y meteorólogo que teoriza la deriva de los continentes y la física de las placas tectónicas, va más allá, convocando a conjugar los resultados de las diversas ciencias para desvela r los estados anteriores de nuestro planeta: 

[…] todas las ciencias que se ocupan de los problemas de la tierra tienen que hacer su contribución, y solo con la reunión de todos los indicios proporcionados por ellas puede obtenerse la verdad; pero esta ide a no parece estar suficientemente extendida entre todos los investigadores…

Todas las pruebas que podemos proporcionar, remataba Wegener, presentaban el carácter engañoso de las presunciones. 

Solo reuniendo los datos de todas las ciencias relacionadas con el estudio del globo terrestre podemos esperar obtener la ‘verdad’, es decir, la imagen que sistematiza de la mejor manera la totalidad de los hechos conocidos y que puede, por consiguiente, pretender ser la más probable. E incluso en este caso, hemos de esperar que sea modificada en cualquier momento por nuevos conocimientos, sea cual sea la ciencia que la haya hecho posible. 

Aparece de nuevo en estas palabras del geofísico alemán, la idea de la ciencia y el conocimiento como construcciones colectiv as; quehacer compartido que ha de reconocer su carácter global, interconectado y sistémico. Al conocer e interpretar la naturaleza debemos ser capaces de valorar el todo y cada una de sus partes, para ser capaces de modificarla sin herir de muerte su estructura, ni a ninguna de sus criaturas. Ciencia como conocimiento vivo, dispuesto a validarse y reinventarse cada día.(...)

 “Desconocer que la cultura científica es parte esencial de lo que llamamos cultura (en cualquier acepción seria de la palabra) y despr eciar la base naturalista y evolutiva de las ciencias contemporáneas equivale en última instancia, y en las condiciones actuales, a renunciar al sentido noble (griego, aristotélico) de la política, definida como participación activa de la ciudadanía en los asuntos de la polis socialmente organizada.” Paco Fernández Buey defendía la necesidad de incorporar la cultura científica a la discusión ética, jurídica y política. 

Y subrayaba que sin cultura científica, sin la máxima cultura científica de la seamos capaces, no había posibilidad de intervención razonable en el debate público sobre la mayoría de las cuestiones que importan a las comunidades. Pues la ciencia, en sentido amplio, es ya parte sustancial de nuestras vidas. 

La mayoría de las discusiones públicas relevantes, ético-políticas o ético-jurídicas, requieren el máximo conocimiento posible del estado de la cuestión de las ciencias naturales: biología, genética, neurología, ecología, física nuclear, termodinámica. Y concretaba Paco con ejemplos significativos. 

Para orientarse en los debates sobre la actual crisis ecológica, la posibilidad de un desarrollo sostenible, el uso de los recursos fósiles o las energías renovables, necesitamos comprender los principios de la termodinámica, la idea de entropía y la flecha del tiempo, como ya mostraron Barry Commoner, José Manuel Naredo y Manuel Sacristán. Y para entender la necesidad de una ética medioambiental no antropocéntrica ayuda conocer la teoría de la evolución, como demuestra el paleontólogo Stephen J. Gould. 

Para empezar a combatir con argumentos racionales el racismo y la xenofobia ayuda, y mucho, el conocimiento de la genética de poblaciones. Para repensar lo que habitualmente se llama “alma” y “conciencia”, base de la sensibilidad moral de los seres humanos y objeto durante mucho tiempo de la atención exclusiva de la religión y de la filosofía (aquello que Ramón y Cajal había llamado “las misteriosas mariposas del alma”), ayudan las reflexiones de Francis Crick sobre la estructura neuronal del cerebro. 

En todo ello, Paco Fernández Buey aboga por un enfoque naturalista dentro de un contexto evolucionista y sistémico, pero conservando al mismo tiempo la autonomía de un filosofar que se quiere filosofía mundana o pública, lejos de las viejas tentaciones de construcción de sistemas metafísicos omnicomprensivos.

Pero para transitar este camino de doble vía, resulta también evidente que los científicos necesitan formación humanística. Porque la ciencia sin más no genera conciencia ético-política; del co nocimiento científico no se deriva directamente una conciencia ciudadana crítica. 

Como clásicamente sentenció Einstein, no se puede demostrar científicamente que no haya que exterminar a la humanidad. Las ciencias de la naturaleza y de la vida dicen poco sobre las razones que mueven al ser humano a pasar de la teoría a la decisión de actuar en favor la eliminación de las armas de destrucción masiva, la conservación del medio ambiente, la sustentabilidad del modo de producir y de vivir, el respeto a la diversidad o la protección de los animales no humanos. 

Paco Fernández Buey cita una declaración autocrítica del genetista francés Albert Jacquard: 

Gracias a la biología, yo, el genetista, creía ayudar a la gente a que viese las cosas más claramente, diciéndoles: vosotros habláis de raza, pero ¿qué es eso en realidad? Y acto seguido les demostraba que el concepto de raza no se puede definir sin caer en arbitrariedades y ambigüedades [...] 

En otras palabras: que el concepto de raza carece de fundamento y, consiguientemente, el racismo debe desaparecer. Hace unos años yo habría aceptado de buen grado que, una vez hecha esta afirmación, mi trabajo como científico y como ciudadano había concluido. Hoy no pienso así, pues aunque no haya razas la existencia del racismo es indudable. 

Decía Paco Fernández Buey que el humanista de nuestra época no tenía por qué ser un científico en sentido estricto (ni seguramente podía serlo), pero tampoco tenía por qué ser la contrafigura del científico natural o “el Jeremías, siempr e quejoso ante las potenciales implicaciones negativas de tal o cual descubrimiento científico o de tal o cual innovación tecno-científica”. 

 Si se limitaba a ser esa contrafigura, el humanista tenía todas las de perder. Según Paco, el humanista de nuestra época podría ser también un amigo de la ciencia, como lo eran, a veces, “los críticos literarios o artísticos, equilibrados y razonables, de los narradores, de los pintores y de los músicos”. 

Pero eso exige reciprocidad. La manera de entender la reciprocidad entre la cultura humanista y la cultura científica, y la asunción compartida del ignoramos e ignoraremos (tal como fue formulada en 1872 por el fisiólogo alemán Emil du Bois-Reymond), eran dos factores esenciales para perfilar el tipo de tercera cultura que se necesitaba al empezar el siglo XXI. 

Si hemos de aspirar en el siglo XXI a una tercera cultura, a otra cultura, y a una ciencia con conciencia, el éxito de esta aspiración depende tanto de la capacidad de propiciar el diálogo entre filósofos y cien tíficos como de la habilidad y precisión de la comunicación científica a la hora de encontrar las metáforas adecuadas para hacer saber al público en general lo que la ciencia ha llegado a saber sobre el universo, la evolución, los genes, la mente humana o las relaciones sociales. (...)

Este prólogo, escrito a ocho manos de una física reconvertida a la química, dos m atemáticos amantes de la filosofía y un humanista militante, es un intento de demostrar la anchura y altura del pensamiento de Paco; y es también un compromiso de contribuir a ese necesario diálogo entre culturas que se expresa en este libro que hoy ve la luz. Si no somos capaces de cumplirlo, que Paco y la historia nos lo demanden.
Madrid, Barcelona, primavera fría y lluviosa de 2013"                  (Alicia Durán, Jorge Riechmann, Jordi Mir y Salvador López Arnal, Rebelión, 29/10/2013)  

31/1/13

El genetista George Church plantea resucitar al neandertal, la otra especie humana e inteligente, y formar una colonia de individuos. Éramos pocos...

Recreación de un hombre de Neandertal por el fotógrafo Graham Ford

 "El genetista de Harvard George Church, que ha inventado el marketing genético al escribir en una molécula de ADN su propio libro —Regénesis: cómo la bilogía sintética va a reinventar la naturaleza y a nosotros mismos—, ha propuesto no ya resucitar a un neandertal, sino a toda una cuadrilla de ellos (ver entrevista adjunta).

Y entre los científicos que consideran técnicamente factible la resurrección de los neandertales —si no ahora mismo, sí en el plazo de sus vidas— milita nada menos que Svante Pääbo, jefe de genética del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig, líder indiscutible de la paleogenética, o recuperación de ADN antiguo a partir de huesos fósiles, y máximo artífice de un reto científico que se consideraba imposible hace solo unos años: el genoma neandertal, la lectura de la secuencia (tgtaagc…) de los más de 3.000 millones de bases, o letras químicas del ADN, que portaban en el núcleo de cada una de sus células aquellos homínidos que dominaron Europa durante cientos de miles de años y hoy duermen el sueño fosilizado de los justos. (...)

 Tratemos provisionalmente de pasar por alto los problemas técnicos, algunos muy relevantes, para preguntarnos: una vez que sepamos resucitar al neandertal, ¿deberemos hacerlo? 

Ante este dilema moral caben dos clases de respuestas, la de los sabios cínicos —lo que puede hacerse acaba haciéndose— y la de los sabios de la realpolitik, que intentan prever escenarios y minimizar daños por si los cínicos acaban teniendo razón, que es lo habitual.

¿Por qué resucitar al neandertal? ¿Y por qué no hacerlo? ¿Cuáles son los riesgos, cuántas las ventanas abiertas, cuáles las oportunidades de negocio? Lo digo en serio: imaginen que un economista neandertal nos saca de la crisis. (...)

Cabe imaginar, de hecho, una postura ética que defienda no ya nuestro derecho, sino incluso nuestro deber de recuperar a la especie. Después de 300.000 años campando a sus anchas por Europa, los neandertales empezaron a replegarse hacia el oeste en sospechosa coincidencia —dentro de los geológicos márgenes de error de la paleontología— con la llegada por el este de nuestra especie, el Homo sapiens, el último invento de la evolución de los homínidos en la Madre África.

El repliegue hacia el oeste de los neandertales no fue flor de un día —se prolongó por 10.000 años y se salpicó de ocasionales intercambios, y no solo comerciales—, pero fue consistente e implacable. 

Hasta el extremo de que los neandertales se extinguieron en Gibraltar, la última reserva occidental que se había librado de nuestro acoso. La irreductible aldea del hombre antiguo. El registro fósil no nos deja muy bien parados, y clonar al neandertal se puede interpretar como nuestro humilde resarcimiento por haber causado su extinción. (...)

El neandertal podría morir en cualquier momento de su desarrollo embrionario o fetal o, peor aún, nacer con horribles malformaciones y grandes penalidades. O quizá naciera bien pero luego resultara ser un miserable, un psicópata, un impertinente. Aun si todo lo anterior va bien, ¿cómo sería el humor de un neandertal? No me digan que contaría chistes de Gibraltar.  (...)

Pero el neandertal va mucho más allá de un dinosaurio, porque ahora hablamos de una especie humana, inteligente —su capacidad craneal era mayor que la nuestra— y lo bastante sensible como para cuidar de sus enfermos y enterrar a sus muertos. Exhibirlos en un parque de atracciones no parece una opción, ni encerrarlos en una jaula."      (El País, 23/01/2013)



" En una entrevista de Der Spiegel, el experto en biología sintética George Church, de la Universidad de Harvard, explica cómo el ADN se convertirá en el material de construcción del futuro, capaz de crear seres humanos resistentes a los virus y posiblemente resucitar especies desaparecidas como el hombre de Neandertal. (...)

P. Hablemos entonces de los posibles beneficios de un neandertal en este mundo.

R. Bueno, puede que los neandertales piensen de manera diferente a como lo hacemos nosotros. Sabemos que tenían un tamaño craneal mayor. Incluso podrían ser más inteligentes que nosotros. Llegado el momento de enfrentarse a una epidemia o escapar del planeta o lo que sea, cabe la posibilidad de que su modo de pensar pudiera resultar beneficioso.

P. ¿Cómo debemos imaginarnos eso: usted cría a los neandertales en un laboratorio, les pide que resuelvan problemas y de ese modo estudia su manera de pensar?
 
R. No, sin duda habría que crear una cohorte, para que así tuviesen algún sentido de la identidad. Incluso podrían crear una nueva cultura neoneandertal y convertirse en una fuerza política.

P. ¿No sería éticamente problemático crear a un neandertal solo por satisfacer la curiosidad científica?

R. Bueno, puede que la curiosidad forme parte de ello, pero no es la fuerza impulsora más importante. El principal objetivo es incrementar la diversidad. Lo que es malo para la sociedad es que haya poca diversidad. 

Esto es así para la cultura y la evolución, para las especies y también para las sociedades en general. Si uno se convierte en una monocultura, corre un gran riesgo de perecer. Por tanto, la recreación de los neandertales sería principalmente una forma de evitar riesgos sociales.

P. Dejando a un lado todas las dudas éticas, ¿cree que es técnicamente posible reproducir a un neandertal?

R. Lo primero que hay que hacer es secuenciar el genoma del hombre de Neandertal, y eso ya se ha hecho. El siguiente paso sería cortar este genoma en, por ejemplo, 10.000 trozos y luego sintetizarlos. Finalmente, se introducirían estos trozos en una célula madre humana. 

Si lo hacemos con la frecuencia suficiente, generaríamos una línea de células madre que se acercaría cada vez más a la secuencia correspondiente del neandertal. En mi laboratorio hemos desarrollado el procedimiento semiautomático necesario para hacerlo. Finalmente, unimos todos los trozos en una célula madre humana, lo que al final nos permitiría crear un clon neandertal.

P. Y las madres de alquiler serían humanas, ¿verdad? En su libro escribe que una “mujer humana extremadamente audaz” podría servir de madre de alquiler.

R. Sí. Sin embargo, el requisito previo sería, por supuesto, que la clonación humana fuese aceptable para la sociedad."       (El País, 22/01/2013)

7/2/08

La ciencia sirve para ¿Crear o producir? Y los científicos deben ser ¿Ortodoxos o heterodoxos?

“La ciencia dejó de ser protagonizada por ricos ociosos y talentos patrocinados por algún mecenas acaudalado. Los espectaculares avances científicos son patrimonio de profesionales financiados con fondos públicos o capital privado, reclutados como investigadores con dedicación exclusiva. Una consecuencia directa del nuevo paradigma fue la sustitución del científico individual por el grupo de investigación, estructurado a modo de pirámide jerarquizada, con un director al frente, varios miembros consolidados dotados de sólida base (sinónimo de posdoctorales), más un elenco de investigadores en proceso de formación inicial.

Otra derivación sustancial fue la aceptación del valor universal de la ciencia, circunstancia que afectó a los procedimientos de comunicar los resultados y descubrimientos relevantes. (…)

La solución más plausible consistió en la publicación de artículos cortos adaptados a un formato estándar (los populares papers) en revistas de circulación mundial (los populares journals), escritas en un lenguaje aceptable por la comunidad científica: el inglés. (…)

En consecuencia, se han introducido ciertos factores matemáticos para medir el rendimiento de los grupos, que atienden a dos criterios esenciales: el número de artículos publicados (cantidad) y el prestigio de la revista (citaciones y/o impacto).

El conjunto resultante se expresa como la producción científica de un grupo. (…)

Otra cuestión de fondo supone reflexionar sobre si la esencia de la ciencia es crear o producir; si la búsqueda de nuevos saberes requiere un número elevado de publicaciones brillantes, y si un investigador poco productivo debe ser apoyado. Indudablemente, el sistema vigente puede ser válido con matices. En su concepción actual son más importantes los continentes que los contenidos, condicionando una investigación rutinaria mediante proyectos continuistas de objetivos previsibles, encaminados a obtener resultados rápidamente publicables a corto plazo. Tal estrategia margina a los investigadores osados y heterodoxos con escaso bagaje de producción científica, pero capaces de plantearse desafíos inauditos del paradigma establecido. Quizá la mayoría haya fracasado, pero cuando tenían razón, han provocado auténticas revoluciones en nuestro conocimiento. La disyuntiva estriba en decidir si la investigación debe favorecer el conocimiento y progreso de la humanidad o el currículo de los grupos; si se investiga para descubrir o para publicar. Quizá en estos tiempos de pragmatismo rácano, se abuse con exceso del axioma "... publica, que algo queda". (JUAN CARLOS ARGÜELLES: ¿Qué es la producción científica?. El País, ed. Galicia, Futuro, 06/02/2008, p. 48)